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MALAMUD - Estado

El documento analiza la diversidad de Estados soberanos, destacando sus diferencias en historia, tamaño y organización política. Clasifica a varios países en tipos de Estado, como 'Estado-nación' y 'microestado familiar', y explora el concepto de Estado como una forma institucionalizada del poder social. Además, se aborda la formación del Estado moderno, su evolución histórica y su relación con la legitimidad y la coerción.

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MALAMUD - Estado

El documento analiza la diversidad de Estados soberanos, destacando sus diferencias en historia, tamaño y organización política. Clasifica a varios países en tipos de Estado, como 'Estado-nación' y 'microestado familiar', y explora el concepto de Estado como una forma institucionalizada del poder social. Además, se aborda la formación del Estado moderno, su evolución histórica y su relación con la legitimidad y la coerción.

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MALAMUD - Estado

1. Presentación
China, Estados Unidos, Francia, Australia, Suiza, Jordania y Mónaco parecen países que no tienen
mucho en común, pero en realidad todos comparten una característica central: son Estados
soberanos reconocidos por la comunidad internacional y forman parte de la Organización de las
Naciones Unidas. Aun así, entre ellos existen enormes diferencias en historia, tamaño, forma de
gobierno y organización política.

China, por ejemplo, tiene una población de 1.300 millones de personas, es decir, casi la quinta
parte de la humanidad, y es el cuarto país más grande del mundo en extensión territorial. Su
historia es antiquísima y no tiene un fundador concreto; se fue construyendo de manera lenta y
continua a lo largo de los siglos hasta convertirse en el gigante actual. Además, su economía crece
de tal manera que se espera que hacia mediados del siglo XXI sea la más poderosa del planeta. En
cambio, la historia de Estados Unidos no llega a cinco siglos, y de ese tiempo apenas la mitad
transcurrió como nación independiente. A diferencia de China, no surgió de manera “natural” sino
que fue inventado por un grupo de hombres conocidos como los “padres fundadores”, que todavía
hoy son figuras veneradas. Su población, sus religiones y su idioma no nacieron allí, sino que
fueron llevados desde otros lugares y se mezclaron dentro de su territorio, lo que terminó dándole
su identidad particular.

Francia, por su parte, es el ejemplo clásico de lo que se llama un Estado-nación. Allí, el término
“francés” se utiliza tanto para hablar de la ciudadanía como para nombrar al idioma. Aunque este
Estado se formó a partir de guerras y conquistas, con el tiempo logró unificar a sus habitantes,
disolver diferencias y crear una identidad común muy fuerte, aunque actualmente esa unidad esté
atravesando una crisis. Si Estados Unidos fue inventado a partir de un contrato constitucional,
Francia primero se consolidó como una monarquía absoluta y más tarde recibió legitimidad a
través de la participación de una ciudadanía revolucionaria.

Otros países muestran características aún más particulares. Australia, por ejemplo, tiene un
gobierno parlamentario con autoridades elegidas de manera democrática, pero su jefa de Estado
es la reina de Inglaterra. Lo mismo ocurre en Canadá y Nueva Zelanda: aunque comparten a la
monarca británica como máxima autoridad simbólica, son Estados independientes y soberanos.
Suiza, en cambio, está organizada de forma muy distinta: se compone de 23 cantones con una gran
autonomía en diferentes áreas de política pública, y cada comuna, que es la unidad más pequeña,
tiene incluso el derecho de otorgar la ciudadanía. Jordania es un país creado artificialmente por
Gran Bretaña en 1922 y que alcanzó la independencia en 1946. Su nombre completo, Reino
Hachemita de Jordania, hace referencia a la familia árabe a la que los británicos entregaron el
poder y que todavía gobierna el país. Finalmente, Mónaco es un microestado que hasta 2002
dependía de la supervivencia de la dinastía Grimaldi para mantener su soberanía. Con una
población de apenas treinta mil habitantes, no posee ejército ni moneda propia, no cobra
impuestos a sus ciudadanos y su primer ministro es un francés elegido por el monarca de Mónaco
a partir de una propuesta del gobierno francés.
De esta manera, Malamud clasifica los casos del siguiente modo: China representa un Estado
“natural”, Estados Unidos un Estado “autoinventado”, Francia un “Estado-nación”, Australia un
Estado “heterocéfalo”, Suiza un Estado “poliestatal”, Jordania un Estado “heteroinventado” y
Mónaco un “microestado familiar”. Lo que se propone en el resto del capítulo es explicar qué
tienen en común ejemplos tan diferentes para que todos puedan ser comprendidos dentro del
mismo concepto de Estado. Para eso, se abordarán su definición, la formación del Estado moderno,
su expansión en América Latina, sus tipos actuales, el surgimiento del sistema internacional de
Estados, la relación con los procesos de integración regional, las principales corrientes teóricas
que lo estudian y, finalmente, las transformaciones y desafíos que enfrenta hoy.

2. El concepto de Estado
Siguiendo la línea de Norberto Bobbio, Gianfranco Poggi entiende al Estado como la forma
institucionalizada de una de las tres manifestaciones del poder social: el poder político. Para Poggi,
el poder social se da en todas las sociedades porque siempre hay personas que tienen más
capacidad que otras para lograr sus objetivos, incluso cuando esos objetivos chocan con los de los
demás. Esas personas logran imponerse, ignorar o superar las preferencias ajenas, e incluso
movilizar la energía de otros, aunque sea en contra de su voluntad.

Según los recursos que utilizan para concretarse, las formas de poder social se dividen en tres:
poder económico, poder ideológico y poder político. El poder económico se basa en poseer bienes
escasos, o considerados escasos, que sirven para inducir a quienes no los tienen a realizar ciertas
conductas, casi siempre algún tipo de trabajo. El poder ideológico, en cambio, se funda en la
capacidad de ciertas ideas, formuladas por personas con autoridad y expresadas de manera
convincente, para influir sobre la conducta de otros. Finalmente, el poder político se apoya en la
posesión de armas o recursos de violencia, y en sentido estricto es poder coercitivo, como
explicaba Bobbio.

Esta idea de dividir el poder no es nueva. Aristóteles ya había descrito a la polis como un cuerpo
humano formado por quienes producían, que serían el estómago; quienes combatían, que serían el
corazón; y quienes pensaban y, por eso, debían gobernar, que serían la cabeza. A lo largo de la
historia, tanto en el arte como en la investigación académica, se repitió la metáfora de las
civilizaciones organizadas alrededor de tres tipos de actores: los guerreros, que administran la
violencia; los mercaderes, que administran el dinero; y los misioneros, que administran las ideas y
los valores. La novedad de la clasificación de Bobbio está en darle prioridad al poder político por
encima del ideológico, a diferencia de Aristóteles, y en apoyarse en antecedentes como las clases,
estamentos y partidos que había estudiado Max Weber. Su propuesta busca ser realista y no
normativa.

En este marco, el Estado aparece como el punto máximo de institucionalización del poder político.
Institucionalizar significa volver rutinarias ciertas reglas y conductas, despersonalizando y
formalizando las relaciones sociales. Esto puede generar estabilidad y previsibilidad, pero también
rigidez y falta de adaptación ante cambios. A lo largo de la historia hubo Estados que lograron
adaptarse y sobrevivir, y otros que desaparecieron, pero la permanencia de la forma estatal como
organización política muestra su éxito. Poggi lo resume diciendo que la tarea del Estado consiste
en “fortalecer y al mismo tiempo domesticar la coacción organizada”.
La necesidad de definir al Estado se hace más evidente si se considera que no es un objeto
material, sino una abstracción conceptual, como señalan Dunleavy y O’Leary. Pasa lo mismo con
otros fenómenos políticos como la democracia o los partidos, pero en el caso del Estado la
situación es más confusa, porque sus efectos son muy visibles: una oficina pública, un control
fronterizo o incluso una guerra interestatal. Por eso es importante no confundir las
manifestaciones concretas —instituciones, territorio— con lo que el Estado es en un sentido más
profundo: las relaciones sociales que expresa y cristaliza.

La palabra Estado proviene del latín status, que significaba la posición social de una persona
dentro de una comunidad. Desde el siglo XIV, el término empezó a usarse para nombrar la posición
de los gobernantes, en contraposición a los gobernados. En el Renacimiento, esta identificación
entre Estado y gobernantes quedó clara en pensadores como Nicolás Maquiavelo, quien en El
príncipe describió al gobernante como si fuera una misma cosa con el territorio, el régimen y la
población. Poco después, Juan Bodino introdujo la noción moderna de soberanía, entendida como
el poder absoluto e indivisible del monarca. Para Bodino, el soberano no estaba sujeto a las leyes
humanas sino solo a la divina, aunque su poder no era ilimitado: se aplicaba a la esfera pública pero
no a la privada. La soberanía se encarnaba en el gobernante pero no moría con él, sino que seguía
existiendo en el Estado. Esta visión llegó a su máxima expresión en la frase de Luis XIV: “El Estado
soy yo”. El paso decisivo lo dio Thomas Hobbes en el siglo XVII con Leviatán, donde estableció tres
principios del Estado moderno: los súbditos deben lealtad al Estado y no a los gobernantes; la
autoridad del Estado es única y absoluta; y el Estado se considera la máxima autoridad en todos
los asuntos civiles. Hobbes fue el primer teórico del absolutismo estatal, al que justificó como
alternativa al estado de naturaleza, esa condición previa al contrato social donde, según él, la vida
era “solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve”, una guerra de todos contra todos.

La influencia de Hobbes sigue vigente en la teoría del Estado. Incluso la definición más difundida, la
de Max Weber, depende de su visión. Weber innovó al definir al Estado no por lo que hace, sino
por el recurso específico que monopoliza: la coerción, es decir, la violencia física. Para él, no hay
funciones exclusivas del Estado, porque todo lo que éste hizo en la historia también lo hicieron
otras organizaciones. Lo que lo distingue es que sus funcionarios reclaman con éxito el monopolio
legítimo de la violencia en un territorio determinado. La violencia no es el primer recurso del
Estado, pero sí el último, al que recurre cuando todos los demás fallan. Weber identificó cuatro
elementos esenciales: burocracia, monopolio de la violencia, legitimidad y territorio. Luego, otros
autores como Reinhard Bendix y Samuel Finer agregaron la nación y la ciudadanía. El nacionalismo
refuerza esta relación: así como el Estado tiene el poder de decidir sobre la vida de sus ciudadanos,
estos pueden llegar a dar su vida por el Estado, sobre todo en situaciones de guerra.

En conclusión, la violencia es el recurso específico del Estado, pero no siempre es lo que sus
ciudadanos perciben en su vida cotidiana. Niklas Luhmann explica que la violencia es fundamental,
pero lo que más afecta a la sociedad día a día es la institucionalización de la legitimidad del poder,
es decir, la normalización del poder a través de la ley. Siguiendo esta línea, Samuel Huntington
sostuvo que la gran diferencia entre los países no está en su forma de gobierno, sino en el grado de
gobierno. En su opinión, la distancia entre democracia y dictadura es menor que la que existe
entre países con consenso, legitimidad, estabilidad y comunidad política, y aquellos que carecen de
estas condiciones. Por eso, aunque Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética tenían
sistemas muy distintos, en todos ellos el gobierno lograba gobernar de manera efectiva.

De este modo, al analizar las formas de orden político en un eje que va de la anarquía a la tiranía,
parece que el Estado se ubica más cerca de la tiranía. Puede sonar cínico, pero mientras la
anarquía es rechazada universalmente por quienes la sufren, la historia muestra muchos casos de
tiranías que contaron con el apoyo de sectores importantes de la población.

3. La formación del estado moderno


El Estado, tal como lo conocemos hoy, no existió siempre. De hecho, Hall e Ikenberry explican que
durante la mayor parte de la historia de la humanidad no hubo Estado alguno. Aunque el término
suele usarse para referirse a cualquier forma de gobierno organizada —y a veces se aplica incluso a
las civilizaciones más antiguas, como las mesopotámicas hacia el año 3800 a.C.—, lo que realmente
llamamos Estado moderno o Estado nacional recién empieza a desarrollarse en Europa en el siglo
XVII, y más tarde se expande a otros continentes. Antes de eso, lo común eran los imperios, las
ciudades-Estado y comunidades más pequeñas como principados u obispados.

Los imperios, a diferencia del Estado moderno, eran expansivos y buscaban absorber y conquistar
su entorno. Las ciudades-Estado, en cambio, no eran completamente soberanas: compartían su
poder con otras o se subordinaban a un imperio a cambio de protección. Aun así, tanto los
imperios como las ciudades-Estado se parecen más al Estado moderno que a las tribus o clanes
previos, porque ya no se basaban solamente en vínculos de sangre o familia, sino en relaciones más
impersonales.

El origen de las primeras organizaciones que anticipan al Estado se dio junto con el nacimiento de
la escritura y de las primeras ciudades en el Asia Menor, sobre todo en la región de los ríos Tigris y
Éufrates (actual Irak). La mayoría de los estudiosos coincide en que el cambio decisivo fue el paso
de una vida nómade, típica de cazadores-recolectores, hacia una vida sedentaria basada en la
agricultura. Al dejar de moverse constantemente y asentarse en un territorio fijo, estas sociedades
pudieron desarrollar infraestructuras estables que les permitieron proyectar poder en un espacio
delimitado. Los trabajos de irrigación y el cultivo de alimentos como dátiles, olivos, arroz y
cereales fijaron a los productores a la tierra, lo cual volvió posible que existiera un sistema
centralizado de impuestos. Este proceso se dio primero en Mesopotamia y después en regiones
como América Central, el valle del Indo, China, Perú, y con el tiempo se fue expandiendo al resto
del mundo.

En un principio, el poder del Estado se ejercía de manera despótica. Pero en sociedades cada vez
más grandes y complejas, donde los vínculos de sangre ya no bastaban para mantener la cohesión,
apareció la necesidad de un nuevo principio de legitimidad. Ese principio fue la religión: la idea de
que la autoridad tenía un origen divino ayudó a consolidar el dominio estatal. Al mismo tiempo, se
desarrollaron los ejércitos, porque era necesario custodiar el territorio y mantener el orden
interno. Desde ese momento, la unión entre el Estado y la fuerza militar se volvió inseparable.

Los Estados no se forman aislados, sino en relación con otros. En su proceso de formación,
compiten por territorios y poblaciones, influyéndose mutuamente. Por eso siempre surgen en
grupos. El sistema de Estados que existe hoy comenzó a tomar forma en Europa alrededor del año
1000 d.C. y durante los siglos siguientes fue desplazando a otros sistemas estatales que hasta
entonces habían predominado en China, India, Persia y Turquía.

Charles Tilly explica este proceso mostrando que quienes controlaban medios de coerción
concentrados —ejércitos, flotas, armas, fuerzas policiales— buscaban ampliar el dominio sobre
más poblaciones y recursos. Cuando se enfrentaban a rivales más débiles, conquistaban; cuando
los rivales eran de igual fuerza, hacían la guerra. Algunos conquistadores lograron establecer un
control estable sobre territorios, asegurando el acceso a parte de lo que allí se producía, y de ese
modo pasaron de ser simples guerreros a convertirse en gobernantes. Frente a ellos, los
gobernantes más débiles debían elegir entre someterse o arriesgarse a la guerra. Así, la guerra —o
la preparación constante para ella— marcó toda la organización del gobierno, que debía extraer de
la sociedad hombres, armas, provisiones y dinero para sobrevivir.

El modo en que se organizaban los Estados dependía del tipo de recursos predominantes en la
región. En zonas agrícolas y rurales, donde había pocas ciudades, se usaba más la coerción directa,
tanto para producir como para extraer recursos. En zonas con muchas ciudades y fuerte comercio,
la dominación tendía a ser más capital-intensiva (es decir, dependía más del dinero y la riqueza)
que coercitiva. Estas diferencias dieron lugar a distintos caminos de desarrollo en Europa, hasta
que los Estados que lograron sostener ejércitos permanentes terminaron imponiéndose sobre sus
vecinos menos exitosos.

Un ejemplo claro de estas trayectorias distintas son Francia y Alemania. En Francia, el poder se
centralizó muy temprano en París, y desde ahí fue expandiéndose al resto del territorio mediante
guerras que fueron delimitando las fronteras. En Alemania, en cambio, la riqueza estaba repartida
entre varias ciudades, lo que dificultó una unificación temprana. Fue Prusia, una de las regiones
menos desarrolladas, la que consiguió unificar el país gracias a su capacidad militar, aunque esto
ocurrió de manera más tardía.

El modelo estatal europeo se expandió después al resto del mundo mediante la conquista y la
colonización. En América Latina, África, Asia y Oceanía, las potencias europeas trazaron fronteras
y centralizaron gobiernos pensando en sus propios conflictos y rivalidades en Europa, sin prestar
atención a la diversidad étnica y lingüística de esas regiones. Por eso, muchos Estados actuales en
África y Medio Oriente tienen fronteras que dividen grupos similares o que unen grupos muy
distintos. A pesar de las críticas de los movimientos independentistas, la forma estatal y esas
fronteras se mantuvieron casi intactas, lo que demuestra la fuerza de esta estructura política por
encima de sus orígenes coloniales.

De todos modos, la difusión completa del Estado por el planeta es bastante reciente. Recién
después de la Segunda Guerra Mundial la mayoría de los territorios del mundo quedaron
organizados en Estados independientes, y casi todos los gobernantes empezaron a reconocer el
derecho de los demás Estados a existir.
4. La formación del Estado en Latino América
En Europa, hacia el siglo XV existían unas 1.500 comunidades políticas o protoestados que
reclamaban algún tipo de independencia. Sin embargo, para 1900 esa cifra se había reducido a
apenas 25. Este proceso de concentración del poder ocurrió a través de guerras: los Estados más
fuertes absorbieron a los más débiles gracias a la llamada revolución militar, que implicó que los
ejércitos y los recursos bélicos pasaran a ser administrados por el Estado, que crecieran de forma
colosal y que, además, se justificaran por razones nacionalistas. Las guerras no solo consolidaron la
autoridad central frente a las periferias de cada país, sino también frente a sus propias clases
sociales internas. Ese fue el caso de Prusia, que sometió tanto a otros Estados alemanes como a su
aristocracia; o de la Francia absolutista y la Inglaterra de la Restauración.

En América Latina, en cambio, la guerra no tuvo los mismos efectos. La colonización española se
organizó desde temprano en dos grandes virreinatos: el de Nueva España o México en 1535 y el
del Perú en 1542. Más adelante se crearon otros dos: el de Nueva Granada en 1717 y el del Río de
la Plata en 1776, además de varias capitanías generales. Tras las guerras de independencia,
iniciadas a comienzos del siglo XIX, el territorio hispanoamericano se fragmentó cada vez más
hasta llegar a los dieciocho Estados actuales. Un ejemplo claro es el de las Provincias Unidas del
Río de la Plata: las autoridades de Buenos Aires no pudieron retener al Alto Perú (hoy Bolivia),
Paraguay ni la Banda Oriental (hoy Uruguay).

A diferencia de Europa, donde la guerra ayudó a imponer orden centralizando la violencia, en


América Latina la guerra fomentó la división territorial. Esto produjo Estados con gobiernos
fuertes en el plano despótico pero muy débiles en términos de infraestructura y organización.
Según Miguel Centeno, esto se debe a que las guerras libradas fueron del “tipo incorrecto” y en un
“contexto inapropiado”.

Las guerras fueron del tipo incorrecto por tres razones. Primero, no eran guerras de conquista,
sino de seguridad interna, cuyo objetivo era mantener el poder central más que redefinir
fronteras. Segundo, no fueron guerras que promovieran ciudadanía: las élites preferían mandar a
luchar a los sectores populares antes que a sus propios hijos. Tercero, no generaron identidades
nacionales porque las partes enfrentadas no tenían diferencias culturales, lingüísticas o religiosas
como en Europa.

El contexto también fue inadecuado en tres sentidos. El primero es la fragmentación geográfica:


solo Sudamérica —sin contar México, América Central y el Caribe— tiene el doble de superficie
que toda Europa, con menos población y un relieve más difícil, lo que limitaba la interacción
económica y militar entre regiones. El segundo es la composición social: las élites temían más a una
revuelta indígena o afrodescendiente que a una invasión extranjera. Y el tercero es la división de
las propias élites: eran más comerciantes que guerreros, por lo que privilegiaban la economía
sobre la política y la rivalidad sobre la cooperación.

El resultado fue una “combinación desastrosa”: liderazgos regionales con ejércitos que no
respondían a un Estado nacional sólido. El caso de José de San Martín ilustra este problema: en
1813 comandaba un ejército que no representaba aún a un país independiente —Argentina recién
se declararía en 1816—, sino a las autoridades locales de Buenos Aires, con las que tenía
frecuentes tensiones. Incluso después de liberar Chile y mientras avanzaba hacia Perú, San Martín
presentó su renuncia al gobierno porteño. El resultado de todo esto fue que, aunque las guerras de
independencia terminaron, la consolidación estatal quedó inconclusa. Centeno compara esta
situación con la desintegración del Imperio Austrohúngaro más que con la unificación militar
lograda por Prusia.

Brasil, en cambio, siguió un camino distinto. Cuando el ejército napoleónico invadió Portugal, la
familia real trasladó su corte a Brasil, y eso dio continuidad al orden monárquico bajo la Casa de
Braganza. A las élites brasileñas les convenía mantener una monarquía centralizada antes que una
república fragmentada. Aunque existieron tendencias separatistas, el temor a una rebelión de
esclavos y los pactos entre élites nacionales y regionales evitaron una ruptura como la
hispanoamericana. La esclavitud terminó en 1888 y la monarquía en 1889, pero el federalismo se
mantuvo como rasgo permanente. Hacia inicios del siglo XX Brasil fijó sus fronteras y eso le
permitió desarrollarse hacia adentro, hasta que en los años 80 reorientó su política hacia la
integración regional.

Para entender mejor estos procesos, Oscar Oszlak utiliza la idea de “estatidad”, es decir, la
condición de ser un Estado. Según él, un Estado en formación debe lograr cuatro capacidades:
obtener reconocimiento internacional (externalizar su poder), imponer un monopolio de la
coerción (institucionalizar su autoridad), organizar instituciones públicas capaces de extraer
recursos de la sociedad (diferenciar su control) y crear símbolos y valores que generen una
identidad nacional compartida (internalizar identidad colectiva).

En países como Brasil, Perú y México, el aparato colonial era lo suficientemente sólido para ser
aprovechado por los nuevos gobiernos tras la independencia. En el Río de la Plata, en cambio, la
herencia colonial era débil y descentralizada: cada provincia mantenía sus propios órganos
políticos, lo que reforzaba las identidades locales por sobre la nacional. Coincidiendo con Centeno,
Oszlak señala esta dificultad, pero agrega una visión económica: solo si existe un mercado nacional
con posibilidades de desarrollo capitalista es posible consolidar un Estado nacional. Aquí se nota
cierta influencia marxista, ya que pone el acento en el mercado más que en la violencia.

Oszlak también distingue cuatro formas en que el Estado argentino expandió su poder. La
modalidad represiva, con un ejército nacional para sofocar rebeliones; la cooptativa, basada en
alianzas con las élites del interior; la material, mediante obras, servicios y regulaciones en las
provincias; y la ideológica, a través de símbolos y valores que reforzaban la idea de nacionalidad.

Se suele considerar a 1880 como el año de consolidación del Estado argentino. Ese año
coincidieron cuatro hechos clave: la federalización de Buenos Aires, que permitió al Estado
nacional controlar el puerto y la aduana; la represión exitosa de la rebelión de Carlos Tejedor, que
legitimó el monopolio federal de la violencia; la elección como presidente de Julio A. Roca, jefe de
la campaña al desierto, lo que extendió el control estatal al territorio patagónico; y el triunfo
frente a la Iglesia Católica en torno al control de los registros civiles y la educación, lo que liberó al
Estado de una autoridad transnacional.
Luego, con la llegada de inmigrantes en masa hacia fines del siglo XIX, el país se estructuró en
torno a dos modelos económicos. Primero, el modelo agroexportador, basado en la producción
rural orientada al mercado mundial, que se mantuvo hasta la crisis de 1930. Después, el modelo de
industrialización por sustitución de importaciones (ISI), orientado al mercado interno y apoyado
intelectualmente por la CEPAL, que promovió una fuerte intervención estatal en la economía. Este
modelo, sin embargo, no alcanzó sus metas de autonomía y desarrollo.

En el Cono Sur, las crisis económicas dieron paso a una forma particular de autoritarismo.
Guillermo O’Donnell llamó a estos regímenes “Estados burocrático-autoritarios”: gobiernos como
los de Argentina (1966-73 y 1976-83), Brasil (1964-84), Chile (1973-90) y Uruguay (1973-89).
Estos regímenes se caracterizaron por su estilo tecnoburocrático, con énfasis en la eficiencia
administrativa y programas de racionalización del Estado, en contraste con otros autoritarismos
más tradicionales o populistas.

En Argentina, desde los años 70, el Estado estaba estancado, con déficit fiscal crónico. Para
financiarse, los gobiernos apelaron a cuatro mecanismos: usar los fondos de pensiones, generar
inflación, vender activos del Estado (privatizaciones) y endeudarse, sobre todo en el exterior. En
1991, el país giró hacia un modelo neoliberal: controló la inflación, se financió con privatizaciones
y deuda, pero el déficit persistió. La crisis culminó en diciembre de 2001, cuando el Estado declaró
el default. Esto provocó un derrumbe económico: el PBI per cápita, que en 1920 era el 80% del
estadounidense, cayó al 40% en 2000 y al 25% en 2005.

Este declive, sin embargo, no fue inevitable ni producto de fuerzas globales, sino de decisiones
internas. Mientras Argentina se debilitaba, Brasil y Chile lograron sostener políticas de largo plazo
que fortalecieron a sus Estados y redujeron la pobreza. Todo esto muestra que la formación y
decadencia de un Estado nunca está predeterminada, sino que depende de múltiples causas,
algunas estructurales y otras coyunturales.

5. El desarrollo contemporáneo y los tipos de Estado

El Estado contemporáneo atravesó dos grandes etapas en su desarrollo: primero, el Estado de


derecho, y después, el Estado social o de bienestar. Hasta finales del siglo XVII en Inglaterra y del
XVIII en Francia, lo que predominaba en Europa era el Estado absolutista. Este se caracterizaba
por el poder sin límites de los monarcas y por la ausencia de una división clara entre lo público y lo
privado: todo pertenecía al rey, incluso las personas. En una primera etapa, ese absolutismo tenía
un fuerte carácter religioso, mientras que en una segunda fase se vio influenciado por el espíritu
racionalista de la Ilustración. En este sistema, los derechos que hoy consideramos básicos —como
profesar una religión o tener ideas propias— no existían como libertades individuales, sino que
dependían de la voluntad del soberano.

Contra ese régimen se levantaron pensadores y súbditos, entre los que destaca John Locke. En
1690, Locke defendió la idea de que las personas poseen derechos inalienables, que no pueden ser
sometidos al poder del gobernante. A partir de estas luchas se fue gestando el Estado de derecho,
la forma clásica del Estado liberal que, desde el siglo XVII en adelante, comenzó a limitar la
arbitrariedad monárquica. Este tipo de Estado se enfocaba en proteger las libertades burguesas: la
libertad personal, la religiosa y la económica. Se lo consideraba como un dique de contención
frente a los abusos del poder.

Más tarde, entre fines del siglo XIX y mediados del XX, surgió el Estado social o de bienestar
(welfare state). Su esencia era garantizar a los ciudadanos no solo libertades, sino también
derechos de participación en la vida política y en los beneficios de la riqueza social producida.
Mientras que el Estado de derecho reflejaba el capitalismo temprano y se mostraba pasivo —un
Estado frente al cual el ciudadano debía defenderse—, el Estado de bienestar expresaba el
capitalismo industrial maduro y la llamada “cuestión social”, y se configuraba como un Estado
activo, que intervenía para proteger al ciudadano.

En el extremo opuesto al Estado de derecho aparece el Estado totalitario, que se desarrolló en el


siglo XX en regímenes como el fascismo de Mussolini, el nazismo de Hitler y el estalinismo en la
Unión Soviética. Estos sistemas se apoyaron en las nuevas tecnologías de comunicación de masas
para difundir la ideología oficial y fabricar un consenso popular. Según Hannah Arendt, el
totalitarismo no era simplemente una tiranía moderna, sino una forma de gobierno nueva, cuyo
objetivo era abarcar y controlar todos los aspectos de la vida social.

También existe la idea del Estado gendarme o Estado mínimo, que se opone al Estado de bienestar.
Formulada en el siglo XIX, esta doctrina plantea que el gobierno debe reducir sus funciones a lo
esencial, de modo que cualquier reducción adicional llevaría a la anarquía. Según Robert Nozick,
ese Estado mínimo se encargaría únicamente de garantizar la seguridad interna a través de la
policía, el sistema judicial y las cárceles, además de defender el país contra ataques externos. Su
papel se limitaría, entonces, a proteger a los individuos frente a la violencia, el robo y la agresión
extranjera. Sin embargo, en la práctica, un Estado tan reducido es prácticamente imposible de
encontrar.

La transición hacia el Estado de bienestar comenzó en Alemania bajo el gobierno de Otto von
Bismarck. Entre 1883 y 1889, el “Canciller de Hierro” puso en marcha los primeros seguros
obligatorios contra enfermedades, invalidez y vejez. En paralelo, se fueron aprobando leyes
laborales que otorgaban derechos a los trabajadores. Estas medidas, que también se expandieron
en países como Inglaterra y luego en Europa central y del norte, representaban una alternativa al
liberalismo clásico. Paradójicamente, el objetivo de Bismarck y de otros gobiernos no era
promover el socialismo, sino frenar su avance.

Durante gran parte del siglo XIX, los derechos sociales se implementaron en oposición a los
derechos civiles y políticos. Por ejemplo, en Inglaterra el “derecho a la supervivencia” que
garantizaba la asistencia estatal implicaba que los pobres perdieran a cambio sus libertades civiles
y políticas. En Alemania, ocurría algo similar con la prohibición de asociarse en partidos u
organizaciones socialistas. Así, el Estado social nació con un carácter ambivalente: protector, pero
también limitador de otras formas de participación política.

La idea de que la asistencia estatal no es una dádiva ni una compensación por la pérdida de otros
derechos, sino un derecho en sí mismo, surge en Inglaterra a comienzos del siglo XX. Se vuelve
viable gracias al crecimiento masivo del aparato estatal que tuvo lugar entre las dos guerras
mundiales y termina de consolidarse en los años cuarenta, cuando la legislación británica reconoce
que todos los ciudadanos tienen derecho universal a la protección frente a situaciones de
dependencia de larga duración. Desde la posguerra, el Estado de bienestar se expandió hacia los
países industrializados con el objetivo de garantizar ingresos mínimos, alimentación, salud,
educación y vivienda, no como caridad, sino como derechos políticos.

Este nuevo Estado se apoyó en las ideas de John Maynard Keynes, quien defendía la “economía
del lado de la demanda”, es decir, la intervención estatal para estimular la economía. Eso significó
un gran aumento del gasto público, un crecimiento de la administración estatal y el desarrollo de
servicios sociales, programas de empleo y obras públicas. Durante las tres décadas posteriores a la
Segunda Guerra Mundial, la reconstrucción y el crecimiento económico de Occidente permitieron
financiar sin problemas estos costos crecientes. Pero a partir de la década de 1970, los shocks
petroleros, que cuadruplicaron el precio del petróleo, generaron una crisis inflacionaria que
debilitó las finanzas estatales de los países consumidores.

El sociólogo T. H. Marshall distinguió en la historia de las sociedades industriales tres fases:


primero, en el siglo XVIII, la lucha por los derechos civiles, como la libertad de pensamiento y de
expresión; después, en el siglo XIX, la lucha por los derechos políticos, como el derecho de
asociación, propaganda y voto, que culminó en el sufragio universal; y finalmente, en el siglo XX, la
lucha por los derechos sociales, considerados un requisito indispensable para que la participación
política fuera realmente plena.

Si bien algunos autores destacan el papel de las ideologías en la creación del Estado de bienestar,
investigaciones más recientes ponen el foco en los factores económicos. En particular, señalan que
la principal causa fue el paso de la sociedad agraria a la sociedad industrial, ya que esta última creó
el problema de la seguridad social y la necesidad de proteger a los trabajadores. Las diferencias
culturales y políticas explican variaciones entre países, pero lo que aparece como constante es que
el desarrollo industrial es lo que hace posible el Estado de bienestar. De hecho, aunque se hable de
diferentes “modelos” de welfare state (como los europeos frente al estadounidense), lo
fundamental es la distancia entre países desarrollados e industrializados y los países en desarrollo:
solo los primeros pudieron destinar una proporción creciente de su producto bruto a objetivos
sociales.

Con todo, el Estado de bienestar entró en crisis por varias razones: la inflación derivada de los
shocks petroleros, el aumento de las demandas sociales y el envejecimiento poblacional, que
redujo la cantidad de contribuyentes y aumentó la de beneficiarios. Esto llevó a eclipsar las
discusiones sobre variedades de modelos y a centrarse en la sostenibilidad del sistema. En la
práctica, el welfare state significó un desdibujamiento de las fronteras que el liberalismo clásico
había trazado entre Estado y sociedad, entre lo público y lo privado.

En los años sesenta esta relación era vista como equilibrada y estable, pero desde los setenta
aparecieron dos interpretaciones contrapuestas de la crisis. Por un lado, autores como Habermas
y Offe sostienen que el Estado de bienestar lleva a una “estatalización de la sociedad”, donde los
beneficios provistos generan una dependencia excesiva de los individuos, poniendo en riesgo la
autonomía de la sociedad civil. Por otro lado, Crozier, Huntington y Watanuki plantean lo
contrario: la “socialización del Estado”, es decir, que la ideología igualitaria del welfare state
generó un exceso de demandas sociales imposibles de procesar por las instituciones públicas, lo
que exigía reducir esas demandas y reforzar las instituciones.

Sea cual fuera la interpretación, los hechos mostraron que, pese a la crisis, los Estados
occidentales adquirieron un peso inédito en la vida social y económica. En el año 2000, en los
países de la OCDE, los ingresos estatales equivalían casi al 40% del PBI y los gastos al 50%.
Además, aunque se hable de globalización, el comercio internacional representaba apenas un 17%
de la actividad económica mundial, una cifra apenas mayor a la de 1913, lo que confirma que la
mayor parte de la economía seguía ocurriendo dentro de los mercados nacionales.

Tras la Segunda Guerra Mundial, se pensó que el Estado podía ser un agente central del desarrollo,
acelerando la industrialización, modernizando la agricultura y construyendo infraestructura para
la urbanización. Sin embargo, la experiencia posterior, sobre todo en África y América Latina,
mostró que el Estado podía ser también un obstáculo. Allí, el aparato estatal resultó ineficiente,
corrupto o sobredimensionado, lo que generó frustración con las esperanzas poscoloniales. Esto
llevó, en las décadas de 1970 y 1980, a la hegemonía de los enfoques neoliberales y
neoutilitaristas, que proponían el retiro del Estado y su reemplazo por el mercado.

A fines de los ochenta, sin embargo, el fracaso de los ajustes estructurales y la constatación de que
los mercados también tenían fallas dio lugar a una tercera visión, más equilibrada. Según Dani
Rodrik, los mercados no pueden crearse ni sostenerse por sí solos: necesitan reglas, instituciones
que las implementen y que hagan cumplir los contratos. De ahí surge la idea de que el Estado
puede ser problema o solución, dependiendo de cómo se relacione con la sociedad.

Peter Evans sintetizó esta idea en dos modelos: el Estado desarrollista, que provee bienes
colectivos a cambio de extraer recursos y logra impulsar el crecimiento, y el Estado predatorio,
que reparte beneficios y rentas a unos pocos, destruyendo la productividad. La clave está en lograr
lo que Evans llama una “autonomía enraizada”, es decir, que el Estado tenga suficiente
independencia para no ser capturado por intereses particulares, pero al mismo tiempo mantenga
vínculos estrechos con los actores sociales y económicos para canalizar recursos hacia el
desarrollo. Los ejemplos típicos de Estados desarrollistas son Japón, Corea y Taiwán, mientras que
los predatorios se encuentran sobre todo en África, como en el caso de Zaire.

Más recientemente, se ha preferido hablar de Estados fallidos antes que de Estados predatorios.
Un Estado fallido es aquel que pierde el monopolio de la fuerza, no puede garantizar la seguridad
ni los servicios básicos y carece de representación efectiva en la arena internacional. Casos
extremos fueron Somalia, Liberia o Haití en los noventa, donde la autoridad estatal colapsó y
prevaleció la anarquía. Sin embargo, la mayoría de los países pobres presentan fallas más limitadas
y parciales. Por eso se han creado categorías más precisas: Estados fallidos, en vías de fallar,
frágiles o en recuperación, y la ONU distingue además a los países menos desarrollados según
ingresos, desarrollo humano y vulnerabilidad económica.

Lo contrario de un Estado fallido es un Estado fuerte o efectivo, aunque la fortaleza no se mide


solo por concentración de poder. Michael Mann distingue entre poder despótico, la capacidad de
un Estado de actuar de manera arbitraria, y poder infraestructural, su habilidad para penetrar en
la sociedad y movilizarla. En este sentido, el absolutismo francés del siglo XVIII, aunque muy
despótico, era más débil que la monarquía británica, que movilizaba con más eficacia recursos y
apoyo social. En el siglo XX, algo similar ocurrió cuando democracias como Estados Unidos y Gran
Bretaña lograron más respaldo interno que los regímenes nazi y soviético.

En última instancia, la eficacia de un Estado depende de la legitimidad que tenga ante su población,
de la profesionalización de su burocracia y de la estabilidad de su aparato administrativo. La
administración pública es, de hecho, la forma cotidiana en que el Estado organiza el orden social.

6. El sistema interestatal
A lo largo de la historia, los Estados no surgieron de manera aislada, sino en grupos. Cada vez que
aparece un Estado, lo hace dentro de un sistema interestatal, ya sea porque ese sistema existía
previamente o porque se forma en paralelo. La mayoría de los estudiosos de las relaciones
internacionales considera que el sistema actual nació en 1648 con la Paz de Westfalia, que puso
fin a la Guerra de los Treinta Años. Los principales firmantes de esos tratados fueron Francia,
Suecia, el Sacro Imperio Romano Germánico, España, Holanda, Suiza y varios principados
alemanes. La guerra había estallado por la disputa en torno al derecho de los emperadores
germánicos de decidir la religión de sus territorios.

De este acuerdo se derivan tres principios que, en teoría, todavía rigen el derecho internacional: la
soberanía de los Estados y su derecho a la autodeterminación, la igualdad legal entre ellos y la no
intervención en los asuntos internos. Por eso se dice que el sistema actual es “westfaliano”. Sin
embargo, algunos autores sostienen que estos principios no estaban en realidad en los tratados.
Señalan que, por ejemplo, el Sacro Imperio mantenía la facultad de deponer a príncipes y que
Francia y Suecia se reservaban el derecho de intervenir si se incumplían los acuerdos. Según esta
visión crítica, más que establecer la soberanía, lo que hicieron los tratados fue mantener el status
quo, limitando la autonomía de los Estados menores frente a los más grandes. Aun así, lo que se
difundió como interpretación posterior fue el principio “cuius regio, eius religio”, según el cual la
religión del gobernante debía ser la misma que la de sus súbditos. Con ello terminó la idea de un
único rey universal bajo el cielo y se debilitó la legitimidad de usar la religión como excusa para
intervenir en otros países.

Hoy el principio de igualdad jurídica entre los Estados sigue en pie, pero en la práctica las
diferencias son enormes: hay Estados poderosos y débiles, desarrollados y subdesarrollados,
democráticos y despóticos. Las teorías de las relaciones internacionales discuten cómo influyen
esas diferencias. Para los realistas, lo único que importa es la distribución del poder relativo,
medido sobre todo en términos políticos y militares. Para los liberales, además del poder cuentan
la interdependencia económica, las instituciones internacionales y el régimen político interno. Los
realistas defienden la idea de equilibrio de poder, que explica las alianzas como forma de
contrapesar a Estados más fuertes. Los liberales, en cambio, proponen la teoría de la paz
democrática, que afirma que las democracias no se enfrentan bélicamente entre sí, lo que abre la
posibilidad de relaciones basadas más en la cooperación que en el conflicto.
El concepto de soberanía también se ha vuelto más complejo. Stephen Krasner distingue cuatro
dimensiones: la soberanía doméstica, que es la autoridad del Estado dentro de sus fronteras; la
soberanía interdependiente, que es su capacidad para controlar los flujos transfronterizos de
bienes, capitales, servicios y personas; la soberanía legal internacional, que consiste en el
reconocimiento formal del Estado por parte de la comunidad internacional; y la soberanía
westfaliana, que es la exclusión de actores externos de la política interna. Esta clasificación
muestra que los Estados pueden ser muy diferentes: algunos débiles logran mantener soberanía
legal, mientras que otros poderosos tienen que ceder soberanía interdependiente por su
participación intensa en los mercados globales. También sirve para analizar casos especiales como
Taiwán, que tiene control doméstico y westfaliano, pero carece de soberanía legal internacional
porque no es reconocido por muchos países.

Las identidades nacionales son otro factor decisivo. Un mundo de mercados abiertos puede
beneficiar a Estados con identidades cohesionadas, pero ser un riesgo para otros. El nacionalismo
puede tomar una forma cívica, basada en un compromiso con valores e instituciones compartidas,
o una forma étnica, basada en la pertenencia heredada a una raza, lengua o religión. En la práctica,
los países se ubican en posiciones intermedias, pero la diferencia es relevante: el nacionalismo
cívico, característico de Occidente y en particular de Estados Unidos, ha dado mayor cohesión y
estabilidad política porque los conflictos étnicos y religiosos se resuelven en la sociedad civil sin
desbordar hacia el Estado. El nacionalismo cívico, en este sentido, es fuente de integración social,
capacidad estatal y poder militar.

Durante la Guerra Fría, el mundo se dividía en tres bloques: los alineados con Estados Unidos, los
alineados con la Unión Soviética y los no alineados. Tras 1989, la división más común pasó a ser
entre países desarrollados (en su mayoría del hemisferio norte) y países en desarrollo o
emergentes (sobre todo del hemisferio sur). Más recientemente, se ha marcado otra línea
divisoria: la que separa a los Estados que respetan las reglas internacionales de los que las
desafían o las ignoran. Estos últimos suelen ser llamados “Estados canallas” o “rogue states”,
término aplicado, en particular por Estados Unidos, a países acusados de amenazar la paz mundial
mediante regímenes autoritarios, violaciones a los derechos humanos, apoyo al terrorismo o
proliferación de armas de destrucción masiva. Ejemplos recurrentes son Corea del Norte o Irán.
Sin embargo, el concepto es polémico, ya que muchos lo consideran una etiqueta política más que
una categoría objetiva.

7. El Estado y la integración regional


El Estado contemporáneo enfrenta dos tipos de tensiones: unas de fragmentación, de raíz política,
ligadas al resurgimiento de nacionalismos internos; y otras de integración, de carácter económico,
vinculadas con la globalización. Una de las respuestas que los Estados han elaborado ante este
cambio de escala, primero en Europa y luego en otras regiones, es la integración regional. Se trata
de un intento de reconstruir, a nivel supranacional, las fronteras que la globalización había
debilitado. Puede entenderse como un mecanismo de protección: los Estados que no pueden
defender solos sus intereses buscan hacerlo en conjunto. Algunos autores comparan este proceso
con la creación de Estados federales como Suiza o Estados Unidos, que nacieron de la unión
voluntaria de entidades políticas previas. Otros sostienen que, en cambio, los bloques regionales
siempre quedarán subordinados a los Estados que los forman, sin reemplazarlos.
La integración regional, según Ernst Haas, consiste en que los Estados se mezclan y fusionan con
sus vecinos, perdiendo parte de su soberanía pero creando nuevas instituciones comunes capaces
de resolver conflictos y tomar decisiones vinculantes. Pueden acompañar al proceso otros
elementos —como mayor comercio, contactos entre élites, movilidad de personas o símbolos de
identidad compartida—, pero lo esencial son esas instituciones comunes.

La integración económica suele avanzar en cuatro etapas. Primero, la zona de libre comercio, en la
que desaparecen los aranceles internos entre países miembros. Segundo, la unión aduanera, que
añade un arancel común para las importaciones de terceros países. Tercero, el mercado común,
que incorpora la libre circulación de capitales y trabajo, además de bienes y servicios, lo que
implica coordinar políticas macroeconómicas y armonizar legislaciones. Cuarto, la unión
económica, que supone compartir una moneda y una política monetaria. A medida que la
integración económica avanza, se expande al terreno político: la movilidad de personas y la
coordinación de políticas generan decisiones que superan lo puramente técnico. Por eso se la
compara con procesos de construcción estatal, con la diferencia de que la integración regional
siempre es voluntaria, mientras que la unificación estatal raramente lo fue.

En los procesos históricos de construcción de Estados, como Italia o Alemania, los líderes
nacionales tuvieron un rol decisivo (Cavour o Bismarck). En cambio, en la integración regional
contemporánea destacan más los funcionarios que los jefes de gobierno. En el caso de la Unión
Europea (UE), los nombres recordados son Monnet, Schuman o Delors. Esto se debe a que la
integración es voluntaria: ningún Estado puede imponer ritmos o pautas a los demás.

La UE es el bloque más avanzado del mundo. Superó el estadio de mercado común, se consolidó
como unión económica y monetaria, y aspira a una unión política. Tiene un complejo entramado
institucional: combina decisiones por unanimidad y por mayoría, leyes comunitarias con el
principio de subsidiariedad, órganos supranacionales (la Corte de Justicia, el Parlamento Europeo
y la Comisión Ejecutiva) y órganos intergubernamentales (el Consejo Europeo y el Consejo de la
Unión). Su Corte de Justicia y su Parlamento electo la hacen única entre los bloques regionales.

En América Latina, los intentos de integración atravesaron tres etapas. La primera, a fines de los
años 50 y principios de los 60, con la ALALC y el Mercado Común Centroamericano, que
fracasaron pronto. La segunda, a fines de los 60, con la Comunidad Andina y CARICOM, que
también tuvieron poco éxito. La tercera, en los años 80, con las transiciones democráticas, cuando
se relanzaron experiencias previas, se creó la ALADI y nació el Mercosur (Argentina, Brasil,
Paraguay y Uruguay). Este último logró avances en sus primeros años, sobre todo en comercio e
inversiones, pero luego perdió dinamismo por crisis internas y baja institucionalización.

El estudio de la integración regional se divide en dos perspectivas. Una analiza la integración como
formación de nuevas comunidades políticas; la otra, como formas de gobernanza de esas
comunidades. En la primera, destacan dos teorías: el intergubernamentalismo liberal, que ve la
integración como resultado de la decisión soberana de los Estados, y el neofuncionalismo o
gobernanza supranacional, que sostiene que, una vez iniciada, la integración genera dinámicas
propias impulsadas por instituciones supranacionales.
El intergubernamentalismo liberal afirma que los Estados promueven la integración para
satisfacer demandas de sus actores domésticos y que, aunque deban ceder parte de su soberanía,
siempre tienen la opción de retirarse. Para este enfoque, la liberalización comercial y la
interdependencia económica son las condiciones clave, y las instituciones regionales son solo
mecanismos de coordinación. El neofuncionalismo, en cambio, sostiene que las instituciones
creadas (como la Comisión Europea o la Corte de Justicia en la UE) terminan ganando autonomía e
impulsan el proceso, retroalimentándolo.

En la UE, la gobernanza se da en múltiples niveles: participan gobiernos nacionales, instituciones


comunitarias, gobiernos locales y grupos sectoriales, todos presionando por sus intereses. Esto
traslada debates domésticos al terreno internacional y refuerza el papel de los ejecutivos. Algunos
ven aquí una transferencia de poder hacia la UE; otros, en cambio, sostienen que los Estados
nacionales se fortalecen.

En América Latina, la integración ha sido distinta. Allí han faltado actores transnacionales de peso,
por lo que el proceso ha dependido casi exclusivamente de las decisiones de los gobiernos
nacionales. Esto ha dado lugar a una integración “basada en la oferta”, en la que predominan los
ejecutivos, mientras parlamentos, tribunales y sociedad civil han tenido poca participación. En
consecuencia, los bloques regionales latinoamericanos son poco institucionalizados y dependen
de la voluntad de los presidentes.

Finalmente, la integración regional también se relaciona con el tamaño de los Estados. Según
Alesina y Spolaore, un Estado puede ser pequeño y viable si está integrado en mercados mayores,
lo que le da eficiencia económica y seguridad frente a amenazas externas (caso de Luxemburgo).
En cambio, los Estados grandes pueden sostenerse en su propio mercado interno y su capacidad
militar, pero la diversidad de preferencias dificulta la toma de decisiones. La integración regional
permite equilibrar ambas lógicas: los Estados mantienen ciertas decisiones a nivel nacional, donde
hay homogeneidad, y transfieren otras (comercio, defensa) al nivel regional, donde la escala es más
eficiente.

8. Las teorías del Estado


Definir qué es el Estado ya es una tarea difícil; teorizar sobre su origen y funcionamiento lo es
todavía más. La gran pregunta es: ¿qué causa al Estado? Algunos creen que surge para asegurar la
estabilidad política, otros piensan que su función principal es garantizar la explotación económica,
y hay quienes lo entienden como el resultado espontáneo de la interacción entre personas y
grupos. Incluso si se logra cierto acuerdo sobre cuáles son sus fines y funciones, aparece otra
cuestión: ¿cómo funciona el Estado? Aunque suele destacarse que la violencia es un recurso
constitutivo del poder estatal, también son centrales los componentes económicos e ideológicos.
Para responder a estas preguntas se han desarrollado tres grandes corrientes teóricas: el
pluralismo, el marxismo y el elitismo.

El pluralismo tiene sus raíces en el liberalismo y se desarrolló sobre todo en Gran Bretaña y
Estados Unidos. Nació en Europa como reacción contra el absolutismo y en América como
respuesta práctica para limitar el poder del nuevo Estado constitucional. Su idea central es que el
poder no está concentrado en el Estado, sino disperso en la sociedad, principalmente entre grupos
organizados (como sindicatos, asociaciones empresariales, partidos). Estos grupos, más que los
individuos aislados, son los que dan forma a la vida política. Después de la Segunda Guerra
Mundial, el pluralismo se convirtió en la corriente dominante en la ciencia política norteamericana.
Robert Dahl lo describía diciendo que las decisiones importantes se toman en muchos lugares
distintos del sistema político —la Casa Blanca, las burocracias, el Congreso, las cortes, los
gobiernos locales—, lo que impide que un solo grupo (sea clase, partido o etnia) controle todo.

El pluralismo no niega el conflicto, pero lo entiende como algo equilibrado, donde los grupos se
contrapesan entre sí. El Estado aparece como un árbitro neutral que recibe demandas y trata de
equilibrarlas. Sin embargo, en los años sesenta esta visión entró en crisis con la lucha por los
derechos civiles. Surgió entonces el neopluralismo, más crítico. Charles Lindblom, por ejemplo,
reconoció que los grupos vinculados al capital tienen un poder estructural privilegiado frente a
otros, no solo por su capacidad de lobby sino porque su posición económica les da ventajas de
base. Steven Lukes fue más allá y criticó al pluralismo porque solo mira el poder visible, ignorando
los mecanismos sutiles con que los grupos dominantes moldean el consenso, haciendo que la
coerción no desaparezca sino que se vuelva invisible.

Mientras tanto, en los sesenta también aparecieron dos nuevos enfoques globales que
desplazaron el análisis centrado en agentes. El estructural-funcionalismo trataba al “sistema
político” más que al Estado y se centraba en explicar el equilibrio, lo que servía para entender la
estabilidad pero no el cambio. Por otro lado, los enfoques marxistas también reducían la
autonomía del Estado, pero en este caso lo consideraban un reflejo de la lucha de clases y
buscaban explicar el conflicto.

El marxismo no tiene una teoría del Estado acabada, ya que su propósito práctico es superarlo y
eliminarlo. Por eso Colin Hay dice que la teoría marxista del Estado, en sentido estricto, “no
existe”. Sin embargo, ha hecho aportes decisivos. Marx y Engels lo definieron en 1848 como el
“comité de administración de los negocios de la burguesía”. León Trotsky, citado incluso por
Weber, decía que “todo Estado está basado en la fuerza”. A partir de esas ideas, dentro del
marxismo aparecieron tres corrientes principales: la gramsciana, la instrumentalista y la
estructuralista.

Antonio Gramsci, a comienzos del siglo XX, retomó las ideas de Lenin sobre la revolución. Lenin
veía al Estado burgués como un aparato represivo que debía ser destruido violentamente.
Gramsci coincidía en que era un instrumento de explotación capitalista, pero lo entendía además
como productor de hegemonía. Esto significa que la clase dominante no solo mantiene el poder
con coerción, sino también logrando que sus valores y visiones se conviertan en el “sentido
común” aceptado por toda la sociedad. Así, obtiene consenso, no solo obediencia.

En los años setenta se dio un fuerte debate dentro del marxismo entre los instrumentalistas y los
estructuralistas. Ralph Miliband sostenía que el Estado era un instrumento controlado
directamente por la clase dominante a través de sus representantes. Nicos Poulantzas, en cambio,
afirmaba que el Estado era capitalista por definición, surgía de la estructura de clases y no podía
ser considerado un simple instrumento de una clase social. Para unos, el Estado podía servir a
distintos intereses si cambiaban las fuerzas sociales; para otros, su lógica era siempre la de
reproducir el capitalismo.

Más adelante, Bob Jessop propuso una visión más flexible, superando esa oposición. Para él, la
relación entre Estado y clases es estratégica y relacional: no está predeterminada, sino que
depende de la interacción en cada contexto. Esto implica que no hay un único destino necesario,
sino múltiples posibles desenlaces. Al asumir esta visión, se abandona la idea marxista clásica de
que el Estado está destinado inevitablemente a desaparecer, pero se gana un análisis más realista
y contingente.

Tanto pluralistas como marxistas suelen analizar el Estado desde una perspectiva sociocéntrica, es
decir, como un reflejo de procesos sociales, lo que los lleva a un cierto determinismo. Desde los
años ochenta surgió un nuevo enfoque que buscó “traer al Estado de vuelta”, inspirándose en
Weber y otros autores. La idea es que muchos fenómenos políticos se entienden mejor si se
consideran causas políticas y no solo sociales o económicas. Este enfoque, conocido como elitista
o realista organizacional, retoma también ideas de clásicos como Mosca, Pareto y Michels.

El elitismo resalta que el Estado no siempre actúa en nombre de la sociedad o de una clase. A
menudo funciona para sí mismo, en el sentido de que quienes gobiernan —ya sean políticos electos
o burócratas— buscan beneficios propios y preservación del aparato estatal. Así, el Estado no sería
solo un instrumento de otros, sino también un actor con intereses propios, capaz de sostenerse y
reproducirse más allá de a quién diga representar.

9. Consideraciones finales

La política contemporánea se mueve en dos escenarios: el interno y el internacional. En el plano


interno, el principio organizador es la jerarquía; en el internacional, es la anarquía. Anarquía no
significa caos, sino ausencia de una autoridad suprema que ordene a todos los Estados. Del mismo
modo, jerarquía no implica necesariamente despotismo, sino la existencia de una autoridad última
que tiene la capacidad de decidir. Esa autoridad de última instancia marca una diferencia crucial:
dentro del Estado, los conflictos pueden resolverse jurídicamente, mientras que fuera de él la
resolución depende de la diplomacia y la negociación.

En el ámbito interno, existe lo que se llama la triada jurídica: si dos partes entran en conflicto,
pueden recurrir a un tercero imparcial —un juez— que tiene el poder de resolver la disputa de
manera inapelable. Esto significa que la justicia por mano propia queda expropiada por el Estado.
Como explicaba Hans Kelsen, la norma combina enunciado y sanción, y solo el monopolio estatal
de la violencia garantiza esa sanción, transformando lo que de otro modo sería un mandato moral
en un mandato jurídico. En el plano internacional, en cambio, no existe un juez supremo. El
derecho internacional funciona en algunos aspectos —como la regulación marítima o las
comunicaciones—, pero depende de la buena fe y de la conveniencia percibida por los Estados. Por
eso, la diplomacia es el principal mecanismo para procesar los conflictos entre países.

La gran pregunta es por qué el Estado ha logrado imponerse sobre otras formas de organización
política premodernas. Gianfranco Poggi ofrece dos respuestas complementarias. Desde una visión
racionalista, el Estado es la estructura más eficiente para acumular y organizar el poder político.
Desde una visión constructivista, el Estado produce expectativas, valores y normas que refuerzan
su legitimidad y le otorgan sentido al orden social, logrando así reproducirse en el tiempo. En
cualquier caso, el Estado contemporáneo es una de las expresiones más claras de la modernidad,
vinculada con el capitalismo como sistema económico, la ciencia como forma de conocimiento y
legitimación, y el individualismo liberal como principio moral universal.

Lo que distingue al Estado de otros actores sociales y políticos es su capacidad de garantizar la


seguridad, gracias a su monopolio legítimo de la violencia. Sin embargo, en el siglo XXI se observa
una división creciente: hay regiones donde el Estado funciona plenamente y otras donde falla,
dando lugar a “espacios no gobernados”. Aun así, como señala Ikenberry, los Estados siguen siendo
los principales vehículos de organización del orden político moderno. Ninguna otra forma —local,
regional, transnacional o global— ha logrado suplantar la legitimidad ni la lealtad que el Estado
genera.

Hoy en día se discuten dos posibles amenazas a la supremacía del Estado. La primera es la
globalización, que parece reducir la importancia de las fronteras nacionales. Las empresas
multinacionales pueden mover capitales de un país a otro casi sin restricciones, lo que hace pensar
que los Estados ya no pueden controlar los mercados como antes. La segunda es el resurgimiento
de nacionalismos internos, donde comunidades lingüísticas o religiosas reclaman independencia,
cuestionando a los Estados plurinacionales. Basta recordar que hace pocas décadas la Unión
Soviética y Yugoslavia parecían sólidos, y hoy dieron lugar a más de veinte países distintos.

Sin embargo, estos argumentos son más engañosos que certeros. La globalización, medida en
datos reales, está lejos de ser total: en los países de la OCDE, el comercio exterior representa
apenas el 30% del producto interno, lo que significa que alrededor del 85% de la producción sigue
orientada a los mercados nacionales. Lo mismo ocurre con la inversión y el trabajo, donde la
movilidad internacional es mucho más limitada de lo que suele creerse.

En cuanto a los nacionalismos, es cierto que han aumentado y han dado lugar a más países (de 74
en 1945 a 193 en la actualidad). Pero más países no significa menos Estado: al contrario, un nuevo
Estado independiente suele tener más autoridad que la que tenía antes como región autónoma.

Es verdad que algunos Estados son más frágiles que en el pasado: hay Estados fallidos como Haití,
otros con conflictos internos militarizados como Colombia, y algunos que atravesaron crisis
severas como Argentina en 2001. Pero también existen Estados más poderosos que nunca.
Estados Unidos pudo invadir Irak en semanas, China mantiene un fuerte control sobre su
población y territorio, y en los países industrializados el gasto estatal representa alrededor del
50% del PBI. Existen organizaciones internacionales como la ONU, entidades supranacionales
como la Unión Europea y empresas multinacionales de gran poder, pero aún están lejos de
reemplazar al Estado como centro del poder político.

En definitiva, aunque el Estado enfrenta desafíos por arriba (globalización) y por abajo
(nacionalismos), sigue siendo la forma de organización política más sólida y efectiva. Su rol en la
seguridad, la legitimidad y la organización social lo mantiene como la institución central del orden
político contemporáneo.

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