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CASO PAVLOV

¿Piensan los animales?

En busca de la trascendencia. Ariel. 2006. p. 116-121.


Gracias a la inteligencia el hombre está en el mundo entendiéndolo, expresándolo, siendo
capaz de modificarlo a través de una técnica creativa que no está al alcance de ninguno de los
animales. Y en este trato comprensivo con el mundo, el lenguaje juega un papel decisivo. Por
medio de las diversas palabras, que significan conceptos, se pueden adoptar perspectivas
diversas acerca de una misma cosa. (La palabra «idea», del griego eidos, significa
originariamente aspecto, perspectiva,)
A raíz quizá de las polémicas acerca del Proyecto Grandes Simios, pero también porque es
una cuestión implicada en los debates bioéticos, algunos periódicos y revistas parecen
empeñados en demostrarnos que muchos animales están dotados de lenguaje y que, por lo
tanto, también tienen una inteligencia semejante a la humana. Si eso fuera así, la distinción
entre el hombre y el animal no sería esencial, sino gradual, el hombre podría haber surgido por
evolución a partir de las otras especies animales, y la idea de una vida tras la muerte no pasaría
de ser una ilusión bienintencionada.
En rigor, ninguno de estos intentos divulgativos añade nada realmente nuevo a un debate que
tiene tras de sí un largo recorrido. El gran investigador ruso Pavlov, que ha pasado a la historia
de la Fisiología por su teoría de los reflejos condicionados, descubre que en la vida animal existe
un primer sistema de señales que son precisamente las que condicionan reflejos que siguen a
un estímulo sensible, cuya reiterada asociación con el excitante original lo hace tan activo
como éste. Un perro al que durante un tiempo se le da de comer tras hacer sonar un timbre,
comienza a salivar nada más oír el timbrazo, aunque el alimento no se haga presente. Pero
Pavlov apunta a un segundo sistema de señales, constituido por signos lingüísticos, es decir,
por palabras. Pues bien, lo que resulta de sus experiencias es que los animales no reaccionan
ante los estímulos de este segundo sistema de señales. Como ha señalado Gómez Pin,
«mostrar que algún animal habla equivale a mostrar que este animal va más allá de un sistema
de reflejos, e incluso que va más allá de un comportamiento modelado por transmisión
cultural, el cual nada tiene que ver con el activo y recreativo comportamiento que los niños
tienen en relación con la lengua que se les enseña». Pero lo cierto es que no, que no va más
allá.
La tesis de Pavlov es que ni siquiera los antropoides son capaces de hablar, justo porque no
poseen la capacidad para hacerse una idea general o abstracta de las cosas. Y lo comprueba
con un ingenioso experimento. En el centro de un lago se sitúa una gran balsa en la que vive
por algún tiempo un simio, al cual se le enseña primeramente a refrescarse con el agua del
lago cuando hace calor. Entre el lugar donde el simio se sitúa en la balsa y aquél donde se le
proporciona el alimento, hay un dispositivo que produce fuego, de manera que le impide
alcanzar la comida. También hay un depósito de agua y un cubo. Pues bien, convenientemente
adiestrado, el simio aprende pronto a sacar con el cubo agua del depósito, apagar el fuego y
acceder al aumento. Ahora bien, en un momento dado se quita el agua del depósito. ¿Qué hace
el simio? Sigue metiendo sin éxito el cubo en el depósito sin agua, pero no se le ocurre acudir
al agua del lago para apagar el fuego y poder así aproximarse a la comida. ¿Por qué?
Contestación literal de Pavlov: «Se ve que no tiene una idea general, abstracta, del agua como
tal; en el nivel en el que se sitúan los antropoides no se produce aún la abstracción de las
propiedades específicas de los objetos.» La auténtica abstracción, según el investigador ruso,
consiste en liberarse de lo meramente sensitivo, de manera que capacite para captar lo común
sin dejar de ver las diferencias individuales. Y ésta es la que, según este experimento y otros
propuestos por Pavlov, no está al alcance del antropoide. La capacidad de ver a la vez lo común
y lo individual es propia y exclusiva de la abstracción intelectual, de la que sólo el hombre goza.
Por eso únicamente él puede, en sentido estricto, hablar.

-Mientras te escuchaba he visto en Googíe que Pavlov vive entre 1849 y 1936. Desde que
realizara sus célebres experiencias, han pasado muchas cosas en el campo de la Biología y,
especialmente, en el de la fitología, la ciencia del comportamiento animal. Por lo que he leído
en esas publicaciones divulgativas que tú aprecias tan poco, otros experimentos vienen a
abonar más recientemente la idea de que la capacidad lingüística de los simios es mucho más
alta de lo que se había supuesto, hasta el punto de que ya no se pudiera distinguir
esencialmente de la habilidad humana para hablar.

-Hay que tener en cuenta, por de pronto, que la mayor parte de estas experiencias se han
realizado en un entorno humano. Se ha hecho vivir a los simios en un ambiente humano –
familiar, incluso- desde su nacimiento, sometiéndolos a un intenso proceso de aprendizaje que
es artificial para ellos. Como sugiere Gómez Pin, el conjunto de estas experiencias es «un
monumental artificio». Resulta, además, que -dadas sus características anatómicas- los simios
no pueden pronunciar palabras: su presunto lenguaje no es vocal.

-Pero sí que puede aprender a usar diversos signos -ópticos, táctiles o acústicos
correspondientes a palabras y construir frases por combinación de estos signos; incluso
inventan otras frases que no les han sido enseñadas, para conseguir lo que desean. Es muy
conocida la experiencia de Alien y Béatrice Gardner que enseñaron el Ameslan -lenguaje para
sordomudos- al chimpancé hembra Washoe, de 10 meses. Washoe fue capaz con el tiempo de
aprender entre 80 y 130 signos, relacionándolos con los correspondientes objetos. También
dio respuestas correctas a preguntas del tipo «¿dónde?», «¿quién?».

-Interesante. Pero con este método no se puede averiguar si el animal posee el dominio de la
sintaxis, ya que sólo se le enseña a relacionar el objeto con una imagen convencional, con un
gesto.

-Un paso más -en la dirección que has señalado- suponen los trabajos de David Premack
con Sarah, también una hembra de chimpancé. El sistema de comunicación elegido consistía
en manipular sobre un tablero magnético recortes de un material plástico de diferentes
formas y colores, que se hacían corresponder a diversas palabras inglesas, Sarah era capaz de
seleccionar -por ejemplo, entre «azúcar», «plátano» y manzana»- el signo correspondiente a lo
que quería comer. Pero, además, tenía la habilidad de componer frases sencillas, de entre
cuatro y siete signos, para expresar deseos o hacer preguntas. Incluso, parecía entender el uso
de palabras cuantificacionales -como «todos», «varios», «ninguno»- y el empleo de la cópula
«es» como conectora entre sujeto y predicado. Y, lo que es más importante, era capaz de
establecer conexiones condicionales del tipo «si… entonces…» ( i f . . . then…).
-Estoy de acuerdo contigo en que esto último es lo más importante. Me refiero a la posibilidad
de captar y expresar de algún modo la relación si-entonces. En otras experiencias, que
confirman lo que señalas, algunos chimpancés adiestrados han manifestado ser capaces de
establecer esta relación. Uno de los experimentos consiste en presentarles tres secuencias
diferentes: una manzana entera y otra partida; una esponja seca y, otra empapada; una hoja
de papel en blanco y otra emborronada. Si el animal asocia -por ejemplo- un cuchillo con las
manzanas, significa que tiene la relación lógica si-entonces: Si la manzana estaba entera y ahora
está partida, entonces ha sido cortada con el cuchillo. Ahora bien, esto no autoriza a deducir
que los animales tengan un conocimiento causal, como suponen algunos autores, y en lo que
actualmente se sigue insistiendo. Es preciso tener en cuenta que la relación lógica expresada
por «si-entonces» es diversa de la expresada con «porque». En el primer caso, basta con
conocer que de un estado de cosas se sigue otro; pero no es necesario conocer la razón por la
que se sigue, No se expresa una relación causal, sino solamente una relación condicional. En
cambio, cuando se expresa una relación propiamente causal, se conoce la razón por la que un
acontecimiento se sigue de otro.
-De nuevo tengo la impresión de estar cayendo en las redes de tus tecnicismos filosóficos.
Pero, bueno, paciencia. Te diré que también se han llevado a cabo investigaciones más
complicadas, entre las que destaca el Proyecto Lana. En el experimento con Lana, las palabras
aparecen en la pantalla de un ordenador cuando se toca la tecla correspondiente. Lana era
capaz de utilizar un vocabulario de 75 palabras, hacer preguntas acerca del nombre de un
objeto y establecer conexiones significativas del tipo «si… entonces…». Lana manifestaba
también una cierta creatividad lingüística, hasta el punto de que en un período de dos meses
liego a descubrir 174 nuevas secuencias lingüísticas que guardaban relaciones con los objetos
de su entorno.

-Sin embargo, el porcentaje general de aciertos de Lana sólo alcanzó, según parece, el 76,6 %.
Además, no se llegó a demostrar que el chimpancé tuviera una auténtica capacidad
representativa, por no decir conceptual, y desde luego la influencia de la destreza y el
entusiasmo de sus entrenadores resultó decisiva. Por otra parte, al utilizarse un número
reducido de signos, que permiten sólo determinadas combinaciones, el porcentaje de aciertos
puede no llegar a ser del todo significativo.

Se podrían examinar casos más recientes como los del gorila Koko, nacida en 1971 en un zoo
de San Francisco, el bonobo Kanzi y su hermana Mulika, así como el de los chimpancés Moja,
Tatú Dar, Panzee, Megan, Sbeban. y otro llamado Nim Chimsky, nombre demasiado cercano al
del lingüista Noam Chomsky para no evocar una tomadura de pelo. Pero, de un modo u otro,
llegaríamos a las mismas conclusiones. Los resultados han sido siempre decepcionantes para
los partidarios de la homología entre hombres y grandes simios. Como apunta Jesús Mosterín,
«no hay atisbo de comprensión ni de uso de la sintaxis del lenguaje humano, ni siquiera en su
versión de signos para sordomudos. El lenguaje sigue siendo una peculiaridad humana».

Tampoco es fácil discernir hasta qué punto este lenguaje enseñado responde a capacidades
naturales del simio o es una simulación de la conducta de sus entrenadores. Pero cuando se
investiga la comunicación animal en el caso de antropoides en el medio natural, no se obtiene
ninguna conclusión que acerque esta comunicación al lenguaje propiamente dicho. Por
ejemplo, los llamados «suspiros ululantes» de los chimpancés tienen como función más
importante el alertar a otros miembros de la comunidad sobre la presencia de fruta. Se trata,
pues, de una comunicación estrechamente vinculada intereses biológicos inmediatos. Su
semejanza con el lenguaje humano es muy lejana.

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