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TEMA 37.2012.historiografía de La Revolución Francesa

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TEMA 37.

EL DEBATE HISTORIOGRÁFICO SOBRE LA REVOLUCIÓN


FRANCESA
INTRODUCCIÓN
1-LA HISTORIOGRAFÍA SOBRE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EL
SIGLO XIX
2-LA HISTORIOGRAFÍA SOBRE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EL
SIGLO XX
3-EL BICENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LA SITUACIÓN
ACTUAL
BIBLIOGRAFÍA
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-
-
INTRODUCCIÓN
Los acontecimientos franceses sirven de permanente referencia a las luchas
liberales y democráticas durante todo un siglo. La contradicción entre el
importante peso de la burguesía y campesinado, por una parte, y la tendencia
al endurecimiento de los privilegios aristocráticos por otra (reacción señorial, en
el campo; reacción nobiliaria, para el control del Estado) genera las condiciones
del conflicto y explica la magnitud social del mismo. La crisis económica,
obediente a su vez al cambio general de coyuntura desde la década de los
setenta, favorece la crispación de la población rural. En el inicio de la última
década del siglo XVIII, la élite burguesa del Tercer Estado consigue abrir paso
a una solución revolucionaria, liberal y relativamente templada, a través de dos
pasos: una revolución jurídico-parlamentaria que convierte a los Estados
Generales en Asamblea Constituyente, y una gran movilización popular
(urbana y campesina). La declaración de Derechos, la nacionalización de los
bienes de la Iglesia, la Constitución Civil del Clero, la descentralización y
racionalización de la estructura administrativa del país, y la promulgación de
una Constitución monárquica, resumen las principales transformaciones de
esta primera fase. Sin embargo, la inercia revolucionaria y la amenaza de
contrarrevolución, conectada con la reacción exterior de las potencias,
impulsan un proceso de radicalización socialmente sostenido por el elemento
san-culotte, de extremado sentimiento patriótico. La guerra exterior, deseada
por el rey, conduce a la caída de la monarquía. Se desencadena el primer
terror y se conjura en la victoria de Valmy la amenaza de invasión prusiana. La
burguesía se escinde: los girondinos desean la vuelta al orden y la normalidad;
los montañeses encarnan el rigor autoritario revolucionario y en el segundo
terror derrotan en masa a los contrarrevolucionarios. De nuevo en manos de
los moderados, la Convención persigue a los montañeses, liquida los
instrumentos y política del período precedente y aprueba una nueva
constitución. Es el gobierno de los notables y el tiempo de los negocios de una
burguesía escarmentada de aventuras revolucionarias, y deseosa de
consolidar las nuevas posiciones conseguidas. Pero el Directorio es frágil:
porque es un régimen que impulsa la guerra de expansión, y recurre en el
interior a la fuerza, hasta que dependa de la estabilidad que el joven general
Bonaparte brindará en forma de régimen personalista. En definitiva, la
revolución francesa establece las bases de la modernidad, de nuestros
regímenes políticos constitucionales, con vertientes como la Declaración de los
Derechos Humanos, promulgación de las libertades democráticas, etc.
1-LA HISTORIOGRAFÍA SOBRE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EL
SIGLO XIX
Tal vez uno de los pioneros en iniciar las interpretaciones sobre la revolución
francesa fue el historiador británico Burke, detractor de la misma, aunque se
otorga un protagonismo casi absoluto a jacobinos y masones, tratados como
dos grupos genéricos y distintos (¿es que no hubo jacobinos masones, o
masones no revolucionarios?). También los “iluminados” y “visionistas”, y otros
grupos “sectarios”, movidos por el odio, habrían apoyado en sus reuniones
conspiratorias previas al estallido 1789, a jacobinos y masones. En el último
cuarto del siglo XIX el célebre historiador Taine, de la corriente explicativa,
continuará esta línea interpretativa, hablando del efecto de contagio que la
revolución francesa habría tenido sobre las oleadas revolucionarias posteriores.
En su visión histórica también, como en el caso de Burke, está muy presente la
valoración de las responsabilidades individuales de masonería y determinados
grupos políticos, presentando igualmente las revoluciones como producto de la
voluntad minoritaria de un sector burgués ávido de poder. En la visión de Taine,
por otra parte, se entremezcla la comparación entre el esplendor de la época
de Luis XIV y la penuria de la Francia finisecular. Por su parte, De Maistre era
un defensor convencido del Antiguo Régimen y de la monarquía absoluta por
Derecho Divino, lo que explica sus diatribas antirrevolucionarias. Barruel ve en
la Revolución el fruto de un complot extranjero, encabezado por el rey de
Prusia, que encontró apoyos internos en organizaciones secretas vinculadas a
la masonería, entre las que incluye a los jacobinos, que convierte en el principal
blanco de sus ataques.
Frente a la corriente de opinión conservadora y reaccionaria que acabamos
de mencionar, también desde sus inicios la Revolución Francesa contó con
defensores a ultranza. Entre los coetáneos podemos destacar a Barnave, que
afirma que no hay una revolución francesa, sino una revolución europea que
tiene en Francia su cumbre. Barnave se erige en defensor de los principios
liberales y burgueses de los primeros pasos de la Revolución, pero atacó
duramente el giro radical que se produjo con el ascenso al poder de los
jacobinos, lo que le costó ser víctima del Terror. Su análisis de las causas de la
revolución, por otra parte, es a la vez político (debilidad de la monarquía
absoluta) y socioeconómico (necesidad de adaptar el sistema político a la
nueva preponderancia económica y social de la burguesía). Tal vez lo más
importante de la obra de Barnave sea su repercusión posterior, ya que una
buena parte de la historiografía francesa del XIX tomó su obra como punto de
partida en el análisis de la revolución. Madame de Staël, por su parte, escribió
unas Consideraciones sobre los principales acontecimientos de la Revolución
Francesa , en el que la autora no duda en mostrar su antipatía por los que
fueron adversarios de su padre, ministro reformista de Luis XVI. Al igual que
Barnave, su apoyo a los principios liberales y burgueses le lleva a criticar
duramente el período de la Convención, que considera un desvío inoportuno de
la Revolución. Por otra parte, su protagonismo político durante la época del
Directorio le permite analizar el régimen previo al ascenso de Napoleón con un
nivel de información muy superior al de otros comentaristas.
Desde el punto de vista liberal, esta corriente historiográfica, a la que
pertenece Sieyes, coincide con las intervenciones parlamentarias de los
primeros momentos de la revolución francesa: la improductiva aristocracia
debía abandonar su papel predominante en las instituciones políticas, y ser
desposeída de sus privilegios y prebendas, tal como desde las páginas de la
Enciclopedia o los textos volterianos se venía reclamando. Distinguen los
aspectos “positivos” y “dignos de encomio” de los revolucionarios de los que
consideran “negativos” o “execrables”, tales como la dictadura jacobina (a la
que sin embargo ubican en el lugar de lo ineludible, dada la amenaza de la
nación proveniente de las potencias absolutistas europeas). También
encontramos la corriente narrativa, con Jules Michelet, que aportaba un
enfoque “romántico de la revolución” que, aunque bien documentado y más
cercano al pueblo que el de los autores anteriores, no llegaba a profundizar en
el análisis objetivo de los hechos. Thiers, por su parte, documenta al detalle las
luchas políticas en París, las operaciones militares y los problemas financieros
de los gobiernos revolucionarios, se muestra como un ferviente partidario de la
monarquía constitucional y no oculta su antipatía con el giro radical que adoptó
la Revolución cuando se dejó arrastrar por las masas populares. Lamartine
defiende en su Historia de los Girondinos (1848) las aspiraciones de la
burguesía liberal hacia una república moderada, aunque su tono poético y su
falta de rigor en el manejo de la documentación hacen que su obra sea de
reducido valor desde el punto de vista historiográfico. Por su parte, Louis
Blanc ofrece en su Historia de la Revolución (1848) la primera toma de postura
en favor de la Revolución montañesa y de las concepciones políticas de
Robespierre. Pese a sus ideas socialistas, la historia de Blanc es
esencialmente política y concede una importancia secundaria a los problemas
económicos. En su favor hay que mencionar que fue el primer autor en citar
cada referencia documental en notas a pie de página, ejemplo que no sería
seguido hasta bastante más tarde. En la corriente explicativa encontramos a
Tocqueville y su síntesis en la que el desorden de los acontecimientos
desaparece para destacar los caracteres generales de su evolución. Para
conseguir esto, se documentó muy cuidadosamente recurriendo a fuentes
hasta ese momento poco o nada explotadas: documentación fiscal y
económica procedente de archivos nacionales y regionales, libros de
reclamaciones, actas de venta de bienes nacionales, catastros de diversas
épocas, etc. El otro autor destacado es Taine, quien ya ha sido referido
anteriormente. La escuela historiográfica alemana encontró en Kant un
ferviente defensor de la Revolución en cuanto al contenido, porque pensaba
que la instauración de la República suponía alcanzar la forma de gobierno más
perfecta y racional, pero rechazó el carácter violento de los acontecimientos y,
sobre todo, la ejecución de Luis XVI. Hegel fue también un defensor a ultranza
de la Revolución, a la que consideraba introductora de la razón en el terreno
político. Aunque se mostraba partidario de la imposición de la voluntad general
sobre los intereses particulares, criticó, sin embargo, los métodos violentos
adoptados durante la época del Terror. Mención aparte merece la historiografía
marxista, en el que Marx inició su estudio de la Revolución Francesa durante
su exilio parisino muy influenciado por el punto de vista hegeliano, aunque
concluyó por contradecirlo. En su opinión, la Revolución supuso la plasmación
en el terreno político de la hegemonía económica y social que la burguesía
había alcanzado tras un proceso iniciado en el siglo XVI. El dominio de la
burguesía significaba la conversión del individualismo en razón de ser de la
sociedad y del Estado, hecho que sería superado cuando el proletariado llevara
a cabo su propia revolución. En otras palabras, la igualdad plena y la
posibilidad de una República democrática sólo serían posibles cuando se
hubieran superado las desigualdades sociales típicas del régimen burgués.
Para Marx, el régimen jacobino fue un ensayo frustrado de lo que podría ser la
futura sociedad regida por los principios del proletariado, y que sería posible
cuando el desarrollo de las fuerzas productivas lo permitieran. El análisis de la
Revolución elaborado por Marx no se centró mucho en el desarrollo interno de
los acontecimientos, sino en sus causas y posibles consecuencias y en su
interpretación como paradigma del advenimiento de la sociedad en la que el
modo de producción capitalista origina un régimen político al servicio de los
intereses de la burguesía. Por su puesto, al contrario que los historiadores
burgueses liberales, Marx no entiende la Revolución Francesa como punto de
llegada, sino como una fase más en el desarrollo histórico que más tarde o más
temprano habría de ser superada.
En cuanto al primer centenario de la Revolución Francesa, se crearon las
instituciones académicas dedicadas a su estudio, y por otro, se fueron
elaborando los trabajos de los grandes historiadores. Se crea la primera
cátedra de Historia de la Revolución Francesa en la Sorbona y la institución de
la comisión encargada de recopilar y publicar los documentos revolucionarios.
También se funda la Sociedad de Historia de la Revolución Francesa, en la que
se produjo una escisión protagonizada por dos grandes figuras de la misma:
Aulard (republicano radical) y Albert Mathiez (socialista). Su enfrentamiento
cristalizó en torno a las respectivas defensas de Dantón y Robespierre.
2-LA HISTORIOGRAFÍA SOBRE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EL
SIGLO XX
Por lo tanto, desde comienzos del siglo XX se produce una escisión entre una
versión republicana “oficial” de la Revolución, positivista en su metodología y
polarizada en el discurso político, que sitúa a Dantón como su héroe simbólico
(patriota y moderado a un tiempo, contrario a la violencia y a la rigidez del
jacobinismo) y una corriente historiográfica de tradición jacobina, que centra su
interés en una lectura social de la Revolución a la luz del marxismo y que
encuentra en la figura de Robespierre el objeto de su admiración. El positivismo
dantonista tiene en la obra de Aulard dos facetas: la edición de documentos y
la elaboración de estudios concretos, que intentó sintetizar en su Historia
política de la Revolución Francesa Esta obra ha sido ampliamente criticada por
su enfoque exclusivamente político, que desnaturalizaba el vasto y complejo
fenómeno revolucionario, y por la constante toma de posición de Aulard en
favor de Dantón y de sus seguidores, atacando despiadadamente a
Robespierre y a los jacobinos, hecho que contradice su llamamiento a la
imparcialidad. La visión “jacobina” de la Revolución engloba a historiadores
socialistas y marxistas. Jaurês, que no era historiador profesional, sino filósofo
y parlamentario, acometió un estudio de la Revolución que hiciera hincapié en
las facetas que, a su entender, habían descuidado los historiadores: “la
evolución económica y la profunda y emocionante vida social”. Su estudio
documentado de la situación económica de Francia a fines del Antiguo
Régimen le inclina a considerar como causa de la Revolución no la miseria de
las masas, como dijo Michelet, sino la elevación del nivel de vida de las clases
medias, que alcanzan su madurez y aspiran a dirigir la política del país. Aunque
Jaurês sitúa en un lugar destacado de su análisis el estudio de la evolución
económica y social, no descuida el papel de las ideologías, no sólo en Francia,
sino en un contexto europeo mucho más amplio. Finalmente, y frente a la
historiografía republicana oficial, Jaurês destaca por la justificación que hace
del Terror jacobino, aunque sin legitimarlo, porque considera que fue la única
forma de preservar la Revolución frente a las amenazas exteriores e interiores
que se cernieron sobre ella. Albert Mathiez fue el primer historiador profesional
que siguió y desarrolló la línea inaugurada por Jaurês, siendo su influencia
posterior más notable porque publicó numerosos artículos y ejerció la docencia
en diversas universidades. Aunque fue discípulo de Aulard en la Sorbona, y
bajo su dirección comenzó a estudiar los aspectos religiosos de la Revolución,
pronto rompió con su maestro y se volcó en el estudio de la figura de
Robespierre. Para Mathiez, la mala situación económica de las masas
populares jugó un papel fundamental en el desarrollo de la Revolución,
haciendo que éstas se vieran arrastradas a una alianza con la burguesía, que
tendría su reflejo en el programa social de los jacobinos. Sin embargo, esta
alianza era coyuntural y encerraba una serie de contradicciones que no
tardarían en estallar, propiciando la reacción de la burguesía moderada y el
cese del experimento de una República al servicio del proletariado. Lefebvre,
por su parte, abordaba con un carácter científico el papel jugado por el
campesinado. Según Lefebvre, la precaria situación del proletariado campesino
es un factor que contribuye a la Revolución, al aumentar los conflictos de clase.
La Revolución, por tanto, no es exclusivamente burguesa, sino que en ella se
mezclan y confunden intereses y alianzas que hacen a la burguesía oscilar
entre la búsqueda del apoyo del proletariado campesino en unos momentos y
la alianza con las clases acomodadas, cuando el pueblo, decepcionado por la
manipulación de que había sido objeto, decide intentar tomar las riendas de la
Revolución. En otro nivel, Albert Soboul, con su tesis sobre los sans-culottes
parisinos, se ha erigido en el historiador de la revolución urbana, que presta
atención a la acción de las masas y analiza los conflictos de clase. En su
opinión, la Revolución contempló la actuación de un proletariado urbano
plenamente constituido como clase social y antagonista tanto del Antiguo
Régimen como de la burguesía capitalista. Tras la proclamación de la
República el proletariado desplazó a la burguesía y pretendió ascender al
poder, siendo la dictadura de Robespierre un intento frustrado de gobierno
proletario. Los marxistas Mazauric y Markow realizarán un nivel de lectura
materialista-histórico sin los condicionamientos férreos en los que se había
basado la anterior perspectiva marxista, empeñada, por decirlo de forma
resumida, en acomodar el discurso histórico a la demostración de la
inexorabilidad de la lucha de clases como motor de la historia. Han analizado la
revolución francesa como un ejemplo paradigmático del enfrentamiento entre
una burguesía capitalista, que coyunturalmente había atraído a “su” causa a la
pequeña burguesía, a las clases rurales , al proletariado de las ciudades y los
pobres que colmaban las ciudades principales de la Francia pre-revolucionaria
sin ocupación alguna. Todos ellos reaccionan contra un sistema obsoleto,
incapaz de asumir e integrar las nuevas formas productivas y, sobre todo, la
indiscutible preeminencia social burguesa. El sistema feudal y el absolutismo
monárquico de la Francia borbónica fue incapaz por tanto de asumir la
variación de las relaciones económicas y sociales. Desde su punto de vista, la
participación de campesinos, clases urbanas y otros grupos sociales al margen
de la burguesía en la revolución francesa fue a cambio de las exiguas
contrapartidas que ésta se ve obligada a otorgar a cambio de su apoyo. Con
esta contradictoria fusión de intereses, la burguesía habría sido capaz de
vencer a la aristocracia y ostentar una novedosa posición dominante en la
sociedad y en el Estado. A partir de entonces, valiéndose del aparato estatal,
abolió cuantos obstáculos se interponían en el camino hacia un modelo
productivo capitalista. Y, fruto de ese proceso descrito, se transformaron
simultáneamente la estructura socioeconómica (o modo de producción, en el
lenguaje histórico marxista) y la superestructura ideológica (estructuras
políticas, leyes de organización del Estado e ideas circulantes). Por tanto, la
revolución francesa produjo una transición de la sociedad feudal a la capitalista.
La alta burguesía, es decir, los girondinos y los feuillants, suscribirán
implícitamente un compromiso con la aristocracia, ante lo cual reaccionaron las
masas populares por ser contrario a sus expectativas. Superada la fase
jacobina, se produce la reacción burguesa, desligada ya abiertamente de los
puntos de vista e intereses de la masa: a esta reacción, punto de inflexión de la
revolución francesa, es a lo que califica la historiografía marxista de los años 60
como “fase descendente”, a partir de la cual la burguesía hará explícitos sus
verdaderos intereses sociales. Es obvio decirlo, los historiadores marxistas
establecen implícitamente un paralelismo entre la revolución francesa y la
soviética como momentos de transición entre modelos contrapuestos de
producción. Entre las interpretaciones revisionistas que chocan frontalmente
con las visiones marxistas y que conciben la Revolución Francesa no como un
desfase productivo-social, sino como una crisis política, encontramos la
Escuela de los Annales, con Furet y Richet, que afirman que se trata de una
reacción de sesgo político reformista liberal iniciada por las elites de los tres
estamentos, y dirigido inicialmente contra todo tipo de privilegios. Su verdadero
núcleo fue la promisión de una nueva organización jurídica (Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano, la Constitución civil del clero, la venta
de bienes nacionales, etc.) La revolución francesa sería el producto del fracaso
de los sucesivos gobiernos en la generación de las necesarias reformas
económicas, fiscales y de todo tipo. Ésta sería, para dichos historiadores, la
causa del agotamiento del Antiguo Régimen, junto con el vacío de poder que
se vive en los momentos precedentes a la revolución francesa. Por último, la
historiografía de síntesis plantea que los episodios revolucionarios que
sacudieron Europa tras la Revolución Francesa no fueron meras imitaciones
debidas a agitadores o propagandistas, sino el reflejo de que la crisis del
Antiguo Régimen era universal, aunque sólo en Francia llegara a triunfar una
Revolución a gran escala. La tesis de las “Revoluciones Atlánticas” tuvo
numerosos partidarios en los Estados Unidos, en Italia, en Bélgica e incluso en
Inglaterra, pero despertó numerosos recelos en Francia por considerarse una
situación concreta de este país y que gozó de imitadores.
3-EL BICENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LA SITUACIÓN
ACTUAL
En lo que se refiere a la historiografía de la Revolución Francesa, 1989 la
encontró dividida claramente en tres corrientes:
1- La historiografía contrarrevolucionaria, donde los temas tópicos de las
penalidades de la familia real, las atrocidades del Terror o el “genocidio”
de la Vendée, siempre habían sido objeto de atención.
2- La historiografía revisionista liderada por François Furet quien ganó la
batalla a nivel de los medios de comunicación y en la sociedad civil, lo
que vino a coincidir con la posición gubernamental, ya que oficialmente,
aunque no se quiso “trocear la Revolución”, se evitaron los temas
conflictivos (el jacobinismo, el Terror, etc.).
3- La tradición jacobino-marxista de la Sorbona, representada por Michel
Vovelle, el cual impulsó y coordinó el gran número de actividades
académicas realizadas.
En cuanto a la situación actual, la profusión de estudios no ha supuesto,
según algunos autores críticos, un avance significativo en nuestros
conocimientos ni ha aportado grandes cosas al panorama historiográfico. El
propio marxismo defiende la idea de que el robespierrismo, lejos de ser el
punto culminante de la Revolución, supuso la liquidación del verdadero
proletariado a manos de los pequeños burgueses, que no hicieron sino frenar
las aspiraciones de éste. Una de las líneas interpretativas que más ha cuajado
en los últimos tiempos es la que pretende desmontar el carácter burgués de la
Revolución Francesa, sobre todo a partir de algunos estudios que han tratado
de demostrar que las élites sociales favorables a la revolución tenían más
unidad desde el punto de vista cultural que desde el socioeconómico. En
cuanto a los problemas que siguen suscitando debate en el campo de la
historiografía sobre la Revolución Francesa, un filón inagotable es el de sus
causas. Todavía hay autores que siguen defendiendo la teoría del “complot”,
mientras que otros se esfuerzan en demostrar el papel hegemónico del
desarrollo de las fuerzas productivas, de las relaciones y estructuras sociales,
de la ideología o de la cultura. A la postre, la mayoría de los autores se inclinan
por entender que es la suma de diversos factores la que favorece la
Revolución, y que no se puede explicar desde un punto de vista monocausal.
Por último, una de las facetas más novedosas de la historiografía sobre la
Revolución en las últimas décadas ha sido la inmersión en el terreno de las
mentalidades colectivas, línea que ha desarrollado, partiendo del análisis
marxista, Michel Vovelle. Este autor ha analizado la “sensibilidad”
prerrevolucionaria y revolucionaria, llegando a la conclusión de que la
Revolución fue la coronación, el episodio catalizador, de una evolución de larga
duración en el terreno de las mentalidades colectivas. A pesar del tiempo y los
estudios sobre la Revolución francesa, aún están por aclarar numerosas
cuestiones como si se dio una revolución, o al menos una reacción, de la
aristocracia contra el rey, al ver que podían perder sus privilegios, si hubo una
o tres revoluciones, si fue burguesa o si se dio una verdadera ruptura con el
Antiguo Régimen o supuso una continuidad.

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