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Relatos 2025 4.0

Microrelatos

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El Conseguidor

VA A DOBLE ESPACIO.
La ciudad estaba partida en dos, como un melón mal cortado con las entrañas
expuestas al sol. No existía río, ni montaña, ni frontera natural que justificara la
división, sin embargo, allí estaba: una grieta invisible que los hombres habían
creado, y que había llegado como llegan las epidemias: sin grandes sobresaltos;
más tarde, tras mostrar su verdaderos rostro, se había quedado a vivir.
De un lado de la grieta, los oficialistas, del otro, los rebeldes; cada uno con
sus banderas, sus consignas y ritos, y su terco empeño por catequizar al
contrario con la verdad.
Entre las ruinas de la ciudad, un viento cargado de alaridos golpeaba el
impecable traje de seda, los zapatos brillantes, y el sombrero panamá mientras
el hombre avanzaba con una elegancia inverosímil, con pasos que resultaban
ferozmente desenvueltos, porque tenían lugaar entre escombros, junto a
automóviles calcinados y alfombras de cristales rotos que brillaban como
diamantes tristes.
Caminaba con una delgada carpeta de cuero bajo el brazo, y se detenía
dondequiera que lo solicitaban. Entonces escuchaba en silencio, y asentía. A
veces sonreía -poseía una genuina sonrisa que dejaba entrever una alegría que
podría parecer incluso arrogante-, otras, no. Mi hijo está deshauciado, le decían,
y él sacaba de la carpeta un documento, y anotaba. Mi suegra necesita oxígeno;
me han destruido la casa; o, tengo varios hijos y necesito alimentos. Y Gregorio
decía, déme el nombre, veremos qué se puede hacer, y siempre le contestaban,
mil gracias, o, muy agradecido.
Antes del atardecer, Gregorio solía atravesar las líneas del frente hacia la
zona A, seguido por las retículas de los rifles de los francotiradores —algunos le
debían favores, y otros habían escuchado su nombre en historias contadas a
media voz. Eso bastaba para no convertirlo en un cadáver más. Más tarde,
cuando llegaba a las primeras trincheras, se le unía un perro entreverado que
parecía feliz vagabundeando por la tierra de nadie, y que le había tomado afición.

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Desde allí marchaban hacia su casa, donde últimamente comía poco, pero no
se apenaba: eran gajes del oficio.
Por la mañana, temprano, desayunaba en la cantina de los oficiales, donde
algunos aprovechaban para solicitarle, y Gregorio anotaba. Como era hombre
de ritos, al concluir, se trasladaba hasta la que había sido la cafetería de sus
desayunos cotidianos, aunque ahora llevaba meses cerrada, con los cristales
rotos y el interior carbonizado. Desde allí comenzaba su andadura escuchando,
sonriendo, y tomando notas. Algunos le detenían y le daban las gracias, le quedo
agradecido, le decían, y le entregaban algún pequeño regalo por sus desvelos:
media fruta, un frasco de perfume masculino usado, una pañuelo bordado; otros
se quejaban con amargura, y Gregorio contestaba, qué le vamos a hacer, nos
ha tocado un desabrido, otra vez será; o, la situación era desfavorable, lo
intentaremos en otra ocasión.
Unas horas después, Gregorio realizaba el trayecto contrario, hacia la zona
la B, el perro entonces se entrometía en la tierra de nadie, en busca de casquillos
de balas calentados por el sol, y de ratas del tamaño de capibaras a las que
perseguir-, y, atravesando de nuevo las líneas del frente, llegaba a su restaurante
de toda la vida, que se encontraba en los huesos tras sufrir un impacto directo.
Le dedicaba una mirada, y luego se introducía entre los ciudadanos en busca de
asuntos que resolver.
Conocía a la niña, por eso temió que su mente le jugara una mala pasada.
Había alguien caído en el suelo, parecería desmayado, o dormido, si no fuera
por el pequeño agujero enrojecido que tenía en la frente. La madre daba alaridos,
pero lo que realmente le preocupó fue no ver a la pequeña. Búsquela, le pidieron
al reconocerlo; encuéntrela, desapareció ayer cuando fue a la cola del agua; no
está en el hospital, tráiganosla de vuelta, aunque sólo sea para enterrarla, le
suplicaron; mientras, los pocos muros que quedaban en pie escupían polvo con
cada sacudida.
Clara Carmona, anotó. La había visto por primera vez hacía poco, y desde
entonces no había dejado de buscar la manera de volver a verla; siempre desde
lejos y sin llamar la atención. Ahora sentía una miríada de miradas
esperanzadas. Veremos qué puedo hacer, se escuchó decir. Cuando se alejó lo
suficiente, se obligó a pensar con frialdad. La vida antes que el sacrificio, era el
lema familiar. El objetivo: mantener siempre la oportunidad de seguir prestando

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ayuda. El sacrificio personal está sobrevalorado, le escuchó en más de una
ocasión a su padre. Es hermoso, romántico incluso, pero poco útil en nuestro
oficio.
Volvió a casa y se sentó en el jardín. Durante un buen rato arrojó la pelota al
perro con gesto hipnótico. En realidad no jugaba: trataba de alejar de sí el vacío.
De pronto advirtió que tenía los nudillos blancos de tanto apretar la pelota. ¿Qué
diría? ¿Serviría alguna de sus respuestas habituales? Qué le vamos a hacer,
nos ha tocado un desabrido, otra vez será; o quizá, la situación era desfavorable,
lo intentaremos en otra ocasión.
En esos pensamientos estaba cuando pasó un hombre tambaleándose. Era
uno de esos vagabundos de guerra que poblaban las ruinas y que podían ser
héroes o degollar a alguien por un mendrugo de pan. Llevaba una botella de
cristal sepia colgando de la mano, y estaba completamente cubierto de polvo. Le
mostró la botella a Gregorio durante una fracción de segundo, pero la retiró
convencido de que no obtendría ayuda. Espere, le dijo, aquí aún hay suministro
de agua. Le sacó una botella llena. El hombre se le quedó mirando, y Gregorió
adivinó enseguida, por desgracia no hay comida, le aseguró. Tienes un perro,
eso es comida, replicó el vagabundo. Luego dedicó una ojeada alrededor. Bonito
jardín para morir; ahí abajo, señaló al valle, la zona B, es peor. El vagabundo
susurraba todo el rato, como si se hubiera acostumbrado a hablar consigo
mismo; o tal vez arrastraba alguna pena. Entre en el jardín y descanse, le abrió
la verja Gregorio. ¿Ha visto a mi mujer y a mis hijos? Preguntó repentinamente.
Gregorio negó con la cabeza. La explosión fue tremenda, añadió, y miró al valle
oscurecido por los cortes de luz como si pudiera localizar el lugar exacto. Levantó
el edificio varios metros antes de engullirlo, dijo, y, tal vez… Tal vez estén por
aquí…, tal vez una manita…, o el cuerpecito. No es posible que hayan
desaparecido. Gregorio se dio cuenta de que acariciaba con demasiada fuerza
al perro, porque gruñó dolido.
Los Gregorios nunca se habían permitido dejarse atrapar en conflictos. Su
comprimiso era con las personas, no con las ideologías ni con sus dueños. Esa
noche, aún sentado en el jardín, enviando mecánicamente la pelota al perro,
pensó que las reglas tal vez habían cambiado. Se imaginó respondiendo al
vagabundo, yo vivía antes allí, en el valle, en la zona B, al inicio del conflicto,
cuando las primeras bombas eligieron su casa y a su familia como objetivo. Se

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pasó la lengua por los labios resecos sin ser consciente. El perro dejó de traer la
pelota y se quedó jadeando a su lado. Una golpe de aire caliente lleno de olor a
pólvora, a escombros y a basura, le sacó de sus pensamientos.
La guerra es simple, por más que se disfrace de laberinto. Sus causas
iniciales siempre giran en torno a la riqueza y al poder, viejos fantasmas
conocidos que, sin embargo, se disfrazan una y otra vez de razones legítimas.
Los señores de la guerra no eran más que un remedo de los antiguos condes y
duques, señores que luchaban con sus mesnadas al servicio de un señor aún
más poderoso. Si la niña estaba viva, sólo podría estar en manos de Segundo,
un antiguo empleado de Correos que pasó de hacer fotocopias, a decidir, sin
titubear, quién debia vivir y quién no
Avanzó con pasos rápidos. En los controles lo dejaban pasar porque su fama
era suficiente aval. Llevaba consigo la carpeta y no dudaba en detenerse para
anotar necesidades, peticiones, nombres, porque lo detenían de continuo.
Tenían el puesto de mando en el sótano de un parvulario. En el patio estaba
situada una jaula de hierro con barrotes y, en su interior, encerradas, al menos
una docena de mujeres, aunque también adolescentes y niñas, pero no pudo
verla. Le acompañaron a ver a Segundo; ni siquiera le cachearon, porque se
trataba de Gregorio y algunos soldados aprovecharon para solicitarle ayuda.
Entró en un despacho caótico. Segundo, con traje militar, le saludó. Tras una
breve presentación fue al grano, vengo a por la niña, dijo. ¿Qué niña?, preguntó.
Clara, le dijo. Segundo le preguntó por qué se metía en problemas de aquel
calado. Gregorio se encogió de hombros. ¿Su padre lo habría aprobado?, volvió
a preguntarle. Y Gregorio vuelta a encogerse de hombros. Segundo dio orden
de que la trajesen. ¿Ésta?, indagó. Ésta es, dijo Gregorio, y quiso preguntarle si
estaba bien, pero para cualquiera habria resultado evidente que no lo estaba.
Dicen que tenías una mujer y una hija, soltó Segundo. Tenía, zanjó. Hagamos
un trato, déjala y márchate. Esta niña ya está rota, nadie podrá componerla.
Gregorio negó con la cabeza. ¿Estás seguro? Gregorio asintió. ¿Por qué lo
haces? ¿Tal vez la niña te recuerda a tu hija? Gregorio lo miró fijamente. Creo
que eso pone las cosas más fáciles. Segundo colocó una pistola encima de la
mesa. Tiene una bala. Te dejo elegir, porque sólo uno de vosotros saldrá vivo de
aquí. Gregorio se llevó un dedo a los labios y lo mordisqueó con los dientes. Si

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nos dejas ir trabajaré para ti, alegó. Soy bueno en lo que hago, arreglo cosas.
¿También puedes estropearlas? Preguntó Segundo, realmente interesado.
Estaba sentada en el jardín. Gregorio le colocó el perro en el regazo, pero el
animal se resistió. Aún no conoce tu olor, le dijo, pronto será tu amigo.
Tomó la carpeta y sacando los documentos que contenían las últimas
anotaciones, las solicitudes de ayuda, las demandas de comida, los nombres,
las peticiones de vivienda, y como cada noche, las quemó en un pebetero. La
mejor ayuda es no entrometerse en los problemas ajenos, solía decir su padre,
y él seguía el consejo a rajatabla. Con una pequeña excepción.

[email protected]
10ª Edición Concurso Relatos Tertulia Albada “Tierra Vacía”.

Rosario santos cano


Avenida de la suerte, 55, 8º D
28025
Madrid

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