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P Antro Sintesis

El artículo de Rodrigo Castro Orellana examina cómo la medicina ha sido utilizada como herramienta de control social dentro del capitalismo desde el siglo XVIII, enfatizando la biopolítica y la transformación de la salud en un objetivo político. Se discuten las implicaciones de la creación de la infancia, el desarrollo del hospital moderno y la medicina social, así como el impacto del neoliberalismo en la salud como un bien de consumo. Por otro lado, el modelo médico hegemónico, caracterizado por su enfoque biologicista y tecnocrático, enfrenta una crisis debido a su incapacidad para adaptarse a las necesidades reales de la población y a la creciente burocratización en la atención médica.

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P Antro Sintesis

El artículo de Rodrigo Castro Orellana examina cómo la medicina ha sido utilizada como herramienta de control social dentro del capitalismo desde el siglo XVIII, enfatizando la biopolítica y la transformación de la salud en un objetivo político. Se discuten las implicaciones de la creación de la infancia, el desarrollo del hospital moderno y la medicina social, así como el impacto del neoliberalismo en la salud como un bien de consumo. Por otro lado, el modelo médico hegemónico, caracterizado por su enfoque biologicista y tecnocrático, enfrenta una crisis debido a su incapacidad para adaptarse a las necesidades reales de la población y a la creciente burocratización en la atención médica.

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Capitalismo y medicina: Los usos políticos de la salud" de Rodrigo Castro

Orellana

El artículo "Capitalismo y medicina: Los usos políticos de la salud" de


Rodrigo Castro Orellana explora cómo la medicina ha sido una herramienta
clave en la gestión de la población y su integración en el sistema capitalista
desde el siglo XVIII. A través del concepto de biopolítica , desarrollado por Michel
Foucault, se analiza cómo el Estado y otras instituciones modernas han
controlado la vida biológica de las personas para maximizar su productividad y
utilidad. Este enfoque coloca a la salud y al bienestar físico de la población como
objetivos políticos fundamentales, transformando la medicina en una tecnología
de control social.
Uno de los principales aspectos de esta transformación es la invención de
la infancia. Desde el siglo XVI, se empieza a diferenciar la infancia de la adultez,
viéndose como una etapa vulnerable y maleable que requiere tutela. En el siglo
XVIII, este concepto se formaliza, y la familia se convierte en el dispositivo
encargado de moldear los cuerpos infantiles para hacerlos útiles al sistema. Las
instituciones de encierro, como los colegios y hospicios, refuerzan este control.
En las clases populares, la creación de viviendas sociales busca separar a los
niños del entorno callejero, mientras que la familia burguesa se enfoca en el
control interno. En ambos casos, la familia funciona como un mecanismo de
normalización que garantiza la producción de cuerpos útiles para el capitalismo.
A la par, la creación del hospital moderno a finales del siglo XVIII amplía el
campo de intervención médica. El hospital deja de ser solo un espacio de
tratamiento de enfermedades para convertirse en un lugar donde los cuerpos
son vigilados y regulados. La medicina se integra en las estructuras
administrativas de las ciudades, y la higiene se convierte en un asunto público.
Este nuevo tipo de hospital individualiza el cuidado del paciente, permitiendo
ajustar el tratamiento según la evolución de la enfermedad. Además, el control
en los hospitales pasa a manos de los médicos, quienes desplazan la autoridad
tradicional de las instituciones religiosas. De esta manera, el hospital moderno
se convierte en una tecnología clave de control social, permitiendo a la medicina
extender su influencia sobre la población en general.
El desarrollo del capitalismo en los siglos XVIII y XIX también impulsa la
consolidación de la medicina social , un conjunto de mecanismos diseñados para
asegurar el control sobre los cuerpos de los trabajadores. Este tipo de medicina
se manifiesta en tres modelos: la medicina de Estado en Alemania, enfocada en
la salud de los ciudadanos como fuerza para sostener al Estado; la medicina
urbana en Francia, que se centra en mejorar las condiciones sanitarias de las
ciudades; y la medicina de la fuerza de trabajo en Inglaterra, dirigida
principalmente a los sectores más pobres de la sociedad, buscando convertir a
los trabajadores en una fuerza laboral más saludable.
En el siglo XX, la medicina experimenta varias transformaciones que
redefinen su papel en la sociedad. Uno de los cambios más notables es el
surgimiento del "derecho a estar enfermo" , que representa una inversión de la
relación entre el individuo y el Estado. Mientras que en épocas anteriores la
salud era vista como una condición indispensable para garantizar la
productividad y el servicio al Estado, este nuevo paradigma reconoce la
legitimidad de la enfermedad y el derecho del individuo a interrumpir su trabajo
por motivos de salud. La salud, en lugar de ser solo una condición productiva, se
convierte en un derecho, y el Estado asume la responsabilidad de garantizarla.
Al mismo tiempo, la medicina se integra más profundamente en el
mercado, transformando tanto la salud como la enfermedad en productos de
consumo. Las industrias
farmacéuticas y los sistemas de salud se benefician económicamente de este
proceso, mientras que los médicos pierden parte de su protagonismo,
convirtiéndose en distribuidores de medicamentos en un vasto mercado de
sufrimiento y promesas de bienestar.
Con la llegada del neoliberalismo , la relación entre medicina y economía
adquiere una nueva dimensión. El Estado reduce su intervención en los asuntos
de salud, promoviendo la autogestión individual. En este contexto, la fragilidad
biológica de las personas se convierte en un recurso explotado por el mercado.
Estilos de vida saludables y la obsesión por mantener un cuerpo en forma crean
nuevas demandas de consumo. Así, la salud se incorpora a la lógica del
mercado, y los cuerpos se integran plenamente en el aparato capitalista de
producción y consumo. De esta forma, la biopolítica, que ha controlado la vida
de las personas desde el siglo XVIII, se fortalece bajo el neoliberalismo,
convirtiendo al cuerpo humano en un campo de explotación económica y control
social.
En conclusión, Castro Orellana demuestra cómo la medicina ha sido
utilizada históricamente como un dispositivo político para gestionar y controlar
a las poblaciones en el contexto capitalista. Lejos de ser un campo
exclusivamente dedicado al bienestar individual, la medicina moderna se
configura como una herramienta de dominación al servicio de los intereses
económicos del neoliberalismo y del mercado global.

Modelo médico hegemónico. Susana Belmartino

Belmartino sostiene que un modelo es una abstracción de la realidad que


destaca sus rasgos principales y su dinámica interna. Estos rasgos se refuerzan
mutuamente, lo que permite comprender la eficacia de una práctica social. Sin
embargo, con el tiempo, esa eficacia se ve socavada por el propio modelo, lo
que conduce a una crisis.
En general, en este modelo médico hegemónico, se delimitan cuatro o
cinco grandes rasgos. Se dice que parte de una concepción de la salud y de la
medicina, que es individual y biologicista; tecnocrático, iatrogénico,
medicalizante.
Este modelo se caracteriza por una visión individual y biologicista de la
salud, centrada en tratar enfermedades específicas en órganos o sistemas, lo
que genera una especialización excesiva y una fragmentación tanto del
conocimiento como del ser humano. Este enfoque ignora las interrelaciones
sociales y las condiciones del entorno que también influyen en la enfermedad.
Además, separa de manera rígida la salud y la enfermedad, olvidando que
forman parte de un proceso continuo y complejo influido por factores sociales
más allá de lo biológico y psicológico.
El segundo rasgo es que este modelo es definido como tecnocrático
porque parte de una concepción que asume que lo científico y lo técnico
garantizan el bienestar humano de forma inevitable. Considera a lo técnico
como algo neutral, pero ignora las contradicciones que pueden surgir al aplicarlo
en ciertos contextos sociales. Además, este enfoque tecnocrático se sustenta en
un monopolio del saber, donde el conocimiento científico, basado en pruebas
empíricas, otorga al médico una posición de autoridad. Esto genera una relación
desigual entre el médico y el paciente, donde el paciente se encuentra
subordinado, dependiendo del médico para entender y solucionar su problema,
sin acceso ni control sobre ese conocimiento.
Foucault advierte que tanto los errores científicos como los éxitos de la
ciencia pueden ser peligrosos para el desarrollo social. Ejemplifica con la
disminución de la inmunidad poblacional debido al uso extendido de antibióticos
y la manipulación de la información genética. Un caso reciente es el uso de
estrógenos en la alimentación de
animales, lo que ha provocado un desarrollo sexual precoz en niños en algunas
regiones de Centroamérica. Estas situaciones reflejan cómo el uso de la técnica
como valor supremo y se dice que el modelo médico además de iatrogénico,
aliena al individuo, privándolo del conocimiento sobre las causas y los procesos
sociales asociados a su salud. Así, el individuo se somete al juicio técnico de un
grupo que monopoliza el saber, negándole la capacidad de controlar
activamente sus condiciones de salud-enfermedad.
Este modelo médico es considerado medicalizante, lo que significa que la
medicina, entendida de manera amplia, extiende su influencia sobre casi todas
las prácticas sociales. Ya no solo se trata de la enfermedad física, sino también
de la mente y el comportamiento. Por ejemplo, no solo los criminales
inimputables son vistos como enfermos, sino que también a los imputables se
les diagnostica alguna enfermedad. Fenómenos naturales como el parto ahora
se consideran eventos médicos. Esto otorga a la medicina un poder simbólico
significativo, ya que define lo que es saludable o enfermo, y por ende, puede
clasificar la desviación social como una enfermedad, dándole la autoridad para
intervenir y controlarla. Esta medicalización también se refuerza a través de la
prevención, como los chequeos periódicos, lo que no siempre está vinculado a la
mercantilización, aunque eleva los costos, incrementa la iatrogenia y tiene
implicaciones sociales considerables.
Otro rasgo destacado de este modelo es su carácter profundamente no
igualitario. La excelencia en la práctica médica se vincula cada vez más con el
acceso a conocimiento especializado y a tecnología avanzada, lo que limita la
igualdad de acceso tanto para los pacientes como para los propios
profesionales médicos. No solo los pacientes enfrentan barreras para acceder a
estos recursos, sino que también muchos médicos se ven excluidos de la
posibilidad de especializarse o de acceder a los recursos necesarios para
ofrecer servicios de alta calidad. Esta disparidad refleja una de las
contradicciones más importantes del modelo actual.
Con la implantación del modelo médico hegemónico en grandes
instituciones burocratizadas y su dependencia del desarrollo técnico de otras
ciencias, como la computación, los médicos, especialmente en países centrales,
están siendo progresivamente expropiados de su conocimiento y de su práctica.
Los sistemas computarizados ahora pueden realizar tareas como elaborar
historias clínicas, revisar pacientes, prescribir pruebas auxiliares, diagnosticar e
incluso pronosticar enfermedades. A medida que el avance técnico-científico
asume más responsabilidades en las prácticas de salud, el médico se convierte
en un intermediario entre la tecnología y el paciente, quien debe someterse a
chequeos y revisiones bajo el control de estas grandes instituciones.
La crisis del modelo médico hegemónico surge porque el énfasis se ha
trasladado de la eficacia a la eficiencia. En lugar de centrarse en los resultados
médicos obtenidos para el paciente, la atención se enfoca en los costos de los
recursos empleados y en la necesidad de gestionar de manera más controlada
los recursos para satisfacer las crecientes demandas de la población. Este
cuestionamiento no proviene de una visión alternativa, sino del propio modelo,
que demuestra ser incapaz de sostenerse debido a la falta de recursos
suficientes, los problemas que no logra abordar y la iatrogenia derivada de su
excesiva intervención. Además, ya no es capaz de satisfacer las crecientes
demandas de la sociedad.
Según Carlos Canitrot, los debates sobre los problemas de salud se
centran en políticas macro, como aspectos políticos, organizacionales y
económicos, sin prestar atención a las políticas micro o a cómo se ajustan las
prácticas médicas a las necesidades reales de la población. Canitrot señala que
lo que falta en esta discusión es abordar cómo adaptar la práctica médica y el
funcionamiento de las organizaciones de salud a las
verdaderas necesidades de las personas, enfocándose más en los modos de la
práctica que en las grandes variables de poder y distribución.

Modelo médico hegemónico y atención primaria. Eduardo Menéndez.

En esta exposición, Menéndez describe los rasgos fundamentales


del modelo médico hegemónico, sus funciones y la crisis que enfrenta
desde la década de 1960. Finaliza analizando las tensiones entre este
modelo y la atención primaria.
Menéndez define el modelo médico hegemónico como un conjunto de
prácticas, saberes y teorías derivadas del desarrollo de la medicina científica,
que desde finales del siglo XVIII ha logrado posicionarse como la única forma
legítima de tratar la enfermedad. Este modelo ha subordinado otras formas de
conocimiento y prácticas previamente dominantes en la sociedad, legitimado
tanto por criterios científicos como por el Estado.

Modelo médico hegemónico y atención primaria


La construcción de este modelo supone detectar una serie de rasgos
considerados como estructurales, los cuales deben ser entendidos como modelo
a partir de la estructura de relaciones que opera entre los mismos. los
principales rasgos estructurantes son: biologismo, individualismo, ahistoricidad
,asociabilidad, mercantilismo, eficacia pragmática, asimetría, autoritarismo,
participación subordinada y pasiva del paciente, exclusión del conocimiento del
consumidor, legitimación jurídica, profesionalización formalizada, identificación
con la racionalidad científica, tendencias inductivas al consumo médico.
El rasgo estructural predominante del modelo médico hegemónico es el
biologismo, el cual es tan central que sus consecuencias para la perspectiva
dominante de salud/enfermedad no suelen cuestionarse. Este enfoque prioriza
lo biológico, subordinando otros niveles explicativos, tanto metodológica como
ideológicamente. Así, la enfermedad se interpreta como un fenómeno causal
biológico, sin considerar las relaciones sociales que la condicionan. Lo biológico
no solo es la base de la identidad médica, sino también el núcleo de la
formación profesional, donde los factores sociales, culturales o psicológicos son
vistos como secundarios. Los médicos son formados para tratar la enfermedad
únicamente desde paradigmas biológicos.
Este biologismo se refleja no solo en la práctica clínica, sino también en la
epidemiológica. En epidemiología, se manifiesta a través de dos características:
primero, la investigación epidemiológica se basa en series históricas de corta
duración, dejando de lado análisis más profundos que consideren procesos a
mediano y largo plazo. Segundo, se centra en variables como sexo y edad, que
son más fáciles de asociar con procesos biológicos, ignorando factores sociales y
culturales.
Para la práctica médica la enfermedad es en primer lugar un hecho
natural, biológico y no un hecho social, histórico. La enfermedad evoluciona y no
tiene historia. Otro de los rasgos estructurantes del MMH es justamente la
ahistoricidad del mismo.
La falta de consideración por las series históricas extensas impide comprender
plenamente los procesos históricos en marcha, que no se limitan a las
coyunturas, por más urgentes que estas parezcan en su demanda de
soluciones. La ausencia de un análisis histórico adecuado favorece la suposición
errónea de que la eficacia médica fue el único factor determinante en dicho
proceso.
El biologicismo, la ahistoricidad hallan su confirmación a través de otro
rasgo: la asociabilidad.
Menéndez destaca la contradicción en el modelo médico hegemónico, al
señalar que, aunque en las décadas de los 60 y 70 se discutió mucho sobre lo
social en la práctica médica, esta dimensión no se ha incorporado realmente en
la formación y práctica médica. Aunque existen experiencias en América Latina
que intentaron incluir lo social en la educación médica, su implementación ha
sido marginal y muchas veces discontinuada. A nivel teórico, la medicina
reconoce que el acto médico es tanto técnico como social e ideológico, pero no
lo refleja en la práctica cotidiana. La automedicación es un ejemplo donde los
médicos influyen, pero tienden a ignorar este hecho. En resumen, la práctica
médica no asume conscientemente las implicancias sociales e ideológicas de su
propio rol dentro del sistema social.
El análisis del modelo médico hegemónico sugiere la existencia de dos
submodelos: el corporativo público y el corporativo privado, ambos marcados
por la burocratización, según Menéndez. La burocratización se entiende como
resultado del crecimiento organizacional, la división técnica del trabajo y el
desarrollo de principios de control, lo que genera una autonomía que establece
sus propias reglas de racionalidad social. Diversos autores han relacionado esta
burocratización, especialmente en la práctica médica, con un aumento de la
irresponsabilidad, evidenciada en muertes evitables y la hegemonía de la
productividad. Esta problemática se vincula a las críticas hacia el Estado y la
necesidad de reducir su tamaño y funciones. En el sector salud, esta crítica ha
tomado forma política a través de propuestas de descentralización de servicios,
asociando a la medicina estatal con centralización, ineficiencia, altos costos e
irresponsabilidad.

Modelo Médico Hegemónico (MMH) y sus funciones en la sociedad.


El MMH desempeña tres tipos de funciones: curativas, preventivas y de
mantenimiento; control y normalización; y económico-ocupacionales.
Históricamente, se ha identificado principalmente con la curación y prevención,
aunque la función de mantenimiento ha cobrado relevancia con los programas
de Atención Primaria (AP).
El autor destaca que, a pesar de los avances en la reducción de la mortalidad, a
partir de los años 60, el descenso se desaceleró en varios países
latinoamericanos, y se produjeron aumentos en la mortalidad infantil. Este
fenómeno se atribuyó a condiciones económicas negativas y desigualdad.
Países como Brasil y Chile implementaron medidas de AP que lograron reducir
la mortalidad infantil, incluso en tiempos de recesión.
El MMH fue criticado a partir de la década de 1960, sobre todo en los
países centrales, por cuestiones como el aumento del costo de la atención
médica, el consumo excesivo de fármacos, la intervención médica en
comportamientos sociales, la iatrogenia y la subordinación del sector salud a la
industria. En América Latina, las críticas surgieron más tarde, centradas en
problemas como el estancamiento en la reducción de las tasas de mortalidad,
el incremento de muertes evitables y la crisis en los sistemas de seguridad
social.
Las críticas al MMH provienen de diferentes enfoques: a) desde dentro del
propio MMH, buscando modificar su orientación hacia prácticas preventivas; b)
críticas radicales que cuestionan la racionalidad tecnológica del modelo; c)
desde una perspectiva neoliberal, criticando la ineficiencia y proponiendo la
privatización del sector salud; d) enfoques más radicales que proponen
alternativas políticas y culturales al modelo.
La AP aparece como una solución viable a la crisis del MMH, siendo una
estrategia más económica y eficaz, especialmente en países dependientes. Sin
embargo, en sociedades con alta producción de profesionales médicos, la AP
puede generar conflictos debido a la percepción de ser una medicina "de
segunda". Esta debe estar basada en la
comunidad y la familia, siendo el primer nivel de atención, mientras que la
práctica médica debería ocupar el segundo y tercer nivel.

Ambos autores coinciden en caracterizar el modelo médico hegemónico


como
biologicista, tecnocrático y desigual, pero sus análisis difieren en algunos matices.
Belmartino pone mayor énfasis en la medicalización y la relación asimétrica entre
médico y paciente, mientras que Menéndez subraya la crisis estructural del
modelo y la importancia de la Atención Primaria como una respuesta posible.
Ambos ven en la crisis una consecuencia de la propia lógica interna del modelo,
aunque sus propuestas de cambio están más desarrolladas en Menéndez.

La vida de los hombres infames - Michel Foucault

(Capítulo 6: La crisis de la medicina o la crisis de la antimedicina)

En este capítulo, Foucault aborda la crisis de la medicina a partir del contexto


histórico de la
Segunda Guerra Mundial, centrándose en el Plan Beveridge de 1942, que
desarrolló la responsabilidad del Estado en la salud. Este plan no solo reafirmó el
derecho a la vida, sino que amplió este concepto al derecho a la salud,
transformando la relación entre el Estado y sus ciudadanos.

Foucault identifica cuatro aspectos clave de este cambio:

1. Responsabilidad Estatal : La salud pasó de ser un medio para el


fortalecimiento del Estado a convertirse en un derecho individual que el
Estado debe garantizar.
2. Nueva Moral del Cuerpo : Se introdujo el derecho a estar enfermo, lo que
contrasta con la antigua moral de la limpieza y la responsabilidad
individual por la salud.
3. Macroecónomía de la Salud : La salud se integró en la política económica
estatal, cambiando su tratamiento de un problema individual a un tema
de redistribución de recursos.
4. Debate Político : Desde el final de la guerra, la salud se ha vuelto
central en las campañas políticas y discusiones sobre financiamiento
y acceso a servicios de salud.

Foucault destaca que, a pesar de los avances tecnológicos en medicina, como


los antibióticos, esto no se tradujo en un bienestar sanitario adecuado,
señalando una crisis subyacente en la que la medicina, en su desarrollo y
estatalización, presenta limitaciones.

Aspectos de la crisis actual

1. Cientificidad y eficacia : Foucault explora la dualidad entre la


cientificidad de la medicina y sus efectos negativos, argumentando
que, aunque la medicina puede salvar vidas, también tiene el potencial
de causar daños, evidenciado en la iatrogenia positiva, donde los
tratamientos médicos pueden tener consecuencias. adversarios.
2. Medicalización Indefinida : La medicina ha expandido su ámbito de
intervención, no solo respondiendo a enfermedades, sino imponiéndose
sobre la vida de personas sanas, abarcando aspectos como la sexualidad
y condiciones de vida. Esta
tendencia refleja un poder normalizador que afecta tanto la vida
individual como la colectiva.

Así, la medicina se extendió a campos que no estaban relacionados


exclusivamente con las enfermedades y dejó de depender únicamente de
la demanda del paciente. Este proceso ha continuado hasta la actualidad,
pero lo que distingue el presente es que la medicina ha alcanzado un
punto donde ya no tiene límites exteriores.

En el siglo XIX, aunque la medicina había traspasado las fronteras de las


enfermedades, todavía existían áreas no medicalizadas, como ciertos
aspectos de la higiene o la moral sexual. Sin embargo, hoy en día, parece
que todo ha sido medicalizado, y cuando se intenta criticar a la medicina,
esta crítica suele hacerse desde el propio lenguaje médico, utilizando
conocimientos aún más refinados y extendidos.

3. Economía Política de la Medicina : La salud ha pasado a ser un bien de


consumo y objeto de comercio, donde la medicina no solo busca
mantener a la fuerza laboral saludable, sino que también genera riqueza.
Sin embargo, Foucault señala paradojas en este sistema, como el
aumento del consumo médico sin mejoras en los indicadores de salud, y
la ineficacia de las transferencias sociales para mejorar el acceso a la
salud.

Foucault subraya que la medicina no debe ser ni aceptada ni rechazada


de manera absoluta. La medicina es parte de un sistema histórico y, además de
ser una ciencia, forma parte de un complejo sistema económico y de poder. Para
entender su impacto en la sociedad, es crucial analizar las interrelaciones entre
la medicina, la economía, el poder y la sociedad. Solo entonces se podrá
determinar cómo rectificar o aplicar modelos más eficaces.

7. Historia de la medicalización
En este capítulo, Michel Foucault analiza el surgimiento de la medicina
social y el rol cada vez más significativo que el Estado comenzó a desempeñar
en este ámbito, particularmente en Alemania y Francia, antes del
establecimiento del capitalismo.
Foucault plantea que, en su conferencia anterior, intentó demostrar que el
principal problema no era la oposición entre medicina y antimedicina, sino el
desarrollo del sistema médico y el modelo que permitió el "despegue" médico y
sanitario en Occidente a partir del siglo XVIII. Para ello, identifica tres puntos
clave:

1. La biohistoria, que se refiere al impacto de la intervención médica en


el ámbito biológico de la humanidad y la huella que esta intervención ha
dejado desde el siglo XVIII. La historia de la especie humana no ha
permanecido indiferente a la medicalización. Aunque este campo aún está en
proceso de análisis, ya se han identificado algunos fenómenos interesantes,
como la desaparición de varias enfermedades infecciosas en Occidente antes
de la introducción de la quimioterapia en el siglo XX. Un ejemplo es la peste,
que desapareció gradualmente entre los siglos XVIII y XIX, aunque las causas y
mecanismos de este fenómeno aún no se comprenden del todo. Otro caso es el
de la tuberculosis: en 1820, por cada 700 personas que morían de esta
enfermedad, solo 350 lo hacían en 1882, año en el que Koch descubrió el
bacilo de la tuberculosis. Para 1945, con
la introducción de la quimioterapia, la cifra se redujo a 50. Aunque diversos
factores, como las condiciones socioeconómicas, la adaptación del organismo y
las medidas de higiene, influyeron en esta reducción, todavía queda mucho por
estudiar sobre la relación entre la humanidad y los agentes patógenos.
2. La medicalización, que hace referencia al hecho de que, desde el
siglo XVIII, la existencia humana, el comportamiento y el cuerpo comenzaron a
estar cada vez más inmersos en una red de medicalización. Esta red se fue
ampliando y volviendo más densa, haciendo que cada vez más aspectos de la
vida quedaran bajo el control y la influencia de la medicina. La creciente
precisión y minuciosidad de la investigación médica, así como la expansión de
las instituciones de salud, también son áreas que requieren más estudios
detallados.
3. La economía de la salud trata sobre la integración del mejoramiento
de la salud, los servicios de salud y el consumo de salud en el desarrollo
económico de las sociedades más privilegiadas. Este es un tema complejo y de
difícil análisis, ya que sus antecedentes no se conocen con claridad. En Francia,
un grupo de investigadores, llamado CELEBRE, se ha dedicado a estudiar este
fenómeno, particularmente enfocado en los problemas relacionados con el
consumo de salud en los últimos 30 años.

Estos puntos ilustran cómo la medicina y las políticas de salud han influido en la
historia biológica y social de la humanidad, destacando la importancia de
profundizar en la investigación de estos fenómenos.

HISTORIA DE LA MEDICALIZACIÓN
En su análisis sobre la medicalización de las sociedades a partir del siglo XIX,
Foucault examina el surgimiento de la medicina social utilizando como ejemplo
a Francia. Sostiene que la medicina moderna no es solo una práctica individual
enfocada en la relación médico-paciente, sino que es, ante todo, una tecnología
aplicada al cuerpo social. Plantea que, con el capitalismo , no se dio una
transición de una medicina colectiva a una privada, sino más bien lo contrario:
el capitalismo socializó el cuerpo humano al reconocerlo como una pieza
fundamental en la fuerza productiva.
El control social, según Foucault, no se ejerce únicamente a través de la
ideología, sino mediante el cuerpo, ya que lo biológico, lo somático y lo corporal
adquieren una importancia central en la sociedad capitalista. En este contexto,
el cuerpo se convierte en una realidad biopolítica , y la medicina, en una
estrategia biopolítica .
Este proceso de socialización del cuerpo se desarrolló en tres etapas de la
medicina social
1. Medicina del Estado , enfocada en la regulación de la salud pública.
2. Medicina urbana , centrada en las ciudades y el control de las
condiciones sanitarias.
3. Medicina de la fuerza laboral , que finalmente, en la segunda mitad del
siglo XIX, se preocupó por la salud y productividad del trabajador.

MEDICINA DE ESTADO
Mientras que los grandes estados, como Francia e Inglaterra, pudieron
sostenerse gracias a poderosas instituciones como el ejército y la policía, en
Alemania, la fragmentación política de los pequeños estados hizo necesaria una
reflexión más consciente y detallada sobre el funcionamiento del Estado y la
sociedad. .La medicina de Estado se desarrolló principalmente en Alemania a
comienzos del siglo XVII, en el contexto
del surgimiento de la ciencia del Estado o "Staatswissenschaft" . Este concepto
abarcaba dos aspectos: primero, un conocimiento sistemático sobre el Estado,
no solo en cuanto a sus recursos naturales o población, sino también respecto al
funcionamiento general de su maquinaria política. Segundo, incluyeron los
procedimientos mediante los cuales el Estado adquiría y acumulaba estos
conocimientos para garantizar su funcionamiento eficiente.
El Estado, tanto como objeto de estudio como fuente de conocimiento, se
desarrolló con mayor rapidez e intensidad en Alemania en comparación con
Francia e Inglaterra.
A partir del siglo XVII, en un contexto político y económico dominado por
el mercantilismo, todas las naciones europeas comenzaron a preocuparse por la
salud de sus poblaciones. La política mercantilista se basaba en aumentar la
producción y la población activa para generar riqueza y así financiar ejércitos y
otras estructuras que garantizaban la fuerza del Estado frente a otros países. En
este marco, Francia, Inglaterra y Austria empezaron a calcular la fuerza de sus
poblaciones a través de estadísticas de natalidad y mortalidad, pero su interés
en la salud pública era limitado a estos datos.
En Alemania , en cambio, surgió una verdadera práctica médica estatal ,
enfocada no solo en recopilar estadísticas, sino también en mejorar la salud de
la población. Hacia mediados del siglo XVII, se implementó la llamada "policía
médica", un sistema más completo de observación de la morbilidad que
implicaba la recopilación de información de hospitales y médicos sobre
enfermedades epidémicas y endémicas. Esta información centralizada permitía
al Estado emitir directrices basadas en la situación sanitaria de diferentes
regiones.
Además, se desarrolló un fenómeno de normalización en la medicina, que
comenzó con los mismos médicos, al ser los primeros en ser regulados y
certificados por las universidades y las corporaciones médicas. Así, el concepto
de normalización en Alemania se aplicó inicialmente a los profesionales médicos,
y no tanto a los pacientes.
La medicina de Estado en Alemania no se enfocó en la creación de una
fuerza laboral para las industrias, como sucedió más tarde en otros países. Su
interés no radicaba en el cuerpo del trabajador, sino en el de los individuos que,
en conjunto, constituían la fuerza del Estado . El objetivo no era mejorar la fuerza
laboral, sino garantizar el poder del Estado en sus conflictos, tanto económicos
como políticos, con otras naciones.
La organización de un saber médico estatal , la normalización de la profesión
médica y la subordinación de los médicos a una estructura estatal dieron lugar a
una serie de fenómenos completamente nuevos, los cuales definen lo que
podríamos llamar medicina de Estado .

MEDICINA URBANA
La segunda trayectoria del desarrollo de la medicina social está
representada por el ejemplo de Francia, donde, a fines del siglo XVIII, surgió una
medicina social que, a diferencia de la alemana, no fue apoyada por la
estructura del Estado, sino por un fenómeno. enteramente distinta: la
urbanización.
Para entender este fenómeno, revisemos el contexto histórico. Imagina
una gran ciudad francesa entre 1750 y 1780, con una compleja y enmarañada
multiplicidad de territorios heterogéneos y poderes rivales. París, por ejemplo,
no constituía una unidad territorial ni un espacio bajo un poder único, sino que
estaba dividida entre una serie de poderes señoriales, como los de la Iglesia,
comunidades religiosas y corporaciones, todos con autonomía y jurisdicciones
propias. Además, estaban los representantes del poder estatal: el delegado del
rey, el intendente de policía y los representantes parlamentarios.
En la segunda mitad del siglo XVIII surgió la necesidad de unificar el poder
urbano, al menos en las grandes poblaciones, para organizar la ciudad como una
unidad coherente y homogénea, gobernada por un poder central bien
reglamentado. Varias razones influyeron en este proceso. En primer lugar,
razones económicas. A medida que la ciudad se consolidaba como un centro
mercantil de relevancia nacional e internacional, la multiplicidad de
jurisdicciones y poderes resultaba cada vez más intolerable para la naciente
industria. El hecho de que la ciudad fuera no solo un lugar de mercado, sino
también un espacio de producción, obligó a implementar mecanismos de
regulación homogéneos.
En segundo lugar, razones políticas. El crecimiento de las ciudades y la
aparición de una población obrera pobre —que en el siglo XIX se convertiría en
el proletariado— intensificó las tensiones políticas en el interior de las ciudades.
Lo que antes eran pequeños enfrentamientos entre corporaciones, oficios y
cuerpos, comenzó a reducirse a un conflicto entre ricos y pobres, burguesía y
plebe, lo que se traducía en disturbios y sublevaciones cada vez más frecuentes.
Hasta el siglo XVII, en Europa, el peligro social predominaba en el campo.
Sin embargo, hacia finales del siglo XVIII, mientras las revueltas campesinas
disminuían debido a la mejora en el nivel de vida rural, los conflictos urbanos
aumentaban, en parte por la formación de una plebe en proceso de
proletarización. De ahí surgió la necesidad de un poder político fuerte capaz de
abordar los problemas de la creciente población urbana.
Así nació lo que podría calificarse como "el temor urbano", una
preocupación creciente por las ciudades y sus condiciones. Este tenía varias
facetas: miedo a los talleres y fábricas en temor a la construcción, al
hacinamiento de la población, a la altura excesiva de los edificios, y al impacto
de las epidemias urbanas. También existía el miedo a las cloacas y al deterioro
de la salubridad en general.
El pánico urbano reflejaba la creciente preocupación político-sanitaria de
la época.
Para controlar estos fenómenos médicos y políticos que causaban tanta
inquietud, especialmente entre la burguesía, era necesario tomar medidas.
Desde fines de la Edad Media, no solo en Francia sino en toda Europa, existía
una serie de "reglamentos de urgencia", que se aplicaban cuando aparecían
epidemias en las ciudades. El poder político de la medicina radicaba en distribuir
y aislar a los individuos, vigilarlos y mantener a la sociedad en un estado de
constante inspección y control.
Se trataba de una medicina de exclusión, en la que medicalizar a un
individuo significaba separarlo para purificar a los demás. El modelo religioso
fue sustituido por un modelo militar, y la vigilancia militar, más que la
purificación religiosa, sirvió de referencia para esta organización político-
médica. La medicina urbana, con sus métodos de vigilancia y hospitalización, no
era más que un perfeccionamiento de este sistema. La higiene pública fue una
evolución de la cuarentena, y fue a partir de aquí que surgió la gran medicina
urbana que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XVIII, especialmente en
Francia.
Los objetivos de la medicina urbana estaban claros. Primero, analizar los
lugares de hacinamiento y acumulación de lo que podría provocar enfermedades
en el espacio urbano, los focos que generaban y difundían epidemias o
enfermedades endémicas. En este contexto, surgió el concepto de cementerio
individualizado, es decir, la práctica de enterrar a cada persona en un ataúd
propio. El objetivo era localizar y controlar estos focos de peligro dentro de las
ciudades.
El segundo objetivo fue el control de la circulación, no solo de las
personas, sino de elementos esenciales como el agua y el aire. En esa época,
existía la creencia de que el aire, al transportar miasmas o influir directamente
sobre el cuerpo debido a su temperatura,
era un factor patógeno. Por lo tanto, la mejora en la circulación del aire y el
agua era clave para la medicina urbana.
El tercer objetivo fue la organización de las "distribuciones y secuencias",
es decir, la correcta disposición de fuentes de agua, desagües, bombas y
lavaderos. La desorganización en estas áreas era vista como una de las
principales causas de las enfermedades epidémicas en las ciudades. Esto llevó a
la creación del primer mapa hidrográfico de París, que identificaba las fuentes
de agua no contaminadas por las cloacas.
La integración de la práctica médica en el marco de la ciencia
fisicoquímica se hizo posible gracias a la urbanización. No se trata de un avance
hacia una medicina privada, centrada en el individuo, sino de la creación de una
medicina colectiva y social, anclada en el entorno urbano. Esta medicina no se
enfocaba tanto en el cuerpo del individuo, sino en las condiciones de vida y en
el medio ambiente. Fue en este contexto que comenzó a surgir la noción de
salubridad. Aunque la salubridad no es sinónimo de salud, se refiere al estado
del medio ambiente y sus componentes que facilitan la mejora de la salud. La
salubridad, entonces, es la base material y social que asegura la mejor salud
posible para los individuos.
Esta medicina urbana distaba mucho de la medicina del Estado que se
desarrollaba en Alemania, ya que estaba mucho más cerca de las pequeñas
comunidades, las ciudades y los barrios, y no contaba con un instrumento
específico de poder central. Gran parte de la medicina científica del siglo XIX
tuvo su origen en la experiencia de esta medicina urbana que floreció a fines
del siglo XVIII.

MEDICINA DE LA FUERZA LABORAL


Medicina de la fuerza laboral (Inglaterra, mediados del siglo XIX)
La tercera vertiente de la medicina social puede analizarse a través del
ejemplo inglés. La medicina dirigida a los pobres, a la fuerza laboral, no fue la
primera prioridad de la medicina social, sino la última. Primero se medicalizó al
Estado, luego a la ciudad, y finalmente a los pobres y trabajadores.
En Francia, la medicina urbana se caracterizaba por el respeto a la
vivienda privada, y no se consideraba al pobre, al pueblo oa la plebe como un
peligro para la salud de la población. El pobre no era tratado como un riesgo
médico, como sí lo eran los cementerios, osarios o mataderos. Durante el siglo
XVIII, no se demostró a los pobres como fuente de peligro médico por varias
razones. Una de ellas era de carácter cuantitativo: la población no había crecido
lo suficiente para que la pobreza se viera como una amenaza. Sin embargo, la
razón más importante era que los pobres estaban integrados en el tejido
urbano, como las cloacas o el sistema de canalización, cumpliendo una función
que los hacía imprescindibles.
No fue hasta el segundo tercio del siglo XIX que la pobreza se planteó
como un verdadero peligro, tanto médico como político. Durante la Revolución
francesa y en Inglaterra, en las grandes agitaciones de principios del siglo XIX, la
población pobre se convirtió en una fuerza política capaz de participar en
revueltas. La introducción de sistemas como el postal y el de cargadores, que
reemplazaban servicios que antes ofrecían los pobres, provocó disturbios, ya
que privaban a estos de sus medios de subsistencia.
Con la epidemia de cólera de 1832, que comenzó en París y se extendió
por Europa, surgieron miedos tanto políticos como sanitarios respecto a la
población proletaria. A partir de entonces, se decidió dividir la ciudad en
sectores de ricos y pobres. La convivencia de ambos grupos se percibía como un
peligro sanitario y político. Esto originó la creación de
barrios segregados, y el poder político comenzó a intervenir en cuestiones de
propiedad y vivienda.
En Inglaterra, la medicina social tomó una nueva forma con la aparición
de la "Ley de Pobres". Esta ley introdujo un control médico sobre los indigentes,
ya que, al beneficiarse del sistema de asistencia, los pobres debían someterse a
controles médicos. De esta manera, nació la idea de una asistencia fiscalizada,
un sistema en el que las clases adineradas, a través de representantes en el
gobierno, garantizaban la salud de los necesitados, protegiendo así la suya
propia. Este sistema establecía un "cordón sanitario" autoritario dentro de las
ciudades, donde los pobres recibían atención médica gratuita o asequible, y los
ricos se libraban de la amenaza de epidemias originadas en la clase pobre.
La Ley de Pobres fue solo el primer componente de un sistema más
complejo que se desarrolló a partir de 1870 con el establecimiento del “Health
Service”. Este servicio cumple varias funciones:
● Control de la vacunación, obligando a todos los sectores de la
población a inmunizarse.
● Registro de epidemias y enfermedades peligrosas, con la obligación de
declarar las mismas.
● Identificación y eliminación de focos insalubres.

El “Servicio de Salud” prolongaba las disposiciones de la Ley de Pobres,


protegiendo a toda la población por igual, pero en realidad, sus medidas estaban
orientadas principalmente al control de las clases más pobres. Esta intervención
suscitó resistencia popular desde su creación.
En conclusión, mientras que en el siglo XVIII la medicina del Estado
alemán se centraba en el control centralizado, en Inglaterra surgió en el siglo
XIX una medicina que tenía como objetivo controlar la salud y el cuerpo de las
clases más necesarias. Su finalidad era hacerlas más aptas para el trabajo y
menos peligrosas para las clases adineradas. Este modelo de medicina social fue
el que prevaleció en el tiempo.
El sistema inglés, desarrollado por Simon y sus sucesores, permitió
vincular tres aspectos clave: la asistencia médica a los pobres, el control de la
salud de la fuerza laboral y la vigilancia de la salud pública en general,
protegiendo así a las clases más ricas. de los peligros sanitarios. Además,
permitió la coexistencia de tres sistemas médicos superpuestos:
1. Una medicina asistencial para los más pobres.
2. Una medicina administrativa encargada de la vacunación y el control de
epidemias.
3. Una medicina privada para quienes pudieran costearla.
Mientras que el sistema alemán de medicina estatal era costoso y la medicina
urbana francesa era un proyecto de control sin instrumentos precisos de poder,
el sistema inglés logró articular distintos tipos de atención médica con roles y
funciones claras. Este modelo permitió, hacia finales del siglo XIX, el desarrollo
de una medicina más completa. Con el Plan Beveridge y los sistemas médicos
modernos en países industrializados, la medicina sigue funcionando con la
articulación de estos tres sectores, aunque adaptados de manera diferente.

8. Incorporación del hospital a la tecnología moderna

El concepto del hospital como instrumento terapéutico es relativamente


moderno. A fines del siglo XVIII, aproximadamente en 1760, surge la conciencia
de que el hospital no
solo puede, sino que debe ser un espacio dedicado a la curación del enfermo.
Esta idea se refleja en una nueva práctica: la visita y observación sistemática de
los hospitales. Sin embargo, antes de este momento, los hospitales en Europa,
desde la Edad Media, no fueron concebidos como lugares de curación.
En la historia del ciudadano enfermo en Occidente, se distinguían dos
instancias separadas: la médica y la hospitalaria. Aunque a veces coincidían,
fundamentalmente diferían. Durante la Edad Media, el hospital no era una
institución médica, y la medicina se practicaba fuera de sus muros. La medicina
de la época no estaba vinculada a los hospitales, sino que era una profesión
ejercida de manera independiente.
Antes del siglo XVIII, el hospital cumplía principalmente una función
asistencial, destinada a los pobres. No obstante, esta asistencia también
implicaba una separación y exclusión, ya que los pobres, como enfermos, eran
vistos como portadores de enfermedades y un peligro para la comunidad. El
hospital, entonces, servía tanto para alojarlos como para proteger a la sociedad.
Así, el hospital ideal no estaba destinado a curar, sino a asistir a aquellos pobres
que ya estaban moribundos.
El personal hospitalario de ese tiempo tampoco estaba destinado a curar.
Su función era más bien caritativa y religiosa: la salvación de sus propias almas
a través del cuidado de los pobres. El hospital, por lo tanto, no solo
proporcionaba refugio a los moribundos, sino que también ofrecía una vía de
redención espiritual para quienes los atendían.
La transformación del hospital en el siglo XVIII
A mediados del siglo XVII, los hospitales, como el “Hospital General”, donde se
mezclaban enfermos, locos y prostitutas, eran aún instituciones de exclusión y
transformación espiritual, con funciones médicas limitadas o inexistentes. La
medicina de la época, profundamente individualista, no estaba destinada a ser
ejercida en hospitales. El médico obtenía su autoridad por su conocimiento de
textos y la transmisión de recetas, más que por la experiencia hospitalaria.
La intervención médica giraba en torno al concepto de crisis: el médico
observaba la enfermedad desde sus primeros signos, esperando el momento
crítico en que la naturaleza del enfermo enfrentaba el mal. La función del
médico era la de pronosticar y apoyar a la naturaleza en su lucha contra la
enfermedad. En este contexto, la organización del hospital no facilitaba la
intervención médica, y ambos campos, la medicina y los hospitales, continuaron
separados hasta mediados del siglo XVIII.
Medicalización del hospital
La transformación del hospital en un espacio médico no se debió inicialmente a
una búsqueda de acciones curativas, sino a la necesidad de eliminar los efectos
negativos del hospital, como la propagación de enfermedades. El hospital, en
sus primeras reformas, no buscaba curar, sino purificarse del desorden que
ocasionaba, tanto en términos de salud pública como de caos económico.
Un ejemplo clave de esta transformación fueron los hospitales militares y
marítimos del siglo XVII. Estos hospitales, afectados por el desorden económico,
se convirtieron en el punto de partida de la reorganización hospitalaria en
Europa. Los hospitales militares, en particular, eran espacios de control y
disciplina, donde era necesario vigilar a los soldados para que no desertaran,
curarlos para que volvieran al servicio y evitar que fingieran enfermedades.
Técnicas de poder disciplinario en el hospital
La reorganización de estos hospitales no fue impulsada inicialmente por la
medicina, sino por una tecnología de poder: la disciplina. A lo largo del siglo
XVIII, se desarrollaron
diversas técnicas disciplinarias que transformarían el hospital en un espacio más
eficiente, tanto en términos de organización como en su función terapéutica.

Estas técnicas de poder disciplinario incluyeron:

División del espacio: El hospital se reorganizó en secciones o pabellones


según las enfermedades, los tipos de enfermos o el grado de contagio. Esta
separación espacial permitía un control más efectivo sobre el flujo de
pacientes, así como la observación más cercana de cada caso.
Vigilancia constante: La implementación de mecanismos de vigilancia
permitió un control continuo sobre los pacientes. Tanto el personal hospitalario
como los enfermos estaban sujetos a una observación constante, lo que
facilitaba el control del comportamiento y la gestión de los tratamientos.
Regulación del tiempo: Se impusieron estrictos horarios para las
actividades dentro del hospital, como el suministro de medicamentos, las
comidas y el descanso. Esta organización temporal aseguraba una disciplina
diaria que mejoraba el control del entorno hospitalario.
Estadísticas y registros: La sistematización de la información sobre los
pacientes, mediante el uso de registros médicos detallados, permitió no solo un
seguimiento más preciso de las enfermedades, sino también la creación de
datos útiles para estudios médicos y la mejora en los diagnósticos y
tratamientos.
Normalización de los cuerpos: La disciplina también incluyó el control del
cuerpo del paciente, tanto en términos de postura como de su comportamiento
dentro del hospital. Este control del cuerpo era una extensión del poder que
regulaba el espacio y el tiempo en el hospital.

La introducción de estas técnicas de poder no solo transformó el hospital en un


espacio más ordenado, sino que también permitió su medicalización. Así, la
disciplina hospitalaria, inicialmente de carácter económico y militar, evolucionó
para integrar los conocimientos médicos, estableciendo las bases del hospital
moderno.

El hospital como espacio terapéutico


A partir del siglo XVIII, el hospital comenzó a ser concebido como un
espacio de intervención sobre el enfermo. La arquitectura hospitalaria dejó de
ser meramente un refugio y se convirtió en un instrumento terapéutico,
comparable a un régimen alimentario. El hospital se reorganizó en función de
criterios médicos, como la necesidad de individualizar los espacios de los
pacientes, controlar el aire que respiraban y ajustar las condiciones del entorno
a sus necesidades específicas.
Además, el sistema de poder dentro del hospital cambió: el personal
religioso, que antes tenía el control, cedió lugar al médico. El médico, ahora
responsable de la organización hospitalaria, se convirtió en una figura central,
encargado tanto de la curación como del funcionamiento económico del
hospital.
El hospital no solo se transformó en un lugar de cura, sino también en un
espacio de formación médica. Con la disciplina aplicada al espacio hospitalario,
se permitió la observación y el registro sistemático de los pacientes, lo que dio
lugar a una nueva forma de saber médico. El hospital se convirtió en un lugar
clave para la acumulación de conocimiento y la formación de nuevos médicos.
Conclusión
La medicalización del hospital fue un proceso complejo que implicó tanto
cambios en la organización del espacio hospitalario como en la práctica médica.
A fines del siglo XVIII, el hospital dejó de ser un espacio de exclusión y
asistencia, para convertirse en un instrumento terapéutico, en el cual la
disciplina y la medicina se integraron para mejorar las condiciones de salud y, al
mismo tiempo, formar a los nuevos médicos. Así, el hospital moderno nació
como una fusión de las técnicas de poder disciplinario y la intervención médica
sobre el entorno del paciente.

Declaración de Alma-Ata y Carta de Ottawa

La Declaración de Alma-Ata (1978) establece que la salud es un derecho


humano fundamental y un objetivo social que requiere la participación activa de
diversos sectores. Se manifiesta preocupación por las desigualdades en salud y
aboga por un Nuevo Orden Económico Internacional que mejore el acceso a la
salud. La atención primaria es considerada esencial, accesible y debe involucrar
a la comunidad, con actividades que incluyen educación sobre salud, nutrición,
acceso a agua potable y atención maternoinfantil. Se enfatiza la responsabilidad
gubernamental de garantizar niveles de salud que permitan una vida productiva
y la necesidad de coordinar esfuerzos entre diferentes sectores para abordar las
necesidades comunitarias.

La Carta de Ottawa (1986) se basa en la Declaración de Alma-Ata y plantea


un nuevo enfoque hacia la promoción de la salud, enfatizando la importancia de
empoderar a las personas para que ejerzan control sobre su bienestar. Este
documento subraya que la salud está influenciada por factores políticos,
económicos y sociales, y propone acciones intersectoriales para abordar las
inequidades en salud. Promueve el desarrollo de políticas públicas que integren
la salud en todas las decisiones gubernamentales y la creación de entornos que
apoyen el bienestar comunitario.

Ambos documentos destacan la importancia de la equidad en salud y la


necesidad de colaboración internacional para implementar estrategias
efectivas, haciendo un llamado urgente a la acción para lograr un nivel
adecuado de salud mundial.

La definición de salud de la Organización Mundial de la Salud y


la interdisciplinariedad Gustavo Alcántara Moreno

El propósito del presente artículo es dar a conocer un análisis crítico de la definición


de salud, particularmente la propuesta por la Organización Mundial de la Salud
(OMS) en 1946.
Introducción
En este texto, Gustavo Alcántara Moreno explora la definición de salud desde
una perspectiva interdisciplinaria, haciendo referencia a la interacción de
factores sociales, políticos, económicos, culturales y científicos. La salud se
define como un fenómeno complejo que no puede ser comprendido de manera
aislada, sino en la interrelación de múltiples procesos, tal como señala Briceño-
León (2000). Además, la salud es una construcción social influida por el contexto
histórico y las estructuras de poder, ideas y valores de cada sociedad.
Alcántara también menciona la definición de salud de la Organización
Mundial de la Salud (OMS), formulada en 1948, que establece que "la salud es
un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la
ausencia de afecciones o enfermedades". Esta definición es influyente debido a
su institucionalidad y sirve como base para la formulación de políticas públicas
de salud a nivel global.
El autor resalta cómo, a lo largo de la historia, la percepción sobre la
salud ha cambiado. En sociedades antiguas, el estado de salud se atribuía a
factores
mágico-religiosos, en contraste con el enfoque científico y profesional de la
medicina moderna. Finalmente, Alcántara enfatiza la importancia de la
homogeneización de la definición de salud a nivel global y cómo ha sido
adoptada en legislaciones nacionales, como en el caso de Venezuela, donde la
ley de salud del país amplía la definición de la OMS.
El texto aborda las críticas a la definición de salud de la OMS, destacando
que, aunque tiene ventajas, también presenta problemas epistemológicos y
prácticos. Navarro (1998) señala que la definición es ahistórica y apolítica, lo
que implica que se asume un consenso universal sobre los términos "salud" y
"bienestar", sin considerar quién define estos conceptos ni su contexto social y
político. Además, critica su supuesto carácter científico, que intenta aplicar a
todos los grupos sociales y períodos históricos por igual.
También se menciona que la definición de "completo bienestar" es
subjetiva y difícil de medir, lo que introduce la noción de normalidad en salud.
Esto puede ser problemático, ya que lo que se considera "normal" varía entre
culturas y épocas, y puede llevar a la exclusión o discriminación de quienes no
se ajusten a esos parámetros.
El texto también aborda cómo, a lo largo de la historia, ciertas
condiciones como la homosexualidad han sido vistas como enfermedades, pero
han sido reevaluadas gracias a cambios políticos y sociales, destacando la
influencia de la democracia y los movimientos sociales en la redefinición de la
normalidad. Finalmente, se señala la necesidad de una visión interdisciplinaria
para abordar la salud, ya que va más allá del ámbito médico e involucra factores
sociales y políticos.
La definición de salud de la OMS tiene importantes ventajas, especialmente
por superar el enfoque asistencialista que solo veía la salud como ausencia de
enfermedad. Al incluir aspectos somáticos, psicológicos y sociales, la OMS
plantea una visión holística e interdisciplinaria de la salud, que reconoce la
influencia de factores sociales como el trabajo, la vivienda y el ambiente. Este
enfoque interdisciplinario promueve la participación de diversas disciplinas,
como la economía, la ecología y la política, para abordar la salud de manera
integral y compleja.
Este cambio refleja una superación del paradigma biologicista, que veía la
salud desde una perspectiva individual y curativa, ignorando las causas no
biológicas de muchas enfermedades. Al considerar la salud como un sistema
dinámico y multidimensional, se incorpora un paradigma post-positivista que
valora la interacción entre el sujeto y el objeto, lo que permite un análisis más
amplio y adaptado a la realidad social.
Además, este enfoque ayuda a establecer un marco normativo útil para
definir políticas de salud y objetivos de bienestar, aunque algunos lo critiquen
por ser idealista o utópico. A pesar de esto, la definición de la OMS proporciona
una base sólida para guiar políticas de salud pública más inclusivas y efectivas.
El binomio salud-enfermedad se entiende como un proceso continuo en el
cual ambos conceptos están indisolublemente ligados. La salud no es un estado
absoluto, sino una condición fluctuante en la que cada persona se encuentra en
un punto dentro de un espectro que va desde el bienestar total hasta la
enfermedad o invalidez. Este proceso no es estático, ya que constantemente
existen riesgos que pueden alterar el equilibrio entre salud y enfermedad.
No existe un límite preciso entre ambos estados, pues ciertas condiciones
patológicas pueden pasar desapercibidas mientras la persona parece saludable.
El criterio para definir a alguien como sano o enfermo suele ser práctico, como
en el caso de determinar cuándo un trabajador debe tomar reposo.
La situación de salud de una población refleja la influencia de factores
económicos, sociales, políticos y culturales, permitiendo análisis comparativos
entre diferentes grupos sociales. Estos estudios consideran tres dimensiones: el
estilo de vida individual, las condiciones de vida (prácticas sociales) y el modo
de vida, que incluye factores ecológicos, económicos y políticos que afectan a la
sociedad en su conjunto.
La salud pública, como disciplina, se encarga de estudiar y mejorar las
condiciones de salud de las poblaciones, interviniendo en los estilos de vida, las
condiciones de vida y el modo de vida.
Conclusiones
La salud es un hecho social tanto material como inmaterial. Por lo tanto,
se trata de un fenómeno multidimensional y multicausal que trasciende y
desborda la competencia estrictamente médica, relacionándose además de la
biología y la psicología, con la economía y la política, en tanto que es un asunto
individual y colectivo al unísono.
Por tal motivo, la definición de salud de la OMS sigue teniendo plena
vigencia, pues a través de una orientación post-positivista conforma una
síntesis que propone integrar múltiples aspectos, en contraposición con una
visión reduccionista y limitada de la misma la cual se sustenta en el paradigma
positivista de la ciencia, que tiende a dividir y fragmentar el conocimiento desde
diversas disciplinas, de manera aislada.
Además, el concepto de salud de la OMS tiene que ser analizado y
evaluado tomando en cuenta su propósito normativo y carácter institucional,
que es el punto de partida de múltiples programas, proyectos y políticas de
salud a nivel global y mundial. Se está ante una visión de la salud con un
contenido deontológico; se hace énfasis en lo que ésta “debe ser”. Sin embargo,
a pesar de las críticas e inconvenientes epistemológicos que pueda presentar,
es innegable la utilidad de la misma para estudiar una realidad compleja,
necesitada de abordajes interdisciplinarios.
Aun cuando la OMS habla solamente de salud, resulta indudable que se
trata de mucho más, pues el término salud está indefectiblemente asociado a la
enfermedad, conformando ambas un binomio inseparable al cual se le denomina
como proceso
salud-enfermedad. Se trata de un proceso porque es impertinente hablar de
salud y enfermedad en forma absoluta, pues ambas son nociones que se ubican
dentro de una escala gradual, apareciendo el calificativo de sano o enfermo
para un individuo o grupo con fines prácticos ante una determinada situación o
relación social

Las enfermedades y sus metaforas. Susan Sontag


A lo largo de la historia, la tuberculosis y el cáncer han estado cargados
de significados simbólicos y metafóricos. Durante los siglos XIX y XX, ambas
enfermedades fueron incomprendidas en diferentes momentos, lo que alimentó
su carácter misterioso y temido. La tuberculosis, hasta el descubrimiento del
bacilo de Koch en 1882, no pudo ser tratada eficazmente debido a la falta de
conocimiento sobre sus causas. De manera similar, el cáncer, sin un
entendimiento claro, se mantuvo como una amenaza invisible y tabú, de la que
poco se hablaba.
Antes de la invención del microscopio, la tuberculosis y el cáncer eran
difícilmente diferenciables, lo que generaba confusión en sus diagnósticos y
tratamientos. Sin embargo, con el avance científico, se reconoce la tuberculosis
como una infección bacteriana, lo que permitió su manejo más eficaz. A pesar
de esto, persiste la percepción de que la tuberculosis presenta síntomas más
evidentes desde el inicio, mientras que el cáncer se considera silencioso y se
detecta a menudo en etapas avanzadas.
El cáncer avanza de manera insidiosa, progresando a través de etapas y
asociándose con metáforas de expansión y diseminación. Cuando los tumores
son descubiertos, deben ser extirpados quirúrgicamente, y el temor no solo
radica en la posibilidad de muerte, sino también en la mutilación, comparada a
veces con la gangrena. Culturalmente, la tuberculosis se ha vinculado a la
pobreza, la falta de higiene y las privaciones, mientras que el cáncer se asocia
con excesos y opulencia. En el imaginario popular, la tuberculosis afecta
principalmente a los pulmones, mientras que el cáncer se percibe como una
enfermedad capaz de invadir múltiples órganos, aumentando su capacidad
destructiva.
Además, la tuberculosis fue en ciertos momentos romanticizada, ligada a
ideas de "exceso de pasión" y "creatividad", y su aspecto pálido y demacrado
llegó a ser una moda aristocrática. Por otro lado, el cáncer se ha relacionado con
la represión emocional y excesos no controlados, ya sea en la sexualidad, la
alimentación o el tabaquismo. Estas metáforas construyen la enfermedad como
una manifestación de deseos reprimidos, sugiriendo que las pasiones no
expresadas se transforman en enfermedad.
Esta conexión entre estado emocional, deseos y salud física ha
alimentado la creencia de que quienes no actúan conforme a sus pasiones crean
una especie de "pestilencia interna", un concepto que sostiene las ideas
populares sobre la causalidad de estas enfermedades. En este sentido, quienes
no logran alcanzar un ideal de autocontrol o satisfacción emocional se
convierten en candidatos potenciales para padecer estas dolencias.
Tanto la tuberculosis como el cáncer han cargado históricamente con el
peso simbólico de la metáfora, debido a su carácter incomprendido y su
percepción como enfermedades incurables. En el siglo XIX, la tuberculosis era
vista como un mal misterioso que robaba vidas de manera insidiosa, mientras
que hoy, el cáncer ocupa ese lugar, percibido como una invasión despiadada y
secreta. Estas enfermedades reflejan fantasías que surgen en una época en la
que se espera que la medicina cure todo, pero aún no se comprende
completamente su origen o se ha logrado un tratamiento eficaz.
Antiguamente, la tuberculosis se consideraba una sentencia de muerte, al
igual que el cáncer en la actualidad, lo que llevaba a ocultar el diagnóstico tanto
a los pacientes como a sus familiares. Hoy en día, el cáncer sigue siendo un
tema tabú, visto como un escándalo que puede afectar la vida personal y
profesional del enfermo, lo que genera secretismo por parte de médicos y
pacientes. Esta reticencia se debe no solo a la asociación del cáncer con la
muerte, sino también a que se considera una enfermedad "obscena",
repugnante y
de mal augurio. Históricamente, ambas enfermedades compartieron metáforas
similares, siendo vistas como condiciones que consumían el cuerpo y generaban
bultos anormales. Sin embargo, con el avance de la medicina, se diferenciaron
cuando se descubrió la naturaleza bacteriana de la tuberculosis en 1882 y se
comprendió el origen celular del cáncer gracias al microscopio. Desde entonces,
las metáforas asociadas a cada enfermedad comenzaron a divergir,
desarrollaron concepciones opuestas: la tuberculosis se afectó principalmente
con los pulmones, mientras que el cáncer se percibe como una enfermedad que
puede afectar cualquier parte del cuerpo.
Durante el siglo XIX, se modificó la idea de que la enfermedad era un
castigo acorde al carácter del paciente, y se comenzó a ver como una expresión
de ese carácter, resultado de la voluntad. Se creía que la recuperación dependía
de que la parte sana de la voluntad tomara el control, con "poderes dictatoriales
para subyugar las fuerzas rebeldes" de la parte enferma. Un médico francés de
una generación anterior había utilizado una imagen similar, refiriéndose a la
salud como "el silencio de los órganos" y la enfermedad como "su rebelión". Este
enfoque, aunque menos moralista que la idea del castigo, era igualmente
punitivo al asociar la enfermedad con una manifestación del yo.
Con enfermedades modernas como la tuberculosis en el pasado y el
cáncer hoy, se parte de la visión romántica de que son una expresión del
carácter, pero se llega a afirmar que el carácter es lo que las causa, lo que
implica que "el enfermo mismo crea su enfermedad". Estas opiniones no solo
responsabilizan al paciente de su condición, sino que también limitan su
comprensión de las opciones de tratamiento, aparte de la búsqueda de ayuda.
Se supone que la cura depende principalmente de la capacidad de amor propio
del paciente. Tanto el mito de la tuberculosis como el del cáncer sostienen que
uno es responsable de su enfermedad, pero la imaginería del cáncer es aún más
punitiva. Atribuir el cáncer a una falta de expresividad equivale a condenar al
paciente, mostrando una piedad que en realidad encierra desprecio. Mientras
que el tuberculoso podía ser visto como un proscrito o marginado, el paciente
con cáncer es tratado simplemente como un "perdedor".
Existe una vasta literatura y una creciente cantidad de investigaciones
que apoyan la teoría de que el cáncer tiene causas emocionales. Sin embargo,
es probable que la mayoría de las personas sin cáncer también experimenten
emociones depresivas y traumas del pasado, lo que se denomina "condición
humana". Durante el siglo XIX, los médicos asociaban las causas del cáncer con
el dolor y las preocupaciones, más comunes en hombres de negocios y madres
de familias numerosas en situaciones económicas difíciles, cambios bruscos de
fortuna y excesos de trabajo. Para escritores y políticos de éxito, se atribuía a
causas como el dolor, la rabia, el esfuerzo intelectual excesivo, la angustia
derivada de la ambición y el estrés de la vida pública.
Se creía que los pacientes con cáncer desarrollaban la enfermedad tras
llevar una vida hiperactiva o emocionalmente intensa, acumulando un cúmulo
de emociones que moldeaban su condición. En 1881, un año antes del
descubrimiento del bacilo de la tuberculosis, un manual de medicina atribuía
esta enfermedad a la predisposición hereditaria, el clima desfavorable, la vida
sedentaria en interiores, la falta de ventilación y luz, y las "emociones
deprimentes". Estas ideas tardaron en perder credibilidad.
La creencia de que un estado de ánimo positivo puede frenar una
enfermedad se extendería a todas las enfermedades infecciosas. Las teorías que
atribuyen las enfermedades a los estados de ánimo y su cura a la mera fuerza
de voluntad reflejan lo poco que se comprende sobre la patología física.
Psicologizar una enfermedad es una forma de manejar experiencias y hechos
sobre los que se tiene poco o ningún control. Para
quienes enfrentan la muerte sin consuelo religioso ni un sentido natural de la
misma, la muerte se convierte en un misterio obsceno, un ultraje supremo e
incontrolable.
Una enfermedad física puede volverse menos real pero más interesante si
se la percibe como "mental". El pensamiento moderno ha ampliado la categoría
de enfermedades mentales, contribuyendo a la negación de la muerte típica de
nuestra cultura. La concepción punitiva de la enfermedad tiene una larga
historia, especialmente en lo que respecta al cáncer. Se habla de una "lucha" o
"cruzada" contra el cáncer, considerándolo la enfermedad "que mata", ya los
enfermos como "víctimas del cáncer". Aunque la culpa recae sobre la
enfermedad, también se responsabiliza al paciente.
No hay nada más punitivo que otorgar un significado moralista a una
enfermedad. Inicialmente, se le asignan horrores profundos, y la enfermedad
misma se convierte en una metáfora.
Luego, su nombre se utiliza como adjetivo para describir otros errores o
defectos, como cuando algo se califica de "enfermizo" para referirse a algo
repugnante o desagradable.
Durante los últimos dos siglos, las enfermedades más utilizadas como
metáforas del mal han sido la sífilis, la tuberculosis y el cáncer, todas
consideradas enfermedades individuales. Aunque la sífilis era vista como una
enfermedad horrible, también se la consideraba vulgar y degradante, ofreciendo
una metáfora limitada. La tuberculosis, por su parte, fue durante más de un
siglo y medio el equivalente metafórico de la delicadeza y la sensibilidad,
mientras que lo brutal y despiadado se asociaba al cáncer.
Mientras que la sífilis se contraía de manera pasiva, como un desastre
involuntario, la tuberculosis y el cáncer han sido experiencias activas y
emocionales, lo que explica su metáfora de la pasión. Ambas han ocupado un
lugar destacado en la narrativa cultural, a menudo asociada con la idea de
sacrificio y pureza, lo que contribuye a una comprensión más amplia de la
enfermedad y la experiencia humana.
En conclusión, la tuberculosis y el cáncer han sido enfermedades más que
simples; son constructos culturales que reflejan nuestras emociones, temores y
percepciones sobre la vida y la muerte. Ambas enfermedades han sido
utilizadas como metáforas que van más allá de la biología, convirtiéndose en
símbolos de la lucha humana, la pasión y el sufrimiento.

El Sida y sus metáforas

Sontag sostiene que, con "metáfora", se refiere a la definición más


antigua y sucinta de Aristóteles: "la metáfora consiste en dar a una cosa el
nombre de otra". Decir que una cosa es, o es como, algo que no es, es una
operación mental tan antigua como la filosofía y la poesía. Desde luego, no es
posible pensar sin metáforas. Sin embargo, eso no significa que no existan
metáforas de las que sea mejor abstenerse o apartarse. Del mismo modo, todo
pensamiento es interpretación, lo que no implica que siempre se deba estar de
acuerdo con la interpretación.
La medicina se volvió verdaderamente eficaz cuando las metáforas
militares adquirieron nueva credibilidad y precisión. Esto ocurrió solo cuando se
consideró que el invasor no era la enfermedad en sí, sino el microorganismo que
la produce. Desde entonces, las metáforas militares han permeado cada vez
más los aspectos de la descripción de una situación médica. La enfermedad es
vista como una invasión de organismos extraños, ante la que el cuerpo
responde con sus propias operaciones militares,
como la movilización de las defensas inmunológicas. La medicina, en este
sentido, se describe como "agresiva", como sucede en la jerga de la
quimioterapia.
Sontag señala que la metáfora militar es aún más grosera en los cursos de
sanidad pública, donde la enfermedad suele describirse como una invasora de la
sociedad, y los esfuerzos por reducir la mortalidad de una determinada
enfermedad se denominan "pelea", "lucha" o "guerra". Estas metáforas militares
ganaron relevancia a principios del siglo XX, durante las campañas educativas
contra la sífilis organizadas durante la Primera Guerra Mundial, y luego, contra la
tuberculosis.
En el pasado, era el médico quien libraba la guerra contra la enfermedad;
ahora es la sociedad en su conjunto. De hecho, el uso de la guerra como
metáfora para movilizar ideológicamente a la población ha otorgado eficacia a la
idea de la "guerra" para describir campañas curativas, cuyo objetivo final es la
derrota de un enemigo. Es decir, la metáfora militar sirve para describir una
enfermedad particularmente temida, de la misma manera que se teme al
extranjero, al "otro". Además, estas metáforas contribuyen a estigmatizar
ciertas enfermedades y, por ende, a quienes las padecen.
Sontag también sostiene que las actitudes frente al cáncer han cambiado.
Tener cáncer ha dejado de ser ese estigma que generaba una "identidad
estropeada". La palabra "cáncer" se pronuncia más libremente, y ya no es
común escribir en las necrologías que alguien murió "de una larga enfermedad".
Hoy en día, es habitual comunicar brutalmente al paciente que tiene cáncer. El
hecho de que ahora se hable del cáncer con menos xenofobia que hace una
década se debe, en gran medida, a que ya no es la enfermedad más temida. En
los últimos años, se ha reducido la carga metafórica del cáncer, en parte por el
surgimiento de una enfermedad cuya estigmatización y capacidad de arruinar
una identidad son mucho mayores.
La llegada de esta nueva enfermedad aterradora, nueva al menos en su
forma epidémica, ha desencadenado una metaforización a gran escala. La
enfermedad llamada sida —síndrome de inmunodeficiencia adquirida— no es, de
hecho, su verdadero nombre. El sida es el nombre que se le atribuye a un
cuadro clínico cuyas consecuencias abarcan un amplio espectro de
enfermedades.
El sida tiene una genealogía metafórica dual, similar a la del cáncer,
descrito como una invasión. Sin embargo, las metáforas militares que se
emplean para referirse al sida difieren ligeramente de las que se usan para el
cáncer. En el caso del sida, el enemigo es un agente infeccioso externo que
causa la enfermedad. A través de este ataque, una serie de enfermedades
oportunistas que normalmente son rechazadas por un sistema inmunológico
sano invaden el cuerpo, cuyo vigor ha sido debilitado por la replicación de este
agente externo. Mientras que el cáncer hace proliferar las células, el sida las
destruye.
El sida se entiende como el último de tres estados, comenzando con la
infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Inicialmente, hay
manifestaciones de que el sistema inmunológico ha sido afectado, seguidas de
un largo periodo latente antes de que los síntomas de la enfermedad se hagan
evidentes. A diferencia del sida, el cáncer suele desarrollarse lentamente y no
se considera latente por tanto tiempo.
Susan Sontag sostiene que las metáforas asociadas al cáncer, al
equipararlo con el mal, han llevado a muchas personas a vivirlo con vergüenza,
como algo que deben ocultar. Esta vergüenza también está presente en el caso
del sida, pero se agrava con una imputación de culpa, haciendo que los
afectados se sientan expuestos como miembros de algún "grupo de riesgo". El
sida, según estas metáforas, no solo revela una identidad oculta, sino que
también la confirma, asociándose a indulgencia, delincuencia, adicciones o
conductas sexuales percibidas como desviadas.
La transmisión sexual del sida, vista como una calamidad autoinfligida,
recibe un juicio más severo que otras vías de contagio. Se considera una
enfermedad ligada al exceso o la perversión sexual, especialmente para
aquellos con vidas sexuales activas, y se ve fácilmente como un castigo. Las
enfermedades infecciosas con una connotación sexual suelen generar miedo al
contagio y fantasías sobre formas no venéreas de transmisión en espacios
públicos.
El sida no es una enfermedad única, sino un síndrome compuesto por una
serie de enfermedades diversas, lo que lo convierte en un concepto más
abstracto y construido, incluso más que el cáncer. Además, la afirmación de que
el sida es invariablemente letal depende en parte de la definición médica de la
enfermedad.
Desde el inicio, la construcción del sida ha estado influenciada por
conceptos que dividen a la población. Los anuncios públicos y las declaraciones
de los especialistas en salud han perpetuado el miedo, manipulando la opinión
pública al destacar lo aterrador de la enfermedad y las probabilidades de que los
portadores del virus desarrollen el sida. Esta enfermedad, que convierte a las
personas en "enfermas" antes de estarlo físicamente, también implica una
muerte social antes de la física.
Muchos evitan el diagnóstico por miedo a las repercusiones sociales y
posibles discriminaciones. Al igual que con otras enfermedades asociadas a la
vergüenza, el sida a menudo se mantiene en secreto, aunque no
necesariamente por parte del paciente. A diferencia de épocas anteriores,
cuando las familias ocultaban un diagnóstico de cáncer, con el sida suele ser el
paciente quien esconde la enfermedad de su familia.
Mientras que la tuberculosis se asociaba a una "muerte suave", el sida, al
igual que el cáncer, implica una "muerte dura". Las enfermedades cargadas de
metáforas que rondan la imaginación colectiva suelen percibirse como
causantes de muertes dolorosas, aunque ser mortal no siempre implica terror.
La idea de que muchas enfermedades son causadas por el estado mental del
individuo perpetúa una versión moderna de la teoría del miasma, sugiriendo que
emociones como el miedo o la depresión pueden desencadenar enfermedades
físicas.
La peste es la metáfora principal con la que se ha entendido la epidemia
del sida, asociándola a calamidades colectivas y castigos divinos. Aunque el sida
no sea una enfermedad singular, sino un conjunto de síntomas, se lo percibe
como una peste moderna, nacida en el "continente negro" y extendida al resto
del mundo, lo que refuerza la idea de que es una enfermedad extranjera,
proveniente de lugares exóticos o primitivos.
Este tipo de metáforas también refuerza la percepción de que las pestes
son juicios contra la sociedad. Al igual que en el siglo XIX, cuando la tuberculosis
se asoció a la pobreza y a la inmoralidad, el sida ha sido utilizado para
moralizar, promoviendo valores de autocontrol y productividad como medios
para evitar la enfermedad. Aunque hoy resulte inconcebible asociar
enfermedades como el cólera a la depravación moral, el sida ha asumido el rol
de enfermedad "didáctica" que satisface la necesidad cultural de culpar y
castigar.
El surgimiento del sida como epidemia de transmisión sexual revitalizó el uso
de metáforas morales y xenófobas, asociando la enfermedad con conductas
consideradas desviadas, especialmente en la comunidad homosexual, aunque
también afectaba a heterosexuales. Las autoridades autoritarias y la propaganda
aprovecharon el miedo al sida para promover agendas políticas, vinculando la
enfermedad con extranjeros y utilizando la paranoia como herramienta de control
social.
El sida, identificado por primera vez en los años ochenta, al igual que el
cáncer o la sífilis, se ha convertido en una metáfora de la vulnerabilidad individual y
social, destacando peligros latentes en la sociedad. Su capacidad para mutar y
propagarse lo posiciona como una amenaza no solo para la salud física, sino
también para la estructura social, reforzando la metáfora de la "peste".
La aparición del sida también trajo un cambio significativo en la percepción de
la sexualidad. Mientras que la medicina moderna había permitido una mayor libertad
sexual, el sida volvió a vincular la sexualidad con riesgos mortales, forzando una
reevaluación de los comportamientos sexuales. La epidemia impuso la necesidad de
autocontrol y límites, cuestionando los ideales de libertad y expansión propios del
capitalismo y la modernidad.
En resumen, el sida, más que una enfermedad, ha sido un punto de inflexión
en la manera de entender no solo la medicina, sino también la sexualidad, las
políticas sociales y la identidad cultural.
La afirmación "el sida destruye con igualdad de oportunidades" sugiere,
de manera subliminal, lo contrario de lo que pretende negar: que en esta parte
del mundo, el sida es una enfermedad asociada a minorías raciales y sexuales.
Aun así, rápidamente se convirtió en un problema global.
No es cierto que el sida haya ganado notoriedad únicamente porque,
como algunos sugieren, en los países ricos afectó inicialmente a un grupo
conformado mayormente por hombres, casi todos blancos, muchos de ellos
educados y con la capacidad de organizarse para llamar la atención pública y
movilizar recursos para combatir la enfermedad. Esta situación parece
ejemplificar cómo las catástrofes que impactan a poblaciones privilegiadas
reciben más atención.
Sontag sostiene que no todas las metáforas aplicadas a las enfermedades
y sus tratamientos son igualmente perjudiciales o distorsionantes. La metáfora
militar, dice ella, es la que más debería ser archivada, especialmente desde la
aparición del sida. Su contraparte, el modelo médico vinculado al patrimonio
público, es aún más peligrosa y con mayores repercusiones, pues no solo
justifica el poder autoritario, sino que implícitamente sugiere la necesidad de
represión y violencia estatal.
El efecto de la imaginería militar en la forma de pensar sobre las
enfermedades y la salud no es inofensivo. Moviliza discursos excesivos y
contribuye activamente a la estigmatización y exclusión de los enfermos.

Políticas de Salud Pública en Argentina: Comparación de dos modelos. Cendali

A principios del siglo XX, Argentina enfrentaba serios problemas de salud,


incluyendo enfermedades infecciosas y altas tasas de mortalidad infantil y
desnutrición. Hasta 1945, el sistema de salud era fragmentado y carecía de
organización estatal efectiva. El Estado se limitaba a tareas de higiene y control
de epidemias, y la salud era considerada una responsabilidad individual o de
caridad. Sin embargo, las demandas de los movimientos socialistas y comunistas
pedían una intervención pública que priorizara la salud de
Con la llegada del peronismo en los años 40, el Estado argentino asumió
un papel activo en la política social y sanitaria, avanzando hacia un sistema de
planificación centralizada. En este contexto, se creó la Secretaría de Salud y el
Código Sanitario
Nacional en 1947, estableciendo las bases para un sistema de salud pública.
Bajo el liderazgo del Dr. Ramón Carrillo, el Estado implementó el “Plan Carrillo”,
que promovía la medicina social en lugar de la medicina individualista,
vinculando la salud con condiciones sociales como vivienda, alimento.
El plan buscó universalizar el acceso a la salud a través de la medicina
preventiva y social, y se sustentó en el financiamiento de las obras sociales
sindicales. La visión de Carrillo consideraba que la salud era un medio para el
bienestar social y requería la colaboración entre el paciente, el médico, el
Estado y la comunidad. Además, los principios propuestos por Perón
establecieron que todos debían tener derecho a la salud, y que no podía haber
política sanitaria sin política social.
A partir de 1955, con cambios políticos y tendencias globales, el modelo se
descentralizó, delegando responsabilidades a las provincias y promoviendo la
participación del sector privado, lo que eventualmente debilitó el sistema
público.

Las reformas en el sector salud de los años 90 en Argentina respondieron a


un modelo neoliberal que impulsó un Estado mínimo, orientado a descentralizar,
desconcentrar y privatizar servicios. Este modelo propiciaba que el Estado sólo
interviniera cuando el sector privado no pudiera cubrir la demanda, trasladando
hospitales a las provincias y dejando a cada jurisdicción gestionar sus recursos,
lo que generó gran desigualdad entre provincias (Belmartino, 2006).
El Banco Mundial y el BID apoyaron estas reformas en América Latina,
enfatizando la eficiencia del sector privado y destacando que el público era
ineficaz. En Argentina, el decreto de 1993 introdujo la libertad de elección de
obra social, contratación directa entre financiadores y prestadores, y exigió a
las obras sociales reintegrar gastos al sistema público cuando sus beneficiarios
usaban estos servicios. El modelo de hospitales de autogestión también fue
promovido para captar fondos propios; Sin embargo, sus efectos fueron
limitados, y la falta de recursos significativos apenas mejoró la atención en
algo.
Estas políticas fragmentaron el sistema y redujeron el acceso universal,
limitando la cobertura del Estado a aquellos en situación de pobreza certificada,
evidenciando un cambio hacia un sistema segmentado según la demanda.
No obstante este proceso de corrimiento del Estado de la esfera social,
con la reforma constitucional de 1994 se ratifica una serie de tratados
internacionales que adquieren rango constitucional. Muchos de estos tratados
reconocen el derecho a la salud y a la atención médica. Al ratificar, los Estados
reconocen el carácter obligatorio, de manera que estos derechos pasan a ser
exigibles y judicializables.
Cabe destacar, que en la Reforma de 1949 (derogada por el régimen
militar del ’55) se introducen artículos que buscan garantizar el derecho a la
preservación y al cuidado de la salud”, tanto para los trabajadores como para la
ancianidad; asimismo, establece que una de las obligaciones del Congreso es
adoptar las medidas necesarias en pos de la salud pública.

Las políticas de salud en Argentina en la actualidad (2008) reflejan un marco


restrictivo influenciado por las reformas de los años 90, que introdujeron la
descentralización, desconcentración y privatización, junto a un enfoque en
políticas focalizadas para reducir el gasto social. Esto generó tres efectos
principales:
1. El sector público continúa operando con limitaciones, apoyado por sus
trabajadores, pero sufre una disminución de calidad en aspectos estéticos,
edilicios y tecnológicos.
2. El sistema de salud universal, aunque presente en la red de hospitales y
centros de atención, ha sido limitado en su impacto y ha evolucionado
hacia una focalización indirecta, donde las políticas se dirigen a grupos
vulnerables específicos, identificados de forma regional o comunitaria.
3. La mayoría de los programas sociales son ahora de focalización directa,
orientados a la población más vulnerable y seleccionando beneficiarios
caso por caso para verificar si cumplen los requisitos del programa.

Estas políticas han limitado la accesibilidad universal y han transformado el


sistema hacia un modelo de asistencia segmentado.

Comparación de los Modelos de Salud Pública en Argentina según Cendali


El modelo de salud pública en Argentina muestra cambios significativos a
lo largo del tiempo, reflejando diferencias notables en sus principios y en la
distribución de responsabilidades y recursos. Cendali describe dos modelos que
ilustran esta evolución: el modelo del Dr. Ramón Carrillo y el modelo actual.

Modelo de Salud de Dr. Carrillo

El modelo de salud promovido por el Dr. Ramón Carrillo pone énfasis en


una fuerte intervención estatal, abordando la salud como una responsabilidad
compartida entre el Estado y los individuos. La situación de salud durante este
periodo se caracterizaba por una gestión pública de higiene y sanidad, pero
también por una gran precariedad. El sistema de salud dependía en gran
medida de la beneficencia y del sector privado, lo que implicaba una atención
desigual y una infraestructura inadecuada. Problemas como el déficit de camas,
el bajo número de personal técnico, las bajas remuneraciones, y la carencia de
un sistema administrativo organizado agravaban la crisis hospitalaria. Además,
la inexistencia de seguros sociales y la falta de insumos esenciales exponían a la
población a altos niveles de morbilidad, desnutrición, y enfermedades
endémicas como la tuberculosis y el mal de Chagas, con altas tasas de
mortalidad infantil y general.
Carrillo buscó enfrentar esta situación a través de un rol centralizado del
Estado, combinando la medicina moderna con enfoques de medicina social,
preventiva, sanitaria y educativa. Entre las medidas impulsadas estaban la
protección médica integral, la fiscalización sanitaria y la creación de una fábrica
nacional de medicamentos, lo cual pretendía mejorar el acceso a tratamientos y
reducir las desigualdades en salud. Este modelo también se vinculó con políticas
sociales de seguridad, vivienda y salarios para garantizar un enfoque integral en
el bienestar de la población.

Modelo de Salud en la Argentina Actual

En contraste, el modelo actual de salud en Argentina, de acuerdo con


Cendali, presenta un panorama descentralizado y fragmentado, resultado de
reformas que impulsan la mercantilización, privatización y desconcentración del
sistema sanitario. Actualmente, la salud se distribuye en tres subsectores (obras
sociales, privado y público) que operan de manera fragmentada y con
problemas estructurales comunes. Esta fragmentación genera un sistema
precario y sobrecargado, en el cual el sector público soporta una alta demanda
de servicios, no solo de la población nacional sino también de extranjeros, y
cubre múltiples
áreas como la medicina preventiva, investigación, atención de enfermedades
crónicas y enseñanza.
La salud pública actual enfrenta dificultades similares a las observadas en
el modelo de Carrillo, tales como la falta de insumos, déficit de camas y
remuneraciones bajas. Sin embargo, el problema se agrava debido a la
descentralización, lo cual causa una gran heterogeneidad en la calidad y acceso
a los servicios en distintas provincias. Aunque existen políticas sociales de
focalización directa e indirecta, la desconexión entre los niveles nacional,
provincial y municipal debilita su efectividad. La situación se vuelve aún más
compleja por la falta de intervención del gobierno federal, lo que deja la salud
como una responsabilidad mayormente individual y provincial.
A pesar de las limitaciones, el modelo actual cuenta con algunos recursos
que podrían potenciarse, tales como un sistema educativo avanzado que facilita
la formación en prevención y salud, así como la tecnología necesaria para
producir insumos médicos en el país. No obstante, la falta de cohesión y de un
enfoque centralizado provoca la reaparición de enfermedades erradicadas y
elevados índices de mortalidad, desnutrición y problemas de morbilidad,
indicadores que evidencian la necesidad de una revisión integral del sistema.

En el modelo actual, las políticas de salud se orientan a una focalización


directa e indirecta, con programas sociales diseñados para grupos vulnerables
específicos y aplicando criterios selectivos de elegibilidad, lo que restringe la
accesibilidad universal y segmenta la asistencia sanitaria. En contraste con el
modelo de Carrillo, que promueve la salud como un derecho fundamental y una
responsabilidad colectiva del Estado, el enfoque actual responde a una lógica de
mercado, en la que la salud es vista como una responsabilidad individual y
provincial, generando una gran disparidad en la calidad y en la accesibilidad de los
servicios de salud a nivel nacional.
En síntesis, el modelo de Carrillo priorizaba una política de salud pública
integral y accesible, vinculada a mejoras en condiciones sociales, mientras que el
modelo actual se caracteriza por su fragmentación y privatización, resultando en un
sistema desigual que enfrenta serios desafíos de cohesión y equidad en el acceso.

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