Innovación Digital para Políticas Públicas
Profesora: Mgter. Lucas Jolias
Clase: 4º - online
Unidad 2: Identidad Digital y Gobierno Como Plataforma
Objetivos
● Conocer el concepto de Identidad Digital y sus diferentes modalidades
● Conocer el marco regulatorio para la gestión de la identidad y comprender los
cuestiones éticas involucradas
● Indagar sobre la Identidad Descentralizada y su impacto en el gobierno
Contenidos
● Identidad digital.
● Modelos de Identidad Digital.
● La identidad digital como base de la transformación digital.
● Documentos digitales. Firma digital. Ley de datos personales, privacidad. Casos de
estudios
Lecturas obligatorias:
● "Roseth, B., Reyes, A., Farías, P., Porrúa, M., Acevedo, S., Peña, N., Estevez, E., Linares
Lejarraga, S., Fillottrani, P. 2018, “El Fin del Trámite Eterno: Ciudadanos, burocracia y
gobierno digital”, Banco Interamericano de Desarrollo (BID), 2018.
● Pareja, A., Pedak, M., Gómez, C. y Barros, A. 2018. La gestión de la identidad y su
impacto en la economía digital. Documento Nº IDB-DP-529. Banco Interamericano de
Desarrollo. Disponible en:
https://publications.iadb.org/publications/spanish/document/La-gesti%C3%B3n-de-
la-identidad-y-su-impacto-en-la-econom%C3%ADa-digital.pdf
● Jolías, L (2022): ""Identidad Digital Descentralizada: una guía de implementación de
blockchain en gobierno"". Editorial OS City +. Disponible en
https://plus.os.city/publicaciones/identidad-descentralizada
1. Introducción: la evolución del Estado y la web
En el plano de la modernización del Estado y la Administración Pública, la primera etapa de
la web fue caracterizada por los primeros esfuerzos del Gobierno Digital. La web era vista
como un medio más de comunicación, en donde los gobiernos tienen su presencia para
comunicar y no tanto para ofrecer servicios. De allí que, en aquella época, los portales
oficiales de gobierno eran administrados por las áreas de comunicación y prensa del
gobierno, y muy pocos los casos en donde existían equipos específicos de tecnología o
innovación. Los equipos de TI eran vistos como soporte a las operaciones habituales de un
gobierno (por eso comúnmente dependían de Hacienda o Economía). En este mundo “pre-
digital” los gobiernos funcionaban de manera inorgánica, con poca comunicación entre áreas
y con procesos estancos.
La Web 2 trajo en el Estado el crecimiento de servicios online, así como la necesidad de
utilizar las nuevas tecnologías como medio para generar una nueva relación con la
ciudadanía (Gobierno Abierto). Es el boom de las secretarías o direcciones de innovación
pública, modernización del Estado, Gobierno Abierto o similares, formando parte central de
muchos gobiernos a la hora de planificar e implementar políticas públicas. La masividad del
uso de Internet obligó a los gobiernos a ofrecer una mayor cantidad de servicios online y los
portales de gobierno dejaron de ser vistos como un canal de comunicación y pasan a ser
instancias de relación y transacción con la ciudadanía. Sin embargo, el modelo Web 2 de la
administración pública ha sido un modelo estado-céntrico, en donde el énfasis ha estado en
resolver los problemas burocráticos del Estado, cuyo principal desafío está en la
interoperabilidad, pero sin
una intervención sustancial del ciudadano. En el mejor de los casos, hoy contamos con
gobiernos digitales fragmentados, con múltiples sistemas que no dialogan entre sí o bases de
datos duplicadas e incongruentes. Esto se traduce en que el ciudadano tenga decenas de
perfiles digitales, logins o usuarios, uno por cada organización pública que interactúa. Cada
organismo se ha preocupado por imponer sus propios estándares, reglas o políticas de
digitalización y el ciudadano ha tenido que adecuarse a las normas impuestas por cada
organismo. En este modelo Web 2 del Gobierno Digital, el ciudadano es un beneficiario
pasivo de las estrategias de digitalización del gobierno y debe adaptarse a los
requerimientos, estándares y normas que impone la institución pública.
Al igual que en el sector privado, el advenimiento de la Web 2 en el Estado generó cambios
positivos ya que permitió a miles de ciudadanos acceder a servicios online, reducir la carga
burocrática y el tiempo dedicado a hacer trámites, y mejorar la relación con su
administración pública. Estos modelos centralizados han funcionado muy bien en países
pequeños y unitarios, en donde las normas y reglas impuestas por un órgano central se
cumplen hacia otros organismos o jurisdicciones. Los casos más exitosos son el de Estonia a
nivel mundial y Uruguay en América Latina. Sin embargo, este modelo de gobernanza de
datos públicos no ha tenido los mismos impactos en países grandes y federales como
México, Argentina o Brasil. Allí la lógica de la interoperabilidad es completamente distinta,
ya que la verticalidad de las decisiones no tiene la misma fuerza que en los países unitarios, y
los problemas de interoperabilidad entre las organizaciones, la centralización de la
información pública y la necesidad de poner al ciudadano en el centro han generado la
necesidad de un nuevo modelo de gobernanza de datos públicos, uno más descentralizado.
Presenciamos hoy una nueva era de Internet, en donde los datos estarían alojados en una
red de computadoras usando blockchain en lugar de servidores centralizados y corporativos.
Todavía estamos en una etapa muy inicial, en un futuro Internet probablemente tendría la
misma apariencia pero las actividades que realicemos online estarían representadas por una
billetera criptográfica y sitios web alojados a través de aplicaciones descentralizadas (dApps).
La idea es construir sobre la infraestructura de blockchain una nueva oferta de servicios
financieros, culturales, sociales y, por qué no, gubernamentales. La Web 3 será una enorme
oportunidad para resolver estos problemas históricos de interoperabilidad en la
administración pública, tanto dentro de un mismo país como a nivel regional. El ejemplo más
claro se dió con la pandemia por COVID-19 y la necesidad de reconocimiento de los
certificados de vacunación entre diversos países y regiones. El hecho de contar con
identidades digitales administradas por los Estados (centralizadas) y con credenciales
emitidas de similares características, hace que cada país deba realizar acuerdos con sus
pares para dar reconocimiento a protocolos, estándares o bases de datos, con el objetivo de
que la credencial de una persona pueda ser reconocida y verificada en otro país. Pero, ¿qué
sucedería si contáramos con una infraestructura descentralizada en donde todos los Estados
pudieran corroborar la información y credenciales emitidas por otros pares de manera
estándar? ¿Qué pasaría si los Estados fueran validadores de un ID pero no emisores de las
mismas, sino que la identidad sea propiedad de la persona mediante una infraestructura
descentralizada?
Esta identidad descentralizada es una de las grandes promesas de la Web 3, simplificando
con ella la relación que tiene la ciudadanía con las distintas organizaciones con las que
interactúa.
Para poder lograrlo, es necesario avanzar con la idea de single sign-on o inicio de sesión
único, que permita un único método de autenticación en diferentes organismos, en lugar de
inicios de sesión individuales para cada sitio. A diferencia del inicio único que proponen
empresas como Facebook o Google, este single sign-on no requerirá que renuncies al control
de tus datos personales. Al estar registrado en blockchain, todas las transacciones en la
cadena de bloques son públicas, por lo que, técnicamente, todos pueden ver los activos y los
datos asignados a una billetera específica.
Nos llega el momento “conecta tu wallet”, que se ha extendido desde el mundo financiero
hacia otros ámbitos como arte, bienes raíces y, también, gobierno. El mundo cripto trajo, al
menos, una externalidad positiva: la posibilidad de extender a una gran cantidad de
personas un esquema de llave pública / llave privada. Mientras que los Estados han
promulgado durante décadas la firma digital con resultados bastante modestos a nivel
mundial, el advenimiento de las criptomonedas permitió expandir rápidamente la
posibilidad de que millones de personas tengan su propia llave pública. Esto abre la
posibilidad de contar con identificadores únicos a nivel global, rompiendo las barreras
territoriales de las identidades digitales otorgadas por los Estados, siendo así promesa no
solo de interoperabilidad sino también de soberanía.
2. La necesidad de un cambio de paradigma
La historia de la democracia es la historia de cómo conjugar ideales y valores en
instituciones, reglas y prácticas concretas. Las tensiones que se han generado a lo largo de
siglos no sólo tienen que ver con discusiones teóricas, con ponernos de acuerdo en lo que
significa para cada uno la democracia, sino que además tienen que ver con cómo
transformamos esos valores en reglas y procesos de la vida política cotidiana. Uno puede
estar de acuerdo en que la democracia implica la participación ciudadana en las decisiones
de gobierno y sin embargo no acordar si esa participación se hará mediante reglas de
mayoría absoluta o simple, si será imperativa o consultiva, o si esa participación será
obligatoria o voluntaria. Es más, el principal conflicto está en cómo transformamos esos
ideales en prácticas concretas y no tanto en los ideales en sí mismos. Para una democracia
de calidad importan tanto las prácticas e instituciones como los valores y mecanismos que
esa democracia representa, no es posible lo uno sin lo otro.
En esa larga historia de discusiones sobre valores y prácticas, la democracia se ha ido
transformando constantemente. Más allá de que podamos o no estar satisfechos con sus
resultados, la democracia nunca es un proceso estancado, sino que se transforma y
evoluciona al mismo tiempo que otros procesos sociales. Basta con echar un vistazo a la idea
y práctica que se tenía de la democracia a comienzos del siglo veinte, para darse cuenta que
en cien años la cosa ha cambiado, y mucho. La pregunta central hoy es cómo impacta
Internet y las nuevas tecnologías en los sistemas democráticos actuales, en la crisis de los
sistemas democráticos actuales. Algunos sucesos de los últimos años nos dan un indicio.
Los movimientos sociales y las manifestaciones a nivel global de estas últimas dos décadas,
no sólo nos muestran el poder que las nuevas tecnologías han dado a la gente para
organizarse prescindiendo de organizaciones formales, sino también nos señalan un cambio
de legitimidad sobre el ejercicio democrático. En un análisis comparado sobre las
manifestaciones de estudiantes en Chile y los Indignados españoles, Javier Sajuria (2013) nos
muestra cómo existe una adecuación entre el ideal que los manifestantes tienen sobre la
democracia y la visión acerca de cómo funciona Internet. Si su hipótesis es correcta,
entonces estaríamos
presenciando un nuevo cambio en la legitimidad de lo que debería ser la democracia. Este
cambio nuevamente está influenciado (entre muchos otros) por innovaciones en las
tecnologías de comunicación, por nuevas herramientas. El ideal de entender al Internet
como una red descentralizada, en donde cada individuo tiene la posibilidad de expresarse
por fuera de los grandes medios u organizaciones se funde con un ideal de la democracia en
la cual cada ciudadano pueda expresar sus preferencias sin intermediarios. Aunque todos
sabemos que en realidad Internet no es tan descentralizada ni tan “democrática”, lo que
cuentan son los imaginarios sociales sobre este fenómeno. Si el trabajo de Sajuria está en lo
correcto, entonces existe un parecido de familia entre el ideal democrático que poseen los
manifestantes y su imaginario sobre la “red deredes”. Haciendo una simplificación,
podríamos afirmar que los manifestantes reclaman que la democracia se parezca un poco
más al imaginario de cómo funciona Internet (abierto, descentralizado, sin intermediarios,
en tiempo real, etc.).
Otra de las causas de la insatisfacción de la ciudadanía con respecto a la democracia (y los
gobiernos en general) tiene que ver con las expectativas en cuanto a la entrega de servicios.
Mientras que el sector privado ha sofisticado sus servicios a tal punto que podemos comprar
un artículo en la otra parte del mundo y tenerlo en la puerta de nuestro hogar en pocas
horas o días, el sector público no ha avanzado a la misma velocidad. La ciudadanía espera
que los servicios sean en tiempo real, customizados y personalizados, pero al interactuar con
el sector público esto no es así, lo que ha generado una insatisfacción muy profunda en
cuanto al sector público y su capacidad para resolver o arbitrar problemas sociales
(Berggruen Institute 2020). Obviamente que también afecta nuestra percepción de la
democracia: emitir un voto para luego volver a dar nuestra valoración 4 años más tarde no
concuerda con esa experiencia en tiempo real y personalizada que vivimos en otros aspectos
de nuestra vida. En palabras de Audrey Tang, Ministra Digital de Taiwán, necesitamos
aumentar el “bit rate democrático”, es decir, nuestros gobiernos necesitan adaptarse a las
expectativas de los ciudadanos y no a la inversa. Para ello, necesitamos cambiar el
paradigma de la gobernanza de datos, de la centralización, o mejor dicho, de la notarización
de la confianza y, sobre todo, de lo que significa ser un ciudadano y tener propiedad de
activos y documentos. Necesitamos evolucionar la relación ciudadano-gobierno e ir hacia un
Estado que tenga a los ciudadanos en el centro de su operatoria.
Avanzar hacia un gobierno centrado en el ciudadano significa cambiar la gobernanza actual
de la identidad digital. Los modelos de identidad caen en la regla de oro de la burocracia:
silos estancos de información. Cada organización emite una credencial de identidad digital a
un ciudadano para permitirle acceder a sus servicios. Cada usuario necesita una nueva
credencial de identidad digital para cada nueva organización con la que se relaciona. Por lo
general, eso proporciona una pésima experiencia de usuario. Basta con recordar todos los
portales de organizaciones públicas que hemos tenido que registrarnos (municipios,
gobiernos federales, nacionales, universidades, autoridades impositivas, etc) y crear nuevos
usuarios y contraseñas. Cualquiera que conozca la función pública dirá que esto se debe a
que es muy difícil que distintas organizaciones, federales y con similar legitimidad, cooperen
entre sí. El problema de la interoperabilidad no es técnico, sino político-administrativo. Sin
embargo esto es cierto en parte, ya que existe una causa anterior que atraviesa a toda la
administración pública a nivel global y que James C. Scott (1998) lo analiza muy bien en su
libro “Seeing like the state”: para que un proyecto a gran escala (como la identidad) pueda
funcionar, el Estado necesita traducirlo en un problema administrativo. Esto se traduce en
que la administración pública ve a la identidad como un problema del Estado, de la
burocracia pública, y no como un atributo de la ciudadanía. El problema de la identidad no
se resuelve con el modelo ideal de “poner de acuerdo” a todas las instituciones públicas para
que compartan información, a lo sumo eso es posible en Estados pequeños y con poco
desarrollo histórico como Estonia o Uruguay. Para el caso de México eso significa poner de
acuerdo a 2.469 municipios, 32 estados, cientos de organizaciones públicas descentralizadas
y un Estado nacional compuesto por cientos de organismos y múltiples visiones partidistas,
todos ellos con igual legitimidad de origen y relativa autonomía. La solución a esto es dejar
de “ver como el Estado” y comenzar a “ver como el ciudadano”. Poner al ciudadano en el
centro de la identidad y devolverle la soberanía de su información. Si en el mundo de los
datos abiertos repetimos que el Estado no es el dueño de la información, sino que
simplemente almacena y gestiona datos que son de la ciudadanía ¿por qué no aplicar este
mismo modelo a la identidad digital de las personas? A eso se refiere el movimiento de la
Identidad Descentralizada, a devolverle al ciudadano la potestad y el manejo de su propia
información; pero también ser una respuesta al problema de los silos estancos de
información y de la falta de interoperabilidad del Estado. Este es el verdadero cambio de
paradigma que blockchain viene a posibilitar.
En resumen, estamos frente a una revolución tecnológica que repercute directamente en
cambios organizacionales, económicos y políticos. Mientras que las otras revoluciones TIC
como Internet o la web impactaron directamente en el Estado y acuñaron conceptos como
Gobierno Digital o Gobierno Abierto, estamos convencidos que esta nueva era del
blockchain y la Web 3 implica un gran desafío de adaptación y una gran oportunidad hacia la
transición digital, económica, social y política de nuestros gobiernos. La ciudadanía tiene hoy
herramientas que le permiten auto-organizarse como nunca antes y expresarse sin la
necesidad de intermediarios, al tiempo que las instituciones tradicionales pierden día a día la
confianza de sus ciudadanos. Empoderar a los ciudadanos debe ser la premisa de los
gobiernos del siglo XXI y para ello es necesario “devolverle” su identidad, devolverle su
soberanía. La Identidad Descentralizada puede significar un cambio de paradigma en la
relación entre ciudadano y gobierno, tanto en aspectos burocráticos como en la mejora de
nuestras democracias, porque simplifica el manejo de mis propias credenciales como
individuo, acelera trámites y baja los costos de transacción con el Estado y con terceros
validadores de mi información. Esto es un gran avance en la entrega de servicios públicos y
puede abrir un camino en la reconstrucción de la confianza en nuestras instituciones, pero
también tiene fuertes implicancias en la mejora de nuestros regímenes democráticos: que el
ciudadano sea dueño de su propia identidad digital es un elemento clave para resignificar la
democracia en tiempos actuales.
3. Incorporando una nueva identidad
La identidad es algo complejo de definir y sobre la cual la sociedad ha postulado diversos
significados en función del tiempo, lugar y campo de estudio. Desde una perspectiva
exclusivamente humana, podríamos referirnos al “yo” de la autoconciencia. Antes de la
revolución industrial, la identidad estaba definida por la familia o el clan. Otras acepciones
hacen referencia a la identidad definida por el gráfico social de la persona, esto es, por una
representación de las relaciones humanas que tiene. Nosotros adoptamos una perspectiva
burocrática de la identidad, ya que tomamos la mirada del Estado sobre la identidad de una
persona: para nosotros la identidad es la acumulación de credenciales que definen atributos
de una persona. Es decir, la suma de todos los atributos asociados a una persona que le
fueron asignados por el Estado, por terceros, o que son propios de su condición (edad, fecha
de nacimiento, biometría, información médica, correo electrónico, números de pasaporte,
etc.). Bajo esta perspectiva, lo que marca que yo sea padre de mi hijo no es un vínculo
afectivo, sino que existe un certificado que marca esa condición. Lo mismo por ejemplo con
respecto a mi profesión: para el Estado, que una persona sea economista no tiene que ver
con saber los ciclos macroeconómicos de un país, sino que tiene un diploma que acredita esa
condición. Es por ello que adoptamos una definición burocrática de la identidad, aunque
está claro que la identidad de una persona abarca muchos más aspectos que la sola
acumulación de credenciales.
A medida que la distinción entre el mundo digital y el mundo físico se fue disolviendo, la
identidad, ahora digital, de una persona también se convierte en un tema de relevancia a ser
considerado. Hoy en día una persona cuenta con múltiples identidades digitales, una por
cada dominio en el cual ingrese, herencia de la Web 2. Asimismo, grandes empresas se
encuentran administrando nuestras identidades quedando a su discreción la gestión de
nuestros datos, o hasta la expiración de nuestra existencia digital. Más allá de que hablamos
de identidad digital como algo separado de la identidad de una persona, en la práctica esta
distinción no existe. La identidad es una, ya sea que hablemos del mundo físico o digital. Sin
embargo, hoy mi identidad está compuesta por decenas de perfiles distintos, muchos de los
cuales no tengo verdadera potestad.
Conviene hacer una aclaración. Es un error común confundir identidad con identificación.
Muchas veces cuando se habla de identidad y blockchain, se suele malinterpretar ambos
conceptos suponiendo que al ser la identidad de la persona, entonces el Estado no cumple
ninguna función con respecto a la identificación de la misma. Si tomamos la identidad como
la acumulación de credenciales, entonces la autenticación (la identificación) de una persona
es la acreditación de que dicha persona es quien dice ser. Bajo el sistema de las sociedades
modernas, los gobiernos son quienes brindan un identificador único a cada persona dentro
de su jurisdicción, siendo los proveedores de autenticación habilitados quienes realizan
dicho servicio. Cualquier entidad o individuo que requiera verificar la identidad de una
persona por cualquier tipo de razón, deberá examinar alguno de los identificadores
brindados por el Estado para corroborar su validez. Los identificadores por lo general son
datos o números (por ejemplo, el nombre legal de una persona o un número de seguro
social o el mismo CURP), o una representación particular de una propiedad de la persona
(como huellas dactilares o sus datos biométricos).
Una de las principales características de la autenticación, es que requiere un sistema de
gestión de identidad que cumpla al menos con los siguientes criterios: (1) dos personas no
deben tener el mismo identificador (unicidad), y (2) ninguna persona debe tener más de un
identificador (singularidad) en el mismo dominio. En América Latina en particular, los
Estados tienen una función importante a la hora de validar la identidad de una persona.
Cuando hablamos de “devolverle la identidad a la persona” no estamos diciendo que el
Estado ya no validará más su identidad, sino todo lo contrario. El Estado seguirá validando
mi identidad, pero el identificador se otorgará mediante un sistema distribuido. La gestión
de este identificador descentralizado (DID por sus siglas en inglés) la realiza la persona
mediante su esquema de llave pública / llave privada, por lo que el Estado valida pero no
emite ni gestiona mi identidad.
4. La identidad digital centrada en el ciudadano
Ya hemos aclarado la noción que adoptamos a la hora de hablar de identidad como la
acumulación de credenciales que denotan atributos de una persona. Ahora bien, podemos
identificar por lo menos 3 modelos de identidad digital implementados por los Estados en las
últimas décadas: Identidad Centralizada, Identidad Federada e Identidad Descentralizada o
Centrada en el Ciudadano. Veamos las características principales de cada modelo.
Identidad Centralizada
Hablamos de Identidad Centralizada cuando un sólo organismo o autoridad administrativa
emite y gestiona la identidad digital de sus ciudadanos. Es un modelo top-down con
jerarquías bien definidas donde una única organización posee la autoridad para otorgar
identidades digitales. Desafortunadamente, otorgar el control de la identidad digital a una
autoridad centralizada sufre los mismos problemas causados por las autoridades estatales
del mundo físico: los usuarios están encerrados en una sola autoridad que puede negar su
identidad o incluso confirmar una identidad falsa. La centralización otorga poder de forma
innata a las entidades centralizadas, no a los ciudadanos. Los usuarios dependen
exclusivamente de esta autoridad para validar su identidad y la información asociada a ese
ID depende completamente de la autoridad central. Además, el ciudadano no tiene control
sobre qué tipo de datos se comparte y con quién (¿Cómo saber cuándo un organismo
comparte mi información con otro?). Este tipo de modelo es problemático en países
federales con múltiples niveles de gobierno, que son igualmente legítimos (nación,
provincias o estados y municipios). A medida que crecen los servicios digitales, es natural
que el poder se acumule entre distintas jerarquías y que las identidades se multipliquen cada
vez más. Esto obliga a los usuarios a gestionar decenas de identidades en decenas de
organismos diferentes, sin tener control sobre ninguno de ellos. Pensemos en ciudadanos
que tienen identidades distintas para operar frente a gobiernos locales, provinciales,
organismos descentralizados o la administración nacional. El ejemplo más claro a nivel
mundial de ID centralizada es la India
.
Identidad Federada
El siguiente modelo es una identidad digital administrada por diversos organismos de
manera federada: esquema de gestión de identidad de muchos a muchos. Cada una de las
entidades provee un servicio que acredita la identidad de un ciudadano en función a
distintos parámetros o datos de ingreso. Esto lleva a que la información digital de los
ciudadanos se distribuya a través de múltiples proveedores de identidad, en lugar de ser
centralizada en un único proveedor. Estos proveedores de autenticación están dispersos y
desconectados; y requieren de una solicitud y tratamiento particular para su uso y
disposición. Existen distintos sistemas en el ámbito tanto público como privado que realizan
diferentes procesos de autenticación. Cada uno define y genera procedimientos de
autenticación independientes unos de otros. En este modelo los organismos suelen
agruparse y, mediante el establecimiento de acuerdos, comparten un identificador único
para cada usuario. Este tipo de identidades simplifican mucho
más la relación del ciudadano con el Estado, pero su identidad y la información asociada a
ella depende en última medida de cada autoridad estatal y de la coordinación e
interoperabilidad de las partes. Esto hace que sea difícil integrar servicios que no son
brindados por el Estado o alguna de esas organizaciones federadas. Además, el usuario
tampoco tiene control sobre qué, cómo y con quién se comparte su información.
Identidad Descentralizada
El paso de la identidad centralizada a la identidad federada estuvo signado por mejoras en la
experiencia del usuario, pero en definitiva el control de la identidad sigue en manos de las
organizaciones estatales, aunque en algunos casos se respeta cierto nivel de consentimiento
del usuario sobre cómo y con quién compartir una identidad. Fue un paso importante hacia
el verdadero control de identidad por parte del usuario. Pero para dar el siguiente paso se
requiere autonomía del ciudadano. Este es el principio rector de la Identidad
Descentralizada, un término naturalmente asociado a tecnologías distribuidas como
blockchain. No sólo se busca un diseño centrado en el usuario, sino que requiere que los
usuarios sean los gobernantes de su propia identidad. En los últimos años la Identidad
Descentralizada ha ganado relevancia internacional debido en gran medida a la crisis de
refugiados que ha acosado a Europa. Esta crisis humanitaria ha resultado en que muchas
personas carecen de una identidad reconocida debido a su migración forzosa, y la Identidad
Descentralizada tiene el potencial para resolver estos problemas de autenticación y
verificación de la persona sin la necesidad de acudir al emisor de la identificación incluso
removiendo cualquier poder de censura del mismo emisor sobre la persona. Si la Identidad
Descentralizada se estaba volviendo relevante hace unos años, a la luz de las crisis del
COVID-19 su importancia se ha disparado. Que el ciudadano sea soberano de su identidad,
implica que tiene el control total sobre la gestión y presentación de su persona (compuesta
de datos y atributos) a terceros. Es decir, una vez que los entes emisores de identidad le
proveen a la persona una credencial de identificación, ésta pasa a ser propiedad del
ciudadano y es él quien tiene la potestad de compartirla y utilizarla para identificarse y
demostrar sus atributos. Es por ello que “(...) la Identidad Auto-soberana permite a las
personas interactuar en el mundo digital con la misma libertad y capacidad de confianza que
en el mundo físico” según Sovrin. En este modelo, ningún proveedor de identidad o de
servicios puede administrar las credenciales del ciudadano.
Asimismo, quienes necesitan verificar la validez de las credenciales y atributos presentados
por el propietario, lo realizan de manera descentralizada, sin la necesidad de recurrir a las
bases de datos del ente emisor de dicha credencial. Digamos, se establece un canal peer-to-
peer seguro y digital entre el emisor de ID, el propietario y el verificador. Cuando se
intercambian credenciales, ni siquiera el proveedor del sistema de identidad soberana sabe
qué se intercambia. La emisión de credenciales se vuelve más simple y rápida. Además, el
propietario de la identificación elige qué atributos de su identidad quiere mostrar y siempre
tiene el control
de la relación con los verificadores de identificación (sabiendo qué datos se comparten). Al
decidir la persona dueña de sus datos qué atributos mostrar de manera discrecional, el
individuo recupera su capacidad de resguardar otros datos que no son necesarios o
requeridos por el verificador. Un ejemplo de ello es cuando para ingresar a algún local
debemos demostrar ser mayores de edad, pero junto con esa validación hoy mostramos
además la fecha de nacimiento, el nombre completo, y hasta la dirección en la cual vivimos.
Con una Identidad Digital Descentralizada, esto ya no pasaría.
Existen dos elementos fundamentales para poder implementar la Identidad Descentralizada:
● Registros descentralizados de información: cada proveedor de identidad o de
servicios al emitir una credencial a una persona, deja todas las pruebas criptográficas
necesarias para verificar esa credencial digital en una red descentralizada pública. De
esta manera, cualquier ente que requiera verificar los identificadores o atributos
presentados por el propietario de los datos, podrá realizarlo contra el registro
descentralizado, sin interactuar con el emisor de la credencial digital.
● Billeteras digitales (wallets): son repositorios personales portables en los que una
persona puede portar y administrar todos sus identificadores, datos, tokens y
credenciales digitales que le hayan sido otorgadas. Mediante estas billeteras
digitales, toda la información personal se encuentra bajo nuestro control de la
persona propietaria, quien puede además decidir qué información comparte y a
quién de manera selectiva.
El registro descentralizado público otorga trazabilidad y transparencia a las transacciones
que sobre ella se escriban, ya que tiene la particularidad de ser inmutable. Las
modificaciones o actualizaciones de la información previamente registrada (como podría ser
el cambio en el estado de una credencial digital, por ejemplo, de activa a revocada), son
firmadas electrónicamente por la entidad que lo modifica y también quedan registradas en
el registro descentralizado, por lo que siempre quedará una constancia de su alteración. Esto
permite que cualquiera al que la persona le comparta sus credenciales verificables, pueda
realizar un seguimiento y verificación de la credencial en el registro público, en tiempo real.
Por otro lado, las credenciales o activos digitales que le pertenecen a cada persona se
encuentran disponibles tanto su billetera digital, como en la red descentralizada, siempre
estando bajo su control ya que se requiere de firma electrónica para poder administrarlas.