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La Cosa Gaseosa

Cuento fantástico negro terror

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La cosa gaseosa o

El nacimiento del mal

Agregados

. “Por un segundo, y solo por un segundo, consideré la posibilidad de


tirármelo. Acompañarlo de una inmediata y larga disculpa. Y decir
que no me sentía bien. Nunca optar por la risa porque se confunde
con la burla y la falta de respeto. Pero, incluso así, si me rajaba uno
bien rajado y lo acompañaba con un sentido arrepentimiento y
pedido de piedad, no iba a evitar que Laura dejara de contar lo que
contaba y su humor iba a desaparecer quemado como por un rayo. Y
eso, sin contar, que la estela de olores que emanarían se entre las
sábanas cuando fuera al baño convertirían mi recuerdo tierno en el
de un fétido cadáver”.

Era una noche tormentosa. Afuera, el viento fresco presagiaba


un vendaval. Martín leía acostado en la cama junto a su novia, que
había regresado de lavarse los dientes. Apenas unos segundos
después de que Laura había comenzado a hablar, Martín percibió
que tenía un pedo atravesado. La panza se le inflamó de repente y,
no pudo evitar la interrupción. Soltó el libro, apoyó los codos en la
cama, e hizo fuerza con los brazos, talones, piernas y espalda para
elevarse rectilíneo como una tabla de planchar unos centímetros por
sobre el colchón. Presionó sus nalgas duras sobre el esfínter,
impúdico e inoportuno, al mismo tiempo que apretó las muelas.
Creyó que el dolor torácico empujaría hasta abrir las compuertas.
Pero como un centinela de los aires limpios y compartidos, contuvo la
eclosión. No podía dejar que saliera. Eso habría sido monstruoso.

Martín y su novia no atravesaban los mejores tiempos en la


pareja. Pero ese día había sido diferente. La visita de las amigas
habían llenado a Laura de otra energía. Estaba comunicativa y
amable. Martín la había visto riéndose con sus padres. Después, la
noche se había hecho larga y, por eso, su hijo, les había pedido que
se quedaran a dormir. Hecho que nunca antes había ocurrido. Y,
extrañamente, a Laura, la visita especial le había agradado. Martín
tenía claro que si había algo que la podía irritar en el final de un día
casi perfecto, era esto.

Mientras ella contaba, con estilo y gracia, sobre la fobia de su


amiga a los sapos y de la vez que habían alquilado una cabaña y no
había querido salir por tres días, Martín intentó levantarse. Quería ir
al baño. Resolver de cuajo el problema. Pero Eso lo volvió a atacar.
Martín se dejó caer pesado sobre el colchón, endureció todos los
músculos y apretó las muelas. Parecía que la Cosa lo quería inmóvil.
No permitía que lo hicieran nacer en otro lado. Parecía querer
ridiculizarlo. Laura ni se inmutó. Creyó que su novio se acomodaba
para escucharla mejor. Martín pensó que, algo así, de ese tamaño
gaseoso, con ese fétido calor queriendo burbujearle por entre las
nalgas, con seguridad, ofendería a su novia. Una chica de
costumbres impecables. Eso no debía pasar. Martín se imponía.
Mantendría las compuertas cerradas mientras planeaba su propio
escape.

Tenía un deja vú. Sabía que ese incómodo momento ya lo había


vivido. Ahora, parecía más pesadillesco. Pero, igual, sintió calma. La
calma que puede sentir un pueblo sacudido por un terremoto antes
de la próxima réplica. Eso regresaría. No era de los que
abandonaban la pelea por la libertad así nomás. Lo conocía. Era su
enemigo de cada noche. El maldito parecía cada vez más inteligente.
Ahora, Martín, comenzaba a recordar. La cosa se había ausentado un
tiempo porque había estado esperando el momento más silencioso y
lúcido: el final de una noche de visitas. Cuando su novia comenzaba a
hablarle sobre lo anecdótico de ese día. Por eso, en esta
conversación, mientras Laura se ponía verborrágica, él sabía que su
novia, en cualquier momento, debía tomar aire. En algún silencio
entre frases, miraría a Martín de reojo, y esperaría alguna respuesta,
quizás una risa cómplice de parte de su interlocutor. Martín ya
conocía de memoria estas situaciones. Y, por eso, por las dudas,
disparaba algún que otro monosílabo. Como si creyera que al
pronunciar frases más largas, como acostumbraba, le daría una
señal confusa al organismo y este podría interpretarlo como un sí, ya
podés soltarte. Martín se limitaba a responder un ¡ahá!, cuando ella
revelaba algo importante de la anécdota. O siempre tenía a mano un
¡uh! para acompañar fugazmente el comienzo de un problema que
ella ya había estado introduciendo.

Por dentro, se retorcía de dolor. Eso parecía alimentarse del


burbujeo cervecero que roncaba en su panza. Hasta su novia
escuchaba del otro lado de la cama el regurgitar de un magma
abrasador que Martín albergaba involuntariamente.

Ni en el momento más crítico, cuando las muelas le rechinaban


y la frente le goteaba de transpiración, ni siquiera ahí soltaba alguna
pequeña sonrisa a su novia que, todavía no percibía la indiferencia
de Martín. Ella continuaba hablando sola, ahora eran anécdotas
cómicas sobre las travesuras matutinas de los gatos mellizos que
estaban durmiendo a los pies de la cama. Mientras por dentro, Eso
se inflaba. Y esa noche estaba peor. La Cosa parecía aullar a lo lejos.
Como una pequeña criatura encerrada en una caja.

Martín transitaba otro de esos retorcijones malévolos, cuando


en su mente lo asaltó la imagen de una cara verde pútrida. Algo
horripilante. Como un sapo que chillaba. No sabía si a eso podía
escucharlo también Laura. ¿Hasta dónde un pedo podía embarazar la
paranoia de un hombre, disfrazarse de monstruo y aterrorizarlo
hasta el absurdo?

Se paró y fue al baño apenas sintió que Eso, por alguna razón,
lo había desinflamado. Entró y se mojó la cara y, luego hizo lo mismo
con la nuca. Inspiró hondo para invocarlo, se puso en cuclillas y le
pidió que, por favor, saliera. Le dijo en voz alta que ahora lo dejaría
libre, que era su oportunidad. Pero La Cosa no respondía. La panza
estaba en silencio. Como si Eso nunca hubiera existido. ¿Se había ido
o le estaba jugando alguna trampa?

Debía pensar. Recordaba las veces que le había pasado lo


mismo. Las poses en las que La Cosa parecía que había querido salir.
Le dio bronca lo que revelaban esas imágenes ¡En todas estaba
durmiendo con Laura!

Por lo visto, pensó Martín, todo indicaba que la única posición


en que saldría, era acostado boca arriba. Pero no podía regresar y
acostarse al lado de su novia. No quería sufrir otra vez lo mismo. No
caería en el engaño del desembarazo relajador. Sabía que si volvía,
eso intentaría sabotear el apacible descanso que habían logrado. Ella
que es tan pura, tan sensible y pulcra. Martín no podía permitirse tal
atrocidad. Debía solucionarlo ahí mismo.

Improvisaría una cama, pensó. Le haría creer a La Cosa que el


piso del baño tenía su mismo colchón y las mismas sábanas. Total,
desde la oscuridad de ese laberinto de tripas, Eso no sabría la
diferencia.

Primero se sentó y apoyó la espalda contra la puerta, como si


fuera el respaldo de la cama matrimonial. Ahí sintió un pequeño
despertar interno, como el primer maullido de un gato al nacer.
Martín apoyó las manos, y se acomodó mirando el techo. Los pies
toparon con las patas de la vieja bañadera. Flexionó un poco las
rodillas y apoyó la parte trasera de la cabeza en el piso. Había un
olor como a humedad sucia.

Entonces la panza comenzó a inflarse. Martín quería que Eso


saliera pero no podía expelerlo. Por alguna razón, su esfínter no lo
ayudaba. Cerró los ojos para concentrarse y, escuchó un trueno que
pareció destronar al mismísimo cielo. Crujió como un pandemonio.
Tan cerca que, Martín pensaba, aquello se burlaba de la
imposibilidad que padecía para hacer tronar su maldito culo.

Otro relámpago. La luz se cortó. A partir de ese momento,


sabía que tenía solo segundos antes de que su novia lo llamara desde
el otro lado de la puerta. Entonces escuchó la voz en la oscuridad.
Podía jurar que La cosa le habló. Te amo, Martín, dijo. Tenía una voz
grave y rugosa, como si hablara la mismísima pachamama desde las
profundidades.

Fue en el mismo momento en que escuchó a su novia preguntar


si todo estaba bien ahí adentro. Martín, sin importarle ya más nada
del mundo, sabiendo de la impunidad que otorga habitar un baño, lo
pudo soltar. Su cuerpo comenzó a sacudirse en espasmos que,
soltaban lentamente el soplido de una voz tan monstruosa como el
eructo de un gigante creciendo en el eco de una caverna. Se
alargaba y no parecía detenerse.

Mientras continuaba ese largo sonido cavernario, la luz


regresaba entrecortada, titilaba. Afuera, se desataba un aguacero y,
Martín, aterrado y con un poco de vergüenza, planeaba una
coartada. Alegaría amnesia. O le echaría la culpa al chicoteo de las
ramas contra las ventanas del patio. Finalmente, el aire se hizo
irrespirable. Y apareció un Poltergeist negroverdoso cuya figura
parpadeaba en lo oscuro mientras terminaba de escucharse el hilillo
débil y agudo del último pedorreo. En ese momento, Martín tuvo la
epifanía. Con el rostro colorado, debido a la fuerza asfixiante que
había tenido que hacer, supo que, en el piso de ese baño, había
nacido el mal.

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