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**Título: "El Juego de la Vida en Aragua"**

En el vibrante estado de Aragua, donde las montañas se abrazan con el cielo y los
ríos murmuran secretos, existía un pequeño pueblo llamado Villa Deportiva. Este
lugar era famoso por su pasión por los deportes, y no solo por los atletas, sino
también por las personas que apoyaban cada actividad.

La historia comienza con Martha y Johana, secretarias en nuestro colegio. Desde


su escritorio, organizaba eventos deportivos y mantenía la comunicación entre los
diferentes personalidades . Cada vez que un equipo de fútbol local ganaba un
partido, Valeria sonreía al pensar en cómo su trabajo ayudaba a que la comunidad
se uniera. Su amor por el deporte no solo era profesional; cada fin de semana, se
convertía en animadora de las tribunas.

En la misma comunidad, había un grupo de maestras que dedicaban sus tardes a


entrenar a los niños en baloncesto. Entre ellas estaba Clara, quien creía
firmemente que el deporte enseñaba valores importantes como la disciplina y el
trabajo en equipo. Con cada drible y tiro a canasta, Clara veía cómo sus alumnos
crecían no solo como jugadores, sino también como personas.

Mientras tanto, los obreros del pueblo tenían su propia forma de celebrar el
deporte: organizaban torneos de béisbol después del trabajo. Entre risas y
cervezas, estos hombres y mujeres dejaban todo atrás para disfrutar de un juego
que les recordaba lo importante del compañerismo. Uno de ellos era Ramón, un
obrero muy querido que siempre llevaba consigo su guante y bate. Su energía
contagiosa animaba a todos a participar.

En la cima del pueblo, un grupo de directivos se encargaba de fomentar el deporte


en las escuelas. La directora Ana era una apasionada del atletismo y trabajaba
incansablemente para asegurar que cada niño tuviera acceso a instalaciones
adecuadas. Con su liderazgo, logró que muchos jóvenes descubrieran su talento
para correr y saltar.

Por último, estaban los profesores de educación física, quienes eran considerados
verdaderos héroes en Villa Deportiva. Luis era uno de ellos; siempre motivando a
sus estudiantes a dar lo mejor en cada clase. Con su silbato al cuello y una sonrisa
brillante, Luis enseñaba no solo técnicas deportivas, sino también la importancia
del esfuerzo y la superación personal.

Un día, se organizó una gran competencia intercolegial donde todos estos


personajes se cruzaron. Valeria se encargó de la logística; Clara animaba desde las
gradas; Ramón jugaba en el equipo local; Ana supervisaba las instalaciones; y Luis
dirigía a los jóvenes atletas.

La competencia fue un éxito rotundo. Al final del día, lo más importante no fueron
los trofeos ganados o los récords batidos, sino el sentido de comunidad que había
florecido entre todos. En Villa Deportiva, cada uno tenía un rol esencial que
contribuía al espíritu deportivo: desde la secretaria hasta el obrero.

Y así, en cada rincón de Aragua, el deporte se convirtió en un lenguaje universal


que unía corazones y forjaba amistades duraderas. En este pequeño pueblo, todos
aprendieron que juntos podían lograr grandes cosas.

**Fin**

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