CLASE 1
LA FORMACIÓN DEL ADULTO COMO LECTOR DE LITERATURA
DOCENTES QUE LEEN Y DAN DE LEER
Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y
Aún nadie sabe qué será…
Ítalo Calvino
Bienvenidos y bienvenidas, estimados/as docentes, a este curso de formación del Plan
Provincial de Lectura Salta: “Docentes que leen y dan de leer”. El mismo, cuenta con
declaración de interés educativo (puntaje docente) bajo la resolución ministerial N° 70/20, con
30 hs reloj, 40 hs cátedra.
La lectura nos convoca a un encuentro con la palabra escrita pero también con la palabra de
otros lectores y, para que este encuentro sea, es necesario que la palabra entre en circulación.
En otras palabras, que la lectura sea un diálogo con el texto y sobre todo con otros lectores.
Entonces, este espacio pretende ser, más que un espacio de formación, un espacio de
construcción de sentidos donde las palabras se materializan en lecturas, emociones,
opiniones…en más lectura. En este sentido, volvemos a pensar en la Ley Nacional de
Educación N° 26.206 cuando nos insta a poner a la lectura en el centro de la acción. De este
modo, sostenemos que poner en un lugar central a la lectura es trabajar sobre el proceso
individual de cada sujeto.
Sin embargo, la lectura no solo se da como un proceso cognitivo, al mismo tiempo individual y
universal, sino también y fundamentalmente como un espacio intersubjetivo conformado
históricamente: las prácticas de la lectura involucran significados, actitudes y dispositivos que
emergen y se transforman en contextos culturales determinados. Repensar los procesos
alfabetizadores en la escuela exige crear “ocasiones”, en palabras de Graciela Montes (2006),
para que cada docente pueda apropiarse del objeto textual, compartir los diferentes “usos” del
texto literario y vivir nuevas experiencias de lectura. En este marco, las conversaciones
literarias son una herramienta fundamental para la mediación y la promoción de la lectura pues
son los mismos lectores los que a través de la oralidad dan cuenta de sus propias
interpretaciones, intervienen sobre las de los demás y transforman sus construcciones a partir
del diálogo y la escucha.
Nuestros objetivos a lo largo de este trayecto serán:
● Construir herramientas conceptuales en torno a los criterios de selección de textos
literarios y la mediación lectora.
● Reflexionar sobre nuestro rol como docentes y adultos lectores.
● Explorar propuestas pedagógicas en torno a los itinerarios lectores.
Durante la cursada se solicitará, para su aprobación, la lectura de las clases escritas y la
participación a través de un formulario google con la finalización de cada una de ellas; como así
también un formulario evaluativo a completar con el cierre del curso.
El lector
Vivimos rodeados de letras e imágenes que decodificamos a cada momento. A nuestro
alrededor existen estímulos que dotamos de significados. Cuando caminamos por la calle,
viajamos en colectivo o vemos televisión, estamos construyendo sentidos. Pero hay una acción
que nos particulariza. Cada vez que decidimos tomar un libro de literatura con nuestras manos
o buscar un ejemplar en internet para deslizar las páginas por la pantalla adoptamos un rol
específico: nos convertimos en lectores literarios.
Cuando somos lectores de literatura, nos asedian múltiples miradas. Para algunas de ellas, esa
práctica no tiene ningún sentido, solo nos coloca en un plano de inactividad. Otras, al contrario,
conciben dicha actividad como un hacer donde es posible construir nuevos y múltiples mundos,
sentimientos, ideas, un sin fin de cosas.
Se ha dicho mucho sobre la tarea que realizamos los lectores y las lectoras. Desde cómo nos
formamos, el modo en que realizamos ese accionar, la manera en que tratamos a los textos,
todos esos puntos marcan un tipo de ingresar, hacer y vivir con lo escrito.
Los y las invitamos a mirar la
conferencia de María Teresa
Andruetto "Elogio de la
dificultad. Formar un lector de
literatura"
Esta forma particular de ser y hacer ha sido abordada por autores y autoras. Cada cual la
concibe de maneras puntuales. Unas consideran que las personas solo extraen los significados
de las palabras puestas en el papel, otras, piensan que el vínculo que se construye en una
suerte de vaivén entre una y otra.
Louise Rossenblatt (2002) en La literatura como exploración menciona que “La obra literaria
existe en el circuito vivo que se establece entre el lector y el texto: el lector infunde significados
intelectuales y emocionales a la configuración de símbolos verbales, y esos símbolos canalizan
sus pensamientos y sentimientos”.
María Adeñoa Díaz Rönner en La aldea literaria de los niños (2011) dice que: El lector tiene la
oportunidad de gozar del “Enorme deleite [que] produce cruzarse a la zona de lo incontrolable,
de lo indómito, en las barcazas de las palabras (...) No se sabe nunca a qué orillas nos
acercarán o dónde encallarán sus proyectos; los libros no negocian con sus lectores, les
exigen, o deben hacerlo, una especie de pactos o contratos donde el desafío para su
navegación se pre establece entre ambos”.
Cada persona que traba lazos con la literatura lo realiza a través de una serie de voces y citas
que se entrecruzan, entran, salen del libro y dialogan entre sí. Entonces, toda lectura es un acto
polifónico. Esto sucede de ese modo porque quien lee cuenta con un recorrido que es individual
y social, carga sobre sí una biblioteca personal: una textoteca.
Ahora nos preguntaremos, yo… ¿tengo una textoteca? Laura Devetach (2012) en La
contrucción del camino lector nos dice que una textoteca está “armada con palabras,
canciones, historias, dichos, poemas, piezas de imaginario individual, familiar y colectivo.
Textotecas internas que se movilizan y afloran cuando se relacionan entre sí. A la manera de
las retahílas infantiles podemos decir que en cada persona hay muchos textos, que la unión de
los textos de muchas personas arman los textos de una familia, de una región, de un país.
Toda interacción con los libros es compartida con una experiencia previa que está marcada por
un momento particular. Por lo tanto, leemos atravesados por una perspectiva que nos relaciona
con los textos de cierto modo y esa interacción va a diferir de la que otra persona realice.
Nuestros vínculos con los libros, en cierto sentido, están mediados por el contexto donde
transitamos. Leemos desde donde somos y habitamos.
Los libros que nos habitan
Borges (...) escribió: «De los diversos instrumentos del hombre, el más
asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El
microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la
voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra
cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación».
(Vallejo, 2019, p. 127 y 128)
En su relato “La biblioteca de Babel” el autor propone una suerte de analogía entre el universo y
una biblioteca infinita, en continua expansión. Sus galerías se vuelven, así, inabarcables.
Infinitas escaleras y pasillos de la imaginación se abren ante los lectores. Solo como sociedad
completa podemos ser poseedores de todos esos mundos posibles. Como cientos de partículas
suspendidas en el aire, conformamos esa gran Babel de la lectura. Expandimos, entonces, la
memoria colectiva en el entramado de las memorias individuales. Estamos habitados por esos
libros, historias, canciones y esas lecturas que forman parte del gran misterio universal.
En el mismo sentido, Vallejo compara esta biblioteca imaginada por Borges con las
posibilidades de dominio de los habitantes de una colmena, quienes:
…tienen las mismas limitaciones que nosotros: dominan apenas un par de lenguas, y el
tiempo de su vida es breve. Por tanto, las posibilidades estadísticas de que alguien
localice en la inmensidad de los túneles el libro que busca, o simplemente un libro
comprensible para él, son remotísimas.
(Vallejo, 2019, p. 32)
Esta imposibilidad de dominio tiene que ver con múltiples factores: la corta vida de un ser vivo,
las limitaciones de movimientos, nuestras funciones individuales, etc. Sin embargo, como
sucede en las colmenas si las pensamos desde una perspectiva biodinámica, el ser vivo no es
la abeja en sí, sino la colmena. Los lectores, entonces, no somos solo una memoria individual,
sino parte de un gran “ecosistema lector” en el que nos completamos aunque no podamos, al
menos por ahora, ver nuestra totalidad desde afuera.
Por suerte, para los lectores, la búsqueda es necesaria y muchas veces nos movemos con la
certeza de que hay un libro, una historia o un poema que nos interpele, que nos abrace en
determinado momento.
En este sentido, es importante recordar que cada uno/a de nosotros/as, como docentes, como
adultos lectores, nos enfrentamos a dos formas de vivir el tiempo de lectura. Por un lado, nos
vemos frente a lo que algunos filósofos llaman heterorritmia, es decir un tiempo marcado por las
obligaciones, los horarios o la rutina; y, por otro, a la ideorritmia, en otras palabras, un tiempo
de libertad individual, propio, que se predispone para el gozo y el placer.
El docente como adulto lector
Quienes trabajamos en función de la promoción y la mediación de lecturas, nos encontramos
muchas veces en un constante “leer para…”. Es decir, estamos en permanente búsqueda de
libros, textos en función de nuestro rol como docentes. Sin embargo, es igual de importante la
búsqueda de nuevos textos que se sumen a nuestro propio recorrido como lectores. Esto es
más que volver a pensar en el placer por la lectura. Es, en gran medida, el sabernos parte de
una comunidad de lectores.
Maria Zambrano afirmaba que pensar (leer diríamos nosotros)1 es una actividad que se hace en
solitario pero nunca en soledad. Y es que la lectura es siempre un diálogo, una acumulación de
lecturas sobre el mismo texto, como también una conversación constante con toda la historia de
los libros.
Reconocernos como adultos/as lectores no es sólo admitir aquello que hemos leído, sino saber
que hay siempre un nuevo texto esperando ser descubierto. Volviendo a Zambrano “El sentido
es el nunca dejar de hacernos”.
Entonces, pensarnos como adultos lectores, es plantearnos nuestra relación con los libros, tal
vez, siguiendo la idea de Úrsula Leguín “como botella, es decir, como recipiente” (2021, p. 5).
Esta autora propone a la botella como héroe, en tanto contenedor en general, como una cosa
que contiene algo más. Tiene la hipótesis de que el primer dispositivo cultural ha sido,
posiblemente, un recipiente. Bajo esta metáfora proponemos pensarnos como ese elemento
que recibe, lleva, traslada y comparte libros, historias, arte y todo aquello que, como
mediadores, releemos, cuestionamos, intervenimos, entre tantas otras formas de mediar.
El docente como adulto lector es, entonces, un mediador. Es esa persona que oficiará de
puente entre los libros y los lectores. Acercar, intervenir, ofrecer son todas acciones que
pueden relacionarse con la actividad de un mediador de lectura. La mediación es una actividad
que tiene que ver con procurar que otros lean y se formen como lectores (Robledo, 2010, p.30).
Pero, para ello, es importante llenarse de contenido primero.
Dice Michel Petit que un mediador:
es aquel o aquella que ayuda a traspasar umbrales, en diferentes momentos del
recorrido. Ya sea profesional o voluntario, es también aquel o aquella que
acompaña al lector en ese momento a menudo tan difícil, la elección del libro.
1 Aclaración nuestra.
Aquel que brinda una oportunidad de hallazgos, dándole movilidad a los acervos
y ofreciendo consejos eventuales, sin deslizarse hacia una mediación de tipo
pedagógico. (1999, p. 14)
La mediación, entonces, es un acto a través del que se realiza una invitación a traspasar una
puerta para quien se ha quedado en un umbral. Es brindarle la posibilidad de dar un salto a la
lectura donde se pueden recrear mundos, hacer y desechar ideas, construir y resignificar el
lugar que se habita. El mediador no puede ser alguien que sólo refuerza lo ya conocido, debe
ser aquel que abre mundos. Pero, para abrirlos, es necesario haberlos habitado antes, trazar
nuevos mapas, nuevos destinos que aún están por descubrirse.
Entonces, podríamos agregar que quien oficia de mediador/a debe ser, ante todo, un lector/a
asiduo que sepa fomentar la participación de otros/as lectores/as y que tenga cierta dosis de
imaginación y creatividad. Ser lector, en este sentido, exige ser un buscador/a incansable, un/a
cuestionador/a que, al modo de Barthes, levanta la cabeza de la página para hacer estallar los
sentidos de la lectura.
Bibliografía
- Andruetto, María Teresa (2014) "Elogio de la dificultad" en la 14° Feria del libro infantil y
juvenil, Montevideo.
- Devetach, Laura (2008) La construcción del camino lector, Buenos Aires, Comunicarte.
- Vallejo, Irene (2019) El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo,
México, Titivilus.
- Leguin, Ursula k. (2021) La teoría de la bolsa como origen de la ficción, en Oficios varios.
- Petit, M. (1999) Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, México, FCE.
- Robledo, B. (2010) El arte de la mediación. Espacios y estrategias para la
promoción de la lectura, Bogotá, Norma.