Aquí tienes la historia de Tobi, más larga y detallada, con más descripciones y un
enfoque en el crecimiento del personaje.
El taller del viejo Jan no era solo un lugar de trabajo; era un santuario de polvo
y sueños suspendidos. En una de sus esquinas, junto a un baúl lleno de hilos
enredados y ojos de cristal de todos los tamaños, colgaba Tobi. No era la marioneta
más grande, ni la más colorida, pero sus ojos de cerezo, tallados con una
dedicación que solo un artesano de corazón puro podía tener, brillaban con una luz
propia, reflejando el fulgor de las lámparas de gas que iluminaban las noches de
Gante.
Cada tarde, cuando el sol se ponía tras las torres del Castillo de los Condes, Jan
tomaba a Tobi de su gancho. Sus manos nudosas, con la piel curtida por años de
pulir madera y domar hilos, hacían que Tobi bailara en una pequeña plaza. Tobi era
un soñador, un narrador mudo que, a través de sus movimientos, contaba historias de
fantasía. Sin embargo, en el silencio de la noche, su anhelo era simple: quería ser
real.
Una noche, el invierno se hizo sentir con una furia inusual. El viento, una bestia
invisible, aullaba entre los tejados flamencos, arrojando copos de nieve que se
pegaban a las antiguas fachadas. Jan, con la espalda encorvada por la edad y el
frío, guardó a Tobi con especial cuidado, susurrándole una última historia de un
dragón con aliento de cacao. Al salir, un objeto se le resbaló del bolsillo y cayó
junto al corazón de madera de Tobi: la llave mágica de la familia. No era más
grande que un pulgar, pero estaba grabada con símbolos ancestrales que parecían
contener la luz de las estrellas.
La tormenta arreció. Un rayo zigzagueó en el cielo y un trueno sacudió las paredes
del taller. Justo en ese instante, una ráfaga de viento helado abrió la ventana de
golpe, balanceando la pequeña llave. Esta se balanceó como un péndulo de un reloj
antiguo, golpeando suavemente el pecho de Tobi. Un destello de color índigo y oro
brotó de la llave, envolviendo a la marioneta en una luz cálida que olía a madera
recién cortada y a pan horneado.
Cuando la luz se desvaneció, los hilos de Tobi se desprendieron con un sonido
suave, como el crujido de hojas secas. Sus ojos de cristal, que solo habían
reflejado el mundo, ahora lo percibían. El frío no era solo una luz azulada; era
una punzada en la piel. El polvo no era una mota flotante; era un cosquilleo en su
nariz. Y el olor a madera del taller se mezclaba con el aroma a humedad de los
canales y a gofres lejanos.
Tobi, ahora libre, se levantó con un crujido de bisagras recién aceitadas. Se
acercó a la ventana, sintiendo el aire gélido que le helaba la cara. El mundo
exterior ya no era un escenario que él solo podía imitar; era real, vibrante y
lleno de promesas. La nieve cubría los tejados de la ciudad como un manto de
azúcar, y los faroles iluminaban los canales con un brillo fantasmal. Por primera
vez, Tobi vio a Gante no como una postal, sino como el hogar de sus sueños.
Sus pies de madera, que antes solo conocían el movimiento que Jan les dictaba, se
movieron con una voluntad propia. Descendió del taller, listo para enfrentarse a la
noche. En su mano, sostenía la llave mágica, ahora tibia y vibrante. Sabía que su
historia como marioneta había terminado. Ahora era un ser de madera que vivía en un
mundo de carne y hueso, donde la búsqueda de un dragón de chocolate era una
aventura real y donde el sabor de un gofre no era solo un cuento, sino una dulce
realidad. Y así, bajo la luz de la luna gantesa, Tobi emprendió su primer paso
hacia un nuevo y maravilloso destino.