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Michel Foucault, un crítico de la normalidad
A 36 años de su fallecimiento, recordamos a uno de los
máximos filósofos contemporáneos, quien desentrañó
las operaciones y discursos del poder, mediante obras
como Historia de la locura en la época clásica; Las
palabras y las cosas, y Vigilar y castigar.
Desde muy joven descubrió su homosexualidad y, debido a ciertos
prejuicios e intolerancia social, sufrió de depresión e intentó suicidarse
varias veces. Sin embargo, los libros y el conocimiento lo salvaron. Hijo,
nieto y bisnieto de médicos, nacido el 15 de octubre de 1926 en Poitiers,
Francia, se negó a seguir el mandato familiar. Eligió la filosofía y,
mientras estudiaba en la prestigiosa École Normale Supérieure
de París, se sometió a una intensa asistencia psiquiátrica, con la
que quedó fascinado. Así, además de egresar de la carrera
filosófica en 1952 y recuperar su estabilidad emocional, también
estudió psicología. A partir de ahí, comenzó a dictar clases en aquella
casa de estudios y en otras universidades, como la de Clermont-Ferrand,
donde conoció al filósofo Daniel Defert, quien fue su pareja durante
veinte años. Sin embargo, no estuvo demasiado interesado en la
docencia y, ya con el título de doctorado que obtuvo en 1961, comenzó
a escribir y publicar su obra, que lo convirtió en uno de los
nombres de la filosofía y el pensamiento más renombrados de
Occidente: Michel Foucault.
Durante los sesenta y setenta, en Europa, hubo una gran agitación por
parte de distintos sectores que comenzaron a cuestionar las operaciones
del poder y a reflexionar, más profundamente, sobre los derechos y las
libertades individuales. Y es Michel Foucault uno de los pensadores
que revolucionó ciertos parámetros de las ciencias sociales, con
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ideas que introdujeron nuevas perspectivas y terminologías, ya
a partir de la publicación de sus primeros escritos. Por ejemplo,
interesado en los modelos de disciplinamiento, instaló el concepto de
la biopolítica para describir algunos espacios sociales como las
cárceles, los manicomios o asilos de ancianos. Con este nuevo término
de biopolítica, intentó develar ciertas estructuras para entender mejor
los sistemas de poder instaurados y aceptados socialmente.
La función de la biopolítica, dice Foucault, intenta de alguna
manera que los sujetos se autorregulen y autocontrolen. De este
modo, Foucault aborda el sistema de poder regulado en las
cárceles como modelo de disciplinamiento social para
proyectarlo, luego, en otros espacios sociales. Así, focaliza su
análisis en la relación que existe entre el poder y el saber. Se preguntó,
entonces, qué es el saber; cómo se articula con el poder, qué relación
hay para instalar "una verdad". Partiendo, por lo tanto, de que el saber
"es lo que un grupo de personas comparte y decide que eso es verdad",
según comenta, mediante esa verdad, el poder disciplinario controla y
domina la voluntad y el pensamiento. Surge, entonces, un proceso
que Foucault llama "normalización", porque es ese poder el que
define qué es verdadero y falso, correcto e incorrecto, normal o
anormal. El poder, afirma el pensador francés, impone esa
normalización para controlar a los individuos y, así, estén obligados a
cumplir con su rol social asignado.
Esa normalización se realiza por medio del lenguaje. En su
libro La arqueología del saber (1969), el filósofo ya lo determina
de ese modo y afirma que todos los saberes y discursos se crean
y circulan a partir de determinadas condiciones sociales. La
astucia del poder será, entonces, intentar borrar esas operaciones para
instalar una naturalización de esos saberes y evitar su cuestionamiento.
En otra de sus obras más notables,Las palabras y las
cosas (1966), Foucault argumenta que todos esos discursos circulantes
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son producto no solo de todo un área específica del saber, sino de la
episteme —ese conjunto de configuraciones que da lugar a ciertas
formas e interpretaciones del conocimiento— más imperante de cada
época.
En un viaje a Suecia, por ejemplo, Foucault ya había escrito Historia de
la locura en la época clásica (1961). Allí expuso algunas
cuestiones sobre la locura y la exclusión que implica para
quienes la padecen. "Loco", del latín alocus, significa
etimológicamente "sin lugar". Sin lugar en la modernidad, sobre todo
capitalista, ya que no los consideran productivos y entonces la exclusión
viene de la mano del confinamiento y el encierro. Foucault habla sobre
"el gran encierro" cuando describe que, en París durante el siglo XVIII,
una de cada cien personas estaba encerrada: locos, epilépticos,
criminales y otros.
En otras de sus obras más famosas, Vigilar y castigar (1975),
ahonda sobre los pormenores de aquella época, cuando el trato hacia
aquellos marginados era de un salvajismo inaceptable. Luego cambió
por otros modos que operan en las cárceles modernas. Mediante este
sistema, Foucault introduce la idea del panóptico, en el que se
induce al preso a un estado consciente de permanente
visibilidad que garantiza, a su vez, el funcionamiento del poder,
más allá de que este no se esté ejerciendo todo el tiempo. Pero
el detenido no puede saberlo. Lo interesante, por otra parte, es que
este formato penitenciario del poder y sus relaciones y regulaciones se
expande a otros espacios como los asilos, los hospitales y las escuelas.
El francés, en su libro Microfísica del poder (1980), analiza la
perpetuación de aquellos sistemas y del capitalismo, gracias al
ejercicio de ese mismo poder por parte de todo el cuerpo social.
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Él lo denomina como "micropoderes". Allí es cuando Foucault también
realiza diferencias y alejamientos con el marxismo, algo por lo que
muchos otros pensadores lo cuestionaron. Es que, según el filósofo, el
poder no pasa por el enfrentamiento entre dominantes y
dominados, justamente como decía Marx, sino que está
presente en cada parte del entramado social y se ejerce —de
modo muy sutil— no solo en aquellas instituciones que
menciona, sino también en otro tipo de organizaciones, espacios
recreativos, lazos íntimos, vínculos familiares, organizaciones
políticas. Así es como Foucault llegó a muchas de sus interpretaciones
sobre la sociedad disciplinaria regulada por el poder, que intenta
controlar y dominar (ideología mediante), con el objetivo de garantizar la
productividad y la supervivencia de sus propios intereses.
Es por eso que su concepto desarrollado de biopolítica, incluso cuando
este modelo de las sociedades de control fue cambiando —con la
llegada de la posmodernidad y su control basado en la seducción, el
hedonismo, etc.— cobró gran notoriedad y se acuñó en las ciencias
sociales. Muchas disciplinas comenzaron a poner el ojo en ese objetivo
del biopoder, como gestión total de la vida.
A lo largo de su producción intelectual, a Michel Foucault lo vincularon
rápidamente con otros pensadores como Jacques Lacan, Claude Lévi-
Strauss y Roland Barthes, y el llamado posestructuralismo. No obstante,
se negó a identificarse a sí mismo como un filósofo, historiador,
estructuralista o marxista. Fue también un notable pensador sobre
las sexualidades humanas. Sus estudios en este campo,
publicados en los diferentes tomos de Historia de la
sexualidad (1976-1984), abordan las distintas sexualidades
como conceptos socialmente configurados que se atribuyen a
los propios cuerpos. Estos textos influenciaron también el desarrollo
de las teorías queer y los estudios de género, sobre todo, en trabajos
que abordaron Judith Butler y Eve Kosofsky Sedgwick, por ejemplo.
Enfermo de SIDA, cuando todavía no había medicamentos para
combatir la enfermedad, murió a los 58 años, el 25 de junio de
1984. Había ordenado la destrucción de muchos de sus manuscritos y
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prohibió la publicación de todo lo que, hasta entonces, no había editado.
Para ese momento, dicen algunos críticos, Michel Foucault era el
pensador más leído e influyente del mundo.
En: [Link]
Foucault: entre las palabras y las cosas
En el mundo existen dos regiones, las palabras y las cosas: por un lado, están las cosas; y por otro,
lo que decimos de ellas.
En el mundo existen dos regiones, las palabras y las cosas: por un lado, están las cosas; y por otro,
lo que decimos de ellas. Normalmente se diría, a partir de las teorías tradicionales de la filosofía y
de la ciencia, que la correspondencia entre ambas regiones depende de la eficiencia del lenguaje
para describir las cosas. En este caso, las palabras intervienen como mediadoras, son herramientas
que el hombre tiene a disposición para representar de una manera exacta al mundo, como si éstas
fueran un espejo de la realidad; y por su parte, las cosas son aquello que siempre antecede al
lenguaje, éstas posibilitan que se genere un saber sobre la realidad. No obstante, en 1970, Michel
Foucault cuestiona esta manera tradicional de percibir la realidad, cuando examina
detalladamente, mediante un método que llama arqueología, los quiebres, las discontinuidades y
las positividades discursivas que se encuentran en el orden del saber de los siglos XVI, XVII, XVIII,
XIX y XX (específicamente de la economía, biología y lingüística)[1].
Para Foucault, existe un quiebre entre las palabras y las cosas, es decir, una brecha que posibilita
que el saber se configure históricamente de distintas maneras. El saber de la época clásica es muy
distinto al saber de la época moderna; cada uno obedece a un dominio discursivo constituido por
distintos objetos que nombrar; espacios para que los sujetos puedan hablar de los objetos;
campos de coordinación y subordinación de enunciados; y posibilidades de utilización y
apropiación ofrecidas por el discurso. (Foucault, 1972). Por ejemplo, el objeto de la historia natural
de la época clásica es diferente al de la biología moderna; en la primera se construyeron los seres
vivos y en la segunda la vida, esto debido a que los discursos clásicos se configuraron a partir de la
“representación” mientras que los modernos se edificaron por la aparición de la figura epistémica
del “hombre” (Foucault, 1970).
En este sentido, el saber no es independiente; más bien, éste se edifica a partir de una serie de
prácticas discursivas que dan lugar a unas figuras epistemológicas, a unas ciencias; y
eventualmente a unos sistemas formalizados (Foucault, 1972); y viceversa: las prácticas discursivas
no se configuran a partir de una verdad trascendental: sujeto fundador, experiencia originaria o
mediación universal; lo que existe es una voluntad de verdad (Foucault, 1973), es decir, una
espíteme que configura la red subterránea encargada de organizar el pensamiento y limitar la
totalidad de la experiencia, el saber y la verdad (Horrocks y Jevtics, 1997). Los discursos no pueden
definirse sin formar parte de un saber.
La arqueología de Michel Foucault muestra un camino distinto de entender la relación entre las
palabras y las cosas, un camino que metodológicamente permite describir y analizar las
bifurcaciones del saber: de ahora en adelante la cuestión se encamina en realizar una excavación
de sedimentos de pensamiento inconscientemente organizados (Horrocks y Jevtic, 1997), al
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estudiar y analizar las condiciones y los elementos que posibilitan y limitan la aparición de ciertos
discursos o prácticas discursivas dentro de un saber. La arqueología ignora a los individuos y sus
historias, prefiere excavar estructuras impersonales (ibíd.).
Luis Jaime González Gil
Referencias
Foucault, M. (1970). Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Buenos
Aires: Siglo XXI.
Foucault, M. (1972). La arqueología del saber. Londres: Tavistock Publications.
Foucault, M. (1973). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets.
Horrocks, C. y Jevtic, Z. (1997). Introducing Foucault. Royston: Icon Books, Ltd.
En: [Link]
Las palabras y las cosas de Michel Foucault
by Christina Soto van der Plas
Mi proyecto de lectura del corto mes de febrero fue releer Las palabras y las cosas de Michel
Foucault. No fue un proyecto sencillo. El libro de casi cuatrocientas páginas es una exposición
sumamente compleja, escrita en un lenguaje tanto técnico como poético, cuyo argumento se va
desarrollando lentamente. Foucault no revela con claridad cuál es su argumento desde un inicio.
Hay que encontrarlo entrelazando las escenas que va dibujando, pincelada a pincelada. Tuve que
forzarme a leer como leía antes: por placer, con el gusto de descubrir en cada página algo nuevo,
sin buscar el corazón de la proposición teórica para digerirlo rápidamente. Las palabras y las
cosas se lee como una novela policiaca en la que poco a poco se va aclarando el misterio que se
presenta al inicio del texto: ¿por qué la risa sacudió a Foucault cuando leyó “El idioma analítico de
John Wilkins” en donde Borges habla de la enciclopedia china que divide a los animales y enlista
las extrañas categorías de forma alfabética?
Leo a Foucault en medio de la invasión de Rusia a Ucrania. He tenido pesadillas recurrentes y no
dejo de actualizar la página de las noticias. ¿Cómo un hecho tan lejano afectó tanto mi precario
balance? Había enterrado en la memoria las otras imágenes de la primera guerra televisada que
presencié, la invasión de los Estados Unidos a Afganistán. Los bombardeos, los reportajes, verlo
todo en la televisión. Y siempre la fuerza del imperio. Y ahora, se supone que debemos de seguir
con la vida, sin más, solo preocupándonos de que pagaremos más por la gasolina. Mis pesadillas se
van pintando de guerras con pasajes de los sistemas clasificatorios de las ciencias humanas y con
mi empecinado intento de aprehender cómo es que la modernidad llegó a desmentir de forma tan
radical las verdades ideológicas de las epistemes anteriores. En mis sueños, aparecen las
enciclopedias chinas al lado de tanques de guerra y hombres bailando en el Kremlin junto a la
Justine de Sade. La escritura es tanto testimonio como terca resistencia ante los acontecimientos
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que modifican de forma abrupta el orden de las cosas. Escribo para conjeturar, para procesar, para
sobrevivir.
El título original del libro que Foucault publicó en 1966 era El orden de las cosas (mismo que se
mantuvo en ediciones en otros idiomas), que el autor tuvo que modificar por cuestiones
editoriales. Las palabras y las cosas tiene como subtítulo el tema del libro: una arqueología de las
ciencias humanas. Cuando Foucault habla de una arqueología de las ciencias humanas no
debemos imaginar una excavación arqueológica que va “desvelando” los misterios de las
civilizaciones extintas, mientras un arqueólogo con gorro, chaleco beige y guantes desempolva
artefactos y huesos bajo el inclemente sol. No es una arqueología que busque el arché, el origen
de las cosas. La arqueología de Foucault es un intento de separarse de la manera de historiar de la
modernidad. Le interesa localizar y analizar no las figuras excepcionales, no los autores, no los
eventos y años clave, sino las formaciones discursivas, en un estudio y descripción sistemática del
discurso y de sus objetos. El suelo que excava Foucault no es la tierra, sino el suelo del
pensamiento, la arena que va configurando la forma en que ordenamos, la rejilla a través de la
cual vemos las cosas. Foucault es un arqueólogo de todo lo que damos por sentado, de lo que
pensamos que es obvio y cierto. Con pico y pala, en cada línea, va revelando los huesos del
pensamiento, documentos de las formas de pensar.
La arqueología de Foucault se aproxima a la historia del pensamiento lejos del espíritu de Marx o
de Hegel, en donde la historia sería una suerte de proceso colectivo y de acumulación. Foucault se
aproxima al pasado como si tuviera en sus manos un caleidoscopio que contiene fragmentos
discretos. En cada vuelta, los cristales se reacomodan y van revelando un patrón, establecido por
el azar. Cada episteme o forma de ordenar los saberes es un giro del caleidoscopio que crea un
nuevo patrón. No hay una lógica interna ni una norma universal y por lo tanto no hay un propósito
ulterior o “progreso” lineal. Cada episteme autoriza “la nueva relación que a través de ella se
establece entre las palabras, las cosas y su orden”.
¿Nos será posible ser menos ciegos ante nuestro propio caleidoscopio? ¿Cómo analizar los
órdenes que han surgido ya cincuenta y cinco años después del libro de Foucault? El orden
mundial rápidamente cambiante, una pandemia, guerras continuas y crisis de refugiados, la
voracidad de la tecnología y las promesas del capital. ¿Cuál es la relación entre las palabras, las
cosas y su orden, hoy? Nos hace falta la lucidez de Foucault para acallar las interminables
opiniones y explicaciones hoy ubicuas por la democratización de los medios, por las redes. Nos
hace falta alguien que se eche un clavado en el archivo y que duerma en la biblioteca para poder
desenterrar el orden que no vemos en nuestro caleidoscopio, ciegos como estamos de tan
acostumbrados a ver las mismas figuras, desde la misma perspectiva. Nos hace falta tiempo para
poder en retrospectiva pensar, no ya en la voracidad del instante fugaz, el impulso hacia el
consumo y la producción del pensamiento.
Las palabras y las cosas se publicó en 1966 y el libro fue un sorpresivo bestseller en Francia. La
primera edición se agotó rápidamente. Desde entonces el libro se ha traducido y editado en
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decenas de idiomas y se sigue reimprimiendo en todos ellos. Ya en 1961 Foucault había publicado
el libro que lo dio a conocer, la Historia de la locura en la época clásica, pero no fue sino hasta la
publicación de Las palabras y las cosas que Foucault consolidó su método, que después sería
objeto de su libro más teórico, La arqueología del saber (1969).
En Las palabras y las cosas Foucault traza tres epistemes y describe las formas de ordenar las
palabras y las cosas en tres momentos históricos. La invención del hombre como objeto del saber
humano es lo que busca desempolvar de los archivos. La búsqueda comienza por el siglo XVI, la
episteme del renacimiento, en donde el lenguaje se rige por un sistema de semejanzas. En esta
episteme se privilegia el método de los comentarios e interpretaciones, pues se trata de buscar las
similitudes: “Conocer las cosas es revelar el sistema de semejanzas que las hace ser próximas y
solidarias unas con otras”.
Pero hay un quiebre en el orden de las semejanzas. Foucault llama a estos quiebres o
discontinuidades “acontecimientos” que se reparten “sobre toda la superficie visible del saber y
cuyos signos, sacudidas y efectos pueden seguirse paso a paso”. La tarea del arqueólogo es
recorrer el acontecimiento según se va disponiendo y manifestando, pues en ese recorrido
quedará claro “cómo las configuraciones propias de cada positividad se modifican”. Esto nos dice
más sobre la tarea del arqueólogo foucaultiano: busca esos momentos no en donde todo funciona
y opera sin dificultades, sino esos momentos o acontecimientos en donde las configuraciones se
modifican, los roles cambian, las formas de pensar dejan de ser evidentes. Es un detective de los
archivos que busca los signos y huellas de los acontecimientos en textos y documentos. Busca las
borraduras, lo que deja de funcionar, las nuevas positividades. Lo que está a plena vista pero nadie
se detiene a analizar.
En el siglo XVII y XVIII el racionalismo altera la forma de conocer de la semejanza y modifica la
episteme de la cultura occidental cuando comienza a privilegiar un análisis que remite toda
medida (toda igualdad o desigualdad) a una puesta en serie que hace aparecer las diferencias
como grados de complejidad. Para poder analizar el cambio, Foucault decide centrarse en tres
áreas del conocimiento en donde se evidencia el cambio: la teoría del lenguaje, de la clasificación y
de la moneda. Es decir, se centra, para traer a la luz la ruptura y el cambio, en el estudio de la
gramática general, de la taxonomía de los seres vivos (la historia natural) y el análisis de las
riquezas. Estas tres formas de ordenar los saberes son los precursores de lo que ahora conocemos
como la filología, la biología y la economía política. En esta episteme clásica se analizaba y
establecían sistemas de signos y un cuadro de identidades y de diferencias cuyo centro era la
nomenclatura y la taxonomía.
La figura que rompe con la episteme del renacimiento es el Quijote y la figura que rompe con la
episteme clásica del racionalismo son las libertinas de Sade. Quizás sea la enciclopedia china de
Borges la que rompe con la episteme clásica y hace visible la episteme moderna. Llevan hasta sus
últimas consecuencias sus sistemas de ordenar y clasificar las palabras y las cosas. Las figuras
literarias son el testimonio más visible de los cambios. Esta hipótesis no es inocente: la literatura
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es uno de los campos en donde las palabras pueden ser las cosas, en donde el orden se modifica
con consecuencias diferentes a las que habría en otros saberes. Necesitamos las representaciones
para poder reconfigurar los saberes. La imaginación reconfigura los discursos.
A finales del siglo XVIII y a principios del siglo XIX hay una discontinuidad que irrumpe en el cuadro
de las identidades y que modifica una vez más el panorama. Surge la analogía y la sucesión que
relacionan organizaciones distintas y la Historia impone sus leyes al análisis de la producción, de
los seres organizados y de los grupos lingüísticos. Esta es la positividad en la que, según Foucault,
todavía nos encontramos hoy en día. A partir del siglo XIX se definen los saberes que nos son
contemporáneos, la episteme moderna, que define las llamadas “ciencias humanas” que también
vienen acompañadas del nacimiento de otros saberes y órdenes como la literatura, la historia, la
psicología, la etnología, el psicoanálisis, entre otros. En esta episteme cada positividad tiene la
“filosofía” que le conviene: “la economía la de un trabajo marcado por el signo de la necesidad,
pero prometido finalmente a la gran recompensa del tiempo; la biología, la de una vida marcada
por esa continuidad que solo forma los seres para desatarlos y que se encuentra liberada por ello
mismo de todos los límites de la Historia; y las ciencias del lenguaje, una filosofía de las culturas,
de su relatividad y poder singular de manifestación”. Las dos grandes formas de análisis de nuestra
era son interpretar y formalizar. Según Foucault, interpretamos los hechos y gran parte de las
ciencias. Usa la formalización para deducir y elaborar sobre cierto número de datos, en complejos
sistemas axiomáticos.
Es en esta episteme en la que el hombre se vuelve por primera vez pensable. El humanismo del
renacimiento, el racionalismo de los clásicos, pudieron muy bien dar un lugar de privilegio a los
humanos en el orden del mundo, pero no habían podido pensar al hombre. Y no es coincidencia,
entonces, que en la modernidad y en el siglo XX hayan surgido tantas teorías que piensan la finitud
y manifiestan el fin de la metafísica. En los años sesenta en que Foucault escribía, se proclamaba a
diestra y siniestra el fin de la metafísica y el peor insulto para un pensador era llamarlo
“metafísico”. Lo que Foucault traza es una genealogía mucho más larga de esta tendencia, lo cual
revela que el hombre como objeto del pensamiento se ha vuelto recientemente pensable y es un
suceso discursivo que autoriza la episteme moderna. Es decir, el hombre aparece en las ciencias
humanas (que para Foucault no son ciencias) como un objeto solo en la modernidad, en donde se
disputan los avances metafísicos y manifiestan el fin de la metafísica, que es producto del propio
pensamiento occidental.
Uno de los libros más claros y útiles (aunque es sumamente parcial) sobre Foucault es
el Foucault de Gilles Deleuze. A diferencia de las polémicas abiertas que entablaron Jacques
Derrida (quien deconstruyó por completo la base de Historia de la locura en la época clásica en su
ensayo “Cogito y la historia de la locura”) y Jean Baudrillard (que criticó a Foucault en su libro
titulado Olvidar a Foucault), Deleuze ofrece, antes que nada, una lectura general de la obra de
Foucault. Una de las afirmaciones que más me gustan, aunque puede ser leída como una
provocación, es la siguiente: “Quizás el efecto de ese positivismo rarificado, a su vez poético, sea
reactivar en la diseminación de las formaciones discursivas o de los enunciados una experiencia
general que siempre es la de la locura, y en la variedad de las posiciones en el seno de esas
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formaciones, un emplazamiento móvil que siempre es el de un médico, el de un clínico, el de un
diagnosticador, el de un sintomatologista de las civilizaciones”. La afirmación de Deleuze me
permite proponer que Foucault es un pensador poético cuya labor es leer los síntomas del
discurso occidental, siempre en movimiento.
Escribo en el último día de Febrero de 2022. Sigue la guerra en otro continente y las matanzas en
mi país. La incertidumbre es la misma. Mis pesadillas se amueblan con nuevos seres y situaciones
cada vez más monstruosas. Ayer acabé finalmente Las palabras y las cosas. El libro concluye con
una angustiante imagen poética: “El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con
toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá también su próximo fin… podrá
apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena”.
En: [Link]
foucault/
Las Palabras y Las Cosas, de Michel Foucault
Aurora Sandra Garibay Santillán[a]
Resumen
El problema del conocimiento ha sido desde siempre, tema central en la historia del hombre, su
ciencia y su filosofía. Las formas en que interpretamos al mundo buscan darle orden, sentido y
significancia a las cosas y a los hechos de la vida; pero la forma en cómo lo hacemos ha sido
bastante complicada de exponer y mucho más de explicar. Las Palabras y Las Cosas de Michel
Foucault, nos lleva en un viaje a través de la historia para hacernos saber, de forma magistral,
cómo se ha tratado hasta nuestros días el problema de la aprehensión de la realidad a través del
conocimiento mediado por el lenguaje. El concepto de semejanza se convierte en el punto central
de su enfoque, aunque nunca hace referencia al lugar que ya le había dado Aristóteles, junto con
los de contigüidad y contraste, como procesos asociativos. Sin embargo, señala de forma certera el
lugar que el lenguaje tiene como proceso, como sistema, como cosa o producto del lenguaje y
cómo el hombre ha ido construyendo su propio mundo y tal vez su propia conciencia.
Palabras clave: Teoría del conocimiento, lingüística, representaciones sociales, episteme, contexto
histórico-social.
Abstract
The problem of knowledge has always been a central theme in human history, science and
philosophy. The ways in which we interpret the world seek to give order, meaning and significance
to things and facts of life; but the way how we do it has been quite difficult to expose and much
more to explain. The Words and Things by Michel Foucault, takes us on a journey through history
to let us know, masterfully, how it was treated until today the problem of apprehending reality
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through knowledge mediated by language. The concept of similarity becomes the central point of
his approach, but never refers to the place that Aristotle had already given, along with contiguity
and contrast principles, as associative processes. However, points the place that language has as a
process, as a system, as a thing or product of language and how man has built his own world and
perhaps his own conscience.
Keywords: social representations, episteme, theory of knowledge, linguistic, socio-historical
context.
El libro de Foucault [1] nos ofrece una visión sobre el ser humano y el lugar que ocupa como
concepto dentro de la historia. Y sobre esto, para clarificar cómo el sujeto lo hace, nos deja en
claro el papel del lenguaje en la formación de estos conceptos, en la forma de que la humanidad
ha tratado de dar forma y orden al mundo, creando representaciones cognitivas, a través de las
relaciones sociales y de producción para poderse describir y explicar a sí mismo.
Si bien la obra es compleja y se requiere cierta preparación en ciencias sociales filosofía,
lingüística, principalmente, es obligada, ya que la opinión de este autor es imprescindible para el
estudioso del ser humano y que se interese por formarse un criterio sobre una antropología del
conocimiento humano como aproximación epistemológica propuesta por este autor.
Ya desde el prefacio, dirige de manera implícita la atención del lector hacia el sistema de las
semejanzas que el sujeto encuentra en las cosas para la formación de los conceptos, por lo que la
lectura rememora uno de los principios ya descritos por Aristóteles, el de la semejanza, en que
postulaba que las ideas se formaban porque las cosas que uno percibía, se parecían y de esta
forma se quedan grabadas en la memoria. De esta manera, explica el por qué de esta obra, y
utiliza el mismo recurso que la origina, para exponer sus conceptos: a través del arte, jugando con
las analagías entre la obra de Borges y de Velázquez para explicar cómo a través del lenguaje el ser
humano ha tratado de entender al mundo. A sí mismo, dice que eso tiene apenas como doscientos
años (pg. 9).
Foucault introduce una arqueología, la arqueología del conocimiento como método de abordaje a
la praxis humana, ya que lo que va cambiando a través de la historia, son las formas lingüísticas de
representarse desde las cosas más comunes, hasta los más complejos conceptos científicos, pero
siempre de las mismas cosas, de los mismos sucesos. En una ironía podríamos decir que todo el
conocimiento humano se encierra en el tamaño que tenga la Enciclopedia impresa más completa
jamás editada.
“la historia del orden de las cosas sería la historia de lo mismo de aquello que, para una cultura, es
a la vez disperso y aparente y debe, por ello, distinguirse mediante señales y recogerse en las
identidades”, con esto, lo que el autor
“intentará sacar a la luz es el campo epistemológico, la episteme en la que los conocimientos,
considerados fuera de cualquier criterio que se refiera a su valor racional o a sus formas objetivas,
hunden su positividad y manifiestan así una historia que no es la de su perfección creciente, sino la
de sus condiciones de posibilidad; en este texto lo que debe aparecer son, dentro del espacio del
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saber, las configuraciones que han dado lugar a las diversas formas del conocimiento empírico.
Más que una historia, en el sentido tradicional de la palabra, se trata de una; “arqueología”.(pg. 7)
Pero Foucult va más allá y nos lleva a entender la dialéctica en el traspaso del discurso estético
hasta el científico: “en la unidad sólida y cerrada del lenguaje, por el juego de una designación
articulada, hace entrar la semejanza en la relación proposicional. Es decir, en un sistema de
identidades y de diferencias. Al atribuir a cada cosa representada el nombre que le convenía y que,
por encima de todo el campo de la representación, disponía la red de una lengua bien hecha, era
ciencia-nomenclatura y taxinomia”(pg. 125).
El conocimiento es un producto exclusivamente humano y como tal, es una teoría: la teoría del
conocimiento. Según Beuchot (2004) [2], se compone de dos discursos el científico y el estético. Dos
formas de ordenar “la realidad” y siempre al servicio del ser humano. Aunque a veces los
resultados le hayan resultado no tan beneficiosos. La forma de ordenar al mundo, de verlo, de
interpretarlo, siempre requerirá de la palabra, pero situada en su contexto histórico-social.
Asimismo, en el mundo humano, la palabra juega varios papeles: el de su simbolismo y el de su
significado; y por qué no, de significante. Las representaciones sociales se valen de muchos trucos
lingüísticos para irse formando.
Vygotsky[3] anunciaba que el pensamiento está formado de predicados mentales, formas
lingüísticas con las que el individuo se va sujetando a su contexto. Por otro lado, uno de los
principios lacanianos es que el inconsciente tiene una estructura lingüística, aunque su
manifestación no lo sea [4] , y Foucault nos expone magistralmente, cómo el sujeto aprehende su
realidad y así podemos nosotros entender cómo se ve expresada en el arte, por ejemplo. Discurso
científico y discurso estético quedan enlazados al discurrir de la historia.
El libro se divide en dos partes:
En la primera, el Capítulo I: Las Meninas, inicia con la descripción del juego de representaciones
que se llevan a cabo en la expresión artística sobre el hecho del observador, que se ve envuelto en
un juego de representaciones espacio-temporales, a través de Las Meninas, obra cumbre de
Velázquez, utilizando el recurso de las semejanzas que él mismo expone como explicación a la
formación de significantes, de sentido de las cosas, de ver partes del mundo, de interpretarlo.
Así, el Capítulo II, nos va llevando a la formación de lo que denomina La Prosa del Mundo, en el
que expone las cuatro figuras principales en las que se articulan las semejanzas en el
conocimiento.
“Hasta finales del siglo XVI, la semejanza ha desempeñado un papel constructivo en el saber de la
cultura occidental, En gran parte, fue ella la que guió la exégesis e interpretación de los textos; la
que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles,
dirigió el arte de representarlas. El mundo se enrollaba sobre sí mismo: la tierra repetía el cielo, los
rostros se reflejaban en las estrellas y la hierba ocultaba en sus tallos los secretos que servían al
hombre. La pintura imitaba el espacio. Y la representación –ya fuera fiesta o saber- se daba como
repetición: teatro de la vida o espejo del mundo,”
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Los siguientes capítulos III. Representar; IV Hablar, V. Clasificar; VI. Cambiar; nos ubica en cómo se
forman los significantes por mediación de los proceso mediáticos del lenguaje y cómo a través de
la historia, se ha teorizado y qué lugar ocupan el estudio de la gramática, la lingüística, las lenguas,
así como las ciencias naturales. Uno de los puntos centrales sería la explicación de que en el hecho
de nombrar una cosa, en darle nombre, se apela a las semejanzas formadas o construidas
simbólicamente, a través de los signos y símbolos del lenguaje, en donde “por el juego de una
designación articulada, hace entrar la semejanza en la relación proposicional. Es decir, en un
sistema de identidades y diferencias” lo que da sentido y significación a la interpretación que
damos de las cosas en un tiempo y especio determinados.
La segunda parte del texto nos induce a apreciar cómo el humano ha ido evolucionando y
cambiando en una vorágine dialéctica marcada por la economía política de su tiempo. Pero si bien
el hombre ha cambiado, las formas, los mecanismos, las dimensiones de acercarnos al
conocimiento de las cosas, de las personas, de los eventos, incluso de otros organismos, parecen
ser siempre las mismas a través de Las Palabras y las Cosas de Foucault.
En esta parte del texto, se atraviesa un elemento de gran importancia: el deseo.
El ser humano es un ser deseante; deseante de conocer, de saber y de aprovecharse de ese
conocimiento. Así establece en el capítulo VII Los Límites de la Representación enmarcadas en un
relato histórico a la manera de Leo Hubberman con Los Bienes Terrenales del Hombre [5] y cómo se
entrecruzan Trabajo, Vida y Lenguaje (Cap. VIII), en la Filosofía en el umbral de la modernidad, en
el que las formas de conocer se redescubren en un nuevo factor dentro del proceso del
conocimiento, el de la interpretación de lo que se es percibido, pero desde un enfoque dialéctico,
en el que se pueda distinguir la esencia de la presencia de la cosa interpretada. Y si ahora nos
ponemos románticos, al leer a Foucault, no hace recordar el secreto de la zorra que le es revelado
al Principito: “sólo con el corazón se ve bien, lo esencial es invisible para los ojos”. La lectura nos
lleva a recapacitar sobre el hecho de que las representaciones cognitivas que cada individuo forma
los conceptos con los que interpreta las cosas del mundo, a los objetos, a las personas, incluso a
otros organismos, así como a los hechos de la vida cotidiana, nos coloca en el dilema de la
comprensión del individuo-sujeto a y en su contexto histórico social. Da miedo pensar que
andamos por el mundo creyendo que nuestra realidad es igual a la que nosotros percibimos. Por
eso no nos ponemos de acuerdo, no podemos establecer mensajes estructurados para explicarnos
siquiera a nosotros mismos. El análisis del lenguaje y del discurso se hace obligado y abre a los
siguientes capítulos, estudiar la finitud del discurso humano en El Hombre y Sus Dobles (Capítulo
IX), hasta llegar al ordenamiento de saberes que en el capítulo X, Las Ciencias Humanas, expone la
relación y la forma de las ciencias humanas a través de tres modelos: la historia, el psicoanálisis y
la etnología.
El libro de Foucault nos lleva por un viaje en el que descubrimos las formas lingüísticas, dialécticas,
que el sujeto utiliza para representarse al mundo. Cómo en el mismo discurrir de los
acontecimientos cotidianos, las cosas que nos rodean van dejando su huella, su signatura, para
darle un orden al mundo que nos rodea través de las semejanzas, proceso único y particular de
cada quien que nos permite ordenar nuestro mundo a partir de la propia experiencia y de acuerdo
a algunas señales y acontecimientos sociales, como las fechas o los mismos nombres de las cosas.
Andamos como en la fábula de los ciegos que describían lo que era un elefante según la parte de
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este que podían tocar, creyendo que deberíamos vivir en el mismo sistema de creencias, en el
propio sistema.
Así llegamos al lugar que iniciamos, al lugar de clasificar al conocimiento a través del libro de
Foucault, así como él lo hizo inspirado en la clasificación del libro de Borges, en los que la
yuxtaposición de ideas incongruentes, lleva a la clasificación de lo absurdo, de lo empírico irreal,
de la historia, del arte y la ciencia a través de un proceso contradictorio de nombrar y clasificar a
través de las diferencias tal vez más que de las semejanzas, pero siempre auxiliados por la
mediación del lenguaje.
Colofón
A pesar de que Foucault escribió Las Palabras y Las Cosas hace casi cincuenta años, no pierde su
vigencia al igual que toda su obra. Imprescindible para cualquier estudiante de las ciencias
humanas interesado en ahondar un poco sobre el papel de las representaciones en la construcción
social de la realidad, e interesante para quien quiera conocer un punto de vista sobre la forma en
que vamos construyendo nuestro mundo; un mundo de apariencias más que de realidades.
Nuestro mundo, el que tratamos de conocer está encerrado en las palabras que nos sirven para
representarlo. Su tamaño, es el de la enciclopedia más grande que podamos obtener. Así de
pequeña es nuestra realidad, que no nos deja ver la esencia de ser nosotros mismos, sólo la
apariencia que nos vamos haciendo a través de los conceptos que adquirimos de las cosas, a
través de las palabras.
Referencias bibliográficas
[1]
FOUCAULT, Michel. Las Palabras y Las Cosas (1968); Ed. Siglo XXi; 21ª. ed. México, 1991; ISBN
968-23-0017-7.
[2]
BEUCHOT, Mauricio; La Semiótica: teorías del signo y el lenguaje en la historia; F.C.E.; México,
2004; ISBN 9681671899
[3]
VYGOTSKY, Liev Seminovich.(1936) Pensamiento y Lenguaje. Ed. Quinto Sol. UAM. México, 1994.
[4]
NASIO, Juan David (1992); Cinco Lecciones sobre la Teoría de Jacques Lacan; Ed. Gedisa;
Argentina. ISBN 978-84-7432-470-9.
[5]
Huberman, Leo (1936); Los Bienes Terrenales del Hombre; Ed. Panamericana, 4ª.ed.; México,
2001.
[a]
Profesora Investigadora en la Escuela Superior Actopan de la Universidad Autónoma del Estado
de Hidalgo.
En: [Link]