La Divina Comedia
La Divina Comedia
Dante Alighieri
De qué se trata
Paraíso e Infierno
La divina comedia es la obra italiana más famosa de la literatura mundial. El poeta medieval
Dante Alighieri lleva al lector de esta, su obra principal, por un viaje de aventuras de un tipo
particular: al lado del poeta romano Virgilio, Dante atraviesa, como protagonista de su propio
poema épico, las puertas del Infierno y viaja a través de sus profundidades en forma de embudo
hasta donde se encuentra Lucifer en persona. Después, sube la montaña del Purgatorio hasta
llegar, finalmente, a través de las esferas del Paraíso, hasta la gloria de Dios. Durante su viaje,
Dante se encuentra con 600 almas de la mitología, la poesía y la historia que, según sus actos,
purgan espeluznantes castigos y horribles torturas en el Infierno o bien deben entrar en el
Paraíso. La obra, compuesta por exactamente 100 cantos, lleva al lector por un absurdo remolino
de sofisticado simbolismo que puede presentar con una fuerza lingüística extraordinaria, aun
cuando la construcción siempre igual de los episodios resulta, en ocasiones, algo cansada para el
lector contemporáneo. Dante escribió La divina comedia en italiano, en lugar de en latín y, con
ello, contribuyó al surgimiento del italiano como lengua escrita.
Ideas fundamentales
El viaje literario de Dante en 1320 desde el Infierno hasta el Paraíso marca el principio y,
al mismo tiempo, el punto culminante de la literatura italiana.
El autor se convierte en el protagonista de su propia historia: Dante se deja guiar por el
famoso poeta romano Virgilio a través del Inframundo.
Juntos recorren los nueve círculos del Infierno y los siete niveles del Purgatorio antes de
que, finalmente, Dante atraviese las nueve esferas del Paraíso.
En su camino, Dante se encuentra con diversos contemporáneos, antiguos héroes y
poetas, científicos, reyes y príncipes, todos los cuales cumplen sus castigos.
Después del Infierno, Dante llega a la montaña en forma de terrazas del Purgatorio. En la
cima, se encuentra el Paraíso terrenal, del que fueron expulsados Adán y Eva.
En los siete niveles del Purgatorio, se encuentran las almas que, si bien cometieron
pecados, a diferencia de las almas del Infierno, todavía se pueden salvar.
En el Paraíso, a Dante ya no lo guía Virgilio, sino Beatriz, su musa, que lo había
fascinado desde que él tenía nueve años.
Las esferas del Paraíso celestial corresponden al concepto que se tenía del mundo en la
Edad Media, con la Tierra en el centro del Universo.
En su obra principal, Dante escribe de acuerdo con la lengua popular italiana en lugar de
en el latín habitual de las personas cultas.
En este poema épico, el autor combina la representación cristiana con narraciones y
personajes de la poesía antigua.
La obra consta de exactamente 100 cantos que se estructuran en tres partes de 33 cantos
cada una y una introducción.
Resumen
Un encuentro decisivo
En el primer círculo del Infierno, ambos viajeros se encuentran a Homero, el poeta soberano, así
como a Horacio, Ovidio y Lucano, quienes reciben amablemente a Virgilio y también incluyen a
Dante en su compañía. Juntos caminan hasta una fortaleza en cuyos jardines se encuentran los
grandes héroes de la Antigüedad: Eneas, Héctor, César, Electra, Pentesilea y Bruto. Frente a
ellos, Dante ve a muchos maestros filósofos, como Platón, Sócrates y Demócrito. Como no
tienen culpa, pero murieron sin bautizar, pueden quedarse aquí, en el Limbo, la periferia del
Infierno.
“En medio del camino de nuestra vida / me encontraba en una selva oscura / porque la vía
correcta perdido había””. (Infierno, Canto Primero)
La entrada al verdadero Infierno la obstruye Minos, un rey antiguo con forma de monstruo alado.
Como maestro y juez del lugar, él sabe a qué lugar del Infierno enviar a los recién llegados. En
el segundo círculo del Infierno, las parejas de amantes pecadoras son empujadas una y otra vez
unas contra otras por un viento infernal. Entre los penitentes famosos se encuentran Cleopatra, la
bella Helena, el héroe Aquiles y Tristán. En el tercer círculo del Infierno, el can de tres cabezas,
Cerbero, les gruñe a los golosos y comelones. Las almas torturadas tienen que defenderse de los
ataques de la bestia en medio de una lluvia fría y granizo. Plutón, el dios romano del Inframundo,
custodia el cuarto círculo del Infierno; aquí expían sus pecados los avaros y los derrochadores.
Como se odiaban mutuamente, tenían que arrojarse unos a otros enormes cantidades de piedras.
En el camino hacia el quinto círculo del Infierno, los caminantes pasan por un pantano que
apesta de manera atroz. En esta agua, llamadas Estigia, se destrozan con los dientes los que
fueron irascibles durante su vida, mientras que, bajo las fangosas aguas, las almas hoscas
burbujean su canción de descontento.
Cuando llegan a la otra orilla, varios diablos pequeños les cierran el paso a los viajeros a la
ciudad de Dite, la entrada al Bajo Infierno. Solo con la ayuda de un ángel al que llamaron los
viajeros, logran abrir la puerta. Apenas entran, Dante oye enseguida miserables lamentos y
quejas. Aquí, en el sexto círculo del Infierno, los herejes yacen en sus ataúdes y soportan
tormentos de fuego sin fin. En un breve descanso, Virgilio aprovecha la ocasión para explicarle a
Dante la organización interna del Infierno.
“Dejad toda esperanza los que entráis””. (Infierno, Canto Tercero, Inscripción en la puerta del
Infierno)
En los círculos del Infierno que han visto hasta ahora, estaban los pecadores de la desmesura.
Estos eran relativamente inofensivos comparados con los pecadores de la maldad, que con plena
conciencia habían cometido sus culpas. A ellos les estaban reservados los tres círculos inferiores
del Infierno.
“No queda huella de ellos en la tierra, / la justicia y la caridad los desdeña, / no hablemos de
ellos, pasa y mira””. (Infierno, Canto Tercero, Virgilio sobre las “almas tibias”)
El Minotauro, un monstruo mitad hombre, mitad toro, custodia la entrada al séptimo círculo del
Infierno. En un río de sangre ardiente, Dante conoce a las almas que durante su vida levantaron
la mano contra otras personas. Según sus atrocidades, estos malhechores están sumergidos a
distintas profundidades en este raudal sangriento. En la otra orilla del río de sangre, los viajeros
encuentran maleza silvestre. Allí anidan las arpías (demonios con apariencia de aves), que se
comen con gusto los arbustos. Cuando Dante troncha una rama, la planta empieza de inmediato a
sangrar y a quejarse del trato. El arbusto le explica a Dante que él se suicidó en el bosque. Todos
los que ejercen violencia contra sí mismos se convierten en ramas en esta parte del Infierno.
“Cerbero, cruel y deforme fiera, / ladraba, igual que un perro, con sus tres fauces / a la gente que
ahí anduviera””. (Infierno, Canto Sexto)
En un precipicio en el que desemboca atronador uno de los ríos del Inframundo, Virgilio arroja
una cuerda a la profundidad del abismo. Después, flotando con esta, viene hacia ellos una figura
que causaría espanto a cualquiera: un dragón con cara de hombre, cuerpo de serpiente y cola de
escorpión llamado Gerión, sobre cuyas espaldas ambos viajeros llegan al octavo círculo del
Infierno.
Esta parte del Infierno se compone de 10 fosas, que están dispuestas en torno al pozo del
Infierno. Están reservadas para los fraudulentos. En la primera fosa, Dante y Virgilio ven a los
proxenetas y seductores, que son torturados con un látigo por pequeños demonios. En la segunda
fosa, un tremendo hedor sube hasta la nariz de los viajeros: aquí se revuelcan en estiércol los
aduladores y las prostitutas. Los simoniacos, que practicaron un lucrativo negocio con objetos
eclesiásticos importantes, están metidos de cabeza en pozuelos ardientes. Reciben el escarnio de
Dante que se pronuncia en contra de la mezcla de la Iglesia y el Estado. En la cuarta fosa,
caminan los falsos adivinos con los rostros vueltos hacia las espaldas. Sumergidos en una
repugnante y hedionda pez, los portadores corruptos de cargos públicos son castigados en
la quinta fosa. En la sexta fosa, los hipócritas, cubiertos con pesados mantos de plomo dorados
por fuera, marchan sobre los fariseos crucificados, entre ellos, el sumo sacerdote Caifás, que
exigió la muerte de Jesús. Los dos viajeros deben ascender penosamente para llegar a la séptima
fosa, donde los ladrones son atormentados por serpientes. En la octava fosa, están envueltos en
pequeñas llamas los alevosos y los consejeros fraudulentos. Entre ellos, está también el
ingenioso Ulises. En la novena fosa, se encuentran los cismáticos. A ellos pertenece
prominentemente Mahoma, cuyos intestinos cuelgan hacia afuera. En la décima fosa, finalmente,
los falsificadores se retuercen con enfermedades que provocan repugnancia.