Parte IV – Una pesca abundante
La conversión de los vínculos
Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos
doscientos codos, remolcando la red con los peces […] Simón Pedro subió a la barca y
arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque
eran tantos, no se rompió la red (Jn 21,8.11).
109. Las redes echadas por la palabra del Resucitado permiten una pesca abundante.
Todos colaboran en el arrastre de la red, Pedro tiene un rol especial. En el Evangelio, la pesca
es una acción realizada en común: cada uno tiene una tarea precisa, distinta pero coordinada
con la de los demás. Así es la Iglesia sinodal, hecha de vínculos que unen en la comunión y de
espacios para la variedad de pueblos y culturas. En un momento en el que cambia la experiencia
de los lugares donde la Iglesia está arraigada y peregrina, es necesario cultivar en formas nuevas
el intercambio de dones y el entrelazamiento de los vínculos que nos unen, sostenidos por el
ministerio de los obispos en comunión entre sí y con el Obispo de Roma.
Arraigado y peregrino
110. El anuncio del Evangelio, suscitando la fe en el corazón de los hombres y las
mujeres, lleva a la fundación de una Iglesia en un lugar particular. La Iglesia no puede
entenderse sin estar enraizada en un territorio concreto, en un espacio y en un tiempo donde se
forma una experiencia compartida de encuentro con Dios que salva. La dimensión local de la
Iglesia conserva la rica diversidad de las expresiones de fe arraigadas en contextos culturales e
históricos específicos, y la comunión de las Iglesias manifiesta la comunión de los fieles dentro
de la única Iglesia. De este modo, la conversión sinodal invita a cada persona a ampliar el
espacio del propio corazón, el primer “lugar” donde resuenan todas nuestras relaciones,
enraizadas en la relación personal de cada uno con Cristo Jesús y su Iglesia. Esta es la fuente y
la condición de toda reforma en clave sinodal de los vínculos de pertenencia y de los lugares
eclesiales. La acción pastoral no puede limitarse a cuidar las relaciones entre personas que se
sienten en sintonía entre ellas, sino que debe favorecer el encuentro con cada hombre y cada
mujer.
111. La experiencia del enraizamiento debe hacer frente a profundos cambios
socioculturales que están modificando la percepción de los lugares. El concepto de lugar ya no
puede ser entendido en términos puramente geográficos y espaciales, sino que en nuestra época
evoca la pertenencia a una red de relaciones y a una cultura cuyas raíces territoriales son más
dinámicas y flexibles que nunca. La urbanización es uno de los principales factores de este
cambio: hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, la mayoría de la población mundial
vive en contextos urbanos. Las grandes ciudades son a menudo aglomeraciones humanas sin
historia ni identidad, en las que las personas viven como islas. Los vínculos territoriales
tradicionales cambian de significado, haciendo que los límites de las parroquias y de las diócesis
estén menos definidos. La Iglesia está llamada a vivir en estos contextos, reconstruyendo la
vida comunitaria, dando rostro a realidades anónimas y tejiendo relaciones fraternas. Para ello,
además de aprovechar al máximo las estructuras todavía adecuadas, se requiere una creatividad
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misionera que explore nuevas formas de pastoral e identifique caminos concretos de atención.
Sin embargo, también es cierto que las realidades rurales, algunas de las cuales son verdaderas
periferias existenciales, no deben descuidarse y requieren una atención pastoral específica, al
igual que los lugares de marginación y exclusión.
112. Nuestra época también se caracteriza por el aumento de la movilidad humana,
motivada por diversas razones. Los refugiados y los migrantes forman a menudo comunidades
dinámicas, incluso en sus prácticas religiosas, haciendo que el lugar donde se instalan sea
multicultural. Algunos de ellos mantienen estrechos lazos con sus países de origen, sobre todo
gracias a los medios digitales, y experimentan dificultades para tejer vínculos en el nuevo país;
otros permanecen desarraigados. Los habitantes de los lugares de inmigración también se ven
interpelados por la acogida de los que llegan. Todos experimentan el impacto causado por el
encuentro con la diversidad de orígenes geográficos, culturales y lingüísticos, y están llamados
a construir comunidades interculturales. No debe pasarse por alto el impacto de los fenómenos
migratorios en la vida de las Iglesias. Es emblemática, en este sentido, la situación de algunas
Iglesias católicas orientales, debido al creciente número de fieles en la diáspora; se requieren
nuevos enfoques para que se mantengan los vínculos con su Iglesia de origen y se creen otros
nuevos, respetando las diferentes raíces espirituales y culturales.
113. La difusión de la cultura digital, especialmente evidente entre los jóvenes, también
está cambiando profundamente la percepción del espacio y del tiempo, influyendo en las
actividades cotidianas, las comunicaciones y las relaciones interpersonales, incluida la fe. Las
posibilidades que ofrece la red reconfiguran las relaciones, los vínculos y las fronteras. Aunque
hoy estamos más conectados que nunca, a menudo experimentamos soledad y marginación.
Además, las redes sociales pueden ser utilizadas por quienes tienen intereses económicos y
políticos que, manipulando a las personas, difunden ideologías y generan polarizaciones
agresivas. Esta realidad nos encuentra desprevenidos y requiere la decisión de dedicar recursos
para que el ambiente digital sea un lugar profético para la misión y el anuncio. Las iglesias
locales deben animar, apoyar y acompañar a quienes se dedican a la misión en el ambiente
digital. Las comunidades y grupos digitales de inspiración cristiana, especialmente de jóvenes,
también están llamados a reflexionar sobre el modo cómo crean vínculos de pertenencia, a
promover el encuentro y el diálogo, a ofrecer formación entre iguales y desarrollar un modo
sinodal de ser Iglesia. La red, constituida por conexiones, ofrece nuevas oportunidades para
vivir mejor la dimensión sinodal de la Iglesia.
114. Esta evolución social y cultural exige que la Iglesia se interrogue sobre el significado
de su dimensión “local” y cuestione sus formas organizativas para servir mejor a su misión. Sin
dejar de reconocer el valor de la presencia en contextos geográficos y culturales concretos, es
esencial entender el “lugar” como la realidad histórica en la que toma forma la experiencia
humana. Es allí, en la trama de relaciones que se establecen, donde la Iglesia está llamada a
expresar su sacramentalidad (cf. LG 1) y a realizar su misión.
115. La relación entre lugar y espacio sugiere también una reflexión sobre la Iglesia como
“casa”. Cuando no se entiende como un espacio cerrado, inaccesible, que hay que defender a
toda costa, la imagen de la casa evoca posibilidades de acogida, hospitalidad e inclusión. La
creación misma es una casa común, en la que los miembros de la única familia humana viven
con todas las demás criaturas. Nuestro compromiso, sostenido por el Espíritu, es asegurar que
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la Iglesia sea percibida como una casa acogedora, un sacramento de encuentro y de salvación,
como una escuela de comunión para todos los hijos e hijas de Dios. La Iglesia es también Pueblo
de Dios en camino con Cristo, en el que cada uno está llamado a ser peregrino de esperanza. La
práctica tradicional de las peregrinaciones es un signo de ello. También la piedad popular es
uno de los lugares de una Iglesia sinodal misionera.
116. La Iglesia local, entendida como diócesis o eparquía, es el ámbito fundamental en el
que se manifiesta de modo más pleno la comunión en Cristo de todos los bautizados. En ella se
reúne la comunidad en la celebración de la Eucaristía presidida por el obispo. Cada Iglesia local
se articula en sí misma y, al mismo tiempo, está en relación con las demás Iglesias locales.
117. Una de las principales articulaciones de la Iglesia local que nos ha legado la historia
es la parroquia. La comunidad parroquial, que se reúne en la celebración de la Eucaristía, es un
lugar privilegiado de relaciones, acogida, discernimiento y misión. Los cambios en la
concepción y en la forma de vivir la relación con el territorio obligan a reconsiderar su
configuración. Lo que la caracteriza es ser una propuesta comunitaria sobre una base no
electiva. Reúne a personas de diferentes generaciones, profesiones, orígenes geográficos, clases
sociales y condiciones de vida. Para responder a las nuevas exigencias de la misión, está
llamada a abrirse a formas inéditas de acción pastoral que tengan en cuenta la movilidad de las
personas y el “territorio existencial” en el que se desarrolla su vida. Promoviendo de manera
particular la iniciación cristiana y ofreciendo acompañamiento y formación, podrá apoyar a las
personas en las diferentes etapas de la vida y en el cumplimiento de su misión en el mundo. De
este modo, quedará más claro que la parroquia no está centrada en sí misma, sino orientada a la
misión y llamada a apoyar el compromiso de tantas personas que, de diferentes maneras, viven
y dan testimonio de su fe en su profesión y en las actividades sociales, culturales y políticas. En
muchas regiones del mundo, las pequeñas comunidades cristianas o comunidades eclesiales de
base son el terreno en el que pueden florecer intensas relaciones de proximidad y reciprocidad,
ofreciendo la oportunidad de vivir concretamente la sinodalidad.
118. Reconocemos la capacidad de los institutos de vida consagrada, de las sociedades
de vida apostólica, así como de las asociaciones, movimientos y nuevas comunidades, de
arraigarse en el territorio y, al mismo tiempo, de conectar lugares y ámbitos diversos, incluso a
nivel nacional o internacional. A menudo es su acción, junto con la de tantas personas
individuales y grupos informales, la que lleva el Evangelio a los lugares más diversos:
hospitales, cárceles, residencias de ancianos, centros de acogida para emigrantes, menores,
marginados y víctimas de la violencia; lugares de educación y formación, escuelas y
universidades, donde se encuentran jóvenes y familias; lugares de la cultura, la política y el
desarrollo humano integral donde se imaginan y construyen nuevas formas de convivencia.
También miramos con gratitud a los monasterios, lugares de convocatoria y discernimiento,
profecía de un “más allá”, que concierne a toda la Iglesia y guía el camino. Es responsabilidad
específica del obispo diocesano o eparquial animar esta multiplicidad y cuidar los lazos de
unidad. Los institutos y agregaciones (asociaciones, movimientos y nuevas comunidades) están
llamados a actuar en sinergia con la Iglesia local, participando en el dinamismo de la
sinodalidad.
119. La valorización de los lugares “intermedios” entre la Iglesia local y la Iglesia toda
—como la provincia eclesiástica y las agrupaciones de Iglesias de ámbito nacional o
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continental— puede favorecer también una presencia más significativa de la Iglesia en los
lugares de nuestro tiempo. La creciente movilidad y las interconexiones actuales hacen que las
fronteras entre las Iglesias sean fluidas y exigen a menudo pensar y actuar dentro de un “vasto
territorio sociocultural”, en el que, excluyendo cualquier forma de “falso particularismo, la vida
cristiana se acomodará al carácter y la idiosincrasia de cada cultura” (AG 22).
Intercambio de dones
120. Caminar juntos en los diferentes lugares como discípulos de Jesús en la diversidad
de carismas y ministerios, así como en el intercambio de dones entre las Iglesias, es un signo
eficaz de la presencia del amor y de la misericordia de Dios en Cristo que acompaña, sostiene
y orienta con el soplo del Espíritu Santo el camino de la humanidad hacia el Reino. El
intercambio de dones implica todas las dimensiones de la vida de la Iglesia. Constituida en
Cristo como Pueblo de Dios por todos los pueblos de la tierra y articulada dinámicamente en la
comunión de las Iglesias locales, de sus agrupaciones, de las Iglesias sui iuris en el seno de la
Iglesia una y católica, vive su misión favoreciendo y acogiendo “todas las riquezas, recursos y
formas de vida de los pueblos en lo que tienen de bueno y al acogerlos los purifica, consolida
y eleva” (LG 13). La exhortación del apóstol Pedro —“como buenos administradores de la
multiforme gracia de Dios, ponga cada uno al servicio de los demás el don que ha recibido” (1
Pe 4,10)— puede aplicarse ciertamente a cada Iglesia local. Un ejemplo paradigmático e
inspirador de este intercambio de dones, que debe vivirse y revisarse hoy con particular atención
debido a las cambiantes y apremiantes circunstancias históricas, es el que se da entre las Iglesias
de tradición latina y las Iglesias católicas orientales. Un horizonte significativo de novedad y
esperanza en el que se pueden realizar formas de intercambio de dones, de búsqueda del bien
común y de compromiso coordinado en cuestiones sociales de relevancia global es el que se
está configurando, por ejemplo, en grandes áreas geográficas supranacionales e interculturales
como la Amazonia, la cuenca del río Congo, y el mar Mediterráneo.
121. La Iglesia, a nivel local y en su unidad católica, se propone como una red de
relaciones a través de la cual circula y se promueve la profecía de la cultura del encuentro, de
la justicia social, de la inclusión de los grupos marginados, de la fraternidad entre los pueblos,
del cuidado de la casa común. El ejercicio concreto de esta profecía exige que los bienes de
cada Iglesia sean compartidos con espíritu de solidaridad, sin paternalismos ni asistencialismos,
respetando las diferentes identidades y promoviendo una sana reciprocidad, con el compromiso
—cuando sea necesario— de curar las heridas de la memoria y de emprender caminos de
reconciliación. El intercambio de dones y la puesta en común de recursos entre Iglesias locales
de diferentes regiones fomentan la unidad de la Iglesia, creando vínculos entre las comunidades
cristianas implicadas. Es preciso centrarse sobre las condiciones que garanticen que los
presbíteros que van a ayudar a las Iglesias pobres en clero no se conviertan sólo en un remedio
funcional, sino que sean un recurso de crecimiento para la Iglesia que los envía y para aquella
que los recibe. De igual modo hay que procurar que las ayudas económicas no degeneren en
asistencialismo, sino que promuevan la auténtica solidaridad evangélica y sean gestionados de
manera transparente y confiable.
122. El intercambio de dones tiene también un significado crucial en el camino hacia la
unidad plena y visible entre todas las Iglesias y Comuniones cristianas y, además, es un signo
eficaz de esa unidad, en la fe y el amor de Cristo, que favorece la credibilidad y el impacto de
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la misión cristiana (cf. Jn 17,21). San Juan Pablo II aplicó esta expresión al diálogo ecuménico:
“el diálogo no es sólo un intercambio de ideas. Siempre es de todos modos un ‘intercambio de
dones’” (UUS 28). Ha sido en el compromiso de encarnar el único Evangelio en la diversidad
de contextos culturales, circunstancias históricas y desafíos sociales donde las distintas
tradiciones cristianas, a la escucha de la Palabra de Dios y de la voz del Espíritu Santo, han
generado a lo largo de los siglos copiosos frutos de santidad, caridad, espiritualidad, teología y
solidaridad a nivel social y cultural. Ha llegado el momento de valorar y tener muy en cuenta
estas preciosas riquezas con generosidad, con sinceridad, sin prejuicios, con gratitud al Señor,
con apertura recíproca, haciéndonos don los unos a los otros sin asumir que son propiedad
exclusiva nuestra. El ejemplo de los santos y testigos de la fe de otras Iglesias y Comuniones
cristianas es también un don que podemos recibir, incluyendo su memoria en nuestro calendario
litúrgico, especialmente la de los mártires.
123. En el Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia
común, firmado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar Ahmed Al-Tayyeb en Abu
Dabi el 4 de febrero de 2019, se declara la voluntad de “asumir la cultura del diálogo como
camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y
criterio”. No se trata de una aspiración anhelada ni de un aspecto opcional en el camino del
Pueblo de Dios en el hoy de la historia. En este camino, una Iglesia sinodal se compromete a
caminar, en los diferentes lugares donde vive, con creyentes de otras religiones y con personas
de otras convicciones, compartiendo gratuitamente la alegría del Evangelio y acogiendo con
gratitud sus respectivos dones, para construir juntos, como hermanos y hermanas todos, en un
espíritu de intercambio y ayuda mutua (cf. GS 40), la justicia, la fraternidad, la paz y el diálogo
interreligioso. En algunas regiones, las pequeñas comunidades de barrio, donde se reúnen las
personas independientemente de su pertenencia religiosa, ofrecen un ambiente propicio para un
triple diálogo: de vida, de acción y de oración.
Vínculos para la unidad: Conferencias Episcopales y Asambleas eclesiales
124. El horizonte de comunión en el intercambio de dones es el criterio inspirador de las
relaciones entre las Iglesias. Combina la atención a los vínculos que forman la unidad de toda
la Iglesia con el reconocimiento y la valoración de las particularidades ligadas al contexto en el
que vive cada Iglesia local, con su historia y su tradición. Adoptar un estilo sinodal permite a
las Iglesias moverse a ritmos diferentes. Las diferencias de ritmo pueden valorarse como
expresión de una diversidad legítima y como una oportunidad para intercambiar dones y
enriquecerse mutuamente. Este horizonte común requiere discernir, identificar y promover
estructuras y prácticas concretas para ser una Iglesia sinodal en misión.
125. Las Conferencias Episcopales expresan y ponen en práctica la colegialidad de los
obispos para favorecer la comunión entre las Iglesias y responder más eficazmente a las
necesidades de la vida pastoral. Son un instrumento fundamental para crear vínculos, compartir
experiencias y buenas prácticas entre las Iglesias, adaptando la vida cristiana y la expresión de
la fe a las diferentes culturas. También desempeñan un papel importante en el desarrollo de la
sinodalidad, con la participación de todo el Pueblo de Dios. Sobre la base de lo que surgió
durante el proceso sinodal, se propone:
a) recoger los frutos de la reflexión sobre el estatuto teológico y jurídico de las Conferencias
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Episcopales;
b) precisar el ámbito de la competencia doctrinal y disciplinar de las Conferencias
Episcopales. Sin comprometer la autoridad del obispo en la Iglesia que le ha sido
confiada, ni poner en peligro la unidad y la catolicidad de la Iglesia, el ejercicio colegial
de esta competencia puede favorecer la auténtica enseñanza de la única fe de manera
adecuada e inculturada en los diversos contextos, identificando las expresiones litúrgicas,
catequéticas, disciplinares, pastorales, teológicas y espirituales apropiadas (cf. AG 22);
c) realizar una evaluación de la experiencia del funcionamiento efectivo de las Conferencias
Episcopales, de las relaciones entre los episcopados y con la Santa Sede, con el fin de
identificar las reformas concretas a realizar. Las visitas ad limina apostolorum podrían
ser una ocasión propicia para dicha evaluación;
d) garantizar que todas las diócesis formen parte de una provincia eclesiástica y de una
Conferencia Episcopal (cf. CD 40);
e) precisar el vínculo eclesial que las decisiones tomadas por una Conferencia Episcopal
generan, respecto a su propia diócesis, para cada obispo que haya participado en esas
mismas decisiones;
126. En el proceso sinodal, las siete Asambleas eclesiales continentales, celebradas a
comienzos de 2023, representaron una novedad significativa y son un legado que hay que
valorar como una forma eficaz de poner en práctica la enseñanza del Concilio sobre el valor de
“cada gran territorio sociocultural” en la búsqueda de “una acomodación más profunda en todo
el ámbito de la vida cristiana” (AG 22). Su estatuto teológico y canónico, así como el de las
agrupaciones continentales de Conferencias Episcopales, deberá clarificarse mejor para poder
explotar su potencial para el ulterior desarrollo de una Iglesia sinodal. Corresponde
especialmente a los presidentes de las agrupaciones continentales de Conferencias Episcopales
alentar y apoyar la prosecución de esta experiencia.
127. En las Asambleas eclesiales (regionales, nacionales, continentales) los miembros,
que expresan y representan la variedad del Pueblo de Dios (incluidos los obispos), participan
en el discernimiento que permitirá a los obispos, colegialmente, tomar las decisiones a las que
están obligados en virtud del ministerio que les ha sido confiado. Esta experiencia muestra
cómo la sinodalidad permite articular concretamente la implicación de todos (el Pueblo santo
de Dios) y el ministerio de algunos (el Colegio episcopal) en el proceso de toma de decisiones
sobre la misión de la Iglesia. Se propone que el discernimiento pueda incluir, en formas
adaptadas a la diversidad de los contextos, espacios de escucha y diálogo con los otros
cristianos, representantes de otras religiones, instituciones públicas, organizaciones de la
sociedad civil y la sociedad en general.
128. A causa de particulares situaciones sociales y políticas, algunas Conferencias
Episcopales tienen dificultades para participar en asambleas continentales o en organismos
eclesiales supranacionales. Estará a cargo de la Santa Sede el ayudar a estas Conferencias
Episcopales promoviendo el diálogo y la confianza recíproca con los Estados, para que se les
dé la posibilidad de entrar en relación con otras Conferencias Episcopales, con vistas al
intercambio de dones.
129. Para lograr una “saludable ‘descentralización’” (EG 16) y una efectiva inculturación
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de la fe, es necesario no sólo reconocer el papel de las Conferencias Episcopales, sino también
revalorizar la institución de los Concilios particulares, tanto provinciales como plenarios, cuya
celebración periódica ha sido una obligación durante gran parte de la historia de la Iglesia y que
están previstos por el derecho vigente en el ordenamiento latino (cf. CIC cc. 439-446). Deberían
convocarse periódicamente. El procedimiento de reconocimiento de las conclusiones de los
Concilios particulares por parte de la Santa Sede (recognitio) debería ser reformado, para
favorecer su publicación oportuna, indicando plazos precisos o, en el caso de cuestiones
puramente pastorales o disciplinares (que no se refieran directamente a cuestiones de fe, moral
o disciplina sacramental), introduciendo una presunción jurídica, equivalente al consentimiento
tácito.
El servicio del Obispo de Roma
130. El proceso sinodal ha ayudado también a revisar los modos de ejercicio del
ministerio del Obispo de Roma a la luz de la sinodalidad. En efecto, la sinodalidad articula de
manera sinfónica las dimensiones comunitaria (“todos”), colegial (“algunos”) y personal
(“uno”) de cada Iglesia local y de toda la Iglesia. En esta perspectiva, el ministerio petrino es
inherente a la dinámica sinodal, así como la dimensión comunitaria, que incluye a todo el
Pueblo de Dios, y aquella colegial del ministerio episcopal (cf. CTI, n. 64).
131. Se comprende así el alcance de la afirmación conciliar según la cual “dentro de la
comunión eclesiástica, existen legítimamente Iglesias particulares, que gozan de tradiciones
propias, permaneciendo inmutable el primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea
universal de la caridad, protege las diferencias legítimas y simultáneamente vela para que las
divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla” (LG 13). El Obispo de Roma, principio y
fundamento de la unidad de la Iglesia (LG 23), es el garante de la sinodalidad: a él corresponde
convocar a la Iglesia en Sínodo, presidirlo y confirmar sus resultados. Como sucesor de Pedro,
tiene un papel único en la salvaguardia del depósito de la fe y de las costumbres, asegurando
que los procesos sinodales sean fructíferos para la unidad y el testimonio. Junto con el Obispo
de Roma, el Colegio episcopal tiene un papel insustituible en apacentar la Iglesia toda (cf. LG
22-23) y en promover la sinodalidad en todas las Iglesias locales.
132. Como garante de la unidad en la diversidad, el Obispo de Roma vela por la
salvaguardia de la identidad de las Iglesias católicas orientales, en el respeto de sus antiguas
tradiciones teológicas, canónicas, litúrgicas, espirituales y pastorales. Estas Iglesias están
dotadas de sus propias estructuras sinodales deliberativas: Sínodo de los obispos de las Iglesias
patriarcales y arquidiocesanas mayores (cf. CCEO cc. 102 ss., 152), Concilio provincial (cf.
CCEO can. 137), Consejo de Jerarcas (cf. CCEO cc. 155, § 1, 164 ss.) y, finalmente, Asambleas
de Jerarcas de diversas Iglesias sui iuris (cf. CCEO can. 322). Como Iglesias sui iuris en plena
comunión con el Obispo de Roma, conservan su identidad oriental y autonomía. En el marco
de la sinodalidad, es oportuno revisar juntos la historia para curar las heridas del pasado y
profundizar nuevos modos de vivir la comunión que produzcan un cambio en las relaciones
entre las Iglesias católicas orientales y la Curia Romana. Las relaciones entre la Iglesia latina y
las Iglesias católicas orientales deben caracterizarse por el intercambio de dones, la
colaboración y el enriquecimiento recíproco.
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133. Para incrementar estas relaciones, la Asamblea sinodal propone instituir un Consejo
de Patriarcas, Arzobispos Mayores y Metropolitas de las Iglesias católicas orientales, presidido
por el Papa, que sea expresión de la sinodalidad e instrumento para promover la comunión y la
puesta en común del patrimonio litúrgico, teológico, canónico y espiritual. El éxodo de muchos
fieles orientales a regiones de rito latino corre el riesgo de comprometer su identidad. Para hacer
frente a esta situación, deben desarrollarse instrumentos y normas que refuercen al máximo la
colaboración entre la Iglesia latina y las Iglesias católicas orientales. La Asamblea sinodal
recomienda un diálogo sincero y una colaboración fraterna entre los obispos latinos y orientales,
para asegurar una mejor atención pastoral a los fieles orientales que carecen de presbíteros del
propio rito y para garantizar, con la debida autonomía, la participación de los obispos orientales
en las Conferencias Episcopales. Por último, propone al Santo Padre que convoque un Sínodo
especial para promover la consolidación y el renacimiento de las Iglesias católicas orientales.
134. La reflexión sobre el ejercicio del ministerio petrino en clave sinodal debe realizarse
en la perspectiva de la “saludable ‘descentralización’” (EG 16), pedida con insistencia por el
Papa Francisco y solicitada por muchas Conferencias Episcopales. En la formulación dada por
la constitución apostólica Praedicate Evangelium, esta supone “dejar a la competencia de los
pastores la facultad de resolver en el ejercicio de ‘su propia competencia de maestros’ y pastores
las cuestiones que conocen bien y que no afectan a la unidad de doctrina, disciplina y comunión
de la Iglesia, actuando siempre con esa corresponsabilidad que es fruto y expresión de ese
mysterium communionis específico que es la Iglesia” (PE II, 2). Para proceder en esta dirección,
se podría identificar mediante un estudio teológico y canónico qué materias deben reservarse al
Papa (reservatio papalis) y cuáles deben ser restituidas a los obispos en sus Iglesias o
agrupaciones de Iglesias, en línea con el reciente “motu proprio” Competentias quasdam
decernere (15 de febrero de 2022). De hecho, “asignar algunas competencias, sobre
disposiciones del código destinadas a garantizar la unidad de la disciplina de la Iglesia
universal, a la potestad ejecutiva de las Iglesias y de las instituciones eclesiales locales,
corresponde a la dinámica eclesial de la comunión algunas competencias, sobre disposiciones
del código destinadas a garantizar la unidad de la disciplina de la Iglesia toda, a la potestad
ejecutiva de las Iglesias y de las instituciones eclesiales locales, sobre la base de la dinámica
eclesial de la comunión” (Proemio). La elaboración de la legislación canónica por parte de
quienes tienen la tarea y la autoridad debería tener un estilo sinodal y madurar como fruto de
un discernimiento eclesial.
135. La constitución apostólica Praedicate Evangelium ha configurado el servicio de la
Curia Romana en sentido sinodal y misionero, insistiendo en que “no se sitúa entre el Papa y
los obispos, sino que se pone al servicio de ambos en la forma que conviene a la naturaleza de
cada uno” (PE I.8). Su aplicación debe promover una mayor colaboración entre los dicasterios
y favorecer la escucha de las Iglesias locales. Antes de publicar documentos normativos
importantes, se exhorta a los dicasterios a iniciar una consulta con las Conferencias Episcopales
y con los organismos correspondientes de las Iglesias católicas orientales. En la lógica de la
transparencia y de la rendición de cuentas, esbozada con anterioridad, podrían preverse formas
de evaluación periódica del trabajo de la Curia. Dicha evaluación, en una perspectiva sinodal
misionera, podría concernir también a los representantes pontificios. Las visitas ad limina
apostolorum son el momento culminante de las relaciones de los pastores de las Iglesias locales
con el Obispo de Roma y sus más estrechos colaboradores de la Curia Romana. Muchos obispos
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desearían que se revisara la forma en que se realizan, para que sean cada vez más ocasiones de
intercambio abierto y de escucha recíproca. Es importante para el bien de la Iglesia favorecer
el conocimiento mutuo y los lazos de comunión entre los miembros del Colegio cardenalicio,
teniendo en cuenta también su diversidad de origen y de cultura. La sinodalidad debe inspirar
su colaboración al ministerio petrino y su discernimiento colegial en los Consistorios ordinarios
y extraordinarios.
136. Entre los lugares para practicar la sinodalidad y la colegialidad a nivel de la Iglesia
toda, destaca ciertamente el Sínodo de los Obispos, que la constitución apostólica Episcopalis
communio ha transformado de ser un evento a un proceso eclesial. Establecido por san Pablo
VI como asamblea de obispos convocada para participar, a través del consejo, en la solicitud
del Romano Pontífice por toda la Iglesia, es ahora, en forma de proceso por etapas, expresión e
instrumento de la relación constitutiva entre todo el Pueblo de Dios, el Colegio de los obispos
y el Papa. En efecto, todo el santo Pueblo de Dios, los obispos a quienes se les confía sus
porciones y el Obispo de Roma, participan plenamente en el proceso sinodal, cada uno según
su propia función. Esta participación se manifiesta en la Asamblea sinodal reunida en torno al
Papa, que, en su composición, muestra la catolicidad de la Iglesia. En particular, como explicó
el Papa Francisco, la composición de esta XVI Asamblea General Ordinaria es “más que un
hecho contingente. Esta expresa una modalidad del ejercicio del ministerio episcopal coherente
con la Tradición viva de la Iglesia y con la enseñanza del Concilio Vaticano II” (Discurso en
la Primera Congregación General de la Segunda Sesión de la XVI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 2 de octubre de 2024). El Sínodo de los Obispos, aun
conservando su naturaleza episcopal, ha visto y podría ver en el futuro, en la participación de
otros miembros del Pueblo de Dios, “la forma en que está llamado a asumir el ejercicio de la
autoridad episcopal en una Iglesia consciente de ser constitutivamente relacional y por ello
sinodal” (ibid.), para la misión. En la profundización de la identidad del Sínodo de los Obispos
es esencial que, en el proceso sinodal y en las Asambleas, aparezca y se realice concretamente
la articulación entre la implicación de todos (el Pueblo santo de Dios), el ministerio de algunos
(el Colegio episcopal) y la presidencia de uno (el Sucesor de Pedro).
137. Entre los frutos más significativos del Sínodo 2021-2024 está la intensidad del
impulso ecuménico. La necesidad de encontrar “una forma de ejercicio del primado que [...] se
abra a una situación nueva” (UUS 95) es un desafío fundamental tanto para una Iglesia sinodal
misionera como para la unidad de los cristianos. El Sínodo acoge con satisfacción la reciente
publicación del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos El Obispo de Roma.
Primado y sinodalidad en los diálogos ecuménicos y en las respuestas a la encíclica Ut unum
sint, que ofrece perspectivas para una ulterior profundización. El documento muestra que la
promoción de la unidad de los cristianos es un aspecto esencial del ministerio del Obispo de
Roma y que el camino ecuménico ha favorecido una comprensión más profunda del mismo.
Las propuestas concretas que contiene sobre una relectura o un comentario oficial de las
definiciones dogmáticas del Concilio Vaticano I sobre el primado, una distinción más clara
entre las distintas responsabilidades del Papa, la promoción de la sinodalidad y la búsqueda de
un modelo de unidad basado en una eclesiología de comunión, ofrecen perspectivas
prometedoras para el camino ecuménico. La Asamblea sinodal espera que este documento sirva
de base para ulteriores reflexiones con los otros cristianos, “por supuesto juntos”, sobre el
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ejercicio del ministerio de unidad del Obispo de Roma como “servicio de amor reconocido por
unos y otros” (UUS 95).
138. La riqueza que representa la participación de delegados fraternos de otras Iglesias y
Comuniones cristianas en la Asamblea sinodal nos invita a prestar más atención a las prácticas
sinodales de nuestros interlocutores ecuménicos, tanto de Oriente como de Occidente. El
diálogo ecuménico es fundamental para desarrollar una comprensión de la sinodalidad y de la
unidad de la Iglesia. Nos empuja a imaginar prácticas sinodales auténticamente ecuménicas,
incluso hasta formas de consulta y discernimiento sobre cuestiones urgentes de interés común,
como podría ser la celebración de un sínodo ecuménico sobre la evangelización. También nos
invita a rendir cuentas recíprocamente de lo que somos, lo que hacemos y lo que enseñamos.
En la raíz de esta posibilidad está el hecho de que estamos unidos en el único Bautismo, del que
brota la identidad del Pueblo de Dios y el dinamismo de la comunión, la participación y la
misión.
139. El 2025, Año del Jubileo, es también el aniversario del primer Concilio Ecuménico,
en el que se formuló, de manera sinodal, el símbolo de la fe que une a todos los cristianos. La
preparación y conmemoración conjunta del 1700 aniversario del Concilio de Nicea debería ser
una ocasión para profundizar y confesar juntos la fe cristológica y poner en práctica formas de
sinodalidad entre los cristianos de todas las tradiciones. Será también una ocasión para
promover iniciativas audaces en favor de una fecha común de pascua, de modo que podamos
celebrar la resurrección del Señor el mismo día, como providencialmente sucederá en 2025, y
dar así mayor fuerza misionera al anuncio de Aquel que es la vida y la salvación del mundo
entero.
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