El cedro vanidoso
Esta es la historia de un cedro presumido y tonto, que se jactaba a diario de su
hermosura. El cedro vivía en el medio de un jardín, rodeado de otros árboles más
pequeños, y para nada tan bellos como él. ¡Soy en verdad, algo digno de
contemplar, y no hay nadie en este jardín que supere mi encanto! – repetía el cedro
en las mañanas, en las tardes y en las noches.
Al llegar la primavera, los árboles comenzaron a dar hermosas frutas. Deliciosas
manzanas tuvo el manzano, relucientes cerezas aportó el cerezo, y el peral brindó
gordas y jugosas peras.
Mientras tanto, el cedro, que no podía dar frutos, se lamentaba angustiado: “Mi
belleza no estará completa hasta que mis ramas no tengan frutos hermosos como
yo”. Entonces, se dedicó a observar a los demás árboles y a imitarlos en todo lo que
hicieran para tener frutos. Finalmente, el cedro tuvo lo que pidió, y en lo alto de sus
ramas, asomó un precioso fruto.
“Le daré de comer día y noche para que sea el más grande y hermoso de todos los
frutos” exclamaba el cerro orgulloso de su creación. Sin embargo, de tanto que
llegó a crecer aquel fruto, no hizo más que torcer poco a poco la copa de aquel
cedro. Con el paso de los días, el fruto maduró y se hizo más pesado cada vez, hasta
que el cedro no pudo sostenerlo y su copa terminó completamente quebrada y
arruinada.
Algunas personas son como los cedros, que su ambición es tan grande que les lleva
a perder todo cuanto tuvieron, pues no hay nada tan fatal como la vanidad, y
debemos evitar ser engreídos con las personas que nos rodean.
El leñador honrado
Érase una vez, un leñador humilde y bueno, que después de trabajar todo
el día en el campo, regresaba a casa a reunirse con los suyos. Por el
camino, se dispuso a cruzar un puente pequeño, cuando de repente, se
cayó su hacha en el río.
“¿Cómo haré ahora para trabajar y poder dar de comer a mis hijos?”
exclamaba angustiado y preocupado el leñador. Entonces, ante los ojos del
pobre hambre apareció desde el fondo del río una ninfa hermosa y
centelleante. “No te lamentes buen hombre. Traeré devuelta tu hacha en
este instante” le dijo la criatura mágica al leñador, y se sumergió
rápidamente en las aguas del río.
Poco después, la ninfa reapareció con un hacha de oro para mostrarle al
leñador, pero este contestó que esa no era su hacha. Nuevamente, la ninfa
se sumergió en el río y trajo un hacha de plata entre sus manos. “No. Esa
tampoco es mi hacha” dijo el leñador con voz penosa.
Al tercer intento de la ninfa, apareció con un hacha de hierro. “¡Esa sí es
mi hacha! Muchas gracias” gritó el leñador con profunda alegría. Pero la
ninfa quiso premiarlo por no haber dicho mentiras, y le dijo “Te regalaré
además las dos hachas de oro y de plata por haber sido tan honrado”.
Ya ven amiguitos, siempre es bueno decir la verdad, pues en este mundo
solo ganan los honestos y humildes de corazón.
La nuez de Oro
Había una vez una niña de nombre María, que tenía los cabellos negros como la
noche. La hermosa María gustaba de pasear por el bosque y conversar con los
animales. Cierto día, encontró en el suelo una nuez de oro.
“Un momento, niñata. Devuélveme esa nuez, pues me pertenece a mí y nadie más”.
Al buscar el lugar de dónde provenía la voz, la niña descubrió un pequeño duende
que agitaba sus brazos desde las ramas de un árbol.
El duendecillo vestía de gorro verde y zapatillas carmelitas y puntiagudas. Sus ojos
verdes y grandes miraban a la niña fijamente mientras repetía una y otra vez:
“Venga, te he dicho que me regreses esa nuez de oro que es mía, niña”.
“Te la daré si me contestas cuántos pliegues tiene esta nuez en su piel. Si fallas, la
venderé y ayudaré a los niños pobres que no tienen nada que comer”, contestó la
valiente niña enfrentando la mirada del duende. “Mil y un pliegues” contestó la
criatura mágica frotándose las manos.
La pequeña María, no tuvo entonces más remedio que contar los pliegues en la
nuez, y efectivamente, el duende no se había equivocado. Mil y una arrugas
exactas, tenía aquella nuez de oro. Con lágrimas en los ojos, María la entregó al
duendecillo, quien al verla tan afligida, ablandó su corazón y le dijo: “Quédatela,
noble muchacha, porque no hay nada tan hermoso como ayudar a los demás”.
Y así fue como María pudo regresar a casa con la nuez de oro, alimentar a los
pobres de la ciudad y proveerles de abrigos para protegerse del crudo invierno.
Desde entonces, todos comenzaron a llamarle tiernamente “Nuez de Oro”, pues los
niños bondadosos siempre ganan el favor y el cariño de las personas.
La gratitud de la fiera
Había una vez un esclavo al servicio de Roma, que escapó de su amo para
refugiarse en el bosque. Su nombre era Androcles, y una vez en las montañas,
decidió guarecerse de los guardias que le perseguían, y se ocultó en una enorme
cueva.
Aún en la tenebrosa oscuridad de la cueva, Androcles pudo notar la presencia de
imponente león. La fiera se encontraba tumbada en el suelo con una pata herida, y
ante la mirada del esclavo lanzó un rugido de dolor incontenible.
“No temas, amigo león. Te ayudaré para que te recuperes pronto” le dijo Androcles
conforme se iba acercando poco a poco al animal. En un comienzo, el león mantuvo
su fiereza, hasta que, poco a poco, Androcles logró ganarse su confianza. El esclavo
extrajo una flecha clavada en la pata del león, y curó su herida con agua limpia.
Al cabo de un tiempo, Androcles y la fiera comenzaron a convivir con tranquilidad
escondidos en la cueva. Cierto día que el muchacho salió en busca de alimentos, le
capturaron los soldados del emperador, y le llevaron consigo a la ciudad para que
sirviera en el circo.
A los pocos días, Androcles fue arrojado a un foso pestilente. El lugar se
encontraba repleto de personas curiosas y desesperadas por ver la batalla. Ante los
ojos de aquel joven apareció un temible león, que venía acercándose hacia él con
grandes zancadas. En ese preciso instante, el león quedó parado frente a Androcles
y para sorpresa de todos, comenzó a rugir cariñosamente acariciando su cabeza
contra el cuerpo del esclavo.
“Emperador, perdone la vida de este esclavo, pues ha logrado someter al león” –
gritaban a coro los presentes, y el emperador así lo hizo. Androcles fue puesto en
libertad, y nunca se supo que aquel león, era en verdad aquel de la cueva que tanta
amistad había hecho con Androcles.
El Pirata Escacharrado
Érase una vez un pirata, al que la mala suerte (sin saber por qué),
le había venido a ver…
El pirata tenía un ojo de palo, una pata llena de ojos y hasta una
larga melena, que se le había mudado de la cabeza a los pies.
¡Parecía que le hubieran vuelto del revés!
Aquel corsario destartalado ya no tenía cuchillos, ni garfios, ni parche en
el ojo… ni cara de malo. Pero tenía unas uñas tan largas, que le servían de
ancla cuando frenaba su barco, para poder hacer pie. Y es que hasta las
anclas se habían alejado de él.
Descansaba el pirata siempre en islas desiertas, puesto que todo
desaparecía nada más posarse en ellas. Y así vivía asustando al miedo, con
su ojo de palo, su pata llena de ojos y sus pies llenos de pelo.
La Tierra y el Mar me han olvidado…– se lamentaba el escacharrado pirata–
¡A pesar de haber robado cien barcos, navegado mil horas y haber sido un
pirata tan malo!
No le quedaban fuerzas ya a aquel pirata, para seguir intentando lo del ser
un pirata malo. Y decidió, tras mucho pensar, abandonar sus galones
(cuatro jirones mal remendados sobre la solapa de una chaqueta vieja y
tiesa) en alta mar.
Y a partir de entonces, la mala suerte ya no vino a visitarle nunca más…
El niños y los clavos, un cuento sobre los berrinches de los niños
Había un niño que tenía muy, pero que muy mal carácter. Un día, su padre le
dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma, que él
clavase un clavo en la cerca de detrás de la casa.
El primer día, el niño clavó 37 clavos en la cerca. Al día siguiente, menos, y así con
los días posteriores. Él niño se iba dando cuenta que era más fácil controlar su
genio y su mal carácter, que clavar los clavos en la cerca.
Finalmente llegó el día en que el niño no perdió la calma ni una sola vez y se lo dijo
a su padre que no tenía que clavar ni un clavo en la cerca. Él había conseguido,
por fin, controlar su mal temperamento.
Su padre, muy contento y satisfecho, sugirió entonces a su hijo que por cada día
que controlase su carácter, sacase un clavo de la cerca.
Los días se pasaron y el niño pudo finalmente decir a su padre que ya había sacado
todos los clavos de la cerca. Entonces el padre llevó a su hijo, de la mano, hasta la
cerca de detrás de la casa y le dijo:
- Mira, hijo, has trabajo duro para clavar y quitar los clavos de esta cerca, pero
fíjate en todos los agujeros que quedaron en la cerca. Jamás será la misma.
Lo que quiero decir es que cuando dices o haces cosas con mal genio, enfado y
mal carácter, dejas una cicatriz, como estos agujeros en la cerca. Ya no importa
tanto que pidas perdón. La herida estará siempre allí. Y una herida física es igual
que una herida verbal.
Los amigos, así como los padres y toda la familia, son verdaderas joyas a quienes
hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te escuchan, comparten
una palabra de aliento y siempre tienen su corazón abierto para recibirte.
Las palabras de su padre, así como la experiencia vivida con los clavos, hicieron
que el niño reflexionase sobre las consecuencias de su carácter. Y colorín
colorado, este cuento se ha acabado.
FIN
Uga la tortuga. Cuento infantil sobre la perseverancia
- ¡Caramba, todo me sale mal!, se lamenta constantemente Uga, la tortuga.
Y es que no es para menos: siempre llega tarde, es la última en acabar sus tareas,
casi nunca consigue premios a la rapidez y, para colmo es una dormilona.
- ¡Esto tiene que cambiar!, se propuso un buen día, harta de que sus compañeros
del bosque le recriminaran por su poco esfuerzo al realizar sus tareas.
Y es que había optado por no intentar siquiera realizar actividades tan sencillas
como amontonar hojitas secas caídas de los árboles en otoño, o quitar piedrecitas de
camino hacia la charca donde chapoteaban los calurosos días de verano.
- ¿Para qué preocuparme en hacer un trabajo que luego acaban haciendo mis
compañeros? Mejor es dedicarme a jugar y a descansar.
- No es una gran idea, dijo una hormiguita. Lo que verdaderamente cuenta no es
hacer el trabajo en un tiempo récord; lo importante es acabarlo realizándolo lo
mejor que sabes, pues siempre te quedará la recompensa de haberlo conseguido.
No todos los trabajos necesitan de obreros rápidos. Hay labores que requieren
tiempo y esfuerzo. Si no lo intentas nunca sabrás lo que eres capaz de hacer, y
siempre te quedarás con la duda de si lo hubieras logrados alguna vez.
Por ello, es mejor intentarlo y no conseguirlo que no probar y vivir con la duda. La
constancia y la perseverancia son buenas aliadas para conseguir lo que nos
proponemos; por ello yo te aconsejo que lo intentes. Hasta te puede sorprender de
lo que eres capaz.
- ¡Caramba, hormiguita, me has tocado las fibras! Esto es lo que yo necesitaba:
alguien que me ayudara a comprender el valor del esfuerzo; te prometo que lo
intentaré.
Pasaron unos días y Uga, la tortuga, se esforzaba en sus quehaceres.
Se sentía feliz consigo misma pues cada día conseguía lo poquito que se proponía
porque era consciente de que había hecho todo lo posible por lograrlo.
- He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse grandes e imposibles
metas, sino acabar todas las pequeñas tareas que contribuyen a lograr grandes
fines.
FIN
Santilín. Cuentos infantiles con valores
Santilin es un osito muy inteligente, bueno y respetuoso. Todos lo quieren mucho, y
sus amiguitos disfrutan jugando con él porque es muy divertido.
Le gusta dar largos paseos con su compañero, el elefantito. Después de la merienda
se reúnen y emprenden una larga caminata charlando y saludando a las mariposas
que revolotean coquetas, desplegando sus coloridas alitas.
Siempre está atento a los juegos de los otros animalitos. Con mucha paciencia trata
de enseñarles que pueden entretenerse sin dañar las plantas, sin pisotear el césped,
sin destruir lo hermoso que la naturaleza nos regala.
Un domingo llegaron vecinos nuevos. Santilin se apresuró a darles la bienvenida y
enseguida invitó a jugar al puercoespín más pequeño.
Lo aceptaron contentos hasta que la ardillita, llorando, advierte:
- Ay, cuidado, no se acerquen, esas púas lastiman.
El puercoespín pidió disculpas y triste regresó a su casa. Los demás se quedaron
afligidos, menos Santilin, que estaba seguro de encontrar una solución.
Pensó y pensó, hasta que, risueño, dijo:
- Esperen, ya vuelvo.
Santilin regresó con la gorra de su papá y llamó al puercoespín.
Le colocaron la gorra sobre el lomo y, de esta forma tan sencilla, taparon las púas
para que no los pinchara y así pudieran compartir los juegos.
Tan contentos estaban que, tomados de las manos, formaron una gran ronda y
cantaron felices.
FIN
Carrera de zapatillas: cuento infantil sobre la amistad
Había llegado por fin el gran día. Todos los animales del bosque se levantaron
temprano porque ¡era el día de la gran carrera de zapatillas! A las nueve ya estaban
todos reunidos junto al lago.
También estaba la jirafa, la más alta y hermosa del bosque. Pero era tan presumida
que no quería ser amiga de los demás animales.
La jiraba comenzó a burlarse de sus amigos:
- Ja, ja, ja, ja, se reía de la tortuga que era tan bajita y tan lenta.
- Jo, jo, jo, jo, se reía del rinoceronte que era tan gordo.
- Je, je, je, je, se reía del elefante por su trompa tan larga.
Y entonces, llegó la hora de la largada.
El zorro llevaba unas zapatillas a rayas amarillas y rojas. La cebra, unas rosadas con
moños muy grandes. El mono llevaba unas zapatillas verdes con lunares
anaranjados.
La tortuga se puso unas zapatillas blancas como las nubes. Y cuando estaban a
punto de comenzar la carrera, la jirafa se puso a llorar desesperada.
Es que era tan alta, que ¡no podía atarse los cordones de sus zapatillas!
- Ahhh, ahhhh, ¡qué alguien me ayude! - gritó la jirafa.
Y todos los animales se quedaron mirándola. Pero el zorro fue a hablar con ella y le
dijo:
- Tú te reías de los demás animales porque eran diferentes. Es cierto, todos somos
diferentes, pero todos tenemos algo bueno y todos podemos ser amigos y ayudarnos
cuando lo necesitamos.
Entonces la jirafa pidió perdón a todos por haberse reído de ellos. Y vinieron las
hormigas, que rápidamente treparon por sus zapatillas para atarle los cordones.
Y por fin se pusieron todos los animales en la línea de partida. En sus marcas,
preparados, listos, ¡YA!
Cuando terminó la carrera, todos festejaron porque habían ganado una nueva amiga
que además había aprendido lo que significaba la amistad.
Colorín, colorón, si quieres tener muchos amigos, acéptalos como son.
FIN
Daniel y las palabras mágicas, un cuento infantil sobre la amabilidad
Te presento a Daniel, el gran mago de las palabras. El abuelo de Daniel es muy aventurero y este año le ha
enviado desde un país sin nombre, por su cumpleaños, un regalo muy extraño: una
caja llena de letras brillantes.
En una carta, su abuelo le dice que esas letras forman palabras amables que, si
las regalas a los demás, pueden conseguir que las personas hagan muchas cosas:
hacer reír al que está triste, llorar de alegría, entender cuando no entendemos, abrir
el corazón a los demás, enseñarnos a escuchar sin hablar.
Daniel juega muy contento en su habitación, monta y desmonta palabras sin cesar.
Hay veces que las letras se unen solas para formar palabras fantásticas, imaginarias,
y es que Daniel es mágico, es un mago de las palabras.
Lleva unos días preparando un regalo muy especial para aquellos que más quiere.
Es muy divertido ver la cara de mamá cuando descubre por la mañana un
buenos días, preciosa debajo de la almohada; o cuando papá encuentra en su coche
un te quiero de color azul.
Sus palabras son amables y bonitas, cortas, largas, que suenan bien y hacen sentir
bien: gracias, te quiero, buenos días, por favor, lo siento, me gustas.
Daniel sabe que las palabras son poderosas y a él le gusta jugar con ellas y ver la
cara de felicidad de la gente cuando las oye. Sabe bien que las palabras amables son
mágicas, son como llaves que te abren la puerta de los demás.
Porque si tú eres amable, todo es amable contigo. Y Daniel te pregunta: ¿quieres
intentarlo tú y ser un mago de las palabras amables?
FIN