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XXIII Domingo Durante El Año 7 - IX - 2025: Paz Y Bien

El texto reflexiona sobre la exigencia del discipulado cristiano, enfatizando que nada debe estar por encima de Dios en nuestras vidas. Se aborda la fragilidad de los proyectos humanos y la necesidad de construir sobre fundamentos sólidos, reconociendo que el seguimiento de Jesús implica renuncias y sacrificios. Además, se menciona la importancia de los jóvenes en la edificación de su vida y se destaca la canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati como ejemplos de fe y compromiso.

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XXIII Domingo Durante El Año 7 - IX - 2025: Paz Y Bien

El texto reflexiona sobre la exigencia del discipulado cristiano, enfatizando que nada debe estar por encima de Dios en nuestras vidas. Se aborda la fragilidad de los proyectos humanos y la necesidad de construir sobre fundamentos sólidos, reconociendo que el seguimiento de Jesús implica renuncias y sacrificios. Además, se menciona la importancia de los jóvenes en la edificación de su vida y se destaca la canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati como ejemplos de fe y compromiso.

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PAZ Y BIEN

XXIII Domingo durante el año

7–IX– 2025
XXIII Domingo durante el año
7–IX– 2025

Textos:
Sab.: 9, 13-18.
Film.: 9b-10. 12-17.
Lc.: 14, 25-33.

“El que no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo”

El discipulado, al que Jesús nos llama, tiene una clara exigencia: nada
está sobre Dios.
Iluminados con la palabra exigente del Señor, querría detenerme en
nuestra vida como proyecto que se debe ir edificando, desde Cristo, como
la torre o la vida como lucha que se debe asumir con prudencia y no con
superficialidad que fácilmente nos lleva al fracaso.
El fracaso de los proyectos de vida personal o comunitaria se ha hecho
demasiado frecuente, pero lo disfrazamos y no lo computamos como fracaso
sino como un “nuevo” comienzo o “debo darme una nueva oportunidad”,
solemos afirmar.
Los proyectos humanos se han tornado frágiles, poco sustentables en
el tiempo en los que los fracasos se intentan ocultar o disfrazar.
Pese al enriquecimiento por las conquistas y logros de la civilización,
la existencia, la vida interior del hombre, se ha ido empobreciendo cada vez
más en valores espirituales (cfr. Philipp Lerch, “El hombre en la
actualidad”).
Hermanos, no se puede edificar ni ir a la lucha sin certezas que nos
brinden un soporte y una orientación que nos de seguridad. Pero las certezas
han caído, vivimos una profunda crisis religiosa y el hombre posmoderno
está instalado en una profunda “desorientación vital” (R. Guardini).
Frente a este panorama, debemos hacernos una pregunta que mira a
fundamentar nuestra existencia: ¿Quiénes somos y para qué estamos? Hoy
debemos dirigir nuestra mirada atenta hacia lo que fundamenta nuestro
proyecto de vida en lo personal, en lo familiar y en lo social.
Debemos reconocer y aceptar que la vida es construcción y
que edificar es sacrificar; esto es lo que Jesús nos enseña y propone
mediante las exigencias y rechazos que supone seguir a Jesús: “cualquiera
que venga a mí…”; estas renuncias, muchas veces desgarradoras, no son
mutilaciones, pues parten de una plenitud exigente, y no de una indigencia,
son exigencias fundantes y creadoras del proyecto de vida. “Toda
organización, toda teoría, toda técnica que niega a la persona esta vocación
fundamental de la elección exigente y responsable, o que enrarece su
ejercicio, es un veneno más peligroso que la desesperación, aunque vaya
acompañada de mil seducciones” (E. Maunier, “El personalismo”).
La exigencia en el seguir a Jesús, nos recuerda que el hombre es capaz
de aceptar una disciplina, un estilo de vida como el que nos propone Jesús,
aunque deba pagar con la soledad, aunque deba remar contra la corriente, y
negarse a toda mediocridad, pues el hombre se da o se niega, pero jamás se
presta.
Hermanos, debemos asumir la vida como un permanente riesgo, el
Señor nos llama a vivirla como una batalla que no acepta medias tintas sino
un permanente desinstalarnos; el cristiano no puede ni debe preferir la
servidumbre en la seguridad al riesgo en la independencia y libertad; la vida
material y vegetativa a la aventura humano-divina que Jesús propone. Él nos
propone un ideal y nosotros debemos respetar la jerarquía de valores que él
posee. No respetar esto en el ideal que Jesús nos propone, hace que éste se
vuelva “Ídolo” o “Ilusión” (cfr. H. Mondrioni, “La vocación del hombre”).
Frecuentemente me suelo preguntar si esto es lo que proponemos a
nuestros niños y jóvenes que están edificando la “torre” de su vida, o
dejamos que pongan cualquier fundamento a su vida que los lleve a unirse
en el lodo que este mundo les ofrece.
Cuando no respetamos el ideal evangélico, la meta de la vida cristiana
se alimenta de “mitos” e “ilusiones”, generando caricaturas o
desfiguraciones del verdadero rostro del ideal al que Jesús nos llama.
Hoy la mentira y el mal se tratan de disimular con palabras que no
expresan la verdad de la gravedad de los hechos; la aborto, que es un
crimen, se lo llama “control terapéutico de la natalidad”; se habla de egos
en lugar de definir ciertas actitudes como la más terrible soberbia y a la
realidad se la cambia o disfraza de relato.
El apetito de verdad y el apetito de realidad, constituyen el antídoto
contra la tentación de falsear o bastardear el ideal que Jesús nos propone; de
otra manera el Evangelio se transforma en mito o ilusión construida por
nosotros.
Hermanos, Jesús nos llama a liberarnos de falsas ilusiones y de mitos,
nos llama a edificar nuestra vida sobre fundamentos sólidos, nos llama a
imitar su vida, a colocarlo por encima de todos los demás, aunque se trate
de personas muy queridas: del padre o la madre, hijo o hija, amigo o amiga.
El Señor nos propone como exigencia y fundamento de nuestra vida
de discípulos, la cruz, pues el cristianismo y la cruz son inseparables. Desde
que Jesucristo tuvo que emprender el camino de la cruz, ésta está enclavada
en la senda de todo aquel que quiera ser cristiano. Cada uno halla “su” cruz.
La naturaleza se rebela contra ello. Pretende “guardarse”. No quiere pasar
por ello. Pero Jesús dice -y esta es la luz fundamental del cristianismo-:
“quien quiere guardar su persona, su vida, su alma, las perderá. Pero el
que se entrega a la cruz a él destinada en cada momento, las hallará y
guardará siempre como un yo eterno que participa en la vida de
Jesucristo” (R. Guardini). Así se es discípulo del Señor.
De esta manera Jesús quiere proporcionarnos un punto de apoyo sobre
el que podamos edificar nuestra vida y sostenernos para enderezar la línea
de nuestra existencia y orientarla enérgicamente hacia Dios. Así el Señor es
la piedra fundante del proyecto de nuestra vida y la brújula segura que nos
marca el camino hacia Dios.
Hoy el Papa canonizará a un adolescente y a un joven. El primero es
Carlo Acutis, primer santo nacido en este milenio y muy cercano a cualquier
adolescente de este tiempo que supo utilizar el internet para anunciar el
Evangelio.
Pero el joven Pier Giorgio Frassati es menos conocido, ya que murió
el 4 de julio de 1925; por ello desearía dar un pequeño perfil de su
personalidad con las palabras que sobre él nos dejó S. Pablo VI,
contemporáneo de Pier Giorgio: “¿La figura de Pier Giorgio puede darnos
consuelo? - se preguntaba Mons, Montini, futuro papa Pablo VI- La figura
de Pier Giorgio es un escudo contra una de las más fuertes y sutiles
tentaciones que atentan contra la vida espiritual, la vida cristiana, la vida
cristiana auténtica completa, ávida de perfección, además, esta tentación
representa una concepción estrecha de la existencia humana, un ideal
logrado, un mundo pequeño y cerrado, un arcaísmo que sólo quien vive a
la orilla del gran río de la actividad moderna puede hacerlo suyo al ideal
que vivió Pier Giorgio Frassati.
Los jóvenes entienden lo que dijo y vivió este joven santo porque la
tentación se dirige especialmente contra ellos.” (“Pier Giogio Frassati en la
memoria de Giovanni Battista Montini”, en notiziaria n° 89).
Hermanos, pidamos al buen Dios que podamos aceptar los
fundamentos que nos da para edificar la torre de nuestra vida y nos conceda
“la sabiduría” que nos “salva” de toda preocupación que nos impide toda
visión de las cosas del cielo.

Amén.
G. in D.

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