ONIRIAS
Participan:
A: Lorena
P: María
S: Ángela
Narrador: Santiago
Escritoras
Código de vestimenta: actrices de azul. Narrador de negro.
Escritoras de negro o rojo. No estampados.
ANDREA: Escena 1
Primero Sueño-Infancias
Narrador: Interior feria del libro de Guayaquil. Tres mujeres
vestidas de azul están sentadas en una embarcación (parecen
sillas, se ven como sillas, pero sabemos es un barco pequeño).
Navegan a la deriva por un estero amplio y verdor. Toman
turnos para dirigir la nave. Mientras, los pájaros retornan a sus
palacios cubriendo de colores extraños el cielo del atardecer.
A (mirando al cielo con fascinación):
La lluvia que nos regresa a la niñez trae el olor del agua, pasto,
guayabas y tierra mojada: túneles de memoria. La pelota de los
juegos golpetea por nuestro cuerpo y, al igual que la soledad de
la luna, se queda instalada. Una pesadez pequeña, en el vientre,
puede sentirse; reposa allí una melancolía lunar, profundo mar
anciano. Un peso recóndito, una caricia redonda, arrullo
inmaterial, nos deposita somnolientos en el regazo de mamá.
P (mirando el agua con ternura y luego a A):
Vas a construir el pasado con sumo cuidado: bordarlo,
fundirlo, inventarlo. ¿Para qué contar la historia como fue?
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¿De qué serviría? Planificas, armas, planteas, cercenas,
aunque el tránsito vaya mostrando que, por más esfuerzos
para no falsear la verdad que haces, al final solo eres el
vehículo para que esa misma historia se construya por
combustión espontánea, como si desde adentro, como hace
la inteligencia artificial, pudiera generarse a sí misma.
¿Cuál sería tu responsabilidad en este trabajo?
S (mirando hacia adelante severa y curiosa, es decir
precavida):
En el centro de la ciudad, la basura se amontonaba en las
esquinas, y en algunos lugares cerca de la ría, olía a orina.
Cuando mi abuela me llevaba de paseo para que viera las
fuentes y los jabalíes franceses en el Malecón, me golpeaba ese
aroma rancio y por demás conocido. Cuando mi abuela se daba
cuenta de que yo no soportaba el hedor, me decía: las niñas no
hacen muecas.
Después me acostumbré a ese olor y al del estero. Nadie
que pase por esta ciudad deja de sentir el aroma salobre y
putrefacto que es incontenible cuando baja la marea. En
invierno, la lluvia y la humedad se funden con el zumbido
de los mosquitos. La sensación de ser melcocha se lleva
para siempre, acá. Viví toda mi infancia frente a un estero y
una cantera. Al estero me aventuré muchas veces; a la
cantera, no, porque me acordaba de la historia que mi
mamá me había contado.
P (tocando el aire con las manos):
A veces sueño con el mal. Es la garra extendida de un gato con
uñas cristalinas que aprieta mi dedo índice hasta la sangre; una
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enfermera displicente de trato cruel; un taxi que rueda en
medio de una noche ventosa, que rueda y rueda sin llegar a
ninguna parte. Una pareja que hace un viaje largo de
descubrimiento por el desierto, como en ese cuento de Clive
Barker, “En las colinas, las ciudades”. Unos que follan y follan,
por no dejarse ir, sin tener qué decirse.
A (a P): a veces no hay nada que decirse
S: a veces hay demasiado, allí se hace silencio
P a S: Haz silencio, tu papá ha venido a visitarnos
Narrador: se oye un silbido, un viento anciano y robusto. Es
brillante y arremolina la copa de los árboles. Se queda allí
vigilante
A: (mira hacia los árboles. Mira a sus compañeras. Vuelve
a ver a su padre/viento. Empieza a mover su pierna con
tip nervioso como sucede con los hombres al saber que
serán calvos):
Por lo visto su padre es elegante, exageradamente estiloso y
con una impostación de actor dramático. Lleva una corbata a
rayas rojas y un saco cruzado, con hombreras, como los que
usaban los pachucos mexicanos; solo le falta la pluma de
avestruz para rematar el exceso del sombrero. Está sentado en
una silla de respaldar dorado y usa zapatos blancos rematados
con un lazo de cordones, como los que llevarían a la pista los
virtuosos bailarines de salsa. No trae medias. En lugar de eso,
entre la bastilla del pantalón y el calzado, le veo su carne de
reptil. Es canela, verdosa, grisácea, marrón, no sé decirlo. Sé
que ese hombre sin calcetines es la encarnación de algo
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terrible, de algo innombrable que empieza a descalzarse lento,
porque entra en confianza con la realidad.
P (a S.): ¿Y tu padre era poeta? ¿O… artista plástico?
S: Le he robado a mi padre de la billetera. He intentado buscar
a unos antepasados porque quisiera heredar una fortuna. Soy
supersticiosa, pero eso es porque en Guayaquil una llega a eso
con el tiempo y usted ¿es hija de su padre? ¿0 de su madre?
P: Depende de la temporada o la filiación política
A: Es decir se comporta como asambleísta… o guerrillero
S: Entre las dos acciones parece no haber claras diferencias.
P: Los revolucionarios que combaten a la burguesía hacen el
bien. Todo en contra del capital, pero con el capital.
A: Ninguna revolución se hace sin capital.
S: El miedo vendría mucho después, con las armas
P: El recuerdo es un vecindario aledaño al cual no traspasamos
sin pagar un precio alto.
S: Mi padre soñaba con que yo fuera Ana Pavlova, pero yo salí a
mi madre con este cuerpo italiano, pura carne. Siempre he sido
más o menos igual desde los quince, unos kilos más, unos kilos
menos. Soy de músculo, algo de grasa, algo de pulpa; el resto
son palabras
Narrador: Aparecen cinco gatas a babor. Se reunen, parecen
estar al acecho. Deciden agruparse como una organización:
Frente Unitario por la liberación de las Fieras.
Mientras la barca navega, las gatas emiten un comunicado,
firman un manifiesto y fundan una ONG no lucrativa con fondos
de las Naciones Unidas y Corporación El Rosado.
ANDREA: Intervención 1: Lectura de extracto de obra La
Noche artificial a cargo de Solange Rodríguez.
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Fin de escena Uno
Andrea: Escena 2
Amores
Narrador: El barco está detenido. Las gatas en proceso
revolucionario han abandonado las armas por el sueño
profundo. Las mujeres revisan el estado de la embarcación.
Algo serpentea en el agua: peces plateados incendiados por la
luna. En el aire llega el amor.
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A (en estado de ensueño y frenesí):
Me miro a mí misma y soy tres. Yo, con vestido azul añil y
trenzas, sostengo la taza, bebo lento. Soy una mujer gorda y
severa. Yo, con vestido celeste grisáceo, refriego el menaje e
imito a la Sra. Agatha, asesino a varios. Yo, tercera, con vestido
ceniza y cabello lacio, me siento en el sofá con las piernas
recogidas, que rodeo con los brazos. Hay una danza en la sala.
Un baile que se asemeja a la marea entrante del estero.
Recuerdo. Tuvimos una gata llamada Marea.
Oigo un grito. Un ruido de fiera, un gruñido. Desde el sofá veo
cómo Yo misma, en
el lavamanos, he cortado la palma de mi mano de un solo tajo.
Mi boca es la de un pelícano incendiado.
S (como si se estuviese en estado de trance):
Yo, en el comedor, solo miro y en el lavamanos gruño. Sostengo
la muñeca de la mano lacerada y la sangre gotea sobre el
mantel de brocados. Me siento en la mesa en donde, Yo otra,
dejo el café y, Yo tercera, me levanto del sofá para unirme al
convite del dolor. Ahora las tres estamos juntas, en la pequeña
mesa de caña que mandamos a construir a un artesano leñador.
Vemos nuestra mano cortada. Dentro de la herida palpitante, el
rojo de la sangre balbucea algo. Dice cosas que sabemos
importantes, pero no podemos entender los signos.
P (enamorada y algo avergonzada):
La herida es un abismo. El esposo entra en la casa, trae
consigo una funda con panes calientes y olorosos Nos mira y se
apresura a entrar, pregunta por la mano. Va al cuarto de baño
en busca de alcohol. Yo con trenzas lo sigo y lo sostengo por la
espalda, beso su cuello tibio. Cuando regresa a curarnos, una
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bandada de loros se posa en el árbol de acacias frente al
departamento. Lloro un poco, solo un poco. Un gimoteo que no
es de dolor, ni de angustia. Lloro por tener que hablar, lloro
para que las palabras dejen de ser piedras enormes que nos
lapiden. Sin embargo, la herida dice.
A: Él venda nuestra mano. Ahora todo está bien, me miro a mí
misma y sigo siendo un carrete de espejos.
S: La llaga habla. No puedo ser profeta.
P: La profeta del estero. La mujer envuelta en túnicas azules,
insomne, que escribe en una ciudad llena de odio y violencia
Narrador: El agua las lleva hacia la entrada del Golfo. La
embarcación se mece suave con el intenso olor de sal del
Pacífico.
S: Me gustaba la belleza de un hombre dormido. Sus pestañas
tiernas desplomadas, su carne blanca y dura, salvo por los
lunares de su espalda. Cuando se despierta y quiere sexo, se
derrumba piedra a piedra sobre mí.
Nos costó ponernos de acuerdo en qué lado de la cama
compartiríamos.
Nos costó que pudiéramos coger juntos el sueño.
Nos costó recuperarnos de lo buenos que éramos una vez
entrados en ritmo y luego de que debíamos separarnos.
Narrador: El amor es una niebla que cubre los ojos de quienes
transitan en esta embarcación. El amor es una marea
golpeando la barca y la sangre. Llega la noche. Apenas una
estría dorada separa las aguas del mundo nocturno. Las
mujeres levitan como la vegetación.
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Intervención 2: Lectura de extracto de obra Me llamo
Claudia Cardinale de María Paulina Briones (fragmento
entrada final de Carmilla)
Fin de escena Dos
Escena 3
Deambular, caer
Narrador: Noche estrellada. Luna próxima a estar llena. Las
garzas y las iguanas duermen en los mangles platinados.
Los cangrejos salen de sus cuevas de fango, llenan las orillas,
inician sus exploraciones con sus cuerpos resplandecientes,
neones. Las mujeres lanzan el ancla al estero. Se disponen a
bajar
S (con precaución):
En la selva no puedo pensar porque el calor va calando hondo
hasta que me doy cuenta de que estoy deshidratada. Y en las
noches esos bichos, ese sonido bestial. Otra vez duermo, o eso
creo.
P (cuidando sus pasos):
La casa está cerca. El estero sulfuroso que se parece a las
greñas de una bruja. A esa tierra fangosa se lanzan a cazar las
gatas y vuelven con iguanas que no han sido demasiado
rápidas, con pajaritos y con crías de lagartos. En el trópico
quedarse quieto es morir.
A (con curiosidad):
Los cangrejos se mueven por las ramas Si no las observas bien,
pensarías que son larvas de batracios dibujados con un pincel
de punta finísima en un primer estadío de crecimiento. Su
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corazón es una entraña translúcida. Los veo reptar ramas
abajo, estero abajo, rumbo a la cabecera de las camas.
Y ahora las termitas, el ejército de mirmidones blancos que han
decidido que no les basta la casa y ahora quieren carcomerme
el cerebro (tendrán que desalojar primero a los murciélagos).
S: No los tritures con los dedos
P: Se aplanan, gelatinosos, pero están lejos de morir. Se
reagrupan en un cuerpo más grande que tiene la forma de una
medusa, si es que las medusas nadaran en tierra.
Son como una mascota o un fantasma.
Narrador: Las mujeres caminan sobre las aguas, las gatas las
custodian y levitan
A: Tenemos que aprender, aprender nuevas palabras, nuevos
colores, nuevas plantas. Tenemos que decir bien la palabra
viento y la palabra flor. Vivir también debe aprenderse.
P: Tomar esta lengua y transformar las sílabas en objetos, los
objetos en músculos y los músculos en gritos.
S: Desaprender las letras para encontrarnos.
P: Luego de los golpes y las desapariciones llega un tiempo
circular. El tiempo en donde cada historia se aleja de su origen,
como una caracola replegada en su propio elemento.
A: Soy un caracol y soy un mar. Profundo ruido de agua,
profundo silencio.
S: Esta vez la historia será así: en la ciudad cárcel, en la galaxia
sureña al fondo del culo de un cometa, una anciana se despierta
cada madrugada a preparar el desayuno. Como un animal
marino, pequeño y blando, cocina, cuece la miel, revuelve y
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tritura frutos. Prepara sustentos. Se sienta en una silla y se
sueña niña. Se sueña hereje, se sueña dueña de sí.
A: Me gusta caminar por el estero en las madrugadas. Tal vez
lo hago insomne tal vez es mi deseo. No me gustan las mañanas
porque pierdo el sentido de la orientación -política, me
refiero…. Disculpen la infidencia.
P: Me cubro la cara y el sexo. Me cubro la boca porque, si me
descuido, aúllo. Aúllo a la media tarde, en la noche, a las 23:00.
Estoy hecha un aullido, un grito.
Me cubro toda y mi cuerpo me aúlla. Disculpen la infidencia,
porque esto de ser mestiza, es decir, mitad fantasma, mitad
profesora universitaria, me eriza toda.
S: Les cuento una infidencia…. si me duermo entre laureles,
amanezco olorosa a pradera y con una pereza que me
reblandece y me vuelve improductiva toda la semana siguiente;
pero si duermo abrazada al lomo de sensuales dinosaurios,
amanezco magullada y, a los nueve meses, eclosiono un gran
huevo plateado de padres irresponsables, quienes jamás se
quedan para verme despertar, ni preparan café ni dejan unos
billetes sobre la veladora para la manutención de los pequeños
raptores. Luego, pintarrajeada de verde y con plumas pegadas
a la espalda, debo enseñarles a cazar carne, yo sola
A: Y ya que estamos confesándonos, declaro que me gusta
entrar al mar sin ropa; no creo en el pudor del cuerpo. Prefiero
destapar los muebles de la casa, aunque las gatas les entierren
las uñas. No me gusta que me inviten a fiestas familiares.
Detesto los velorios. Tomo cola de dieta, porque me ilusiona
pensar que no lo es. Miento más de lo que quisiera.
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P: tenemos que aprender, aprender nuevas palabras, nuevos
colores, nuevos sonidos. Tenemos que decir bien la palabra
viento, la palabra flor y las palabras crímenes de estado.
S: Tenemos que decir violencia con los ojos y con los pies.
Tenemos que ubicar la lengua en el corazón y pensar con
nuestras entrañas.
Santiago: Intervención 3: Lectura de extracto de obra
Objetos del Cielo profundo, de Andrea Crespo Granda.
Narrador: La noche está disolviéndose. Una pequeña
sensación de luz invade todo el manglar. Los cangrejos
regresan con sus caparazones neones, tornasolados a sus
cuevas de fango. Los primeros trinos, aleteos se pronuncian
desde los condominios de los pájaros. Las mujeres, las gatas
custodias, se disuelven en la bruma de la oscuridad.
Desaparecen dejando un rastro de estrellas
Andrea: Fin de intervención.
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