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Stamateas, Bernardo
Perfeccionados : 17 días experimentando el libro de Isaías /
Bernardo Stamateas. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos
Aires : Presencia de Dios, 2022.
Libro digital, PDF

Archivo Digital: descarga


ISBN 978-987-8463-45-2

1. Espiritualidad Cristiana. I. Título.


CDD 224.1

PERFECCIONADOS
17 días experimentando el libro de Isaías

Bernardo Stamateas
- 1° edición -

Presencia de Dios
José Bonifacio 332, Caballito,
Buenos Aires, Argentina.
Tél.: (54011) 4924-1690
[Link]

Edición: Silvana Freddi


Diseño de tapa y diagramación: Diseño Presencia

©Ediciones Presencia 2022

No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cual-


quier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico,
mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso
previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes
11.723 y 25.446.

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Índice

1. Practicar y practicar 5

2. Perfeccionado en las crisis 27

3. Un cambio total 45

4. La señal 65

5. Familias gloriosas 85

6. Abrir el tesoro 103

7. El deseo de Dios  123

8. Cómo soltar la carga 137

9. La única pregunta en la vida que vale la pena 159

10. La iniciativa 176

11. Cuando rendirse es la victoria 192

12. El pan de cada día, hoy 205

13. Qué hacer y qué no hacer al pasar por pruebas 226

14. La salida 241

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15. Las dos fuentes 248

16. Quitando obstáculos 262

17. Experiencias inolvidables 273

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1
Practicar y practicar

El corazón de Isaías
El profeta Isaías ministró a lo largo de sesenta años. Estaba
casado y tenía dos hijos. Isaías es un tipo de Daniel, dado
que pasó por cuatro gobiernos. Su libro es como una pe-
queña Biblia, ya que tiene sesenta y seis capítulos. El cora-
zón —la carga— del Libro de Isaías es “ser rico en Cristo”. Lo
más importante en tu vida es que seas rico en Cristo, lo cual
quiere decir que vivas experiencias en Él. Yo crecí cerca de
hombres ricos en Cristo. Mi primer pastor se llamaba Hele-
nis y era de la iglesia griega. Luego conocí a Frank Dietz y a
Jorge Somoza, hombres que destilaban y hablaban Cristo.
Siempre le doy gracias al Señor por ellos, porque no hay
nada mejor que estar con alguien lleno de Cristo y también
ser alguien rico en Él, es decir, tener riqueza de experiencias
de Cristo.
¿Por qué digo que el corazón del Libro de Isaías es ser rico en
Cristo? Porque Isaías fue el profeta que más vio a Cristo y
habló de Él seiscientos años antes que Él viniera. El profe-
ta Isaías vio todo el ministerio de Cristo, incluso más que

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

Daniel, que Jeremías y que Habacuc. ¿Qué es lo que vio?


Observemos el siguiente cuadro:

¡Verdaderamente Isaías fue un profeta rico en Cristo!


El Libro de Isaías comienza hablando del corazón del hom-
bre. El profeta escribió: “Antes de tener riqueza en Cristo,
les tengo que contar que el corazón del hombre es malo”. Y,
de acuerdo a lo que Dios le mostraba, comenzó a describir el

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

corazón de Israel, del pueblo creyente: “Los creyentes se le-


vantan temprano para emborracharse, son injustos, hacen
rituales vacíos, son indiferentes a Mi Palabra, no les intere-
san Mis cosas, son gente malvada y peleadora”. Este mara-
villoso libro se parece a Romanos, pues ambos comienzan
de la misma manera. Después de esto, el Señor describe las
naciones de la Tierra: “Las naciones son corruptas, se en-
gañan, se presionan y se insultan”. Dios, a través de Isaías,
expresó: “El corazón humano, ya sea de creyentes o no cre-
yentes, es el mismo; la carne es la misma”. Esto significa
que no hay nada en nosotros (creyentes o no creyentes) que
agrade a Dios. Sin embargo, hay una solución para ello: que
podemos ser ricos en Cristo.
Analicemos las primeras imágenes de Jesús que vio Isaías:
Isaías [Link] “En aquel tiempo el renuevo de Jehová será para her-
mosura y gloria, y el fruto de la tierra para grandeza y honra, a los
sobrevivientes de Israel”.
“Vendrá un renuevo”, dijo. Y ese Cristo, el renuevo, es un
brote nuevo. Cristo te dará vida nueva, Él hará algo nuevo
en ti. Tu corazón está caído, pero algo nuevo de Cristo ven-
drá y te traerá vida nueva. ¡Él es tu renuevo!
Isaías [Link] “Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de
Sion, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de
día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre
toda gloria habrá un dosel [...]”.
El dosel es una cobertura. El corazón humano está caído,
pero Cristo traerá Su vida y será una cobertura contra el

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

viento y el frío, y te llenará de vida. Él te cubrirá con Su


amor, te protegerá del frío, del calor, de la tempestad, y te
llenará de vida. Cristo es una cobertura que te abrazará,
te envolverá y te llenará de vida. Él pondrá una cobertura
también sobre tu casa, la resguardará y la llenará de vida.

Cristo es el renuevo y es la cobertura, podemos escondernos en Él.

Después de esta introducción, luego de afirmar que el co-


razón humano y el de las naciones están caídos, Isaías ase-
gura que Dios traerá juicio sobre las naciones, pero a los
creyentes los va a perfeccionar, a disciplinar. ¿Qué quieren
decir “juicio” y “disciplina”? Que Dios va a hacer un trato.
El juicio es un castigo por el error cometido. Pero el Señor
no arroja juicio sobre Sus hijos, a nosotros nos perfecciona.
El juicio no es para nosotros, sino para los que no conocen al
Señor. Para nosotros, hay perfeccionamiento.

Sus hijos somos perfeccionados


El apóstol Pablo escribió: “El que empezó la buena obra,
la irá perfeccionando”. Definamos, entonces, el término
“perfeccionar”. Perfeccionar no es castigar ni traer dolor. El
perfeccionamiento, a diferencia del juicio, apunta al futuro.
Mientras el juicio apunta al pasado, al castigo por equivo-
carse, el perfeccionamiento apunta al futuro, a que Dios te
honrará, hará algo grande y bueno contigo (porque te está

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

perfeccionando). Perfeccionar no es mejorar. Dios no vino


a mejorar la carne ni a que las cosas nos salgan bien; Él vino
a derribar la carne porque nos va a perfeccionar. “Perfec-
cionar” significa “formar a Cristo”. Que seas perfeccionado
quiere decir que Dios te hace rico en Cristo. Es decir, todo lo
que Dios está haciendo en tu vida tiene un único objetivo:
perfeccionarte, formar a Cristo en ti, hacerte rico en Cristo,
darte experiencias de Cristo. En definitiva, perfeccionar es
derribar lo nuestro y que Cristo crezca. Pablo explica este
concepto bellamente:
Romanos 8:28-29: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas
las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propó-
sito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los pre-
destinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo,
para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”.
Todo lo que Dios quiere hacer es formar en ti y en mí a Cris-
to. Él no tiene ningún otro objetivo más que formarnos a la
imagen de Su Hijo. Es decir, que lo nuestro sea podado y que
Cristo crezca en nosotros. Observemos el pasaje anterior.
¿Cuántas cosas nos ayudan a bien a los que amamos a Dios?
¡Todas! Todas las cosas nos ayudan a bien. “Bien” es Cristo.
Eso significa que Dios tomará las cosas que te suceden y las
usará para formar a Cristo. No es que tienes un problema y
Dios te abre una puerta, sino que tienes ese problema y a ese
problema Él lo usará para que Cristo crezca en ti, para que
tu intimidad con Él mejore, para que seas más rico en Cristo
en medio de esa prueba.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

El único objetivo que Dios tiene es perfeccionarte. Perfec-


cionarte es hacerte rico en Cristo, formar a Cristo en ti, que
lo experimentes. ¿Para quién es esto? No es para cualquiera,
sino solo para los que aman a Dios, para los hijos. Recuerda,
para los hijos no hay juicio, a los hijos Dios los perfecciona.
Si tu hijo está jugando con otros niños y todos se portan mal,
tú regañas a tu hijo, no a los hijos de los otros. ¿Por qué no
regañas a los hijos del vecino? Porque no son tus hijos. Con
Dios ocurre lo mismo: Él trata solo a Sus hijos, por eso Dios
nos está tratando, nos está perfeccionando, está quitando
lo nuestro para que Cristo aumente. Por eso, cada vez que
enfrentes un problema, no le preguntes: “Dios, ¿por qué me
pasa esto a mí?”; en lugar de eso, pregúntale: “Espíritu San-
to, ¿cómo estás usando este problema para perfeccionar mi
intimidad con Cristo?”. Quita el foco del problema y ponlo
en ver cómo eso que te está ocurriendo está perfeccionando
tu intimidad.
¿Qué es lo que Dios me está enseñando de Cristo y de mi
intimidad con Él a través de esta prueba? Siempre hazte
esta pregunta, porque Dios usa todas las cosas para per-
feccionarte. Él no las envía, pero toma lo que te sucede y lo
usa para que aprendas a estar ungido, y para que impactes
tu casa. Supongamos que alguien habló mal de ti. En vez
de preguntar: “Señor, ¿por qué dijo semejante cosa? ¿Por
qué me está persiguiendo para hacerme mal?”, pregúnta-
le: “¿Qué estás formando en mí, Señor? ¿Más dependencia,
más amor, más gozo, más perdón?”. Lo que tienes que hacer

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

es quitar el foco de los problemas para ver cómo Dios está


aumentando las riquezas de Cristo en tu vida.

El objetivo de Dios es perfeccionarte en tu intimidad


con el Señor.

Si Dios te bendijo con algo, ¿cómo Él va a usar esa bendición


para mejorar tu intimidad? Hazte siempre estas preguntas
porque todas las cosas, a los que amamos a Dios, nos ayu-
dan a bien. Él está formando al Hijo en nosotros y el que
empezó la buena obra la va a terminar en el día del Señor.

Parte práctica
a. Mi primer contacto es Él
Es importante que tu primera voz, tu primera palabra del
día, sea para el Señor. Él tiene que ser la primera persona
con la que contactes. Apenas te levantes, dile: “Señor, te
adoro. Cristo, eres maravilloso”, y después recién saluda a
tu familia. Dale tu primer contacto a Él porque la primicia
bendice lo restante. David sabía esto, por eso, observa lo que
escribió:

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

David se levantaba antes que todos y lo buscaba para decir-


le: “Señor, te adoro”. Le presentaba su oración y lo esperaba
con ansias. Jesús, por su parte, antes de ver a la gente, busca-
ba al Padre. Lo primero que hacía era orar al Señor. Moisés
hacía lo mismo. ¡Que tu primera voz, tu primera oración, tu
primera palabra, sea para Él!
La Biblia narra que el maná caía a la mañana, antes del ama-
necer. La gente tenía que ir a buscar ese pancito porque, al
salir el sol, el maná se quemaba. El maná es Cristo. Antes
de que empiece tu día, tienes que ir a buscar a Cristo. Acos-
túmbrate a que tu primera voz sea para Él.

b. Mi última voz es para Él


Al terminar el día, tu última voz tiene que ser para Él. Cuan-
do cierres los ojos, que tu última palabra sea para Él. Dile:
“Señor, voy a dormir, pero mi corazón está abierto, ¡lléname
de Ti, minístrame, lléname de Tu gloria!”. La voz del cierre

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

del día tiene que ser para el Señor porque, a la noche, Dios
obra con poder. La amada de Cantares dijo: “Yo dormía, pero
mi corazón estaba despierto”. Nuestro cuerpo y nuestra
alma duermen, pero el espíritu no. Nuestro espíritu siem-
pre está despierto. Por eso, es muy posible que a la mañana
te despiertes con una canción o una revelación que el Señor
te puso durante la noche. Que tu día no tenga como cierre
el noticiero o una película; que tu última palabra antes de
dormir no la tenga el celular, sino que sea: “Señor, gracias
por este día. Descanso en Ti. En paz me acostaré y así voy
a dormirme. Aquí está mi espíritu, minístrame, úngeme,
bautízame, haz la obra mientras estoy durmiendo. Amén”.
Recuerdo que, cuando era pequeño, una mañana me des-
perté asustado y salí corriendo. Había tenido una pesadilla:
un monstruo me estaba tomando del brazo. Mi papá salía
del kiosco y nos cruzamos. Cuando le conté, me dijo: “Antes
de dormir, siempre dale al Señor tu sueño”. Hasta el día de
hoy guardo esas palabras.
Al empezar el día y al terminarlo, lo primero y lo último,
que sea el Señor. Dios obra en el espíritu y, muchas veces, tu
mente no percibe que Él está trabajando en ti. Te levantarás
a la mañana y verás que el Señor te llenó de cargas, de glo-
ria, de dones, de bendiciones.

c. Durante el día lo contacto a Él


Durante el día, contacta al Señor lo más posible. Algunas
personas, en un encuentro de perfeccionamiento, nos

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

comentaban: “A mí me daba culpa, porque no oraba mucho.


Me repetía: ‘Tengo que orar mucho, tengo que leer mucho
La Biblia’; pero ahora estoy feliz porque entendí que ya no
tengo que orar mucho, sino hacerlo a lo largo del día”. Por
ejemplo, tal vez estás discutiendo con alguien. Mientras lo
haces, contacta al Señor y dile: “Señor, tuya es la batalla.
¡Habla Tú!”. Si te está sucediendo algo lindo, si estás com-
prando un regalo, también contáctalo, invócalo, experi-
méntalo: “Señor, Tu nombre es hermoso”. Watchman Nee
daba un consejo glorioso al decir: “Cuando vayas a hacer
algo, como leer una carta que no sabes si te dará buenas
noticias, contacta primero al Señor porque, si son malas no-
ticias, estas no te afectarán porque tocaste a Cristo”. Antes
de una entrevista, antes de salir a la calle, antes de hablar
con un familiar, contacta primero al Señor. Fíjate que Jesús,
antes de elegir a los discípulos, oró. ¡No decidas nada sin
primero contactar al Señor! Jesús no salió a buscar personas
al azar, sino que primero se fue toda la noche a disfrutar del
Padre. Solo después de orar, salió a buscar a los discípulos.
Las mejores decisiones las tomamos cuando, antes de deci-
dir, tocamos al Señor. No tienes que pasar siete horas segui-
das con Él, simplemente tienes que adorarlo, tocarlo y dis-
frutar de Él. Luego, Él te guiará en tus decisiones. ¡Contacta
y disfruta de Cristo a lo largo del día!

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

Perfeccionar nuestro hablar


Pablo explica que Dios nos va a perfeccionar, que quitará
nuestra carne, que la irá podando y, al mismo tiempo, nos
dará más riquezas de Cristo. Perfeccionar en griego quiere
decir “equipar, completar”. Todos necesitamos ser perfec-
cionados hasta el último día de nuestra vida porque siem-
pre habrá algo nuevo de Cristo para aumentar en nosotros.
Ese perfeccionamiento que Dios va haciendo se llama Al-
tar. Dios nos muestra algo y nosotros tenemos que llevar
eso al Altar. En eso consiste el perfeccionamiento. El apóstol
Pablo lo expresó de esta manera:
Romanos 8:36-37: “Como está escrito: Por causa de ti somos
muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero.
Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio
de aquel que nos amó”.
“Somos más que vencedores”, lo declaramos con toda autori-
dad. Pero, para ser más que vencedor, hay que ver el versí-
culo anterior: “Por causa de Ti somos muertos todo el tiempo”. Si
todo el tiempo tenemos Altar, somos más que vencedores.
¿Sabes cuándo realmente lo somos? Cuando oramos todo
el día: “Señor, muéstrame a qué tengo que morir”, y rápida-
mente vamos al Altar.
Los versículos siguientes continúan asegurando algo
maravilloso:
Romanos 8:38-39: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte,
ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presen-
te, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa

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creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús
Señor nuestro”.
“Yo soy más que vencedor”, dijo Pablo, “porque aprendí el
secreto del Altar: todos los días muero como una oveja que
va al matadero”. Necesitamos llevar a la Cruz tanto lo malo
como lo bueno de nosotros, y también aquello que la gente
nos ha dicho.
¿Qué es lo que Dios perfeccionó en Isaías? El hablar. En el
capítulo 6, el profeta tuvo la visión de la gloria. Y ahí mismo
todo cambió. Un ángel vino y le quemó la boca, porque Dios
iba a perfeccionar su hablar. Este es el ejercicio que tenemos
que practicar, pedirle al Señor que perfeccione nuestro ha-
blar. Dile: “¡Señor, perfecciona mi hablar!”.
¿Qué es lo que Dios nos va a mostrar para que dejemos en el
Altar? Veamos algunos ejemplos:
• El hablar emocional
A veces, hablamos con miedo. Cada vez que te escuches
hablando con temor, recuerda que ese no es Cristo porque
Él nunca habló de esa manera. ¡Lleva tu hablar con miedo
al Altar!
Hablar con bronca. ¿Hablaste con bronca alguna vez? Algu-
nas personas hablan o sonríen con la boca entrecerrada del
enojo. En el hablar con bronca no está Cristo.
El hablar de la ansiedad. “Padre, te pido por favor que ha-
gas algo grande. Bendice mi casa, la casa de mi hermano, a
mis hijos, a los hijos de mi hermano”. En ocasiones, oramos

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

a una velocidad inusitada. Y Dios dice: “¡Desenchúfenlo!”.


Creemos que estamos orando, pero es la ansiedad la que
está hablando.
El hablar negativo. “Es muy difícil lo que está pasando”, “Es
demasiado trabajo”, “No se puede”. ¡Necesitamos que Dios
perfeccione nuestro hablar negativo!
Por último, están los que no hablan. Preguntamos en la reu-
nión: “¿Cuántos dicen gloria a Dios?”, y no responden nada.
Les pedimos que compartan su testimonio y contestan:
“Dios conoce mi corazón, no necesita que yo hable”. ¡No
hablan!
Hay un versículo que siempre tenemos que recordar: “Que
las palabras de mi boca sean todas en honor a Ti”. Tenemos
que hablar, pero el hablar emocional debe morir en el Altar.
• La opinión
Witness Lee decía: “La opinión es un devorador de Cristo”.
¿Cómo sabemos cuándo estamos opinando? Es sencillo,
opinamos cada vez que abrimos nuestra boca. Si decimos,
por ejemplo: “¡Qué lindo día!”, estamos opinando respecto
al clima. Pero las opiniones son devoradoras. “¿Qué opi-
nas del pastor?”, “¿Qué opinas del líder?”, “¿Qué te parece la
iglesia?”, nos preguntan y ahí mismo soltamos todo lo que
pensamos. Dios nos irá perfeccionando para que, cuando
nos pregunten qué opinamos, podamos responder: “No
tengo opinión, lo único que anhelo es conocer más al Señor.
Mi único deseo es experimentarlo a Él. Si podemos respon-
der eso es porque fuimos perfeccionados.

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• Meternos en la vida de los demás


Solemos no tener tiempo para leer un pasaje bíblico, pero
leemos los muros de todos nuestros contactos en las redes
sociales. A medida que Dios nos vaya perfeccionando, nos
dejará de importar la vida de la gente. Nos preguntarán:
“¿Te enteraste de lo que le sucedió a esa persona?”, y contes-
taremos: “La verdad es que mi único anhelo es experimen-
tar al Señor. Mi gran satisfacción es conocerlo más a Él. Una
cosa me he propuesto y esta buscaré: que esté yo en la casa
del Señor todos los días para verlo a Él”. Si esa es nuestra
respuesta, entonces hemos sido perfeccionados.
El Espíritu Santo irá cortando lo tuyo y aumentando a Cris-
to. Notarás que Dios irá perfeccionando tu hablar y, por
ejemplo, dejarás de decir frases como: “¡Qué bueno estuvo
el mensaje de hoy!”, para empezar a declarar: “¡Qué Cristo
tan glorioso he recibido en este mensaje! ¡El Señor se mani-
festó! ¡Te amo, Jesús!”. Si acostumbras decir: “Gracias, pas-
tor o pastora, por este mensaje. Siempre que usted habla,
sus palabras tocan mi corazón”, Dios irá podándote para
que expreses: “Cristo, te adoro, eres lo más grande. Mi vida
te pertenece. Te adoro, te busco. ¡Gracias, Señor!”. Segura-
mente, como todos, alguna vez oraste: “Señor, ayúdame”,
pero Dios ha perfeccionado tu hablar y ahora hablas el len-
guaje de la necesidad: “Señor, te necesito”, el lenguaje del
amor: “Cristo, te amo” y el lenguaje del poder: “Cristo, eres
grande y poderoso”. ¿Qué te ocurrió? Dios te ha perfeccio-
nado en el lenguaje.

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

Algunas frases que solemos decir


“La iglesia me lastimó”, ¿dijiste esto alguna vez? La iglesia
nunca te puede lastimar, porque la iglesia es Cristo. Cuando
decimos que la iglesia nos lastimó, nos estamos atando a
una maldición. Las personas lastiman, no la iglesia.
“Yo tengo un llamado”, otra frase que debe ser podada.
¿Cuál es tu llamado? Dios tiene un único llamado. Él no nos
llama a llenar estadios o a cantar alabanzas, por ejemplo;
Él nos llama a formar a Cristo en nosotros, a vivir a Cristo.
“Yo estoy con la gente y huelo a oveja”. ¿Escuchaste eso de
que hay que oler a oveja? Pero no es necesario oler a oveja,
sino a Cristo. En una ocasión, alguien me comentó: “Bernar-
do, yo estoy con la gente”. Le respondí: “Yo estoy con Cristo
porque, si estás con la gente, ¿qué le vas a dar? Pero si estás
primero con Cristo, después vas a donde está la gente y le
dices: ‘Dios te hace un rey’, ‘Dios te levanta’, ‘Dios te unge’,
‘Hay cosas grandes para tu vida’. Y Dios se manifiesta”.
“Yo tengo los pies en la Tierra”, dicen algunos, pero te
aconsejo que pongas tus pies en el Cielo porque allí Dios
te va a llenar y, cuando bajes, traerás todo lo que Él te dio
a la Tierra para que esta se transforme en Cielo. ¡Eso es
perfeccionamiento!
“A mí me gusta servir al Señor”, otra frase que hay que lle-
var al Altar. Necesitas saber que no sirves acomodando a la
gente en la reunión; tu servicio es disfrutar a Cristo mien-
tras realizas tu tarea. “Mi servicio es en mi casa”. No, tu

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tarea es disfrutar a Cristo mientras llevas a cabo todas las


tareas en tu casa.
Perfeccionar no es solo corregir un error, es mucho más que
eso. Perfeccionar es vivir a Cristo y, entonces, el Señor nos
va quitando lo nuestro y va añadiendo a Cristo. Cuando
Cristo aumenta, Él va perfeccionando nuestro hablar hasta
que seamos capaces de decir como David: “Que las palabras
de mi boca y la meditación de mi corazón sean de tu agrado,
oh Señor, mi roca y mi redentor” (Salmo 19:14). Respecto
a este tema, Santiago afirma que “el que sabe manejar su
hablar es perfecto”. ¿Qué quiere decir “manejar el hablar”?
Que Dios va podando tu hablar humano y, de pronto, em-
piezas a invocar, buscar y disfrutar al Señor. Ahora, estás
limpiando tu casa, estás trabajando, estás con tus hijos, y
ahí está el Señor moviéndose y llenando toda tu vida.
Dios nos va perfeccionando porque Su único objetivo es
que tengamos más intimidad con el Señor. Ese es el propó-
sito divino y no hay ningún otro porque, en Él, están escon-
didas todas las cosas.

La voz de Dios
Cuando nuestra intimidad crece, Él pone Sus palabras. A
las palabras de Dios, las llamamos “cargas”. La carga es la
voz de Dios y se llama así porque porta gloria y poder, por-
ta a Cristo. A lo largo del día, espontáneamente, viene una
carga a tu espíritu. Por ejemplo, el Señor te dice: “Ve y dile
a esa persona tal cosa” o “Ve a tal lugar y dile a esa persona

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

que el Señor la ama”. Quizás, mientras vas caminando, te


viene una canción o el nombre de una persona o de un país.
Ahora, esa carga tiene que salir, tiene que ser liberada. Cada
vez que sueltas la carga, Dios hace la obra porque la carga
es, en realidad, lo que Él va a hacer.
Hay momentos en que esperas que el Señor te dé una car-
ga, pero esta no viene, así que solo disfrutas del Señor y lo
adoras. “Señor, háblame. ¿Qué quieres que haga? Acá estoy,
úsame, cuenta conmigo”, le dices, pero nada sucede. Más
tarde, cuando entras a un lugar, mientras estás hablando
con alguien, abres la boca y empiezas a fluir. ¡Soltaste la car-
ga! ¿Qué ocurrió? Dios había puesto la carga en tu espíritu,
pero tu mente no se había enterado. Ahora, mientras hablas
con la otra persona, la estás escuchando por primera vez.
Entonces, si te viene la carga, la sueltas, y si no viene, le di-
ces: “Señor, voy a entrar en este lugar, cuando abra mi boca,
que salga lo que ya pusiste dentro de mí”. No te preocupes
por lo que vas a decir porque Dios sabe cómo está obrando.
Si la persona te pregunta por qué dijiste eso, respóndele:
“Me vino al corazón compartírtelo”. No digas: “El Señor
me habló”, sé sencillo, no hables raro. Dios no te va a dar una
carga complicada, Él te va a dar palabras sencillas, llenas de
Cristo. ¡Háblalas!

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

La gloria de Dios
En el Capítulo 6, Isaías tuvo la experiencia de gloria y los
serafines dijeron: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos;
toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3).
Observa que los ángeles no dijeron: “La tierra estará llena
de Su gloria”. Es decir, la Tierra ya está llena, la gloria ya
está en tu casa, en tu trabajo, en el colectivo, en las calles,
en la cárcel, en el hospital, en la terapia intensiva, en la sala
de espera. Los ángeles le revelaron a Isaías que la Tierra ya
está llena de la gloria, pero esa gloria no está activada. Está
pasiva, por decirlo de alguna manera.
La gloria está, pero no está activada.
Ahora bien, definamos qué es la gloria. La gloria es cuando
Dios toca a todos al mismo tiempo. Por ejemplo, hay cuatro
personas en una casa. ¿Cómo sabemos que la gloria se ac-
tivó? Porque los cuatro son bendecidos. Si en vez de cuatro
personas hay siete, los siete son bendecidos. La gloria cae
sobre todos al mismo tiempo. Si solamente uno se quiebra,
eso no es gloria, es Presencia, porque la gloria cae sobre to-
dos al mismo tiempo.
La Biblia narra que, cuando Pablo y Silas estaban orando en
la cárcel, vino un terremoto y las puertas de toda la cárcel
se abrieron. ¿Por qué se abrieron las puertas de las celdas
de los otros ladrones? Porque cayó la gloria, y la gloria cae
sobre todos al mismo tiempo. Del mismo modo, en esa oca-
sión, se les cayeron las cadenas a Pablo, a Silas y a todos los

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

otros presos. ¿Por qué? Porque la Presencia cae sobre uno,


pero la gloria cae sobre todos al mismo tiempo.
Pedro fue a la casa de Cornelio. Había entre setenta y ochen-
ta personas en el lugar. Cornelio era un soldado italiano,
no era judío, pero le pidió a Pedro que les predicara. Pedro
empezó a hablar y el Espíritu cayó sobre todos, y todos em-
pezaron a alabar, a hablar en lenguas, a gritar y a saltar.
En Hechos 2, ¿cuántos estaban orando en el aposento alto?
Ciento veinte. ¿Y cuántos recibieron el Espíritu Santo? To-
dos. Eso es gloria. La gloria cae sobre todos al mismo tiem-
po. ¿Entiendes ahora por qué La Palabra afirma: “Tú y toda
tu casa serán salvos”? Porque si la gloria viene sobre ti, esa
gloria será para toda tu casa. ¡Es una promesa del Señor!
La Tierra está llena de Su gloria, pero esta gloria está desac-
tivada. ¿Cómo hacemos para activarla? Veamos:
Habacuc [Link] “Porque la tierra será llena del conocimiento de la
gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar”.
¿Qué es el conocimiento? La carga. La carga es el conoci-
miento de Dios que Él te da y, cuando lo sueltas, cae sobre
todos. Hay cargas que portan gloria y, cuando las liberas,
toda tu casa adora, todos caen de rodillas, todos se quie-
bran. La Palabra afirma que naciones caerán bajo la gloria
del Señor, ¡y queremos ver eso en nuestras generaciones!
El conocimiento es la carga, por eso a la carga hay que sol-
tarla. Dios no te dice qué carga va a traer la gloria. Todas
traen el obrar de Dios. A veces, lo vemos cuando la soltamos

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y, otras veces, no. Sin embargo, Dios obra siempre. Dios


está perfeccionando nuestro hablar emocional, podando
nuestras opiniones, el inmiscuirnos en la vida de otros; en-
tonces, nuestro hablar se va llenando de Sus cargas. Pablo
decía: “Esto lo dice Dios”, o “Esto no lo dice Dios, lo digo
yo”. A lo que creía que decía él, el Señor lo incluyó en La Es-
critura, porque en realidad no lo estaba diciendo Pablo, lo
estaba diciendo Él. ¡Ni Pablo sabía que Dios lo había tomado
y había empezado a hablar por su boca! Dios lo había per-
feccionado tanto que la “opinión” de Pablo era, en verdad,
Su voz. Ahora se entiende por qué José les dijo a los herma-
nos: “Tuve un sueño. Voy a gobernar el mundo”. Sonaba
jactancioso, por eso lo tiraron al pozo. Si José no hubiese
dicho eso, no lo habrían tirado. En consecuencia, no habría
sido vendido como esclavo, nunca lo habrían comprado los
egipcios, nunca habría ido a Egipto, nunca habría trabajado
en la casa de Potifar, nunca la esposa de Potifar lo habría
acusado, nunca habría ido preso, nunca habría interpreta-
do los sueños de sus compañeros de celda, nunca habría
interpretado el sueño del faraón de las vacas gordas y las
vacas flacas, nunca habría llegado al palacio. Es decir, si no
hubiese hablado, José se habría muerto como pastor. ¿Por
qué habría muerto como pastor? ¡Por no hablar!
Había momentos en que Jesús hablaba y todos eran sana-
dos. En esos casos, las palabras que el Padre le ponía al Se-
ñor eran de gloria. Esto es lo que empezaremos a ver, porque
Dios nos dará cargas que nosotros vamos a soltar y familias
enteras serán tocadas y transformadas.

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Capítulo 1 ~ Practicar y practicar

“Lluvia”, le dijo Dios a Elías, y el profeta se puso a orar: “Vie-


ne la lluvia del Cielo. Viene la lluvia para los animales, para
la tierra, para la gente”. El profeta mandó al criado a ver
si veía algo. El criado fue. Nada. “¡Viene la lluvia! ¡Gracias,
Señor!”, continuó orando Elías. Un poco después, volvió a
decirle al criado: “Ve a ver si ves algo”. Nada. Seis veces lo
mandó y no vio nada, pero la séptima vez, cuando regresó,
el criado anunció: “Veo una pequeña nube como la palma
de la mano”. Esa nube era la gloria que estaba viniendo. “Ve
a avisarle al rey que una lluvia grande viene en camino”.
Ahora Elías lo estaba enviando a él, porque el criado había
dejado de ser criado para ser mensajero. Él había visto la
nube, había tenido una experiencia personal con la Presen-
cia del Señor y se estaba graduando. Ya no se trataba de algo
que le habían contado, él mismo había visto la nube de la
Presencia de Dios y podía decir que, efectivamente, venía
una lluvia grande. Elías lo perfeccionó, de lo contrario, el
criado habría muerto como un criado que nunca tuvo expe-
riencia con el Señor. Este hombre caminaba con Elías, veía
todos los milagros, pero ¿de qué te sirve ver los milagros de
otros si tú no tienes intimidad con el Señor?
Mientras le hablaba de la nube al rey Acab, empezó a soplar
el viento. El cielo se oscureció y empezó a llover sobre toda
la tierra de Israel. Eso fue la gloria, porque toda la nación
fue bendecida con agua después de tres años y medio de
sequía. Una palabra, dos hombres llenos de Dios —Elías y
un hombre del que no sabemos ni el nombre—, solo eso fue
suficiente para que toda una nación fuera bendecida. No

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

hace falta mucha gente, hace falta gente que ame al Señor.
No hacen falta títulos ni tarjetas de presentación, hace falta
que alguien vea y hable. A veces, pensamos que la carga de
la gloria tiene que ser una mega revelación, pero tal vez es
una palabra sencilla. De pronto, le dices a tu hijo: “Hijo, el
Señor es bueno con nosotros” y lo abrazas. Cuando se abra-
zan, se quiebran todos en la casa. La gloria cayó por uno que
soltó una palabra de Dios. ¡La gloria cae para todos!

Querido amigo, te invito a orar conmigo:

Padre, te damos gracias. Perfecciónanos, trata nuestro hablar. Hoy


dejamos en el Altar todo hablar emocional, nuestras opiniones, el
hablar negativo. Tú eres nuestro renuevo, nuestro Tabernáculo.
Queremos vivirte y ser absorbidos por Ti. ¡Aumenta Tu vida en
nosotros! Queremos, como el criado, ver Tu nube, Tu gloria. Jesús,
¡nos falta tanto todavía! Nuestra carne es débil, pero también es
fuerte y lucha contra nuestro espíritu. Sin embargo, sabemos que
somos más que vencedores por medio de Ti. Poda nuestro hablar y
aumenta el volumen de Tu voz en nuestro espíritu. Pon en noso-
tros la voz de la espontaneidad para que, cuando hablemos, el Hijo
fluya y seamos sorprendidos en el hablar. Señor, ¡queremos ver Tu
gloria! ¡Danos cargas que toquen y traigan gloria! ¡Que el Cielo
irrumpa en la Tierra y la atmosfera de Tu gloria celestial caiga
sobre todos nosotros! Permítenos ver Tu hermosura, queremos ser
ricos de Ti. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, amén.

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2
Perfeccionado en las crisis

Tres preguntas
Existen tres preguntas que todos los cristianos nos hemos
planteando en algún momento. Quisiera compartirlas con-
tigo, querido lector, y procurar responderlas bajo la luz de
La Palabra de Dios:

a. ¿Por qué Dios no me da lo que le pido?


La oración no consiste en pedirle a Dios lo que necesitamos,
sino en oír lo que Él necesita. No se trata de entregarle una
lista de pedidos, sino de escuchar de Su boca cuál es Su de-
seo, porque Su voluntad siempre es buena, agradable y per-
fecta. Cada vez que oramos: “Señor, te pido que fortalezcas
a mi mamá, o que ayudes a esta persona”, nuestra oración
no tiene profundidad. ¿Por qué? Porque orar no es decirle
al Señor lo que necesitamos, sino oír lo que Él quiere hacer
aquí en la Tierra. Orar es oír los deseos de Dios, no conven-
cerlo o insistirle para que nos dé lo que nosotros queremos.
Observemos el siguiente pasaje que es clave para entender
este concepto:

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

1 Juan 5:14-15: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si


pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabe-
mos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que
tenemos las peticiones que le hayamos hecho”.
Si pedimos conforme a “Su” voluntad, a “Su” deseo, Él nos
oye y nos concede todas las peticiones que le hagamos. Esta
es la razón por la que los discípulos no le dijeron: “Enséña-
nos a predicar o a echar fuera demonios”, sino: “Enséñanos
a orar”. La oración parece fácil, pero no lo es porque no se
trata de pedir nuestro deseo, sino de oír Su voluntad. Qui-
zás te preguntes: “Pero si yo le pido lo que quiero, ¿Dios me
lo puede dar?”. La respuesta es “sí”, pero no te conviene.
¿Por qué? Porque muchas de las cosas que deseamos no son
perfectas. El pueblo de Israel le pidió a Dios: “¡Queremos
un rey!”, y el Señor respondió: “Yo no quiero darles un rey”.
Pero ellos insistieron. Tal fue su insistencia que Dios les en-
vió a Saúl… ¡y entonces lloraron! En ocasiones, pedimos:
“Señor, quiero ese trabajo” o “Quiero esa pareja”, y Dios
dice: “No me insistas porque, si te lo doy, después vas a llo-
rar”. En otra oportunidad, el pueblo de Israel pidió: “Que-
remos comer codornices”. Y Dios contestó: “No les quiero
dar carne, quiero llevarlos a la Tierra Prometida; pero, si
quieren carne, tendrán carne”. Y tuvieron que comer carne
cada día. Tengamos cuidado, ya que, si bien nuestro deseo
puede ser bueno y agradable, no es perfecto. Necesitamos
abrirnos a Su voluntad buena, agradable y perfecta.
Toda La Biblia es Dios mostrándole al ser humano Su deseo,
dándole la carga. Veamos algunos ejemplos:

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Capítulo 2 ~ Perfeccionado en las crisis

Génesis 8:15-16: “Entonces habló Dios a Noé, diciendo: Sal del


arca tú, y tu mujer, y tus hijos, y las mujeres de tus hijos contigo”.
Génesis [Link] “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tie-
rra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te
mostraré”.
Éxodo [Link] “Entonces Jehová dijo a Moisés: Sube a mí al monte,
y espera allá, y te daré tablas de piedra, y la ley, y mandamientos
que he escrito para enseñarles”.
Isaías 38:4-5: “Entonces vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo:
Ve y di a Ezequías: Jehová Dios de David tu padre dice así [...]”.
Jeremías [Link] “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré
cosas grandes y ocultas que tú no conoces”.
Deuteronomio [Link] “Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones,
y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios”.
Entonces, orar es oír Sus deseos en tu corazón. Por eso, cuan-
do estés orando, no lo hagas con ninguna idea preconcebi-
da, por el contrario, dile: “Señor, acá estoy, dame Tu deseo,
muéstrame Tu voluntad”. Ve al Señor dispuesto, porque no
sabes cuál es la voluntad que Él te soltará, la carga que Él te
pondrá. Recuerda que, cada vez que estés disponible a oír
Su voluntad, Dios te la va a revelar.

b. Si Dios lo sabe todo, ¿por qué tengo que orar? ¿Qué sen-
tido tiene la oración si tenemos un Dios omnisciente?
Dios ató Su obrar a nuestra oración. La Biblia afirma que
Dios no hará nada si tú y yo no oramos, porque somos

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amigos Suyos y tenemos un pacto. Si quiere, Dios puede


hacerlo, pero no lo hará porque Él trabaja con nosotros. So-
mos colaboradores de Dios, lo cual es una ley. Es por eso
que Pablo escribió: “Oren siempre”. Si no hablamos, Dios
no actuará. Dicho de otra manera, Él va a actuar después de
que hablemos la palabra.
Dios es soberano y hace lo que desea en algunas situacio-
nes, pero, por lo general, no hará nada hasta que no ores,
hasta que no sueltes la palabra, porque eres colaborador de
Él. Esta es la razón por la que Jesús aseguró: “Lo que uste-
des aten acá, Yo lo voy a atar allá; lo que ustedes desaten acá,
Yo lo voy a desatar allá”. Lo que el Señor estaba diciendo es:
“Lo que ustedes hablen acá, Yo lo respaldaré allá; pero, si no
hablan acá, Yo no los respaldo”. Nada sucede hasta que no
hablamos la palabra, los deseos de Dios. El Señor nos da Su
deseo para que lo verbalicemos, para que soltemos la carga
en la Tierra. De lo contrario, nada sucederá. ¿Sabías por qué
en la iglesia decimos: “Levanta tus manos” o “Comparte
tu testimonio”? Porque tienes que soltar la carga. Quizás
pienses: “Pero el Señor lo sabe todo”. ¡Claro que lo sabe!,
pero hasta que no lo digas no va a suceder porque Él ató Su
voluntad a nuestra oración. Dios está esperando que tú y yo
oigamos Su deseo y lo hablemos y, cuando lo hagamos, Él
actuará. Es decir, cuando hablamos el deseo de Dios, baja-
mos el Cielo a la Tierra. No podemos permanecer callados,
necesitamos expresar lo que Dios nos dice.

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Capítulo 2 ~ Perfeccionado en las crisis

c. Si Dios es soberano, ¿no hará lo que Él quiera, indepen-


dientemente de que yo ore o no ore?
No. Si no oras Su deseo, si no sueltas la palabra, Dios no obra-
rá porque eres un colaborador. La manifestación se produce
solo cuando hablas. Por ejemplo: Abraham estaba por subir
al monte a entregar a su hijo Isaac. Cuando le preguntaron
adónde iba, respondió: “Adoraremos y volveremos”. Dios le
puso en el corazón que iban a adorar y que luego volverían.
Es decir que Isaac no iba a morir. Abraham lo habló y, ¿qué
ocurrió? Subieron, adoraron y volvieron. ¿Por qué ocurrió
de ese modo? Porque Abraham soltó la palabra.

Oyes Su deseo, lo hablas y Dios actúa.

“Papá, ¿y el cordero dónde está?”, preguntó Isaac. Dios le


dijo a Abraham: “Yo voy a proveer”, por lo que él le contestó:
“Dios proveerá”. Apenas terminó de soltar lo que el Señor le
había dicho, vieron el carnero que luego sacrificarían. Oí-
mos, soltamos y Dios lo manifiesta, ¡es así como funciona!
Eso es orar en el espíritu, en aguas profundas.

Dios da la carga
Jesús explicó el tema de la oración de manera celestial en el
evangelio de Juan. Veamos…

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Relación
Juan [Link] “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permane-
ce en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí
nada podéis hacer”.
“Yo en Él y Él en mí”. Eso es una relación de intimidad. “El
que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto”, afirmó
Jesús. Sin intimidad, no podremos hacer nada. Sin una rela-
ción de amor e intimidad con el Señor, no lograremos nada.
Lo buscamos porque queremos construir una relación con
Él, no a causa de un problema o de la enfermedad de un ser
querido. Nosotros lo buscamos y Él nos busca. Ahora tene-
mos una relación con Él. Estamos en Él y Él está en nosotros.
¿Qué viene a continuación?
La carga
Juan [Link] “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en
vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”.
Jesús expresa: “Si tenemos una relación, te daré Mis pala-
bras, y todo lo que pidas será hecho”. Él nos da Su palabra
para que nosotros la soltemos y, cuando lo hacemos, sucede
lo que promete el siguiente versículo.
Amigos
Juan: [Link] “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe
lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las
cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”.
Tenemos una relación con el Señor, Él nos da Su palabra y
nosotros la soltamos. Entonces, Jesús nos dice: “Ya no eres

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Capítulo 2 ~ Perfeccionado en las crisis

mi siervo, ahora eres mi amigo. ¡Y a los amigos, Yo no les


oculto nada!”.
Oímos la palabra que Dios pone en nuestro espíritu y la
soltamos. Esa palabra puede ser una frase, un versículo o
una visión. Cuando la soltamos, Él hace la obra. Te invito a
ver cómo se produce todo este proceso en la práctica con la
siguiente historia bíblica:
Naamán era un general sirio, por lo tanto, enemigo de Is-
rael. Sin embargo, el relato transcurre en un período donde
Siria e Israel estaban en paz, en medio de una tregua. Naa-
mán tenía lepra, pero nadie sabía de su enfermedad, por-
que la armadura impedía ver las llagas que tenía por todo
el cuerpo. En la casa de Naamán, ayudando a su esposa,
trabajaba una adolescente judía que el ejército sirio había
tomado como esclava en una de las batallas contra Israel.
Un día, ella vio la podredumbre de la lepra en las ropas
del general y Dios le puso en el corazón una palabra que la
joven soltó. Así lo narra La Escritura:
2 Reyes 5:2-3: “Y de Siria habían salido bandas armadas, y habían
llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha, la cual servía
a la mujer de Naamán. Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al
profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra”.
“Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría
de su lepra” es la carga que el Señor le puso a la criada; ella
se la soltó a la esposa de Naamán tal como la había reci-
bido. La carga es la voz de Dios y se la llama así porque
tiene un peso de gloria. Sin importar la situación en la que

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nos encontremos, Dios siempre nos dará una palabra. Pue-


des estar en pobreza, enfermo, con luchas o deudas, pero
nada ni nadie podrá anular la voz que Dios ponga dentro
de ti para que salgas de esa situación en victoria. ¡No hay
circunstancia que anule Su voluntad! El Señor no le dio la
palabra a la adolescente cuando estaba bien; de hecho, ella
estaba en su peor momento: probablemente había quedado
huérfana y estaba esclavizada en una casa ajena. Pero le
habló a la esposa del general a pesar de ser la esclava. Por
eso, no mires a quién le estás soltando la carga, no analices,
no evalúes si la persona entenderá o no; simplemente suelta
lo que Dios te dijo, de lo contrario, el alma se activará. Esto
es lo que hizo la jovencita del relato, y la palabra no volvió
vacía.
La criada de Naamán soltó la palabra de manera sencilla.
Ella no dijo: “El Dios de Israel, el Dios de los dioses, el que
humilla a los ídolos de Siria, el poderoso de Israel cuyo
nombre es Admirable, Consejero, Príncipe de paz, dice que
el profeta...”, sino que habló de forma simple, normal, y dijo:
“En mi pueblo hay un profeta. Si tu marido lo va a ver, él va
a sanarlo”. Cuando sueltes la carga, no cambies el tono de tu
voz, no digas: “Jehová me dijo…”, solamente habla de mane-
ra normal y suelta lo que Dios puso en tu corazón.
Otro punto a tener en cuenta es que ella no “adornó” la pala-
bra, no le agregó nada. Quizás podría haber dicho: “Conoz-
co al profeta. Es un buen hombre que vive arriba de la mon-
taña. Sí, es un poco ermitaño, pero confiable. Hace mila-
gros espectaculares. Fue discípulo de Elías, trabajó muchos

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Capítulo 2 ~ Perfeccionado en las crisis

años con él”; la joven no agregó ni cambió una sola palabra.


Cuando Dios te dé algo para alguien, no le agregues nada,
no cambies lo que Él te pone; suéltalo tal cual Él te lo dijo,
sin rellenos ni agregados, y sin mirar a quién se lo estás sol-
tando. Tampoco te mires a ti mismo porque, a veces, el alma
funciona por espejo. Al alma le encanta verse, pero el espíri-
tu, en cambio, es una ventana que siempre mira a Cristo. Si
sales de una reunión en la iglesia y dices frases como: “¡Me
sentí tan bien!”, “Me aburrí un poco”, “Estuvo divertido el
sermón” o “Los hermanos no me comprendieron”, se debe
a que estás mirándote a ti mismo en lugar de pensar en lo
que descubriste de Cristo.
Al momento de soltar la carga, la criada no pensó en ella, no
dijo: “¿Y si esta mujer se enoja y el marido me manda matar?
¿Y si le cae mal que me haya dado cuenta de que el general
está leproso?”. Del mismo modo, deja de mirarte a ti mismo,
mira a Cristo en lugar de mirar a tu alma. Recuerda que el
alma es espejo, pero el espíritu es ventana. ¡Pon tu foco en
Él!

El mover de la carga

Continuando con la historia, la criada le dijo a la señora:


“En mi pueblo hay un profeta y, si su marido lo va a ver,
lo va a sanar”. La señora le transmitió al marido lo que le

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había dicho la muchacha. Naamán fue a ver al rey de Siria


y le explicó: “Mi mujer me dijo que la criada le contó que en
su pueblo hay alguien que me puede sanar”. El rey de Siria,
después de escucharlo, le mandó una carta al rey de Israel:
“Rey, te envío a mi general, sánalo”. Cuando el rey de Israel
leyó la carta, exclamó: “¿Cómo que me manda a su general
para que lo sane? ¿Acaso yo soy Dios?”, y se rasgó las vesti-
duras. Eliseo oyó que el rey se había rasgado las vestiduras
y fue a verlo. “¿Qué sucede, rey?”, le preguntó. “Viene un
general sirio y el rey quiere que lo sane. Ese hombre está
demente, esto nos llevará a una guerra, piensa que yo soy
Dios”, le explicó. Rápidamente, Eliseo le respondió: “Que
venga, rey, y sabrá que hay Dios en Israel”. Nada detiene la
carga. Todo ese mover fue a causa de una adolescente que
soltó la carga.
Hoy el Señor te dice: “Que vengan las dificultades, que ven-
gan los problemas, que vengan las luchas. ¡Qué vengan! No
vas a huir, no te vas a esconder, no te vas a rasgar las vesti-
duras; ¡qué vengan y sabrán que hay Dios en tu corazón!”.
El que no tiene cargas se rasga, pero el que tiene cargas se
mantiene firme, está seguro y expresa: “Que venga y verá
a Dios obrar”.
El rey se rasgó, pero Eliseo no porque, cuando tienes una
relación con Dios, sabes que Él está en control. El profeta no
dijo: “¡Ay! ¡Qué problema! ¡Ya va a ver esa jovencita cuando
la vea! Mil veces le dije que no me inmiscuya en problemas.
Rey, no sé, consigamos unos yuyos medicinales y digámos-
le que los tome en Siria. ¡No vaya a ser que muera acá!”. Lejos

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Capítulo 2 ~ Perfeccionado en las crisis

de preocuparse, Eliseo declaró: “¡Que venga y sabrá que


hay Dios en Israel!”. Que vengan las luchas, van a saber que
hay Dios en tu casa, que hay Dios en tu trabajo, que hay
Dios. ¡Gloria al Señor!
Observa cómo funcionó Eliseo. Él no preguntó: “¿Qué en-
fermedad tiene?” o “¿Desde cuándo la tiene?”. No evaluó la
situación ni expresó: “Mmm, no sé, nunca oré por un gene-
ral. Me da miedo porque ese hombre es poderoso”. Es decir,
no miró a Naamán ni se miró a sí mismo, solo miró la carga
que tenía.
Veamos ahora cómo Eliseo perfeccionó a Naamán. Dios te
da una carga, pero con esta te va a ir perfeccionando, va a
ir podando aspectos de tu yo y agregándote aspectos de
Cristo. Todos nosotros somos perfeccionados. Hay per-
sonas que dicen: “A mí, solo me perfecciona Dios”, y tie-
nen razón porque Él las perfecciona a través de personas y
circunstancias.
Naamán viajó desde Siria con unos diez millones de dó-
lares, un ejército, los criados y los animales. Un día, final-
mente, llegó a la montaña donde vivía Eliseo. ¡Imagínate los
comentarios en el pueblo! Subió hasta la cima y se detuvo
frente a la casa del profeta. Eliseo le dijo al aprendiz que tra-
bajaba con él: “Suéltale esta carga: que se vaya a bañar y se
sumerja siete veces en el río Jordán”. En el lugar del criado,
yo le habría dicho: “Eliseo, ¿por qué no le dices tú mismo a
la mano derecha del rey de Siria que debe bañarse allí? Al
fin y al cabo, tú eres el que recibió la palabra”; pero Eliseo

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

estaba perfeccionando a todo el mundo. El aprendiz salió


de la casa y se encontró con Naamán: “Vengo a ver al pro-
feta”. Sin más, este declaró: “Dice el profeta que se sumerja
siete veces en el río Jordán. Cuando lo haga, quedará sano”.
“¿¡Qué!?”. Naamán no podía dar crédito a lo que acababa de
escuchar. El general era un hombre soberbio, acostumbra-
do a dar órdenes, no a recibirlas. ¿Y dónde debía sumergir-
se? ¡En el Jordán, un río tremendamente sucio! ¿Acaso no
podía enviarlo a un río de aguas limpias? Naamán estaba
indignado, furioso. Sin embargo, atinadamente, sus cria-
dos le dijeron: “General, si le hubiese pedido algo más difí-
cil, usted lo habría hecho”. ¡Los criados estaban aconsejan-
do al que armaba la logística de la guerra! “No es tan grave,
lo puede hacer en cinco minutos. Se sumerge siete veces y
ya está, general, quedará sano”, le insistieron.
Pero ¿qué era lo que esperaba Naamán? Veamos:
2 Reyes [Link] “Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo
decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre
de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la
lepra”.
Naamán ya tenía en su mente el método de sanidad divina.
Era un pagano, pero creía saber más de Dios que Él mis-
mo. Decía: “Yo voy, el profeta sale a mi encuentro, invoca
el nombre de Jehová, me toca, quedo sano, le doy el dine-
ro y me voy”. De modo que Dios tenía que perfeccionar-
lo. Y así también sucede con nosotros. Para perfeccionar-
nos, muchas veces, el Señor dirá “no” a eso que creíste que

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Capítulo 2 ~ Perfeccionado en las crisis

sucedería. El profeta no saldrá a recibirte, no levantará la


mano, no te tocará, no te mandará a un río limpio, no te
sanará en la reunión del domingo. A todo lo que Naamán
había pensado, Dios le dijo que no. Ahora bien, ¿por qué el
hombre no quería sumergirse? Porque tenía que sacarse la
ropa y, si lo hacía, todos verían las llagas. Esta es la razón por
la que había planeado su propio método. Pero a todo lo que
había pensado, Dios le dijo: “No”. Entonces, ¿qué hizo? Se
quitó toda la ropa y se sumergió en el río.
El río es la Presencia de Dios, la intimidad con el Señor.
Cuando la carne entra en la intimidad, en Su Presencia, se
hunde. La carne debe morir en el Altar una y otra vez. Antes
de la intimidad, estabas enfermo, después de tu relación
con Dios, estás sano; antes de la intimidad, estabas enojado,
ahora estás contento y bendecido. ¡El río es la intimidad con
Cristo y marca la diferencia! ¡En el río está tu milagro!
La Palabra afirma que, cuando Naamán salió, su piel era
como la de un niño. En el río de Su Presencia, cuando mori-
mos, el Señor nos hace como niños. Y no morimos una vez
ni dos, sino siete veces, porque el siete representa el número
eterno, perfecto, constante. Necesitamos morir a nuestros
métodos, a lo que queríamos, a lo que esperábamos, a lo que
nos gustaba, a lo que creíamos.
Después de sumergirse, cuando Naamán salió del río, es-
taba feliz. Fue entonces cuando llegó Eliseo. Ya Naamán
era otra persona. Cuando lo vio, le dijo: ”Te quiero dar estos
millones de dólares”, pero el profeta respondió: “El río —la

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

gracia— es gratis, no se compra”. La gracia es gratuita, solo


se recibe y no es por esfuerzo. Luego de que Eliseo recha-
zara su dinero, Naamán le hizo un pedido: “Profeta, ¿me
puedo llevar un poquito de tierra? Cuando esté en el templo
y el rey sirio adore a sus dioses, a sus ídolos, voy a tirar tierra
y me voy a parar ahí. A partir de ahora, adoraré al Dios que
me sanó”. En ese momento, el perfeccionamiento quedó
completo. ¡Y todo por una muchacha que soltó una carga!
Naamán salió sano y perfeccionado. Hay gente a la que el
Señor le da el milagro que pide, pero no se deja perfeccio-
nar. Naamán, sin embargo, dejó que el Señor lo tratara. Él
tuvo una experiencia y, hasta que tú y yo no vivamos una
experiencia con el Señor, no tendremos nada para contar.
Eliseo no le dio una clase teórica, solo le dijo: “Métete en el
río”. Cuando la gente quiera discutir contigo, cuando te ha-
gan preguntas tontas disfrazadas de espirituales, cuando
quieran ganar una conversación, diles que vayan al río de la
Presencia y permite que el río haga la obra. No fue el Jordán
el que sanó a Naamán, sino Cristo en el río.
El general sirio quiso darle a Eliseo una ofrenda de grati-
tud, pero el profeta le explicó: “No, esto es gracia, porque
después dirán que compraste el milagro. No quiero nada”.
Ahora bien, ¿qué imaginas que sucedió con la jovencita ju-
día cuando Naamán llegó a su casa? Si ella fue la que soltó la
carga, ¿crees que fue honrada por el general? Seguramente.
Ella nunca buscó honra, pero la honra le llegó porque Dios
es galardonador de los que le buscan. No lo hacemos por
una recompensa, pero esta siempre llega.

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Capítulo 2 ~ Perfeccionado en las crisis

Otro ejemplo de la carga y el perfeccionamiento


Otro ejemplo bíblico que tiene que ver con la carga y el per-
feccionamiento lo encontramos en el Libro de Isaías:
Isaías [Link] “Y salió el ángel de Jehová y mató a ciento ochenta y
cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron
por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos”.
El relato comienza en Isaías 36. El ejército asirio había ro-
deado Jerusalén. Habían arrasado muchos otros territorios
y ahora venían por la rendición de Judá. Frente a esta situa-
ción, el rey de Judá mandó una comisión de tres personas a
hablar con los asirios. “Díganle a su rey que lo vamos a des-
truir. Derribamos otros reinos, ¿por qué ustedes no se rin-
den? ¿En quién confían? ¿Acaso están aliados con otro país?
No nos dirán que están confiando en su Dios, ¿verdad? ¡Si
su rey, Ezequías, quitó todos los lugares altos y los altares
de idolatría!”. Ezequías había quitado todos los ídolos, pero
los asirios, que no conocían las cosas del Señor, entendieron
que, al desaparecer los altares de dioses paganos, habían
dejado de creer en Dios. El hecho es que los asirios le man-
daron a decir al rey: “¡Los vamos a destruir!”. La comitiva
regresó ante Ezequías y le contó la magnitud del peligro en
que se encontraban. ¿Qué hizo el rey? Envió a los mismos
tres hombres a hablar con Isaías. “Profeta, el ejército asirio
nos ha rodeado. Si no nos rendimos, nos matarán a todos. El
rey no sabe qué hacer”, le explicaron.

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Lo que respondió Isaías tiene un valor increíble:


Isaías 37:6-7: “Y les dijo Isaías: Diréis así a vuestro señor: Así ha
dicho Jehová: No temas por las palabras que has oído, con las cua-
les me han blasfemado los siervos del rey de Asiria. He aquí que yo
pondré en él un espíritu, y oirá un rumor, y volverá a su tierra; y
haré que en su tierra perezca a espada”.
El poderoso ejército asirio se iría a causa de un rumor sin
arrojar ni una sola flecha. ¡Qué carga tan disparatada le
puso el Señor al profeta! Y, aun así, él no la analizó, solo
la soltó. Los tres hombres regresaron con Ezequías. “El
profeta dice que los asirios se van a ir”, le dijeron, “vendrá
un espíritu de chisme y se irán sin más”. De pronto, el rey
vio que las tropas asirias empezaban a desarmarse. ¡Los
enemigos se estaban yendo! Los egipcios estaban atacando
Asiria, por lo que habían decidido ir a apoyar a sus tropas.
Creo que Dios mandó ángeles chismosos para que espar-
cieran un rumor: “¡Los están atacando! ¡Están prendiendo
fuego todo!”. Mientras se estaban retirando, el general del
ejército asirio escribió una carta a Ezequías. ¿Qué decía esa
carta? “Rey, nos vamos porque estamos siendo atacados,
pero volveremos y te destruiremos. ¡Violaremos a la gente,
mataremos a todos!”. El rey leyó la carta y, rápidamente, se
fue al templo. Extendió la carta sobre el piso y le dijo a Dios:
“Señor, te llegó una carta, contéstala”. En ese momento,
apareció Isaías, que estaba en el templo. “Así dice Jehová”,
declaró el profeta, “no van a entrar, los voy a destruir, y el
árbol —los creyentes— tendrá fruto hacia arriba y raíces

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Capítulo 2 ~ Perfeccionado en las crisis

hacia abajo”. ¿Sabes qué sucedió esa noche? Así lo narra La


Palabra de Dios:
Isaías 37:36-38: “Y salió el ángel de Jehová y mató a ciento ochenta
y cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron
por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos. Entonces
Senaquerib rey de Asiria se fue, e hizo su morada en Nínive. Y
aconteció que mientras adoraba en el templo de Nisroc su dios,
sus hijos Adramelec y Sarezer le mataron a espada, y huyeron a la
tierra de Ararat; y reinó en su lugar Esar-hadón su hijo”.
El profeta Isaías soltó la carga y lo que ocurrió fue grandio-
so: 185.000 asirios murieron; el rey fue asesinado a espada
por sus propios hijos y el nuevo rey que asumió dijo: “Con
esta gente, mejor no nos metamos”.
El Señor nos dará cargas como la que le dio a la criada de
Naamán. Serán palabras sencillas, pero tendrán un gran
poder. Suelta la carga que recibas. Deja tu lista de pedidos
y pídele al Señor Su voluntad. ¡Empieza a practicar! Si la
adolescente de 2 Reyes 5 no hubiera soltado la carga, hoy no
conoceríamos la historia. Así como Eliseo trabajó con la car-
ga de la jovencita, tú y yo le soltaremos una carga a alguien
y ese alguien lo hará a un miembro de nuestra familia. Dios
usará al Cuerpo de Cristo, ¡no estás solo! Dale a la gente las
cargas del Cielo. No mires qué sientes o qué te ocurre, solo
suelta la carga. Y, cuando vengan las malas noticias, ve ante
el Señor y dile: “Señor, te llegó esto. Yo tengo una relación
contigo, somos amigos, y amigos más unidos que herma-
nos. Contigo me levanto y me acuesto, contigo camino, río y

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lloro. Tenemos una relación de amor. Por eso, hoy te presen-


to esto que me está sucediendo”.
El Señor le dio la carga a Isaías y el profeta no dudó en sol-
tarla tal como la recibió: “Viene un rumor. Ni una flecha
entrará”, aseguró, y la palabra se cumplió. Tal como lo hizo
Isaías, ¡descansa en el Señor! Necesitas saber que viene un
rumor contra todos los ejércitos que te han rodeado. Vienen
respuestas a las cartas que te preocupan. Solamente dile al
Señor: “Padre, acá está, esto es tuyo. Obra conforme a Tu
poder, a Tu amor. Señor, ¡soy Tuyo!”.

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3
Un cambio total

Un nuevo nivel
De todos los profetas del Antiguo Testamento, Isaías fue el
hombre que más vio a Cristo. Vio que nacería de una virgen,
que viviría en Nazaret, que crecería, que lo escupirían, que
le arrancarían la barba, que sufriría en la Cruz, que moriría
y resucitaría. Isaías vio toda la obra de Cristo. Él tenía expe-
riencias en Cristo, era rico en Cristo.
En su libro, Isaías comienza a hablar y en el Capítulo 5 hace
un resumen de todo lo que viene predicando. Dice: “Para
Dios, ustedes son una viña, pero de uvas ácidas. Dios los
plantó, los cuidó y los ayuda; aun así, ustedes, en lugar de
dar frutos agradables, son amargos, dado que son ladro-
nes, corruptos, aceptan coimas, son haraganes y bebedores
de vino”. Y luego agrega: “¡Ay de ustedes! ¡Ay de ustedes!”.
Hasta este capítulo, Isaías está indignado; luego, en el Capí-
tulo 6 sucede algo tan fuerte que toda su vida va a cambiar.
Es decir, hasta el Capítulo 5 él ama a Dios y habla de parte de
Él; pero, a partir de haberlo experimentado, su vida espiri-
tual da un giro de ciento ochenta grados.

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¿Qué fue lo que ocurrió en el Capítulo 6? Veamos:


Isaías 6:1-5: “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor
sentado sobre un Trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el
templo. Por encima de él arriba había serafines; cada uno tenía seis
alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con
dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo,
santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.
Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que
clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que
soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando
en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos
al Rey, Jehová de los ejércitos”.
El rey Uzías —quien gobernó por el término de cincuen-
ta y dos años— había muerto. Este hombre había ganado
batallas y había hecho que Israel prosperara; pero, al final
de sus días, se llenó de orgullo. Él pensaba que todo lo que
había logrado era mérito suyo. Lo cierto es que enfermó de
lepra y terminó muriendo solo en una casa muy pobre y
desagradable. El día que Uzías murió, los Cielos se abrieron
para Isaías. ¿Qué significa esto? Mientras ciertas cosas no
mueran en nuestra vida, Dios no nos mostrará Su Trono.
Uzías representa la carne, las situaciones y preocupaciones
que nos frenan, las personas que son una piedra de tropiezo
para nuestra vida; personas y circunstancias que actúan
como un freno o un límite para nuestro crecimiento. Es por
eso que Uzías necesita morir.

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Capítulo 3 ~ Un cambio total

Continuando con la historia, leemos que, al morir Uzías y


quedar vacío el trono, Isaías vio que, en el Cielo, el Trono
estaba lleno. Al dejar de mirar la Tierra, Dios le dijo: “Ahora
mira el Cielo”. Porque, aunque la Tierra esté mal, en el Cielo
sigue gobernando el Señor. Es por esto que no podemos
dirigir nuestros ojos hacia lo que sucede en nuestro “aquí y
ahora”, porque Dios nos mostrará lo que está pasando allá.
¡Y allá Él está en control! Porque solo cuando lo terrenal
muere, Dios irrumpe y nos lleva a un nuevo nivel.
La visión que tuvo Isaías fue a distancia porque habló de
“un Trono alto”. Dicho de otro modo, vio el Trono a lo lejos.
Isaías no vio al Señor sentado en el Trono, ya que el humo
no le permitía verlo (él sabía que Dios estaba allí, pero no lo
pudo ver). Sobre ese Trono había serafines, ángeles de fuego
(“serafín” quiere decir “quemar”) que tenían seis alas; con
dos cubrían sus pies y con dos volaban. La Palabra no lo
expresa, pero sus oídos no estaban tapados, sino abiertos,
igual que su corazón. Allí mismo ellos comenzaron a ado-
rar: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tie-
rra está llena de su gloria”. Ahora bien, ¿por qué los ángeles
estaban arriba del Trono? Ellos esperaban la orden del que
está sentado en el Trono. La Escritura afirma que, mientras
estaban adorando, hubo un terremoto y todo se sacudió.
Al estar en el Trono, esos ángeles hicieron una adoración
poderosa. Cuando Isaías vio la gloria del Señor, exclamó:
“¡Ay de mí!”. Anteriormente, había dicho: “¡Ay de los que
roban! ¡Ay de los borrachos! ¡Ay de esos y de aquellos!”; pero
ahora, estaba diciendo: “¡Ay de mí!”. Cuando Isaías vio la

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gloria del Señor, cayó “como” muerto y expresó: “Señor,


muero, porque soy hombre inmundo de labios”. Al ver la
gloria del Señor, Isaías se comprendió a sí mismo. Dios no le
dijo: “Isaías, eres un hombre inmundo de labios”; el Señor
no le habló, solo le mostró la gloria.

Cuanta más gloria veamos, más Altar tendremos en nuestra vida.

Y, cuanta menos gloria de Dios tengamos, más nos llena-


remos de orgullo. Las personas que se consideran más que
los demás no han visto la gloria del Señor porque, cuando
vemos Su gloria, reconocemos también la miseria de nues-
tra carne.
Cuando Isaías vio la gloria del Señor, dijo: “Mi carne es una
basura, mi naturaleza está caída, mi Yo no sirve”. Apenas
hizo esa confesión, un serafín tomó un carbón encendido,
quemó su boca y le anunció: “Tu culpa es quitada. Limpio
tu pecado”. Allí mismo Isaías vivenció la gracia de Dios y,
cuando exclamó: “¡Muerto soy, porque mis labios son in-
mundos, igual que los labios de los demás!”, se posicionó
al lado de la gente, ya no arriba de ella. En el momento en
que lo confesó, el carbón lo quemó porque, cuando dejas tu
carne en la Cruz para su muerte, el perdón, la liberación y la
bendición comienzan a derramarse.
Isaías no dijo: “Purifícame para que vea tu gloria”. No nece-
sitamos confesar para que Dios nos muestre Su Presencia,

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Capítulo 3 ~ Un cambio total

justamente es al revés: Dios nos mostrará Su Presencia para


que sepamos lo que debemos dejar en el Altar. Eso es la gra-
cia. Esta no es para personas perfectas, sino para todos los
que amamos al Señor. Él te dice: “Bienvenido, te voy a mos-
trar Mi gloria” y, apenas la veas, también verás lo negativo
en ti. Cuando el ángel le tocó la boca con el carbón, rápida-
mente Isaías fue liberado y toda su vida cambió. ¿Estás listo
para que tu vida espiritual dé ese mismo giro? ¿Estás listo
para que Dios te abra los Cielos, te muestre Su gloria y toda
tu vida cambie para bien?

El proceso de perfeccionamiento
El serafín le quemó la boca a Isaías con el fin de perfeccio-
nar su hablar. Esta es la razón por la que el Libro de Isaías es
poderoso. Isaías es un poeta de gloria, un poeta celestial.
Todas las descripciones son poesías del Cielo.
Cuando nosotros recibimos a Cristo, Dios comienza a per-
feccionarnos. Perfeccionar no es sinónimo de castigar por
algo que uno hizo en el pasado, sino que apunta hacia el fu-
turo. El Señor va a tratarte de manera específica y particu-
lar para podar tu carne, para matar todo lo tuyo y que Cristo
crezca en ti. Perfeccionar es el trato específico de Dios para
que Cristo crezca en tu vida y seas alguien rico en experien-
cias con Él. Todos necesitamos ser perfeccionados. Incluso
el propio Hijo de Dios, según La Palabra, lo fue. Y no porque
Jesús tuviera algo malo, sino que, como humano, tuvo que
aprender a sujetarse al Padre.

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¿Cuál es el primer perfeccionamiento que hizo Dios con


Isaías? Le quemó la boca con el carbón. ¿De dónde salió ese
carbón? Del Altar. Lo que Dios hizo fue perfeccionar su ha-
blar para que aprendiera a hablar como Cristo. Lo primero
que debe ir al Altar es tu hablar. Veamos específicamente
qué necesitas dejar en el Altar:
• Enredarte en la vida de los demás
No sepas mucho de la gente. Hay personas que conocen
todos los chismes porque pasan horas en las redes sociales
leyendo todos los comentarios que hacen y mirando todas
las fotos que suben. Pero tú ocúpate de conocer al Señor, en
lugar de perder tiempo investigando la vida de los demás.
Observa lo que le reveló Dios a Isaías respecto a cómo vivió
Cristo en la Tierra:
Isaías [Link] “¿Quién es ciego, sino mi siervo? ¿Quién es sordo,
como mi mensajero que envié? ¿Quién es ciego como mi escogido,
y ciego como el siervo de Jehová [...]?”.
Cuando caminó en la Tierra, Cristo fue ciego y sordo. Él no
andaba entrometiéndose en la vida de los otros. Nadie po-
día decirle si se había enterado de esto o de aquello, porque
Él era sordo y ciego a esas cosas. Hay personas que viven
hablando de todo el mundo. De quince minutos que hablan,
doce son para hablar de los demás. Eso tiene que ir al Altar
para que puedas decir como David: “Que las palabras de
mi boca sean todas en honor a ti, oh Señor”. Yo crecí con
hombres ricos en Cristo. ¿Sabes de qué se hablaba cuando
te acercabas a ellos? De Cristo, solamente de Cristo, porque

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Capítulo 3 ~ Un cambio total

eran ricos en Él. ¡Que tu único anhelo sea conocer al Señor


y meterte en Él!
• Los factores molestos
Los factores molestos deben ir al Altar. Todos tenemos fac-
tores que nos molestan: que el agua de la ducha no salga lo
suficientemente caliente como para bañarte antes de salir
para el trabajo, que el colectivo tarde demasiado, que se te
haya manchado la ropa que llevas puesta, que alguien haya
ensuciado lo que recién terminaste de limpiar. Todo el día
tenemos pequeños y grandes factores molestos, situaciones
que nos disgustan y nos enojan. Todo eso debe ir al Altar,
porque solemos quedarnos enlazados, hablando durante
horas de esas cuestiones. ¡Pídele al Señor el don del olvido!
Dile: “Señor, hazme olvidar”. Entonces, cuando te pregun-
ten: “¿Cómo te trataron?”, responderás: “No me acuerdo.
Cristo es maravilloso”. ¡Eso es el don del olvido!
Analicemos el caso de José. Él fue maltratado por sus pro-
pios hermanos, lo tiraron a un pozo y lo vendieron como
esclavo, por lo cual estuvo injustamente en la cárcel durante
dos años. Sin embargo, cuando llegó al palacio y fue mi-
nistro de Economía de la potencia más grande del mundo,
¿sabes cómo llamó a su primer hijo? “Olvidar”.
Génesis 41:51-52: “Y llamó José el nombre del primogénito, Ma-
nasés; porque dijo: Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la
casa de mi padre. Y llamó el nombre del segundo, Efraín; porque
dijo: Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción”.

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Cuando aprendamos a olvidar, vendrá la prosperidad, lle-


gará Efraín. La prosperidad no aparece si primero no lle-
ga Manasés. Primero viene el olvido y después llega toda
la bendición. Tienes que dejar en el Altar todos los “a mí
me costó mucho”, “la vida a mí me trató mal”, “conseguí
todo con mi propio esfuerzo”, “yo sufrí mucho”, “a mí nadie
me regaló nada”. Olvida todo eso para que Dios te traiga a
Efraín y, entonces, disfrutes de una vida llena de Cristo.
• Las opiniones
Las opiniones son el corazón del yo humano. ¡Nos encanta
opinar! “La opinión”, dijo Witness Lee, “es un devorador
de Cristo”. Por ejemplo, si en una reunión recibiste algo de
Cristo, pero sales a la calle y empiezas a opinar, esa opinión
te consume, te agota, te devora eso que recibiste del Señor.
¿Cómo sabemos que estamos opinando? Es sencillo, opina-
mos cada vez que abrimos la boca. Y nuestra opinión tiene
que morir para que nuestro hablar sea Cristo. Si te pregun-
tan: “¿Qué opinás de tal partido político?”, responde: “No
tengo opinión, pero Cristo es maravilloso, Cristo es mi fuer-
za, Cristo es mi Rey, Cristo es mi partido político”.
Hoy opinamos una cosa y, en cinco minutos, en dos días o
en un año, opinamos otra. Por el contrario, La Palabra de
Cristo, nunca cambia. Él no cambia, Él es la roca firme, Él
es el Rey de reyes que no falla ni miente. Todo lo que somos
y tenemos es por Su amor y Su gracia. A Él honramos, a Él
exaltamos, a Él aplaudimos, a Él anhelamos experimentar.
¡Cristo es todo para nosotros!

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Dios irá cambiando, perfeccionando nuestro hablar. “El


nuevo no entiende nada”. ¿Afirmaste eso en alguna oca-
sión? El hecho es que no se trata de si es nuevo, sino de que
tenga el corazón abierto o cerrado. La Palabra asegura: “Al
corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal-
mo 51:17). Puedes tener un corazón abierto y ser nuevo, y
puedes tener un corazón cerrado, aunque sepas La Biblia de
memoria. “Al mensaje voy a ponerle un título que atraiga a
los nuevos, que capture su atención, para que entiendan” …
¡eso también debe morir en el Altar!
“Yo estoy bien con Dios, pero no voy mucho a la iglesia.
Igual, el Señor sabe que lo amo”. Esto no existe. No puedes
tener la cabeza de Cristo y no el cuerpo. Si no estás en el
Cuerpo de Cristo, no tienes Sus manos para que Él pelee
tu batalla; no tienes Sus pies para correr y no cansarte; no
tienes Su corazón para que tu corazón esté lleno de amor.
Te invito a repasar algunos conceptos que ya aprendimos
y a ampliarlos:
a. Mi primera voz del día es para el Señor
Como ya dijimos, apenas te levantes, antes de saludar a tu
pareja o a tus hijos, contacta con el Señor y dile: “Señor, te
amo, eres poderoso”. Al darle tu primera voz a Él, estarás
bendiciendo todo tu día.

b. Mi última voz del día es para el Señor


Cuando te vayas a dormir, antes de cerrar los ojos, que tu
última voz sea: “Señor, eres maravilloso”. Así bendecirás la

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

noche. El Salmo 16:7 dice: “Bendeciré a Jehová que me aconseja;


aun en las noches me enseña mi conciencia”. ¿Sabías que nues-
tro espíritu no duerme? Nuestro espíritu está despierto y el
Señor trabaja en él sin que nuestra mente lo sepa. Es decir,
Dios puede tratarnos a la noche sin que nuestro cerebro se
entere. Recién al otro día tu mente se dará cuenta y dirá:
“¿Qué pasó acá? ¿De dónde salió esto?”. Y el Señor te dirá:
“Lo puse Yo a la noche, porque cerraste el día mirándome
a Mí”.
David conocía estos secretos. Él decía: “De madrugada te bus-
caré” (Salmo 63:1). Bien temprano, lo primero que hacía era
buscar al Señor y su última voz era para Él. Lo expresó en
los siguientes versículos:
Salmo [Link] “Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me
sustentaba”.
“A la noche Dios me trató, por eso me desperté”, esto es lo
que decía David.
Salmo [Link] “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo
tú, Jehová, me haces vivir confiado”.
Dios te llena de Su confianza durante la noche y, entonces,
te levantas en victoria.
Salmo [Link] “Por demás es que os levantéis de madrugada, y
vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores, pues que a su
amado dará Dios el sueño”.
No lo olvides: que la primera y última voz sea para Él.

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Capítulo 3 ~ Un cambio total

c. Contacto al Señor a lo largo del día


Cuando te estés vistiendo, dile: “Señor, eres hermoso” y,
cuando vayas de compras, no lo hagas porque tienes di-
nero, sino porque Dios te lo dijo. El dinero no determina si
compras o no, es la guía del Señor la que tiene que dirigir
tus acciones. Si Él te dice: “Compra”, aun sin dinero vas a
comprar. Y si tienes dinero, no compres si Dios así te lo in-
dica. ¡Permite que Él te guíe! Introduce a Dios en tu diario
vivir, en tus actividades cotidianas. Háblale mientras estás
cocinando, mientras te quitas el calzado. Al hacerlo, tu es-
píritu se llenará más y más y empezará a producirse algo
hermoso que se llama “andar en el Espíritu”.
Kathryn Kuhlman dijo: “Hay un momento en que tu pre-
sencia ahora es Su Presencia y Su Presencia ahora es tu pre-
sencia”. Pedro caminaba y su sombra sanaba, porque no
era Pedro, era Cristo; pero ni Pedro sabía que Cristo se le
había impregnado tanto que su presencia era la Presencia
del Señor y la Presencia del Señor era su presencia. Pídele al
Señor la experiencia de que tu presencia sea Su Presencia y
Su Presencia sea tu presencia. Pídele la experiencia de ser
uno con Él.

d. Frente a las cosas que me ocurren, le pregunto al Espí-


ritu qué es lo que está formando en mí
Pregúntale al Espíritu Santo: “¿Qué estás formando en mí?
¿Qué estás perfeccionando en mí a partir de este proble-
ma? ¿Cómo estás usando esta circunstancia adversa para

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

mejorar mi intimidad contigo?”. La Escritura afirma que


todas las cosas nos ayudan a bien, y “bien” es Cristo. Dios
usa todas las cosas para perfeccionar tu intimidad con Él.
Cuando Dios permita o use una circunstancia en aparien-
cia negativa, no digas: “¿Por qué me pasa esto?”. En lugar de
eso, pregúntale: “Señor, ¿qué estás perfeccionando de mi
intimidad?”. Frente a todo lo que te suceda: problemas, ata-
ques, burlas y críticas, en vez de orar: “¡Juicio de Dios!”, di:
“Señor, ¿cómo estás usando esta circunstancia? ¿Qué estás
perfeccionando en mí?”. Porque todas las cosas ayudan a
que Cristo sea formado en nosotros.
El único objetivo que Dios tiene es perfeccionarte, hacerte
rico en Cristo, formar a Cristo en ti, que lo experimentes a Él.
¿Para quién es esto? Para sus hijos, por eso nos está tratando
y quitando lo nuestro para que Cristo Crezca. Watchman
Nee expresó: “Perfeccionar es que Dios nos honra, nos da el
privilegio de que Cristo crezca cada día más en nosotros”.

Tres cosas que aprendió Isaías


Isaías vio la gloria del Señor, lo vio en el Trono y exclamó:
“¡Ay, caigo muerto, Señor! ¡Soy hombre inmundo!”. El se-
rafín le quemó los labios y le anunció: “Están limpios tu
pecado y tu culpa”. Pecado en el espíritu, culpa en la mente,
todo queda limpio automáticamente. Después de esto, Dios
le habló e Isaías le respondió. Así lo narra La Palabra: “Des-
pués oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá
por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí”

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Capítulo 3 ~ Un cambio total

(Isaías 6:8). En esta instancia, Isaías no estaba lejos del Tro-


no, sino al lado, oyendo la voz del Padre: “¿A quién enviaré,
y quién irá por nosotros?”. Rápidamente, Isaías contestó:
“Heme aquí, envíame a mí”. A partir de ese momento, toda
la vida de Isaías cambió.
Estas son las tres cosas que aprendió Isaías:
a. Que la palabra más poderosa que existe en la Tierra es:
“Sí, Señor, acá estoy”
Cuando le dices a Dios: “Sí, Señor”, Él comienza a obrar.
Dios le dijo a Abraham: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y
de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una
nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás
bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldije-
ren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”;
y lo único que respondió Abraham fue: “Sí, Señor”.
Samuel, por su parte, le dijo al Señor: “Habla, porque tu
siervo oye” y Dios le reveló que lo iba a levantar como pro-
feta y que ungiría a reyes, profetas y sacerdotes. ¿Qué fue
lo único que le dijo el joven Samuel? “Acá estoy. Sí, Señor”.
Otro ejemplo: Dios le dijo a Moisés: “Moisés vas a ir a Egip-
to”, y él le respondió: “Sí, Señor”. Luego, Dios le declaró: “Te
daré la vara, te abriré el mar, soltaré las plagas, te daré agua
de la roca, la ropa del pueblo no se gastará, no habrá ningún
enfermo durante toda una generación, te bendeciré, te daré
maná, verás mi nube y mi fuego, te revelaré el Tabernáculo.
¿Y qué fue lo único que le dijo Moisés? “Sí, Señor”.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

Una joven de quince años dijo: “Hágase conforme a tu pala-


bra”, y el ángel le respondió: “El Espíritu vendrá sobre ti y te
cubrirá. El santo Rey que nacerá bendecirá la tierra”. ¿Quién
era esa chica? María, la mamá de Jesús. Lo único que ella
dijo fue: “Sí, Señor, acá estoy”.
Isaías le dijo: “Señor, heme aquí, envíame a mí”. Lo más po-
deroso que le puedes decir al Señor es: “Sí, Señor, acá estoy”.
Porque, cuando le expresas tu disposición, Él te dice: “Muy
bien, ahora me vas a ver a Mí actuar a tu favor”. Solo necesi-
tas decirle: “Heme aquí, Señor. ¡Sí, acá estoy!”.
Benny Hinn dijo: “Lo más poderoso que le podemos dar al
Señor es nuestro tiempo”. Cuando Dios te dice: “Dale una
ofrenda a esa persona”, “Ayuda a esa persona”, “Cómprale
un café”, tú obedeces. Sin embargo, cuando Dios te pide
tu agenda, Él te pide todo el día. Dios te irá pidiendo co-
sas, pero hay un momento en el que te pedirá tu tiempo. Y,
cuando se lo des y le digas: “Sí, acá estoy, 24/7 para Ti”, Él
declarará: “Ahora verás lo que Yo haré. Pelearé a tu favor,
caerán miles y diez miles, pero a ti no te tocarán. Te cubriré
con la diestra de Mi poder y ni la muerte ni la vida te podrán
separar de Mi amor”. ¡Todo esto como resultado de decir-
le de corazón: “Sí, Señor, me rindo. Acá estoy, acá está mi
agenda, acá está todo mi tiempo”!
Dios le dijo a Isaías: “Te enviaré a alguien” y el profeta no
hizo cuestionamientos, no preguntó cuánto duraría el en-
vío, no opinó, no le pidió que despejara el humo para ver su
cara. Isaías, simplemente, respondió: “Señor, aquí estoy, te

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Capítulo 3 ~ Un cambio total

entrego mi agenda, mi tiempo, envíame a mí”. La vida es


tiempo; tiempo y vida son lo mismo. “Te entrego mi tiem-
po” es igual que decir: “Señor, acá está mi vida”.

b. Que Dios nos anhela intensamente


En la visión, Isaías visualizó que Dios nos anhela, porque
escribió: “Aunque la madre abandone a los hijos, Yo nun-
ca me olvidaré de ti”. Dios no busca adoración, Él busca al
adorador que le da la adoración. Dios no busca una canción,
Él busca al que le canta la canción. Dios no busca dinero,
Él busca al que da la ofrenda. Dios no busca el servicio, Él
busca al que sirve. Dios me busca. Dios te busca. Dios te da
la casa no porque es linda, sino porque te ama. Dios no te
prospera para que ayudes a tu casa, Dios te prospera por-
que te ama. Él te anhela, te desea ardientemente. La Palabra
dice que el Señor nos cela, pero no con celos patológicos,
sino con el corazón. Cuando lo invocas, cuando lo buscas, Él
declara: “Te anhelo, quiero estar contigo, quiero disfrutarte
y que me disfrutes”. Ahora entiendo a David cuando decía:
“Mi alma tiene sed de Ti, mi corazón te anhela”. A David se
le había revelado el anhelo de Dios y, cuando este lo tocó,
él le devolvió el mismo anhelo: “Mi alma te anhela, clama
por Ti como el ciervo clama por las corrientes de las aguas”.
Oraciones como: “Señor, tengo que esforzarme y buscarte
más” nunca te van a funcionar.

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Dios te dice: “Te deseo, te anhelo, te estoy esperando. Te amo, ¡te


estuve amando desde antes de la fundación del mundo!”.

Isaías [Link] “Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste ho-
norable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu
vida”.
Dile al Señor: “Señor, muéstrame cuánto me anhelas”. Todo
nuestro amor humano es por algo. Le expresamos “te quie-
ro” a alguien porque con esa persona somos felices, porque
hay afinidad, conexión; pero el día que no congeniamos,
dejamos de quererla y la relación se rompe. Pero Dios nos
ama y nunca se olvidará de nosotros ni nos abandonará.
Santiago [Link] “¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espí-
ritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?”.
Aquí La Escritura dice que Él nos anhela celosamente. En
toda La Biblia no hay otro versículo que exprese que Dios
nos anhela celosamente. Por eso, le pregunté al Señor:
“¿Cómo es esto? ¿No hay otro versículo que diga lo mismo?”.
El Señor me respondió: “Bernardo, ¿quieres ver dónde se
encuentra ese versículo? Lee y empieza por Génesis”. Y yo
leí: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra esta-
ba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abis-
mo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”. ¡Ahí
estaba! Dios nos anhela celosamente, por eso creó todas las
cosas. ¿Por qué Dios ordenó todo? Porque nos anhela. ¿Por

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Capítulo 3 ~ Un cambio total

qué nos formó? Porque nos anhela. ¿Por qué puso el árbol
de la vida? Porque nos anhela. En toda Su Palabra, en cada
versículo, está escondido el anhelo, el deseo, el amor del
Señor por nosotros. Él nos dice: “Los amo tanto que di a Mi
Hijo para que todo aquel que en Él crea, tenga vida eterna”.
¡Dios nos anhela celosamente!

c. A hablar elevado
Antes solíamos orar: “Padre, te pido que bendigas a esta
persona. Ayúdala con su familia, con su trabajo. Fortalé-
cela, Señor. Ella te ama, es Tu hija, está bendecida y camina
en victoria. Ayúdala, Padre, porque ella...”; y el Señor decía:
“¡Desenchúfenlo!”. Ahora, en cambio, esperamos al Señor y
le preguntamos: “Señor, ¿qué quieres que ore por esta per-
sona?”. Porque aprendimos que Él nos tiene que decir qué
orar, ya que sabe qué está haciendo o qué va a hacer en cada
uno”. Cuando Dios te da una palabra, puedes estar seguro
de que sí o sí va a obrar.
Observa cómo el Señor fue podando el hablar de Isaías:
Isaías [Link] “Jehová, tú eres mi Dios; te exaltaré, alabaré tu nom-
bre, porque has hecho maravillas; tus consejos antiguos son ver-
dad y firmeza”.
¡Estas palabras solo pueden ser expresadas por alguien que
caminó con Cristo!
Isaías [Link] “Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová
el Señor está la fortaleza de los siglos”.

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Isaías [Link] “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra


del Dios nuestro permanece para siempre”.
Isaías [Link] “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas
al que no tiene ningunas”.
Isaías [Link] “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes,
porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre
te sustentaré con la diestra de mi justicia”.
Isaías [Link] “Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de
tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo”.
Isaías [Link] “Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y
oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti
será vista su gloria”.
Isaías [Link] “Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún
hablan, yo habré oído”.
Estos pasajes son ejemplos de lo que es hablar elevado. Dios
fue tratando a Isaías, y su hablar fue cada vez más lleno de
la gloria de Dios. ¿Sabes con qué libro Jesús inauguró Su
ministerio? Con el Libro de Isaías. El Señor abrió el libro y
leyó: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha un-
gido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a
los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y
vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el
año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19). Al terminar de leerlo,
Jesús cerró el rollo y dijo: “Esta palabra se ha cumplido hoy
delante de sus ojos” y se sentó. El Señor se paró en este libro
porque la vida de Isaías, al morir el rey Uzías, cambió por

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Capítulo 3 ~ Un cambio total

completo. Hay cosas que han muerto, parecen el fin, pero


son el comienzo de algo hermoso en el Señor.

La gloria de Dios caerá


Isaías vio que la gloria ya está en nuestra vida, solo necesita-
mos activarla. Observa algunos versículos del Libro de Isaías
que lo corroboran:
Isaías [Link] “[...] todos los llamados de mi nombre; para gloria mía
los he creado, los formé y los hice”. Tú y yo somos para Su gloria.
Él nos hizo para Su gloria.
Isaías [Link] “Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne
juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado”. La glo-
ria va a caer. ¿Estás preparado? Todo tu equipo, toda tu casa,
todos tus compañeros de trabajo van a caer bajo la gloria.
La gloria caerá sobre todos, no faltará ni uno. Por eso La
Palabra afirma: “Tú y toda tu casa serán salvos”. Porque si la
gloria viene sobre ti, esa gloria será para toda tu casa.
Isaías [Link] “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la
gloria de Jehová ha nacido sobre ti”. Levántate, querido amigo,
porque la gloria ya está en ti.
Ahora bien, observemos esta revelación que recibió Isaías:
Isaías [Link] “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte;
porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las
aguas cubre el mar”. Para que la gloria se active, hay que sol-
tar el conocimiento de ella. ¿Qué es el conocimiento de la
gloria? La carga. La carga es la palabra, el conocimiento que

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

activa la gloria. “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó cono-


cimiento”, afirma La Escritura en Oseas 4:6. Pídele a Dios:
“Señor, dame el conocimiento, la palabra, para que la gloria
caiga en mi trabajo”. No pienses: “Nadie va a creer” porque,
cuando la gloria cae, no hay quien la resista. Cuando cae la
gloria, lo hace como una montaña que se desploma sobre tu
cabeza y te quebranta.
La Tierra será llena del conocimiento y, para eso, estamos
como Cuerpo de Cristo: para salir a la calle y soltar el cono-
cimiento que trae esa gloria. Si así lo haces, toda tu casa será
bendecida porque es “tú y tu casa”. Y, si hay un “tú” que
busca el conocimiento, siempre habrá “una casa” que reco-
nocerá y disfrutará que la gloria bajó por alguien.

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4
La señal

Contexto histórico
En este capítulo estudiaremos el Capítulo 7 y el Capítulo 8 del
Libro de Isaías. Ya vimos que el centro de este libro (es decir,
la carga) es ser rico en Cristo. Ser rico en Cristo significa
tener muchas experiencias con Él. Analicemos entonces, el
contexto histórico del Capítulo 7:
Israel estaba dividido en dos partes enemistadas entre sí:
Samaria (al norte) y Judá (al sur). El nieto del rey Uzías, el
malvado Acaz, gobernaba en el sur.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

Pero, a pesar de su enemistad, había una amenaza más


grande para todos: Asiria. Frente a esta situación, Samaria
hizo una alianza con Siria para defenderse de Asiria.

Los sirios y los samaritanos eran pueblos que se odiaban


entre sí y, aun así, hicieron una alianza para atacar a Asiria.
Luego, fueron a hablar con Acaz para proponerle que se
les uniera en el ataque. La idea no era una locura porque,
muchas veces, dos que se odian se asocian para defenderse
de un enemigo mayor. Sin embargo, la respuesta de Acaz
fue: “no” y enojó a los aliados, quienes decidieron atacar y
tomar Judá. De esta manera, sacarían a Acaz y pondrían un
rey al que pudieran manipular.
Dados los acontecimientos, Acaz, rey de Judá, se atemorizó
al pensar: “Los asirios intentarán atacarnos en cualquier
momento, sumado esto a los problemas tan fuertes que te-
nemos con Samaria y Siria, podrían destruirnos”. La Pa-
labra afirma que Acaz temblaba como una hoja de árbol

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Capítulo 4 ~ La señal

y estaba con mucho temor. ¿Qué hizo entonces? Sacó todo


el oro del templo de Salomón y les dijo a los asirios: “Tene-
mos todo el oro que deseen, ¡no nos ataquen!, necesitamos
protección frente a la alianza de Samaria y Siria”. Y, como el
dinero suele hacer amigos, Acaz se unió a Asiria. Fue enton-
ces cuando Isaías apareció. Dios le dijo al profeta: “Isaías, ve
a hablarle al rey de Judá”.

Un mensaje viviente
Después de la visión que había tenido en el Capítulo 6, este
fue el primer mensaje que Isaías debía transmitir. Ahora
bien, ¿cómo fue a hablarle a Acaz? Dios le dijo: “Sal ahora al
encuentro de Acaz, tú, y Sear-jasub tu hijo” (Isaías 7:3). El nom-
bre del hijo significaba “remanente volverá”. Isaías le había
puesto ese nombre porque era una señal. Tus hijos son una
señal de Dios, un mensaje viviente del Señor. La primera
tarea que Isaías tuvo fue familiar, porque tuvo que ir con su
hijo. Le indicó: “Hijo, no hables, porque tu nombre ya está
hablando. Lo que portas de Dios será una señal a este rey”.
Cuando estuvo frente a Acaz, Isaías dijo: “Rey, la alianza
que hicieron el rey de Samaria con los sirios no va a durar.
En sesenta y cinco años, el reinado del norte ya no existirá.
Todo el norte de Israel desaparecerá y la alianza será que-
brada por el poder del Señor”. Mientras pronunciaba estas
palabras, su hijo estaba a su lado. ¡El niño estaba predicando
con el padre! ¡Qué hermoso!

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Dios siempre cuidará a Su pueblo, siempre


habrá un remanente con vida.

“Para que puedas creerme, pídele a Dios una señal. Él te la


dará”, le dijo Isaías al rey. Acaz, en lugar de pedir un mila-
gro, una señal de que el profeta estaba hablando la verdad,
le respondió: “No, no voy a tentar a Dios”. ¿Por qué no le
pidió la señal? Porque ya había hecho una alianza con los
asirios, pero no quería decírselo al profeta. ¿Cómo iba a con-
fesarle que había quitado todo el oro del templo? ¿Cómo
iba a decirle que había hecho alianza con los enemigos?
Acaz prefirió expresar: “De Dios no necesito nada. No voy
a pedirle ninguna señal. No voy a tentar a Dios. Al Señor
hay que tenerle reverencia”. Sin embargo, Isaías, teniendo
la Presencia del Señor, le contestó: “No pediste una señal,
pero esta será la señal que Dios te dará: una virgen tendrá
un niño y ese niño se llamará Emanuel que significa ‘Dios
con nosotros’. Él traerá gobierno a la casa de David y será de
bendición”. Después de anunciarle nada más y nada menos
que el nacimiento del Mesías, Isaías se fue con su hijo.
Después de este hecho, otra vez vino la palabra del Señor al
profeta, y Dios le dijo: “Isaías, toma una madera y escribe:
El enemigo será rápidamente destruido”. Isaías obedeció
y colgó el cartel para que todo el mundo lo leyera, para que
todos supieran que Dios iba a destruir al enemigo de Su
pueblo. Luego, Dios le indicó: “Le pondrás ese nombre a tu

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Capítulo 4 ~ La señal

segundo hijo”. Isaías ahora tendría un “remanente volverá”


y un “Dios destruirá rápidamente a los enemigos”. Nueva-
mente, Isaías fue a ver a Acaz y le anunció: “Rey, antes de
que el hijo que voy a tener, que se llamará ‘Dios destruirá
rápidamente a los enemigos’, aprenda a distinguir y a decir
‘mamá’ y ‘papá’, Dios destruirá la alianza que hicieron los
del norte, destruirá Siria y Asiria también. Pero los asirios te
destruirán a ti y el agua te llegará al cuello. El Señor barre-
rá con los enemigos, pero eso te afectará porque no hiciste
pacto con Dios, sino con ellos”.
Isaías y su esposa tuvieron su segundo hijo y lo llamaron
“Dios destruirá rápidamente a los enemigos”. Aproxima-
damente dos años después, tal como había sido profetizado,
cuando el pequeño empezó a crecer, Asiria atacó a Siria y a
los del norte. Entró a Jerusalén y la destruyó por completo.
Observemos este bosquejo:

En esta trama, tenemos a Isaías predicando con sus dos hi-


jos y con su mujer, una familia dando un mensaje de parte
de Dios.

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Con su primer hijo, Sear-jasub, Isaías dijo: “El remanente


volverá”.
Con su segundo hijo, Maher-salal-hasbaz, él profetizó: “Tus
enemigos serán destruidos rápidamente”.
Frente a la primera profecía que le dio Isaías junto a su hijo,
el rey no quiso pedir una señal, fue por eso que el profeta
dijo: “La señal será que vendrá Emanuel (Dios con noso-
tros)”. El profeta introdujo a Cristo entre un hijo y el otro. Es
decir, entre los dos hijos estaba la venida del Mesías.
Cristo tiene que estar en el medio, en el centro de nuestro
hogar, y nuestros hijos tienen que saber que ellos portan
un mensaje del Cielo para esta Tierra y que, en el medio de
nuestra casa, está Emanuel: Dios con nosotros.
Isaías [Link] “He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová somos por
señales y presagios en Israel, de parte de Jehová de los ejércitos, que
mora en el monte de Sion”.
La familia completa estaba obrando. ¡Tú y tus hijos son se-
ñales de Dios a esta Tierra! Volví a leer la biografía de An-
drew Murray. Este hombre de Dios tuvo ocho hijos y todos
sirvieron al Señor. Todos sus nietos y bisnietos también
sirvieron al Señor. Entonces pensé: “Por un lado, hay un
hombre de Dios cuyos hijos y nietos no quieren relacionar-
se con Dios y, por otro lado, hay otro hombre de Dios que
tuvo ochos hijos y toda su descendencia sirvió al Señor con
gloria y poder. No hubo ni uno solo que se apartara. Las
familias que formaron fueron en Cristo”. El Señor me dijo:

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Capítulo 4 ~ La señal

“Eso es lo próximo que soltaré para todas las familias de


Presencia de Dios”.
¿Cómo hacer entonces para que toda nuestra familia pueda
ser señal de Dios en esta Tierra y juntos experimentemos a
Cristo? Observemos algunos principios que podemos po-
ner en práctica:

Primer principio celestial:


• Contactar al Señor y disfrutar de Él en cada actividad
Ve a Él a cada momento. Si anhelas que tu casa sea llena
de la gloria del Señor, tienes que contactar a Cristo. Él está
dentro de ti, por lo que, en todo momento, puedes decirle:
“Señor, te amo. Eres grande, hermoso y poderoso”. Analice-
mos este pasaje de cuando Dios creó al hombre:
Génesis 1:26-27: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a
nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los
peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la
tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios
al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra
los creó”.
Cuando Dios creó al ser humano, lo hizo a Su imagen. ¿Qué
quiere decir “a Su imagen”? ¿Qué es la imagen de Dios? Por
ejemplo, si tomo una plastilina y hago un león, esa figura
que creé es la imagen de un león. La imagen es la expresión
de algo. Cuando Dios nos creó, lo hizo para que seamos
una expresión de Él. Es decir, que fuimos creados para ser

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la imagen, la expresión de Dios. Si un pintor ve un florero


y lo pinta, esa pintura es la expresión de un florero. Dios
nos creó para que nosotros seamos la foto de Él, para que lo
expresemos a Él. Es interesante que La Palabra dice: “Haga-
mos al hombre a nuestra imagen…” y emplea el plural. ¿Quié-
nes están hablando? El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Sin embargo, después dice: “… y creó al hombre a Su imagen”.
¡Ahora usa el singular! ¿Por qué? Porque ahora está hablan-
do de la imagen del Hijo, ya que Cristo es la imagen del Dios
invisible.
El Dios trino te creó para que expreses a Dios a Su imagen.
¿Y cuál es la imagen de Dios? El Hijo, Cristo. Fuimos crea-
dos para expresar a Cristo; para que, cuando alguien nos
vea, vea a Cristo; para que, cuando hablemos, hable Cristo;
para que, cuando ayudemos, ayude Cristo; para que, don-
de vayamos, vaya Cristo. Es decir, el que nos ve no nos ve a
nosotros, sino que ve a Cristo porque somos la imagen de Él
y lo estamos expresando.

Cristo es la imagen que tú y yo tenemos que expresar.

Ahora bien, ¿qué sucedió luego? Adán y Eva pecaron y, con


el pecado, se perdió la imagen. A partir de entonces, el ser
humano empezó a tomar otras imágenes: la de los padres,
la de la cultura, la imagen propia, la imagen de lo que piensa
y cree. Fuimos creados para expresar la imagen de Cristo,
pero esa imagen se perdió. Ahora, el Espíritu Santo, que

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Capítulo 4 ~ La señal

vive en nosotros, vuelve a traer la imagen de Cristo. Por esa


razón, La Escritura afirma: “Y sabemos que a los que aman a
Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a
su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también
los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su
Hijo“(Romanos 8:28-29). El Espíritu Santo te recordará que
tienes que expresar a Cristo. Debe ser Cristo el que se vea,
el que hable, el que actúe. “Señor, sé Tú, habla Tú, exprésate
Tú, muéstrate Tú”, esa debe ser tu oración para que expreses
la imagen de Cristo.
Adán y Eva empezaron a tener hijos, pero esos hijos no fue-
ron a la imagen de Dios. Observemos este versículo:
Génesis [Link] “Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un
hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre
Set”.
Los hijos fueron a la imagen de Adán, no a la imagen de
Dios. Esos hijos expresaban a su padre Adán, pero ese nun-
ca fue el plan de Dios. Tal vez digas: “Bernardo, mi papá me
abandonó”, pero tú no tienes que expresar a tu papá, sino
a Cristo. O “Mi mamá me pegaba”, pero tú no tienes que
expresar a tu mamá, porque fuiste creado para expresar
al Hijo. Del mismo modo, si dices: “Mi mamá me amó mu-
cho”, debo recordarte que no fuiste hecho para expresar a tu
mamá que te amó, sino para expresar al Hijo. Dios te formó
para que seas la imagen, la expresión de Cristo.
En una oportunidad, queriendo tentar a Jesús, algunos le
preguntaron: “Maestro, ¿hay que pagar o no hay que pagar

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los impuestos?”. El Señor les dijo: “Saquen una moneda”.


Cuando sacaron la moneda, continuó: “Miren la imagen
que está grabada. ¿De quién es esa imagen y la inscrip-
ción?”. “Del César”, respondieron. Entonces, Jesús conclu-
yó: “Den al César lo que es de César, porque Yo soy la ima-
gen de Dios”.
Tú y yo debemos expresar a Cristo. Porque, cuando lo ex-
presamos, cuando lo contactamos, cuando lo buscamos,
Cristo empieza a crecer en nosotros. Observa algo muy
sutil: Moisés se dirigió a la montaña a buscar a Dios. Aba-
jo, al ver que no volvía, el pueblo decidió hacer un becerro
de oro y adorarlo. ¿Por qué hicieron eso? Porque no estaba
Moisés; necesitaban una imagen y se les ocurrió hacer una.
Ellos no expresaban la imagen de Dios, sino la de Moisés y,
como él no estaba presente, adoraron un becerro de oro. Por
eso, cuando Dios estuvo en la montaña con Moisés, le dijo:
“Quédate acá porque, cuando bajes, tendrás que perfeccio-
nar a ese pueblo. Ellos te están siguiendo a ti, aunque crean
que me están siguiendo a Mí”.

Fuimos creado para expresar a Cristo.

Dios te creó para que el Hijo se exprese y, el que te vea, vea


a Cristo. Necesitas buscar Su imagen, experimentarlo, con-
tactarlo y tocarlo a cada momento. Por ejemplo, cuando em-
piezas a buscarlo a Él, lo que esperas es que Él se exprese,
que Él hable. De este modo, Cristo empieza a crecer y sucede

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Capítulo 4 ~ La señal

algo glorioso: cuando comienzas a experimentarlo, toda tu


casa está atada a Él. Quizás, físicamente estás solo pero, al
tocar al Señor, estás atando a Cristo a tus hijos, a tus nietos
y a tus bisnietos.

Donde hay uno que exprese a Cristo, toda su casa queda atada.

Esta revelación la obtuve de Noé. Observa el siguiente


pasaje:
Génesis [Link] “Dijo luego Jehová a Noé: Entra tú y toda tu casa en
el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación”.
Dios no vio justos a los hijos de Noé o a su mujer, lo vio a él.
Y, como lo vio a él buscándolo, adorándolo, expresándolo,
su casa también fue salvada. Quizás pienses: “Pero, Señor,
mi hijo está consumiendo drogas”, y el Señor te dice: “Tú
y tus hijos son uno para Mí y, como tú me has expresado,
me has buscado, me has adorado, ahora toda tu casa será
salvada”. Dios no ve padres, hijos y nietos; cuando el Se-
ñor ve a uno en la familia que está lleno de Él, ese uno une
espiritualmente a todos sus miembros. Ya no les insistas
hablando del Señor a tus hijos, a tus nietos o a tus padres. Lo
que tienes que hacer es buscar a Cristo, tocarlo, amarlo, re-
cuperar Su imagen. Porque donde hay uno que lo busca, ese
uno es autoridad para toda su familia hacia arriba (padres,
abuelos, bisabuelos) y hacia abajo (hijos, nietos, bisnietos).
Cuando Dios hoy te ve buscándolo, ve a una casa que se va a

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subir al arca para salvarse del sistema, del agua del mundo
de esta sociedad que no sabe hacia dónde va. El Señor te
dice: “Yo soy el barco al que tu casa va a entrar”.

Veamos ahora el ejemplo de Sansón…


Antes de que Sansón naciera, un ángel le anunció a su
mamá: “He aquí, concebirás y darás a luz un hijo; desde ahora
no beberás vino ni licor, ni comerás cosa inmunda, porque el niño
será nazareo para Dios desde el seno materno hasta el día de su
muerte” (Jueces 13:7). La mujer estaba llena del Señor y, ¿qué
hizo? Fue a contarle a su marido lo que había ocurrido. El
esposo le dijo: “¿Cómo es eso de que tendrás un hijo que
será un gran hombre de Dios? Yo también quiero ver al án-
gel y que me diga lo que te dijo”. Y el ángel volvió, pero no
fue al encuentro del marido, sino de la mujer, porque Dios
siempre busca a quien más Cristo tiene en una familia. Ese,
el que más Cristo tiene, será quien lleve a toda la familia al
Señor. El ángel le dijo: “Acá estoy de nuevo, ¿me llamaron?”.
La mujer fue a buscar al marido y le anunció: “¡El ángel que
vino el otro día está acá de nuevo!”. Cuando estuvo frente
al ángel, el hombre le preguntó: “¿Qué reglas deberemos
tener con nuestro hijo?”. “Ya le di las instrucciones a tu es-
posa, no coman uvas ni alimentos prohibidos. Además, no
beban vino o bebidas alcohólicas”. La Biblia narra que, lue-
go de conversar con el ángel, la mujer y su esposo se arro-
dillaron y adoraron al Señor. Mujer, si tú buscas expresar
a Cristo, tu marido va a entregarse al Señor. Varón, si tú

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Capítulo 4 ~ La señal

buscas expresar a Cristo, tu esposa, tus hijos, tus nietos y


tus padres también conocerán al Señor. Él se les revelará y
los nivelará.
¡Necesitamos buscar a Cristo cada día disfrutándolo!

Segundo principio celestial


• Mientras lo contactamos y lo disfrutamos cada día, Él
nos va perfeccionando
Poco a poco, mientras disfrutamos de Él, el Señor nos va
perfeccionando, nos va podando, va demoliendo nuestro
yo, para que no quede nada de nosotros y Cristo crezca.
Dios tiene que podar nuestro hablar y nuestra manera de
hacer las cosas y, para eso, nos va restringiendo. Todos los
grandes hombres de Dios fueron perfeccionados y también
todos nosotros seremos perfeccionados. ¿Por qué tú no re-
gañas a los hijos del vecino? Porque no son tus hijos. Con
Dios, sucede lo mismo: Él disciplina a Sus hijos, pero, a los
que no son Sus hijos, no les pone límites. Él nos perfecciona
porque somos Suyos y nos ama. Y nos perfecciona no por-
que hicimos algo malo, sino porque viene algo glorioso. El
problema es que a la carne no le gusta la disciplina.
Hablamos de Adán y Eva y de Noé, de que Dios ve a uno en
ti y tus hijos, en ti y toda tu casa. Ahora veamos qué le dijo a
Abraham, porque Él también ve a uno en ti y tus hijos, en ti y
tu casa y en ti y toda tu descendencia por mil generaciones:

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Génesis 17:7-10: “Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descen-


dencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para
ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a
tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra
de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos. Dijo de
nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu
descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto,
que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de
ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros”.
El primer pacto es contigo y después con ellos, pero nota
que “ellos” ya no son tus hijos, sino tu descendencia en sus
generaciones, lo cual incluye a tus hijos, tus nietos, tus bis-
nietos y todos los que no vas a conocer. ¡Es un pacto perpe-
tuo! ¡Él será tu Dios y el de tu descendencia después de ti!
Ahora Dios ve a uno en ti y en toda tu descendencia. Este
principio lo descubrió Andrew Murray y lo explica en su
libro Cómo criar hijos para Cristo. Y no se trata de teoría, a él le
funcionaron estos principios en la práctica. Por eso, disfruta
al Señor, búscalo a Él y tu casa va a ser una. Cuando Dios te
trate a ti, cuando te vaya perfeccionando, podando, corri-
giendo y disciplinando, sé dócil, sé humilde, permite que te
perfeccione porque, después de tratarte a ti, bendecirá a tu
descendencia. Si no te dejas perfeccionar, nunca serás uno
con toda tu familia.
Te invito a ver cómo el Señor perfeccionó a Abraham. A
sus setenta y cinco años, el Señor le anunció: “Te voy a dar
un hijo”, pero le dio a Isaac veinticinco años después. ¿Por
qué Dios le dijo que le daría un hijo y no se lo dio en nueve

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Capítulo 4 ~ La señal

meses? ¿Por qué tardó tantos años? Porque quería perfec-


cionarlo antes de ser padre. Dios lo estaba perfeccionando
para que fuera el padre de la fe. ¡El Señor tardó veinticinco
años en podar, tratar y perfeccionar a Abraham! Quizás le
preguntas: “Señor, ¿por qué no me das un hijo? ¿Por qué no
viene el trabajo que te pedí? ¿Por qué no llega el milagro?
¿Por qué mi familia no quiere conocerte?”. Y Él te dice: “Te
estoy podando, te estoy tratando a ti. Primero es a ti y des-
pués vendrá tu descendencia”. ¡Y no creas que ya te podó lo
suficiente!
Marcos 9 narra que un padre había llevado a su hijo en-
demoniado con los discípulos. Pero por mucho que ellos
lo intentaron, no pudieron echar fuera al demonio. Jesús
llegó y preguntó: “¿Qué está pasando acá?”. El hombre le
explicó: “Tus discípulos no le pueden sacar los demonios
a mi hijo”. Entonces, el Señor quiso saber: “¿Desde cuándo
le sucede?”. Claramente, Jesús no necesitaba saber desde
cuándo estaba endemoniado el niño, lo que quería era per-
feccionar al padre. “Desde niño está endemoniado”, dijo
el hombre y continuó: “Si puedes, haz algo”. Esas palabras
eran la evidencia de que el padre no creía. ¡Dios está espe-
rando que hablemos para perfeccionarnos! “¿Que si puedo
liberarlo?”, respondió Jesús. El problema no era el hijo, sino
el padre. Él lo había cubierto con incredulidad. El hombre
se dio cuenta y exclamó: “Señor, creo, pero poco. Ayuda mi
incredulidad”. Jesús tuvo que perfeccionar al padre y, cuan-
do lo hizo, el muchacho quedó libre. Primero, perfeccionó
al padre porque, si hay uno perfeccionado, toda la casa será

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liberada. Sé un papá, un hijo, un abuelo que bendiga a toda


su casa y su descendencia.
Mateo 15 habla de la fe de la mujer sirofenicia. La hija de esta
mujer estaba endemoniada, por lo que ella fue hasta Jesús
y le pidió: “¡Señor, ten misericordia, ayúdame!”. Jesús miró
hacia otro lado y no le respondió. Frente a la insistencia de
esa madre, le dijo: “Mira, tengo pan, pero no para los perros
(se los llamaba ‘perros’ a los que no eran judíos)”. La mujer
respondió: “Es verdad, tienes pan para los hijos, pero, cuan-
do los hijos comen, el pan se cae al piso y los perros toman
las migas”. Recién cuando la mujer fue perfeccionada en
su hablar (humildad), Jesús sanó a su hija. Porque ¿de qué
servía una hija sana si la madre no lo estaba? Había que per-
feccionar primero a la mujer para que, luego, su hija fuera
liberada. Quizás le dices: “Señor, toca a mis hijos”, pero Él
te responde: “¿Para qué voy a sanar a tus hijos si después se
van a enfermar contigo?”. El Señor quiere padres perfec-
cionados e hijos liberados. Pídele a Dios: “¡Perfeccióname,
Señor!”.

Tercer principio celestial


• Pedirle la carga cada día para soltarla en nuestra casa
Pidámosle al Señor la carga familiar. ¿Recuerdas la historia
del endemoniado gadareno? Marcos 5 cuenta que el Señor
lo liberó y el hombre quedó vestido, sano, en su juicio cabal.
Cuando Jesús estaba por irse del lugar, el que había estado
endemoniado le rogó que lo dejase ir con Él, pero Jesús le

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Capítulo 4 ~ La señal

contestó: “No, te voy a dar una carga. Ve a tu casa y compar-


te tu testimonio. Relata a los tuyos lo que hice con tu vida”.
El Señor no lo dejó ir de misionero, sino que le dio una carga
para la familia: contar su experiencia. Dios te dará expe-
riencias con Cristo para que Él sea tu testimonio a tus hijos,
a tus padres, al familiar que Él te indique.
Después de tres días sin beber, todo el pueblo estaba que-
jándose porque tenía sed. Llegaron a Mara, pero no pudie-
ron beber porque las aguas eran amargas. ¿Qué hizo Moi-
sés? Oró: “Señor, ¿me das una palabra?”. Le pidió una carga
para esa situación. Y Dios le dijo: “¿Ves ese árbol? Tíralo al
agua”. Moisés arrojó el árbol y las aguas inmediatamente se
endulzaron. Necesitas saber que todo aquel que pide una
carga, siempre tendrá una solución, pero tienes que apren-
der a buscarlo a Él. Dile: “Señor, dame una carga para mi fa-
milia o para alguien desconocido para que la suelte”. Dios te
dará la carga, pero no hará nada hasta que la sueltes, porque
primero trabaja en ti y después en los tuyos. Analicemos
algunos ejemplos: A Elías, Dios le dijo: “Lluvia”. ¿Qué hizo
Elías? Oró por lluvia —porque la carga es que Dios te dice
qué orar— y la lluvia llegó. Pedro y Juan iban caminando,
cuando vieron a un paralítico que hacía años que estaba
allí. Ese día, el Señor le dio a Pedro una carga para él. Le
dijo: “Dile lo siguiente: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo
te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”
(Hechos 3:6). Pedro soltó la carga, habló y el hombre se sanó.
¿Por qué no se sanó antes? Porque la carga no había sido sol-
tada. A veces, oramos: “Señor, bendice a mi familia, cuida

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

a mis hijos, haz la obra”, pero no vemos respuestas. Lo que


tenemos que hacer es pedirle: “Señor, dame una carga es-
pecífica”, y esperar que venga; cuando la tenemos, debemos
soltarla. Recién entonces, Dios obrará. Necesitamos pedirle
que Él nos muestre específicamente el árbol, que nos diga
la palabra “lluvia”, que nos indique a quién invitar a la reu-
nión, a dónde ir a soltar nuestro testimonio. De esta manera,
Dios nos guiará y entonces lo que hagamos funcionará.
Isaías [Link] “Y este será mi pacto con ellos, dijo Jehová: El Espí-
ritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no
faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos, ni de la boca de los
hijos de tus hijos, dijo Jehová, desde ahora y para siempre”.
¿Dónde puso Dios las palabras? En tu boca. Cuando apren-
des a soltar las cargas (la palabra que Dios te da para tu casa
o para los desconocidos, para quien Él te muestre), tus hijos
también empezarán a recibir cargas para soltar. Hay hijos
mudos porque hay padres mudos. Y esto no es para que
nos sintamos culpables, sino para entender que necesita-
mos pedirle al Señor la carga para después soltarla. Cuando
practicamos y aprendemos a soltar una oración, un versícu-
lo, una palabra fresca del Cielo para nuestra casa, a nuestros
hijos y a los hijos de nuestros hijos se les activará también
a ellos la carga. Esto es lo que descubrió Isaías y, por eso,
ministró con su mujer y sus dos hijos. Toda su familia fue
una señal. Isaías dijo: “Mi casa y yo somos una señal para
esta Tierra”.

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Capítulo 4 ~ La señal

Eres una señal para esta Tierra, eres la señal que la gente
está pidiendo. Busca al Señor, disfruta a Cristo y dile a Dios:
“Señor, no quiero ser como Sansón, que fue con la lista de
pedidos y se puso triste cuando las cosas no le funcionaron.
Quiero ser como David, que te amó, que anheló verte, que te
disfrutó. Deseo tener una relación contigo, no me importa
nada más. Quiero que seas mi buen camino, que seas mi
disfrute en el trabajo, en mi casa, en los momentos malos”.
En la cárcel, Pablo dijo: “Yo me gozo por Cristo que vive en
mí. Voy a Él y Él todavía me da motivos para alegrarme”.
No es la cárcel, no es pensar en positivo, es volver a Él y,
mientras lo vamos disfrutando, Él nos hace prósperos. Re-
cordemos que la prosperidad es un camino agradable. Hay
gente que tiene dinero, pero que no es próspera; hay gen-
te que tiene salud, pero que no es próspera. Sin embargo,
cuando tenemos ese camino agradable, todas las cosas em-
piezan a soltarse y el Señor nos va perfeccionando, nos va
podando, nos va tratando. La promesa de Abraham tardó
veinticinco años y, cuando vino, fue gloriosa. Hoy nosotros
somos hijos del pacto de Abraham, porque ese pacto, tal
como afirma Pablo en Gálatas, fue eterno. ¡Su descendencia
fue bendecida! Dile: “Señor, aquí estoy. Pódame, trátame,
perfeccióname”. Y Él te responderá: “Habla, acciona, y Yo te
iré podando para que des cada vez más fruto”.
“El perfeccionamiento duele a veces”, asegura el apóstol Pa-
blo, “pero después da fruto apacible”. Muchos de nuestros
familiares no están todavía en el Señor porque Dios nos
está perfeccionando a nosotros para que crezcamos en Él.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

Y, cuando lo hagamos, todos en nuestra casa, sin importar


donde estén, serán bendecidos. Por ti y por mí, Dios verá a
nuestra casa como a uno y todos entrarán al arca y se sal-
varán en el nombre del Señor. A ti, Dios va a tratarte, va a
perfeccionarte, y te dará cargas, palabras frescas, actos del
Cielo, para ti y para tus seres queridos. Dios va a inspirarte
con una carga celestial, ¡y harás cosas que ni soñaste que
podrías hacer!

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5
Familias gloriosas

Cristo en la familia
Como vimos en el capítulo anterior, luego de que Acaz hizo
una alianza con Asiria, enemigo de Israel, el profeta Isaías
apareció en escena. La Escritura nos muestra a Isaías pre-
dicando con sus dos hijos y su mujer, una familia dando un
mensaje de parte de Dios. Con su primer hijo, Sear-jasub,
Isaías le dijo al rey Acaz: “El remanente volverá”. Con su se-
gundo hijo, Maher-salal-hasbaz, profetizó: “Tus enemigos
serán destruidos rápidamente”. Ahora bien, cuando fue a
ver al rey con su primer hijo, la señal que le dio fue: “Nacerá
Emanuel (Dios con nosotros); pero, cuando fue a anunciarle
que vendría un hijo suyo que se llamaría “Dios destruirá rá-
pidamente a los enemigos”, le dio otra señal: “Viene el Con-
sejero, Admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de
paz”. Es decir, Cristo vendría del Cielo a la Tierra. El Señor
me hizo notar que, entre los dos hijos de Isaías, está Cristo y,
fuera de los hijos, también está Cristo.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

Necesitamos involucrar a Cristo en nuestra familia. Es im-


pactante que Isaías haya ido con toda su familia a darle el
primer mensaje al rey. Aquel fue un mensaje familiar. A
toda la familia se le reveló que Emanuel nacería de una vir-
gen, Dios con nosotros, y que sería Consejero, Dios fuerte,
Padre eterno y Príncipe de paz.
Isaías [Link] “He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová somos por
señales y presagios en Israel, de parte de Jehová de los ejércitos, que
mora en el monte de Sion”.
Tus hijos, tus padres, tus abuelos, tus tíos y toda tu casa son
una señal de Dios, del Cielo, para esta Tierra. Todos en tu
familia, incluidos primos, tíos políticos, sobrinos, yernos y
nueras, serán bendecidos en el nombre poderoso del Señor.
Génesis [Link] “Dijo luego Jehová a Noé: Entra tú y toda tu casa en
el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación”.

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Capítulo 5 ~ Familias gloriosas

A Noé, Dios le dijo: “Noé, te vi y, porque eres justo, porque


me buscaste, porque tuviste intimidad conmigo, toda tu
casa será salvada”. Es decir, Dios vio a uno y bendijo al resto.
Cuando hay uno en la casa que ama a Dios, todo el resto se
salvará del diluvio. Tenemos que levantarnos y ser ese Noé
que busque intimidad con el Señor, porque Él nos dirá: “Te
vi, así que tu hijo que está en las drogas, tu hijo que está en
la cárcel, también se va a salvar”. Tú y tu casa, todos serán
salvos, porque cuando hay una persona llena de Dios, el
Señor ya no ve uno, sino una casa, un ramillete, y toda esa
familia entrará a Cristo.
“A ti he visto justo delante de mí”, dijo el Señor. “A ti”, a Noé,
no a la mujer, no a los hijos, no a las nueras. Y, como lo vio
a él, se salvaron todos. Cada uno tiene que recibir a Cris-
to como Salvador, porque recibir a Cristo es algo personal,
pero cuando hay uno que ama a Dios, ese uno unió espiri-
tualmente a toda la familia. Y, cuando Dios ve a ese uno, vea
a toda la casa. Y, cuando hay uno que sí lo busca, todos los
demás volverán a la casa del Padre.
Dios lo llamó a Abraham y, años después, le dijo: “Abra-
ham, te voy a dar más bendición. A Noé le dije que iba a ben-
decirlo a él y a sus hijos, pero a ti te voy añadir algo más: voy
a bendecirte a ti y a tus generaciones por mil generaciones”.
Cuando uno en la familia busca a Dios, Él no ve a uno, sino
a ese uno y a sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y a los
que nunca veremos acá porque estaremos en la eternidad,
y todos serán grandemente bendecidos.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

El perfeccionamiento de Samuel
Desde pequeño, Samuel vivió en el Tabernáculo. La mamá
lo había ofrendado a Dios para que fuera sacerdote. El niño
dormía junto al Arca del Pacto, al lado de la Presencia de
Dios. El sacerdote que estaba allí se llamaba Elí y él tenía
que perfeccionar a Samuel. Lo cierto es que Elí no buscaba
a Dios, no tenía palabra fresca, pero sí tenía experiencia,
porque de joven sí había amado a Dios.
1 Samuel [Link] “El joven Samuel ministraba a Jehová en presencia
de Elí; y la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había
visión con frecuencia”.
Samuel tenía unos ocho años y ministraba a Jehová en pre-
sencia de Elí. ¿Por qué lo hacía en su presencia? Porque el
sacerdote Elí lo perfeccionaba. “Niño, el aceite se coloca
así… Para encender el candelero, primero tienes que cor-
tar la mecha de esta manera… Espera, no te vayas al Lugar
Santo, primero hay que hacer el Altar… Al fuego hay que
prenderlo así”. Elí lo estaba perfeccionando y Samuel termi-
nó siendo un gran profeta de Dios.
En una ocasión, cuando ya era grande, un hombre que ha-
bía perdido sus asnas fue a buscar al profeta para que lo
ayudara a encontrarlas. Samuel le dijo exactamente dónde
estaban, porque Dios se lo había mostrado. Él tenía un oído
muy afinado para escuchar al Señor. ¿Por qué? Porque había
sido perfeccionado. Del mismo modo, Dios te está tratando
a ti, te está podando, te está quitando y te está añadiendo.
Y sí, el perfeccionamiento duele porque Él te empezará a

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Capítulo 5 ~ Familias gloriosas

restringir. Hoy quiero compartirte cómo fui perfeccionado


por Dios:
Tenía unos veinte años y estaba de novio con la pastora Ale-
jandra. Un día, me llamaron de esta iglesia para trabajar
como seminarista con los jóvenes. El pastor me pidió traba-
jar full time como asistente en la iglesia. Estaba feliz porque,
aunque no tenía dinero y ni siquiera me había recibido, te-
nía la oportunidad de servir al Señor. Recuerdo muy bien
el primer día. Me tenía que presentar a las nueve en punto.
Eran nueve menos cuarto y el colectivo no llegaba. Como
no quería llegar tarde, a pesar de que costaba una fortuna,
decidí tomar un taxi. Una vez en la iglesia, el pastor me pre-
guntó: “¿Sabes escribir a máquina?” y sacó una hoja para
que se la copiara. En esa época no había computadora y,
como no sabía escribir a máquina, tardé un montón en lle-
varle la copia. Cuando le entregué la hoja, la miró y me dijo:
“Bernardo, esto está fuera de línea. Hazlo de nuevo y no
uses corrector”. Rompió la hoja y la tiró a la basura. Volví a
la máquina de escribir. Dos horas después, regresé con otra
copia y se la entregué. “Bernardo, fíjate que acá no dejaste
espacio. Vuélvelo a hacer”, me pidió. Una vez más, regresé y
copié la página. Volví y se la di. “Mira, no escribiste el título
en mayúsculas. Hazlo de vuelta”. Ese fue mi primer día,
desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde
estuve copiando una carilla, pero, finalmente, logré hacerlo
bien. El pastor miró la hoja y me comentó: “¡Está perfecto,
Bernardo!”. Luego, rompió la hoja y concluyó: “Ya te puedes
retirar”. Después de la iglesia, me encontré con Alejandra

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

en el seminario. “¿Cómo te fue en la iglesia?”, me preguntó.


“¡El pastor es un loco!”, le respondí, pero seguí adelante.
En otra oportunidad, como el pastor era profesor y yo esta-
ba cursando, nos mandó a preparar un trabajo. Cuando me
lo entregó corregido, vi que, en la parte superior de la hoja,
había escrito: “Tú puedes más”. Al momento de revisar las
monografías, noté que todos mis compañeros tenían una
nota, así que le comenté: “Profesor, yo no tengo una nota.
A mí me puso un “tú puedes más”. ¿Me podría dar una
nota?”. “Esa es la nota”, me respondió, “no te voy a poner
un número”. Me estaba perfeccionando. A esta altura, ya
escribí ciento ochenta libros que se tradujeron a veinticin-
co idiomas y todo empezó así: con una copia en máquina
de escribir que me rompieron varias veces. Es decir, con
un perfeccionamiento. A nadie le gusta ser perfeccionado.
El perfeccionamiento nos causa dolor y bronca, pero, si el
alma muere, Cristo crece y nos lleva a dimensiones gran-
des. ¡Señor, perfecciónanos!
A Samuel, Elí le decía: “Haz esto de esta manera… lo pusis-
te mal, ponlo así… esto está mal, hazlo de nuevo”. Y así lo
fue perfeccionando. La Palabra dice que Samuel ministraba
a Jehová. Es decir, que Elí le enseñó que no tenía que pedir,
sino adorar a Dios, ministrar al Señor. David también sabía
esto, por eso escribió: “Entrad por sus puertas con acción de
gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nom-
bre” (Salmo 100:4). Cuando estás en la iglesia con los brazos
cruzados, no estás ministrando a Dios. Y si tú no lo haces,
Él no podrá hacerlo contigo. Para que Dios venga a tu vida,

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Capítulo 5 ~ Familias gloriosas

primero tú tienes que ir a la de Él y decirle: “Señor, eres


grande, hermoso, poderoso. Hoy vine a verte para decirte
que no hay bien para mí fuera de Ti”.

Cuando ministramos al Señor, Él baja a ministrarnos a nosotros.

Esto es lo que aprendió Samuel a los ocho o nueve años.


“Samuel”, le explicó Elí, “no vayas con tu lista de pedidos,
concéntrate en ministrar al Señor”. No tienes que decir: “Se-
ñor, ¿por qué me sucede esto?”, sino: “Señor, aquí estoy, vine
a adorarte”. Entonces, Dios te anunciará: “Ahora te voy a
ministrar”. Tal vez pienses: “Pero, ¿eso no es legalismo?”.
¿Cómo sabes si es legalismo o no es legalismo tener intimi-
dad? Es muy sencillo: si lo haces como una tarea, es lega-
lismo; si lo haces porque amas al Señor, es intimidad. Si lo
haces porque hay que hacerlo, es religión; si le dices: “Señor,
vine porque Te amo, pero Tú me amaste primero”, eso es
intimidad, eso es relación.
Samuel ministraba al Señor. Dios aún no le había hablado,
no había escuchado Su voz, no había recibido una carga, no
había tenido una visión. Sin embargo, el pequeño minis-
traba al Señor. Y en una ocasión, mientras Samuel dormía,
Dios lo llamó: “¡Samuel!”. El niño pensó que era Elí quien lo
llamaba, por lo que fue a su habitación y le dijo: “Aquí estoy,
sacerdote”. Elí lo miró y le dijo: “Yo no te llamé. Ve a dormir”.
Samuel volvió a acostarse. Al tiempo, escuchó nuevamente:
“¡Samuel!”. Una vez más, se levantó y fue a ver a Elí, quien

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le repitió que no lo había llamado. Por tercera vez, Dios dijo:


“¡Samuel!” y el pequeño fue a Elí: “Sacerdote, ¿me llamó?”.
La voz de Dios es parecida a la nuestra, suena de manera si-
milar, por eso Samuel creyó que era Elí quien lo llamaba. Elí
entendió lo que estaba sucediendo, y le respondió: “Samuel,
cuando vuelvas a escuchar tu nombre, di: ‘Señor, habla que
tu siervo oye’”. Elí no estaba en Dios, pero tenía experien-
cia y estaba perfeccionando al niño para oír la carga, la voz
de Dios. Por tercera vez, el Señor dijo: “¡Samuel!”, y él res-
pondió: “Habla, Señor, que tu siervo oye”. Fue entonces que
Dios le dijo: “Esto es lo que sucederá: Elí saldrá de escena
y tú vas a crecer. Voy a bendecir a Mi pueblo”. ¡A los ocho
años, ya había aprendido a oír la voz de Dios!

Cómo oír la carga


La voz de Dios, como ya expliqué, es la carga. ¿Por qué la
llamamos así? Porque en hebreo el término “palabra” quie-
re decir “carga”. Cuando Dios te habla, te da una carga de
gloria que puja por salir. Y Samuel, aún niño, fue perfeccio-
nado para oír la carga. ¡Oír la voz de Dios fue lo primero que
él aprendió!
¿Cómo podemos oír la carga? Veamos algunas ideas
prácticas:
a. Aprender a cerrar la noche
Que la última voz antes de cerrar los ojos sea para Él, por-
que Dios te va a hablar de noche. Hay cargas que vienen

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Capítulo 5 ~ Familias gloriosas

durante el día y hay cargas que vendrán mientras duermes.


Por eso, que lo último no sea el noticiero, el celular, un mail
o una serie. Tu última voz tiene que ser: “Señor, acá estoy.
Minístrame, lléname, háblame”. Nuestro espíritu está des-
pierto y el Señor trabaja en este sin que nuestra mente lo
sepa. David conocía este secreto, por eso dijo: “He aquí, no
se adormecerá ni dormirá El que guarda a Israel” (Salmo 121:4).
¿Cómo lo aprendió? Porque Dios le hablaba a la noche. Dios
puede tratarnos a la noche sin que nuestro cerebro se ente-
re. Recién al otro día tu mente se dará cuenta y preguntará:
“¿Qué pasó aquí? ¿De dónde salió esto?”. Y el Señor te dirá:
“Lo puse Yo a la noche porque cerraste el día mirándome
a Mí”.

b. Disfrutarlo a Él en silencio
Hay momentos en los que estamos cantando y el Señor nos
dice: “Cállate”. Benny Hinn dijo: “Hay un silencio que se
produce porque estás vacío de palabras y hay un silencio
que se produce porque estás lleno de la Presencia”. Cuando
estás lleno del Señor, calla toda la Tierra delante de ti, no
hay palabras, porque el silencio es la voz que te envuelve
y te hace quedar callado. Practica permanecer en silencio
delante del Señor. Salomón dijo: “Sean pocas tus palabras de-
lante de Dios. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure
a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo,
y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras” (Ecle-
siastés 5:2). Isaías, por su parte, afirma: “[...] los que esperan a

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Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas;


correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías
40:31). ¿Y cuánto tiempo hay que estar en silencio? Un minu-
to, cinco minutos, media hora, una hora… ¡lo que Él te diga!
El tiempo no importa. Puedes escuchar un instrumental y
disfrutar; si estás en tu trabajo, con los ojos abiertos o cerra-
dos, lo puedes invocar y, luego, permanecer en silencio.
En una oportunidad, David le preguntó a Dios: “Señor, ¿va-
mos a atacar a los filisteos o no?”. Dios le respondió: “Cuan-
do escuches que las hojas de los árboles se mueven, ve y
rodéalos”. ¿Te imaginas lo que habrá sido estar pidiéndoles
a los soldados que se callen para poder escuchar el ruido de
las hojas? ¿Por qué Dios le hizo eso a David? Para que apren-
diera a estar en silencio.

c. Responderle a Él
Tenemos que aprender a responderle a Dios. Eso fue lo
que Elí le enseñó a Samuel. “Cuando escuches tu nombre,
respóndele: Habla, Señor, que tu siervo oye”, le dijo. Ahora
bien, ¿por qué Dios no le dijo: “Samuel, quiero darte una
palabra”? ¿Por qué lo llamó: “¡Samuel!” y esperó? ¿Qué era
lo que Dios esperaba? La respuesta. Recién cuando Samuel
le dijo: “Habla, Señor”, Dios le habló. Cuando Dios te hable,
cuando te dé una palabra, cuando te impacte, cuando te
llame, respóndele: “Acá estoy, Señor”; o, como dijo Isaías:
“Heme aquí, envíame a mí”. No le digas: “Ok”, dile: “Acá es-
toy, Señor. Cuenta conmigo para lo que sea. Habla, yo estoy

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Capítulo 5 ~ Familias gloriosas

dispuesto a ir a las naciones, a obedecerte”. Cuando Él te ha-


ble, o cuando leas una palabra que te impacte, abre tu boca
y dile: “Habla, Señor, que tu siervo oye”. ¿Por qué tuvimos
un George Müller? Porque, cuando Dios le habló, él le res-
pondió y le dijo: “Acá estoy”. ¿Por qué tuvimos una Kathryn
Kuhlman, un Benny Hinn y todos los grandes hombres de
Dios? Porque Dios les habló y ellos respondieron. Nunca te
quedes en silencio. Cuando Dios te llame, cuando te hable,
respóndele. Claro que hay momentos en los que tienes que
hacer silencio, pero hay otros momentos en los que tienes
que responderle: “Acá estoy, Señor”.

d. Preguntarle a Él
Hazle preguntas a Dios, pero no preguntas como: “¿Por qué
me pasa esto?”, o “¿Cuánto tiempo más tengo que tolerar a
mi compañero de trabajo?”. Hazle preguntas grandes, del
espíritu, como: “Señor, ¿cómo vas a obrar?”, “¿Cómo vas a
hacer, Espíritu Santo, para que de cinco que somos en el
equipo seamos quinientos?”, “¿En qué estás tratándome,
Señor?” o “¿Qué tendría que suceder para que tenga más
aumento de Cristo, Señor?”.
Jacob era un hombre que amaba a Dios. Él le preguntaba
todo. Hacía Altar y le preguntaba a Él, pero solo lo que Dios
le decía que preguntara, es decir, hacía preguntas grandes.
Sin embargo, un día, vinieron los hijos y le dijeron: “Papá,
a José se lo comió un animal, está muerto”. En esa ocasión,
Jacob aceptó lo que le contaron y no le preguntó a Dios qué

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tenía que hacer, cómo iba a seguir ahora que su hijo estaba
muerto. Solo aceptó y lloró. Pero José estaba vivo y, después
de trece años, cuando era ministro de Economía, mandó a
llamar al padre. Los hermanos le dijeron: “Papá, ¡José vive
y quiere que vayas a verlo!”. ¿Sabes qué hizo Jacob? Dijo:
“Le voy a preguntar a Dios”. Entonces fue, mató un ani-
mal y dijo: “Señor, ¿voy o no voy?”. Y Dios le dijo que fuera.
Si cuando le dijeron que José había muerto, Jacob hubiese
consultado con el Señor, probablemente Dios le habría di-
cho: “No está muerto, lo estoy tratando. Pronto lo volverás
a ver”. ¡Atrévete en el espíritu a hacerle preguntas al Señor!

e. Tener experiencias nuevas con Él


Tenemos que construir memorias divinas. ¿Qué es una me-
moria divina? Es un recuerdo del espíritu. Ora con tus hijos,
con tus padres, con tus hermanos, con tu pareja y construye
una memoria divina de que en tu casa oraban todos jun-
tos. Corrie ten Boom contó: “Antes de morir, todas las no-
ches papá iba a la cama y orábamos juntos. Ese era el cierre
del día: papá orando por mí en la cama”. Corrie recordaba
esos momentos, tenía una memoria divina, una memoria
espiritual. Otro ejemplo puede ser hablar con hombres de
Dios y que tu familia esté presente, que tus hijos escuchen,
aunque no comprendan. Yo he vivido eso de pequeño en
el colectivo 86. Cuando regresábamos a casa después de la
reunión, tomábamos el colectivo 86 y siempre subía junto
a nosotros el pastor de la iglesia, un gran hombre de Dios.

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Capítulo 5 ~ Familias gloriosas

Mi papá se sentaba a su lado y yo delante o detrás de ellos,


o me quedaba parado. Recuerdo que mi papá le pregunta-
ba cosas de La Biblia. Él era un hombre que no paraba de
hablar, pero, en esos momentos, escuchaba en silencio. Y
yo veía cómo el pastor lo perfeccionaba. Yo crecí con eso.
Que tus hijos te vean hablando del Señor, que crezcan con
memorias divinas. Y no me refiero a memorias del alma,
como el beso de las buenas noches o lo lindo que eran las
vacaciones, sino de memorias espirituales, de orar, adorar
y cantar en familia. Lleva a tus hijos a la iglesia desde que
son pequeños; apenas aprendan a hablar, como dijo Susan
Wesley, enséñales a orar. Cuando yo era chico, tampoco
quería ir a la iglesia, pero me llevaban de todas maneras.
En una oportunidad, un señor que estaba a mi lado, cuando
me vio llorar, me preguntó: “¿Qué te pasa?”. En voz muy
baja, para que no escuchara mi papá, le contesté: “Me quiero
ir”. El viejito me dijo: “El domingo que viene te voy a traer
unos regalos”. El domingo siguiente me trajo una radio. Es-
taba rota, pero yo quedé fascinado. ¡Tuve ganas de ir siem-
pre! A partir de entonces, todos los domingos me llevaba
algo: lámparas, transistores de televisor blanco y negro,
alambre. Mis padres no me enseñaron, como a Samuel, a
tener intimidad, pero esos regalos me atrajeron. Si tus hijos
o tu pareja no quieren asistir a la iglesia, no te quedes con
ellos para guardar la paz en casa y pasar tiempo en fami-
lia. Seguramente, te terminarás apartando. Mantente firme
porque eres luz. Esto no significa imponerse, sino crear una
memoria espiritual: “Mamá se iba a la reunión con alegría”.

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Experiencias en familia
Andrew Murray dijo: “No le enseñes a tu hijo que, si se por-
ta bien, le va a ir bien, porque el día que se porte bien y le
vaya mal, tendrá un cortocircuito. No le digas que, si se por-
ta bien, le va a ir bien, mejor enséñale que el bien es Cristo y
que siempre tiene que buscar el bien, que es una persona”.
Cuando yo era chico, mi papá iba a evangelizar al puerto. Yo
no quería ir con él, pero ocurrió que empecé a juntar cajitas
de fósforos. Mi papá me dijo: “Ven que voy a pedir cajitas de
fósforos”. Así fue como comencé a ir con él todos los domin-
gos a las dos de la tarde. Recuerdo que subíamos a los bar-
cos y él hablaba con los marineros. “¿Vamos a la iglesia?”, les
preguntaba, pero ellos respondían: “No, nos vamos para el
cabaret”. Papá insistía, “Bueno, vamos al cabaret, pero pri-
mero vamos a la iglesia”. “Papá, las cajitas”, le recordaba yo,
y él pedía cajitas de fósforos. Después empecé a juntar mo-
nedas y, más adelante, estampillas, marquillas y boletos ca-
picúas. Recuerdo esperar la hora de que llegara el domingo
para ir al puerto con papá. Y desde allí, nos íbamos con los
marineros a la iglesia griega en colectivo. Al llegar, nadie
comprendía lo que sucedía. Después de recibir La Palabra,
les decía: “¿Quieren venir a mi casa?”. Mamá preparaba café
y servía masitas y papá les hablaba del Señor. Todos estos
recuerdos que estoy volcando en este libro son una memo-
ria divina que tengo al haber vivido esa experiencia espiri-
tual. ¡Haz que también tu casa sea una fábrica de recuerdos
divinos! Compárteles a los tuyos las experiencias que vives
con el Señor, lo que aprendes de Él, canta con tus padres,

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Capítulo 5 ~ Familias gloriosas

tráelos al cuerpo, regálales la biografía de George Müller o


de Corrie ten Boom, enséñales que Él es el bien. No importa
si no son cristianos o si están apartados, pídele al Señor que
te muestre cómo hacerlo y fluye. Tú y tu casa serán salvos
porque, por ti, que amas al Señor, Dios los ve como uno.
Cuando compartimos cómo Dios nos ha tratado, cuando
contamos nuestro testimonio y narramos una experiencia,
el mensaje impacta. No es lo mismo que dar un ejemplo
o contar una historia inventada. Andrew Murray escribió
doscientos cuarenta libros y toda su descendencia estuvo,
y está, en el Señor. Por eso, me dediqué a investigar y pen-
sé: “Este es un hombre que me va a perfeccionar”. Encon-
tré que publicaron las cartas que les escribió a sus hijos.
En una de estas, él le escribe a una de sus hijas (que vivía
en Holanda) sobre la muerte de su hermanito. Murray, un
papá que acababa de perder a un hijo, estaba ministrando
a su otra hija que vivía lejos. Cuando la leí, quedé impac-
tado. La carta era breve y decía así: “1 de marzo de 1885.
Hija, lo entregamos una vez a su Dios en el pacto y, desde
entonces, lo entregamos mil veces. Ahora lo entregamos
amorosamente a Aquel que lo guardará para Sí mismo y
también para nosotros”. Solo un hombre de Dios lleno de
Cristo puede escribir algo así, por eso sus generaciones han
sido bendecidas.
Dios te dará experiencias hermosas que ministrarán a toda
tu casa, porque toda tu casa servirá al Señor.

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Éxodo [Link] “Y cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo:


¿Qué es esto?, le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto,
de casa de servidumbre [...]”.
Dios les dijo a las familias: “Los voy a sacar de Egipto. Jún-
tense a la noche en la casa y coman el cordero, uno por fa-
milia, todos sus miembros”. Cuando La Biblia habla de “fa-
milia” hace referencia a, por lo menos, setenta personas.
Primos, tíos, cuñados, nueras, yernos, etc. Todos tenían que
comer el cordero. El Señor les explicó: “Tienen que rociar la
puerta de la casa con la sangre del cordero y luego juntarse a
comerlo. Cuando venga el ángel de la muerte para matar al
primogénito, al ver la sangre de la salvación, seguirá de lar-
go. Harán esto una vez por año y, cuando tu hijo te pregun-
te: ‘¿Qué es eso?’, le contarás tu experiencia”. Respecto a este
texto, Andrew Murray dijo: “Vivirás experiencias que van a
despertar la búsqueda de tu familia. Hay experiencias que
son una carga del Cielo, que no las viviste solamente para
ser perfeccionado, sino para que el resto de tu familia, al ver
u oír tu experiencia, diga: ‘¿Y eso qué es?’. Y cuando te pre-
gunten, tienes que saber que están a minutos de volver a la
casa del Señor”. Cuando tu pareja, tu nieto o tu padre te pre-
gunte: “¿Qué es este libro?”, respóndele: “¿Sabes lo que me
pasó con este libro?” y cuéntale tu experiencia de acuerdo a
lo que el Señor te muestre. Deja que Dios te guíe, no trates de
convencer, no sermonees, no insistas, no repitas. Busca del
Señor y ellos van a venir porque van a ver luz, y la luz, que
es Cristo, no puede esconderse. Aunque tu hijo sea como el
hijo pródigo, aunque ande en caminos equivocados, dile:

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Capítulo 5 ~ Familias gloriosas

“Disfruta esa vida que estás llevando, en poco tiempo esta-


rás en la casa del Padre porque yo te até al Reino de Dios y
no puedes escapar de Él”.
Andrew Murray enseña que a los hijos grandes debemos
decirles: “Hijo, quiero proponerte que hagamos un pacto:
Dios va a ser nuestro Dios porque yo te entregué a Él”. Bus-
ca a tu hijo y dile: “Quiero que hagamos un pacto. Yo ya te
entregué a Dios y Él va a hacer algo maravilloso en tu vida.
No pasará ni una semana y lo verás. Verás el amor de Dios
cuidándote y, cuando el Señor te lo diga, llámame, así hace-
mos el pacto”. ¡Recibe esta palabra y dísela a tu hijo así, tal
como te la estoy soltando!
Isaías [Link] “Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se
multiplicará la paz de tus hijos”.
Pídele a Dios experiencias nuevas y frescas que tengan una
carga para compartirle a tu familia. Cuando la sueltes, Dios
hará la obra.
Jacob dio por muerto a su hijo. En cambio, el papá del hijo
pródigo no lo dio por muerto, sino que lo siguió esperan-
do. Muchas veces, damos por muertos a ciertos familiares
apartados o que no quieren escuchar nada de Dios. Deci-
mos: “Bueno, ya está, ya hice todo lo que podía hacer”. ¡No
lo des por muerto! Hoy el Señor te dice: “Vuelve a pararte en
la puerta de la casa del Padre y estate atento, porque toda tu
casa volverá al Señor”. Y, por favor, pídele a Dios la alegría
de disfrutarlo. Que tus hijos crezcan viéndote reír, gozarte
y divertirte en Él, para que no crean que la diversión está

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afuera. La verdad es que afuera está el dolor porque el gozo


solo está en el Señor. Billy Graham dijo: “Una cosa aprendí:
mis hijos se olvidarán de los sermones, se olvidarán de mu-
chas cosas, pero nunca se olvidarán del gozo y de la alegría
que había en casa por amar al Señor”. Que cuando escriban
sus memorias, tus hijos digan: “En casa se amaba al Señor,
en casa había alegría por el Señor”. ¡Las experiencias te van
a alcanzar!

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6
Abrir el tesoro

Las cargas de Isaías


Mientras estaba escribiendo este capítulo, leí desde el Ca-
pítulo 11 hasta el 22 y descubrí que, a lo largo de todo el
relato, lo único que hizo Isaías fue soltar la carga. La carga
—como mencionamos en los demás capítulos— es la voz
de Dios. Cuando Él te da una palabra, esta tiene un peso de
gloria, por eso se la llama carga. En hebreo, carga es massá y
significa, justamente, “palabra, profecía”. Dios le dio cargas
a Isaías y, por esa razón, lo vemos profetizando para Babi-
lonia, para Moab y para Edom.
En el siguiente cuadro, vemos que Isaías les soltó una pala-
bra a varios países limítrofes y lejanos:

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Desde el Capítulo 10, Isaías suelta la palabra y una sobrecar-


ga de carga. Esto mismo es lo que el Señor hará con no-
sotros. Él nos dará palabra para los niños, para los vecinos,
para los amigos, para los desconocidos, para los hermanos
y para todo el mundo.
¿Por qué Dios le dio a Isaías tanta carga, tanta palabra, tanta
vida, para soltarle a todos? En el Capítulo 22 encontré una
historia escondida que nos da la respuesta. Veamos:
Isaías 22:15-16: “Jehová de los ejércitos dice así: Ve, entra a este
tesorero, a Sebna el mayordomo, y dile: ¿Qué tienes tú aquí, o a
quién tienes aquí, que labraste aquí sepulcro para ti, como el que
en lugar alto labra su sepultura, o el que esculpe para sí morada
en una peña?”.
El relato habla de un mayordomo que se llamaba Sebna. El
nombre Sebna quiere decir “joven, inmaduro”. Este hombre
era el tesorero del rey, quien tenía la llave de sus tesoros.
Pero Sebna, por ser joven e inmaduro, se enorgulleció y

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Capítulo 6 ~ Abrir el tesoro

empezó a construirse una tumba extraordinaria en Israel.


Esta fue la razón por la que Isaías, enojado, le reprochó: “¿Te
estás haciendo una tumba como si fueras un rey? ¿Quién
piensas que eres? Debes saber que esto es en vano; pronto
nos atacarán y nos llevarán a todos al exilio, y allí morire-
mos. Sebna, hoy el Señor te saca de escena y pondrá a otra
persona en tu lugar”. Este joven representa el yo, nuestra
carne, que no puede administrar las cosas de Dios ni mane-
jar los tesoros del Cielo.
Isaías 22:20-23: “En aquel día llamaré a mi siervo Eliaquim hijo
de Hilcías, y lo vestiré de tus vestiduras, y lo ceñiré de tu talabarte,
y entregaré en sus manos tu potestad; y será padre al morador de
Jerusalén, y a la casa de Judá. Y pondré la llave de la casa de David
sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá.
Y lo hincaré como clavo en lugar firme; y será por asiento de honra
a la casa de su padre”.
Prontamente, Sebna sería reemplazado por “Eliaquim” que
quiere decir “Dios establece”. ¡Eliaquim somos tú y yo! A
él, Dios le daría la llave de David. Sebna representa la carne
y Eliaquim, a nosotros en Cristo. La Palabra afirma que
Isaías no le puso la llave en el bolsillo, sino en el hombro.
Se trataba de una llave de gran tamaño, pesada, dado que
el tesoro era grande: ¡era del tesoro del Cielo! A ti y a mí, el
Señor también nos dará la llave de los tesoros de La Palabra
de Dios. Cuando este tesoro sea abierto, las cargas de Dios
saldrán y, cuando lo cerremos, así permanecerá. Dios nos
dará la llave de Su voz para la Tierra.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

¿Qué representaba esta llave? La intimidad, la comunión


y la oración con Cristo, la cual abre los tesoros de Dios: las
cargas, las palabras, para soltarles a tus hijos, a tus padres,
a tus abuelos y a quien el Señor te indique. ¿Qué tenía Isaías
que soltaba tanta palabra? La llave: la intimidad, la oración.

La llave de David es la intimidad con el Señor.

Cuando tienes intimidad, Dios te dice: “Acá está el tesoro,


ábrelo y extrae todas las palabras que quieras. Luego, el
versículo 23 asegura que Dios nos hará como clavos. ¿Y por
qué clavos? En la antigüedad, no había alacenas o despen-
sas. La gente colocaba un clavo en el interior de la casa para
colgar allí sus utensilios. Lo que el Señor está enseñándonos
es que nos hará clavos y colgará en nosotros tazas y tazones.
¿Sabes qué representan esas tazas? A la gente. Habrá gente
que se colgará de ti porque eres un clavo bien puesto que
sostiene a tus hijos, a tus padres y a toda tu familia. El que
tiene el tesoro puede administrar las tazas y llenarlas de La
Palabra del Señor.
Cuando estás en Cristo, eres un clavo para Dios donde Él
colgará a tus hijos, a tu pareja, a tus padres, a tus amigos.
Eres un clavo fuerte y tienes la llave de David, la intimidad,
en tu hombro para que todos la vean.

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Capítulo 6 ~ Abrir el tesoro

A partir de ahora, comenzaremos a usar esta llave y abri-


remos el tesoro. Pero antes, desterremos algunos mitos de
la oración.

Mitos de la oración
a. La oración no es una tarea ni un ritual que tenemos que
realizar
“¡No comas todavía! ¡Hay que orar por la comida! Padre
nuestro, gracias por los alimentos. Amén. ¡Ahora sí pode-
mos empezar!”. Orar así es una tarea, un ritual, y eso no es
la llave.
b. La oración no es un monólogo insistente con el objetivo
de convencer a Dios
La intimidad no consiste en llorar y decir: “Señor, por favor,
te ruego que hagas algo”; tampoco en ayunar y desfallecer
de hambre. La oración no consiste en torcerle el brazo a Dios
mediante un monólogo de convencimiento ni de unir fuer-
zas para persuadirlo. Por ejemplo: “Hagamos una cadena
de oración. Cada uno va a orar por su cuenta y así, orando
todos juntos, convenceremos a Dios para que sane a esta
persona que está muy grave”. ¿Oraste así alguna vez? ¡Eso
no es la llave! Intimidad tampoco se trata de “ponerle fe a
la oración”. Muchos dicen: “¡Tienes que orar con fe!”. Eso es
como decirle a Dios: “Yo tengo fe, así que tienes que darme
lo que te pedí”. Que tengas fe no lo obliga a hacer lo que le
pediste. Entonces, intimidad no es llorar ni hacer ayunos,

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

peregrinaciones o esfuerzos para convencer a Dios, para


insistir y moverle Su brazo.
c. La oración no es pedirle a Dios que Él nos dé nuestros
deseos
No se trata de decir: “Señor, te pido un auto”, “Señor, que
mañana no haga frío. Vamos a orar para que mañana el día
esté lindo”, “Dios, dame un trabajo que me guste”. No es
recitar una lista de deseos, de pedidos, como si fuera una
carta a Papá Noel. La gran mayoría de nuestras oraciones se
concentran en pedirle cosas a Dios, aunque se trate de algo
bueno, como “Señor, protege a mis hijos”, “Señor, dale un
buen trabajo a mi esposo”, “Señor, dame una pareja”, etc. De
chico, me enseñaron que orar era hablar con Dios. Entonces,
yo le pedía cosas que a veces me daba y a veces, no. Sin em-
bargo, orar no es pedirle nuestros deseos al Señor. El 99 %
de los creyentes creen que orar es decirle a Dios los deseos
de su corazón y, cuando Él no los cumple, se preguntan:
“¿Por qué me dio esto y esto otro no me lo dio?”. Tenemos
que saber que esa no es la llave.
Entonces, ¿cómo funciona la llave para abrir los tesoros del
Señor?
La llave —la oración, la intimidad— es una relación de amis-
tad. Muchos dicen: “A mí me cuesta mucho orar”, u “Orar
me aburre, a los cinco minutos ya empiezo a pensar en otra
cosa”. La oración es una relación de amistad espontánea, a
cada momento y en todo lugar, en la que nos encontramos
con un amigo: el Señor; no es ni un ritual ni una tarea. Por

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Capítulo 6 ~ Abrir el tesoro

ejemplo, si tienes un amigo al que nunca le hablas, esa amis-


tad no es real, ya que no hay comunicación ni intimidad.
En cambio, si hablas con él todos los días, ese amigo se hace
presente. Del mismo modo sucede con el Señor.
La intimidad es una relación —no una tarea— espontánea,
a cada momento, en todo lugar, en toda situación. La rela-
ción de intimidad consiste en pasar tiempo juntos. Pasas
tiempo con el Señor porque Él es tu amigo. Disfrutas estar
con Él todo el día, lo cual no es una tarea que te cuesta ni te
olvidas. La intimidad es una relación desde que te levantas
y saludas al Señor, hasta que te acuestas y le pides que te
ministre mientras duermes. Se trata de compartir, a lo largo
del día, todas tus cosas con Él.

Él nos atrae con cuerdas de amor


Observa este salmo:
Salmo [Link] “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré;
mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela [...]”.
Aquí el salmista comienza diciendo: “Dios”. Esta manera
de comenzar es religiosa, cualquiera dice “Dios”, pero lue-
go continúa: “Dios mío eres Tú”. Eso es relación. “Yo creo
en Dios”, dicen algunos, pero ¿tienen una relación con Él?
¿Pueden decirle: “Dios mío eres tú”? La palabra “Dios”, por
sí sola, proviene del alma, mientras que “Dios mío eres Tú”
es del espíritu.

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“Dios” es religión, “Dios mío eres Tú” es relación.

No se trata de creer en Dios, sino de tener una relación dia-


ria de amistad con Él porque Él es nuestro amigo y nosotros
somos amigos Suyos, y los amigos íntimos disfrutan de
estar juntos. El Señor es un amigo, es mejor que un herma-
no, porque está en todo tiempo, nunca nos falla y todo lo
que dice se cumple. Él nos anhela, es un amigo que desea
compartir cada momento con nosotros. Entonces, mientras
te estás vistiendo, por ejemplo, puedes decirle: “Señor, Tú
eres grande”, y Él te responderá: “A Mí me encanta estar
contigo cuando te estás vistiendo, cuando comes o cuando
trabajas”. El Señor te anhela y te atrae con cuerdas de amor.
Por eso, no tienes que hacer un esfuerzo, sino pedirle: “Se-
ñor, muéstrame Tu corazón”, porque Él te atrae y, al hacerlo,
Su anhelo por ti se te pega. Así comenzarás a tener hambre
de Su Presencia. Cuenta La Palabra que, cuando el pastor
perdió una oveja, dejó las otras noventa y nueve para ir a
buscarla. El Señor anhela esa oveja que está perdida, esa
que no le habla, esa que es rebelde. Él la levanta, la coloca
sobre Sus hombros y la trae de vuelta.
Cada vez que tienes intimidad con el Señor, Él te llama:
“Te anhelo, te deseo, me encanta estar contigo”. Dios no te
dirá: “Ah, bueno, ¡era hora de que me buscases!”. Cuenta la
parábola que el padre estaba esperando a su hijo pródigo,
lo estaba anhelando. Pensaba: “Sé que va a regresar a casa,

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sé que va a venir. No importa si se gasta todo el dinero, sé


que está muerto afuera, pero regresará y, cuando lo haga,
resucitará. Le pondré vestido, anillo, sandalias. Mataré un
becerro y haré fiesta y baile, porque este hijo que yo anhelo
ha vuelto a la vida”. Los días más gloriosos de nuestra vida
siempre comienzan en la intimidad con el Señor. ¿Quieres
tener días lindos? ¡Es en tu habitación privada, con Él, que
los vas a tener!
Nuestra oración debe ser: “Señor, atráenos a Ti. Que no nos
atraiga una persona ni un problema, ¡que nos atraiga Su
Presencia!
San Agustín lo expresó muy bellamente: “Dame de ti mis-
mo”. Tomás de Kempis, un místico del siglo XV, por su par-
te, dijo: “Todo lo que me des será pequeño e insignificante
fuera de ti mismo”. ¡Eso es intimidad!
La Palabra también nos relata la parábola de la moneda
perdida. En esta narración, la mujer, que había perdido
una de sus diez monedas, simboliza al Espíritu Santo. Ella
no dijo: “Bueno, ya aparecerá”, sino que encendió la luz y
barrió todo el lugar hasta encontrarla. ¿Por qué? Porque
anhelaba encontrar esa moneda. Haciendo un paralelismo
con nuestra vida, esa moneda eres tú y, cuando te escondes
de Dios, el Espíritu Santo prende la luz, barre todo y quita
gente, hasta que te encuentra. Y cuando te halla, hace fiesta
porque anhelaba tenerte cerca. ¡Pídele al Señor que te revele
Su amor por ti!

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El mapa de Isaías
Estos son tres pasos en los que Isaías nos enseña cómo usar
la llave:

PRIMER PASO: Esperarlo a Él


Isaías 40:31 declara: “Pero los que esperan a Jehová tendrán
nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no
se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.
En este pasaje, Isaías asegura que recibirás nuevas fuerzas,
volarás como las águilas, correrás y no te cansarás, camina-
rás y no te fatigarás. El primer paso es esperar. Necesitamos
esperarlo a Él. Al hacerlo, nuestra alma morirá. Notarás que
miles de pensamientos inundarán tu mente: el perro que
no para de ladrar, el bebé que llora, tu marido que te pide
que le prepares un café... No obstante, quédate quieto y
espera. Benny Hinn afirma: “Esperarlo a Él mata el alma”.
Lo único que frenará nuestros pensamientos es esperarlo a
Él. También puedes decirle: “Señor, te estoy esperando”. Ya
sea que nos cueste esperar por ser demasiado emocionales
o racionales, necesitamos esperarlo. ¿Por qué? Porque nues-
tro espíritu es un abismo, es algo profundo. David dijo: “Un
abismo llama a otro abismo”. Lo profundo de Dios llama a
lo profundo de nuestro corazón.
En ocasiones, esperar no es fácil, pues hay momentos en los
que estamos con problemas, con luchas. A pesar de esto,
debemos esperar que desaparezca el problema, el enojo, la

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Capítulo 6 ~ Abrir el tesoro

lucha, la alegría o el cansancio y decirle: “Señor, aquí estoy”.


Tienes que decirle: “Señor, aquí estoy”, y nada más.

SEGUNDO PASO: Recibir la carga


Cuando esperas al Señor, Él te dará Su voz, Su carga. No vas
a orar tus deseos, sino que vas a oír “Sus” deseos. Durante
mucho tiempo oramos así y Dios obró de todas formas,
porque nos ama y para siempre es Su misericordia, pero
ahora estamos en aguas profundas y, en lo profundo, el
Señor dice: “No me digas tus deseos, quiero que oigas Mis
deseos. No me des tu voz, quiero que oigas Mi voz”.
Orar no es hablar con Dios, orar es oír a Dios.
Madame Guyon estaba buscando al Señor cuando un mon-
je le reveló algo que la llevó a las aguas profundas: “No
busques a Dios afuera, Él está adentro”. Cuando ella lo en-
tendió, dijo: “Ah, es acá, en el espíritu, Él ya vive en mí, pero
yo debo apagar el torbellino de mi alma, las voces de mis
emociones, mis opiniones, mis pensamientos, todo”.
Orar es oír Su voluntad. En griego, la palabra voluntad es
“deseo”. Antes nosotros íbamos con nuestros deseos, pero
ahora esperamos al Señor porque queremos oír Su deseo en
nosotros. Su deseo es bueno, agradable y perfecto. Enton-
ces, el primer paso es esperar al Señor y el segundo, oírlo a
Él. Observa cómo lo expresa Isaías:
La voz de Dios, la carga, llega espontáneamente, nos viene
de golpe a nuestro corazón y dice: “Inclinad vuestro oído, y

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venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto
eterno, las misericordias firmes a David” (Isaías 55:3).
Otro versículo declara: “Entonces tus oídos oirán a tus espal-
das palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis
a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda”
(Isaías 30:21).
Cuando esperamos al Señor, Él trae Su voz a nuestro co-
razón. Ahora bien, orar no es un medio para que Él nos dé
nuestros deseos, sino para que nosotros oigamos los Suyos.
Es por ello que necesitamos decirle: “Señor, no sé cómo orar,
no sé qué pedir, dime Tú qué es lo que tengo que orar, pon
en mí Tu voluntad, Tu deseo”. No se trata de decir: “Hágase
Tu voluntad” y que Él haga lo que quiera. ¡El Señor quiere
que oigas Su voluntad!
Si esperas, Dios te hablará. Espontáneamente llegará una
frase, una palabra, una carga, porque los deseos de Dios
siempre son lo mejor para ti. La oración es abrir tu vida a Él
para hacer lo que Él te dice. Dios no hace lo que tú quieres,
sino que hace en ti lo que Él quiere.
Una historia cuenta que a un hombre se le había perdido
el reloj en la habitación de su hijo. Había movido todo para
encontrarlo, pero no lo había hallado. Entonces, el niño en-
tró en la habitación y, dos minutos después, le trajo el reloj.
“¿Cómo hiciste?”, le preguntó el padre. El hijo respondió:
“Papá, me acosté, cerré la puerta, apagué la luz y me quedé
en silencio hasta que escuché el tic tac y lo encontré”. Esto
mismo es lo que tenemos que hacer, escuchar el tic tac, pero

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Capítulo 6 ~ Abrir el tesoro

para eso, hay que cerrar la puerta. Pronto, de la nada, de


manera espontánea, vendrá la carga, la voz de Dios.
¿Y qué tipos de carga Dios te puede dar?
Hay una carga, una palabra específica, que es para ti. Por
ejemplo, estás en tu trabajo y le dices: “Señor, aquí estoy”.
De la nada, un poco después, aparece en tu corazón la frase:
“Sin Mí, nada puedes hacer”. ¿Y qué haces cuando recibes
una palabra para ti? La meditas, la masticas, la saboreas:
“Sin Él, nada puedo hacer. Sin Él, no sirve nada de lo que
haga”. Esa palabra o ese versículo que recibes, no lo eliges
tú, sino que viene a tu espíritu, y lo meditas hasta que pe-
netra todo tu ser. Esto se lo enseñaron Andrew Murray y
George Müller a sus hijos. Cuando lees una parte de un
versículo, o quizás una canción que te impacta, eso es una
carga para ti. No la analizas, simplemente la masticas, la
rumeas, la disfrutas, porque esa carga es Cristo. Veamos
algunos ejemplos:
Había una mujer que oraba por sus hijos: “Señor, salva a
mis hijos”. Un día, le vino una palabra y el Señor le dijo: “No
ores más por tus hijos, ora por los hijos de los demás”. Ella
dejó de orar por sus propios hijos y empezó a orar por los
hijos de los demás. Poco después, los hijos de esa mujer se
convirtieron. Ella podría haber orado su deseo, que era la
salvación de sus hijos, pero el deseo de Dios era que orara
por los hijos de otros. Ella obedeció y Dios hizo la obra. ¡Qué
importante es oír la carga que nos pone el Señor!

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El apóstol Pable oraba: “Señor, quita mi aguijón”. No sa-


bemos exactamente cuál era ese aguijón. Algunos creen
que era alguien que lo perseguía y otros, que se trataba de
una enfermedad; lo cierto es que Pablo oró tres veces, pero
Dios le dio una palabra: “No ores más para que te saque el
aguijón”, y luego le dio la carga que hasta el día de hoy nos
bendice: “Bástate mi gracia”. Dios nos dice: “Mi gracia te
sostiene porque, cuando eres débil, Yo te hago fuerte”. Pablo
esperó al Señor.
En lugar de consultar con tus amigos y que cada uno te
dé su opinión, espera al Señor. Él te dará la carga. A veces,
puede suceder que, aunque esperes, no la recibas. Estás en
silencio, disfrutas del Señor, pero la carga no viene. En esos
casos, puedes irte y seguir con tus cosas. De pronto, te en-
cuentras acomodando tu escritorio y notas que las palabras
empiezan a salir espontáneamente de tu boca. Ahí te das
cuenta de que Dios te había dado cargas sin que tu mente
lo supiera. Esto también suele ocurrir a la noche, mientras
estás durmiendo. Eso es el hablar espontáneo.
Andrew Murray escribió 240 libros. Se levantaba tempra-
no y estaba con el Señor de 9 a 11 de la mañana. Tenía una
secretaria a la que le dictaba los libros. Así llegó a hacer 240
libros. Watchman Nee, por su parte, nunca tuvo un bos-
quejo para predicar, y sus prédicas son tremendas porque
estaban llenas de carga de Dios. A menudo, sin que nos
demos cuenta, la palabra viene. Eso es el hablar espontáneo.

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Capítulo 6 ~ Abrir el tesoro

TERCER PASO: Soltar la carga


Esperamos y recibimos la carga. ¿Y qué hacemos luego?
¡Hablarla! Si no lo haces, Dios no va a obrar. Cuando hables
lo que te dijo, lo hará. Analicemos el caso de Elías:
Leemos en 1 Reyes [Link] “Apártate de aquí, y vuélvete al oriente,
y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán”.
Y en 1 Reyes [Link] “Pasados muchos días, vino palabra de Jeho-
vá a Elías en el tercer año, diciendo: Ve, muéstrate a Acab, y yo
haré llover sobre la faz de la tierra”.
En el Capítulo 17, el Señor le dijo: “Ve y escóndete en el
arroyo”. Eso es intimidad. Luego, en el capítulo siguiente,
le indicó: “Ahora ve y háblale al rey”. Elías primero recibió
la voz y, después, fue y habló.
Necesitamos hablar lo que Él puso en nuestro corazón. Si yo
no lo suelto, Dios no lo va a hacer. Aunque también es cierto
que, a veces, Dios hace lo que Él desea, pero, la gran mayo-
ría de las veces no lo hace hasta que nosotros lo decimos.
Somos sus amigos, y el Señor dijo: “No haré nada sin que se
lo diga a mis amigos”. Él nos ató a ser colaboradores Suyos.
Dios le anunció a Elías: “Va a llover”. ¿Y qué hizo Elías? Oró:
“¡Va a llover! ¡Viene la lluvia!”. Recién después que declaró
lo que Dios le había dicho, la lluvia llegó. Si él no hubiese
declarado, la lluvia no habría llegado. Dios está esperando
que tú y yo colaboremos con Su voluntad. Él tiene un pacto
con nosotros, por eso no hace lo que Él quiere. Somos parte
de Su pacto y, si callamos, Dios no actuará.

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Si Dios te da una palabra para alguien, no dudes y suéltasela.


Una biografía nueva de Andrew Murray que estoy leyen-
do cuenta que, en una ocasión después de haber pasado
una fuerte crisis, Dios le dio una carga y le dijo: “Escribe”.
Murray le preguntó: “¿Qué quieres que escriba?” y el Señor
le indicó: “Escribe: Mi amor te trajo hasta acá”. “Mi amor
te trajo hasta acá”, escribió Murray. Y el Señor continuó:
“Ahora escribe: Mi amor te sostendrá hasta que salgas de
esta situación”. “Su amor te sostendrá hasta que salgas de
esa situación”. Un segundo después, lo llamó una mujer
agobiada y enferma. “Pastor, deme una palabra”, le pidió.
En ese momento, Dios le dijo: “Dale a la mujer lo que acabas
de escribir”. Cuando Murray se lo soltó, ella recibió sanidad.
¡Dios es grandioso! Cuando Dios te da una carga, esta es 100
% eficaz, aun cuando no veamos los resultados.
Cuando el padre de Andrew Murray estaba a punto de mo-
rir, a diferencia de lo que hace la mayoría, que llora con los
suyos, este hombre llamó a sus cuatro hijos y les dijo: “Antes
de irme a la Presencia, quiero orar por ustedes”. Oró por
cada uno y después partió con el Señor. Andrew Murray
aseguró: “Fue tan fuerte lo que vivimos, que mi padre orara
por nosotros justo antes de morir, que esa ministración nos
quedó grabada en la memoria. Algo parecido hizo Jacob,
que oró por José y por sus nietos, y luego murió. ¡Esas expe-
riencias no se fabrican, sino que vienen del Cielo!
La madre de los Wesley, que tenía diecinueve hijos —de
los cuales nueve fallecieron— le preguntó a Dios: “Señor,

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Capítulo 6 ~ Abrir el tesoro

¿cómo tengo que criar a mis diez hijos?”. Y el Señor le res-


pondió: “Ora con cada uno cada día”. La mujer hizo lo que
el Señor le indicó. Uno de esos niños, Charles Wesley, trajo
un avivamiento y otro joven, John Wesley, escribió ocho
mil himnos. Y todo porque hubo una mamá que hizo lo
que Dios le dijo.
A la madre de los Wesley, Dios le dio una palabra, pero a ti
y a mí nos va a dar otras. La carga que el Señor le da a cada
uno no se repite. En el Cielo no hay repetición, el Cielo se
actualiza, allí todo es fresco. Por eso, no le repitas a tu fami-
lia las mismas palabras año tras año, pídele al Señor que te
dé algo nuevo para soltar.
Charles Spurgeon, el príncipe de los predicadores, cuenta
en su biografía: “¿Saben por qué me convertí? Porque mi
madre oraba por mí. Yo soy el fruto de la oración de mi
madre”. ¿Sabes por qué la mamá oraba por el hijo? Porque
Dios le había dicho: “Ora por tu hijo porque será un gran
predicador”. Y Dios honró Su palabra porque, cuando Él
te dice que va a hacer algo, lo hace. Esto no significa que
nosotros trabajamos para Él, sino que Él trabaja a través de
nosotros. Esperamos, oímos la carga y la soltamos.

Tenemos la llave de la intimidad


Lucas [Link] “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas
dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará
el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”.

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El pasaje expresa: “¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el


Espíritu Santo [...]?”, pero, en griego, lo que dice es: “¿cuánto
más vuestro Padre que está fuera del Cielo dará el Espíritu
Santo [...]?”. El padrenuestro declara: “Padre nuestro que
estás en el Cielo”, pero aquí La Escritura manifiesta que
Dios ya no está en el Cielo, sino fuera del Cielo, en la Tierra,
con nosotros, para cumplir Su Palabra. Cuando lo esperas a
Él, Dios está en el Cielo —aunque vive en ti—; sin embargo,
cuando sueltas Su palabra, Él ahora está en la Tierra, cum-
pliendo lo que dijo.
Isaías 55:11 es un pasaje maravilloso que dice: “Así será mi
palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que
hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la
envié”. Si todos soltamos las cargas de Dios, la Tierra será
llena del conocimiento de la gloria del Señor. Recuerda: la
palabra que sueltas es Cristo, ¡por eso siempre funciona! ¡La
palabra no vuelve a Dios vacía!
La persona que la recibe puede entenderla o no, pero, si
recibes la Voz, tienes que soltarla. Si esto te cuesta mucho,
puedes ir a La Biblia y, por ejemplo, empezar a leer Filipenses
hasta que te impacte una frase, un versículo. Luego, oras
esa palabra, la meditas: y, si es para otra persona, le dices:
“Quiero compartirte esto que está en mi corazón...”.
Esta llave que todos tenemos, la llave de la intimidad, es
grande y hermosa, pero no hagamos como el pueblo de
Moisés que dijo: “Moisés, déjanos tranquilos, ve tú con la
llave y solamente transmítenos lo que Dios te dice”. Esa

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Capítulo 6 ~ Abrir el tesoro

gente murió en el desierto. Tú y yo tenemos que decirle a


Dios: “Señor, perfeccióname, trátame”, y Él lo hará. Dios
nos irá podando y añadiendo de Él. Necesitamos mantener-
nos humildes, ya que esta posición es la puerta para entrar
al perfeccionamiento y para mantenernos en este. Al alma
no le gusta el perfeccionamiento, no le agrada que le mar-
quen errores, pero nuestro espíritu anhela y ama crecer en
Cristo, pues quiere ser enseñado, perfeccionado.
Observa el caso de Samuel. Este hombre estaba calibrado.
Expresó: “Este va a ser rey”, pero Dios le dijo: “¡No, ese no
es!”. Por segunda vez, señaló a otro de los hermanos y de-
claró: “¡Este va a ser rey!”. “No, no, no”, le dijo el Señor, “ese
tampoco es”. Se equivocó varias veces, pero igual siguió
hasta que llegó a David y Dios le mostró: “¡Este es!”. El Se-
ñor lo estaba perfeccionando para que no mirara el afuera,
porque Él mira el corazón. Esa carga para Samuel nos sigue
ministrando hasta el día de hoy.
El Señor te irá perfeccionando. Pregúntale: “Señor, ¿por
quién quieres que ore? ¿Qué quieres que ore? ¿Cuál es Tu
deseo? Dame Tu deseo porque es mejor que el mío, ya que
es bueno, agradable y perfecto. Señor, sé que a veces no lo
entiendo, pero también sé que, con el tiempo, traerá fruto
al ciento por uno”.
Billy Graham tuvo un hijo, Franklin Graham, que se apartó.
El joven estuvo en la droga. Durante esos años, su mamá
oraba por él: “Señor, que mi hijo vuelva. Tu Palabra dice que
toda mi casa será salva”. Un día, el Señor le dijo: “No ores

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más de esa manera. Tu hijo no tiene que rendirse, la que ne-


cesita rendirse eres tú”. La madre de Franklin Graham dijo:
“Cuando recibí de Dios que era yo quien tenía que morir,
lo hice, y mi hijo volvió al camino del Señor”. Actualmen-
te, Franklin reemplaza al padre en el ministerio de Billy
Graham. Si esta mamá no hubiera oído la carga, si hubiera
seguido orando como lo estaba haciendo, la historia habría
sido otra. Qué importante es depender del Señor y decirle:
“Espíritu Santo, no sé orar como conviene, pero Tú conoces
lo profundo de Dios, ¡dime qué orar! Acá estoy. Habla Se-
ñor, que tu siervo oye. Acá estoy, ¿qué quieres que haga?”.
George Müller decía: “Yo no oro, yo vivo en oración, en in-
timidad”. Ellos se levantaban muy temprano y buscaban al
Señor. George Müller también fue perfeccionado. Estaba en
la casa de otro pastor cuando este le dijo: “Te voy a enseñar
algo: cuando en el altar se moría el animal, el estiércol había
que sacarlo. Dios no quiere estiércol como ofrenda”. Cuan-
do él escuchó eso, todo su ser se conmovió. “No me des las
sobras”, le dijo el Señor, “dame lo mejor”. Lo mejor de su día
era la mañana, por eso Dios le dijo: “Dame lo mejor del día,
dame la mañana, y Yo te daré lo mejor de la eternidad”.
Cuando el hijo pródigo se fue, le pidió a su padre: “Padre,
dame, dame”; pero, cuando había gastado todos los recur-
sos y regresó, dijo: “Hazme como un jornalero”. Ese hijo
ya no pidió, sino que ahora pudo expresar: “Padre, que se
haga tu voluntad”.

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7
El deseo de Dios

Cuatro mitos
El Señor nos promete que oiremos Su voz, y el profeta Isaías
lo revela en este pasaje de Isaías [Link] “Ya sea que te desvíes
a la derecha o a la izquierda, tus oídos percibirán a tus espaldas
una voz que te dirá: Este es el camino; síguelo”. Asimismo, el
apóstol Juan asegura que, si pedimos algo conforme al de-
seo de Dios, es decir a Su voluntad, Él nos oye y nos da lo
que le pedimos: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que
si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si
sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos
que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14-
15). Sin embargo, muchos de nosotros hemos pedido cosas
que nunca recibimos. ¿Por qué? Porque la clave está en pe-
dir conforme a Su voluntad. La palabra “voluntad” quiere
decir “deseo”. Dios tiene deseo y, si le pedimos conforme a
Su deseo, Él nos lo va a dar. Por eso, necesitamos entender
cómo funciona el deseo, la voluntad de Dios.
Estos son cuatro mitos comunes sobre la voluntad de nues-
tro Señor:

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1. La voluntad de Dios es un laberinto, un misterio, algo muy


difícil de conocer.
2. La voluntad de Dios es dolor. A veces, Su voluntad es que
suframos.
3. Hay que buscar la voluntad de Dios para un hecho especí-
fico. Por ejemplo, tengo que preguntarle: “¿Me caso o no me
caso?”, “¿Me separo o sigo con mi pareja?”.
4. No importa lo que le pidamos, Dios igual hará lo que Él
quiera porque es soberano. No sé para qué oramos tanto si, al
final, Él hace lo que quiere.

Derribemos estos cuatro mitos:


Primer mito
La voluntad de Dios no es un laberinto ni algo difícil de
descubrir. El Señor prometió revelarnos Su voluntad. Lo
primero que necesitas saber es que Dios nos prometió en
repetidas oportunidades que nos mostraría Su deseo o Su
voluntad. Veamos algunos de estos pasajes:
Salmo [Link] “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que
debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”.
Dios nos hará entender y nos enseñará el camino. Él nos
revelará Su voluntad.
Efesios [Link] “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de
cuál sea la voluntad del Señor”.

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Capítulo 7 ~ El deseo de Dios

Pablo es aún más contundente y dice: “No sean insensatos,


sino entendidos de cuál es el deseo de Dios”. No podemos
ser necios, ¡tenemos que saber cuál es Su voluntad!

La primera gran verdad es que Dios nos prometió


revelarnos Su voluntad.

Segundo mito
Es falso que la voluntad de Dios es dolor. Los deseos de Dios
son siempre mejores que los nuestros, porque Su voluntad
es buena, agradable y perfecta. Tu voluntad y la mía pueden
ser buenas y agradables, pero son imperfectas; el deseo de
Dios, en cambio, siempre es perfecto, como leemos en Ro-
manos [Link] “No os conforméis a este siglo, sino transformaos
por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que
comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y per-
fecta”. Lo que ocurre es que, a veces, hacer Su voluntad nos
lleva a chocar contra la corriente del sistema mundo, el cual
intentará mostrarnos por todos los medios que ese no es el
camino. En el Salmo 40:8 David decía: “El hacer tu voluntad,
Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”.

Tercer mito
Creer que la voluntad de Dios es que Él decida los acon-
tecimientos en tu vida (si haces o no haces, si vendes o no

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vendes) es falso. Su voluntad es una relación de amor, un


“toma y dame”, un vínculo de amigos.
A un gran pastor escocés que trajo un avivamiento le pre-
guntaron: “¿Cómo es que vino este avivamiento?”. Él res-
pondió: “Es fácil, paso más tiempo con Dios que con la gen-
te”. Cuando pasas mucho tiempo con el Señor es porque
tienes una relación con Él. Dios no quiere que tengamos
rituales, sino una relación con Él. No es religión, sino inti-
midad, experiencias privadas con Él.
Andrew Murray tuvo dos hijos que fueron eminencias.
Desde muy pequeños les había enseñado que, por cada hoja
que leyeran de cualquier libro, tenían que leer diez páginas
de La Biblia, de esta manera, Dios les aumentaría su inteli-
gencia. Necesitamos aumentar nuestra relación con Dios.
Por ejemplo, si te va bien en los negocios, ¿eso te acerca o
te aleja del Señor? Si tienes mucho trabajo, ¿eso aumenta
o reduce tu intimidad con Dios? Si el éxito te aleja de Dios,
significa que lo estás manejando mal. La bendición por sí
misma no es mala, pero debes saber administrarla; tu inti-
midad con el Señor es lo que más debes cuidar. Si tu relación
con Él es ocasional, todo va a ser más difícil; pero, si tu rela-
ción es constante, todo va a ser más fácil. Cuanto más íntima
sea tu relación con el Señor, más fácil será conocer Su deseo.
Un día, después de haber resucitado, Jesús fue a ver a los
discípulos, que estaban en el barco sin poder pescar nada.
Desde la orilla les gritó: “¡Tiren la red a la derecha!”. Ellos
lo hicieron y sacaron los peces. Juan dijo: “¡Ese es el Señor!”

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Capítulo 7 ~ El deseo de Dios

y, rápidamente, Pedro se tiró al agua y nadó hacia la orilla.


¿Por qué Juan se dio cuenta de que el hombre que les había
gritado desde la orilla era Jesús? Porque Juan siempre estu-
vo recostado en Su pecho. Es por eso que supo con certeza
que aquel hombre a lo lejos era Jesús. Si tú también lo haces,
podrás ver al Señor a lo lejos. Intimidad es el deseo, la vo-
luntad, de Dios.

Cuarto mito
En el griego, hay dos acepciones para la palabra “voluntad”
que Pablo se encargó de diferenciar. Existe una voluntad
de Dios que se llama vúlima y que hace referencia a una “or-
den”, un “decreto”. Es decir, a las cosas que Dios dice: “Esto
se va a hacer sí o sí”. Por ejemplo, el Señor le anunció a Jonás:
“Vas a ir a Nínive”. Jonás se negó, incluso dijo que se iba a
matar con tal de no ir. Pero el Señor le ordenó: “No lo harás;
irás a Nínive” y mandó a la ballena que se lo tragó y lo vomi-
tó en Nínive. Pero Pablo usa también otra acepción de vo-
luntad que es zélima y significa “deseo”. La mayor parte de
la voluntad de Dios es zélima. Él expresa: “Yo deseo”, pero
ese deseo va a depender de ti y de mí. Entonces, hay una vo-
luntad que Dios va a cumplir sí o sí y hay otra voluntad que
depende de nosotros. Dios dice: “Este es Mi deseo, esta es
Mi voluntad, pero va a depender de ti. Si pides alguna cosa
conforme a Mi deseo, Yo te lo doy; si no, no”.

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Cómo entrar en Su voluntad


Hagamos ahora un repaso de lo que aprendimos en capítu-
los anteriores. Vimos los siguientes tres pasos para entrar
en la voluntad de Dios y aumentar nuestra relación con Él:
a. Esperarlo a Él
b. Recibir la carga
c. Soltar la carga

El profeta Elías decía: “Oigo y hablo”. El pasaje de 1 Reyes


18:1 declara: “Pasados muchos días, vino palabra de Jehová a
Elías en el tercer año, diciendo: Ve, muéstrate a Acab, y yo haré
llover sobre la faz de la tierra”.
Pasados varios días, a Elías le vino la carga. ¿Qué palabra
le vino? “Ve, muéstrate a Acab, y Yo haré llover sobre la faz
de la tierra”. Hacía tres años y medio que no llovía. Elías
estaba caminando cuando le vino el deseo, la voluntad, de
Dios, lo que el Señor quería hacer: “Va a llover. Ve y díselo al
rey”. La carga era para el rey. Cuando Dios te da palabra, a
veces también te dice a quién debes soltársela. Si Dios te da
una palabra para tu hijo, para tu compañero de trabajo, para
alguien en la calle, no vayas y le anuncies: “El Señor dice...”.
En lugar de eso, sé sencillo y di: “Quiero compartirte algo
que está en mi corazón”, y después suelta la palabra. Cuan-
do lo hagas, el Señor va a obrar.
Dios le había dado una palabra para el rey. ¿Y qué hizo
Elías? Veamos:

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Capítulo 7 ~ El deseo de Dios

1 Reyes [Link] “Entonces Elías dijo a Acab: Sube, come y bebe;


porque una lluvia grande se oye”.
¿Dónde oyó Elías la lluvia? En su espíritu. Todo lo que Dios
te diga lo vas a oír tú primero, aunque no le encuentres sen-
tido. Elías no dijo: “Señor, ¿escuché bien? ¿Tú me hablaste?
Confírmame, por favor, dame claridad, porque ¡mira si voy
a decirle al rey que va a llover y después no llueve!”.
1 Reyes [Link] “Acab subió a comer y a beber. Y Elías subió a la
cumbre del Carmelo, y postrándose en tierra, puso su rostro entre
las rodillas”.
Aquí vemos que Elías subió a la montaña a orar, a soltarle a
Dios la palabra que había recibido: “Señor, viene Tu lluvia.
Me dijiste que va a llover y yo creo en Tu poder. Por eso, de-
claro que viene la lluvia del Cielo”.
Recibes y sueltas, oyes y hablas, así funciona. Y la carga vale
para todas las áreas. Por ejemplo, estás por hacer un negocio
y oras: “Señor, acá estoy, dame Tu voz”. De pronto, Dios te
dice: “Espera” o “Cierra el trato”. Y haz lo mismo con La Bi-
blia: cuando la leas, órala, porque solo leer no produce nada.
Recuerda: si no sueltas la voz, Dios no va a obrar, porque Él
tiene un pacto contigo y te hizo parte de Su manifestación.
Daniel estaba leyendo el Libro de Jeremías cuando se encon-
tró con una información que no esperaba. Dios había dicho:
“En setenta años los haré volver”. ¿Qué hizo Daniel con ese
versículo? Lo oró. “Señor, acá dice que en setenta años vol-
veremos a nuestra nación, y yo declaro bajo Tu palabra que
nos llevas a todos de regreso a la tierra”. Y esa palabra se

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cumplió. Si Daniel no la hubiese orado, no se habría cumpli-


do. La voluntad de Dios depende de si la recibes y la hablas.
En ciertas oportunidades, Dios te da una palabra, pero no
te dice para quién es. Le preguntas: “Señor, ¿a quién se la
suelto?”, pero no hay respuesta. Si te sucede esto, no te pre-
ocupes, solo dile: “Señor, acá estoy, cuando quieras, dime
a quién se la tengo que soltar”. Quizá, más tarde, cuando
estás comprando en un negocio, Dios te indica que se la
sueltes a alguien que está haciendo fila para pagar. Lo im-
portante es entender que necesitas depender del Señor.
Otras veces, Dios puede darte una palabra y, aunque la suel-
tas, no se manifiesta. En ese caso, Él te dirá: “¡Sigue soltán-
dola!”. Elías dijo: “Señor, me dijiste que iba a llover, así que
está declarado: ¡va a llover!”, y mandó al criado a ver si venía
la lluvia. Cuando le dijo que no veía nada, Elías no bajó los
brazos, no se desanimó, sino que siguió orando. Si Dios te
dijo que tu hijo se iba a entregar al Señor, suelta esa palabra
hasta que tu hijo lo haga; si Dios te dijo que ibas a prosperar,
suelta la palabra hasta que se manifieste. En ocasiones, la
carga es una convicción que Dios te da, por eso, mantente
en esa palabra, sigue declarándola. De esa manera, estarás
perseverando bajo el deseo de Dios.
Comparte con Él lo que estás haciendo, inclúyelo en tus la-
bores. El Señor es tu amigo y, según dice Amós, no hará
nada sin antes revelarle Su deseo a sus amigos. ¡Pasa tiempo
con el Señor!

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Capítulo 7 ~ El deseo de Dios

Cómo funcionó Jesús en la carga


Jesús le dijo a Pedro: “Pedro, Satanás los va a zarandear”. Les
estaba hablando a todos los discípulos, pero Él había orado
solo por Pedro. ¿Por qué? Porque el Padre le había dado una
palabra para Pedro, no para los otros discípulos: “Que tu fe
no falte”. Es decir, a Jesús le vino que debía soltarle a Pedro
que la fe no le iba a faltar. Ahora bien, si Jesús había visto que
Satanás iba a zarandear a Pedro, ¿por qué no oró para que
eso no pasara? ¿Por qué no hicieron una cadena de oración?
¿Por qué no declararon: “Padre, cancelamos el zarandeo”?
Porque la palabra era: “Que tu fe no falte”. El deseo de Dios
era que Pedro fuera zarandeado, pero que su fe no fallara,
y eso fue lo que Jesús le soltó. Además, le soltó otra palabra:
“Pedro, Satanás te va a sacudir fuerte. Va a ser duro, pero
vas a volver y, cuando vuelvas, afirmarás a la gente con tu
testimonio, confirmarás que la palabra funciona, alentarás
a los que también están atravesando momentos difíciles”. El
zarandeo ciertamente llegó y Pedro negó a Jesús tres veces,
pero había una palabra sobre él.
A veces, Dios te da una palabra anticipada, es decir, antes
de que sucedan los acontecimientos. Como a Pedro, Dios
ya te dijo que vas a volver y que vas a estar en victoria. Él
ya te dijo que vas a prosperar. ¡Dios ya te soltó Su voluntad
antes de que te atacaran! Hoy suelto palabras de victoria en
el nombre de Jesús: tu fe no fallará. Vas a volver y, al hacerlo,
confirmarás a todos los que esperaban que te fuese mal, que
la palabra que el Padre soltó y tú creíste funcionó.

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Después de que Jesús le soltó la palabra que había recibido


del Padre, Pedro le respondió: “Señor, dispuesto estoy a ir con-
tigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte”. Esta respuesta
es el resultado de la carne. Pedro no había oído que sería
zarandeado y que iba a volver para confirmar a la gente.
Pedro estaba en “modo alma” y pensó: “¿De qué me está
hablando? ¡Esta vez Jesús se confundió! ¡Yo estoy dispuesto
a morir!”. Nuevamente, el Señor le dijo: “Pedro, antes de que
el gallo cante, me habrás negado tres veces”, y lo dejó. Hay
ocasiones en que, cuando sueltas una palabra, la persona
que la recibe se enoja, porque dicha palabra le molesta. Esto
es lo que le pasó a Pedro. Pedro necesitaba ser perfecciona-
do, había que derribar ese orgullo.
Pero esta historia comienza unos versículos antes. Jesús les
había dicho a los discípulos: “Esta noche se van a escanda-
lizar todos. Va a ocurrir algo tremendo”. Era la noche del
arresto. Frente a estas palabras, Pedro afirmó: “Aunque to-
dos se escandalicen, yo no lo haré, te equivocaste”. Pedro es-
taba en “modo maestro”, que es “yo sé”, “yo te explico”, “yo
te enseño”, “yo tengo la verdad”. Fue entonces que el Señor
le explicó: “Pedro, los van a sacudir a todos”. Él ya no usó la
palabra “escandalizar”, sino que dijo: “Los van a zarandear,
a zamarrear mucho”. Sin embargo, agregó: “Pero tu fe no va
a faltar y, a pesar de que eres duro, vas a volver”. Si el Señor
no le hubiera soltado la palabra, la historia de Pedro habría
sido muy diferente de lo que fue. Jesús no oró en privado,
no le pidió una señal al Padre, Él recibió la palabra y la soltó.

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Capítulo 7 ~ El deseo de Dios

Orar no es: “Hágase mi voluntad” ni “Bueno, que se haga


Tu voluntad”, sino: “Señor, revélame Tu voluntad”. Cuando
el ángel le anunció a María que iba a tener un hijo”, ella res-
pondió: “Hágase conmigo conforme a tu palabra”. Soltó la
palabra y quedó embarazada de Cristo por la sombra del
Espíritu.
Continuemos con el relato de Lucas 22. Pedro se estaba ca-
lentando al fuego cuando una criada lo reconoció y excla-
mó: “Este hombre estaba con Jesús”. Rápidamente, Pedro
maldijo y negó tres veces conocerlo. Justo en ese momento,
el Señor salió de la casa de Anás a la de Caifás y sus mira-
das se cruzaron. Jesús lo miró con compasión. Pedro se dio
cuenta de lo que había hecho y, como dice La Escritura, salió
y lloró amargamente. En ese instante, Pedro fue derrumba-
do. Así es como el Señor nos perfecciona: Cristo nos mira y
el Espíritu Santo trabaja en nosotros. Él nos perfecciona en
la intimidad.

Él nos está perfeccionando


Mónica, la mamá de San Agustín, un gran hombre de Dios,
siempre oraba por su hijo. El muchacho era vago y muje-
riego, estaba completamente descarriado, pero ella tenía
una palabra del Señor que siempre soltaba: “No se perderá
el hijo de tantas lágrimas”. El joven iba a convertirse, aun-
que la promesa se tardaba. Un día, el hijo le dijo: “Me voy a
Italia”. La madre oró a Dios para que se lo impidiera, pero
Agustín emprendió su viaje. Mónica lo siguió a Roma y

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luego a Milán. Allí conoció a San Ambrosio, obispo de la


ciudad, quien llevó a Agustín a Cristo. La palabra que había
recibido esa mujer se cumplió, pero no en su tierra natal,
la actual Argelia, sino en Italia. San Agustín fue teólogo y
una de las máximas figuras de la historia del pensamiento
cristiano. Todavía hoy la gente sigue intentando entender
las profundidades de su pensamiento. Él fue quien dijo:
“Dame de ti, Señor, porque todo lo demás es nada compa-
rado contigo, con Tu Presencia”. En Roma estaba lo más bajo
de la sociedad, por eso, su madre, presa de sus emociones,
no quería que fuera. Sin embargo, fue allí que su hijo se con-
virtió. Mónica había sido perfeccionada.
Dios nos está tratando. El perfeccionamiento duele, pero, si
te enojas, te va a doler aún más. Si eres dócil, en cambio, y le
pides: “Señor, perfeccióname, trata a mi Pedro (mi carne),
que cree que ya sabe, mis impulsos, mis emociones, mis
pensamientos, mis excusas, mis razonamientos, mis fuer-
zas”, el Señor te perfeccionará.
En Estados Unidos vive un reconocido hombre de Dios que
el Señor usa grandemente en profecía. Su nombre es Shawn
Bolz. Este pastor cuenta que, una vez, durante una conven-
ción, dijo: “Aquí hay una persona que se llama así, que vive
en tal lugar y que tiene este problema. Por favor que esa
persona pase el frente”. Esperó un momento, pero nadie se
puso de pie. Él continuó: “Bueno, vamos a ver qué más nos
dice el Señor. Hay una mujer de tal edad que tiene un hijo
que se llama así. Que venga adelante esta señora”. Nadie se
movió de su lugar. La situación se repitió una vez más. El

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Capítulo 7 ~ El deseo de Dios

profeta llamaba puntualmente a alguien, pero esa persona


no aparecía. El pobre hombre transpiraba. Finalmente, dijo:
“Hermanos, a veces me equivoco. Puede fallar. Perdón”, y
comenzó a sentirse triste. A la salida de la convención, una
chica se aproximó a él y le dijo: “Pastor, es la primera vez
que vengo. Muchos dicen que es profeta, que Dios le da da-
tos de las personas, así que me acerqué a ver. Pensaba que
estaba todo armado, pero, cuando hoy vi que se equivocó
las tres veces, Dios me mostró que usted es un hombre ge-
nuino delante de Él. La humillación que vi en esta reunión
solo la soporta alguien que ama a Dios. Pastor, lléveme a
Cristo”. ¡La muchacha se convirtió porque el profeta se ha-
bía equivocado! En esa ocasión, el Señor perfeccionó a la
joven y también al profeta. ¡Qué maravilloso!
“Durante 62 años y 5 meses tuve una esposa muy amada.
Ahora, a los 92 años, he quedado solo. Pero, al andar de un
lado para el otro en mi habitación, me vuelvo a Jesús, cuya
Presencia siempre me acompaña, y le digo: ‘Señor Jesús,
estoy solo, pero no me siento solo, porque Tú estás conmigo
y eres mi amigo. Ahora, Señor, consuélame, fortaléceme.
Concede a tu pobre siervo todo aquello que Tú veas que
necesite’. Nosotros no debiéramos estar satisfechos hasta
llegar a tener la certeza de que conocemos por experiencia
que el Señor Jesucristo es nuestro amigo diariamente”. Es-
tas fueron algunas de las últimas palabras de George Mü-
ller. Eso es intimidad, eso es tener una relación con el Señor.
El Señor te anhela y te ha separado para Él para que lo dis-
frutes. Dios nos desea, nos abraza y quiere construir, a

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través de Su dulce perfeccionamiento, una relación más


profunda con nosotros. Por eso, te invito a orar conmigo de
esta manera:
Señor, perfecciónanos, pódanos, derriba las fortalezas, quebranta
los aspectos de nosotros que se resisten a Ti, muéstranos los peque-
ños obstáculos, lo que debemos dejar en el Altar. Volvemos a Ti,
Señor, ¡abrázanos! Danos la capacidad de esperarte y disfrutarte.
Al estar contigo en silencio, revélanos Tu dulce voz y danos los
pensamientos que son más altos que los nuestros. Danos las car-
gas que tenemos que soltar. Manifiéstate, Cristo, porque estamos
creyendo que Tu Presencia está sobre todos nosotros. Gracias por
perfeccionarnos y aceptarnos. Te pedimos que nuestra amistad au-
mente. Gracias, por ser un amigo que ama en tiempo y a destiem-
po, por estar siempre con nosotros. En el nombre de Jesús, amén.

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8
Cómo soltar la carga

Tres preguntas
El Libro de Isaías deja en claro que el profeta tenía una vida
de intimidad con el Señor, algo que todos nosotros necesita-
mos desarrollar. Te invito a considerar a continuación estas
tres preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez. Las
dos primeras ya las analizamos en los primeros capítulos,
pero las vamos a repasar:
a. ¿Por qué Dios no me da las cosas que le pido?
Observemos cómo oró Jesús:
Juan 12:27-28: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre,
sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre,
glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorifi-
cado, y lo glorificaré otra vez”.
Jesús no oró lo que Él sentía, sino que oyó lo que el Padre
quería, porque lo que Dios quiere siempre es bueno, agra-
dable y perfecto. Quizás le pediste al Señor por tus padres,
por tu hijo, por la casa que necesitas, por paz, amor y traba-
jo, pero Dios te dice: “No es eso lo que quiero hacer. Eso no

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es Mi voluntad”. Él desea hacer otra cosa, pero tú fuiste con


tu lista de peticiones personales y crees que, si insistes, lo
vas a convencer.
b. Si Dios sabe todo, ¿por qué tengo que orar? ¿Para qué
le tengo que decir lo que me sucede si Él es omnisciente y
todopoderoso?
Necesitamos orar, porque Dios ató Su poder a la oración.
Tenemos un pacto con el Señor y, si no oramos, Él no hará.
Dios está esperando que digamos en la Tierra lo que Él está
diciendo en el Cielo. Si hablamos Su voluntad en la Tierra,
Dios se va a manifestar. Tú y yo somos colaboradores de
Él. Es decir, sin nosotros, Dios no puede hacer mucho, y sin
Dios, nosotros no podemos hacer nada. Me gusta la forma
en que lo explica Watchman Nee: “Dios es la locomotora,
pero esta no puede llegar si no están las vías. Tu oración son
las vías; cuando oras, estás colocando las vías para que la
locomotora venga y arrase”. Dios quiere que trabajes con Él.
Si no oras, si no hablas, no sucederá nada en tu vida.
c. ¿Cómo puedo orar y tener más resultados? Porque oro,
pero no tengo respuesta.
Para tener más respuestas, tenemos que orar sin cesar. Si
oramos únicamente cuando tenemos un problema, nada
va a suceder. No funciona orar por eventos puntuales como
el Día del Padre, Pascuas, etc. Esta es la razón por la que
el apóstol Pablo declaró: “Si queremos ver a Dios moverse,
tenemos que orar sin cesar”. Orar continuamente, de eso se
trata. “¿Y cómo se hace para orar continuamente?”, tal vez te

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

preguntes. ¿Estás respirando en este momento? Sí. Y cuan-


do duermes, ¿sigues respirando? Sí. Respiras cuando traba-
jas, cuando sales de compras, cuando estás en el colectivo.
La oración es igual que la respiración. En todo momento
puedes orar: “Señor, acá estoy. Te amo, Jesús”. Tu espíritu
no se cansa de orar. Te levantas y dices: “Hola, Señor. Acá
estoy”, o, mientras estás caminando, le expresas: “Te amo,
Cristo”. Lejos de aburrirse, tu espíritu naturalmente disfru-
ta orar, respirar al Señor.

El objetivo de Dios en nosotros


Proverbios [Link] “Bienaventurado el hombre que me escucha,
velando a mis puertas cada día, aguardando a los postes de mis
puertas”.
David aprendió esto de su padre, Salomón. Fíjate que él ha-
bla de “velar a Sus puertas cada día”, y no frente a un hecho
o cuando estaba atravesando un mal momento. Luego, hace
referencia a “aguardar a los postes de Sus puertas”. ¿Qué
estaba esperando? Que viniera la carga, la palabra.
Cuando oyes la palabra y la sueltas, Dios hace la obra. No
vas a Él para pedirle algo, tu relación con el Señor es un
vínculo de amor. A lo largo del día, puedes decirle: “Señor,
sé Tú, habla Tú”. De pronto, el Señor te dice: “Cántame”
y te sale una canción. O quizás te pide que le digas algo a
alguien. Un testimonio cuenta que una joven estaba en la
parada del colectivo mirando la reunión en su celular. En
un momento, alguien más se puso en la fila. De golpe, el

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Señor le indicó: “Invítala a los equipos”. La joven la invitó y


esa persona ya está participando en un equipo. Cuando le
digas: “Señor, acá estoy, dame Tu carga, dame Tu voz, dime
qué quieres que diga”, Él empezará a guiarte.
Dios nunca le habló a Moisés en el campamento. Él tenía
que entrar al Tabernáculo para que la nube descendiera
y Dios le hablara. Cuando Moisés se iba, la nube también
partía. ¿Por qué Dios no le habló nunca en el campamento?
Porque hay un principio divino que dice: “Si tú me buscas,
Yo voy a tu encuentro”. ¿Qué quiere decir “buscar a Dios”?
Decirle: “Acá estoy, Señor. Te necesito, te anhelo”. Cada vez
que lo busques, la nube bajará y Dios te hablará, porque el
que lo busca lo encuentra.
¿Cuántas oraciones podemos hacer? ¡Millones! Podemos
orar por infinidad de temas. ¿Y cuántas respuestas tie-
ne Dios? Una. Para todas las oraciones, Él solo tiene una
respuesta. Cualquiera sea tu oración o mi oración, la res-
puesta de Dios es solo una: Cristo. Dios no tiene respuestas
especiales para oraciones especiales, sino que siempre va
a responder con Cristo: Cristo-salud, Cristo-prosperidad,
Cristo-alegría. El Hijo es la única respuesta que el Padre da
a nuestros pedidos. Si pediste un auto y Dios te dio un auto,
no comprendiste. Lo que Él te dio es a Cristo-prosperidad.
Tal vez digas: “Bernardo, yo oré por un bebé y Dios me dio
a mi hijo”, o “Yo oré por sanidad y Dios me curó”, pero el
Señor no te dio un hijo ni la sanidad, sino a Cristo. En todas
las respuestas a tus oraciones, tienes que ver a Cristo por-
que, si ves un auto, un viaje o un milagro y no estás viendo a

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

Cristo, terminarás apartándote; pero, si ves al Hijo, te acer-


carás cada vez más a Él.
Orar sin cesar es decirle: “Señor, acá estoy. Háblame, dame
Tu voluntad” y permitir que Dios te guie. De pronto, Él te
dirá: “Cántame… lee la Palabra… escucha una alabanza”.
Cuando te dé Su voz, obedece sin analizar. Tal vez, cuando
lo busques mientras estás en tu trabajo, por ejemplo, Él te
guíe con los ojos. El Salmo 32:8 declara: “[...] sobre ti fijaré
mis ojos”. Los ojos de Dios te van a guiar. El Señor te mirará
y te moverás, ¡y no sabrás por qué! Te quiero compartir un
secreto, un misterio: cuando buscas al Señor y le dices: “Pa-
dre, acá estoy”, tu espíritu ora sin que tu mente se entere.
De repente, mientras estás en la calle, en la cocina o en el
supermercado, sientes la gloria y piensas: “¿Qué está pa-
sando aquí?”. Tu espíritu, que nunca se apaga y cuya única
tarea es respirar al Señor, estaba orando sin que tu mente se
enterara.
Mientras el Señor nos da Su voz, nos va guiando, perfeccio-
nando. ¿Cuánto dura el perfeccionamiento? Toda la vida.
¿Y qué es lo que Él está formando? El objetivo del Padre es
formar a Cristo en nosotros, desarrollar nuestra intimidad
con Él.

El caso de José
José es un ejemplo de cómo Dios nos perfecciona. Él era un
muchacho de diecisiete años y el hijo preferido de Jacob,
el hijo de su vejez. Por eso, su padre le había regalado una

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

túnica especial. La familia tenía una gran cantidad de ga-


nado y José era ayudante de pastor. Su tarea consistía en
supervisar a los hermanos mientras trabajaban. Una noche,
Dios le puso una carga en un sueño. ¿Y qué hay que hacer
cuando Dios pone algo en el corazón? Hablarlo, soltarlo,
porque, de lo contrario, Él no obra. Algunas personas dicen:
“No lo digo porque no quiero que el diablo escuche “o “Me-
jor no hablar, hay mucha gente envidiosa”. Eso es un error.
¡Tenemos que soltar la carga!
Génesis 37:6-7: “Y él les dijo: Oíd ahora este sueño que he soñado:
He aquí que atábamos manojos en medio del campo, y he aquí que
mi manojo se levantaba y estaba derecho, y que vuestros manojos
estaban alrededor y se inclinaban al mío”.
José les contó a sus hermanos lo que había soñado. Y ellos,
como te imaginarás, se enojaron muchísimo: “¿Acaso crees
que nos vamos inclinar ante ti?”. José soltó la carga sin pen-
sar en lo que iba a decir, sin considerar a quiénes les estaba
hablando. Él no pensó: “Se van a enojar, porque no com-
prenderán”. Cuando sueltes una palabra, no mires si la per-
sona entiende o no, si es ateo o si se va a burlar de ti. No ha-
gas consideraciones porque, al hacerlo, activarás el alma, lo
cual bloqueará la carga. Si Dios te dio una palabra, suéltala,
compártela, sin mirar al otro.
Cuando José soltó la carga, lo hizo de manera natural. No
cambies el tono de tu voz, no le añadas nada, no modifiques
lo que Dios te da, suéltalo tal cual Él te lo dijo, sin rellenos ni
agregados y sin mirar a quién se lo estás soltando. Tampoco

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

te mires a ti mismo porque, a veces, el alma funciona por


espejo. Al alma le encanta verse, pero el espíritu, en cambio,
es una ventana que siempre mira a Cristo.
José vio que un manojo quedaba erguido y que los otros se
doblaban. Pero los manojos, cuando se doblan, es porque
están llenos de fruto. Sus hermanos no pudieron ver eso.
¿Por qué? Porque el alma nunca entenderá las cosas del es-
píritu. Ellos solo vieron que se inclinarían, no el manojo
erguido, el cual significaba que José iba a liderar y que ellos
estarían llenos de abundancia de manera humilde. El alma,
definitivamente, no captura las cosas del espíritu. Ahora
bien, cuando soltó el sueño (la carga), vino el perfecciona-
miento. Dios va a perfeccionar tu comunión con Él, va a
quitar cosas de tu carne y va a poner cosas de Cristo.
Los hermanos se ensañaron contra José y quisieron desha-
cerse de él. José pasó trece años en cuatro lugares distintos:
(1) el pozo, (2) la casa de Potifar, (3) la cárcel y (4) el palacio.
Analicemos cómo Dios lo fue tratando…

El perfeccionamiento de José

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

POZO
El primer lugar en el que José estuvo fue el pozo. Los her-
manos lo arrojaron allí, pero uno de ellos, Judá, dijo: “No lo
matemos, mejor vendámoslo y hagámonos de unos pesos”.
Judá quería quedar bien con Dios y con el diablo. Le sacaron
la túnica de colores y lo tiraron al pozo. Allí Dios empezó a
perfeccionarlo. José estaba solo en el pozo. El pozo es cuan-
do la gente desaparece y te falla. Los hermanos le habían
fallado, y así puede pasarnos a nosotros; en muchas oca-
siones, la gente nos va a fallar. Aquellos que esperabas que
te cuidaran, te abrazaran, te defendieran, no lo van a hacer.
Pero, en el pozo, Dios le puso a José a Cristo-Presencia, por-
que desde ese lugar no podía mirar hacia afuera, solo estaba
el Señor. Por eso, cuando la gente te falle, busca al Señor por-
que, cuando estás solo, se te está añadiendo Cristo-Presen-
cia. Entonces, solo lo ves a Él y entiendes que en nadie más
puedes depositar tu confianza, porque lo experimentaste.
Recuerda: cuando la gente te falla es porque Dios te está
añadiendo algo de Él.

En el pozo se le añadió Cristo-Presencia, y José aprendió


que no podía mirar más ni a su padre, ni a sus hermanos,
ni a nadie: solo tenía que verlo a Él. ¿Ya aprendiste eso por
experiencia? Porque una cosa es que digas: “Confío en el
Señor” y otra cosa es que te fallen tus afectos más cercanos.
El pozo es parte del perfeccionamiento.

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

CASA DE POTIFAR
Sus hermanos lo vendieron y José terminó en la casa de Po-
tifar como esclavo. ¿Era dueño de algo? No. ¿Tenía vacas?
No. ¿Era dueño de su cama? No. ¿Era dueño de los muebles?
No. José no tenía nada. Tal vez pienses: “¡Qué injusto fue
Dios! ¿Por qué lo hizo pasar por todo eso? El pobre joven
era un sirviente, un esclavo, no tenía nada”. José estaba ahí
porque ahora Dios le iba a dar a Cristo-administrador.
José aprendió a administrar los bienes de su amo. Y lo hizo
tan bien que Potifar quedó admirado. El perfeccionamiento
no se adquiere en ninguna universidad, sino que viene di-
recto del Cielo. José aprendió a administrar, comprar y ven-
der campos, trigo, ganado. ¿Y por qué Dios le dio eso? Por-
que José lo iba a necesitar. Cuando algo malo sucede, no le
preguntes al Señor por qué permitió eso, céntrate en pensar
que Dios te está añadiendo de Él, que el Hijo está creciendo
en tu vida. No analices en demasía tu problema, cambia el
foco y di: “Señor, ¿qué aspecto nuevo del Hijo me estás aña-
diendo en mi intimidad contigo?”. En el caso de José en casa

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de Potifar, el Padre le estaba dando a Cristo-administrador.


Cuando José empezó a administrar, los negocios de Potifar
florecieron y trajeron enormes dividendos.
Un día, la esposa de Potifar trató de seducir a José. Él podría
haber aceptado y pensado: “Bueno, somos adultos... Al fin
y al cabo, Potifar no se va a enterar. Sin embargo, José dijo:
“No puedo pecar contra Dios, y tampoco contra mi jefe”.
Él había tenido el sueño de los manojos y a ella no la había
visto en él, así que no sucumbió a sus deseos. ¿Cómo sopor-
tó José? ¿Hay alguna técnica? El Padre le había añadido a
Cristo-dominio propio.
En la casa de Potifar, el Señor perfeccionó a José y le añadió
a Cristo-administrador y a Cristo-dominio propio. Si él po-
día dominar su deseo, cuando llegara al palacio, nada lo iba
a desenfocar, porque ya el Señor lo había perfeccionado.

CÁRCEL
La mujer de Potifar, indignada por el rechazo, lo acusó de
violación, razón por la cual José terminó en la cárcel. “Se-
ñor, ¿por qué? Si yo hice las cosas bien”, habría preguntado

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

cualquiera de nosotros. Pero José no se quejó en ningún


momento. En la cárcel, él conoció a dos ladrones a los que
les interpretó los sueños. A uno le dijo: “En tres días te van
a matar” y al otro le declaró: “En tres días estarás libre.
Acuérdate de mí cuando salgas”. En la cárcel, José recibió
un don nuevo: Cristo-interpretador. Es cierto que ya había
tenido un sueño, pero José no lo sabía interpretar. ¿De dón-
de obtuvo esa capacidad? ¿Se puso a leer un libro sobre in-
terpretación de sueños? No, el don vino del Cielo.
El preso que José dijo que iba a salir, efectivamente, salió y
fue a trabajar con Faraón. Pasaron dos años y ni se acordó
de José, pero él no se quejó. Durante ese tiempo, José recibió
a Cristo-espera. Un día, Faraón soñó con las vacas gordas y
las vacas flacas. Entonces, el hombre que había estado pre-
so con José se acordó de él y le dijo a Faraón: “En la cárcel
hay uno que interpreta los sueños. A mí me interpretó el
mío y se cumplió. Llámalo”. Rápidamente, el Faraón mandó
a buscar a José. Prepárate, porque Dios obrará de manera
rápida en tu vida. Prosperarás rápidamente, avanzarás rá-
pidamente, las puertas se te abrirán rápidamente. ¡Rápida-
mente tocarás la gloria del Señor!

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Faraón le contó lo que había soñado y José le interpretó el


sueño: “Las vacas gordas significan abundancia y las vacas
flacas, escasez. Guarda en la temporada de vacas gordas
para tener en la época de vacas flacas. Si ahorras un quinto
de toda la provisión que obtengas en el tiempo de abun-
dancia, cuando el mundo se quede sin comida, los países
vendrán a comprársela a Egipto. Egipto será el granero
del mundo”. Faraón miró a José y en ese mismo instante le
anunció su decisión: “Te nombro ministro de Economía.
Dirigirás la economía de todo Egipto”.

PALACIO
José llegó al palacio. Para este momento, él tenía a Cris-
to-Presencia, Cristo-administrador, Cristo-dominio pro-
pio y Cristo-espera. José nunca cometió un pecado, por eso
es un tipo de Cristo. ¿Cómo soportó tanto poder sin ma-
rearse? José tenía a Cristo-administrador. En el palacio,
no obstante, el Señor lo siguió perfeccionando. Necesitas
saber que, aun en los buenos momentos, Dios continuará

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

perfeccionándote. Nueve años después de llegar al palacio,


José mandó a llamar a Jacob, su padre. ¿Por qué no lo hizo
apenas llegó al palacio asumió como ministro de Econo-
mía? Porque ya tenía a Cristo-espera. José sabía esperar los
tiempos de Dios. El Señor tenía que perfeccionar primero
a los hermanos porque, si veía al padre y no perfeccionaba
a los hermanos, ellos seguirían siendo los mismos de siem-
pre. Así fue que José esperó a que ellos vinieran a comprar
trigo. Cuando los hermanos fueron por alimento, José les
dijo: “Yo soy José, su hermano, al que ustedes vendieron”.
Ellos tuvieron miedo, porque pensaron que se iba a vengar,
pero José les expresó algo verdaderamente glorioso: “Us-
tedes pensaron en hacerme mal, pero Dios lo cambió para
bien”. Esto es lo que tienes que decirle a esa persona que te
lastimó: “Pensaste en hacerme daño, pero Dios lo cambió
para bien”. Luego de esta conversación, José mandó a lla-
mar a su padre.

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La Biblia afirma que, en la cárcel, Jehová estaba con José.


Después, cuando estaba en la casa de Potifar, vuelve a ase-
gurar que Jehová estaba con José. Posteriormente, cuando
se encontró con Faraón, el monarca dijo: “Jehová está con
José”. Sin lugar a dudas, José tenía una relación con el Señor.
Él sabía que Dios lo estaba tratando. Finalmente, después
de trece años, la palabra que José había soltado se cumplió.
Hace treinta años, el Señor me dijo: “Te voy a enseñar el
secreto de Jotán”. Nunca pude descubrir cuál era el secreto
de Jotán hasta ahora, cuando me puse a estudiar el Libro de
Isaías. Y le pregunté: “Señor, ¿por qué tardaste tantos años
en mostrarme cuál era el secreto de Jotán?”. Y me contestó:
“Te estaba añadiendo Cristo-espera”. ¿Estás listo para cosas
grandes? ¡Si eres fiel en las pequeñas cosas, el Cristo que
está aumentando te llevará a cosas gloriosas que vienen del
Cielo!

El caso de Isaías
Veamos ahora un segundo ejemplo de cómo Dios nos per-
fecciona: el caso de Isaías. El ejército asirio había rodeado
Jerusalén. Las tropas habían arrasado vastos territorios y
se dirigían hacia Egipto, así que tenían que atacar primero
a Judá. Ezequías, el rey de Judá, se negó a rendirse y mandó
una comisión de tres personas a hablar con los asirios. “Dí-
ganle a su rey que lo vamos a destruir”, dijeron los asirios
que ya estaban frente al muro. “Arrasamos con otros reinos,
¿por qué ustedes no se rinden? ¿En quién confían? ¿Acaso

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

están aliados con otro país? No nos van a decir que están
confiando en su Dios, ¿verdad? ¡Si su rey, Ezequías, quitó
todos los lugares altos y los altares de idolatría! ¡Les rega-
lamos doscientos caballos, aunque ni jinetes tienen! ¡Rín-
danse!”. Ezequías había destruido todos los ídolos, pero los
asirios, que no conocían las cosas de Dios, entendieron que,
al desaparecer los altares de dioses paganos, habían dejado
de creer en Dios. El hecho es que los asirios le enviaron a
decir al rey: “¡Los vamos a destruir!”. La comitiva regresó
ante Ezequías y le contó la magnitud del peligro en que
se encontraba. ¿Qué hizo el rey? Mandó a los mismos tres
hombres a hablar con Isaías. “Profeta, el ejército asirio nos
ha rodeado. Si no nos rendimos, nos matarán a todos. El
rey no sabe qué hacer”, le explicaron. Isaías los miró y se
mantuvo tranquilo, porque para que Dios hable, no tienes
que estar ansioso, ni con miedo, ni con enojo. Todo debe ir al
Altar. Como dijo George Müller, tienes que estar imparcial
y no esperar nada, no sugestionarte con nada. Al cabo de
unos momentos, Isaías les respondió:
Isaías 37:6-7: “Y les dijo Isaías: Diréis así a vuestro señor: Así ha
dicho Jehová: No temas por las palabras que has oído, con las cua-
les me han blasfemado los siervos del rey de Asiria. He aquí que yo
pondré en él un espíritu, y oirá un rumor, y volverá a su tierra; y
haré que en su tierra perezca a espada”.
El poderoso ejército asirio se iría a causa de un rumor sin
tirar ni una flecha. El enemigo no tocaría al pueblo de
Dios. Los tres hombres volvieron al palacio y le contaron a
Ezequías lo que el profeta había hablado. De pronto, el rey

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vio que las tropas asirias se empezaban a desarmar. ¡Los


enemigos se estaban yendo! Los egipcios estaban atacando
Asiria, por lo que habían decidido ir a apoyar a sus tropas.
Creo que Dios mandó ángeles a esparcir un rumor: “¡Los
están atacando! ¡Están prendiendo fuego todo!”. El jefe del
ejército asirio, Rabsaces, le escribió una carta a Ezequías.
Esa carta decía: “Rey, ahora nos vamos, porque estamos
siendo atacados, pero vamos a volver y te vamos a destruir.
¡Violaremos a la gente, los descuartizaremos, mataremos a
todos! ¡No se van a librar de nosotros! ¡Pronto tendrán no-
ticias nuestras!”. El rey leyó la carta y, rápidamente, se fue
al templo. Se puso de rodillas, extendió la carta y le dijo a
Dios: “Señor, te llegó una carta, contéstala”. Haz lo mismo
cuando lleguen los resultados de análisis médicos, cuando
lleguen avisos de deudas, ve al Señor y dile: “Señor, te llegó
esto, es tuyo, aquí te lo presento”. En ese momento, apareció
Isaías que estaba en el templo. “Así dice Jehová”, declaró el
profeta, “no van a entrar, los voy a destruir. El rey Senaque-
rib va a morir, pues tiene condena de muerte en el Cielo.
Judá va a ser liberada y será como un árbol que tendrá fruto
hacia arriba y raíces hacia abajo”. Tendremos fruto hacia
arriba y raíces profundas hacia abajo, intimidad con el Se-
ñor, y ni una flecha nos entrará, ¡ni una! ¿Sabes qué sucedió
esa noche? Así lo narra La Palabra de Dios:
Isaías 37:36-38: “Y salió el ángel de Jehová y mató a ciento ochenta
y cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron
por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos. Entonces
Senaquerib rey de Asiria se fue, e hizo su morada en Nínive. Y

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

aconteció que mientras adoraba en el templo de Nisroc su dios,


sus hijos Adramelec y Sarezer le mataron a espada, y huyeron a la
tierra de Ararat; y reinó en su lugar Esar-hadón su hijo”.
El profeta Isaías soltó la carga y lo que ocurrió fue maravi-
lloso. Mientras el ejército asirio estaba regresando, llegó el
ángel de la peste y mató a 185.000 asirios. Además, el rey
Senaquerib fue asesinado a espada por sus propios hijos
para quedarse con el trono. ¿Sabes cuántas flechas entra-
ron a Jerusalén? Ninguna. Un comentarista dijo: “Si entraba
solo una flecha, la profecía no se habría cumplido”. Cuando
Dios te dé una carga, Él se va a encargar de que la palabra se
cumpla de manera exacta, porque todo lo que hables con-
forme a Su voluntad sucederá.
El rey Ezequías, a los 40 años de edad, enfermó, probable-
mente, de un cáncer de piel. Los médicos le dijeron que era
terminal, que no había nada para hacer. Dios llamó a Isaías
y le indicó que le dijera: “Ordena tus cosas porque te vas a
morir”. El profeta fue a ver al rey y le transmitió lo que el
Señor le había dicho. Al oír esas palabras, Ezequías se dio
vuelta hacia la pared y, llorando desconsoladamente, hizo
una oración almática: “Oh Jehová, te ruego que te acuerdes aho-
ra que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y
que he hecho lo que ha sido agradable delante de tus ojos”. Isaías se
estaba yendo cuando Dios le ordenó: “Regresa”. Isaías obe-
deció, volvió a donde estaba el rey y le anunció: “Ezequías,
Dios oyó tu llanto y te va a dar quince años de gracia”. Nota
que no le dijo: “Te voy a sanar”, no respondió a la oración al-
mática que él había hecho, sino que le estaba dando quince

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años de gracia para seguir perfeccionándolo. Ezequías se


alegró y dio gracias a Dios. Luego, Isaías ordenó que prepa-
raran una masa de higos y la pusieran sobre las llagas del
rey para que se sanara.
La Biblia narra de esta manera lo que sucedió luego:
“Y Ezequías había dicho a Isaías: ¿Qué señal tendré de que Jehová
me sanará, y que subiré a la casa de Jehová al tercer día? Respondió
Isaías: Esta señal tendrás de Jehová, de que hará Jehová esto que
ha dicho: ¿Avanzará la sombra diez grados, o retrocederá diez gra-
dos? Y Ezequías respondió: Fácil cosa es que la sombra decline diez
grados; pero no que la sombra vuelva atrás diez grados. Entonces
el profeta Isaías clamó a Jehová; e hizo volver la sombra por los gra-
dos que había descendido en el reloj de Acaz, diez grados atrás“(2
Reyes 20:8-12).
Dios le dio a Ezequías la señal de gracia que le estaba otor-
gando: la sombra del reloj, que en ese entonces era una pi-
rámide con escalones, en lugar de declinar, como era espe-
rable por su ubicación con respecto al sol, retrocedería. Es
decir, donde había sombra, ahora habría luz del sol. Lo que
el Señor le estaba diciendo era: “Yo manejo los tiempos, te
voy a dar luz, voy a iluminar tus pasos, voy a bendecir tus
días”. ¡Qué hermoso es el Señor! ¿Y eso por qué? ¡Por gra-
cia! Ezequías hizo una canción, un salmo al Señor, ¡tenía
quince años más de vida! El reino empezó a crecer grande-
mente, Asiria ya no era una amenaza y todo iba bien. Para-
lelamente, un nuevo imperio estaba surgiendo: Babilonia.
Los babilonios se enteraron de todo lo bueno que ocurría

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

en Israel y le enviaron al rey una comitiva con cartas de


felicitación y regalos. Ezequías los recibió y “les mostró toda
la casa de sus tesoros, plata, oro, y especias, y ungüentos preciosos,
y la casa de sus armas, y todo lo que había en sus tesoros; ninguna
cosa quedó que Ezequías no les mostrase, así en su casa como en
todos sus dominios” (2 Reyes 20:13). Cuando la comitiva se
retiró, apareció Isaías y le dijo: “Ezequías, ¡¿qué hiciste?!”.
“Nada, les mostré todas las bendiciones que tengo”, contes-
tó el rey. “Todo lo que les mostraste, todo lo que exhibiste, lo
vas a perder. Babilonia nos atacará y destruirá todo el reino,
pero eso no ocurrirá en tu generación, sino en la próxima”,
declaró el profeta. En ese momento, Manasés, su hijo, tenía
12 años y, cuando subió al trono, fue el peor rey de Judá.
Lo cierto es que, tal como había declarado el profeta, pocos
años después Babilonia entró y despedazó todo el reino.
El Señor me hizo detener y analizar el asunto de las cartas.
Ezequías había recibido una carta de amenaza por parte de
los asirios y, en esa situación, el rey se la presentó al Señor.
Sin embargo, cuando le llegaron las cartas de felicitación,
no hizo lo mismo: no fue a Dios. Así actúan muchas perso-
nas que, cuando les llega la bendición, cuando finalmente
tienen el auto, el nuevo empleo o la pareja, ya no buscan al
Señor y afirman: “Es que no tengo tiempo para Dios”. ¡Se
guardan la carta! Si Ezequías hubiese dicho, como lo había
hecho la vez anterior: “Señor, te llegó esta carta”, si hubiese
reconocido que las bendiciones también son de Él, entonces
no las habría perdido.

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Cuando estamos mal, cuando tenemos problemas, busca-


mos a Dios, pero, cuando Él nos salda la deuda, cuando nos
sana, cuando nos bendice, ¿lo buscamos más que antes, nos
congregamos más que antes, o ahora resulta que no tene-
mos tiempo para pasar en la Presencia? Todo lo que recibi-
mos y no se lo damos al Señor, se va a perder, porque “Jehová
da y Jehová quita” (Job 1:21). El Señor me dijo: “Bernardo, per-
fecciona a Mi Cuerpo para que, en momentos de bendición,
me busquen más que antes”. Si las puertas se abrieron y
prosperaste, pero ahora estás cansado o no tienes tiempo
para el equipo o para ir a la reunión, por ejemplo, te guar-
daste la carta y empezaste a mostrar las bendiciones. En las
malas, Ezequías se dejó perfeccionar, pero en las buenas,
después de recibir quince años de gracia que, justamente,
eran para continuar el perfeccionamiento, el rey no se dejó
tratar por Dios. “¿Por qué esta palabra es para nosotros?”, le
pregunté al Señor. Y Él me respondió: “Porque ahora que
les estoy dando las llaves de las oraciones, verán muchas
respuestas”. Ahora que estamos escuchando y soltando la
carga, Dios nos dará el auto, la casa, el viaje, la restauración
familiar, la sanidad, pero necesitamos tener presente lo que
le ocurrió a Ezequías. Cuando Dios te bendiga con toda
bendición del Cielo, acuérdate de esta palabra y, en lugar de
disminuir tu vida del espíritu, auméntala en el nombre del
Señor. Lutero decía: “Tengo tanto para hacer que voy a orar
más que antes”.
Hace treinta años, vino a verme un muchacho. Llorando,
me contó: “Bernardo, yo era asistente del pastor en otro

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Capítulo 8 ~ El deseo de Dios

ministerio. Me echaron de la iglesia, me calumniaron, y yo


tengo un llamado a las naciones. Vine para que me ayudes
y me restaures”. Le respondí: “Tranquilo, vamos a abrir una
iglesia y Dios te va a llamar al pastorado nuevamente”. Fui
con él, recorrimos barrios y elegimos un lugar. Alquilamos
un espacio hermoso. Como no tenía nada, solo calumnias
por doquier, lo equipamos, abrimos la iglesia y empezó a
pastorear ahí. Hicimos varios impactos, presenté mis li-
bros allí, convoqué gente, anuncié que esa era una sede de
Presencia de Dios. Finalmente, 150 miembros quedaron de
manera estable. Poco tiempo después, me llegó una carta de
este hombre que decía: “Pastor Stamateas, no comparto su
visión, no es bíblica, por eso, yo y mi congregación decidi-
mos retirarnos del Ministerio Presencia de Dios. Bendicio-
nes”. Recordé ese episodio y sentí enojo, pero el Señor me
dijo: “A mí también me lo hacen, Bernardo. Yo los bendigo,
los restauro, los guio y, cuando están bendecidos, restaura-
dos y prosperados, dejan de buscarme”. Varios años des-
pués, en un impacto de una de nuestras sedes, me encontré
con el muchacho. Me saludó y me contó que había perdido
la iglesia, la gente, todo. Le respondí: “¿Creíste que alguna
vez tuviste algo? Tú nunca tuviste nada”. Hace poco me en-
teré que ya partió con el Señor. ¡Qué triste! No le hagas eso a
Dios. Cuando te vaya bien, congrégate, no pongas excusas.
Cuando tu hijo estaba enfermo, tenías tiempo, pero ahora
que está sano, no tienes tiempo para Dios, porque se lo dedi-
cas a ese hijo. Y no estoy diciendo que descuides nada, sino

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que no tienes que dejar que nada, ni lo bueno ni lo malo, te


aleje de la intimidad con el Señor.
Toma tus cartas de felicitación, tus bendiciones, el trabajo,
la salud, la familia, y entrégaselos al Señor. Dile: “Todo es
tuyo, Señor. Nada me va a alejar de Ti”. Dios te está tratan-
do, te está perfeccionando, y Cristo está creciendo. Saldrás
del pozo, saldrás de la casa, saldrás de la cárcel y llegarás al
palacio, donde darás pan a las naciones.
Cuando te venga la carga, suéltala porque el Señor te está
llevando a que todo lo que le pidas conforme a Su voluntad,
Él te lo va a dar. Y cuando tengas las bendiciones, entréga-
selas a Él.

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9
La única pregunta en la vida
que vale la pena

Llenar la Tierra de Su voluntad


Nuevamente, en este capítulo, estaremos en aguas más pro-
fundas en cuanto a la oración y la voluntad de Dios.
Dios ató Su poder a nosotros. Él se autolimitó y se ató a no-
sotros. ¡Mira qué Dios maravilloso tenemos! Él tiene actos
de soberanía, sin embargo, la mayor parte de Su voluntad
está atada a ti y a mí. El Señor quiere poner Su deseo en
nuestro corazón para que nosotros lo hablemos y, cuando lo
hagamos, Él actuará en la Tierra. Ese es todo el misterio de
la oración. Veamos cómo se lo explicó Jesús a sus discípulos
en Mateo [Link] “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y
todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que
desatares en la tierra será desatado en los cielos”.
Como podemos ver, el Cielo depende de la Tierra porque,
si atamos en la Tierra, se ata en el Cielo y, si desatamos en la
Tierra, se desata en el Cielo. El primer movimiento, enton-
ces, tiene que darse en la Tierra. Esto es lo que Jesús le dijo a

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Pedro: “Cuando sueltes una carga para atar, Yo voy a respal-


dar la palabra y voy a atar; y cuando desates, voy a desatar.
No voy a actuar hasta que tú no actúes. Es por eso que el
enemigo ataca nuestra boca, él no quiere que hablemos, y
soltemos la voz de Dios, porque sabe que, si nos calla, Dios
no va a obrar. Sabe que el Cielo está listo, pero también que
está esperando a que, en la Tierra, nosotros soltemos la car-
ga. Necesitamos decirle: “Señor, dame Tu voluntad, quiero
hablar más tus cargas y menos mis palabras” porque, cuan-
do Dios nos da algo y lo soltamos, Él obra.
¿Qué pasaría si todo el día, desde que nos levantamos hasta
que nos acostamos, empezáramos a soltar la voz de Dios?
¿Te imaginas lo que sucedería en nuestra vida, en nuestro
trabajo, en nuestra casa, en nuestro caminar? ¿Qué pasaría
si llenásemos la ciudad de la voluntad de Dios? ¡Sería glo-
rioso! Esta es la razón por la que David dijo: “Que las pala-
bras de mi boca sean todas en honor a Ti”.

¿Cómo puedo oír Su voluntad?


¿Cómo puedes oír la voluntad de Dios? En tu trabajo, en tu
casa, mientras caminas por la calle, tienes que decirle: “Se-
ñor, quiero hacer Tu voluntad”. No le digas lo que te gusta-
ría, lo que opinas, lo que la gente te aconseja, sino: “Quiero
hacer Tu voluntad”. Por ejemplo, si no sabes cómo solucio-
nar ese problema matrimonial, ora así: “Señor, quiero hacer
Tu voluntad. Enséñame a hacer Tu voluntad”.

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Capítulo 9 ~ La única pregunta en la vida que vale la pena

El apóstol Pablo, este tremendo hombre de Dios que escri-


bió catorce cartas del Nuevo Testamento y ganó ciudades
enteras, murió como un mártir. ¿Por qué? El Señor me dijo:
“Bernardo, mira su origen”. Cuando iba camino a Damasco,
a Pablo se le apareció la luz y vio al Cristo de gloria. Pablo
tuvo una experiencia de intimidad con el Señor e inmedia-
tamente después quedó ciego. ¿Qué fue lo que hizo Pablo?
Así lo narra La Palabra:
Hechos [Link] “Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se
llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de
Tarso; porque he aquí, él ora [...]”.
Lo primero que hizo al entregarse al Señor fue orar. Como
fue discipulado, lo primero que Pablo aprendió fue a orar.
¿Y qué es orar? Oír la voluntad de Dios. ¿Qué les tenemos
que enseñar a las personas que se entregan al Señor? A oír
Su voz y a hablar, a orar la carga. Pablo quedó ciego, vio al
Cristo de gloria y oró durante tres días. ¡Y cuando alguien
ora, Dios hace cosas maravillosas! ¿Quién le dijo que orara?
El Espíritu Santo. Mientras Pablo estaba orando, Dios le ha-
bló a Ananías, le dio una carga. ¿Cuál fue esa carga? Hechos
9:11 nos la revela:

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Hechos 9:11, LBLA: “Y el Señor le dijo: Levántate y ve a la calle


que se llama Derecha, y pregunta en la casa de Judas por un hom-
bre de Tarso llamado Saulo, porque, he aquí, está orando [...]”.
Como podemos advertir, en la carga, el Señor le dio a Ana-
nías numerosos datos:
• El nombre del dueño de la casa: Judas
• El nombre de la calle donde estaba la casa: Derecha
• El nombre de la persona por la que tenía que pre-
guntar: Saulo
• El origen de la persona por la que tenía que pre-
guntar: de Tarso
• Lo que estaba haciendo la persona: estaba orando
• Lo que tenía que hacer: ir y orarle por la vista

De pronto, a Ananías le vino la carga al espíritu: “Ve a la casa


de Judas que está en la calle Derecha. Ahí hay un hombre,
llamado Saulo, que es de Tarso y que está orando. Imponle

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Capítulo 9 ~ La única pregunta en la vida que vale la pena

las manos y que reciba la vista”. Y después le aclaró: “Pablo,


que está orando, ya lo sabe”. Pablo estaba orando cuando
le vino al espíritu: “Vienen a orar por ti” y llegó Ananías.
Este no dudó de que lo que había oído era la voz de Dios,
pero tuvo miedo, porque Saulo era un exasesino, por lo que
preguntó: “Señor, ¿estás seguro de que ese se convirtió?”.
De todos modos, fue. “Hermano Saulo”, le anunció, “vine
de parte de Dios”. Le impuso las manos y dijo: “¡Recibe la
vista!”. A Pablo se le cayeron las escamas y recuperó la vista.
Luego, le soltó una carga nueva que recibió exactamente
en ese momento: “Sé lleno del Espíritu Santo”. Recuerda:
cuando sueltas una carga, Dios siempre te dará otra.
Las personas que se entreguen en este tiempo serán como
Saulo de Tarso: desde el comienzo verán al Cristo de gloria,
empezarán a orar y recibirán la carga. Algunos de nosotros
les impondremos las manos, los ungiremos, les soltaremos
la palabra y serán llenos del Espíritu Santo.

Principios del Cielo


Quiero compartirte contigo, querido lector, estos tres prin-
cipios celestiales:
a. Tener un portal a solas
Analicemos este pasaje:
Génesis 22:1-2: “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios
a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo:
Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de

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Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que


yo te diré”.
Abraham escuchó la voz de Dios y obedeció. Se fue con
Isaac y algunos criados hacia la tierra de Moriah —donde
hoy está el templo de Jerusalén—, rumbo a un monte. No
se trataba de cualquier monte, sino de uno que Dios le iba
a mostrar. Al llegar, Abraham les indicó a los criados que
esperaran abajo y subió con Isaac. Ese monte era un portal.
Un portal es un lugar donde uno se encuentra con el Señor.
Dios está en todos lados, pero hay lugares especiales que
Dios te muestra para que estés con Él a solas. Los portales
de Jesús eran el Getsemaní y también el monte. Separa un
lugar donde no hagas nada más que estar a solas con Él,
porque ese lugar te va a activar la Presencia de Dios en los
demás lugares. Dios les habló a Jesús, a Elías, a Moisés cuan-
do estaban solos, sin gente alrededor, sin hacer otra cosa. A
Moisés lo llevó al monte y a Elías lo llevó a la cueva. Cuando
salgas de tu portal, verás activarse la gloria de Dios. Abra-
ham sabía eso, por eso les dijo a los criados: “Quédense acá,
ustedes no pueden subir” y, con Isaac, cargaron la leña.
Cuando Jesús fue a Getsemaní con Pedro, Jacobo y Juan, no
les dijo: “Vamos a orar juntos”, sino que les indicó: “Ustedes
oren acá, yo me voy a orar allá”. ¿Por qué? Porque Jesús sabía
que estar en soledad con el Padre trae mucha gloria. No hay
un tiempo específico para estar con el Señor, puede ser un
minuto, cinco o media hora. Eso no es lo importante, sino
el lugar que elijas para estar a solas con Él. Jesús, luego de
que bajaba del monte, soltaba cargas: “sé sano”, “sé limpio”,

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Capítulo 9 ~ La única pregunta en la vida que vale la pena

“sé próspero”, “traigan los panes y repártanlos”. Ese era el


resultado de haber estado en secreto con Dios donde el trato
es privado. ¡En tu portal, a solas, verás la gloria del Señor!

b. Caminar con gente espiritual


Todos necesitamos tener dos, tres, cuatro amigos que ten-
gan experiencias de intimidad con Dios. Busca personas
que conozcan profundamente al Señor, porque esos amigos
del espíritu son los que te van a ministrar cuando lo nece-
sites. Fíjate que Isaac caminó con Abraham y fue muy ben-
decido, porque Abraham conocía al Señor, él era el padre
de la fe. Así como Isaac caminó con Abraham, comparte las
cosas profundas del Señor solo con quienes caminan con Él.
Elías caminaba con Eliseo y Josué caminaba con Caleb, por-
que entre ellos compartían profundidades de Dios. No es
que Elías le compartía y Eliseo no accionaba, él también ex-
perimentaba al Señor. Todos los hombres de Dios también
caminaron con alguien que experimentaba al Señor. Geor-
ge Müller caminaba con Spurgeon y Moody caminaba con
George Müller. El “Grupo de los siete” fue un grupo de siete
predicadores que siempre se reunían. Todos ellos salieron a
las misiones. Estos hombres de Dios no eran amigos de di-
versión, sino que compartían las cosas de Dios y se nutrían
unos a otros. Todos necesitamos tener un grupo de gente
de profundidad. Personalmente, el Señor también me ha
rodeado de biografías. Me rodeó de Spurgeon, de Moody,
de madame Guyon, de Kathryn Kuhlman, de Benny Hinn.

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c. Morir a nuestra lucha


Abraham e Isaac subieron juntos para ofrecer el holocausto,
pero ¿para quién era la prueba? ¿Quién iba a morir? Isaac.
Sin embargo, el relato no dice que Dios iba a probar a Isaac,
sino a Abraham. El que iba a morir era Isaac, pero Dios le
dijo: “Te voy a probar a ti, Abraham”, y así fue porque, final-
mente, Isaac no murió, pero Abraham sí. Dios quería que
muriera Abraham, no Isaac, porque Abraham amaba con
locura a su hijo Isaac. Dios te va a mostrar tu Isaac. Hay algo
que amas mucho y tienes que rendírselo al Señor porque,
hasta que no lo hagas, no podrás pasar a aguas profundas.
Dios le dijo a Abraham: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a
quien amas [...], y ofrécelo allí en holocausto”. Isaac representa
nuestra lucha. El Señor nos tiene que mostrar cuál es nues-
tra lucha principal, el Isaac que hay en nuestra vida. Todos
tenemos una lucha principal que nos desestabiliza. Todos
tenemos luchas que crecen con nosotros y debemos soltar-
las. Necesitamos decirle: “Señor, hoy muero a esta lucha.
Dejaré de luchar, te lo entrego a Ti”. Nota que, cuando Abra-
ham fue a entregar a Isaac, el que estaba muriendo nunca
fue Isaac, sino Abraham.
Albert Benjamin Simpson, conocido como A. B. Simpson,
fundador de la Alianza Cristiana Misionera y un gran hom-
bre de Dios, cuenta que estaba enfermo de muerte. Había
estado aquejado por un mal durante 38 años y nunca había
dejado de declararse sano y de clamar: “Señor, sáname”. Un
día dijo: “Señor, no oro más por mi salud, ya está. Te amo,
y eso es lo más importante”. ¿Y qué ocurrió? Dios lo sanó.

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Capítulo 9 ~ La única pregunta en la vida que vale la pena

Y lo sanó de tal manera que Simpson comenzó a predicar


alrededor de veinte mensajes por semana.
Cuando oramos insistentemente: “Señor, sáname. ¡Sána-
me, Jesús!”, no estamos oyendo la carga, estamos luchando
contra Dios. ¡Y orar no es luchar contra Dios! A veces, deci-
mos que dejamos en el Altar, pero, en realidad, sin darnos
cuenta, no estamos dejando esa circunstancia, estamos lu-
chando. Decimos: “Ojalá que esta enfermedad desaparez-
ca”. Una misionera había estado postrada ocho años. Ella
siempre oraba: “Sáname, Señor. ¡Padre, soy Tu hija! ¡Por fa-
vor!”. Un día, el Espíritu Santo le preguntó: “¿Y si mueres?”.
Ella pensó y respondió: “Es verdad, Señor. Si quieres que
vaya a Tu Presencia, no hay problema. Yo vivo para Ti y,
si me voy, seguiré contigo. No pediré nunca más que me
sanes”. Pasaron dos semanas y Dios la sanó. La mujer se
levantó y la gente no entendía cómo había sido posible. El
Señor la sanó cuando ella dejó de luchar. Necesitamos mo-
rir a nuestra lucha. “Abraham”, te dice el Señor, “te voy a
probar”. ¡Somos nosotros los que tenemos que morir!
Pablo tenía un aguijón que lo azotaba en su carne y oró para
que Dios se lo quitara. Sin embargo, el Señor le dijo: “Pablo,
no te voy a sacar el aguijón, te lo voy a dejar”, y el apóstol
aceptó que la lucha muriera. A. B. Simpson, la mujer misio-
nera, y muchos otros hombres y mujeres de Dios aseguran
que, cuando uno acepta que la lucha muera, se produce un
enorme alivio.

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El apóstol Pablo estaba en la cárcel. No sabía si viviría o


lo matarían; no obstante, declaró: “Me gustaría estar vivo,
pero si vivo, para el Señor vivo, y si muero, para el Señor
muero. Ya está, que Él decida”. ¿Y qué sucedió? Dios lo sacó
de la cárcel.
El día que Abraham murió, Isaac y el propio Abraham fue-
ron elevados a gran bendición. Hay muchas luchas, pero
hay una en especial, una lucha principal, que es por don-
de el enemigo te lastima. Necesitas decirle: “Señor, ya está.
Muero a esa lucha”. Cuando mueres, cuando el pez te traga
como a Jonás y dices: “Listo, ya está, me morí”, el pez te vo-
mita. Hay una lucha que tiene que morir. Watchman Nee
afirma: “Es cuando viene el golpe mortal a la gran lucha
de la carne que Dios obra. Toda nuestra vida gira en desear
que Dios obre, y Dios no obra porque lo que quiere es que
nosotros muramos a la lucha para ver el resultado”. Enton-
ces, si estás orando por sanidad, dile a Dios: “Señor, no voy
a luchar más. Si vivo, para Ti vivo y, si muero, para Ti muero.
Confío en Tu amor y no lucho más”. ¡Verás que pronto el
Señor se va a manifestar!

¿Dónde está Cristo?


Abraham e Isaac estaban subiendo la montaña. Isaac lle-
vaba la leña. Para ese momento, Isaac tenía alrededor de
quince años. “Papá, ¿dónde está el cordero?”, le preguntó a
Abraham. En toda su vida, Isaac hizo solamente una pre-
gunta y fue esta: “¿Dónde está el cordero?”. El Señor me dijo:

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Capítulo 9 ~ La única pregunta en la vida que vale la pena

“Bernardo, si haces solo esta pregunta, te daré lo que le di a


Isaac”. En tu trabajo, pregúntale: “Señor, ¿dónde está Cristo
acá?”. En la prueba, pregúntale: “¿Dónde estás, Cristo?”. Si
no tienes dinero, pregunta: “¿Dónde está el Cordero?”. Si es-
tás hablando con alguien, haz solo una pregunta: “¿Dónde
está Cristo en esta situación?”. No te cuestiones: “¿Por qué
me va mal?”; en cambio, haz la única pregunta que vale la
pena: ¿Dónde está Cristo?
¿Qué solemos hacer todos cuando tenemos problemas? Ha-
blamos, hablamos y hablamos. Pero lo que tenemos que ha-
cer es preguntar: “¿Dónde está Cristo? ¿Está abrazándome?
¿Está haciéndome depender más de Él? ¿Me está perfeccio-
nando? ¿Me está enseñando a confiar más en Él?”. Necesita-
mos salir de la crisis y preguntar: “¿Dónde está el Cordero?”.
Si vas a leer La Biblia, si vas a escribir algo, si vas a tomar
una decisión, pregunta: “¿Dónde está Cristo? ¿Dónde estás,
Señor?”. Búscalo a Él, ¡y lo vas a ver!
Isaac hizo solo esta pregunta y Dios lo bendijo toda la vida.
El padre le soltó la carga y le dijo: “Jehová Jireh”, que quiere
decir “Dios proveerá”. Abraham le soltó la palabra y esa
carga del Cielo le duró activada toda la vida, porque a Isaac
jamás le faltó nada.
Ananías fue y le oró a Saulo: “Recibe la vista”; le soltó la
carga y Pablo recobró la vista. La carga empezó y terminó.
Cuando le diste una palabra a alguien y Dios obró, la carga
empezó y terminó ahí. Sin embargo, hay cargas del Cielo

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que no se terminan, que funcionan siempre, todos los días,


todos los meses, todos los años.
Cuando Abraham expresó: “Dios proveerá”, apareció un
cordero atado, porque el hijo había preguntado: “¿Dónde
está el cordero?”. “Dios proveerá”, dijo Abraham, y ahí está
la cruz, ahí está el Padre que toma al Cordero, que es Cristo,
y este muere por nosotros, en nuestro lugar, porque noso-
tros somos Isaac.
“Dios proveerá”, dijo Abraham y, durante el resto de su
vida, Isaac recibió todo sin esfuerzo. Isaac nunca se preo-
cupó por nada, nunca inició nada. Isaac obtuvo todo gra-
tuitamente, por gracia, porque, cuando el padre le contestó
la única pregunta, la carga que Dios le soltó no se agotó en
un momento, sino que lo acompañaría todos los días de su
vida. Años después, Isaac fue a buscar los pozos de agua
que habían sido del padre y que ahora habían sido tapados.
Isaac nunca abrió un pozo de agua nuevo, él fue a buscar
los pozos que eran de Abraham, porque todo lo del padre
ahora era suyo. Isaac solo destapó los pozos, y estos son las
finanzas que recibirás directamente del Padre. Entonces,
podrás decir: “Este pozo, este negocio, esta venta, esta pro-
piedad, es del Cielo, me la dio Papá, porque lo único que le
pregunté fue: ‘¿Dónde está el Cordero?’ y Él me dijo: “¡Lo vas
a ver todos los días de tu vida!”.
Apenas Isaac destapaba un pozo, los filisteos venían y le
decían: “Ese pozo es nuestro”. Frente a esto, una y otra vez,
Isaac les respondía: “¿Quieren el pozo? ¡Quédenselo, no hay

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Capítulo 9 ~ La única pregunta en la vida que vale la pena

problema, mi papá tiene otro pozo!”. Los pozos, como di-


jimos, son las finanzas que vendrán del Padre por gracia,
como un regalo del Cielo.
En el plano de los afectos, Isaac tampoco tuvo necesidad
de salir a buscar una esposa, porque se la trajeron. Tenía 40
años cuando el asistente de Abraham salió a buscarle novia
y le trajo a Rebeca. Y La Palabra asegura que, apenas se vie-
ron, se amaron. ¡Esa pareja fue diseñada en el Cielo! ¿Qué
tuvo que hacer Isaac? Nada. Isaac representa el alma muer-
ta porque, cuando ese día en la montaña Abraham murió,
Isaac también murió. Vio el cuchillo a punto de caer sobre
él y exclamó: “Acá muero”. Pero Isaac también representa
la herencia de la gracia sin ningún esfuerzo del alma. Y no
estoy hablando de pereza, sino de decir: “Señor, ya no vivo
yo, confío en Tu agenda, todo viene de Ti”. Dios te proveerá
también en lo afectivo, con tus hijos, con tus padres, con tus
hermanos. ¡Dios te proveerá!
Cuando Isaac murió, lo enterraron en una tumba. ¿De quién
era la tumba? Del padre, porque Isaac nunca se esforzó por
nada, todo lo recibió del padre. La tumba habla de la muer-
te y habla de la vida, porque la muerte tiene que ver con la
vida. Isaac todo lo recibió del padre. Nuestro Padre sabe
que tenemos necesidades, pero si morimos y le decimos:
“Señor, tengo que hacerte una pregunta: ¿Dónde está Cris-
to acá?”, Él responderá: “Yo te voy a proveer toda la vida”.
Todo lo que el padre había preparado, era para el hijo, por-
que ese día en la montaña no solo murió Abraham, sino
que también murió Isaac. Murió al esfuerzo de la carne, a

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la inteligencia de la carne, y recibió finanzas, afectos y una


vida de victoria y de bendición.
“Te bendeciré y te multiplicaré”, le había dicho Dios a Abra-
ham, y esa misma palabra la recibió Isaac. Si todos los días
le dices: “Señor, vine a verte. ¡Anhelo Tu Presencia, Jesús!
¿Dónde estás, Cristo?”, el Padre te declarará: “Yo voy a pro-
veerte”. Por eso, abraza la única pregunta en la vida que
vale la pena, porque el Señor te dará la misma respuesta que
le dio a Isaac, y nunca te faltará nada. ¡Jehová Jireh!

Todo está saldado


Isaías [Link] “Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que
su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble
ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados”.
Y concluimos este capítulo con el Libro de Isaías. En la anti-
güedad, cuando uno tenía una deuda, le pegaban un papel
en la puerta de la casa anunciando que la persona estaba
quebrada, de manera que todos se enteraran. Pero, si iba
un rico y saldaba la deuda, el deudor tomaba la hoja y la
doblaba en dos, lo cual quería decir: “En esta casa no se debe
nada”. El Señor hoy te dice que está todo cancelado. Si sufres
de culpa, de legalismo, de condenación, de autocastigo, el
Señor te dice: “Está todo cancelado”. Y en la puerta de tu co-
razón el enemigo ve una hoja doblada. Toma una hoja, dó-
blala en dos y pégala en un lugar de tu casa donde la puedas
ver. Que esa hoja te sirva de recordatorio: había una deuda,

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Capítulo 9 ~ La única pregunta en la vida que vale la pena

pero el Cordero la pagó, porque Él es proveedor. Y si te pagó


eso, ¿cómo no pagará todas las demás cosas?
Hay gente que vive la vida cristiana quejándose: “¡Qué
duro está todo!”, “Es una lucha”, pero el Señor te mostrará
a quién tienes que ir con la hoja de papel doblada y decir-
le: “Te quiero regalar esto”. Cuando la persona te pregunte
por qué le regalas una hoja, cuéntale: “En la antigüedad,
cuando alguien tenía una deuda, le pegaban un papel en
la puerta indicando que era un deudor, pero cuando esa
deuda se saldaba, el papel se doblaba. Te quiero regalar esta
hoja de papel, porque Jesús dijo: ‘Consumado es’. Tu deuda
está pagada”.
Isaías [Link] “Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado;
y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane”.
El pueblo judío estaba en Babilonia, a treinta días de cami-
no de Jerusalén. Entonces, como iban a regresar a su tierra,
Dios les dijo: “A los valles los alzaré, a los pozos los nivelaré,
a lo que está torcido lo enderezaré para ustedes”. Prepárate,
porque el Señor te nivelará el camino. Allí donde no podías
pasar porque había un pozo obstaculizando, encontrarás
que ahora está pavimentado por el Cielo. Los valles ya no
estarán, porque el Señor los habrá nivelado. ¡Incluso a las
montañas las aplanará para que pases sin problemas!
Y el Capítulo 40 termina diciendo: “Los muchachos se fatigan
y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a
Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas;

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correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías


40:30-31).
A partir de hoy, en el nombre de Jesús, tu caminar no se
detendrá porque, donde había valle, ahora el suelo está ni-
velado; donde había montaña, la elevación habrá desapa-
recido; dónde estaba torcido, el camino se va a enderezar.
No te perderás, porque el Señor dice: “Te guiaré por sendas
de justicia por amor de Mi nombre. Mi vara y Mi cayado
te infundirán aliento y, cuando pases por la oscuridad, Yo
estaré contigo. ¿Por qué? ¡Porque todo ya fue pagado por el
Cordero!”. ¡Gloria al Señor!

Querido amigo, ora así conmigo:

Señor, hoy nos levantamos como Isaac. Queremos ver al Hijo, que-
remos ver a Cristo en las bendiciones, en el trabajo, en nuestras
casas, en las pruebas, en la enfermedad y en la salud. ¡Muéstranos
al Cordero! En el nombre de Jesús, declaramos que el Señor suelta
provisión sobre nuestra vida. Provisión es cuando Dios nos da
exactamente todo lo que necesitamos. Desde hoy y hasta la tumba,
el Señor proveerá siempre sobre tu vida y sobre la mía, tanto en lo
financiero como en lo afectivo y en el camino de la vida. Te damos
las gracias, Señor, y recibimos la herencia del Padre. Todo está
cancelado, ¡somos libres! Te damos alabanza y buscamos al Hijo,
porque el que busca al Hijo tiene todas las cosas. Caminemos con
autoridad, parémonos con firmeza, porque todo está cancelado.
¡Afirmémonos sobre el Hijo eterno, el Hijo de gloria! Nos quitaron

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Capítulo 9 ~ La única pregunta en la vida que vale la pena

el pozo, pero Dios dice: “Hay más pozos. ¡Busca al Cordero y Yo te


proveeré!”. Amén.

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10
La iniciativa

El poder de la carga
Como venimos viendo, Isaías fue un profeta lleno de Cris-
to. Te invito a observar el siguiente cuadro:

Salmo [Link] “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos [...]”.
Cuando Dios habla, Él hace. La palabra no es un deseo del
tipo: “Ojalá que te vaya bien”, sino una acción de Dios.
Salmo [Link] “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió”.
Cuando Dios dice algo, eso se ejecuta. Cuando Él te da una
palabra, eso hará sí o sí, porque cuando Él lo dice, Él lo hace.
El Espíritu Santo te da la palabra y lo único que tú haces
es soltarla. Tu rol es ser como un túnel para que el Espíritu

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Capítulo 10 ~ La iniciativa

obre porque es Él quien lleva a cabo la obra. ¿Quién es el que


sana? El Espíritu Santo. ¿Quién es el que bendice? El Espíri-
tu Santo. ¿Quién es el poder de Dios? El Espíritu Santo. Lo
único que tú hiciste fue oír y soltar la palabra a la persona
que Dios te mostró. Seguramente, la persona te abrazará y
te dará las gracias. Estarás contento porque viste al Señor
obrar en la vida de alguien y tú fuiste el canal. Pero, ¿qué
hiciste? Nada. Solo fuiste obediente y soltaste la palabra.
Había diez mil personas reunidas y Jesús les dijo a los discí-
pulos: “Denles de comer”. Tenían solo cinco panes, pero es-
tos empezaron a multiplicarse y alcanzó para todos. Cuan-
do Dios te da una palabra, aunque estés último entre toda
la multitud, esa palabra se va a cumplir. Si Dios te lo dijo, Él
lo va a hacer.
Recuerda: la carga, la voz de Dios, puede venir en cualquier
momento. Es por eso que siempre tienes que estar atento.
Generalmente, la carga es algo que no está en tu mente, un
tema en el que no estás pensando. De pronto, te viene un
nombre, una visión, una frase, y te preguntas: “¿De dónde
me salió esto?”. Es el Espíritu Santo que nos enseña a soltar
la carga.
2 Reyes [Link] “Y Eliseo estaba sentado en su casa, y con él estaban
sentados los ancianos; y el rey envió a él un hombre. Mas antes que
el mensajero viniese a él, dijo él a los ancianos: ¿No habéis visto
cómo este hijo de homicida envía a cortarme la cabeza? Mirad,
pues, y cuando viniere el mensajero, cerrad la puerta, e impedidle
la entrada. ¿No se oye tras él el ruido de los pasos de su amo?”.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

Eliseo estaba conversando con los ancianos cuando, de gol-


pe, le bajó una carga. “Ahí está viniendo una persona con
una carta para mí que dice que me van a cortar la cabeza”,
les dijo a los que estaban con él. En su espíritu, Eliseo escu-
chó el ruido de un caballo y vio al hombre con la carta. En
ese instante, alguien tocó a la puerta. Eran mensajeros del
rey que venían con una carta en la que se le informaba al
profeta que al día siguiente le iban a cortar la cabeza. ¿Qué
hizo Eliseo? Les dijo: “Avísenle al rey que mañana a esta
hora todo va a estar en normalidad”. Algunas veces, Dios te
da una carga para el momento y, otras veces, Él te da cargas
para mañana.
La carga puede venir en cualquier momento y siempre pro-
duce fuego, siempre activa tanto al que la da como al que la
recibe. Cuando sueltas de manera sencilla la carga que el
Señor te pone, puedes ver que la persona recibe fuego de
Dios. Pero si no la sueltas, nada sucederá. Es por eso que
Pablo escribió: “Oren siempre, pero no oren lo que venga a
la mente, escuchen al Señor”. ¡Dile al Señor que quieres oír
Su voluntad!
David le soltó una carga a su hijo cuando todavía era un
niño. Le dijo: “Salomón, vendrán de todos lados y te traerán
oro”. Pasaron muchos años, pero la palabra no se perdió.
Un día esa palabra la recibió la reina de Sabá, y ella le llevó a
Salomón tres mil novecientos sesenta kilos de oro, piedras
preciosas y gran cantidad de perfumes. Ese día, Salomón
recordó cuando el padre le había soltado esa carga.

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Capítulo 10 ~ La iniciativa

A veces, Dios te da una carga y esta se cumple varios años


después.

La carga vuelve
A veces, Dios te da una palabra para alguien y, cuando la
sueltas, esa palabra te vuelve a ti. Veamos dos ejemplos:

Génesis [Link] “Entonces Abraham oró a Dios; y Dios sanó a


Abimelec y a su mujer, y a sus siervas, y tuvieron hijos”.
Después de la destrucción de Sodoma y Gomorra, Abra-
ham siguió viaje y entró a la región donde reinaba Abime-
lec. El rey Abimelec no tenía hijos, pero Dios le dijo a Abra-
ham: “Ora por él porque va a tener hijos”. ¿Cómo iba a orar
Abraham para que otro tuviera hijos si él mismo no podía?
Pero Abraham obedeció y oró por Abimelec y este tuvo hi-
jos. ¿Y qué sucedió con Abraham? ¡Después tuvo el suyo!
Job [Link] “Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado
por sus amigos; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido
de Job”.
Cuando Job oró por sus amigos, el Señor lo restauró. Has-
ta que no soltó la carga, Dios no actuó. ¿Y qué oró por sus

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amigos? Job dijo: “Señor, sánalos” y, cuando soltó la carga,


la palabra le volvió a él.
Tenemos que estar atentos porque no sabemos cómo va a
obrar el Señor. Dios está afinando tu oído y te sorprenderá
obrando de un modo que ni te imaginabas.
Dios nos va entrenando. A veces lo que dice es claro, otras
veces, no tanto. Sin embargo, sabemos que Él no avergüen-
za a Sus hijos, por eso, suelta la palabra sin temor. El Señor
nos irá afinando la dependencia a Él.
Observemos lo que dice el apóstol en Marcos [Link] “Pero sa-
lido el sol, [la semilla] se quemó; y porque no tenía raíz, se secó”.
¿Por qué la semilla se secó? Porque no tenía raíz. Cuando no
tenemos raíz, el sol del mundo nos quema. ¿Qué es la raíz?
La intimidad. Hace ya 25 años, fui a predicar a Neuquén.
Cuando terminó la reunión, el pastor me dijo: “Te voy a de-
cir algo que está en mi corazón: ‘Raíces profundas’” y se fue.
Raíces profundas… ¿qué quiere decir eso? Si no tienes raí-
ces profundas, cualquier situación o comentario te derriba,
porque te falta raíz. Pero, si tienes intimidad, si estás a solas
con Dios a diario, nada ni nadie te derribará. Cuando pases
por el fuego, ahí estará Él; cuando pases por las aguas, ahí
estará Él. ¿Por qué? Porque sabes estar a solas con Él.
El Señor te anhela a ti. Cuando Él te da la casa, Dios no ama
la casa, te ama a ti. Dios no busca adoración, Él busca adora-
dores que le den adoración. Cuando Él te prospera, lo hace
porque te ama. Cuando Él te habla, no es porque quiere

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Capítulo 10 ~ La iniciativa

usarte, sino porque te ama. Es a ti, a mí, a nosotros a quiénes


Él anhela y, por eso, nosotros lo podemos desear a Él.
Congregarse, ir a la reunión es un portal de fuego. El portal
no es un mensaje ni una banda, sino la presencia del fuego
de Dios, y cada domingo estamos en el portal del Cuerpo de
Cristo porque lo vamos a buscar a Él.
Busquemos al Señor y anhelemos hacer Su voluntad. Cuan-
do le expresas: “Señor, te anhelo. Quiero que me muestres
Tu voluntad”, Dios te revela Su voluntad y, cuando lo hace,
eres asombrado, maravillado, encendido y levantado en el
nombre del Señor.

Buscarlo, encontrarlo y disfrutarlo


Observemos el siguiente cuadro:

LO BUSCO
Si buscas al Señor, lo vas a encontrar. Si le dices: “Señor, te
anhelo, te necesito, te busco”, Él te responde: “Ah, ¡entonces
me vas a encontrar!”.

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LO ENCUENTRO
Cuando lo encuentras, se te revela, descubres lo nuevo, vie-
ne la carga y el Señor te da la alegría del disfrute.

LO DISFRUTO
Después de encontrar al Señor y recibir la carga, el Señor
siempre te da la alegría del disfrute.
El hambre es como una pala que usas para cavar y buscar al
Señor. Cuando lo buscas, Él se revela. Descubres lo nuevo
y te quedas asombrado, maravillado, encendido con fuego.
Hace algunos años, mientras estaba en España, fui a un mu-
seo a ver obras de arte. Me detuve delante de un cuadro y lo
miré. “Es carísimo”, me comentó alguien. No encontré nada
interesante en este, así que seguí caminando. Me detuve
frente a otro cuadro. Lo miré. Nada interesante. La gente
lo miraba asombrada, pero yo no veía nada. Diez minutos
después de entrar, me fui a comer algo. Me di cuenta de que
la gente veía algo que yo no veía. Después me puse a inves-
tigar qué era lo que veían. Busqué en Google: “cómo mirar
un cuadro” y ahí entendí que había que mirar el título, los
personajes, las luces, las sombras, el tamaño del lienzo, los
contrastes, los trazos. Con el Señor es igual. A veces, ora-
mos: “Padre, te doy gracias por Tu amor, amén” y estamos
pensando en cuánto falta para irnos. Al Señor hay que con-
templarlo y, cuando lo hacemos, Él nos muestra Sus trazos,
Su delicadeza, Sus detalles.

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Capítulo 10 ~ La iniciativa

Si no sabes contemplar al Señor, si piensas que te aburres


o que estás bien con Dios, pero no vas a la reunión, eres
como yo que, pudiendo ver obras de arte, preferí ir a comer.
El Señor no es un paseo, no es como ir a ver vidrieras y no
comprar nada. Nunca vayas a la reunión a mirar a Cristo.
Congregarse no es ir a ver una vidriera. A Cristo hay que
comprarlo, hay que decirle: “Señor, vine a llevarme algo de
Ti. ¡Quiero algo Tuyo!”. ¡De la reunión siempre debes llevar-
te algo de Cristo! Por eso, en el Salmo 27:4, David decía que
anhelaba buscar al Señor para contemplar Su hermosura.

El perfeccionamiento de Abraham
La Escritura afirma que Dios es “el Dios de Abraham, de
Isaac y de Jacob”. Abraham es el padre de la fe. Jesús dijo:
“Antes de que Abraham fuese, Yo soy”. Ahora bien, ¿por
qué no dijo “antes de que Abel fuese” o “antes de que Noé
fuese”? Porque Dios llamó a Abraham para ser una vasija
que transmitiera las cargas a todas las familias de la Tierra.
A Abel, a Noé o a Set, Dios los trató de manera individual,
pero con Abraham iba a inaugurar algo nuevo: iba a hacer
de Abraham una vasija para llenarlo de Él, para que en él
fueran benditas todas las familias de la Tierra.
¿Qué era lo que Dios iba a tratar en Abraham? El Señor le
dijo: “Abraham, vete de tu tierra y de tu parentela, y de la
casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. ¿Qué hizo
Abraham? Obedeció y salió de la tierra, pero se llevó al papá
y al sobrino. Dios le había dicho que fuera junto a su esposa,

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pero no junto a su padre y su sobrino. Es decir, en parte obe-


deció y en parte, no. Así somos nosotros, Dios nos dice algo
y hacemos una parte bien y una parte mal.
Pero Dios iba a perfeccionar a Abraham en las fuentes. Ob-
servemos el siguiente cuadro:

PRIMERA FUENTE: LA FAMILIA


Abraham dejó la tierra y partió junto a su padre, Taré, por-
que dependía de él. Su fuente era su familia, pero Dios que-
ría ser su única fuente. Si dices: “Mi papá me maltrató”, él
sigue siendo tu fuente; o “Mis padres se separaron”, ellos
siguen siendo tu fuente de maltrato o de abandono. Sin
embargo, si dices: ”Mis padres me amaron”, ellos también
siguen siendo tu fuente. Y Dios te dice: “Yo quiero ser tu
fuente”.

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Capítulo 10 ~ La iniciativa

Dios le dijo a Abraham que fuera a Canaán, la Tierra Pro-


metida, pero a mitad de camino, en Harán, se detuvo. ¿Qué
significa esto? Cuando tu fuente es tu familia, no llegas a
destino; cuanto sigues dando vueltas alrededor de cues-
tiones con tu papá, con tu mamá, con tu pasado, solo logras
llegar hasta Harán. ¿Y sabes qué sucedió en Harán? Dios
lo perfeccionó a Abraham, no lo castigó, no le dijo: “¡Te dije
que dejaras a tu papá!”, porque lo que le estaba enseñando
no era a abandonar a la familia, sino que el padre no podía
seguir siendo su fuente. ¿Sabes cómo nos perfecciona Dios?
Esperando. Dios esperó hasta que murió Taré. Cuando mu-
rió, Abraham ya no podía depender más de él. ¿Sabes qué
hizo ahora Abraham? Fue a Canaán y ¡llegó a la Tierra Pro-
metida! Aprendió que su fuente no era su familia y levantó
allí dos altares. Al primer altar lo levantó en un lugar cuyo
nombre quiere decir “fuerza”, porque dijo: “Señor, ahora
entendí que mi familia no es mi fuerza. ¡Tú eres mi fuerza!”.
El segundo altar lo edificó en Bet-el que significa “casa”.
Abraham había entendido que Dios era su casa y su fuerza.
Ahora el Señor sí era su fuente, Él era su Padre. Ya en Ca-
naán, Abraham estaba contento y parecía que todo estaba
bien, pero vino una hambruna y decidió irse a Egipto.

SEGUNDA FUENTE: EGIPTO


Sara, la esposa, era una mujer muy hermosa y, por esa ra-
zón, para poder vivir en Egipto, Abraham le dijo: “Vamos
a decir que eres mi hermana, así salvo mi vida y podemos

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permanecer aquí”. Debido a esta mentira y habiendo puesto


Faraón sus ojos en Sara, mandó llevarla al palacio. En com-
pensación, Abraham recibió ovejas, vacas, asnos, asnas,
siervos, criadas y camellos. Pero por causa de Sara, Dios
le envió a Faraón grandes plagas. Entonces, el monarca le
preguntó: “¿Por qué no me dijiste que era tu mujer? ¿Acaso
querías que pecara contra Dios? ¡Váyanse!”.
¿Por qué Abraham había ido a Egipto? Porque su fuente la-
boral era un país, en este caso, Egipto. Por eso, Dios tuvo
que enseñarle que su fuente no era su trabajo. Abraham en-
tendió y regresó nuevamente a Canaán. Al llegar, levantó
un altar en el monte Hebrón que significa “comunión”, y le
dijo a Dios: “Señor, dependo de Ti. Tú eres mi fuente labo-
ral. Tenga trabajo o no, mi fuente eres Tú”. Tienes que saber
que, ganes bien o mal, siempre estarás en victoria, porque
tu fuente es el Señor, no un país.

TERCERA FUENTE: LAS EMOCIONES


Cuando llegaron a Canaán, los pastores de Lot, tuvieron
un altercado con los pastores de Abraham, quien le dijo:
“Lot, no discutamos, elige hacia dónde quieres ir y vete. Yo
permaneceré en Canaán”. Lo cierto es que Lot decidió ir
a Sodoma. Y allí empezó a tener problemas. Fue entonces
que Dios le dijo a Abraham: “¡Ve a rescatar a tu sobrino!”. En
esta instancia, el Señor lo trataría en otra fuente: las emo-
ciones. ¿Dijiste alguna vez: “Yo no voy a perdonar nunca
lo que me dijo o lo que me hizo ese sobrino, esa persona,

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Capítulo 10 ~ La iniciativa

esa expareja”? Hoy Dios te dice: “¡Rescátalo!”. Para muchos


de nosotros, nuestra fuente es la emoción. Expresamos fra-
ses como: “Me sentí bien”, “Lo hago porque no le hago mal
a nadie”. Desde pequeños, nos enseñan que uno es lo que
siente, no lo que Dios dice. Pero Él le dijo a Abraham: “No
vas a depender de tus sentimientos. Ve a salvar a tu sobri-
no”. Abraham obedeció, venció a los que habían capturado
a Lot y lo liberó. Después de eso, La Biblia narra que se le
apareció Cristo. Melquisedec, que es el Rey eterno, fue has-
ta Abraham, le llevó pan y vino, y le dijo: “Ven, vamos a
tomar la Cena del Señor”. Tomaron la cena, Abraham le dio
los diezmos y Melquisedec lo bendijo. Cuando tu fuente no
son tus emociones, cenas con el Señor, te encuentras con el
rey Melquisedec el Eterno y Él te dice: “Muy bien, tus emo-
ciones ya no te controlan más”. Ya no importa si te sientes
bien o mal o si estás cansado porque tienes mucho trabajo,
¡porque tus emociones ya no te gobiernan!

CUARTA FUENTE: LA FUERZA


Abraham tenía setenta y cinco años cuando Dios le dijo: “Te
daré un hijo”. Abraham y Sara estaban felices. Pero pasaron
los años y el hijo no llegaba. “Querido”, le dijo un día Sara a
Abraham, “Dios te dijo que íbamos a tener un hijo, así que
llamemos a la criada, Agar, y tengamos un niño con ella”.
En la antigüedad, era costumbre que, si un matrimonio era
estéril, podía tener hijos con sus criados. Abraham hizo lo
que Sara le había pedido y nació Ismael. Abraham pensó

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que la palabra se había cumplido, pero Dios se le volvió a


aparecer cuando Ismael tenía unos catorce años. “Ahora
vas a tener a tu hijo”, le anunció. Con cien años, Abraham
dio vida a Isaac, el hijo de la promesa, que es la gracia.
¿A qué edad Dios le dijo a Abraham que iba a tener un hijo?
A los setenta y cinco años. Abraham esperó diez años, pero,
como el hijo no llegaba, con Sara decidieron ayudar al Se-
ñor. Entonces, ¿qué hizo el Señor con Abraham? Lo dejó
esperando veinticinco años. Cuando Abraham estaba viejo,
llegó Isaac. Dios esperó que Abraham muriese en lo natu-
ral, porque cien años representan la debilidad, la fragilidad,
todo lo contrario a la fuerza, y le anunció: “Abraham, ahora
que estás frágil, Yo voy a ser tu fuerza. Serás más fuerte que
nunca, porque diga el débil: fuerte soy”. Y nació Isaac.

QUINTA FUENTE: SU AMOR


Abraham amaba con locura a Isaac, el hijo de la vejez, el hijo
de la promesa, el hijo del milagro. Pero un día, Dios volvió a
hablarle: “Abraham, quiero que me des a Isaac”. Dios le es-
taba pidiendo lo que más amaba. El Señor le había podado
la fuente familia, la fuente trabajo, la fuente emoción y la
fuente fuerzas; y ahora le iba a podar su amor. Sin embargo,
Abraham respondió: “Es tuyo, Señor”. Esa mañana, llamó
a Isaac y anunció: “Adoraremos y volveremos”. Sin decir
nada más, subieron al monte. Tenían la leña y todo lo que
necesitaban para el holocausto, excepto el animal. “¿Dón-
de está el cordero?”, preguntó Isaac. El padre le respondió:

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Capítulo 10 ~ La iniciativa

“Nuestra fuente es Dios, ya lo aprendí. El Señor proveerá”.


Todo lo que había aprendido de las fuentes se lo impartió a
Isaac, y esa palabra le duró toda la vida: ¡Jehová Jireh! Del
mismo modo, todo lo que Dios trate en ti se lo soltarás a al-
guien y será de gran bendición para la persona porque no
será una frase hecha, sino una vivencia, el trato directo de
Él contigo, lo que Él ha hecho en tu vida.

Y cerramos con Isaías…


Para concluir, analicemos ahora estos tres pasajes del Libro
de Isaías:
Isaías [Link] “Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que
su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble
ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados”.
Cuando Cristo fue a la cruz, Él pagó por sanidad, por
prosperidad, por gozo, por familias bendecidas, por fue-
go, por dones, por gloria. Todas nuestras deudas fueron
canceladas.
Isaías [Link] “Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado;
y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane”.
El pueblo judío estaba en Babilonia, a treinta días de cami-
no de Jerusalén. Entonces, como iban a regresar a su tierra,
Dios les dijo: “A los valles los alzaré; a los pozos los nive-
laré para ustedes; a lo que está torcido lo enderezaré”. ¡Él
va a guiarte en el camino de victoria! Hoy el Señor te dice
que avances con seguridad porque, donde antes no podías

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pasar, ahora vas a caminar tranquilo en el nombre podero-


so del Rey de gloria. Los valles y las montañas ya no estarán,
porque el Señor los habrá nivelado.
Isaías [Link] “Voz que decía: Da voces. Y yo respondí: ¿Qué tengo
que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como
flor del campo”.
“Da voces”, ordena el pasaje. ¿Qué tenemos que hacer tú y
yo? Hablar. ¿Qué le preguntó Isaías? “Señor, ¿qué tengo que
decir?”. Y Dios le respondió: “Que toda carne es hierba y
toda su gloria como flor del campo”. Después de esas pala-
bras siguen muchas otras cuestiones que el Señor le indicó
a Isaías que debía decir. Aquí te comparto algunas:
El pasaje habla de que el Señor, en Su mano, contiene to-
das las aguas. También dice que todo el polvo lo junta con
tres dedos, ¡al planeta entero lo sostiene con Sus dedos! Más
adelante, Dios también le pidió a Isaías que dijera: “¿Quién
le enseñó ciencia al Creador? Las naciones le son como una
gota de agua”. ¡China, Estados Unidos, Europa, América,
África y todas las naciones de la tierra son una gota de agua
para el Dios al que servimos! Y también agrega: “Di que Yo
hago desaparecer las islas como polvo y que hago menos
que nada a los poderosos”. Y el Señor me dijo: “Bernardo,
eso es lo que vas a empezar a declarar: que Yo soy un Dios
de poder, un Dios glorioso, un Dios más grande que el uni-
verso, un Dios que está en gobierno, un Dios de autoridad
tan grande que me pude hacer pequeño para vivir en tu es-
píritu. Te voy a guiar, te estoy tratando para que tus fuentes

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Capítulo 10 ~ La iniciativa

no sean ni tu familia, ni tus afectos, ni un país, ni tus emo-


ciones, ni tu Isaac. ¡Quiero ser tu fuente y que puedas decir:
¡Jehová Jireh! ¡Dios proveerá!”.
Da voces del Dios de poder. Suelta tu voz y afirma: “¡Él
proveerá!”. Él es nuestra fuente. En Él están todas nuestras
fuentes. Abre tu boca y declara que todo está pagado, que
todo está cancelado.
El Capítulo 40 termina diciendo: “Los muchachos se fatigan
y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a
Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas;
correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías
40:30-31).

Querido amigo, ora conmigo así:

Padre, te damos gracias. Sabemos que nos estás preparando para


algo grande. Queremos conocer Tu voluntad. Señor, pon en nues-
tra boca palabras frescas para los que no te conocen y para los que
se han apartado. ¡Úsanos! Te amamos, te damos gloria y te pedi-
mos que aumentes en nosotros cada vez más. Gracias, porque eres
nuestra fuente, Jehová Jireh. En el nombre de Jesús, amén.
¡Que Dios te bendiga!

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11
Cuando rendirse es la victoria

Estar atentos
La intimidad es caminar con el Señor. ¿Caminaste alguna
vez con alguien? Por ejemplo, cuando salía a caminar con
mi padre, él siempre iba varios metros delante de mí. Sin
embargo, cuando caminamos con el Señor, tenemos que ir
al mismo ritmo y en la misma dirección que Él. Somos no-
sotros los que tenemos que seguirlo a Él, no Él a nosotros. A
veces, notaremos que va más rápido; otras veces, nos hará
esperar. En algunas ocasiones, nos dará muchas cargas se-
guidas; y en otras, hará silencio y no habrá cambios. ¿Por
qué? Porque el Señor nos está enseñando a caminar con Él.
A eso, lo llamamos perfeccionamiento. Él te está perfeccio-
nando y, si no soltaste una palabra, recuerda que cada ma-
ñana es nueva para el Señor.
Continuemos estudiando el Libro de Isaías…

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Capítulo 11 ~ Cuando rendirse es la victoria

El trato de Dios hacia nosotros


Buscando la carga del Capítulo 41 del Libro de Isaías, me im-
pactó la palabra “Yo”. Analicemos algunos versículos:
Versículo 4: “¿Quién hizo y realizó esto? ¿Quién llama las gene-
raciones desde el principio? Yo Jehová, el primero, y yo mismo con
los postreros“.
Él es el primero. Oremos así: “Señor, Tú eres siempre el pri-
mero y, si Tú eres el primero, yo también soy el primero”.
Versículo 10: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes,
porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre
te sustentaré con la diestra de mi justicia”.
El Señor quiere que nos enfoquemos en Él. Dejemos la lis-
ta de pedidos personales y busquémoslo a Él. Digámosle:
“Señor, quiero conocerte. Muéstrame algo lindo de Ti para
que pueda meditar en eso”. Él se nos va a revelar, porque Él
es nuestro Dios.
Versículo 13: “Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de
tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo“.
Él es el que nos sostiene.
Versículo 14: “No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos
de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu
Redentor“.
Él es nuestro socorro.

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Versículo 15: “He aquí que yo te he puesto por trillo, trillo nuevo,
lleno de dientes; trillarás montes y los molerás, y collados reduci-
rás a tamo”.
El versículo 14 dice: “Eres un gusano de Jacob”, y ahora, el
versículo 15 agrega: “pero no temas, Yo te voy a afilar los
dientes. Serás un triturador que arrasará con todo obstácu-
lo de las tinieblas”.
Versículo 17: “Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, y
no las hay; seca está de sed su lengua; yo Jehová los oiré, yo el Dios
de Israel no los desampararé”.
Él nos oye. Él es el Dios de los desamparados.
Versículo 27: “Yo soy el primero que he enseñado estas cosas a
Sion, y a Jerusalén daré un mensajero de alegres nuevas”.
Él es el primero en enseñar.
Busca al Señor y dile: “Señor, quiero conocerte, quiero ex-
perimentarte. ¡Te anhelo!”. ¡Verás la obra de Dios! ¿Por qué?
Porque lo amaste a Él, porque lo tocaste a Él.
El Señor nos está perfeccionando. En nosotros no tiene que
haber ansiedad, ni miedo, ni enojo. Frente a las cosas de
Dios, quizás digas: “No entiendo”. Y está bien, ¿acaso crees
comprender algún día toda la gloria de Dios? Él te hará en-
tender, pero detrás de lo que no entiendes, después te mos-
trará algo que tampoco comprenderás. ¡Dios es inabarcable!
Narra una historia que, en cierta ocasión, un hombre
dijo: “Estoy mal porque hay muchos versículos que no

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Capítulo 11 ~ Cuando rendirse es la victoria

comprendo”. Moody, que estaba a su lado, le respondió: “Yo


estoy mal por los versículos que sí comprendo”.
Él nos trata y poda aspectos de nosotros para introducir
aspectos de Cristo. El perfeccionamiento es algo agradable,
porque nos hace crecer en Cristo, y dura toda la vida. Pídele
al Señor, de corazón y sin miedo, que te perfeccione. Él te
dará experiencias poderosas con Cristo.
Un joven de la iglesia compartió que alguien le soltó una
carga. “Asistencia”, le dijo. Instantáneamente, él se puso
a llorar. Cuando le preguntaron por qué lloraba, explicó:
“Tengo una enfermedad y, por eso, en la reunión estaba ex-
hausto y me quería ir a la cama. Le pedí al Señor que me
diera energía. Y tuve una visión: vi ángeles. Le pregunté:
“Señor, ¿qué son esos ángeles?”, y me dijo: “Los ángeles que
siempre te asisten”. Ahora sé que hay ángeles que me cui-
dan, que me asisten, mientras viene el milagro de sanidad”.
Así es el trato de Dios: personal y amoroso.

El trato de Jacob
Dios primero trató a Isaac y más tarde trató a su hijo Ja-
cob, porque este, al igual que nosotros, necesitaba ser
perfeccionado.

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Primer perfeccionamiento: la infancia – Bet-el


Dios tenía que podar la fuerza natural en Jacob para que
creciera Cristo-fuerza en su vida. Jacob era peleador. Tenía
un hermano gemelo llamado Esaú y, aun sin haber nacido,
en el vientre de la madre, empezó a pelear con él. Pero Dios
amó a Jacob, pues Él no nos ama porque nos portamos bien
(no tenemos mérito), sino porque Él es bueno.
Esaú era el hermano mayor y, por lo tanto, el que recibiría la
bendición del primogénito o la “primogenitura”. Esta era la
doble herencia espiritual, la doble porción de Dios. Antes
de morir, el padre bendecía al hijo mayor y le decía: “Hijo,
tienes doble herencia, doble victoria, el doble de tierras, el
doble de finanzas, doble porción”. Un día, Esaú llegó a la
casa cansado y hambriento. Allí estaba Jacob, cocinando un
guiso de lentejas. “Dame un poco”, le pidió. Jacob respon-
dió: “Te doy guiso si tú me vendes la primogenitura”. Esaú

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Capítulo 11 ~ Cuando rendirse es la victoria

pensó: ¡Quiero comer! ¡Me muero de hambre!”, y aceptó el


trato sin darse cuenta de lo que había hecho. Pero luego,
supo que había hecho un mal arreglo. Jacob se había apro-
vechado de que su hermano estaba muy hambriento.
Lo cierto es que llegó el día en que el padre, que estaba a
punto de morir, quiso darle la bendición al hijo mayor. Aho-
ra Jacob tenía que hacerse pasar por su hermano. Como
Esaú tenía mucho vello en el cuerpo, Jacob tomó partido
de esta característica distintiva. Con la ayuda de su madre,
buscó un cuero con pelo de cabra, se lo colocó en los brazos
y se presentó ante su padre con el objetivo de engañarlo
para que le diera la bendición del primogénito. Isaac, que
estaba ciego, le preguntó: “¿Eres tú, Esaú?”. Jacob respon-
dió afirmativamente. Pero el hombre, al escucharlo, pensó:
“Esa no es la voz de Esaú”, y le pidió a su hijo que se acercara
para tocarlo. Cuando pasó la mano por la piel de cabra, dijo:
“Sí, este vello es del primogénito”, y bendijo a Jacob. Poco
después llegó Esaú a buscar su bendición. “Papá”, le dijo a
Isaac, “acá estoy. ¿Me das la bendición?”. En ese momento
entendió que Jacob lo había engañado. Entonces, se llenó de
odio y comenzó a buscar a su hermano para matarlo.
A Jacob no le quedó alternativa: tuvo que huir. Así fue como
llegó a Bet-el. A la noche, en completa soledad, acomodó
una piedra en el suelo y se acostó a descansar. Mientras dor-
mía, Dios le dio una visión donde vio una escalera y ángeles
que subían y bajaban. Dios se le reveló a Jacob porque, en lo
peor, siempre vendrá una carga del Cielo. De pronto, Jacob
se despertó y exclamó: “¡Este lugar es asombroso!”. El lugar

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era hermoso, pero Jacob todavía era un hombre inmadu-


ro. De modo que tomó aceite y ungió la piedra donde ha-
bía dormido. En lugar de darle gracias a Dios por la visión
que había tenido, ungió una piedra. ¡No tenía sentido! Pero
el Señor no le dijo nada, ya que todavía no había crecido
espiritualmente.
Dios le había dado una visión. Jacob había visto una escale-
ra con ángeles que subían y bajaban, podía tener intimidad
con el Cielo, pero pidió: “Yo quiero pan y vestido”. ¡Dios le
estaba mostrando cosas maravillosas y él, en su ingenui-
dad, pedía pan y vestido! Y después oró: “Señor, si Tú me
prosperas, yo te doy el diezmo”. ¡Quería hacer negocios con
Dios! Jacob estaba inmaduro, pero, al menos, ya había teni-
do una experiencia. A pesar de su inmadurez, el Señor no
lo iba a soltar, porque Su voluntad soberana era perfeccio-
narlo. Por amor a su padre Isaac y a su abuelo Abraham, Él
lo iba a perfeccionar.

Segundo perfeccionamiento: Labán – Altar


Luego de la experiencia en Bet-el, Jacob siguió escapando
de su hermano. Así fue como llegó a la casa de su tío Labán,
un hombre psicópata, comerciante y ventajista. Al cabo de
un mes de estar allí, este le anunció: “No te voy a seguir
manteniendo gratuitamente. Ponte a trabajar”. Como no
tenía dónde ir, Jacob empezó a trabajar para el tío, ocupán-
dose de las ovejas. Asimismo, Labán tenía dos hijas: Lea era
la mayor y la menos agraciada, mientras que Raquel era la

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Capítulo 11 ~ Cuando rendirse es la victoria

menor y la más bella. Y Jacob se enamoró de Raquel y le pi-


dió su mano al padre. Labán le respondió: “Casarte con Ra-
quel tiene un costo. Deberás trabajar gratis para mí durante
siete años”. Y Jacob —como estaba enamorado—, aceptó
el trato. Luego de siete años de trabajo, le reclamó: “Tío, ya
cumplí los siete años de trabajo. Quiero casarme con Ra-
quel”. “En esta casa tenemos una costumbre”, contestó La-
bán, “la hija mayor debe casarse primero. Pero espera hasta
que termine la semana nupcial y entonces te daré también
a Raquel, siempre y cuando prometas trabajar para mí otros
siete años”. Jacob aceptó trabajar siete años más. Una sema-
na después de casarse con Lea, Labán también le entregó a
Raquel. Jacob se quedó con las dos hermanas y empezaron
a tener hijos. La Biblia narra que estuvieron en ese lugar seis
años más, es decir, un total de veinte años. Labán le cambió
el sueldo a Jacob diez veces. Le hacía descuentos y su jornal
era miserable.
Después de veinte años, un día Jacob dijo: “Me voy de este
lugar. Labán realmente lo explotaba, por eso, decidió esca-
par. Al ver que su yerno se había ido, comenzó a perseguir-
lo. Pero mientras iba detrás de él, Dios le dijo: “No puedes
tocarlo, es mío y lo estoy tratando”. Si tienes a algún Labán
en tu vida, necesitas saber que Dios ya le está diciendo que
eres Suyo y estás bajo Su trato.
Labán alcanzó a Jacob y, al encontrarlo, le anunció: “Estás
libre. No puedo detenerte porque el Señor te respalda”, y se
fue. Frente a lo ocurrido, Jacob levantó un altar, vio ángeles
y expresó: “Señor, esto es para Ti”. Estaba creciendo.

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Poco después, se enteró de que Esaú, el hermano mayor,


venía en camino con cuatrocientos soldados. “¡Me va a ma-
tar!”, pensó Jacob, y decidió mandar a los animales, a las
mujeres y a los niños adelante y quedarse detrás de ellos.
Parecía que Dios ya lo había tratado, pero, como sabemos,
la carne siempre regresa. Cuando Esaú lo vio, corrió a su en-
cuentro y lo abrazó. “Te busqué para matarte”, le dijo, “pero
te perdono”. Ambos lloraron. ¡En la persona, en la vida, en
el rostro de Esaú, Jacob experimentó a Cristo-perdón!
¿Crees que Jacob ya estaba formado? ¿Piensas que el Señor
ya lo había perfeccionado? No, todavía faltaba algo más.

Tercer perfeccionamiento: Peniel


Después de recibir el perdón de Esaú, Jacob siguió cami-
no hasta llegar a Peniel. Allí, una noche mientras estaba
durmiendo, vino un ángel (Cristo) y Jacob luchó con él sin
rendirse (Jacob representa la fuerza de la carne que no se
agota, el yo, la fuerza humana, la inteligencia, la voluntad).
Jacob peleó durante toda la noche, hasta que el ángel le pegó
en el muslo y se lo rompió. En ese momento, ya rendido, se
colgó sobre el ángel y le dijo: “No te dejaré ir a menos que
me bendigas”. El ángel le respondió: “Has vencido”. Para el
Señor, la rendición de Jacob fue un triunfo. Cuando, ya sin
fuerza, exclamó: “Me rindo, ¡bendíceme!”, Dios le contestó:
“Peleaste contra Mí y venciste”. Cuando dices: “Ya no vivo
yo, ahora Cristo vive en mí”, cuando te rindes, has triunfa-
do. El ángel continuó: “Tu nombre ya no será Jacob, de ahora

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Capítulo 11 ~ Cuando rendirse es la victoria

en adelante serás llamado Israel: gobierno de Dios. Porque


te rendiste, te daré autoridad”.
Después de ese día, Jacob siguió teniendo problemas. Dios
no se los enviaba, pero usaba esas circunstancias para po-
darlo. Tenía que despojarlo de su inteligencia, su fuerza, su
ingratitud. Tenía que seguir perfeccionándolo.
Pasaron veinte años y Jacob ya estaba viejo. Un día, los hijos
regresaron y le dieron la noticia de que a José, el primer hijo
que había tenido con su amada Raquel, se lo había comido
un animal. Conocemos la historia, sabemos que José estaba
vivo, que había sido vendido y llevado a Egipto como escla-
vo, pero él creyó la mentira y lloró amargamente. Años más
tarde, cuando ya era ministro de Economía de la nación
más poderosa del mundo, José mandó a buscar a su padre.
Los hijos mayores le dijeron: “Papá, José vive y quiere que
vayas a verlo”. Cualquiera de nosotros se habría enojado.
Jacob había sido engañado durante años, pero no dijo nada;
había sido transformado. Cristo había crecido en él y ahora,
en vez de tomar venganza y enfurecerse con sus hijos, solo
respondió: “Cuando mi abuelo fue a Egipto, tuvo proble-
mas. Le voy a preguntar a Dios si tengo que ir porque, aun-
que José esté allá, si Él no me da luz verde, yo no voy”. ¡Aho-
ra Jacob dependía del Señor! Dios le dijo: “Ve”, y Jacob fue.

Cuarto perfeccionamiento: En la vejez


Jacob llegó a Egipto. Allí viviría los últimos diecisiete años
de su existencia. Pero ya no era el de antes, pues Cristo había

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crecido en su vida. Los hijos le habían mentido respecto a la


muerte de José, pero Jacob los perdonó.
Cuando se encontró con su padre, José lo abrazó y le dijo:
“Papá, estoy vivo. Dios hizo una obra grande. A mí también
me perfeccionó”. Después, le presentó a Faraón. Hubiera
sido un buen momento para hacer un negocio, pero al viejo
hombre no le interesaba sacar ventaja. Aquel Jacob venta-
jero y manipulador ya había muerto. ¿Sabes que le hizo a
Faraón? Lo bendijo.
Los años pasaron y, un día, Jacob le dijo a José: “Hijo, te voy a
pedir una cosa: cuando me muera, no me entierren en Egip-
to, porque yo tengo un propósito y es morir en Canaán”.
Canaán es Cristo. Tú y yo tenemos que morir en Cristo, no
en el mundo. ¿Por qué? Porque si vivimos, para Él vivimos,
y si morimos, para Él morimos.
Cuando estaba a punto de partir, José fue a visitar a su padre
y llevó a sus dos hijos, Manasés y Efraín. Jacob juntó fuer-
zas, se incorporó en su cama y, después de besar y abrazar a
sus nietos, cruzó los brazos y los bendijo, dándole a Efraín,
el menor, la primogenitura. José le dijo: “No, papá, Manasés
es el mayor”. Pero Jacob respondió: “Lo sé, hijo. Yo un día
engañé a mi padre y me hice pasar por el primogénito, pero
ya aprendí. Ahora el menor y el mayor serán uno, estarán
unidos”. Después de eso, hizo llamar a todos sus hijos y los
bendijo también. A cada uno le profetizó cosas hermosas, y
todas se cumplieron. Jacob murió en bendición y en victoria
porque fue tratado por Dios.

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Capítulo 11 ~ Cuando rendirse es la victoria

Hay una nota amarga en la historia de Jacob: se rindió en


su vejez. Toda su vida resistió el trato del Señor. Un autor
pregunta: “¿Seremos nosotros más dóciles para que Dios
no tenga que tratarnos durante tanto tiempo?”. ¿Podremos
rendirnos más rápido? ¿Podremos decirle: “Señor, acá estoy,
me rindo a Ti. Esta es mi vida y va al Altar”; o seguiremos lu-
chando con las fuerzas de nuestra mente, con la tozudez de
nuestra voluntad, con el gobierno de nuestras emociones?
Muchas veces el Señor nos dirá lo que no queremos oír, sin
embargo, nosotros responderemos: “Señor, acá estoy. Me
rindo. No quiero llegar a la última etapa de mi vida espi-
ritual resistiendo Tu trato. Voy a rendirme ahora para que
aceleres los tiempos y Cristo crezca en mí”.

Te invito a orar de esta manera para cerrar el


capítulo:

Padre, te damos gracias por esta palabra. Te adoramos, te exalta-


mos. Ahí donde estás, toma la decisión y ríndete al Señor.
Pídele que Él te diga qué tienes que llevar al Altar. Dile:
“Señor, quiero ser como fue Jacob al final de su vida. Lo que hiciste
en su vida en los últimos años, hazlo ahora en mí en estos años.
No quiero perder tiempo. ¡Me rindo a Ti! Gracias por tratarme,
por podarme, por formarme a la imagen de Tu Hijo. Aunque a
mi alma le duela, me rindo a Tu trato dulce, no voy a resistirme,
porque Tu voluntad es buena, agradable y perfecta. Aumenta en

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mí, Cristo, ¡sorpréndeme con Tu gloria y poder! En el nombre de


Jesús, amén”.

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12
El pan de cada día, hoy

Tener hambre
Dios no habla al alma, Dios habla al espíritu, y el hambre
de Él atrae Su voz. El hambre es una antena para captar la
voz de Dios. Cuando tienes hambre de Él y le dices: “Señor,
te anhelo, te quiero, te necesito”, tu espíritu calibra la señal
para recibir lo que Dios hará. En cambio, si dices: “Ojalá que
Dios me dé una palabra”, entonces Dios no se moverá. Él
solamente deposita de Sí donde hay hambre.
La Biblia narra que Jesús estaba en una casa y el poder para
sanar estaba en Él. La carga que Jesús tenía era para sanar,
sin embargo, nadie se sanó. La gente que allí estaba había
ido a escuchar un mensaje. Otros, quizás habían ido solo
para ver qué sucedía, pero nadie se había dado cuenta de
que la carga de Cristo era sanar. No obstante, afuera había
cuatro hombres que tenían hambre y, como el hambre es
una antena que te conecta con Dios, ellos supieron que ese
día el Señor iba a sanar a su amigo paralítico. Sin dudar, car-
garon al enfermo y lo llevaron hasta la casa. No los dejaron
entrar, pero eso no los detuvo. “¡Vamos a entrar como sea!”,

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

dijeron, “porque a nosotros Dios ya nos dijo que hoy habrá


un milagro de sanidad”. Se subieron al techo e hicieron un
agujero, y por allí bajaron al paralítico en su camilla. Jesús,
al ver el hambre —porque el hambre es fe— de ellos, le dijo
al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados. Leván-
tate y anda”. La carga que el Señor había soltado tocó los
huesos de las piernas del hombre; este se puso de pie, tomó
su camilla en la mano y salió de la casa caminando. Nadie
se llevó ningún milagro, solo los que tuvieron hambre.
A diferencia de todos los que estaban reunidos en la casa,
estos cuatro amigos recibieron la carga porque tuvieron
hambre, y por eso se llevaron el milagro.
En este punto, es posible que te preguntes: “¿Cómo sé si esa
palabra que vino a mi mente es la voz de Dios o es la voz
de mi inconsciente?”. En primer lugar, ten en cuenta que,
cuando Dios te da una palabra, esta nunca viene con an-
siedad, con enojo, con miedo o con angustia; sino con gozo
y paz. En segundo lugar, para distinguir la voz de Dios de
otras voces, necesitas pasar tiempo con Él en intimidad. Tal
vez digas: “Yo quiero que Dios me confirme”, pero Dios no
lo hará, Él quiere que pases tiempo con Él. Al igual que un
bebé que, poco a poco y de tanto escucharlos, va entendien-
do lo que sus padres le dicen, pasar tiempo con Dios afina tu
oído para que puedas distinguir Su voz de cualquier otra.
Observemos lo que declaró David en el siguiente salmo:
Salmos [Link] “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu
santo Espíritu”.

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

David no le dijo: “Señor, no me quites el Reino” o “No me


quites la victoria”, sino “No me quites la Presencia”. David
veía en Saúl lo que era no tener la Presencia de Dios. Dios
siempre pondrá cerca a alguien sin Su Presencia para que
veas qué lastimoso es vivir así. Sin Presencia, Saúl terminó
mal. Por eso, David dijo: “Señor no quiero ser así, ¡no quites
de mí Tu Espíritu! ¡Lo único que anhelo es a Ti!
Mateo [Link] “Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste,
hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo”.
Cuando Jesús fue a orar a Getsemaní, lo hizo junto a Pedro,
a Jacobo y a Juan. Tal vez pienses: ¿Para qué los llevó? ¿Para
que oraran por Él? No; si leemos bien, descubriremos que
los llevó para que permanecieran velando, para que estu-
vieran despiertos y atentos, porque algo iba a suceder. Jesús
se alejó y, angustiado, oró: “Padre, si es posible, pasa de Mí
esta copa, pero que sea Tu voluntad”. Al regresar, encon-
tró a los tres discípulos durmiendo. “¡¿Así que no habéis
podido velar conmigo una hora?!”, les dijo. ¿Por qué Jesús
quería que estuviesen despiertos? Porque iba a pasarles
algo a ellos. ¿Qué iba a sucederles? ¡No lo sabemos, porque
se durmieron! Si se hubieran mantenido velando, sabría-
mos lo que habrían recibido del Cielo, ¡pero se quedaron
dormidos!
Por segunda vez, Jesús se alejó para orar. Estaba alineándo-
se a la voluntad de Dios y, al mismo tiempo, perfeccionando
a los tres discípulos. Nuevamente, cuando volvió, los en-
contró a los tres durmiendo. “¡Velad!”, volvió a decirles, “y

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si no pueden estar despiertos, ¡oren para que puedan! ¡Lle-


ven al Altar el sueño, el cansancio, la distracción!”. Quizás
afirmas: “A mí me cansa ir a la reunión”, ahora bien, ¿no te
cansa ir al trabajo?”. ¡Entrega tu cansancio en el Altar!
Jesús se volvió a apartar para orar. En esa ocasión, el Padre
le dijo: “Ya está. Acá está Mi voluntad: ve a redimir al mun-
do”. Jesús se levantó y regresó con la carga. ¿Qué estaban
haciendo Pedro, Jacobo y Juan? Estaban durmiendo. Por
eso, debemos permanecer alertas, con hambre de Cristo,
porque Dios nos dará cargas en cualquier momento.
¿Estás atento? ¿Estás alerta? ¿Estás velando? La carga, La
palabra, puede venir en cualquier momento. La Escritura
narra que Dios le abrió los ojos a Agar y ella vio una fuente
de agua. La fuente estaba ahí, pero Agar no la veía. Ella dijo:
“¡Señor, me muero de sed!”, y Dios le abrió los ojos para que
viera la fuente que estaba a su lado. El hambre es la antena
que te conecta con la voz de Dios.
Un pastor contó que, una vez, mientras volaba hacia una
ciudad a la que iba para predicar, tuvo una visión. Eran las
cuatro de la tarde cuando se quedó dormido en pleno vue-
lo y empezó a soñar. En el sueño vio a una mujer vestida
de azul que se le acercaba y le decía: “Pastor, tengo cáncer.
Nadie lo sabe”. En el sueño, él le respondió: “Estás sana en
el nombre de Jesús”. La mujer cayó y, poco después, mandó
su testimonio de sanidad. De golpe, el pastor se despertó.
Esa misma noche, llegó a la reunión en la que iba a predicar.
Eran las ocho de la noche. El hombre empezó a buscar a la

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

mujer vestida de azul. Cuando la encontró, le dijo: “Tienes


cáncer, nadie lo sabe, pero hoy eres sana en el nombre de Je-
sús. Recíbelo”. La mujer cayó y fue sana en el nombre pode-
roso del Señor. ¡Cuando Dios te da una palabra, Él siempre
obra! Dios lo llevó al futuro para mostrarle lo que haría, por-
que el pasado, el presente y el futuro están escondidos en Él.
¿Cómo escribió Moisés lo que Dios hizo en siete días? El
Señor lo llevó al pasado. ¡Presente, pasado y futuro, toda la
eternidad está escondida en Dios!
Dios nos dirá lo que Él hará, por eso es tan importante estar
con hambre, alertas, expectantes. Puede hablarnos como lo
hizo con Samuel, con una voz suave que lo llamaba o con
un trueno, como le habló a Moisés. A veces nos puede poner
una carga, otras veces no, sin embargo, nosotros siempre
tenemos que tener hambre de Él.

Cómo sale la carga


Analicemos este pasaje que indica cómo tenía que entrar al
Tabernáculo el sacerdote:
Éxodo 28:34-35: “Una campanilla de oro y una granada, otra
campanilla de oro y otra granada, en toda la orla del manto alre-
dedor. Y estará sobre Aarón cuando ministre; y se oirá su sonido
cuando él entre en el santuario delante de Jehová y cuando salga,
para que no muera”.
El sacerdote tenía que hacerse unas campanitas y colocarlas
en la ropa. Mientras se movía en el santuario y ministraba

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al Señor, las campanitas debían sonar. Si no lo hacían, el


sacerdote estaba muerto. ¿Qué quiere decir esto? No pode-
mos entrar a la Presencia de Dios en silencio, sino haciendo
sonar las campanillas. Tu campana es tu voz. Abre tu boca
y dile: “¡Señor, Tú eres grande, maravilloso, poderoso! ¡Te
amo, Cristo! ¡Quiero que crezcas en mi vida! ¡Tengo hambre
de Ti! ¡Muéstrame Tu deseo!”.
Si no hay hambre, si no quieres pasar tiempo con Él, Dios
no te hablará. Practica pasar tiempo con el Señor. A medida
que lo hagas, Él irá afinando tu oído y ya no necesitarás
confirmaciones.
Veamos ahora de manera práctica cómo sale la carga y qué
hace cuando soltamos la palabra:
Mateo 15:32-34: “Y Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo
compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo,
y no tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que
desmayen en el camino. Entonces sus discípulos le dijeron: ¿De
dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a
una multitud tan grande? Jesús les dijo: ¿Cuántos panes tenéis?
Y ellos dijeron: Siete, y unos pocos pececillos”.
Jesús estaba ministrando. Había cuatro mil hombres sin
contar a las mujeres y a los niños, es decir, serían aproxima-
damente unas ocho mil personas en total. Hacía tres días
que estaban con el Señor. Los que habían llevado comida se
la habían comido; todos estaban con hambre. Entonces, an-
tes de ver cómo salió la carga, necesitamos advertir que aquí
había un problema. Como bien sabemos, todos tuvimos,

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

tenemos y tendremos problemas y aflicciones. ¿Qué hace-


mos, entonces? En aguas profundas, el Señor me enseñó
dos cosas:
• En primer lugar, el Señor me mostró que, al pro-
blema que tenía, Jesús lo introdujo en una frase: “Hace tres
días que no comen... Se van a desmayar”. Introduce tu pro-
blema en una frase breve. No digas, por ejemplo: “Tengo
problemas con mi hija. No me habla, se enojó conmigo hace
tiempo y ya no tenemos contacto. Al hablar de este modo,
estás meditando en tu problema, y el alma nunca resuelve
los problemas, ¡es el Señor quien sí los va a resolver! Jesús
no dijo: “¡La gente estuvo aquí tres días! Di un seminario
demasiado extenso y ahora todos tienen hambre”. Él rápi-
damente hizo un giro e introdujo el problema en una frase
corta.
Al hacerlo, no negamos las circunstancias ni el dolor, sino
que sabemos que Dios usará todo lo que nos sucede para
bien para formar a Cristo en nosotros. Pregúntate: “¿Cómo
está usando esto el Señor para perfeccionar mi intimidad?”.
Esta es la manera en la que vencerás el problema, porque tu
foco no es lo que te está pasando, sino lo que Dios está ha-
ciendo. El Señor tomará tu problema para traer un milagro,
una victoria y una bendición.
Veamos ahora de qué manera manejaron sus propias crisis
algunos hombres de Dios:

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1 Corintios [Link] “No os ha sobrevenido ninguna tentación que


no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más
de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la
tentación la salida, para que podáis soportar”.
Los que estamos en Cristo siempre tendremos una salida
para nuestros problemas. Pablo tenía una gran prueba: lo
perseguían para matarlo. Él aprendió que en la prueba está
la salida y que la prueba no lo vencería, porque Dios no nos
va a dejar y, cualquiera sea esta, la venceremos en Cristo Je-
sús. “En la prueba está la salida”. ¿Cuál es la salida? ¿Dónde
está la salida? La salida es ver lo que el Señor está haciendo.
A su problema, Pablo lo llamó: “esta leve y momentánea
tribulación”, es decir, ni siquiera lo nombró, y de inmediato
dio un giro y dijo: “está produciendo cada vez más excelen-
te y eterno peso de gloria” (2 Corintios4:17). Él se concentró
en que el Señor le estaba dando más gloria, se enfocó en
aprender a vivir momentos de gloria. Sus perseguidores
desaparecieron, los problemas desaparecieron, él mismo

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

desapareció, todo desapareció. Pablo solo veía a Cristo. ¡Qué


maravilloso perfeccionamiento le hizo el Señor a Pablo!
“Le pedí tres veces que me quite un aguijón en la carne”,
dijo Pablo, “pero el Señor me dijo: Bástate mi gracia” (2 Co-
rintios 12:9). El Señor lo estaba perfeccionando en la gracia.
¿Qué es la gracia? Favor inmerecido. La gracia es un regalo
que viene del Cielo. Pablo dejó de mirar el aguijón y empezó
a ver la gracia. Dios lo estaba entrenando para disfrutar de
la gracia.
Santiago dijo: “La prueba produce paciencia” (Santiago 1:3).
Lo que estaba diciendo era: “Señor, te espero a Ti”. La prue-
ba que Santiago tenía —probablemente era ansioso— le
estaba produciendo paciencia. Dios le estaba enseñando a
esperar en Él. Muchas veces queremos respuestas rápidas,
que Dios resuelva todo velozmente; pero, tal vez en tu prue-
ba, Dios quiere que aprendas a esperar en Él porque Sus
tiempos son perfectos.
“[...] para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más precio-
sa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea
hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesu-
cristo [...] (1 Pedro 1:7). A Pedro lo estaban persiguiendo, y
esa persecución a él le estaba produciendo alabanza, gloria
y honra. Dios estaba perfeccionando su adoración. Ahora
Pedro tenía una adoración perfeccionada. Por eso, no pon-
gas el foco en “me está persiguiendo”, cierra ese problema
enseguida y pasa a enfocarte en lo que Él está haciendo.

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En el Salmo 3:1-3, David dijo: “Muchos son los que se levan-


tan contra mí [...], más tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí;
Mi gloria, y el que levanta mi cabeza”. Eso era lo que él estaba
aprendiendo en su intimidad con el Señor.
¿Tienes crisis, luchas, pruebas? No te apresures, permite
que el Señor te diga en qué te está perfeccionando. Frente a
cualquier prueba, como la muerte de alguien, un accidente,
un problema financiero, en vez de hablar del problema, an-
gustiarte o preguntarte por qué te ocurrió eso, da un giro
rápido y dile a Dios: “Señor, ¿cómo vas usar esto tan tris-
te e injusto que estoy pasando? Sé que lo vas a usar para
mejorarme, para perfeccionarme, y no porque yo esté mal,
sino porque voy a más Cristo”. De una u otra manera, todos
nosotros hemos pasado por pruebas y salimos perfeccio-
nados. La pregunta es: si Dios te quitase de golpe todas las
bendiciones, ¿lo seguirías buscando a Él de la misma ma-
nera que lo estás buscando ahora que estás bendecido? A
muchos les pasa que, cuando les va bien, se olvidan del Se-
ñor. Dicen: “Lo que pasa es que ahora que tengo trabajo, no
tengo tiempo para conectarme” o “ahora que Dios me dio
el auto, me dedico a salir a pasear con la familia”. Es por eso
que Dios tiene que perfeccionarnos. Necesitamos buscar al
Señor no por lo que Él nos da, sino porque, tanto en la rique-
za o en la pobreza, lo amamos a Él. “Yo he sido enseñado por
el Espíritu”, dijo Pablo, “a poner mi foco en Él”.

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

• Lo segundo que el Señor me enseñó es que, en me-


dio de las pruebas, hay que morir a la lucha. Generalmen-
te, cuando tú y yo tenemos una crisis, luchamos. “Mi hijo”,
“mi trabajo”, “mi deuda”, “mi depresión”, “mi adicción”, “mi
carácter”: ¡luchas, luchas y más luchas! Pero el Señor me en-
señó que hay que dejar la lucha en el Altar. Dios quiere que
entregues tu lucha a ese tema y le digas: “Señor, ya está”. Por
ejemplo, supongamos que tienes una enfermedad y oras:
“Padre, sáname. Me declaro sano, estoy sano en el nombre
de Jesús”, pero cada vez estás peor. Esto mismo le sucedió a
Albert Benjamin Simpson, el fundador de la Alianza Cris-
tiana y Misionera. Este hombre estaba gravemente enfer-
mo, no podía ni respirar, y oraba constantemente por sani-
dad: “Señor, sáname, me declaro sano”, sin embargo, cada
vez estaba peor. Hasta que un día dijo: “Está bien, Señor,
ya está, haz lo que quieras”. Tuvo una aceptación de paz,
no una resignación forzosa. No dijo con ironía: “¡Estamos
en las manos de Dios!”, sino que expresó con aceptación y
amor: “Señor, yo te amo. Si vivo, vivo para Ti y, si parto, es-
taré Contigo. Haz lo que quieras”. Una semana después de
morir a la lucha, Dios lo sanó y A. B. Simpson escribió este
testimonio.
Una misionera había estado ocho años postrada. Ella siem-
pre oraba: “Sáname, Señor. ¡Padre, soy Tu hija! ¡Por favor!”.
Un día, el Espíritu Santo le preguntó: “¿Y si mueres?”. Ella
pensó y respondió: “Es verdad, Señor. Si quieres que vaya
a Tu Presencia, no hay problema. Si vivo es para Ti y, si me
voy, seguiré Contigo. Ya está, no pediré más que me sanes”.

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Pasaron dos semanas y Dios la sanó. La mujer se levantó y la


gente no comprendía cómo eso había sido posible. El Señor
la sanó cuando ella dejó de luchar.
Necesitamos aprender este principio tan poderoso de mo-
rir a nuestra lucha. Andrew Murray dijo: “Dejé de orar y un
día mi voz volvió. No cambiaría por nada todo lo que apren-
dí en esos dos años; jamás en mi vida cambiaría por nada
todo lo que Dios me perfeccionó. No podría haber tenido
esa intimidad con el Señor si no hubiese perdido la voz”.
Cada vez que digas: “Ya no vivo yo, ahora Cristo vive en
mí”, cuando te rindas, habrás triunfado. Jacob se rindió y
dijo: “Ya está, ¡me rindo!”. Esas mismas palabras son las que
hoy tú y yo debemos decirle al Señor.

Cristo-pan
Volvamos al relato de Mateo 15. La gente había estado tres
días sin comer, por lo que Jesús indicó: “Vamos a darles
pan”, porque no importa el problema que tengamos, Dios
siempre nos dará pan. El pan de vida, la carga, es Cristo.
Cristo es la palabra que alimenta, porque “no solo de pan
vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de tu espí-
ritu de parte de Dios”. No importa si la persona se está por
separar, si está muy enferma o si tiene una deuda, no es ne-
cesario que cuente qué le pasa para que la aconsejemos; lo
que único que tenemos que darle en todos los casos es pan:
una palabra del Cielo. Cristo es la única solución para todos
los problemas.

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

Una palabra del Cielo es lo único que la gente necesita.

Lo que comió la gente aquel día era pan, pero un pan que se
multiplicaba, ¡un pan con vida! Cuando oras: “Señor, dime
qué le digo” y sueltas una palabra que viene del Cielo (Cris-
to), esa palabra toca el espíritu y la persona experimenta
algo que nunca había experimentado antes.
Todos nuestros problemas se resuelven con una única so-
lución: Cristo. La gente sin Cristo solo comió alimento del
alma, pero nunca se alimentó de algo que viene del Espíri-
tu. Ese pan nutre y, cuando lo soltamos, entra en la persona
y, como es Cristo, como es vida, se transforma. ¿En que se
transforma esa carga, esa palabra, ese texto, esa canción?
Veamos:
Luz
Salmo [Link] “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a
mi camino”.
A veces, la palabra que Dios no da para que soltemos se
hace luz, porque Cristo es luz. Hablamos la carga y la per-
sona dice: “Ah, ¡todo se iluminó!”. ¡Ese es Cristo-pan que se
transformó en luz!
Vida
Juan [Link] “El espíritu es el que da vida; la carne para nada apro-
vecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”.

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“Eso que me dijiste me sostuvo, me hizo bien”, dice la perso-


na. Pero ese “bien” que menciona no es el “bien” de la men-
te, sino el “bien” del espíritu, porque su espíritu, aunque
todavía está muerto, sintió una caricia.
Semilla
Mateo [Link] “Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo:
He aquí, el sembrador salió a sembrar”.
A veces, la palabra que sueltas es una semilla, por ejemplo,
de prosperidad. Quizás hablaste con alguien y esa persona
no te prestó atención, no le importó lo que dijiste, pero le
dejaste una semilla, le dejaste a Cristo, y Él va a obrar.
Lluvia / Rocío
Deuteronomio [Link] “Goteará como la lluvia mi enseñanza; des-
tilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la
grama, y como las gotas sobre la hierba [...]”.
La lluvia va a las raíces y el rocío a las hojas. El rocío es como
un refresh, una caricia que refresca, que renueva.
Espada
Hebreos [Link] “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más
cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma
y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensa-
mientos y las intenciones del corazón”.
A veces, cuando das una palabra, esta llega como espada.
En ocasiones, el pan es como un cuchillazo que separa el
alma del espíritu. La persona estaba atada en su mente,

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

oprimida, pero la palabra cae como espada y su alma es


sanada.
Martillo
Jeremías [Link] “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y
como martillo que quebranta la piedra?”.
A veces, Dios sale como martillo, lo cual es peor que la espa-
da porque, cuando sueltas la palabra, esta impacta de ma-
nera contundente.
Medicina
Proverbios [Link] “Porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio
para tus huesos”.
Otras veces, la palabra es medicina; sin preguntar ni cues-
tionar nada, la sueltas y Cristo sana. Jesús no dijo: “Tráigan-
los, que Yo soy el pan de vida. Les voy a dar de Mí”. El Señor
ordenó: “Ustedes les van a dar de Mí. Yo voy a multiplicar-
me en ustedes y ustedes les darán de comer”.
Dios nos da cargas específicas. Hay un pan que es indivi-
dual y un pan que es para el Cuerpo. Por ejemplo, cuando
Jesús se encontró con la samaritana, le dijo: “Yo tengo agua
de vida”. “Dame de esa agua”, respondió ella. “Yo soy, el que
está hablando contigo”, dijo Jesús. La mujer dejó el cántaro
que tenía en las manos y salió corriendo a dar testimonio
del Señor. ¿Por qué dejó el cántaro, si ella había ido a buscar
agua? Porque ahora el agua estaba corriendo por su interior.
Ella habló del Señor y luego, cuando Cristo llegó, toda Sa-
maria fue revolucionada. ¡Eso es lo que hace el pan de vida!

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Nicodemo, un fariseo maestro de Las Escrituras, llegó de


noche. Jesús le dijo: “Tienes que nacer de nuevo”. “¿Cómo
lo haré, si ya soy viejo?”, respondió. “Debes nacer del Es-
píritu”, le contestó Jesús. Y Nicodemo terminó siendo un
seguidor del Señor.
En una ocasión, mientras Jesús caminaba, se encontró con
Mateo (un publicano, un ladrón a quien nadie quería tener
como amigo). Al verlo, le dijo: “Sígueme”. Mateo dejó todo
y lo siguió.
El relato de Mateo 15 asegura que la multitud quedó sa-
ciada. La carga es Cristo y nosotros necesitamos practicar
cómo soltar la carga para ir afinando el oído a la voz de Dios.
Después de que los discípulos repartieron los panes, sobra-
ron siete cestas. Había siete panes y sobraron siete cestas.
Por cada carga que sueltes, Dios te dará una cesta llena, por-
que cuando comienzas a soltar, Dios comienza a darte más,
más y más. ¡Todo se multiplica cuando aprendes a compar-
tir con el hambriento algo de Cristo! Si en lo que sueltas no
está Cristo, no estás dando pan de vida, sino pan del alma;
pero, si sueltas a Cristo, ese pan nutre y tiene vid, porque
es una persona la que sale. Y Él será luz, espada, martillo,
medicina, en la vida de quien lo reciba.

Tres cosas que nos suceden cuando damos pan


1. Salud
Witness Lee afirma que el 60 % de nuestra salud depende
del hablar de Cristo. “Cuando no hablo por Él —cuando no
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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

suelto la carga—, me siento vacío, seco y débil”, aseguró.


Esta aseveración me impactó. Generalmente decimos: “Re-
cibí la palabra, y la palabra me fortaleció”, pero Lee declara
algo distinto. Él dice que cuando damos la palabra, esta nos
fortalece. Es decir, cuando no soltamos lo que Dios nos dijo,
nos sentimos vacíos, débiles y secos.
Witness Lee vivió hasta los noventa y dos años. El médi-
co que lo atendió durante sus últimos días, un hombre no
creyente, dijo: “Nunca tuve un paciente que haya muerto
con luz. Nunca vi a nadie, ni vivo ni muerto, que tuviera
esa luz”. Lee partió con gloria; porque, cuando no dudas y
sueltas lo que Dios te dice, eres fortalecido.
George Müller, quien murió a los noventa y tres años, decía
que La Palabra era su alimento. “Yo me siento fuerte porque
no he dejado, ni siquiera un día, de tener intimidad con el
Señor”. Hay algo en la intimidad que te da salud, ánimo del
corazón y fuerzas físicas en medio de las debilidades del
alma. ¡Habla La Palabra, entrega el pan, suelta Cristo!

2. Alegría
Hay una alegría que es del alma (cuando recibes la noticia
de que te aumentaron el sueldo), pero cuando sueltas una
palabra y alguien es bendecido, tienes un gozo inexplicable
y tu corazón arde. Existe una alegría de la mente y un gozo
del espíritu, el cual aparece cuando oras, recibes la carga y
después la sueltas.

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La Palabra narra que, cuando Moisés bajaba de la montaña,


el rostro le brillaba. Él no se daba cuenta, pero su cara tenía
brillo. ¡En la Presencia de Dios hay luz, alegría y gozo!

3. Multiplicación
Cuando eres fiel y das el pan, Dios te da una cesta de bendi-
ción. Los discípulos tenían siete panes para toda una mul-
titud con hambre, pero el Señor dijo: “Yo voy a ser el pan
y, cuando lo partan, me multiplicaré y verán el milagro”.
Todos comieron (las diez mil personas) hasta saciarse. ¡Te-
nemos que ser repartidores de pan!
Dios le había ordenado a Elías que ungiera a Jehú como rey
de Israel, pero él se había olvidado. El tiempo transcurrió y
Elías partió. Unos años más tarde, Eliseo recordó que había
una carga que Elías no había soltado y la tomó como propia.
Sin importar en cuántas manos estuvo anteriormente, si
tienes un diamante en tus manos, ahora es tuyo. Ahora esa
carga le pertenecía a Eliseo, por eso envió a ungir a Jehú. Así
lo relata La Escritura: “Entonces el profeta Eliseo llamó a uno de
los hijos de los profetas, y le dijo: Ciñe tus lomos, y toma esta redo-
ma de aceite en tu mano, y ve a Ramot de Galaad. Cuando llegues
allá, verás allí a Jehú hijo de Josafat hijo de Nimsi; y entrando, haz
que se levante de entre sus hermanos, y llévalo a la cámara. Toma
luego la redoma de aceite, y derrámala sobre su cabeza y di: Así dijo
Jehová: Yo te he ungido por rey sobre Israel. Y abriendo la puerta,
echa a huir, y no esperes” (2 Reyes 9:1-3).

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

Eliseo tomó la carga porque Dios, no el alma, se lo dijo. El


profeta fue y preguntó por Jehú. Este, que estaba reunido
con los príncipes del ejército, salió a ver quién lo buscaba. El
profeta tomó el aceite y se lo echó encima. “Dios te levantó
como rey de Israel”, le anunció. Pero el relato no termina ahí
porque, después de ungirlo como rey, Dios tomó al joven
profeta y este empezó a fluir. Esto fue lo que dijo cuando
soltó la carga:
“Herirás la casa de Acab tu señor, para que yo vengue la sangre de
mis siervos los profetas, y la sangre de todos los siervos de Jehová,
de la mano de Jezabel. Y perecerá toda la casa de Acab, y destruiré
de Acab todo varón, así al siervo como al libre en Israel. Y yo pon-
dré la casa de Acab como la casa de Jeroboam hijo de Nabat, y como
la casa de Baasa hijo de Ahías. Y a Jezabel la comerán los perros en
el campo de Jezreel, y no habrá quien la sepulte” (2 Reyes 9:7-10).
Cuando terminó de decir todo eso, el profeta abrió la puerta
y se fue. Jehú, todo cubierto de aceite, regresó con los prínci-
pes. Ellos sabían que algo había ocurrido, porque el olor del
pan de vida se huele, se percibe. “Me dijo que soy el nuevo
rey de Israel”, respondió Jehú. Ahora bien, ¿por qué Elías
no lo ungió a Jehú? ¿Por qué Dios detuvo esa carga? Porque
esa carga debía ser soltada delante de los príncipes de todos
los ejércitos, porque si se la soltaban a Jehú mientras estaba
solo, ¿cómo probarían que Dios lo había levantado como
rey? El Señor esperó a que estuvieran todos los príncipes
juntos. Dios va a darte el tiempo justo para que sueltes esa
palabra que parecía olvidada, y esta funcionará porque la
palabra no vence, no caduca. ¡La Palabra es Cristo! Aquel

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día, los príncipes estaban charlando con un amigo y, un mo-


mento después, estaban hablando con el rey de Israel. Esto
es lo que sucede cuando cae la Presencia del Señor: en un
segundo, los que te veían de una manera, te verán de otra.

Cuando soltamos la palabra, todo se transforma.

La Escritura afirma que Jehú mató a Joram. Joram quiere


decir “exaltado”. Toda la soberbia y el orgullo que estaban
rodeándote morirán cuando la Presencia del Señor caiga
sobre tu vida. Jehú también mató a Ocozías. Ocozías quiere
decir “el que tiene tus cosas”. Todo lo que te había quitado
algo ahora va a morir por el poder de la unción. Jezabel fue
muerta por Jehú. El nombre Jezabel significa “sin autori-
dad”. Si estás lleno del Señor, todos los psicópatas que te
lastimaron saldrán de escena en el nombre del Señor. Por
último, también los hijos de Acab murieron, el rey más per-
verso de Israel. Todas las ramificaciones de ese problema,
que te trajeron más conflictos, también van a morir en el
nombre poderoso del Señor. Porque donde hay pan, donde
hay Presencia, donde hay intimidad, donde hay hambre y
anhelo del Señor, siempre suceden cosas grandes. ¡Montes
caerán y el mar rugirá al sonar de Su nombre!
Abre tu boca y haz sonar tu campana. Dile a Dios: “Se-
ñor, tengo hambre de Ti. Úngeme, derrámate en mí”. Dios
te pondrá una palabra, Cristo-pan, para que lo repartas a

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Capítulo 12 ~ El pan de cada día, hoy

quien Él te indique. Y donde hay pan, hay abundancia; don-


de está Cristo, hay gozo, salud, fuerzas, poder y victoria.
Antes de ungir a David, Samuel se equivocó siete veces,
pero eso no le importó al Señor. Si lo amas, Él usará todo
para seguir afinándote, para continuar perfeccionándote.
Amén.

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13
Qué hacer y qué no hacer al pasar
por pruebas

Cómo manejar las pruebas


Todos tenemos pruebas, crisis, problemas económicos, de
salud, familiares, de pareja, con los padres, con los hijos, con
los nietos, con los vecinos, en el trabajo. Ahora bien, ¿qué ha-
cemos con las pruebas? ¿Por qué los cristianos convivimos
con tantos problemas? El hecho es que siempre enfrenta-
remos problemas. En este mundo caído tendremos aflic-
ción; sin embargo, si aprendemos a resolver las situaciones
adversas como se hace en aguas profundas, habrá algunas
que no vendrán a nuestra vida nunca más. Analicemos
primero cómo solemos, equivocadamente, atravesar estas
circunstancias:
1. Hay gente que niega las pruebas y afirma: “Está todo
bien. No pasa nada”, sin saber que, al negar una situa-
ción, nuestro cuerpo enferma y termina somatizan-
do todos los problemas que tenemos y no hablamos.

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Capítulo 13 ~ Qué hacer y qué no hacer al pasar por pruebas

2. Existen personas que, frente a un conflicto, dicen:


“Yo puedo con esto. Ya pasé por mucha adversidad y
sé que soy fuerte. Voy a superar esta situación”. Esta
actitud también es inconveniente, porque lo que es-
tamos haciendo es activar nuestro yo para resolver la
prueba. ¡Y no es con el alma que se resolverá!
3. El error más frecuente que cometemos es hablar
nuestros problemas día y noche. Creemos que, si ha-
blamos del conflicto, este se va a resolver. Sin embar-
go, nunca un problema se soluciona de este modo.
¡Si las crisis se remediaran hablando, no tendríamos
crisis!
Entonces, ¿cómo se resuelven los problemas en aguas pro-
fundas? Analicemos el siguiente pasaje:
Romanos 8:35-36: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?
¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o
peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muer-
tos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero”.
Pablo se pregunta: “¿Quién nos separará del amor de Cris-
to?” y enumera siete pruebas: tribulación, angustia, perse-
cución, hambre, desnudez, peligro y espada. Luego, rápida-
mente, cambia el discurso y declara: “Como está escrito: Por
causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como
ovejas de matadero”. El apóstol nos está enseñando un prin-
cipio importante: cuando tenemos una prueba, lo primero
que debemos hacer es ir al Altar y preguntarle al Señor:
“¿Qué debe morir de mí?”. Siempre hay algo de nuestro yo

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que debe morir antes de que Dios actúe en la prueba. ¡El


Altar es la llave para la victoria!
Generalmente, frente a una dificultad, lo primero que ha-
cemos es buscar consejo, echarle la culpa a los demás y, lue-
go, tratar de resolverla en nuestras fuerzas. Sin embargo, el
apóstol Pablo asegura que, frente a las pruebas, lo único que
debemos hacer es ir al Altar, el cual no es una doctrina, sino
una experiencia con el Señor en la que le decimos: “Aquí
está lo que me mostraste de mi yo, Padre. Lo dejo en la cruz
para su muerte”. Quizás pienses: “Ya dejé las luchas en el
Altar muchas veces, ¡pero vuelven a aparecer!
¡Necesitamos pedirle al Señor que nos muestre qué aspec-
to de nuestro yo debe morir en esa prueba que estamos
atravesando!

El secreto del Altar en términos bíblicos escondidos


Observemos el siguiente pasaje:
1 Corintios [Link] “Sin embargo, el espiritual no es primero, sino
el natural; luego el espiritual”.
Es curioso, si hay dos hermanos, que Dios siempre elige
al segundo. Entre Ismael e Isaac, Dios eligió a Isaac. Entre
Esaú y Jacob, que eran gemelos, eligió a Jacob, el segundo
en nacer. Entre Manasés y Efraín, los hijos de José, eligió a
Efraín. Saúl y David no eran hermanos, pero ambos fueron
reyes, y Dios bendijo a David. Dios siempre elige lo segundo

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Capítulo 13 ~ Qué hacer y qué no hacer al pasar por pruebas

Ahora bien, ¿qué simboliza lo segundo? Cuando tú y yo


nacemos, lo hacemos en la carne, eso es lo primero. Luego,
al recibir a Cristo como Señor, nacemos espiritualmente, y
esto es lo segundo. Dios siempre bendice lo segundo y nada
de lo primero, porque eso es en lo natural, “el yo”. El Padre
solo bendice a “Cristo en mí”. Si atravesamos la prueba en
lo natural, Dios nos bendecirá; sin embargo, si lo natural
muere, lo segundo aparece, que es Cristo.
Jesús le dijo a Nicodemo: “Nicodemo, debes nacer de nue-
vo”. Claramente Nicodemo había nacido, pero el primer
nacimiento había sido en la carne, la cual ahora debía morir
para que naciera en lo espiritual. Si lo primero muere, si
llevas al Altar tu propio yo, siempre vendrá lo segundo, y
el Cristo resucitado aparecerá. Ahora bien, ¿qué hacemos
con los problemas? Luchamos, buscamos soluciones, ha-
blamos, lloramos, asistimos a la iglesia más seguido, nos
anotamos en más equipos, pero nada funciona. ¿Por qué?
Porque hasta que lo primero no muera, lo segundo no pue-
de venir. Es imprescindible llevar al Altar lo que el Señor
nos muestre.
Analicemos lo que Pablo les dijo a los corintios:
2 Corintios [Link] “De manera que la muerte actúa en nosotros, y
en vosotros la vida”.
El apóstol explicaba: “Yo vengo con el Altar dentro de mí
mismo, en mí funciona la muerte, pero a ustedes los toca
el Cristo que sale de mí, es decir, la vida. A mí me toca la
muerte porque, cuando muero, Cristo aparece”.

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En Romanos 8:35-36, Pablo explicó el tema del Altar y des-


pués dijo: “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores
por medio de aquel que nos amó”. Por medio de Cristo vencere-
mos todas las pruebas, porque “en todas estas cosas somos
más que vencedores”. Guarda esta palabra en tu corazón
sin importar lo que estés atravesando. Por medio de Cristo
eres más que vencedor en cada prueba.
¿Qué implica ser un vencedor? Vencer no es un método,
sino una persona que ya vive en ti: Cristo. Esta es la razón
por la que no necesitas pedir: “Señor, dame la victoria, ayú-
dame a vencer, resuélveme este problema”. ¡Dios ya te dio
la victoria! ¡Él ya te dio a Cristo! ¡El nombre de Cristo es
victoria!
Dios no trabaja con métodos, Dios trabaja con Cristo. En-
tonces, si tienes una deuda, el Padre la resolverá con Cristo.
Frente a los grandes problemas y a los pequeños inconve-
nientes, si tienes una prueba, un problema con tu hijo o una
complicación menor, dile a Dios: “Señor, muéstrame qué
de mí debe morir”. Permite que el Espíritu te diga lo que
debes llevar al Altar. El método de Dios es una persona que
aparece cuando muere lo natural. Cristo se encargará de la
prueba que estás pasando. ¡La victoria ya vive en ti!
Examinemos cómo manejó Pablo la prueba:
Romanos [Link] “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribu-
lación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro,
o espada?”. El apóstol encapsuló la crisis en una frase. ¿Qué
hacemos nosotros con la crisis? Hablamos horas y horas

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Capítulo 13 ~ Qué hacer y qué no hacer al pasar por pruebas

de ella, pero no es de esta manera como se resuelve la cri-


sis. Aprende a encapsular tu problema en una frase y di:
“Tengo un problema con mi hija” y no agregues nada más.
“Tengo un problema de salud” y punto. Pablo ciñe la crisis
a una frase, y no permite que su alma se ponga a meditar
en el dolor. Solo necesitamos que Cristo-victoria aparezca.
En el mundo hay aflicción, pero en aguas profundas, el
noventa y cinco por ciento de los problemas desaparece-
rán para siempre si circunscribimos la crisis a una frase e
inmediatamente nos concentramos en cómo el Señor está
usando esa prueba para aumentar nuestra intimidad con
Él, para perfeccionarnos.
Romanos 8:28 declara: “Y sabemos que a los que aman a Dios,
todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su
propósito son llamados”.
A todas las cosas, sin importar cuáles sean, Dios las va a
usar para formar al Hijo en nosotros, para mejorar nuestra
intimidad con Él, para que aprendamos lecciones, para que
tengamos experiencia viva con Él. Dios no está en el nego-
cio de que seamos felices o de que cumplamos nuestro pro-
pósito, lo que Él hará es tomar las circunstancias adversas
—el abuso, la deuda, un malestar insignificante, el duelo, la
injusticia, la traición, etc.—, y las usará para formar a Cristo
en ti y en mí, para perfeccionar nuestra intimidad con Él.
Enfócate en ver qué es lo que el Señor está haciendo en tu
vida. Declara una y otra vez: “Señor, dependo de Ti. Cristo,
eres mi fuente”, y la prueba será pulverizada, porque Pablo

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dijo que: “[...] ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados,


ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo pro-
fundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de
Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38-39).
¡Por eso somos más que vencedores!
Y al preguntarle el porqué de una determinada circunstan-
cia, el Señor te responderá: “Estoy construyendo alegría en-
tre nosotros”, “Estoy construyendo dependencia”, “Te estoy
mostrando que Yo soy Jehová Jireh, tu proveedor”, “Te estoy
enseñando que soy tu sanador, Jehová Rafa”. Así, el Señor
te empieza a tratar. Enfócate en Él y olvidarás la prueba,
porque el Padre ya te prometió que eres más que vencedor
por medio de Aquel que te amó.
Observemos en estos cuadros una enseñanza que tomé de
una famosa escritora estadounidense:

Si vas a Dios y pasas por tus circunstancias (primer mode-


lo), vas a sufrir. Dirás: “¡¿Por qué me pasa esto?!”. Por otra
parte, si te va bien, dirás: “Dios es bueno”, pero, si te va mal,
afirmarás: “Dios es malo, no me respondió”. Es decir, tu

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Capítulo 13 ~ Qué hacer y qué no hacer al pasar por pruebas

concepto de Dios dependerá de las circunstancias. Si un


ser querido muere, expresarás: “Dios no obró, no es bueno”,
pero si se sanó de un cáncer, declararás: “Dios hizo el mila-
gro. ¡El Señor es maravilloso!”. Entonces, continúas depen-
diendo de tu prueba. El 99 % de las personas que vienen a la
iglesia lo hacen cuando tienen un problema. Cuando Dios
resuelve su conflicto, desaparecen. De pronto, ya no tienen
tiempo, viven lejos o están repletas de trabajo. El problema
los atrae, y la bendición los termina de alejando. En cambio,
nosotros, tal como explica Pablo, tenemos que ir al Señor y
ver lo que Él está haciendo en nosotros (segundo modelo).
Las circunstancias no importan, lo que cuenta es buscarlo
a Él y preguntarle: “Señor, ¿qué estás perfeccionando en
mí?”. Quizás Cristo-paciencia o tal vez Cristo-alegría es-
tán creciendo en nuestra vida. Cuando Dios te revele lo
que está haciendo en ti, tus circunstancias empezarán a ser
vencidas. Ya no te preguntarás, como lo hacen los cristia-
nos que buscan a Dios al atravesar circunstancias difíciles
(primer modelo): “¿Por qué me va mal?”, o “¿Dónde esta-
ba Dios cuando pasó todo esto?”. Observa que el apóstol
aseguró: “Tanto en la salud como en la enfermedad, ¡todo
lo puedo en Cristo que me fortalece! Yo no me paro en las
circunstancias, sino en lo que Él está haciendo”. A Pablo lo
perseguían, pero, a esa “leve y momentánea tribulación”,
la encapsuló en la palabra ”persecución” y, rápidamente,
dio un giro para concentrarse en que su prueba produciría
peso de gloria.

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Si leemos toda la Carta a los Corintios, advertimos que re-


iteradas veces habla de la gloria. La gloria es cuando todo
desaparece y queda solo el Señor. Cuando Pablo estaba en
prisión, en realidad no estaba allí, sino en la gloria. Cuan-
do lo atacaban, no veía a la gente, estaba en la gloria. En la
gloria no hay gente, no hay cárcel, no hay nada. El Señor lo
estaba perfeccionando, le estaba enseñando vivencialmen-
te cómo todo iba a desaparecer y ya no le importaría si lo
criticaban o lo halagaban, si estaba libre o preso. El apóstol
dijo: “¿Saben qué aprendí en la prueba? Que en la riqueza
y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, nada me
importa, todo lo puedo en Cristo que me fortalece. ¡Yo vivo
en la gloria!”.
Tiempo después, atravesó otra prueba: un aguijón. No sa-
bemos exactamente de qué se trataba. Quizás era una en-
fermedad en los ojos o tal vez un perseguidor, porque lo
definió como “un mensajero de Satanás que lo abofeteaba”.
Los teólogos intentan descubrir este enigma, sin embargo,
Pablo no aclaró cuál era su aguijón. Ahora bien, ¿qué le dijo
el Señor cuando le pidió que se lo quitara? “Bástate Mi gra-
cia”. ¿Qué es la gracia? Recibir lo que no pediste, lo que no
mereces. La gracia es un regalo que el Señor te da. Pablo
dijo: “Vivo en la gracia” y, efectivamente, era como Isaac:
donde iba, destapaba un pozo y era bendecido. Entonces,
¿qué debemos hacer cuando Dios no nos quita el aguijón?
Poner en una frase breve lo que nos pasa, preguntarle al
Señor qué es lo que está haciendo en nuestra vida y concen-
trarnos en eso, no en la crisis. Ya sea que estés viviendo una

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Capítulo 13 ~ Qué hacer y qué no hacer al pasar por pruebas

crisis profunda o que tengas un pequeño inconveniente,


pon esa circunstancia en una frase, lo cual no implica ne-
garla, sino enfocarse en el Señor.
En forma breve, sin explayarse, Pablo dijo: “Tres veces he sido
azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido nau-
fragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar
[...]” (2 Corintios 11:25). Nombró sus crisis y de inmediato
afirmó: “Su gracia fue sobre mí. Él me formó”. El apóstol
enfrentó correctamente sus circunstancias, pero veamos
un ejemplo de un mal manejo de la crisis:
Moisés envió doce hombres, uno de cada tribu, a exami-
nar la Tierra Prometida durante cuarenta días. Ellos debían
inspeccionar si la tierra era buena o mala, si había árboles
o no, si la gente que vivía allí era fuerte o débil. Pasados los
cuarenta días, regresaron con un informe. Todo el pueblo
se reunió para escuchar lo que habían visto. Entre los doce
príncipes, de los cuales La Biblia no menciona el nombre,
había dos que eran muy conocidos: Josué y Caleb. Excepto
ellos dos, los demás aseguraron: “Hay gigantes, ¡son enor-
mes! Nosotros somos como langostas. Además, la tierra se
traga a los moradores”. Es curiosa esta última afirmación.
¿Por qué dijeron que la tierra se los tragaba, si ninguno ha-
bía sido tragado? Y los gigantes, ¿eran realmente tan terri-
bles? Porque no mataron a ninguno, aunque se vieron a sí
mismos como langostas. Josué y Caleb, por su parte, dieron
un informe muy diferente. “Hay leche y miel. ¡Entremos!
¡El Señor nos entregó esa tierra!”, exclamaron.

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Los exploradores habían traído higos, granadas y uvas gi-


gantes, que simbolizan a Cristo. Habían estado en el valle
de Escol —que quiere decir “uvas”— y de allí tomaron raci-
mos maravillosos, enormes. ¡Josué y Caleb no podían dejar
de mirarlos! Sin embargo, todos los demás se concentraron
en mirar a los gigantes. Esto también sucede cuando, en
lugar de mirar a Cristo, miras a los gigantes.
“Somos como langostas”, aseguraron, “nos van a comer
como pan”. Y pronto comenzaron a quejarse: “¡Elijamos otro
líder y volvamos a Egipto!”. Furiosos, decidieron apedrear
a Moisés, a Josué y a Caleb hasta matarlos. Frente a esta si-
tuación, Moisés y Aarón se postraron de rodillas, mientras
Josué y Caleb se rasgaron las vestiduras. En ese momento,
la nube de Dios bajó y les habló a todos los israelitas: “No
pueden tocar a estos hombres. Por cuanto en su exploración
de cuarenta días miraron los gigantes, hablaron de langos-
tas y dijeron que la tierra era mala, ahora estarán cuarenta
años dando vueltas en el desierto. Pero Josué y Caleb van
a entrar, porque ellos vieron las uvas”. Cada día nos toca a
nosotros elegir si verás a los gigantes o a Cristo.

Los tratos personales de Dios


Watchman Nee narró un episodio que vivió con Marga-
ret Barber, la mujer de Dios que lo perfeccionó. “Dios me
mostró que vamos a alquilar un lugar para que vengan mi-
sioneros de Inglaterra”, le anunció Margaret y, poco des-
pués, alquiló el edificio de un colegio que había cerrado. Los

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Capítulo 13 ~ Qué hacer y qué no hacer al pasar por pruebas

misioneros llegaban allí para hospedarse y dar conferen-


cias. Pasó el tiempo y el dueño del edificio le comunicó que
necesitaba que le devolviese la propiedad, porque allí se
instalaría una fábrica. Para ese momento, Margaret Barber
había planeado tomarse unos días de vacaciones y, a pe-
sar del aviso de desalojo, decidió no suspender sus planes.
Watchman Nee cuestionó: “Pero, Margaret, nos van a sacar
del lugar...”. “No nos van a sacar”, le respondió ella con se-
guridad, “descansa en el Señor, ya vas a aprender”, y se fue.
Watchman Nee pensó que Margaret no estaba bien. “Lo
que no sabía”, dice en su relato, “era que esa mujer conocía
a Dios de primera mano; no era una teórica, había pasado
tiempo con el Señor”. Un día, antes de que fueran a desalo-
jar el edificio, se incendió la fábrica que estaba por mudarse,
así que el dueño llamó para avisarles que no tendrían que
dejar la propiedad. Cuando regresó, Margaret le dijo a Nee:
“Cuando aprendas a tratar al Señor y dejes que Él te trate,
entrarás en las dimensiones profundas del Espíritu”. En la
prueba, Dios te perfecciona. ¡Déjate tratar por el Señor!
Mientras visitaba una casa, George Müller le preguntó a
una nena que estaba allí: “¿Qué quieres pedirle al Señor?”.
“Un ovillo de lana de colores para jugar”, le respondió ella.
Müller se arrodilló y le dijo: “Vamos a orar”. Oraron juntos
y esperaron. A Müller le vino la carga y la soltó: “En dos
días Dios te dará el ovillo”. La niña empezó a saltar de ale-
gría. Dos días después, el papá de la niña, que desconocía lo
que había sucedido, encontró en la vitrina de su negocio un
ovillo de lana de colores que estaba algo viejo y no se podía

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vender. Lo tomó y dijo: “Voy a llevárselo a mi pequeña para


que juegue”. Ese mismo día se lo entregó a su hija. Por la
noche, George Müller llegó nuevamente a la casa de visita y
no le preguntó a la niña si Dios había contestado la oración,
sino que, directamente, le preguntó: “¿Ya estás jugando con
el regalo de Dios?”. La niña, muy feliz, le dijo: “¡Sí! ¡Acá está,
como Dios me prometió!”, y le mostró el ovillo de lana de co-
lores. Así son los tratos de Dios con la gente que pasa tiempo
con Él. En medio de la prueba, declara: “No estoy bien, pero
no estoy quebrado, porque Tú, Señor, eres mi victoria”. ¡En-
fócate en el Señor!

Nunca conocerás al Señor si no lo experimentas


de primera mano.

Charles Spurgeon tenía veinte años y, aunque hacía tiempo


que su madre oraba para que se entregara a Cristo, él no
quería nada con Dios. Un día, lo sorprendió en la calle una
intensa nevada. Así fue como el joven Spurgeon se refu-
gió en una iglesia muy pequeña justo cuando estaba por
empezar una de las reuniones. El pastor que iba a predi-
car esa mañana no había podido llegar a la iglesia, por lo
que subió al púlpito un hombre que era zapatero. Spurgeon
pensó: “¿Un zapatero bruto va a predicar? Bueno, al menos
encontré este lugar para guarecerme de la tormenta”. Des-
de la plataforma, el hombre leyó el texto de Isaías 45:22 y
explicó: “Este texto es muy simple: hay que mirar a Cristo.

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Capítulo 13 ~ Qué hacer y qué no hacer al pasar por pruebas

Si lo miran a Él, serán salvos. Muchos de ustedes se están


mirando a sí mismos, pero no sirve de nada. Nunca encon-
trarán ningún consuelo en ustedes mismos. ¡Mírenlo a Él!”.
De pronto, levantó la vista y lo vio a Spurgeon. “Joven, te ves
muy miserable. Y siempre serás miserable si no obedeces
mi texto, pero si lo haces ahora, en este momento, serás sal-
vo. Joven, mira a Jesucristo. ¡No tienes nada más que hacer,
sino mirar y vivir!”. Charles Spurgeon se quebró y en ese
instante se entregó al Señor. No importa a qué te dediques,
si tienes tratos con el Señor, cualquier frase que digas saldrá
con autoridad, con poder de Dios.
Una mamá le regaló a su pequeño hijo una Biblia en la que
le escribió una dedicatoria: “Querido hijo, siempre he orado
por ti. Serás un gran hombre de Dios y servirás al Señor. Él
te ama, nunca lo olvides”. El niño creció y se apartó de la fe.
Estudió Medicina y se convirtió en uno de los médicos más
destacados de la época. Un día, cuando su madre ya había
fallecido, llegó al hospital un enfermo terminal. Después
de revisarlo, le dijo: “Señor, usted tiene pocas posibilidades
de vida”. El hombre le respondió: “No se preocupe, doctor,
estoy listo para partir. Lo único que necesito es que le pida
a mi hermana que me traiga mi libro. Ella sabe de qué li-
bro se trata”. El médico habló con la hermana y el paciente
recibió su libro. Cuando el enfermo falleció, al médico le
dio curiosidad por saber cuál era el libro que tanto había
querido leer. Buscó y lo encontró debajo de la almohada del
paciente. Era una Biblia. Grande fue su sorpresa cuando,
al abrirla, encontró la dedicatoria de su madre. Allí mismo

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cayó de rodillas y volvió al Señor. Dios tiene caminos miste-


riosos pero, si hay una madre que tiene tratos con el Señor,
la respuesta llegará.
Los tratos del Señor son tu autoridad. Tu fuerza está basada
en ellos, y eso no se compra, no se estudia, no se lee en un
libro, sino que se obtiene a partir de la experiencia directa
con Él. Somos más que vencedores por medio de Aquel que
nos amó y, como termina diciendo el apóstol Pablo en Ro-
manos 8:38-39, “[...] ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni princi-
pados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo
profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor
de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
“Señor, ¿qué estás perfeccionando en mí? ¿Qué quieres en-
señarme? ¿Cómo estás usando esto para perfeccionarme?”.
Estas son las preguntas que necesitas hacerle a Dios, pero
no solo frente a las pruebas, sino también en las bendicio-
nes, porque el Señor usa todas las circunstancias para for-
mar al Hijo en ti.
De esta carga nació todo este capítulo: Isaías 43:2-4: “Cuan-
do pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te
anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama
arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu
Salvador; a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti.
Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te
amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida”.
Tratos de Dios. ¿Estamos listos para seguir al Señor?

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14
La salida

Cómo funcionan las cargas


Como ya vimos, el Libro de Isaías habla de ser ricos en Cristo.
Una persona próspera no es la que tiene dinero, sino la que
tiene aumento de Cristo: experiencias en Él. Cuando las tie-
nes, suceden cosas maravillosas.

Profundicemos la revelación de las cargas…


Hay cargas que salen y vuelven a nuestra vida, otras que se
confirman y otras que tienen poder de Dios para cambiar
la vida de alguien para siempre. Por ejemplo, observemos
la vida de Mateo. Él era un publicano, un ladrón a quien na-
die quería tener como amigo; sin embargo, cuando Jesús lo
vio, le dijo: “Sígueme”. Mateo dejó de cobrar impuestos, de
robar, ¡dejó todo y siguió al Señor! Dios te pondrá cargas y,
por ejemplo, cuando sueltes Cristo-amor, tu palabra no será
una simple expresión de afecto, sino que hará que sucedan
cosas poderosas.

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Mateo 2:9 dice: “Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí


la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta
que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño”.
Los magos volvieron a ver la estrella que habían visto en el
oriente. Es decir, la estrella apareció, desapareció y volvió a
aparecer, y ahora iba delante de ellos. La estrella es la carga,
la palabra de Dios que te guía. Y en este ejemplo tenemos
una enseñanza poderosa: Dios te da una palabra, pero lue-
go te volverá a dar la misma palabra para confirmarte que
estás yendo por buen camino. La misma estrella que algu-
na vez te bendijo volverá, pero no solo para darte una con-
firmación, sino para multiplicarte aquello que el Señor ya
te había soltado. Esa segunda palabra te estará asegurando
que te estás acercando todavía más al destino de gloria que
Dios planeó para ti.
George Müller no sabía si debía ir o no a Alemania. Debido
a esto, le dijo a Dios: “Señor, no sé si Tu voluntad es que viaje,
y no quiero ir si ese no es Tu deseo”. Le pidió confirmación,
pero no recibía ninguna carga. ¿Qué hizo Müller? Oró: “Se-
ñor, para ir a Alemania necesito en primer lugar, dinero
para el pasaje; en segundo lugar, que una persona cuide a
mis hijos; y, en tercer lugar, que alguien se quede dirigiendo
el orfanatorio. Si se dan estas tres condiciones, entenderé
que Tu voluntad es que haga el viaje”. Pocos días después,
le regalaron el dinero para el pasaje, alguien se ofreció para
cuidar a los hijos y llegó un predicador que se encargó del
orfanatorio. Dios hará todo lo necesario para guiarte. ¡Él no
te dejará a mitad de camino! Si lo más importante para ti es

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Capítulo 14 ~ La salida

la intimidad con el Señor, Él pondrá estrellas que te guiarán


hacia la victoria en el nombre poderoso de Jesús.
María había ido a visitar el sepulcro de Jesús cuando obser-
vó que la piedra de la entrada estaba corrida. “¿Dónde está
mi Señor? ¡Se robaron el cuerpo!”, exclamó. “¿Por qué lloras,
mujer?”, le preguntó Jesús, que estaba allí y había resucita-
do. María pensó que se trataba del jardinero (en muchas
ocasiones las emociones no nos permiten ver con claridad),
por lo que le respondió: “Señor, si usted se ha llevado el cuer-
po, ¡dígame dónde lo puso!”. Fue entonces cuando Cristo le
dijo: “¡María!”. En ese instante ella despertó: “¡Maestro!”. Si
tú o yo la hubiésemos llamado: “¡María! ¡Maríííía!”, nada
habría pasado, pero, cuando el Señor pronunció su nombre,
la vida de esa mujer cambió para siempre. Cuando el Cielo
te diga: “salud”, “prosperidad”, “victoria”, “gloria”, “fuerza”,
“poder”, prepárate, porque tu vida dará un giro de ciento
ochenta grados.
Observemos el ejemplo del centurión: “Respondió el cen-
turión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo;
solamente di la palabra, y mi criado sanará” (Mateo 8:8). El cen-
turión dijo: “Solamente di la palabra”. Él sabía que una pala-
bra sola (“sano”) era suficiente para que su criado recibiera
sanidad. Al escucharlo, Jesús se sorprendió y pensó: “Este
hombre verdaderamente entendió la carga”. No es necesa-
rio que ores: “Señor, por favor, te ruego que me bendigas.
¡Oh, Padre, fortaléceme, ayúdame, acompáñame!”. Una
sola palabra del Señor es suficiente para que veas cambiada
toda tu vida en el poder de Cristo.

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Veamos otro ejemplo:


Hechos 20:9-10: “[...] y un joven llamado Eutico, que estaba sen-
tado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto
Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso
abajo, y fue levantado muerto. Entonces descendió Pablo y se echó
sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo”.
El muchacho se quedó dormido y cayó desde el tercer piso.
¿Qué hizo Pablo? Rápidamente, fue y lo abrazó. La carga
que había recibido fue: “Dale un abrazo”. Si tú o yo abra-
zamos a alguien, nada sobrenatural sucede; pero, cuando
Dios te dice que abraces, ¡hasta los muertos se levantan! Pí-
dele al Señor Su deseo y suelta la carga, porque una palabra
del Cielo traerá el milagro.

El trato de Dios
Cristo murió, resucitó y fue al Cielo. ¿Cómo está ahora allí?
Resucitado. ¿Y cómo vive en nosotros? Resucitado. Tú y yo
recibimos al Cristo resucitado, por eso, cuando morimos,
aparece la resurrección. ¡No hay resurrección sin muerte!
Cuando Pablo descubrió esto, expresó: “Lo único que quie-
ro es conocer al Señor y el poder de Su resurrección [“Su
superresurrección”, según el original en griego]” (Filipen-
ses 3:10). Si vas a la prueba sin morir, el Cristo resucitado
no va contigo y la prueba te vencerá; pero, si mueres, la en-
frentarás con Cristo resucitado. ¡Y el problema siempre será
vencido!

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Capítulo 14 ~ La salida

Jesús tomó el pan y lo partió. Cuando lo partió, el pan se


multiplicó, porque era un pan partido. Cuando nuestra
vida es rota, Cristo se multiplica. Y una cosa es comer pan y
otra es comer un pan resucitado. Por ejemplo, imaginemos
que un hombre recibe esta palabra y piensa: “Es verdad,
¡debo morir en el Altar!”. Al día siguiente, cuando se entera
de que la grúa le llevó el auto, no se molesta. Luego, mien-
tras camina por la calle y alguien lo golpea, dice: “No es
nada... ¡Bendiciones!”. Cualquiera que lo viera diría: “¡En
esta persona verdaderamente está el Resucitado!”. Al final
del día, cuando sube al colectivo para regresar a su casa, el
colectivero le habla de mal modo. El hombre enloquece y
se pone agresivo. ¡Ahora estaba en “modo alma”! Cuando
morimos y el Resucitado aparece, ya no es nuestra paciencia
ni nuestro esfuerzo, ya que de nuestro interior fluye Cris-
to-paciencia, Cristo-gozo, Cristo-poder, Cristo-alegría. ¡El
Altar trae resurrección!
“Mi porción es Jehová [...]”, dijo David en el Salmo 119:57.
¿Qué quería decir con eso? Que Dios le iba a dar de Él exac-
tamente, ni más ni menos, lo que estaba necesitando. ¿Qué
hacíamos nosotros cuando venía un problema? Hablába-
mos de ese problema, pedíamos consejería, subíamos pu-
blicaciones a Facebook, pero eso no resolvía nada. ¿Qué
vamos a hacer ahora? Encapsularemos el problema en una
frase e iremos al Altar a preguntarle a Dios: “Señor, ¿qué es-
tás formando en mí? ¿Cómo me estás tratando? ¿Qué estás
añadiendo a mi relación contigo?”.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

Hace un tiempo estaba leyendo sobre el día en que David


mató a Goliat. En esas circunstancias, la gente cantó una
canción que decía: “Saúl mató a sus miles y David a sus diez
miles”. Cuando leí eso, el Señor me habló: “Bernardo, cuan-
do te digan ‘miles’ —cuando te vaya mal—, no te tiene que
afectar; pero, cuando te digan ‘diez miles’ —cuando te vaya
bien—, tampoco”. Dios nos irá tratando, perfeccionando, y
lo que nos dará será algo de Él, algo de Su nombre. Esa será
nuestra porción.
Hace muchos años, cuando estuve en Estados Unidos, me
encontré con un evangelista que en la década de 1960 trajo
un avivamiento en Estados Unidos. Mientras comíamos en
su casa, me contó cómo fue aquel mover. Quedé impactado
al ver la enorme cantidad de experiencias que había vivido
con el Señor. Era un hombre con trato de Dios, y eso solo
se logra a través de las pruebas. Las pruebas terminan de-
jándonos una lección aprendida, un trato con Dios. Todos
sabemos que Él es nuestra fuente, que dependemos de Él,
pero es muy distinto experimentar eso que, a veces, conoce-
mos solo en la teoría. La prueba nos da la experiencia.
En la universidad, Adoniran Hudson, un muchacho de una
familia cristiana, se hizo amigo de un joven ateo que siem-
pre le decía: “Eso de la fe es todo mentira. Dios no existe,
es un invento, un padre proyectado en el cielo”. Hudson lo
escuchó y terminó volviéndose ateo como su compañero.
Sin embargo, en la intimidad, sus padres seguían orando,
soltando la palabra: “Nuestro hijo Adoniran es tuyo, Se-
ñor. Él tiene una palabra de que va a llevar Tu gloria”. Dios

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Capítulo 14 ~ La salida

estaba tratando al hijo y también a los padres, porque en las


pruebas, Él siempre trata a toda la familia. Hudson narra en
su biografía que, una noche, muchos años después de dejar
la universidad, mientras se hospedaba en un hotel, el dueño
del lugar se acercó a él y le dijo: “Discúlpeme, le tengo que
informar que, en la habitación contigua a la suya, hay un
señor que está agonizando. Seguramente morirá pronto.
Lo lamento, no tengo otra habitación para darle”. Era muy
tarde y Hudson no tenía alternativa, así que decidió pasar la
noche allí. A la mañana siguiente, le preguntó al dueño por
el hombre enfermo. “Murió a la madrugada”, le respondió.
“¿Era un hombre joven?”, quiso saber Hudson. “Aproxima-
damente de su edad”. “¿Cómo se llamaba?”. El dueño del
hotel dijo el nombre del hombre que había fallecido. ¡Era
el amigo ateo de la facultad! En una fracción de segundos,
Hudson entendió que su compañero había partido a la eter-
nidad sin Cristo. Inmediatamente, cayó de rodillas. En ese
instante entendió que con Dios no se juega y se rindió al
Señor. Después de eso, Adoniran Hudson fue misionero
en Asia y llevó a los pies del Señor a miles de personas en
Birmania. Así funciona el trato de Dios. No es algo que se
lee, que se estudia, sino una experiencia que se vive en la
intimidad.
En tu soledad, en tu desierto, el Señor te dará al Hijo, porque
Cristo es el camino donde está el río. Isaías 43:19 declara:
“He aquí yo hago cosa nueva; que pronto saldrá a la luz; ¿no la
conoceréis? Otra vez otra vez abriré camino en el desierto, y ríos
en la soledad”.

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15
Las dos fuentes

El trato de Dios a Moisés


El Libro de Isaías nos enseña a soltar cargas y a tener expe-
riencias con el Señor. En el Capítulo 45, Dios revela que man-
daría a Ciro. Este hombre libertaría a Su pueblo y le permi-
tiría volver a Israel. “Aunque no me va a conocer profunda-
mente, ungiré a Ciro y lo usaré para Mi propósito”, dijo el
Señor, y esa palabra se cumplió. Lo interesante es que Ciro
nació doscientos años después del anuncio. Es decir, Isaías
soltó una palabra que duró doscientos años. Cuando llegó
Ciro —rey del Imperio medo-persa, la potencia que derribó
a Babilonia—, le mostraron que su nombre estaba en Las
Escrituras, que Dios lo había ungido para liberar al pueblo.
Impactado, el rey firmó el decreto para que Israel saliera y
pudiera volver a su país.
En este capítulo analizaremos la forma en que Dios trató
a Moisés, porque tú y yo somos también un poco como él.
Dividiremos los ciento veinte años de vida del patriarca en
tres etapas:

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Capítulo 15 ~ Las dos fuentes

1. De 0 a 40 años En Egipto
2. De 40 a 80 años En el desierto
3. De 80 a 120 años Rumbo a la Tierra Prometida

Etapa 1 – Egipto
Moisés nació y se crio en Egipto, la mayor potencia polí-
tica y militar de la época. Todos sabemos la historia: para
salvarlo de una muerte segura, pusieron al bebé en el río
Nilo. La hija de Faraón lo encontró, lo adoptó, lo llevó al pa-
lacio y lo crio como a un hijo propio. En el palacio, de acuer-
do a las palabras del apóstol Lucas en Hechos 7:22, Moisés
“fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso
en sus palabras y en sus obras”. Tenía habilidad, sagacidad e
inteligencia; era un hombre poderoso y muy conocido en
todo Egipto. Había trabajado en sus fuerzas humanas, en la
fuente de su yo. Un día, mientras iba caminando, vio a un
egipcio que estaba pegándole a un israelita. Inmediatamen-
te, tomó una espada y mató al egipcio. Al día siguiente, vio
a dos israelitas que estaban peleándose. Se acercó y les dijo:
“No discutan”. Los hombres lo miraron y le respondieron:
“¿Y tú quién eres para decirnos algo? ¿Piensas matarnos
como lo hiciste con el egipcio?”. Moisés tuvo miedo, porque
el asesinato había sido descubierto. Efectivamente, Faraón
se enteró y lo mandó a buscar para matarlo. Así fue que
Moisés decidió dejar todo y huir al desierto.

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Etapa 2 – El desierto
¿Qué hizo Moisés durante cuarenta años en el desierto?
Nada, solo apagar la fuerza de su yo. Y lo que Dios hizo en
ese tiempo fue decirle: “Moisés, todo lo tuyo, tu carne, no me
sirve. Lo que Yo haré es todo lo Mío. Necesito un vaso vacío,
nada más”. El Señor no tiene métodos, no tiene fórmulas.
Él trata a cada persona de manera individual y no puede
enviarnos a la bendición si primero no nos perfecciona.
Dios trató a Moisés y le dijo: “Así como te saqué de las aguas
cuando eras un bebé, ahora tú sacarás a un millón y me-
dio de judíos para que crucen las aguas. Y así como te dejé
cuarenta años en el desierto, ahora tú guiarás al pueblo de
Israel por el desierto durante cuarenta años”. El primer tra-
to siempre es con nosotros. Por eso, nuestra oración debe
ser: “¡Señor, trátame! Sé que, si muero, podré liberar a los
demás; sé que, si paso por la cruz, tendré Tu poder”.
Moisés tenía ochenta años y, mientras caminaba por el de-
sierto, tuvo una visión que jamás olvidaría: vio una zarza
que estaba ardiendo pero que no se consumía, es decir, el
fuego no se apagaba. ¿Qué quiso decirle Dios con eso? “Yo
seré tu combustible, el fuego que te mantendrá encendido.
Durante los primeros cuarenta años de tu vida, te mantu-
viste encendido por tu fuerza física, por tu capacidad, por
tu sabiduría, por tu inteligencia, por tus gustos, por tus
emociones, por aquello con lo que estabas de acuerdo; pero,
ahora, te voy a encender con Mi fuego y, cuando lo haga, ese

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Capítulo 15 ~ Las dos fuentes

fuego nunca se apagará en tu vida”. Eso es el Evangelio, ¡un


cambio de fuente!
Como a un libro viejo que es reparado pegando las hojas
que se salieron, muchas personas quieren que Dios las me-
jore. Por eso, oran: “Señor, mejora mi carácter, mi relación
con mis hijos, mi matrimonio”. ¿Sabes qué hace Dios? Toma
el libro viejo, lo tira y te da uno nuevo. Ese libro nuevo que te
da es el fuego de Dios. Él te dice: “Toma, aquí tienes a Cristo.
En lugar de mejorar tu vieja vida, la desecharé y te daré una
fuente nueva. El fuego que tendrás no se extinguirá jamás”.
Antes, Moisés dependía de su fuerza, pero ahora, el Señor le
daría una palabra nueva, una fuente nueva para que fuera
como la zarza y su fuego no se apagara nunca más.
Dios viene a sacarte lo tuyo para darte lo de Él. Se trata de
un intercambio de fuente: “Ya no vivo yo, ahora Dios me
cambió la fuente y Cristo vive en mí”.
A los ochenta años, Moisés escribió este salmo:

“Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robus-
tos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo,
porque pronto pasan, y volamos”.
(Salmo 90:10)

Moisés creía que iba a morir, pero vivió ciento veinte años.
Al ver la zarza, él dijo: “Señor, ¿ahora me llamas, a los ochen-
ta años? ¿Por qué no lo hiciste cuando tenía cuarenta? Maté

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a un egipcio, traté de salvar a Tu pueblo, ¿y me llamas ahora


que estoy enfermo y no puedo?”. “Efectivamente”, le res-
pondió el Señor, “te llamo ahora. Porque ahora que tu alma
se apagó en medio de la nada, Yo encenderé el poder de Mi
fuente”. Es un cambio de fuente: nosotros le damos nuestro
libro roto y Él nos da a Cristo.

Etapa 3 – Rumbo a la Tierra Prometida


A los ochenta años, Dios llamó a Moisés y le dijo: “Prepá-
rate, porque voy a enviarte a Egipto. Te voy a dar cuarenta
años más de vida”.
Éxodo [Link] “Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo
para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”.
“¿Quién soy yo para que vaya a Faraón y saque de Egipto a
Tu pueblo, Señor?”. Moisés se había dado cuenta de que no
era nadie. A Dios le gustó eso. En otro tiempo, seguramen-
te, le habría dicho: “Bueno, soy fuerte, maté a un egipcio y
tengo un gran currículum”. Pero ahora expresó: “¿Quién
soy yo?”. Por eso, Dios le aseguró: “Yo estaré contigo. No me
interesa tu yo, me interesa todo lo de Mí”. Observa lo que
Moisés le preguntó al Señor:
Éxodo [Link] “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos
de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a
vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les
responderé?”.

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Capítulo 15 ~ Las dos fuentes

“¿Qué les digo?”. Ya no era el Moisés elocuente, ahora no


sabía qué decirle a Faraón. Si Dios lo hubiese llamado antes,
posiblemente, le habría dicho: “Señor, ¿quieres que saque a
Israel de Egipto? ¡No se hable más, yo me encargo! ¡Sé muy
bien qué hay que hacer!”. Pero ahora, Moisés estaba muerto;
por eso, declaró: “No sé hablar. No soy elocuente. Me van a
preguntar y no voy a saber qué decir”. A Dios le gusta que
le digas: “Señor, no sé hablar”, “Señor, no sé qué hacer”. Él te
responderá: “No te preocupes, estaré contigo. Yo, Yahweh
(Yo soy), me meteré dentro de ti y obraré a través de tu vida.
Porque eras un espino, pero ahora te mezclaré con Mi fuego
y ya no serás ni espino, ni fuego, sino una zarza ardiendo en
Mi Presencia”. Y Moisés le volvió a contestar:
Éxodo [Link] “Entonces Moisés respondió diciendo: He aquí que
ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha apare-
cido Jehová”.
Nuevamente, no se pavoneó, no habló de su experiencia ni
de su locuacidad. A los ochenta años, Dios lo dirigía a una
nueva etapa en su vida, pero Moisés le hizo varias pregun-
tas. Tenemos que aprender a hacerle preguntas a Dios, por-
que la humildad es una puerta que nos lleva a Cristo. Jesús
declaró: “La puerta estrecha te lleva al camino ancho”. Y esa
puerta es la humildad porque, de acuerdo a las palabras del
Señor, para entrar debemos ser como niños. A la intimidad
solo se entra con humildad. Para entrar no hay que ser inte-
ligente, sino humilde, y preguntar. El Señor me dijo: “Ber-
nardo, humildad es que me preguntes, que me digas lo que
dijo David”. Rápidamente, le respondí: “Señor, David dijo

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muchas cosas, ¿a qué te refieres?”. “Enséñame”, me respon-


dió. “Enséñame, Señor”, eso es lo que Dios quiere que le di-
gamos. Y es lo que le estaba diciendo Moisés: “Señor, no me
van a oír, no tengo fuerza, estoy viejo, no tengo elocuencia.
¿Cómo lo voy a hacer? ¡Enséñame, Señor!”. Cada vez que
no entiendas algo, pídele al Señor que te enseñe, porque la
puerta al camino ancho se llama humildad, y la expresión
de la humildad es esa palabra: “enséñame”.

“Enséñame”, el lenguaje del humilde


Observemos los siguientes versículos:

“Enséñame, Señor”, pedían Job y David. “Enséñame lo que


no veo”, “Enséñame sabiduría”, “Enséñame Tus estatutos”,
“Enséñame sabiduría”, “Enséñame a hacer Tu voluntad”,
“Enséñame Tu camino”, “Enséñame buen sentido”. “Ensé-
ñame, Señor”, ¡necesitamos aprender a hacer esta invoca-
ción a lo largo del día!

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Capítulo 15 ~ Las dos fuentes

Ahora bien, ¿qué responde Dios a alguien que le dice: “En-


séñame”? Veamos:

Si se lo pides, el Señor te enseñará lo que debes decir y hacer;


te enseñará sabiduría y también el camino en que debes
andar; te enseñará el temor de Jehová y, además, cosas gran-
des y ocultas que no conocías, los misterios celestiales.
David oyó la carga: “Te enseñaré sabiduría” y dijo: “Señor,
enséñame sabiduría”. Dios le dijo: “Te enseñaré Mi verdad”,
y David le pidió: “Enséñame Tu verdad”. El Señor le dijo lo
que quería que hiciera, David lo soltó y, al hacerlo, descu-
brió que Dios está interesado en enseñarnos.
Pero continuemos con el relato de Moisés.
Éxodo 4:10-11: “Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! nun-
ca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a
tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua. Y Jehová

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le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo


y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?”.
Moisés ahora no tenía fuerza ni elocuencia; tampoco sabía
hablar, ni qué decir, ni si le creerían. ¡Bien por él! Frente a
su humildad, Dios le dijo: “Moisés, te voy a dar Mi nombre,
te voy a sumergir en Yahveh y, allí donde vayas, Yo seré tu
Sanador, Yo seré tu Prosperidad, Yo seré tu Pastor, Yo seré
todo lo que necesites”. A pesar de estas palabras, Moisés
insistió:
Éxodo 4:13-14: “Y él dijo: ¡Ay, Señor! envía, te ruego, por medio
del que debes enviar. Entonces Jehová se enojó contra Moisés, y
dijo: ¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla
bien? Y he aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su
corazón”.
Hay un momento en que necesitas morir y decir: “Ya está,
Señor, ya morí, ¡ahora Cristo vive en mí!”. Al hacerlo, Dios
te mostrará que la luz de la fuente humana desapareció y
que ahora todo lo puedes en Cristo que te fortalece. Así se
maneja el Altar: lo tuyo muere y ahora Cristo vive en ti.
“Ya está, ¡ve a hablar con Faraón!”, le dijo el Señor, y Moisés
obedeció. “Tira la vara”, le ordenó, y la vara se convirtió en
serpiente. “Ahora, toma la serpiente de la cola” y, cuando
Moisés lo hizo, la serpiente se convirtió otra vez en una
vara. “Haz esto delante de los jefes de Israel y ellos creerán
que me has visto a Mí. Pero, si no te creen, pon la mano en tu
pecho y vuelve a sacarla”, le dijo el Señor. Moisés hizo lo que
Dios le había indicado y, al hacerlo, vio que su mano estaba

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leprosa. Volvió a meterla y, cuando lo hizo, la mano ya es-


taba sana. Dios siempre da poder al humilde, por eso es ne-
cesario que le digas: “Señor, ¡enséñame!”. “Y si después de
ver estas señales no te creen”, continuó el Señor, “saca agua
del Nilo y derrámala en el suelo. El agua se convertirá en
sangre”. Esta fue la tercera carga que recibió Moisés. ¡Dios
te va a llenar de poder, te va a llenar de Él!
Es verdad, somos débiles, pero Él es fuerte; es cierto, el ba-
rro es perseguido, pero nunca es derribado; sí, nos enfer-
mamos, pero Cristo es nuestra salud; nos sentimos frágiles,
pero Cristo sigue siendo fuerte en nuestra vida. Esta es la
razón por la que Pablo expresó: “Pero tenemos este tesoro en
vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de
nosotros” (2 Corintios 4:7).

Enséñame a contar mis días


En el Salmo 90 David había escrito que los más fuertes lle-
gaban a los ochenta años, pero luego pidió: “Enséñame a
contar mis días”. ¿Y cómo se cuentan los días? ¿Enero, febre-
ro, marzo, abril...? ¿1, 2, 3, 4...? No, los días no se cuentan así.
Cuando Moisés escribió el Pentateuco (Génesis, Éxodo, Le-
vítico, Números y Deuteronomio), en Génesis 4, incluyó la
genealogía de Caín. Uno a uno, los fue mencionando: “Este
engendró a tal..., este a tal..., y así sucesivamente”. Luego, en
Génesis 5, escribió la descendencia de Set, la de los hijos de
Dios. En este caso, lo que redactó fue muy diferente. Obser-
vemos: “Vivió Set ciento cinco años, y engendró a Enós. Y vivió

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Set, después que engendró a Enós, ochocientos siete años, y engen-


dró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Set novecientos doce
años; y murió. Vivió Enós noventa años, y engendró a Cainán. Y
vivió Enós, después que engendró a Cainán, ochocientos quince
años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Enós no-
vecientos cinco años; y murió” (Génesis 5:6-11). ¿Por qué en la
genealogía de Caín solo menciona los descendientes, pero
en la de Set da las edades y el tiempo que vivió cada uno?
Porque si no tienes intimidad, no hay un número en tu vida,
has perdido el tiempo. Sin embargo, si eres una zarza ar-
diendo, Dios te dará números, vida, días de la eternidad.
¡Los días se cuentan solo si tienes intimidad con Cristo!
Cuando los israelitas estaban a punto de salir de Egipto,
Dios les ordenó que comieran cordero y les dijo: “Este mes
va a ser el primero. Comenzaremos a contar a partir de acá,
el tiempo anterior no cuenta”. Es como que, estando en ju-
lio, Dios te dijera: “Para ti, ahora es enero. Comenzaremos
a contar a partir de hoy”. Todo lo que vivimos sin Él no lo
tendremos en cuenta pero, ahora que comimos el Cordero
y rociamos con Su sangre la casa, sí empezamos a contar los
días. ¡Dios te llenará de días que vivirás con Él!
Mateo 20 narra la parábola del hombre que fue a contratar
obreros para la viña. Salió a las 9 de la mañana y contrató
algunas personas. Luego, a las 12 del mediodía y a las 5 de
la tarde, volvió a la plaza y vio más hombres desocupados.
“¿Qué hacen aquí, ociosos?”, les dijo, y también los contrató.
Para Dios, si no estás en la viña, en la intimidad, estás ocio-
so, tu vida casi no tiene sentido. Hay quienes afirman: “Yo

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Capítulo 15 ~ Las dos fuentes

quiero vivir muchos años”, pero ¿para qué? Si no hay inti-


midad, vivir muchos años no es de provecho; sin embargo,
si experimentamos al Señor a diario, un día será eterno, un
día será como mil años. Los días que cuentan son los que
viviste con el Señor. Por eso, Moisés escribió: “Enséñame
ahora a contar mis días”. El patriarca vivió solo cuarenta
años, porque sus primeros ochenta los pasó sin el Señor.
1 Reyes 16:1 asegura: “En el año cuatrocientos ochenta después
que los hijos de Israel salieron de Egipto, el cuarto año del principio
del reino de Salomón sobre Israel, en el mes de Zif, que es el mes
segundo, comenzó él a edificar la casa de Jehová”.
El pasaje afirma que, desde Éxodo hasta la construcción
del templo de Salomón, pasaron 480 años. Sin embargo, los
teólogos —y también muchos ateos— afirman que David
se equivocó en la cuenta, que hay un error en La Biblia. El
número de años correcto es 570, pero David dijo que eran
480. ¿Por qué se salteó 90 años? Porque no contó el período
de los jueces. ¿Y por qué no lo hizo? Porque en ese tiempo
no reinó Dios, sino el hombre. Los días de esos años fueron
días que no contaron.
Ahora bien, la zarza ardiendo también habla del Cuerpo
de Cristo. Cuando individualmente vamos al Altar, mori-
mos y declaramos: “Ahora Cristo vive en mí”; cuando ve-
mos que somos débiles, pero también que Cristo es fuerte;
cuando vemos que no sabemos qué decir, pero también que
Él tiene voz de autoridad; cuando sabemos que somos ba-
rro, pero también que Él es el tesoro, estamos viviendo en

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la intimidad de la gloria. No obstante, hay una gloria que


es del Cuerpo. El Señor preparó una iglesia gloriosa. Hay
personas que afirman: “Yo con Dios estoy bien, pero no me
congrego”. Esto ocurre porque no comprendieron qué es el
Cuerpo. La iglesia es el Cuerpo de Cristo, es decir, es Cristo
y nosotros dentro de Él. No podemos tener la cabeza de
Cristo, pero sí el cuerpo. Una mano, un ojo, una pierna de
manera aislada, sin el cuerpo, no tiene vida. La gloria del
Cuerpo es cuando Él llena todo y, en esa gloria, se sueltan
cosas poderosas que hay en el Cielo para nosotros.
Los grandes hombres de Dios aseguran que, cuando el
Cuerpo toca la gloria, Dios empieza a soltar milagros, pro-
digios, señales y maravillas sin que hayamos pedido nada.
Todavía la iglesia no ha visto la gloria, pero vienen días en
los que empezaremos a decirle: “Señor, estoy aquí, con mis
hermanos, para desaparecer por completo y que Tu gloria
se derrame”. Cuando oramos así, Dios llena el lugar de Su
Presencia y la gloria fluye hacia el Cuerpo, manifestándo-
se con milagros gloriosos. Entonces, ¿por qué el Señor nos
envía a congregarnos? Porque Él quiere soltar gloria en el
Cuerpo.
Leemos en Juan 4:13-14: “Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera
que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del
agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo
le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”.
El pasaje afirma que, cuando Jesús nos da Su agua, cuando
bebemos de Él, no volvemos a tener sed jamás. El agua del

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Capítulo 15 ~ Las dos fuentes

mundo, la que te da la gente, la de los aplausos, la de las


críticas, la de ayudar a los demás, la de hacer lo que sientes,
te hace sentir más sed. No se trata de que Cristo no nos da
Su agua para que tengamos más sed, sino de que volvemos
a beber del agua que nos trae sed. Si te sientes oprimido,
es porque volviste a beber del agua equivocada. Por eso, te
invito a dejar el cántaro y a entregar en el Altar el agua que
da el sistema. Dile a Dios: “Señor, a partir de hoy no beberé
más de esa agua, porque cada vez que lo hago, vuelvo a te-
ner sed. Hoy el mundo muere a mí y yo muero al mundo. A
partir de ahora, voy a ir a Cristo, voy a buscar a Cristo, voy a
tocar a Cristo. En la pobreza o en la riqueza, en la salud o en
la enfermedad, en todo he sido enseñado, y una cosa hago:
beber del Cristo que me llena”.

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16
Quitando obstáculos

Cómo tocar la gloria


Ya aprendimos que la gloria es cuando todo desparece y
solo queda el Señor. Isaías 60:1 dice: “Levántate, resplandece;
porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti”.
Ahora bien, ¿cómo entramos en la gloria? Lo primero que
debes saber es que dentro de ti hay un depósito de gloria.
¿Quién es ese depósito de gloria que está en ti? Cristo. Cris-
to ya está en tu espíritu y Él tiene todo, absolutamente todo
lo que necesitas. Fíjate cómo lo explica Isaías:
Isaías 61:1-4: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque
me ungió Jehová; me ha enviado a predicar BUENAS NUEVAS
a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar
LIBERTAD a los cautivos, y a los presos APERTURA de la
cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día
de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a
ordenar que a los afligidos de Sion se les dé GLORIA en lugar de
ceniza, ÓLEO de gozo en lugar de luto, manto de ALEGRÍA en
lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia,

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Capítulo 16 ~ Quitando obstáculos

plantío de Jehová, para gloria suya. Reedificarán las ruinas anti-


guas, y levantarán los asolamientos primeros, y restaurarán las
ciudades arruinadas, los escombros de muchas generaciones”.
Dentro de ti hay BUENAS NUEVAS, buenas noticias. ¿Cuá-
les son? La buena noticia es Cristo. Dentro de ti hay LIBER-
TAD, y esa libertad va a salir para bendecir a muchos. ¿Qué
más hay dentro de ti? APERTURA. El Cristo que está en
ti abrirá puertas. ¿Y qué es GLORIA, ÓLEO y ALEGRÍA?
Cristo. Y Él ya está en tu interior. Por esa razón, puedes estar
seguro de que pronto saldrá de ti gloria, óleo, alegría, liber-
tad y buenas noticias. ¿Y a quién bendecirá ese Cristo que
saldrá de ti? A los abatidos, a los quebrantados de corazón,
a los cautivos, a los presos, a los enlutados, a los afligidos,
a los angustiados. Quizás estás esperando que Dios te dé
algo, pero lo que Él está esperando es salir de ti. Le pides:
“Señor, haz algo, ayúdame, sana a mi hijo”, y Él te dice: “Yo
no voy a venir desde afuera, sino que estoy esperando sa-
lir de tu interior. Yo ya estoy dentro de ti y soy la libertad,
las buenas noticias, el aceite, el gozo, que quiere salir para
ministrar desde tu vida a los quebrantadas de corazón, a
los ciegos, a los enfermos, a los presos y a cuanta persona te
rodee”. ¡El Señor va a salir de tu vida!
¿Y cómo haces para que el Señor salga de tu vida? Solo de-
bes morir. Permíteme explicártelo así: tu yo exterior es una
cáscara y en tu espíritu está Cristo. Cristo quiere salir, en-
tonces, lo que necesitas hacer es romper la cáscara. Cuando
mueres en el Altar, Cristo sale, fluye, sin esfuerzo. Él quiere
salir, pero no puede. Es por eso que Jesús dijo: “Si la semilla

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

no cae y muere, si no se rompe la cáscara, la vida no pue-


de salir”. Tal vez oras: “Señor, haz la obra” y declaras Su
palabra, pero Él quiere que sepas que no funciona así. El
Señor te dice: “Quiero salir y obrar, pero no puedo porque
tu hombre exterior, tu alma, no me deja. Si mueres, si vas al
Altar, quitas el obstáculo de tu alma que no me deja salir;
entonces sí fluiré con poder”. Por eso, ya sea que tengas un
problema o que las cosas marchen bien, tu oración debe ser:
“Señor, muéstrame cuál es mi obstáculo. Enséñame, examí-
name”. Haz como hacía David y dile: “Señor, examíname y
muéstrame cuál es el obstáculo”. No se trata de que tengas
la culpa, de que estés mal (porque hay obstáculos incluso
cuando estás muy bien), sino de que le pidas que te muestre
qué debes dejar en el Altar para que entonces Cristo salga y
la gloria se libere cada día más. Veamos algunos ejemplos
prácticos de esto:
Allá por el año 1920, llegó a la ciudad donde vivía la familia
de Watchman Nee una predicadora de nombre Dora Yu.
La mamá le insistió a Watchman para que fueran juntos a
escucharla, pero él se negó, no quería saber nada con Dios.
Ella concurrió a una de las reuniones y se entregó al Señor.
Cuando regresó a su casa, volvió a decirle al hijo: “Tienes
que ir a escucharla. Dijo que el Señor es nuestro Salvador,
habló cosas muy importantes”. Nada logró convencer a
Watchman. Unos días después, la mujer llamó a su hijo y le
dijo: “Te pido perdón por todas las veces que te golpeé, hijo.
Hoy soy una nueva persona”. Al día siguiente, Watchman
Nee fue y se entregó al Señor. ¿Qué fue lo que sucedió ahí?

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Capítulo 16 ~ Quitando obstáculos

Sin saberlo, pero guiada por el Espíritu, la mamá usó este


principio espiritual que hoy estamos aprendiendo: como
ella rompió un obstáculo en su vida, la gloria se liberó y el
hijo se entregó a Cristo. Tenemos que pedirle al Señor que
nos muestre nuestros obstáculos, qué es lo que debe morir
de nosotros para que Él salga. En lugar de decirle: “Señor,
obra”, pidámosle: “Señor, muéstrame el obstáculo”.
Varios años después de haberse entregado al Señor, Marga-
rita Barber le preguntó a Nee: “¿Cuánta gente ha llevado a
los pies de Cristo desde que se convirtió?”. “Dos personas”,
contestó él. Frente a esta respuesta, Barber fue concluyente:
“Si desde que se convirtió hasta hoy llevó a Cristo solamen-
te a dos personas, usted tiene un problema. Pídale al Señor
que le diga su obstáculo”. Nee oró y Dios le mostró todo lo
que tenía que llevar al Altar. Después de que lo hizo, no dejó
de ganar gente para Cristo. De hecho, la iglesia más gran-
de en China cuando la invadieron los comunistas era la de
Nee, con unos seiscientos mil miembros. Cuando él rompió
el obstáculo, el Cristo evangelizador fluyó.

Si quito mi obstáculo, Cristo fluye. Donde hay Cruz,


siempre está el poder de la resurrección.

Watchman Nee salía con una joven que no era creyente. La


joven se reía, se burlaba, pero él la amaba. Un día le dijo
a Dios: “Señor, no puedo seguir así, no puedo navegar en
dos aguas”, y rompió el noviazgo. Desde ese día, toda la

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revelación y la gloria del Señor se soltaron en su vida. ¿Y


sabes qué ocurrió después? Se volvió a encontrar con la jo-
ven —que ya se había convertido— y se casaron. Si él no la
hubiese dejado, ella no se habría convertido y él nunca ha-
bría descubierto todo lo que descubrió del Señor. Cuando
Dios te muestra el obstáculo, si no estás dispuesto a romper
la cáscara, el Señor no saldrá de ti; pero, si estás dispuesto a
morir, las buenas noticias, el óleo, la alegría, la libertad y la
gloria saldrán. Entonces, los abatidos serán levantados, los
quebrantados de corazón serán sanados, los cautivos serán
libres, los enlutados recibirán gozo.
Cuando se quita el obstáculo, Cristo se libera con poder. ¡Y
eso es estar en gloria! Vivir en gloria no es estar en trance,
temblar, caer al piso, sino cuando algo de nosotros muere
y el Señor sale. En el túnel de la prueba, el obstáculo muere
y Cristo sale. Y cuando Él sale, obra con poder. Pídele al
Señor que te muestre cuál es el obstáculo, pero no te apresu-
res. Permite que Él te dé la palabra, la carga, la voz de Dios
y, cuando lo dejes en el Altar, Cristo-libertad, Cristo-óleo,
Cristo-alegría, Cristo-milagro, comenzará a fluir. Parece
simple, ¡pero cómo le cuesta morir al alma! Porque tene-
mos que morir incluso en las cosas que nos está yendo bien,
como lo hizo el Señor cuando lo quisieron hacer rey. Tal vez
te fue muy bien porque Dios te prosperó, sin embargo, igual
debes preguntarle: “Señor, ¿cuál es mi obstáculo? Porque
quiero que más Cristo salga de mí”. El Altar no es solamente
para las crisis, también es para los buenos tiempos, porque

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Capítulo 16 ~ Quitando obstáculos

tu anhelo no es recibir más, sino que Cristo salga, crezca y


se exprese.

No retengas nada
Lucas 14:28-32 dice: “Porque ¿quién de vosotros, queriendo edi-
ficar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver
si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que
haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean
comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a
edificar, y no pudo acabar. ¿O qué rey, al marchar a la guerra con-
tra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente
con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede,
cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide
condiciones de paz”.
En este pasaje, Jesús habla de una torre y de una guerra.
La torre es Cristo. Si quieres construir a Cristo en tu vida,
tienes que sentarte y hacer cálculos, no sea que no puedas
terminar la torre. Y si vas a la guerra, también tienes que
sentarte y hacer cálculos, no sea que no puedas vencer en
la lucha. ¿Qué es lo que desea decirnos el Señor con esto?
Supongamos que vas a construir una torre que cuesta $500.
Cuentas con $1.000, pero no estás dispuesto a gastar $500 en
la torre, solo quieres gastar $300. Cuentas con más de $300,
te alcanza para terminar la torre, pero no estás dispuesto a
poner $500, así que el arquitecto te dice: “Muy bien, la torre
sale $500, si no quieres pagar, termínala tú”. El Señor da otro
ejemplo: imagina que vas a la guerra. El enemigo tiene mil

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soldados y tú, diez mil, pero no quieres enviar a los diez mil
a la batalla, solo quinientos. Jesús compartió las dos pará-
bolas y concluyó diciendo: “Así, pues, cualquiera de vosotros
que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”
(Lucas 14:33). Si te guardas algo para ti, Cristo no va a salir.
Esto quiere decir que no debes guardarte nada de tu alma.
Toda tu alma tiene que ir a la torre, toda tu alma tiene que
ir a la guerra, todo lo tuyo tiene que ser puesto allí para que
Cristo crezca, para que Cristo-victoria gane las batallas. Si
retienes algo, si no deseas dejar todo en el Altar, la torre no
se terminará y la victoria no llegará.
¿Sabes por qué tenemos cosas sin terminar? Porque hay as-
pectos del alma que no hemos querido dejar en el Altar. ¿Sa-
bes por qué no tenemos más victorias? Porque hay aspectos
del alma que no estamos dispuestos a dejar en el Altar. Tal
vez se trate de la comodidad, de nuestra opinión, de nues-
tros gustos, de lo que sentimos o, quizás, de repetir lo que
ya sabemos. Todo lo que guardas de tu alma no te permiti-
rá terminar la torre y tener la victoria. Por eso, dile a Dios:
“Señor, muéstrame cada día mis obstáculos en las guerras,
pero también en las bendiciones que llegan a mi vida. ¿A
qué tengo que morir? ¿Qué es lo que estoy reteniendo?”.
Recuerda que, cuanto más te duela soltar algo —tu agenda,
tus emociones, tu opinión—, más libertad, más óleo, más
victoria, más poder, más Cristo se soltará.

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Capítulo 16 ~ Quitando obstáculos

El ejemplo de Lot
Lot, el sobrino de Abraham, fue un hombre justo. Cuan-
do estaban en Babilonia, centro de la idolatría, Abraham
le dijo: “Sobrino, vayámonos de acá, dejemos a los ídolos,
sirvamos al Dios verdadero”, y Lot lo siguió. Pasó el tiempo
y, cuando habían prosperado y tenían muchísimo ganado,
Lot le comentó: “Abraham, tenemos mucho ganado y hay
poco pasto, no podemos vivir los dos juntos, tenemos que
hacer algo”. Prefirió quedarse con el ganado, prefirió rete-
ner su trabajo y perder la comunión con el Padre (Abraham
simboliza al Padre en La Biblia). ¿Qué tendría que haber
dicho Lot? “Tío, hay poco pasto, pero quiero estar contigo,
porque el ganado es lo de menos. Lo que yo amo es la co-
munión contigo porque, si Dios nos dio este ganado y este
pasto, Él nos dará otro ganado y otro pasto, pero la comu-
nión no la voy a cambiar”. Pero Lot no soltó el obstáculo, y
Abraham le pidió: “Muy bien, elige hacia dónde quieres ir
y yo iré hacia el otro lado”. Lot fue a vivir cerca de Sodoma.
¿Qué hacía un hombre justo cerca de Sodoma? ¿Es pecado
estar “cerca”? No. Lot no estaba adentro, no estaba pecando,
pero estaba cerca; sin embargo, eso tampoco lo entregó. No
dijo: “Señor, no quiero estar cerca de Sodoma, quiero estar
cerca de Ti”. Hay amistades, actividades, gustos, conversa-
ciones, salidas, que no son pecado, no son malos, pero que
están “cerca”. ¡A esa cercanía también hay que dejarla!
Lot se quedó cerca y pronto le empezó a ir bien. Él podría
haber dicho: “Dios me está bendiciendo. Estoy bien con el
Señor. Desde que me separé de mi tío, me está yendo bien.

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Me independicé y estoy creciendo”, pero que te vaya bien


no significa que Cristo se haya liberado. Luego, Lot se fue a
vivir dentro de Sodoma. ¿Es pecado vivir dentro de Sodo-
ma? No. ¿Lot robaba, mentía, engañaba, adulteraba? No. Un
día los enemigos atacaron Sodoma y se lo llevaron cautivo.
¿Qué hizo Abraham? Fue y lo rescató. Pero Lot, en lugar de
decir: “Tío, ya entendí, tengo que soltar mis obstáculos y
recuperar mi relación con el Señor”, volvió a Sodoma. ¡El
alma siempre repite lo que sabe!
Este hombre era un gran creyente que amaba al Señor, era
justo y le dolían los pecados y las injusticias que veía en
Sodoma. El apóstol Pedro, en 2 Pedro, afirma que Lot llo-
raba por la gente y le decía: “Ustedes son corruptos, son
malvados, no hagan más esas cosas y vuelvan a Dios”. Tan-
to sufría por lo que veía allí que se hizo juez, participó en
política para ayudar a las personas. Lot era un buen creyen-
te, tenía buenas intenciones. Como juez, se quedaba en la
puerta y juzgaba los casos que le llegaban. Un día, llegaron
los ángeles y le dijeron: “Lot, huye, porque va a caer fuego”.
Cuando le avisó a su familia, los yernos le dijeron: “Deja de
molestar con tu fe”, pero la mujer y las hijas escaparon con él
de Sodoma. Mientras se iban, la mujer se dio vuelta y quedó
convertida en una estatua de sal; las hijas, por su parte, ter-
minaron emborrachando al padre y cometiendo incesto en
una cueva. Pero Lot está en el Cielo. Cuando volví a leer la
historia, me impactó. El apóstol Pedro nos da la clave:

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Capítulo 16 ~ Quitando obstáculos

2 Pedro [Link] “[...] porque este justo, que moraba entre ellos, afli-
gía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de
ellos [...]”.
Lot sufría por la gente, pero nunca levantó un altar, nunca
entregó sus ovejas para disfrutar de la comunión, nunca
entregó su cercanía de Sodoma para estar más cerca de Él,
nunca entregó su anhelo de ayudar a los demás, nunca le
dijo: “Señor, muéstrame cuál es mi obstáculo. No voy a ayu-
dar a la gente si primero no voy al Altar, porque la única ma-
nera de que ellos sean ayudados es por Ti, la única manera
de que Tú salgas de mí es muriendo”. Muchas veces prefe-
rimos ayudar a la gente antes de ir al Altar. La de Lot es una
historia triste porque nunca levantó un altar, porque Dios
nunca le habló. Lot representa a los creyentes que son bue-
nas personas, que mejoran para ayudar a los demás, pero
nunca levantan un altar, nunca llevan nada de sí a la Cruz.
Ese es el secreto para tocar la gloria. Cristo está en ti y quie-
re salir, pero hay un obstáculo: tu cáscara, tu alma, tu yo.
Ahora, si tu alma muere, Cristo sale. Si vuelve a morir, más
Cristo sale. Si muere todavía más, más y más Cristo sale. Y
cuanto más Cristo sale, cuanta más gloria sale, menos yo
vive en ti. El Altar es una experiencia de amor.
Para vivirlo a Él, para experimentarlo, no hay otro camino
que el Altar. Por eso, cuando te vaya bien y cuando te vaya
mal, pídele: “Señor, muéstrame mis obstáculos, porque
quiero que más Cristo salga. Quiero ver la torre terminada,
así que, si estoy guardando algo de mí, si estoy reteniendo

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soldados (representan tu fuerza), muéstramelo porque


quiero que vaya al Altar”.
Querido amigo, pídele a Dios que te muestre tus obstáculos
y llévalos al Altar. ¡Cristo va a salir! No seas como Lot que,
si bien fue un buen creyente, tuvo una vida triste. Los amo-
nitas y los moabitas, dos pueblos enemigos de Israel, fueron
descendientes de los hijos que Lot tuvo con sus dos hijas.
Lot nunca levantó un altar, retuvo las ovejas, los gustos per-
sonales, y se metió en su sueño personal. Watchman Nee
dijo: “Dios no te llamó para que seas alguien mejor, sino
para mostrarte lo que ya eres; porque, cuando veas lo que
ya eres, irás al Altar y, cuando vayas al Altar, Cristo fluirá”.

Te invito a orar así:

Señor, muéstranos nuestros obstáculos. Haznos ver cada día qué


es lo que estamos guardando. Muéstranos las emociones, las en-
señanzas, la gente, las bendiciones, a las que nos estamos aferran-
do; también los pecados, los aspectos finos, que debemos llevar al
Altar. Queremos ser como Abraham, subir al monte, dar nuestro
Isaac, levantar altares. Anhelamos ver Tu gloria antes de partir a
Tu Presencia eterna. Deseamos dar Tu gloria a nuestra genera-
ción, ser llenos de Ti. La torre se va a completar. Todo va a desapa-
recer y Su luz va a brillar. En el nombre de Jesús, amén.

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17
Experiencias inolvidables

El trato del Señor


Y llegamos al final de este estudio. Durante la revelación
del Libro de Isaías, hemos experimentado al Señor. Todo lo
que Dios quiere es que tú y yo tengamos experiencias con
Cristo, porque la experiencia es crecimiento. Hasta que no
tengamos experiencias, no estaremos creciendo. Los hijos
de Dios no crecemos espiritualmente por oír un mensaje,
sino por experimentar al Señor. Cuando tenemos experien-
cias con Cristo, crecemos, maduramos espiritualmente y
tenemos vida que sale de nuestra vida.
Aarón, el hermano mayor de Moisés, solo podía entrar una
vez al año al Lugar Santísimo. Allí, cada año, tenía una ex-
periencia con Dios. En cambio, Moisés entraba todos los
días. Tú y yo tenemos que elegir si seremos como Aarón
y tendremos una experiencia una vez al año o si seremos
como Moisés y buscaremos una experiencia con Cristo
cada día.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

En la antigüedad, a los sacerdotes les ungían el lóbulo de


la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha y el dedo
gordo del pie derecho. Primero, les ponían sangre en esos
tres lugares y, luego, les colocaban aceite. Ese ritual era un
símbolo, una sombra de Cristo. Cuando tú y yo recibimos
en nuestro corazón a Cristo como Salvador, Él bañó nues-
tra cabeza con Su Presencia. Él bendijo nuestras manos y
nuestro caminar con Su Presencia. Pero después viene un
segundo bautismo, que es con el aceite. El aceite representa
las experiencias. Ahora vamos a oír al Señor, a tocarlo y a
caminar nuevas experiencias con Él.
Si leemos las biografías de los grandes hombres y mujeres
de Dios, encontramos experiencia tras experiencia. Vienen
tiempos en que todos los días viviremos experiencias her-
mosas con el Señor. Dios nos quiere dar experiencias. En-
tonces, “dime cuántas experiencias tienes y te diré cómo
es tu vida espiritual”. Si eres como Aarón y tienes una ex-
periencia por año, tendrás un puñado de testimonios para
contarles a tus nietos; pero, si eres como Moisés, todos los
días tendrás experiencias hermosas con el Señor.
Ahora bien, ¿cómo nos trata Dios para que tengamos expe-
riencias? De tres maneras. Veamos:

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Capítulo 17 ~ Experiencias inolvidables

1. Enseñanza larga – experiencia corta

El Señor nos da una enseñanza. Como lo indica el gráfico,


la enseñanza es larga. Por ejemplo, aprendes que la gloria
es cuando todo a tu alrededor desaparece y solo queda Él.
La gloria es cuando tocas Su Presencia y eres bañado de Su
alegría. Un día, mientras estás en tu casa, pones un instru-
mental y, durante medio minuto, percibes que todo desapa-
reció y la gloria llenó el lugar. “¡Tuve una experiencia con el
Señor!”, exclamas. Y después de esa experiencia de medio
minuto viene otra enseñanza larga. Empiezas a aprender,
por ejemplo, acerca de la carga. Después de una enseñanza
larga, tuviste una experiencia corta. Esto es lo que le sucedió
a Pedro. Jesús dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen
el Evangelio”. ¿Sabes cuántos años pasaron desde entonces
hasta que Pedro tuvo una experiencia con el Señor? Diez
años. Un día fue a la casa de un italiano llamado Cornelio y
le predicó de Cristo. Cornelio recibió el bautismo del Espíri-
tu y, recién entonces, Pedro exclamó: “¡Ahora entiendo que
Dios no hace acepción de personas!”.
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Enseñanza larga – experiencia corta es el primer modelo.


Pero sigues buscando al Señor, amándolo, invocando, ado-
rándolo, anhelando a Cristo, dando gracias por las peque-
ñas experiencias, y pronto vendrá la segunda fase.

2. Enseñanza corta – experiencia larga

Ahora, la enseñanza es corta y la experiencia, larga. En-


tonces, recibes una enseñanza, por ejemplo: “La gloria es
cuando todo desaparece”, y enseguida vives la experien-
cia. Así, tienes experiencia tras experiencia tras experien-
cia. Aprendes que la carga es cuando le sueltas una palabra
a alguien y Dios obra y, de pronto, vives una experiencia.
¿Qué pasó con la enseñanza? Se acortó. ¿Por qué? Porque tu
espíritu tiene más luz, ya que ahora está más afinado. Esto
le sucedió al apóstol Pablo cuando tuvo su experiencia de
conversión camino a Damasco y quedó ciego durante tres
días. Durante ese tiempo, él buscó del Señor hasta que Ana-
nías le impuso las manos y recuperó la vista. Pablo tuvo

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Capítulo 17 ~ Experiencias inolvidables

una experiencia, fue lleno y empezó a servir al Señor. Esto


mismo es lo que está viniendo para muchos de nosotros.
Dios nos dará una palabra y tendremos experiencia tras
experiencia tras experiencia.
3. Vivir a Cristo

Seguimos creciendo y creciendo, y llegamos al tercer nivel,


el nivel más hermoso. Aquí tenemos enseñanza, experien-
cia; enseñanza, experiencia; enseñanza, experiencia. A este
nivel lo llamé “vivir a Cristo”. Ahora no tienes la tarea de
orar, solo buscas disfrutar al Señor. ¿Para qué queremos que
nuestra oración llegue al Cielo si Cristo vive dentro de noso-
tros? La relación con el Señor no tiene que ver con imponer-
se a uno mismo la tarea de orar, sino con involucrarlo a Él en
todo lo que hagamos. En cada actividad, involucra al Señor.
De ese modo, ya no tienes una tarea, sino un vivir a Cristo
porque todo el día vives al Señor. En este nivel, ya no estás
pidiéndole: “Señor, dame un poco de paz, dame un poco de
fuerza”. En el tercer nivel ya tienes a Cristo completo. Allí,

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donde vas, Cristo empieza a proveerte, a tocarte y a darte


experiencias. Te enseña y rápidamente experimentas. ¡Este
es el vivir que viene para ti!

La ley del desperdicio


Leemos en Mateo [Link] “Al ver esto, los discípulos se enojaron,
diciendo: ¿Para qué este desperdicio?”.
¿Recuerdas la historia? La mujer derramó un frasco de
perfume carísimo a los pies de Jesús y se puso a llorar. Los
discípulos se enojaron y exclamaron: “¡Qué desperdicio!”.
¿Qué es un desperdicio? Un desperdicio es cuando, por
ejemplo, echamos dos paquetes de harina para preparar un
bizcochuelo que lleva solo dos tazas. ¿Por qué es un desper-
dicio? Porque la medida es dos tazas.
A la mujer del frasco le estaba yendo bien, ella se sentía per-
donada y amada; sin embargo, no fue con dos tazas, no se
puso un límite, sino que dijo: “Lo mío no son dos tazas, lo
mío es todo. Voy a ir y voy a derramar todo, me voy a des-
perdiciar”. ¿Quieres que te vaya bien? Desperdicia tu vida
en el Señor, no le des dos gotas solamente, adora con todo tu
corazón, derrama tu vida delante de Su Presencia. Esa es la
ley del desperdicio. Refiriéndose a la acción de la mujer de
la historia bíblica, Jesús dijo: “En cualquier lugar del mundo
donde se predique el Evangelio, se recordará y se hablará
de lo que hizo esta mujer, de la ley del desperdicio”. ¡Usa
toda tu voz para adorarlo, derrama toda tu vida a Sus pies,
desperdíciate todo!

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Capítulo 17 ~ Experiencias inolvidables

Cuando estés con el Señor, desperdíciate por completo.


Aunque te vaya bien, no des de a gotas, no pierdas la fuente,
porque, si la pierdes, tu bendición se agotará. Por el con-
trario, busca más del Señor, ámalo más, desperdíciate más.
Y Él te dirá: “Esta experiencia se va a contar por todas tus
generaciones”.
¿Cuándo cayó David? No fue durante la guerra, sino cuan-
do estaba en el palacio y le estaba yendo bien. Desde el pa-
lacio, David vio a Betsabé que se estaba bañando y cometió
el peor pecado de su vida. Cuando a Salomón, su hijo, le iba
bien, cuando tenía riqueza y sabiduría, empezó a olvidarse
del Señor y se involucró con diferentes mujeres. Un día, una
de ellas le pidió: “¿Me construyes un templo para la víbora
voladora que yo adoro?”. “Sí, amor”, respondió Salomón. Y
así sucesivamente. Así fue cómo cayó el hombre más sabio
de la historia de la humanidad. No fue en los momentos
malos, sino cuando estaba abundantemente bendecido.
Por eso, cuando Dios te bendiga —porque pronto el Señor te
dará bendiciones magistrales, oraciones respondidas, mi-
lagros, testimonios de prosperidad y sanidad—, búscalo
más que antes, congrégate más que antes, sírvelo y ámalo
más que antes. Lo que viene para los hijos de Dios no ten-
drá techo ni medida, pero el Señor está buscando gente que
rompa el frasco y se desperdicie delante de Él.

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Perfeccionados - 17 días experimentando el libro de Isaías

Qué hacer en las experiencias amargas

Todos atravesamos por pérdidas materiales, angustias,


problemas de salud, crisis con la familia, dificultades en el
trabajo y situaciones naturales —como una inundación—
que no pudimos controlar. Es decir, experiencias dulces y
otras amargas. ¿Qué tenemos que hacer frente a cualquier
experiencia amarga? Llorar. Si perdemos a un ser queri-
do, una propiedad, si estamos angustiados, tenemos que
aprender a llorar. Estuve investigando respecto a las lágri-
mas en La Biblia y quiero compartirte lo que encontré:

• Llorar delante de Él
Hechos [Link] “[...] sirviendo al Señor con toda humildad, y con
muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas
de los judíos [...]”.
¿Sabías que Pablo lloró? En las pruebas, el apóstol lloraba.
Hebreos [Link] “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos
y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la
muerte, fue oído a causa de su temor reverente”.
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Capítulo 17 ~ Experiencias inolvidables

Cristo también lloró. Cuando el Señor estuvo en Getsema-


ní, lloró amargamente. Él no dijo: “Padre, pasa de mí esta
copa” y ya, sino que lloró, y lloró mucho. Observa que en
este pasaje de Hebreos, el escritor usa la palabra “lágri-
mas” en plural, lo cual enfatiza que Jesús lloró de manera
considerable.
Salmo [Link] “Mis huidas tú has contado; pon mis lágrimas en tu
redoma; ¿no están ellas en tu libro?”.
Una cosa es llorar con la gente o llorar solo, y otra es llorar
delante de Él. Cuando tengas que llorar, ve a la Presencia de
Dios. No está mal que llores con alguien o a solas, pero, si
quieres que Dios tome tus lágrimas y las meta en la agenda
divina en la que Él planificó bendición y victoria, debes ir
a llorar delante de Él. El Señor colocará tus lágrimas en Su
libro y lo que Él escribió de bendición se te iluminará a ti en
el corazón.
David dijo que los que sembraron con lágrimas, con ale-
gría van a cosechar. Aprende a llevarle tus lágrimas a Dios.
Enciérrate a solas y dile: “Señor, perdí esto, estoy mal, me
traicionaron, pero no voy a tirar mis lágrimas a la tierra, yo
vengo a soltar lágrimas ante Tu Presencia, porque sé que Tú
vas a guardar cada lágrima en Tu libro y lo que está en él se
va a iluminar delante de mí”.
Él te consuela, por eso, ¡no tengas miedo de llorar! Si eres
de los que se han reprimido, ve al Señor y derrama todas
tus lágrimas, porque las lágrimas no solo te lavan los ojos,
también te limpian el corazón.

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David le lloraba al Cielo. A veces, lloramos con todo el mun-


do, pero Dios dice: “Tráeme tus lágrimas a Mí porque, si así
lo haces, Yo voy a enjugarlas y, si sembraste con lágrimas,
con alegría cosecharás”. Quizás hoy estás llorando, pero
Él cambiará tu lamento en danza. ¡Viene el tiempo de la
canción!

• Morir
Lo segundo que tenemos que hacer en las experiencias
amargas es morir. Tu alma es una cáscara. Cuando la se-
milla cae y la cáscara se rompe, sale la vida. Jesús dijo: “Tu
alma, tu yo, tu fuente humana es una cáscara. Yo estoy den-
tro de ti y quiero salir. Pero, para que pueda salir, es nece-
sario que mueras. Tienes que morir como una semilla”. Si
mueres, Cristo aparece. Si la semilla de trigo cae y muere,
vas a dar Cristo-fruto. El secreto es morir, por eso Pablo de-
cía: “Ya no vivo yo, ahora vive Cristo en mí”.
Morir es una experiencia. Puedes morir de un golpe o de a
poco. Hay golpes fuertes a través de los cuales el Señor te
quiebra y mueres completamente. Otras veces, Dios te va
desgastando el alma de a poco de manera que pierda su
fuerza y termine muriendo para que el Señor comience a
salir.
El Señor me mostró una radiografía de mi alma, y quie-
ro compartirte lo que me dijo porque tal vez te sientas
identificado.

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Capítulo 17 ~ Experiencias inolvidables

Una radiografía del alma


En primer lugar, Él me mostró que el alma es terca, rígida.
El Señor nos dice algo, pero nosotros hacemos lo que que-
remos. Nos dice que tenemos que esperar a que Él nos diga
qué orar, pero nosotros insistimos en orar de la manera que
oramos siempre y expresamos: “Voy a hacerlo como siem-
pre lo hice. A mí nadie me va a decir que lo haga de otra
manera”.
En segundo lugar, el alma es monotemática. Vamos a la igle-
sia con un tema en mente. Por ejemplo, que el Señor haga
algo en la vida de un hijo. Durante todo el culto estamos
orando: “Señor, haz algo. Toca a mi hijo, quebrántalo, glori-
fícate en su vida”. Tan obsesionados estamos que ni siquiera
escuchamos la prédica, porque seguimos pidiendo: “Señor,
haz algo en mi hijo”. Y después, cuando alguien nos pre-
gunta cómo estuvo la reunión, respondemos: “Yo esperaba
que obrara, pero Dios no hizo nada con mi hijo”. Fuimos
con un único tema y no pudimos recibir nada más. Dios
quería prosperarnos, sanarnos, pero nosotros insistimos
con nuestra necesidad: “Mi hijo, mi hijo, mi hijo”. Tenemos
que aprender a dejar en el Altar nuestra necesidad, porque
tal vez Dios no quiere sanar a un hijo, ¡Él quiere hacer algo
mucho más grande que eso!
El alma es repetitiva, monotemática.
En tercer lugar, el alma es emocional. Afirmamos: “No ten-
go ganas, yo hago lo que siento” y, diez minutos después,

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decimos: “Bueno, ahora sí tengo ganas”. Nos movemos por


la emoción.
El alma tiene miedo; el alma tiene vergüenza. En una oca-
sión, en una prédica nombré a una persona. Poco después,
esa persona a la que había nombrado me dijo: “¡Bernardo,
me compré 50 CDs de la prédica para regalarle a la gente
para que escuche que me nombraste!”. Sí, al alma también
le gusta mostrarse.
El alma siempre opina. Cada vez que hablamos, ella opina
y dice: “No estoy de acuerdo. Yo lo veo de otra manera”; o
afirma: “Sí, ya lo sé, yo lo siento así”.
El alma vuelve al pasado y repite lo que le enseñaron, lo que
aprendió, pues no quiere recibir lo nuevo.
Al alma le gusta tener su estilo. Le cuentas que a los grupos
los llamamos Equipos, y dice: “No, nosotros los llamamos
Redes de amor de Presencia”. El alma tiene su estilo propio.
El alma es individualista. “Yo elijo cuándo, cómo, qué y a
quién. Si no me dejan elegir, no voy, no hago nada”. ¡Así es
el alma!
El alma se distrae con cualquier cosa. Lo vemos en las re-
uniones, alguien camina, por ejemplo, y todos se distraen.
Al alma le encantan las preguntas. Hace poco me enviaron
una consulta: “Bernardo, ¿qué opina de la cremación? Así
es el alma, siempre quiere saber. La Palabra dice que vamos
a resucitar con un cuerpo nuevo, ¿qué más queremos saber?
¡Enfoquémonos en Cristo!

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Tenemos que pedirle al Señor que nos muestre


a qué debemos morir.

Cuando tengas una experiencia, no la dejes pasar, busca al


Señor. Leí que, cuando Watchman Nee enfermó de tuber-
culosis, oró así: “Señor, muéstrame por qué me enfermé.
¿Qué me quieres enseñar, qué quieres que aprenda de esta
experiencia?”. Y no solo le tienes que preguntar qué te quie-
re enseñar con las grandes experiencias, aun con un simple
resfrío Dios puede estar mostrándote algo. “Ya confesé, ya
morí, ya hice todo, Señor”, le dijo Nee, “¿por qué no me sa-
nas?”. Y Dios le dio una visión en la que vio una roca grande
en medio de agua muy baja, y un barco que se aproximaba
y que estaba por chocar contra la roca. El Señor le explicó:
“Esa roca es tu enfermedad, pero mira lo que voy a hacer
contigo”. En la visión, el agua empezó a crecer y tapó la roca,
permitiendo que el barco pasara sin problema. “Voy a dejar
tu roca, pero te voy a dar un aumento de Mí tan grande que
ni la enfermedad, ni la vida, ni la muerte te podrán tocar”.
Muchas veces le preguntamos a Dios: “Señor, ¿por qué no
quitas la roca?”, y no lo hace porque lo que quiere es aumen-
tar a Cristo en nosotros de manera que, aunque el aguijón
permanezca, como en el caso del apóstol Pablo, podamos
afirmar: “La gracia de Dios me sostiene, porque Cristo ha
crecido más que mi problema”. Por eso, ¡no te distraigas!

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Marco Antonio Félix, un gobernador romano, le quería


quitar dinero al apóstol Pablo. Durante los dos años que lo
tuvo preso, varias veces lo citó para conversar y para que,
finalmente, Pablo le terminara dando dinero para que lo
liberase. Pablo no pagó nada y estuvo dos años en la cár-
cel, hasta que sacaron de su puesto a este gobernador y lo
reemplazaron por otro. Estos son los Félix espirituales que
buscan alejarte de tu llamado a que Cristo siga creciendo. Si
oraste para que Dios haga un milagro, espera a que el agua
crezca por encima del problema. El agua subirá tanto que
la roca no te va a afectar, porque Cristo habrá crecido con
poder delante de tus ojos.

El poder del Resucitado


Dios no usa métodos o fórmulas, Dios trata gente. Él tiene
una relación única con cada uno de nosotros que se llama
intimidad. La intimidad es una experiencia con el Señor.
David lo sabía, él conocía las llaves. Observa lo que dice este
salmo:
Salmo 16:5-6: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa;
tú sustentas mi suerte. Las cuerdas me cayeron en lugares deleito-
sos, y es hermosa la heredad que me ha tocado”.
En la antigüedad, el padre repartía la herencia entre los hi-
jos. ¿Cómo lo hacía? Parados frente al terreno que iban a
heredar, cada uno de los hijos arrojaba una cuerda hacia el
fondo del lote. El lugar en el que caía marcaba hasta dónde
llegaba su herencia. El primero en arrojar la cuerda era el

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hermano mayor y el último, el menor. David era el menor


de ocho hermanos, así que, como podrás imaginarte, no le
quedaría nada del terreno. ¿Qué hizo David frente a esta
realidad? Cuando llegó su turno, tomó la cuerda y oró a
Dios: “Señor, tiro esta cuerda a Tus pies. Tú eres mi heren-
cia, te elijo a Ti”. Ante estas palabras, el Señor tomó la cuerda
y dijo: “David, esta bendición es tuya, este milagro es tuyo,
esta revelación es tuya”. La cuerda, como escribió David,
cayó en lugares deliciosos, porque Dios sustenta nuestra
suerte. Permitamos que Él comience a decidir qué lugares
serán nuestra herencia. Quizás alguien decidió por ti, o te
sacó terreno, o fue injusto; pero no te preocupes, toma la
cuerda y dile: “Señor, no voy a elegir tierra, yo te elijo a Ti.
Tú eres mi amor”. Igual que David, que no tiró la cuerda,
deja que Dios lo haga, permite que Él elija por ti. Al igual
que David y Jabes, si tú y yo lo dejamos elegir a Él, la cuerda
siempre caerá en lugares deleitosos.
Cuando morimos, cuando le decimos: “Señor, muéstrame
qué quieres que deje en el Altar” y obedecemos, Cristo sale.
Él quiere hacer la obra y, para que la haga, no tenemos que
rogarle; debemos morir. Es por eso que Jesús dijo: “Si guar-
das la semilla, no tendrás fruto; pero, si la semilla muere,
Cristo saldrá”. Si mueres, Cristo sale. ¿Qué significa que
“Cristo sale”? Pablo lo entendió bien y esto es lo que escri-
bió: “Cristo es el poder de la resurrección”. Veamos…
Cuando Dios Hijo se hizo hombre, no dejó de ser Dios, pero
se hizo humano, se vistió de hombre. Como hombre, de-
pendía del Padre, porque nos quiso enseñar cómo es una

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persona que depende de Dios. Ahora bien, como hombre,


Cristo tenía limitaciones. La primera limitación era espa-
cial. Él no podía estar en dos lugares al mismo tiempo. Si
estaba en Galilea, por ejemplo, no podía estar en Samaria.
Como Dios, podía estar en todos lados y todos los lados es-
taban en Él, porque era —y es— omnipresente y omnieter-
no; pero, como hombre, Jesús solo podía estar en un lugar a
la vez. La segunda limitación era una limitación temporal.
Él tenía que dormir, comer, como cualquiera de nosotros.
Es decir, tenía una limitación de tiempo, una autolimitación
de Su poder. Él restringió Su poder como Dios porque que-
ría —como hombre, sin dejar de ser Dios— depender del
Padre. Jesús dijo: “Voy a hacer todo lo que el Padre me diga”.
Y si bien Cristo vino, quedó el enemigo más grande del ser
humano: la muerte. Algún día, todos moriremos. La muer-
te es un devorador, como dice Salomón en Eclesiastés, un
enemigo violento. Sin embargo, Cristo dijo: “Me meteré en
el enemigo más poderoso del ser humano, en las garras de
la muerte”, y entró muriendo. La muerte intentó retenerlo,
pero no pudo. Él salió de la tumba resucitado. La Vida entró
en la muerte y esta no la pudo retener. Esa es “la Vida del
Resucitado”. Y ese resucitado que venció a la muerte ahora
trajo un poder más grande que la muerte porque, si bien
esta retenía a todos los seres humanos, uno de esos huma-
nos escapó. Ahora hay un poder más grande que la muerte:
el poder del Resucitado, que es Cristo y vive dentro de noso-
tros. Él nos recuerda: “Hijo, no tengas miedo porque estuve
muerto, mas vencí a la muerte y, un día, todo el que cree en

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Mí, aunque se muera, vivirá”. ¡No tenemos un Dios peque-


ño, tenemos la Vida que venció a la muerte, que salió de la
tumba, que vive por siempre y para siempre, y que ahora
puede estar en todos lados, en todo tiempo, en todas las ge-
neraciones! El Cristo que vive en nosotros no tiene límite de
tiempo, ni de espacio, ni de poder, porque dijo: “Todo poder
me ha sido devuelto. Ahora me meto dentro de ustedes y les
doy poder y autoridad”.

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu


victoria?”, dijo Pablo. ¡Ese es el poder de la resurrección!

Tienes que erguir tu cabeza, pararte en las rocas, levantar


la bandera de victoria y comenzar a declarar: “Señor, ya no
vivo yo. ¡Aleluya!”. Ya no expreses frases como: “Ojalá que
Dios me ayude y haga algo”; ya no compres por menor un
poco de paz, un milagrito. Si todavía no viste la gloria del
Señor es porque tu alma no ha muerto. Hasta que tu yo no
muera, no tendrás esa experiencia con el Señor. Cuando tu
alma vaya al Altar, entenderás todo Efesios, todo lo relativo
a la iglesia. La iglesia no es una institución, no es un lugar al
que vamos; la iglesia es el Cuerpo de Cristo. Por eso, si quie-
res moverte en el poder de la resurrección, tienes que con-
gregarte, entrar en el Cuerpo. No asistes a la iglesia porque
te invitaron, para cantar o para escuchar un mensaje, sino
para desaparecer dentro del Cuerpo. Cuando lo haces, todo
desaparece, porque entraste en el Cuerpo. ¿Sabes cómo se

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entra en Él? Muriendo. Vas al Altar, mueres y te pierdes


adentro. Ahora ya no estás tú, solo está el Cuerpo de Cristo.
El Salmo 133 dice que el Cuerpo tiene una cabeza: Cristo,
y esa cabeza lo dirige. Cristo es tu autoridad. De la cabeza
comienza a caer aceite y este baja al Cuerpo, a cada uno de
nosotros. Entonces, cuando vas a la reunión con el único
objetivo de experimentarlo a Él, entras en el Cuerpo. Cristo,
la cabeza, derrama aceite que cae sobre tu vida y baña por
completo a todo el Cuerpo. El aceite son las experiencias.
¡Vienen días en los que empezaremos a tener experiencias
poderosas dentro del Cuerpo!
El apóstol Pablo vio al Cuerpo de Cristo vestido como un
soldado, con una espada, un casco, un escudo y sandalias.
La guerra espiritual no es individual, es Cristo vestido de
guerra que vence al enemigo. Tú y yo estamos dentro de Él.
Esta es la razón por la que, cuando empieces a estar den-
tro del Cuerpo de Cristo, muchas pruebas y problemas que
tienes desaparecerán. El soldado, que es Cristo, traerá la
victoria.
¿Por qué escuchamos testimonios tan impactantes? Porque
estamos en el Cuerpo y, por consiguiente, desapareciendo.
Ya no importa que nos feliciten, que nos reconozcan. Ya no
necesitamos aplausos porque sabemos que somos miem-
bros del Cuerpo glorioso de Cristo y lo único que busca-
mos es desaparecer para que se levante con poder la luz del
Cuerpo del Resucitado.

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