Vita Consecrata
Vita Consecrata
«Vita consecrata»
AL EPISCOPADO Y AL CLERO
A LAS ORDENES
Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS
A LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTOLICA
A LOS INSTITUTOS SECULARES
Y A TODOS LOS FIELES
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA
Y SU MISION EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
Introducción
A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la
llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino de especial
seguimiento de Cristo, para dedicarse a El con corazón « indiviso » (cf. 1 Co 7, 34).
También ellos, como los Apóstoles, han dejado todo para estar con El y ponerse,
como El, al servicio de Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a
manifestar el misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples carismas de vida
espiritual y apostólica que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello han cooperado
también a renovar la sociedad.
7. Es motivo de alegría y esperanza ver cómo hoy vuelve a florecer el antiguo Orden
de las vírgenes, testimoniado en las comunidades cristianas desde los tiempos
apostólicos.Consagradas por el Obispo diocesano, asumen un vínculo especial con la
Iglesia, a cuyo servicio se dedican, aun permaneciendo en el mundo. Solas o
asociadas, constituyen una especial imagen escatológica de la Esposa celeste y de la
vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en plenitud el amor de Cristo esposo.Los
eremitas y las eremitas, pertenecientes a Ordenes antiguas o a Institutos nuevos, o
incluso dependientes directamente del Obispo, con la separación interior y exterior del
mundo testimonian el carácter provisorio del tiempo presente, con el ayuno y la
penitencia atestiguan que no sólo de pan vive el hombre, sino de la Palabra de Dios
(cf. Mt 4, 4). Esta vida « en el desierto » es una invitación para los demás y para la
misma comunidad eclesial a no perder de vista la suprema vocación, que es la de
estar siempre con el Señor.Hoy vuelve a practicarse también la consagración de las
viudas,que se remonta a los tiempos apostólicos (cf. 1 Tim 5, 5.9-10; 1 Co 7, 8), así
como la de los viudos. Estas personas, mediante el voto de castidad perpetua como
signo del Reino de Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración y al
servicio de la Iglesia.
Institutos seculares
11. Merecen especial mención, además, las Sociedades de vida apostólica o de vida
común, masculinas y femeninas, las cuales buscan, con un estilo propio, un
específico fin apostólico o misionero. En muchas de ellas, con vínculos sagrados
reconocidos oficialmente por la Iglesia, se asumen expresamente los consejos
evangélicos. Sin embargo, incluso en este caso la peculiaridad de su consagración
las distingue de los Institutos religiosos y de los Institutos seculares. Se debe
salvaguardar y promover la peculiaridad de esta forma de vida, que en el curso de los
últimos siglos ha producido tantos frutos de santidad y apostolado, especialmente en
el campo de la caridad y en la difusión misionera del Evangelio.
13. Recogiendo los frutos de los trabajos sinodales, quiero dirigirme con esta
Exhortación apostólica a toda la Iglesia, para ofrecer no sólo a las personas
consagradas, sino también a los Pastores y a los fieles, los resultados de un
encuentro alentador, sobre cuyo desarrollo no ha dejado de velar el Espíritu Santo
con sus dones de verdad y de amor.En estos años de renovación la vida consagrada
ha atravesado, como también otras formas de vida en la Iglesia, un período delicado y
duro. Ha sido un tiempo rico de esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras
encaminadas a reforzar la profesión de los consejos evangélicos. Pero ha sido
también un período no exento de tensiones y pruebas, en el que experiencias, incluso
siendo generosas, no siempre se han visto coronadas por resultados positivos.Las
dificultades no deben, sin embargo, inducir al desánimo. Es preciso más bien
comprometerse con nuevo ímpetu, porque la Iglesia necesita la aportación espiritual y
apostólica de una vida consagrada renovada y fortalecida. Con la presente
Exhortación postsinodal deseo dirigirme a las comunidades religiosas y a las
personas consagradas con el mismo espíritu que animaba la carta dirigida por el
Concilio de Jerusalén a los cristianos de Antioquía, y tengo la esperanza de que se
repita también hoy la misma experiencia vivida entonces: « La leyeron y se gozaron al
recibir aquel aliento » (Hch 15, 31). No sólo esto: tengo además la esperanza de
aumentar el gozo de todo el Pueblo de Dios que, conociendo mejor la vida
consagrada, podrá dar gracias más conscientemente al Omnipotente por este gran
don.En actitud de cordial apertura hacia los Padres sinodales, he ido recogiendo las
valiosas aportaciones surgidas durante las intensas asambleas de trabajo, en las que
he querido estar constantemente presente. Durante ese período, he ofrecido a todo el
Pueblo de Dios algunas catequesis sistemáticas sobre la vida consagrada en la
Iglesia. En ellas he presentado de nuevo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que
ha sido punto de referencia luminoso para los desarrollos doctrinales posteriores y
para la misma reflexión realizada por el Sínodo durante las semanas de sus
trabajos.ientras confío en que los hijos de la Iglesia, y en particular las personas
consagradas, acogerán con adhesión cordial esta Exhortación, deseo que continúe la
reflexión para profundizar en el gran don de la vida consagrada en su triple dimensión
de la consagración, la comunión y la misión, y que los consagrados y consagradas,
en plena sintonía con la Iglesia y su Magisterio, encuentren así ulteriores estímulos
para afrontar espiritual y apostólicamente los nuevos desafíos.
CAPITULO I
CONFESSIO TRINITATIS
15. « Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano
Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro
se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto,
se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.Tomando Pedro la
palabra, dijo a Jesús:"Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres
tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".Todavía estaba hablando,
cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que
decía:"Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle".Al oír esto los
discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo.Mas Jesús, acercándose a ellos,
los tocó y dijo: "Levantaos, no tengáis miedo".Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a
nadie más que a Jesús solo.Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No
contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los
muertos" » (Mt 17, 1-9).El episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo
en el ministerio de Jesús. Es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en
el corazón de los discípulos, les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la
resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la Iglesia, pueblo en camino
hacia el encuentro escatológico con su Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la
Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la fe y no
desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En un caso y en otro, ella es la
Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio y envuelta por su luz.Esta luz llega a
todos sus hijos, todos igualmente llamados a seguir a Cristo poniendo en El el sentido
último de la propia vida, hasta poder decir con el Apóstol: « Para mí la vida es Cristo »
(Flp 1, 21). Una experiencia singular de la luz que emana del Verbo encarnado es
ciertamente la que tienen los llamados a la vida consagrada. En efecto, la profesión
de los consejos evangélicos los presenta como signo y profecía para la comunidad de
los hermanos y para el mundo; encuentran pues en ellos particular resonancia las
palabras extasiadas de Pedro: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Estas palabras
muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida cristiana. Sin embargo, expresan
con particular elocuencia el carácter absoluto que constituye el dinamismo profundo
de la vocación a la vida consagrada: ¡qué hermoso es estar contigo, dedicarnos a ti,
concentrar de modo exclusivo nuestra existencia en ti! En efecto, quien ha recibido la
gracia de esta especial comunión de amor con Cristo, se siente como seducido por su
fulgor: El es « el más hermoso de los hijos de Adán » (Sal 4544, 3), el Incomparable.
16. A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada del Padre a ponerse a la
escucha de Cristo, a depositar en El toda confianza, a hacer de El el centro de la vida.
En la palabra que viene de lo alto adquiere nueva profundidad la invitación con la que
Jesús mismo, al inicio de la vida pública, les había llamado a su seguimiento,
sacándolos de su vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad. Precisamente de esta
especial gracia de intimidad surge, en la vida consagrada, la posibilidad y la exigencia
de la entrega total de sí mismo en la profesión de los consejos evangélicos. Estos,
antes que una renuncia, son una específica acogida del misterio de Cristo, vivida en
la Iglesia.En efecto, en la unidad de la vida cristiana las distintas vocaciones son
como rayos de la única luz de Cristo, « que resplandece sobre el rostro de la Iglesia
».Los laicos, en virtud del carácter secular de su vocación, reflejan el misterio del
Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del mundo, fundamento y medida del valor
de todas las cosas creadas. Los ministros sagrados, por su parte, son imágenes vivas
de Cristo cabeza y pastor, que guía a su pueblo en el tiempo del « ya pero todavía no
», a la espera de su venida en la gloria. A la vida consagrada se confía la misión de
señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende,
el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola,
puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada no
se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo « más que al padre o a
la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo,
sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión « conformadora » con Cristo de toda la
existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y
según los diversos carismas, la perfección escatológica.En efecto, mediante la
profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo
el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en
cuanto es posible, « aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al
mundo ».Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al
mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su
pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el
amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio
de la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y amante, como Aquel que se
complace sólo en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está perfectamente unido
y del que depende en todo.Con tal identificación « conformadora » con el misterio de
Cristo, la vida consagrada realiza por un título especial aquella confessio Trinitatis
que caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con admiración la sublime belleza
de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría su amorosa
condescendencia hacia cada ser humano.
18. El Hijo, camino que conduce al Padre (cf. Jn 14, 6), llama a todos los que el Padre
le ha dado (cf. Jn 17, 9) a un seguimiento que orienta su existencia. Pero a algunos
—precisamente las personas consagradas— pide un compromiso total, que comporta
el abandono de todas las cosas (cf. Mt 19, 27) para vivir en intimidad con Ely seguirlo
adonde vaya (cf. Ap 14, 4).En la mirada de Cristo (cf. Mc 10, 21), « imagen de Dios
invisible » (Col 1, 15), resplandor de la gloria del Padre (cf. Hb 1, 3), se percibe la
profundidad de un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser.La persona, que
se deja seducir por él, tiene que abandonar todo y seguirlo (cf. Mc 1, 16-20; 2, 14; 10,
21.28). Como Pablo, considera que todo lo demás es « pérdida ante la sublimidad del
conocimiento de Cristo Jesús », ante el cual no duda en tener todas las cosas « por
basura para ganar a Cristo » (Flp 3, 8). Su aspiración es identificarse con El,
asumiendo sus sentimientos y su forma de vida. Este dejarlo todo y seguir al Señor
(cf. Lc 18, 28) es un programa válido para todas las personas llamadas y para todos
los tiempos.Los consejos evangélicos, con los que Cristo invita a algunos a compartir
su experiencia de virgen, pobre y obediente, exigen y manifiestan, en quien los
acoge, el deseo explícito de una total conformación con El. Viviendo « en obediencia,
sin nada propio y en castidad »,los consagrados confiesan que Jesús es el Modelo en
el que cada virtud alcanza la perfección. En efecto, su forma de vida casta, pobre y
obediente, aparece como el modo más radical de vivir el Evangelio en esta tierra, un
modo —se puede decir— divino, porque es abrazado por El, Hombre-Dios, como
expresión de su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con el Espíritu Santo. Este
es el motivo por el que en la tradición cristiana se ha hablado siempre de la
excelencia objetiva de la vida consagrada.No se puede negar, además, que la
práctica de los consejos evangélicos sea un modo particularmente íntimo y fecundo
de participar también en la misión de Cristo, siguiendo el ejemplo de María de
Nazaret, primera discípula, la cual aceptó ponerse al servicio del plan divino en la
donación total de sí misma. Toda misión comienza con la misma actitud manifestada
por María en la anunciación: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra » (Lc 1, 38).
19. « Una nube luminosa los cubrió con su sombra » (Mt 17, 5). Una significativa
interpretación espiritual de la Transfiguración ve en esta nube la imagen del Espíritu
Santo. Como toda la existencia cristiana, la llamada a la vida consagrada está
también en íntima relación con la obra del Espíritu Santo. Es El quien, a lo largo de
los milenios, acerca siempre nuevas personas a percibir el atractivo de una opción tan
comprometida. Bajo su acción reviven, en cierto modo, la experiencia del profeta
Jeremías: « Me has seducido, Señor, y me dejé seducir » (20, 7). Es el Espíritu quien
suscita el deseo de una respuesta plena; es El quien guía el crecimiento de tal deseo,
llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización;
es El quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto,
pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión. Dejándose guiar
por el Espíritu en un incesante camino de purificación, llegan a ser, día tras día,
personas cristiformes, prolongación en la historia de una especial presencia del Señor
resucitado.Con intuición profunda, los Padres de la Iglesia han calificado este camino
espiritual como filocalia, es decir, amor por la belleza divina, que es irradiación de la
divina bondad. La persona, que por el poder del Espíritu Santo es conducida
progresivamente a la plena configuración con Cristo, refleja en sí misma un rayo de la
luz inaccesible y en su peregrinar terreno camina hacia la Fuente inagotable de la luz.
De este modo la vida consagrada es una expresión particularmente profunda de la
Iglesia Esposa, la cual, conducida por el Espíritu a reproducir en sí los rasgos del
Esposo, se presenta ante El resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa
parecida, sino santa e inmaculada (cf. Ef 5, 27).El Espíritu mismo, además, lejos de
separar de la historia de los hombres las personas que el Padre ha llamado, las pone
al servicio de los hermanos según las modalidades propias de su estado de vida, y
las orienta a desarrollar tareas particulares, de acuerdo con las necesidades de la
Iglesia y del mundo, por medio de los carismas particulares de cada Instituto. De aquí
surgen las múltiples formas de vida consagrada, mediante las cuales la Iglesia «
aparece también adornada con los diversos dones de sus hijos, como una esposa
que se ha arreglado para su esposo (cf. Ap 21, 2) »y es enriquecida con todos los
medios para desarrollar su misión en el mundo.
20. Los consejos evangélicos son, pues, ante todo un don de la Santísima Trinidad.
La vida consagrada es anuncio de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu,
realiza con su amor, su bondad y su belleza. En efecto, « el estado religioso [...]
revela de manera especial la superioridad del Reino sobre todo lo creado y sus
exigencias radicales. Muestra también a todos los hombres la grandeza extraordinaria
del poder de Cristo Rey y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas
en su Iglesia ».rimer objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles las
maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas llamadas. Más que
con palabras, testimonian estas maravillas con el lenguaje elocuente de una
existencia transfigurada, capaz de sorprender al mundo. Al asombro de los hombres
responden con el anuncio de los prodigios de gracia que el Señor realiza en los que
ama. En la medida en que la persona consagrada se deja conducir por el Espíritu
hasta la cumbre de la perfección, puede exclamar: « Veo la belleza de tu gracia,
contemplo su fulgor y reflejo su luz; me arrebata su esplendor indescriptible; soy
empujado fuera de mí mientras pienso en mí mismo; veo cómo era y qué soy ahora.
¡Oh prodigio! Estoy atento, lleno de respeto hacia mí mismo, de reverencia y de
temor, como si fuera ante ti; no sé qué hacer porque la timidez me domina; no sé
dónde sentarme, a dónde acercarme, dónde reclinar estos miembros que son tuyos;
en qué obras ocupar estas sorprendentes maravillas divinas ».De este modo, la vida
consagrada se convierte en una de las huellas concretas que la Trinidad deja en la
historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la
belleza divina.
24. La persona consagrada, en las diversas formas de vida suscitadas por el Espíritu
a lo largo de la historia, experimenta la verdad de Dios-Amor de un modo tanto más
inmediato y profundo cuanto más se coloca bajo la Cruz de Cristo. Aquel que en su
muerte aparece ante los ojos humanos desfigurado y sin belleza hasta el punto de
mover a los presentes a cubrirse el rostro (cf. Is 53, 2-3), precisamente en la Cruz
manifiesta en plenitud la belleza y el poder del amor de Dios. San Agustín lo canta
así: « Hermoso siendo Dios, Verbo en Dios [...] Es hermoso en el cielo y es hermoso
en la tierra; hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en
los milagros, hermoso en los azotes; hermoso invitado a la vida, hermoso no
preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida, hermoso tomándola; hermoso
en la cruz, hermoso en el sepulcro y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo el cántico,
y la flaqueza de su carne no aparte de vuestros ojos el esplendor de su hermosura
».a vida consagrada refleja este esplendor del amor, porque confiesa, con su fidelidad
al misterio de la Cruz, creer y vivir del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
De este modo contribuye a mantener viva en la Iglesia la conciencia de que la Cruz
es la sobreabundancia del amor de Dios que se derrama sobre este mundo, el gran
signo de la presencia salvífica de Cristo. Y esto especialmente en las dificultades y
pruebas. Es lo que testimonian continuamente y con un valor digno de profunda
admiración un gran número de personas consagradas, que con frecuencia viven en
situaciones difíciles, incluso de persecución y martirio. Su fidelidad al único Amor se
manifiesta y se fortalece en la humildad de una vida oculta, en la aceptación de los
sufrimientos para completar lo que en la propia carne « falta a las tribulaciones de
Cristo » (Col 1, 24), en el sacrificio silencioso, en el abandono a la santa voluntad de
Dios, en la serena fidelidad incluso ante el declive de las fuerzas y del propio
ascendiente. De la fidelidad a Dios nace también la entrega al prójimo, que las
personas consagradas viven no sin sacrificio en la constante intercesión por las
necesidades de los hermanos, en el servicio generoso a los pobres y a los enfermos,
en el compartir las dificultades de los demás y en la participación solícita en las
preocupaciones y pruebas de la Iglesia.
25. Del misterio pascual surge además la misión, dimensión que determina toda la
vida eclesial. Ella tiene una realización específica propia en la vida consagrada. En
efecto, más allá incluso de los carismas propios de los Institutos dedicados a la
misión ad gentes o empeñados en una actividad de tipo propiamente apostólica, se
puede decir que la misión está inscrita en el corazón mismo de cada forma de vida
consagrada. En la medida en que el consagrado vive una vida únicamente entregada
al Padre (cf. Lc 2, 49; Jn 4, 34), sostenida por Cristo (cf. Jn 15, 16; Gl 1, 15-16),
animada por el Espíritu (cf. Lc 24, 49; Hch 1, 8; 2, 4), coopera eficazmente a la misión
del Señor Jesús (cf. Jn 20, 21), contribuyendo de forma particularmente profunda a la
renovación del mundo.El primer cometido misionero las personas consagradas lo
tienen hacia sí mismas, y lo llevan a cabo abriendo el propio corazón a la acción del
Espíritu de Cristo. Su testimonio ayuda a toda la Iglesia a recordar que en primer
lugar está el servicio gratuito a Dios, hecho posible por la gracia de Cristo,
comunicada al creyente mediante el don del Espíritu. De este modo se anuncia al
mundo la paz que desciende del Padre, la entrega que el Hijo testimonia y la alegría
que es fruto del Espíritu Santo.Las personas consagradas serán misioneras ante todo
profundizando continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y escogidas
por Dios, al cual deben pues orientar toda su vida y ofrecer todo lo que son y tienen,
liberándose de los impedimentos que pudieran frenar la total respuesta de amor. De
este modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo en el mundo. Su estilo de
vida debe transparentar también el ideal que profesan, proponiéndose como signo
vivo de Dios y como elocuente, aunque con frecuencia silenciosa, predicación del
Evangelio.Siempre, pero especialmente en la cultura contemporánea, con frecuencia
tan secularizada y sin embargo sensible al lenguaje de los signos, la Iglesia debe
preocuparse de hacer visible su presencia en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a
esperar una aportación significativa al respecto de las personas consagradas,
llamadas a dar en cada situación un testimonio concreto de su pertenencia a
Cristo.Puesto que el hábito es signo de consagración, de pobreza y de pertenencia a
una determinada familia religiosa, junto con los Padres del Sínodo recomiendo
vivamente a los religiosos y a las religiosas que usen el propio hábito, adaptado
oportunamente a las circunstancias de los tiempos y de los lugares.Allí donde válidas
exigencias apostólicas lo requieran, conforme a las normas del propio Instituto,
podrán emplear también un vestido sencillo y decoroso, con un símbolo adecuado, de
modo que sea reconocible su consagración.Los Institutos que desde su origen o por
disposición de sus constituciones no prevén un hábito propio, procuren que el vestido
de sus miembros responda, por dignidad y sencillez, a la naturaleza de su vocación.
26. Debido a que hoy las preocupaciones apostólicas son cada vez más urgentes y la
dedicación a las cosas de este mundo corre el riesgo de ser siempre más absorbente,
es particularmente oportuno llamar la atención sobre la naturaleza escatológica de la
vida consagrada.« Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón » (Mt 6, 21): el
tesoro único del Reino suscita el deseo, la espera, el compromiso y el testimonio. En
la Iglesia primitiva la espera de la venida del Señor se vivía de un modo
particularmente intenso. A pesar del paso de los siglos la Iglesia no ha dejado de
cultivar esta actitud de esperanza: ha seguido invitando a los fieles a dirigir la mirada
hacia la salvación que va a manifestarse, « porque la apariencia de este mundo pasa
» (1 Co 7, 31; cf. 1 Pt 1, 3-6).n este horizonte es donde mejor se comprende el papel
de signo escatológico propio de la vida consagrada. En efecto, es constante la
doctrina que la presenta como anticipación del Reino futuro. El Concilio Vaticano II
vuelve a proponer esta enseñanza cuando afirma que la consagración « anuncia ya la
resurrección futura y la gloria del reino de los cielos ».Esto lo realiza sobre todo la
opción por la virginidad, entendida siempre por la tradición como una anticipación del
mundo definitivo, que ya desde ahora actúa y transforma al hombre en su
totalidad.Las personas que han dedicado su vida a Cristo viven necesariamente con
el deseo de encontrarlo para estar finalmente y para siempre con El. De aquí la
ardiente espera, el deseo de « sumergirse en el Fuego de amor que arde en ellas y
que no es otro que el Espíritu Santo »,espera y deseo sostenidos por los dones que el
Señor concede libremente a quienes aspiran a las cosas de arriba (cf. Col 3, 1).Fijos
los ojos en el Señor, la persona consagrada recuerda que « no tenemos aquí ciudad
permanente » (Hb 13, 14), porque « somos ciudadanos del cielo » (Flp 3, 20). Lo
único necesario es buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33), invocando
incesantemente la venida del Señor.
27. « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22, 20). Esta espera es lo más opuesto a la inercia:
aunque dirigida al Reino futuro, se traduce en trabajo y misión, para que el Reino se
haga presente ya ahora mediante la instauración del espíritu de las
Bienaventuranzas, capaz de suscitar también en la sociedad humana actitudes
eficaces de justicia, paz, solidaridad y perdón.Esto lo ha demostrado ampliamente la
historia de la vida consagrada, que siempre ha producido frutos abundantes también
para el mundo. Con sus carismas las personas consagradas llegan a ser un signo del
Espíritu para un futuro nuevo, iluminado por la fe y por la esperanza cristiana. La
tensión escatológica se convierte en misión, para que el Reino se afirme de modo
creciente aquí y ahora. A la súplica: « ¡Ven, Señor Jesús! », se une otra invocación: «
¡Venga tu Reino! » (Mt 6, 10).Quien espera vigilante el cumplimiento de las promesas
de Cristo es capaz de infundir también esperanza entre sus hermanos y hermanas,
con frecuencia desconfiados y pesimistas respecto al futuro. Su esperanza está
fundada sobre la promesa de Dios contenida en la Palabra revelada: la historia de los
hombres camina hacia « un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap 21, 1), en los que el
Señor « enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni
gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado » (Ap 21, 4).La vida consagrada
está al servicio de esta definitiva irradiación de la gloria divina, cuando toda carne
verá la salvación de Dios (cf. Lc 3, 6; Is 40, 5). El Oriente cristiano destaca esta
dimensión cuando considera a los monjes como ángeles de Dios sobre la tierra, que
anuncian la renovación del mundo en Cristo. En Occidente el monacato es
celebración de memoria y vigilia: memoria de las maravillas obradas por Dios, vigilia
del cumplimiento último de la esperanza. El mensaje del monacato y de la vida
contemplativa repite incesantemente que la primacía de Dios es plenitud de sentido y
de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su
corazón estará inquieto hasta que descanse en El.
31. Las diversas formas de vida en las que, según el designio del Señor Jesús, se
articula la vida eclesial presentan relaciones recíprocas sobre las que interesa
detenerse.Todos los fieles, en virtud de su regeneración en Cristo, participan de una
dignidad común; todos son llamados a la santidad; todos cooperan a la edificación del
único Cuerpo de Cristo, cada uno según su propia vocación y el don recibido del
Espíritu (cf. Rm 12, 38).La igual dignidad de todos los miembros de la Iglesia es obra
del Espíritu; está fundada en el Bautismo y la Confirmación y corroborada por la
Eucaristía. Sin embargo, también es obra del Espíritu la variedad de formas. El
constituye la Iglesia como una comunión orgánica en la diversidad de vocaciones,
carismas y ministerios.as vocaciones a la vida laical, al ministerio ordenado y a la vida
consagrada se pueden considerar paradigmáticas, dado que todas las vocaciones
particulares, bajo uno u otro aspecto, se refieren o se reconducen a ellas,
consideradas separadamente o en conjunto, según la riqueza del don de Dios.
Además, están al servicio unas de otras para el crecimiento del Cuerpo de Cristo en
la historia y para su misión en el mundo. Todos en la Iglesia son consagrados en el
Bautismo y en la Confirmación, pero el ministerio ordenado y la vida consagrada
suponen una vocación distinta y una forma específica de consagración, en razón de
una misión peculiar.La consagración bautismal y crismal, común a todos los
miembros del Pueblo de Dios, es fundamento adecuado de la misión de los laicos, de
los que es propio « el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios ».Los ministros ordenados, además de esta
consagración fundamental, reciben la consagración en la Ordenación para continuar
en el tiempo el ministerio apostólico. Las personas consagradas, que abrazan los
consejos evangélicos, reciben una nueva y especial consagración que, sin ser
sacramental, las compromete a abrazar —en el celibato, la pobreza y la obediencia—
la forma de vida practicada personalmente por Jesús y propuesta por El a los
discípulos. Aunque estas diversas categorías son manifestaciones del único misterio
de Cristo, los laicos tienen como aspecto peculiar, si bien no exclusivo, el carácter
secular, los pastores el carácter ministerial y los consagrados la especial
conformación con Cristo virgen, pobre y obediente.
El valor especial de la vida consagrada
32. En este armonioso conjunto de dones, se confía a cada uno de los estados de
vida fundamentales la misión de manifestar, en su propia categoría, una u otra de las
dimensiones del único misterio de Cristo. Si la vida laical tiene la misión particular de
anunciar el Evangelio en medio de las realidades temporales, en el ámbito de la
comunión eclesial desarrollan un ministerio insustituible los que han recibido el Orden
sagrado, especialmente los Obispos. Ellos tienen la tarea de apacentar el Pueblo de
Dios con la enseñanza de la Palabra, la administración de los Sacramentos y el
ejercicio de la potestad sagrada al servicio de la comunión eclesial, que es comunión
orgánica, ordenada jerárquicamente.omo expresión de la santidad de la Iglesia, se
debe reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el mismo
modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una manifestación
particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa del fin
de la Iglesia que es la santificación de la humanidad. La vida consagrada anuncia y,
en cierto sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando, alcanzada la plenitud del Reino de
los cielos presente ya en germen y en el misterio,los hijos de la resurrección no
tomarán mujer o marido, sino que serán como ángeles de Dios (cf. Mt 22, 30).En
efecto, la excelencia de la castidad perfecta por el Reino,considerada con razón la «
puerta » de toda la vida consagrada,es objeto de la constante enseñanza de la
Iglesia. Esta manifiesta, al mismo tiempo, gran estima por la vocación al matrimonio,
que hace de los cónyuges « testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre
Iglesia como símbolo y participación de aquel amor con el que Cristo amó a su
esposa y se entregó por ella ».n este horizonte común a toda la vida consagrada, se
articulan vías distintas entre sí, pero complementarias. Los religiosos y las religiosas
dedicados íntegramente a la contemplación son en modo especial imagen de Cristo
en oración en el monte.Las personas consagradas de vida activa lo manifiestan «
anunciando a las gentes el Reino de Dios, curando a los enfermos y lisiados,
convirtiendo a los pecadores en fruto bueno, bendiciendo a los niños y haciendo el
bien a todos ».Las personas consagradas en los Institutos seculares realizan un
servicio particular para la venida del Reino de Dios, uniendo en una síntesis
específica el valor de la consagración y el de la secularidad. Viviendo su
consagración en el mundo y a partir del mundo,« se esfuerzan por impregnar todas
las cosas con el espíritu evangélico, para fortaleza y crecimiento del Cuerpo de Cristo
».Participan, para ello, en la obra evangelizadora de la Iglesia mediante el testimonio
personal de vida cristiana, el empeño por ordenar según Dios las realidades
temporales, la colaboración en el servicio de la comunidad eclesial, de acuerdo con el
estilo de vida secular que les es propio.
35. « Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo » (Mt 17, 6).
Los sinópticos ponen de relieve en el episodio de la Transfiguración, con matices
diversos, el temor de los discípulos. El atractivo del rostro transfigurado de Cristo no
impide que se sientan atemorizados ante la Majestad divina que los envuelve.
Siempre que el hombre experimenta la gloria de Dios se da cuenta también de su
pequeñez y de aquí surge una sensación de miedo. Este temor es saludable.
Recuerda al hombre la perfección divina, y al mismo tiempo lo empuja con una
llamada urgente a la « santidad ».Todos los hijos de la Iglesia, llamados por el Padre
a « escuchar » a Cristo, deben sentir una profunda exigencia de conversión y de
santidad. Pero, como se ha puesto de relieve en el Sínodo, esta exigencia se refiere
en primer lugar a la vida consagrada. En efecto, la vocación de las personas
consagradas a buscar ante todo el Reino de Dios es, principalmente, una llamada a la
plena conversión, en la renuncia de sí mismo para vivir totalmente en el Señor, para
que Dios sea todo en todos. Los consagrados, llamados a contemplar y testimoniar el
rostro « transfigurado » de Cristo, son llamados también a una existencia
transfigurada.A este respecto, es significativo lo expresado en la Relación final de la II
Asamblea extraordinaria del Sínodo: « Los santos y santas han sido siempre fuente y
origen de renovación en las circunstancias más difíciles a lo largo de toda la historia
de la Iglesia. Hoy necesitamos fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos. Los
Institutos de vida consagrada, por la profesión de los consejos evangélicos, sean
conscientes de su misión especial en la Iglesia de hoy, y nosotros debemos animarlos
en esa misión ».De estas consideraciones se han hecho eco los Padres de la IX
Asamblea sinodal, afirmando: « La vida consagrada ha sido a través de la historia de
la Iglesia una presencia viva de esta acción del Espíritu, como un espacio privilegiado
de amor absoluto a Dios y al prójimo, testimonio del proyecto divino de hacer de toda
la humanidad, dentro de la civilización del amor, la gran familia de los hijos de Dios
».a Iglesia ha visto siempre en la profesión de los consejos evangélicos un camino
privilegiado hacia la santidad. Las mismas expresiones con las que la define —
escuela del servicio del Señor, escuela de amor y santidad, camino o estado de
perfección— indican tanto la eficacia y riqueza de los medios propios de esta forma
de vida evangélica, como el empeño particular de quienes la abrazan.No es casual
que a lo largo de los siglos tantos consagrados hayan dejado testimonios elocuentes
de santidad y hayan realizado empresas de evangelización y de servicio
particularmente generosas y arduas.
Fidelidad al carisma
Fidelidad creativa
37. Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la
santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos
que surgen en el mundo de hoy.Esta invitación es sobre todo una llamada a
perseverar en el camino de santidad a través de las dificultades materiales y
espirituales que marcan la vida cotidiana. Pero es también llamada a buscar la
competencia en el propio trabajo y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión,
adaptando sus formas, cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las
diversas necesidades, en plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento
eclesial. Debe permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía de toda
renovación que pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de la
conformación cada vez más plena con el Señor.n este espíritu, vuelve a ser hoy
urgente para cada Instituto la necesidad de una referencia renovada a la Regla,
porque en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de seguimiento,
caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia. Una creciente
atención a la Regla ofrecerá a las personas consagradas un criterio seguro para
buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de responder a las exigencias
del momento sin alejarse de la inspiración inicial.
Promover la santidad
39. Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso de santidad por parte
de las personas consagradas para favorecer y sostener el esfuerzo de todo cristiano
por la perfección. « Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de
santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de
oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del
más necesitado ».Las personas consagradas, en la medida en que profundizan su
propia amistad con Dios, se hacen capaces de ayudar a los hermanos y hermanas
mediante iniciativas espirituales válidas, como escuelas de oración, ejercicios y retiros
espirituales, jornadas de soledad, escucha y dirección espiritual. De este modo se
favorece el progreso en la oración de personas que podrán después realizar un mejor
discernimiento de la voluntad de Dios sobre ellas y emprender opciones valientes, a
veces heroicas, exigidas por la fe. En efecto, las personas consagradas « a través de
su ser más íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo
Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta santidad de la que dan testimonio
».El hecho de que todos sean llamados a la santidad debe animar más aún a
quienes, por su misma opción de vida, tienen la misión de recordarlo a los demás.
40. « Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: ?Levantaos, no tengáis miedo' » (Mt
17, 7). Como los tres apóstoles en el episodio de la Transfiguración, las personas
consagradas saben por experiencia que no siempre su vida es iluminada por aquel
fervor sensible que hace exclamar: « Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Sin
embargo, es siempre una vida « tocada » por la mano de Cristo, conducida por su voz
y sostenida por su gracia.« Levantaos, no tengáis miedo ». Esta invitación del
Maestro se dirige obviamente a cada cristiano. Pero con mayor motivo a quien ha
sido llamado a « dejarlo todo » y, por consiguiente, a « arriesgarlo todo » por Cristo.
De modo especial es válida siempre que, con el Maestro, se baja del « monte » para
tomar el camino que lleva del Tabor al Calvario.Al decir que Moisés y Elías hablaban
con Cristo sobre su misterio pascual, Lucas emplea significativamente el término «
partida » (éxodos): « Hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén » (Lc 9,
31). « Exodo »: término fundamental de la revelación, al que se refiere toda la historia
de la salvación, y que expresa el sentido profundo del misterio pascual. Tema
particularmente vinculado a la espiritualidad de la vida consagrada y que manifiesta
bien su significado. En él se contiene inevitablemente lo que pertenece al mysterium
Crucis. Sin embargo, este comprometido « camino de éxodo », visto desde la
perspectiva del Tabor, aparece como un camino entre dos luces: la luz anticipadora
de la Transfiguración y la definitiva de la Resurrección.La vocación a la vida
consagrada —en el horizonte de toda la vida cristiana—, a pesar de sus renuncias y
sus pruebas, y más aún gracias a ellas, es camino « de luz », sobre el que vela la
mirada del Redentor: « Levantaos, no tengáis miedo ».
CAPITULO II
SIGNUM FRATERNITATIS
I. VALORES PERMANENTES
A imagen de la Trinidad
41. Durante su vida terrena, Jesús llamó a quienes El quiso, para tenerlos junto a sí y
para enseñarles a vivir según su ejemplo, para el Padre y para la misión que el Padre
le había encomendado (cf. Mc 3, 13-15). Inauguraba de este modo una nueva familia
de la cual habrían de formar parte a través de los siglos todos aquellos que estuvieran
dispuestos a « cumplir la voluntad de Dios » (cf. Mc 3, 32-35). Después de la
Ascensión, gracias al don del Espíritu, se constituyó en torno a los Apóstoles una
comunidad fraterna, unida en la alabanza a Dios y en una concreta experiencia de
comunión (cf. Hch 2, 42-47; 4, 32-35). La vida de esta comunidad y, sobre todo, la
experiencia de la plena participación en el misterio de Cristo vivida por los Doce, han
sido el modelo en el que la Iglesia se ha inspirado siempre que ha querido revivir el
fervor de los orígenes y reanudar su camino en la historia con un renovado vigor
evangélico.En realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de comunión, «
muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo ».La
vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio, configurándose
como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así en la historia los
dones de la comunión que son propios de las tres Personas divinas. Los ámbitos y las
modalidades en que se manifiesta la comunión fraterna en la vida eclesial son
muchos. La vida consagrada posee ciertamente el mérito de haber contribuido
eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como
confesión de la Trinidad. Con la constante promoción del amor fraterno en la forma de
vida común, la vida consagrada pone de manifiesto que la participación en la
comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo
de solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la
comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta conducen. Las personas
consagradas, en efecto, viven « para » Dios y « de » Dios. Por eso precisamente
pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas
disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones sociales.
La misión de la autoridad
43. En la vida consagrada ha tenido siempre una gran importancia la función de los
Superiores y de las Superioras, incluidos los locales, tanto para la vida espiritual
como para la misión. En estos años de búsqueda y de transformaciones, se ha
sentido a veces la necesidad de revisar este cargo. Pero es preciso reconocer que
quien ejerce la autoridad no puede abdicar de su cometido de primer responsable de
la comunidad, como guía de los hermanos y hermanas en el camino espiritual y
apostólico.En ambientes marcados fuertemente por el individualismo, no resulta fácil
reconocer y acoger la función que la autoridad desempeña para provecho de todos.
Pero se debe reafirmar la importancia de este cargo, que se revela necesario
precisamente para consolidar la comunión fraterna y para que no sea vana la
obediencia profesada. Si bien es cierto que la autoridad debe ser ante todo fraterna y
espiritual, y que quien la detenta debe consecuentemente saber involucrar mediante
el diálogo a los hermanos y hermanas en el proceso de decisión, conviene recordar,
sin embargo, que la última palabra corresponde a la autoridad, a la cual compete
también hacer respetar las decisiones tomadas.
44. En la vida fraterna tiene un lugar importante el cuidado de los ancianos y de los
enfermos, especialmente en un momento como éste, en el que en ciertas regiones
del mundo aumenta el número de las personas consagradas ya entradas en años.
Los cuidados solícitos que merecen no se basan únicamente en un deber de caridad
y de reconocimiento, sino que manifiestan también la convicción de que su testimonio
es de gran ayuda a la Iglesia y a los Institutos, y de que su misión continúa siendo
válida y meritoria, aun cuando, por motivos de edad o de enfermedad, se hayan visto
obligados a dejar sus propias actividades. Ellos tienen ciertamente mucho que dar en
sabiduría y experiencia a la comunidad, si ésta sabe estar cercana a ellos con
atención y capacidad de escucha.En realidad la misión apostólica, antes que en la
acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena a la voluntad salvífica del
Señor, entrega que se alimenta en la oración y la penitencia. Los ancianos, pues,
están llamados a vivir su vocación de muchas maneras: la oración asidua, la
aceptación paciente de su propia condición, la disponibilidad para el servicio de la
dirección espiritual, la confesión y la guía en la oración.
47. Las personas consagradas están llamadas a ser fermento de comunión misionera
en la Iglesia universal por el hecho mismo de que los múltiples carismas de los
respectivos Institutos son otorgados por el Espíritu para el bien de todo el Cuerpo
místico, a cuya edificación deben servir (cf. 1 Co 12, 4-11). Es significativo que, en
palabras del Apóstol, el « camino más excelente » (1 Co 12, 31), el más grande de
todos, es la caridad (cf. 1 Co 13, 13), la cual armoniza todas las diversidades e
infunde en todos la fuerza del apoyo mutuo en la acción apostólica. A esto tiende
precisamente el peculiar vínculo de comunión, que las varias formas de vida
consagrada y las Sociedades de vida apostólica tienen con el Sucesor de Pedro en
su ministerio de unidad y de universalidad misionera. La historia de la espiritualidad
ilustra profusamente esta vinculación, poniendo de manifiesto su función providencial
como garantía tanto de la identidad propia de la vida consagrada, como de la
expansión misionera del Evangelio. Sin la contribución de tantos Institutos de vida
consagrada y Sociedades de vida apostólica —como han hecho notar los Padres
sinodales—, sería impensable la vigorosa difusión del anuncio evangélico, el firme
enraizamiento de la Iglesia en tantas regiones del mundo, y la primavera cristiana que
hoy se constata en las jóvenes Iglesias. Ellos han mantenido firme a través de los
siglos la comunión con los Sucesores de Pedro, los cuales, a su vez, han encontrado
en estos Institutos una actitud pronta y generosa para dedicarse a la misión, con una
disponibilidad que, llegado el caso, ha alcanzado el verdadero heroísmo.Emerge de
este modo el carácter de universalidad y de comunión que es peculiar de los Institutos
de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica. Por la connotación
supradiocesana, que tiene su raíz en la especial vinculación con el ministerio petrino,
ellos están también al servicio de la colaboración entre las diversas Iglesias
particulares,en las cuales pueden promover eficazmente el « intercambio de dones »,
contribuyendo así a una inculturación del Evangelio que asume, purifica y valora la
riqueza de las culturas de todos los pueblos.El florecer de vocaciones a la vida
consagrada en las Iglesias jóvenes sigue manifestando hoy la capacidad que ésta
tiene de expresar, en la unidad católica, las exigencias de los diversos pueblos y
culturas.
48. Las personas consagradas tienen también un papel significativo dentro de las
Iglesias particulares. Este es un aspecto que, a partir de la doctrina conciliar sobre la
Iglesia como comunión y misterio, y sobre las Iglesias particulares como porción del
Pueblo de Dios, en las que « está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de
Cristo una, santa, católica y apostólica »,ha sido desarrollado y regulado por varios
documentos sucesivos. A la luz de estos textos aparece con toda evidencia la
importancia que reviste la colaboración de las personas consagradas con los Obispos
para el desarrollo armonioso de la pastoral diocesana. Los carismas de la vida
consagrada pueden contribuir poderosamente a la edificación de la caridad en la
Iglesia particular.Las diversas formas de vivir los consejos evangélicos son, en efecto,
expresión y fruto de los dones espirituales recibidos por fundadores y fundadoras y,
en cuanto tales, constituyen una « experiencia del Espíritu, transmitida a los propios
discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada
constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne ».La
índole propia de cada Instituto comporta un estilo particular de santificación y de
apostolado, que tiende a consolidarse en una determinada tradición caracterizada por
elementos objetivos.Por eso la Iglesia procura que los Institutos crezcan y se
desarrollen según el espíritu de los fundadores y de las fundadoras, y de sus sanas
tradiciones.or consiguiente, se reconoce a cada uno de los Institutos una justa
autonomía, gracias a la cual pueden tener su propia disciplina y conservar íntegro su
patrimonio espiritual y apostólico. Cometido del Ordinario del lugar es conservar y
tutelar esta autonomía.Se pide por tanto a los Obispos que acojan y estimen los
carismas de la vida consagrada, reservándoles un espacio en los proyectos de la
pastoral diocesana. Deben tener especial solicitud con los Institutos de derecho
diocesano, que están confiados de modo particular al cuidado del Obispo del lugar.
Una diócesis que quedara sin vida consagrada, además de perder tantos dones
espirituales, ambientes apropiados para la búsqueda de Dios, actividades apostólicas
y metodologías pastorales específicas, correría el riesgo de ver muy debilitado su
espíritu misionero, que es una característica de la mayoría de los Institutos.Se debe
por tanto corresponder al don de la vida consagrada que el Espíritu suscita en la
Iglesia particular, acogiéndolo con generosidad y con sentimientos de gratitud al
Señor.
50. Para promover el conocimiento recíproco, que es requisito obligado de una eficaz
cooperación, sobre todo en el ámbito pastoral, es siempre oportuno un constante
diálogo de los Superiores y Superioras de los Institutos de vida consagrada y de las
Sociedades de vida apostólica con los Obispos. Gracias a estos contactos habituales,
los Superiores y Superioras podrán informar a los Obispos sobre las iniciativas
apostólicas que desean emprender en sus diócesis, para llegar con ellos a los
necesarios acuerdos operativos. Del mismo modo, conviene que sean invitadas a
asistir a las asambleas de las Conferencias de Obispos personas delegadas de las
Conferencias de Superiores y Superioras mayores, y que, viceversa, delegados de
las Conferencias episcopales sean invitados a las Conferencias de Superiores y
Superioras mayores, según las modalidades que se determinen. En esta perspectiva
será de gran utilidad que, allí donde aún no existan, se constituyan y sean operativas
a nivel nacional comisiones mixtas de Obispos y Superiores y Superioras
mayores,que examinen juntos los problemas de interés común. Contribuirá también a
un mejor conocimiento recíproco la inserción de la teología y de la espiritualidad de la
vida consagrada en el plan de estudios teológicos de los presbíteros diocesanos, así
como la previsión en la formación de las personas consagradas de un adecuado
estudio de la teología de la Iglesia particular y de la espiritualidad del clero
diocesano.inalmente, es consolador el recuerdo de cómo, en el Sínodo, no sólo han
tenido lugar numerosas intervenciones sobre la doctrina de la comunión, sino que se
ha vivido una satisfactoria experiencia de diálogo, en un clima de recíproca apertura y
confianza entre los Obispos y los religiosos y las religiosas presentes. Esto ha
suscitado el deseo de que « tal experiencia espiritual de comunión y de colaboración
se extienda a toda la Iglesia » incluso después del Sínodo.Es un auspicio que hago
mío, para que aumente en todos la mentalidad y la espiritualidad de comunión.
Organismos de coordinación
54. Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comunión en estos últimos
años ha sido la toma de conciencia de que sus diversos miembros pueden y deben
aunar esfuerzos, en actitud de colaboración e intercambio de dones, con el fin de
participar más eficazmente en la misión eclesial. De este modo se contribuye a
presentar una imagen más articulada y completa de la Iglesia, a la vez que resulta
más fácil dar respuestas a los grandes retos de nuestro tiempo con la aportación coral
de los diferentes dones.En el caso de los Institutos monásticos y contemplativos, las
relaciones con los laicos se caracterizan principalmente por una vinculación espiritual,
mientras que, en aquellos Institutos comprometidos en la dimensión apostólica, se
traducen en formas de cooperación pastoral. Los miembros de los Institutos
seculares, laicos o clérigos, por su parte, entran en contacto con los otros fieles en las
formas ordinarias de la vida cotidiana. Debido a las nuevas situaciones, no pocos
Institutos han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los
laicos. Estos son invitados por tanto a participar de manera más intensa en la
espiritualidad y en la misión del Instituto mismo. En continuidad con las experiencias
históricas de las diversas Ordenes seculares o Terceras Ordenes, se puede decir que
se ha comenzado un nuevo capítulo, rico de esperanzas, en la historia de las
relaciones entre las personas consagradas y el laicado.
55. Estos nuevos caminos de comunión y de colaboración merecen ser alentados por
diversos motivos. En efecto, de ello se podrá derivar ante todo una irradiación activa
de la espiritualidad más allá de las fronteras del Instituto, que contará con nuevas
energías, asegurando así a la Iglesia la continuidad de algunas de sus formas más
típicas de servicio. Otra consecuencia positiva podrá consistir también en el aunar
esfuerzos entre personas consagradas y laicos en orden a la misión: movidos por el
ejemplo de santidad de las personas consagradas, los laicos serán introducidos en la
experiencia directa del espíritu de los consejos evangélicos y animados a vivir y
testimoniar el espíritu de las Bienaventuranzas para transformar el mundo según el
corazón de Dios.o es raro que la participación de los laicos lleve a descubrir
inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos del carisma, suscitando
una interpretación más espiritual, e impulsando a encontrar válidas indicaciones para
nuevos dinamismos apostólicos. Cualquiera que sea la actividad o el ministerio que
ejerzan, las personas consagradas recordarán por tanto su deber de ser ante todo
guías expertas de vida espiritual, y cultivarán en esta perspectiva « el talento más
precioso: el espíritu ».A su vez, los laicos ofrecerán a las familias religiosas la rica
aportación de su secularidad y de su servicio específico.
58. Urge por tanto dar algunos pasos concretos, comenzando por abrir espacios de
participación a las mujeres en diversos sectores y a todos los niveles, incluidos
aquellos procesos en que se elaboran las decisiones, especialmente en los asuntos
que las conciernen más directamente.Es necesario también que la formación de las
mujeres consagradas, no menos que la de los hombres, sea adecuada a las nuevas
urgencias, y prevea el tiempo suficiente y las oportunidades institucionales necesarias
para una educación sistemática, que abarque todos los campos, desde el aspecto
teológico-pastoral hasta el profesional. La formación pastoral y catequética, siempre
importante, adquiere un interés especial de cara a la nueva evangelización, que exige
también de las mujeres nuevas formas de participación.Se puede pensar que una
formación más profunda, a la vez que ayudará a la mujer consagrada a comprender
mejor los propios dones, será un estímulo para la necesaria reciprocidad en el seno
de la Iglesia. Se espera mucho del genio de la mujer también en el campo de la
reflexión teológica, cultural y espiritual, no sólo en lo que se refiere a lo específico de
la vida consagrada femenina, sino también en la inteligencia de la fe en todas sus
manifestaciones. A este respecto, ¡cuánto debe la historia de la espiritualidad a
santas como Teresa de Jesús y Catalina de Siena, las dos primeras mujeres
honradas con el título de Doctoras de la Iglesia, y a tantas otras místicas, que han
sabido sondear el misterio de Dios y analizar su acción en el creyente! La Iglesia
confía mucho en las mujeres consagradas, de las que espera una aportación original
para promover la doctrina y las costumbres de la vida familiar y social, especialmente
en lo que se refiere a la dignidad de la mujer y al respeto de la vida humana.De
hecho, « las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda
determinante: les corresponde ser promotoras de un "nuevo feminismo" que, sin caer
en la tentación de seguir modelos "machistas", sepa reconocer y expresar el
verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia
ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia
y de explotación ».ay motivos para esperar que un reconocimiento más hondo de la
misión de la mujer provocará cada vez más en la vida consagrada femenina una
mayor conciencia del propio papel, y una creciente dedicación a la causa del Reino
de Dios. Esto podrá traducirse en numerosas actividades, como el compromiso por la
evangelización, la misión educativa, la participación en la formación de los futuros
sacerdotes y de las personas consagradas, la animación de las comunidades
cristianas, el acompañamiento espiritual y la promoción de los bienes fundamentales
de la vida y de la paz. Reitero de nuevo a las mujeres consagradas y a su
extraordinaria capacidad de entrega, la admiración y el reconocimiento de toda la
Iglesia, que las sostiene para que vivan en plenitud y con alegría su vocación, y se
sientan interpeladas por la insigne tarea de ayudar a formar la mujer de hoy.
59. Una atención particular merecen la vida monástica femenina y la clausura de las
monjas, por la gran estima que la comunidad cristiana siente hacia este género de
vida, que es signo de la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor,
profundamente amado. En efecto, la vida de las monjas de clausura, ocupadas
principalmente en la oración, en la ascesis y en el progreso ferviente de la vida
espiritual, « no es otra cosa que un viaje a la Jerusalén celestial y una anticipación de
la Iglesia escatológica, abismada en la posesión y contemplación de Dios ».A la luz
de esta vocación y misión eclesial, la clausura responde a la exigencia, sentida como
prioritaria, de estar con el Señor. Al elegir un espacio circunscrito como lugar de vida,
las claustrales participan en el anonadamiento de Cristo mediante una pobreza
radical que se manifiesta en la renuncia no sólo de las cosas, sino también del «
espacio », de los contactos externos, de tantos bienes de la creación. Este modo
singular de ofrecer el « cuerpo » las introduce de manera más sensible en el misterio
eucarístico. Se ofrecen con Jesús por la salvación del mundo. Su ofrecimiento,
además del aspecto de sacrificio y de expiación, adquiere la dimensión de la acción
de gracias al Padre, participando de la acción de gracias del Hijo predilecto.Radicada
en esta orientación espiritual, la clausura no es sólo un medio ascético de inmenso
valor, sino también un modo de vivir la Pascua de Cristo.De experiencia de « muerte
», se convierte en sobreabundancia de vida, constituyéndose como anuncio gozoso y
anticipación profética de la posibilidad, ofrecida a cada persona y a la humanidad
entera, de vivir únicamente para Dios, en Cristo Jesús (cf. Rm 6, 11). La clausura
evoca por tanto aquella celda del corazón en la que cada uno está llamado a vivir la
unión con el Señor. Acogida como don y elegida como libre respuesta de amor, la
clausura es el lugar de la comunión espiritual con Dios y con los hermanos y
hermanas, donde la limitación del espacio y de las relaciones con el mundo exterior
favorecen la interiorización de los valores evangélicos (cf. Jn 13, 34; Mt 5, 3.8).Las
comunidades claustrales, puestas como ciudades sobre el monte y luces en el
candelero (cf. Mt 5, 14-15), a pesar de la sencillez de vida, prefiguran visiblemente la
meta hacia la cual camina la entera comunidad eclesial que, « entregada a la acción y
dada a la contemplación »,se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija
en la futura recapitulación de todo en Cristo, cuando la Iglesia « se manifieste gloriosa
con su Esposo (cf. Col 3, 1-4) »,y Cristo « entregue a Dios Padre el Reino, después
de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad [...], para que Dios sea
todo en todo » (1 Co 15, 24.28).A estas queridísimas Hermanas, pues, expreso mi
reconocimiento, a la vez que las aliento a mantenerse fieles a la vida claustral según
el propio carisma. Gracias a su ejemplo, este género de vida continúa teniendo
numerosas vocaciones, atraídas por la radicalidad de una existencia « esponsal »,
dedicada totalmente a Dios en la contemplación. Como expresión del puro amor, que
vale más que cualquier obra, la vida contemplativa tiene también una extraordinaria
eficacia apostólica y misionera.os Padres sinodales han manifestado un gran aprecio
por los valores de la clausura, tomando en consideración al mismo tiempo diversas
peticiones sobre su disciplina concreta manifestadas desde varias partes. Las
indicaciones del Sínodo sobre este tema y, en particular, el propósito de otorgar una
mayor responsabilidad a las Superioras mayores en lo concerniente a la dispensa de
la clausura por causas justas y graves,serán objeto de consideración orgánica, en la
línea del camino de renovación ya actuado a partir del Concilio Vaticano II.De este
modo la clausura en sus varias formas y grados —de la clausura papal y
constitucional a la clausura monástica— se corresponderá mejor con la variedad de
los Institutos contemplativos y con las tradiciones de los monasterios.Como el mismo
Sínodo ha subrayado, se han de favorecer también las Asociaciones y Federaciones
entre monasterios, recomendadas ya por Pío XII y por el Concilio Ecuménico
Vaticano II,especialmente allí donde no existan otras formas eficaces de coordinación
y de asistencia, para custodiar y promover los valores de la vida contemplativa. En
efecto, tales agrupaciones, salvando siempre la legítima autonomía de los
monasterios, pueden ofrecer una ayuda válida para resolver adecuadamente
problemas comunes, como la oportuna renovación, la formación tanto inicial como
permanente, la mutua ayuda económica y la reorganización de los mismos
monasterios.
Institutos mixtos
Dificultades y perspectivas
63. En algunas regiones del mundo, los cambios sociales y la disminución del número
de vocaciones está haciendo mella en la vida consagrada. Las obras apostólicas de
muchos Institutos y su misma presencia en ciertas Iglesias locales están en peligro.
Como ya ha ocurrido otras veces en la historia, hay Institutos que corren incluso el
riesgo de desaparecer. La Iglesia universal les está sumamente agradecida por la
gran contribución que han dado a su edificación con el testimonio y el servicio.La
preocupación de hoy no anula sus méritos ni los frutos que han madurado gracias a
sus esfuerzos.En otros Institutos se plantea más bien el problema de la
reorganización de sus obras. Esta tarea, nada fácil y no pocas veces dolorosa,
requiere estudio y discernimiento a la luz de algunos criterios. Es preciso, por
ejemplo, salvaguardar el sentido del propio carisma, promover la vida fraterna, estar
atentos a las necesidades de la Iglesia tanto universal como particular, ocuparse de
aquello que el mundo descuida, responder generosamente y con audacia, aunque
sea con intervenciones obligadamente exiguas, a las nuevas pobrezas, sobre todo en
los lugares más abandonados.as dificultades provenientes de la disminución de
personal y de iniciativas, no deben en modo alguno hacer perder la confianza en la
fuerza evangélica de la vida consagrada, la cual será siempre actual y operante en la
Iglesia. Aunque cada Instituto no posea la prerrogativa de la perpetuidad, la vida
consagrada, sin embargo, continuará alimentando entre los fieles la respuesta de
amor a Dios y a los hermanos. Por eso es necesario distinguir entre las vicisitudes
históricas de un determinado Instituto o de una forma de vida consagrada, y la misión
eclesial de la vida consagrada como tal. Las primeras pueden cambiar con el mudar
de las situaciones, la segunda no puede faltar.Esto es verdad tanto para la vida
consagrada de tipo contemplativo, como para la dedicada a las obras de apostolado.
En su conjunto, bajo la acción siempre nueva del Espíritu, está destinada a continuar
como testimonio luminoso de la unidad indisoluble del amor a Dios y al prójimo, como
memoria viviente de la fecundidad, incluso humana y social, del amor de Dios. Las
nuevas situaciones de penuria han de ser afrontadas por tanto con la serenidad de
quien sabe que a cada uno se le pide no tanto el éxito, cuanto el compromiso de la
fidelidad. Lo que se debe evitar absolutamente es la debilitación de la vida
consagrada, que no consiste tanto en la disminución numérica, sino en la pérdida de
la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión. Por el contrario,
perseverando fielmente en ella, se confiesa, y con gran eficacia incluso ante el
mundo, la propia y firme confianza en el Señor de la historia, en cuyas manos están
los tiempos y los destinos de las personas, de las instituciones, de los pueblos y, por
tanto, también la actuación histórica de sus dones. Los dolorosos momentos de crisis
representan un apremio a las personas consagradas para que proclamen con
fortaleza la fe en la muerte y resurrección de Cristo, haciéndose así signo visible del
paso de la muerte a la vida.
66. Dios Padre, en el don continuo de Cristo y del Espíritu, es el formador por
excelencia de quien se consagra a El. Pero en esta obra El se sirve de la mediación
humana, poniendo al lado de los que El llama algunos hermanos y hermanas
mayores. La formación es pues una participación en la acción del Padre que,
mediante el Espíritu, infunde en el corazón de los jóvenes y de las jóvenes los
sentimientos del Hijo. Los formadores y las formadoras deben ser, por tanto,
personas expertas en los caminos que llevan a Dios, para poder ser así capaces de
acompañar a otros en este recorrido. Atentos a la acción de la gracia, deben indicar
aquellos obstáculos que a veces no resultan con tanta evidencia, pero, sobre todo,
mostrarán la belleza del seguimiento del Señor y el valor del carisma en que éste se
concretiza. A las luces de la sabiduría espiritual añadirán también aquellas que
provienen de los instrumentos humanos que pueden servir de ayuda, tanto en el
discernimiento vocacional, como en la formación del hombre nuevo auténticamente
libre. El principal instrumento de formación es el coloquio personal, que ha de tenerse
con regularidad y cierta frecuencia, y que constituye una práctica de comprobada e
insustituible eficacia.De cara a tareas tan delicadas, resulta verdaderamente
importante la preparación de formadores idóneos, que aseguren en su servicio una
gran sintonía con el camino seguido por toda la Iglesia. Será conveniente crear
estructuras adecuadas para la formación de los formadores, posiblemente en lugares
que permitan el contacto con la cultura en la que será ejercido después el propio
servicio pastoral. En esta obra formativa, los Institutos más arraigados ayuden a los
de fundación más reciente, mediante la aportación de algunos de sus mejores
miembros.
67. Puesto que la formación debe ser también comunitaria, su lugar privilegiado, para
los Institutos de vida religiosa y las Sociedades de vida apostólica, es la comunidad.
En ella se realiza la iniciación en la fatiga y en el gozo de la convivencia. En la
fraternidad cada uno aprende a vivir con quien Dios ha puesto a su lado, aceptando
tanto sus cualidades positivas como sus diversidades y sus límites. Aprende
especialmente a compartir los dones recibidos para la edificación de todos, puesto
que « a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común » (1
Co 12, 7).Al mismo tiempo, la vida comunitaria, ya desde la primera formación, debe
mostrar la dimensión intrínsecamente misionera de la consagración. Por ello, en los
Institutos de vida consagrada, será útil introducir durante el periodo de formación
inicial, y con el prudente acompañamiento del formador o formadora, experiencias
concretas que permitan ejercitar, en diálogo con la cultura circundante, las aptitudes
apostólicas, la capacidad de adaptación y el espíritu de iniciativa.Si de una parte es
importante que la persona consagrada se forme de modo progresivo una conciencia
evangélicamente crítica respecto a los valores y antivalores de la cultura, tanto de la
suya propia como de la que encontrará en el futuro campo de trabajo, de otra debe
ejercitarse en el difícil arte de la unidad de vida, de la mutua compenetración de la
caridad hacia Dios y hacia los hermanos y hermanas, haciendo propia la experiencia
de que la oración es el alma del apostolado, pero también de que el apostolado
vivifica y estimula la oración.
68. Se recomienda también a los Institutos femeninos y a los masculinos, por lo que
se refiere a los religiosos hermanos, un periodo explícitamente formativo, que se
prolongue hasta la profesión perpetua. Esto vale substancialmente también para las
comunidades claustrales, que han de elaborar un programa adecuado para lograr
una auténtica formación para la vida contemplativa y su peculiar misión en la
Iglesia.Los Padres sinodales han invitado vivamente a todos los Institutos de vida
consagrada y a las Sociedades de vida apostólica a elaborar cuanto antes una ratio
institutionis, es decir, un proyecto de formación inspirado en el carisma institucional,
en el cual se presente de manera clara y dinámica el camino a seguir para asimilar
plenamente la espiritualidad del propio Instituto. La ratio responde hoy a una
verdadera urgencia: de un lado indica el modo de transmitir el espíritu del Instituto,
para que sea vivido en su autenticidad por las nuevas generaciones, en la diversidad
de las culturas y de las situaciones geográficas; de otro, muestra a las personas
consagradas los medios para vivir el mismo espíritu en las varias fases de la
existencia, progresando hacia la plena madurez de la fe en Cristo.Si bien es cierto
que la renovación de la vida consagrada depende principalmente de la formación,
también es verdad que ésta, a su vez, está unida a la capacidad de proponer un
método rico de sabiduría espiritual y pedagógica, que conduzca de manera
progresiva a quienes desean consagrarse a asumir los sentimientos de Cristo, el
Señor. La formación es un proceso vital a través del cual la persona se convierte al
Verbo de Dios desde lo más profundo de su ser y, al mismo tiempo, aprende el arte
de buscar los signos de Dios en las realidades del mundo. En una época de creciente
marginación de los valores religiosos por parte de la cultura, este aspecto de la
formación resulta doblemente importante: gracias a él la persona consagrada no sólo
puede continuar a « ver » con los ojos de la fe a Dios en un mundo que ignora su
presencia, sino que consigue incluso hacer « sensible » en cierto modo su presencia
mediante el testimonio del propio carisma.
La formación permanente
69. La formación permanente, tanto para los Institutos de vida apostólica como para
los de vida contemplativa, es una exigencia intrínseca de la consagración religiosa. El
proceso formativo, como se ha dicho, no se reduce a la fase inicial, puesto que, por la
limitación humana, la persona consagrada no podrá jamás suponer que ha
completado la gestación de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de
poseer en cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos de Cristo. La
formación inicial, por tanto, debe engarzarse con la formación permanente, creando
en el sujeto la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los días de su vida.s
muy importante, por tanto, que cada Instituto incluya, como parte de la ratio
institutionis, la definición de un proyecto de formación permanente lo más preciso y
sistemático posible, cuyo objetivo primario sea el de acompañar a cada persona
consagrada con un programa que abarque toda su existencia. Ninguno puede estar
exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede
tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia. Ninguna fase de la
vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda
oportunidad de ser asistida y poder de este modo tener mayores garantías de
perseverancia en la fidelidad, ni existe edad alguna en la que se pueda dar por
concluida la completa madurez de la persona.
En un dinamismo de fidelidad
70. Hay una juventud de espíritu que permanece en el tiempo y que tiene que ver con
el hecho de que el individuo busca y encuentra en cada ciclo vital un cometido diverso
que realizar, un modo específico de ser, de servir y de amar.n la vida consagrada, los
primeros años de plena inserción en la actividad apostólica representan una fase por
sí misma crítica, marcada por el paso de una vida guiada y tutelada a una situación
de plena responsabilidad operativa. Es importante que las personas consagradas
jóvenes sean alentadas y acompañadas por un hermano o una hermana que les
ayuden a vivir con plenitud la juventud de su amor y de su entusiasmo por Cristo.La
fase sucesiva puede presentar el riesgo de la rutina y la consiguiente tentación de la
desilusión por la escasez de los resultados. Es necesario, pues, ayudar a las
personas consagradas de media edad a revisar, a luz del Evangelio y de la
inspiración carismática, su opción originaria, y a no confundir la totalidad de la entrega
con la totalidad del resultado. Esto permitirá dar nuevo empuje y nuevas motivaciones
a la decisión tomada en su día. Es la época de la búsqueda de lo esencial.En la fase
de la edad madura, junto con el crecimiento personal, puede presentarse el peligro de
un cierto individualismo, acompañado a veces del temor de no estar adecuados a los
tiempos, o de fenómenos de rigidez, de cerrazón, o de relajación. La formación
permanente tiene en este caso la función de ayudar no sólo a recuperar un tono más
alto de vida espiritual y apostólica, sino también a descubrir la peculiaridad de esta
fase existencial. En efecto, en ella, una vez purificados algunos aspectos de la
personalidad, el ofrecimiento de sí se eleva a Dios con mayor pureza y generosidad, y
revierte en los hermanos y hermanas de manera más sosegada y discreta, a la vez
que más transparente y rica de gracia. Es el don y la experiencia de la paternidad y
maternidad espiritual.La edad avanzada presenta problemas nuevos, que se han de
afrontar previamente con un esmerado programa de apoyo espiritual. El progresivo
alejamiento de la actividad, la enfermedad en algunos casos o la inactividad forzosa,
son una experiencia que puede ser altamente formativa. Aunque sea un momento
frecuentemente doloroso, ofrece sin embargo a la persona consagrada anciana la
oportunidad de dejarse plasmar por la experiencia pascual,conformándose a Cristo
crucificado que cumple en todo la voluntad del Padre y se abandona en sus manos
hasta encomendarle el espíritu. Este es un nuevo modo de vivir la consagración, que
no está vinculado a la eficiencia propia de una tarea de gobierno o de un trabajo
apostólico.Cuando al fin llega el momento de unirse a la hora suprema de la pasión
del Señor, la persona consagrada sabe que el Padre está llevando a cumplimiento en
ella el misterioso proceso de formación iniciado tiempo atrás. La muerte será
entonces esperada y preparada como acto de amor supremo y de entrega total de sí
mismo.Es necesario añadir que, independientemente de las varias etapas de la vida,
cada edad puede pasar por situaciones críticas bien a causa de diversos factores
externos —cambio de lugar o de oficio, dificultad en el trabajo o fracaso apostólico,
incomprensión, marginación, etc.—, bien por motivos más estrictamente personales,
como la enfermedad física o psíquica, la aridez espiritual, lutos, problemas de
relaciones interpersonales, fuertes tentaciones, crisis de fe o de identidad, sensación
de insignificancia, u otros semejantes. Cuando la fidelidad resulta más difícil, es
preciso ofrecer a la persona el auxilio de una mayor confianza y un amor más grande,
tanto a nivel personal como comunitario. Se hace necesaria, sobre todo en estos
momentos, la cercanía afectuosa del Superior; mucho consuelo y aliento viene
también de la ayuda cualificada de un hermano o hermana, cuya disponibilidad y
premura facilitarán un redescubrimiento del sentido de la alianza que Dios ha sido el
primero en establecer y que no dejará de cumplir. La persona que se encuentra en un
momento de prueba logrará de este modo acoger la purificación y el anonadamiento
como aspectos esenciales del seguimiento de Cristo crucificado. La prueba misma se
revelará como un instrumento providencial de formación en las manos del Padre,
como lucha no sólo psicológica, entablada por el yo en relación consigo mismo y sus
debilidades, sino también religiosa, marcada cada día por la presencia de Dios y por
la fuerza poderosa de la Cruz.
CAPITULO III
SERVITIUM CARITATIS
LA VIDA CONSAGRADA
EPIFANIA DEL AMOR DE DIOS EN EL MUNDO
En efecto, antes que en las obras exteriores, la misión se lleva a cabo en el hacer
presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ¡Este es el reto, éste
es el quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto más se deja conformar a
Cristo, más lo hace presente y operante en el mundo para la salvación de los
hombres.Se puede decir por tanto que la persona consagrada está « en misión » en
virtud de su misma consagración, manifestada según el proyecto del propio Instituto.
Es obvio que, cuando el carisma fundacional contempla actividades pastorales, el
testimonio de vida y las obras de apostolado o de promoción humana son igualmente
necesarias: ambas representan a Cristo, que es al mismo tiempo el consagrado a la
gloria del Padre y el enviado al mundo para la salvación de los hermanos y
hermanas.a vida religiosa, además, participa en la misión de Cristo con otro elemento
particular y propio: la vida fraterna en comunidad para la misión. La vida religiosa
será, pues, tanto más apostólica, cuanto más íntima sea la entrega al Señor Jesús,
más fraterna la vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión específica
del Instituto.
74. Se ha de hacer todo en comunión y en diálogo con las otras instancias eclesiales.
Los retos de la misión son de tal envergadura que no pueden ser acometidos
eficazmente sin la colaboración, tanto en el discernimiento como en la acción, de
todos los miembros de la Iglesia. Difícilmente los individuos aislados tienen una
respuesta completa: ésta puede surgir normalmente de la confrontación y del diálogo.
En particular, la comunión operativa entre los diversos carismas asegurará, además
de un enriquecimiento recíproco, una eficacia más incisiva en la misión. La
experiencia de estos años confirma sobradamente que « el diálogo es el nuevo
nombre de la caridad »,especialmente de la caridad eclesial; el diálogo ayuda a ver
los problemas en sus dimensiones reales y permite abordarlos con mayores
esperanzas de éxito. La vida consagrada, por el hecho de cultivar el valor de la vida
fraterna, representa una privilegiada experiencia de diálogo. Por eso puede contribuir
a crear un clima de aceptación recíproca, en el que los diversos sujetos eclesiales, al
sentirse valorizados por lo que son, confluyan con mayor convencimiento en la
comunión eclesial, encaminada a la gran misión universal.Los Institutos
comprometidos en una u otra modalidad de servicio apostólico han de cultivar, en fin,
una sólida espiritualidad de la acción, viendo a Dios en todas las cosas, y todas las
cosas en Dios. En efecto, « se ha de saber que, como el buen orden de la vida
consiste en tender de la vida activa a la contemplativa, también por lo general el alma
vuelve útilmente de la vida contemplativa a la activa para realizar con mayor
perfección la vida activa, por lo mismo que la vida contemplativa enfervoriza a la
activa ».Jesús mismo nos ha dado perfecto ejemplo de cómo se pueden unir la
comunión con el Padre y una vida intensamente activa. Sin la tensión continua hacia
esta unidad, se corre el riesgo de un colapso interior, de desorientación y de
desánimo. La íntima unión entre contemplación y acción permitirá, hoy como ayer,
acometer las misiones más difíciles.
75. « Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo. Durante la cena [...] se levanta de la mesa [...] se puso a lavar los pies de los
discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido » (Jn 13, 1-2.4-5).En el
gesto de lavar los pies a sus discípulos, Jesús revela la profundidad del amor de Dios
por el hombre: ¡en El, Dios mismo se pone al servicio de los hombres! El revela al
mismo tiempo el sentido de la vida cristiana y, con mayor motivo, de la vida
consagrada, que es vida de amor oblativo, de concreto y generoso servicio. Siguiendo
los pasos del Hijo del hombre, que « no ha venido a ser servido, sino a servir » (Mt
20, 28), la vida consagrada, al menos en los mejores períodos de su larga historia, se
ha caracterizado por este « lavar los pies », es decir, por el servicio, especialmente a
los más pobres y necesitados. Ella, por una parte, contempla el misterio sublime del
Verbo en el seno del Padre (cf. Jn 1, 1), mientras que, por otra, sigue al mismo Verbo
que se hace carne (cf. Jn 1, 14), se abaja, se humilla para servir a los hombres. Las
personas que siguen a Cristo en la vía de los consejos evangélicos desean, también
hoy, ir allá donde Cristo fue y hacer lo que El hizo.El llama continuamente a nuevos
discípulos, hombres y mujeres, para comunicarles, mediante la efusión del Espíritu
(cf. Rm 5, 5), el ágape divino, su modo de amar, apremiándolos a servir a los demás
en la entrega humilde de sí mismos, lejos de cualquier cálculo interesado. A Pedro
que, extasiado ante la luz de la Transfiguración, exclama: « Señor, bueno es estarnos
aquí » (Mt 17, 4), le invita a volver a los caminos del mundo para continuar sirviendo
el Reino de Dios: « Desciende, Pedro; tú, que deseabas descansar en el monte,
desciende y predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye y exhorta,
increpa con toda longanimidad y doctrina. Trabaja, suda, padece algunos tormentos a
fin de llegar, por el brillo y hermosura de las obras hechas en caridad, a poseer eso
que simbolizan los blancos vestidos del Señor ».La mirada fija en el rostro del Señor
no atenúa en el apóstol el compromiso por el hombre; más bien lo potencia,
capacitándole para incidir mejor en la historia y liberarla de todo lo que la desfigura.La
búsqueda de la belleza divina mueve a las personas consagradas a velar por la
imagen divina deformada en los rostros de tantos hermanos y hermanas, rostros
desfigurados por el hambre, rostros desilusionados por promesas políticas; rostros
humillados de quien ve despreciada su propia cultura; rostros aterrorizados por la
violencia diaria e indiscriminada; rostros angustiados de menores; rostros de mujeres
ofendidas y humilladas; rostros cansados de emigrantes que no encuentran digna
acogida; rostros de ancianos sin las mínimas condiciones para una vida digna.La vida
consagrada muestra de este modo, con la elocuencia de las obras, que la caridad
divina es fundamento y estímulo del amor gratuito y operante. Bien convencido de ello
estaba san Vicente de Paúl cuando indicaba como programa de vida a la Hijas de la
Caridad el « entregarse a Dios para amar a Nuestro Señor y servirlo material y
espiritualmente en la persona de los pobres, en sus casas o en otros sitios, para
instruir a las jóvenes menesterosas, a los niños y, en general, a todos aquellos que os
manda la divina Providencia ».ntre los posibles ámbitos de la caridad, el que sin duda
manifiesta en nuestros días y por un título especial el amor al mundo « hasta el
extremo », es el anuncio apasionado de Jesucristo a quienes aún no lo conocen, a
quienes lo han olvidado y, de manera preferencial, a los pobres.
77. Quien ama a Dios, Padre de todos, ama necesariamente a sus semejantes, en los
que reconoce otros tantos hermanos y hermanas. Precisamente por eso no puede
permanecer indiferente ante el hecho de que muchos de ellos no conocen la plena
manifestación del amor de Dios en Cristo. De aquí nace principalmente, obedeciendo
el mandato de Cristo, el impulso misionero ad gentes, que todo cristiano consciente
comparte con la Iglesia, misionera por su misma naturaleza. Es un impulso sentido
sobre todo por los miembros de los Institutos, sean de vida contemplativa o activa.Las
personas consagradas, en efecto, tienen la tarea de hacer presente también entre los
no cristianosa Cristo casto, pobre, obediente, orante y misionero.En virtud de su más
íntima consagración a Dios,y permaneciendo dinámicamente fieles a su carisma, no
pueden dejar de sentirse implicadas en una singular colaboración con la actividad
misionera de la Iglesia. El deseo tantas veces repetido de Teresa de Lisieux, « amarte
y hacerte amar »; el anhelo ardiente de san Francisco Javier: « Así como van
estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta de que Dios, nuestro Señor, les
demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían,
tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro de sus ánimas
la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones,
diciendo: ?Aquí estoy, Señor, ?qué debo hacer? Envíame a donde quieras' »;así
como otros testimonios parecidos de innumerables almas santas, manifiestan la
irrenunciable tensión misionera que distingue y caracteriza la vida consagrada.
78. « El amor de Cristo nos apremia » (2 Co 5, 14): los miembros de cada Instituto
deberían repetir estas palabras con el Apóstol, por ser tarea de la vida consagrada el
trabajar en todo el mundo para consolidar y difundir el Reino de Cristo, llevando el
anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las regiones más lejanas.De hecho, la
historia misionera testimonia la gran aportación que han dado a la evangelización de
los pueblos: desde las antiguas Familias monásticas hasta las más recientes
Fundaciones dedicadas de manera exclusiva a la misión ad gentes, desde los
Institutos de vida activa a los de vida contemplativa,innumerables personas han
gastado sus energías en esta « actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca
concluida »,puesto que se dirige a la multitud creciente de aquellos que no conocen a
Cristo.Este deber continúa urgiendo hoy a los Institutos de vida consagrada y a las
Sociedades de vida apostólica: el anuncio del Evangelio de Cristo espera de ellos la
máxima aportación posible. También los Institutos que surgen y que operan en las
Iglesias jóvenes están invitados a abrirse a la misión entre los no cristianos, dentro y
fuera de su patria. A pesar de las comprensibles dificultades que algunos de ellos
puedan atravesar, conviene recordar a todos que, así como « la fe se fortalece
dándola »,también la misión refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado
entusiasmo y nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad. Por su parte, la actividad
misionera ofrece amplios espacios para acoger las variadas formas de vida
consagrada.La misión ad gentes ofrece especiales y extraordinarias oportunidades a
las mujeres consagradas, a los religiosos hermanos y a los miembros de Institutos
seculares, para una acción apostólica particularmente incisiva. Estos últimos,
además, con su presencia en los diversos ámbitos típicos de la vida laical, pueden
desarrollar una preciosa labor de evangelización de los ambientes, de las estructuras
y de las mismas leyes que regulan la convivencia. Ellos pueden también testimoniar
los valores evangélicos estando al lado de personas que no conocen aún a Jesús,
contribuyendo de este modo específico a la misión.Se ha de subrayar que en los
países donde tienen amplia raigambre religiones no cristianas, la presencia de la vida
consagrada adquiere una gran importancia, tanto con actividades educativas,
caritativas y culturales, como con el signo de la vida contemplativa. Por esto se debe
alentar de manera especial la fundación en la nuevas Iglesias de comunidades
entregadas a la contemplación, dado que « la vida contemplativa pertenece a la
plenitud de la presencia de la Iglesia ».Es preciso, además, promover con medios
adecuados una distribución equitativa de la vida consagrada en sus varias formas,
para suscitar un nuevo impulso evangelizador, bien con el envío de misioneros y
misioneras, bien con la debida ayuda de los Institutos de vida consagrada a las
diócesis más pobres.
La nueva evangelización
81. Para hacer frente de manera adecuada a los grandes desafíos que la historia
actual pone a la nueva evangelización, se requiere que la vida consagrada se deje
interpelar continuamente por la Palabra revelada y por los signos de los tiempos.El
recuerdo de las grandes evangelizadoras y de los grandes evangelizadores, que
fueron antes grandes evangelizados, pone de manifiesto cómo, para afrontar el
mundo de hoy hacen falta personas entregadas amorosamente al Señor y a su
Evangelio. « Las personas consagradas, en virtud de su vocación específica, están
llamadas a manifestar la unidad entre autoevangelización y testimonio, entre
renovación interior y apostólica, entre ser y actuar, poniendo de relieve que el
dinamismo deriva siempre del primer elemento del binomio ».La nueva
evangelización, como la de siempre, será eficaz si sabe proclamar desde los tejados
lo que ha vivido en la intimidad con el Señor. Para ello se requieren personalidades
sólidas, animadas por el fervor de los santos. La nueva evangelización exige de los
consagrados y consagradas una plena conciencia del sentido teológico de los retos
de nuestro tiempo. Estos retos han de ser examinados con cuidadoso y común
discernimiento, para lograr una renovación de la misión. La audacia con que se
anuncia al Señor Jesús debe estar acompañada de la confianza en la acción de la
Providencia, que actúa en el mundo y que « hace que todas las cosas, incluso los
fracasos del hombre, contribuyan al bien de la Iglesia ».ara una provechosa inserción
de los Institutos en el proceso de la nueva evangelización es importante la fidelidad al
carisma fundacional, la comunión con todos aquellos que en la Iglesia están
comprometidos en la misma empresa, especialmente con los Pastores, y la
cooperación con todos los hombres de buena voluntad. Esto exige un serio
discernimiento de las llamadas que el Espíritu dirige a cada Instituto, tanto en
aquellas regiones en las que no se vislumbran grandes progresos inmediatos, como
en otras zonas donde se percibe un rebrote esperanzador. Las personas
consagradas han de ser pregoneras entusiastas del Señor Jesús en todo tiempo y
lugar, y estar dispuestas a responder con sabiduría evangélica a los interrogantes que
hoy brotan de la inquietud del corazón humano y de sus necesidades más urgentes.
84. Los Padres sinodales han destacado el carácter profético de la vida consagrada,
como una forma de especial participación en la función profética de Cristo,
comunicada por el Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios. Es un profetismo
inherente a la vida consagrada en cuanto tal, por el radical seguimiento de Jesús y la
consiguiente entrega a la misión que la caracteriza. La función de signo, que el
Concilio Vaticano II reconoce a la vida consagrada,se manifiesta en el testimonio
profético de la primacía de Dios y de los valores evangélicos en la vida cristiana. En
virtud de esta primacía no se puede anteponer nada al amor personal por Cristo y por
los pobres en los que El vive.a tradición patrística ha visto una figura de la vida
religiosa monástica en Elías, profeta audaz y amigo de Dios.Vivía en su presencia y
contemplaba en silencio su paso, intercedía por el pueblo y proclamaba con valentía
su voluntad, defendía los derechos de Dios y se erguía en defensa de los pobres
contra los poderosos del mundo (cf. 1 Re 18-19). En la historia de la Iglesia, junto con
otros cristianos, no han faltado hombres y mujeres consagrados a Dios que, por un
singular don del Espíritu, han ejercido un auténtico ministerio profético, hablando a
todos en nombre de Dios, incluso a los Pastores de la Iglesia. La verdadera profecía
nace de Dios, de la amistad con El, de la escucha atenta de su Palabra en las
diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en su corazón la pasión
por la santidad de Dios y, tras haber acogido la palabra en el diálogo de la oración, la
proclama con la vida, con los labios y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios
contra el mal y contra el pecado. El testimonio profético exige la búsqueda
apasionada y constante de la voluntad de Dios, la generosa e imprescindible
comunión eclesial, el ejercicio del discernimiento espiritual y el amor por la verdad.
También se manifiesta en la denuncia de todo aquello que contradice la voluntad de
Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación del Evangelio para la
construcción del Reino de Dios.
85. En nuestro mundo, en el que parece haberse perdido el rastro de Dios, es urgente
un audaz testimonio profético por parte de las personas consagradas. Un testimonio
ante todo de la afirmación de la primacía de Dios y de los bienes futuros, como se
desprende del seguimiento y de la imitación de Cristo casto, pobre y obediente,
totalmente entregado a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas. La
misma vida fraterna es un acto profético, en una sociedad en la que se esconde, a
veces sin darse cuenta, un profundo anhelo de fraternidad sin fronteras. La fidelidad
al propio carisma conduce a las personas consagradas a dar por doquier un
testimonio cualificado, con la lealtad del profeta que no teme arriesgar incluso la
propia vida.Una especial fuerza persuasiva de la profecía deriva de la coherencia
entre el anuncio y la vida. Las personas consagradas serán fieles a su misión en la
Iglesia y en el mundo en la medida que sean capaces de hacer un examen continuo
de sí mismas a la luz de la Palabra de Dios.De este modo podrán enriquecer a los
demás fieles con los bienes carismáticos recibidos, dejándose interpelar a su vez por
las voces proféticas provenientes de los otros miembros eclesiales. En este
intercambio de dones, garantizado por la plena sintonía con el Magisterio y la
disciplina de la Iglesia, brillará la acción del Espíritu Santo que « la une en la
comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y
carismáticos ».
El reto de la pobreza
89. Otra provocación está hoy representada por un materialismo ávido de poseer,
desinteresado de las exigencias y los sufrimientos de los más débiles y carente de
cualquier consideración por el mismo equilibrio de los recursos de la naturaleza. La
respuesta de la vida consagrada está en la profesión de la pobreza evangélica, vivida
de maneras diversas, y frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la
promoción de la solidaridad y de la caridad.¡Cuántos Institutos se dedican a la
educación, a la instrucción y formación profesional, preparando a los jóvenes y a los
no tan jóvenes para ser protagonistas de su futuro! ¡Cuántas personas consagradas
se desgastan sin escatimar esfuerzos en favor de los últimos de la tierra! ¡Cuántas se
afanan en formar a los futuros educadores y responsables de la vida social, de tal
modo que éstos se comprometan en la supresión de las estructuras opresivas y a
promover proyectos de solidaridad en favor de los pobres! Estas personas
consagradas luchan para vencer el hambre y sus causas, animando las actividades
del voluntariado y de las organizaciones humanitarias, y sensibilizando a los
organismos públicos y privados para propiciar así una equitativa distribución de las
ayudas internacionales. Mucho deben las naciones a estos agentes emprendedores
de la caridad que, con su incansable generosidad, han dado y siguen dando una
significativa aportación a la humanización del mundo.
90. En realidad, antes aún de ser un servicio a los pobres, la pobreza evangélica es
un valor en sí misma, en cuanto evoca la primera de las Bienaventuranzas en la
imitación de Cristo pobre.Su primer significado, en efecto, consiste en dar testimonio
de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano. Pero justamente por esto, la
pobreza evangélica contesta enérgicamente la idolatría del dinero, presentándose
como voz profética en una sociedad que, en tantas zonas del mundo del bienestar,
corre el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo de las
cosas. Por este motivo, hoy más que en otros tiempos, esta voz atrae la atención de
aquellos que, conscientes de los limitados recursos de nuestro planeta, propugnan el
respeto y la defensa de la naturaleza creada mediante la reducción del consumo, la
sobriedad y una obligada moderación de los propios apetitos.Se pide a las personas
consagradas, pues, un nuevo y decidido testimonio evangélico de abnegación y de
sobriedad, un estilo de vida fraterna inspirado en criterios de sencillez y de
hospitalidad, para que sean así un ejemplo también para todos los que permanecen
indiferentes ante las necesidades del prójimo. Este testimonio acompañará
naturalmente el amor preferencial por los pobres, y se manifestará de manera
especial en el compartir las condiciones de vida de los más desheredados. No son
pocas las comunidades que viven y trabajan entre los pobres y los marginados,
compartiendo su condición y participando de sus sufrimientos, problemas y
peligros.Páginas importantes de la historia de la solidaridad evangélica y de la
entrega heroica han sido escritas por personas consagradas en estos años de
cambios profundos y de grandes injusticias, de esperanzas y desilusiones, de
importantes conquistas y de amargas derrotas. Otras páginas no menos significativas
han sido y están siendo escritas aún hoy por innumerables personas consagradas
que viven plenamente su vida « oculta con Cristo en Dios » (Col 3, 3) para la
salvación del mundo, bajo el signo de la gratuidad, de la entrega de la propia vida a
causas poco reconocidas y aún menos vitoreadas. A través de estas formas, diversas
y complementarias, la vida consagrada participa de la extrema pobreza abrazada por
el Señor, y desempeña su papel específico en el misterio salvífico de su encarnación
y de su muerte redentora.
93. Una de las preocupaciones manifestadas varias veces en el Sínodo ha sido el que
la vida consagrada se nutra en las fuentes de una sólida y profunda espiritualidad. Se
trata, en efecto, de una exigencia prioritaria radicada en la esencia misma de la vida
consagrada, desde el momento que, como cualquier bautizado pero por motivos aún
más apremiantes, quien profesa los consejos evangélicos está obligado a aspirar con
todas sus fuerzas a la perfección de la caridad.Este es un compromiso subrayado
vigorosamente por los innumerables ejemplos de santos fundadores y fundadoras, y
de tantas personas consagradas que han testimoniado la fidelidad a Cristo hasta
llegar al martirio. Aspirar a la santidad: este es en síntesis el programa de toda vida
consagrada, también en la perspectiva de su renovación en los umbrales del tercer
milenio. Un programa que debe empezar dejando todo por Cristo (cf. Mt 4, 18-22; 19,
21.27; Lc 5, 11), anteponiéndolo a cualquier otra cosa para poder participar
plenamente en su misterio pascual.San Pablo lo había entendido bien cuando
exclamaba: « Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de
Cristo Jesús [...] y conocerle a El, el poder de su resurrección » (Flp 3, 8.10). Es
también la senda indicada desde el principio por los Apóstoles, como recuerda la
tradición cristiana en Oriente y en Occidente: « Los que actualmente siguen a Jesús
abandonándolo todo por El, imitan a los Apóstoles que, respondiendo a su invitación,
renunciaron a todo lo demás. Por esta razón tradicionalmente se suele hablar de la
vida religiosa como apostolica vivendi forma ».La misma tradición ha puesto también
de relieve en la vida consagrada la dimensión de una peculiar alianza con Dios, más
aún, de una alianza esponsal con Cristo, de la que san Pablo fue maestro con su
ejemplo (cf. 1 Co 7, 7) y con su doctrina proclamada bajo la guía del Espíritu (cf. 1 Co
7, 40).Podemos decir que la vida espiritual, entendida como vida en Cristo, vida
según el Espíritu, es como un itinerario de progresiva fidelidad, en el que la persona
consagrada es guiada por el Espíritu y conformada por El a Cristo, en total comunión
de amor y de servicio en la Iglesia.Todos estos elementos, calando hondo en las
varias formas de vida consagrada, generan una espiritualidad peculiar, esto es, un
proyecto preciso de relación con Dios y con el ambiente circundante, caracterizado
por peculiares dinamismos espirituales y por opciones operativas que resaltan y
representan uno u otro aspecto del único misterio de Cristo. Cuando la Iglesia
reconoce una forma de vida consagrada o un Instituto, garantiza que en su carisma
espiritual y apostólico se dan todos los requisitos objetivos para alcanzar la perfección
evangélica personal y comunitaria.La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer
lugar en el programa de las Familias de vida consagrada, de tal modo que cada
Instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica espiritualidad
evangélica. De esta opción prioritaria, desarrollada en el compromiso personal y
comunitario, depende la fecundidad apostólica, la generosidad en el amor a los
pobres y el mismo atractivo vocacional ante las nuevas generaciones. Lo que puede
conmover a las personas de nuestro tiempo, también sedientas de valores absolutos,
es precisamente la cualidad espiritual de la vida consagrada, que se transforma así
en un fascinante testimonio.
95. El medio fundamental para alimentar eficazmente la comunión con el Señor es sin
duda la sagrada liturgia, especialmente la Celebración eucarística y la Liturgia de las
Horas.Ante todo la Eucaristía, que « contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es
decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres
»,corazón de la vida eclesial y también de la vida consagrada. Quien ha sido llamado
a elegir a Cristo como único sentido de su vida en la profesión de los consejos
evangélicos, ?cómo podría no desear instaurar con El una comunión cada vez más
íntima mediante la participación diaria en el Sacramento que lo hace presente, en el
sacrificio que actualiza su entrega de amor en el Gólgota, en el banquete que
alimenta y sostiene al Pueblo de Dios peregrino? Por su naturaleza la Eucaristía
ocupa el centro de la vida consagrada, personal y comunitaria. Ella es viático
cotidiano y fuente de la espiritualidad de cada Instituto. En ella cada consagrado está
llamado a vivir el misterio pascual de Cristo, uniéndose a El en el ofrecimiento de la
propia vida al Padre mediante el Espíritu. La asidua y prolongada adoración de la
Eucaristía permite revivir la experiencia de Pedro en la Transfiguración: « Bueno es
estarnos aquí ». En la celebración del misterio del Cuerpo y Sangre del Señor se
afianza e incrementa la unidad y la caridad de quienes han consagrado su existencia
a Dios.Junto con la Eucaristía, y en íntima relación con ella, la Liturgia de las Horas,
celebrada comunitaria o individualmente según la índole de cada Instituto y en unión
con la oración de la Iglesia, manifiesta la vocación a la alabanza y a la intercesión
propia de las personas consagradas.También el esfuerzo de una continua conversión
y de una necesaria purificación, que las personas consagradas realizan mediante el
sacramento de la Reconciliación, está íntimamente vinculado a la Eucaristía. Ellas, a
través del encuentro frecuente con la misericordia de Dios, renuevan y acrisolan su
corazón, al mismo tiempo que, reconociendo humildemente sus pecados, hacen
transparente la propia relación con El. La gozosa experiencia del perdón sacramental,
en el camino compartido con los hermanos y hermanas, hace dócil el corazón y
alienta el compromiso por una creciente fidelidad.Para progresar en el camino
evangélico, especialmente en el periodo de formación y en ciertos momentos de la
vida, es de gran ayuda el recurso humilde y confiado a la dirección espiritual, merced
a la cual la persona recibe ánimos para responder con generosidad a las mociones
del Espíritu y orientarse decididamente hacia la santidad.Exhorto, en fin, a todas las
personas consagradas a que renueven cotidianamente, según las propias tradiciones,
su unión espiritual con la Virgen María, recorriendo con ella los misterios del Hijo,
particularmente con el rezo del Santo Rosario.
97. Con un delicado respeto, pero con arrojo misionero, los consagrados y
consagradas pongan de manifiesto que la fe en Jesucristo ilumina todo el campo de
la educación sin prejuicios sobre los valores humanos, sino más bien confirmándolos
y elevándolos. De este modo se convierten en testigos e instrumentos del poder de la
Encarnación y de la fuerza del Espíritu. Esta tarea es una de las expresiones más
significativas de la Iglesia que, a imagen de María, ejerce su maternidad para con
todos sus hijos.s este el motivo que ha llevado al Sínodo a exhortar insistentemente a
las personas consagradas a que asuman con renovada entrega la misión educativa,
allí donde sea posible, con escuelas de todo tipo y nivel, con Universidades e
Institutos superiores.Haciendo mía la indicación sinodal, invito a todos los miembros
de los Institutos que se dedican a la educación a que sean fieles a su carisma
originario y a sus tradiciones, conscientes de que el amor preferencial por los pobres
tiene una singular aplicación en la elección de los medios adecuados para liberar a
los hombres de esa grave miseria que es la falta de formación cultural y
religiosa.Dada la importancia que revisten las Universidades y Facultades católicas y
eclesiásticas en el campo de la educación y de la evangelización, los Institutos que
las dirigen han de ser muy conscientes de su responsabilidad, haciendo que en ellas,
a la vez que se dialoga activamente con la cultura actual, se conserve la índole
católica que les es peculiar, en plena fidelidad al Magisterio de la Iglesia. Los
miembros de estos Institutos y Sociedades además, y según las circunstancias de
cada lugar, han de estar preparados y dispuestos para entrar en las estructuras
educativas estatales. A este tipo de presencia están especialmente llamados, por su
vocación específica, los miembros de los Institutos seculares.
Evangelizar la cultura
98. Los Institutos de vida consagrada han tenido siempre un gran influjo en la
formación y en la transmisión de la cultura. Así ocurrió en la Edad Media, cuando los
monasterios eran el lugar en que se conservaba la riqueza cultural del pasado y en
los que se construía una nueva cultura humanista y cristiana. Esto se ha verificado
también siempre que la luz del Evangelio ha llegado a nuevos pueblos. Son muchas
las personas consagradas que han promovido la cultura, investigando y defendiendo
frecuentemente las culturas autóctonas. La Iglesia es hoy muy consciente de la
necesidad de contribuir a la promoción de la cultura y al diálogo entre cultura y fe.os
consagrados han de sentirse interpelados ante esta urgencia. Están llamados
también a individuar, en el anuncio de la Palabra de Dios, los métodos más
apropiados a las exigencias de los diversos grupos humanos y de los múltiples
ámbitos profesionales, a fin de que la luz de Cristo alcance a todos los sectores de la
existencia humana, y el fermento de la salvación transforme desde dentro la vida
social, favoreciendo una cultura impregnada de los valores evangélicos.En los
umbrales del tercer milenio cristiano, la vida consagrada podrá también con este
cometido renovar su respuesta a los deseos de Dios, que viene al encuentro de todos
aquellos que, consciente o inconscientemente, caminan como a tientas en busca de
la Verdad y de la Vida (cf. Hch 17, 27).Pero más allá del servicio prestado a los otros,
la vida consagrada necesita también en su interior un renovado amor por el empeño
cultural, una dedicación al estudio como medio para la formación integral y como
camino ascético, extraordinariamente actual, ante la diversidad de las culturas. Una
disminución de la preocupación por el estudio puede tener graves consecuencias
también en el apostolado, generando un sentido de marginación y de inferioridad, o
favoreciendo la superficialidad y ligereza en las iniciativas.En la diversidad de los
carismas y de las posibilidades reales de cada Instituto, la dedicación al estudio no
puede reducirse a la formación inicial o a la consecución de títulos académicos y de
competencias profesionales. El estudio es más bien manifestación del insaciable
deseo de conocer siempre más profundamente a Dios, abismo de luz y fuente de toda
verdad humana. Por este motivo no es algo que aísla a la persona consagrada en un
intelectualismo abstracto, ni la aprisiona en las redes de un narcisismo sofocante; por
el contrario, fomenta el diálogo y la participación, educa la capacidad de juicio, alienta
la contemplación y la plegaria en la búsqueda de Dios y de su actuación en la
compleja realidad del mundo contemporáneo.La persona consagrada, dejándose
transformar por el Espíritu, se capacita para ampliar el horizonte de los angostos
deseos humanos y para captar, al mismo tiempo, los aspectos más hondos de cada
individuo y de su historia, que van más allá de las apariencias más vistosas quizás,
pero frecuentemente marginales. Los retos que emergen hoy de las diversas culturas
son innumerables. Retos provenientes de los campos en los que tradicionalmente ha
estado presente la vida consagrada o de los nuevos ámbitos. Con todos ellos es
urgente mantener fecundas relaciones, con una actitud de vigilante sentido crítico,
pero también de atención confiada hacia quien se enfrenta a las dificultades típicas
del trabajo intelectual, especialmente cuando, ante la presencia de los problemas
inéditos de nuestro tiempo, es preciso intentar nuevos análisis y nuevas síntesis.No
se puede realizar una seria y válida evangelización de los nuevos ámbitos en los que
se elabora y se transmite la cultura sin una colaboración activa con los laicos
presentes en ellos.
99. De igual manera que en el pasado las personas consagradas han sabido servir a
la evangelización con todos los medios, afrontando con genialidad los obstáculos,
también hoy están llamadas nuevamente por la exigencia de testimoniar el Evangelio
a través de los medios de comunicación social. Estos medios han adquirido una
capacidad de difusión cósmica mediante poderosas tecnologías capaces de llegar
hasta el último rincón de la tierra. Las personas consagradas, especialmente cuando
por su carisma institucional trabajan en este campo, han de adquirir un serio
conocimiento del lenguaje propio de estos medios, para hablar de Cristo de manera
eficaz al hombre actual, interpretando sus gozos y esperanzas, sus tristezas y
angustias,y contribuir de este modo a la construcción de una sociedad en la que
todos se sientan hermanos y hermanas en camino hacia Dios.No obstante, dado su
extraordinario poder de persuasión, es preciso estar alerta ante el uso inadecuado de
tales medios, sin ignorar los problemas que se pueden derivar para la vida
consagrada misma, que ha de afrontarlos con el debido discernimiento.Sobre este
punto, la respuesta de la Iglesia es ante todo educativa: tiende a promover una actitud
de correcta comprensión de los mecanismos subyacentes y de atenta valoración ética
de los programas, y la adopción de sanas costumbres en su uso.En esta tarea
educativa, orientada a formar receptores entendidos y comunicadores expertos, las
personas consagradas están llamadas a ofrecer su particular testimonio sobre la
relatividad de todas las realidades visibles, ayudando a los hermanos a valorarlas
según el designio de Dios, pero también a liberarse de la influencia obsesiva de la
escena de este mundo que pasa (cf. 1 Co 7, 31).Todos los esfuerzos en este nuevo e
importante campo apostólico han de ser alentados, con el fin de que el Evangelio de
Cristo se transmita también a través de estos medios modernos. Los diversos
Institutos han de estar disponibles para cooperar en la realización de proyectos
comunes en los varios sectores de la comunicación social, aportando fuerzas, medios
y personas. Que las personas consagradas, además, y especialmente los miembros
de los Institutos seculares, presten de buen grado sus servicios, según las
oportunidades pastorales, en la formación religiosa de los responsables de la
comunicación social pública o privada, para que se eviten, de una parte, los daños
provocados por un uso adulterado de los medios y, de otra, se promueva una mejor
calidad de las transmisiones, con mensajes respetuosos de la ley moral y ricos en
valores humanos y cristianos.
100. La oración de Cristo al Padre antes de la Pasión, para que sus discípulos
permanezcan en la unidad (cf. Jn 17, 21-23), se prolonga en la oración y en la acción
de la Iglesia. ?Cómo no han de sentirse implicados los llamados a la vida
consagrada? En el Sínodo se ha percibido claramente la herida de la desunión
todavía existente entre los creyentes en Cristo, y la urgencia de orar y de trabajar en
la promoción de la unidad de todos los cristianos. La sensibilidad ecuménica de los
consagrados y consagradas se reaviva también al constatar que el monacato se
conserva y florece en otras Iglesias y Comunidades eclesiales, como es el caso de
las Iglesias orientales, o que se renueva la profesión de los consejos evangélicos,
como en la Comunión anglicana y en las Comunidades de la Reforma.El Sínodo ha
puesto de relieve la profunda vinculación de la vida consagrada con la causa del
ecumenismo y la necesidad de un testimonio más intenso en este campo. En efecto,
si el alma del ecumenismo es la oración y la conversión,no cabe duda que los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica tienen un deber
particular de cultivar este compromiso. Es urgente, pues, que en la vida de las
personas consagradas se dé un mayor espacio a la oración ecuménica y al testimonio
auténticamente evangélico, para que, con la fuerza del Espíritu Santo, sea posible
derribar los muros de las divisiones y de los prejuicios entre los cristianos.
101. Son formas del diálogo ecuménico el compartir la lectio divina en busca de la
verdad; la participación en la oración común, en la que el Señor garantiza su
presencia (cf. Mt 18, 20); el diálogo en amistad y caridad que hace experimentar la
dulzura de convivir los hermanos unidos (cf. Sal 133132); la hospitalidad cordial con
los hermanos y hermanas de las diversas confesiones cristianas; el conocimiento
mutuo y el intercambio de bienes; la colaboración en iniciativas comunes de servicio y
de testimonio. Todas estas formas son expresiones gratas al Padre común y signos
de la voluntad de caminar juntos hacia la unidad perfecta por el camino de la verdad y
del amor.Una acción ecuménica más incisiva se verá también favorecida por el
conocimiento de la historia, de la doctrina, de la liturgia y de la actividad caritativa y
apostólica de los otros cristianos.eseo alentar a los Institutos que, por su origen o por
una llamada posterior, se dedican a la promoción de la unidad de los cristianos y con
este fin promueven iniciativas de estudio y de acción concreta. En realidad, ningún
Instituto de vida consagrada ha de sentirse dispensado de trabajar en favor de esta
causa. Me dirijo también a las Iglesias orientales católicas, esperando que, a través
del monacato masculino y femenino, cuyo florecimiento es una gracia que se ha de
implorar siempre, favorezcan la unidad con las Iglesias ortodoxas, merced al diálogo
de la caridad y la participación de la espiritualidad común, que es patrimonio de la
Iglesia indivisa del primer milenio.Confío particularmente a los monasterios de vida
contemplativa el ecumenismo espiritual de la oración, de la conversión del corazón y
de la caridad. A este respecto les invito a que se hagan presentes allí donde viven
comunidades cristianas de diversas confesiones, para que su total entrega a lo «
único necesario » (cf. Lc 10, 42), al culto de Dios y a la intercesión por la salvación del
mundo, junto con su testimonio de vida evangélica según el propio carisma, sean
para todos un estímulo a vivir, a imagen de la Trinidad, en la unidad que Jesús ha
querido y ha suplicado al Padre para todos sus discípulos.
El diálogo interreligioso
103. Los que abrazan la vida consagrada, hombres y mujeres, son por la naturaleza
misma de su opción interlocutores privilegiados de aquella búsqueda de Dios, cuya
presencia aletea siempre en el corazón humano, llevándolo a múltiples formas de
ascesis y de espiritualidad. Esta búsqueda aparece hoy con insistencia en muchas
regiones, precisamente como respuesta a culturas que tienden, si no a negar del
todo, sí a marginar la dimensión religiosa de la existencia.Las personas consagradas,
viviendo con coherencia y en plenitud los compromisos libremente asumidos, pueden
ofrecer una respuesta a los anhelos de sus contemporáneos, rescatándolos de
soluciones que son generalmente ilusorias y que niegan frecuentemente la
encarnación salvífica de Cristo (cf. 1 Jn 4, 2-3), como son, por ejemplo, las
propuestas por las sectas. Practicando una ascesis personal y comunitaria que
purifica y transforma toda la existencia, las personas consagradas, contra la tentación
del egocentrismo y la sensualidad, dan testimonio de las características que revisten
la auténtica búsqueda de Dios, advirtiendo del peligro de confundirla con la búsqueda
sutil de sí mismas o con la fuga en la gnosis. Toda persona consagrada está
comprometida a cultivar el hombre interior, que no es ajeno a la historia ni se encierra
en sí mismo. Viviendo en la escucha obediente de la Palabra, de la cual la Iglesia es
depositaria e intérprete, encuentra en Cristo sumamente amado y en el Misterio
trinitario el objeto del anhelo profundo del corazón humano y la meta de todo itinerario
religioso sinceramente abierto a la trascendencia.Por eso las personas consagradas
tienen el deber de ofrecer con generosidad acogida y acompañamiento espiritual a
todos aquellos que se dirigen a ellas, movidos por la sed de Dios y deseosos de vivir
las exigencias de su fe.
CONCLUSION
La sobreabundancia de la gratuidad
104. No son pocos los que hoy se preguntan con perplejidad: ?Para qué sirve la vida
consagrada? ?Por qué abrazar este género de vida cuando hay tantas necesidades
en el campo de la caridad y de la misma evangelización a las que se pueden
responder también sin asumir los compromisos peculiares de la vida consagrada? ?
No representa quizás la vida consagrada una especie de « despilfarro » de energías
humanas que serían, según un criterio de eficiencia, mejor utilizadas en bienes más
provechosos para la humanidad y la Iglesia?Estas preguntas son más frecuentes en
nuestro tiempo, avivadas por una cultura utilitarista y tecnocrática, que tiende a
valorar la importancia de las cosas y de las mismas personas en relación con su «
funcionalidad » inmediata. Pero interrogantes semejantes han existido siempre, como
demuestra elocuentemente el episodio evangélico de la unción de Betania: « María,
tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los
secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume » (Jn 12, 3). A Judas,
que con el pretexto de la necesidad de los pobres se lamentaba de tanto derroche,
Jesús le responde: « Déjala » (Jn 12, 7). Esta es la respuesta siempre válida a la
pregunta que tantos, aun de buena fe, se plantean sobe la actualidad de la vida
consagrada: ?No se podría dedicar la propia existencia de manera más eficiente y
racional para mejorar la sociedad? He aquí la respuesta de Jesús: « Déjala ».A quien
se le concede el don inestimable de seguir más de cerca al Señor Jesús, resulta
obvio que El puede y debe ser amado con corazón indiviso, que se puede entregar a
El toda la vida, y no sólo algunos gestos, momentos o ciertas actividades. El
ungüento precioso derramado como puro acto de amor, más allá de cualquier
consideración « utilitarista », es signo de una sobreabundancia de gratuidad, tal como
se manifiesta en una vida gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a su
persona y a su Cuerpo místico. De esta vida « derramada » sin escatimar nada se
difunde el aroma que llena toda la casa. La casa de Dios, la Iglesia, hoy como ayer,
está adornada y embellecida por la presencia de la vida consagrada.Lo que a los ojos
de los hombres puede parecer un despilfarro, para la persona seducida en el secreto
de su corazón por la belleza y la bondad del Señor es una respuesta obvia de amor,
exultante de gratitud por haber sido admitida de manera totalmente particular al
conocimiento del Hijo y a la participación en su misión divina en el mundo.« Si un hijo
de Dios conociera y gustara el amor divino, Dios increado, Dios encarnado, Dios que
padece la pasión, que es el sumo bien, le daría todo; no sólo dejaría las otras
criaturas, sino a sí mismo, y con todo su ser amaría este Dios de amor hasta
transformarse totalmente en el Dios-hombre, que es el sumamente Amado ».
105. « ?Qué sería del mundo si no fuese por los religiosos? ».Más allá de las
valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante
precisamente por su sobreabundancia de gratuidad y de amor, tanto más en un
mundo que corre el riesgo de verse asfixiado en la confusión de lo efímero. « Sin este
signo concreto, la caridad que anima a la Iglesia correría el riesgo de enfriarse, la
paradoja salvífica del Evangelio de perder en penetración, la "sal" de la fe de
disolverse en un mundo de secularización ».La vida de la Iglesia y la sociedad misma
tienen necesidad de personas capaces de entregarse totalmente a Dios y a los otros
por amor de Dios.La Iglesia no puede renunciar absolutamente a la vida consagrada,
porque expresa de manera elocuente su íntima esencia « esponsal ». En ella
encuentra nuevo impulso y fuerza el anuncio del Evangelio a todo el mundo. En
efecto, se necesitan personas que presenten el rostro paterno de Dios y el rostro
materno de la Iglesia, que se jueguen la vida para que los otros tengan vida y
esperanza. La Iglesia tiene necesidad de personas consagradas que, aún antes de
comprometerse en una u otra noble causa, se dejen transformar por la gracia de Dios
y se conformen plenamente al Evangelio.Toda la Iglesia tiene en sus manos este gran
don y, agradecida, se dedica a promoverlo con la estima, la oración y la invitación
explícita a acogerlo. Es importante que los Obispos, presbíteros y diáconos,
convencidos de la excelencia evangélica de este género de vida, trabajen para
descubrir y apoyar los gérmenes de vocación con la predicación, el discernimiento y
un competente acompañamiento espiritual. Se pide a todos los fieles una oración
constante en favor de las personas consagradas, para que su fervor y su capacidad
de amar aumenten continuamente, contribuyendo a difundir en la sociedad de hoy el
buen perfume de Cristo (cf. 2 Co 2, 15). Toda la comunidad cristiana —pastores,
laicos y personas consagradas— es responsable de la vida consagrada, de la
acogida y del apoyo que se han de ofrecer a las nuevas vocaciones.
A la juventud
106. A vosotros, jóvenes, os digo: si sentís la llamada del Señor, ¡no la rechacéis!
Entrad más bien con valentía en las grandes corrientes de santidad, que insignes
santos y santas han iniciado siguiendo a Cristo. Cultivad los anhelos característicos
de vuestra edad, pero responded con prontitud al proyecto de Dios sobre vosotros si
El os invita a buscar la santidad en la vida consagrada. Admirad todas las obras de
Dios en el mundo, pero fijad la mirada en las realidades que nunca perecen.El tercer
milenio espera la aportación de la fe y de la iniciativa de numerosos jóvenes
consagrados, para que el mundo sea más sereno y más capaz de acoger a Dios y, en
El, a todos sus hijos e hijas.
A las familias
107. Me dirijo a vosotras, familias cristianas. Vosotros, padres, dad gracias al Señor si
ha llamado a la vida consagrada a alguno de vuestros hijos. ¡Debe ser considerado
un gran honor —como lo ha sido siempre— que el Señor se fije en una familia y elija
a alguno de sus miembros para invitarlo a seguir el camino de los consejos
evangélicos! Cultivad el deseo de ofrecer al Señor a alguno de vuestros hijos para el
crecimiento del amor de Dios en el mundo. ?Qué fruto de vuestro amor conyugal
podríais tener más bello que éste?Es preciso recordar que si los padres no viven los
valores evangélicos, será difícil que los jóvenes y las jóvenes puedan percibir la
llamada, comprender la necesidad de los sacrificios que han de afrontar y apreciar la
belleza de la meta a alcanzar. En efecto, es en la familia donde los jóvenes tienen las
primeras experiencias de los valores evangélicos, del amor que se da a Dios y a los
demás. También es necesario que sean educados en el uso responsable de su
libertad, para estar dispuestos a vivir de las más altas realidades espirituales según
su propia vocación.Ruego para que vosotras, familias cristianas, unidas al Señor con
la oración y la vida sacramental, seáis hogares acogedores de vocaciones.
108. Deseo hacer llegar a todos los hombres y mujeres que quieran escuchar mi voz
la invitación a buscar los caminos que conducen al Dios vivo y verdadero también a
través de las sendas trazadas por la vida consagrada. Las personas consagradas
testimonian que « quien sigue a Cristo, el hombre perfecto, se hace también más
hombre ».¡Cuántas de ellas se han inclinado y continúan inclinándose como buenos
samaritanos sobre las innumerables llagas de los hermanos y hermanas que
encuentran en su camino!Mirad a estas personas seducidas por Cristo que con
dominio de sí, sostenido por la gracia y el amor de Dios, señalan el remedio contra la
avidez del tener, del gozar y del dominar. No olvidéis los carismas que han forjado
magníficos « buscadores de Dios » y benefactores de la humanidad, que han abierto
rutas seguras a quienes buscan a Dios con sincero corazón. ¡Considerad el gran
número de santos que han crecido en este género de vida, considerad el bien que
han hecho al mundo, hoy como ayer, quienes se han dedicado a Dios! Este mundo
nuestro, ?no tiene acaso necesidad de alegres testigos y profetas del poder benéfico
del amor de Dios? ?No necesita también hombres y mujeres que sepan, con su vida y
con su actuación, sembrar semillas de paz y de fraternidad?
Mirando al futuro
110. ¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino
una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os
impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas.Haced de vuestra vida una
ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al
encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo, a la
Iglesia, a vuestro Instituto y al hombre de nuestro tiempo.De este modo Cristo os
renovará día a día, para construir con su Espíritu comunidades fraternas, para lavar
con El los pies a los pobres, y para dar vuestra aportación insustituible a la
transformación del mundo.Que este nuestro mundo confiado a la mano del hombre, y
que está entrando en el nuevo milenio, sea cada vez más humano y justo, signo y
anticipación del mundo futuro, en el cual El, el Señor humilde y glorificado, pobre y
exaltado, será el gozo pleno y perdurable para nosotros y para nuestros hermanos y
hermanas, junto con el Padre y el Espíritu Santo.
Oración a la Trinidad
111. Trinidad Santísima, beata y beatificante, haz dichosos a tus hijos e hijas que has
llamado a confesar la grandeza de tu amor, de tu bondad misericordiosa y de tu
belleza.Padre Santo, santifica a los hijos e hijas que se han consagrado a ti para la
gloria de tu nombre. Acompáñales con tu poder, para que puedan dar testimonio de
que Tú eres el Origen de todo, la única fuente del amor y la libertad. Te damos
gracias por el don de la vida consagrada, que te busca en la fe y, en su misión
universal, invita a todos a caminar hacia ti.Jesús Salvador, Verbo Encarnado, así
como has dado tu forma de vivir a quienes has llamado, continúa atrayendo hacia ti
personas que, para la humanidad de nuestro tiempo, sean depositarias de
misericordia, anuncio de tu retorno, y signo viviente de los bienes de la resurrección
futura. ¡Ninguna tribulación los separe de ti y de tu amor!Espíritu Santo, Amor
derramado en los corazones, que concedes gracia e inspiración a las mentes, Fuente
perenne de vida, que llevas la misión de Cristo a su cumplimiento con numerosos
carismas, te rogamos por todas las personas consagradas. Colma su corazón con la
íntima certeza de haber sido escogidas para amar, alabar y servir. Haz que gusten de
tu amistad, llénalas de tu alegría y de tu consuelo, ayúdalas a superar los momentos
de dificultad y a levantarse con confianza tras las caídas, haz que sean espejo de la
belleza divina. Dales el arrojo para hacer frente a los retos de nuestro tiempo y la
gracia de llevar a los hombres la benevolencia y la humanidad de nuestro Salvador
Jesucristo (cf. Tt 3, 4).
112. María, figura de la Iglesia, Esposa sin arruga y sin mancha, que imitándote «
conserva virginalmente la fe íntegra, la esperanza firme y el amor sincero »,sostiene a
las personas consagradas en el deseo de llegar a la eterna y única
Bienaventuranza.Las encomendamos a ti, Virgen de la Visitación, para que sepan
acudir a las necesidades humanas con el fin de socorrerlas, pero sobre todo para que
lleven a Jesús. Enséñales a proclamar las maravillas que el Señor hace en el mundo,
para que todos los pueblos ensalcen su nombre. Sostenlas en sus obras en favor de
los pobres, de los hambrientos, de los que no tienen esperanza, de los últimos y de
todos aquellos que buscan a tu Hijo con sincero corazón.A ti, Madre, que deseas la
renovación espiritual y apostólica de tus hijos e hijas en la respuesta de amor y de
entrega total a Cristo, elevamos confiados nuestra súplica. Tú que has hecho la
voluntad del Padre, disponible en la obediencia, intrépida en la pobreza y acogedora
en la virginidad fecunda, alcanza de tu divino Hijo, que cuantos han recibido el don de
seguirlo en la vida consagrada, sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada,
caminando gozosamente, junto con todos los otros hermanos y hermanas, hacia la
patria celestial y la luz que no tiene ocaso.
Te lo pedimos, para que en todos y en todo sea glorificado, bendito y amado el Sumo
Señor de todas las cosas, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.