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El Monacato en Occidente

San Benito, nacido en el año 480, fundó monasterios y escribió una regla monástica que destaca por su claridad y organización, enfocándose en la obediencia, humildad y taciturnidad. Su biografía, escrita por San Gregorio Magno, ofrece una visión espiritual del santo y su influencia en la vida monástica. La era monástica, que abarca desde la muerte de San Benito hasta San Bernardo, fue un período significativo en la historia europea, caracterizado por la expansión y unificación del monacato bajo su regla.

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El Monacato en Occidente

San Benito, nacido en el año 480, fundó monasterios y escribió una regla monástica que destaca por su claridad y organización, enfocándose en la obediencia, humildad y taciturnidad. Su biografía, escrita por San Gregorio Magno, ofrece una visión espiritual del santo y su influencia en la vida monástica. La era monástica, que abarca desde la muerte de San Benito hasta San Bernardo, fue un período significativo en la historia europea, caracterizado por la expansión y unificación del monacato bajo su regla.

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EL MONACATO EN OCCIDENTE

SAN BENITO Y SU REGLA


Entre el año 430 y 435 morían San Agustín y Casiano. Hacia el año 480 nacía San
Benito en Nursia o en sus alrededores, en la Sabina (Italia), de familia noble o
acomodada, de la pequeña nobleza rural. Fue enviado a Roma para cursar el estudio
de las artes liberales (que podía ser con vistas a una ulterior dedicación pública).
Pero dejó los estudios literarios, abandonó la casa y los bienes paternos y se retiró a
vivir sólo para Dios. En un primer momento se estableció con su nodriza en Effíde (hoy
Afile), pero muy pronto la popularidad conseguida gracias a un primer milagro le hizo
salir del lugar. Huyó completamente solo aun lugar desierto cerca de Subiaco, a 77
Km. al sur de Roma. Vivió en una cueva ignorado de todos excepto del monje Román,
posiblemente del vecino monasterio de San Blas, quien le llevaba regularmente pan.
Permaneció allí tres años hasta que comenzó la afluencia de los discípulos. Una
comunidad de monjes que vivía según su antojo, la de Vicovaro cerca de Tívoli, lo
llamó para que fuese su abad. Benito se esforzó en enderezarlos, pero ellos intentaron
envenenarlo sin éxito. Entonces, el santo volvió a Subiaco, a su soledad. Pero de nuevo
fue reclamado por los discípulos y fundó para ellos hasta doce monasterios, cada uno
con doce monjes y su abad. En esta época se sitúa la vocación de sus famosos
discípulos Mauro y Plácido. Encontramos ya aquí las grandes líneas de lo que será su
concepción monástica llena de equilibrada discreción. Por odio y envidia al santo, el
presbítero Florencio introdujo en el monasterio a doce muchachas desvergonzadas
para que tentaran a los monjes jóvenes y provocaran así la destrucción de la obra de
San Benito. Éste, lleno de caridad y delicadeza, prefirió abandonar su obra, y junto con
unos pocos discípulos marchó al sur. Éste es el origen de la nueva fundación, Casino,
donde destruyó el ara de piedra que sobre el altozano estaba dedicado a Júpiter,
edificando allí su monasterio y consagrando la iglesia a San Martín. Según la tradición,
esto ocurrió el año 529. El santo evangelizaba a la población al mismo tiempo que
continuaba el desenvolvimiento de su obra monástica. Es aquí donde conviene situar
la redacción de la Regla, aunque no lo hizo de una vez. Parece que primero incluyó
hasta el capítulo66 y después añadió hasta el 73, que cierra la segunda y definitiva
redacción, presumiblemente posterior a 540 o 546.Más adelante accedió Benito a la
demanda de un hombre devoto y envió unos monjes a construir un monasterio en las
inmediaciones de Terracina. Después de haber anunciado la que fue primera
destrucción de su monasterio, San Benito se hizo llevar a Montecasino, donde murió
probablemente el 21 de marzo de 547, siendo sepultado dentro del mismo monasterio
en la capilla de San Juan Bautista.
LA BIOGRAFÍA DE SAN BENITO POR SAN GREGORIO MAGNO.
El único documento que nos da a conocer la vida de San Benito es el libro segundo de
los Diálogos de San Gregorio Magno. Sería injusto privar de toda historicidad a la única
«biografía» de nuestro santo. Gregorio no ha querido exclusivamente describir la
figura idealizada del monje perfecto y su propia concepción mística, sino que es su
objetivo esencial: la edificación espiritual de Pedro, su destinatario, lo que condiciona
su historicidad. San Gregorio cita a sus informadores, que son especialmente cuatro
personajes bien conocidos: Constantino, sucesor de Benito como abad de
Montecasino; Valentiniano, monje de Montecasino y después abad de San Pancracio de
Letrán; Simplicio, tercer abad de Montecasino; y Honorato, abad de Subiaco, quien aún
vivía cuando escribe San Gregorio. Bajo la apariencia de un escrito puramente
maravilloso, esta corta biografía permite hacerse una idea bastante clara del retrato
espiritual del santo. Podemos aceptar que San Gregorio escribió su obra sobre San
Benito en los primeros años de su pontificado (590-604) y en concreto entre el otoño y
el invierno del año 593 y noviembre del siguiente.
LA «REGLA»
San Benito es famoso por haber escrito una regla para los monjes, notable por su
discreción y claridad en su lenguaje. Intentar un comentario sería una empresa
temeraria. Bastaría recordar los miles de páginas que sobre ella se han escrito.
En su conjunto, la Regla de San Benito se presenta como una de las más largas de la
antigüedad, pero relativamente metódica y completa. Sobre sale en relación con las
reglas antiguas, que suelen ser fragmentarias e incompletas. Se pueden distinguir en
ella dos partes principales, seguidas de un apéndice y cerradas por un epílogo.
La primera parte abarcaría desde el prólogo hasta el capítulo VII; la segunda, del
capítulo VIII al LXVII; el apéndice y el epílogo, desde el capítulo LXVIII hasta el final,
capítulo LXXIII. La primera parte es predominantemente espiritual, trata sobre las tres
virtudes benedictinas principales: la obediencia, la taciturnidad y la humildad. La
segunda parte es institucional y disciplinar: regulación de la vida, código penal,
distribución del tiempo entre oración, lectura y trabajo. El apéndice se refiere sobre
todo a las relaciones fraternas, y el epílogo, de carácter exhortativo-sapiencial,
empalma con el prólogo.
La concepción de la vida religiosa en esta Regla es esencialmente vertical. La vida
monástica es «una escuela del servicio divino» cuyo maestro es el abad. De aquí que
el prólogo comience: «Escucha, hijo, estos preceptos de un maestro». Y de aquí
también que lo primero que llame la atención en esta Regla sea la importancia que se
le da a la obediencia, de la cual ya se habla en el mismo prólogo. San Benito concibe
la vida monástica como una milicia de Cristo Rey cuya arma más poderosa es la
obediencia. Como consecuencia de esta concepción básica de la vida monástica, San
Benito comienza su Regla con un largo capítulo dedicado a «cómo debe ser el abad»,
en cuyo principio coloca el fundamento de la obediencia: «la fe nos dice que [el abad]
hace las veces de Cristo en el monasterio». La obediencia se instala desde el principio
en el ámbito de la fe; por ella ve en el abad al que hace las veces de Cristo, siendo
éste el más fundamental en la concepción de la obediencia religiosa.
El capítulo V de la Regla está íntegramente dedicado a la obediencia, que es
caracterizada como «primer grado de humildad», aunque después, en el capítulo VII,
consagrado a la humildad, se coloque a la obediencia como tercer grado de la
humildad. La obediencia de que aquí se trata es la obediencia «sin demora».
Hasta tal punto la obediencia domina la vida del monje que incluso los detalles de ésta
son regulados por la Regla. Un caso especial de aplicación de esta obediencia se da «si
a un hermano le mandan cosas imposibles», asunto que ocupa el capítulo LXVIII. La
solución es aceptar la orden; si se ve que no se puede cumplir, informar de ello al
superior, y si el superior insiste, convencerse de que se puede cumplir y tratar de
hacerlo.
En correspondencia con esta concepción y praxis de la obediencia es normal que la
Regla de San Benito trate extensamente del abad. Lo hacen los capítulos II: «De cómo
debe ser el abad», y LXIV: «La elección del abad». En ellos se tienen en cuenta los
rasgos fundamentales de la figura del abad tal como la desea San Benito. El principio
fundamental es que, según la fe, el abad hace en el monasterio las veces de Cristo, es
concebido como pastor y director de almas. El abad ha de enseñar de dos maneras:
con su conducta y con su palabra, y más por la primera que por la segunda. Su
preocupación ha de recaer más sobre las realidades espirituales que sobre las
materiales.
Una tercera característica de la Regla benedictina es la importancia que se da en la
vida monástica a la humildad, hasta el punto de componer un pequeño tratado sobre
ella en el capítulo VIL Dos cosas hay que tener en cuenta: primero, que, como advierte
Colombás, este capítulo contiene «el meollo de la doctrina ascética de la Regla de San
Benito»; segundo, que el contenido del término humildad es mucho más amplio y
complejo de lo que se viene entendiendo 'desde la escolástica. En efecto, según la
Sagrada Escritura y la Tradición patrística, la humilitas está íntimamente ligada con la
pobreza y es la puerta del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3; 11,29; Flp 2,7-8). La humildad
viene a ser una actitud característica y específicamente cristiana, requisito
indispensable para entrar en el Reino de los cielos o, mejor, para que el Reino de Dios
entre en uno mismo. La humildad se desarrolla en doce peldaños o grados por los que
el monje «purificado ya de sus vicios y pecados [...] llegará pronto a ese grado de
amor a Dios que, por ser perfecto, echa fuera todo temor» (Vil y LXVIIII). La humildad
es para San Benito la escala por donde se llega al amor perfecto.
En el capítulo VI San Benito habla sobre la taciturnidad. Es uno de los tratados más
reducidos, el silencio en la vida monástica. Comienza el capítulo con una cita del
salmo 40, comentada brevemente, y dos citas del libro de los Proverbios. El monje
debe evitar absolutamente las palabras malas y lo más posible las buenas. A
continuación, dos frases para describir la actitud del monje delante del superior: total
silencio o pregunta respetuosa. Finalmente, el capítulo prohíbe las bromas y las
palabras ociosas. El conjunto del capítulo es lo suficientemente lacónico como para dar
la impresión de en sí mismo dar una lección de taciturnidad, como si San Benito
quisiera unir el ejemplo a la doctrina.
Otras tres características de la Regla son:
1." La minuciosa reglamentación del oficio divino u Opus Dei (especialmente en el
capítulo XVI) como él lo llama corrientemente, que abarca trece capítulos (del VIH al
XX) y se apoya en «siete veces al día te alabo», «a medianoche me levanto para
alabarte» (salmos 118, 164 y 62). Los siete momentos son: Maitines, Laudes, Prima,
Tercia, Sexta, Nona, Vísperas (a las tres) y Completas (antes de acostarse). Maitines y
Laudes habían de ser cantados a medianoche.
2. La ocupación diaria de los monjes, repartida entre el trabajo manual y la lectio
divina, se recoge en el capítulo XLVIII de la Regla. Debido a esto, la Regla se ha
resumido en el ora et labora o quizás ora, labora et legere. De Vogüe afirma: ora,
labora, legere meditare. Este capítulo comienza afirmando que la ociosidad es
enemiga del alma, regla tomada del libro de los Proverbios y del Eclesiastés. La
ociosidad es la escuela de los vicios.
3. Sobre la hospitalidad o caritativa acogida de los huéspedes habla en dos capítulos:
en el Lili: «Del recibimiento a los huéspedes», y en el LXVI: «De los porteros del
monasterio». En el LIII ofrece un curioso contraste entre su comienzo y su final. En
primer lugar prescribe que acojan a los huéspedes como a Cristo, con una veneración
entusiasta, y termina prohibiendo que los monjes hablen a los huéspedes. En el LXVI
se da el mismo contraste que el referido a la acogida de los huéspedes. En un primer
momento todo es diligencia para abrir y responder, respeto religioso y caridad
ferviente, pero inmediatamente después la puerta se cierra y se pronuncia un juicio
severo sobre la salida de los monjes: no es buena para sus almas. La actitud para
recibir es amplia, pero la clausura estricta. De este modo se pone de manifiesto la
tendencia separatista de la vida monástica, complemento indisoluble del espíritu de
acogida.
En el apéndice, San Benito añade a la perspectiva de la vida monástica como escuela
la dimensión de comunidad.
A pesar de la excelencia de esta Regla, San Benito en el epílogo (capítulo LXXIII) la
considera sólo como un principio de vida monástica. Para recorrer el camino desde
este principio a la perfección indica y recomienda a los autores y personajes del
Antiguo y Nuevo Testamento, los libros de los Santos Padres católicos y los libros de
los autores específicamente monásticos: Casiano, la Regla de San Basilio, etc.

LA ERA MONÁSTICA

El período de la historia europea que transcurre entre la muerte de San Benito (hacia
547) y la de San Bernardo (1153) es conocido con el nombre de «era monástica. o
siglos benedictinos.
Durante estos siglos VI al XII, los monjes de todas las órdenes, individualmente o en
comunidad, constituyeron un rasgo específico de la sociedad continental e insular
influyeron en ella en todos los niveles: espiritual, intelectual, litúrgico, artístico,
administrativo y económico. La vida monástica fue un estilo de vida que abarcó no
sólo a los propios monjes, sino a un sector importante e influyente de la sociedad que
quería vivir conforme a ese modelo. Los monjes tuvieron prácticamente el monopolio
del estudio y de la doctrina espiritual; de hecho, aunque no en sentido exclusivo y por
sus costumbres y su modo de pensar, dejaron su impronta en toda la cristiandad
occidental.
Podemos dividir estos siete siglos en cinco grandes períodos:
1) siglos VI, VII y VIII: expansión del monacato, monacato celta-irlandés, difusión de la
regla benedictina.
2) siglo IX: unificación del monacato bajo la Regla de San Benito.
3) siglo X: centralización cluniacense.
4) siglo XI: reacción eremítica, los cartujos.
5) siglo XII: la reforma cisterciense.

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