La historia de Bélgica es un tapiz complejo, tejido con hilos de influencias
extranjeras, conflictos religiosos y una búsqueda constante de identidad nacional.
No es la historia de una nación que surgió de la nada, sino de un cruce de caminos
europeo donde diversas culturas y potencias se encontraron, lucharon y, finalmente,
se fusionaron.
De los Celtas a la Época Romana
El territorio que hoy conocemos como Bélgica estuvo habitado en la Antigüedad por
tribus celtas, siendo la más notable la de los Belgae, que dieron nombre a la
región. En el 57 a.C., Julio César conquistó la zona, describiendo a los belgas
como "los más valientes de todos los galos". La dominación romana duró varios
siglos, dejando una profunda huella en la infraestructura y la cultura, con la
construcción de calzadas, ciudades y el fomento del comercio.
La Edad Media: El auge de las ciudades y los principados
Tras la caída del Imperio Romano, la región fue invadida por tribus germánicas,
principalmente los francos, lo que condujo a la división del territorio entre los
reinos de Austrasia y Neustria. Más tarde, bajo el Imperio Carolingio de
Carlomagno, el territorio belga se convirtió en una parte central de su vasto
dominio.
La desintegración del Imperio Carolingio en el siglo IX dio lugar a una
fragmentación política, con el surgimiento de poderosos principados y condados,
como el Ducado de Brabante y el Condado de Flandes. Fue en esta época cuando las
ciudades flamencas, como Brujas, Gante e Ypres, experimentaron un auge económico
sin precedentes. Gracias a su floreciente industria textil, se convirtieron en
centros comerciales de importancia mundial. Esta riqueza, sin embargo, generó
tensiones con los reyes de Francia, que buscaban controlar la región, lo que
culminó en la Batalla de las Espuelas de Oro en 1302, un evento simbólico de la
resistencia flamenca.
El Dominio de los Borgoñones y los Habsburgo
En el siglo XV, la región de los Países Bajos (que incluía la actual Bélgica) se
unificó bajo el control de los Duques de Borgoña. Este período, conocido como la
"Edad de Oro borgoñona", fue un tiempo de gran prosperidad y florecimiento
artístico. Artistas como Jan van Eyck y Rogier van der Weyden crearon obras
maestras que sentaron las bases de la pintura flamenca.
En 1477, a través de matrimonios dinásticos, el territorio pasó a manos de la Casa
de Habsburgo. Bajo el emperador Carlos V, que nació en Gante, la región se integró
en su inmenso imperio. Sin embargo, el protestantismo de la Reforma provocó graves
conflictos religiosos, lo que llevó a la Guerra de los Ochenta Años. Como
resultado, los Países Bajos se dividieron en dos partes: el norte protestante, que
formó la República Holandesa, y el sur católico, que permaneció bajo el dominio de
los Habsburgo españoles. Esta división sentó las bases de las futuras fronteras
entre Bélgica y los Países Bajos.
Del Dominio Austríaco a la Revolución Francesa
Tras la Guerra de Sucesión Española, el territorio belga pasó a manos de la Casa de
Habsburgo de Austria en 1713. Este período vio un crecimiento económico y un auge
de la Ilustración. Sin embargo, la Revolución Francesa cambió drásticamente el
curso de la historia. Las tropas francesas invadieron la región en 1794,
anexionándola a la República Francesa. La dominación francesa introdujo importantes
reformas legales y administrativas, como el Código Napoleónico, pero también impuso
una fuerte censura y la conscripción militar.
La Creación del Reino de Bélgica
Tras la caída de Napoleón, las potencias europeas, en el Congreso de Viena de 1815,
unieron los antiguos Países Bajos austriacos y las Provincias Unidas para formar el
Reino Unido de los Países Bajos bajo el rey holandés Guillermo I. La unión fue
impopular para muchos belgas, que se sentían oprimidos por la política de su
monarca en cuanto a religión (protestantismo), idioma (holandés) y economía.
Las tensiones estallaron en la Revolución belga de 1830. Con el apoyo de la
burguesía y la Iglesia, los rebeldes belgas expulsaron a las tropas holandesas de
Bruselas, declarando su independencia. Las grandes potencias europeas reconocieron
la nueva nación y, en 1831, Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha fue nombrado el
primer rey de los belgas. Bélgica se estableció como una monarquía constitucional,
y su neutralidad fue garantizada por un tratado internacional.
La Industrialización y el Congo
El siglo XIX fue un período de rápida industrialización para Bélgica. El país se
convirtió en una de las primeras potencias industriales del continente, con el
desarrollo de la minería del carbón, la siderurgia y la industria textil. Sin
embargo, este progreso trajo consigo importantes problemas sociales y la
explotación de los trabajadores.
Durante el reinado de Leopoldo II, se produjo uno de los capítulos más oscuros de
la historia belga: la colonización del Congo. Leopoldo II, a través de una empresa
privada, se hizo con el control del vasto territorio africano, explotando a la
población local de manera brutal para extraer caucho y marfil. Las atrocidades
cometidas en el Estado Libre del Congo fueron tan graves que el gobierno belga se
vio obligado a anexionar la colonia en 1908.
Las Guerras Mundiales y la Postguerra
A pesar de su neutralidad, Bélgica fue invadida por Alemania en la Primera Guerra
Mundial, lo que le valió el apodo de "la pequeña Bélgica heroica". El país sufrió
graves daños y una ocupación brutal. En la Segunda Guerra Mundial, la historia se
repitió: Alemania la invadió nuevamente en 1940. La ocupación alemana duró cuatro
años, con la resistencia belga jugando un papel crucial.
Tras la guerra, Bélgica se convirtió en un miembro fundador de las Naciones Unidas,
la OTAN y la Comunidad Económica Europea (CEE), precursora de la Unión Europea.
Bruselas se consolidó como la capital de la CEE, y más tarde, de la UE.
La Complejidad Actual: El Conflicto Lingüístico
Hoy en día, Bélgica es una monarquía constitucional federal dividida en tres
regiones autónomas: Flandes (de habla neerlandesa), Valonia (de habla francesa) y
la Región de Bruselas-Capital (bilingüe). El país enfrenta un constante conflicto
político y lingüístico entre las comunidades flamenca y francófona, con demandas de
mayor autonomía por parte de Flandes y debates recurrentes sobre la viabilidad de
un estado unitario. A pesar de estas tensiones, Bélgica sigue siendo un país
próspero y un centro vital en el corazón de Europa. Su historia, marcada por la
diversidad, la resiliencia y la constante búsqueda de equilibrio, es un reflejo de
su compleja y fascinante identidad.