Tema 36.2012
Tema 36.2012
Introducción:
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1. Crecimiento económico, estructuras y mentalidades sociales en la Europa del siglo XVIII:
En el siglo XVIII se produjo el fin del estancamiento plurisecular. La última de las grandes
crisis que cada cierto tiempo provocaban el brusco retroceso de una población que venía
aumentando lentamente, se produjo alrededor del año 1710. En este siglo, a pesar de la persistencia
de periodos de hambre y de epidemias, tuvo lugar un “desastre demográfico” gracias al cual el
techo del número de habitantes pudo superarse. Esto se debió más que al aumento de la natalidad,
bastante elevada, al descenso de la mortalidad, que comportó no sólo el aumento de la población,
sino también el aumento de la esperanza de vida (Europa pasa de 120 millones de habitantes a
principios de siglo a 187 a finales de la década de 1780). Las causas de la revolución demográfica
son:
- La disminución de las guerras.
- Los progresos en el campo de la medicina (aun cuando afectaban sólo a una minoría).
- La mejora de las condiciones meteorológicas (subida de las temperaturas y descenso de la
pluviosidad), lo que posiblemente influyó en el crecimiento de los rendimientos cerealísticos
y, como consecuencia, en la mejora de la alimentación.
El aumento de la población europea provocó la puesta en cultivo de nuevas tierras y algunos
movimientos migratorios, entre los que destacan la emigración a América y el éxodo rural hacia las
ciudades (mano de obra para las manufacturas tradicionales).
1.2. La agricultura:
La agricultura europea tuvo que aumentar su producción para cubrir la demanda de un número
cada vez mayor de consumidores.
Se incorporan a la producción nuevos cultivos (la patata); se intenta mejorar,
progresivamente, la producción de granos por medio del enriquecimiento del suelo; se extiende el
cultivo de plantas que fijan el nitrógeno (nabos, leguminosas, forrajeras como la alfalfa y el trébol,
etc.), que al crear praderas artificiales permiten que el ganado, que se cría para el trabajo
fundamentalmente, pero también para la obtención de carne (actividad para la que cada vez tiene
mayor importancia), sea mejor alimentado. El auge de la cría del ganado (selección de especies),
provocó un aumento en las cantidades obtenidas de abono, lo que a su vez comportó mayores
rendimientos en los cultivos.
A pesar de las mejoras, debido a la lentitud con que se iban produciendo, fue necesaria la
puesta en cultivo de nuevas tierras, el fomento de la roturación de nuevos terrenos, e incluso, en
algunos lugares (costa italiana), el drenaje y saneamiento de los pantanos. El uso del barbecho
dentro del sistema de rotación de cultivos comienza a disminuir. En definitiva, de hecho, puede
afirmarse en muchos casos que el aumento de la producción agraria se debió fundamentalmente a la
mayor extensión de la superficie cultivada.
Esta revolución agrícola se benefició de forma inmediata de los conocimientos teóricos y
prácticos de varios estudiosos: la invención de la sembradora, por Jehtro Tull (1701); la creación de
una cátedra de economía política en la Universidad de Nápoles, por Genovesi (1759), etc., y se vio
favorecida por la creación de sociedades y academias que difundieron nuevas ideas, como por
ejemplo la academia florentina de los Georgófilos. Pero hay que tener presente que en el periodo al
que nos estamos refiriendo, las mejoras sólo se introdujeron en algunas tierras de grandes
propietarios, los únicos capacitados económicamente para hacer frente a los cuantiosos gastos que
ocasionaba la introducción de las innovaciones. Concretamente de Inglaterra y los Países Bajos, que
son las áreas en las que principalmente se ponen en práctica la mayoría de estos avances en materia
agrícola.
La sociedad rural se transforma debido a esta evolución. Los partidarios de la utilización de
los nuevos métodos (generalmente propietarios de grandes explotaciones en las que sí pueden
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introducirse estas mejoras), comienzan a criticar intensamente los derechos de uso que limitan el
derecho colectivos de propiedad (ejemplo: los pastos libres) y el uso de los bienes comunales. El
individualismo agrario es patente y así lo demuestra el aumento de los cercados (crecimiento de
enclosures) y el de los repartos de los bienes comunales, fomentados por los gobiernos de
Inglaterra, Francia, Italia e incluso España. Este movimiento chocó, en varias ocasiones, con la
resistencia popular y, aunque favoreció el desarrollo de una agricultura capitalista tendió a provocar
la despoblación del campo. La apuesta de ciertos gobiernos por potenciar la concentración de la
propiedad con el fin de estimular la productividad agrícola fue una estrategia que, como en el caso
de Inglaterra, resultó clave no sólo de cara a la mejora de los rendimientos en este sector de la
economía, sino también de cara a otros campos de la misma, véase en el plano industrial para el que
será tan importante este desarrollo.
La expansión económica de Europa en el siglo XVIII puede explicarse también por el auge
que experimentó el gran tráfico marítimo. El volumen de intercambios entre Europa y sus colonias
americanas, por un lado, y entre Europa y los países del Extremo Oriente, por el otro, aumentó
progresivamente. Europa importa especias, azúcar, café, té, tabaco, algodón, sedas, porcelanas, etc.,
a cambio de productos manufacturados.
La expansión comercial provocó una importantísima acumulación de capitales: casi todo el
oro y la plata de América se atesoran en la Europa occidental. Los problemas que presentan el
transporte y la manipulación del metal favorecen el desarrollo de las técnicas bancarias: surge el
papel moneda; comienza a utilizarse habitualmente la letra de cambio; las diversas formas de
crédito se perfeccionan y aumenta considerablemente el número de bolsas de valores.
Este desarrollo de los medios monetarios, unido al crecimiento demográfico, provoca un
cambio de coyuntura: como la demanda es mayor que la oferta, se produce una subida de precios, lo
que a su vez provoca un aumento de los beneficios.
Debido, entre otras razones, al número de barcos que forman su flota (valor cuantitativo pero
también cualitativo de la flota británica), Inglaterra logra vencer definitivamente a sus grandes
competidores comerciales: Francia y las Provincias Unidas (actualmente Holanda y Bélgica). Sus
exportaciones (compuestas cada vez más por productos coloniales y textiles y menos por
productos alimenticios) superan a sus importaciones. Londres logra convertirse en el primer
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puerto del mundo y en el primer centro financiero. Las compañías de seguros proliferan
enormemente adquiriendo un gran desarrollo. Un buen ejemplo de ello será la Lloyd.
El Estado apoya el auge económico adoptando una política económica que favorece el
desarrollo del comercio: reducción de las tarifas aduaneras y firma de un tratado con Francia
(1786) que facilita la venta de sus productos industriales en el continente. Simultáneamente, el
Gobierno favorece los intercambios nacionales, mejorando las vías de comunicación: mejora de
los caminos y multiplicación del número de canales en el centro del país.
Hasta mediados del siglo XVIII, la industria inglesa conservó una estructura y una producción
tradicionales. El “Domestic system”, sistema a domicilio o sistema doméstico, por el que un
mercader compraba todos los productos del trabajo no agrícola de los campesinos (a los que
normalmente suministraba la materia prima y los medios de producción, para venderlos luego en
los grandes mercados), fue la forma principal de expansión alrededor de 1780, momento en el que
la industria textil algodonera y la siderurgia registraron una rápida aceleración en su capacidad
productiva. A partir de entonces comenzará a entrar en práctica el “Factory system”, que
convivirá primero y más tarde sustituirá al sistema anterior, y que se caracteriza por la
mecanización, la concentración geográfica de medios de producción y mano de obra, y la división
del trabajo.
La creciente expansión de los mercados de productos textiles, interior y exterior, estimuló la
búsqueda del aumento de la productividad a través de las innovaciones técnicas. La mecanización
de la hilatura, junto con la aplicación del vapor, posibilitó la concentración del trabajo en las
fábricas, reduciendo los costos. Esto, a su vez, produjo un aumento de los beneficios.
También bajo el estímulo de una fuerte demanda se introdujeron varias innovaciones en el
sector siderúrgico, gracias a las cuales se pudo disponer en el mercado de grandes cantidades de
hierro fundido de magnífica calidad y a precios cada vez más bajos. La era del ferrocarril, etapa
decisiva de la Revolución Industrial, dio un nuevo empuje a este sector al crear una demanda
extraordinaria de hierro y de carbón y al proporcionar nuevas posibilidades de inversión.
Francia: Hasta la década de los años 70, alrededor del 85% de la población francesa vivía en el
campo (y del campo) que, a diferencia del caso inglés, no había sufrido casi transformaciones.
En Francia el mundo rural se introduce incluso en el interior de las ciudades que, con la
salvedad de París, están bastante poco desarrolladas. Las fortunas francesas del momento están
compuestas, en su mayoría, por capitales rurales y rentas territoriales; incluso el Estado se nutre
fundamentalmente de la producción campesina. Predominan las explotaciones familiares en
régimen de arrendamiento rústico, aparcería y aprovechamiento directo, siendo normalmente la
propiedad sólo una tenencia sometida a un señor (el señor cede el “dominio útil”, pero conserva el
“dominio directo” o “eminente”).
Los viejos sistemas, relacionados con una agricultura extensiva, se perpetúan en los campos
franceses, dado el sometimiento de muchos campesinos a las prácticas comunales que, aunque
favorecen la ayuda mutua, suponen un retraso en la incorporación de avances técnicos.
Casi todas las tierras cultivadas están dedicadas a los cereales (caracterizados por sus bajos
rendimientos), en detrimento de las praderas y, en consecuencia, del ganado. La escasez de
abonos obligaba a que el barbecho continuase siendo necesario y la alimentación de los hombres,
escasísima en carne, bastante mediocre.
Las características típicas de la agricultura del Antiguo Régimen persisten así en Francia,
dando lugar a un círculo vicioso del que parece imposible salir.
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mercancías). Simultáneamente, las ferias experimentan una relativa decadencia. El comercio
exterior, debido sobre todo al gran auge del tráfico de productos coloniales, se desarrolla
considerablemente. París y Lyon destacan por sus actividades bancarias y su nivel de
intercambios.
El comercio francés, esencialmente marítimo, se centra en el Mediterráneo, donde destaca el
puerto de Marsella, y, sobre todo, en el comercio colonial con las Antillas.
Europa del Sur. Mientras Portugal permanece supeditada a los intereses británicos e Italia
deja de ser para ellos una fuerte competidora en el Atlántico, España disfruta de un alza
espectacular. Su comercio con América, el inicio de la industrialización y el cercado de las tierras
comunales, ponen de manifiesto que España se está adaptando al capitalismo moderno.
La burguesía, al ser una clase media, intermediaria entre las masas populares y las clases
privilegiadas, está compuesta por grupos sociales heterogéneos que encuentran en la posesión de
capital el factor más seguro para alcanzar el éxito. El poder de la burguesía varía de un país a otro
en función de su grado de consolidación.
Sus principales representantes son los comerciantes, los grandes beneficiados por el auge
económico que, a su vez, propició el desarrollo de la burguesía industrial (sobre todo en Inglaterra)
y financiera, compuesta por hombres de espíritu emprendedor.
La burguesía, consciente de su poder, de su importancia y de las antipatías que suscitaba entre
los aristócratas, reacciona, por un lado, intentando introducirse en sus filas (invirtiendo en tierras, en
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títulos, etc.) y, por otro, intentando variar las relaciones sociales existentes (con la abolición de los
privilegios nobiliarios) y, consecuentemente, redistribuyendo de este modo el poder.
El auge económico no benefició en términos generales a los campesinos, fuera cual fuese su
condición jurídica, ni a las clases populares de las ciudades, futuro proletariado, desprovisto aún de
conciencia de clase e incapaz de solucionar su miseria. En el siglo XVIII destaca la extrema dureza
de las condiciones laborales de los obreros ingleses en las nuevas fábricas, sustitutas de los antiguos
talleres artesanales.
En el decenio de 1690 el principal problema fue el de la sucesión real, ya que parecía seguro
que Carlos II no tendría ningún heredero. Esta sucesión provocó la disputa de las potencias del
momento que veían en el conflicto dinástico español la oportunidad de que se modificase el
equilibrio internacional reinante, bien a su favor o bien a favor del enemigo de turno. Francia
reivindicaba los derechos legítimos de María Teresa, hija de Felipe IV, casada desde 1660 con Luis
XIV, aunque las capitulaciones matrimoniales y el testamento dejaban claro que María Teresa y su
descendencia quedaban excluidos de la sucesión. Pero Luis XIV mantuvo su reivindicación y en
España contaba con importantes apoyos.
La otra nación que se disputaba la sucesión era Austria, y por lo tanto el Imperio, que tenía
como defensora de sus intereses a Mariana de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II, último rey de
Habsburgo.
Al morir éste último pretendiente el 1 de noviembre de 1700, el trono recayó en Felipe V,
duque de Anjou y nieto de Luis XIV, solución que fue acogida con alivio en Madrid.
Desde los primeros momentos, Luis XIV ejerció un control directo sobre las decisiones
importantes. El soberano francés hubiera modificado todo el sistema político y financiero de la
monarquía, pero se abstuvo debido a un deseo sincero de actuar con cautela, ya que había estallado
la guerra por la sucesión.
La influencia francesa duró lo que la guerra. En 1714 murió María Luisa de Saboya, primera
mujer de Felipe V, que era favorable a la influencia de Francia. En ese mismo año se casó con la
princesa italiana Isabel de Farnesio.
La guerra de Sucesión de España fue, de hecho, una guerra internacional cuyos objetivos iban
mucho más allá de la Península. Comenzó por el rechazo de las potencias europeas al testamento de
Carlos II, dada la tutela que sobre el mismo estaba ejerciendo Luis XIV.
Al Emperador de Austria le interesaban primordialmente las posesiones italianas como
extensión de la herencia austriaca.
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Inglaterra y Francia perseguían ampliar su influencia comercial en el Mediterráneo y hacerse
con una parte de la riqueza y el territorio de América. Además a los franceses también les interesaba
reforzar su papel comercial en la Península.
La guerra se declaró mientras Felipe se hallaba visitando sus territorios italianos (abril-
diciembre de 1702). Inglaterra, Holanda y Austria luchaban unidas y defendían como rival de Felipe
V al archiduque Carlos, con el nombre de Carlos III, hijo del Emperador Leopoldo.
Según Gonzalo Anes la guerra tuvo dos escenarios: España y Europa. En el periodo español
de la guerra, que comenzó en 1705, hay que destacar tanto la toma de Gibraltar por el bando
austriaco, como el apoyo de Cataluña y Valencia a las fuerzas del archiduque, lo que de paso
desencadenó la derrota de las fuerzas aliadas en Almansa en abril de 1707, y sus posteriores
consecuencias con los decretos de Nueva Planta. En la Península salió victorioso el bando
borbónico, pero no así en Europa. La guerra en España terminó cuando las tropas de Felipe V
entraron en Barcelona el 11 de septiembre de 1713.
En Europa la guerra se había iniciado en 1702 y Holanda, Inglaterra, el Imperio y Portugal
obtuvieron la victoria. Las negociaciones de paz terminaron en el Tratado de Utrecht (abril de
1713). Utrecht significó el inicio de un nuevo equilibrio, un reordenamiento de Europa que durará
hasta 1756.
Por el acuerdo de Utrecht, Felipe quedó confirmado como rey de España y de las Indias, pero
el resto del Imperio europeo desapareció: los Países Bajos fueron cedidos al Emperador, Sicilia a
Saboya, Gibraltar y Menorca a Inglaterra.
Con la paz ulterior de Rastatt (marzo de 1714), en la cual no fue parte España, Francia aceptó
entregar al Imperio todas las posesiones italianas de España, incluido Nápoles, Cerdeña y Milán.
Además, Inglaterra obtuvo permiso para hacerse con el comercio de esclavos negros también en las
Indias.
En política interior los decretos de Nueva Planta permitieron una administración única y
centralizada. Desde entonces las Cortes fueron comunes para toda la Península, pero no se les
permitió la más mínima iniciativa de carácter político o legislativo.
Sólo se permitió el mantenimiento de Cortes y Juntas separadas para el caso de las provincias
Vascas y Navarra, que mantendrán su régimen foral en compensación por el apoyo que habían
prestado a la causa borbónica durante la guerra.
Se sustituyó el sistema de Consejos de los Habsburgo, reemplazado en 1714 por cuatro
Secretarías de Estado, antecesoras del moderno sistema ministerial. Por primera vez en la historia
de España las principales áreas de la administración estatal se hallaban bajo la dirección de
autoridades especializadas, que eran directa y personalmente responsables ante la Corona.
Otras reformas del régimen borbónico fueron la expulsión de la vieja nobleza de los cargos de
poder y la división del país en ocho territorios, al mando de los cuales estaba un capitán general,
auténtica correa de transmisión del poder central.
En política exterior la mayor preocupación estuvo relacionada con el “italianismo”, que llevó
a proyectar una política de guerra, de intervención en Italia. Para estar preparados había que
restablecer la Marina (contando con la labor fundamental de José Patiño), sin la que no se podía
ejercer una firme política exterior. Giulio Alberoni (que había llegado junto con la princesa Isabel
de Farnesio) chocó con el proyecto del duque de Orleáns y el Abate Dubois, que querían aislar a
España, y consiguieron en 1716 crear la base del Tratado de la Triple Alianza formada con
Inglaterra y Holanda; su finalidad era el mantenimiento del orden internacional establecido en
Utrecht.
En 1728 se llegó a una paz general con el Acta del Pardo, firmada por Francia, Austria,
Inglaterra y España, que volvía a poner en funcionamiento la Cuádruple Alianza.
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Desde la muerte de Luis XIV, los Borbones de Francia y España estaban enemistados. Al
producirse el primer conflicto europeo de consideración, la Guerra de Sucesión de Polonia, Francia
buscó la alianza española y esto quedó reflejado en la firma del Tratado de El Escorial en
noviembre de 1733; es decir, el Primer Pacto de Familia.
La sucesión en Polonia enfrentó a las dos potencias fuertes en este momento del continente:
Francia y Austria. Alrededor de ellas se aliaron las demás. Por esta guerra, España pudo recuperar
Nápoles y Sicilia (1734), como patrimonio independiente para el segundo hijo de Felipe V, Carlos,
primogénito de Isabel de Farnesio.
El siguiente conflicto fue el de la Guerra de Sucesión de Austria. Carlos VI (el archiduque
Carlos) moría sin sucesión y quería dejar el trono a su hija María Teresa, cuando le correspondía a
la hija de José I.
De nuevo se enfrentaron Francia y Austria, aunque ahora se estaba al lado de María Teresa.
España entró en el conflicto por las viejas pretensiones de Isabel de Farnesio. El Segundo Pacto de
Familia (octubre de 1743) se firmó por la amenaza que sufrió Nápoles por parte de Inglaterra.
Después de sucesivos acontecimientos, al morir Felipe V en julio de 1746, España se retiró del
conflicto, y en la firma de la paz en Aquisgrán en octubre de 1748, se impuso el criterio del
equilibrio italiano y europeo: Carlos quedó como rey de las dos Sicilias y su hermano Felipe como
duque de Parma, Piacenza y Guastalla.
En los últimos años del reinado de Felipe V la impopularidad del gobierno era enorme, ya que
el precio de las aventuras había sido excesivo para la nación. Mientras la monarquía quería dar una
imagen de esplendor en el exterior, como por ejemplo con la construcción de 1734 del Palacio Real,
el país entraba en decadencia paulatinamente.
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3.5. El reinado de Carlos III (1759-1788):
El famoso motín de Esquilache se produjo en 17661. En aquel momento, dentro del programa
general de reformas que caracterizó la gestión de Esquilache, le tocó el turno al embellecimiento de
la capital: mejora del alumbrado público, intento de cambiar el traje popular de los madrileños a fin
de evitar el anonimato, y con él, los crímenes que cometían los individuos ayudados por la
oscuridad, envueltos en largas capas y sombreros bajos.
En marzo de 1766 salió la pragmática sanción que prohibía el uso de las capas largas y de los
sombreros de grandes alas, pragmática que fue inmediatamente acogida con hostilidad: los
pasquines que la anunciaban fueron arrancados y sustituidos por otros que invitaban al pueblo a
resistir.
De modo que esta pragmática fue la chispa o el pretexto que hizo estallar el motín, el cual fue
extendiéndose por los barrios de Madrid hacia la Casa de las Siete Chimeneas, residencia de
Esquilache, y luego hacia Palacio. El pueblo pidió libertad para vestir y rebaja de los productos de
primera necesidad, junto con la petición de destierro de Esquilache. El rey tuvo que ceder a las
peticiones. Como vemos, los motivos del motín fueron de diversa índoles.
Cuando la paz se restableció en Madrid, se extendió la conmoción al resto del territorio
nacional. En todos los motines hay un hecho coincidente: fueron todos ellos motines de
subsistencia, con la reclamación del abaratamiento de los productos de primera necesidad y entre
ellos el pan; aunque con menos intencionalidad política que en Madrid. De hecho existió una
conjura aristocrática para evitar la política reformista.
La pacificación del reino tras el motín le correspondió al Conde de Aranda, elegido en abril de
1766 para la presidencia del Consejo de Castilla: ajustició y desterró a algunos individuos, aunque
muy pocos. Sus medidas estuvieron dirigidas a asegurar el poder, expulsando de la Corte a
1
Una representación de este suceso la podemos encontrar en la película Esquilache, de Josefina Molina (1988).
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vagabundos y personas no residentes. Se reformó el sistema de acuertelamientos de las ciudades
para mejorar el orden público.
El nuevo equipo dirigente recayó en Aranda y Campomanes, que tras el motín dieron un
nuevo ímpetu a las reformas.
Fue Pablo de Olavide quien se encargó en Madrid de reconducir a la población marginal y
para ello creó en 1766 el Hospicio. Con Carlos III se asiste a disposiciones regeneradoras, de
instrucción y de trabajo, en definitiva, de normas de beneficencia.
La expulsión de los jesuitas de la Península y de los territorios americanos, decretada por
Carlos III en 1767, se hizo bajo la acusación de que habían sido los instigadores del motín de
Esquilache. A los jesuitas también se les achacaba su política en los territorios coloniales y ser un
“Estado dentro del Estado”.2
En 1767 Olavide fue nombrado intendente de Sevilla, e inicia una serie de cambios dirigidos a
solventar los numerosos problemas de la ciudad. En todos los sectores chocó con la pasividad de los
poderes y clases de la ciudad.
Su actividad en las Nuevas Poblaciones le ha dado fama; quiso solucionar el problema social
andaluz mediante experiencias modelo, con el asentamiento de colonos y creación consiguiente de
pueblos. La nueva colonización se centró en las tierras que seguían la nueva carretera Madrid-
Cádiz; el interés era social, económico y demográfico. El radio de acción se extendió a Sierra
Morena y la campiña de Córdoba: se asentaba una población estable, que resolvería el problema
agrario y el bandolerismo tan frecuente en la zona.
Olavide vio cómo el grupo de enemigos a las medidas ilustradas aumentó. En los años setenta,
junto a esta reacción, se rompió la colaboración entre Aranda y Campomanes (1773). El momento
decisivo fue la caída de Olavide, que marcó el final del periodo de la Ilustración en la monarquía
española. Olavide desde 1766, estuvo vigilado por la Inquisición, fue denunciado en 1776 y Carlos
III aceptó que se le procesase. Se le hizo un auto de fe a puerta cerrada en el que Olavide fue
declarado hereje, siendo desterrado en Madrid.
Siendo una serie de nuevos nombramientos, entre los que destaca el de José Moñino, Conde
Floridablanca3, como nuevo responsable de la política real. Su ministerio comenzó en 1777 y
terminó en 1792, cuando Godoy le desplazó.
En esta última parte del reinado de Carlos III destaca la liberalización del comercio
intercolonial en 1778 y la creación, por Cabarrús, del Banco Nacional de San Carlos, y la creación
de la compañía de Filipinas.
Floridablanca fue un ministro poderoso que despertó una animadversión que alcanzó su
máximo cuando, en 1787, creó la Junta de Estado, es decir, un precedente del moderno Consejo de
Ministros, que significaba un paso adelante en la separación de poderes (según las teorías sobre las
influencias de Montesquieu), y un paso atrás contra él mismo por camarillas de nobles. Pero volverá
con Carlos IV, Godoy y con Fernando VII e Isabel II4.
Carlos IV mostró una clara falta de interés para la responsabilidad del gobierno, que delegó
primero en Floridablanca y después en Godoy. Con su reinado se asiste a la Revolución Francesa.
Floridablanca encargó a la Inquisición la persecución de las ideas liberales en defensa de la
monarquía.
2
España fue uno de los últimos países en expulsar de sus territorios a los jesuitas. Un ejemplo de esta serie de
expulsiones y enfrentamientos con la orden lo podemos ver en la película La Misión, de Roland Joffé (1986)
3
Nos encontramos aquí con una de las pocas incursiones que hay en el temario sobre el currículo específico de la
Región de Murcia, más concretamente con la historia de este personaje. Se puede hacer mención a las distintas
experiencias didácticas de Concepción Ruiz Abellán, así como del la obra Floridablanca, de Juan Hernández Franco.
4
Sobre ese periodo de reinado de Isabel II debemos citar la obra La corte de los milagros, de Ramón Valle-Inclán
(1927), en el que se ve el odio a los liberales y el desprecio por la plebe.
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En 1789 en las Cortes, presididas por el Presidente del Consejo, se presentó una proposición
para que la asamblea acordase la abolición del auto acordado en tiempos de Felipe V, que estableció
la Ley Sálica. Así se hizo y, sin embargo, Carlos IV no publicó el acuerdo.
La Revolución Francesa tuvo sobre España un influjo negativo, pues a todo lo que pareciese
revolucionario se le trató con desconfianza. A la vez que Carlos IV se preocupaba por su familia
francesa, Floridablanca lo hacía por la monarquía.
La España oficial tenía miedo de la revolución. Aunque había problemas con las cosechas
agrícolas y con el abastecimiento de productos, hay que decir que las medidas que se tomaron para
impedir la contaminación revolucionaria fueron exageradas, pues el pueblo español vivía ajeno a las
ideas y acontecimientos del país vecino. Aunque también es verdad que esta misma cerrazón
contrarrevolucionaria hizo, por contraste, aumentar las simpatías hacia la revolución, que fueron en
aumento según los acontecimientos franceses se producían.
En la firme defensa ideológica de Floridablanca hay que buscar el ascenso de Godoy, aunque
su relación con la reina María Luisa de Parma hizo lo restante. Godoy quiso hacer de déspota
ilustrado y llevó al país a una profunda crisis, de la que arranca el mundo contemporáneo.
Su ministerio coincide con la crisis de la sociedad del Antiguo Régimen, anclada en el
absolutismo monárquico, la sociedad estamental y una vinculación al tradicionalismo y el mundo
cristiano. En este político se producirá la tensión interior de una sociedad en cambio y observadora
del mundo de aquellos momentos. La dicotomía de reformas o inmovilismo, modernización o
estancamiento, actitud preliberal o conservadurismo, penetra en la escena política de España.
En política exterior, con la subida de Godoy acaba la neutralidad mantenida por España en la
guerra que mantenían las monarquías autoritarias con Francia. Godoy fue partidario de la guerra
que comenzó en marzo de 1793 y supuso un cambio violento en las alianzas; se justificó por el
parentesco de Carlos IV con Luis XVI, aunque fuese injustifica en sus razones estratégicas. El
balance fue negativo, pues aunque por la paz de Basilea de 1795, Francia nos devolvía sus
conquistas en territorio español (San Sebastián, Bilbao, Victoria…), ocupó parte de la isla de Santo
Domingo, y esto supuso la enemistad inglesa, obstruyéndose el comercio con las Indias. En el orden
financiero las consecuencias también fueron negativas y comenzó una guerra contra Inglaterra. En
1796 Godoy firmó con Francia el Tratado de San Ildefonso.
La guerra comenzó a finales de 1796 y por ella se perdió la isla de Trinidad en América. Este
hecho obligó a Carlos IV a destituir a Godoy en 1798, aunque conservó su influencia. Le
sustituyeron Francisco Saavedra (1798-1799) y Mariano Luis de Urquijo (1799-1800).
Saavedra expulsó a numerosos franceses refugiados por indicación el Directorio; los ingleses
volvieron a ocupar Menorca. Con Urquijo, Francia recuperó la Luisiana. En años de ascenso de
Napoleón, las ideas de la Ilustración penetran en nuestro país.
En 1800 vuelve Godoy y España participará, ahora, al lado Francia, en el bloqueo continental
contra Inglaterra. Tiene lugar con Portugal la Guerra de las Naranjas (1801). En la posterior paz de
Amiens de 1802, España recuperó Menorca, pero Trinidad fue cedida a Inglaterra.
Los últimos años de Godoy corresponden a un periodo donde a crisis de la Hacienda le obliga
a llevar una política desamortizadora, pero estaba empeñado en la paz con Francia y en la guerra
con Inglaterra. La oposición al poder de Godoy fue aumentando, encabezada por el partido
cortesano formado en torno al futuro Fernando VII.
La nueva ayuda a Francia trajo consigo la destrucción de la flota. La derrota de Trafalgar fue
el fin de todo el esfuerzo del siglo XVIII, el fin del Imperio (1805).
Godoy y Carlos IV, en 1807, se muestran en una situación de sumisión respecto a Napoleón.
Éste, dueño absoluto de Europa, quería obligar a España a colaborar en el bloqueo económico
continental frente a Inglaterra. España tenía que colaborar en la eliminación de los ingleses en
Portugal.
Esto llevó a la firma del Tratado de Fontainebleau (octubre de 1807), tratado secreto de
participación de Portugal, en virtud del cual las tropas francesas entrarían en la Península, y España
ejercería una especie de protección feudal sobre los nuevos territorios. Simultáneamente, Napoleón
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negociaba con el partido cortesano, opuesto a Godoy. Todo ello produjo la invasión del territorio
español por los franceses, y su control por el general Murat. El motín de Aranjuez estalló en marzo
de 1808 ante la situación de abandono que se presentía por parte de la realeza. Le sucedió la
abdicación de los reyes ante napoleón y la posterior ocupación del territorio antes referida, en mayo
de 1808.
Conclusión:
Europa en el siglo XVIII experimenta una verdadera transformación económica que afecta
simultáneamente a la agricultura, la industria y el comercio, y que aparece ligada a un avance
demográfico sin precedentes. La crisis del siglo XVII fue seguida por una nueva fase de expansión
en el siglo XVIII.
Al incrementarse por diferentes motivos la productividad de la economía europea,
armonizarse la relación entre población y la oferta de productos alimenticios, y superarse las
consecuencias de las guerras, se sentaron las bases para el comienzo de una auge en el que resultó
vital el impulso de los primeros esfuerzos protoindustrializadores (Inglaterra, siglo XVIII;
continente, siglo XIX).
A pesar del auge económico, la época de las crisis de abastecimiento se prolongó aún hasta
mediados del siglo XIX; la última gran crisis de “tipo antiguo” fue la de 1845-1847, que precedió a
la revolución de 1848.
En Inglaterra el crecimiento económico del siglo XVIII se manifestó con mayor intensidad
que en el resto de Europa, y las transformaciones que ese auge provocó fueron tan profundas que la
ventaja que el país adquirió entonces pudo conservarla hasta finales del siglo XIX
(aproximadamente hasta 1880).
Los cambios producidos en el sector agrario (intensificación de la producción, aumento de los
rendimientos, ampliación del proceso de expropiación campesina, etc.), activaron la formación de
un potente mercado interior. Esto, unido a la acumulación de capital (provocada en parte por la
dominación colonial); al papel de las colonias como mercado consumidor de productos
manufacturados procedentes de la metrópoli (y exportador de alimentos y materias primas para la
elaboración de tales productos acabados); a los avances tecnológicos, al crecimiento demográfico,
al liberalismo y a la existencia de una clase empresarial, se constituyeron en factores originarios
para el impulso de la Revolución Industrial.
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Frente a la citada minoría empeñada en este esfuerzo, la gran masa del país, estática por el
peso de la costumbre, y un poderoso grupo reaccionario, interesado en la defensa de sus privilegios,
parecen impasibles aún cuando aquella elite reformista cuenta con el apoyo incondicional de la
Corona en época de Carlos III. A partir de 1789 los reaccionarios intensificaron la ofensiva
obligando a enmudecer a los reformistas tras el estallido de la Revolución Francesa, que convierte a
los ilustrados en peligrosos revolucionarios.
El Despotismo Ilustrado implicaba, por un lado, el intento de aplicar una serie de reformas
que, a tenor de los comentarios vertidos por los especialistas sobre la materia, tuvieron apenas
efectos muy escasos entre la población en el caso de España (entre otras razones por las resistencias
antes arriba referidas). En segundo lugar, los déspotas ilustrados buscaron apoyarse en la figura del
monarca como medio para aplicar sus reformas. La potenciación de la figura del monarca y de un
Estado fuerte y centralizado eran pues condiciones imprescindibles para la implementación de las
reformas que perseguían practicar.
A menudo, los reformistas se aliaban con los defensores de la soberanía ilimitada del
monarca, en busca de gobiernos fuertes que fuesen capaces de imponerse a las masas inmovilistas
en el gran empeño del siglo: la revolución desde arriba.
Bibliografía:
ANES, G.: El siglo de las luces. En Historia de España, dirigida por Miguel Artola. Tomo IV.
Alianza Editorial. Madrid, 1994.
HAZARD, P.: El pensamiento europeo en el siglo XVIII. Alianza Editorial. Madrid, 1985.
Recursos:
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