KANT, I. ¿Qué es la ilustración?
Königsberg (Prusia), 30 de septiembre de 1784
(extracto).
(Traducción de Roberto R. Aramayo. Alianza Editorial)
Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él
mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por
algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de
entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún
otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración.
Pereza y cobardía son las causas merced a las cuales tantos hombres continúan siendo con
gusto menores de edad durante toda su vida, pese a que la Naturaleza los haya liberado hace ya tiempo
de una conducción ajena (haciéndoles físicamente adultos); y por eso les ha resultado tan fácil a otros
el erigirse en tutores suyos. Es tan cómodo ser menor de edad. Basta con tener un libro que supla mi
entendimiento, alguien que vele por mi alma y haga las veces de mi conciencia moral, a un médico que
me prescriba la dieta, etc., para que yo no tenga que tomarme tales molestias. No me hace falta pensar,
siempre que pueda pagar; otros asumirán por mí tan engorrosa tarea.
El que la mayor parte de los hombres (incluyendo a todo el bello sexo) consideren el paso hacia la
mayoría de edad como algo harto peligroso, además de muy molesto, es algo por lo cual velan aquellos
tutores que tan amablemente han echado sobre sí esa labor de superintendencia. Tras entontecer primero a su
rebaño e impedir cuidadosamente que esas mansas criaturas se atrevan a dar un solo paso fuera de las
andaderas donde han sido confinados, les muestran luego el peligro que les acecha cuando intentan caminar
solos por su cuenta y riesgo. Mas ese peligro no es ciertamente tan enorme, puesto que finalmente
aprenderían a caminar bien después de dar unos cuantos tropezones; pero el ejemplo de un simple tropiezo
basta para intimidar y suele servir como escarmiento para volver a intentarlo de nuevo. Así pues, resulta
difícil para cualquier individuo el zafarse de una minoría de edad que casi se ha convertido en algo
connatural. Incluso se ha encariñado con ella y eso le hace sentirse realmente incapaz de utilizar su propio
entendimiento, dado que nunca se le ha dejado hacer ese intento.
Reglamentos y fórmulas, instrumentos mecánicos de un uso racional —o más bien abuso— de sus
dotes naturales, constituyen los grilletes de una permanente minoría de edad. Quien lograra quitárselos
acabaría dando un salto inseguro para salvar la más pequeña zanja, al no estar habituado a semejante libertad
de movimientos. De ahí que sean muy pocos quienes han conseguido, gracias al cultivo de su propio ingenio,
desenredar las ataduras que les ligaban a esta minoría de edad y caminar con paso seguro. Sin embargo, hay
más posibilidades de que un público se ilustre a sí mismo; algo que casi es inevitable, con tal de que se le
conceda libertad. Pues ahí siempre nos encontraremos con algunos que piensen por cuenta propia incluso
entre quienes han sido erigidos como tutores de la gente, los cuales, tras haberse desprendido ellos mismos
del yugo de la minoría de edad, difundirán en torno suyo el espíritu de una estimación racional del propio
valor y de la vocación a pensar por sí mismo. Pero aquí se da una circunstancia muy especial: aquel público,
que previamente había sido sometido a tal yugo por ellos mismos, les obliga luego a permanecer bajo él,
cuando se ve instigado a ello por algunos de sus tutores que son de suyo incapaces de toda ilustración; así de
perjudicial resulta inculcar prejuicios, pues estos acaban por vengarse de quienes fueron sus antecesores o
sus autores. De ahí que un público sólo pueda conseguir lentamente la ilustración. Mediante una revolución
acaso se logre derrocar un despotismo personal y la opresión generada por la codicia y la ambición, pero
nunca logrará establecer una auténtica reforma del modo de pensar; bien al contrario, tanto los nuevos
prejuicios como los antiguos servirán de rienda para esa enorme muchedumbre sin pensamiento alguno.
Un hombre puede postergar la ilustración para su propia persona y sólo por algún tiempo en aquello
que le incumbe saber; pero renunciar a ella significa por lo que atañe a su persona, pero todavía más por lo
que concierne a la posteridad, vulnerar y pisotear los sagrados derechos de la humanidad. Mas lo que a un
pueblo no le resulta lícito decidir sobre sí mismo, menos aún le cabe decidirlo a un monarca sobre el pueblo;
porque su autoridad legislativa descansa precisamente en que reúne la voluntad íntegra del pueblo en la suya
propia. A este respecto, si ese monarca se limita a hacer coexistir con el ordenamiento civil cualquier mejora
presunta o auténtica, entonces dejará que los súbditos hagan cuanto encuentren necesario para la salvación de
su alma; esto es algo que no le incumbe en absoluto, pero en cambio sí le compete impedir que unos
perturben violentamente a otros, al emplear toda su capacidad en la determinación y promoción de dicha
salvación. El monarca daña su propia majestad cuando se inmiscuye sometiendo al control gubernamental
los escritos en que sus súbditos intentan clarificar sus opiniones, tanto si lo hace por considerar superior su
propio criterio, con lo cual se hace acreedor del reproche: Caesar non est supra Grammaticos, como —
mucho más todavía— si humilla su poder supremo al amparar, dentro de su Estado, el despotismo espiritual
de algunos tiranos frente al resto de sus súbditos.