🌑 El Guardián de las Sombras
1. La leyenda olvidada
En el pueblo de Valdoria, escondido entre montañas y bosques
espesos, la vida parecía tranquila. Los niños corrían por las calles
empedradas, los comerciantes abrían sus puestos en la plaza central,
y las campanas de la iglesia marcaban las horas con una calma
eterna.
Pero, entre las viejas generaciones, se susurraba un mito inquietante:
cuando la luna desaparece del cielo, las sombras caminan libres.
Los ancianos advertían que, durante las noches de luna nueva, nadie
debía salir. Sin embargo, con el paso de los años, las advertencias se
volvieron historias para asustar a los pequeños. Solo unos pocos aún
recordaban que aquellas palabras no eran meras fantasías.
Entre quienes escuchaban esas historias estaba Elías, un muchacho
de 14 años, curioso y obstinado, que vivía con su madre en una
pequeña casa junto al río. Le encantaba mirar el cielo, estudiar las
estrellas y buscar respuestas a lo inexplicable.
—Elías —le decía su madre—, deja de perder tiempo con cuentos de
viejas. La luna nueva no trae más que oscuridad. Nada más.
—¿Y si sí pasa algo? —insistía él, con los ojos encendidos de emoción
—. ¿Y si los ancianos tienen razón?
La madre suspiraba, acostumbrada a que su hijo buscara misterios
donde otros solo veían rutina.
2. La noche prohibida
Llegó el mes de octubre, y con él, una luna nueva. Esa tarde el cielo
se tiñó de un rojo extraño en el atardecer, y el viento soplaba como si
presagiara tormenta. Los vecinos cerraron puertas y ventanas antes
de lo habitual, mientras los perros ladraban sin motivo aparente.
Elías, decidido, guardó una linterna, fósforos y un cuaderno en su
mochila. No pensaba dejar pasar la oportunidad de comprobar por sí
mismo la verdad.
Cuando todos dormían, salió en silencio. Caminó por las calles
desiertas, escuchando el crujido de la madera en las casas viejas. La
plaza estaba vacía, iluminada apenas por faroles temblorosos. Todo
parecía normal, hasta que llegó al viejo molino, abandonado desde
hacía décadas.
Allí, el aire se volvió frío. La linterna de Elías titiló... y se apagó.
—¿Hola? —susurró el muchacho, con un nudo en la garganta.
Entonces, una voz profunda resonó entre las sombras:
—No deberías estar aquí, pequeño.
Elías giró en todas direcciones, pero no había nadie. Hasta que lo vio:
una figura encapuchada, más alta que cualquier hombre, con ojos
rojos como brasas en la oscuridad.
—¿Quién eres? —preguntó Elías, tratando de sonar valiente.
—Soy el Guardián de las Sombras —respondió la figura, avanzando
lentamente—. Cada luna nueva, despierto para contener lo que
acecha en la oscuridad.
De repente, el suelo tembló y del molino emergieron formas negras
que se retorcían como humo vivo. Susurros escalofriantes llenaron el
aire.
El Guardián extendió una mano y las sombras se encogieron,
atrapadas por un círculo brillante que apareció bajo sus pies. Sin
embargo, el hombre parecía cansado, debilitado.
—Mi tiempo se acaba —murmuró—. Y tú, Elías, has sido elegido.
3. El pacto
El muchacho no entendía.
—¿Elegido? ¿Para qué?
—Para heredar mi tarea. Serás el nuevo Guardián.
Elías retrocedió, asustado.
—¡No! Yo solo vine a mirar... No quiero esto.
—No es cuestión de querer —replicó la figura, con voz firme—. Es
cuestión de destino. Las sombras despiertan más fuertes cada siglo.
Si no hay Guardián, se desatarán sobre Valdoria y devorarán todo a
su paso.
Las sombras intentaron escapar del círculo y una de ellas casi rozó a
Elías. Sintió un frío helado que lo atravesó, como si le arrancaran el
alma.
—¡Basta! —gritó.
El Guardián lo observó con atención.
—Tienes valor. Eso es lo que se necesita. Si aceptas, tu vida cambiará
para siempre. La gente del pueblo olvidará tu existencia, incluso tu
madre. Serás invisible para todos, salvo para las sombras... y para mí.
Elías sintió un dolor en el pecho. ¿Olvidado por todos? ¿Ni siquiera su
madre lo recordaría? Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No quiero perderla... —murmuró.
—Si no aceptas, ella y todos los que amas perecerán cuando llegue la
próxima luna nueva —contestó el Guardián con dureza.
Elías cerró los ojos. Su corazón latía como un tambor. Finalmente, dio
un paso adelante.
—Acepto.
El Guardián asintió. Una ráfaga de luz lo envolvió y su cuerpo
comenzó a desintegrarse en polvo brillante. Esa energía se unió a
Elías, que gritó mientras sentía un fuego recorrer sus venas.
Cuando abrió los ojos, sus pupilas brillaban como brasas. El antiguo
Guardián había desaparecido.
4. El aprendizaje
Los días siguientes fueron confusos. Nadie en el pueblo recordaba a
Elías. Ni su madre. En la casa junto al río, la mujer vivía tranquila
como si nunca hubiera tenido un hijo.
Elías intentó hablarle, tocarla, gritar su nombre, pero era como un
fantasma para ella.
Roto por dentro, vagó hasta el molino. Allí lo esperaban las sombras,
contenidas en un círculo que ahora él podía controlar. También
descubrió que tenía un nuevo poder: podía caminar entre las
sombras, escuchar sus susurros y conocer sus secretos.
—Eres nuestro amo ahora... —murmuraban—. Pero si fallas, seremos
libres.
Elías comprendió la magnitud de su responsabilidad. Cada luna
nueva, tendría que luchar para que no escaparan. Y, mientras tanto,
vigilar al pueblo desde las sombras, protegiéndolos sin que nadie lo
supiera.
5. La prueba final
Pasaron meses. Elías se entrenó, aprendió a controlar la oscuridad y a
usarla como arma. Pero sabía que tarde o temprano llegaría la
verdadera prueba.
Una noche, la luna nueva volvió. El aire se volvió denso, y las
sombras rugieron con furia. Esta vez eran más fuertes, más
numerosas. El círculo comenzó a quebrarse.
—¡No podrás detenernos, niño! —gritaron al unísono.
Elías, con las manos temblorosas, cerró los ojos. Recordó a su madre,
al pueblo, a cada sonrisa que nunca volvería a recibir. El dolor se
transformó en fuerza.
—¡No mientras yo sea el Guardián! —rugió.
Una llamarada de energía oscura lo rodeó. Las sombras intentaron
escapar, pero una a una fueron absorbidas por el sello que Elías creó
con su propia voluntad.
Al amanecer, todo había terminado. El pueblo seguía dormido,
ignorante de la batalla que había ocurrido bajo su cielo.
6. Epílogo
Los años pasaron. Elías creció, invisible para todos, pero siempre
presente. Desde la torre del molino vigilaba Valdoria, convertido en
un ser mitad humano, mitad sombra.
En el pueblo, los ancianos volvieron a contar la leyenda:
"Cuando la luna desaparece del cielo, alguien vela por nosotros en
silencio... El Guardián de las Sombras."
Y aunque nadie lo recordaba, cada vez que su madre encendía una
vela en la ventana durante la noche, Elías sonreía. Sabía que, en lo
profundo de su corazón, aún quedaba una chispa de memoria.