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IGLESIA CRISTIANA MINISTERIO DEL REINO DE CRISTO

Pastor Uriel Campos

Sección I La Ultimidad de la Persona de Cristo


Hebreos 1:1–4:16

A. MÁS QUE UN ANGEL—UN HIJO, 1:1–2:4


1. Nuestro Dios habla (1:1–2a)
Los primeros cuatro versículos son una sentencia y constituyen el prólogo de la epístola. Aquí se
afirma la autorrevelación de Dios en un hijo visible, histórico, y la función de ese Hijo en la creación, la
revelación, la providencia y la redención.
En el maremágnum de la confusión y el ruido de muchas voces, la sanidad y la certidumbre sólo son
posibles en el redescubrimiento de que Dios ha hablado. Dios es inminente en los asuntos de los hombres
así como trascendente. Jesucristo es el Autor y la Fuente de la fe cristiana; al confrontar su persona y su
obra terrenal estamos confrontando a Dios.
a. La revelación pasada de Dios (1:1a). El escritor inspirado se está refiriendo aquí no a la revelación
general hecha a todos los hombres en la naturaleza y en la conciencia, sino en la revelación especial
hecha a los padres, la nación hebrea y sus progenitores espirituales. La persona de Dios, junto con la
santidad de su carácter y su soberana voluntad habían sido reveladas “en multiples porciones y en
muchas maneras”.1 Aunque los tiempos y los métodos variaron mucho, el medio fue uniforme—por los
profetas. El autor de Hebreos está decidido a ayudar a sus compatriotas vacilantes a escuchar el mensaje
total de Dios expresado en y por su Hijo. Es un mensaje que excede en mucho a lo que ellos han conocido
hasta entonces, un mensaje de redención perfecta, y un mensaje cuya misma finalidad constituye un
solemne ultimátum.2
b. La revelación progresiva de Dios (1:1b). La autorrevelación de Dios fue progresiva, al menos en
el sentido de que la palabra de los profetas fue un agregado de revelaciones. Por profetas hemos de
entender no sólo aquellos que entregaron mensajes orales, sino también los autores de los libros del
Antiguo Testamento. Lo que Dios dijo por medio de Moisés a los israelitas en el desierto también lo dijo
a Esdras y a su generación por medio del libro de Moisés. Como un arroyuelo se convierte en un gran
río, así la Palabra de Dios se tornó masiva y de alcance mundial, suficiente para preparar a los judíos y
confirmar a aquellos hebreos cristianos si hubieran tenido ojos para ver y oídos para oir. Jesús consideró
el Antiguo Testamento un adecuado testimonio de El mismo (Jn. 5:39–47).

1
Herman Edwin Mueller, The Letter to the Hebrews, a Translation (Segunda ed.; Jennings Lodge, Oregon: The
Western Press, 1945).
2
“Este punto medio de la historia, hacia el cual mira el Antiguo Testamento y sobre el cual reflexiona el
escritor, ha roto en dos mitades la Heilsgeschichte. Diciendo, ‘en estos postreros días nos ha hablado por el
Hijo’ (1:2), él quiere decir que en la revelación por medio del Hijo ha llegado a su fin el período pre­
escatológico y ha comenzado un nuevo período en la Heilsgeschichte. Es posible asimismo que tenga razón H.
L. MacNeill en que cuando el escritor dice al final de 1:2 que por medio del Hijo Dios ‘hizo tous aionas’, esté
pensando, no en el mundo (cf. 11:13; 9:26) sino en las dos edades, o economías, entre las cuales Cristo es el
punto medio. Frases como ‘hasta el tiempo de reformar las cosas’ (9:10) y ‘el tiempo presente’ (9:9) demarcan
esta edad de la anterior” (Sidney G. Sowers, The Hermeneutics of Philo and Hebrews, [Richmond, Virginia: John
Knox Press, 1965], pp. 92–93).
Elaborado por el Pastor Uriel Campos
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c. La perfecta revelación de Dios (1:2a). Las frases en contraste “en otro tiempo” (1) y en estos
postreros días bastan para disponer de cualquier noción de que la revelación pueda ser disociada de
acontecimientos históricos concretos. Por el contrario, los acontecimientos estructuran las verdades
derivadas de ellos. Si bien aquí se enfoca la atención sobre la reciente revelación en un Hijo, ésta es
también un acontecimiento histórico concreto, una Persona, identificada por cada cristiano hebreo como
Jesús de Nazaret. Tenemos aquí la revelación completa y culminante. Jesucristo es la palabra total y
definitiva de Dios para el hombre; todo lo anterior es parcial y preparatorio, y todo lo subsiguiente es
sólo una amplificación y aclaración de esa Palabra. Dios habla a través de las palabras de nuestro Señor,
pero también a través de los acontecimientos de su ministerio redentor, su concepción y su nacimiento,
su vida, su muerte, su resurrección y su ascención.

2. El Hijo encarnado (1:2b–3d)


a. Especificación de su misión (1:3d). Atendemos primero a esto, porque está subordinado en la
mente del autor (por el momento) a la identidad de la persona de Cristo. Lo presenta muy sucintamente,
no como una misión, intentada, sino como una misión cumplida: habiendo efectuado la purificación
de nuestros pecados por medio de sí mismo.3 La única razón de ser de la encarnación fue el hecho del
pecado del hombre, y su solo propósito fue la redención del hombre del pecado. Las plenas implicaciones
de esta verdad se desarrollarán en la epístola.
b. Se identifica su persona (1:2b–3). Lo que es más urgente es que los cristianos hebreos vean la
humillación de su Señor como un profundo, pero breve interludio entre su gloria preexistente y su
reasunción de la misma. La cruz era una ofensa para los judíos, y aun aquellos cristianos hebreos estaban
en peligro de llegar a avergonzarse de ella, como una señal de debilidad y derrota en lugar de triunfo y
poder. Era imperativo que vieran la cruz a la luz de Aquel que había sufrido en ella. El poder redentor
de su muerte no estaba sólo en el hecho, sino en la identidad del Actor del hecho. Por lo tanto, en estos
rápidos versículos introductorios la breve referencia a la misión del Hijo (3) está flanqueada por una
cuidadosa identificación. ¿Quién es este Hijo?
(1) El Agente del poder de Dios (1:2). En el verso 2 vemos su posición preencarnada como Agente
del poder creador de Dios: a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el
universo.4 Como heredero, Jesús es “poseedor legal” (Amp. N.T.). Jesús vino no a negociar con el diablo,
sino a derrotar al usurpador con su propia arma, la muerte, y reclamar lo suyo (2:8–15; 1 Co. 15:24–25).
La instrumentalidad de Jesús en la creación del universo material es secundaria (como lo sugiere
día—por, lit., “por medio”—con el genitivo) de la del Padre, que es primaria. Esta es una frase difícil,
y su significado pleno nos elude. Hay aquí, sin embargo, fundamento para la doctrina de que el Hijo es
el eterno Logos (Verbo), a la vez lo expresivo y el medio de expresión de la Divinidad. Aun antes de la
creación, por consiguiente, el Logos era esa naturaleza en Dios que ofrecía el potencial de comunicación
y expresión concreta. Sin ser el demiurgo de los gnósticos, el Logos era, sin embargo, el vínculo
mediador entre el orden de materia-espacio-tiempo y el espíritu puro. Si se consideran aún opacamente
las dos ideas de que Cristo es al mismo tiempo dueño (heredero) y creador, resultará aparente la
enormidad del pecado del rechazo de Cristo (Jn. 1:10–11).5

3
El agregado de por medio de sí mismo en la Versión Valera está justificado por la voz media del participio;
pero nuestros (nuestros pecados) no se justifica gramaticalmente.
4
Cf. Juan 1:1–3; 1 Corintios 8:6; Colosenses 1:16–17.
5
Literalmente el verso 2 dice que Dios ha hablado en un Hijo o en Hijo. Chamberlain comenta: “A menudo una
fuerza cualitativa se expresa por la ausencia del artículo: en tois prophetais (He. 1:1), ‘en los profetas’ llama la
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(2) La expresión de la Persona esencial de Dios (1:3ab). Está claro que este Hijo es no sólo un
Agente, sino un Aspecto (podríamos decir) de la Deidad misma. No puede ser disociado del ser esencial
del Padre. Primero, como el resplandor de su gloria revela perfectamente la majestad de Dios.6 Pero,
más que esto, es la imagen misma de su sustancia (cf. Col. 1:15) o, como lo expresa Mueller, es “la
exacta expresión de su ser esencial”. Esto es más que la imagen de Dios en la cual fue creado el hombre,
y ciertamente mucho más que la expresión de la santidad de Dios en sus actos de poder; es nada menos
que la revelación en forma visible y concreta de Dios mismo. Pero como no vemos en el Hijo encarnado
la dimensión exacta o plena de los atributos absolutos de inmensidad, aseidad, inmutabilidad o infinitud,
podemos inferir que el ser esencial de Dios es primordialmente personalidad santa, y en Jesús vemos la
expresión exacta de la personalidad divina en su actividad creadora y su amor redentor.7
(3) El brazo de la providencia sustentadora de Dios (1:3c). El Hijo no sólo es el Agente de la
creación, sino también el Agente de la providencia, quien sustenta todas las cosas con la palabra de
su poder. El poder de nuestro Señor no está en su inteligente manipulación, sino solamente en su palabra
hablada. “Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció” (Mt. 8:3). “Entonces, levantándose,
reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza” (Mt. 8:26). En muchas ocasiones semejantes,
de hecho en todo su ministerio, desplegó este fácil dominio de la naturaleza. Sus milagros no eran el
ejercicio de un don especial que Dios hubiera conferido temporalmente a un hombre; eran el ejercicio
de sus prerrogativas propias. Como tales, eran sólo débiles reflejos de ese control y supervisión mayores
que mantienen el intrincado equilibrio y precisión en el universo. Y Aquel que es Señor de las estrellas
y los planetas, es Señor de las circunstancias de nuestras vidas.
Este señorío pertenece esencialmente al Hijo eterno. En la naturaleza humana de su persona
teoantrópica estaba sujeto a la ley natural, como un hombre: en la infancia mamó; creció en estatura y
poderes mentales; tenía hambre y se cansaba; sufría dolores, tanto en el cuerpo como en el alma. Nuestro
Señor nunca utilizó su poder para eludir o suavizar los afilados lazos de su humanidad (Mt. 4:3). Como
Hijo nacido de una virgen estuvo sujeto a la voluntad de su Padre, “aprendió la obediencia por las cosas
que sufrió” (5:8). Pero su señorío esencial nunca se alteró. Cuando enseñaba y actuaba, hablaba y actuaba
como hombre, en constante deferencia hacia su Padre. Pero al mismo tiempo hablaba y actuaba—

atención a un grupo particular, mientras en huio He. 1:2), ‘en Hijo’ llama la atención al rango del Hijo como
‘vocero’ de Dios. La ARV [y también la VM.] tratando de extraer toda la fuerza de esta frase la traduce ‘en su
Hijo’, con ‘su’ en bastardilla” (William Douglas Chamberlain, An Exegetical Grammar of the Greek New
Testament [Nueva York; Macmillan Co., 1960], p. 57).
6
Thayer dice “refleja”. Chamberlain dice “el nombre apaugasma (He. 1:3), de apaugazo, podría significar ‘un
rayo de luz devuelto como un reflejo’, o ‘un rayo de luz lanzado desde un objeto como una emisión de luz’. El
problema del intérprete, pues, es si el escritor quiso decir que Jesús es la ‘efulgencia’ de la gloria de Dios, o su
‘refulgencia’. Sólo el uso puede decidir este punto. Filón lo usa en ambas maneras. Calvino lo tomó en el
sentido de ‘refulgencia’. Los padres griegos están unánimemente en favor de ‘radiancia’, ‘efulgencia’, en este
pasaje” (op. cit., p. 135).
7
El verso 3 no es más que una extensión del concepto del Logos, mencionado con referencia al verso 2. Esta
idea no era nueva para los judíos, al menos los de la escuela de Alejandría. Según lo muestra Sowers, op. cit.,
pp. 66 ss., en Filón hay declaraciones paralelas muy notables. Sin embargo, es muy significativo que, si bien
está presente el concepto de Logos, el escritor nunca usa el término aplicándolo a Jesús; en realidad parece
evitar cuidadosamente el hacerlo. Su título identificable es Hijo, no Logos.

Elaborado por el Pastor Uriel Campos


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