Texto de Gaspar Melchor de Jovellanos.
''Toros''
Así corrió la suerte de este espectáculo, más o menos asistido o celebrado
según su aparato, y también según el gusto y genio de las provincias que le
adoptaron, sin que los mayores aplausos bastasen a librarle de alguna
censura eclesiástica, y menos de aquella con que la razón y la humanidad
se reunieron para condenarle. Pero el clamor de sus censores, lejos de
templar, irritó la afición de sus apasionados, y parecía empeñarlos más y
más en sostenerle, cuando el celo ilustrado del piadoso Carlos III lo
proscribió generalmente, con tanto consuelo de los buenos espíritus como
sentimiento de los que juzgan las cosas por meras apariencias.
Es por cierto muy digno de admiración que este punto se haya presentado a
la discusión como un problema difícil de resolver. La lucha de toros no ha
sido jamás una diversión, ni cotidiana, ni muy frecuentada, ni de todos los
pueblos de España, ni generalmente buscada y aplaudida. En muchas
provincias no se conoció jamás; en otras se circunscribió a las capitales, y
dondequiera que fueron celebrados lo fue solamente a largos periodos y
concurriendo a verla el pueblo de las capitales y tal cual aldea circunvecina.
Se puede, por tanto, calcular que de todo el pueblo de España, apenas la
centésima parte habrá visto alguna vez este espectáculo. ¿Cómo, pues, se
ha pretendido darle el título de diversión nacional?
Pero si tal quiere llamarse porque se conoce entre nosotros desde muy
antiguo, porque siempre se ha concurrido a ella y celebrado con grande
aplauso, porque ya no se conserva en otro país alguno de la culta Europa,
¿quién podrá negar esta gloria a los españoles que la apetezcan? Sin
embargo, creer que el arrojo y destreza de una docena de hombres, criados
desde su niñez en este oficio, familiarizados con sus riesgos y que al cabo
perecen o salen estropeados de él, se puede presentar a la misma Europa
como un argumento de valor y bizarría española, es un absurdo. Y sostener
que en la proscripción de estas fiestas, que por otra parte puede producir
grandes bienes políticos, hay el riesgo de que la nación sufra alguna pérdida
real, ni en el orden moral ni en el civil, es ciertamente una ilusión, un delirio
de la preocupación. Es, pues, claro que el Gobierno ha prohibido justamente
este espectáculo y que cuando acabe de perfeccionar tan saludable
designio, aboliendo las excepciones que aún se toleran, será muy acreedor
a la estimación y a los elogios de los buenos y sensatos patricios.