Tema 16. Los Sacramentos
Tema 16. Los Sacramentos
- UNIDAD 16
Nombre de la Materia: LOS SACRAMENTOS
Objetivo General
Profundizar en la Fe por medio de la comprensión y vivencia de los sacramentos como
experiencia de salvación en amor personal y comunitaria.
Objetivos Específicos
• Comprender la importancia de los sacramentos como actos salvadores que aumentan
la Gracia Divina.
• Conocer los sustentos bíblicos que formalizan en una comunidad cristiana católica la
participación activa sacramental.
• Comprender el como se aplican los sacramentos; partiendo de sus significados,
acciones y signos de fe.
TEMA 1
SUSTENTO BÍBLICO SOBRE LOS SACRAMENTOS
EL MISTERIO PASCUAL Y LOS SACRAMENTOS
La resurrección de Cristo forma una unidad con su muerte en la Cruz. Como por la
pasión y muerte de Jesús Dios eliminó el pecado y reconcilió consigo el mundo, de modo
semejante, por la resurrección de Jesús, Dios inauguró la vida nueva, la vida del mundo
futuro, y la puso a disposición de los hombres. Por el don del Espíritu Santo, el Señor nos
hace participar de esa vida nueva de su resurrección. Así pues, el misterio pascual es un
elemento central de nuestra fe. Constituye siempre el primer anuncio de todo apóstol:
«Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para
iluminarte, para fortalecerte, para liberarte». Este es el primer anuncio, porque es el anuncio
principal, el que hay que volver a escuchar de diversas maneras y el que siempre hay que
volver a anunciar de una forma o de otra.
Esta obra de salvación que anunciamos no queda relegada al pasado, pues «cuando
llegó su hora (cf. Jn 13,1; 17,1), [Cristo] vivió el único acontecimiento de la historia que no
pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del
Padre una vez por todas (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en
nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una
1
vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el
contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la
muerte. Todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la
eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente
presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la
Vida»
Al mismo tiempo, el misterio pascual es tan decisivo que Jesucristo ha vuelto al Padre
«solo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado
presentes. Así todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente». Este
medio es la sagrada Liturgia: especialmente el sacrificio eucarístico y los sacramentos.
Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: «Sentado a la derecha del Padre
y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por
medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia». Los sacramentos son
«como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo (cfr. Lc 5, 17; 6, 19; 8, 46) siempre vivo y
vivificante, y como acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son
las obras maestras de Dios en la nueva y eterna alianza».
La Iglesia anuncia y celebra en su liturgia el Misterio de Cristo a fin de que los fieles
vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo. «Desde la primera comunidad de
Jerusalén hasta la Parusía, las Iglesias de Dios, fieles a la fe apostólica, celebran en todo lugar
el mismo Misterio pascual. El Misterio celebrado en la liturgia es uno, pero las formas de su
celebración son diversas»
De hecho, la riqueza insondable del Misterio de Cristo es tal que ninguna tradición
litúrgica puede agotar su expresión por eso, la historia del nacimiento y del desarrollo de
estos ritos testimonia una maravillosa complementariedad. Al tratar la celebración de cada
uno de los sacramentos podremos ver cómo «las Iglesias de una misma área geográfica y
cultural llegaron a celebrar el Misterio de Cristo a través de expresiones particulares,
culturalmente tipificadas».
Naturaleza de los sacramentos
«Hay en la Iglesia siete sacramentos: Bautismo, Confirmación o Crismación,
Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio». «Los siete
sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del
cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos.
Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida
espiritual». Forman un conjunto ordenado, en el que la Eucaristía ocupa el centro, pues
contiene al Autor mismo de los sacramentos.
El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece una definición de los sacramentos: «Los
sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia
por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los
sacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento».
2
Así pues, «los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra
humanidad actual».
Si nos preguntamos ¿de qué son signo los sacramentos?, podemos afirmar que lo son
de tres elementos: de la causa santificante, que es la Muerte y Resurrección de Cristo;
del efecto santificante o gracia; y del fin de la santificación, que es la gloria eterna. «El
sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir, la Pasión de Cristo; es un
signo que demuestra el efecto de la pasión de Cristo en nosotros, es decir, la gracia; y es un
signo que anticipa, es decir, que preanuncia la gloria venidera».
El signo sacramental, propio de cada sacramento, está constituido por elementos
materiales —agua, aceite, pan, vino— y gestos humanos —ablución, unción, imposición de
las manos, etc., que se llaman materia; y también por palabras que pronuncia el ministro del
sacramento, que son la forma. Como afirma el Catecismo, «toda celebración sacramental es
un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este
encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras».
Además, en la liturgia de los sacramentos existe una parte inmutable (lo que Cristo
mismo estableció acerca del signo sacramental), y partes que la Iglesia puede cambiar, para
bien de los fieles y mayor veneración de los sacramentos, adaptándolas a las circunstancias
de lugar y tiempo. Sin olvidar que «ningún rito sacramental puede ser modificado o
manipulado a voluntad del ministro o de la comunidad. Incluso la suprema autoridad de la
Iglesia no puede cambiar la liturgia a su arbitrio, sino solamente en virtud del servicio de la
fe y en el respeto religioso al misterio de la liturgia».
3
Todos los sacramentos confieren la gracia santificante a quienes no ponen obstáculo.
Esta gracia es «el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica». Además, los sacramentos
confieren la gracia sacramental, que es la gracia «propia de cada sacramento»: un cierto
auxilio divino para conseguir el fin de ese sacramento.
No sólo recibimos la gracia santificante, sino al mismo Espíritu Santo; de hecho, «la
gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica».
Por eso podemos decir que «por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su
Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo». De modo que el fruto de la
vida sacramental consiste en que el Espíritu Santo deifica a los fieles uniéndolos vitalmente
a Cristo.
Los tres sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden sacerdotal confieren,
además de la gracia, el llamado carácter sacramental, que es un sello espiritual indeleble
impreso en el alma, por el cual el cristiano participa del sacerdocio de Cristo y forma parte
de la Iglesia según estados y funciones diversos. El carácter sacramental permanece para
siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia, como promesa y garantía de
la protección divina y como vocación al culto divino y al servicio de la Iglesia. Por tanto,
estos tres sacramentos no pueden ser reiterados.
Los sacramentos que Cristo ha confiado a su Iglesia son necesarios —al menos su
deseo— para la salvación, para alcanzar la gracia santificante, y ninguno es superfluo, aunque
no todos sean necesarios para cada persona.
EFICACIA DE LOS SACRAMENTOS
Los sacramentos «son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; Él es quien
bautiza, Él quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el
sacramento significa”. De hecho, los sacramentos “realizan eficazmente la gracia que
significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo».
El efecto sacramental se produce ex opere operato (por el hecho mismo de que el
signo sacramental es realizado). Es decir, el sacramento no actúa en virtud de la justicia del
hombre que lo da o que lo recibe, sino por el poder de Dios. «En consecuencia, siempre que
un sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su
Espíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidad personal del ministro»
La persona que realiza el sacramento se pone al servicio de Cristo y de la Iglesia, por
eso se llama ministro del sacramento; y no puede ser indistintamente cualquier fiel cristiano,
sino que necesita ordinariamente la especial configuración con Cristo Sacerdote que da el
sacramento del Orden.
La eficacia de los sacramentos deriva de Cristo mismo, que actúa en ellos. «Sin
embargo, los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del que los
recibe»: cuanto mejores disposiciones tengan de fe, conversión de corazón y adhesión a la
voluntad de Dios, más abundantes son los efectos de gracia que recibe.
4
«La Santa Madre Iglesia instituyó, además, los sacramentales. Estos son signos
sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos,
sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se
disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas
circunstancias de la vida. No confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los
sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con
ella» (Catecismo, 1670). Entre los sacramentales figuran en primer lugar las bendiciones (de
personas, de la mesa, de objetos, de lugares).
LA IGLESIA NOS ENSEÑA
Adheridos a las doctrinas de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al
sentimiento unánime de los Padres, profesamos que "los sacramentos de la Nueva Ley fueron
todos instituidos por nuestro Señor Jesucristo" CIC n.1114 ss.
Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación
del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero como signos, también tienen
un fin pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la
expresan por medio de palabras y cosas; por esto se llaman sacramentos de la fe. Confieren
ciertamente la gracia, pero también la celebración prepara perfectamente a los fieles para
recibir con fruto la misma gracia, rendir el culto a Dios y practicar la caridad.
Por consiguiente, es de suma importancia que los fieles comprendan fácilmente los
signos sacramentales y reciban con mayor frecuencia posible aquellos sacramentos que han
sido instituidos para alimentar la vida cristiana. "Sacrosantum Concilium" # 59. Estudia CIC
(Catecismo de la Iglesia) 1122 ss.
TEMA 2
LOS SACRAMENTOS DE INICACIÓN
I.- BAUTISMO:
"Y acercándose Jesús les dijo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra;
id pues y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo". Mateo 28,18-19.
El bautismo es el primer sacramento del cristianismo, el cual se practica como un
ritual de iniciación en todas las confesiones religiosas que siguen el mensaje de Jesucristo.
La palabra proviene del griego βαπτίζειν o “baptízein” que quiere decir 'sumergir'. La
inmersión alude a los rituales de purificación antiguos en los cuales el penitente se sumergía
en las aguas y se levantaba de ellas en señal de renacimiento espiritual.
El bautismo como sacramento de iniciación en el cual el contrayente recibe el Espíritu
Santo, inicia el seguimiento del evangelio y se integra a la Iglesia. El ministro suele ser un
obispo, sacerdote o diácono. Sin embargo, en caso de peligro de muerte, cualquier bautizado
puede administrar un bautismo de emergencia. El bautismo está dirigido tanto a niños como
a adultos. En este sentido el código de Derecho Canónigo establece: en su numeral 844 y
literales:
§ 1. Los ministros católicos administran los sacramentos lícitamente sólo a los fieles
católicos, los cuales, a su vez, sólo los reciben lícitamente de los ministros católicos, salvo
lo establecido en los §§ 2, 3 y 4 de este canon, y en el c. 861 § 2.
6
§ 2. En caso de necesidad, o cuando lo aconseje una verdadera utilidad espiritual, y
con tal de que se evite el peligro de error o de indiferentismo, está permitido a los fieles a
quienes resulte física o moralmente imposible acudir a un ministro católico, recibir los
sacramentos de la penitencia, Eucaristía y unción de los enfermos de aquellos ministros no
católicos, en cuya Iglesia son válidos esos sacramentos.
§ 3. Los ministros católicos administran lícitamente los sacramentos de la penitencia,
Eucaristía y unción de los enfermos a los miembros de Iglesias orientales que no están en
comunión plena con la Iglesia católica, si los piden espontáneamente y están bien dispuestos;
y esta norma vale también respecto a los miembros de otras Iglesias, que, a juicio de la Sede
Apostólica, se encuentran en igual condición que las citadas Iglesias orientales, por lo que se
refiere a los sacramentos.
§ 4. Si hay peligro de muerte o, a juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia
Episcopal, urge otra necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar lícitamente
esos mismos sacramentos también a los demás cristianos que no están en comunión plena
con la Iglesia católica, cuando éstos no puedan acudir a un ministro de su propia comunidad
y lo pidan espontáneamente, con tal de que profesen la fe católica respecto a esos sacramentos
y estén bien dispuestos.
§ 5. Para los casos exceptuados en los §§ 2, 3 y 4, el Obispo diocesano o la
Conferencia Episcopal no deben dar normas generales sin haber consultado a la autoridad,
por lo menos local, de la Iglesia o comunidad no católica de que se trate.
9
subrayado como algo importante. Esta formación no es simple transmisión de conocimientos
o preparación de la celebración, sino que ha de ser también un momento de anuncio y
evangelización, dado que, por desgracia, muchas familias vienen a bautizar a sus hijos sin
una práctica de fe consolidada.
Insiste luego el en algo que hoy nos parece obvio: la importancia de que los padres
asistan a la celebración. En el pasado, no demasiado remoto, la madre, convaleciente del
parto, había veces que no podía acudir, al celebrarse el Bautismo en el mismo día del
nacimiento del niño o pocos días después.
Durante la celebración, la función y el papel de los padres es fundamental,
especialmente en algunos momentos: cuando piden públicamente que sea bautizado el niño;
cuando lo signan en la frente, después del celebrante; cuando hacen la renuncia a Satanás y
pronuncian la profesión de fe; cuando llevan el niño a la fuente bautismal (función que
corresponde principalmente a la madre); cuando encienden el cirio; o cuando reciben la
bendición especial destinada a las madres y a los padres. Cuando expliquemos estos
momentos resaltaremos el sentido y la importancia de los padres en cada uno de ellos.
Es verdad que, en la sociedad actual, encontramos situaciones personales que no son
la ideal que plantea el ritual. Vienen, por ejemplo, a bautizar a sus hijos padres que no están
unidos por el sacramento del Matrimonio; o que están divorciados civilmente, o niños que
son hijos de madre soltera, etc. Esto requiere un proceso de discernimiento que nunca es igual
en todos los casos y que a veces resulta doloroso. El ritual solamente contempla un caso y da
el criterio para discernir: cuando uno de los padres no profesa la fe católica. ¿Qué ha de hacer
entonces en el momento de proclamarla? ¿Fingir? ¿Decirlo formalmente, aunque no la
profese? Dice el ritual: “Si acaso alguno no pudiera, en conciencia, hacer la profesión de fe
–por ejemplo, por no ser católico–, puede guardar silencio. En este caso, sólo se le pide que
cuando presente su hijo al Bautismo garantice o, por lo menos, permita que el niño sea
educado en la fe bautismal”.
Y, respecto al después del bautismo, añade: “Después de conferido el Bautismo, los
padres, por gratitud a Dios y por fidelidad a la misión recibida, deben conducir al niño al
conocimiento de Dios, del cual ha sido hecho hijo adoptivo, así como prepararle a la
Confirmación y a la Eucaristía. En esta tarea el párroco les prestará ayuda con medios
adecuados”.
Los padrinos, corresponsables de la educación en la fe
“Según costumbre antiquísima de la Iglesia, no se admite a un adulto al Bautismo sin
un padrino (o padrinos, dado que en el Bautismo pueden ser dos, hombre y mujer, o solamente
uno), tomado de entre los miembros de la comunidad cristiana (…). En el Bautismo de un
niño debe haber también un padrino: representa a la familia, como extensión espiritual de la
misma, y a la Iglesia madre, y, cuando sea necesario, ayuda a los padres para que el niño
llegue a profesar la fe y a expresarla en su vida”. Los padrinos tienen, por tanto, una función
de representación: tanto de la familia del niño como de la Iglesia misma, que le confía una
10
misión: ayudar a los padres en la educación en la fe del niño que va a ser bautizado. Es, por
tanto, una tarea de corresponsabilidad.
Los padrinos intervienen en la celebración del Bautismo para profesar, juntamente
con los padres, la fe de la Iglesia en la cual es bautizado el niño. Se hace, por tanto, garante
de que el niño llegue un día a profesar por sí mismo esa fe que es la de la Iglesia, que se le
presta en el momento el Bautismo para que el niño pueda ser bautizado, confiando en la
promesa de la futura educación en la fe, hecha por los padres y con la colaboración de los
padrinos.
Para ser padrino o madrina el ritual plantea tres requisitos fundamentales: el primero
de ellos es la madurez en la fe cristiana. Una persona que se diga, por ejemplo, creyente, pero
no practicante –lo cual es una contradicción: si no celebras tu fe, ¿cómo la alimentarás y la
harás crecer?–, o una persona que directamente se declare no creyente, ¿cómo podrá ayudar
a los padres a guiar al niño por el camino de la fe cristiana –profesada, celebrada y vivida–,
si no lo ha recorrido o no le da importancia? A veces los criterios de los padres al elegir a los
padrinos del niño –amistad, cercanía, parentesco–, que pueden ser muy razonables, no tienen
nada que ver con la función real que se les confía.
Precisamente para garantizar, en la medida de lo posible, que los padrinos hayan
recorrido el camino de la fe, marcado por los sacramentos, se pide que hayan recibido los
tres sacramentos de la Iniciación Cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. El ritual
no plantea ninguna excepción. Para quien no cumple estos requisitos está la posibilidad de
constar como testigo del Bautismo, pero no podrá ejercer la función de padrino.
El ritual se pone muy serio con este tema en el número 20: “Los padres han de tomar
en serio la elección de buenos padrinos para sus hijos, a fin de que el padrinazgo no se
convierta en una institución de puro trámite y formalismo. No deben dejarse guiar
únicamente por razones de parentesco, amistad o prestigio social, sino por un deseo sincero
de asegurar a sus hijos unos padrinos que, por su edad, proximidad, formación y vidas
cristianas, sean capaces de influir, en su día, eficazmente en la educación cristiana de
aquellos”.
Soy muy consciente –lo he vivido en mis propias carnes siendo párroco– de que este
tema concreto es fuente de muchísimos conflictos e incomprensión en las parroquias. Lo que
pretendo en este artículo, citando los números del ritual es, por una parte, mostrar la
verdadera naturaleza de la función de los padrinos en el Bautismo y, por otra, aclarar que las
condiciones externas que pone la Iglesia en el Código de Derecho Canónico o en
nuestro Directorio diocesano para la pastoral de los sacramentos no son un capricho, sino el
deseo sincero de que quien es bautizado de niño pueda ser adecuadamente acompañado en el
camino de la fe a lo largo de su vida. Otras consideraciones nada tienen que ver con la
celebración del sacramento.
La celebración del Sacramento del Bautismo.
11
La celebración del Bautismo de niños comienza con el rito de acogida. Tanto la
Eucaristía como los demás sacramentos y sacramentales comienzan con lo que solemos
llamar ritos iniciales. Se trata de aquella parte de la celebración que nos dispone a escuchar
la Palabra y a celebrar el sacramento o sacramental que corresponda, ayudándonos también
a tomar conciencia de que, reunidos en nombre del Señor, somos la comunidad cristiana, la
Iglesia de Cristo, unidos por un vínculo de comunión que no depende de nosotros, sino que
es creado por el Espíritu que habita en nosotros. Solamente tomando conciencia de ello es
como participamos de forma más plena en la celebración, porque toda celebración cristiana
es por naturaleza comunitaria. Como nos recuerda Sacrosanctum Concilium, la constitución
conciliar sobre liturgia, no se trata de acciones privadas, sino de celebraciones de la Iglesia.
Los ritos iniciales del Bautismo consisten fundamentalmente en la acogida del niño
en la comunidad cristiana. Nos recuerdan los praenotanda del ritual: “(en el rito de acogida)
se expresa la voluntad de los padres y padrinos, y la intención de la Iglesia de celebrar el
Bautismo: esto se manifiesta por medio de la signación en la frente de los niños, hecha por
los padres y por el celebrante”.
La dinámica del rito de acogida es sencilla: mientras se canta un canto adecuado, el
sacerdote se dirige a la puerta de la iglesia. Allí aguardan los padres y padrinos con el niño.
También pueden estar ya dentro de la iglesia, en su lugar, pero es muy característico recibirlos
a la puerta de la iglesia e invitarles a entrar, significando así el sentido de acogida en la Iglesia
–con mayúscula, la comunidad de los fieles– del niño que va a ser bautizado y que,
precisamente por medio del Bautismo, pasará a formar parte del Pueblo de Dios.
Una vez que el celebrante llega a donde están los padres y padrinos con el niño les
saluda y les recuerda el gozo con el que han recibido a este niño como un don de Dios, que
es la fuente de toda vida y que quiere ahora comunicarla.
Inmediatamente pregunta a los padres por el nombre de cada niño. Para Dios nadie es
anónimo. Él nos ha creado y ha pensado para cada uno de nosotros una hermosa historia de
salvación, de encuentro con Él a través de nuestra vida. Esto es lo que el nombre significa en
la Sagrada Escritura: Dios nos conoce por nuestro nombre, Dios nos ama. Luego se les
pregunta a los padres qué han venido a pedir a la Iglesia. La respuesta: “el Bautismo”, o bien
otra similar: “la gracia de Cristo”, “la entrada en la Iglesia”, “la vida eterna”. Los padres
aparecen, así como responsables y garantes de la fe de su hijo y, por tanto, de su futura
educación en la fe. Es lo que el celebrante les pregunta inmediatamente después: si son
conscientes de esa obligación de educar en la fe a los hijos. A los padrinos les interrogará
sobre su disponibilidad de ayudar a los padres en la tarea de la educación en la fe.
Manifestar delante de la comunidad el compromiso de los padres y padrinos es
garantía suficiente para acoger al niño en la Iglesia. Esto se hace por medio de la señal del
cristiano, la señal de la Cruz, que el celebrante, los padres y los padrinos, en nombre de toda
la comunidad, trazan en la frente del niño sin decir nada. Después, ya en su lugar, se escuchará
la Palabra de Dios.
12
La Iglesia, por tanto, se alegra en estos primeros ritos del Bautismo al acoger a un
nuevo miembro a través de esta celebración. Por eso, el ritual aconseja que la comunidad
parroquial participe, de alguna manera, en el Bautismo, para hacer presente esa acogida y ese
gozo pascual.
La liturgia de la Palabra en el sacramento:
“La celebración de la Palabra de Dios se ordena a que, antes de realizar el sacramento,
se avive la fe de los padres y padrinos y de todos los presentes, y se ruegue en la oración
común por el fruto del sacramento. Esta celebración consta de la lectura de uno o varios
textos de la Sagrada Escritura; de la homilía, juntamente con un tiempo de silencio; de la
oración de los fieles, que concluye con una oración en forma de exorcismo, y a su vez
introduce la unción con el óleo de los catecúmenos o la imposición de manos”. Así describe
la Liturgia de la Palabra el número 69 de los praenotanda –introducción o notas previas–
del Ritual del Bautismo de niños. En efecto, la primera finalidad de la proclamación de la
Palabra de Dios en la celebración litúrgica es que se avive la fe de los creyentes. La fe viene
por la escucha atenta de la Palabra de Dios (cf. Rom 10,17). Sin esa fe viva la gracia del
sacramento no sería acogida plenamente. El número 69 señala directamente a los padres, en
primer lugar; a los padrinos, en segundo; y a “todos los presentes”, a la asamblea, que
representan a la Iglesia misma. El niño será bautizado “en la fe de la Iglesia”, de la que
participan tanto los padres y padrinos como el resto de la asamblea, y por eso es necesario
que se avive por la escucha de la Palabra de Dios antes de realizar el sacramento.
Cómo se articula la proclamación de las lecturas depende ya de quien ha preparado la
celebración y de las circunstancias de la misma –por ejemplo, del número de niños que han
de ser bautizados, para no alargarla excesivamente–. En cualquier caso, como mínimo habrá
una lectura, normalmente del Evangelio, pero pueden hacerse varias, incluyendo también el
salmo responsorial. Por eso el número 70 habla de la cuidadosa preparación de la Liturgia de
la Palabra en todas sus partes –lecturas, homilía, silencio, oración de los fieles–. Dirá luego
el número 71: “De la conveniente elección de las lecturas depende en gran parte el fruto de
esta celebración de la Palabra. La brevedad o el gusto personal del celebrante no ha de ser el
criterio decisivo, sino el interés pastoral de la comunidad”. La homilía –que el número 69
nombra de pasada y el número 72 desarrolla un poco más– debería, partiendo de la Palabra
proclamada, iluminar el hecho concreto del Bautismo de los niños que se está celebrando,
ayudando a padres, padrinos y asamblea –a quienes antes se ha nombrado al hablar de la
escucha de la Palabra de Dios– a entender mejor el sentido de lo que están celebrando: “la
homilía, como parte integrante del rito, dentro de su brevedad, tiende a explicar las lecturas
y a llevar a los presentes a un conocimiento más profundo del Bautismo y a la aceptación de
las responsabilidades que nacen del mismo, sobre todo para los padres y padrinos”. Es el
número 72 de los praenotanda.
La Liturgia de la Palabra concluye con una oración de los fieles donde se pide
especialmente por el niño, sus padres y padrinos. Esta plegaria concluye con una oración que
el ritual llama de exorcismo. Los exorcismos, tanto en el ritual de la iniciación cristiana de
13
adultos como el que ha quedado en el Bautismo de niños, son oraciones que piden que el
Espíritu llene la vida de la persona –niño o adulto– y el poder del mal no pueda nada contra
él. Precisamente por eso, acabada esta oración, el niño es ungido en el pecho con el óleo de
catecúmenos, aceite bendecido por el obispo en la Misa Crismal que, como dice la oración
de la unción, es signo de la fortaleza que el Espíritu Santo nos da para, a su tiempo en el caso
del niño, vivir la fe con todas las consecuencias.
Los ritos que nos preparan para la celebración:
Acabada la liturgia de la Palabra –que, como recordaremos, comprende, aparte de las
lecturas y la homilía, algunos ritos como la unción prebautismal– comienza la celebración
del sacramento propiamente dicho.
El rito del Bautismo está precedido por la bendición del agua y por las renuncias y la
profesión de fe. La bendición del agua es “una oración solemne del celebrante, que,
recordando la historia de la salvación e invocando a Dios, bendice el agua del Bautismo o
recuerda su bendición” (n. 73). Es muy significativo que esta oración sea exactamente la
misma que se utiliza en la Vigilia Pascual en la noche santa. Esto significa que, aunque
estemos en el más humilde de los bautizos, para el niño que es bautizado supone la
participación en la Pascua del Señor.
Se trata de una oración larga. Como todas las grandes plegarias utilizadas en la
liturgia, comienza con una gran anámnesis, es decir, un recorrido por la historia de la
salvación, mostrando lo que Dios ya ha hecho. En este caso se alude a varios textos bíblicos,
tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo, donde aparece el agua como signo e
instrumento de la salvación de Dios. En concreto se alude a la creación, en la que "el Espíritu
de Dios se cernía sobre las aguas", en palabras del Génesis; luego a Noé y el diluvio, donde
las aguas dieron paso a una nueva creación ante el pecado del hombre; el paso del Mar Rojo,
que supuso la liberación del pueblo de Israel y el inicio de la marcha por el desierto hacia la
tierra prometida. Del Nuevo Testamento se citan el Bautismo de Cristo en el Jordán; el pasaje
de San Juan donde se dice que del costado de Cristo salió sangre y agua, dando así origen a
los sacramentos, como afirman los Padres de la Iglesia; y el mandato de anunciar el Evangelio
hasta el confín de la tierra y bautizar a quien crea. Por tanto, todas estas citas o alusiones
bíblicas nos hacen presente, por una parte, que el agua es instrumento de purificación y de
vida nueva, y por otra, nos presentan el ministerio de la Iglesia que, por medio del Bautismo,
ve renacer a los nuevos hijos fruto de la fe. Después de esta larga anámnesis se pide por dos
veces el Espíritu Santo, para que santifique el agua, de modo que quienes sean bautizados
resuciten con Cristo a la vida inmortal.
Una vez que el agua ha sido bendecida –cosa que hay que hacer siempre, salvo que
en el tiempo pascual se utilice el agua bendecida en la Vigilia–, tienen lugar las renuncias y
la profesión de fe de los padres y padrinos, a las cuales aclama el pueblo, reconociendo en
ellas la fe de la Iglesia, en la que el niño va a ser bautizado.
14
Dice el número 76: “hay que hacer caer en la cuenta que las renuncias y la profesión
de fe de padres y padrinos, y el asentimiento de la comunidad, son una actualización de su
propio Bautismo y expresan la fe de la Iglesia, en la cual es bautizado el niño”. Por tanto, no
se trata solamente de que padres y padrinos manifiesten su fe y se la presten al niño, que no
puede profesarla con los labios, sino sobre todo de que esa es la fe de la Iglesia, y que,
profesándola, los padres y padrinos se comprometen de nuevo a transmitirla al niño –ya lo
habían hecho en los ritos iniciales–. Como bien dice el número 91, “la fe es don de Dios y
como tal ha sido recibida en el Bautismo; pero para que ese don no quede estéril requiere
respuesta del hombre, y es obra de la catequesis posterior disponer el corazón para acoger el
don del Espíritu y seguir sus llamadas”.
Por tres veces, entonces, los padres y padrinos renuncian a lo que nos aparta de Dios,
y por tres veces, hacen profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Con el agua y
la fe, la Iglesia puede proceder entonces a bautizar al niño, que renacerá como hijo de Dios,
iniciando así su camino de fe dentro de la Iglesia.
¿Qué es la crismación?
El Santo Crisma es aceite mezclado con perfumes. Junto con el óleo de catecúmenos
y el óleo de enfermos, que son simplemente bendecidos, el Santo Crisma es consagrado por
el obispo en la Misa Crismal.
El aceite es un elemento simbólico cuyos significados los encontramos en la Sagrada
Escritura. El aceite puede significar fortaleza y vigor –es el caso del óleo de catecúmenos– y
puede ser signo de salud, porque se utilizaba como ungüento o medicina –así aparece en el
sacramento de la unción de enfermos–. Finalmente, el aceite hace presente la elección de
Dios y el don del Espíritu Santo, que consagra a la persona para ejercer una función
determinada. Así, en la antigüedad los reyes de Israel eran ungidos y no coronados,
derramando sobre su cabeza el aceite contenido en un cuerno. También eran ungidos los
sacerdotes y, más raramente, los profetas.
El Crisma se utiliza, por tanto, en aquellas celebraciones sacramentales que suponen
una especial consagración de la persona y una unión íntima con Cristo. Son el Bautismo y la
Confirmación –que nos eligen y consagran como cristianos– y el Orden –que consagra a la
persona como ministro del Orden Sacerdotal–. Esta elección es irrevocable y por ello no se
pueden reiterar. Son, por tanto, los sacramentos que imprimen carácter, o sea, un sello
indeleble en el alma de esa consagración y pertenencia a Dios.
También se utilizará el Santo Crisma en un sacramental especialmente importante: la
dedicación de las iglesias y de los altares. El altar y los muros de la iglesia en esta celebración
son también ungidos, de modo que se consagran, es decir, se dedican permanentemente al
culto divino como casa de Dios y casa de oración para la Iglesia que allí se reunirá para la
celebración de la Eucaristía y de los sacramentos y para escuchar la Palabra de Dios.
La unción con el Crisma se acompaña de una oración: “Dios todopoderoso, Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que los liberó del pecado y los hizo renacer por medio del agua y
15
del Espíritu Santo, los unge ahora con el crisma de la salvación, para que, incorporados a su
pueblo y permaneciendo unidos a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey, vivan eternamente”. Del
mismo modo que eran ungidos en el Antiguo Testamento los sacerdotes, profetas y reyes,
también el cristiano, ungido en la coronilla con el Santo Crisma, está llamado a ser sacerdote,
profeta y rey. Sacerdote porque el Bautismo le abrirá la puerta de la fe, que le capacitará para
tener una relación personal con Dios, vivida en la Iglesia, y podrá ofrecer, unido a Cristo, su
propia vida como sacrificio, dando a Dios el “culto en Espíritu y en Verdad”. Profeta porque,
a su tiempo, este niño estará llamado a testimoniar, de palabra y de obra, el Evangelio de
Cristo. Rey porque el cristiano participa en la libertad gozosa de los hijos de Dios, no es
esclavo del pecado. Ungido con el Santo Crisma –palabra que viene de Cristo, que
significa ungido por el Espíritu Santo– se expresa que el Bautismo ha hecho a la persona un
nuevo cristiano. Recibir a Cristo es, en cierto modo, “hacerse como Cristo”, “configurarse
con Cristo”.
Qué duda cabe que la unción con el Santo Crisma tiene también un fuerte significado
en relación con el Espíritu Santo. Es el Espíritu santificador el que nos configura con Cristo
y nos abre y acompaña el camino de la santidad.
Otros ritos explicativos en el Bautismo
Durante toda la celebración ha estado encendido el cirio pascual, como lo estuvo en
la Vigilia y durante todo el tiempo de Pascua. El Bautismo es la Pascua del cristiano, el paso
de la muerte a la vida, el nacimiento del hombre nuevo, que vive de la fe. Por eso las
referencias a la Vigilia Pascual son varias. Ya comentábamos en otro artículo que la oración
de bendición del agua es exactamente la misma que se utiliza, con toda solemnidad, durante
la Vigilia. El cirio encendido, que significa la vida nueva de Cristo Resucitado, luz que nos
ilumina en el camino de la fe y de la vida, nos ayuda a vivir este momento como una Pascua,
paso del Señor, que nos rescata de la oscuridad de la muerte y nos lleva al reino de su luz
admirable.
El padre, o en su caso, el padrino, es el encargado de encender una vela en la llama
del cirio pascual. Mientras tanto, el celebrante dice: “Recibid la luz de Cristo. A vosotros,
padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestros hijos, iluminados por Cristo,
caminen siempre como hijos de la luz y, perseverando en la fe, puedan salir con todos los
santos al encuentro del Señor”. Es la tercera vez en la celebración en la que se alude a la
misión de los padres y padrinos de transmitir la fe a sus hijos o ahijados. La primera había
sido en los ritos iniciales, cuando se les preguntó expresamente si estaban dispuestos a ello;
la segunda, en las renuncias y profesión de fe.
La imposición de la vestidura blanca es otro de los ritos explicativos, aunque hay
veces que se omite por razones de tipo práctico. En el Bautismo por inmersión el niño es
revestido con una túnica o vestimenta blanca. Cuando se hace por infusión, el niño no es
desnudado para ser bautizado, por lo que la vestidura blanca la lleva ya puesta. Por eso hay
muchos lugares en los que se añade a esa vestidura una capa o un capuchón para poder hacer
el signo, aunque de forma menos expresiva. En todo caso, esa vestidura significa la nueva
16
vida del bautizado. “Los que hemos sido bautizados nos hemos revestido de Cristo”, diría
San Pablo (cf. Gál 3,27). El deseo que expresa el sacerdote en este momento es que esa
vestidura blanca se conserve sin mancha a lo largo de toda la vida del bautizado. El color
blanco de la vestidura volverá a aparecer en otros momentos de la vida del cristiano.
Tradicionalmente es blanca la vestidura de la primera comunión –por eso los niños comulgan
vestidos de marinero, porque era la única vestidura “de persona mayor” que era blanca–, y
blanco es también el vestido de las novias. En el fondo, es una forma de recordar esa vida
que comenzó en el Bautismo y que, no sin dificultades, pero siempre con la ayuda de la gracia
de Dios, va creciendo de día en día en aquellos que confían en Él.
El effetá, signo que consiste en tocar los oídos y los labios del niño recién bautizado,
como hizo Jesús en la curación del sordomudo (Mc 7, 31-37), es un rito que se puede omitir,
pero que es muy significativo: el celebrante pide, mientras realiza el gesto, que a su tiempo
se abran los oídos y la boca del niño, para escuchar la Palabra de Dios y profesar su fe en Él.
Otro rito importante, que no puede pasar de largo, es el Padrenuestro, la oración del
Señor que es propia de los bautizados. Toda la asamblea la reza en nombre de los niños que
han sido bautizados, con la esperanza de que a su tiempo la aprendan y puedan rezarla,
especialmente durante la celebración de la Eucaristía, con toda la comunidad cristiana. Es la
primera y principal oración que padres y padrinos habrán de enseñar, de palabra y de obra, a
sus hijos y ahijados.
Con la bendición de la madre, del padre y de los presentes se despide la asamblea y
culmina así la celebración del sacramento que es la puerta de la fe.
II.- CONFIRMACIÓN:
"Cuando los apóstoles oyeron cómo había recibido Samaria la palabra de Dios,
enviaron a Pedro y a Juan, los cuales, bajando, oraron sobre ellos para que recibiesen el
Espíritu Santo, pues aún no había venido sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados
en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu
Santo". Hechos 8, 14-17.
Ceremonia de confirmación. El obispo unge el Santo Crisma en la frente del joven
confirmando, mientras su padrino coloca su mano derecha sobre su hombro, como símbolo
de apoyo y orientación en la fe.
La confirmación es un sacramento de iniciación que consiste en la renovación de las
promesas bautismales. Entre ellas, el rechazo del pecado, el seguimiento del evangelio y el
compromiso con la Iglesia. El ministro es el obispo, quien pueden delegar la función en un
sacerdote. El sujeto puede ser cualquier persona bautizada que haya tomado la primera
comunión.
17
SIGNIFICADO DE LA CONFIRMACIÓN
La confirmación simboliza la reafirmación de la fe y del compromiso cristiano,
acrecentados por los dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza,
ciencia, piedad y temor de Dios.
La materia o signo visible de la confirmación es la unción del Santo Crisma, un
aceite perfumado que simboliza el fortalecimiento de la fe y el llamado a ser testimonio.
Imposición de manos, la cual transmite la bendición de Dios.
La oración por la cual se sella el sacramento de la confirmación es: «Recibe por esta
señal el don del Espíritu Santo». Una vez pronunciada por el obispo, la persona ya
está confirmada.
Otros elementos complementarios de la liturgia de confirmación son: la luz del cirio
pascual y el beso de la paz. La luz es símbolo del Espíritu Santo que da vida. El beso es
señal de la comunión del obispo con los fieles.
III.- EUCARISTÍA:
"Tomando pan se los dio diciendo: ´Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros, haced
esto en memoria mía”. Así mismo el cáliz... diciendo: ´Este es el cáliz de la Nueva Alianza
en mi sangre que es derramada por vosotros´ ". Lucas 22, 19-20.
La eucaristía consiste en el memorial de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús, por
medio del ofrecimiento (consagración) del pan y el vino a Dios. También recibe el nombre de
comunión. Asimismo, la ceremonia en que se recibe el pan y el vino por primera vez se llama Primera
Comunión. El ministro de la eucaristía es el sacerdote. El sacramento va dirigido a toda la comunidad
de fieles. Los bautizados y preparados pueden consumir el pan en forma de hostia.
La eucaristía o misa (La palabra "misa" proviene del latín missa, que quiere decir 'envío'.), es
la ceremonia principal de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa. En esta celebración los creyentes
evocan el memorial de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús. También es llamada Santa
Eucaristía o Cena del Señor.
También reciben el nombre de misa las composiciones musicales hechas deliberadamente
para el acompañamiento de la liturgia.
La misa es un espacio de encuentro comunitario y una escuela de oración. Para los católicos,
es obligatorio asistir a misa los domingos (que significa 'día del Señor'), pero la misa se celebra
diariamente en todas las iglesias católicas del mundo.
Gran parte de la estructura de la misa está fundada en las tradiciones del judaísmo, pero están
adaptadas al cuerpo de creencias de los cristianos. La misa está estructurada en varias secciones, cada
una de las cuales evoca un significado específico acorde con los relatos evangélicos e invita a una
actitud espiritual equivalente, que se expresa en palabras o actitudes corporales (oración de pie,
oración de rodillas, posición de escucha, etc.).
18
SIGNIFICADO DE LA EUCARISTÍA
La eucaristía es el sacramento por excelencia del catolicismo, ya que resume toda la
fe cristiana. La eucaristía es el signo visible de la presencia de Jesús en medio de la
comunidad de creyentes. El pan y el vino consagrados recuerdan el sacrificio de Cristo y se
consideran su cuerpo y su sangre. De este modo, son verdadera presencia de Jesús, alimento
material y espiritual para los fieles.
El signo visible de la eucaristía es el pan y el vino, mezclado con un poco de agua.
El pan representa el fruto del trabajo cotidiano. El vino representa la plenitud de la vida y lo
divino. Una vez consagrados, pan y vino son cuerpo y sangre de Cristo. El agua representa a
la humanidad, lo que implica que los fieles están presentes en la ofrenda.
La oración que consagra el pan y el vino como cuerpo y sangre de Cristo es la
siguiente: «Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por
ustedes». «Tomen y beban todos de él, porque ésta es mi Sangre. Sangre de la alianza nueva
y eterna que será derramada por ustedes y por todos los hombres para el perdón de los
pecados».
FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA EUCARISTÍA
El fundamento bíblico de la eucaristía se encuentra en las narraciones evangélicas de
la Última Cena. Según los evangelistas, Jesús tomó el pan y el vino, los bendijo y los repartió
como signo de su cuerpo y sangre. Hecho esto, les pidió repetir este gesto en su memoria (ver
Mateo 26, 17-30; Marcos 14:12-25; Juan 13, 1-15; Lucas 22, 7-20). Otras referencias son:
Juan 6, 30-35; Juan 6, 48-58; Primera Carta a los Corintios 10, 16 y 11, 23-29.
PARTES DE LA MISA
La misa está dividida en varias partes, las cuales a su vez se descomponen en otras
más pequeñas. Veamos:
A.- RITOS INICIALES
Antes de iniciar la Santa Misa con propiedad, se llevan a cabo una serie de símbolos
rituales que generan o expresan disposición espiritual para participar. Estos son:
1. La procesión de entrada, en la que los fieles acompañan la entrada del sacerdote y
se disponen a ubicar sus lugares.
2. El saludo inicial, en el que el sacerdote, invocando a la Santísima Trinidad por medio
de la señal de la cruz, saluda a la asamblea y les da la bienvenida.
3. El acto penitencial, en el cual todos los participantes reconocen que han pecado y se
disponen a recibir la orientación de Dios desde la humildad.
4. El gloria, o la glorificación de Dios, oración con la que se reconoce que solo Dios es
santo y que los fieles necesitan de su gracia.
19
5. La oración colecta, en la cual el sacerdote recoge todas las intenciones de la
comunidad y las presenta ante Dios.
TEMA 3
LOS SACRAMENTOS DE CONFESIÓN (RECONCILIACIÓN) Y UNCION
DE LOS ENFERMOS
IV.- CONFESIÓN:
"Diciendo esto sopló y les dijo: ´Recibid el Espíritu Santo, a quien perdonéis los
pecados les serán perdonados, a quien se los retuviereis, les serán retenidos´ ". Juan 20, 22-
23.
La confesión o sacramento de la reconciliación, celebrado en un espacio al aire libre. La
estola morada representa la función que cumple el sacerdote para otorgar el perdón en nombre de
Dios.
22
contrición (arrepentimiento); tener propósito de enmienda (reparar el daño) y cumplir la
penitencia.
Para dar la absolución de los pecados y sellar el acto de reconciliación, se puede usar
una oración corta o una oración larga. Estas oraciones son:
• Forma corta: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo».
• Forma larga: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la
muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de
los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te
absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
TEMA 4
SACRAMENTOS DE SACERDOCIO Y MATRIMONIAL
VI.- SACERDOCIO:
"Les constituyeron presbíteros en cada iglesia por la imposición de las manos, orando
y ayunando y los encomendaron al Señor". Hechos 14, 23.
El origen de la Iglesia se remonta a la santa Trinidad. ¿Desde cuándo? San Pablo nos
dice alborozado en la carta a los efesios: “Por Cristo, Dios nos bendijo con toda clase de
bendiciones espirituales en el cielo, antes de la creación del mundo para que por el amor
fuéramos consagrados e irreprochables en su presencia”. Esta es la fecha sin tiempo del
origen de la Iglesia. Antes de crearnos ya Dios pensaba en nosotros. Este proyecto, guardado
24
por los siglos en Dios, lo realizó en nuestra historia eligiendo a un pueblo. Inició esta aventura
con Abraham, “nuestro padre en la fe”.
Por la descendencia de Abraham nos llegó la bendición de Dios y brilló en la persona
de Cristo en el momento culminante de la historia. En Cristo y por Cristo se desbordó la
sabiduría y el amor de Dios sobre el mundo entero; por eso la Iglesia es ahora el “signo e
instrumento de la unidad de todo el género humano”. Al Pueblo de Israel, rescatado de la
esclavitud del faraón y de los ídolos, le fue manifestando su voluntad y educándolo en el uso
de la libertad. Tanto Moisés como los futuros jefes de Israel: Josué, Samuel, Gedeón, el Rey
David desempeñaron servicios de conducción y educación del pueblo. Todos ellos ejercieron
ya el triple ministerio del que participamos ahora los cristianos; fueron guías y salvadores de
Israel, porque supieron hacer de las crisis oportunidades de crecimiento y gracia; ofrecieron
sacrificios como sacerdotes; anunciaron la palabra de Dios y cantaron sus alabanzas como
profetas, y guiaron y sirvieron al pueblo como reyes-servidores.
Asumidos por Cristo estos tres ministerios, los comunicó al nuevo pueblo de Dios, a
la Iglesia; por eso, los fieles laicos son sacerdotes, profetas y reyes-servidores desde el
bautismo. Pero ¿dónde queda el sacerdocio ministerial, el sacramento del Orden, el sacerdote
que perdona los pecados, que celebra la eucaristía, predica el Evangelio y responde ante la
comunidad?
Leyendo con atención los Evangelios, descubrimos que Jesucristo no sólo es profeta,
que habla palabras de Dios, sino que enseña con autoridad propia: Yo les digo…, porque él
es el único Maestro; los demás somos discípulos. Vemos que no sólo es Rey-servidor, sino
que es Pastor, el único Bueno, el que da la vida por sus ovejas. Pero –y esto es notable- los
evangelios no llaman “sacerdote” a Jesucristo. No quiso ser equiparado al sacerdocio judío,
cuyo culto él vino a purificar. Es la carta a los Hebreos la que lo presenta como el gran
Mediador e Intercesor nuestro ante Dios, ejerciendo un sacerdocio más grande que el de
Melquisedec. Es Cristo nuestro Pontífice, el que entró con su propia sangre en el santuario
del cielo. Por tanto, Jesucristo no sólo es profeta, sino Maestro; no sólo es servidor,
sino Pastor; y él ejerce un sacerdocio único, eterno e inmaculado, movido por el Espíritu
Santo, que no ofrece víctimas de animales, sino su propio cuerpo y sangre para el perdón de
los pecados. De aquí se deriva el sacerdocio ministerial, el del sacramento del orden
sacerdotal. Ambos sacerdocios, el bautismal y el ministerial, se originan del mismo y único
sacerdocio de Jesucristo, pero uno al servicio del otro. El ministerial para el bautismal. Para
eso el sacerdote ordenado es también Maestro, Pontífice y Pastor, no para provecho propio,
sino para hacer posible el sacerdocio de los fieles. La mutua estima y la perfecta coordinación
entre fieles laicos y presbíteros hará posible la Iglesia sinodal, como la pensó Jesucristo.
Tanto los integrantes de la orquesta como su director, deben tocar la misma partitura; sólo así
se escuchará la armonía del Espíritu Santo: la Sinodalidad.
El papel de los sacerdotes es una idea bíblica bien establecida que precede al
advenimiento de la Iglesia. En el libro del Éxodo, por ejemplo, cada familia tenía su propio
sacerdote, y el padre asumía el papel para su hogar. En esta antigua concepción del
25
sacerdocio, ser sacerdote significaba principalmente ofrecer sacrificios. Tras la idolatría del
becerro de oro, el sacerdocio quedó restringido a los levitas. Pero ¿sabías que la Iglesia ha
restaurado este concepto amplio del sacerdocio? De hecho, ¡la Iglesia nos enseña que todos
los bautizados son sacerdotes! Pero ¿cómo puede ser? No todos llevamos ropa clerical ni nos
confesamos. ¿Qué significa para todos nosotros ser sacerdotes?
Al pensar en el sacerdocio, la mayoría de nosotros pensamos en el sacerdocio
ordenado o ministerial. El Concilio Vaticano II explicó que los sacerdotes ministeriales
enseñan y gobiernan al pueblo sacerdotal, actuando en la persona de Cristo. Además, los
sacerdotes hacen presente el sacrificio eucarístico. Es decir, administran los sacramentos y,
especialmente, realizan la consagración del pan y el vino en la Misa.
El sacerdocio común o bautismal no cumple la misma función. Entonces, ¿cómo es
el sacerdocio común y en qué se diferencia del sacerdocio ministerial? La Lumen Gentium lo
expresa así:
“Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos
a Dios, ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios y, y a quienes lo
pidan, den testimonio por doquiera de Cristo, den también razón de la esperanza de la vida
eterna que hay en ellos” (LG n.º 10).
Unas líneas más adelante, el mismo documento enseña:
“Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la
Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias,
mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante” (LG n.º 10).
¿Qué significa esto en la práctica?
Fundamentalmente, significa que hay un significado más profundo del Bautismo que
debemos recuperar y compartir. Aunque solemos pensar que el Bautismo es la puerta de
entrada a los sacramentos, comprender el hecho de que el Bautismo nos convierte en un
sacerdocio real muestra hasta qué punto el Bautismo nos transforma y nos cambia. No es una
mera iniciación, es mucho más. ¡Es una elevación a la dignidad de un sacerdocio real! Así
pues, el Bautismo conlleva responsabilidades para toda la vida.
Ser bautizados o sacerdotes comunes, según el Catecismo de la Iglesia Católica y
la Lumen Gentium se trata fundamentalmente de dos conceptos clave:
1. Hacer un sacrificio de nuestras vidas, a través de la oración y la recepción de los
sacramentos
2. Vivir como testigo mediante una vida santa y una caridad activa
Si tomamos este concepto de hacer un sacrificio, y de unir nuestras vidas a Cristo a
través de los sacramentos y una vida de oración, puede reorientar nuestra comprensión de
toda la vida cristiana. Vistos a través de la lente de un sacerdocio común, los sacramentos no
se convierten en meros acontecimientos a los que asistir, sino en oportunidades para ofrecer
26
nuestro propio yo, nuestra propia vida. Del mismo modo que sería una visión minimalista
decir que ser sacerdote significa “decir la Misa” en lugar de “ofrecerla”, también podríamos
decir que sufrimos de una eclesiología minimalista si pensamos que nuestro principal deber
como católicos laicos, o sacerdotes comunes, es simplemente estar en la Misa.
Más bien, como sacerdotes comunes, estamos llamados a unir nuestros propios
corazones y vidas a la ofrenda del sacerdote. Debemos ver en la ofrenda del pan y del vino
nuestras propias preocupaciones e inquietudes. Cualquier cosa que esté pasando en nuestras
vidas, cualquier purificación que podamos necesitar, cualquier lucha que podamos estar
teniendo, traemos todo esto y lo unimos espiritualmente no sólo con la ofrenda del sacerdote,
sino con la ofrenda de todos los bautizados en la Iglesia. Y esta “Iglesia” se extiende no sólo
a la gente sentada en nuestros bancos, sino a la Iglesia universal. Todas nuestras ofrendas se
recogen juntas cuando nosotros, los sacerdotes comunes, nos unimos a los sacerdotes
ministeriales.
Los ordenados, sin duda, participan en la Misa de una manera diferente, y es una
diferencia de tipo, no sólo de grado. Pero los laicos, parte del sacerdocio real, necesitamos
verdaderamente una conciencia más profunda del hecho de que también nosotros estamos
llamados a unirnos a la ofrenda de la Eucaristía. Esta es una de las grandes verdades del
Concilio Vaticano II que necesita más énfasis.
Más allá de la ofrenda del propio sacrificio espiritual, el sacerdocio común significa
dar testimonio de la verdad del Evangelio mediante el testimonio de una vida santa y de una
caridad activa. Recurro al perspicaz comentario de san Pablo VI en este sentido: “El hombre
contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan… o si
escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio” (Evangelii Nuntiandi n.º 41).
La evangelización, que el mundo necesita desesperadamente, adopta distintas formas,
pero un primer paso fundamental para difundir la verdad del Evangelio es vivirla y dejar que
el testimonio de nuestras vidas brille para iluminar un mundo en tinieblas. Estamos llamados,
mediante nuestro Bautismo, a ser para el mundo lo que el alma es para el cuerpo.
El sacerdocio cristiano fluye del sacerdocio de Cristo. Sólo él es el sacerdote eterno
y universal. Jesús es siempre el sacerdote y el agente principal en el sacrificio eucarístico y
en los diversos sacramentos que sus ministros realizan en el tiempo.
La LG 5 afirma que "Jesús, después de haber sufrido la muerte en la cruz por los
hombres, resucitó, se apareció como Señor Y Mesías Y como Sacerdote eterno".
Cristo es el sacerdote, el sacrificio, la víctima, porque cumple la voluntad del Padre
(cf. Heb 10,7). Él es el pastor, el guía y el rey que lleva a cabo su misión en la Pascua y
realiza así la nueva alianza, revelándose como " sumo sacerdote" (Heb 3,1). Cristo es el
profetasa-cerdote-pastor que se sacrifica por su pueblo (cf. Jn 10,14-15), lo reúne y lo
alimenta con su palabra de verdad,
27
Con relación al ministerio ordenado. La existencia de un ministerio en la Iglesia va
ligada a la constitución del grupo de los Doce por parte de Jesús. Los Doce están dentro de
la Iglesia, de la que Cristo es "la piedra angular"', en cuanto que forman su base (cf. Ef2,20),
su comienzo, su fundamento, su apoyo por medio de su fe y de su servicio ministerial. Ellos
son "al mismo tiempo la semilla del nuevo Israel y el origen de la sagrada jerarquía» (AG
Sa). De esta manera se va de Cristo a la Iglesia, constituida por los creyentes en su nombre,
a través de los apóstoles que por el bien del pueblo de Dios ejercen un servicio específico,
destinado a prolongarse a través de los siglos en el ministerio ordenado, articulado en
episcopado, presbiterado Y diaconado.
In persona Christi. La expresión in persona Christi se encuentra en la Vulgata para
traducir una frase griega que significa "bajo la mirada" o "en presencia"' de Cristo (2 Cor
2,10). El sacerdote ocupa en su ministerio el puesto de Cristo, actúa con la autoridad de
Cristo: también puede decirse que es vicario de Cristo, legado suyo (LG 27), que lo representa
y cumple sus funciones (LG 28). El Magisterio conciliar y posconciliar intenta expresar la
convicción de que el sacerdote, en virtud del sacramento del orden, está en disposición de
representar sacramentalmente la persona y la misión de Cristo resucitado, actuando como
ministro suyo y dispensando sus misterios.
In persona Ecclesiae. El sacerdote, representando a Cristo, representa y hace visible
al mismo tiempo al cuerpo que está indisolublemente unido a él. La constitución
Sacrosanctum concilium afirma: "Las oraciones dirigidas a Dios por el sacerdote que preside
la asamblea in persona Christi se dicen en nombre de todo el pueblo santo de Dios y de todos
los presentes» (SC 33b). El decreto Presbiterorum ordinis informa que "a través del
ministerio de los presbíteros es como el sacrificio espiritual de los fieles se une al sacrificio
de Cristo, único mediador; en efecto, este sacrificio se ofrece en la eucaristía de manera
incruenta y sacramental por manos de los presbíteros y en nombre de toda la Iglesia, hasta el
día de la venida del Señor». El sacerdote actúa in persona Ecclesiae y representa a la Iglesia,
no va en el sentido de que actúe en lugar de la Iglesia o derive de la comunidad su delegación
como ministro, sino en el sentido de que su obra se convierte en signo e instrumento mediante
el cual se hace presente la Iglesia, actuando en la distribución de los frutos de la salvación.
VII.- MATRIMONIO:
"En cuanto a los casados, el precepto no es mío sino del Señor, que la mujer no se
separe del marido y de separarse, que no vuelva a casarse o se reconcilie con el marido y que
el marido no repudie a su mujer". 1 Corintios 7, 10-11.
Cristo mismo elevó la institución natural del matrimonio a la dignidad de un
sacramento durante su ministerio público.
Hizo su primer milagro en una boda (Juan 3: 1-11) y enseñó que el matrimonio en el
Nuevo Pacto es permanente y santo (Mateo 19: 3-9). Los apóstoles enseñaron sobre la belleza
y el significado del matrimonio en todo el Nuevo Testamento (1 Pedro 3: 1-12). San Pablo
28
incluso enseñó (Efesios 5: 21-33) sobre el misterio de la relación entre los miembros de la
Iglesia y Cristo el novio como análogo a la relación entre marido y mujer en el sacramento
del Matrimonio.
La unión conyugal tiene su origen en Dios, quien al crear al hombre lo hizo una
persona que necesita abrirse a los demás, con una necesidad de comunicarse y que necesita
compañía. “No está bien que el hombre esté solo, hagámosle una compañera semejante a él.”
(Gen. 2, 18). “Dios creó al hombre y a la mujer a imagen de Dios, hombre y mujer los creó,
y los bendijo diciéndoles: procread, y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla”.(Gen. 1,
27- 28). Desde el principio de la creación, cuando Dios crea a la primera pareja, la unión
entre ambos se convierte en una institución natural, con un vínculo permanente y unidad total
(Mt. 19,6). Por lo que no puede ser cambiada en sus fines y en sus características, ya que de
hacerlo se iría contra la propia naturaleza del hombre. El matrimonio no es, por tanto, efecto
de la casualidad o consecuencia de instintos naturales inconscientes.
El matrimonio es una sabia institución del Creador para realizar su designio de amor
en la humanidad. Por medio de él, los esposos se perfeccionan y crecen mutuamente y
colaboran con Dios en la procreación de nuevas vidas.
El matrimonio para los bautizados es un sacramento que va unido al amor de Cristo
su Iglesia, lo que lo rige es el modelo del amor que Jesucristo le tiene a su Iglesia (Cfr. Ef. 5,
25-32). Sólo hay verdadero matrimonio entre bautizados cuando se contrae el sacramento.
El matrimonio se define como la alianza por la cual, - el hombre y la mujer - se unen
libremente para toda la vida con el fin de ayudarse mutuamente, procrear y educar a los hijos.
Esta unión - basada en el amor – que implica un consentimiento interior y exterior, estando
bendecida por Dios, al ser sacramental hace que el vínculo conyugal sea para toda la vida.
Nadie puede romper este vínculo. (Cfr. CIC can. 1055).
En lo que se refiere a su esencia, los teólogos hacen distinción entre el casarse y el
estar casado. El casarse es el contrato matrimonial y el estar casado es el vínculo matrimonial
indisoluble.
El matrimonio posee todos los elementos de un contrato. Los contrayentes que son el
hombre y la mujer. El objeto que es la donación recíproca de los cuerpos para llevar una vida
marital. El consentimiento que ambos contrayentes expresan. Unos fines que son la ayuda
mutua, la procreación y educación de los hijos.
Institución
29
Hemos dicho que Dios instituyó el
matrimonio desde un principio. Cristo lo
elevó a la dignidad de sacramento a esta
institución natural deseada por el Creador.
No se conoce el momento preciso en que lo
eleva a la dignidad de sacramento, pero se
refería a él en su predicación. Jesucristo
explica a sus discípulos el origen divino del
matrimonio. “¿No habéis leído, como Él que creó al hombre al principio, lo hizo varón y
mujer? Y dijo: por ello dejará a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne”.
(Mt. 19, 4-5). Cristo en el inicio de su vida pública realiza su primer milagro – a petición de
su Madre – en las Bodas de Caná. (Cfr. Jn. 2, 1-11). Esta presencia de Él en un matrimonio
es muy significativa para la Iglesia, pues significa el signo de que - desde ese momento - la
presencia de Cristo será eficaz en el matrimonio. Durante su predicación enseñó el sentido
original de esta institución. “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. (Mt. 19, 6). Para
un cristiano la unión entre el matrimonio – como institución natural – y el sacramento es
total. Por lo tanto, las leyes que rigen al matrimonio no pueden ser cambiadas arbitrariamente
por los hombres.
Fines del Matrimonio
Los fines del matrimonio son el amor y la ayuda mutua, la procreación de los hijos y
la educación de estos. (Cfr. CIC no. 1055; Familiaris Consortio nos. 18; 28).
El hombre y la mujer se atraen mutuamente, buscando complementarse. Cada uno
necesita del otro para llegar al desarrollo pleno - como personas - expresando y viviendo
profunda y totalmente su necesidad de amar, de entrega total. Esta necesidad lo lleva a unirse
en matrimonio, y así construir una nueva comunidad de fecunda de amor, que implica el
compromiso de ayudar al otro en su crecimiento y a alcanzar la salvación. Esta ayuda mutua
se debe hacer aportando lo que cada uno tiene y apoyándose el uno al otro. Esto significa que
no se debe de imponer el criterio o la manera de ser al otro, que no surjan conflictos por no
tener los mismos objetivos en un momento dado. Cada uno se debe aceptar al otro como es
y cumplir con las responsabilidades propias de cada quien.
El amor que lleva a un hombre y a una mujer a casarse es un reflejo del amor de Dios
y debe de ser fecundo (Cfr. Gaudium et Spes, n. 50)
Cuando hablamos del matrimonio como institución natural, nos damos cuenta que el
hombre o la mujer son seres sexuados, lo que implica una atracción a unirse en cuerpo y
alma. A esta unión la llamamos “acto conyugal”. Este acto es el que hace posible la
continuación de la especie humana. Entonces, podemos deducir que el hombre y la mujer
están llamados a dar vida a nuevos seres humanos, que deben desarrollarse en el seno de una
familia que tiene su origen en el matrimonio. Esto es algo que la pareja debe aceptar desde
el momento que decidieron casarse. Cuando uno escoge un trabajo – sin ser obligado a ello -
tiene el compromiso de cumplir con él. Lo mismo pasa en el matrimonio, cuando la pareja –
30
libremente – elige casarse, se compromete a cumplir con todas las obligaciones que este
conlleva. No solamente se cumple teniendo hijos, sino que hay que educarlos con
[Link] la Biblia hay varios versículos que hablan del matrimonio, entre
ellos, Proverbios 18:22, Malaquías 2:15, Marcos 10:9, Efesios 5:22-33, Mateo 19:4-6,
Eclesiastés 4:9-12, Colosenses 3:14, y Juan 14:1.
Versículos sobre el matrimonio
• Proverbios [Link] "El que encuentra una buena esposa encuentra un tesoro".
• Malaquías [Link] "No traicionen a la esposa de su juventud".
• Marcos [Link] "Lo que Dios ha unido, que no lo separe ningún hombre".
• Efesios 5:22-33: "Ustedes, las casadas, honren a sus propios esposos, como honran
al Señor".
• Mateo 19:4-6: "El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y
serán los dos una sola carne".
• Eclesiastés 4:9-12: "Más valen dos que uno, pues trabajando unidos les va mejor a
ambos".
• Colosenses [Link] "Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo
perfecto".
• Juan [Link] "No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí".
REFERENCIAS
Blog Digital. The Catholic Diocese of Tyler. [Link]
sacerdocio-comun-de-los-fieles/
[Link] [Link]
[Link]#modal
Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, nn. 5-7.
Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1066-1098; 1113-1143; 1200-1211 y 1667-1671.
31
San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, nn. 2-5.
32