Fire and Ice
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Fire And Ice
ISBN: 9780060525590
Category: Media > Books
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Language: English
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Fire And Ice
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240 D. F. SARMIENTO machucar (1). Y con aire significativo
añade: — Los amigos de abajo (2) no quieren Constitución.» Estas
palabras las vertía ya desde Tucumán. Cuando le llegaron
comunicaciones de Buenos Aires y gacetas en que se registraban los
ascensos concedidos a los oficiales generales que habían hecho la
estéril campaña de Córdoba, Quiroga decía al general Huidobro:
«Vea usted si han sido para mandarme dos títulos en blanco para
premiar a mis oficiales, después que nosotros lo hemos hecho todo.
¡Porteños habían de ser!» Sabe que López tiene en su poder su
caballo moro sin mandárselo, y Quiroga se enfurece con la noticia.
«¡Gaucho, ladrón de vacas! — exclama — , ¡caro te va a costar el
placer de montar en bueno!» Y como las amenazas y los denuestos
continuasen, Huidobro y otros jefes se alarman de la indiscreción
con que se vierte de una manera tan pública. ¿Cuál es el
pensamiento secreto de Quiroga? ¿Qué ideas lo preocupan desde
entonces? El no es gobernador de ninguna provincia, no conserva
ejército sobre las armas; tan sólo le quedaba un nombre reconocido
y temido en ocho provincias y aun armamento. A su paso por La
Rioja ha dejado escondidos en los bosques todos los fusiles, sables,
lanzas y tercerolas que ha recolectado en los ocho pueblos que ha
recorrido; pasan de 12.000 armas. Un parque de 26 piezas de
artillería queda en la ciudad, con depósitos abundantes de
municiones y fornituras; 16.000 (1) Frase vulgar tomada del modo
de lavar de la plebe golpeando la ropa; quiere decir que todavía
faltan muchas dificultades que vencer. (2) Pueblos de abajo, Buenos
Aires, etc,; de arriba, Tucumán, etc.
FACUNDO 241 caballos escogidos van a pacer en la
quebrada de Huaco: que es un inmenso valle cerrado por una
estrecha garganta. La Rioja es, además de la cuna de su poder, el
punto central de las provincias que están bajo su influencia. A la
menor señal, el arsenal aquel proveerá de elementos de guerra a
12.000 hombres. Y no se crea que lo de esconder los fusiles en los
bosques es Una ficción poética. Hasta el año 1841 se han estado
desenterrando depósitos de fusiles, y créese todavía, aunque sin
fundamento, que no se han exhumado todas las armas escondidas
bajo de tierra entonces. El año 1830 el general La Madrid se apoderó
de un tesoro de 30.000 pesos pertenecientes a Quiroga, y muy
luego fué denunciado otro de 15.000. Quiroga le escribía después
haciéndole cargo de 59.000 pesos, que, según su dicho, contenían
aquellos dos entierros, que sin duda entre otros había dejado en la
Rioja desde antes de la batalla de Oncativo, al mismo tiempo que
daba la muerte y tormento a tantos ciudadanos a fin de arrancarles
dinero para la guerra. En cuanto a las verdaderas cantidades
escondidas, el general La Madrid ha sospechado después que la
aserción de Quiroga fuese exacta, por cuanto habiendo caído
prisionero el descubridor, ofreció 10.000 pesos por su libertad, y no
habiéndola obtenido, se quitó la vida degollándose. Estos
acontecimientos son demasiado ilustrativos para que me excuse de
referirlos. El interior tenía, pues, un jefe; y el derrotado de Oncativo,
a quien no se habían confiada otras tropas en Buenos Aires que
unos centenares de presidiarios, podía ahora mirarse como el
segundo, si no el primero, en poder. Para hacer más sensible la
escisión de la República en dos f rac16
242 D. F. SARMIENTO ciones, las provincias litorales del
Plata habían celebrado un convenio o federación, por la cual se
garantían mutuamente su independencia y libertad; verdad es que el
federalismo feudal existía allí fuertemente constituido en López,
Santa Fe, Ferré y Rosas, jefes natos de los pueblos que dominaban;
porque Rosas empezaba ya a influir como arbitro en los negocios
públicos. Con el vencimiento de Lavalle, había sido llamado al
Gobierno de Buenos Aires, desempeñándolo hasta 1832 con la
regularidad que podría haberlo hecho otro cualquiera. No debo
omitir un hecho, sin embargo, que es un antecedente necesario.
Rosas solicitó desde los principios ser investido de facultades
extraordinarias, y no es posible detallar las resistencias que sus
partidarios de la ciudad le oponían. Obtúvolas, empero, a fuerza de
ruegos y de seducciones para mientras tanto durase la guerra de
Córdoba; concluida la cual, empezaron de nuevo las exigencias de
hacerle desnudarse de aquel poder ilimitado. La ciudad de Buenos
Aires no concebía por entonces, cualesquiera que fuesen las ideas
de partido que dividiesen a sus políticos, cómo podía existir un
Gobierno absoluto. Rosas, empero, resistía blandamente,
mañosamente. «No es para hacer uso dé ellas— decía— , sino
porque, como dice mi secretario García Zúñiga, es preciso, como el
maestro de escuela, estar con el chicote en la mano para que
respeten la autoridad.» La comparación ésta le había parecido
irreprochable y la repetía sin cesar. Los ciudadanos, niños; el
gobernador, el hombre, el maestro. El ex gobernador no descendía,
empero, a confundirse con los ciudadanos; la obra de tantos años de
paciencia y de acción estaba a punto de terminarse; el periodo legal
en que había ejercido el mando le había enseñado
FACUNDO 243 todos los secretos de la Cindadela; conocía
sus avenidas sus puntos mal fortificados, y si salía del Gobierno, era
sólo para poder tomarlo desde afuera por asalto, sin restricciones
constitucionales, sin trabas ni responsabilidad. Dejaba el bastón,
pero se armaba de la espada, para venir con ella más tarde, y dejar
uno y otra por el hacha y las varas, antigua insignia de los reyes
romanos. Una poderosa expedición de que él se había nombrado
jefe, se había organizado durante el último período de su gobierno,
para asegurar y ensanchar los límites de la provincia hacia el Sur,
teatro de las frecuentes incursiones de los salvajes. Debía hacerse
una batida general bajo un plan grandioso; un ejército compuesto de
tres divisiones obraría sobre un frente de cuatrocientas leguas,
desde Buenos Aires hasta Mendoza. Quiroga debía mandar las
fuerzas del interior, mientras que Rosas seguiría la costa del Atlántico
con su división. Lo colosal y lo útil de la empresa ocultaba a los ojos
del vulgo el pensamiento puramente político que bajo el velo tan
especioso se disimulaba. Efectivamente: ¿qué cosa más bella que
asegurar la frontera de la República hacia el Sur, escogiendo un gran
río por límite con los indios, y resguardándola con una cadena de
fuertes, propósito en manera alguna impracticable, y que en el Viaje
de Cruz desde Concepción a Buenos Aires había sido luminosamente
desenvuelto? Pero Rosas estaba muy distante de ocuparse de
empresas que sólo al bienestar de la República propendiesen. Su
ejército hizo un paseo marcial hasta el Río Colorado, marchando con
lentitud, y haciendo observaciones sobre el terreno, clima y demás
circunstancias del país que recorría. Algunos toldos de indios fueren
desbaratados, alguna chusma hecha prisionera; a esto limitáronse
los resultados
244 D. P. SARMIENTO de aquella pomposa expedición, que
dejó la frontera indefensa como antes, y como se conserva hasta el
día de hoy. Las divisiones de Mendoza y San Luis tuvieron resultados
menos felices aún, y regresaron después de una estéril excursión a
los desiertos del Sur. Rosas enarboló entonces por la primera vez su
bandera colorada, semejante en todo a la de Argel o a la del Japón,
y se hizo dar el título de Héroe del Desierto, que venía en
corroboración del que ya había obtenido de Ilustre Restaurador de
las Leyes, de esas mismas leyes que se proponía abrogar por su
base (1). (1) Estancieros del sur de Buenos Aires me han aseverado
después que la expedición aseguró la frontera, alejando a los
bárbaros indómitos y sometiendo muchas tribus, que han formado
una barrera que pone a cubierto las estancias de las incursiones de
aquéllos, y que, a merced de estas ventajas obtenidas, la población
ha podido extenderse hacia el Sur. La geografía hizo también
importantes conquistas, descubriendo territorios desconocidos hasta
entonces y aclarando muchas dudas. El general Pacheco hizo un
reconocimiento del rio Negro, donde Rosas se hizo adjudicar la isla
de Choelechoel, y la división de Mendoza descubrió todo el curso del
río Salado hasta su desagüe en la laguna de Yauquenes. Pero un
Gobierno inteligente habría asegurado de esta vez para siempre las
fronteras del sur de Buenos Aires. El Río Colorado, navegable desde
poco más abajo de Cubu-Sebu, cuarenta leguas distante de
Concepción, donde lo atravesó don Luis de la Cruz, ofrece en todo
su curso, desde la cordillera de los Andes hasta el Atlántico, una
frontera a poca costa impasable para los indios, .Por lo que hace a la
provincia de Buenos Aires, un fuerte establecido en la Laguna del
Monte en que desagua el arroyo Guamini, sostenido por otro a las
inmediaciones de la laguna de las Salinas hacia el Sur, otro en la
sierra de la Ventana hasta apoyarse en el Fuerte Argentino, en Bahía
TACUNDO 245 Facundo, demasiado penetrante para
dejarse alucinar sobre el objeto de la gran expedición, permaneció
en San Juan hasta el regreso de las divisiones del interior. La de
Huidobro, que había entrado al desierto por frente a San Luis, salió
en derechura a Córdoba, y a su aproximación fué sofocada una
revolución capitaneada por los Castillos, que tenía por objeto quitar
del Gobierno a los Reinafé, que obedecían a la influencia de López.
Esta revolución se hacía por los intereses y bajo la inspiración de
Facundo; los primeros cabecillas fueron desde San Juan, residencia
de Quiroga, y todos sus fautores. Arredondo, Camargo, etc> eran
sus decididos partidarios. Los periódicos de la época no dijeron
nada, empero, sobre las conexiones de Facundo con aquel
movimiento; y cuando Huidobro se retiró a sus Blanca, habrían
permitido la población del espacio de territorio inmenso que media
entre este último punto y el Fuerte de la Independencia en la sierra
del Tandil, límite de la población de Buenos Aires al Sur. Para
completar este sistema de ocupación, requeríase, además,
establecer colonias agrícolas en Bahía Blanca y en la embocadura del
río Colorado, de manera que sirviesen de mercado para la
exportación de los productos de los países circunvecinos; pues
careciendo de puertos toda la costa intermediaria hasta Buenos
Aires, los productos de las estancias más avanzadas al Sur se
pierden, no pudiendo transportarse las lanas, sebos, cueros, astas,
etc., sin perder su valor en los fletes. La navegación y población de
Río Colorado adentro traería, a más de los productos que pueden
hacer nacer, la ventaja de desalojar a los salvajes poco numerosos
que quedarían cortados hacia el Norte, haciéndolos buscar el
territorio al sur del Colorado. Lejos de haberse asegurado de una
manera permanente las
246 % D. F. SARMIENTO acantonamientos, y Arredondo y
otros caudillos fueron fusilados, nada quedó por hacerse ni decirse
sobre aquellos movimientos; porque la guerra que debían hacerse
entre sí las dos fracciones de la República, los dos caudillos que se
disputaban sordamente el mando, debía serlo sólo de emboscadas,
de lazos y de traiciones. Es un combate mudo, en que no se miden
fuerzas, sino audacias de parte del uno, y astucia y amaño por parte
del otro. Esta lucha entre Quiroga y Rosas es poco conocida, no
obstante que abraza un período de cinco años. Ambos se detestan,
se desprecian, no se pierden de vista un momento, porque cada uno
de ellos siente que su vida y su porvenir dependen del resultado de
este juego terrible. fronteras, los bárbaros han invadido desde la
época de la expedición al Sur, y despoblado toda la campaña de
Córdoba y de San Luis; la primera hasta San José del Morro, que
está en la misma latitud que la ciudad. Ambas provincias viven
desde entonces en continua alarma, con tropas constantemente
sobre las armas, lo que, con el sistema de depredación de los
gobernantes, hace una plaga más ruinosa que las incursiones de los
salvajes. La cría de ganado está casi extinguida, y los estancieros
apresuran su extinción para librarse al fin de las exacciones de los
gobernantes por un lado, y de las depredaciones de los indios por
otro. Por un sistema de política inexplicable, Rosas prohibe a los
Gobiernos de la frontera emprender expedición alguna contra los
indios, dejando que invadan periódicamente el país y asolen más de
doscientas leguas de frontera. Esto es lo que Rosas no hizo como
debía hacerlo en la tan decantada expedí" ción al Sur, cuyos
resultados fueron efímeros, dejando subsistente el mal, que ha
tomado después mayor agravación que antes.— (Nota de la edición
de 1851.)
FACUNDO 247 Creo oportuno hacer sensible por un cuadro
la geografía política de la República desde 1822 adelante, para que
el lector comprenda mejor los movimientos que empiezan a
operarse. REPÚBLICA ARGENTINA REGIÓN DE LOS ANDES Lnidad
bajo la influencia de Quiroga. Jujuy. Salta. Tucumán. Catamarca. La
Rioja. San Juan. Mendoza. San Luis. LITORAL DEL PLATA Federación
bajo el pacto de la Liga Litoral. Corrientes— Ferré. Entre Ríos. Santa
Fe. Córdoba. López. Buenos Aires.— Rosas. Federación Feudal.
Santiago del Estero bajo la dominación de Ibarra. López de Santa Fe
extendía su influencia sobre Entre Ríos por medio de Echagüe,
santafecino y criatura suya, y sobre Córdoba por los Reinafé. Ferré,
hombre de espíritu independiente, provincialista, mantuvo a
Corrientes fuera de la lucha hasta 1839; bajo el gobierno de Berón
de Astrada volvió las armas de aquella provincia contra Rosas, que
con su acrecentamiento de poder había hecho ilusorio el pacto de la
Liga. Ese mismo Ferré, por ese espíritu de provincialismo estrecho,
declaró desertor en 1840 a Lavalle, por haber pasado el Paraná con
el ejército corren
248 D. 1». SARMIENTO tino; y después de la batalla de
Caaguazú quitó al general Paz el ejército victorioso, haciendo así
malograr las ventajas decisivas que pudo producir aquel triunfo.
Ferré en estos procedimientos, como en la Liga Litoral que en años
atrás había promovido, estaba inspirado por el espíritu provincial de
independencia y aislamiento, que había despertado en todos los
ánimos la revolución de la independencia. Así, pues, el mismo
sentimiento que había echado a Corrientes en la oposición a la
Constitución unitaria de 1826, le hacía desde 1838 echarse en la
oposición a Rosas que centralizaba el poder. De aquí nacen los
desaciertos de aquel caudillo y los desastres que se siguieron a la
batalla de Caaguazú, estéril no sólo para la República en general,
sino para la provincia misma de Corrientes; pues centralizado el
resto de la nación por Rosas, mal podría ella conservar su
independencia feudal y federal. Terminada la expedición al Sur, o,
por mejor decir, desbaratada porque no tenía verdadero plan ni fin
real, Facundo se marchó a Buenos Aires acompañado de su escolta y
de Barcala, y entra en la ciudad sin haberse tomado la molestia de
anunciar a nadie su llegada. Estos procedimientos subversivos de
toda forma recibida, podrían dar lugar a muy largos comentarios, si
no fueran sistemáticos y característicos. ¿Qué objeto llevaba a
Quiroga esta vez a Buenos Aires? ¿Es otra invasión que, como la de
Mendoza, hace sobre el centro del poder de su rival? El espectáculo
de la civilización, ¿ha dominado al fin su rudeza selvática, y quiere
vivir en el seno del lujo y de las comodidades? Yo creo que todas
estas causas reunidas aconsejaron a Facundo su mal aconsejado
viaje a Buenos Aires. El poder educa, y Quiroga tenía todas las altas
dotes de espíritu que permiten a un hombre corresponder siempre a
fACUNDO 249 su nueva posición, por encumbrada que sea.
Facundo se establece en Buenos Aires, y bien pronto se ve rodeado
de los hombres más notables; compra seiscientos mil pesos de
fondos públicos; juega a la alta y baja; habla con desprecio de
Rosas; declárase unitario entre los unitarios, y la palabra
constitución no abandona sus labios. Su vida pasada, sus actos de
barbarie, poco conocidos en Buenos Aires, son explicados entonces y
justificados por la necesidad de vencer, por la de su propia
conservación. Su conducta es mesurada, su aire noble e imponente,
no obstante que lleva chaqueta, el poncho terciado, y la barba y el
pelo enormemente abultados. Quiroga, durante su residencia en
Buenos Aires, hace algunos ensayos de su poder personal. Un
hombre con cuchillo en mano no quería entregarse a un sereno.
Acierta a pasar Quiroga por el lugar de la escena, embozado en su
poncho como siempre; párase a ver, y súbitamente arroja el poncho,
lo abraza e inmoviliza. Después de desarmarlo, él mismo lo conduce
a la Policía, sin haber querido dar a su nombre al sereno, como
tampoco lo dio en la Policía, donde fué, sin embargo, reconocido por
un oficial; los diarios publicaron al día siguiente aquel acto de arrojo.
Sabe una vez que cierto boticario ha hablado con desprecio de sus
actos de barbarie en el interior. Facundo se dirije a su botica y lo
interroga. El boticario se le impone y le dice que allí no está en las
provincias para atropellar a nadie impunemente. Este suceso llena
de placer a toda la ciudad de Buenos Aires. ¡Pobre Buenos Aires, tan
candorosa, tan engreída con sus instituciones! ¡Un año más y seréis
tratada con más brutalidad que fué tratado el interior por Quiroga!
La Policía hace entrar sus satélites a la habitación misma de
250 D. F. SARMIENTO Quiroga en persecución del huésped
de la casa, y Facundo, que se ve tratado tan sin miramiento,
extiende el brazo, coge el puñal, se endereza en la cama donde está
recostado, y en seguida vuelve a reclinarse y abandona lentamente
el arma homicida. Siente que hay allí otro poder que el suyo, y que
pueden meterlo en la cárcel si se hace justicia a sí mismo. Sus hijos
están en los mejores colegios; jamás les permite vestir sino frac o
levita, y a uno de ellos que intenta dejar sus estudios para abrazar la
carrera de las armas, lo pone de tambor en un batallón hasta que se
arrepienta de su locura. Cuando algún coronel le habla de enrolar en
su cuerpo en clase de oficial a alguno de sus hijos: «si fuera en un
regimiento mandado por Lavalle — contesta burlándose—, ya; jpero
en estos cuerpos!...» Si se habla de escritores, ninguno hay que, en
su concepto, pueda rivalizar con los Várela, que tanto mal han dicho
de él. Los únicos hombres honrados que tiene la República son
Rivadavia y Paz: «ambos tenían las más sanas intenciones». A los
unitarios sólo exige un secretario como el doctor Ocampo, un político
que redacte una Constitución, y con una imprenta se marchará a
San Luis, y desde allí la enseñará a toda la República en la punta de
una lanza. Quiroga, pues, se presenta como el centro de una nueva
tentativa de reorganizar la República; y pudiera decirse que conspira
abiertamente, si todos estos propósitos, todas aquellas bravatas no
careciesen de hechos que viniesen a darles cuerpo. La falta de
hábitos de trabajo, la pereza de pastor, la costumbre de esperarlo
todo del terror, acaso la novedad del teatro de acción, paralizan su
pensamiento, lo mantienen en una expectativa funesta que lo
compromete últimamente y lo entrega maniatado a su astuto rival.
No
PACUNDO 251 han quedado hechos ningunos que acrediten
que Quiroga se proponía obrar inmediatamente, si no son sus
inteligencias con los gobernadores del interior, y sus indiscretas
palabras repetidas por unitarios y federales, sin que los primeros se
resuelvan a fiar su suerte en manos como las suyas, ni los federales
lo rechacen como desertor de sus filas. Y mientras tanto que se
abandona así a una peligrosa indolencia, ve cada día acercarse la
boa que ha de sofocarlo en sus redobladas lazadas. El año 1833,
Rosas se hallaba ocupado en su fantástica expedición, y tenía su
ejército obrando al sur de Buenos Aires, desde donde observaba al
gobierno de Balcarce. La provincia de Buenos Aires presentó poco
después uno de los espectáculos más singulares. Me imagino lo que
sucedería en la tierra si un poderoso cometa se acercase a ella: al
principio, el malestar general; después, rumores sordos, vagos; en
seguida, las oscilaciones del globo atraído fuera de su órbita; hasta
que al fin los sacudimientos convulsivos, el desplome de las
montañas, el cataclismo, traerían el caos que precede a cada una de
las creaciones sucesivas de que nuestro globo ha sido teatro. Tal era
la influencia que Rosas ejercía en 1834. El Gobierno de Buenos Aires
se sentía cada vez más circunscrito en su acción, más embarazado
en su marcha, más dependiente del Héroe del Desierto. Cae" a
comunicación de éste era un reproche dirigido a su Gobierno, una
cantidad exorbitante exigida para el ejército, alguna demanda
inusitada; luego la campaña no obedecía a la ciudad, y era preciso
poner a Rosas la queja de este desacato de sus edictos. Más tarde,
la desobediencia entraba en la ciudad misma; últimamente, hombres
armados recorrían las calles a caba
252 D. f. SARMIENTO lio disparando tiros, que daban
muerte a algunos transeúntes. Esta desorganización de la sociedad
iba de día en día aumentándose como un cáncer y avanzando hasta
el corazón, si bien podía discernirse el camino que traía desde la
tienda de Rosas a la campaña, de la campaña a un barrio de la
ciudad, de allí a cierta clase de hombres, los carniceros, que eran los
principales instigadores. El gobierno de Balcarce había sucumbido en
1833, al empuje de este desbordamiento de la campaña sobre la
ciudad. El partido de Rosas trabajaba con ardor para abrir un largo y
despejado camino al Héroe del Desierto, que se aproximaba a recibir
la ovación merecida: el Gobierno; pero el partido federal de la ciudad
burla todavía sus esfuerzos si quiere hacer frente. La Junta de
Representantes se reúne en medio del conflicto que trae la acefalia
del Gobierno, y el general Viamont, a su llamado, se presenta con la
prisa en traje de casa y se atreve aún a hacerse cargo del Gobierno.
Por un momento parece que el orden se restablece y la pobre ciudad
respira; pero luego principia la misma agitación, los mismos
manejos, los grupos de hombres que recorren las calles, que
distribuyen latigazos a los pasantes. Es indecible el estado de alarma
en que vivió un pueblo entero durante dos años, con este extraño y
sistemático desquiciamiento. De repente se veían las gentes
disparando por las calles, y el ruido de las puertas que se cerraban
iba repitiéndose de manzana en manzana, de calle en calle. ¿De qué
huían? ¿Por qué se encerraban a la mitad del día? ¡Quién sabe!
Alguno había dicho que venían..., que se divisaba un grupo..., que se
había oído el tropel lejano de caballos. Una de estas veces marchaba
Facundo Quiroga por una
FACUNDO 253 calle seguido de un ayudante, y al ver a
estos hombres con frac que corren por las veredas, a las señoras
que huyen sin saber de qué, Quiroga se detiene, pasea una mirada
de desdén sobre aquellos grupos, y dice a su edecán: «Este pueblo
se ha enloquecido.» Facundo había llegado a Buenos Aires poco
después de la caída de Balcarce. «Otra cosa hubiera sucedido—
decía— si yo hubiese estado aquí. — ¿Y qué habría hecho, general? -
le replicaba uno de los que escuchándole había; S. E. no tiene
influencia sobre esta plebe de Buenos Aires.» Entonces Quiroga,
levantando la cabeza, sacudiendo su negra melena, y despidiendo
rayos de sus ojos, le dice con voz breve y seca: «¡Mire usted!, habría
salido a la calle, y al primer hombre que hubiera encontrado, le
habría dicho: ¡sígame!; ¡y ese hombre me habría seguido!» Tal era la
avasalladora energía de las palabras de Quiroga, tan imponente su
fisonomía, que el incrédul obajó la vista aterrado, y por largo tiempo
nadie se atrevió a desplegar los labios. El general Viamont renuncia
al fin, porque ve que no se puede gobernar, que hay una mano
poderosa que detiene las ruedas de la administración. Búscase
alguien que quiera reemplazarlo; se pide por favor a los más
animosos que se hagan cargo del bastón, y nadie quiere; todos se
encogen de hombros y ganan sus casas amedrentados. Al fin se
coloca a la cabeza del Gobierno al doctor Maza, el maestro, el
mentor y amigo de Rosas, y creen haber puesto remedio al mal que
los aqueja. ¡Vana esperanza! El malestar crece, lejos de disminuir.
Anchorena se presenta al Gobierno pidiendo que reprima los
desórdenes, y sabe que no hay medio alguno a su alcance; que la
fuerza de la Policía no obedece; que hay órdenes de afuera. El
general Guido, el doctor Alcorta,
254 D. F. SARMIENTO dejan oír todavía en la Junta de
Representantes algunas protestas enérgicas contra aquella agitación
convulsiva en que se tiene a la ciudad; pero el mal sigue, y para
agravarlo, Rosas reprocha al Gobierno, desde su campamento, los
desórdenes que él mismo fomenta. ¿Qué es lo que quiere este
hombre? ¿Gobernar? Una comisión de la Sala va a ofrecerle el
Gobierno; le dice que sólo él puede poner término a aquella
angustia, a aquella agonía de dos años. Pero Rosas no quiere
gobernar, y nuevas comisiones, nuevos ruegos. Al fin halla medio de
conciliario todo. Les hará el favor de gobernar, si los tres años que
abraza el período legal se prolongan a cinco, y se le entrega la suma
del Poder público, palabra nueva cuyo alcance sólo él comprende. En
estas transacciones se hallaba la ciudad de Buenos Aires y Rosas,
cuando llega la noticia de un desavenimiento entre los gobiernos de
Salta, Tucumán y Santiago del Estero, que podía hacer estallar la
guerra. Cinco años van corridos desde que los unitarios han
desaparecido de la escena política, y dos desde que los federales de
la ciudad, los lomos negros, han perdido toda influencia en el
Gobierno, cuando más tiene valor para exigir algunas condiciones
que hagan tolerable la capitulación. Rosas, entretanto que la ciudad
se rinde a discreción, con sus constituciones, sus garantías
individuales, con sus responsabilidases impuestas al Gobierno, agita
fuera de Buenos Aires otra máquina no menos complicada. Sus
relaciones con López de Santa Fe son activas, y tiene además una
entrevista en que conferencian ambos caudillos; el Gobierno de
Córdoba está bajo la influencia de López, que ha puesto a su cabeza
a los Reinafé. Invítase a Facundo a ir a interponer su influencia para
apagar
FACUNDO 255 las chispas que se han levantado en el Norte
de la República; nadie sino él está llamado para desempeñar esta
misión de paz Facundo resiste, vacila; pero se decide al fin. El 18 de
diciembre de 1835 sale de Buenos Aires, y al subir a la galera, dirige
en presencia de varios amigos sus adioses a la ciudad. «Si salgo bien
— dice, agitando la mano—, te volveré a ver; si no, ¡adiós para
siempre!» ¿Qué siniestros presentimientos vienen a asomar en aquel
momento su faz lívida, en el ánimo de este hombre impávido? ¿No
recuerda el lector que algo parecido manifestaba Napoleón al partir
de las Tullerías para la campaña que debía terminar en Waterlóo?
Apenas ha andado media jornada, encuentra un arroyo fangoso que
detiene la galera. El vecino maestro de posta acude solícito a
pasarla; se ponen nuevos caballos, se apuran todos los esfuerzos, y
la galera no avanza. Quiroga se enfurece, y hace uncir a las varas al
mismo maestro de posta. La brutalidad y el terror vuelven a
aparecer desde que se halla en el campo, en medio de aquella
naturaleza y de aquella sociedad semibárbara. Vencido aquel primer
obstáculo, la galera sigue cruzando la Pampa como una exhalación;
camina todos los días hasta las dos de la mañana, y se pone en
marcha de nuevo a las cuatro. Acompáñale el doctor Ortiz, su
secretario, y un joven conocido, a quien a su salida encontró
inhabilitado de ir adelante por la fractura de las ruedas de su
vehículo. En cada posta a que llega hace preguntar inmediatamente:
«¿A qué hora ha pasado un chasque de Buenos Aires? —Hace una
hora. —¡Caballos sin pérdida de momento!»—grita Quiroga. Y la
marcha continúa. Para hacer más penosa la situación, parecía que
las cataratas del cielo se habían abierto; durante tres días la lluvia
no cesa un
256 D. F. SARMIENTO momento, y el camino se ha
convertido en un torrente. Al entrar en la jurisdicción de Santa Fe la
inquietud de Quiroga se aumenta, y se torna en visible angustia
cuando en la posta de Pavón sabe que no hay caballos y que el
maestro de posta está ausente. El tiempo que pasa antes de
procurarse nuevos tiros es una agonía mortal para Facundo, que
grita a cada momento: «¡Caballos! ¡Caballos!» Sus compañeros de
viaje nada comprenden de este extraño sobresalto, asombrados de
ver a este hombre, el terror de los pueblos, asustadizo ahora y lleno
de temores, al parecer quiméricos. Cuando la galera logra ponerse
en marcha, murmura en voz baja, como si hablara consigo mismo:
«Si salgo del territorio de Santa Fe, no hay cuidado por lo demás.»
En el paso del Río Tercero acuden los gauchos de la vecindad a ver
al famoso Quiroga, y pasan la galera punto menos que a hombros.
Últimamente llega a la ciudad de Córdoba a las nueve y media de la
noche, y una hora después del arribo del chasque de Buenos Aires, a
quien ha venido pisando desde su salida. Uno de los Reinafé acude a
la posta, donde Facundo está aún en la galera pidiendo caballos, que
no hay en aquel momento. Salúdalo con respeto y efusión; suplícale
que pase la noche en la ciudad, donde el Gobierno se prepara a
hospedarlo dignamente. «¡Caballos necesito!», es la breve respuesta
que da Quiroga. «¡Caballos!», replica a cada nueva manifestación de
interés o solicitud de parte de Reinafé, que se retira al fin humillado,
y Facundo parte para su destino a las doce de la noche. La ciudad
de Córdoba, entretanto, estaba agitada por los más extraños
rumores; los amigos del joven que ha venido por casualidad en
compañía de Quiroga, y que se queda en Córdoba, su patria, van en
tropel a visitarlo. Se
FACUNDO 257 admiran de verlo vivo y le hablan del peligro
inminente de que se ha salvado. Quiroga debía ser asesinado en tal
punto; los asesinos son N. y N.; las pistolas han sido compradas en
tal almacén; han sido vistos N. y N. para encargarse de la ejecución,
y se han negado. Quiroga los ha sorprendido con la asombrosa
rapidez de su marcha, pues no bien llega el chasque que anuncia su
próximo arribo, cuando se presenta él mismo y hace abortar todos
los preparativos. Jamás se ha premeditado un atentado con más
descaro; toda Córdoba está instruida de los más mínimos detalles
del crimen que el Gobierno intenta, y la muerte de Quiroga es el
asunto de todas las conversaciones. Quiroga, en tanto, llega a su
destino, arregla las diferencias entre los gobernantes hostiles y
regresa por Córdoba, a despecho de las reiteradas instancias de los
gobernadores de Santiago y Tucumán, que le ofrecen una gruesa
escolta para su custodia, aconsejándole tomar el camino de Cuyo
para regresar. ¿Qué genio vengativo cierra su corazón y sus oídos y
le hace obstinarse en volver a desafiar a sus enemigos, sin escolta,
sin medios adecuados de defensa? ¿Por qué no toma el camino de
Cuyo, desentierra sus inmensos depósitos de armas a su paso por La
Rioja y arma las ocho provincias que están bajo su influencia?
Quiroga lo sabe todo; aviso tras de aviso ha recibido en Santiago del
Estero; sabe el peligro de que su diligencia lo ha salvado; sabe el
nuevo y más inminente que le aguarda, porque no han desistido sus
enemigos del concebido designio. «¡A Córdoba!», grita a los
postillones al ponerse en marcha, como si Córdoba fuese el término
de su viaje (1). (1) En la causa criminal seguida contra los cómplices
en la 17
258 ». F. SARMIENTO Antes de llegar a la posta del Ojo de
Agua, un joven sale del bosque y se dirige hacia la galera,
requiriendo al postillón que se detenga. Quiroga asoma la cabeza
por la portezuela y le pregunta lo que se le ofrece. «Quiero hablar al
doctor Ortiz.» Desciende éste y sabe lo siguiente: «En las
inmediaciones del lugar llamado Barranca-Yaco está apostado Santos
Pérez con una partida; al arribo de la galera deben hacerle fuego de
ambos lados y matar en seguida de postillón arriba; nadie debe
escapar; esta es la orden.» El joven, que ha sido en otro tiempo
favorecido por el doctor Ortiz, ha venido a salvarlo; tiénele caballo
allí mismo para que monte y se escape con él; su hacienda está
inmediata. El secretario, asustado, pone en conocí muerte de
Quiroga, el reo Cabanillas declaró én un momento de efusión, de
rodillas, en presencia del doctor Maza— degollado por los agentes
de Rosas — , que él no se había propuesto sino salvar a Quiroga;
que el 24 de diciembre había escrito a un amigo de éste, un francés,
que le hiciese decir a Quiroga que no pasase por el monte de San
Pedro, donde él estaba aguardándole con veinticinco hombres para
asesinarlo por orden de su Gobierno; que Toribio Junco— un gaucho
de quien Santos Pérez decía: «Hay otro más valiente que yo: es
Toribio Junco»— había dicho al mismo Cabanillas que, observando
cierto desorden en la conducta de Santos Pérez, empezó a
acecharlo, hasta que un día lo encontró arrodillado en la capilla de la
Virgen de Tulumba, con los ojos arrasados de lágrimas; que
preguntándole la causa de su quebranto, le dijo: «Estoy pidiéndole a
la Virgen me ilumine sobre si debo matar a Quiroga, según me lo
ordenan; pues me presentan este acto como convenido entre los
gobernadores López de Santa Fe, y Rosas, de Buenos Aires, único
medio de salvar la República.— (Nota de la edición de 1851.)
FACUNDO 259 miento de Facundo lo que acaba de saber y
le insta para que se ponga en seguridad. Facundo interroga de
nuevo al joven Sandivaras, le da las gracias por su buena acción,
pero lo tranquiliza sobre los temores que abriga. «No ha nacido
todavía — le dice con voz enérgica — el hombre que ha de matar a
Facundo Quiroga. A un grito mío esa partida mañana se pondrá a
mis órdenes y me servirá de escolta hasta Córdoba. Vaya usted,
amigo, sin cuidado.» Estas palabras de Quiroga, de que yo no he
tenido noticia hasta este momento, explican la causa de su extraña
obstinación en ir a desafiar la muerte. El orgullo y el terrorismo, los
dos grandes móviles de su elevación, lo llevan maniatado a la
sangrienta catástrofe que debe terminar su vida. Tiene a menos
evitar el peligro y cuenta con el terror de su nombre para hacer caer
las cuchillas levantadas sobre su cabeza. Esta explicación me la daba
a mí mismo antes de saber que sus propias palabras la habían hecho
inútil. La noche que pasaron los viajeros de la posta del Ojo de Agua
es de tal manera angustiosa para el infeliz secretario, que va a una
muerte cierta e inevitable, y que carece del valor y de la temeridad
que anima a Quiroga, que creo no deber omitir ninguno de sus
detalles, tanto más "cuanto que, siendo, por fortuna, sus
pormenores tan auténticos, sería criminal descuido no conservarlos,
porque si alguna vez un hombre ha apurado todas las heces de la
agonía; si alguna vez la muerte ha debido parecer horrible, es
aquella en que un triste deber, el de acompañar a un amigo
temerario, nos la impone, cuando no hay infamia ni deshonor en
evitarla (1). (1) Tuve estos detalles del malogrado doctor Pinero,
muerto en 1846 en Chile, pariente del doctor Ortiz, compañero de
260 D. F. SARMIENTO El doctor Ortiz llama aparte al
maestro de posta y le interroga encarecidamente sobre lo que sabe
acerca de los extraños avisos que han recibido, asegurándole no
abusar de su confianza. ¡Qué pormenores va a oír! Santos Pérez ha
estado allí, con una partida de treinta hombres, una hora antes de
su arribo; van todos armados de tercerola y sable; están ya
apostados en el lugar designado; deben morir todos los que
acompañan a Quiroga; así lo ha dicho Santos Pérez al mismo
maestro de posta. Esta confirmación de la noticia recibida de
antemano no altera en nada la determinación de Quiroga, que
después de tomar una taza de chocolate, según su costumbre, se
duerme profundamente. El doctor Ortiz gana también la cama, no
para dormir, sino para acordarse de su esposa, de sus hijos, a
quienes no volverá a ver más. Y todo, ¿por qué? Por no arrostrar el
enojo de un temible amigo; por no incurrir en la tacha de desleal. A
media noche la inquietud de la agonía le hace insoportable la cama;
levántase y va a buscar a su confidente: «¿Duermes, amigo? —le
pregunta en voz baja. — ¡Quién ha de dormir, señor, con esta cosa
tan horrible! — ¿Con que no hay duda? ¡Qué suplicio el mío! —
Imagínese, señor, cómo estaré yo, que tengo que mandar dos
postillones, que deben ser muertos también. Esto me mata. Aquí hay
un niño que es sobrino del sargento de la partida, y pienso
mandarlo; pero el otro... ¿a quién mandaré? ¡A hacerlo morir
inocentemente!» El doctor Ortiz hace un último esfuerzo para salvar
su viaje de Quiroga desde Buenos Aires hasta Córdoba. Es triste
necesidad, sin duda, no poder citar sino los muertos, en apoyo de la
verdad.— (Nota de la edición de 1851.)
FACUNDO 281 vida y la del compañero; despierta a
Quiroga, y le instruye de los pavorosos detalles que acaba de
adquirir, significándole que él no le acompaña si se obstina en
hacerse matar inútilmente. Facundo, con gesto airado y palabras
groseramente enérgicas, le hace entender que hay mayor peligro en
contrariarlo allí que el que le aguarda en Barranco-Yaco, y fuerza es
someterse sin más réplica- Quiroga manda a su asistente, que es un
valiente negro, a que limpie algunas armas de fuego que vienen en
la galera y las cargue; a esto se reducen todas sus precauciones.
Llega el día, por fin, y la galera se pone en camino. Acompáñale, a
más del postillón que va en el tiro, el niño aquel, dos correos que se
han reunido por casualidad y el negro que va a caballo. Llega al
punto fatal, y dos descargas traspasan la galera por ambos lados,
pero sin herir a nadie; los soldados se echan sobre ella con los
sables desnudos, y en un momento inutilizan los caballos y
descuartizan al postillón, correos y asistente. Quiroga entonces
asoma la cabeza, y hace por un momento vacilar a aquella turba.
Pregunta por el comandante de la partida, le manda acercarse, y a
la cuestión de Quiroga «¿qué significa esto?», recibe por toda
contestación un balazo en un ojo, que le deja muerto. Entonces
Santos Pérez atraviesa repetidas veces con su espada al
malaventurado secretario, y manda, concluida la ejecución, tirar
hacia el bosque la galera llena de cadáveres, con los caballos hechos
pedazos y el postillón, que con la cabeza abierta se mantiene aún a
caballo. «¿Qué muchacho es éste?— pregunta viendo al niño déla
posta, único que queda vivo. —Este es un sobrino mío — contesta el
sargento de la partida—; yo respondo de él con mi vida.» Santos
Pérez se acerca al sargento, le atraviesa el cora
262 D. F. SARMIENTO zón de un balazo, y en seguida,
desmontándose, toma de un brazo al niño, lo tiende en el suelo y lo
degüella, a pesar de sus gemidos de niño que se ve amenazado de
un peligro. Este último gemido del niño es, sin embargo, el único
suplicio que martiriza a Santos Pérez. Después, huyendo de las
partidas que lo persiguen, oculto entre las breñas de las rocas o en
los bosques enmarañados, el viento le trae al oído el gemido
lastimero del niño. Si a la vacilante claridad de las estrellas se
aventura a salir de su guarida sus miradas inquietas se hunden en la
obscuridad de los árboles sombríos para cerciorarse de que no se
divisa en ninguna parte el bultito blanquecino del niño, y cuando
llega al lugar donde hacen encrucijada dos caminos, le arredra ver
venir por el que él deja al niño animando su caballo. Facundo decía
también que un solo remordimiento la aquejaba: ¡la muerte de los
26 oficiales fusilados en Mendoza! ¿Quién es, mientras tanto, este
Santos Pérez? Es el gaucho malo de la campaña de Córdoba, célebre
en la sierra y en la ciudad por sus numerosas muertes, por su arrojo
extraordinario, por sus aventuras inauditas. Mientras permaneció el
general Paz en Córdoba, acaudilló las montoneras más obstinadas e
intangibles de la Sierra, y por largo tiempo el pago de Santa Catalina
fué una republiqueta adonde los veteranos del ejército no pudieron
penetrar. Con miras más elevadas habría sido el digno rival de
Quiroga; con sus vicios sólo alcanzó a ser su asesino. Era alto de
talle, hermoso de cara, de color pálido y barba negra y rizada. Largo
tiempo fué después perseguido por la justicia, y nada menos que
400 hombres andaban en su busca. Al principio los Reinafé lo
llamaron, y en la casa del Go
FACUNDO 263 bierno fué recibido amigablemente. Al salir
déla entrevista empezó a sentir una extraña descompostura de
estómago, que le sugirió la idea de consultar a un médico amigo
suyo, quien, informado por él de haber tomado una copa de licor
que se le brindo, le dio un elixir que le hizo arrojar oportunamente el
arsénico que el licor disimulaba. Más tarde, y en lo más recio de la
persecución, el comandante Casanovas, su antiguo amigo, le hizo
significar que tenía algo de importancia que comunicarle. Una tarde,
mientras que el escuadrón de que el comandante Casanovas era jefe
hacía el ejercicio al frente de su casa, Santos Pérez se desmonta y le
dice: «Aquí estoy; ¿qué quería decirme? —¡Hombre! Santos Pérez,
pase por acá; siéntese. - ¡No! ¿Para qué me ha hecho llamar?» El
comandante, sorprendido así, vacila y no sabe qué decir en el
momento. Su astuto y osado interlocutor lo comprende, y
arrojándole una mirada de desdén y volviéndole la espalda, le dice:
«¡Estaba seguro de que quería agarrarme por traición! He venido
para convencerme no más.» Cuando se dio orden al escuadrón de
perseguirlo, Santos había desaparecido. Al fin, una noche lo cogieron
dentro de la ciudad de Córdoba, por una venganza femenil. Había
dado de golpes a la querida con quien dormía; ésta, sintiéndolo
profundamente dormido, se levanta con precaución, le toma las
pistolas y el sable, sale a la calle y lo denuncia a una patrulla.
Cuando despierta, rodeado de fusiles apuntados a su pecho, echa
mano a las pistolas, y no encontrándola: «Estoy rendido— dice con
serenidad. —¡Me han quitado las pistolas!» El día que lo entraron en
Buenos Aires, una muchedumbre inmensa se había reunido en la
puerta de la casa del Gobierno. A su vista gritaba el populacho:
¡Muera Santos Pe
264 D. r. SARMIENTO rez!, y él, meneando
desdeñosamente la cabeza y paseando sus miradas por aquella
multitud, murmuraba tan sólo estas palabras: «¡Tuviera aquí mi
cuchillo!» Al bajar del carro que lo conducía a la cárcel, gritó
repetidas veces: «¡Muera el tirano!»; y al encaminarse al patíbulo, su
talla gigantesca, como la de Danton, dominaba la muchedumbre, y
sus miradas se fijaban de vez en cuando .en el cadalso como en un
andamio de arquitectos. El Gobierno de Buenos Aires dio un aparato
solemne a la ejecución de los asesinos de Juan Facundo Quiroga; la
galera ensangrentada y acribillada de balazos estuvo largo tiempo
expuesta a examen del pueblo, y el retrato de Quiroga, como la vista
del patíbulo y de los ajusticiados, fueron litografiados y distribuidos
por millares, como también extractos del proceso, que se dio a luz
en un volumen en folio. La Historia imparcial espera todavía datos y
revelaciones para señalar con su dedo al instigador de los asesinos.
PARTE TERCERA CAPÍTULO PRIMERO GOBIERNO
UNITARIO No se sabe bien por qué es que quiere gobernar . Una
sola cosa ha podido averiguarse, y es que está poseído de una furia
que lo atormenta: ¡quiere gobernar! Es un oso que ha roto las rejas
de su jaula, y desde que tenga en sus manos su gobierno, pondrá
en fuga a todo el mundo. ¡Ay de aquél que caiga en sus manos! No
lo largará hasta que expire bajo su gobierno. Es una sanguijuela que
no se desprende hasta que no está repleta de sangre. Lamartine. He
dicho en la introdución de estos ligeros apuntes que, para mi
entender, Facundo Quiroga es el núcleo de la guerra civil de la
República Argentina y la expresión más franca y candorosa de una
de las fuerzas que han luchado con diversos nombres durante treinta
años. La muerte de Quiroga no es un hecho aislado ni sin
consecuencias; antecedentes sociales que he desenvuelto¿antes la
hacían
266 D. F. SARMIENTO casi inevitable; era un desenlace
político, como el que podría haber dado una guerra. El gobierno de
Córdoba, que se encargó de consumar atentado, era demasiado
subalterno entre los que se habíar establecido, para que osase
acometer la empresa con tanto descaro, si no se hubiese creído
apoyado de los que iban a cosechar los resultados. El asesinato de
Quiroga es, pues, un acto oficial, largamente discutido entre varios
Gobiernos, preparado con anticipación, y llevado a cabo con
tenacidad como una medida de Estado. Por lo que con su muerte no
queda terminada una serie de hechos que me he propuesto
coordinar, y para no dejarla trunca e incompleta, necesito continuar
un poco más adelante en el camino que llevo, para examinar los
resultados que produce en la política interior de la República, hasta
que el número de cadáveres que cubran el sendero ya sea tan
grande, que me sea forzoso detenerme, hasta esperar que el tiempo
y la intemperie los destruyan, para que desembaracen la marcha.
Por la puerta que deja abierta el asesinato de Barranca-Yaco entrará
el lector conmigo en un teatro donde todavía no se ha terminado el
drama sangriento. Facundo muere asesinado el 18 de febrero; la
noticia de su muerte llega a Buenos Aires el 24, y a principios de
marzo ya estaban arregladas todas las bases del Gobierno necesario
e inevitable del comandante general de campaña, que desde 1833
ha tenido en tortura a la ciudad, fatigándola, angustiándola,
desesperándola, hasta que la ha arrancado al fin entre sollozos y
gemidos la suma del Poder público, porque Rosas no se ha
contentado esta vez con exigir la dictadura, las facultades
extraordinarias, etc. No; lo que pide es lo que la frase expresa:
tradiciones, costumbres, formas, garantías, leyes, culto, ideas, con
FACUNDO 267 ciencia, vida, haciendas, preocupaciones;
sumad todo lo que tiene poder sobre la sociedad, y lo que resulte
será la suma del poder público pedida. El 5 de abril la Junta de
Representantes, en cumplimiento de lo estipulado, elige gobernador
de Buenos Aires por cinco años al general don Juan Manuel Rosas,
Héroe del Desierto, Ilustre Restaurador de las Leyes, Depositario de
la Suma del Poder Público. Pero no le satisface la elección hecha por
la Junta de Representantes; lo que medita es tan grande, tan nuevo,
tan nunca visto, que es preciso tomarse antes todas las seguridades
imaginables, no sea que más tarde se diga que el pueblo de Buenos
Aires no le ha delegado la suma del Poder público. Rosas,
gobernador propone, a las Mesas electorales esta cuestión:
¿Convienen en que don Juan Manuel Rosas sea gobernador por
cinco años, con la suma del Poder público? Y debo decirlo en
obsequio de la verdad histórica, nunca hubo Gobierno más popular,
más deseado ni más bien sostenido por la opinión. Los unitarios, que
en nada habían tomado parte, lo recibían al menos con indiferencia;
los federales, lomos negros, con desdén, pero sin oposición; los
ciudadanos pacíficos lo esperaban como una bendición y un término
a las crueles oscilaciones de dos largos años; la campaña, en fin,
como símbolo de su poder y la humillación de los cajetillas de la
ciudad. Bajo tan felices disposiciones, principiáronse las elecciones o
ratificaciones de todas las parroquias, y la votación fué unánime,
excepto tres votos que se opusieron a la delegación de la suma del
Poder público. ¿Concíbese cómo ha podido suceder que en una
provincia de cuatrocientos mil habitantes, según lo asegura la
Gaceta, sólo hubiese tres votos contrarios al Gobierno? ¿Sería acaso
268 D. F. SARMIENTO que los disidentes no votaron? ¡Nada
de eso! No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a
votar; los enfermos se levantaron de la cama a ir a dar su
asentimiento, temerosos de que sus nombres fuesen inscritos en
algún negro registro, porque así se había insinuado. El terror estaba
ya en la atmósfera, y aunque el trueno no había estallado aún, todos
veían la nube negra y torva que venía cubriendo el cielo dos años
hacía. La votación aquella es única en los anales de los pueblos
civilizados, y los nombres de los tres locos, más bien que animosos
opositores, se han conservado en la tradición del pueblo de Buenos
Aires. Hay un momento fatal en la historia de todos los pueblos y es
aquel en que, cansados los partidos de luchar, piden antes de todo el
reposo de que por largos años han carecido, aun a expensas de la
libertad o de los fines que ambicionaban; éste es el momento en que
se alzan los tiranos que fundan dinastías e imperios. Roma, cansada
de las luchas de Mario y de Sila, de patricios y plebeyos, se entregó
con delicia a la dulce tiranía de Augusto, el primero que encabeza la
lista execrable de los emperadores romanos . La Francia, después
del Terror, después de la impotencia y desmoralización del Directorio,
se entregó a Napoleón que, por un camino sembrado de laureles, la
sometió a los aliados que la devolvieron a los Borbones. Rosas tuvo
la habilidad de acelerar aquel cansancio, de crearlo a fuerza de
hacer imposible el reposo. Dueño una vez del poder absoluto, ¿quién
se lo pedirá más tarde, quién se atreverá a disputarle sus títulos a la
dominación? Los romanos daban la dictadura en casos raros y por
término corto fijo; y aun así, el uso de la dictadura temporal
FACUNDO 269 autorizó la perpetua, que destruyó la
República y trajo todo el desenfreno del Imperio. Cuando el término
del gobierno de Rosas expira, anuncia su determinación decidida de
retirarse a la vida privada; la muerte de su cara esposa, la de su
padre, han ulcerado su corazón; necesita ir lejos del tumulto de los
negocios públicos a llorar a sus anchas pérdidas t?n amargas El
lector debe recordar al oír este lenguaje en la boca de Rosas, que no
veía a su padre desde la juventud, y a cuya esposa había dado días
tan amargos, algo parecido a las hipócritas protestas de Tiberio ante
el Senado romano. La Sala de Buenos Aires le ruega, le suplica que
continúe haciendo sacrificios por la patria; Rosas se deja persuadir,
continúa tan sólo por seis meses más; pasan los seis meses y se
abandona la farsa de la elección. Y, en efecto: ¿qué necesidad tiene
de ser electo un jefe que ha arraigado el poder en su persona?
¿Quién le pide cuenta temblando del terror que les ha inspirado a
todos? Cuando la aristocracia veneciana hubo sofocado la
conspiración de Tiépolo en 1300, nombró de su seno diez individuos
que, investidos de facultades discrecionales, debían perseguir y
castigar a los conjurados, pero limitando la duración de su autoridad
a sólo diez días. Oigamos al conde De Daru, en su célebre Historia
de Venecia, referir el suceso: «Tan inminente se creyó el peligro—
dice— , que se creó una autoridad dictatorial después de la victoria.
Un consejo de diez miembros fué nombrado para velar por la
conservación del Estado. Se le armó de todos los. medios; librósele
de todas las formas, de todas las responsabilidades; quedáronle
sometidas todas las cabezas. » Verdad es que su duración no debía
pasar de diez días; fué necesario, sin embargo, prorrogarla por diez
más, después por veinte, en seguida por dos meses; pero al fin fué