0% encontró este documento útil (0 votos)
16 vistas11 páginas

Rodrigo García

Biografia y obras completas

Cargado por

carlos
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
16 vistas11 páginas

Rodrigo García

Biografia y obras completas

Cargado por

carlos
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

RODRIGO GARCÍA

BORGES

Borges, con Texto, espacio y dirección de Rodrigo García, se estrenó en diciembre de 1999 en
«Cabaret Borges»,

Casa de América de Madrid, con el actor Juan Loriente.

Antes, cuando me mosqueaba, yo decía: «que os den por culo y que os quedéis ciegos».

Al final conocí a Borges metido entre otras personas y no tuve huevos para decirles la famosa
frase,

mi frase acuñada, celebérrima, «que os den por culo y que os quedéis ciegos».

Yo no tengo nada en contra de los ciegos ni de ningún minusválido, pero jamás les suelto
monedas,

ya sabéis, para ganarme el cielo o la sonrisa del lisiado; todo la recaudación se la pulen en porros,
dicen

que es para el médico, para la cirugía, para recuperar el sentido perdido, para la prótesis, pero no
nos

engañemos: es para vicio.

Lo mejor del sentido perdido es que inflama con seguridad algún que otro sentido: la dificultad
física

–lo digo siempre– agudiza el ingenio.

Y sobre todo, la dificultad sexual. La lejanía sexual. Aunque lejanía sexual la experimenta el 90 por

ciento de la población; no se necesita ser un impedido para eso, y sin embargo se cree que lo peor
que

le puede ocurrir al lisiado, al impedido, es precisamente esto: la lejanía sexual.

Cuando –repito siempre– la sexualidad del paralítico es infinitamente más rica que la del hombre
de

a pie, ya que practica con seguridad las llamadas «maneras sucias», maneras sucias que todos
quieren

para sí y nadie ejecuta en realidad.

El sexo se lleva en la mente y la sexualidad en el olor de los dedos, y los que llevan no solo el sexo
sino también la sexualidad en la mente y en ninguna parte más, son la peor carroña del planeta,

muchíiiiiisimo peor que los animales y me refiero nada menos que al 90 por ciento de la población.

¿A dónde he ido? ¿A qué he ido?

¡A darme por el culo a mí mismo!

Lo peor de moverse es que siempre te llevas contigo. Pues no: lo peor es lo que tropiezas. Y es

mentira que cada cual tropiece con lo que se merece.

Porque el planeta está hasta arriba –90 por ciento aproxi-madamente– de gente empeñada en
joderle

la vida al prójimo, algo que no tiene nada de malo ya que, tratándose como digo del 90 por ciento
de la

población, incluye prácticamente a todo el mundo, lo que garantiza estadísticamente que los
jodedores

se joderán tarde o temprano entre sí, aunque también salpique a ese otro 10 por ciento restante
que no

quería meterse con nadie pero que sin embargo se metió, en busca de «experiencias personales»
cuando

todos deberían saber ya de carrerilla la famosa frase «toda experiencia personal es experiencia
negativa».

De esta forma se produce el choque frontal-casual de la casi totalidad de la gente que anda por la

vida estropeando jornadas ajenas y que son, a su vez, víctimas de otros estropeadores
profesionales o

veteranos.

Estropeando vidas ajenas y exponiéndome a ser estropeado.

Esto me repito, canturreo en el coche: estropeando vidas ajenas y exponiéndome a ser


estropeado.

Y le pongo música.

Lo vi en el Café Tortoni a Borges con la secretaria y el secretario y con Octavio Paz, el poeta que

nunca se mojó por nada ni nadie, el poeta condecorado, el poeta insignia. Ahí estaban sentados
los dos
poetas insignia, los que nunca se mojaron por nadie y al fondo unos desconocidos jugaban al billar.

Pero yo no los veía así. Con 17 años y vocación literaria, los veía como a dos apariciones.

Me levante a mear dos veces sólo para pasar raspando la mesa, a ver si se me pegaba algo y
cuando

iba a dirigentes la palabra no les dirigía la palabra, porque no tenía nada que decir. ¡Diecisiete!: A
esa

edad nadie sabe lo que admira.

Yo iba a escribir a una mesa de un café también, porque en una mesa de un café los escritores

bohemios escriben; les sale sola la palabra, pero creo que nunca traje nada, ni un garabato en una

servilleta. Y lo que es peor: ni una sola chavalita.

Me abrumaba la idea de ir al café a escribir y que no me saliera nada, y por consiguiente, no


tirarme a

ninguna piba.

No me atormentaba no saber escribir: me abrumaba no ser guapo como para tirármelas sin

necesidad de escribir.

Entonces me dije, deberías hacerte el ciego a ver qué pasa.

Cambié el bolígrafo por el bastón. Compré un bastón plegable, un perro labrador gigantesco,

compré gafas de sol y me apunté en una escuela de teatro con dos directores maricas que me
enseñaron

en un mes a hacerme el ciego a la perfección.

Llego a casa –que son mi padre y mi madre, mi padre carnicero y mi madre verdulera– y les digo,

emocionado: los vi a Borges y a Octavio Paz. Mi madre me hace preguntas. Me pregunta si les
hablé.

Porque ella sabe que les admiro. Y mi papá me revolea un cinturonazo y me grita de maricón para

arriba y a los cinco minutos ya estoy con un delantal blanco lleno de sangre cortando reses en la

carnicería.

Para la explotación de tu propia familia es una ventaja que el comercio, la tienda, quede en la
planta
de abajo y que la vivienda quede en la planta de arriba; no se tarda nada en bajar a trabajar y en
subir a

dormir: así hicimos construir nuestra casa. Bonita, de dos plantas, por fuera toda de amarillo.

Mi madre es la única que le da cierta importancia a lo que me ha pasado en la vida.

Mi madre se acuerda de cuando yo vi a Borges en el Café Tortoni y mi madre se ríe, dice: no


puedes

decir eso de un hombre tan importante y ríe porque a una obra de teatro le pongo de título

«CONOCER GENTE, COMER MIERDA». Se ríe –QUE YA ME HACE MUY FELIZ A MI QUE

SE RÍA MI MADRE– y suelta: «con lo bien que te ha ido en la vida, cómo se te ocurre poner ese
título

a tu obra». Pero se ríe, y en su risa comprendo toda su frustración, sé que en el fondo está de
acuerdo

conmigo, que me autoriza a ser el portavoz de una generación de perdedores follados por el culo.

Y yo aprovecho y me río del respeto, de este respeto azul, y pienso que generalmente a uno le

enseñan a respetar a los que no merecen el menor respeto, y que cuando vas por la vida sin
ostentación,

cuando escondes a tu manera tu secreto, QUE ES TU CONOCIMIENTO, es ahí cuando te empiezan

a ignorar.

Así que le suelto a mi madre, en la última visita, cuando mi padre palmaba y al final se salvó, la
frase:

«La inteligencia y la educación están en las antípodas».

Y le pego dos tiros a mi madre.

Qué coño, ni le he pagado un tiro a nadie, ni me he comprado el perro, ni el bastón, ni tuve


cojones

para intentar hacerme el ciego para follar, porque, de ser así, no diría las cosas que digo, no
tendría la

lengua que tengo,

la lengua que tengo,

la lengua que tengo es un río congelado


que baja desde mi cerebro, paisaje

medio oculto-medio visible hecho de

discursos insatisfechos por una mente abarcadora

de otras mentes insatisfechas

abarcadoras de otros corazones insatisfechos

abarcadores de otros músculos insatisfechos

Cuando se muera mi madre, se va a morir mi memoria, porque mi madre sabe el día y la hora y la

cara que puse delante de todo lo que me ha pasado en la vida.

Cuando se muera mi madre, no voy a saber nada, por la poca importancia que le di a mis pasos –
los

tomé como lo que son, pasos– y ya está.

Lo perseguía a Borges por todas partes. Daba conferencias y yo estaba ahí, media hora antes,
cuatro

horas antes, fila uno. El viejo habla de literatura, de lo que le gusta y aprovecha para poner a parir
a

Lorca, a los suecos de la academia, les dice a los suecos que no tienen un Cervantes; habla del
general

Rosas y nunca habla de lo que está pasando: Videla, Massera, Agosti, Suárez Mason, Garltieri,
Astiz:

tiene miedo.

Después le sueltan el muerto al público, comienza la ronda de preguntas. Uno le pregunta si le


gusta

el fútbol. Todo el mundo sabemos que al ciego le repatea el fútbol. Yo le pregunto por
Schopenhauer.

Tengo 17 años y hace 4 que leo exclusivamente Schopenhauer. Y Séneca. Suspendo matemáticas,

suspendo física, suspendo literatura, suspendo gimnasia, porque lo único que hago es leer

Schopenhauer. Y Séneca. Todo para poder hablar con el viejo. Me lo sé todo. Todo Schopenhauer

entero. Había un solo ejemplar de «El mundo como voluntad y representación». El de la Biblioteca
Nacional. Yo hacía pellas en el colegio y me iba a la Biblioteca Nacional. Tiraba la mochila con los

libros en unos arbustos de la estación de trenes del Retiro, me quitaba la corbata azul del
uniforme y así

ningún policía hijo de la gran puta me paraba y me devolvía a casa, llamaba a casa para decir, aquí
está

su hijo, haciendo pellas, con la mochila y la corbata. Entonces caminaba hasta San Telmo, a la calle

México, a la Biblioteca Nacional. Pedía «El Mundo como voluntad y representación»


encuadernado en

piel, precioso, y me lo tragaba enterito.

Después volvía a casa como si volviera del colegio. En casa tenía todo Schopenhauer, menos «El

mundo como voluntad y representación».

Y por las dudas me leía a los presocráticos también. Sobre todo Heráclito. Y tenía el libro verde y el

libro marrón, la obra completa de Borges. Y así me preparaba para ver cara al viejo. Entonces le
suelto,

en aquella famosa charla, aquella famosa tarde, no sé qué de Schopenhauer.

Y me dice el viejo: «Schopenhauer es el ápice».

Estaba a reventar de gente. Yo no sé qué quiere decir «ápice». No puedo ir a las charlas con el
María

Moliner, con el Ferrarter, con el Casares. Ápice, pienso, será algo bueno, porque al viejo le gusta
mucho

Schopenhauer. ¡Cuatro años preparando la pregunta y no entiendo la respuesta!

¿Y para esto me revienta el corazón? ¿Para esto casi palmo del miedo de hablarle en público al

cegato? ¡Doscientas personas delante! ¡Cágate! Le voy a esperar fuera, pienso. Le voy a esperar
fuera y le

voy a decir: te has pasado, te has pasado tres pueblos. O mi frase célebre: que os den por culo y os

quedéis ciegos.

Hace cuatro años que estudio a Schopenhauer, me quiero lucir, quiero hablar con Borges delante
de

tres millones de personas y me contesta con una palabra que no comprendo.


Lo voy a esperar fuera y le voy a dar de hostias.

Le voy a dar con un churrasco.

Con una tira de asado.

Hay gente que se mete a defenderle, les doy con la tira de asado.

El perro guía que lleva siempre con el, intenta morderme, mato al perro a puñetazos... qué digo:

Borges nunca llevó un perro, no importa...

Le doy con el hueso de la tira de asado en la frente, hay sangre por todas partes.

El viejo dice: «Heráclito se arrancó los ojos para pensar, el tiempo fue mi Heráclito».

Y yo le agarro del cuello y le grito: ¡Qué sangre fría! ¡Eres ciego y no puedes hablar honestamente
ni

siquiera de eso!

¿¡Todo hay que decirlo con referencias culturales!?

¿¡Ni una sola palabra honesta!?

Te quiero ver en México, en la India: ¡no hay cegatos ricos! Si eres ciego estás el triple de jodido.
Ahí

un señorito ciego no aguanta ni un segundo.

Con razón no escribe sobre la realidad, no la ve: ¡es ciego, es un señorito, no puede hablar más
que

de Keats, de Stevenson, para el ciego de corazón bastan las referencias culturales! PERO TE
QUIERO

VER CIEGO DEL BOLSILLO: Te quiero ver, con la vista chafada y cantando en un vagón de metro

como en el DF mexicano. ¡Un frenazo y la armónica y el vasito con las monedas vuelan a tomar por
el

culo!

Y sin embargo, ESOS BONITOS ojos que tienen los perros DE LA ANTÁRTIDA.

Tienes que venir al DF, le dice Octavio Paz a Borges en el Café Tortoni, y yo que me meo y no soy

capaz de decirles nada y quiero explicarles a estos dos tantas cosas, mi admiración...
Y Borges que no ve pero huele, y Paz que ve pero que ni huele, y los dos secretarios, que me

apartan, que me dicen: chaval, estás meado y así no puedes acercarte a Borges ni a Octavio Paz.
Porque

son los poetas Hispanoamericanos de proyección internacional.

Como está el Café Tortoni de triste: estos dos ahí, con los secretarios; los del billar allá, yo

meándome... ¡y ni una sola chavalita!

Voy a ponerme a machacar la fosa del viejo Borges en Ginebra,

SÍ: ME VOY A EMPLEAR EN ESA MIERDA,

Tiene que ser la hostia: me voy por carretera con el Fiat Punto Gris que no me ha fallado

nuuuuuunca, y le voy a decir a Oscar y a Delphine y a Macasdar que me ayuden, que me dejen
dormir

en su casa y que me consigan dinamita, palas Y COMIDA.

Y voy a llamar a mi editor, a mi amigo François que es de Besançon, que está al lado, para que lo

publique todo.

Voy a ir con Patricia, con Miguelito y con Chete, para que mientras reviento la tumba, insulten a lo

loco.

O que hagan lo que quieran. ¡Siempre han hecho lo que han querido, los muy capullos!

Le dinamito la tumba AL VIEJO DE MANERA TAL QUE LOS RESTOS LLEGAN VOLANDO

AL OBELISCO.

Al obelisco es imposible: queda a tomar por culo, por el centro de Buenos Aires, ¡es otro

contineeeeeeeente!

Y cae en «la bombonera» también, la cancha de Boca.

La mitad fue a caer al lado del obelisco pero lo demás cayó en la puerta 7 de la Cancha de Boca: en

el fondo Sur. Con «la barra brava», los ultras.

En la puerta siete está el puesto de los bocatas de chorizo, ¡los choripán! Caen encima de la
parrilla
los pedacitos podridos del viejo Borges y se lo zampan , se lo zampan en un choripán. El chorizo es
a la

brasa. Y la brasa son cenizas. ¡Toma cenizas! ¡Las del viejo Borges! ¡Esas sí que son cenizas!
¡Cágate, lo

que más odiaba, el fútbol! ¡Y se lo zampan disfrutando del partido!Gritan gol con la boca llena de
Jorge

Luis Borges, escupen a un hombre importante, ¡ojo! ¡Qué negros de mierda, qué paletos, vosotros
los

del boxeo –qué digo boxeo, se me va la cabeza–, vosotros los del fútbol, sois todos unos paletos
de

mierda!

¡Chau Spinoza!, ¡chau Stevenson!, ¡chau Keats! ¡Me acuerdo cuando murió, yo estaba en Madrid,

compré todos los periódicos, se me acababa el mundo, lloraba!

Ni tigres, ni laberintos, ni espejos, ni Schopenhauer, ni el Quijote: directo a la popular, al fondo sur,

con los negros, la clase trabajadora pegándose tiros en la panza, en el pecho, la poli repartiendo
palos y

mientras tanto, gente que escribe poesía y literatura fantástica y gente que hace películas para
divertir.

¡Qué necesario! –dicen–, con lo espantosamente jodido que está todo, con lo sin remedio de todo,

¡qué necesaria la distracción y qué necesaria la cultura!

¡Vaya, digo, imprescindible, digo! Esos contenidos rebuscados, lejanos, ¡que edificantes! Valoran a
los

artistas por su incomprensibilidad y valoran a los comerciantes por su obviedad más patética,
glorifican

los extremos, que es lo que se puede comprar y vender, lo cultureta inalcanzable o lo manoseado
hasta

el hartazgo y resulta que nada le sirve a nadie en absoluto para vivir, y mientras repito vivir-vivir,
pienso

en morir.

Y yo en el Café Tortoni admirando a dos tipos sin huevos, dos mantenidos del gobierno, de las
familias que van a la ópera y de los militares de turno, y del peor de los chauvinismos, ¡cágate!

Me las voy a pirar.

Me las voy a pirar.

Me las voy a pirar a España o a Madagascar.

Y al final me piro.

Mi madre en la escalera mecánica del aeropuerto no da crédito: no se le caen las lágrimas, se le


cae la

cabeza entera, como una calabaza pesadíiiiiisima, y hace ¡pum! en el mármol del aeropuerto.

Estoy hasta el culo de las experiencias: de las experiencias que viven los demás y de las mías.

Estoy hasta el culo de la magnificación,

de la trivialización,

del empequeñecimiento de la vida,

de los incidentes acotados, de las vivencias narradas, de las apariciones comentadas, de las

casualidades manoseadas, de los encuentros magnificados, de que a lo común, que ya es grande


por sí

solo, lo llamen «acontecimientos».

Me piro.

Y me piré.

Me voy a zampar esta manzana, que tiene mogollón de veneno, y palmo.

O voy a vivir para seguir diciendo.

Vamos a esperar.

(come)

Voy a comer.

Y vamos a esperar.

A ver qué pasa.

ACCIONES
que acompañan tristemente al texto:

Fumigar con veneno muchas manzanas.

Pegar tiros con pistolas.

Fustigar la mesa con carne argentina.

Sacar un retrato de Schopenhauer.

Ponerse patillas postizas como las de Schopenhauer.

Mostrar revistas porno enmarcadas.

Mostrar retrato de Borges.

Sacar foto de Videla.

De Margaret Thatcher.

De un soldado de Malvinas.

De otro soldado de Malvinas

También podría gustarte