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2.cuentos Fantasticos

Julio Cortázar explora el concepto de lo fantástico en la literatura, sugiriendo que su esencia no puede ser definida de manera estricta, sino que se experimenta a través de la sensibilidad personal. El género fantástico se caracteriza por la irrupción de lo extraño o inexplicable en una narración que desafía la lógica y la realidad, generando inquietud en el lector. A través de ejemplos como 'La noche boca arriba', Cortázar ilustra cómo la percepción de la realidad puede ser alterada, reflejando la complejidad del sentimiento de lo fantástico en la vida y la literatura.
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2.cuentos Fantasticos

Julio Cortázar explora el concepto de lo fantástico en la literatura, sugiriendo que su esencia no puede ser definida de manera estricta, sino que se experimenta a través de la sensibilidad personal. El género fantástico se caracteriza por la irrupción de lo extraño o inexplicable en una narración que desafía la lógica y la realidad, generando inquietud en el lector. A través de ejemplos como 'La noche boca arriba', Cortázar ilustra cómo la percepción de la realidad puede ser alterada, reflejando la complejidad del sentimiento de lo fantástico en la vida y la literatura.
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UNIDAD I LENGUA Y LITERATURA -

EL GÉNERO FANTÁSTICO
El sentimiento de “lo fantástico”
Leamos el siguiente fragmento: “El sentimiento de lo fantástico” de Julio Cortázar

(…) He pensado que me gustaría hablarles concretamente de literatura, de una forma de


literatura: el cuento fantástico.
Yo he escrito una cantidad probablemente excesiva de cuentos, de los cuales la inmensa mayoría
son cuentos de tipo fantástico. El problema, como siempre, está en saber qué es lo fantástico. Es
inútil ir al diccionario, yo no me molestaría en hacerlo, habrá una definición, que será aparentemente
impecable, pero una vez que la hayamos leído los elementos imponderables de lo fantástico, tanto en la
literatura como en la realidad, se escaparán de esa definición.
Ya no sé quién dijo, una vez, hablando de la posible definición de la poesía, que la poesía es eso
que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir la poesía. Creo que esa misma
definición podría aplicarse a lo fantástico, de modo que, en vez de buscar una definición
preceptiva de lo que es lo fantástico, en la literatura o fuera de ella, yo pienso que es mejor que cada
uno de ustedes, como lo hago yo mismo, consulte su propio mundo interior, sus propias vivencias, y se
plantee personalmente el problema de esas situaciones, de esas irrupciones, de esas llamadas
coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de
que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo
de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción.
Ese sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un
sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a mí desde el comienzo de mi vida,
desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal
como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de
una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y
separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que
no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la
inteligencia razonante.
Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de
extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede
todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo
la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí,
donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente,
en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. Eso no es ninguna cosa excepcional, para gente
dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento, ese extrañamiento, está ahí, a cada paso,
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vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la
lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde
Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como
conmovido, por una especie de, de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar.
(…)Elijo para demostrar lo fantástico uno de mis cuentos, La noche boca arriba, y cuya historia,
resumida muy sintéticamente, es la de un hombre que sale de su casa en la ciudad de París, una
mañana, en una motocicleta y va a su trabajo, observando, mientras conduce su moto, los altos edificios
de concreto, las casas, los semáforos y en un momento dado equivoca una luz de semáforo y tiene un
accidente y se destroza un brazo, pierde el sentido y al salir del desmayo, lo han llevado al hospital, lo
han vendado y está en una cama, ese hombre tiene fiebre y tiene tiempo, tendrá mucho tiempo, muchas
semanas para pensar, está en un estado de sopor, como consecuencia del accidente y de los
medicamentos que le han dado; entonces se adormece y tiene un sueño; sueña curiosamente que es un
indio mexicano de la época de los aztecas, que está perdido entre las ciénagas y se siente perseguido
por una tribu enemiga, justamente los aztecas que practicaban aquello que se llamaba la guerra florida y
que consistía en capturar enemigos para sacrificarlos en el altar de los dioses.
Todos hemos tenido y tenemos pesadillas así. Siente que los enemigos se acercan en la noche y
en el momento de la máxima angustia se despierta y se encuentra en su cama de hospital y respira
entonces aliviado, porque comprende que ha estado soñando, pero en el momento en que se duerme la
pesadilla continúa, como pasa a veces y entonces, aunque él huye y lucha es finalmente capturado por
sus enemigos, que lo atan y lo arrastran hacia la gran pirámide, en lo alto de la cual están ardiendo las
hogueras del sacrificio y lo está esperando el sacerdote con el puñal de piedra para abrirle el pecho y
quitarle el corazón. Mientras lo suben por la escalera, en esa última desesperación, el hombre hace un
esfuerzo por evitar la pesadilla, por despertarse y lo consigue; vuelve a despertarse otra vez en su cama
de hospital, pero la impresión de la pesadilla ha sido tan intensa, tan fuerte y el sopor que lo envuelve es
tan grande, que poco a poco, a pesar de que él quisiera quedarse del lado de la vigilia, del lado de la
seguridad, se hunde nuevamente en la pesadilla y siente que nada ha cambiado. En el minuto final tiene
la revelación. Eso no era una pesadilla, eso era la realidad; el verdadero sueño era el otro. Él era un
pobre indio, que soñó con una extraña, impensable ciudad de edificios de concreto, de luces que no eran
antorchas, y de un extraño vehículo, misterioso, en el cual se desplazaba, por una calle.
Si les he contado muy mal este cuento es porque me parece que refleja suficientemente la
inversión de valores, la polarización de valores, que tiene para mí lo fantástico y, quisiera decirles,
además, que esta noción de lo fantástico no se da solamente en la literatura, sino que se proyecta
de una manera perfectamente natural en mi vida propia (…)
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Julio Cortázar nos dice que “ese sentimiento” presenta un problema: “saber qué es lo fantástico”.
Afirma que: “es inútil ir al diccionario, (…), habrá una definición, que será aparentemente impecable, pero una vez que
la hayamos leído los elementos imponderables de lo fantástico, tanto en la literatura como en la realidad, se escaparon
de esa definición.” Tal vez no lleguemos a construir una definición impecable, pero llegamos a una conclusión todos
juntos: “el género fantástico es una narración en donde irrumpe un hecho o un suceso que quiebra una realidad, es

EXTRAÑO O INEXPLICABLE según las leyes de nuestro mundo. Se trata de una narración que inquieta al lector,
generando duda e incertidumbre: efecto fantástico”

Si resumimos las características generales podríamos detenernos en los siguientes aspectos:

Definición Características (Tópicos)


¿Qué es? Temas recurrentes en la
literatura fantástica
Narración donde irrumpe -Personajes verosímiles. -El doble: la existencia de
un hecho extraño o inexplicable -Lugar y espacio verosímiles: otro yo.
según las leyes de este mundo. muy parecidos al mundo real. -Alteraciones de la
-Lector cómplice de lo que lógica, espacial y temporal.
-Objetivo: inquietar al ocurre en la narración. no cuestiona lo -Apariciones y
lector, generar duda e incertidumbre extraño o inexplicable. fantasmas.
-Efecto fantástico: se genera -Mutaciones y
incomodidad en el lector que duda entre transformaciones.
una explicación racional y natural o, una -Transposición entre la
explicación irracional y sobrenatural. realidad y el sueño, o entre las
dimensiones reales y ficticias.
Clasificación según como son tratados los sucesos extraordinarios dentro de la historia por los
personajes
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Te propongo a ver el siguiente video de Educa Play Corrientes: "Cuestionando la razón"1

[Link]

1.​ Después de ver el video "Cuestionando la razón" respondé:


a.​ ¿Cuál es la relación que existe entre el género fantástico y el título elegido del video "cuestionando la razón"?
b.​ Redactá una definición general de género fantástico a partir de la teoría trabajada en clase y los apuntes que
registramos en la carpeta. Ten en cuenta que debe incluir las siguientes palabras claves:

Fantástico – ruptura – realidad – verosímil – inverosímil – extraño.

2.​ Te propongo leer lo siguientes cuentos:2

“El reloj”

1
Guía docente con sugerencias de actividades propuestas en la plataforma de EducaPlay:
[Link]
[Link]
2
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El tren en que venía Irene paró de tal manera que la puerta el vagón quedó justo donde su madre la
aguardaba. No halló las cosas como esperaba, aunque no estaba segura si era porque habían cambiado o porque
ellas las recordaba con más colorido, menos ajadas, como se ven todas las cosas en la infancia. Su madre
también estaba distinta, pero eso sí, no por efecto de la memoria, sino del tiempo. Mientras bajaba el equipaje y la
abrazaba, y luego mientras caminaban hacia la casa unas pocas cuadras, tuvo la impresión de haber hallado el
tiempo que en la ciudad se le iba tan rápido: estaba todo allí acumulado. También le pareció que allí todo tenía el
color de la arena.
La primera ceremonia al llegar a la casa fue tomar mate largamente en la cocina. Irene hablaba de los
estudios que estaba por terminar, de las amigas con quienes vivía, del hombre con el que planeaba casarse.
Luego comenzó a hacer preguntas sobre el pueblo, sobre sus antiguos compañeros, los que habían partido como
ella, los que no se habían ido, los que tres años atrás habían asistido al velorio de su padre y los que no. Con las
preguntas llegaron los recuerdos de su infancia. Del colegio sobre todo recordaba los recreos, los juegos, las
tonterías que habían sido para ellas grandes aventuras. El recuerdo de un suceso, más nítido que otros, la llenó
por un instante de secreta vergüenza. En el último año de la primaria, en un descuido de una compañera llamada
Anita, Irene le había robado un reloj. Era un reloj de forma oval, con un espejito adentro y una pulsera de cadenita.
Era probablemente bañado en oro, pero Irene no se lo había quitado por eso. La había hecho simplemente
porque el reloj le gustaba mucho. Luego Anita había sospechado de ella y se lo había reclamado
insistentemente, pero sin ningún escándalo, y había tratado de persuadirla del valor que para ella tenía el reloj que
su madre le había dado; le había prometido que nadie se enteraría si se lo devolvía, pero Irene había negado una
y otra vez, y había optado por ofenderse ante la desconfianza de su compañera, quien finalmente se resignó a
la negativa rogándole que jamás se olvidara de darle cuerda porque- le dijo –era muy delicado y
se estropearía mucho. Pronto Irene se dio cuenta de que había sido una tontería quedarse con el reloj ya que no
podría usarlo sin que fuera reconocido, así que tuvo que esconderlo en un hueco que había hecho ella misma bajo
una baldosa floja en su cuarto, en donde guardaba sus secretos de la mirada materna. A veces, cuando estaba
sola lo sacaba, se lo ponía en la muñeca y le daba cuerda, pero finalmente, cuando dejó el pueblo, el botín quedó
allí olvidado.
Un rato más tarde, mientras se instalaba en su cuarto, que la madre mantenía limpio y en el mismo estado
en que lo había dejado, recordó nuevamente el reloj. Corrí un poco la cama, reconoció la baldosa y la levantó, y lo
encontró, bastante sucio de verdín. Lo limpió con cuidado y lo guardó en el bolsillo.
Durante el almuerzo, hizo que su madre le contara todo lo que supiera sobre Anita. Ella –dijo la madre –se
había mudado a las afueras hacía años, y no volvía al pueblo desde entonces. En un principio, las malas lenguas
dijeron que sus padres la escondían porque estaba embarazada, pero nada confirmó el rumor. Cuando los padres
murieron, no se la vio en el funeral. Los proveedores que se llegaban hasta su casa tampoco la veían:
encontraban su dinero en la puerta y allí dejaban sus pedidos.
Irene decidió que iría a verla por la tarde. Se sentía avergonzada y llena de remordimiento, pero sólo
ahora, ya mayor, comprendía que su falta era reparable: iría a buscar a Anita y le devolvería su reloj. Sin duda
Anita se daría cuenta de lo apenada que estaba y la disculparía.
Seguramente lo vería como una cosa de niñas y luego las dos podrían reír juntas del incidente.
Pidió instrucciones para llegar hasta la casa, a unos ocho kilómetros campo afuera. Hizo chirriar su vieja
bicicleta, que hubiera necesitado aceite, por el camino de tierra. Por momentos, se arrepentía de la idea. Tal vez
Anita ni siquiera recordara el asunto. Y, además, quién sabía qué grandes motivos tenía para aislarse de esa
forma. Sin duda, ella no era nadie para inmiscuirse, y lo mejor sería volver. Pero la casa ya estaba ante sus ojos.
Respiró hondo y bajó de la bicicleta.
En la puerta, la asustó el salto de un enorme gato manchado. Se tomó un segundo para reponerse, y
golpeó. No hubo respuesta. Volvió a golpear. Sintió que alguien levantaba la tapa de la mirilla. Una voz de niña
preguntó:
-​ ¿Quién es?
-​ Busco a Anita. Soy Irene, una amiga, Irene Frías.
-​ Ah, Irene... vos... podés pasar- fue la inesperada respuesta.
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La llave giró, giró el picaporte y se abrió la puerta. Irene la reconoció enseguida. En el instante siguiente,
el más aterrador de toda su vida, se dio cuenta de que hubiera sido imposible no reconocerla,
porque Anita estaba, literalmente, igual que la última vez que la había visto. Tenía el cuerpo de una niña de doce
años, su pelo, su rostro. De pie frente a ella, sólo sus ojos no eran los de una niña. Irene oyó de sus labios el
reproche más resignado y triste que hubiera oído:
-​ No le diste cuerda.

En: Cuentos sin respiro. Juliana Beatriz Acocce

“La apuesta” de Ana Arias

Todo había empezado hacía un mes cuando Juan hizo una apuesta con Ricardo. Entonces navegaban en
lancha alrededor de las pequeñas islas que se encuentran mar adentro, a más de cien kilómetros del continente y
donde hay excelente pesca y muy buenos lugares para bucear. Las islas estaban deshabitadas y sólo eran
visitadas por algunos pescadores en ciertas épocas del año. Pero en el invierno, como ocurría en aquel momento,
nadie desembarcaba en sus costas y sólo había en ella muchas aves y algunos pequeños roedores.
Durante el viaje habían parado para almorzar en una de las islas y entonces se les ocurrió pensar si sería
posible sobrevivir por un tiempo en esa tierra solitaria, contando solamente con lo que la naturaleza ofrecía.
Ricardo sostuvo que nadie podría aguantar ni siquiera veinte días en aquel aislamiento. Pero Juan afirmó que
había agua dulce, abundaban los peces y otros animales comestibles y que el tiempo pasaría muy rápido
trabajando para poder mantenerse. Fue en ese momento cuando hicieron la apuesta. Juan ordenarla sus asuntos
para poder quedarse tres semanas en la isla sin otros recursos que algo de ropa, instrumentos de pesca, algunos
elementos indispensables, un par de libros y un equipo de radio. Si lograba vivir durante ese período en la isla,
Ricardo debería cederle su lancha de pesca.
Era una mañana brillante, sin una sola nube en el cielo, cuando llegaron a la isla. Ricardo se alejó con el
barco y Juan se quedó solo. El clima no era un problema porque la temperatura nunca descendía por debajo de
los veinte grados, pero, para evitar la molestia de las lluvias, Juan empezó por levantar una pequeña cabaña
hecha con hojas de palma. Alisó el suelo, se preparó una cama con algunas mantas y puso la radio en un sitio
seguro. Después comenzó a preocuparse por la comida. Recogió agua en el manantial y se puso a pescar en el
borde del acantilado. Todo fue muy fácil porque a la media hora ya contaba con pescado más que suficiente para
todo el día. Hizo fuego en un lugar próximo a la cabaña que desde ese momento sería su cocina y comió con
mucho apetito. Enseguida durmió una siesta.
Cuando se despertó decidió recorrer un poco sus dominios y así descubrió que había plátanos silvestres
con bananas maduras y una pequeña playita donde abundaban las almejas. También encontró numerosos nidos
con huevos y vio las huellas de una especie de pavos salvajes que podían ser un plato excelente. De manera que
el alimento pa­recía asegurado, tanto en cantidad como en calidad.
Esa noche leyó un poco y se durmió casi de inmediato.
Fue a la mañana siguiente cuando sintió por primera vez algo extraño. Había caminado hacia el centro de
la isla para cortar un poco de leña y de pronto oyó un ruido como si alguien también hachaba le­ña a sus espaldas.
Se dio vuelta rápidamente, pero no había nadie y pen­só que podía tratarse del eco. Después buscó algunos
huevos y los comió como desayuno. El resto de la mañana se dedicó a perfeccionar la cabaña y hasta dispuso un
pequeño cerco de ramas a su alrededor. Volvió a pescar con éxito, armó una parrilla para asar los pescados y, con
tantas ocupaciones, la noche llegó muy pronto.
Al despertar tuvo la extraña sensación de que no había dormido solo; sin embargo, no había nadie más en
la cabaña. Iba a recoger las mantas para ventilarlas cuando notó que en la almohada había dos huecos, como si
dos cabezas hubieran estado apoyadas.
Aunque su primera sensación fue de miedo, pronto se rió de sí mismo y se dijo que seguramente se había
estado moviendo en sueños.
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Durante el transcurso del día salió a cazar, consiguió matar un pavo y se dedicó a desplumarlo. Lo asó y
comió con gusto, caminó por la playa y nadó un rato. Al anochecer se dispuso a leer, pero cuando abrió el libro en
la página que tenía marcada, tuvo la seguridad de que no había llegado a ese capítulo y de que la marca había
sido cambiada. Otra vez intentó tranquilizarse pensando que tal vez se había equivocado al poner el señalador, y
entonces se durmió.
A la mañana se levantó con hambre y buscó los restos del pa­vo que había guardado en una caja que tenía
una puertita de alambre tejido. La caja estaba perfectamente cerrada, pero del pavo apenas quedaba una
pequeña porción. Esta vez le costó recuperar la calma y tuvo el impulso de usar la radio y hablar con Ricardo, por
lo menos para oír una voz amiga. Pero el orgullo pudo más y decidió no llamarlo.
En los días siguientes los hechos extraños se repitieron. Podían explicarse como efecto de distracciones,
cansancio, olvido o nervios, pero todos juntos provocaron en Juan un terrible estado de angustia. Una vez, al
regresar a la cabaña, observó en la entrada huellas iguales a las suyas.
No hubiera tenido nada de raro si no fuera porque antes de partir había alisado la tierra. Una rama del
cerco apareció cambiada de lugar, encontró brasas cuando suponía que había apagado el fogón y la provisión de
agua, misteriosamente, disminuye por las noches.
Ya habían pasado dos semanas desde que se había instalado en la isla, y más de una vez tuvo que luchar
contra el deseo de llamar a su amigo. En cambio, decidió armar una trampa para probarse a sí mismo si todo se
trataba de una confusión causada por la soledad o realmente estaba acompañado.
Colocó un hilo casi imperceptible en la entrada de la cabaña, de manera que cualquiera que pasara
debería pisarlo o moverlo de su lugar. Apiló sus ropas de tal forma que era imposible tocarlas sin que se notara.
Hizo una fina marca en el recipiente del agua para estar seguro de su contenido y, cada vez que salía, contaba los
alimentos que dejaba guardados. Cuando fue a controlar las trampas comprobó que estaban intactas: el hilo
seguía en su sitio y nadie había tocado las ropas, ni el agua, ni la comida.
Sin embargo, no pudo vencer su preocupación. Una noche se despertó aterrorizado, como si hubiera
tenido una espantosa pesadilla, y tocó el costado de la cama que no ocupaba. La manta estaba tibia y li­geramente
ahuecada. En vano trató de seguir durmiendo y salió a res­pirar el aire fresco de la noche. Recién al amanecer
consiguió volver a dormirse.
Apenas faltaban dos días para que Ricardo volviera a buscarlo y para ganar la apuesta. Parecía muy fácil
completar el tiempo que quedaba y llegar al final. Para estar ocupado y no dejarse ganar por el temor, Juan
decidió dar vueltas por la isla. Tal vez sería el último paseo antes de que todo quedara en el olvido. Caminó
primero por la costa y después se internó en el pequeño bosquecillo. Todo estaba muy tranquilo. Los pájaros, que
ya parecían conocerlo, ni siquiera se espantaban cuando lo veían aparecer. Se encontraba en el centro de la isla
cuando los pájaros volaron sorpresivamente para posarse en la cima de los árboles y se quedaron en silencio.
Regresó a la cabaña casi corriendo y llegó sin aliento.
Adentro muchas cosas estaban fuera de lugar: la cama se veía desecha, los platos contenían restos de
comida y las pilas de la radio estaban tiradas y húmedas, lo mismo que las pilas de reserva.
Juntó sus cosas y decidió esperar la mañana de la partida, sin dormirse. Ahora estaba convencido de que
no estaba solo y se preguntaba quién sería su fantasmal compañero.
La luz del sol lo encontró despierto y esperando ansioso la llegada de Ricardo. Su reloj marcaba las diez y,
tal como habían acordado, muy pronto oyó el lejano rumor del motor del barco. Comenzó a correr hacia la orilla y
ya estaba a pocos metros de la costa cuando, tal vez por el cansancio y la desesperación, se llevó por delante la
rama de un árbol. Cayó para atrás aturdido y quedó tendido sobre el suelo. Pasaron unos minutos antes de que
lograra sentarse con mucho esfuerzo, y entonces pudo ver la lancha de Ricardo arrimada a la costa. Un individuo
igual a Juan, tan exactamente parecido que podía ser su doble, estaba subiendo a la lancha. Saludó a Ricardo
con un abrazo y entonces el barco se puso en marcha y se alejó.

“La Soga” de Silvina Ocampo


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A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua,
tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta
que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del
aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos.
Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella
lo que quisiera. Primeramente, hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después
una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un
pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la
cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a
los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte
del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al
principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel
movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía:
“Toñito, no juegues con la soga.”
La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de
ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y
desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se
demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o
lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga
saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor.
Si alguien le pedía:
–Toñito, préstame la soga.
El muchacho invariablemente contestaba:
–No.
A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su
cola, deshilachada, parecía de dragón. Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.
¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en
los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua. La bautizó con el
nombre de Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula
obedecía.
Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita
sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.
Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el
mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga
volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le
clavó la lengua a través de la blusa.
Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La soga, con el flequillo despeinado, enroscada
junto a él, lo velaba.

Responde en tu carpeta el siguiente cuestionario


a.​ ¿Qué características del género fantástico se pueden reconocer en los cuentos que hemos leído?
a.​ ¿Qué temas del género fantástico podemos reconocer en cada uno de los cuentos?
b.​ Redacten el argumento de cada uno de los relatos.
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c.​ Confecciona y completa el siguiente cuadro comparativo en tu carpeta

“La soga” de Silvina “El reloj” de Beatriz “La apuesta” de Ana Arias
Ocampo Acocce
Personajes principales
Temas del género
fantástico
Lugar y tiempo
Clasificación (Puro,
impuro o extraño)
Narrador
Argumento central
sintetizado en tres
oraciones.

3.​ Piensen qué relatos regionales (leyendas o mitos) pueden incluirse como ejemplo dentro del género
fantástico y el por qué. Elijan uno para ejemplificar y redacten la respuesta en sus carpetas. Organiza el
discurso:

-Definición del género fantástico

-Características del género fantástico que se ven en el relato regional elegido por vos.

-Temas del género fantástico que hayas identificado en el relato regional elegido por vos.

4.​ Te animás a escribir un cuento: te propongo que elijas un tema del género fantástico y pienses en un
relato breve, ubicado en la ciudad de Corrientes en algún barrio de nuestra ciudad. O bien: pensá en una
anécdota que te haya sucedido a vos, o alguien que conocés, agregá un hecho inexplicable y convertí la
anécdota en un breve relato fantástico.

Sugerencia: puede seleccionar un mito o una leyenda regional (NEA o Corrientes). Realizar un guión que
planifique el discurso para un video teniendo en cuenta lo siguiente: Título – Introducción- Argumento -:
Conclusión. Una vez que se ha revisado y corregido pueden grabar un video utilizando la aplicación que más
cómodo les resulte recordando que los elementos no verbales no deben opacar la voz y la presentación del tema.
Al finalizar pueden subir el video a un muro de padlet o alguna aplicación semejante.

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