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La Deolinda

LA LEYENDA DE LA DEOLINDA

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LA DEOLINDA

DEOLINDA CORREA de 18 años, vivía con su marido CLEMENTE BUSTOS de 20 años y su pequeño hijo, en un
humilde rancho en cercanías de Angaco, provincia de San Juan y que cuando allá por 1830, durante los crueles
sucesos de la guerra entre caudillos que ensombreció a la Patria, las “montoneras” federales de FACUNDO
QUIROGA pasaron por su casa en marcha hacia La Rioja, se llevaron, enrolado por la fuerza a su marido.

Pasado el tiempo, luego de varios días sin tener noticias de éste, al enterarse de que había caído prisionero de los
unitarios y preocupada por el estado de salud de su marido, DEOLINDA salió a buscarlo, llevando con ella a su
pequeño hijo, un “chifle” con agua y unas pocas provisiones.

Siguió las huellas de la tropa por los desiertos de la provincia de San Juan y alcanzó a llegar al caserío de Vallecito,
en cercanías de Caucete, donde comienzan a abrirse las hondonadas y faldeos que delatan la proximidad de la
sierra Pie de Palo.

Agotada su provisión de agua y alimentos que llevaba, los rigores del desierto que se atrevió a desafiar en busca de
su marido, terminaron por minar las fuerzas de DEOLINDA CORREA.

Estrechó a su pequeño hijo junto a su pecho y antes de poder llegar hasta un algarrobo que le prometía sombra y
abrigo, la sed, el cansancio y el hambre la derrumbaron. Allí quedó tendida, bajo el calcinante sol, aferrando aún
entre sus pechos a la criatura, también desfalleciente.

Dicen que se sintió morir y que le rogó a la Virgen para que salve a su pequeño hijo; que conservase la vitalidad de
sus pechos, de los que dependía su criatura para alimentarse.

Y el milagro se produjo. Tres días después, unos arrieros que pasaban por el lugar, atraídos por el llanto de un niño,
la encontraron muerta, pero con su hijo vivo, amamantando todavía de sus pechos, el alimento que le permitió
sobrevivir. Los hombres dieron sepultura a la mujer cerca del árbol que había refugiado sus últimos momentos y se
llevaron al niño.

Y allí habría terminado esta dolorosa historia, años más tarde, un arriero chileno llamado ZEBALLOS en un viaje de
regreso a su país, a poco de pasar por el lugar donde se hallaba la tumba, vio que su arreo se dispersaba
enloquecido por una violenta tormenta que se abatíó sobre esos campos.

Desesperado no sólo por la pérdida que ello significaba sino porque el hecho afectaba su nombradía con arriero,
reclinado ante la tumba de DEOLINDA, prometió que si recuperaba el ganado, construiría allí una hermosa capilla
para que se la honrara. Y otra vez se produjo el «milagro». Al despuntar el nuevo día nuestro buen ZEBALLOS
encontró a su ganado, pastando apasiblemente en una quebrada, que lo había protegido de la tormenta

ZEBALLOS cumplió su promesa y erigió un oratorio, que con el andar del tiempo se convirtió en un santuario. Está
sobre la actual ruta nacional 141, en proximidades de la localidad de “Vallecito”, Departamento Caucete, en la
provincia de San Juan. Parecen construcciones de piedra, pero acercándose a ellas, puede verse que hoy sus
paredes, quizás de barro, están totalmente cubiertas de placas, donde los devotos, dejan su agradecimiento por el
“milagro” que les concediera la Difunta.

Y fue entonces que esa sencilla devoción, comenzada por arrieros y troperos se agigantó llevada por ellos hacia sus
remotos destinos y a fines del siglo XIX, gran cantidad de promesantes comenzaron a llegar a ese lugar del milagro.

Y si bien fueron los arrieros y luego los camioneros, quienes difundieron el culto a la difunta Correa, pronto
comenzaron a llegar caminantes mostrando llagas en sus pies descalzos, jinetes venidos desde lejos, hombres,
mujeres y jóvenes mezclando alcurnias y miserias, unidos todos por la necesidad de un milagro, los que se acercan
desde entonces, con medallas y estampitas con su imagen y con las infaltables botellas, chifles u odres con agua,
para que “nunca le falte agua a la DEOLINDA”, para que no sufra más aquellos rigores de la sed que la abatieron.

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