ALUMNO: BRANDON STEPHEN JIMÉNEZ CABRERA
CURSO: MORAL FUNDAMENTAL
DOCENTE: NELSON DE JESÚS PATIÑO
LICENCIATURA EN FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN RELIGIOSA
UNIVERSIDAD CATÓLICA DE ORIENTE
2020
RESUMEN
CARTA ENCÍCLICA VERITATIS SPLENDOR
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II A TODOS LOS OBISPOS DE LA
IGLESIA CATÓLICA SOBRE ALGUNAS CUESTIONES FUNDAMENTALES DE
LA ENSEÑANZA MORAL DE LA IGLESIA
JESUCRISTO, LUZ VERDADERA QUE ILUMINA A TODO HOMBRE.
En la Iglesia está siempre viva la conciencia de su «deber permanente de escrutar
a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma
que, de manera adecuada a cada generación, pueda responder a los permanentes
interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre
la relación mutua entre ambas.
OBJETO DE LA PRESENTE ENCÍCLICA
Siempre, pero sobre todo en los dos últimos siglos, los Sumos Pontífices, ya sea
personalmente o junto con el Colegio episcopal, han desarrollado y propuesto una
enseñanza moral sobre los múltiples y diferentes ámbitos de la vida humana. En
nombre y con la autoridad de Jesucristo, han exhortado, denunciado, explicado; por
fidelidad a su misión, y comprometiéndose en la causa del hombre, han confirmado,
sostenido, consolado; con la garantía de la asistencia del Espíritu de verdad han
contribuido a una mejor comprensión de las exigencias morales en los ámbitos de
la sexualidad humana, de la familia, de la vida social, económica y política.
El Catecismo presenta la vida moral de los creyentes en sus fundamentos y en sus
múltiples contenidos como vida de «los hijos de Dios». En él se afirma que «los
cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en
adelante una "vida digna del evangelio de Cristo" (Flp 1, 27).
CAPITULO I
"MAESTRO, ¿QUÉ HE DE HACER DE BUENO…?" (MT 19,16)
CRISTO Y LA RESPUESTA A LA PREGUNTA MORAL
La vida moral se presenta como la respuesta debida a las iniciativas gratuitas que
el amor de Dios multiplica en favor del hombre. Es una respuesta de amor, según
el enunciado del mandamiento fundamental que hace el Deuteronomio: «Escucha,
Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estos
preceptos que yo te dicto hoy.
La afirmación de que «uno solo es el Bueno» nos remite así a la «primera tabla» de
los mandamientos, que exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto, y a
darle culto solamente a él porque es infinitamente santo (cf. Ex 20, 2-11). El bien es
pertenecer a Dios, obedecerle, caminar humildemente con él practicando la justicia
y amando la piedad (cf. Mi 6,8). Reconocer al Señor como Dios es el núcleo
fundamental, el corazón de la Ley, del que derivan y al que se ordenan los preceptos
particulares.
«SI QUIERES ENTRAR EN LA VIDA, GUARDA LOS MANDAMIENTOS» (MT 19,
17)
Por esto, y tras precisar que «uno solo es el Bueno», Jesús responde al joven: «Si
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). De este modo, se
enuncia una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los
mandamientos de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida
eterna y a ella conducen. Por boca del mismo Jesús, nuevo Moisés, los
mandamientos del Decálogo son nuevamente dados a los hombres.
Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y
al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el
camino hacia la libertad, su inicio. «La primera libertad —dice san Agustín consiste
en estar exentos de crímenes..., como serían el homicidio, el adulterio, la
fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno
comienza a no ser culpable de estos crímenes, comienza a alzar los ojos a la
libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta...
«SI QUIERES SER PERFECTO» (MT 19, 21)
La perfección exige aquella madurez en el darse a sí mismo, a que está llamada la
libertad del hombre. Jesús indica al joven los mandamientos como la primera
condición irrenunciable para conseguir la vida eterna; el abandono de todo lo que el
joven posee y el seguimiento del Señor asumen, en cambio, el carácter de una
propuesta: «Si quieres...»
Esta vocación al amor perfecto no está reservada de modo exclusivo a una élite de
personas. La invitación: «anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres», junto
con la promesa: «tendrás un tesoro en los cielos», se dirige a todos, porque es una
radicalización del mandamiento del amor al prójimo. De la misma manera, la
siguiente invitación: «ven y sígueme», es la nueva forma
«VEN, Y SÍGUEME» (MT 19, 21)
Es Jesús mismo quien toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada está dirigida
sobre todo a aquellos a quienes confía una misión particular, empezando por los
Doce; pero también es cierto que la condición de todo creyente es ser discípulo de
Cristo ([Link] 6, 1). Por esto, seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de
la moral cristiana: como el pueblo de Israel seguía a Dios, que lo guiaba por el
desierto hacia la tierra prometida.
El modo de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos
constituyen la regla moral de la vida cristiana. En efecto, estas acciones suyas y, de
modo particular, el acto supremo de su pasión y muerte en la cruz, son la revelación
viva de su amor al Padre y a los hombres. Éste es el amor que Jesús. Seguir a
Cristo no es una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más
profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a él, que se hizo
servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2, 5-8). Mediante la fe.
«PARA DIOS TODO ES POSIBLE» (MT 19, 26)
Imitar y revivir el amor de Cristo no es posible para el hombre con sus solas fuerzas.
Se hace capaz de este amor sólo gracias a un don recibido. Lo mismo que el Señor
Jesús recibe el amor de su Padre, así, a su vez, lo comunica gratuitamente a los
discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros;
permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). El don de Cristo es su Espíritu, cuyo primer
«fruto» (cf. Ga 5, 22) es la caridad.
El amor y la vida según el Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo la
categoría de precepto, porque lo que exigen supera las fuerzas del hombre. Sólo
son posibles como fruto de un don de Dios, que sana, cura y transforma el corazón
del hombre por medio de su gracia. Por otra parte, precisamente la conciencia de
haber recibido el don, de poseer en Jesucristo el amor de Dios, genera y sostiene
la respuesta responsable de un amor pleno hacia Dios y entre los hermanos.
«HE AQUÍ QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS HASTA EL FIN
DEL MUNDO» (MT 28, 20)
La tarea de su interpretación ha sido confiada por Jesús a los Apóstoles y a sus
sucesores, con la asistencia especial del Espíritu de la verdad: «Quien a vosotros
os escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16). Con la luz y la fuerza de este Espíritu,
los Apóstoles cumplieron la misión de predicar el Evangelio y señalar el «camino»
del Señor.
Además, como afirma de modo particular el Concilio, «el oficio de interpretar
auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al
Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo» De este
modo, la Iglesia, con su vida y su enseñanza, se presenta como «columna y
fundamento de la verdad».
CAPITULO II
"NO OS CONFORMÉIS A LA MENTALIDAD DE ESTE MUNDO" (Rom 12,2)
LA IGLESIA Y EL DISCERNIMIENTO DE ALGUNAS TENDENCIAS DE LA
TEOLOGÍA MORAL ACTUAL
La teología moral es una reflexión que concierne a la «moralidad», o sea, al bien y
al mal de los actos humanos y de la persona que los realiza, y en este sentido está
abierta a todos los hombres; pero es también teología, en cuanto reconoce el
principio y el fin del comportamiento moral en el único que es Bueno y que, dándose
al hombre en Cristo, le ofrece las bienaventuranzas de la vida divina.
El concilio vaticano II invitó a los estudiosos a poner «una atención especial en
perfeccionar la teología moral; su exposición científica, alimentada en mayor grado
con la doctrina de la sagrada Escritura, ha de iluminar la excelencia de la vocación
de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en el amor para la vida del
mundo. El esfuerzo de muchos teólogos, alentados por el Concilio, ya ha dado sus
frutos con interesantes y útiles reflexiones sobre las verdades de fe que hay que
creer y aplicar en la vida, presentadas de manera más adecuada a la sensibilidad y
a los interrogantes de los hombres de nuestro tiempo.
«CONOCERÉIS LA VERDAD Y LA VERDAD OS HARÁ LIBRES» (JN 8, 32)
El hombre puede convertirse al bien sólo en la libertad. Pero, ¿qué libertad? El
Concilio —frente a aquellos contemporáneos nuestros que «tanto defienden» la
libertad y que la «buscan ardientemente», pero que «a menudo la cultivan de mala
manera, como si fuera lícito todo con tal de que guste, incluso el mal», presenta la
verdadera libertad: «La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en
el hombre. Pues quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propia decisión".
I. LA LIBERTAD Y LA LEY
«DEL ÁRBOL DE LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL NO COMERÁS» (GN 2, 17)
Con esta imagen, la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el
mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es ciertamente libre, desde
el momento en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Se ha
querido reafirmar, además, el carácter interior de las exigencias éticas que derivan
de esa misma ley y que no se imponen a la voluntad como una obligación, sino en
virtud del reconocimiento previo de la razón humana y, concretamente, de la
conciencia personal.
En este contexto es absolutamente necesario aclarar, a la luz de la palabra de Dios
y de la tradición viva de la Iglesia, las nociones fundamentales sobre la libertad
humana y la ley moral, así como sus relaciones profundas e internas.
DIOS QUISO DEJAR AL HOMBRE «EN MANOS DE SU PROPIO ALBEDRÍO» (SI
15, 14)
Citando las palabras del Eclesiástico, el concilio vaticano II explica así la «verdadera
libertad» que en el hombre es «signo eminente de la imagen divina»: «Quiso Dios
"dejar al hombre en manos de su propio albedrío", de modo que busque sin
coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz
perfección.
La ley moral proviene de Dios y en él tiene siempre su origen. En virtud de la razón
natural, que deriva de la sabiduría divina, la ley moral es, al mismo tiempo, la ley
propia del hombre. En efecto, la ley natural, como se ha visto, «no es otra cosa que
la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios.
DICHOSO EL HOMBRE QUE SE COMPLACE EN LA LEY DEL SEÑOR (CF. SAL
1, 1-2)
La libertad del hombre, modelada según la de Dios, no sólo no es negada por su
obediencia a la ley divina, sino que solamente mediante esta obediencia permanece
en la verdad y es conforme a la dignidad del hombre. Dios llama al hombre a
participar de su providencia, queriendo por medio del hombre mismo, o sea, a través
de su cuidado razonable y responsable, dirigir el mundo: no sólo el mundo de la
naturaleza, sino también el de las personas humanas.
El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien
y del mal que él mismo realiza mediante su razón iluminada por la revelación divina
y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por
los mandamientos del Sinaí.
«COMO QUIENES MUESTRAN TENER LA REALIDAD DE ESA LEY ESCRITA
EN SU CORAZÓN» (RM 2, 15)
Dios ha creado al hombre como ser racionalmente libre; lo ha dejado «en manos de
su propio albedrío» y de él espera una propia y racional formación de su vida. El
amor al prójimo significaría sobre todo o exclusivamente un respeto a su libre
decisión sobre sí mismo. Los mecanismos de los comportamientos propios del
hombre, así como las llamadas inclinaciones naturales.
La persona, mediante la luz de la razón y la ayuda de la virtud, descubre en su
cuerpo los signos precursores, la expresión y la promesa del don de sí misma, según
el sabio designio del Creador. Es a la luz de la dignidad de la persona humana que
debe afirmarse por sí misma como la razón descubre el valor moral específico de
algunos bienes a los que la persona se siente naturalmente inclinada. La ley natural,
así entendida, no deja espacio de división entre libertad y naturaleza. En efecto,
éstas están armónicamente relacionadas entre sí e íntima y mutuamente aliadas.
«PERO AL PRINCIPIO NO FUE ASÍ» (MT 19, 8)
La Iglesia ha enseñado siempre que nunca se deben escoger comportamientos
prohibidos por los mandamientos morales, expresados de manera negativa en el
Antiguo y en el Nuevo Testamento. Como se ha visto, Jesús mismo afirma la
inderogabilidad de estas prohibiciones: «Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos...: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás
testimonio falso» (Mt 19, 17-18).
No se puede negar que el hombre existe siempre en una cultura concreta, pero
tampoco se puede negar que el hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra
parte, el progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo
que las transciende.
II. CONCIENCIA Y VERDAD
EL SAGRARIO DEL HOMBRE
La relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el
corazón de la persona, o sea, en su conciencia moral: «En lo profundo de su
conciencia, afirma el concilio vaticano II, el hombre descubre una ley que él no se
da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es
necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien
y a evitar el mal.
Algunos autores, queriendo poner de relieve el carácter creativo de la conciencia,
ya no llaman a sus actos con el nombre de juicios, sino con el de decisiones. Sólo
tomando autónomamente estas decisiones el hombre podría alcanzar su madurez
moral.
EL JUICIO DE LA CONCIENCIA
El término razonamientos evidencia el carácter propio de la conciencia, que es el de
ser un juicio moral sobre el hombre y sus actos. Es un juicio de absolución o de
condena según que los actos humanos sean conformes o no con la ley de Dios
escrita en el corazón. Precisamente, del juicio de los actos y, al mismo tiempo, de
su autor y del momento de su definitivo cumplimiento.
La verdad sobre el bien moral, manifestada en la ley de la razón, es reconocida
práctica y concretamente por el juicio de la conciencia, el cual lleva a asumir la
responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal,
el justo juicio de su conciencia es en él testigo de la verdad universal del bien, así
como de la malicia de su decisión particular.
BUSCAR LA VERDAD Y EL BIEN
la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia
recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el de la conciencia
errónea, se trata de lo que el hombre, equivocándose, considera subjetivamente
verdadero. La conciencia, como juicio último concreto, compromete su dignidad
cuando es errónea culpablemente, o sea «cuando el hombre no trata de buscar la
verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como
consecuencia de su hábito de pecado.
Los cristianos tienen como afirma el Concilio en la Iglesia y en su Magisterio una
gran ayuda para la formación de la conciencia: «Los cristianos, al formar su
conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia.
Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión
es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad.
III. LA ELECCIÓN FUNDAMENTAL Y LOS COMPORTAMIENTOS CONCRETOS
«SÓLO QUE NO TOMÉIS DE ESA LIBERTAD PRETEXTO PARA LA CARNE»
(GÁL 5, 13)
No hay duda de que la doctrina moral cristiana, en sus mismas raíces bíblicas,
reconoce la específica importancia de una elección fundamental que califica la vida
moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios. Se trata de la elección
de la fe, de la obediencia de la fe.
Con todo, es necesario añadir una importante consideración pastoral. En la lógica
de las teorías mencionadas anteriormente, el hombre, en virtud de una opción
fundamental, podría permanecer fiel a Dios independientemente de la mayor o
menor conformidad de algunas de sus elecciones y de sus actos concretos con las
normas o reglas morales específicas. En realidad, el hombre no va a la perdición
solamente por la infidelidad a la opción fundamental, según la cual se ha entregado
«entera y libremente a Dios» 113. Con cualquier pecado mortal cometido
deliberadamente, el hombre ofende a Dios que ha dado la ley y, por tanto, se hace
culpable frente a toda la ley (cf. St 2, 8-11); a pesar de conservar la fe, pierde la
«gracia santificante»
PECADO MORTAL Y VENIAL
La exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia ha confirmado la
importancia y la actualidad permanente de la distinción entre pecados mortales y
veniales, según la tradición de la Iglesia. Y el Sínodo de los obispos de 1983, del
cual ha emanado dicha exhortación, «no sólo ha vuelto a afirmar cuanto fue
proclamado por el concilio de Trento sobre la existencia y la naturaleza de los
pecados mortales y veniales, sino que ha querido recordar que es pecado mortal lo
que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno
conocimiento y deliberado consentimiento»
IV. EL ACTO MORAL
TELEOLOGÍA Y TELEOLOGISMO
La relación entre la libertad del hombre y la ley de Dios, que encuentra su ámbito
vital y profundo en la conciencia moral, se manifiesta y realiza en los actos humanos.
Es precisamente mediante sus actos como el hombre se perfecciona en cuanto tal,
como persona llamada a buscar espontáneamente a su Creador y a alcanzar
libremente, mediante su adhesión a él, la perfección feliz y plena.
Los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o
malicia del hombre mismo que realiza esos actos. Éstos no producen sólo un
cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones
deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan
su profunda fisonomía espiritual.
La respuesta de Jesús remitiendo a los mandamientos manifiesta también que el
camino hacia el fin está marcado por el respeto de las leyes divinas que tutelan el
bien humano. Sólo el acto conforme al bien puede ser camino que conduce a la
vida. El cristiano, gracias a la revelación de Dios y a la fe, conoce la novedad que
marca la moralidad de sus actos; éstos están llamados a expresar la mayor o menor
coherencia con la dignidad y vocación que le han sido dadas por la gracia: en
Jesucristo y en su Espíritu, el cristiano es creatura nueva, hijo de Dios, y mediante
sus actos manifiesta su conformidad o divergencia con la imagen del Hijo que es el
primogénito entre muchos hermanos.
EL OBJETO DEL ACTO DELIBERADO
Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, «hay comportamientos concretos
cuya elección es siempre errada porque ésta comporta un desorden de la voluntad,
es decir, un mal moral. Sucede frecuentemente afirma el Aquinate que el hombre
actúe con buena intención, pero sin provecho espiritual porque le falta la buena
voluntad.
Por ejemplo, uno roba para ayudar a los pobres: en este caso, si bien la intención
es buena, falta la rectitud de la voluntad porque las obras son malas. En conclusión,
la buena intención no autoriza a hacer ninguna obra mala. "Algunos dicen: hagamos
el mal para que venga el bien. Estos bien merecen la propia condena"
EL «MAL INTRÍNSECO»: NO ES LÍCITO HACER EL MAL PARA LOGRAR EL
BIEN (CF. RM 3, 8)
La doctrina del objeto, como fuente de la moralidad, representa un explicitación
auténtico de la moral bíblica de la Alianza y de los mandamientos, de la caridad y
de las virtudes. La calidad moral del obrar humano depende de esta fidelidad a los
mandamientos, expresión de obediencia y de amor.
CAPITULO III
"PARA NO DESVIRTUAR LA CRUZ DE CRISTO" (1 COR 1,17)
EL BIEN MORAL PARA LA VIDA DE LA IGLESIA Y DEL MUNDO
«PARA SER LIBRES NOS LIBERTÓ CRISTO» (GA 5, 1)
Según la fe cristiana y la doctrina de la Iglesia «solamente la libertad que se somete
a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona
consiste en estar en la verdad y en realizar la verdad»
Concretamente, en Jesús crucificado la Iglesia encuentra la respuesta al
interrogante que atormenta hoy a tantos hombres: cómo puede la obediencia a las
normas morales universales e inmutables respetar la unicidad e irrepetibilidad de la
persona y no atentar a su libertad y dignidad. Cristo manifiesta, ante todo, que el
reconocimiento honesto y abierto de la verdad es condición para la auténtica
libertad: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32)
CAMINAR EN LA LUZ (CF. 1 JN 1, 7)
Urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que
no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar
con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria
viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida.
"Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está
en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado
a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece
en él, debe vivir como vivió él»
EL MARTIRIO, EXALTACIÓN DE LA SANTIDAD INVIOLABLE DE LA LEY DE
DIOS
Ya en la antigua alianza encontramos admirables testimonios de fidelidad a la ley
santa de Dios llevada hasta la aceptación voluntaria de la muerte. Ejemplar es la
historia de Susana: a los dos jueces injustos, que la amenazaban con hacerla matar
si se negaba a ceder a su pasión impura, responde así: «¡Qué aprieto me estrecha
por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de
vosotros.
La Iglesia propone el ejemplo de numerosos santos y santas, que han testimoniado
y defendido la verdad moral hasta el martirio o han preferido la muerte antes que
cometer un solo pecado mortal. Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha
canonizado su testimonio y ha declarado verdadero su juicio, según el cual el amor
implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos.
LAS NORMAS MORALES UNIVERSALES E INMUTABLES AL SERVICIO DE LA
PERSONA Y DE LA SOCIEDAD
En realidad, la verdadera comprensión y la genuina compasión deben significar
amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da,
ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponiéndola con su
profundo significado de irradiación de la sabiduría eterna de Dios, recibida por medio
de Cristo, y de servicio al hombre.
De este modo, las normas morales, y en primer lugar las negativas, que prohíben el
mal, manifiestan su significado y su fuerza personal y social. Protegiendo la
inviolable dignidad personal de cada hombre, ayudan a la conservación misma del
tejido social humano y a su desarrollo recto y fecundo.
LA MORAL Y LA RENOVACIÓN DE LA VIDA SOCIAL Y POLÍTICA
Ante las graves formas de injusticia social y económica, así como de corrupción
política que padecen pueblos y naciones enteras, aumenta la indignada reacción de
muchísimas personas oprimidas y humilladas en sus derechos humanos
fundamentales, y se difunde y agudiza cada vez más la necesidad de una radical
renovación personal y social capaz de asegurar justicia, solidaridad, honestidad y
transparencia.
Así, en cualquier campo de la vida personal, familiar, social y política, la moral que
se basa en la verdad y que a través de ella se abre a la auténtica libertad ofrece un
servicio original, insustituible y de enorme valor no sólo para cada persona y para
su crecimiento en el bien, sino también para la sociedad y su verdadero desarrollo.
GRACIA Y OBEDIENCIA A LA LEY DE DIOS
Es en la cruz salvífica de Jesús, en el don del Espíritu Santo, en los sacramentos
que brotan del costado traspasado del Redentor (cf. Jn 19, 34), donde el creyente
encuentra la gracia y la fuerza para observar siempre la ley santa de Dios, incluso
en medio de las dificultades más graves.
Como dice san Andrés de Creta, la ley misma “fue vivificada por la gracia y puesta
a su servicio en una composición armónica y fecunda”.
MORAL Y NUEVA EVANGELIZACIÓN
La evangelización es el desafío más perentorio y exigente que la Iglesia está
llamada a afrontar desde su origen mismo. En realidad, este reto no lo plantean sólo
las situaciones sociales y culturales, que la Iglesia encuentra a lo largo de la historia,
sino que está contenido en el mandato de Jesús resucitado, que define la razón
misma de la existencia de la Iglesia: «Id por todo el mundo y proclamad la buena
nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).
En la raíz de la nueva evangelización y de la vida moral nueva, que ella propone y
suscita en sus frutos de santidad y acción misionera, está el Espíritu de Cristo,
principio y fuerza de la fecundidad de la santa Madre Iglesia, como nos recuerda
Pablo VI: “No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo.”
EL SERVICIO DE LOS TEÓLOGOS MORALISTAS
Para definir la identidad misma y, por consiguiente, realizar la misión propia de la
teología, es fundamental reconocer su íntimo y vivo nexo con la Iglesia, su misterio,
su vida y misión: «La teología es ciencia eclesial, porque crece en la Iglesia y actúa
en la Iglesia... Está al servicio de la Iglesia y por lo tanto debe sentirse
dinámicamente inserta en la misión de la Iglesia.
En la oposición a la enseñanza de los pastores no se puede reconocer una legítima
expresión de la libertad cristiana ni de las diversidades de los dones del Espíritu
Santo. En este caso, los pastores tienen el deber de actuar de conformidad con su
misión apostólica, exigiendo que sea respetado siempre el derecho de los fieles a
recibir la doctrina católica en su pureza e integridad.
NUESTRAS RESPONSABILIDADES COMO PASTORES
En efecto, es la primera vez que el Magisterio de la Iglesia expone con cierta
amplitud los elementos fundamentales de esa doctrina, presentando las razones del
discernimiento pastoral necesario en situaciones prácticas y culturales complejas y
hasta críticas.
A la luz de la Revelación y de la enseñanza constante de la Iglesia y especialmente
del concilio vaticano II, he recordado brevemente los rasgos esenciales de la
libertad, los valores fundamentales relativos a la dignidad de la persona y a la verdad
de sus actos, hasta el punto de poder reconocer, al obedecer a la ley moral, una
gracia y un signo de nuestra adopción en el Hijo único.
CONCLUSIÓN
María es signo luminoso y ejemplo preclaro de vida moral: «su vida es enseñanza
para todos», escribe san Ambrosio, que, dirigiéndose en especial a las vírgenes,
pero en un horizonte abierto a todos, afirma: «El primer deseo ardiente de aprender
lo da la nobleza del maestro. Y ¿quién es más noble que la Madre de Dios o más
espléndida que aquella que fue elegida por el mismo Esplendor?».
Vive y realiza la propia libertad entregándose a Dios y acogiendo en sí el don de
Dios. Hasta el momento del nacimiento, custodia en su seno virginal al Hijo de Dios
hecho hombre, lo nutre, lo hace crecer y lo acompaña en aquel gesto supremo de
libertad que es el sacrificio total de su propia vida.
(II, 1993)
BIBLIOGRAFÍA
II, J. P. (1993). CARTA ENCÍCLICA VERITATIS SPLENDOR. Vaticano: San
Pablo.