Los Moscos
Jose Luis Huerta
Antes de empezar, debo declarar que este relato sucede de una serie de cartas que
fueron extraídas de un cajón gastado en una casa de Morelia (lamentablemente, desconozco
si el dueño de aquella casa era el desdichado destinatario, o tan solo un tercero como yo)
que datan de agosto a septiembre de 1956.
Transcribir estas cartas fue una tarea casi imposible e inútil rosando con el concepto
de la incoherencia, pues, dado las fechas y el poco cuidado de los escritos, las ideas que
suscitan están dispersas a la redacción.
14 de agosto
Te eh de comunicar, hermano mío, por medio de esta carta mi satisfactoria llegada a
Guadalajara, la casa de nuestros padres y nuestra infancia, me siento completamente
recibido -aunque la casa completa compadezca de una increíble soledad- junto a febriles
recuerdos que vuelven a mi cómo en unos meses lo harán el aire del otoño. Me evoco a mí,
con gran nostalgia, de infante e inocente del mundo, recorrer las milésimas veces las
bocacalles del vecindario en la bicicleta que recibí en navidad, recuerdo caer y luego llorar,
platicar con los demás niños vecinos y al pasar los días hacernos una pandilla, haciendo y
deshaciendo, molestando a los infelices adultos que al llegar a nuestras casas nos tenían
asegurada una reprimenda por nuestras inocentes idioteces.
Me acuerdo de Isabel, la niña que vivía en la casa de enfrente, te acordarás las
irremediables noches que le escribía versos a su cabello, las canciones interminables a sus
ojos y los infinitos cuentos que sucedían entre su sonrisa y las mejillas de terciopelo. Ahora
esa casa está habitada por otra persona, como todo lo que se encuentra aquí, que ha sido
invadido por personas ajenas a nuestros recuerdos, pero para ellos yo soy un extraño, me
vuelvo el “extraño”.
No te eh de mentir, mi hermano, siempre pensé que este era mi hogar porque ella
está aquí –o al menos eso pensaba. El cielo era donde estuviéramos juntos, pero ahora el
cielo está muy distante de mí. Una de mis alegrías al llegar aquí era verla; no de la misma
forma como la recuerdo, obviamente, sería una mujer mayor, tal vez -y que dios no lo
quiera- casada y con hijos. Esa idea me hizo aceptar en mi mente una relación de amigos o
en el peor de los casos solo un conocido, porque si era lo que yo imaginaba no me quedaba
de otra que más aceptarlo. No puedo hacer nada contra el destino.
Al llegar del agobiante viaje, lo primero que hice fue dejar mis cosas en el porche,
sacar de una maleta los chocolates ingleses que su padre nos solía dar maravillándonos con
su sabor y dárselos -el motivo de los chocolates no era solo dárselos, si no para que supiera
que regrese, que ella se acordara de mí. Toqué enérgico la puerta y me abrió una coqueta y
risueña joven quien me informo que Isabel se había marchado -exactamente 3 años después
de que tú te fueras a Boston- hacia París o Milán. No lo recuerdo bien, pero estoy seguro de
que era un país europeo cuyo idioma funcione sobre el romance.
Le regale los chocolates, ella los acepto sin ninguna negación -después me sentí mal
porque pensé que se había sentido mal, despreciable, como si esa acción fuera un mensaje
de que eran las sobras de un amor, un basurero. Después, me invito a cenar, acepte sin más
remedio y durante la comida me platico sobre ella. Ya sabrás, cosas innecesarias pero que
son buenas saberlas y aunque no estaba ni más huella de Isabel, su amabilidad me hizo
sentir cálido, se llama Amaranta, está estudiando medicina en una de las tantas
universidades de la ciudad y por eso se mudó aquí, justo un año después de que Isabel se
fuera, sus padres se la vendieron a los padres de Amaranta y ella al querer estudiar
medicina vino para estar más cerca de la universidad.
Me despedí de Amaranta, después de una extensa ronda de elogios, y en mi
despistada visita había olvidado que estúpidamente dejé mis cosas en el porche, pero
afortunadamente seguían intactas. La casa sigue en sus cimientos, más apagada
emocionalmente, empolvada por los años, donde sus únicos inquilinos son bichos raros que
habitan en la cúpula, bichos como arañas (odio a las arañas porque son discretas a la hora
de moverse) y moscos (cuales son tediosos porque son necios y rápidos), te escribo desde la
antigua biblioteca de nuestro padre, de seguro lo recordaras, nadie más que tu recuerda esta
habitación mejor que tú. los estantes están llenos de infinitos libros, más amarillentos, pero
aun legibles. La casa es más grande de lo que pensaba, más grande de lo que nunca vi.
Te escribiré pronto para notificarte más cosas.
Cuídate Mucho.
19 de agosto
Espero que estés bien, te escribo en el mismo lugar en el que te escribí por última
vez, tenía contemplado escribirte cada 3 días para notificarte sucesos que impliquen a mi o
a la casa, después de haber pasado un mes te escribiría cada vez, regresando a nuestra
correspondencia habitual, pero se me dificulto por la escasez de tiempo. La suciedad -por lo
mínima que fuera- me dejo inquieto, se me ocurrió contratar trabajadores para dejar
impecable la casa, pero en estos tiempos es bueno la desconfianza, además de que no tengo
un sustento económico para eso entonces no es una opción, resolví fatigar la casona a
plumero y escoba -Si, eh estado leyendo El Quijote- por 5 días enteros. Las paredes han
vuelto a su color, los muebles han dejado su costra de polvo, los pisos se han vuelto
brillosos hasta reflejar más que un espejo y eh espantado los moscos y arañas que se
encontraban en la cúpula. Ahora, cada que veo el piso que se ha vuelto espejo reflejando a
la cúpula e hice revocar una sentencia que dijo Bioy Casares en un cuento de Borges: “Los
espejos y la cúpula son abominables porqué multiplica el número de hombres”, creo que
era algo así, y sinceramente no sé si se refiere a lo que yo creo a lo que se refiere y lo que
voy a escribir, pero en ese modo, hay infinitos moscos e infinitas arañas. Como sea, ya no
molestaran más, estoy tan seguro de eso porqué los animales se van en la presencia de un
ser humano, o eso recuerdo de un periodista que quería ser filosofo. Un sofista
empedernido. Durante mi aseo por la biblioteca me percate de una curiosa forma en donde
están acomodados los libros, pues ellos están contrariados a lo que haría un bibliotecario -
de hecho, sería una blasfemia para un digno bibliotecario- ya que no están en orden
alfabético de título, ni de autor, si no por año, me di cuenta de la obsesión de mi padre con
los museos. ¡Me di cuenta de que nuestra casa es un museo mismo!
Los primeros estantes están la Ilíada y la Odisea, de ahí acontecen más libros
griegos, pasan años y la Divina Comedia, otros libros y años y El Quijote. Así sigue hasta
perderse, aunque aún no puedo creer que haya 6 estantes completos dedicados a libros
desde 1940 a 1950, creo que se tendrá que hacer más estantes para albergar novelas
contemporáneas, llevar la influencia del vanguardismo a esta biblioteca, bueno, ese sería un
plan a largo plazo, aun no eh redescubierto la vecindad completamente, no se donde haya
una librería, y tampoco hay dinero para libros. Por ahora me concentrare en los de nuestro
padre, después habrá tiempo para comprar. ¡Hay tantas cosas por hacer y poco tiempo!
¡Hay muchos sueños y poca vida! Tal vez poder leer cuando me retire como lo hizo mi
padre, pero no creo que haya agotado completamente con su gastada vista toda la
biblioteca.
Tratare de seguir mi plan de escribirte cada tres días (aunque no sé si sea posible, si
no lo es perdóname) en dos días empezare a trabajar, tengo todo preparado y listo, espero
que te vaya bien. Acuérdame esta vez de saludar a tu esposa e hijos, en especial de Carlo
que me entere en tu carta que ya sabe leer, no sé si me sea posible visitarlos en tu
cumpleaños, pero tratare de que así sea.
Un cordial saludo a tu familia, hermano, tengas buena salud y prosperidad en tu
entorno.
Te Quiere, Tu Hermano.
28 de agosto
Te pido mis más sinceras disculpas, el tiempo me ha terminado asfixiando. El día en
el que empecé a trabajar llegué tarde 2 horas, obviamente mi jefa de zona se enojó conmigo
por esta irresponsabilidad. Mi reloj no sonó, de hecho, no estaban ni mis cosas. Busque por
toda la alcoba apurado -en este punto ya había estado atrasado por 1 hora y 15 minutos
aproximadamente- Baje y subí infinitamente cada escalón, para finalmente encontrar mis
cosas en un cajón de la biblioteca. Desconcertado y apurado las agarre y me marché hacia
donde una reprimenda me esperaba, pero la importancia la tomaba lo sucedido, ¿Qué
hacían mis cosas en el cajón de la biblioteca? -pensé, creía que se trataba de algún fantasma
vengador que se sentía invadido por mi presencia y que aquello era una advertencia para
que me fuera para siempre, o tal vez un okupa; una persona que noto la ausencia de
humanos en la casa y adopto ese lugar como hogar, en mis pensamientos deseaba con
fuerza la teoría de que fuera un fantasma, un fantasma seria menos tenebroso que un
humano, prefiero mil veces los fantasmas antes que los humanos. Me di cuenta que esos
pensamientos no eran más que estupideces, el día anterior quede leyendo en la biblioteca,
en un movimiento monótono y automático había de guardar las cosas en el cajón e
inconscientemente imitar a mi padre en sus lecturas, pero, ¿Por qué guardar mi reloj en el
cajón? a propósito, ¿Sabías que los cuentos que solían leernos nuestro padre eran escritos
por él?, sin duda fue un hallazgo increíble, encontrar las historias del ganadero juan, del
zorro que se perdió en el amazonas, personas que se peleaban por una rebanada de pan, etc.
Al llegar del trabajo no tuve otro remedio que acostarme sin importarme el mundo -
perdón, esos son los momentos en los que la tierra se hace tan sin importancia que nos hace
querer abandonarle- el reloj no estaba, lo que me despertó fue el dolor de mi brazo derecho.
Al descubrírmelo vi lo que no creía ver, un bicho raro me había picado mientras dormía,
sentía que todo lo que hice fue en vano, limpié sin descansó la casa en vano. Después me
sobe el brazo para adormecer un poco el dolor, no quise pensar más en eso, no quería
pensar más en eso, hasta que evoque un artículo de una revista ingles que hablaba de los
moscos y arañas de África, muertes por eso, también de otras áreas geográficas como Brasil
y Australia. Eso fue más que suficiente para llenarme de temor completamente, pensé en
decirle a Amaranta, pero era temprano y no quería molestarla. No obstante, el miedo me
hizo actuar y salí hacia la casa -que antes era de Isabel- de Amaranta, por suerte ella iba
saliendo a regar las plantas de su entrada.
Le hable desesperadamente, tratando de tener calma, sobre la picadura o mordida y
ella solo me vio con una cara de duda combinada de burla. Le hable sobre el artículo de la
revista inglesa y cedió a mi llamado, me unto ajo en la picadura -me dio asco el ajo, pero
fue efectivo- y después de desinflamarse me unto una pomada. Lo mínimo que pude hacer
era invitarla a desayunar en casa y ella acepto. Nuevamente me platico de ella, cosas que no
me interesaban saber, cómo que mañana se va a un pueblo al sur para hacer su servicio
social.
Al abrir mi puerta, moscos se apoderaron -o al menos eso intentaban hacer- de la
casa, pero pude espantarlos por un momento. Me impresiona la evolución de los moscos y
su habilidad para sobrevivir, antes bastaba con un periódico enrollado, ahora el poder matar
un mosco tiene el mismo merito que el de un cazador de liebres. No sé lo que esté pasando,
pero hay mucho asedio de mosco en la casa, no eh encontrado aun el enjambre, pero es
temible su presencia, el día de ayer fue la más maravillosa y tenebrosa exposición de
moscos que vi en mi vida –“Los espejos y la cúpula son abominables porque aumentan el
número de moscos, arañas y bichos” esa debería ser la verdadera frase y además tendría
más sentido- no solo les basto con picarme una vez, ya lo han hecho otras veces.
Para concluir, te agradezco que me enviaras dinero, no era necesario -creo- pero
muchas gracias, lo recibí sin ningún problema.
Me despido.
2 de septiembre
Hermano, dada la situación te escribiré desde mi trabajo -siendo más precisos desde
mi escritorio. Estos días se han vuelto una pesadilla surreal, la influencia de los bichos raros
me ha estado angustiando y presionando. La casa ya no es la misma que la de mis
recuerdos. Los malditos bichos raros se han apoderado de ella.
Un día, al llegar fatigado por el laburo, encontré la biblioteca destruida, lo que se
levantaba en un universo literario quedo reducido a ruinas romances. No fue una
destrucción humana, fue un desastre animal; pedazos mínimos de hojas cubrieron el piso,
las caratulas no tenían razón y las historias perdieron el sentido. Así mismo, varias
mordidas de numerosos e incontables insectos cubrieron mi cuerpo y destrozaron, hasta
llegaron a deformarme mi brazo. Rasque con odio y frustración hasta que las costras que se
formaron cayeron y el brazo se convirtió en una fuente abundante de sangre. Lo único que
pude hacer fue vendarlo e ir a trabajar, el dolor se siente en estas palabras escritas. No había
remedio en que un ajo ni una pomada pudieran hacer milagros a un brazo que se volvía
inútil. Desesperado, contrate un equipo de fumigación y control de plagas, registraron todas
las esquinas que protegían la casa y al terminar me ficharon de un maniaco. Los obligue a
buscar otra vez hasta encontrar un enjambre, ¡Pero no encontraron nada! ¡Malditos
inútiles!, no tuve más remedio que pagar en vano más de la mitad de mi quincena a esos
miserables.
Ahora que pienso, puede ser posible que ellos tengan razón, siento que los moscos
me persiguen y son persistentes a mis pasos. Aparecen en cualquier lugar, en mi trabajo,
salen de mi nuca y luego vuelven a desaparecer. También se me han aparecido entre mis
sueños; yo estoy aturdido por el veneno que me es inyectado por las arañas, me desmayo y
al despertar péndulo sobre sus telarañas mientras los moscos se acercan hambrientos y
sangrientos mientras comen de mi carne. Entonces, en medio del dolor intenso, despierto, y
lo que me despierta es el maldito zumbido de los moscos, es inevitable no recordar aquella
pesadilla, la eh soñado tantas veces que cada vez que duermo y pienso en ella un dolor de
cabeza se hace presente.
No sé qué más se puede hacer salvo mudarme, si la situación no cambia perderé la
poca cordura que aun creo tener. Recuerdo la frase de uno de los cuentos que escribió mi
padre “Ante todo tipo de situación, conflicto. Debemos seguir firmes. No hay que perder la
fe sin importar que”. No creo tener fe de que se vayan ya.
Te escribiré en dos días sobre la situación que se vive y me atormenta. Espero
vernos pronto. Adiós.
3-4 de septiembre
¡Está aquí, son ellos! ¡Está aquí, aquí está el enjambre! ¡La Casa es el enjambre!
Apenas doy razón de ello, las cosas ya no son de mi autoría, ni siquiera la casa. Yo estoy
atrapado en el enjambre y no seré para ellos un invitado, seré su alimento. Quiero irme,
pero algo no me deja, amanecí peor que otros días, el brazo derecho esta podrido, no es mas
que una bolsa de sangre grumosa y carne que se pudre cada vez más, mi rodilla esta fatal,
es negro con tonalidad morada, duele como el infierno. No puedo utilizarla para correr, soy
un inútil ahora, eh caído en la red de las arañas. Los moscos esperan para chupar mi espesa
sangre hasta llenarse, ni siquiera es difícil para ellos, la ansiedad de los piquetes me obliga
a rascar sin ceso alguno. Ellos me están matando, hermano, no puedo hacer nada.
Estoy muriendo, no, ellos me están comiendo, será una bendición si mañana sigo
con esta miserable y repugnante vida, eh tratado de gritar, pero es absurdo, la inmensidad
de la casa ensordece mis suplicas y los moscos quieren entrar en mi cada que abro la boca.
Es una, que se multiplican en dos, después en 5, luego en 10, luego en 20, 100, millones
nunca acaban, son infinitos como las arañas. El sufrimiento y el dolor son bastantes que me
escondo en un rincón remoto de la casa, aunque sé que me encontraran por mis gemidos de
dolor. Lo siento, hermano, ni siquiera sé si te volveré a ver en navidad, ni siquiera se si te
llegara esta ensangrentada carta…
13 de septiembre
Estimado Julio, lamento informarte el fallecimiento de tu hermano Víctor, al parecer
este terrible suceso paso el 2 de septiembre según los forenses, pero el cuerpo fue
encontrado el 5 de septiembre del año en curso. Se pudo hallar por el olor fétido del cuerpo
cual se podía prever al estar cerca de la casa. Yo fui quien le hablo a la autoridades, toque
la puerta de su casa para invitarle a cenar, pero el olor fue insoportable, por la ventana pude
ver el cuerpo; un cuerpo roído por algún animal salvaje que habrá entrado sin ninguna
advertencia apreciable, aunque los forenses dicen que fue roído por animales mas
pequeños, además, de que varios insectos tuvieron parte de la culpa pues la casa estaba
completamente llena de estos, fueron necesarios trajes especiales para entrar para sacar el
cuerpo y luego fumigar la casa.
Señor Julio, le escribo esto porque su hermano Víctor me conto de usted la única
vez que cenamos, me parecía triste que usted lo supiera de esta manera, pero, lo es mas no
saberlo. Lamento la terrible muerte de su hermano.
Atte: Amaranta
Inevitable tempestad
Jose Luis Huerta.
En todo caso estoy hablando
en mi nombre y en nombre de mi padre
y de mi abuela, que murieron ciegos;
ciegos, sonrientes y valerosos, como yo
también espero morir… Se heredan
muchas cosas (la ceguera, por
ejemplo), pero no se hereda el valor.
Borges, Jorge Luis. Siete
Noches: La ceguera, 1978.
Cuando Sergio Mendoza despertó, vio sobre la mesa marrón la pasta blanquirroja
del libro socrático que leyó hasta dormir sin advertencia alguna. Consultó el reloj de plata
que su hermano Josué le había regalado a sus 50 años y se concientizo que el tiempo que
perdió al dormir lo iba hacer llegar tarde a su mendigo trabajo. El sueño era un reflejo de la
concepción cual desemboca la tranquilidad pura; una tregua de la realidad, donde Sergio se
unía sin contrato ni trato al universo, siendo una galaxia flotante en el espacio lila.
Se apresuro a salir, acomodó con increíble facilidad sus cosas en el portafolio de
cuero y aunque su edad era contradictoria a sus movimientos, llego apresurada y
velozmente a la estación de buses donde aguardaba furioso un camión morado que recorría
gradualmente la parte noroeste de la ciudad. Sergio -aun aturdido por el sueño- pagó el
pasaje y se sentó en la parte derecha, anterior a los asientos desgarrados por la humanidad.
Veía las caras de los jóvenes que iban en contrasentido; amigos que se habrían hecho
inolvidables y parejas que tratarían de soportar la levedad del amor. Una de esas parejas lo
hizo evocar a su esposa Jazmín, el velo blanco que cubría su bello rostro en su boda a los
24 años perduro en su memoria en toda su vida. - ¿Qué estará haciendo ahora? - se
preguntó cuando vio a una señora regar las flores sobre su balcón naranja. - ¡No puede ser,
mi almuerzo! -pensó al recordar la merienda que su esposa le había preparado -como todos
los días- y que distraídamente había dejado en la correspondencia de la biblioteca en su
rápida salida. El aturdido sueño de galaxias, lo hicieron olvidarse completamente de eso. -
¿Sería contraproducente regresar? -Pensó en el tiempo que le deparaba. Llegar, tarde, otra
vez, ver al señor Guzmán remeter nuevamente contra él como siempre lo hace. No podía
aceptar una afrenta monumental de lo que seria si llegara, aun mas, tarde. Así que, Sergio
preocupado, no tuvo de otra más que resolver bajarse dos calles antes, en la calle 22, donde
se encontraría con una cafetería pereciente de paciencia para comprar un nuevo almuerzo.
Demando a su cuerpo fatigar las dos calles sobrantes a carrera