Página 1: En un pueblo escondido entre montañas, existía un reloj gigante en la plaza central.
Nadie sabía quién lo había construido, pero todos lo obedecían, pues marcaba no solo las horas,
sino también el destino de cada habitante.
Página 2: Clara, una joven curiosa, notó que el reloj comenzó a atrasarse. Primero un minuto,
luego diez, y pronto la vida del pueblo se volvió caótica: el pan llegaba tarde, los trenes no partían y
las estaciones se confundían.
Página 3: Decidida, Clara subió a la torre del reloj. Allí encontró engranajes de oro, pero también
sombras que parecían moverse entre ellos, como si el tiempo estuviera vivo y a punto de
rebelarse.
Página 4: Una de las sombras habló: 'Somos los guardianes del tiempo. El reloj no falla, solo se
adapta a un nuevo destino que ustedes mismos han forjado con sus miedos y deseos'.
Página 5: Clara preguntó qué podía hacer para arreglarlo. La sombra respondió: 'El tiempo no se
arregla, se entiende. Solo enfrentando tu verdad podrás devolver el equilibrio'.
Página 6: Clara recordó entonces su miedo más grande: perder a su madre enferma. El reloj,
sensible a su temor, había intentado alargar cada minuto, pero terminó enredando la vida del
pueblo.
Página 7: Con lágrimas, Clara aceptó que el tiempo debía fluir. Abrazó su dolor y pronunció:
'Acepto lo que venga'.
Página 8: Los engranajes comenzaron a girar suavemente, la torre se iluminó y las sombras se
disiparon. El reloj volvió a marcar las horas con firmeza.
Página 9: El pueblo recuperó su ritmo. Nadie entendió qué había pasado, pero Clara sonrió,
sabiendo que el tiempo había escuchado su valentía.
Página 10: Desde entonces, cada campanada del reloj recordaba al pueblo que el tiempo no se
detiene, y que vivir con miedo solo enreda los engranajes de la vida. Clara nunca olvidó la lección:
el tiempo se acepta, no se domina.