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Sesión 01 - (Lee) Calixto Garmendia

La sesión de aprendizaje del 2do grado en el Liceo Trujillo se centra en el cuento 'Calixto Garmendia', explorando temas de justicia y derechos a través de la literatura. Los estudiantes participarán en una maratón de lectura y crearán podcasts para reflexionar sobre el contenido literario. Se busca que los alumnos desarrollen competencias comunicativas y una actitud crítica hacia la literatura y su relación con problemas sociales.
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Sesión 01 - (Lee) Calixto Garmendia

La sesión de aprendizaje del 2do grado en el Liceo Trujillo se centra en el cuento 'Calixto Garmendia', explorando temas de justicia y derechos a través de la literatura. Los estudiantes participarán en una maratón de lectura y crearán podcasts para reflexionar sobre el contenido literario. Se busca que los alumnos desarrollen competencias comunicativas y una actitud crítica hacia la literatura y su relación con problemas sociales.
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INSTITUCIÓN EDUCATIVA 2do GRADO- SECUNDARIA-2025

“Liceo Trujillo” UNIDAD N° 06

SESIÓN DE APRENDIZAJE 01: “Calixto Garmendia: la justicia y el derecho”


ANEXO 1: SITUACIÓN SIGNIFICATIVA

La Maratón de Lectura organizada por nuestra institución educativa “Liceo Trujillo”, es una oportunidad para adentrarnos en el
mágico mundo de la literatura en general y la literatura regional y/o nacional, en particular, no solo para desarrollar nuestras
competencias comunicativas; sino, asimismo, como una forma de integrarnos a través del intercambio de opiniones y la reflexión
sobre el contenido de las obras seleccionadas. Pero, ¿cómo podríamos lograr el objetivo de disfrutar de nuestra literatura y, a la
vez, asumir una actitud crítica- reflexiva frente al análisis de las mismas? Frente a este reto, los estudiantes tendrán la oportunidad
de expresarse a través de la creación y socialización de sus podcasts.
(ANEXO 02) Observa con atención el video del presente link.
https://youtu.be/3_WqehrA3Z8?si=B1r33wN2n3biVgIc

1.- ¿Recuerdan este cuento? ¿Quién es su autor?


2.- ¿Cuál es el tema que trata este cuento?

(ANEXO 03) CONFLICTO COGNITIVO:


¿Ustedes creen que la literatura tendrá como único propósito entretener al lector o también planteará
algunos problemas de la sociedad para hacernos reflexionar sobre los mismos?

(ANEXO 04)

SESIÓN 01- VI UNIDAD “Calixto Garmendia: la justicia y el derecho


COMPETENCIA Lee diversos textos en su lengua materna.
Analizar el cuento de Calixto Garmendia, aplicando las estrategias de
PROPÓSITO
lectura, para identificar datos específicos y hechos explícitos relevantes.
Identifica información explícita, relevante y complementaria del cuento “Calixto
Garmendia” seleccionando datos específicos y detalles.
CRITERIOS DE EVALUACIÓN
Determina el significado de palabras en contexto y de expresiones con sentido figurado
de acuerdo con el sentido global del cuento.
(ANEXO 05)

1 Antes de la lectura:

● Los estudiantes realizan predicciones, respondiendo a las siguientes preguntas:


● Observan el texto y leen el título. A partir de ello, responden las siguientes:
- Según el título, ¿sobre qué tratará el cuento?
- ¿Cuál será su propósito?
- ¿Qué relación tendrá el título con el tema a tratar?

(ANEXO 06)

1 Durante la lectura:

Primera lectura: Realiza una lectura general para captar daros específicos y detalles del texto.
Segunda lectura: Aplica las estrategias de comprensión: subrayado, resaltado, parafraseo, notas al margen u otra
que conozcas para identificar palabras y/o expresiones con sentido figurado e interpretarlas, escenarios, personajes,
hechos principales del cuento.

CALIXTO GARMENDIA

(Cuento)

Déjame contarte, le dijo un hombre llamado Remigio Garmendia a otro llamado Anselmo, levantando la cara—. Todos
estos días, anoche, esta mañana, aun esta tarde, he recordado mucho… Hay momentos en que a uno se le agolpa la vida…
Además, debes aprender. La vida, corta o larga, no es de uno solamente.

Docentes Liceístas del Segundo Grado de Secundaria


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INSTITUCIÓN EDUCATIVA 2do GRADO- SECUNDARIA-2025
“Liceo Trujillo” UNIDAD N° 06

Sus ojos diáfanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le fraguaba hondo y tenía un rudo timbre de emoción. Blandíanse
a ratos las manos encallecidas.

—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero y me mandó a la escuela. Hasta segundo año de
primaria era todo lo que había. Y eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niños del campo se quedaban sin escuela.
Fuera de su carpintería, mi padre tenía un terrenito al lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda de algunos
indios a los que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que el cabo de una lampa o un hacha, que una mesita, en fin. Desde
un extremo del corredor de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz, azulear las habas en nuestra pequeña tierra.
Daba gusto. Con la comida y la carpintería, teníamos bastante, considerando nuestra pobreza. A causa de tener algo y también
por su carácter, mi padre no agachaba la cabeza ante nadie. Su banco de carpintero estaba en el corredor de la casa, dando a
la calle. Pasaba el alcalde. “Buenos días, señor”, decía mi padre, y se acabó. Pasaba el subprefecto. “Buenos días, señor”, y
asunto concluido. Pasaba el alférez de gendarmes. “Buenos días, alférez”, y nada más. Pasaba el juez y lo mismo. Así era mi
padre con los mandones. Ellos hubieran querido que les tuviera miedo o les pidiese o les debiera algo. Se acostumbran a todo
eso los que mandan. Mi padre les disgustaba. Y no acababa ahí la cosa. De repente venía gente del pueblo, ya sea indios, cholos
o blancos pobres. De a diez, de a veinte o también en poblada llegaban. “Don Calixto, encabecemos para hacer ese reclamo”.
Mi padre se llamaba Calixto. Oía de lo que se trataba, si le parecía bien aceptaba y salía a la cabeza de la gente, que daba vivas
y metía harta bulla, para hacer el reclamo. Hablaba con buenas palabras. A veces hacía ganar a los reclamadores y otras perdía,
pero el pueblo siempre le tenía confianza. Abuso que se cometía, ahí estaba mi padre para reclamar al frente de los perjudicados.
Las autoridades y ricos del pueblo, dueños de haciendas y fundos, le tenían echado el ojo para partirlo en la primera ocasión.
Consideraban altanero a mi padre y no los dejaba tranquilos. Él ni se daba cuenta y vivía como si nada pudiera pasar. Había
hecho un sillón grande, que ponía en el corredor. Ahí solía sentarse, por las tardes, a conversar con los amigos. “Lo que
necesitamos es justicia”, decía. “El día que el Perú tenga justicia, será grande”. No dudaba de que la habría y se torcía los
mostachos con satisfacción, predicando: “No debemos consentir abusos”.

Sucedió que vino una epidemia de tifo, y el panteón se llenó con los muertos del propio pueblo y los que traían
del campo. Entonces las autoridades echaron mano de nuestro terrenito para panteón. Mi padre protestó diciendo que tomaran
tierra de los ricos, cuyas haciendas llegaban hasta la propia salida del pueblo. Dieron el pretexto que el terreno de mi padre
estaba ya cercado, pusieron gendarmes y comenzó el entierro de muertos. Quedaron a darle una indemnización de setecientos
soles, que era algo en esos años, pero, que autorización, que requisitos, que papeleo, que no hay plata en este momento… Se
la estaban cobrando a mi padre, para ejemplo de reclamadores. Un día, después de discutir con el alcalde, mi viejo se puso a
afilar una cuchilla y, para ir a lo seguro, también un formón. Mi madre algo le vería en la cara y se le prendió del cogote y le lloró
diciéndole que nada sacaba con ir a la cárcel y dejarnos a nosotros más desamparados. Mi padre se contuvo como quebrándose.
Yo era niño entonces y me acuerdo de todo eso como si hubiera pasado esta tarde.

Mi padre no era hombre que renunciara a su derecho. Comenzó a escribir cartas exponiendo la injusticia. Quería
conseguir que al menos le pagaran. Un escribano le hacía las cartas y le cobraba dos soles por cada una. Mi pobre escritura no
valía para eso. El escribano ponía al final: “A ruego de Calixto Garmendia, que no sabe firmar, Fulano”. El caso fue que mi padre
despachó dos o tres cartas al diputado de la provincia. Silencio. Otras al senador por el departamento. Silencio. Otras al mismo
presidente de la República. Silencio. Por último, mandó cartas a los periódicos de Trujillo y a los de Lima. Nada, señor. El postillón
llegaba al pueblo una vez por semana, jalando una mula cargada con la valija del correo. Pasaba por la puerta de la casa y mi
padre se iba detrás y esperaba en la oficina del despacho, hasta que clasificaban la correspondencia. A veces, yo también iba.
“¿Carta para Calixto Garmendia?”, preguntaba mi padre. El interventor, que era un viejo flaco y bonachón, tomaba las cartas que
estaban en la casilla de las G, las iba viendo y al final decía: “Nada, amigo”. Mi padre salía comentando que la próxima vez habría
carta. Con los años, afirmaba que al menos los periódicos responderían. Un estudiante me ha dicho que, por lo regular, los
periódicos creen que asuntos como estos carecen de interés general. Esto en el caso de que los mismos no estén a favor del
gobierno y sus autoridades, y callen cuando pueda perjudicarles. Mi padre tardó en desengañarse de reclamar lejos y estar
yéndose por las alturas, varios años.

Un día, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panteón que aún no tenía cadáveres, para afirmar su propiedad.
Lo tomaron preso los gendarmes, mandados por el subprefecto en persona, y estuvo dos días en la cárcel. Los trámites estaban
ultimados y el terreno era de propiedad municipal legalmente. Cuando mi padre iba a hablar con el Síndico de Gastos del
Municipio, el tipo abría el cajón del escritorio y decía como si ahí debiera estar la plata: “No hay dinero, no hay nada ahora.
Cálmate, Garmendia. Con el tiempo se te pagará”. Mi padre presentó dos recursos al juez. Le costaron diez soles cada uno. El
juez los declaró sin lugar. Mi padre ya no pensaba en afilar la cuchilla y el formón. “Es triste tener que hablar así —dijo una vez—
, pero no me darían tiempo de matar a todos los que debía”. El dinerito que mi madre había ahorrado y estaba en una ollita
escondida en el terrado de la casa, se fue en cartas y en papeleo.

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“Liceo Trujillo” UNIDAD N° 06

A los seis o siete años del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar. Envejeció mucho en aquellos tiempos. Lo que
más le dolía era el atropello. Alguna vez pensó en irse a Trujillo o Lima a reclamar, pero no tenía dinero para eso. Y cayó también
en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin influencias ni nada, no le harían caso. ¿De quién y cómo valerse? El terrenito seguía
de panteón, recibiendo muertos. Mi padre no quería ni verlo, pero cuando por casualidad llegaba a mirarlo, decía: “¡Algo mío han
enterrado ahí también! ¡Crea usted en la justicia!”. Siempre se había ocupado de que le hicieran justicia a los demás y, al final,
no la había podido obtener ni para él mismo. Otras veces se quejaba de carecer de instrucción y siempre despotricaba contra los
tiranos, gamonales, tagarotes y mandones.

Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra cosa que su modesta carpintería. Apenas tuve
fuerzas, me puse a ayudarlo en el trabajo. Era muy escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se levantarían una cada
dos años. Las puertas de las otras duraban. Mesas y sillas casi nadie usaba. Los ricos del pueblo se enterraban en cajón, pero
eran pocos y no morían con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos envueltos en mantas sujetas con cordel. Igual que
aquí en la costa entierran a cualquier peón de caña, sea indio o no. La verdad era que cuando nos llegaba la noticia de un rico
difunto y el encargo de un cajón, mi padre se ponía contento. Se alegraba de tener trabajo y también de ver irse al hoyo a uno de
pandilla que lo despojó. ¿A qué hombre tratado así no se le daña el corazón? Mi madre creía que no estaba bueno alegrarse
debido a la muerte de un cristiano y encomendaba el alma del finado rezando unos cuantos padrenuestros y avemarías. Duro le
dábamos al serrucho, al cepillo, a la lija y a la clavada mi padre y yo, que un cajón de muerto debe hacerse luego. Lo hacíamos
por lo común de aliso y quedaba blanco. Algunos lo querían así y otros que pintado de color caoba o negro y encima charolado.
De todos modos, el muerto se iba a podrir lo mismo bajo la tierra, pero aun para eso hay gustos.

Una vez hubo un acontecimiento grande en mi casa y en el pueblo. Un forastero abrió una nueva tienda, que resultó
mejor que las otras cuatro que había. Mi viejo y yo trabajamos dos meses haciendo el mostrador y los andamios para los géneros
y abarrotes. Se inauguró con banda de música y la gente hablada del progreso. En mi casa hubo ropa nueva para todos. Mi padre
me dio para que la gastara en lo que quisiera, así, en lo que quisiera, la mayor cantidad de plata que había visto en mis manos:
dos soles. Con el tiempo, la tienda no hizo otra cosa que mermar el negocio de las otras cuatro, nuestra ropa envejeció y todo
fue olvidado. Lo único bueno fue que yo gasté los dos soles en una muchacha llamada Eutimia, así era el nombre, que una noche
se dejó coger entre los alisos de la quebrada. Eso me duró. En adelante, no me cobró ya nada y si antes me recibió los dos soles,
fue de pobre que era.

En la carpintería, las cosas siguieron como siempre. A veces hacíamos un baúl o una mesita o tres sillas en un mes.
Como siempre, es un decir. Mi padre trabajaba a disgusto. Antes lo había visto ya gozarse puliendo y charolando cualquier obrita
y le quedaba muy vistosa. Después ya no le importó y como que salía del paso con un poco de lija. Hasta que por fin llegaba el
encargo de otro cajón de muerto, que era plato fuerte. Cobrábamos generalmente diez soles. Dele otra vez a alegrarse a mi
padre, que solía decir: “¡Se fregó otro bandido, diez soles!”; a trabajar duro él y yo; a rezar mi madre, y a sentir alivio hasta por
las virutas. Pero ahí acababa todo. ¿Eso es vida? Como muchacho que era, me disgustaba que en esa vida estuviera mezclado
tanto la muerte.

La cosa fue más triste cada vez. En las noches, a eso de las tres o cuatro de la madrugada, mi padre se echaba unas
cuantas piedras bastante grandes a los bolsillos, se sacaba los zapatos para no hacer bulla y caminaba medio agazapado hacia
la casa del alcalde. Tiraba las piedras, rápidamente, a diferentes partes del techo, rompiendo las tejas. Luego volvía a la carrera
y, ya dentro de la casa, a oscuras, pues no encendía luz para
evitar sospechas, se reía. Su risa parecía a ratos el graznido de un
animal. A ratos era tan humana, tan desastrosamente humana, que me daba
más pena todavía. Se calmaba unos cuantos días con eso. Por otra
parte, en la casa del alcalde solían vigilar. Como había hecho
incontables chanchadas, no sabían a quién echarle la culpa de
las piedras. Cuando mi padre deducía que se habían cansado
de vigilar, volvía a romper tejas. Llegó a ser un experto en la
materia. Luego rompió tejas de la casa del juez, del subprefecto,
del alférez de gendarmes, del Síndico de Gastos.
Calculadamente, rompió las de las casas de otros notables, para que, si querían deducir, se confundieran. Los ocho gendarmes
del pueblo salieron en ronda muchas noches, en grupos y solos, y nunca pudieron atrapar a mi padre. Se había vuelto un artista
en la rotura de tejas. De mañana salía a pasear por el pueblo para darse el gusto de ver que los sirvientes de las casas que
atacaba subían con tejas nuevas a reemplazar las rotas. Si llovía era mejor para mi padre. Entonces atacaba la casa de quien
odiaba más, el alcalde, para que el agua la dañara o, al caerles, les molestara a él y su familia. Llegó a decir que les metía el
agua en los dormitorios, de lo bien que calculaba las pedradas. Era poco probable que pudiese calcular tan exactamente en la
oscuridad, pero él pensaba que lo hacía, por darse el gusto de pensarlo.

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El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracón de carne de chancho y otros que de las cóleras
que le daban sus enemigos. Mi padre fue llamado para que hicieran el cajón y me llevó a tomar las medidas con un cordel. El
cadáver era grande y gordo. Había que verle la cara a mi padre contemplando al muerto. Él parecía la muerte. Cobró cincuenta
soles adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio, dijo que el cajón tenía que ser muy grande, pues el cadáver
también lo era y además gordo, lo cual demostraba que el alcalde comió bien. Hicimos el cajón a la diabla. A la hora del entierro,
mi padre contemplaba desde el corredor cuando metían el cajón al hoyo, y decía: “Come la tierra que me quitaste, condenado;
come, come”. Y reía con esa su risa horrible. En adelante, dio preferencia en la rotura de tejas a la casa del juez y decía que
esperaba verlo entrar al hoyo también, lo mismo que a los otros mandones. Su vida era odiar y pensar en la muerte. Mi madre se
consolaba rezando. Yo, tomando a Eutimia en el alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran derrumbado así
a mi padre. Antes de que lo despojaran, su vida era amar a su mujer y su hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara.
Quería a su patria. A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.
Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre sanara de pronto. Eso duró dos días. El nuevo
alcalde le dijo también que no había plata para pagarle. Además, que abusó cobrando cincuenta soles por un cajón de muerto y
que era un agitador del pueblo. Esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía años que las gentes, sabiendo a mi padre en
desgracia con las autoridades, no iban por la casa para que les defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le gritó al
nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cárcel, por desacato. Cuando salió, le aconsejaron que fuera con
mi madre a darle satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos y le suplicaran el pago. Mi padre se puso a clamar: “¡Eso nunca!
¿Por qué quieren humillarme? ¡La justicia no es limosna! ¡Pido justicia!”. Al poco tiempo, mi padre murió.

3 Después de la lectura (ANEXO 07)


Aplicamos la ficha de análisis.

METACOGNICIÓN
A partir de lo trabajado, reflexionemos sobre lo aprendido
▪ Al leer el texto, ¿qué dificultades encontraste para identificar los escenarios, los personajes y los hechos importantes?
▪ ¿Qué actividades te parecieron más sencillas y cuáles más difíciles?, ¿por qué?
▪ ¿Crees que responder las preguntas te ha ayudado a comprender mejor el texto?, ¿por qué?

INSTRUMENTO DE EVALUACIÓN: LISTA DE COTEJO – AUTO EVALUACIÓN.

Estoy en ¿Qué debo hacer para


CRITERIOS Lo logré proceso de mejorar mis
lograrlo aprendizajes?

- Identifiqué información explícita, relevante y complementaria del cuento


“Calixto Garmendia” seleccionando datos específicos y detalles.

- Determiné el significado de palabras en contexto y de expresiones con sentido


figurado de acuerdo con el sentido global del cuento.

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