Unidad I: 1880-1930
Teórico 1
Primera Parte, 1880-1916
El año de 1880 puede considerarse como una bisagra en la historia
nacional debido a que se lo entiende como un momento en que nace
una Argentina “moderna”, dejando atrás a la Argentina “tradicional”.
Tres factores contribuyeron decididamente a ello y a la consolidación
del Estado Nacional, a saber: la federalización de la ciudad de Buenos
Aires; la denominada “Campaña al Desierto”; y el progresivo aumento
del poder central en detrimento de los provinciales.
La sanción por el Congreso Nacional en 1880 de la ley que
designó a la ciudad de Buenos Aires como la Capital de la
República vino a terminar con un problema, la “cuestión capital”,
que se venía arrastrando prácticamente desde la Independencia
del país y que había desatado conflictos políticos y también
armados ente Buenos Aires y el Interior.
Las autoridades españolas durante la época colonial como así
también los sucesivos gobiernos patrios, llevaron adelante una
política de expansión del espacio territorial hacia el sur de lo que
hoy es nuestro país, a veces pactando con los pueblos originarios
y otros reprimiéndolos. La culminación de esa política se dio entre
los años 1879/1880, cuando una expedición militar punitiva al
mando del general Julio A. Roca dio muerte a pueblos indígenas y
expulsó a otros de sus tierras, incorporando amplias zonas de la
región pampeana y la Patagonia al control efectivo de la
República.
En los años previos e inmediatamente posteriores a 1880, los
gobiernos nacionales fueron adquiriendo cada vez más
atribuciones y poder en detrimento del que poseían las provincias.
Por caso, se sancionaron el Código Civil, el Código Penal y el
Código Comercial; se creó el Ejército y la Armada, suprimiéndose
las milicias provinciales; y se estableció el peso como unidad
monetaria en todo el territorio nacional.
Las transformaciones operadas en el país a partir de 1880 fueron
expuestas e implementadas por la denominada “Generación del ’80”,
un grupo de hombres integrantes de una elite que se entendió a sí
mismo con aptitud para comandar el país hacia un destino de
modernización y “progreso” pero con prescindencia de los sectores
populares, de allí a la implementación del fraude electoral como
forma de acceso y mantenimiento en el poder. Una “oligarquía
ilustrada” que adscribía a la filosofía positivista, anticlerical, liberal en
materia económica pero autoritaria en política, cuya expresión
partidaria fue el Partido Autonomista Nacional (PAN).
El primer presidente de este régimen conservador fue Julio A. Roca,
quien gobernó bajo el lema de “Paz y Administración”, orientación
que no fue exclusiva de nuestro país pues se materializó en otros del
continente como en México durante el régimen dictatorial de Porfirio
Díaz (1876-1911), que expuso el mismo lema, y el Brasil en tiempos
de la República Vieja (1889-1930) con el suyo muy similar escrito en
su bandera: “Ordem e Progresso”.
Del gobierno de Roca merece citarse su política de secularización de
la sociedad, lo que lo llevó a enfrentarse con la Iglesia Católica. En
ese sentido, fue emblemática la sanción en 1884 de la ley Nº 1420 de
Educación Común, que establecía la educación obligatoria,
gratuita y laica para el nivel elemental (primario), que se extendió
también al nivel secundario. Y la ley de Registro Civil de las Personas,
en el mismo año, que especificaba que los nacimientos y defunciones
serían anotados por el Estado y no por la Iglesia, que venía realizando
esa tarea. Complemento de las mencionadas fue la ley de Matrimonio
Civil, sancionada en 1888, por la que el Estado reconocería a los
efectos legales solo el matrimonio civil, no el religioso.
A Roca lo sucedió, Miguel Juárez Celman, quien se caracterizó por un
estilo personalista que acentuó los rasgos autoritarios del régimen
conservador que se denominó Unicato, pues el Presidente de la
Nación era simultáneamente titular del PAN, el partido hegemónico.
El ejercicio del fraude electoral y los efectos de la crisis económica
minaron la credibilidad del gobierno y alentaron la conformación de
un opositor que nació en 1889 con el nombre de Unión Cívica,
integrada por un grupo heterogéneo de políticos: católicos,
autonomistas, independientes, etc. Que el 26 de julio de 1890
hicieron una revolución que intentó derrocar al gobierno. A pesar del
fracaso, el presidente Juárez Celman se vio obligado a dimitir,
sucediéndolo en el cargo el vicepresidente Carlos Pellegrini.
En 1891, la Unión Cívica se dividió en Unión Cívica Nacional, liderada
por Bartolomé Mitre, y la Unión Cívica Radical, encabezada por
Leandro N. Alem. La Unión Cívica Radical (radicalismo) se convertiría
rápidamente en el principal partido opositor al régimen conservador,
cuyas banderas eran la lucha por el sufragio libre y la defensa de la
plena vigencia de la Constitución Nacional. Tres fueron los principios
de acción que guiaron al radicalismo en esos años: la intransigencia,
es decir el rechazo a todo tipo de acuerdo con los gobiernos
conservadores; la revolución, es decir los intentos de derrocar por la
fuerza al régimen gobernante, lo que se llevó a cabo sin éxito en
1893 y 1905; y la abstención, esto es la no participación en comicios
viciados de fraude.
El ejercicio continuado del fraude, el malestar en ámbitos políticos
opositores y el desgaste del PAN, que perdió fuerza y prácticamente
dejó de existir en la primera década del siglo XX, permitieron que
sectores lúcidos del régimen gobernante accedieran al poder con
Roque Sáenz Peña en 1910. Este, con la colaboración de su ministro
del Interior, Indalecio Gómez, impulsó la sanción de una ley electoral
que vino a remediar la forma en que se ejercía el sufragio hasta ese
momento, en el que el voto era voluntario (había que inscribirse en
un padrón si se deseaba sufragar), cantado (el votante debía
manifestar el nombre del candidato preferido) y de lista
incompleta (el partido que ganaba la elección ocupaba todos los
cargos en disputa sin que le correspondiese ninguno al resto de las
fuerzas participantes). Así fue que en 1912 se sancionó la ley Nº
8871, conocida como ley Sáenz Peña, que estipulaba que el voto
sería obligatorio para los hombres según el padrón
militar, secreto y de lista incompleta, por lo que el partido
triunfante obtendría los dos tercios de la representación y la minoría
el tercio restante. Si bien no contemplaba el voto femenino y los
extranjeros solo podían votar si se nacionalizaban, la ley fue un
avance en que respecta a los derechos políticos ciudadanos. Se aplicó
por primera vez en la elección presidencial de 1916, de la que resultó
triunfante el candidato radical Hipólito Yrigoyen.
Para concluir con la aproximación a la política de este período de la
historia argentina, una mirada a la política exterior muestra una
relación de “dependencia consentida” de nuestro país respecto de
Gran Bretaña, la principal potencia de la época y el socio económico
más importante de la Argentina. Y el anuncio en 1902 por parte del
ministro de Relaciones Exteriores José M. Drago de una doctrina
jurídica adoptada tiempo después por la comunidad internacional y
que lleva su nombre. La misma establece que ningún Estado
extranjero puede utilizar la fuerza contra una nación americana con la
finalidad de cobrar una deuda financiera.
En materia económica, durante los años del régimen conservador se
materializó el modelo agroexportador, consistente en la
incorporación al mercado mundial del país como productor y
exportador de productos primarios (cereales y carne) y como
importador de productos manufacturados, intercambios que se
realizaban con Europa, especialmente Gran Bretaña. La principal
región productora y “motor” de este modelo económico y comercial
fue la Pampa Húmeda, es decir el territorio conformado por la mayor
parte de la provincia de Buenos Aires, la zona sur de Entre Ríos, Santa
Fe y Córdoba y el oeste de La Pampa, donde predominó la gran
propiedad. La transformación agrícola fue de tal magnitud que colocó
a la Argentina en los primeros puestos entre los países exportadores
de trigo y maíz. Un indicador es el de la superficie cultivada en todo el
territorio nacional y su distribución regional.
En materia ganadera, el aumento de las cabezas de ganado vacuno y
ovino especialmente fue la condición necesaria para el desarrollo de
la industria frigorífica, que procesaba y exportaba carne enfriada.
Entre los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del XX, se
instalaron en la zona costera que comprende desde Rosario a La Plata
y en la Patagonia austral (Santa Cruz y Tierra del Fuego) grandes
frigoríficos de capital norteamericano (Armour, Swift, Wilson) e inglés
(Anglo, Smithfield).
Era fundamental para el desarrollo y funcionamiento del sistema
agroexportador contar con medios de transporte que llevaran la
materia prima al puerto y de este a todo el país las manufacturas
extranjeras. Se construyó entonces una extensa red ferroviaria a
través de empresas inglesas cuyo formato era similar al de un
abanico convergente en el puerto de Buenos Aires. A continuación la
evolución de esta red, cuya dos terceras partes estaban tendidas en
la región pampeana.
Pero el desarrollo de este modelo trajo consecuencias desiguales:
positivas para la región pampeana pero no así para otras como la
patagónica, la del noreste o la del noroeste. Lograron abastecer el
mercado interno y por tanto tener una relativa prosperidad las
producciones vitivinícola de Cuyo y la azucarera de Tucumán.
En cuanto a la sociedad, el proceso más destacado de los años
estudiados fue el inmigratorio, que por su magnitud impactó
decisivamente en la estructura social argentina, logrando
transformarla en gran medida. Merece destacarse aquí la sanción de
la ley de Inmigración y Colonización de 1876, que estipulaba su
fomento. Así fue que entre 1870 y 1913 el saldo migratorio fue de
más de 3.000.000 de personas, la mayoría proveniente de ultramar,
principalmente de Italia y España, nacionalidades que sumadas
alcanzaban más del 70 % del total a fines del siglo. Su distribución sin
embargo fue desigual, nunca inferior al 40 % en la región pampeana,
asentándose principalmente en las grandes ciudades como Buenos
Aires, Rosario y Córdoba, y no tanto en las zonas rurales, motivado
esto en gran parte porque no tuvieron acceso a la propiedad de la
tierra. Algunas cifras brindadas por los censos de población de 1869,
1895 y 1914 permiten una cabal aproximación al fenómeno que se
está describiendo.
Este verdadero “aluvión” inmigratorio impactó en los espacios
públicos y privados de las ciudades, que no contaban con una
infraestructura adecuada para recibir tamaña cantidad de personas.
La insuficiencia de unidades habitacionales dignas derivó en la
proliferación de conventillos, que eran las viviendas colectivas más
densamente habitadas. En Buenos Aires por ejemplo, en 1887 había
2.835 conventillos donde moraban un total de 116.167 personas, el
65,7 % de ellas extranjeras y el restante 34,3 % argentinas. Las
condiciones de vida eran tan precarias que en 1907 se produjo en
Buenos Aires, Rosario y Bahía Blanca una huelga de inquilinos, que se
negaron a pagar los altos precios de los alquileres.
El devenir del modelo económico de la época fue acompañado del
surgimiento y desarrollo de un incipiente y respetable movimiento
obrero, especialmente en la ciudad de Buenos Aires, que brindaba su
fuerza de trabajo en las actividades derivadas de aquel: gremios
industriales, como los trabajadores de la carne; de servicios, como
portuarios y ferroviarios; y de oficios, como albañiles, carpinteros,
panaderos, zapateros, carreteros, marmoleros, etc.
Tres fueron las corrientes político-ideológicas en que se dividió el
movimiento obrero de entonces: la anarquista, la socialista y la
sindicalista. Los anarquistas descreían de la organización estatal,
proponían un nuevo tipo de sociedad y sus reclamos lo hacían a
través de la “huelga general revolucionaria” y de acciones violentas;
se agruparon en 1905 en la FORA (Federación Obrera Regional
Argentina) V Congreso. Los socialistas, respetuosos de las
instituciones, entendían que la mejora de la situación de los
trabajadores vendría a través de las leyes que podía sancionar el
Congreso; constituyeron en 1903 la UGT (Unión General de
Trabajadores). Y los sindicalistas, pragmáticos, entendían que solo a
través de la labor de los gremios, sin identificación partidaria, se
podían obtener mejoras; se agruparon a partir de 1915 en la FORA IX
Congreso.
Frente a esta realidad, el Estado del régimen conservador adoptó una
actitud represiva, tanto física como legal. En el primer caso, las
manifestaciones y concentraciones obreras eran generalmente
reprimidas violentamente por la policía, como la del 1° de mayo de
1909, a cargo del coronel Ramón Falcón, que costó la vida a varios
trabajadores. El Congreso por su parte sancionó dos leyes en la
misma dirección: la de Residencia, en 1902, que autorizaba al Poder
Ejecutivo a expulsar a todo extranjero cuya conducta fuera
considerada peligrosa. Y la de Defensa Social, en 1910, la cual
prohibía la entrada al país a los anarquistas y toda otra persona que
preconizara actos violentos contra las instituciones públicas.
Segunda Parte, 1916-1930
La puesta en práctica de la ley Sáenz Peña en las elecciones de 1916
le permitieron a la Unión Cívica Radical acceder al gobierno. La
fórmula integrada por Hipólito Yrigoyen-Pelagio Luna obtuvo unos
340.000 votos, relegando a las presentadas por los conservadores
(153.000), demócrata-progresistas (123.000) y socialistas (53.000).
Con la llegada de Yrigoyen se produjo un cambio sustantivo en la
forma de hacer política, pues el nuevo mandatario era un líder
popular que utilizaba novedoso métodos de conducción a partir de la
influencia ejercida en sectores medios y populares urbanos que en su
mayoría habían estado, hasta ese momento, al margen de la
participación política. La orientación reformista del radicalismo tenía
puntos de contacto con otras experiencias gubernativas regionales
como las del presidente José Battle y Ordoñez en Uruguay (1903-07 y
1911-15) y la de Arturo Allesandri en Chile (1920-25).
Uno de los problemas más complicados con los que tuvo que lidiar el
presidente fue con la oposición conservadora, que tenía mayoría en la
cámara de Senadores –en la de Diputados la mayoría era radical-, que
le trabó un gran número de iniciativas. Entre los proyectos enviados
para su tratamiento que no pudieron materializarse, se cuentan:
creación de la Gendarmería Nacional; creación de la Marina Mercante
Nacional, creación del Banco Agrícola, provincialización de los
territorios nacionales de La Pampa, Misiones y Chaco. Fue así que el
presidente recurrió en no pocas oportunidades a la intervención
federal de distintas provincias, 20 en total durante todo su mandato:
15 por decreto y 5 por ley, lo cual profundizó las distancias con la
oposición. En materia de política internacional, Yrigoyen mantuvo la
neutralidad del país durante la Primera Guerra Mundial, que venía del
gobierno anterior.
En 1922 se realizaron las elecciones presidenciales en donde
nuevamente volvió a triunfar el radicalismo con la fórmula Marcelo T.
de Alvear – Elpidio González, que obtuvo 460.000 votos frente a
200.000 de Concentración Nacional (conservadores), 73.000 de los
demócrata-progresistas y 54.000 de los socialistas. La presidencia de
Alvear se caracterizó por un período de paz social, aunque signada
por la división del partido gobernante entre “personalistas” y
“antipersonalistas”, es decir por seguidores y adversarios de Hipólito
Yrigoyen, el líder partidario. Alvear, cuyo estilo de gestión se
diferenciaba de aquel, permitió la participación de antipersonalistas
en su gobierno, lo que provocó conflictos con personalistas que
controlaban el aparato partidario y algunas provincias, como la de
Buenos Aires. La ruptura se materializó en 1924 con la formación de
la Unión Cívica Radical Antipersonalista.
Para las elecciones de 1928 los antipersonalistas habían elegido la
fórmula Leopoldo Melo-Vicente Gallo, la que fue apoyada por los
conservadores, conformando el Frente Único, binomio que recibió el
acompañamiento de los grandes medios de comunicación como La
Prensa y La Nación y de grupos de la derecha nacionalista entre
otros. Enfrentaron a Hipólito Yrigoyen-Francisco Beiró, la fórmula del
radicalismo, en una compulsa sumamente polarizada a favor o en
contra de aquel, al punto que se la denominó por ello “el Plebiscito”.
El triunfo del caudillo radical, que de ese modo accedía por segunda
vez a la primera magistratura de la Nación, fue contundente, pues
alcanzó los 460.000 sufragios (61 %), seguidos del Frente Único, que
alcanzó 440.000 (31 %) y de los socialistas con 65.000 (4,9 %).
A pesar de este apoyo popular, el gobierno yrigoyenista se fue
mostrando débil y errático en el ejercicio del poder, a lo que se
sumaba la avanzada edad del presidente. La oposición por su parte,
redobló las críticas, que fueron acompañadas por una campaña
mediática de desprestigio por parte de los medios de comunicación.
La crisis económica mundial comenzó a sentirse en el país, lo que
provocó la caída de popularidad del gobierno, lo cual se verificó en las
elecciones parlamentarias de marzo de 1930. A esto debe sumársele
el aumento de las tendencias golpistas en las fuerzas armadas, en
especial en el Ejército. La conspiración militar tuvo dos líneas, una
liberal encabezada por el general Agustín P. Justo –había sido ministro
de Guerra de Alvear-, y otra nacionalista al mando del general José F.
Uriburu. Este último fue el que encabezó el derrocamiento del
presidente constitucional el 6 de septiembre de 1930, en lo que fue el
primer golpe de Estado del siglo XX.
En materia económica, el radicalismo en el gobierno no cuestionó el
modelo agroexportador, por lo que el mismo mantuvo su vigencia.
Luego de superar la crisis ganadera de 922-23, dicho esquema
funcionó hasta la crisis de 1930. Por caso, las hectáreas sembradas
pasaron de 22.193.190 en 1914 a 27.195.855 en 1930, las cabezas
de ganado vacuno de 25.876.800 a 32.211.800 en los mismos años, y
la red ferroviaria de 33.710 kilómetros en 1915 a 38.122 en 1930. Las
exportaciones se continuaron dirigiendo a Europa, pero los Estados
Unidos se fueron posicionando como principal proveedor de bienes de
consumo. La década de 1920 presencia la radicación de capitales de
ese país en rubros como el automotriz (Chrysler, General Motors);
metalúrgica y maquinaria (Otis Elevator, Remington Rand); artículos
eléctricos (Standard Electric, General Electric); artículos
farmacéuticos (Parke Davis, Colgate Palmolive); e industria
alimenticia (Toddy) entre otros.
Pero uno de los aspectos económicos más relevantes de los gobiernos
radicales fue el del petróleo, en lo que se conoce históricamente
como “la cuestión petrolera”. Sucedió que el descubrimiento del
primer yacimiento petrolífero del país en Comodoro Rivadavia el 13
de diciembre de 1907, dio inicio al tratamiento que sucesivas
administraciones gubernativas le otorgaron a esta riqueza. Los
capitales estatales y privados nacionales fueron insuficientes para
lograr la producción que abasteciese la demanda interna, por lo que
se permitió el ingreso de compañías extranjeras para exploración y
explotación de hidrocarburos. Posteriormente, el presidente Yrigoyen
creó el 3 de junio de 1922 Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), la
empresa estatal de petróleo, y designó al frente de la misma al
general Enrique Mosconi. En 1925, durante la presidencia de Alvear,
se inauguró la Destilería de YPF de La Plata, que sería la refinería más
importante del país.
Hacia el año 1927 se planteó desde sectores yrigoyenistas tanto la
nacionalización de los yacimientos de petróleo como el monopolio del
mismo por parte del Estado, lo que no se concretó por la oposición
que se manifestó en el Congreso Nacional. En 1929, YPF era la
principal empresa petrolera del país por su producción de
combustibles, seguida por la Compañía Ferrocarrilera de Petróleo,
formada por las empresas ferroviarias inglesas radicadas aquí; por la
Standard Oil, de origen norteamericano; Astra, integrada con
capitales alemanes y argentinos; la Anglo Persian (inglesa); y la Royal
Dutch (holandesa).
En lo que respecta a la sociedad de la época, continuó un proceso ya
iniciado de urbanización paralelo al avance de los sectores medios,
producto de cierta movilidad social. En cuanto al proceso
inmigratorio, luego de un saldo negativo durante la primera Guerra
Mundial (1914-18), la situación se revirtió al punto de que entre 1919
y 1930 se produjo un saldo positivo de un millón de personas que se
radicaron en el país.
Con relación al movimiento obrero en estos años, cuatro tendencias
tuvieron participación activa en la vida gremial, a saber: el sector
sindicalista, cuyos gremios formaron en 1922 la Unión Sindical
Argentina (USA); el socialista, que se agrupó en 1926 en la
Confederación Obrera Argentina (COA); el anarquista, muy
debilitado, que siguió representado por la antigua FORA V Congreso;
y otro que adquirió presencia durante la década del ’20, el comunista,
cuyos gremios crearon en 1929 la Comité de Unidad Sindical Clasista
(CUSC).
En cuanto a la política obrera de los gobiernos radicales, la actitud de
estos se diferenció de la de los gobiernos conservadores que lo
precedieron en cuanto intentaron ser tolerantes y apelar a la
negociación en los conflictos, lo que no siempre lograron. En los
primeros años del gobierno de Yrigoyen se sucedieron una serie de
huelgas importantes, algunas der las cuales concluyeron
favorablemente para los obreros gracias a la mediación
gubernamental, como el caso del gremio portuario en 1916. Pero
también se produjeron conflictos que adquirieron un cariz diferente,
como el que se produjo en enero de 1919 en la Capital Federal,
conocido como la Semana Trágica. Todo comenzó con una huelga
en los talleres metalúrgicos Vasena, que derivaron en movilizaciones
obreras y una represión policial y militar violentísima que recayó
sobre trabajadores identificados con el anarquismo y el comunismo,
con un saldo de numerosos muertos y heridos.
Otro momento represivo ocurrió en Santa Cruz en el verano de 1921,
recordado como la Patagonia Rebelde. Allí, ante la baja de los
precios de la lana, que los dueños de las estancias respondieron
despidiendo trabajadores o disminuyéndoles el sueldo, estos
respondieron declarándose en huelga, organizada por la Sociedad
Obrera de Río Gallegos, dirigida por los anarquistas. El gobierno envió
tropas para terminar con el conflicto, desatando una feroz represión
que costó la vida a cientos de obreros.
Finalmente, debe mencionarse un acontecimiento de enorme
significación para la vida universitaria producido en 1918, la Reforma
Universitaria. Sucedía que el funcionamiento de las universidades
nacionales de Córdoba, Buenos Aires y La Plata, que eran las únicas
del país -las de Santa Fe y Tucumán eran de carácter provincial-, se
regían por las disposiciones de la denominada ley Avellaneda de
1885, que no contemplaba la participación estudiantil. Estas Casas de
Estudio, con un total de 7.500 alumnos apenas, representaban un
baluarte de la tradición, símbolo de la oligarquía en el poder hasta
1916, fuertemente influidas por el clericalismo –especialmente la de
Córdoba-, y que se mostraba además reacia al progreso científico.
Originado en la capital mediterránea por los estudiantes que
reclamaban participación en el gobierno universitario, el movimiento
reformista tuvo su Manifiesto Liminar, dado a conocer el 21 de junio
de 1918. El movimiento recibió el apoyo del gobierno nacional,
logrando imponerse a partir de la modificación de los Estatutos de
cada Universidad, de modo de permitir la constitución de un gobierno
tripartito integrado por profesores, graduados y alumnos. Así, el
establecimiento de la autonomía, del cogobierno, la docencia libre, la
periodicidad de cátedra y la extensión universitaria, apuntaron no
solo a ampliar las bases sociales de la institución universitaria sino a
mejorar la calidad académica.
Teórico 2
Unidad II: 1930-1943
El golpe de Estado de 1930, que dio inicio a la
denominada restauración conservadora, se vino gestando por
parte de sectores golpistas militares y civiles desde el mismo
momento en que Hipólito Yrigoyen fue reelecto presidente de la
Nación en 1928. Más allá de los errores y deficiencias de ese
gobierno, las nocivas consecuencias que se sintieron en el país
debido a la crisis financiera y económica mundial fueron el catalizador
de actitudes antidemocráticas que, apoyadas por los medios de
prensa de la época, como los tradicionales La Prensa y La Nación y los
populares como Crítica, fueron esmerilando la autoridad presidencial
y alimentando su destitución. Finalmente, el 6 de septiembre de 1930
Yrigoyen fue desalojado del gobierno y reemplazado por el general
José Félix Uriburu, quien instauró una dictadura militar. Debe
consignarse al respecto que la Corte Suprema de Justicia de la Nación
convalidó el gobierno de facto resultante del golpe fundándolo “en
razón de policía” y de que el mismo “ejerce la función administrativa
y política derivada de su posesión de la fuerza como resorte y de
seguridad social”.
El gobierno de Uriburu persiguió a quienes adherían a las expresiones
políticas opositoras, como radicales, comunistas y anarquistas,
aplicando la ley marcial inclusive. Desde el punto de vista político, y
alentado por sectores nacionalistas, Uriburu pretendió instaurar una
sociedad jerárquica e imponer una forma de gobierno corporativo,
intento que no prosperó. El plan concebido contemplaba ganar apoyo
para ese fin, por lo cual el gobierno convocó a elecciones en varias
provincias, entre ellas la de Buenos Aires, en la creencia de que el
triunfo correspondería a fuerzas conservadoras afines. Pero el triunfo
fue del radicalismo en las elecciones bonaerenses del 5 de abril de
1931, lo que dio por tierra con el plan, obligando a Uriburu a convocar
a elecciones presidenciales para fines de ese año.
Para dicha compulsa electoral, los sectores políticos afines al
gobierno conformaron una coalición que controlaría la vida política
del país hasta 1943 denominada Concordancia, integrada por el
Partido Demócrata Nacional (conservadores), el radicalismo
antipersonalista y el socialismo independiente, que llevó la fórmula
integrada por el general Agustín P. Justo y Julio A, Roca (h). El
radicalismo por su parte eligió la fórmula Marcelo T. de Alvear-Adolfo
Güemes, pero el gobierno la vetó, por lo que el partido declaró la
abstención electoral, que mantuvo hasta 1935.
Enfrentó a la Concordancia la Alianza Civil, integrada por el Partido
Demócrata Progresista y el Partido Socialista, con la fórmula Lisandro
De la Torre-Alfredo Palacios. El resultado de la elección, viciado de
prácticas fraudulentas, fue de 607.000 sufragios para Justo-Roca
frente a 436.000 de De la Torre-Palacios.
El gobierno de Justo tuvo el apoyo de las Fuerzas Armadas y
presenció además un resurgir del poder de la Iglesia Católica en un
contexto antiliberal a nivel internacional. Una de las características de
su gobierno fue el ejercicio del fraude, llamado “patriótico” por sus
seguidores, verdaderamente escandaloso en provincias como Buenos
Aires por ejemplo, que permitió en 1936 el acceso al gobierno de
Manuel Fresco, de claras simpatías fascistas. Donde las elecciones
fueron limpias triunfó la oposición, como en Córdoba, donde fue
electo el radical Amadeo Sabattini en 1935.
Otra característica fue la ocurrencia de hechos de corrupción, como el
que afectó al comercio de carnes, denunciado por el senador Lisandro
De la Torre en 1935, de significativa magnitud y repercusión política.
El denunciante probó en su investigación que los frigoríficos
extranjeros radicados en nuestro país evadían impuestos nacionales y
controles cambiarios, ocultando su documentación a las autoridades
impositivas, practicando además una doble contabilidad. Dichas
prácticas contaban con la anuencia (aprobación) del gobierno a
través de los ministros de Agricultura, Luis Duhau, y de Hacienda,
Federico Pinedo, a quienes acusó De la Torre. La denuncia tuvo una
deriva trágica pues un matón profesional al servicio de los
conservadores ingresó al recinto del Senado y asesinó al senador
electo Enzo Bordabehere, amigo y discípulo de De la Torre. Esto no
hizo más que aumentar el descrédito del gobierno en amplios
sectores de la opinión pública.
Para las elecciones presidenciales del 5 de septiembre de 1937, la
Concordancia presentó la fórmula Roberto Ortiz-Ramón Castillo,
radical antipersonalista el primero y conservador el segundo. La
Unión Cívica Radical, que había levantado la abstención, el binomio
Marcelo T. de Alvear- Enrique Mosca y los socialistas Nicolás Repetto-
Arturo Orgaz. En la elección, donde se practicó fraude, el oficialismo
obtuvo 1.095.000 votos, el radicalismo 815.000 y el socialismo
51.000. Durante su gobierno Ortiz intentó limpiar la imagen de fraude
y corrupción que acompañaba al oficialismo. En el primer caso tuvo
avances importantes pues intervino las provincias de Catamarca –de
donde era oriundo el vicepresidente- y luego la de Buenos Aires, en
este último caso anulando la elección fraudulenta en la que había
triunfado Alberto Barceló, el sucesor de Fresco. Respecto del segundo
caso tuvo menos éxito pues estalló un sonado hecho de corrupción
que venía del gobierno anterior, en el que se adquirieron tierras por
parte del ministerio de Guerra destinadas a la ampliación del Colegio
Militar, en el Palomar, que se pagaron con sobreprecios y cuya
diferencia fue a manos de funcionarios y legisladores.
Por razones de salud Ortiz debe pedir licencia en 1940, siendo
reemplazado por el vicepresidente Castillo, que gobernó hasta el
golpe de Estado de 1943, permitiendo el retorno de la venal
maquinaria conservadora. De ambos gobiernos debe destacarse que
mantuvieron neutral al país desde 1939, año en que estalló la
Segunda Guerra Mundial, pese a las críticas de la oposición política,
que se manifestaba en favor del bando aliado, y que calificaba la
postura oficial de pro-alemana.
A comienzos de 1943, la dirigencia política tenía su mira en las
elecciones de renovación presidencial de fines de ese año. Mientras
los partidos opositores exploraban una unión para vencer al
oficialismo, éste eligió la fórmula integrada por Robustiano Patrón
Costas, un empresario azucarero aliadófilo, senador por la provincia
de Salta, a quién secundaría el ex gobernador de Santa Fe Manuel de
Iriondo, radical antipersonalista. Pero las elecciones no se llevarían a
cabo –tampoco el probable fraude- pues el gobierno de Castillo fue
derrocado en junio de 1943.
En materia económica y financiera, la crisis que comenzó con
el crack de Wall Street en octubre de 1929 y se propagó rápidamente
por todo el mundo capitalista, llegó a nuestro país durante la última
etapa del gobierno de Yrigoyen, extendiéndose por varios años con
sus consecuencias de desocupación y miseria. Efectivamente, entre
1929 y 1932 disminuyeron el comercio mundial, el valor de los
productos, especialmente el de las materias primas y el movimiento
internacional de capitales. Frente a esta realidad, los países
comenzaron a adoptar medidas dirigistas y proteccionistas donde el
Estado adquirió cada vez más relevancia en el diseño de las políticas
económicas; en los hechos era el fin del multilateralismo y su
reemplazo por el bilateralismo.
En nuestro país, esto significó el fin de un modelo económico basado
en el librecambio vigente desde 1880. De este modo, los gobiernos
de la década de 1930 enfrentaron la crisis adoptando medidas de
carácter financiero y de regulación económica. Entre las primeras se
cuentan el establecimiento del impuesto a los réditos en 1931, el
control de cambios en 1933 para regular la compra y venta de
divisas, y la creación en 1935 del Banco Central, destinado a controlar
y regular las instituciones bancarias y financieras. De las segundas
deben destacarse la creación en 1933 y 1934 de las juntas
reguladoras de la producción, que funcionaron con el fin de controlar
la producción y equilibrar la oferta y la demanda. Ellas fueron la Junta
Reguladora de Granos, la Junta Reguladora de Vinos, la Junta
Reguladora de la Industria Lechera, la Junta Nacional de Carnes, la
Junta Nacional del Algodón y la Comisión Reguladora de la Producción
y de la Yerba Mate.
Una de las medidas adoptadas para combatir el desempleo a través
de la obra pública fue la creación en 1932 de la Dirección Nacional de
Vialidad, que tenía por fin la construcción y mantenimiento de
carreteras. Hasta fines de la década se habían construido cerca de
2.000 km. de caminos, entre ellos los que unían Buenos Aires con
Rosario y Córdoba, Rosario con Santa Fe y Buenos Aires con Mar del
Plata.
Pero el tema a encarar fue la debilidad tradicional de la estructura
agropecuaria argentina ante la tendencia al proteccionismo de los
países industrializados y la emergencia de relaciones comerciales de
tipo bilateral. La cuestión se aceleró como consecuencia de la
Conferencia de la Comunidad Británica de Naciones que se celebró en
Ottawa en 1932, en la cual Gran Bretaña decidió adoptar el principio
de “proteccionismo imperial”, esto es dar preferencia comercial a sus
dominios y a la vez establecer restricciones a las importaciones de
países ajenos, entre ellos la Argentina. La necesidad de nuestro país
de asegurarse una cuota de exportación de carnes a Gran Bretaña
llevó a la firma en Londres en 1933 del Pacto Roca-Runciman. Por
el mismo, ese país se comprometía a adquirir una cuota de
importación de carne argentina, reservándose sin embargo el
derecho de restringirla en un 10% si le conviniera, la que además
debía ser procesada en un 85 % en frigoríficos de capital inglés y
norteamericano y transportada en buques mercantes británicos.
La Argentina a su vez se comprometía a:
1) Mantener libre de derechos el carbón que importaba de Gran
Bretaña.
2) Del resto de las importaciones inglesas, el compromiso de no
imponer ningún nuevo derecho ni aumentar los existentes.
3) No reducir las tarifas ferroviarias.
4) Destinar a compras en Gran Bretaña la totalidad de las divisas
provenientes de compras inglesas en la Argentina.
5) Otorgar un tratamiento benévolo a las empresas británicas de
servicios públicos.
Sectores de la oposición radical, demo-progresista y nacionalista
criticaron con dureza el Pacto, que lo entendieron no solo como
desfavorables en lo estrictamente económico sino como lesivo para el
interés y la soberanía nacionales. Declaraciones poco felices
pronunciadas luego de su firma, como las del diplomático Guillermo
Leguizamón, que dijo que “la Argentina se parece a un importante
dominio británico” o la del propio Julio Roca (h) de que “la Argentina,
por su interdependencia recíproca es, desde el punto de vista
económico, parte integrante del imperio británico”, no hicieron más
que otorgarle fundamentos a aquellas críticas.
Otra de las consecuencias de la crisis económica fue el inicio de un
proceso de crecimiento de la industria nacional, que se
denominó Industrialización por Sustitución de Importaciones,
pues comenzaron a elaborarse en el país productos que antes se
importaban. Este proceso no fue el resultado de un proyecto de
fomento industrial sino que los gobiernos conservadores lo
permitieron por la necesidad de adaptación de la economía nacional a
los cambios producidos por la crisis mundial. Varios fueron los
factores que contribuyeron a este desarrollo manufacturero: la
desvalorización del peso y el aumento de los derechos aduaneros a
partir de 1931, lo que desalentaba las importaciones; la existencia de
mano de obra abundante, barata y competente; y la existencia de un
mercado interno consumidor relativamente importante.
De acuerdo al censo industrial de 1935, la mayoría de las industrias
estaban radicadas en el Litoral y los principales rubros eran el
alimenticio, el textil, el de la construcción y el metalúrgico. Se produjo
en consecuencia un aumento de la cantidad de establecimientos
industriales, del personal ocupado en ellos, y de la fuerza motriz
empleada, tal como puede verse en el cuadro siguiente:
Establecimiento Fuerza motriz (miles de
Año Personal ocupado
s HP)
1935 38.456 467.315 2.681.700
1939 50.361 619.233 3.292.200
1943 61.172 869.185 3.861.600
La sociedad argentina de los años ’30 sufrió una serie de
transformaciones producto en gran parte también de la crisis
económica. Sucedió que la depresión de las zonas rurales provocó el
abandono de esas regiones por parte de personas que se dirigieron a
las grandes ciudades como Buenos Aires y en menor medida Rosario,
Córdoba y Santa Fe, a prestar su fuerza de trabajo en las industrias
en pleno crecimiento. Estas migraciones internas reemplazaron de
hecho a las corrientes inmigratorias ultramarinas, que disminuyeron
significativamente. El éxodo desde las provincias fue un proceso
comparable al producido por la inmigración extranjera a comienzos
de siglo. Como consecuencia de ello se acentuó la urbanización de la
población argentina y también el crecimiento del Gran Buenos Aires.
Con relación al movimiento obrero organizado, el hecho más
destacado fue la constitución de la Confederación General del
Trabajo (CGT) el 21 de septiembre de 1930, producto de la fusión de
la Confederación Obrera Argentina (COA), de tendencia socialista, con
la Unión Sindical Argentina (USA), sindicalista. Si bien la CGT nació en
un contexto sumamente adverso por los efectos de la desocupación y
de la represión dictatorial, con los años se convertiría en la principal
central obrera nacional. En 1935 se produjo la primera división en la
CGT al alejarse de la misma los sindicalistas, que al poco tiempo
recrearon la USA, pero recibiendo la incorporación de los gremios
comunistas. De este modo la CGT celebró su congreso constituyente
en 1936, con preponderancia socialista y comunista, sancionando su
respectivo Estatuto.
En el transcurso de los años conservadores el movimiento obrero fue
creciendo y con ello la presencia política y social de la CGT y los
sindicatos adheridos a ella, que llevaron adelante varias huelgas en
reclamo de mejoras salariales y de condiciones de trabajo. Entre ellas
la de los telefónicos en 1932, que duró 52 días, la de los obreros del
calzado en 1933 (40 días), la de los madereros en 1934 (46 días) y la
de los trabajadores de la construcción en 1936 (93 días).
En vísperas del golpe de Estado de 1943, la CGT se dividió otra vez
por discrepancias internas en CGT Nº 1 y CGT Nº 2.
Teórico 3
El posicionamiento del candidato de la Concordancia, Robustiano
Patrón Costas, de identificarse con el bando aliado en plena guerra
mundial, contrastaba con la política de neutralidad sostenida por las
Fuerzas Armadas. También, la segura concreción de un nuevo fraude
en las elecciones que se realizarían a fines de 1943 y que suponía la
consagración, otra vez, de un candidato conservador, colisionaba con
la necesaria regeneración de las prácticas políticas, de las cuales se
hicieron eco sectores militares. El intento del presidente Ramón
Castillo de sustituir al ministro de Guerra, general Pedro Ramírez,
precipitó el golpe de Estado, que se produjo el 4 de junio. El mismo
fue motorizado por los oficiales medios –coroneles y tenientes
coroneles- que integraban el Grupo Obra Unificación (GOU), una logia
secreta creada en el seno del Ejército en el mes de marzo de ese año,
que coincidía en ciertas ideas como el nacionalismo, el
anticomunismo, el mantenimiento de la neutralidad del país en el
conflicto bélico mundial y la necesidad de acentuar el proceso
industrialista, en especial de la industria pesada.
Las primeras acciones del gobierno militar, presidido por el citado
general Ramírez, notoriamente influido por el nacionalismo católico,
fueron de carácter autoritario: cierre del Congreso, intervención a las
provincias, adopción de medidas represivas contras sectores de
izquierda, declarar fuera de la ley a los partidos políticos, intervención
de las universidades entre otras. Sin embargo, en un área de la
administración gubernativa, la social, se daría un proceso original y
que contrastaba con la orientación que podía esperarse de un
gobierno de facto. En efecto, en octubre, un destacado integrante del
GOU, el coronel Juan D. Perón, fue designado al frente del
Departamento Nacional del Trabajo, que de inmediato, por decreto
del 27 de noviembre de 1943, se convertiría en Secretaría de Trabajo
y Previsión como una oficina gubernamental encargada de las
relaciones obrero-patronales. A partir de los considerandos del
decreto se pueden resumir las funciones específicas que tendría el
nuevo organismo, a saber: 1. Intervención del Estado en las
relaciones laborales con el objetivo de lograr la “mejor armonía” entre
capital y trabajo; 2. Búsqueda de una mayor “justicia social y
distributiva”, 3. Controlar la aplicación de la legislación laboral
vigente. Daba comienzo de ese modo la “era de la justicia social”
en la Argentina.
Al frente de la Secretaría Perón impulsó entre 1944 y 1945 una
amplia legislación favorable a los trabajadores: establecimiento de
vacaciones anuales pagas; protección frente a accidentes de trabajo;
establecimiento de Tribunales de Trabajo; creación del Instituto
Nacional de Previsión Social; establecimiento del Estatuto del Peón -
por primera vez se legislaba en favor del trabajador rural-; institución
del sueldo anual complementario –aguinaldo- entre otras. A lo
expresado debe sumarse la homologación de convenios colectivos de
trabajo: 912 en los años mencionados, que contrastaban con apenas
46 aprobados entre 1936 y 1940. Esta acción social le fue deparando
a Perón la adhesión cada vez más intensa de obreros y dirigentes,
que paralelamente iba acotando el margen de maniobra de los
dirigentes y sindicatos socialistas o comunistas, que constituían la
oposición a Perón en el ámbito laboral.
Pero también, la labor de Perón levantaba críticas cada vez más
incisivas en la oposición política, integrada por los partidos políticos,
es decir radicales, conservadores, socialistas, demócrata-progresistas
y comunistas, quienes calificaban al gobierno y al propio Perón de
“fascistas”. Y en entidades tradicionales como la Sociedad Rural
Argentina, la Unión Industrial Argentina, la Bolsa de Comercio y los
medios de comunicación -los tradicionales La Prensa y La
Nación entre los más virulentos-, que tampoco escatimaban críticas a
la labor de Perón.
A comienzos de 1944, la presión ejercida por los Estados Unidos sobre
el gobierno argentino para que este declare la guerra a Alemania y
Japón se hizo insostenible para este, que rompió relaciones
diplomáticas con los mencionados países. Esto provocó la renuncia de
Ramírez en el mes de febrero y su reemplazo por el general Edelmiro
Farrell, que sí declaró la guerra en marzo de 1945 como condición
indispensable para el ingreso del país en las Naciones Unidas.
El final de la conflagración mundial en 1945 y las presiones
diplomáticas y económicas norteamericanas, envalentonaron a la
oposición política, que exigía la normalización institucional, previa
entrega del gobierno a la Corte Suprema de Justicia. Esta ofensiva
tuvo su punto culminante en la convocatoria a la Marcha de la
Constitución y de la Libertad, llevada a cabo en las calles de
Buenos Aires el 19 de septiembre de 1945, que fue una imponente
manifestación que reunió a un cuarto de millón de personas. El
gobierno sintió el impacto, al punto de que un sector del mismo le
exigió al presidente la destitución de Perón de los cargos que
ocupaba: Vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y Secretario
de Trabajo y Previsión, cosa que ocurrió el día 9 de octubre. Perón fue
detenido y enviado a la isla Martín García. Sin embargo, una
multitudinaria movilización popular integrada principalmente por
obreros de la ciudad y del Gran Buenos Aires que se concentró en la
Plaza de Mayo el día 17 de octubre permitió su liberación.
De allí en más se organizaron las dos coaliciones políticas que se
enfrentarían en las urnas el 24 de febrero de 1946, fecha fijada por el
gobierno para iniciar la normalización institucional. Por un lado se
conformó la Unión Democrática, integrada por la Unión Cívica Radical,
el partido Socialista, el partido Comunista y el partido Demócrata-
progresista, cuya fórmula se integró con José Tamborini y Enrique
Mosca, dos radicales alvearistas. Los conservadores no integraron la
Unión Democrática pero apoyaron a sus candidatos. Por el otro se
unieron el partido Laborista, recientemente creado por los
sindicalistas que se identificaron con la obra de Perón, y la Unión
Cívica Radical – Junta Renovadora, a los que se sumaron pequeñas
agrupaciones nacionalistas e independientes. El binomio lo integraron
Juan Perón, en representación del laborismo, y Hortensio Quijano, un
radical renovador. La campaña fue intensa, con acusaciones cruzadas
de “fascismo” para los candidatos oficialistas y de defender
“intereses antinacionales” para los opositores. Con el reconocimiento
general de que el acto comicial había sido inobjetable –era la primera
elección presidencial desde 1928 sin fraude ni proscripción-, el
resultado favoreció a la fórmula peronista: 1.487.886 (52,8 %) a
1.207.080 (42,9 %) votos.
Gobiernos con las características que tendría el peronista, definidos
como nacional-populares o populistas, se dieron en América Latina
entre la crisis de 1930 y fines de la de 1950, como los de Lázaro
Cárdenas en México (1934-1940), Getulio Vargas en Brasil (1930-
1945 y 1950-1954), Jacobo Arbenz en Guatemala (1950-1954), Carlos
Ibáñez del Campo en Chile (1952-1958), Víctor Paz Estensoro (1952-
1956) y Hernán siles Suazo (1956-1960) en Bolivia.
La política de los años peronistas fue sumamente tensa, con posturas
intransigentes por ambos lados, gobierno y oposición, cuya caja de
resonancia fue el Congreso Nacional, en particular la Cámara de
Diputados. Durante toda esa época la discusión pasó por la
dicotomía justicia social vs. libertades públicas, donde quienes
defendían una u otra posición se negaban a reconocer al otro como
un contrincante democrático.
En 1948, luego del triunfo en las elecciones legislativas de marzo,
desde el oficialismo, ahora representado por el Partido Peronista,
comenzó a tomar cuerpo la necesidad de reformar la Constitución
Nacional, a la que calificaba de liberal, a fin de incorporar derechos
sociales promovidos por el gobierno. En diciembre se llevó a cabo la
elección de convencionales constituyentes, con un holgado triunfo
peronista, lo que permitió reunir la Asamblea Constituyente al año
siguiente, que sancionó una nueva Carta Magna. La misma incorporó
los Derechos del Trabajador, de la Familia, de la Ancianidad y de la
Educación y la Cultura, la función social de la propiedad privada, del
capital y de la actividad económica. También, la posibilidad de que el
presidente pueda ser reelecto.
Merece destacarse la actuación pública de la esposa del presidente,
María Eva Duarte de Perón, que se expresó en los ámbitos político y
social. En 1947 se produjo un acontecimiento fundamental en la vida
del país como fue la sanción de la ley n° 13.010 de voto femenino,
donde aquella tuvo un rol decisivo. Por la misma, se reconocía a las
mujeres los mismos derechos políticos que a los varones, es decir
elegir y ser elegidas.
La movilización de las mujeres peronistas bajo el aliento de Eva
Perón fructificó en 1949, cuando se creó, bajo su conducción, el
Partido Peronista Femenino. En poco tiempo, este se expandió por
todo el país a través de las delegadas censistas, que eran las
encargadas de su organización en cada provincia o territorio nacional.
Cabe señalar asimismo que en septiembre de 1951 se produjo un
levantamiento militar en contra de Perón al mando del general
retirado Benjamín Menéndez, finalmente frustrado.
La elección de renovación presidencial fue fijada por el Poder
Ejecutivo Nacional para el día 11 de noviembre de 1951. La
candidatura de Perón estaba fuera de toda duda, no así la de quien lo
acompañaría en la vicepresidencia, hasta que la Confederación
General del Trabajo (CGT) propuso a Eva Perón para el cargo. De este
modo, la central obrera organizó un magno acto público que se llevó
a cabo el 22 de agosto de 1951 en la Capital Federal denominado
Cabildo Abierto del Justicialismo. Pero la Primera Dama renunció al
ofrecimiento por lo que sería Hortensio Quijano quien acompañaría
nuevamente a Perón en la fórmula. La Unión Cívica Radical, el
principal partido político opositor, presentó el binomio Ricardo Balbín-
Arturo Frondizi, los conservadores Reynaldo Pastor-Vicente Solano
Lima, los comunistas Rodolfo Ghioldi-Alcira de la Peña y los socialistas
Alfredo Palacios-Américo Ghioldi. Los resultados fueron ampliamente
favorables para el Partido Peronista: 4.745.168 (63,4 %), votos frente
a 2.415.750 (32,3 %) de los radicales, 174.399 de los conservadores
(2,3 %), 71.318 de los comunistas (0,95 %) y 54.920 de los socialistas
(0.74 %).
Las pésimas relaciones entre el oficialismo y la oposición se
manifestaron crudamente cuando un grupo perteneciente a esta
última perpetró un acto terrorista al hacer estallar artefactos
explosivos en una concentración de trabajadores en la Plaza de Mayo
el 15 de abril de 1953, resultado del cual fallecieron seis personas y
más de noventa resultaron heridas. Luego de este episodio,
manifestantes peronistas procedieron a incendiar las sedes
partidarias del socialismo –denominada Casa del Pueblo-, del
radicalismo, de los conservadores y del Jockey Club.
En abril de 1954 se llevaron a cabo comicios para elegir
vicepresidente de la Nación para reemplazar a Quijano, que había
fallecido dos años antes. El candidato oficialista fue el contralmirante
Alberto Teisaire, quien obtuvo un triunfo aplastante pues sufragaron
por él 4.994.106 ciudadanos (64,5 %), mientras que votaron por el
candidato radical Crisólogo Larralde 2.493.422 (32,2 %), por el
conservador Benito de Miguel 105.550 (1,36 %), por la comunista
Alcira de la Peña 89.624 (1,16 %) y por el demócrata-progresista
Luciano Molinas 54.054 (0,70 %).
Sin embargo, este triunfo electoral no impidió el inicio de un conflicto
que sería decisivo en el futuro inmediato para la suerte del gobierno,
tal el desatado entre Perón y la Iglesia Católica. La relación entre la
Iglesia y Perón había sido óptima en los primeros años de su
gobierno: por caso, aquella había apoyado su candidatura en 1946 y
este había impulsado la sanción de la ley de enseñanza religiosa en
las escuelas públicas en 1947. Pero con el paso de los años algunas
medidas de gobierno molestaron a la Iglesia, como la “peronización”
de los contenidos escolares, la creación de la Unión de Estudiantes
Secundarios y el culto a Eva Perón luego de fallecida esta en 1952. Lo
cierto fue que entre fines de 1954 y comienzos de 1955 se produjo
una notable escalada legislativa anticlerical que incluyó la aprobación
del divorcio vincular, la derogación de la ley de enseñanza religiosa y
la supresión de feriados religiosos. Esto resquebrajó la lealtad de
varios militares católicos respecto de Perón. Por su parte, la Iglesia
brindó su apoyo a la fundación del Partido Demócrata Cristiano en
1954, de fuerte orientación antiperonista, lo que irritó al gobierno.
La procesión católica de Corpus Christi en la Catedral de Buenos
Aires, ocurrida el 11 de junio de 1955, que se convirtió en una
multitudinaria manifestación opositora, fue el anticipo del trágico
hecho ocurrido el día 16, tal el intento de carácter cívico-militar de
asesinar al presidente de la República y derrocar su gobierno. En esa
jornada, aviones pertenecientes a la Fuerza Aérea y a la Aviación
Naval bombardearon y ametrallaron la Casa Rosada y la Plaza
de Mayo, ocasionando la muerte de 308 personas e hiriendo a más
del doble. Tras el fracaso del complot, los pilotos huyeron al Uruguay,
donde solicitaron asilo. Horas después de estos acontecimientos,
simpatizantes peronistas –en conocimiento de la estrecha relación
entre la cúpula eclesiástica y los sediciosos que produjeron el acto
terrorista- procedieron a incendiar la Curia Metropolitana, las
basílicas de Santo Domingo y San Francisco y varias iglesias más.
Como consecuencia de lo ocurrido, el presidente Perón estableció una
tregua política, que fue interpretada por la oposición como un
síntoma de debilidad. Finalmente, el 16 de septiembre siguiente,
estalló una sublevación militar en Córdoba al mando del general
retirado Eduardo Lonardi, que recibió el apoyo de la Flota de Mar, al
mando del contralmirante Isaac Rojas, que también se había
sublevado, todo lo cual provocó el derrocamiento del gobierno
peronista y obligó a Perón a marchar al exilio.
En materia económica, el peronismo otorgó una significativa
participación al Estado en la dirección y regulación de los asuntos
económicos y financieros, pues se propuso fomentar la producción
industrial, la redistribución progresiva de los ingresos y la plena
ocupación. Para el logro de ese fin implementó una serie de medidas
y acciones entre las que se contaron las siguientes:
1. Nacionalización y creación de empresas de servicios públicos. El
gobierno procedió a la nacionalización de la red ferroviaria de capital
inglés y de la empresa de teléfonos, de capital norteamericano.
Asimismo, creó las empresas Gas del Estado (1/1/1946), Agua y
Energía, Astilleros Río Santiago y Aerolíneas Argentinas.
2. Banco Central. Poco antes de asumir Perón la presidencia, el
general Farrell dispuso la nacionalización del Banco Central, lo que le
permitiría a aquel disponer de una herramienta fundamental en
materia de emisión de moneda, regulación del crédito y política de
cambios.
3. Creación del Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio
(IAPI), como institución que ejercía el monopolio virtual de las
exportaciones, pues se encargaba de comprar a los productores
agrícolas sus granos a precios fijos y de revenderlos a precios
internacionales. Mientras estos últimos eran elevados, el IAPI obtuvo
importantes ganancias que se utilizaron para financiar a la industria,
aunque la disminución de tales precios alteró esta situación.
4. La industria tuvo un incremento significativo, tanto en plantas
industriales como en obreros empleados: de 61.172 establecimientos
que ocupaban a 869.185 operarios en 1943 se pasó a 151.828 y
1.173.159 respectivamente en 1954. El Banco de Crédito Industrial
tuvo un importante papel en ese sentido.
5. Planificación de la economía. Se implementaron el Primer Plan
Quinquenal (1947-1951), que contempló la construcción obras
públicas (escuelas, hospitales) y créditos a la industria; El Plan de
Emergencia en 1952, a fin de estabilizar la economía luego de la
sequía de 1951-52; y el Segundo Plan Quinquenal (1953-1957, trunco
en 1955), que postulaba aumentar la producción, fomentar el ahorro
e impulsar la industria pesada.
6. Obras de infraestructura. Se construyeron el gasoducto Comodoro
Rivadavia-Buenos Aires; el Aeropuerto Internacional de Ezeiza y la
autopista Richieri (Buenos Aires-Ezeiza); los embalses La Angostura
(Tucumán) y El Nihuil (Mendoza); y el dique Los Molinos (Córdoba)
entre otras.
Respecto de la sociedad de la época, de acuerdo al censo nacional de
1947 el país tenía 15.893.827; de ellos, el 62,5 % era población
urbana y 37,5 % rural. La distribución espacial no se había modificado
con relación a años anteriores producto de las migraciones internas,
que continuaron en la década del ’40, y también del último período de
aporte de la inmigración ultramarina que se produjo luego de la
Segunda Guerra Mundial: entre 1947 y 1952 llegaron al país casi
700.000 personas.
Con relación al mundo del trabajo y al movimiento obrero organizado,
las políticas oficiales de redistribución del ingreso permitieron un
notable aumento del salario real, que pasó de un índice 100 en 1945
a 164,7 en 1955. Su correlato fue un aumento del consumo de los
sectores populares, que junto con el reconocimiento de los obreros
como actores políticos tuvo su correlato en el aumento de las
afiliaciones de trabajadores a sus respectivos gremios, agrupados en
la CGT. Esta central obrera se identificó plenamente con el gobierno,
al punto de que en el Congreso Extraordinario celebrado en 1950
procedió a modificar su Estatuto, adoptando para sí la doctrina
peronista.
Afiliados a la CGT, 1941-1954
Año Afiliados
1941 441.412
1945 528.523
1946 877.333
1948 1.532.925
1950 1.992.404
1954 2.256.580
En política universitaria del gobierno peronista sancionó en 1947 una
ley que vino a reemplazar a la que regía el funcionamiento de las
Casas de Estudios desde 1885. Por la nueva norma, se suprimían la
autonomía y el cogobierno, lo cual despertó críticas en la
oposición, que era mayoritaria en el ámbito universitario. En paralelo,
el gobierno dispuso establecer la gratuidad universitaria en 1949 y
la eliminación de los exámenes de ingreso a partir de 1953. Lo
expresado redundó en un aumento de la cantidad de alumnos que
cursaban estudios universitarios, que casi se triplicó en una década:
de 48.284 en 1945 a 138.871 en 1955. También, creó el 1948 la
Universidad Obrera Nacional (hoy Universidad Tecnológica Nacional)
para los estudiantes que trabajaban en fábricas.
La actuación pública de Eva Perón tuvo, además de la política ya
referida, una de carácter social inédita por su originalidad y
magnitud: la Fundación Eva Perón. Creada en 1948, tenía por objeto
prestar ayuda material a las personas indigentes, desplegando
acciones en todos los ámbitos. De este modo, en materia de salud la
Fundación construyó 35 policlínicos en todo el país, equipó un Tren
Sanitario y creó una Escuela de Enfermeras. En educación, construyó
más de 400 escuelas -150 de ellas rurales- en todo el territorio
nacional, quince Hogares Escuela, una Ciudad Infantil en Buenos Aires
y comedores escolares. En materia de vivienda, construyó treinta
barrios tanto en Buenos Aires como en las provincias, que superaron
las 20.000 viviendas. En acción social construyó tres Hogares de
Ancianos, tres Hogares de Tránsito y un Hogar de la Empleada en
Buenos Aires. En deporte y recreación, administró los complejos
turísticos de Chapadmalal y Embalse Río Tercero y organizó los
Campeonatos Infantiles Evita. También, habilitó proveedurías, otorgó
pensiones a la vejez y medicamentos. Toda esta obra se solventó con
ingresos provenientes de descuentos a los ingresos salariales de los
trabajadores, de subsidios estatales y de impuestos varios, como un
porcentaje de las entradas cinematográficas, de las entradas a los
hipódromos y de los juegos de azar.
Finalmente, en materia de política exterior el peronismo proclamó la
Tercera Posición, una ubicación equidistante y superadora de los dos
bloques geopolíticos que se disputaron el predominio mundial durante
la Guerra Fría iniciada en la posguerra: el occidente capitalista
liderado por los Estados Unidos y el oriente comunista encabezado
por la Unión Soviética.