“Familias saludables: la meta de nuestro trabajo”:
Durante mucho tiempo, se ha visto a las familias solo desde sus problemas: sus carencias,
conflictos o dificultades. Los médicos, psicólogos y otras instituciones han sido vistos
como los únicos con recursos para ayudar. Pero desde una mirada más equilibrada —
especialmente desde una visión bíblica y espiritual— se cree que las familias, aunque
imperfectas, tienen dentro de sí mismas el potencial para sanar, crecer y vivir
plenamente.
La fe cristiana enseña que, a pesar de nuestras fallas, seguimos llevando la imagen de Dios.
Eso significa que tenemos la capacidad de amar, de relacionarnos profundamente y de
enfrentar las dificultades. La gracia de Dios puede transformar cualquier situación, por
complicada que sea.
En las últimas décadas, varios expertos se han enfocado en estudiar qué hace que algunas
familias funcionen bien, incluso en medio de crisis como la pobreza, la violencia o el
desempleo. En lugar de fijarse solo en los fracasos, se preguntan: ¿qué hacen bien las
familias que siguen unidas y fuertes? ¿Qué podemos aprender de ellas?
Un concepto clave que surge es el de "resiliencia", que originalmente se refiere a la
capacidad de un objeto de volver a su forma después de ser doblado o presionado. Ahora
también se aplica a personas y familias: la resiliencia es esa fuerza interior que les
permite levantarse después de una crisis, adaptarse a los cambios y seguir adelante.
Normalidad y salud en las familias”:
Muchas veces se habla de lo que es una “familia normal”, pero en realidad ese concepto es
muy relativo. Lo que una persona o cultura considera “normal” puede no serlo para otra.
Además, pensar que una familia normal no tiene problemas es un mito. Todas las
familias enfrentan dificultades, y no por eso dejan de ser valiosas o saludables.
La idea de una “familia tradicional perfecta” también puede hacer daño, porque hace que
muchas familias reales —que no encajan en ese modelo— se sientan inferiores o "mal". Por
eso, en lugar de hablar de normalidad, es mejor hablar de salud familiar.
Pero entonces surge la pregunta: ¿qué es una familia saludable?
El problema es que muchas veces la salud se ha definido solo por lo que no es. Por ejemplo,
una familia saludable es “la que no es disfuncional”. Pero eso no nos dice mucho. Incluso,
en los años 70, cuando una investigadora buscaba familias “normales” para un estudio, sus
colegas bromeaban diciendo que esas familias ya no existían.
Los expertos han propuesto distintas formas de entender la salud familiar, a veces con
esquemas complejos. Sin embargo, la tradición cristiana ofrece también principios
valiosos basados en la Biblia, que pueden combinarse con los estudios modernos para
tener una visión más completa y práctica.
Una buena forma de entender la salud familiar es verla como un continuo o escala que va
desde el -10 (una familia con muchos problemas) hasta el +10 (una familia con salud
plena). Pero en la vida real, ninguna familia alcanza el +10 todo el tiempo, porque todas
tienen altibajos. Incluso las familias más saludables quizás lleguen al +7 o +8. Y las más
disfuncionales no están en -10, porque si siguen existiendo, es porque todavía tienen
algunos recursos que las sostienen.
"Criterios para definir la salud de una familia", con ideas clave que
puedes usar para enseñanza, reflexión o incluso una presentación:
¿Qué es una familia saludable?
No se trata solo de resolver problemas. Una familia saludable es aquella que crece,
aprende, se fortalece y se prepara para el futuro, más allá de los conflictos que pueda
enfrentar. En el trabajo pastoral, esto implica ir más allá de “arreglar” lo que está mal, y
trabajar para que las familias vivan con plenitud, como Jesús prometió:
«Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia» (Juan 10:10).
Criterios para una familia saludable
1. Viven y transmiten valores espirituales
Antes, temas como la fe o la espiritualidad eran ignorados en la psicoterapia, pero
hoy se reconoce que ayudan en la salud mental y emocional.
Las familias resilientes suelen tener creencias profundas que les dan sentido a la
vida y las ayudan a salir adelante.
Como cristianos, nos guiamos por los valores del Reino de Dios: amor, paz,
esperanza, justicia, fidelidad, dominio propio, etc.
2. Fe: confiar en que no estamos solos
La fe nos ayuda a ver que la vida tiene propósito y sentido, aun cuando enfrentamos
problemas.
Nos da seguridad al saber que Dios está presente y activo.
Las familias sanas no niegan los problemas, pero los enfrentan confiando en que
pueden superarlos con ayuda de Dios.
3. Esperanza: mirar hacia adelante con ánimo
La esperanza es vital cuando la vida se pone difícil. Nos permite respirar,
levantarnos y seguir caminando.
El pesimismo destruye, pero la esperanza construye y fortalece.
Una familia saludable aprende a ver lo bueno, aún en medio de situaciones duras,
sin caer en la ingenuidad.
4. Amor: más que un sentimiento
El amor no es solo emoción. Es decisión, paciencia, perdón y esfuerzo diario.
Las familias sanas no juzgan ni culpan de inmediato. Buscan entender lo que pasa
antes de reaccionar.
o Ejemplo: Si un niño derrama un vaso de leche, en vez de enojarse, una
familia saludable se pregunta: ¿fue accidente?, ¿está nervioso?, ¿quería
atención?
El amor verdadero no castiga por errores, sino que enseña y construye autoestima.
El amor en la familia refleja el amor de Dios, que es fiel y constante, aunque
nosotros fallemos.
2. Las familias saludables mantienen estructuras consistentes y flexibles”:
Estructura: orden con sentido
Aunque hoy se habla mucho de romper estructuras, las familias siguen necesitando orden
y claridad para funcionar bien. Eso incluye saber:
Quién toma decisiones,
Qué reglas existen,
Quién cuida a quién,
Cómo se manejan los conflictos,
Qué rol tiene cada miembro.
Una familia saludable tiene estructuras claras pero no rígidas. Son como los huesos del
cuerpo: firmes, pero lo suficientemente flexibles para moverse y adaptarse.
Equilibrio entre estabilidad y cambio
Todas las familias viven entre dos fuerzas:
La estabilidad, que da seguridad.
El cambio, que es inevitable.
Una familia sana sabe adaptarse sin perder su base. Por ejemplo, cuando llega un nuevo
hijo, los hijos crecen, hay mudanzas o una crisis de salud, las reglas y roles deben
ajustarse.
Liderazgo claro y compartido
En una familia saludable:
Los adultos no abandonan su rol. Son guías, no controladores.
Se establece una jerarquía funcional (los padres cuidan y enseñan, los hijos
aprenden y crecen).
Se reconoce el buen comportamiento con afecto y apoyo, no solo se corrigen
errores.
No se delega en los hijos lo que corresponde a los padres, como ocurre en
familias muy disfuncionales.
Especialmente en la relación de pareja, debe existir una alianza fuerte, basada en
respeto, negociación y trabajo conjunto. Esto no significa que ambos tienen el mismo
poder en todo, pero sí que se respetan y se apoyan mutuamente como un equipo.
🤝 Flexibilidad: adaptarse sin romperse
La flexibilidad no es falta de orden, sino capacidad de adaptarse a los cambios sin
perder el rumbo. Una pareja o familia que se queda rígida ante las nuevas etapas
(adolescencia, crisis económicas, pérdidas, etc.) suele enfermarse emocionalmente.
Una pareja flexible y madura, que renegocia sus roles y decisiones cuando es necesario,
ayuda a mantener a toda la familia en equilibrio.
Redes de apoyo y sentido de pertenencia
Las familias saludables no viven aisladas. Reconocen su vínculo con:
Su red de parientes,
Su comunidad cultural o étnica,
Y especialmente, su comunidad de fe.
Estas conexiones son como redes de seguridad que ayudan a sostener a la familia en
tiempos de crisis, pérdidas o cambios difíciles.
3. En las familias saludables la comunicación es clara y directa:
Buena comunicación: la base de una familia sana
En una familia saludable, comunicarse bien es clave. No se trata solo de hablar, sino de
expresar sentimientos, escuchar con respeto y resolver problemas juntos.
¿Qué es una buena comunicación?
1. Claridad:
Las personas dicen lo que realmente quieren decir, sin rodeos ni confusión.
No hay mensajes dobles ni contradicciones.
2. Expresión de sentimientos:
Se habla con libertad sobre lo que se siente. Las emociones no se reprimen ni se
minimizan.
Cada miembro se siente escuchado y validado.
3. Resolución colaborativa de problemas:
La familia trabaja junta para encontrar soluciones, especialmente en momentos
difíciles.
Se fomenta el diálogo, no los gritos ni los silencios prolongados.
¿Cómo es la comunicación en una familia sana?
Es directa y respetuosa: cada persona puede hablar por sí misma sin miedo a ser
juzgada.
Hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Se demuestra afecto con palabras y con hechos (abrazos, detalles, tiempo
compartido).
Se resuelven los malentendidos hablando, no con gritos o castigos.
Se permite disentir sin romper la relación.
No se monopoliza la conversación, todos tienen voz y son escuchados.
Habilidades que se aprenden
La buena comunicación no siempre nace sola, muchas veces se aprende:
Observando a la familia de origen (para bien o para mal),
Practicando la empatía y el respeto,
Siendo conscientes de los propios sentimientos y expresándolos con calma.
¿Cómo resuelven problemas las familias saludables?
Cuando hay un problema (grande o pequeño), siguen estos pasos básicos:
1. Identifican claramente el problema.
2. Hablan con quienes están involucrados.
3. Buscan varias soluciones posibles.
4. Eligen la mejor alternativa.
5. Actúan según lo acordado.
6. Verifican que se haya hecho lo necesario.
7. Evalúan si la solución funcionó.
Estas familias no acumulan problemas sin resolver, los enfrentan con organización y
apoyo mutuo.
Afecto: el “pegamento” emocional
En las familias saludables:
El afecto se da y se recibe con libertad.
Se expresa tanto en palabras como en gestos (un “te quiero”, un abrazo, un
detalle).
El amor se da por el hecho de pertenecer a la familia, no como premio.
La disciplina se aplica a las conductas, no al valor de la persona.
Esto genera un ambiente con:
Más alegría,
Más confianza,
Más energía positiva para enfrentar los desafíos.
4. En las familias saludables hay un clima propicio para el crecimiento:
Clima para el crecimiento en familias saludables
Una familia sana no es perfecta, pero sí crea un ambiente donde sus miembros pueden
crecer física, emocional, social y espiritualmente. En este tipo de familias, se puede
respirar un clima de confianza, alegría, perdón y apoyo mutuo.
¿Cómo es este ambiente saludable?
1. Se disfruta el estar juntos
Las familias saludables se gustan entre sí: comparten tiempo, se divierten, se
apoyan.
Hay espontaneidad, energía, y un sentido de pertenencia.
Se nota alegría, no pesadez. Se permite reír, bromear y disfrutar incluso en
tiempos difíciles.
2. Hay espacio para el crecimiento personal
Como Jesús en su infancia (Lucas 2:52), los miembros de la familia crecen en
todos los aspectos:
o Físicamente (cuidado del cuerpo y salud),
o Mentalmente (desarrollo intelectual y educativo),
o Socialmente (relaciones sanas),
o Espiritualmente (valores, fe, propósito).
Aunque haya tensiones o dificultades, el crecimiento no se detiene.
El humor sano rompe tensiones
Según expertos como Edwin Friedman, el exceso de seriedad puede ser tan dañino
como la irresponsabilidad.
Las familias saludables usan el buen humor como un recurso para:
o Relajar tensiones,
o Tomar distancia emocional sin desconectarse,
o Romper patrones negativos de relación.
El humor no es burlarse ni evitar los problemas, sino saber ponerlos en
perspectiva.
El perdón es parte de la vida diaria
En toda familia hay errores, fallas y heridas. El perdón es esencial para seguir
adelante sin cargar rencores.
El perdón implica:
o Renunciar al resentimiento,
o Ver al otro con compasión,
o Soltar la herida aunque no se olvide.
El verdadero perdón:
o No es: olvidar, justificar el daño, negar el dolor, obligar a reconciliarse.
o Sí es: un regalo que libera a quien perdona, incluso si la relación no
continúa.
¿Perdonar es lo mismo que reconciliarse?
No. Puedes perdonar sin volver a tener una relación cercana con quien te lastimó.
Pero no puedes reconciliarte realmente sin haber perdonado primero.
El perdón no exige pagar con favores ni implica quedarse en relaciones dañinas.
Consejo para consejeros o líderes pastorales:
No apresures el perdón. Antes de invitar a alguien a perdonar, escucha su dolor,
valida sus emociones y permite que sane.
Un perdón prematuro puede ser injusto y poner la carga en quien ya ha sido
herido.
El perdón toma tiempo, confianza y un proceso emocional profundo.
SEMINARIO TEOLOGICO REFORMADO PENIEL
SEMINARISTA: JUAN CARLOS GALINDO DE LEON
MAESTRO: PBRO. DARIBEL GONZALEZ ROBLERO
MATERIA: ACOMPAÑAMIENTO PASTORAL III
ACTIVIDAD: REPORTE DE LECTURA
CARRERA: LICENCIATURA EN TEOLOGIA
“Familias saludables: la meta de nuestro trabajo”:
A lo largo del tiempo, se ha visto a las familias solo desde sus problemas: sus carencias,
conflictos o dificultades. Especialistas en asuntos o problemas familiares (médicos,
psicólogos y otras instituciones) se consideran como los únicos recursos para ayudar. Sin
embargo desde una mirada más equilibrada —especialmente desde una visión bíblica y
espiritual— se cree que las familias, aunque imperfectas, tienen dentro de sí mismas el
potencial para sanar, crecer y vivir plenamente.
La fe cristiana enseña que, a pesar de nuestras fallas, seguimos llevando la imagen de Dios.
Eso significa que tenemos la capacidad de amar, de relacionarnos profundamente y de
enfrentar las dificultades. La gracia de Dios puede transformar cualquier situación, por
complicada que sea.
Expertos en la materia se han enfocado en estudiar qué hace que algunas familias
funcionen bien, aun en medio de crisis como la pobreza, la violencia o el desempleo. En
lugar de fijarse solo en los fracasos, se preguntan: ¿qué hacen bien las familias que siguen
unidas y fuertes? ¿Qué podemos aprender de ellas?
Un concepto importante a tomar en cuenta es el de "resiliencia", que se refiere a la
capacidad de un objeto de volver a su forma después de ser doblado o presionado. Ahora
también se aplica a personas y familias: la resiliencia es esa fuerza interior que les permite
levantarse después de una crisis, adaptarse a los cambios y seguir adelante.
Muchas veces se habla de lo que es una “familia normal”, pero en realidad ese concepto es
muy relativo. Lo que una persona o cultura considera “normal” puede no serlo para otra.
Además, pensar que una familia normal no tiene problemas es un mito. Todas las familias
enfrentan dificultades, y no por eso dejan de ser valiosas o saludables.
La idea de una “familia tradicional perfecta” también puede hacer daño, porque hace que
muchas familias reales —que no encajan en ese modelo— se sientan inferiores o "mal". Por
eso, en lugar de hablar de normalidad, es mejor hablar de salud familiar.
El problema es que muchas veces la salud se ha definido solo por lo que no es. Por ejemplo,
una familia saludable es “la que no es disfuncional”. Pero eso no nos dice mucho. Incluso,
en los años 70, cuando una investigadora buscaba familias “normales” para un estudio, sus
colegas bromeaban diciendo que esas familias ya no existían.
Los expertos han propuesto distintas formas de entender la salud familiar, a veces con
esquemas complejos. Sin embargo, la tradición cristiana ofrece también principios valiosos
basados en la Biblia, que pueden combinarse con los estudios modernos para tener una
visión más completa y práctica.
Una buena forma de entender la salud familiar es verla como un continuo o escala que va
desde el -10 (una familia con muchos problemas) hasta el +10 (una familia con salud
plena). Pero en la vida real, ninguna familia alcanza el +10 todo el tiempo, porque todas
tienen altibajos. Incluso las familias más saludables quizás lleguen al +7 o +8. Y las más
disfuncionales no están en -10, porque si siguen existiendo, es porque todavía tienen
algunos recursos que las sostienen.
Se dice que una familia saludable no es perfecta, pero sí crea un ambiente donde sus
miembros pueden crecer, sentirse seguros, amados y apoyados.
Se presentan cuatro criterios clave para formar y mantener una familia sana:
1. Viven y transmiten valores espirituales
Las familias sanas tienen fe, esperanza y amor como base.
La espiritualidad les ayuda a enfrentar dificultades, encontrar sentido y mantenerse
unidas.
Enseñan y practican valores como el respeto, la justicia, la bondad y la fidelidad.
El amor se demuestra no solo con palabras, sino con acciones concretas y paciencia.
2. Tienen estructuras claras y flexibles
Hay normas, roles y límites bien definidos: todos saben qué se espera de ellos.
Los adultos guían con responsabilidad y no abandonan su papel.
También son flexibles, se adaptan a los cambios y enfrentan las crisis sin perder el
equilibrio.
La pareja que lidera con respeto y unidad fortalece toda la familia.
3. La comunicación es clara y respetuosa
Hablan con sinceridad, dicen lo que sienten sin herir, y escuchan con atención.
No se reprimen las emociones ni se evaden los problemas.
Buscan soluciones juntos cuando hay conflictos, de forma organizada y con respeto.
El afecto se expresa de manera constante, tanto con palabras como con gestos.
4. Crean un ambiente que favorece el crecimiento
Se disfruta la convivencia, hay buen humor y alegría.
Se permite que cada persona crezca física, mental, emocional y espiritualmente.
Se practica el perdón: se suelta el rencor para sanar y avanzar, aunque no siempre
implique reconciliación.
El perdón se da con amor, no por obligación, y ayuda a liberar el corazón del dolor.