Discurso del método (selección de párrafos)
René Descartes
PRIMERA PARTE
El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual piensa que
posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier
otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos
se engañen, sino que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo
verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es
naturalmente igual en todos los hombres: y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras
opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que
dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas
cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno: lo principal es aplicarlo bien. Las
almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes; y
los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino
recto, que los que corren, pero se apartan de él.
Por mi parte, nunca he creído que mi ingenio fuese más perfecto que los ingenios
comunes; hasta he deseado muchas veces tener el pensamiento tan rápido, o la
imaginación tan nítida y distinta, o la memoria tan amplia y presente como algunos otros.
Y no sé de otras cualidades sino ésas, que contribuyen a la perfección del ingenio; pues
en lo que toca a la razón o al sentido, siendo, como es, la única cosa que nos hace
hombres y nos distingue de los animales, quiero creer que está entera en cada uno de
nosotros y seguir en esto la común opinión de los filósofos, que dicen que el más o el
menos es sólo de los accidentes, mas no de las formas o naturalezas de los individuos de
una misma especie. Pero, sin temor, puedo decir que creo que fue una gran ventura para
mí el haberme metido desde joven por ciertos caminos, que me han llevado a ciertas
consideraciones y máximas, con las que he formado un método, en el cual me parece que
tengo un medio para aumentar gradualmente mi conocimiento y elevarlo poco a poco
hasta el punto más alto a que la mediocridad de mi ingenio y la brevedad de mi vida
puedan permitirle llegar. Pues tales frutos he recogido ya de ese método que aun cuando
en el juicio que sobre mí mismo hago procuro siempre inclinarme del lado de la
desconfianza mejor que del de la presunción, y aunque al mirar con ánimo filosófico las
distintas acciones y empresas de los hombres no hallo casi ninguna que no me parezca
vana e inútil, sin embargo, no deja de producir en mí una extremada satisfacción el
progreso que pienso haber realizado ya en la investigación de la verdad, y concibo tales
esperanzas para el porvenir que si entre las ocupaciones que embargan a los hombres,
puramente hombres, hay alguna que sea sólidamente buena e importante, me atrevo a
creer que es la que yo he elegido por mía.
Mi propósito, pues, no es el de enseñar aquí el método que cada cual ha de seguir
para dirigir bien su razón, sino sólo exponer el modo como yo he procurado conducir la
mía.
SEGUNDA PARTE
Hallábanse por entonces en Alemania, adonde me llamara la ocasión de unas
guerras que aún no han terminado; y volviendo de la coronación del emperador hacia
el ejército, el comienzo del invierno me encontró en un lugar en donde, no teniendo
conversación alguna que me divirtiera ni tampoco, por fortuna, cuidados ni
pasiones que perturbaran mi ánimo, permanecía el día entero solo y encerrado junto a
una estufa, con toda la tranquilidad necesaria para entregarme a mis pensamientos.
(…)
El mundo se compone casi sólo de dos especies de ingenios, a quienes este
ejemplo no conviene, en modo alguno, y son, a saber: de los que, creyéndose más
hábiles de lo que son, no pueden contener la precipitación de sus juicios ni conservar la
bastante paciencia para conducir ordenadamente todos sus pensamientos; por donde
sucede que, si una vez se hubiesen tomado la libertad de dudar de los principios que han
recibido y de apartarse del camino común, nunca podrán mantenerse en la senda que hay
que seguir para ir más en derechura, y permanecerán extraviados toda su vida; y de otros
que, poseyendo bastante razón o modestia para juzgar que son menos capaces de
distinguir lo verdadero de lo falso que otras personas, de quienes pueden recibir
instrucción, deben más bien contentarse con seguir las opiniones de esas personas que
buscar por sí mismos otras mejores. Y yo hubiera sido, sin duda, de esta última especie
de ingenios, si no hubiese tenido en mi vida más que un solo maestro o no hubiese sabido
cuan diferentes han sido, en todo tiempo, las opiniones de los más doctos.
(...)
En lugar del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me
bastarían los cuatro siguientes, supuesto que tomase una firme y constante resolución de
no dejar de observarlos una vez siquiera. Fue el primero, no admitir como verdadera cosa
alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la
precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se
presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de
ponerlo en duda.
El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare, en cuantas partes
fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución. El tercero, conducir
ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles
de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los
más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden
naturalmente. Y el último, hacer en todos unos recuentos tan integrales y unas revisiones
tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada.
CUARTA PARTE
No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice allí, pues son tan
metafísicas y tan fuera de lo común, que quizá no gusten a todo el mundo. Sin embargo,
para que se pueda apreciar si los fundamentos que he tomado son bastante firmes, me
veo en cierta manera obligado a decir algo de esas reflexiones.
(…)
Deseando yo en esta ocasión ocuparme tan sólo de indagar la verdad, pensé que
debía rechazar como absolutamente falso todo aquello en que pudiera imaginar la
menor duda, con el fin de ver si, después de hecho esto, no quedaría en mi creencia algo
que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan, quise
suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la
imaginación: y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aun acerca de los más
simples asuntos de geometría, juzgué que yo estaba tan expuesto al error como otro
cualquiera, y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente habían tenido por
demostrativas, y, considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando
despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea
verdadero, resolví fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrando en mi
espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños.
Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, que todo es falso, era necesario que
yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: «yo pienso, luego
soy», era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no
son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla, como el primer principio de la
filosofía que andaba buscando.
Examiné después atentamente lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía
cuerpo alguno y que no había mundo ni lugar alguno en el que yo me encontrase, pero
que no podía fingir por ello que no fuese, sino al contrario, por lo mismo que pensaba en
dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía muy cierta y evidentemente que yo era,
conocí por ello que yo era una sustancia cuya esencia y naturaleza toda es pensar, y que
no necesita, para ser, de lugar alguno, ni depende de cosa alguna material; de suerte que
este yo, es decir, el alma por la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo
y hasta más fácil de conocer que éste, y, aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de
ser cuanto es.
Después de esto, consideré, en general, lo que se requiere en una proposición
para
que sea verdadera y cierta. Y habiendo notado que en la proposición «yo pienso, luego
soy», no hay nada que me asegure que digo verdad, sino que veo muy claramente que
para pensar es preciso ser, juzgué que podía admitir esta regla general: que las cosas
que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas.
Después de lo cual, hube de reflexionar que, puesto que yo dudaba, no era mi ser
enteramente perfecto, pues veía claramente que hay más perfección en conocer que en
dudar; y se me ocurrió entonces indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo
más perfecto que yo; y conocí evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que
fuese efectivamente más perfecta. En lo que se refiere a los pensamientos de varias
cosas exteriores a mí, como son el cielo, la tierra, la luz, el calor y otros muchos, no me
preocupaba mucho el saber de dónde procedían, porque, no viendo en esos
pensamientos nada que me pareciese hacerlos superiores a mí, podía creer que, si eran
verdaderos, eran unas dependencias de mi naturaleza, en cuanto que ésta posee alguna
perfección, y si no lo eran, procedían de la nada, es decir, estaban en mí, porque hay
defecto en mí. Pero no podía suceder otro tanto con la idea de un ser más perfecto que mi
ser, pues era cosa manifiestamente imposible que la tal idea procediese de la nada; y
como no hay la menor repugnancia en pensar que lo más perfecto sea consecuencia y
dependencia de lo menos perfecto que en pensar que de nada provenga algo, no podía
tampoco proceder de mí mismo; de suerte que sólo quedaba que hubiese sido puesta en
mí por una naturaleza verdaderamente más perfecta que soy yo, y poseedora inclusive de
todas las perfecciones de que yo pudiera tener idea; esto es, para explicarlo en una
palabra, por Dios.
A esto añadí que, suponiendo que yo conocía algunas perfecciones que me
faltaban, no era yo el único ser que existiese, sino que era absolutamente necesario que
hubiese algún otro ser más perfecto de quien yo dependiese y de quien hubiese adquirido
todo cuanto yo poseía; pues si yo fuera solo e independiente de cualquier otro ser, de tal
suerte que de mí mismo procediese lo poco en que participaba del Ser perfecto, hubiera
podido tener por mí mismo también, por idéntica razón, todo lo demás que yo sabía
faltarme, y ser, por lo tanto, yo infinito, eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente y, en
fin poseer todas las perfecciones que podía advertir en Dios.
(...)
Además, tenía yo ideas de varias cosas sensibles y corporales, pues aun
suponiendo que soñaba y que todo cuanto veía e imaginaba era falso, no podía negar, sin
embargo, que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Mas habiendo
ya conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal,
juzgaba por ello que no podía ser una perfección en Dios el componerse de esas dos
naturalezas, y que, por consiguiente, Dios no era compuesto.
Pero si hay algunos que están persuadidos de que es difícil conocer lo que sea
Dios,
y aun lo que sea el alma, es porque no levanta nunca su espíritu por encima de las cosas
sensibles y están tan acostumbrados a considerarlo todo con la imaginación —que es un
modo de pensar particular para las cosas materiales— que lo que no es imaginable les
parece no ser inteligible; y me parece que los que quieren hacer uso de su imaginación
para comprender esas ideas, son como los que para oír los sonidos u oler los olores
quisieran emplear los ojos: y aún hay esta diferencia entre aquellos y éstos: que el sentido
de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetivos que el olfato y el oído de
los suyos, mientras que ni la imaginación ni los sentidos pueden asegurarnos nunca cosa
alguna, como no intervenga el entendimiento.
En fin, si aún hay hombres a quienes las razones que he presentado no han
convencido bastante de la existencia de Dios y del alma, quiero que sepan que todas las
demás cosas que acaso crean más seguras, como son que tienen un cuerpo, que hay
astros, y una tierra, y otras semejantes son, sin embargo, menos ciertas;
(...)
Así, pues, habiéndonos testimoniado el conocimiento de Dios y del alma la certeza
de esa regla, resulta bien fácil conocer que los ensueños que imaginamos dormidos, no
deben, en manera alguna, hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que
tenemos despiertos. Pues si ocurriese que en sueños tuviera una persona una idea muy
clara y distinta, como, por ejemplo, que inventase un geómetra una demostración nueva,
no sería ello motivo para impedirle ser verdadera; y en cuanto al error más corriente en
muchos sueños, que consiste en representarnos varios objetos del mismo modo como
nos los representan los sentidos exteriores, no debe importarnos que nos dé ocasión de
desconfiar de la verdad de esas tales ideas, porque también pueden engañarnos con
frecuencia durante la vigilia, como los que tienen ictericia lo ven todo amarillo, o como los
astros y otros cuerpos muy lejanos nos parecen mucho más pequeños de lo que son,
pues, en último término, despiertos o dormidos, no debemos dejarnos persuadir nunca
sino por la evidencia de la razón. Y nótese bien que digo de la razón, no de la imaginación
ni de los sentidos; como asimismo, porque veamos el Sol muy claramente, no debemos
por ello juzgar que sea del tamaño que le vemos; y muy bien podemos imaginar
distintamente una cabeza de león pegada al cuerpo de una cabra, sin que por eso haya
que concluir que en el mundo existe la quimera, pues la razón no nos dice que lo que así
vemos o imaginamos sea verdadero, pero nos dice que todas nuestras ideas o nociones
deben tener algún fundamento de verdad: pues no fuera posible que Dios, que es todo
perfecto y verdadero, las pusiera sin eso en nosotros; y puesto que nuestros
razonamientos nunca son tan evidentes y tan enteros cuando soñamos como cuando
estamos despiertos, si bien a veces nuestras imaginaciones son tan vivas y expresivas y
hasta más en el sueño que en la vigilia, por eso nos dice la razón que, no pudiendo ser
verdaderos todos nuestros pensamientos, porque no somos totalmente perfectos, deberá
infaliblemente hallarse la verdad más bien en los que pensemos estando despiertos que
en los que tengamos en sueños.