Galapagos
Galapagos
canta diosa alada, tu que inspiraste heroes, que encendiste revoluciones de amor y de odio
en el mundo, tú que reinas en nuestro corazón de poetas, de genios, de locos, de hombres
de mundo. Acude a la ayuda de quién vive para complacerte, une tu genio al mío para
dotar de vida eterna a los elegantes actores que pueblan este escenario que es el mundo, el
cisne de Avón, el conquistador de Europa, el taxista de mundo.
Canta oh musa, como hiciste en las colinas de Roma, en el asedio de Constantinopla, en la
caída de los valerosos Troyanos, en el ascenso de la fulgurante Gloriana. Dota a tu siervo
de la paleta con la cual pintar el espectro que comienza con escenarios de gloriosas
batallas y culmina con los cien barrios porteños. Teje cual funesta Moira con gracia
singular el inmenso tapiz de la tragedia humana”
He reescrito mas de mil veces estas líneas en mi cabeza. Creo que esta es la forma
definitiva, las palabras exactas que quedarán como muestra de mi capacidad literaria. Mi
testamento artístico. La verdad que no veo la hora de poder comenzar a desarrollar, a crear.
En Buenos Aires, por suerte, había plazas suficientes en hoteles de categoría por lo que no
dudé en hospedarme en un 4 estrellas situado en Avenida de Mayo, muy cerca del café
Tortoni, lugar donde planeaba sentarme a escribir algunas líneas de mi novela durante el
resto de mi estadía en Capital.
Mientrñas tanto buscaría a K, algo me decía que tarde o temprano nos encontraríamos. Ya
había experimentado demasiadas casualidades; Me parecía inevitable que, llegados a este
punto, no nos cruzáramos en algún lugar de Buenos Aires. Sentía como si una mano
invisible nos guiara, como si nuestros trayectos estuvieran destinados a colisionar.
Me pareció que lo más eficaz (y para ser honesto, lo único que podía hacer) era buscarlo al
azar por los lugares que K. podría frecuentar; Parque Lezama, San Telmo y las librerías de
la Corrientes.
Volví al hotel para darle un vistazo al libro, me parecía de lo más desafortunado andar
leyendo un libro nazi en público.
Estaba en inglés pero gracias a mi cada vez más completo dominio del idioma pude traducir
el título “La ética en la investigación médica durante la alemania nazi” ¿Acaso los
alemanes habían realizado investigaciones médicas? Sería interesante saber qué
innovaciones en el campo de la medicina estaban basadas en esta investigación. A lo mejor
los nazis habían tenido su veta humanista y todo...
En la primera página estaban escritas con lápiz lo que creo eran unas iniciales “G.F.” .
Decidí que luego intentaría leer el libro mediante la ayuda de un diccionario bilingüe y salí
con celeridad para emprender la búsqueda de K.
II
Durante los dos primeros días la búsqueda de K fue un fracaso aunque tuve otros
encuentros con GF, a quién aparentemente también le gustaba desayunar en el Tortoni bien
temprano a la mañana. Naturalmente barajé la posibilidad de que estuviera espiándome
pero la descarté el tercer día cuando se acercó directamente a mi mesa y me pidió permiso
para sentarse. Un espía no se revela ante su víctima, tampoco se presenta elegantemente...
⁃ Mucho gusto, Gerardo Finkelstein, mucho gusto – dijo con una sonrisa mientras me
tendía la mano. Me pareció correcto levantarme para estrecharle la mano. Uno tiene
modales ante todo...
⁃ Pedro Guemes Montevideo – respondí y tras hacer una pausa dramática agregué –
novelista - Él sonrió.
⁃ Indudablemente tiene cara de novelista....Indudablemente.
⁃ Muchas gracias, aunque me gusta pensar que no solo tengo la cara, sino también el resto
– respondí y el sonrió con doble intensidad mientras levantaba la mano para llamar
al mozo
⁃ Bueno, usted me entiende, no quería ser grosero, no quería...Un submarino pibe, bien
calentito y un vigilante – no pude no notar la mueca que hizo con la boca al decir
esto último – pero calentito el submarino eh? - remarcó. Yo sabía a qué se refería,
algo pasa con los mozos y la temperatura de las bebidas en este país.
⁃ Parecía estar leyéndome la mente- siempre frío, siempre – dijo aunque fue más un
pensamiento en voz alta. Acto seguido apoyó el libro que llevaba apuntando
expresamente en mi dirección. Era antiguo. Las tapas estaban gastadas pero el título
se veía bien. Rezaba“Mein Kampf” en letras góticas. Un poco más abajo en letras
un poco más pequeñas igualmente góticas decía “Adolf Hitler”
⁃ Este sí que la tenía clara, la tenía – masculló, suspiró y me miró esperando una reacción.
Yo estaba de piedra. El continuó – Interesante elección: Güemes. El más
subvalorado de nuestros próceres. Se ve que es una persona de mente abierta,
Güemes, se ve. Cualquier otro ya hubiera salido ofendido y escandalizado. O
directamente no me hubiera dirigido la palabra luego de ver el libro que leía el otro
día.
⁃ Libro? Que libro? - intenté hacerme el distraído pero no me salía, GF parecía conocer
mis pensamientos dos segundos antes que yo
⁃ No se haga, Güemes, volví aquel día a buscar el libro y nuestro amigo misionero me dijo
que “mi amigo” se lo había llevado. Me gustaría recuperarlo si le parece, pues es
difícil conseguir cierto tipo de literatura...Por cierto, que le pareció?
⁃ Está en inglés...
⁃ Tenía la sensación de que manejaba con cierta fluidez el inglés
⁃ Este....Claro...Por supuesto, pero...No tuve tiempo, entre mis proyectos y además... - en
este punto me detuve, estaba a punto de contarle de mi búsqueda de K e incluso de
nuestro proyecto pero algo me detuvo. Noté que a él le interesaba mi silencio. La
peluca le molestaba al parecer. No era de usar pelucas, no.
⁃ Y al alemán?
⁃ Al alemán? Qué alemán?
⁃ Al idioma...
⁃ Ahhh. Este...Muy básico. Nunca me interesó – dije básico pero debería haber dicho nulo.
Absolutamente nulo – Con el francés, en cambio, me defiendo un poco – dije y
recité unas líneas de Balzac que me sabía de memoria. A decir verdad, mi dominio
del francés se limitaba a esas líneas. Él respondió con un francés delicioso del que
no entendí ni papa. Él lo supo y, elegantemente, cambió de tema.
⁃ Debería intentar con el alemán. Es una lengua interesantísima a decir verdad,
interesantísima. Yo nunca leo traducciones, nunca. Y hay tantas obras maestras en
alemán...
⁃ Lo voy a tener en cuenta. Siempre y cuando mis proyectos...
⁃ claro. Sus proyectos. ¿Ahora estará en medio de una novela no es así?
⁃ Se podría decir que sí. Aunque más que en el medio, estoy en los inicios. Recién
desarrollando los personajes, estableciendo la situación....Va para largo...
⁃ Muy interesante, muy – replicó – nos vendría bien alguien como usted – Lo miré
intrigado, temiendo lo peor. ¿Neonazis? El captó la alarma en mis ojos y sonrió
quizás intentando calmarme. Sonreía mucho este Frinkestein y no estaba seguro de
sí eso me calmaba demasiado – ¿Alguna vez oyo de la tautología?
El resto del día lo dediqué a la búsqueda de K. Concluí que mi búsqueda debía centrarse en
las librerías de la calle Corrientes, ya que era inútil buscarlo en espacios abiertos.
Ante todo sabía que era inevitable encontrarlo, mi problema era el tiempo, ya que al final
de la semana debía volver a Salta; No quería tener ningún problema con mi ex ni con su
marido.
Aquel día me caminé Corrientes más de treinta veces: Desde el obelisco, enfilaba hacia
arriba por la vereda de la izquierda hasta Callao, dónde daba la vuelta y volvía por la vereda
del frente. No tenía sentido seguir más allá porque la mayoría de las librerías estaban
comprendidas en ese sector. Generalmente me quedaba diez o quince minutos en cada una
siempre ante la atenta mirada de los encargados que ya me reconocían y me fichaban con
desconfianza. Un par de veces intenté intercambiar un par de palabras con alguno con poca
fortuna, estaban demasiado ocupados vigilando que nadie se llevara un libro sin pagar.
Estoy seguro que si fuera por ellos, cacharían a cada una de las personas que entran y salen
de sus establecimientos.
Calculo que iba por la vuelta treinta y tres o treinta y cuatro cuando comencé a vislumbrar
algo en mi mente. Durante los últimos dos o tres recorridos había estado divagando sobre
las posibilidades de dos personas de encontrarse sin que una estuviera buscando a la otra y
de la enorme influencia que tendría el azar en todo esto, de alguna manera el flujo de mis
pensamientos me llevo a enfocarme en los juegos de azar y en los casinos; Recordé
aquellos años en que íbamos cada viernes, religiosamente, al Casino de las Nubes con los
changos a jugarnos dos o tres moneditas a ver si había suerte. Casi nunca la había y si por
alguna casualidad alguien se iba con más de lo que había llegado lo más probable era que
perdiera la misma cantidad o el doble la próxima vez.
“En los casinos no había azar” había concluido en aquellos tiempos porque había reglas
estrictas que le permitían al casino controlar la suerte. Recordé también que había pensado
largamente en ello basándome en la dirección hacia dónde discurrían los juegos: Se repartía
siempre en el mismo sentido, en la ruleta se tiraba la pelotita siempre en el mismo sentido;
Para que verdaderamente hubiera azar, quizás debería haberse sorteado también hacia qué
lado debería hacerse la repartición de cartas o tirarse la condenada pelotita o a partir de qué
carta del mazo comenzar a repartirse, el azar podía intervenir en muchas más decisiones de
las que realmente lo hacía.
Allí fue cuando me di cuenta de lo estúpido que había sido. Yo había seguido siempre las
mismas reglas en mi búsqueda de K por Corrientes, lo que debía hacer era romperlas,
cambiar el sentido de mi búsqueda, cruzar por el medio de la cuadra o detenerme una hora
en un bar y mirar la gente pasar.
Con desesperación, como si llegara tarde a una cita de la que dependía mi futuro, giré 180
grados y comencé a desandar mis pasos.
Dos vueltas y tres intempestivos cruces de la Corrientes (una de las cuales casi me cuesta la
vida) después lo encontré, tal cual me imaginé me lo encontraría, pispeando con aire
distraído un libro que, de tan usado, amenazaba caerse a pedazos, con el pelo mucho más
corto de lo que lo tenía la primera vez que lo ví y teñido de verde.
III
“Yira Yira Corrientes, veo luces y trapos, veo altos y bajos, veo putas y señoras, Yo soy el
único que conoce los secretos de los cien barrios porteños, yo sé dónde el Restaurador de
las leyes se encontraba con su amante, bajo la atenta mirada de sauces milenarios, Yo sé
por dónde jugaba, corría, soñaba el eterno Quinquela con las imágenes que iluminarían una
época, Yo conozco el único remanso donde el rio descansa, Yo sé dónde tropezó el genial
Carlitos en una noche de borrachera, Yo sé cual es el banco en el que sentó Borges para
narrar su muerte, Yo sé quien puso la primera piedra de la Bombonera, dónde estaba el arco
dibujado con tiza que la saeta rubia bombardeada sin piedad, Yo soy Buenos Aires, yo soy
el taxi que recorre las calles, el taxi imbuido del espíritu de una ciudad que no descansa,
que gira sobre sí misma como si ella y solo ella fuera el universo, no hay nada despues de la
General Paz, apenas se vislumbra un país de rodillas y más allá quizas un mundo insolente
y mucho, mucho más allá, un universo de cometas tardíos, de planetas imaginarios...”
Cuando me acerqué noté con alivio que no tenía el pelo verde, que, de alguna manera, el
foco que estaba sobre él, echaba una luz rojiza que le daba a su cabello, que era castaño
oscuro, un tinte verde. Me pregunté si él me reconocería, si sospechaba mínimamente que
estaba buscándolo, si había tenido algún contacto con Jerome o la Condesa, si sabía algo
más del proyecto que yo o estaba igual de perdido con respecto a todo este asunto. A decir
verdad no parecía demasiado preocupado que digamos, parecía obnubilado por el libro que
tenía en las manos e incluso ví con asombro que se lo acercaba a la nariz para olerlo.
Me detuve dos metros antes de llegar a su lado sin saber qué decir o cómo presentarme. Él
debió de haber sentido mi presencia por lo que me dirigió una media mirada de reojo antes
de volver a concentrarse en su libro. Estuvimos así varios, no sabría decir si segundos o
minutos. Aclaré mi garganta un par de veces sin respuesta por lo que decidí introducirme
sin más preámbulos.
⁃ Buenas noches – dije no sin aclarar mi garganta por tercera vez, el me miró por un rato
sin responder y, por lo visto, sin saber quién era.
⁃ Estoy viendo nomás – me contestó – cuando decida le aviso.
⁃ No trabajo aquí -
⁃ ¿Y qué quiere? -
⁃ Hablar con usted, si me da dos segundos –
⁃ Uy...Lo siento pero a mí me gustan las mujeres -
⁃ ¿Y qué tiene que ver? - pregunté en voz alta y a mí mismo. Él resopló y entrecerró los
ojos como si buscara algo en mi frente. Acaso...¿Me había confundido con un
degenerado? - ¿Y qué tiene que ver? - repetí ya de mal humor y un par de tonos de
voz más alto, me estaba cansando su apatía – ¿Usted no se llama Koldowsky por
casualidad?- Él miró por sobre su hombro como comprobando si alguien había
escuchado su apellido.
⁃ ¿Cómo sabe quién soy? - respondió, pero más bajito.
⁃ ¿No me reconoce?
⁃ No.
⁃ Soy San...Güemes. Güemes Montevideo. El escritor salteño.
⁃ San Güemes?
⁃ No. Güemes a secas, Bueno Güemes Montevideo. Es doble apellido – Allí pareció
reconocerme finalmente. Dejó el libro que leía y el que aclaró la garganta esta vez
fue el encargado que rondaba cerca
⁃ Rafael – se presentó, aunque no hacía falta que lo hiciera – Rafael Kol - Dowsky –
completó – doble apellido también - yo había creído que Koldowsky iba todo junto
¿Acaso me estaba tomando el pelo?
⁃ Creía que iba todo junto...Su nombre digo - dije
⁃ Eso sería medio ridículo no? - contestó con un tonito que me pareció de burla.
Empezábamos mal. Pero me esperaba algo así de alguien como él. Me había
imaginado que no se tomaría nada en serio, que jugaría a ser un escritor profesional
en vez de actuar como uno. Decidí enfocarme en averiguar si sabía algo más que yo.
Le pregunté por la Condesa, por Jerome, por el dibujante. No tenía ninguna
información nueva al respecto.
Eso sí, sus tiempos coincidían con los míos, después de habernos hecho el depósito, habían
desaparecido. Intenté seguir sacándole información pero no parecía muy dispuesto a
entablar una conversación. Le pregunté si había estado en Buenos Aires, incluso en
Argentina, antes; Le pregunté qué opinaba de nuestro Obelisco. El contestaba con
monosílabos al tiempo que escrutaba a su alrededor como si creyera que alguien nos
vigilaba.
Bueno, a decir verdad, el que nos vigilaba era el librero, que cada vez rondaba en círculos
más pequeños alrededor nuestro sin dejar de mirarnos fijamente. Yo seguía intentando darle
conversación con el objetivo de conocerlo un poco mejor, observé que el clima estaba muy
pesado esa noche, que quizás llovería más tarde y que sería prudente intercambiar nuestros
teléfonos, direcciones de email o cualquier tipo de información que nos ayudara a
mantenernos en contacto en el futuro. No sé porqué en este punto el encargado, que andaba,
como ya mencioné, cerca y parecía estar escuchando nuestro intercambio se metió de lleno
en la conversación con los reprochables modales que, de un tiempo a esta parte, había
descubierto, todos ellos, los libreros, comparten:
⁃ ¡Lo que faltaba! Puteando en mi local! Lo que faltaba! - gritaba y en sus gritos pude
notar que no había perdido del todo su tonada ibérica – Lo que faltaba, hombre!
Pues, no señor, se me van ya mismo a tomar por culo, que nunca mejor dicho. Que
encima de que no compran ni un puñetero libro, vienen a usar mi local como
puticlú! No señor, a la puta calle!
No nos quedó otra que enfilar hacia afuera, no sin que antes Koldowsky le desacomodara
unos cuantos libros de lugar en un lamentable intento de venganza que el gallego ni
siquiera notó. Se lo veía satisfecho sin embargo, una media sonrisa le cruzaba el rostro
mientras remarcaba que los libreros eran iguales en todas partes. No pude menos que
coincidir con él cuando recordé al de Montevideo.
Caminamos en silencio un rato más hasta que llegamos al Obelisco. El semáforo estaba en
verde y nos detuvimos al borde la acera y, por un segundo, creo que ambos sentimos la
misma sensación de estar a la deriva, de no saber qué hacíamos caminando por Buenos
Aires un miércoles a la noche cuando deberíamos estar, yo, corrigiendo trabajos prácticos
de estudiantes mediocres, y él, supongo que charlando con su intolerante vecino oriental en
la vereda acerca de vaya uno a saber qué ridiculeces. Cuando el semáforo cambió nos
quedamos como estacas en el mismo lugar, a decir verdad, yo no sabía bien qué hacer, qué
decir o hacia dónde ir, pensé en el Tortoni pero era demasiado arriesgado. K también estaba
paralizado mirando la torre blanca:
La mozita que nos trajo los espressos contrastaba con el resto de los camareros (y a decir
verdad con el resto de todos los demás asistentes de aquella velada) No pasaría de los
veinte años y tenía unas curvas que ponían a prueba las costuras de aquel uniforme que,
imaginé, estaría confeccionado para mozos sin voluptuosidades. Se notaba que del oficio
sabía poco y nada, pues cada pocillo temblaba en sus manos como si estuviera bailando una
rumba. Era morochita, de rasgos aindiados y tez demasiado morena para mi gusto, aunque
su pelo, negro y ensortijado, me pareció especialmente atractivo.
Apenas la vió, K se quedó embobado, lo oí tragar dos veces y toser otras tantas. Cuando la
mozita se fue, tras unas increíbles peripecias para poner los cortados en la mesa, largó un
“uffffffffffff” mientras su mirada seguía los vaivenes de aquellas posaderas hiperbólicas. Su
comentario siguiente, sin embargo, me sorprendió:
⁃ que boca, señor, que boca – dijo – podría comerme vivo, mordisco a mordisco y yo
moriria con una sonrisa, moriria – y me sorprendió no por tanto por el tono poético
de su inciso sino por la redundancia. Koldowsky había usado (dos veces, no una,
dos) la forma de hablar de Finkelstein. ¿Casualidad? ¿Sería posible que estos dos se
conocieran? - y ese orto, dios – las siguientes palabras de mi compañero me trajeron
de mis sospechas – le pongo una manzana en la boca y le chupo el culo hasta que
salga sidra, le chupo...
En la pista, la música habia recomenzado por enésima vez. Los ojos de Koldowsky se
desentendieron de aquel culo monumental para volver a aquella danza sibilante. El café,
para variar, estaba frio:
⁃ Me cago en la china y mierda. Me trajo el café frio – solté y quizás demasiado fuerte. Un
par de viejas con capelinas se dieron vuelta con miradas reprobatorias; Koldowsky
también, con el dedo en los labios, como una enfermera gorda que se olvidó de
afeitarse la sombra del bigote.
En la pista, las parejas también habían reiniciado aquel movimiento sideral, cruzándose sin
colisionar, con la agilidad de las galaxias. Se trataba, casi en su mayoría, de personas
mayores; Figuras derruidas que en la pista se transformaban en excelsos bailarines. Sobre
todo uno, vestido de etiqueta, engominado hasta la médula y con la consabida flor en el
ojal: Sus movimientos eran elegantes y perfectos, sobrios y llenos de profundidad a la vez;
Su mirada, elusiva, cruzaba el salón de punta a punta mientras el resto de su cuerpo fluía
junto con la música.
Su mirada, efusiva, cruzaba el salón de puta a puta mientras el resto de su cuerpo se
bandeaba junto con la música.
No duró mucho el placer que los gráciles movimientos de ese adonis maduro me producían
– tengo que sacarla a bailar – susurró koldowsky y sospeché que de esas palabras
germinaba una nueva escena, igual o más embarazosa que la de la librería. Lo único que
podía hacer era disuadirlo – sabe bailar tango koldowsky? - pregunté temiendo la respuesta
– tengo que sacarla a bailar – repitió sin siquiera escucharme – alguna vez bailó tango
koldowsky? - repregunté implorando para mis adentros – tengo que sacarla a bailar –
reiteró, con la convicción de quien recita un mantra sagrado – tiene calzado adecuado? Sin
los zapatos adecuados se corre el riesgo de graves lesiones, recuerdo una vez hace unos
años, un caballero no mucho mayor que yo, sufrió un – llamela, Güemes – me interrumpió,
susurrando, mientras una de las capelinas giraba levemente la cabeza para dar a entender
que nuestros murmullos molestaban– llamela, que yo me encargo de lo demás -
IV
“Cada año es la misma asignatura la que le queda a Z en el tintero. Cada año, asiste con
resignación a esa primera clase magistral en las que se delinean vagamente los objetivos de
dicha materia. Objetivos que en un primer momento a Z le parecen bastante accesibles pero
cuyos contenidos se oscurecen a medida que la profesora emérita Cabeza de Termo ahonda
en su explicación.
Las sensaciones de Z con respecto a la asignatura son siempre los mismos. Primero,
optimismo; seamos honestos, el temario no es complejo en demasía aunque sí podría
considerarse bastante extenso. En su totalidad, Z sabe que librarse de la cabeza de termo
está a su alcance si dedica el tiempo suficiente a estudiar lo que tiene que estudiar, a asistir
a clase (algo que la profesora emérita recalca como indispensable y que Z reconoce como
fundamental) y a completar los trabajos de campo.
Pero pronto (a la segunda, a la tercera clase a lo sumo) Z se reconoce incapaz de completar
uno sólo de los puntos del temario, de no poder finalizar los trabajos de campo y menos aún
de presentar a tiempo el primer trabajo práctico cuya fecha de entrega (es sabido por todos)
es inminente.
A esta certeza de inevitable fracaso se une la dinámica constante de la vida moderna:
Trabajo, Amor, Religión, Familia (no es este un orden exhaustivo). La profesora Cabeza de
Termo, para colmo, no muestra escrúpulo alguno para con los alumnos. Z, secretamente, la
envidia e idolatra, aunque, por momentos, también odia su inquebrantable inflexibilidad.
Cabeza de termo lleva dos decenios al frente del departamento. Su curriculum es impecable
y sus métodos de trabajo incuestionables, los resultados están a la vista. De su cátedra han
salido ocho sociólogos, doce periodistas de los cuales diez podrían considerarse líderes de
opinión, tres políticos que, en su tiempo, fueron destacados opositores, veinticinco
profesores jefe de cátedra en diferentes facultades del territorio nacional, ochenta y cuatro
profesores, veinticinco ingenieros (muchos de ellos trabajando en el extranjero e incluso
uno en la agencia aeroespacial europea)
No ha sido todo fácil para cabeza de termo, ha tenido más de dos sumarios en su contra. El
más resonante por abuso de autoridad y propuestas indecentes a alumnas de su clase. El
lesbianismo de la profesora es un secreto a voces y ella no ha hecho más que estimular
estas versiones con sus actitudes fuera de clase: Se la ha visto frecuentemente acompañada
de sus alumnas más esbeltas en diferentes restaurants y pubs de orientación socialista del
barrio universitario. cabeza de termo es una persona no muy alta, si un niño la observara,
afirmaría que esta hecha de cubos. Presenta una contextura robusta y usa el pelo muy
cortito y gafas [Link] toda ella muy radical, muy setentas, sus alumnos se burlan de sus
ojotas de piel gastadas que dejan ver unos pies ajados y llenos de callosidades. El color de
su cabello es rubio oscuro y uno puede adivinar que no se lo lava muy seguido que
digamos. Tiene manos de sabio, no en su aspecto sino en su actitud. Sus ojos son
pequeñitos y negros, su nariz, perfecta, sus labios, difusos, parecen dibujados al carboncillo
casi como un detalle de último momento que no presenta mayor importancia.
La materia es como un iceberg, a medida que uno avanza en su estudio y conocimiento, las
temas se entrelazan de manera caótica para el ojo no entrenado pero claramente
complementario para la percepción sesgada del estudiante que, a esa altura de completitud
de la carrera, debería tener un bagaje técnico e intelectual que le permitiera un grado
suficiente de comprensión de los contenidos de la asignatura.
El potencial se queda en eso, en potencial para Z, que ha cursado la carrera de manera
aleatoria y banal. Digamos por ejemplo que hay materias básicas anteriores que él ha
cursado hace casi 10 años y cuyos temarios han cambiado radicalmente en el transcurso de
ese lapso. Donde él estudió a Levi Strauss ahora se estudia a Bordieu; georg lukacs, otrora
pilar básico de la asignatura ha dado paso a Ciceron .
Serían las diez y media de la mañana a juzgar por el brillo entusiasta del sol sobre las latas
de pintura. Las latas eran unas diez o doce y alguien las había puesto formando una
pirámide truncada al costado de la pileta que yo suponía pertenecía a la casa que contenía la
habitación en la que me encontraba. La noche anterior no había observado que la casa
tuviera un patio y menos aún una piscina, tampoco había observado el buen gusto en la
decoración barroca de la habitación donde había dormido, ni el escritorio estilo Luis XV
con la computadora encendida. ¿Yo la había encendido? Ciertamente no lo recordaba.
Recordaba otras cosas eso sí. Imágenes bochornosas que tenían por actor casi exclusivo a
Koldowsky. Recordé al pintor que nos había traído a su casa. Reconocí el olor a pintura
fresca y comprendí el por qué de aquel mausoleo lateril.
En eso vemos que el viejo tanguero, el de la flor en el ojal, saca a bailar a la mozita. La
negra se deja llevar bien, yo me quedo prendado de su pelo ensortijado. K por su parte no
puede dejar de verle las posaderas.
A veces habla consigo mismo y yo temo que pierda la razón. Lo escucho hablar de “hacerlo
cagar al viejo y escapar con la mozita” No sé si me lo dice a mí o a quién. Las viejas de
adelante vuelven las cabezas todo el tiempo y no se pierden línea de lo que dice. Las veo
arrugar el entrecejo y sé muy bien lo que eso significa. Odio a Koldowsky y pienso en
abandonarlo, dejar todo, volver a Salta, dejar esta locura.
Pero… ¿y la Condesa? ¿Y Jerome?
Por intervalos puedo observar como danzan, maravillarme con el fluir de los cuerpos en el
espacio. Comprendo el poder de la danza, el porqué es la piedra basal de todas las culturas
milenarias. No hay mejor manera de contactarse con la divinidad que con la danza pienso y
me emociono. Y le agradezco, íntimamente, a K por haberme hecho presenciar este
momento de reconocimiento.
Pero la catarsis no dura mucho, como es esperable, sin siquiera esperar a que la música se
detenga, K se levanta para, intuyo, sacar a bailar a la mozita. Lo veo zigzaguear entre las
mesas y las viejas, y todos, absolutamente todos quienes presencian sus pasos saben que la
tormenta está a punto de desatarse.
Terminé con mis abluciones matutinas y me dispuse a salir a investigar que pasaba.
Suponía que K dormía en alguna otra habitación y que el pintor andaría dando vueltas por
allí también, quería agradecerle su hospitalidad y volver a mi hotel lo más pronto posible.
Sin embargo me detuve dos segundos frente a la computadora encendida con un archivo de
Word abierto mostrando lo que parecería ser un cuento corto:
“Cada año es la misma asignatura la que le queda a Z en el tintero. Cada año, asiste con
resignación a esa primera clase magistral en las que se delinean vagamente los objetivos de
dicha materia. Objetivos que en un primer momento a Z le parecen bastante accesibles pero
cuyos contenidos se oscurecen a medida que la profesora emérita Cabeza de Termo ahonda
en su explicación.
Las sensaciones de Z con respecto a la asignatura…”
El cuento es demencial. Me pregunto quién lo ha escrito, desde luego no yo, está de más
decirlo.
El estilo es descuidado y la historia, deliberadamente indefinida. Tampoco estoy a favor de
bautizar a personajes con letras ni a profesores con motes irrespetuosos. Sobre todo me
disgusta la secuencia final, con esa sucesión de temas traídos de los pelos.
Mi conclusión es que K lo escribió anoche, o quizás haya sido el dueño de casa, por mi
mente incluso se cruza la disparatada idea de que fuera yo mismo el autor de esas
paupérrimas líneas. Me tranquiliza no recordarlo. Me intranquiliza no recordarlo.
El pasillo está recién pintado y el olor de la pintura agudiza la migraña. De una puerta
cerrada salen ronquidos. En el living no hay nadie, se ve que allí vive gente de dinero, los
tapices colgados de las paredes son verdaderamente deliciosos, los sofás están tapizados de
cuero y el aire acondicionado mantiene la temperatura fresca y aún así agradable. Es un
placer despertarse en aquella casa. A medida que entro en la sala, el olor de la pintura va
siendo reemplazado por el aroma de café recién molido.
Alguien prepara el desayuno en la cocina: Se escuchan huevos fritándose, el golpecito de
una cuchara contra el borde de una sartén, un tarareo grave y un golpeteo de dedos pesados
sobre madera.
Cuando K se abalanzó sobre la pista de baile no me quedó otra que intentar frenarlo,
aunque no contaba ni con los whiskis ni con las viejas de capelina. Una cosa llevo a la otra,
es decir, que me llevé a las capelinas por delante lo que me llevó a caer de bruces bajo una
pareja que, concentrados como estaban en seguir la música, no notaron mi presencia,
pisándome y trastabillando ellos a su vez. La mujer llevaba un vestido celeste con volados,
el caballero un traje color crema y cuando aterrizaron raudamente sobre una de las primeras
mesas tuve la impresión de que formaban una torta de bodas implosionando. La música
seguía y el alboroto parecía solo afectar los sectores aledaños, el resto de los bailarines
seguían girando, inmutables, muchos con los ojos cerrados, muchos con las miradas
perdidas en algún punto infinito. Me paré aunque no terminé de erguirme. Me sonrojé,
aunque sin avergonzarme. Busqué a Koldowsky y ví su sombra cruzar como un rayo en
uno de los pilares espejados. Pensé en Finkelstein, no sé por qué, pensé en Finkelstein. El
tango sonaba. El tango sonaba mientras el caballero de chaqueta crema intentaba ayudar a
levantarse a su desgraciada pareja de baile. En la mesa siniestrada dos viejas me miraban y
me señalaban con dedos parados, mostrando los dientes.
El dolor del taco aguja en el muslo sigue ahí. Un tacón puede ser un instrumento mortal,
especialmente si en su punta se condensan el peso total de una dama demasiado dada al
placer de la comida y la fuerza centrífuga de dicho peso girando en el espacio al ritmo del 2
x 4. Unos centímetros más arriba y mi virilidad podría haberse visto gravemente afectada.
Todo por culpa de Koldowsky que, puedo sentirlo con mis tripas más que con cualquier
otro sentido, duerme impasible en una de aquellas habitaciones. Me pregunto que haría si
me encontrara en estos momentos junto a su cama. Observándolo dormir desprotegido.
El tarareo ha vuelto ahora (no sé si alguna vez se ha ido) y me rescata de aquella noche.
Creo reconocer esa voz satinada y melodiosa. Tiene que se él. Tiene que haber venido a
poner un poco de orden, a calmar un poco a K. A decirnos cómo sigue esta historia,
estamos tan perdidos sin Jerome.
Pero una duda me asalta ¿Cómo sabe que estamos aquí? ¿Cómo ha entrado a la casa?
La estancia central es un espacioso Living con amplios sofás rodeando una chimenea
central. Las paredes están empapeladas con motivos barrocos excepto por una pared lateral
completamente cubierta por un gigantesco espejo que me devuelve un rostro demacrado y
[Link] el umbral de la cocina veo parada a una figura oscura que me tranquiliza.
- ¿Mejor?
- No dormí muy bien -
- ¿Larga noche ser? Eh? - Pregunta Jerome y pienso que de todos los adjetivos posibles
“Larga” puede ir al final de la lista: Caótica, Horrenda, Vergonzosa la describirían mucho
mejor. Sobre todo después del momento que me hizo pasar con aquella pareja. Intenté
ayudarlos a levantarse pero el tipo me lanzó una mirada fulminante. Las viejas mientras
tanto seguían cacareando y ví a un par de mozos acercarse con disimulo. Sin pensarlo
mucho más me metí entre los bailarines a buscar a Koldowsky, no tardé mucho en verlo
forcejear con el tanguero que sigue pegado a la mozita como si fueran siameses.
Todo parece un sueño. La música suena tan alta que nadie escucha la discusión. Las demás
parejas siguen bailando con una armonía tal que nadie se choca con los tres payasos que
despliegan su número en el medio de la pista. Pronto entiendo que ellos también siguen
moviéndose, en una especie de baile-forcejeo sincopado que sigue el ritmo de las demás
parejas de baile. Dos segundos antes de romperlo me doy cuenta de que el equilibrio de
ellos tres es perfecto, que podrían seguir con la discusión hasta el fin del tema, de la noche,
de los tiempos. Mi presencia en aquella discusión no haría sino empeorar todo. Pero es
demasiado tarde; Primero me choco con el viejo y puedo sentir su perfume a agua de
[Link] K se me viene encima y su peso me hace ir para atrás y chocarme a su vez
con otra pareja que me recibe con un codazo en la oreja. Koldowsky y el tanguero van al
piso abrazados y arrastran a la mozita que parece un barquito a merced de la ira del océano.
En eso siento un antebrazo en mi cuello y veo como uno de los mozos utiliza la misma
técnica para sostener a Koldowsky. La música nunca se ha detenido y creo que los
bailarines mas alejados del lugar del alboroto ni siquiera se han enterado que algo ha
pasado. Me veo (veo pequeños fragmentos de mí) en los pilares espejados mientras me
arrastran hacia un cuartito sin ventanas