Mila
EL PADRINO
ADRIANA BRINNE
Créditos
MILA “El Padrino” (TRINIDAD PROFANA #7)
Copyright © 2023 Adriana Brinne
Diseño de portada por Sennydoesart
Maquetación por Adriana Brinne
Edición por Adriana Brinne
Todos los derechos reservados
Este libro o cualquier parte del mismo no puede ser reproducido, distribuido ni transmitido en
ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotocopia, grabación u otros métodos electrónicos o
mecánicos, sin el permiso expreso y por escrito de la autora, excepto en el caso de breves citas
utilizadas en reseñas literarias.
Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, marcas y lugares son completamente
ficticios. Cualquier similitud con hechos reales o personas, vivas o fallecidas, es pura coincidencia.
Cualquier marca registrada, servicio, nombre de producto o característica mencionada se considera
propiedad de sus respectivos dueños y se utiliza solo como referencia. No existe ningún respaldo
implícito de ninguno de estos términos utilizados.
Sinopsis
Mila
Desde muy pequeña supe que era diferente a los demás, y durante mucho
tiempo me hicieron creer que ser diferente era motivo de vergüenza. Mi
forma de actuar y de hablar me metía en problemas casi todos los días, pero
no podía hacer nada al respecto. Aprendí a aceptar que estaba hecha así.
Hasta que llegó él.
Hasta que el jefe de una de las organizaciones criminales clandestinas
más antiguas y poderosas de Estados Unidos me mostró que hay belleza en
mi rareza.
Riagan O’Sullivan.
Algunos lo llaman El Padrino.
El rey del bajo mundo sin corona.
El enemigo de mi familia.
¿Ahora? Mi prometido.
Riagan
Siempre supe que algún día sería rey. Solo era cuestión de tiempo.
Vivía, respiraba y sangraba por ese título. El jefe de Filadelfia. Era lo único
que me importaba, después de mi necesidad insaciable de hacer que las tres
familias criminales de Detroit pagaran por sus pecados contra mi sangre. La
venganza ardía ferozmente en mis venas.
Hasta que llegó ella.
Hasta que apareció la más joven de las princesas Parisi.
Una joya invaluable escondida en una torre de marfil, tratada como si
fuera motivo de vergüenza.
La Parisi olvidada, la llamaban algunos.
Para mí, es la estrella que brilla incluso cuando está oculta en la
oscuridad.
La que nunca vi venir.
La que no pedí.
Mi futura esposa.
Índice
Nota de Autora
Lista de Reproducción
¿Qué es la Trinidad Profana?
¿Quién es quién en la Trinidad Profana?
La Mafia Irlandesa-Americana
Cuando Riagan Conoció a Mila
Prólogo
Parte Uno
Jefe de la Mafia y Gangster Original
Message from M
Chicas Buenas
Message from C
Castillo Solitario
Message from M
Mala Idea
Message from M
La mejor idea
Message from M
El Hombre con el tatuaje de mariposas
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Cero Disculpas
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Plantas y otras mierdas
Los Pensamientos Secretos De Mila
Brisa isleña y sueños mágicos
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Simplemente Perfecta
Mensaje de C
Obsesionado
Mensaje de M
Rara Reacción
Mensaje de C
Propuesta Inusual
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Pura Oscuridad
Mensaje de C
Dulces y Celos
LA LISTA DE DESEOS DE MILA
YATES Y RISAS
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Playa Privada
Mensaje de M
El sacrificio de una madre
Mensaje de C
Mariposa Azul
Mensaje de M
Siempre Aquí
Mensaje de M
Bailando bajo la lluvia
Mariposa,
Su Villano
Los Pensamientos Secretos De Mila
Parte Dos
Maeve & Bruno
Mensaje de M
Por Si Acaso
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Padrinos y Votos
Los Pensamientos Secretos De Mila
Cena Familiar & Amenazas Mortales
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Nervios De La Primera Vez
Los Pensamientos Secretos De Mila
Sra. O’ Sullivan
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Cita Romántica
Mensaje NO enviado de C
Su todo
Los Pensamientos Secretos De Mila
Sangre & Caos
Mensaje de M
Extraordinaria Tú
Los Pensamientos Secretos De Riagan
La Chica De Riagan
Los Pensamientos Secretos De Mila
Porque Eres Tú
Mensaje de C
Mi Esposa
Los Pensamientos Secretos De Mila
Chica Mala
Los Pensamientos Secretos De Riagan
Pastel de Gofre y Sauces
Mensaje NO enviado de M
Toca Su Corazón
Mensaje de C
¿Está bien? Está bien.
Los Pensamientos Secretos De Mila
Un Cuchillo En Mi Espalda
Los Pensamientos Secretos De Mila
Dejar Ir También Es Amar
Mensaje de Riagan
Epílogo Uno
Epílogo Dos
Epílogo Tres
El Fin
¿Quieres saber si la hermana mayor de Mila, Kadra, encuentra su final feliz?
Postfacio
Agradecimientos
Acerca de la autora
Otras Obras de Adriana Brinne
Advertencia de contenido sensible
Dedicatoria
Para todos los que aún esperan su día bajo el sol después de una larga
tormenta…
Epígrafe
“Podría hacerte feliz; hacer realidad tus sueños. Nada que no haría. Ir hasta
el fin del mundo por ti para que sientas mi amor.”
— BOB DYLAN
Nota de Autora
Mila “El Padrino” (Trinidad Profana, #7) es la historia de Mila Parisi y
Riagan O’Sullivan. La historia contiene temas delicados que podrían ser
desencadenantes para algunas personas. Por favor, ten esto en cuenta antes
de comenzar el libro.
Espero que disfrutes la historia de Mila y Riagan. Es tan dulce como su
amor.
Por favor, ten en cuenta: Esta es una obra de ficción y tomé algunas
libertades creativas con la historia. El personaje de Mila está basado en
alguien real y muy querido para mí. Un alma hermosa que nunca se rinde y
mantiene la cabeza en alto incluso cuando el mundo intenta derribarlo. Para
mí, él es perfecto, tal como Mila es extraordinaria en los ojos de Riagan.
Advertencia de contenido sensible: Consulta las advertencias de
contenido al final del libro.
Lista de Reproducción
Escucha la “playlist” completa en Spotify
“That Part” – Lauren Spencer Smith
“Save This Dance For Me” – Alexander Nate
“Wildest Dreams” – Taylor’s Version
“Hero” – Faouzia
“A Thousand Years” – James Arthur
“Favorite Song” – Toosii, Khalid
“Piece by Piece” – Kelly Clarkson
“Right Person Right Time” – Rachel Grae
“Be the One” – Bree Runway, Khalid
“Who We Love” – Sam Smith, Ed Sheeran
“Rare” – Selena Gomez
“Darkest Hour” – Astrid S, Keisya Levronka
“All Of The Girls You Loved Before” – Taylor Swift
“You Are The Reason” – Duet Version - Callum Scott
¿Qué es la Trinidad
Profana?
La Trinidad Profana es la organización criminal más notoria de los Estados
Unidos de América.
En su origen, fue dirigida por tres familias del crimen que unieron
fuerzas después de una guerra por el control de la ciudad de Detroit. Cada
una gobierna su propia familia, pero solo una tiene el control total de toda la
organización.
Actualmente, la organización está en juego, ya que la familia Volpe fue
eliminada y la Trinidad Sagrada fue tomada por las dos familias restantes y
los irlandeses (la familia O’Sullivan).
Ahora, las familias Nicolasi y Parisi controlan un pequeño porcentaje de
la ciudad, mientras que la otra mitad está en disputa entre los irlandeses y
los rusos.
La Trinidad Sagrada ya no es pura.
Ahora es Profana.
La Trinidad Profana está compuesta por las familias Nicolasi, Parisi y, a
partir de ahora, la familia O’Sullivan.
La familia Nicolasi se encarga del comercio de armas, la familia
O’Sullivan del tráfico de drogas, y los Parisi manejan el lado más legítimo
de la organización, incluidos los casinos y los clubes de striptease.
Durante años, las tres familias criminales más despiadadas de la ciudad
de Detroit gobernaron juntas en paz.
El Capo cayó en desgracia, y ahora los demás se dejan llevar por la
codicia y el pecado.
¿Quién es quién en la
Trinidad Profana?
Familia Nicolasi
Andrea Valentina Nicolasi
Lorenzo Antonio Nicolasi (Capo de la Trinidad Profana)
Valentino Alexander Nicolasi
Familia Volpe
(Ya no forma parte de la Trinidad Profana)
Lucan Tomas Volpe (Ex jefe Volpe)
Cara Mia Volpe
Familia Parisi
Arianna Luna Parisi
Kadra Sofía Parisi
Mila Areya Parisi
Personajes Externos
Riagan O’Sullivan
Sebastián Kenton
La Mafia Irlandesa-
Americana
LA BANDA O’SULLIVAN
CAPITÁN - EL PADRINO
RIAGAN O’SULLIVAN
JEFE DEL CLAN – SUBJEFE
CIANNE KELLY
SEÑOR DE LA GUERRA – EJECUTOR
CALLAM BYRNE
LA SEGADORA - ASESINO A SUELDO
BAIN DALY
HACKERS
MAEVE TOBIN
CONOR TOBIN
Cuando Riagan Conoció
a Mila
RIAGAN
Pasado
El maldito pedazo de mierda.
De todas las cosas que ese bastardo pudo haberme ordenado hacer,
eligió que cuidara a un montón de malditos niños malcriados en esta
estúpida noche.
Volpe.
Nicolasi.
Parisi.
Los hijos de las tres familias criminales de Detroit y, últimamente, la
maldición de mi maldita existencia.
El heredero Volpe es un pequeño imbécil arrogante. Los gemelos
psicópatas son exactamente eso, malditos psicópatas.
Y malcriados también. Y las crías de Satanás… las princesas Parisi. Dos
de ellas, para ser exactos: Arianna y Kadra. Esas son las peores.
Maleducadas como el demonio, y su maldita actitud me saca de quicio.
Claro, son bellas, pero sus bocas son insoportables. Las dos tienen una
carga sobre los hombros, y quién las culparía, con ese inútil hijo de puta que
tienen por padre.
Los herederos de las tres familias de Detroit se creen dioses entre
mortales. Intocables, así que el hecho de que yo, el futuro líder de los
O’Sullivan, haya logrado infiltrarme en sus familias me da una gran
satisfacción.
Estoy entre ellos, y pronto voy a—
De repente, retrocedo cuando alguien me da un fuerte golpe en la parte
de atrás de la cabeza.
Hijo de puta.
Lucho contra las ganas de sacar mi cuchillo y cortarle la garganta al
muy cabrón.
—¿Estás siguiendo órdenes, perro?— Me crujo los nudillos al ver pasar
a Lorenzo Nicolasi con un brillo maligno en los ojos y una sonrisa burlona.
Ese maldito idiota es el primero en mi lista. Su hermano gemelo es raro
como la mierda y también callado, pero al menos tiene el buen sentido de
mantenerse fuera de mi camino. No puedo decir lo mismo de Lorenzo.
El pendejo piensa que es una mierda dura.
El regalo de Dios al hombre.
Es más como la peste.
Al contrario de lo que su cabeza enfermiza cree, no es un Dios ni un rey.
Un día pronto, estaré más que jodidamente feliz de mostrarle lo
equivocado que está.
No digo nada y me quedo mirando. Lorenzo se ríe, me hace un gesto
obsceno y se dirige al interior de la mansión Nicolasi.
Me quedo plantado en el sitio mientras los invitados empiezan a llegar.
Joder…esta noche sera eterna.
Aquí de pie toda la noche mientras los niños se divierten y follan como
dementes. Qué jodidamente encantador.
Podría estar hasta las bolas dentro de Cienna, follándola hasta la
madrugada, pero no... Estoy aquí siendo el perro de guardia de estos
adolescentes.
Pasa una hora y me canso de estar de pie sin hacer nada, así que dejo mi
sitio en la entrada trasera de la mansión y camino hasta llegar a los jardines.
Es la víspera del Día de Brujas. Hay luna llena y hace mucho frío en
Detroit.
Saco un cigarrillo del bolsillo trasero y lo enciendo antes de lanzar un
aro de humo al cielo. —Eso te va a matar, ¿sabes?—, dice una voz infantil
desde el otro lado del jardín.
Entrecerrando los ojos en la oscuridad, intento imaginarme quién
demonios ha interrumpido mi momento de paz y tranquilidad. Ningún
invitado puede entrar aquí. Por eso elegí este lugar de toda la mansión, para
estar solo y no lidiar con mocosos arrogantes. Tener que lidiar con esos
imbéciles no solo me saca de quicio, sino que cada vez me cuesta más fingir
que estoy por debajo de todos ellos. —Fumar puede aumentar el riesgo de
al menos trece tipos de cáncer. Cuanto antes lo dejes, mejor. ¿Lo sabías,
señor?— La voz melódica suena más cerca ahora.
¿Y señor?
Qué propia.
Me muevo de donde estoy y camino hacia el lugar de donde proviene la
suave voz.
Ahí es cuando la oigo.
El sonido de un zumbido.
Como si mis pies tuvieran mente propia, sigo el sonido, y allí está. Un
ángel entre demonios en esta noche profana.
La chica está oculta por las sombras de la noche, pero las luces de
colores que decoran los arboles proyectan un brillo tenue y me permiten ver
mejor su perfil. Lo primero que noto es que es pequeña y delgada. Su
cabello largo y rizado, parecido a seda dorada, le corre por la espalda, casi
llegando a la parte posterior de sus muslos. Me encuentro paralizado,
mirándola porque algo en ella me resulta familiar.
La pequeña está vestida de una mariposa azul, por lo que puedo ver.
Alas plateadas y azules decoran su espalda, y pequeñas mariposas forman
una corona en la parte superior de su cabeza.
Mariposas.
Qué hermoso.
La extraña chica casi parece irreal. Como esas criaturas impresionantes
y etéreas que ves en las películas o lees en los libros de fantasía, pero no en
la vida real. No en mi mundo. Quizás estoy borracho y me la he imaginado.
—¿Quién carajos eres?—, pregunto, sintiéndome fatal al notarla temblar.
La asusté.
Mierda.
—Estás siendo grosero—susurra suavemente. —Siempre deberías dar
las gracias cuando alguien comparte contigo información que te salva vidas.
Además, solo somos nosotros dos. No necesitas gritar.— No hay ninguna
actitud en su tono, lo cual me sorprende.
Me he acostumbrado tanto a los mimados de las tres familias y a los
imbeciles que las rodean que olvidé que la gente educada todavía existe, y
esta es la primera vez que me encuentro con una que no me dan ganas de
apretar el gatillo.
Esto es nuevo.
No estoy acostumbrado a chicas frágiles como ella. Inocente.
Dulce.
Debería darme la vuelta y dejar a esta chica en paz, pero no lo hago. No
puedo apartarme. Son las malditas mariposas en el estómago. —Algo
acabará matándome, ¿no?— Le lanzo anillos de humo, esperando que se dé
la vuelta y se vaya, ya que no me animo a hacerlo. Sé que me estoy
comportando como un patan, pero hay algo en esta chica que me pone
nervioso. Puede que ser que ser ve tan pequeña e indefensa dentro de esta
guarida de víboras.
¿De dónde salió? Me pregunto.
—Sí, es cierto.— Por un momento, creo que decidió irse por el silencio
que nos rodea, pero luego vuelve a abrir la boca y me sorprende muchísimo.
—Puedes morir en cualquier momento. Por ejemplo, ¿sabías que la
probabilidad de morir en un accidente de coche es de una entre cien? ¿O
que es improbable que puedas morir mientras duermes a menos que sufras
problemas cardíacos o apnea del sueño?—
Esta chica...
Sucede algo que no he hecho en mucho tiempo. Sonrío. —Eh.—
—¿Eh?— Por el tono de su voz, puedo decir que está disgustada con mi
respuesta. —Lo siento. No entiendo qué significa eso.—
La forma en que habla. Parece joven, pero algo en ella se siente
atemporal.
—¿Quiénes son…?— Antes de que pueda terminar mi pregunta y
averiguar el nombre de esta fascinante criatura, una voz molesta y fría me
interrumpe. —¡Mila!—
Conozco esa voz.
Esa voz espantosa y exasperante le pertenece a Arianna Parisi.
Dando una larga calada a mi cigarrillo, retrocedo un paso y observo
cómo se desarrolla la escena ante mí.
—Estoy aquí, susurra la joven mientras se acerca, y puedo verla con
más claridad ahora que ella me ve.
—Te dije que te quedaras cerca, dice Arianna, con tono sombrío,
entrecerrando los ojos, lanzándome dagas.
—Y yo te dije que estaba aburrida.— La chica vestida de mariposa se
encoge de hombros y sigue caminando hacia donde estoy, disfrutando
todavía de mi cigarillo.
Arianna Parisi dijo que el nombre de la chica con los datos curiosos es
Mila.
Mila...
Qué nombre tan bonito.
¿Y quién es la chica educada de esa niña adolescente espantosa?—
Aléjate de mi hermana.— La voz gélida suena más cerca ahora, viniendo de
mi izquierda. Ni siquiera me di cuenta de lo cerca que estaba.
La princesa Parisi se puede ir al mismísimo carajo.
No acato sus órdenes.
El único que se sale con la suya es el Don Nicolasi, y la única razón por
la que obedezco es por un propósito mayor.
Sin mirar a la dulce chica a mi derecha, me viro hacia su hermana.
Sonriendo, lanzo anillos de humo hacia Arianna Parisi, provocándola y
haciéndola toser.
No tengo nada que decirle. Tampoco tengo por qué quedarme atrapado
en medio de lo que sea que sucede entre dos niñas.
Malditas crias del infierno.
Le doy la espalda a las dos y regreso en silencio a mi lugar para
continuar con mi guardia hasta la medianoche.
Pienso en la chica de pelo rizo y mariposas durante todo el camino de
vuelta a la entrada principal de la mansion.
La de la voz dulce y melódica.
Cabello rubio, corona de mariposa y datos inútiles.
Mila.
Resulta que es la hermana Parisi más joven.
La que ni siquiera sabía que existía.
Hay tres hermanas Parisi, no dos como creía al principio.
La menor la mantienen en secreto, y me pregunto por qué.
¿Qué podría llevar a un padre a ocultar la existencia de su hija mas
pequeña?
Ahora conozco uno de los secretos de la familia Parisi, ¿y la pequeña
Parisi? Ha llamado mi atención, y eso es algo muy peligroso.
Me está jodiendo la mente cómo una pequeña parte de mí, y quiero
decir una parte muy pequeña, sintió algo por la niña con solo haber estado
en su presencia unos minutos. Nada romántico, si no algo que se parece
mucho a protección.
Tantas preguntas me rondan la cabeza.
¿Por qué nunca la he visto con sus hermanas o con sus padres cuando
visitan a la familia Nicolasi? ¿Por qué la esconden como un secreto sucio?
Es joven.
Eso está claro.
Puede que su mente y su alma tengan mil años por la forma en que
habla y se comporta, pero sigue siendo una niña, y por eso, empujo el
recuerdo de ella a un rincón de mi mente.
Bloqueado.
Olvidado a la mañana siguiente.
O eso creía.
La vida nunca es tan sencilla.
Al menos no la mía.
Presente
Ring, ring, ring.
El sonido de mi teléfono explotando me aleja del recuerdo de ella y me
devuelve al presente.
Carajo.
¿Qué pasa ahora?
Contesto la llamada después de comprobar el código de área. —
Necesito algo de ti, soyuznik.—
Los rusos.
Nada bueno pasa cuando llaman los Solonik.
—¿Qué pasa ahora? Escucho lo que el bastardo tiene que decir por
cortesía a los lazos entre nuestros territorios, pero tengo la tentación de
decirle que se vaya al carajo. Pero entonces menciona su nombre, y ahí es
cuando todo cambia. —¿Podrás hacerlo tú o debería contactar a alguien
más?—
—Yo me encargo.
—Te noto muy ansioso por aceptar después de haber rechazado mis
ofertas a diestro y siniestro. ¿Qué te hizo aceptar este trabajo? La voz
oscura y siniestra del cabrón asustaría a cualquiera. Es como si Solonik
pudiera ver a través de mi alma sin estar en mi presencia. No le tengo
miedo a ningún hombre, y este retorcido hijo de puta lo sabe, pero intenta
sacarme de quicio cada vez que llama.
Pero esta vez es diferente.
Este no es un trabajo cualquiera.
—Estaré en contacto, no digo nada más y cuelgo el teléfono.
Mierda, mariposa. ¿En qué te has metido?
Sabiendo que las cosas están a punto de cambiar, tomo una decisión,
sabiendo que no hay vuelta atrás. Porque ella se puso en la línea de fuego.
Se puso en el camino de todo cabrón que quiera ver caer Detroit y borrar el
apellido Parisi de la existencia.
Ya no hay vuelta atrás porque es…mía.
Desde el momento en que la vi por primera vez, robó una parte de mi
para sí misma, y ahora que ha crecido, no tengo necesidad de protegerla de
lejos.
Ha llegado el momento de reclamar lo que es mío, y nadie juega con lo
mío y vive para contarlo.
Nadie.
Prólogo
RIAGAN
“¿Sueñas conmigo cuando cierras los ojos?” – R
T oco la puerta doble negra una vez, y un segundo después, el inservible
de Scotty Flynn abre con una sonrisa de tonto. Ignorándolo, entro en
la oficina de mi padre y me siento justo delante. Cathan O’Sullivan,
mi padre y ex-jefe del clan O’Sullivan, se reclina en su silla con un
cigarrillo entre los dientes mientras me sonríe. —Ya es hora, sheòid. Saca
una foto doblada del cajón y la tira sobre el escritorio.
Inclinando la cabeza, me agacho, desdoblo la foto de una mujer de
aspecto insulso y la vuelvo a dejar sin pensarlo.
—No.
Mi padre entorna los ojos. —¿No?
Inclinándome hacia delante, le arranco el cigarrillo de la boca y lo
apago sobre la foto de la mujer. —Ya me has oído.—Miro a mi padre con
cara de pocos amigos. ¿En qué coño está pensando al sugerir esta mierda?
Da suspira, toma la foto y la tira a la basura. Mi padre odia el desorden
tanto como yo odio que me digan qué hacer. Y él lo sabe bien. —Lo último
que quiero es decirte cómo vivir tu vida. Mi prioridad siempre ha sido y
siempre será tu felicidad y bienestar, incluso en la vida en la que creciste.
Eso es todo lo que deseo para ti, hijo.
No lo dudo. Ni por un segundo. Da siempre me ha guiado, pero nunca
una sola vez ha dictado mi vida.
¿Entonces por qué ahora?
No hay puta forma de que me case con esa víbora.
Cathan desvía la mirada mientras su sonrisa se desvanece. No quiere
mirarme. En cambio, se concentra en su escritorio.
Así es como sé que algo anda mal. Mi padre nunca se ha acobardado
ante nadie. Incluso en sus momentos más oscuros, mantiene la cabeza en
alto y te mira a los ojos, sin miedo, pero ahora no es así.
—¿Qué pasa? Alzo la voz.
Hay un momento de silencio antes de que Da me mire y diga: —Estoy
enfermo, hijo.
Siento que mi pulso se acelera y mis rodillas tiemblan por primera vez
en mi maldita vida. Inclinado hacia adelante en la silla, frente a él, me
siento como un niño pequeño otra vez. Verás… Cathan O’Sullivan siempre
ha sido y será la persona más importante en mi vida. El hombre que me
hizo.
Mi héroe oscuro.
No solo mi padre, sino también mi amigo.
Una vez, creí que nada podría derribarlo. Carajo, vi a mucha gente
intentarlo. Incluyendo balas y bombas. Nunca pasó nada. Él era intocable.
Maldita sea.
—¿Qué tan enfermo?— mi voz sale ronca. Mirando unos ojos idénticos
a los míos, intento de nuevo cuando él no responde.
—¿Qué tan jodidamente enfermo, Da?
La boca de mi padre se convierte en una línea dura.
—Realmente jodidamente enfermo, hijo. Voy a pelear contra esto.
Nunca dejaré de luchar por siempre contigo, pequeño rey, pero por si acaso
algo—
Me levanto de la silla y me inclino sobre el escritorio de mi padre.
—No va a pasar nada. Tú eres Cathan O’Sullivan.
Asintiendo, mi padre se recuesta en su silla.
—Lo soy, pero hijo querido, no puedo ser todo lo que tienes. Necesito
que encuentres a alguien que te cuide cuando yo—
No.
Esto no va a pasar.
Él no me va a dejar.
No él también.
Estoy seguro de que estará bien, pero si encontrar una esposa lo hará
preocupar menos, pues que se joda.
—No me voy a establecer con ese demonio chupasangre— le dije.
—¿Tienes una mejor opción que la única jefa mujer en la historia, hijo?
— Mi padre sonríe, al menos por un momento desaparecen todas las trazas
de tristeza. —Si la tienes, por favor, estoy todo oídos.
Asintiendo, me pongo derecho.
—Sí la tengo.
—¿Quién?
—La más joven de los Parisi, — digo en voz alta.
He guardado la existencia de la pequeña Parisi durante años, pero ya es
hora.
—Gabriele Parisi tuvo dos hijas, Riagan.
Tomando el cigarro que había escondido sobre mi oreja, lo enciendo con
el zippo de mi padre, doy una rápida calada y expulso el humo hacia arriba.
—La he conocido. Es real.
La boca de Da se curva en una sonrisa.—Entonces, creo que ya es hora
de que la conozca.
—Pronto.
Me doy la vuelta y me dirijo hacia la puerta, pero antes de salir, lanzo
una última cosa por encima del hombro.
—Y deja de fumar, y cuídate mejor de ahora en adelante, ¿sí?
Mi padre se ríe.
—Sí, hijo, sí.
Cerrando la puerta de la oficina tras de mí, saco el teléfono del bolsillo
trasero, lo desbloqueo y escribo un mensaje rápido a Daly. El soldado
encargado de mi carga preciosa.
Todo bien?
Bain Daly: Todo en orden.
Eso es todo lo que necesito.
Guardando el teléfono, me muevo.
No mentí.
Nunca le he mentido a mi padre, y no voy a empezar ahora.
Sí conocí a la mujer con la que iba a casarme, aunque pensaba que
tendría un poco más de tiempo para acostumbrarla a la idea de mí. De
nosotros.
Esto no era como se suponía que debía pasar, pero que se joda.
Tiempo divino, solía decir mi madre.
Tiempo divino, en efecto. Solo desearía que no hubiera hecho falta que
mi padre estuviera enfermo para que yo fuera tras lo que siempre quise.
Lo que más anhelo en esta vida.
Ella.
Ahora solo necesito que todas las piezas del rompecabezas encajen,
pero primero... necesitaré un poco de ayuda.
Parte Uno
PRINCESA ROBADA
“¿Sabías que la palabra para mariposa en griego
formal es psyche? ¿No? Pues ahora ya lo sabes…”
– M
Jefe de la Mafia y
Gangster Original
RIAGAN - PASADO
“Dato curioso: ¿Sabías que se puede caminar
desde Rusia hasta Alaska?” – M
—¿C rees liderar esta familia mientras te acuestas con Detroit?—grita
Scotty Flynn desde el fondo de la mesa. Está tan alejado de la
rama principal del árbol genealógico de los O'Sullivan que
apenas merece un lugar aquí, pero papá lo permite. Cuando le devuelvo su
rabieta con silencio, se burla. —Claro que sí. Tu padre se enamoró de una...
El muy cabrón tiene el buen sentido de parar antes de llegar allí, pero ya es
demasiado tarde.
—No pares ahora, le digo al viejo llorón. No hay necesidad de levantar
la voz. Papá me enseñó desde muy pequeño que cualquier emoción indica
debilidad en este negocio. No soy un hombre débil. —¿Qué ibas a decir,
Scotty? Me levanto entonces y empiezo a caminar alrededor de la mesa
hacia su lado.
—Anda. Dilo..., reto al muy cabrón. Los hombres como Scotty son
débiles. Susurran mierda en lugar de decir lo que quieren decir.
Scotty se muerde la lengua y entrecierra los ojos cuando me acerco a él.
Señalo a Cianne Kelly, un miembro leal del clan, uno de los aliados más
antiguos de mi familia durante al menos dos generaciones. Su padre sirvió
una vez como jefe del clan antes de que lo mataran a tiros en un trabajo que
salió mal. Ahora su hijo, Kelly, tiene el honor de ser el segundo al mando
de esta familia.
—¿Qué iba a decir, Kelly?
—El viejo cabrón estaba a punto de hablar mal de tu madre, cap.
Córtale la lengua.— Kelly sonríe mientras se recuesta en su asiento,
jugando con su Zippo.
No dirías que ese cabrón es tan cruel como cualquier criminal, con su
aspecto de chico guapo y su personalidad encantadora.
Los hombres adultos le temen, y las zorras se vuelven locas por el.
No les pido mucho a mis hombres, pero una cosa sí exijo es respeto,
joder.
Su lealtad.
Dos cosas que Scotty ha echado en falta últimamente.
Quizás, el cabrón se está haciendo demasiado viejo e imprudente.
La sala se queda en silencio cuando me vuelvo hacia Scotty, colocando
mi arma sobre la mesa frente a él. —¿Alguien tiene algún problema con que
haga negocios con Detroit?, pregunto mientras los miro a todos a los ojos.
—Hablen ahora.
No lo harán. Miro a la izquierda y espero a que los hombres sentados a
este lado de la mesa digan una mierda, pero como era de esperar, no lo
hacen. Entonces giro a la derecha y hago lo mismo. Nadie pronuncia una
palabra que me desafíe.
Puede que sea joven.
Mucho más joven que ellos, pero soy algo que la mayoría de ellos
nunca serán.
El hijo de mi padre.
El mayor orgullo de mi abuelo.
Cathan y Tommy O’Sullivan son los cabrones más duros que esta
organización ha visto jamás. Mi padre fue nombrado a la tierna edad de
catorce años, y mi abuelo le robó la corona al gánster original del clan
irlandés cuando tenía poco menos de diecisiete.
Dos matones con sonrisas encantadoras y sed de caos.
Cabrones de gatillo fácil.
Soy lo mejor y lo peor de ellos, y estos hombres lo saben.
Sin embargo, parece que Scotty no está de acuerdo.
Debo reconocerle al cabrón que habla aunque eso le garantice un billete
de ida al infierno, pero al menos tiene más agallas que la mayoría de los
hombres en esta mesa.
Scotty y todos los hombres de su linaje que le precedieron siempre han
sido muy sospechosos desde que tenían el control total del clan irlandés
hasta que mi abuelo se lo robó.
Supongo que la herida aún le duele al querido Scotty.
—Está bromeando, Riagan, dice Kyan Daly, uno de los mayores de la
familia, desde su lugar en el extremo derecho de la mesa. Sonriéndole a
Scotty, le pregunto: ¿En serio? ¿Estabas bromeando, Scotty?
Me saco un cigarrillo de detrás de la oreja, me lo pongo en la boca y lo
enciendo antes de darle una calada larga y expulsar el humo hacia el viejo
cabrón. Esbozo una sonrisa cuando los nudillos de Scotty se ponen blancos
y sus ojos brillan de odio. No entiendo cómo mi padre trabajó junto a esta
serpiente durante tanto tiempo.
Me enseñó que mantenemos unidos a los amigos y a las serpientes aún
más.
Scotty me ofrece una sonrisa dolida y asiente. —No volverá a pasar,
niño.
—Capitán. Lo corrijo.
Su mirada se vuelve asesina y frunce el ceño. Ahí está. Un pequeño
capullo celoso. —¿Qué?.
Dando otra calada, sonrío. —Niño, no. Exhalo el humo en su dirección
antes de decir: —Capitán.
Cae el silencio.
Se podía oír caer un alfiler al suelo. Uno. Dos.
—Cap...
Viejo débil y cabrón.
Cada vez más aburrida, lo interrumpo antes de que pueda terminar. —
¿Cuchillo o bala?
—¿No te parece bien, Scotty? El Capi te deja elegir, bromea Kelly, con
cara de burla. —Y la gente te llama desalmado. — Chasquea la lengua
mientras me pestañea de forma inquietante.
Mis hombres pueden estar en todo tipo de nivel jodidos y ser un poco
psicóticos, pero son leales.
No puedo decir lo mismo de este maldito Scotty. —Riagan.
Una nueva voz sale de la puerta detrás de mí.
Da.
Bien. Llego.
Sin volverme hacia mi padre, me concentro en el asunto en cuestión. —
Tienes tres segundos para decidir, Scotty, antes de que yo decida por ti, y
créeme, no quieres eso. Hoy no me siento misericordioso. Tiro el cigarrillo
al cenicero del centro de la mesa y cojo mi pistola. —Uno.
Cuento.
Scotty se levanta, echa la silla hacia atrás y empieza a entrar en pánico.
Como una rata de alcantarilla antes de ahogarse. —¡Maldito!
—Tres. Saco mi navaja del bolsillo trasero, se la tiro al cabrón y le da
en el cuello. Scotty se tambalea mientras se agarra el cuello, donde la
sangre brota rápidamente, y cuando sus ojos se encuentran con los míos,
sonrío y apunto mi arma a su cabeza.
—Deberías haberte callado, Scotty, le digo justo antes de apretar el
gatillo.
Un disparo en la cabeza y está muerto.
La habitación permanece en silencio.
Esta no es la primera vez que eliminan a uno de los nuestros, y
ciertamente no será la última. Mirando la sangre en el suelo, sonrío y luego
miro por la ventana donde una mariposa azul está golpeando el cristal.
—Limpia esta mierda, le ordeno a nadie en particular. Odio que mis
hombres me interroguen, y en el segundo en que empiezan a cuestionar tu
juicio es cuando necesitas eliminarlos antes de que se vuelvan contra ti. Y
es inevitable que se vuelvan contra ti. Los perros hambrientos siempre
quieren más.
Además, el cabrón selló su destino cuando intentó mencionar a mamá.
Supe entonces que no saldría vivo de esta habitación, pero quería jugar
con él un poco más.
Alejándome de los hombres, me dirijo a la puerta. Tengo cosas que
hacer. Mientras tenga víboras de dos caras en mi guarida, ella nunca estará a
salvo.
Filadelfia es el principio y Detroit es el premio.
Al llegar a Da, me detengo. Cathan O’Sullivan no aparenta más de
cuarenta y cinco. El muy cabrón casi podría pasar por mi hermano mayor.
Parecemos casi idénticos, salvo por mis ojos. Eso los heredé de mamá.
Los mismos ojos que mi hermano menor, Lucan.
Pensar en mi madre me provoca una oleada de dolor y rabia en el pecho.
Cada vez.
Cada maldita vez.
—Buen trabajo, stoírín. Da sonríe mientras me da un ligero golpecito en
la mejilla. Con cariño. Mierda.
Ni siquiera la tragedia ha endurecido a mi viejo, al menos no del todo.
—¿No me vas a preguntar por qué le volé los sesos a tu amigo? Sonríe. —
Scotty siempre ha dicho demasiada mierda.
Y eso es todo.
Da nunca me cuestiona.
Tampoco me juzga nunca.
Mi padre es de los que me apoyan, tenga o no razón.
—Eso hizo, papá. Eso hizo. Le doy una palmada en la espalda y salgo
por la puerta, guardando la pistola en la funda.
Tengo cosas que hacer.
Message from M
“Querido nuevo amigo, gracias por tomarte el tiempo
de intercambiar mensajes conmigo. Debes saber que
no soy muy buena haciendo amigos, pero si me das
la oportunidad, creo que puedo ser una bastante
buena.” - M
Chicas Buenas
RIAGAN
“No estoy jugando. No tengo tiempo para
juegos.” – R
B
ofetada.
Un golpe en la cara.
Un crujido.
Un puño en la costilla izquierda.
¡Hijo de puta!
Siseo de dolor, pero sonrío al notar el sabor a cobre en la boca. Sangre.
—Peleas como una perra, Cap.— Byrne, el jefe de guerra del clan,
sonríe mientras esquiva un puñetazo con éxito. Espero y, cuando se levanta,
levanto la pierna y le doy un golpe en la cabeza, haciéndole tropezar. No
hay reglas en mi ring.
Ninguna.
Sonrío aún más, con los dientes manchados de rojo, mientras la multitud
a nuestro alrededor ruge de emoción ante la brutalidad en la que pagan tanto
por participar, incluso como espectadores.
Nunca deja de sorprenderme cómo el caos emociona incluso al hombre
más moral.
A las mujeres también.
Mierda. La mayoría de las que frecuentan este lugar son mujeres que
buscan dos tipos de entretenimiento: las peleas y los luchadores con los que
follar.
—Ya que te encanta hablar mierda, Byrne. Deberías tragártelas también.
Dicho esto, le asesto un golpe en la boca que hace que mi hombre más
fuerte caiga al suelo ensangrentado con un golpe sordo mientras la multitud
alrededor del ring grita y chilla, disfrutando de la pelea.
No muchos hombres tienen el valor de subir al ring conmigo.
La mayoría, por respeto, decide no pelear con su jefe, y otros, sabiendo
que no saldrán de mi ring siendo los mismos hombres que eran cuando
subieron.
El ejecutor del clan es otra historia.
El cabrón no solo anhela la muerte a diario, sino que también es uno de
mis mejores luchadores. Es un tanque. Una masa sólida de músculos con
una larga melena rubia. Puede que no fuera el más enérgico de mis
hombres, pero lo que le faltaba en velocidad lo compensaba con fuerza
bruta y sed de sangre.
Callan Byrne es un cabrón despiadado cuando pelea, por eso muchos
vienen a verlo pelear, pero yo soy mejor.
Nunca dejo dudas al respecto en el ring.
Hay una razón por la que soy el jefe del clan O’Sullivan, y no tiene
nada que ver con el linaje. El título de capitán y padrino le corresponde al
más despiadado de los soldados, y al igual que los dos jefes antes que yo,
demostré ser el salvaje digno del título.
Digno de esta ciudad.
Lo demuestro cada día cuando quito una vida en nombre del clan.
Lo estoy demostrando ahora.
Con mi ejecutor en el suelo, cubierto de moretones y sangre. Si fuera
cualquier otra persona, lo habría rematado aquí mismo, dándole al público
el espectáculo que la mayoría busca.
Salvajismo.
Un combate a muerte, pero no esta noche.
No Callan.
Tal vez algún día, si sigue hablando de más.
En cambio, me limpio la sangre de la boca con el dorso de la mano y me
retiro con una sonrisa hacia la multitud.
No solo soy el Padrino de esta ciudad, sino que me dieron otro nombre.
El Guasón.
Nunca esperan mi brutalidad salvaje. Nunca de un hombre que sonríe y
bromea como yo.
Si vieran la suciedad que cubre mi alma.
El caos que han causado mis manos.
Todas las vidas que he rescatado por el bien de esta ciudad.
Solo ven la sonrisa encantadora y el físico.
Todo es pura apariencia.
Lo que se esconde debajo es mucho más oscuro.
Más depravado.
Pero esta noche, no les muestro ese lado. En cambio, me bajo del ring y
me dirijo a mi oficina, deseando... no necesitando un momento para mí
después del día que tuve.
Después de toda la sangre que derramé.
Callan no fue el único.
Al entrar en mi oficina, camino hacia mi escritorio y tomo asiento,
notando el fajo de billetes junto a mi vaso intacto de whisky irlandés. Me
paso una mano por la barba, golpeando el fajo de billetes y guardándolos en
la caja fuerte debajo del escritorio. Otro día, otros diez mil dólares de pelea.
Fue una buena noche.
La mayoría lo eran hoy en día. Si había algo por lo que se podía contar
con que la gente pagara, era por la brutalidad y el salvajismo. Podrías decir
que soy un pedazo de mierda por aprovecharme de las peleas sangrientas, y
tendrías razón.
Los negocios eran los negocios.
Y yo cuido de mis hombres.
Si quieren arriesgarse en el ring para ganar dinero extra, ¿por qué me
importaría? Nos llenábamos los bolsillos. Ganáramos o perdiéramos, todos
hacíamos caja. Las peleas generaban tanto dinero como el tráfico de armas
y los negocios sucios del clan.
Negocios sucios como las drogas.
Mis hombres y yo hemos estado lidiando toda la maldita noche con un
cargamento de armas que salió para Detroit y un contenedor lleno de drogas
que llegará esta noche. Cuando mi hermano pequeño Lucan renunció como
jefe del jefe Volpe de Detroit, me entregó un pedazo de Detroit, para
consternación de las otras dos familias que quedan en esa ciudad sucia.
La única razón por la que las otras dos familias, Nicolasi y Parisi,
siguen en pie y no las he eliminado como debería es porque una parte del
corazón de mi madre ahora está casada con ese cabrón de Lorenzo Nicolasi,
que también es el hermano de la esposa de Lucan. Estoy demasiado
enredado con esos cabrones.
Luego está la familia Parisi.
Las tres mujeres han demostrado ser una espina clavada en mi costado.
¿Pero una?
La más joven.
Esa es diferente.
Esa consume mis pensamientos de una manera que no debería.
De maneras que un hombre de mi edad no debería permitir.
Un buen hombre. Un hombre con honor dejaría a la chica en el recuerdo
del pasado.
Pero yo no soy un buen hombre, y sé lo que quiero.
Al diablo con la lógica. Al diablo con la edad.
Maldita sea, que le jodan a todo lo que no sea ella.
Bebiendo lo que me queda de whisky, me sirvo un poco más. Después
de solo dos horas de sueño, esta no será mi última dosis de alcohol de la
noche.
Un zumbido proviene del cajón de mi escritorio. Saco el teléfono,
desbloqueo la pantalla y veo la notificación de una aplicación. La
aplicación que me obligué a descargar porque ella me lo pidió. Bueno, el
hombre con el que una vez intercambió tantas cartas. Recorro su página
más de dos veces al día como un maldito demente. Hoy publicó una foto de
una chaqueta vaquera. ¿La suya? Tampoco es una chaqueta cualquiera. No.
Nada en ella es ordinario.
Es una prenda que ella personalizó.
Pintó una ola con el sol asomándose por detrás y pequeñas conchas
marinas alrededor. Sonrío, ignorando el dolor de mi labio partido, cuando
veo los símbolos de la paz por todo el diseño.
Joder... a esta chica.
¿Qué es lo que tienes que no puedo resistir?
Toco la foto y aparece un corazón, haciéndole saber que a mi perfil le
gusta.
—¡Ey, Cap!, grita Kelly, entrando en la puerta de la oficina. Dejando el
teléfono en el escritorio, levanto la vista.
Tomando un sorbo de mi whisky, digo. —¿Sí?.
Kelly entra y cierra la puerta. —Hay algo que deberías saber.
Se me escapa un profundo suspiro. —¿Qué pasa?— Nunca hay una
noche tranquila. No para hombres como nosotros.
—Corre la voz de que el asesinato del presidente Kenton está
relacionado con la familia Parisi. El tirador apuntaba a la chica.
Parisi.
Mi cuerpo se vuelve hiperconsciente al instante. Dejo el vaso y miro
fijamente al jefe de mi clan. —¿Se encargó Kenton?
—Lo mantienen en secreto, pero sí. El tirador ya estaba controlado. El
cabrón al mando no tiene rostro.
No creo en las coincidencias.
La hermana de mi medio hermano, Cara, fue amenazada y casi
asesinada por un lunático que decía ser el heredero legítimo de los Nicolasi
hace poco, ¿y ahora esto?
El capo de Detroit fracasó al dejar escapar con vida a la amenaza.
Ese cabrón no ha terminado.
No voy a cometer el mismo error de Nicolasi. Si lo encuentro, no
escapará de la muerte. —¿Algo más?
—No, Cap. Solo quería que lo supieras. Kelly se encoge de hombros
antes de continuar. —Me voy.
—Adelante, le digo. —Si sabes algo más, avísame, añado mientras se
da la vuelta. —¿Cianne? Rara vez lo llamo por su nombre de nacimiento.
Mi segundo al mando me devuelve la mirada. —¿Sí?
—Ni una palabra de esto a nadie. La amenaza está ahí. Sabe que
cualquier cosa relacionada con el menor de los Parisi es entre nosotros.
Asiente una vez y, con eso, desaparece por esta noche.
Cojo mi teléfono de nuevo, lo desbloqueo y llamo a una de las pocas
personas en las que confío el secreto de la menor de las Parisi, Maeve.
Secretaria de la organización de día y hacker genio de noche. Mila Parisi es
un secreto bien guardado. Solo unas pocas personas saben de su existencia:
las tres familias de Detroit. Y ahora, mi equipo y yo. Esto la mantendrá a
salvo por ahora. Le hicieron creer que mientras permaneciera a la sombra
de sus hermanas, estaría bien, y por un tiempo eso funcionó, pero ahora
necesita algo más que solo sombras.
Tras unos segundos, la persona que necesito contesta. —Buenos días,
Riagan. Una voz demasiado alegre suena al otro lado de la línea. Solo tres
personas saben mi nombre de pila. Mi padre, la astuta y sigilosa Maeve, y
su hermano, Conor. —Maeve.
—¿Qué pasa? Capta mi mal humor al instante.
—Necesito que hagas algo por mí. Me aclaro la garganta.
—Dilo y listo. Oigo movimiento en su teléfono y sé que se está
moviendo en su escritorio, lista para un desafío. —Necesito que rastrees a
alguien por mí. Quiero saber adónde va. Con quién habla y toda la
información sobre sus transacciones de dinero. Quiero saber todos sus
movimientos y poner a un hombre tras ella también.
—¿El nombre?
—Kadra Parisi.
—Mmm.— Hay un momento de silencio por su parte antes de que
vuelve a hablar. —La Consigliere de Detroit.
Bajo la vista hacia mis nudillos ensangrentados y magullados, pregunto.
—¿Qué pasa?
—No creía que una mujer fatal fuera tu tipo. Aunque, pensándolo bien,
quizá alguien como tú necesite una mujer fuerte.
—Maeve… Dios la ayude, no tiene filtro. —¿Por qué? Me atrevo a
preguntar.
—Eres un tipo intimidante, jefe. No creo que sepas qué hacer con una
cosita tan dulce. Dice con tono serio. Maeve dice la verdad. Yo no sabría
qué hacer con un corazón tan tierno. —Pero… algunos dicen que los
hombres despiadados aman con más fuerza, añade Maeve. Me froto la sien
y siento que me empieza a doler la cabeza. —Maeve…
—¿Sí?
—Vete a dormir. La falta de sueño te está haciendo perder neuronas, le
digo con sinceridad.
—Dormir está sobrevalorado, amigo. Dormiré cuando esté muerta, dice
con seriedad.
—Con esa boca tuya, ese día no está tan lejos.
Maeve se ríe. —Yo también te quiero, Riagan.
—Hazlo, Maeve.
Ella se burla. —¿Cuándo no lo he hecho?
—Voy a colgar…
—Adióssssssssss, exclama feliz antes de que termine la llamada.
Reclinándome en el sillón de cuero, exhalo mientras la imagen de una
cosita dulce cruza mi mente. Rizos dorados y una voz suave me vienen a la
mente después de años de tener el recuerdo atrapado en mi mente.
Mila Areya Parisi.
La chica, con una palabra suave, calmó la rabia que sentía dentro. Ya no
es una niña, pero sigue siendo una princesa escondida como un secreto
sucio.
La furia me invade al pensar en la clase de vida que ha llevado. Si es
que se le puede llamar así.
Incluso con la escoria de su padre desaparecido, su hermana la ha
mantenido atrapada en esa prisión que llama hogar.
Me vienen a la mente las palabras de Maeve.
No creo que sepas qué hacer con una cosita tan dulce.
Tiene razón. Nunca he sido tierno. Tampoco me ha interesado serlo.
Pero por esa chica, estoy dispuesta a intentarlo.
Una hora y dos vasos de whisky después, tras meditar sobre cómo voy a
lidiar con esta mierda con el cañón suelto que está acosando a las mujeres
de las tres familias de Detroit. Me levanto, cojo mi vaso de whisky vacío y
lo dejo en el estante bajo la barra de la oficina antes de hacer mi ronda.
La multitud se ha ido.
No hay ruido.
Nada.
Solo yo.
Este lugar es mi orgullo y mi alegría.
Es uno de esos lugares que me pertenecen solo a mí, no al clan.
Mi nombre y mi padre me han dado tanto, pero este y mis muchos
negocios, legítimos y sucios, son míos.
Caos me había costado mucho trabajo, al fin y al cabo, era el sótano de
unas viejas instalaciones gubernamentales abandonadas, con paredes de
bloques de hormigón, suelos de cemento y un olor a humedad constante. Se
levantaron paredes negras, se quitaron suelos de madera, se instaló un largo
bar oscuro en un extremo, con una barra trasera completamente equipada, y
también se instalaron grifos, mesas y zonas para sentarse.
Apago las luces y abro las pesadas puertas metálicas que dan a una
escalera que sube a las oficinas gubernamentales abandonadas o al
aparcamiento.
El edificio no dejaba nada que desear, pero tener un próspero negocio
ilegal en el sótano, que se llena de ruido a todas horas, parecía limitar mis
opciones para el espacio. Ya lo descubriría. El terreno está vacío, salvo por
mi solitario y elegante Bugatti Centodieci azul. Hice sonar las cerraduras,
me subí y encendí el motor, que cobró vida con un potente rugido.
Me vienen a la mente unos brillantes ojos azules desenfocados mientras
me encuentro acelerando por las concurridas calles de mi ciudad, con una
sensación de pavor en el estómago que me alerta de que algo anda mal.
Algo andaba mal, y tardé dos días en descubrir exactamente qué era. Mi
padre siempre dice que las obsesiones son adicciones peligrosas. Y me
temo que acabo de encontrar la mía.
Message from C
“Mila, ¿qué te hizo sonreír hoy?” - C
Castillo Solitario
MILA
“Eres una reina, Mila. Nunca lo olvides.” – A
—Y la princesa se enamoró de la rana… susurro en voz alta a la
oscuridad, cerrando el libro, preguntándome cómo podría una
bella princesa enamorarse de un anfibio. Eso no tiene ningún
sentido para mí. ¿Un perro? Podría ver que eso sucedería. Los gatos
también. Son bastante lindos, ¿pero una rana viscosa y fea? Eso es extraño.
Pero supongo que no debería juzgar.
Extraño sería mi segundo nombre si mi padre tuviera algo que decir
ahora.
Curiosamente, me dio mi nombre.
Mila Areya.
Lo eligió antes de darse cuenta de que venía "defectuosa".
Sus palabras. No las mías.
He sido una decepción para él mucho antes de que se diera cuenta de
mi trastorno del desarrollo. El síndrome de Asperger. Se dio por vencido
conmigo en el momento en que le dijeron que era otra niña y no la heredera
que esperaba. El niño que todavía hoy anhela. Incluso me lo dijo en
muchas ocasiones.
Pensar en mi padre me pone triste, y no quiero sentirme triste. Hoy no.
Así que intento pensar en cosas alegres. Me doy tres golpecitos en el pecho
y pienso en el color azul, las cactáceas, los cachorritos regordetes y mis
hermanas.
Eso me ayuda al instante, porque mi estado de ánimo mejora lo
suficiente como para olvidarme por un rato de mi padre negligente y cruel.
Pensar en mis hermanas me hace empezar a contemplar la idea de salir
corriendo a buscarlas. No han venido a verme en todo el día, lo cual es
extraño, ya que se escapan una o dos veces al día cuando saben que no hay
nadie cerca para detenerlas o castigarlas.
Dejo el libro de cuentos de hadas, el mismo que mi hermana Arianna
me regaló una vez por mi cumpleaños, me levanto del suelo y salgo de mi
habitación en busca de ellas.
Es muy tarde. Debería estar en la cama ahora, y sé que es mejor no
salir de mi habitación, pero las extraño. Estoy sola y tengo frío. No me
gusta el frío.
Papá es frío y cruel. Disfruta haciéndome llorar, y también los hombres
que trabajan para él. No le gustará si se entera, pero hay una sensación
extraña en mi estómago, y siempre sigo mi instinto. Por lo general, nunca
me falla. Cuando estoy casi en el primer escalón de las escaleras que
conducen a la entrada principal de la mansion, unas manos temblorosas me
agarran los hombros, deteniendo mis pasos. Oh-oh.
Me han atrapado. El miedo se empodera de mi, y mi respiración se
queda atrapada en mi garganta. —¡¿Qué estás haciendo, stelina?! Solté el
aliento que había estado conteniendo y al instante me sentí mejor, sabiendo
que era mi hermana, Kadra, y no uno de los malos amigos de mi padre.
—No puedes salir de tu habitación sin uno de nosotros. Lo sabes…
Inclino la cabeza, mis rizos caen alrededor de mi cara como una
cortina dorada, y susurro: —Te extrañé... Pensé que ambas se habían
olvidado de mí.
Kadra suspira. —Eso es imposible, Mila. Eres inolvidable.
Siento su mano enguantada agarrar mi barbilla y levantar mi cabeza
para poder mirarla, y cuando lo hago, mi respiración se entrecorta. Tiene
moretones en la cara. Se le están formando moretones azules y morados
alrededor del ojo izquierdo y la mejilla derecha, y su labio superior está
partido. Me llevo la mano al pecho, donde está mi corazón, y me doy tres
golpecitos. No sé exactamente cuándo empecé a hacerlo, pero de alguna
manera el hábito se me ha quedado. Solo lo hago cuando me duele o
cuando estoy nerviosa. Cuando me duele el pecho.
El corazón. Lo hago en momentos como este. Cuando era más pequeña,
no entendía por qué mis hermanas caminaban raro a veces o por qué
tenían moretones en la cara y los brazos, pero ahora sí. Incluso cuando
intentan ocultármelo.
Siento su dolor porque, en última instancia, soy la mayor parte de la
culpa. No quiero que sufran, pero debido a mi existencia y al amor que me
tienen, lo hacen.
Verás... no soy como la mayoría de las personas, un hecho que nuestro
padre detesta. También tiene un serio problema con que no responda a mi
nombre cuando lo llama o con el hecho de que mi boca, a veces, tiene vida
propia. Soy diferente y a mi padre no le gusta lo diferente. Para ser sincera,
no le gusto. Nunca pensé ni me di cuenta de que había algo mal conmigo.
Simplemente soy yo, pero a él no le gustó.
Al principio, mis hermanas creían que era una niña peculiar debido a
mis expresiones faciales limitadas, mis obsesiones extrañas y mi necesidad
compulsiva de tocar las cosas tres veces. A medida que crecí, me di cuenta
de que había algo más en mí. No entiendo muy bien las emociones, o a
veces no las entiendo en absoluto. Me resulta difícil descifrar el sarcasmo u
otras formas de broma. No puedo mirar a alguien a los ojos mucho tiempo
sin apartar la vista hacia otra parte de su cuerpo. La atención me pone
nerviosa y, a veces, incómoda.
Hay tantas cosas que me diferencian de mis hermanas. Mis padres lo
saben, y en lugar de ayudarme a encontrar maneras de llevar una vida
normal sin vergüenza, decidieron tratarme como si no existiera. Como si no
fuera su hija.
Como si no fuera humana.
Me esconden para que nadie vea que la familia Parisi no es tan
perfecta como la pintan. Pero eso no es lo peor. Castigan a mis hermanas si
hago algo mal desde su punto de vista. Por ejemplo... respirar. Él también
me pega, pero no tanto como a mis hermanas, algo que me duele más que
sus puños crueles.
Al notar que me quedé en blanco, miro a mi valiente hermana y la
abrazo. —Te quiero, Sirius. Kadra tarda unos segundos en rodearme con
sus brazos. No es tan cariñosa como yo, Arianna tampoco, pero por mí, se
esfuerzan por serlo.
—Y yo te adoro, estrellita.
Estrellita.
Mis dos hermanas me llaman así, pero se equivocan. Son ellas las que
brillan. Son mi luz en la oscuridad.
—¿Para siempre? La abrazo más fuerte como si fuera la última vez. —
Más allá de eso, susurra con dureza, acercándome más a ella. Cierro los
ojos y dejo que sus palabras me inunden, recordándome que mientras las
tenga, todo estará bien. Mientras nos tengamos la una a la otra, nada
podrá rompernos de verdad.
Pero algo nos rompió.
Nos separó.
Esa noche comprendí que los cuentos de hadas eran solo eso... cuentos,
pero ni siquiera la trágica realidad de nuestra vida pudo hacerme dejar de
creer que un ‘día lindo’ llegaría para nosotras.
Días felices. Días buenos. Los mejores días.
—O TRO DÍA CUALQUIERA , Sr. Espinas, murmuro a mi cactus antes de abrir
las cortinas y dejar que el sol de la mañana inunde mi habitación,
calentando el frío ambiente. Cada rincón de esta mansión siempre se ha
sentido frío y oscuro, incluso en los calurosos días de verano.
Siempre ha sido así…vacío. Supongo que un hogar sin amor siempre se
sentiría frío y apestaría a devastación.
En cuanto el sol atraviesa el cristal de la ventana, lo veo brillar en las
obsidianas negras. Las que están sobre mi escritorio, en el extremo
izquierdo de la habitación. Me las regaló mi hermana Kadra.
La mayoría de las personas creen que la obsidiana negra sirve para
iluminar las sombras. Es cierto, pero sirve para mucho más que eso. Por
ejemplo, el cristal saca a la luz los aspectos oscuros y ocultos de uno
mismo. Como humanos imperfectos, solemos sentirnos inseguros de la
oscuridad interior y de nuestras imperfecciones, pero la obsidiana fortalece
nuestra fuerza interior para explorar la naturaleza de los patrones de
comportamiento destructivos.
Mi hermana me dijo una vez que el hermoso cristal tenía el poder de
conectarme con la tierra y absorber la energía dañina.
De pequeña, me fascinaba, ya que me fascinan todas las cosas raras de
la vida. Plantas, pero no las bonitas, como la mayoría de la gente tiene en la
cabeza. No. Prefiero las que la gran mayoría consideraría aburridas y
comunes, como mi cactus.
También me obsesionan las rocas con rarezas.
Las cosas imperfectas me parecen perfectas.
Por eso, y sabiendo que amo el cristal, Kadra procedió a llenar mi
habitación con él para protegerme del mundo exterior. Como si el cristal
tuviera el poder de alejar a los crueles y desalmados.
Aun así, estoy agradecida por las rocas y por todo lo que mi hermana
me ha dado antes de ascender en la jerarquía de Detroit y ahora que es la
jefa de la familia.
Siempre estoy agradecida por todo lo que me da porque sé cuánto le
costó. Mis dos hermanas son como la noche y el día, pero por mucho que
intenten negarlo, tienen muchas cosas en común. Mientras que Arianna
parece una princesa clásica con su belleza atemporal, Kadra parece una
supervillana exótica y ruda.
Una es fría y la otra es como el fuego.
Una es tranquila y la otra es volátil.
La luna y el sol.
Ambas siempre han sido extremas, pero una vez, se encontraron en un
punto medio.
El punto medio siempre fui yo.
Como un eclipse.
Fue algo hermoso de presenciar.
Siempre lo ha sido.
Hablando de mis hermanas, me acerco a mi escritorio, tomo asiento y
abro mi computadora, fijándome en la hora en la pantalla.
11:11.
Cierro los ojos y pido un deseo.
Deseo lo mismo todos los días.
Que mis hermanas encuentren su “feliz para siempre”, aunque sea lejos
de mí.
Nunca deseo nada para mí.
Cuando termino, vuelvo a mirar la pantalla, notando un chat abierto, y
sonrío cuando aparece la burbuja roja, avisándome de un mensaje entrante
de mi hermana mayor.
De Arianna.
Kadra se niega a pronunciar el nombre de nuestra hermana, así que
depende de mí mantenerme en contacto con Arianna de cualquier manera
posible dentro de esta mansión. Hace tres años, escuché a Kadra hablando
por teléfono con alguien sobre nuestra hermana y su paradero, tras años sin
saber si estaba bien. Gracias a esa conversación, descubrí que mi hermana
mayor no solo había sido enviada a otro estado, sino que estaba en el ojo
público. Todavía recuerdo la noche en que me miró como si le hubiera roto
el corazón. No entendí nada más que el hecho de que nuestro padre
claramente quería no solo humillar a Arianna, sino alejarla lo más posible
de nosotros.
Nadie volvió a pronunciar su nombre después de esa noche. Ni siquiera
Kadra.
Amo a mi hermana ciegamente, pero en ese momento y todos los
posteriores, cuando se negó a decirme dónde estaba nuestra hermana, le
guardé rencor hasta que me dijo que Arianna estaba bien y que a partir de
ese momento solo conocería la felicidad.
Ahora, años después, sé con certeza que Kadra no mintió.
Arianna estaba a salvo y alcanzo todos sus sueños cuando una vez la
trataron como un objeto.
Siempre supe que mis hermanas estaban destinadas a grandes cosas.
Cosas que no podrían alcanzar mientras estuvieran atrapadas en esta prisión
que una vez llamamos hogar y mientras nuestro padre estuviera al mando.
Al hacer clic en el chat, me siento emocionada por ver y leer todo sobre
las aventuras de mi hermana. Arianna ahora me envía fotos y
actualizaciones de su vida, e incluso comparte historias de sus viajes. Lo
hace a menudo. Por fin está viendo todos los lugares de los que tenía fotos
en el techo de su habitación.
Lo único que no hemos hecho es hablar por teléfono, y no por falta de
esfuerzo, pero no quiero arriesgarme a que Kadra me descubra, sabiendo
que puede acceder a mis registros de llamadas.
Odio estar en medio de su disputa ahora que tienen mala sangre.
Mi emoción crece, y no puedo evitar sonreír al ver una foto de ella con
una linda niña de cabello oscuro y expresivos ojos azules.
Ellaiza.
La hija de mi hermana.
No por sangre, sino por decisión propia.
El corazón de mi hermana eligió amar a esa niña como si fuera suya.
Y pensar que una vez pensó que era fría y vacía por dentro. Se
equivocó. Nunca conocí a nadie con un corazón más bondadoso que mi
hermana mayor. Sí, puede que sea un poco tosca, pero cuando te acercas lo
suficiente, podrás sentir toda esa calidez que irradia la hermosa luz que
brilla en su corazón.
Igual que la luna.
Poético, de verdad.
Al leer el correo, descubro que pronto se casara con el presidente,
Sebastian Kenton.
El hombre que la arrancó de todo el dolor y oscuridad de nuestro
mundo.
Un villano que resultó ser su salvador.
Su persona.
Bien.
Me alegro por ella.
Si alguien merece un final feliz, es Arianna.
Ha estado en guerra desde que respiró por primera vez y me alegra ver
que finalmente ha encontrado la paz.
Me entristece no estar ahí para vivirlo todo con ella. Debería tener a sus
hermanas a su lado.
Cómo desearía poder estar ahí para ella, no solo a través de un correo
electrónico. Quizás si le digo a Kadra me dejará asistir. Pienso, pero
entonces la esperanza que siento se desmorona al saber que eso no
sucederá. Es casi imposible que mi sobreprotectora hermana, quien no solo
ha asumido toda la responsabilidad por mí, sino que ahora es la jefa de la
organización criminal Parisi tras la desaparición de nuestro padre, esté de
acuerdo. No con las cosas como están últimamente.
Gabriele, nuestro donante de esperma, falleció en el caos que creó.
Palabras de mi hermana.
Suspirando profundamente, cierro la computadora justo a tiempo para
oír que tocan la puerta de mi habitación.
La persona al otro lado toca tres veces, lo cual agradezco.
Esa es nuestra señal.
Así sé que es ella.
Mi protectora.
Mi hermana.
—Pasa. Giro la silla de mi escritorio, de cara a la puerta, y observo
cómo mi hermana, Kadra, entra en la habitación. Si no conocieras a mi
hermana, pensarías que es la señora de la muerte que llama a tu puerta para
robarte el alma vestida de negro. Un traje negro que debería darle un
aspecto profesional y nada sexy, pero de alguna manera mi hermana lo
consigue.
Tacones negros.
Guantes negros.
Esos guantes... Cada vez que los veo, me recuerdan las cicatrices que
aún sangran en el corazón de mi hermana.
—Estás muy hermosa hoy, Stelina. Kadra camina hacia donde estoy
sentada. Mi hermana nunca sonríe. Nunca. Ya no.
Me duele el pecho.
De pequeña, me costaba descifrar las emociones de los demás y su
sinceridad hacia mí. Aprendí que la mayoría de la gente se burla de mí
porque no me entienden o no les importa entender a alguien que no piensa
como ellos, pero la mente y el corazón de mis hermanas siempre fueron
fáciles de entender porque me demostraron con acciones lo que sentían por
mí en lugar de usar palabras.
La mayoría de las palabras no significan nada. Más significan las
acciones. ¿Actos de bondad y amor? Significan todo.
Al menos para alguien como yo, lo significan.
Tocando el borde de mi única y favorita gorra de béisbol, susurro: —Tú
también, Sirius. No debería haberla llamado con el apodo que le decía
nuestra hermana mayor cuando éramos pequeñas, pero a veces me
encuentro deseando que el recordatorio le haga sentir algo. Nostalgia.
Felicidad.
Incluso dolor.
Me siento culpable sabiendo que, a veces, desearía poder lastimarla.
Lastimarla hasta que me diera algo.
Cualquier cosa menos esa actitud insensible. Pero no pasa nada.
No la conmueve.
Ya nada la conmueve.
Extendiendo la mano, toco un mechón de su cabello oscuro, casi negro.
Desde pequeña, solía hacerlo. Me gusta sentir lo sedoso que es.
—Voy a una reunión en terreno neutral con Lorenzo y los otros jefes. Te
quedarás aquí, susurra Kadra con voz vacía.
Inclino la cabeza, no porque se vaya, sino porque... bueno, ya ni lo sé.
Me he acostumbrado tanto a la soledad que se ha convertido en mi segundo
hogar. —Mila.— Siento la tela fría de sus guantes alzándome la barbilla,
obligándome a mirarla. Mi hermana es realmente hermosa. Mientras que
Arianna y yo tenemos el cabello rubio y la piel dorada, Kadra tiene el
cabello oscuro hasta la cintura y los ojos del mismo tono que su piel, como
la miel. No nos parecemos en nada, salvo por el hoyuelo en su barbilla, el
mismo que tengo yo. Ese es el único rasgo que compartimos y heredamos
de nuestro padre, Gabriele. — Nada te tocará. Nadie te hará daño. No tienes
por qué preocuparte.
—Lo sé.— Y realmente lo sé. Mi hermana se encargaría de cualquier
amenaza que se me presentara al instante. Ya lo ha hecho antes. Debería
asustarme lo lejos que llegaría Kadra para protegerme del mundo exterior,
pero no es así.
La oscuridad dentro de ella no me asusta.
La oscuridad nunca me ha asustado.
He aprendido que, a veces, las cosas más hermosas se esconden en la
oscuridad, y que la verdadera maldad a veces brilla a plena vista.
Sin embargo, últimamente… siento que me estoy ahogando.
Esta soledad me asfixia.
Antes, no me importaba tanto el silencio, pero ahora… algo ha
cambiado dentro de mí.
Están sucediendo tantas cosas a la vez, y todo empezó cuando mi
hermana Arianna se fue de Detroit. Nada es como antes, y tal vez… tal vez
tenía razón.
No deberíamos temer a lo desconocido.
Porque, ¿cómo podría el mundo ser más aterrador que los horrores que
enfrentamos en casa? No lo creo.
Creo que hay bien, hay mal, y que el mundo no es malo. Solo desearía
que confiara en que yo podría enfrentarlo.
Las tres vimos y pasamos por cosas que ningún niño debería pasar, pero
en el fondo sé que Kadra ha visto y vivido cosas mucho peores.
Quizás por eso he sido tan obediente y he mantenido un perfil bajo,
porque sé que intenta alejarme de los horrores que ella vivió.
Sonriéndole a mi hermana, le agarro la mano enguantada, entrelazando
nuestros dedos, sintiendo que se me acelera el corazón cuando nuestras
miradas se encuentran, y noto que su mirada se suaviza por un instante. —
Se va a casar, digo. Cada vez que saco el tema de Arianna, Kadra me calla o
cambia de tema. Esta vez me sorprende apretando su mano alrededor de la
mía.
—Lo hará. Su tono es frío e indiferente.
Actúa como si no le importara, pero yo sé que no es así. Por eso lo
intento de nuevo. —Un día llegó para ella.
—Sí. Murmura, apartando la mirada de mí y dirigiéndola hacia la
ventana, donde el sol brilla con fuerza sin nubes a la vista.
—Quizás nos llegue también a nosotras, susurro con el corazón en la
mano mientras miro nuestras manos unidas. Mirar a la gente a los ojos
siempre me ha costado. De pequeña, no podía mirar a mi padre a la cara
mientras me hablaba, lo que lo enfurecía. Tan enfadado que me pegaba o
algo peor. Se desquitaba con mis hermanas. Para evitar su ira, me obligaba
a mantener el contacto visual con la gente todo lo que podía, incluso
estudiando e imitando las emociones y reacciones de los demás solo para
encajar, pero nunca daba la talla.
Él me encontraba deficiente, mientras que otros me encontraban
extraña.
Así que me escondieron para que no los avergonzara.
Me dolió.
Me dolió el corazón porque no podía entender por qué era tan poco
digna de amor. Hasta que me di cuenta de que yo no era el problema.
Ellos lo eran.
Los que no tenían compasión ni empatía.
El problema son ellos. No yo.
Mi hermana, Arianna, me enseñó eso.
El fuerte suspiro de Kadra me recuerda que no estoy solo. Entonces
siento un suave beso en la frente. —Te veo mañana, ¿de acuerdo? Pórtate
bien.
Siempre me porto bien. Quiero decírselo, pero en lugar de eso, asiento
una vez y le doy tres golpecitos en el pecho, donde está su corazón. Solía
hacerle eso cuando era más pequeño y no podía comunicarme con mis
hermanas. Era una forma de decirle —Te quiero.
Vamos, Kadra, dame algo.
Pero no lo hace. En cambio, retrocede y se acerca lentamente a la
puerta, agarra el pomo y la abre de par en par, pero antes de irse, se gira
hacia mí.
Su impresionante rostro está desprovisto de cualquier emoción. Miro
sus labios rojos en lugar de sus ojos. —Todo lo que hago es por ti, Mila.
Nunca lo dudes. Nunca... —Hace una pausa, haciéndome mirarla a los ojos,
y por un segundo creo ver un destello de dolor antes de que su mirada
vuelva a estar vacía—. Nunca dudes de mí. —Dicho esto, se da la vuelta y
sale de mi habitación, cerrando la puerta silenciosamente tras ella.
Sé que mi hermana me quiere y nunca he dudado de ella.
Tuvo que volverse así de cruel y endurecer su corazón para mantenernos
con vida.
¿Por qué nuestro mundo? Es un mundo de hombres, y además cruel.
Kadra tuvo que construir muros alrededor de su corazón ya roto para poder
sobrevivir. Solo desearía que confiara en mi capacidad para cuidar de mí
misma.
No quiero ser su carga ni su secreto sucio también.
Giro mi asiento, abro la computadora de nuevo y le escribo un mensaje
rápido a mi hermana, felicitándola por su boda. De repente, noto un ligero
golpeteo en la ventana. Al levantar la vista de la pantalla, veo una pequeña
mariposa batiendo sus alas contra el cristal como si intentara entrar en la
habitación.
La morfo azul.
Una de las mariposas más grandes del mundo, con alas de entre 13 y 20
centímetros.
Qué hermosa y qué rara.
Oh, qué liberador debe ser ser una mariposa en este mundo. Volar y
viajar sin estar atado a un solo lugar.
Qué suerte…
Pero ¿y si… —de repente se me ocurre una idea.
Miro el reloj, decidiendo qué haré a continuación.
La culpa me atormenta al pensar en lo que estoy a punto de hacer. Pero
solo tengo un día.
Un día… para pasar mi ‘algún día’ con mi hermana mayor.
¿Qué podría pasar en un día?
Debí saber que un millón de cosas podían salir mal en veinticuatro
horas.
Y así fue.
Message from M
“Querido C,
Tu mensaje me hizo sonreír hoy. Ah, y mis
plantas. Siempre me hacen sonreír. ¿Qué te hace
sonreír en los días oscuros? - M”
Mala Idea
MILA
“¿Sabías que las malas ideas crean los mejores
recuerdos? Yo no lo sabía, pero ahora sí.” – M
R
evisando mi teléfono, leo todos los correos de los últimos tres años y
encuentro los que buscaba. Lo hago hasta que encuentro uno de los
últimos.
Mensaje de: C
¿Sabías que las mariposas no pueden ver sus
propias alas? No pueden ver lo hermosas que
son.
Eso fue todo.
Uno de sus últimos mensajes que envió.
Ha pasado un año y me duele no saber de el o si le pasó algo.
Mi primer amigo, aparte de mis hermanas y los empleados de la familia.
Todavía parece que fue ayer cuando Carlotta me propuso la idea de
hacer un amigo por correspondencia. Durante años, intercambié correos
electrónicos con un desconocido que, al final, se convirtió en mi mejor
amigo.
Me tomó unos cuantos correos electrónicos antes de que le contara mis
miedos y sueños, y recibí lo mismo a cambio.
Hasta que un día, simplemente dejó de hacerlo.
De repente, dejó de escribirme.
Me dolió mucho.
Todavía me duele, pero supongo que no significaba para él lo que él
significaba y sigue significando para mí. Una linda amistad.
Malinterpreté sus intenciones.
Tal vez solo era alguien que necesitaba en ese momento y nada más.
Coloco mi teléfono junto a mí en el asiento, respiro hondo e intento
olvidar las cosas que no puedo cambiar. En cambio, me concentro en el
presente.
—Princesa, por favor, reconsidera esto. La jefa me va a dar una paliza si
descubre que te ayudé a escapar de la mansion. Augustus, uno de los
hombres de mi hermana y buen amigo mío, intenta razonar conmigo
mientras nos conduce por las concurridas calles de Detroit.
Augustus apareció de la nada como un ángel de la guarda. Él es la única
persona, además de Carlotta, una de las pocas empleadas a las que se les
permite acercarse a mí, que me trata como persona y no como un mueble
más de la casa. Ella es quien me regala a escondidas todas las revistas
donde sale mi hermana, Arianna, sin que Kadra se dé cuenta. Es mi
cómplice, por decirlo de alguna manera.
También es muy inteligente y amable, algo que deduje la primera vez
que nos vimos hace muchos años.
Mientras que la mayoría de los empleados y socios de mi familia se
sentían incómodos conmigo, me trataban con condescendencia o me
miraban con lástima, Augustus y Carlotta no. Ni una sola vez.
Al principio, nuestra situación era complicada, ya que no me llevo bien
con gente nueva. Me lleva tiempo sentirme cómoda con extraños , ya que
he estado escondida y aislada toda mi vida.
He tenido más libertades ahora que mi hermana ha asumido el puesto de
nuestro padre como jefa de la familia, pero no se siente como libertad.
Nada en esta ciudad lo es.
En realidad, no.
Jugando con la delicada cadena de plata que llevo al cuello, giro el
colgante de estrella tres veces, lo desenrosco y vuelvo a empezar. Luego,
me muevo para jugar con la visera de mi gorra, encontrando su textura
reconfortante.
Hago esto cuando estoy ansiosa.
O cuando me siento nerviosa y culpable.
Las consecuencias de ir en contra de mi hermana serán catastróficas
para Augustus, pero lo protegeré de su ira. No pasará nada. Intento
convencerme a mí misma y luego a él. —Solo... solo llévame al aeropuerto
y me encargo de todo desde allí. Lo digo, sabiendo que no lo hará.
Cualquier otro hombre aprovecharía la oportunidad de deshacerse de
mí, aunque su vida estuviera en juego, pero Gus no. —Vamos, chico...
apenas has salido de casa en toda tu vida. No hay manera de que te deje
salir de la maldita ciudad solo. Gus resopla, y aunque no pretende ser cruel,
sus palabras me recuerdan lo poco que sé del mundo. Lo poco que he
vivido.
Solo conozco las paredes de una casa fría y no mucho de esta ciudad.
Solo las partes feas. No pretendo ser desagradecida porque mis
problemas parecen insignificantes comparados con problemas más grandes
del mundo, como la pobreza, el calentamiento global y todo lo demás que
está matando lentamente a este planeta y a sus habitantes. Sin embargo, no
puedo evitar sentirme triste, pero la reprimo como siempre y sonrío. Sonrío
como me he acostumbrado a hacer. Si sonrío, la gente que me importa no se
preocupará. —Gracias, Gus. Miro por el retrovisor; mis ojos chocan con los
suyos, cálidos y marrones, por un instante antes de romper el contacto
visual y mirar su mejilla barbuda.
Gus es un hombre guapo de piel clara y cabello negro intenso, cortado
al ras a los lados y algo largo en la parte superior. Tiene una complexión
atractiva, una nariz romana pronunciada y labios carnosos. Es el tipo de
hombre que encontrarías en una pasarela en algún lugar de Europa, si no
fuera porque es un asesino entrenado y niñero a tiempo parcial de la mafia.
—No me des las gracias todavía, chaval, murmura mientras se
concentra en el camino. —Intentemos completar esta misión suicida sin que
la jefa me dé una paliza. Ambos sabemos que las usará como pelotas
antiestrés. Se estremece, pero entonces sonríe al ver mi expresión.
Me encojo y, de repente, mi rostro se desmorona.
¿Está bromeando? Desde luego que no. Mi hermana le haría daño
cuando se enterara de que me ayudó a dejar no solo la mansión, sino
también la ciudad.
El pánico se apodera de mí y me hace tartamudear. —Date la vuelta. Es
n-no… —No termino la frase porque Gus me interrumpe—. Oye, no pasa
nada. Era una broma pesada.
No.
—Es la verdad, susurro. Quizás por eso mi hermana no confía en mí
para defenderme en el mundo. He tomado una mala decisión, y aunque me
enorgullezco de ser una persona lógica porque la lógica me parece lógica,
mientras que las emociones no, esta vez actué con imprudencia. Me dejé
convencer por mis emociones y mi egoísta necesidad de sentir un poco de
libertad de que no hice caso a mi instinto ni a mi cerebro cuando me dijeron
que esto sería malo, no solo para mí, sino también para mi amiga.
—Te he visto sonreír más en este viaje de quince minutos que en los
últimos cinco años, susurra Gus, desviando mi atención de mis manos hacia
las suyas tatuadas que descansan sobre el volante. —Cualquier castigo que
me toque, valdrá la pena. Su tono cambió. Es suave, y sin humor.
Solo ternura.
Está siendo sincero. Dejo que sus dulces palabras me lleguen al corazón
porque es algo a lo que no estoy acostumbrada.
Amabilidad.
Ternura.
No de hombres.
Así que, cuando ocurre, lo valoro mucho.
—Te protegeré, le digo con naturalidad. Lo haré. Protegeré a mi amigo.
Gus se ríe suavemente y siento su mirada fija en mí, así que hago todo
lo posible por sostener su mirada solo un segundo para que sepa que hablo
en serio. —Te lo agradezco, cariño.
Me cuesta distinguir cuándo la gente es sincera y me cuesta distinguir
los insultos de las palabras cariñosas, porque nada es blanco o negro. Nada
es simple.
Los hombres malos que trabajaban para mi padre me insultaban con
apodos que uno pensaría que son palabras cariñosas, pero los convertían en
algo desagradable con sarcasmo y su energía negativa.
Los convertían en algo desagradable con crueldad.
Por ejemplo, algunos me llamaban princesa, pero con una sonrisa que
parecía forzada, o me viraban los ojos cada vez que abría la boca.
Aprendí a guardar silencio con ciertas personas y con las que no me
siento cómoda.
Al principio, aplico eso con todos, hasta que averiguo si son personas
buenas o malas.
Solo conocía personas malas hasta que conocí a Gus.
En Gus, puedo confiar.
Es amable, no me trata como una molestia y tiene paciencia conmigo
cuando hago algo que para mí es normal, pero que a él podría parecerle
extraño.
Pegando la nariz al cristal, tarareo la canción de la estrellita mientras
observo la ciudad a mi alrededor mientras Gus conduce y el silencio nos
envuelve. Me gusta el silencio porque algunas personas tienden a gritar y
ser ruidosas cuando no tienen nada constructivo que decir.
Gus, Carlotta y mi hermana, Kadra, me dan eso.
Un lugar tranquilo y seguro, y ahora estoy rompiendo todas las reglas.
Salgo de las sombras para hacer algo por mí, por una vez, o mejor
dicho, por mis hermanas.
No pude ofrecerles paz cuando solo había guerra en casa, pero puedo
reconciliarlas. Porque mientras mis hermanas estén separadas, nunca
encontrarán la verdadera paz.
En realidad, no.
No la he encontrado, y soy la persona más positiva que probablemente
conocerán. Pero la paz siempre está tan fuera de mi alcance.
La vida lo demuestra al instante siguiente, cuando veo un carro
deportivo azul pasando nuestro carro a toda velocidad. El conductor baja el
cristal lo suficiente para ver que es un hombre. Un hombre con un precioso
cabello castaño que parece seda. ¿Se sentirá igual?, me pregunto.
Me gusta la sensación de la seda. Me tranquiliza.
Dejo de tararear cuando me concentro en el hombre que conduce junto a
nosotros y en su suave cabello. —¡Mierda!, sisea Gus al mismo tiempo que
el hombre sube el cristal y acelera, alejándose de nosotros.
Apartando la vista del cristal, miro a un Gus preocupado, pero antes de
poder abrir la boca para preguntar qué le pasa, oigo un fuerte chirrido de
neumáticos que me zumba los oídos. Todo sucede tan rápido que no puedo
registrarlo. Primero, oigo a Gus gritar groserías como un loco, y luego todo
se vuelve inquietantemente silencioso.
Las puertas del coche se abren y me sacan a toda prisa. Siento que la
cabeza me va a estallar y me pica la piel con el roce indeseado. No me gusta
que me toquen desconocidos.
En realidad, no.
Solo mis hermanas consiguieron tocarme sin provocar un episodio.
Un episodio que siento aflorar a la superficie.
—Mila. Escúchame. Soy yo. Soy yo. El ardor de su tacto se desvanece
mientras me concentro en sus zapatos y escucho el áspero sonido de su voz
cuando el zumbido en mis oídos también se desvanece. —No tenemos
mucho tiempo. Un choque suena inquietantemente cerca de donde estamos,
en una calle sin salida. —¡Mila!, grita Gus, haciéndome gemir en
preocupación. —Lo siento. Luego su voz se suaviza. —Necesito que
confíes en mí. No estás a salvo. Necesito que corras lo más lejos posible de
aquí y te escondas. Él te encontrará.
Sacudiendo la cabeza, miro su mejilla barbuda. —No te voy a dejar
aquí. No sé qué pasa. Solo sé que Gus nunca había sonado tan preocupado y
que hay mucho ruido a nuestro alrededor. Coches tocando la bocina.
Gente gritando obscenidades.
Es demasiado.
Algo anda mal.
—Si te quedas, ambos estamos muertos. Jugueteo con el borde de mi
mano distraídamente, reflexionando sobre sus palabras. —No puedo
deshacerme de ellos si tengo que preocuparme por ti. Por favor, princesa,
corre. Ahora!
Me empuja suavemente hacia adelante en la dirección que quiere que
vaya, y lo hago. Mis pies tienen mente propia mientras me alejo cada vez
más de él sin saber adónde voy.
Es mi culpa.
Es mi culpa.
Yo hice esto.
Estúpida, estúpida, Mila.
Mi mente no se apaga, burlándose de mí con la realidad de mi decisión
egoísta.
Mirando a mi alrededor, solo veo una calle sin salida y un callejón.
Un contenedor enorme.
Lo evalúo y deduzco que podría ser el único lugar lo suficientemente
grande como para esconderme cuando no tengo opciones. Pienso también
en la basura.
Los olores horribles.
Y los gérmenes.
Todo eso me paraliza en seco.
No me gustan los gérmenes, pero tampoco me afectan.
Puedo hacerlo.
Decidido, me dirijo hacia la gran caja metálica verde, pero antes de
llegar, la oigo.
Un sonido que conozco de sobra.
El sonido de una bomba de fuego al estallar.
¡Gus!
No.
No.
Mi amigo.
Me dejo caer al suelo, me tapo los oídos y me quedo en posición fetal
intentando acallar el fuerte ruido de las armas a mi alrededor y los susurros
en mi cabeza, que me gritan por mi error.
Solo quería ver sonreír a mi hermana.
No quise que pasara nada malo.
No quise costarle la vida a mi amigo.
Sintiendo las lágrimas rodar por mis mejillas, me balanceo como lo
hago cuando el mundo está oscuro y canto para mí misma. —Brilla, brilla,
estrellita, cómo me pregunto dónde estás—.
Estoy tan metida en mi cabeza, en mi lugar seguro donde nadie puede
hacerme daño, que no noto pasos acercándose. Quizás el amigo de Gus me
encontró.
Qué equivocada estaba.
Se oye un clic justo antes de que una voz extraña diga en un tono
desagradable: La encontré. Sí, está viva, pero algo le pasa. El desconocido
me empuja la espalda con su bota y gimo, asustada y dolorida. —Creo que
esta zorra es una retrasada mental.
Retrasada.
Retrasada.
Retrasada.
Prefiero palos y piedras cualquier día antes que estas palabras. Qué
difícil es comprender que las palabras crueles duelen y hieren
profundamente. Tienen el poder de resonar en tu mente y apuñalar tu
corazón hasta que solo queda un desastre sangrante. Te abren agujeros en el
corazón hasta que empiezas a creerlas. Hasta que dejas que te controlen y te
cambian.
Cambian no solo cómo ves a los demás, sino también cómo ves el
mundo.
Entonces no le bastó con llamarme con una palabra tan fea y vil, sino
que el hombre se adelantó y me arrancó la gorra de la cabeza antes de
agarrarme un puñado de pelo y levantarme del suelo como si no fuera
humana. Como si no me arrancara una parte del alma cuando alguien me
menosprecia por cómo funciona mi mente.
Me lastima igual que mi padre.
Intento apartar sus duras manos de mí, pero mi intento es inútil. Es
mucho más fuerte que yo. —Por favor. Suéltame. Por favor. Pero el hombre
no me suelta. En cambio, me tira del pelo con más fuerza, y eso es lo que
despierta mis demonios.
Me pierdo en los recuerdos dolorosos y me hundo.
Solo veo oscuridad.
Escapé a mi lugar seguro, de vuelta a las páginas de mis cuentos, lejos
de todo lo aterrador.
Lejos de hombres crueles de corazón negro.
Message from M
“Mariposas. Las mariposas me hacen sonreír.” — R
La mejor idea
RIAGAN
“Algunos dicen que a los chotas les dan
puntos. Yo? Los entierro.” – R
Pasado
—E spera un segundo, carajo. Debo estar oyendo mal porque de
ninguna manera quieres que trabaje para esos asquerosos
italianos. ¿Te estoy oyendo bien, Cap?” Bain, una de las pocas
personas en las que confío en el clan, escupe. Son las tres de la mañana y
estoy estacionado frente a una residencia, en la calle como un maldito
demente, cuando debería estar lidiando con las consecuencias de la
decisión de las tres familias de Detroit de tomar el control y deshacerse de
los jefes actuales.
Benedetto Nicolasi, Gabriele Parisi y el desquiciado de Tommaso Volpe
se han ido. Debería estar bebiendo para celebrar su merecida caída en
desgracia. En cambio, la noche me trajo aquí.
A la residencia de los Parisi.
Todos los caminos me trajeron aquí.
A ella.
Por mi vida, no logro identificar qué tiene esa joven que me conmovió
esa noche de Halloween hace meses.
Estoy jodido.
Es la hija menor de ese maldito de Parisi. Por qué carajo me importa lo
que le pase? Es algo que no entiendo.
Pero sí.
Me importa, carajo.
No tengo ni la más remota idea de qué tenía ella que me conmovía
profundamente.
Tal vez era la forma en que sus ojos, sus ojos tristes, llamaban a lo más
oscuro de mí cuando me miraba.
El maldito dato curioso sobre fumar.
O las malditas mariposas. Mariposas que me han estado atormentando
desde que era niño.
Recuerdos de mi madre.
No creo en las coincidencias, ¿sabes?
Esa chica se cruzó en mi camino esa noche, y tiene que haber una
razón. Tiene que haber una razón lógica para que, después de salir de la
mansión Nicolasi esa noche, la chica no dejara de aparecer en mi mente.
Pensé que había bloqueado su recuerdo como hago con todo lo que me
importa, pero no fue así.
En cambio, me pregunté por qué nadie pronunciaba su nombre en las
tres familias. Por qué después de trabajar de incógnito para las familias
durante años, nunca, ni una sola vez, vi su rostro. Ni una sola vez.
Solo a sus dos hermanas mayores.
No dejaba de preguntarme por qué la mantenían oculta, como si algo le
pasara. Como si esa maldita familia estuviera ocultando algo.
¿Pero qué?
Recordando que tengo a Bain al teléfono, hablo. —Hay una chica. Miro
la mansión y me pregunto por un momento qué ventana es su habitación. —
La Parisi más joven. Nadie fuera de las tres familias sabe que existe, y
quiero que siga así. Necesito que la mantengas a salvo, y que no te pillen,
¿entiendes? Dicen que Kadra Parisi ocupará el puesto de su padre como
jefa y limpiará la casa. Esa es tu puerta de entrada.
— Joder, Cap, no puedo creer que me obligues a hacer esta mierda. Esa
escoria…” Respira con dificultad, y el silencio sigue a su protesta antes de
volver a hablar. —¿Cuánto tiempo?
—El tiempo que necesite.
—¿Qué tiene la chica?, pregunta con recelo.
¿Cómo demonios respondo a eso sin parecer un maldito psicópata?
No es que me importe un comino lo que piensen los demás de mí. Pero
ni siquiera sé qué tiene exactamente la princesa Parisi. Intenté seguir con
mi vida como si nunca la hubiera conocido, pero sus ojos no dejaban de
pasar por mi mente. La tristeza y la soledad me dolían en el pecho, cuando
no había sentido nada ni remotamente parecido a la tristeza desde que era
niño. Solo rabia.
—Haz lo que te digo y mantenme al tanto. Quiero saberlo todo sobre la
chica.
Bain suspira. —Claro, Cap.
Típico de Bain.
Se queja solo por dramatismo cuando sabe que acabará obedeciendo
órdenes.
Le dije la verdad.
Confío en él, por eso lo elegí para que la cuidara.
Bain podrá ser impulsivo, pero tiene un buen corazón.
También tiene debilidad por los niños.
—Una cosa más. Tiré el puro por la ventanilla. —No uses tu nombre.
Enseguida, me voy, sabiendo que tardaré mucho en volver a esta ciudad de
mierda.
—¿Por qué no?, grita Bain.
—Demasiado irlandés. Me froto la sien al mismo tiempo que doy una
larga calada a mi cigarrillo.
—¿Cómo carajos deberían llamarme?
Me importa una mierda si te llamas Augustus o Capitán Testiculos.
Pero no uses tu nombre. Con ese último comentario, cuelgo y conduzco a
toda velocidad, saliendo de esta ciudad con un nuevo propósito. Uno que
no entiendo en ese momento. No hasta unos años después, cuando vuelvo a
ver a la mariposa de dulce corazón.
Presente
P UEDE que sea un cabrón sin corazón, es cierto, pero no me meto con gente
que no puede defenderse.
También soy egoísta. Nunca me gustó compartir mis juguetes de niño.
Siendo justo, papá nunca me crio para ser generoso ni amable. Me enseñó
que lo mío era eso... mío. Hasta el día de hoy, esa es la única regla que sigo.
¿Y cuando alguien intenta meterse con lo mío? Pierdo la cabeza.
Me convierto en un asesino de gatillo fácil.
Como justo en este instante.
Saco un cigarrillo y lo enciendo. Inhalo profundamente y observo la
escena que tengo delante. Una que me hierve la sangre. Tocando la pistola
en mi funda, observo al cabrón que la sujeta en la nuca de una bonita
melena rubia. Un cabello que conozco demasiado bien.
El cabello de la criatura más dulce e inocente que he conocido.
Una inocente.
Mila Areya Parisi.
La joya escondida.
La Parisi más joven.
Una chica con una amenaza y apuesta de diez millones al primer sicario
que apriete el gatillo.
Mila yace en el suelo mugriento junto a un contenedor de basura,
meciéndose en posición fetal, sin darse cuenta de que ese bastardo está
encima de ella, listo para apretar el gatillo y terminar con su vida.
Noto que su precioso vestido blanco está manchado con lo que parece
grasa, y tiene manchas de sangre en los codos.
Sabes... Iba a alargar la muerte de este cabrón y prolongar su dolor. Ese
era el plan. Lo que no planeé fue perder la cabeza en un espacio público ya
que no necesito este tipo de atención a plena luz del día, pero entonces el
cabrón se burla de ella y la hace gritar de miedo y de dolor, lo que a cambio
me hierve aún más la sangre. Entonces, el muy hijo de puta le arrancó el
sombrero de la cabeza y le jaló del pelo, haciéndola gritar de dolor.
Una niebla roja desciende sobre mis ojos hasta que solo pienso en el
muy cabrón cubierto de agujeros de bala. Y entonces eso es lo que hago. En
un instante, saco mi arma y empiezo a disparar. Corro con mi arma en
mano, sin importarme que haya testigos a nuestro alrededor.
Solo me concentro en los gritos de la dulce chica que llora en el suelo
mientras agarra su cabeza.
Bala tras bala salen de mi pistola y cortan la carne, destrozando el
hígado y los pulmones del cabrón, tirándolo al suelo. No me detengo. Sigo
disparando. Avanzo, sin importarme una mierda que el imbécil me metió
una bala antes de caer al suelo. Me acerco lo más que puedo al desgraciado,
apretándole la cabeza con la pistola antes de disparar y volarle el cerebro y
ensuciar las paredes del callejón.
Puedo oír mi respiración bombeando en mis oídos. Siento mi maldito
corazón latiendo fuerte en mi pecho.
Por ella.
Pero no puedo pensar en eso ahora.
Está en peligro.
Joder, si hubiera llegado un momento después, ella sería la que tendría
un agujero en la cabeza y sangre rezumando de su bonita boca. Ahora ella
es un objetivo, y no hay duda de que más hombres como el pedazo de
mierda en el suelo sucio vendrán por ella.
Endureciendo mi corazón, paso por encima del cabrón muerto y me
acerco a Mila que ahora tiembla incontrolablemente.
Sé que no debería tocarla mientras está así. Lo sé, pero no voy a
arriesgar su seguridad.
Como si me hubieran apuñalado el corazón con una inyección de
adrenalina, la levanto del suelo y corro hacia mi auto. —Shhh... cariño.
Estás a salvo. Susurro y, para mi sorpresa, sus gemidos se calman y su
respiración se normaliza lo suficiente como para que pueda meterla en el
auto y alejarla del peligro.
—Te conozco..., dice, mirándome con esos bonitos ojos que han
atormentado mis sueños durante lo que parecen miles de noches antes de
caer inconsciente.
Mierda.
Cierro la puerta del copiloto, corro al lado del conductor, me subo y
acelero el motor rápidamente, saliendo a toda velocidad de allí.
Nunca he huido de nada en mi vida.
Ni una sola vez.
Ni de un desafío ni de un peligro, pero por ella sí.
Porque no hay nada que no haría por mi mariposa.
Por la dulce chica de buen corazón y la sonrisa más hermosa que logró
atravesar mi corazón muerto.
No hay duda de que estoy interesado en ella.
Siempre hubo algo especial en ella. Su dulzura, su suavidad. Era algo
que la vida me había dado muy poco.
No me había dado cuenta de que lo anhelaba hasta que lo tuve justo
delante de mí.
La conocí una vez y me dejó una dulce huella en el alma.
Ella es la chica que nadie vio.
La que todos ignoraron.
Ahora es la mujer que no puedo dejar de ver.
La princesa de la mafia, con mariposas enredadas en el cabello y
estrellas en los ojos que brillan más que mil soles.
Mila Areya Parisi.
Hasta su maldito nombre es hermoso, pero sonaría muchísimo mejor si
fuera seguido de mi apellido.
Todo a su debido tiempo.
Message from M
Querido C
¿Sueñas de noche? ¿Sueñas despierto?
Yo?
Solo sueño.
– Mila
El Hombre con el tatuaje
de mariposas
MILA
¿Sigues fumando? ¿Quieres morir? —M
M
e arde el cuero cabelludo por los jalones de mi padre, y todavía me
zumban los oídos por sus gritos. Tengo las piernas paralizadas.
Traté de moverlas, de correr hacia Arianna, que se arrastraba por
el suelo a unos pocos metros, pero no pude alcanzarla. Los expresivos ojos
verdes de mi hermana mayor se abren con miedo mientras se toca el cuello.
Hay sangre.
Mucha sangre empieza a salir de su garganta, de sus oídos, de su boca.
—¡No! —grito, sintiendo cómo mi corazón se rompe justo por la mitad,
en dos pedazos.
Intento gritar, pero el grito se me queda atorado en la garganta.
Estoy impotente.
Inútil.
—¿S-sstelina? —viro la cabeza bruscamente hacia la derecha y veo a
Kadra tropezando entre una niebla oscura.
Tiene los brazos extendidos y los ojos llenos de lágrimas. Me está
buscando, estira su mano enguantada para que la tome. Para que la guíe
de regreso a casa. Siempre decía que yo era la luz que la guiaba en la
oscuridad cuando sentía que estaba por cruzar un punto sin retorno.
Hoy no soy su luz.
Estoy indefensa.
No puedo guiarla en la oscuridad.
Lo intento, a pesar del dolor en mi cabeza y el peso en mi pecho.
—Kadra… —susurro con la voz hecha pedazos, estirando mi mano.
Pero antes de que sus dedos alcancen los míos, un cuchillo sale de la niebla
y se le clava en el pecho.
Los labios de Kadra se mueven en un grito mudo mientras cae al suelo.
Grito con todas mis fuerzas al verla desplomarse, y al mismo tiempo el
cuerpo de Arianna se desvanece en un charco de su propia sangre.
Entonces la niebla se disipa. Se disipa, y ya no están.
Mis hermanas.
Se fueron… están muertas.
Tengo la garganta hecha trizas de tanto gritar, y las mejillas adoloridas
de tanto llorar.
No pude salvarlas.
No pude salvarles la vida…
Les fallé.
Siempre les fallo.
¿S ABES de ese lugar entre el sueño y la vigilia? Ese punto intermedio. Ese
espacio donde sabes que estás ahí, que sientes lo que te rodea, pero no
puedes abrir los ojos porque se sienten demasiado pesados… porque estás
demasiado cansada, y por alguna razón, en ese entre medio, te sientes más
segura que despierta.
Debo de estar ahí.
Aunque tal vez… un poco más dormida que despierta.
Debo estar soñando, porque no hay forma de que esto esté pasando.
Siento cómo me sacan con cuidado de un auto cálido, luego me
acomodan contra una camisa de tela suave y costosa, con mi mejilla
apoyada en un cuello que huele a hombre y a un aftershave fresco y limpio.
Brazos fuertes me sostienen por debajo de las rodillas y por la espalda…
fuertes, sí, pero sorprendentemente delicados al tocarme.
Estoy tan cansada.
Cansada como si hubiera caminado por el desierto mil días sin agua ni
comida.
Me duelen los brazos, las piernas… todo.
Y hay un dolor punzante en la parte de atrás de mi cabeza.
¿Qué está pasando?
Abro los ojos, y la luz me lastima. Me agrava el dolor de cabeza.
Y entonces, todo vuelve a mí.
Gus.
Los ruidos fuertes.
El zumbido en mis oídos.
El dolor en el pecho por haber dejado atrás a mi amigo.
Las manos ásperas de aquel hombre cruel jalando mi cabello.
Sus palabras horribles.
Y por último…
El hombre.
El gigante guapo y tatuado, con ojos tiernos y una sonrisa maliciosa,
disparaba bala tras bala contra el hombre cruel que estuvo a segundos de
lastimarme aún más de lo que ya lo había hecho.
—Te conozco… le susurré esas palabras a mi salvador.
Apareció de la nada para salvar el día, como suelen hacer los héroes en
los libros de romance que adoro.
Pero… ¿este hombre es el héroe o el villano?
¿O tal vez ambos?
Inclino la cabeza hacia arriba para mirar a mi posible ‘príncipe azul’.
Aunque no se veía precisamente como uno.
Cierto, es hermoso.
De una forma perfecta, pero áspera; con una mandíbula increíble, nariz
recta, cejas marcadas y unos labios rosados y gordos. Su cabello es el color
de la arena después de la lluvia, al igual que las pestañas largas que
enmarcan sus ojos color cielo.
Es un hombre grande. Enorme, en realidad. Más alto que cualquier
persona que conozco, y con unos brazos que, si quisiera, podrían aplastarme
con solo un abrazo. Es así de imponente.
Y no olvidemos la tinta que cubre su piel desde el cuello hasta los
nudillos. He visto muchos hombres tatuados. Mujeres también. Pero
ninguno con tantos como este desconocido.
Parece un libro de colorear gigante.
También noto que su ropa esta impecable. Eso siempre es buena señal.
Me gustan las prendas ordenadas. La ropa ordenada significa que no es un
hombre desordenado, y no se ve sucio. Eso me agrada.
He aprendido que la gente desordenada suele tener la mente igual de
caótica.
Y no me gustan las mentes caóticas.
Pero olvido por un momento su ropa y su posible pulcritud, y me
concentro en lo que ocurrió en el callejón.
La imagen de él disparándole al extraño cruel en el pecho, sin un rastro
de remordimiento en el rostro, debería asustarme.
Los héroes no se ven como él se veía en ese momento.
Entusiasmado.
Satisfecho.
Sediento de más caos.
Sus ojos.
Esos ojos azules cruzan por mi mente. Había algo en ellos que hizo que
un escalofrío me recorriera por dentro, haciéndome sentir apenas un poco
menos como si estuviera soñando.
¿Habrá sido una invención de mi cabeza?
¿Estoy soñando?
No. No puede ser.
Él se siente real.
Y justo cuando ese pensamiento se enciende, el sueño comienza a
retroceder como niebla disipándose, haciendo que la quietud adormecida se
desvanezca poco a poco.
Abrumada, sin entender del todo lo que esta pasando, escucho mi propia
voz decir —muy bajito, muy vulnerable—:Me duele la cabeza.
Mi príncipe salvaje parece sorprendido, ya sea por mis palabras o por el
tono con que las dije.
Frunce el ceño y me observa en silencio durante un largo momento.
—¿Dónde estamos? —insisto con más preguntas, hasta que el hombre
me baja con cuidado al suelo.
Es entonces cuando logro ver dónde estamos.
Parece una pista de aterrizaje abandonada.
A lo lejos, se escucha el sonido grave de lo que parece ser un avión
acercándose.
No.
No, no, no.
He leído esta escena demasiadas veces como para no saber lo que viene.
Esto se siente como una escena sacada de una novela criminal o de
romance oscuro.
Villanos.
Los villanos secuestran personas.
Los héroes no.
El miedo debería estar filtrándose por mis huesos justo ahora, pero no
pasa nada.
La voz áspera del desconocido me arranca de mis pensamientos.
—Vas a sentirte mejor en cuanto tomes algo para el dolor de cabeza.
Dentro del avión hay aspirina. ¿Eres alérgica a la aspirina?
Se aclara la garganta, pero yo sólo puedo enfocarme en dos cosas:
1. Tiene muchísimos tatuajes en el cuello. Y
cuando digo muchos, no exagero.
2. Dijo dentro del avión, como si esperara que
yo entrara.
—¿Me estás secuestrando? —digo sin pensarlo. Buen trabajo, Mila.
El posible villano se ríe bajito. No sé por qué, pero siento algo cálido en
el estómago, como si mil mariposas —como las que tiene tatuadas en el
cuello— agitaran las alas descontroladamente, provocando un caos dentro
de mí.
Mmm… qué raro.
Nunca había sentido eso antes.
¿Tristeza? Sí.
¿Felicidad? Ajá.
¿Pero esta sensación extraña en el estómago sólo por oír reír a este
hombre? Jamás.
Otra vez: raro.
Y ese es un camino muy peligroso, porque las cosas raras me dan
curiosidad, y la curiosidad me lleva directo a decisiones estúpidas.
—No te estoy secuestrando, preciosa, pero el cabrón del callejón estaba
apunto de hacerlo.
—Lo mataste —le señalo lo obvio.
El gigante tatuado gruñe, y mis ojos se quedan fijos en su cuello, donde
los tatuajes cubren el lugar donde debería notarse su pulso. De vez en
cuando, mis ojos suben hasta su rostro.
—Sí, lo hice —responde sin un poco de remordimiento.
—¿Cómo se sintió? —pregunto, sintiéndome hipnotizada no solo por el
hombre frente a mí, sino por toda la situación.
—Bastante satisfactorio —responde como si nada.
—Bastante satisfactorio —repito—. Qué raro. No esperaba esa
respuesta...
Frunzo el ceño. La mayoría de los criminales que conozco esconden su
crueldad tras puertas cerradas y fingen ser buenos ciudadanos respetuosos
de la ley, pero este criminal… ¿está orgulloso?
El hombre se aclara la garganta, y sigo el movimiento de sus labios.
—¿Eso te asusta?
Pienso en su pregunta. Muchas cosas me asustan, pero ver a este
hombre matar no es una de ellas, y eso debería asustarme. Asustaría a una
persona cuerda.
—No mucho. No pierdo el sueño por hombres crueles ni por lo que les
pasa —me encojo de hombros. Es verdad.
Hace tiempo que aprendí que la compasión no vive en mí cuando se
trata de quienes dañan a otros.
—Ajá.
El hombre se ríe de nuevo, y me obligo a mirar a sus ojos, y ahí está
otra vez esa sensación extraña.
—¿Qué pasa?
No logro entender la expresión en su rostro. Sus ojos lucen brillantes,
pero su cara no refleja felicidad en lo absoluto.
—Tú eres… —contengo la respiración, sabiendo que lo que viene es un
golpe a mi corazón. Es aquí donde mi brutal honestidad incomoda tanto a la
gente que no saben cómo reaccionar y prefieren lanzarme insultos o
simplemente fingir que no existo. Lo segundo duele menos. —Un soplo de
aire fresco.
Las mariposas en mi estómago se vuelven locas en cuanto esas palabras
salen de la boca de este hombre, y de repente no sé cómo actuar ni qué
decir, algo totalmente nuevo para mí.
Aunque a veces no entienda las normas sociales, el sarcasmo y la
mayoría de las reacciones humanas, sí sé que este hombre extraño, con
tatuajes de mariposas, un rostro perfecto y una voz áspera, también es para
mí un soplo de aire fresco.
No seas tonta, Mila... Lucifer también fue un ángel hermoso alguna vez.
Además, no conoces a este extraño.
Ignorando esa voz lógica e inteligente dentro de mi cabeza, le pregunto
al hombre, cambiando de tema y desviando la atención que me hace sentir
calor subir por el cuello, de mí hacia él.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunto automáticamente.
Miro la barba incipiente en su rostro y me encuentro fascinada cuando
el músculo de su cara se mueve en otra sonrisa. Las mariposas en mi
estómago ahora dominan también mi pecho. Esto es…nuevo.
—Pensé que me conocías, cariño —responde.
Frunzo el ceño de nuevo. —Conozco tu cara, no tu nombre. Si supiera
tu nombre, no estaría preguntando—le digo, con toda seguridad.
—Veo que debajo de toda esa dulzura hay bastante garras —se acerca
con cuidado, como si se acercara a un animal salvaje y no quisiera asustarlo
—. Rian. Mi nombre es Rian.
Rian. Qué nombre tan raro.
Rian puede escribirse como Ryan o Rian. La mayoría de la gente lo
escribe como Ryan, pero supongo que este hombre no es como la mayoría.
No parece común, y su nombre tampoco.
Me gusta.
—¿Rian es corto para algo? —Noto que sus ojos sonrientes se fijan en
los míos por un instante antes de que mi mirada caiga sobre sus labios. Y
qué boca tan bonita tiene.
—Riagan —responde.
Riagan.
—Es un nombre interesante y poco común —murmuro, todavía
mirando sus labios. Tiene una sonrisa bonita, con dientes blancos y rectos.
Riagan se ríe suavemente. —Supongo que la mayoría de la gente
pensaría que soy un hombre poco común.
Apuesto a que sí.
Si anda matando hombres a plena luz del día, que lo llamen poco común
debe ser lo menos preocupante para él.
—¿Cuál es tu apellido?
—O’Sullivan.
Lo pienso por un momento. He escuchado ese nombre antes. Es
irlandés.
Su apellido es de ascendencia irlandesa.
Entonces caigo en cuenta.
Lucan Volpe tiene un hermano. Un hermano llamado Rian O’Sullivan.
El hombre grande y aterrador de aquella noche de brujas hace mucho
tiempo atrás es el hermano de Lucan.
¿Kadra lo conoce?
¿Lo envió a buscarme?
¿Es este el hombre al que Gus se refería?
Tantas preguntas.
—Mi nombre es Mila —le digo—. Mila Areya Parisi.
—Lo sé —responde con una pequeña sonrisa. Me concentro en su
sonrisa más que en sus ojos.
Tiene una sonrisa bonita. La mayoría de los hombres y mujeres que
conozco tienen sonrisas crueles, esas que me ponen nerviosa porque
siempre viene un castigo o un comentario hiriente después.
—¿Conoces a mi familia? ¿Es por eso que estas aquí? ¿Mi hermana te
contactó para que me llevaras de vuelta a casa? ¿Dónde está Gus? —hablo
sin parar, haciendo pregunta tras pregunta. Ahora noto que el avión se
acerca hacia nosotros. —¿Por qué estamos aquí?
Me agacho y meto la mano dentro de mi bolsillo para buscar mi
teléfono —donde siempre lo guardo—, pero está vacío. Lo dejé en el auto
de Gus, pero conociendo a mi hermana, seguro le puso un rastreador.
No te desesperes… todo saldrá bien. Si entras en pánico, ya estás
muerta.
Las palabras de mi hermana resuenan en mi mente, recordándome todo
lo que me ha enseñado por si alguna vez me encuentro en una situación de
peligro y ella no está para ayudarme.
Cuando el avión se detiene a pocos metros de nosotros, el extraño se
acerca. Desde tan cerca, la diferencia de estatura entre nosotros es
imposible de ignorar. El me sobrepasa en tamaño, todo fuerza y presencia
imponente. Mi corazón late más rápido y mis respiraciones se vuelven
entrecortadas. Nunca he estado tan cerca de un hombre que no me haya
hecho daño de alguna manera, pero de alguna forma este desconocido no
me hace sentir miedo ni incomodidad.
Muy fascinante… otra vez.
—Conozco a tu familia. No soy muy fanático de ellos, si soy sincero, y
algo que deberías saber de mí, cariño, es que no le tengo miedo a la verdad
y no voy a mentirte.
Me siento ofendida en nombre de mi familia. Mis hermanas, para ser
exacta, pero no discuto, sabiendo que a mi familia no les cae bien a muchos.
—¿Por qué no te agradan? —frunzo el ceño mientras observo su cuello
con atención. He aprendido que las personas tienen una señal cuando
mienten. La mayoría traga saliva. Este hombre no tiene esa señal.
—Tu padre, ese hijo de puta, fue un consejero terrible y un ser humano
despreciable. —Lo dice con sinceridad.
Eso es cierto.
Valoro la verdad. Mi padre fue horrible.
—¿Y por qué no te agradan mis hermanas? —tengo curiosidad, aunque
sé que probablemente mis hermanas hicieron algo para ganarse su disgusto.
Tanto Arianna como Kadra no tienen problemas para decir lo que piensan y
hacer ruido. Yo, en cambio, odio ser el centro de atención y prefiero correr
y esconderme antes que enfrentar una confrontación. El gen de la
empoderada y la ‘chica mala’ me saltó, lamentablemente.
Me esfuerzo por mirar a Riagan a los ojos el mayor tiempo posible. Sí,
lo llamaré Riagan, ya que es el nombre que sus padres le pusieron. Mi
hermana mayor, Arianna, me enseñó que acortar el nombre de alguien es
una falta de respeto, pero mi hermana tiene sus rarezas, así que tal vez sea
cosa de ella y otras personas no lo ven así.
—¿Necesito una razón? —se encoge de hombros como si no le
importara ni un poco.
—¿Cómo puedes odiarlas si no las conoces? —tengo curiosidad.
—Puede que no conozca su esencia, pero las juzgo por nuestras
interacciones. Tu hermana mayor tiene mucha boca, y la del medio... bueno,
esa me dio dolor de cabeza la última vez que estuvimos en la misma
habitación.
Eso sí suena a mis hermanas.
—Supongo que todos tienen derecho a sus opiniones.
—No lo tomes personal, Mila. A ellas no les importa. Si les preguntas,
estoy seguro que te dirán lo mismo de mí.
Eso es cierto. A mis hermanas no les importa lo que los demás piensen
de ellas.
Estoy perdida en mis pensamientos sobre este extraño intercambio con
un casi desconocido cuando una voz con ligero acento nos interrumpe desde
el avión: —Oye, Cap. Si ya terminaste de charlar con la linda chica,
tenemos que irnos.
Inclinándome hacia un lado, lanzo una mirada furtiva detrás de la
muralla humana que es Riagan y distingo a un hombre apuesto, lleno de
tatuajes, parado en la puerta del avión con el ceño fruncido. ¿De dónde
salieron estos hombres? No se parecen en nada a los que trabajaban para mi
hermana. El hombre del avión se parece al que llamó “Cap”, pero con
menos músculos y una cantidad absurda de tatuajes, al menos por lo que
puedo ver desde aquí.
—¿Cap? —Mis ojos buscan de nuevo a Riagan.
—Tenemos que irnos, cariño —dice él, ignorando tanto mi pregunta
como al hombre que lo llamó Cap—. Y para responder rápido tus otras
preguntas, porque el tiempo se nos acaba: estoy aquí porque estás en
peligro. Lo que pasó antes fue solo el comienzo, Mila. Tu hermana
enfureció a una familia muy importante, y vienen por ustedes. No van a
detenerse hasta derramar sangre Parisi.
—¿Mi hermana está en peligro? —Es lo único que logro preguntar.
Kadra…
—¿No te importa tu propia seguridad? —gruñe el hombre, haciéndome
dar un salto. Al notar mi reacción, suspira antes de hablar de nuevo—. Sí,
ella está a salvo —responde.
Él dijo que no miente… pero no lo conozco. No de verdad. Ni siquiera
un poco.
—Es tu seguridad la que debería preocuparte, Mila.
No registré esa última parte.
¿Qué hizo mi hermana?
Bajo la mirada hacia mis zapatos, sabiendo que un ataque de ansiedad
se aproxima. Mis hermanas lo son todo para mí, y pensar que una de ellas
podría estar en peligro me destroza.
Llevo el dedo índice a mi cabeza y me doy cuenta de que mi gorra ya no
está.
No.
No.
—Tu gorra ya no está. Te conseguiré una nueva —dice Riagan, notando
mi estado de angustia por algo que, para otros, sería tan trivial como una
prenda.
Mi gorra me oculta cuando todo se vuelve demasiado. Cuando no
quiero ser vista. Cuando siento que un ataque de pánico se aproxima.
Siempre ha sido un refugio… y ahora se ha perdido.
Se perdió en el callejón.
—La necesito… yo—
—Mila, escucha mi voz —dice, sin exigirme, sin ordenarme que lo mire
a los ojos como haría la mayoría. Su voz es firme pero suave. Intento
respirar. Me aferro a su tono, a su presencia.
—Necesito tu ayuda.
Entonces dice algo que lo cambia todo.
Llámame ingenua.
Llámame tonta.
¿Mi ayuda?
Nadie me ha necesitado antes.
Siempre he sido la que necesita cuidados, la que los demás protegen.
Cuando por fin encuentro mi voz, noto que la urgencia de esconderme
bajo la gorra se ha desvanecido, y lo único que puedo ver y oír es al hombre
frente a mí, con su exterior rudo y su voz cálida y suave.
—¿Ayuda? ¿Cómo puedo ayudarte? —susurro, sintiéndome expuesta.
Vulnerable.
A veces quisiera ser como mis hermanas. Más fuerte. Más valiente. Más
ruidosa y segura de sí.
Pero no lo soy.
Ya hice las paces con eso.
Estoy segura de quién soy, pero no soy ruidosa. No soy como ellas.
—Le prometí a alguien que te protegería si algún día estallaba una
guerra en Detroit por culpa de tu hermana.
De pronto, todo se desvanece en el fondo.
El avión.
El hombre esperando, no muy pacientemente, a unos pocos metros.
El ruido.
Todo desaparece.
Todo lo que puedo ver.
Todo lo que puedo sentir es… el hombre frente a mí.
Trago saliva con fuerza y levanto la mirada, mis ojos chocan con esos
azules hipnotizantes durante el más raro de los segundos.
—¿Quién? ¿Quién te pidió que hicieras esa promesa?
—Arianna.
Arianna…
—¿La has visto? —pregunto, sintiendo un poco de celos, porque este
desconocido ha tenido más contacto con mi hermana que yo misma.
—Brevemente —confirma.
Entonces recuerdo que dijo que necesitaba mi ayuda.
Fijando mi atención en el tatuaje de su pecho, pregunto:
—¿Solo una promesa? ¿Eso es todo? ¿Necesitas que vaya contigo solo
para ayudarte a cumplir una promesa?
Cuando lo vuelvo a mirar, alcanzo a ver una expresión cruzar su
rostro… pero desaparece tan rápido como llegó.
No logro descifrarla.
Por más que mi mente intenta entenderla… fracaso.
—Te lo explicaré todo con más detalle en cuanto te tenga a salvo —su
tono se suaviza, se vuelve más gentil, un contraste total con su aspecto rudo
—. Puedes venir conmigo y yo me aseguraré de mantenerte a salvo hasta
que encontremos a ese hijo de… —Frunce el ceño cuando se detiene a
mitad de frase.
—Puedes decir groserías. La mayoría de la gente las usa cuando no
tiene nada útil ni amable que decir. Supongo que no sabes quién está detrás
de todo esto, así que sí, puedes llamarlo un imbécil.
Él se ríe, y qué sonido tan encantador.
—¿Entonces me vas a ayudar a ponerte a salvo, preciosa?
Preciosa…
Mi corazón late fuerte al escucharlo llamarme así.
—¿Voy a poder llamar a mis hermanas?
—Sí —asiente.
Entorno los ojos hacia su pecho.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo. Y no rompo promesas.
—¿Lo juras por tu corazón?
—Lo juro por mi corazón, Mila —noté que su tono cambió de bromista
a serio.
—Tengo un cuchillo —miento, pero no necesita saberlo—. Si intentas
algo, te apuñalare en la yugular. —Intento no sonar ansiosa, sino segura.
Él se ríe como si estuviera bromeando, y enciende un cigarrillo mientras
lo veo iluminarse con la chispa.
—Anotado —inhala profundamente—. Y no deberías decirle a la gente
que llevas un arma. Si mi intención fuera hacerte daño, ahora sé que vas a
intentar defenderte con un cuchillo, y mi primer movimiento sería
quitártelo. Deberías sorprenderme con eso, no anunciarlo.
Suspiro y me quedo mirando el pequeño tatuaje de corazón debajo de su
oreja izquierda.
—Gracias por el consejo —digo, sin dejar de observarlo—. Quiero
pruebas de que Gus está bien y con vida.
Él gruñe: —¿Llevarte con él cuenta como prueba suficiente?
Lo pienso un segundo.
—Sí.
—Entonces ven conmigo. Me ofrece su mano tatuada, y la miro con
asombro.
—No voy a ir a ningún lado hasta que tenga una prueba concreta de que
Gus está bien y de que no estás mintiendo. Me inclino un poco más y hablo
lo suficientemente fuerte como para que me escuche por encima del ruido
del avión. Esta vez, en lugar de enfocarme en sus tatuajes, fijo la mirada en
la cadena de plata que cuelga de su cuello. Es extraño. He visto esa joya
antes… en otra persona. El hermano menor de este gigante.
De pronto, él mete su mano en el bolsillo de su jeans, saca un teléfono,
presiona un botón y espera a que alguien al otro lado de la línea conteste.
Unos segundos después, una voz que conozco demasiado bien suena por los
parlantes del celular.
—Jefe.
Gus.
Entorno los ojos al escuchar ese término. ¿Jefe? Mi hermana es su jefa.
No este hombre.
¿Qué está pasando?
Qué desastre… y odio los desastres con toda el alma.
Siento la mirada de Riagan clavada en mí, pero la ignoro. Mis ojos
siguen fijos en el teléfono que sostiene entre las manos.
—¿G-Gus? La ansiedad se me trepa al pecho cuando me doy cuenta de
que nada es lo que parecía.
Mi hermana nunca me contó demasiado sobre el lado más oscuro del
negocio familiar, pero sí me advirtió algo: que las ratas vienen en todos los
tamaños, y que la mayoría de los traidores se esconden tras una cara
amable.
Nunca le di muchas vueltas a eso. Es comprensible… ella siempre ve lo
peor en cada situación, en cada persona.
¿Gus la traicionó?
¿También a mí?
¿Cada momento que compartimos fue una mentira?
La línea queda en silencio por un largo momento antes de que
finalmente hable.
—Princesa…
La forma en que lo dice no se siente diferente a todas las veces
anteriores.
—Sé que todo esto es muy confuso, pero necesito que sepas que nada
ha cambiado, ¿sí? Sigo siendo tu fiel amigo, y todavía caminaría por el
fuego por ti. Todo se te explicará, pero no me corresponde a mí hacerlo.
Gus nunca me ha fallado…
Niña tonta… no deberías confiar tan fácilmente. ¿Acaso no has
aprendido las lecciones duras ya?
—¿Estás bien? pregunto, en lugar de explotar. Detesto la confrontación.
No soy buena para eso.
Lo que sí se me da bien es ser amable y comprensiva. Tal vez eso sea un
defecto mío.
Noto cómo los nudillos de Riagan se ponen blancos al apretar con más
fuerza el teléfono. He leído que esa reacción la provoca la ira.
¿Está enojado?
¿Dije algo fuera de lugar?
No tengo mucho tiempo para pensarlo porque, un segundo después,
cuelga la llamada con Gus.
—¿Qué está pasando en realidad? ¿Gus también trabaja para ti?
Miro por encima de su ancho hombro y fijo la vista en el avión que está
detrás de él. Es enorme.
Nunca he volado. Ni siquiera pensé que algún día lo haría.
—Él trabaja para ti, responde con aspereza.
Desconcertada, mis ojos se encuentran con los suyos y luego caen sobre
su mejilla barbuda.
—Eso no es cierto. Frunzo el ceño. ¿Está tratando de tomarme por
tonta? Me confunde enormemente, y aun así, no se ríe.
—Te lo contaré todo, dice con firmeza. —Pero tienes que venir
conmigo.
—Tú podrías ser el malo, susurro.
Pasa un momento de silencio entre nosotros antes de que hable de
nuevo.
—Preferiría arrancarme el corazón del pecho a sangre fría, preciosa,
antes que hacerte daño.
Siento una sensación extraña en mi estómago.
Como si un millón de insectos bailaran dentro de mí, y al mismo
tiempo, no logro encontrar el aire. Qué reacción tan extraña ante unas
palabras.
Ante este hombre extraño.
Hazlo, Mila.
Tu “algún día en el sol” tal vez no esté tan lejos como pensabas.
No pienso, siento.
—Está bien. Asiento y tomo la mano que me ofrece.
Cuando la agarro, me jala con una facilidad asombrosa, y choco contra
su pecho.
—Está bien. — Repite.
Su voz.
La cercanía repentina.
Me deja un poco sin aliento.
Nunca había estado tan cerca de un hombre.
De un chico, sí.
Pero no de un hombre de verdad.
Uno musculoso, lleno de tatuajes, con un aftershave que huele a
sándalo, y con manos del tamaño de mi cabeza.
Debí soltar su mano en cuanto recuperé el equilibrio, pero no lo hice.
La sostengo por unos segundos más, disfrutando su calor y la sensación
de su palma áspera contra la mía.
Después de unos segundos, él aprieta suavemente mi mano y luego la
suelta.
Es un gesto pequeño, afectuoso, ese apretón.
Pero hasta yo sé lo que significa.
Un abrazo de mano.
Mal idea.
Esto es una muy mala idea.
Algo, muy dentro de mi alma, me dice que, a pesar de que esto sea una
mala idea… aquí es donde pertenece mi corazón.
Siempre me he sentido orgullosa de ser una lectora empedernida.
Pero nunca imaginé que el mayor giro de mi historia aún estaba por
venir.
Porque Riagan O’Sullivan no es el héroe dulce de los libros... Es un alfa
intenso, con modales de villano y un corazón bondadoso que nadie, excepto
yo, llegó a conocer.
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
Una semana.
Siete días.
Ciento sesenta y ocho horas.
¿Cómo demonios voy a hacer que se enamore del
hombre que soy antes de que se enfrente a la
oscuridad de mi mundo?
Cero Disculpas
MILA
“Confía en tu instinto, Mila, y cuando te falle…
que se joda. Solo tienes una vida.” — R
H
e leído ciento de libros de romances, suficientes para saber que las
cosas no siempre son lo que parecen. Giros inesperados. Están en
todas partes en una buena historia, y Riagan O’Sullivan es un giro
enorme e inesperado. Uno que jamás vi venir.
Mira, sé lo que estás pensando.
¿Cómo es posible que aceptara irme con un total desconocido que aún
lleva puesta la camisa manchada de sangre que usaba cuando mató a otro
ser humano a sangre fría hace menos de una hora?
Debes pensar que estoy loca.
Y, para serte sincera, tal vez lo esté.
Mi nonna solía recordarnos a mis hermanas y a mí que siempre
confiáramos en nuestro instinto y en nuestro corazón.
Ojo, soy una persona lógica. Una que no entiende del todo los
sentimientos y todo ese rollo, pero sí confío en mis corazonadas.
Y mi instinto me dice que el hombre que ahora está recostado en el
asiento de su avión como un rey en su trono… es una pieza clave en mi
historia.
Nunca me creí lo suficientemente interesante como para tener una
historia que contar.
Por eso pasaba tanto tiempo con la nariz metida en un libro o con la
cabeza en las nubes.
Tampoco entiendo del todo esta sensación en el fondo de mi estómago.
Lo que sí sé… es que jamás la había sentido hasta que apareció este
hombre.
La siento ahora, y también la sentí una vez antes, la primera noche que
lo conocí. Fue como si lo hubiese conocido de toda la vida.
Hoy me desperté con la intención de sorprender a mi hermana Arianna.
Solo tenía buenas intenciones, y aun así el día dio un giro terrible.
Casi me matan en plena calle y a plena luz del día, y nadie—ni una sola
persona—se detuvo a ayudarme, excepto el hombre que ahora está sentado
tranquilamente a mi lado.
El hombre que, con solo mirarlo, la mayoría decidiría que es un
criminal sin piedad y saldría corriendo en dirección contraria.
¿Es un desconocido? Sí, lo es.
¿Lo conozco en lo absoluto? No, para nada.
¿Es un criminal? Por la forma tan satisfecha en que le voló los sesos a
otro hombre, diría que sí… con mayúsculas.
¿Tengo miedo? Otra vez… no.
¿Por qué no tengo miedo? Me lo pregunto.
Es inquietante, porque ¿qué lo hace diferente a todos los demás?
En ocasiones, los otros hombres que han disparado un arma cerca de mí
me han hecho temer por mi vida.
Pero esta vez no se siente así.
Riagan no se siente como todos los anteriores.
Quizá sean sus ojos.
Sus ojos me recuerdan a mi color favorito.
Azul claro.
También me recuerdan a un día soleado en la playa.
Mi sueño absoluto.
Arianna solía decir que se puede saber mucho de una persona con solo
mirarle los ojos.
Los ojos nunca mienten, incluso cuando la boca sí lo hace.
Sus ojos no me incomodaron en el breve tiempo en que sostuve su
mirada.
Al contrario, me hizo sentir cosas que nunca antes había sentido.
Cosas que solo había leído en mis libros.
Y luego, sus palabras:
Preferiría arrancarme el corazón del pecho a sangre fría, princesa,
antes que hacerte daño.
Admito que es algo exagerado, considerando que apenas me conoce.
Podría estar mintiendo.
Pero algo dentro de mí me dice que no lo es.
Parece un hombre que dice lo que piensa y que piensa lo que dice.
Por mi bien, espero que mis instintos no me estén fallando.
Me sobresalto cuando hay turbulencia, y aprieto con fuerza el cinturón
de seguridad.
Solo unas horas más… Mila, tú puedes.
Tres horas con cuarenta y cinco minutos. Eso fue lo que dijo Riagan que
duraría el vuelo.
Tres horas con cuarenta y cinco minutos en esta caja voladora que, en
cualquier momento, podría fallar y llevarme a la muerte.
Pero también podría morir en un accidente de auto.
O caminando por la calle.
Incluso podría morir a manos del hombre que está sentado a menos de
un metro de mí.
Suspiro y pienso: ¿cuáles son las probabilidades de que me preste su
celular para poder investigar o leer un buen libro en línea y así pasar el
tiempo?
Momentos como este, cuando estoy ansiosa y fuera de mi zona de
confort, mi celular y mi tableta de lectura son mi salvación.
Piensa en otra cosa, Mila.
Mira el lado positivo.
Dirijo la mirada hacia la ventanilla del avión, contemplando la masa
espesa de nubes que se extiende hasta donde alcanza la vista.
Ahora que estoy en el cielo y en camino, empieza a invadirme la
emoción.
Estoy volando.
En serio estoy yendo a otro lugar, en vez de mirar por la ventana y sentir
envidia de todo lo que tiene alas y puede irse volando a otro sitio, sin estar
atado a la misma ciudad de siempre.
Vamos rumbo a Turks y Caicos.
Olvidemos por un momento a los asesinos sueltos que quieren mi
cabeza o el peligro de estar con un completo desconocido—este
archipiélago encantado y mágico ha estado en mi lista de los cinco lugares
que quiero ver antes de morir.
Y ahora voy en camino.
Esta mañana estaba tratando de averiguar cómo mantenerme a flote, y
ahora estoy volando.
Giros del destino… te lo digo.
Cuando la vista de nubes, y más nubes, y oh, mira, aún más nubes, se
vuelve aburrida, dejo que mi mente viaje al pasado, a cuando conocí por
primera vez a Riagan O’Sullivan.
Hace más de siete años, en una noche de brujas, me crucé con un
hombre gigante con un tatuaje de mariposa en la garganta.
La oscuridad de la noche no me permitió ver mucho de él, pero sí
recuerdo los tatuajes en su cuello y su voz.
Grave y masculina, dejándome claro que era mucho mayor que mis
catorce años en aquel entonces.
Recuerdo lo sola que me sentía estando afuera de nuestra mansión, con
mi bonito disfraz de mariposa que hice con ropa vieja que ya no les
quedaba a mis hermanas, sin nadie con quien compartir ese momento.
Sí, mis hermanas estaban ahí, pero tenían una imagen que mantener.
Yo, en cambio, me escondía en el patio trasero, mirando las estrellas,
contándolas, y soñando con un día como hoy… y entonces, ahí estaba él.
Lucía un poco menos rudo que ahora, pero tenía la misma energía
intensa, fumando un cigarrillo como si ese hábito asqueroso no le quitara
años de vida.
Un hecho que le mencioné para romper el hielo.
Él no lo sabe, pero fue la primera persona que me habló fuera de mi
familia y los empleados.
El primer hombre que me trató como a un ser humano y no como a una
molestia o un error.
Milagrosamente, la vida dejó de parecer tan insípida después de esa
noche.
No volví a verlo hasta esta mañana, pero todo empezó a verse un poco
mejor desde que lo conocí.
Empecé a pintar más, y Carlotta me consiguió todo lo que necesitaba
para hacerlo cuando mi padre me negaba incluso eso.
También fue ella quien me compró mi primera computadora, que luego
convenció a mi hermana de que era necesaria para fines académicos… y
que sería nuestro secreto.
Sí la usé para aprender, pero también la usé para escribir cartas en un
programa de amigos por correspondencia. Una iniciativa para ayudar a
personas anónimas a sentirse menos solas.
Funcionó.
Desde aquella noche, ya no me sentí tan sola, así que supongo que ese
hombre fue mi amuleto de buena suerte en aquel entonces.
No sé si lo sigue siendo.
El jurado aún está deliberando sobre eso.
Aunque en ese momento no parecía amenazante, y ahora… tampoco se
siente así.
Al notar un movimiento con el rabo del ojo, aparto la mirada de la
ventana y veo al hombre al que Riagan llamó Kelly salir de la cabina del
piloto, caminar hasta donde está sentado Riagan, decirle algo al oído y
luego regresar a la cabina.
—Qué grosero —suelo decir sin pensar, porque el silencio y el
aburrimiento ya me están afectando.
Miro hacia donde está sentado Riagan, revisando su celular.
—¿Qué es grosero? —Mis ojos viajan de su cuello a su rostro, y lo veo
sonreír. Cuando sonríe, un lado de su boca se levanta más que el otro.
De repente, me cae el veinte: estoy en un avión rumbo a un lugar nuevo
con un hombre mucho mayor, increíblemente guapo, con músculos
bronceados cubiertos de tinta.
Trago saliva con dificultad y le digo:
—Los secretos. Compartir secretos frente a otras personas es grosero.
Su sonrisa se amplía, y mi estómago da una doble voltereta.
Observo cómo deja el celular a un lado, justo al lado de su arma, sin
apartar la mirada de mí.
Mi corazón se ralentiza por un segundo mientras él permanece en
silencio. ¿Qué estará pensando?
Si sonrió, eso significa que no le molestó mi comentario… ¿cierto?
Pero he visto a hombres hacer daño con una sonrisa en la cara.
¿Por qué los humanos tienen que ser tan confusos?
Por eso prefiero mis plantas.
Son fáciles de comprender. Solo necesitan agua, luz y un toque
delicado.
Aunque… ¿no necesitamos todos eso?
—Tienes razón —dice al fin.
—Lo sé —susurro.
Vuelve a reír. ¿Por qué se ríe? Yo no hice ningún chiste.
—Los secretos son groseros. Aunque Kelly no compartió un secreto,
cielo. Solo me estaba avisando que todo está listo para cuando aterricemos.
Frunzo el ceño.
—Tienes razón. Eso no es un secreto. Pudo haberlo dicho en voz alta.
—Pudo haberlo hecho. La próxima vez me aseguraré de que así sea.
—Lo siento —suelto de nuevo, sin pensarlo.
Dios. Aquí vamos. Empezaré a divagar y él se va a fastidiar.
Inclino la cabeza, giro el rostro y vuelvo a mirar por la ventana,
usándola como escudo para lo que, sin duda, vendrá después.
—Mila —su voz es firme, pero de una forma extraña, es dura y suave al
mismo tiempo. ¿Cómo lo logra? No lo sé.
—Mírame —ordena, con una dulzura que desarma.
Tardo unos segundos, pero hago lo que me pide.
Intento mirarlo sin bajar la cabeza ni dejar que mi cabello me cubra el
rostro como solía hacerlo mi gorra.
Mis ojos se encuentran con los suyos el tiempo suficiente para encontrar
calidez en su mirada, en lugar de enojo o molestia.
A eso estoy acostumbrada—al fastidio de los demás—pero no a la
calidez.
No de personas que no están acostumbradas a personas como yo.
Personas que no encajan en sus cajas perfectas.
—Nunca digas lo siento. Ni a mí, ni a nadie. No por hablar ni por hacer
preguntas. Solo se pide perdón cuando haces daño. A alguien que no lo
merece. Y cielo, tú no me has hecho daño, así que no hay razón para
disculparte. ¿Quieres compartir verdades durante todo el vuelo hasta las
islas? Hazlo, yo te escucho. ¿Prefieres quedarte en silencio? También está
bien. Pero lo que no vas a hacer es disculparte por ser tú. — Cuando
termina, todo lo que puedo hacer es quedarme sentada, con el corazón
latiendo rápido y la mente girando con las palabras que acaban de salir de
su boca.
Las personas en mi vida están acostumbradas a mis rarezas. Incluso me
animan a ser yo misma.
Pero, en el fondo, sé que a veces se frustran, aunque sea por un
segundo.
Son humanos, no son perfectos. Lo entiendo.
Pero también he sentido que no me entienden del todo.
Que estoy sola en mi forma de ser.
Y ahora aparece este hombre, diciéndome que sea yo sin filtros, y que
jamás me disculpe por eso.
Me deja sin palabras.
Entro en pánico por un momento, intentando encontrar las palabras
correctas, pero me quedo en blanco.
Así que digo lo primero que me viene a la mente.
La respuesta más fácil.
—Está bien.
Sigo sus movimientos mientras saca una caja de cigarrillos de su
bolsillo, toma uno y lo coloca entre sus labios.
¿Va a fumar aquí? ¿Sabe que el humo de segunda mano mata?
Observo el cigarrillo entre sus labios cuando dice:
—Está bien.
Supongo que eso es todo.
Tan fácil.
Nada en mi vida había sido tan simple.
Es raro.
Hasta este momento, no había dicho mucho desde que abordamos el
avión.
Sí respondió mis preguntas sobre Gus, pero de forma vaga.
Me dijo que Gus—el hombre que ha sido mi guardia durante años—es
un agente doble.
Me niego a pensar en él como un traidor, aunque sé que mi hermana lo
verá exactamente así.
Gus tenía la tarea de cuidarme por ambos lados.
Por órdenes de mi hermana Kadra… y también de Riagan.
Sé que hay más detrás de esta historia, y mi mente no va a descansar
hasta que descubra exactamente qué está pasando.
Tiene que haber algo más.
Lo voy a descubrir.
Miro a Riagan de nuevo.
Para ser alguien a quien le cuesta mantener el contacto visual, me
descubro queriendo mirarlo más.
Todo esto es tan nuevo…
Tan emocionante y liberador.
Antes no podía hacer esto.
Tenía miedo.
Y ahora… aquí con él, no lo tengo.
El avión se sacude un poco más, pero mis nervios ya se han ido.
Riagan dijo que me ofrecería silencio si eso era lo que yo deseaba, pero
no lo es.
No me molesta su voz.
De hecho, me gusta el sonido de ella. Y de su risa.
Me doy cuenta de que no es de esas personas que sienten la necesidad
de llenar el silencio con conversaciones vacías o básicas como ¿cuál es tu
color favorito?
En cambio, rompe el silencio después de un rato.
—¿Te gustan las plantas, Mila? —murmura con un cigarrillo apagado
colgando de sus labios mientras señala mi muñeca derecha, donde llevo una
pulsera hecha a mano con un pequeño trébol de cuatro hojas.
Hice esta pulsera para mí y una igual para Carlotta hace un par de años.
Asiento, mirando en su dirección.
—Sí, me encantan —le sonrío con dulzura—. ¿Y a ti?
Sonriendo de lado, hace un gesto con su dedo tatuado hacia su axila
izquierda, donde tiene tatuado un trébol de tres hojas.
—Sí, preciosa. Me gustan.
Interesante.
Emocionada, me inclino hacia adelante en mi asiento, acercándome a él.
—¿Sabías que el trébol se asoció con el pueblo irlandés después de que
los druidas fueran expulsados de Irlanda? —le digo, casi sin aliento.
Lo sé todo al respecto. Me hice la promesa de aprender todo lo que
pudiera por si algún día ya no puedo hacerlo. Aprender fue difícil para mí
porque todo lo que sé me lo enseñaron mis hermanas, Carlotta o lo encontré
en internet, ya que se me negó el derecho a una educación.
La mayoría da por sentado el privilegio de la escuela y del aprendizaje,
pero yo sé lo que se siente mirar un libro y no entender nada. Sé lo
vergonzoso que es evitar una conversación por miedo a no saber lo mismo
que los demás y ser objeto de burlas.
Así que usé los pocos recursos que tenía, a pesar del abandono de mis
padres, y trabajé duro.
Hice del conocimiento mi misión. Aprender de todo, a toda hora.
Siempre estoy aprendiendo algo.
Y sobre plantas… ya soy una experta. Lo digo con orgullo.
—No lo sabía, Mila. Cuéntame más — Riagan dice en un tono que no
logro descifrar.
Qué sensación tan extraña.
El pecho se me aprieta, y el estómago me da un vuelco, como si cada
molécula de mi cuerpo lo reconociera.
Sonriendo de oreja a oreja, hago lo que me pide.
Y le cuento más, todo el camino hasta aterrizar en otro lugar.
Un lugar mágico.
Con este hombre extraño… y a la vez, familiar.
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
“Puedes robarme el tiempo, robarme el aire, pero este
sueño? Nadie me lo quitara.”
Plantas y otras mierdas
RIAGAN
“Vi una estrella fugaz y pensé en ti.” — R
—N o lo sabía, Mila. Cuéntame más.
Odio escuchar a la gente hablar. Principalmente porque la
mayoría del tiempo no tienen nada útil o sustancial que decir.
Nada que me interese en lo más mínimo, excepto cuando hablan de
negocios y dinero.
Pero esta chica podría hablar literalmente de cualquier cosa todo el día,
y yo la escucharía pacientemente y pediría que nunca terminara de hablar.
También le mentí. Le dije que no le mentiría, pero hay mentiras que se
justifican.
Mentiras piadosas, así las llaman.
Lo hice de todas formas, solo para poder escuchar su voz y ver cómo se
iluminaba su cara cuando hablaba de las cosas que ama. Por supuesto, sé lo
que el trébol significa para mi gente. También sé lo que significa para el
clan irlandés.
El trébol de tres hojas se usaba para explicar la santísima trinidad:
Padre, Hijo y Espíritu Santo. También representa fe, esperanza y amor.
En mi mundo, el trébol de tres hojas representa poder, dinero y caos.
La cuarta hoja es de donde viene la suerte.
No le digo nada de eso. En cambio, escucho su explicación sobre la
planta.
Mientras habla, la observo.
Maldita sea, es increíblemente hermosa.
Esa sería la única manera justa de describirla.
Y siento que ni así le hago justicia.
Hay un leve toque de exotismo en sus rasgos, en su piel besada por el
sol, en su melena dorada de rizos que le llega hasta la cintura, y en sus ojos
azul claro. Ojos que a la luz del sol parecen más verdes que azules. Su
mandíbula es pequeña, su nariz también, recta, sus labios gordos, sus cejas
un poco más oscuras que su cabello.
Simplemente… demasiado jodidamente hermosa.
Ni siquiera era justo para el resto del mundo.
La princesa Parisi era una niña linda cuando la vi por primera vez, pero
la mujer que tengo frente a mí es increíblemente hermosa sin siquiera
intentarlo. Una habilidad que la mayoría de las mujeres no poseen.
Y su voz.
Aunque suave, es igual de bonita que todo lo demás en ella. Seductora,
podría decirse.
Esta chica.
Esta chica que parece un rayo de sol embotellado es una contradicción
ambulante.
Está vestida con un vestido blanco con flores que la hace parecer una
princesa sacada de un cuento de hadas. Como si hubiera caído en un portal
del tiempo que la sacó de los cincuenta y la dejó caer justo en el presente.
Siempre me había gustado el tipo de mujer reina del baile, con senos
grandes y todo falso. El completo opuesto de Mila.
Para mí las mujeres eran solo para sexo. Nada serio. Solo un cuerpo en
el que perderme y escapar de la mierda horrible con la que lidio todos los
días, aunque sea solo por unas horas, pero entonces conocí a esta chica y
con solo una sonrisa estaba olvidando mi propio nombre. Estaba rompiendo
todas las reglas.
—Riagan.
Sonrío ampliamente cuando dice mi nombre. Joder, pero me encanta
cómo lo dice. Riagan, no Rian. Me llama por el nombre que me dio mi
madre al nacer.
—¿Sabías que la planta del trébol es miembro de la familia de las
leguminosas?”
—No, no lo sabía. —Es cierto. Mi conocimiento sobre la planta solo
llega hasta ahí. Ella pone una expresión adorable en el rostro que dice que
no puede comprender que yo no lo supiera.
—¿Sabías que por cada 10,000 tréboles de tres hojas hay uno de cuatro
hojas que es el de la suerte?
Lle comparto un dato curioso. ¿Estoy tratando de impresionarla? Sí, y
no me importa un carajo si parezco un tonto. Vale la pena.
La observo fascinado mientras su boca se entreabre y sus ojos se
encuentran con los míos por un segundo antes de que vuelva a mirar mi
mejilla.
—Ese dato me lo perdí.
Contengo la risa que burbujea en mi pecho. No solo es adorable, sino
que además es muy graciosa y ni siquiera se da cuenta.
—Ahora ya lo sabes. —Me recuesto en el asiento y me trueno el cuello
al hacerlo. Joder, odio volar.
Mato, miento y engaño para vivir, y le tengo miedo a volar. Pero la
belleza que está a pocos pies de mí es la distracción perfecta.
—¿Puedo preguntarte por qué te gustan tanto las plantas? —La mayoría
de las mujeres disfrutan de las joyas, el dinero y el estatus, pero esta chica
prefiere cosas simples, como las plantas. Sabe demasiado sobre ellas.
Mila se recuesta en su asiento y estira las piernas, acomodándose. La
expresión en su rostro me hace desear no haber hecho la pregunta. Ya no
está radiante de emoción.
—No tienes que decírmelo, cariño.
Suspira, pero no me mira. En cambio, baja la vista hacia sus manos, que
ahora están entre sus piernas.
—Está bien —susurra, y eso me duele.
¿Qué diablos pasó en esa casa infernal que la hizo tener miedo de ser
quien es? Ese cabrón Parisi tiene suerte de que su hija lo haya hecho
desaparecer, y yo no puedo poner mis manos sobre él. Lo destriparía como
a un maldito pez antes de orinar sobre su cadáver. Los padres deberían
cuidar y proteger a sus hijas. Deberían ser esa persona segura a la que
siempre puedan recurrir sin dudar, pero ese desgraciado fue su peor
pesadilla, y no tengo duda de que es la razón por la que Mila tiene
demonios en sus ojos cuando cree que nadie la está mirando.
—¿Sabías que la soledad es un sentimiento demasiado común
experimentado por una cantidad impresionante de personas?
—¿Te sientes sola, Mila? —Pregunto, pero no creo que me haya
escuchado hasta que veo que sus labios se curvan en una sonrisa triste.
—No tanto ya, pero en un momento estuve muy sola. Luego aprendí
sobre las plantas y cómo ayudan más que solo al planeta. —La tristeza en
sus ojos desaparece. Gracias a Dios, porque no soporto las lágrimas.
—A la mayoría de las personas les gusta cómo se ven las plantas en sus
casas y oficinas. Su estética. Para mí, las plantas me dieron algo a qué
cuidar. Cuando paso tiempo con ellas, siento una conexión profunda, lo cual
para mí es necesario para combatir la soledad. También me dieron un
propósito.
Mila respira profundo y continúa. —Me resulta… difícil conectar con
otras personas, pero no con las plantas. Son fáciles de amar y cuidar.
Cuando lo dice así, no puedo estar más de acuerdo. Los humanos son
podridos, pero las plantas, e incluso los animales, son más fáciles de cuidar.
De amar.
Me quedo callado, disfrutando que hable y comparta conmigo algo que
ama, aunque no se dé cuenta de que eso es exactamente lo que está
haciendo. Me está dando pedazos de sí misma y yo muero por más.
—¿Tienes una planta favorita? ¿Una flor? —pregunta con tanta dulzura
que puedo sentir que mi corazón salta un latido.
Inclinado hacia adelante, estoy tan cerca que puedo olerla. Dulce. Muy
dulce. Huele a una mezcla de coco y vainilla. Irresistible. Cuando estoy lo
suficientemente cerca como para sentir su aliento en mi piel, abro la boca
para responderle, pero antes de que pueda decir una palabra, nos
interrumpen. En ese momento, siento ganas de destripar a la persona que,
con su repentina interrupción, hizo que Mila se encerrara en sí misma y
volviera a mirar por la ventana.
—¿Le gustaría algo para beber, señor? ¿O puedo ofrecerle algo de
comer? —pregunta la asistente de vuelo, Imogen.
Noto su tono coqueto y sus insinuaciones sexuales. ¿De dónde saca esta
mujer que siquiera consideraría tocarla con un palo de diez pulgadas? Es
atractiva, sí, pero no es la correcta. Además, me enfurece cuando ignora
deliberadamente a mi invitada.
Volteo el rostro y me dirijo a Mila que ahora mira por la ventana
mientras se toca el pecho al mismo tiempo. ¿Por qué hace eso? Me
pregunto. ¿Le duele el pecho?
—Mila. —Hago todo lo posible por sonar menos intimidante y más
suave al hablarle. Me recuerda a un cervatillo. Increíblemente adorable,
pero muy vulnerable.
Mila gira el rostro y debo tomar un momento para recuperar el aliento.
Esta chica me arruinó para todas las mujeres.
—¿Sí?
—¿Quieres algo para beber? ¿Tienes hambre?
Ella mira cautelosamente a Imogen, luego vuelve la mirada hacia mí.
—Agua está bien. —En cuanto pronuncia esas palabras, un gruñido
bajo y sutil sale de ella. Su estómago. El calor sube por su cuello y tiñe su
mejilla de un bonito tono rosa.
Sonrío cuando baja la cabeza avergonzada. Joder, adorable. Estoy bien
jodido.
Sin apartar la vista de ella, ordeno:
—Ella va a querer un sándwich de pollo a la parrilla. Sin lechuga ni
tomate. Una porción de macarrones con queso y una orden de papas waffle.
Una soda para ella y un vaso de whiskey para mí.
Cuando termino, ambas mujeres me miran con cara de incredulidad.
Una me observa, un poco avergonzada, y la que me importa me mira como
si hubiese leído su mente y ahora estuviera completamente asustada. Sí,
quizá estoy actuando muy intenso, pero joder, tiene hambre.
Cuando Imogen no se mueve, la miro con una expresión fría e
indiferente. No soy un desgraciado. No maltrato a las mujeres, pero esta
pensó que era astuta y eso no me gusta ni un poco.
—Anda, mi invitada tiene hambre.
La cara de Imogen se tuerce en un ceño enfadado, pero tiene el buen
juicio de no abrir la boca. Le hago un gesto para que se apure, lo que la
irrita aún más.
Antes de que se aleje por donde vino, una voz dulce la detiene.
—Disculpe. —Tanto Imogen como yo volteamos hacia Mila.
—¿Sabes cuál es la tasa de mortalidad de los aviones? —No puedo
evitar sonreír cuando Mila dirige la pregunta a la asistente de vuelo sin
apartar la mirada de la ventana.
La asistente la fulmina con la mirada y luego, al mismo tiempo, pone
los ojos en blanco hasta las cejas.
Antes de que diga algo que pueda hacer que la eche de este avión, le
lanzo una mirada de advertencia.
Una que dice: Di una palabra para molestar a mi invitada y serán las
últimas palabras que pronuncies.
—Lárgate —añadí.
—¿No le gusta mucho su trabajo, verdad? —Mila finalmente aparta la
mirada de la ventana y me mira a mí. Observa mis labios, para ser precisos.
Una sonrisa se dibuja en una esquina de su boca.
—¿Qué te hace pensar eso? —pregunto, disfrutando demasiado su
mirada fija en mí. Puede que no me mire a los ojos, pero joder, su mirada
quema mi piel, y lo más entrañable es que ni siquiera tiene idea de cuánto
me afecta. Ninguna.
—Puedo sentir... actitud —murmura.
—No tiene nada que ver con su trabajo, cariño. Le pago bien y puede
viajar por el mundo.
—Entonces no entiendo cuál es su problema —frunce el ceño mientras
probablemente piensa en qué pudo haber hecho que la asistente de vuelo
actuara tan grosera con ella.
—Algunas personas son simplemente mezquinas, mariposa. —Me
encojo de hombros.—Mezquinas, groseras y aburridas, y eso es razón
suficiente para fingir que no existen.
No le digo que la razón por la que Imogen fue grosera con ella es
porque no puede compararse.
Su grosería estaba motivada por los celos. Simple.
—¿Mariposa? ¿Por qué me llamaste así? Ese no es mi nombre. Mi
nombre es—
Conteniéndome una risa, digo: —Sé tu nombre. Te llamé mariposa
porque me recuerdas a ellas. Bonita, delicada y rara.
Sus ojos se vuelven de un tono turquesa más brillante, y la esquina de su
boca se levanta lentamente.
—Mi padre solía llamarme retrasada, así que supongo que llamarme
insecto es un avance.
En el momento en que esa palabra horrible sale de su boca, un deseo de
dar la vuelta a este avión y darle una visita a su padre se apodera de mis
sentidos. Ese hijo de puta Parisi siempre ha sido y siempre será un cabrón,
hasta el día que dé su último suspiro.
—No digas esa mierda. —Trato de contenerme para no regañarla.
—Sabes que soy autista, ¿verdad?
Me encogí de hombros. Por supuesto que lo sé.
No significa nada para mí.
La observo mientras me mira con el ceño fruncido y sus ojos se mueven
rápidamente. No necesito leer mentes para entender que está tratando de
medir mi reacción ante su confesión.
—Por mi discapacidad, puedo perderme señales sutiles. Necesitarás
explicarme las cosas de forma directa. —La escucho.
Solo la miro a ella. —Lo que necesites, Mila —le digo, sin inmutarme.
Ella asiente. —Gracias —sonríe, luego dice—. Me gusta. Mariposa.
También cariño —aclara.
—A mí también me gusta, Mila. —Me gusta mucho más de lo que un
hombre como yo debería.
—No soy débil, ni soy estúpida —susurra tímidamente,
sorprendiéndome con el cambio repentino.— La mayoría de la gente se
entera de mi discapacidad y me mira diferente, como si me faltara algo.
Están equivocados. Soy muy inteligente, y podría decir que más que la
mayoría, y mi discapacidad no me define. Se llama Síndrome de Asperger o
trastorno del espectro autista, y es parte de mí, sí, pero no es todo. Soy más
que una discapacidad.
Ella lo es.
Es amable cuando solo ha conocido dureza y crueldad.
Es brillante y talentosa.
No la veo diferente, y nunca lo haré. Nunca lo he hecho.
Asiento, mirándola mientras ella baja la mirada hacia sus manos. —Lo
sé.
—Soy fuerte —murmura tan suavemente que casi no lo escucho.
—Lo eres.
—Puedo cuidar de mí misma y de mi gente —habla un poco más fuerte
ahora.
—Sé que puedes. —Pero ahora estoy aquí, y yo cuidaré de ti. Quiero
decirlo, pero me trago las palabras, sin querer revelar todas mis verdades
tan pronto y asustarla.
Sus ojos intentan enfocarse en mi rostro por un segundo más que la
última vez, y aunque tuve su mirada clavada en la mía por menos de un
minuto, pude sentir cómo su mirada quemaba mi alma. Esos hermosos ojos
suyos seguramente serán mi perdición, porque una sola mirada de ella hace
años se grabó en mi memoria. Solo una mirada, y ella se volvió mi asunto
personal.
—Mi evaluación sobre ti antes fue incorrecta —dice mientras se toca la
barbilla tres veces y mira a cualquier parte menos a mi cara.
Suprimo las ganas de reír porque no quiero que sienta que no la tomo en
serio. Me reclino en el asiento y pregunto con cara seria:
—¿Cómo así?
—Bueno, en el callejón pensé que eras un villano que había venido a
hacerme daño... —Sus palabras suenan infantiles, y me enfurece cómo un
corazón tan tierno pudo ser tratado como ella fue. Aprieto los dientes,
reprimiendo el impulso de decirle lo que realmente pienso de su familia de
mierda, pero en vez de eso, me quedo callado y la dejo continuar.— Pero no
me has lastimado, y no creo que lo hagas.
Un suspiro que no sabía que estaba conteniendo se escapa cuando lo
dice. Bien. Al menos no me teme. En este mundo, hay muchas cosas a las
que una chica como ella debería temer, pero no a mí. Nunca a mí. Y de
ahora en adelante, si tengo algo que decir al respecto, ella nunca volverá a
temer nada. Porque aunque no estuviera físicamente con ella, siempre
estuve presente. De muchas maneras. Ella simplemente no lo sabe. Lo
sabrá.
—Creo que eres un poco de ambos —sus palabras suaves interrumpen
mis pensamientos.
Sacando mi Zippo, juego con la tapa de metal. —¿Ambos?
Ella asiente con entusiasmo mientras sus rizos salvajes saltan alrededor
de su rostro. —El villano y el héroe —sonríe radiante antes de recostarse en
su asiento, agarrándose fuerte al cinturón de seguridad.
Pensó en mí como villano y ahora también como héroe.
Algo se mueve en mi pecho.
Hay presión, y tengo que esforzarme para recuperar el aliento porque su
confianza en un hombre como yo es admirable, incluso después de la vida
que ha tenido. Y aún así, me vio asesinar a un hombre y sigue viendo
cualidades heroicas en mí. Nadie me ha mirado así en solo un día.
Que alguien me vea como esta dulce chica me ve.
Excepto dos personas.
Mis padres.
Así que aquí y ahora, me prometo a mí mismo que atesoraré su
confianza y que incluso en mi momento más oscuro la mantendré cerca.
Porque un hombre como yo sabe que una chica como ella es demasiado
jodidamente buena para ser verdad.
Ella debería haber sido la última mujer que me interesara. Mila es
protegida y de buen corazón.
Ve luz en la oscuridad. Bondad en la desesperanza.
Su piel está perfectamente intacta, y la mía no solo está tatuada sino
marcada por las cicatrices de los pecados que he cometido a lo largo de mi
vida.
Disfruto el sonido de mi arma disparándose justo antes de quitar una
vida, y a ella eso la altera.
Este poder que tiene sobre mí es inexplicable, aunque quizás eso era lo
que más me gustaba de ella.
Pero había algo en Mila.
Y no ayuda que sea preciosa.
Y ni siquiera ella lo sabe. Nunca había conocido a una mujer hermosa
que no estuviera al menos algo consciente de su belleza.
Joder.
Y qué rostro.
Labios llenos, algo grandes, pómulos prominentes, nariz recta, cejas
algo naturales —lo cual era refrescante. En realidad, en general, parecía no
llevar casi maquillaje, salvo un poco de rosa en los labios que creo es el
tono natural de los mismos. Hermosa.
Esa noche, cuando la conocí, salí de la mansión Volpe y traté de sacar
de mi mente la imagen de la chica con ojos tristes, pero no pude. Fallé. Me
pregunté si estaba bien. Si la maltrataban de alguna manera. Al principio
fue solo inocente, hasta que años después, las líneas que trazaba empezaron
a borrarse y no pude dejar de verla. Esas malditas mariposas en su cabello.
Esos ojos azul claro, desenfocados y doloridos, mirándome. Y de repente se
volvió mi jodido problema.
Sí… mujeres como Mila no terminan con hombres como yo, pero a la
mierda, la quiero para mi.
Veinte minutos después, Imogen llega con nuestra comida y con una
nueva actitud. Luego, paso el resto del vuelo bebiendo un vaso de whisky
mientras Mila devora su comida y comparte una docena o más de datos
científicos que aprendió esa misma mañana.
Sin duda puedo decir que estas cuatro horas con ella son de las mejores
en mucho tiempo. Si no las mejores.
Antes, no entendía bien lo que siento por la más joven de las Parisi.
Pensaba que solo era lástima.
Hasta que entendí qué era realmente.
Qué la hace diferente de las que vinieron antes.
Mila Areya Parisi se siente como un hogar.
Mi hogar.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“Llegaste a mi vida cuando menos lo esperaba y mi
corazón sano cuando te sintió.”
Brisa isleña y sueños
mágicos
“Abre tus ojos y ve… ve todo lo que podríamos
ser.” — R
M
i corazón acelera cuando la puerta del avión baja, y la brisa toca mi
rostro casi como un suave primer beso. Cerrando los ojos, guardo
este momento en mi memoria para los días oscuros que vendrán,
tomando una respiración larga y profunda, luego abro los ojos una vez más.
Intento parpadear tres veces, pero no despierto como otras veces, cuando
me he quedado atrapada en un sueño.
No, no estoy soñando.
Esto es real.
Con la emoción de un niño en la mañana de Navidad, bajo las escaleras.
Lo primero que noto es lo brillante que está todo y lo tropical que se siente
el clima. Luego observo el enorme aeropuerto, no muy lejos de donde
estamos. Con cada paso que doy, siento cómo se rompen las cadenas
invisibles que mi padre puso sobre mí.
Siento que se rompen, y de repente puedo respirar sin sentir que lucho
por el próximo aliento.
Esto es.
Realmente estoy aquí.
Es la primera vez que salgo del país y la primera vez que estoy tan lejos
de casa. Lejos de todo lo que conozco y amo, mis hermanas.
Todo es diferente aquí comparado con Detroit.
Hasta el olor.
Como una de esas velas con aroma tropical que a mamá le encantaban
tanto. Ginevra Parisi tal vez no me prestaba atención y daba poco o nada de
cariño a mi y a Arianna, pero seguro que amaba sus pastillas felices, el
dinero de papá y las velas aromáticas. Supongo que ser rara es un rasgo
común en su lado de la familia.
Apartando mis pensamientos de mi madre ausente, me concentro en el
ahora.
Con la emoción de dejar atrás el avión y explorar este lugar mágico, no
cuido mi último paso, y tropiezo hacia adelante, lista para caer al suelo,
pero antes de hacerlo, una mano tatuada enorme me agarra suavemente por
la cintura y me jala de regreso contra un pecho firme.
Me preparo para lo inevitable. La picazón en mi piel y la respiración
agitada cuando siento contacto no deseado, pero nunca llega. En su lugar,
está esa sensación de cosquilleo en el estómago de antes. Las mariposas…
Igual que cuando él me mira o me habla suavemente.
El contacto no dura mucho porque, antes de darme cuenta, extraño su
toque cuando me suelta una vez que asegura de que estoy agarrada de las
barandas y da un paso atrás.
Extraño su mano en mi piel.
Yo, la persona que odia no solo las miradas de extraños, sino también su
contacto, extraño el toque de un hombre cuyas manos no están limpias sino
culpables de derramar sangre, y sin embargo, no me importa. Ni un poco. Si
Carlotta me viera ahora, no lo creería.
Odio los líos y a las personas desordenadas, y aquí estoy.
Un lío gigante, y él es testigo de eso. No lo oculto como lo he hecho con
otros toda mi vida.
Le compartí mi condición, y él simplemente se encogió de hombros
como si no fuera nada. Como si ser diferente a él no significara nada en
absoluto. No sabía qué esperaba, pero su reacción me sorprendió.
Normalmente, la gente se aparta o pone una expresión de lástima como
si de repente me hubiera declarado tonta. ¿Pero un encogimiento de
hombros? Yo... bueno, no recuerdo haber recibido esa reacción antes.
Mi cerebro está hecho un desastre, y cada segundo que paso con Riagan
me ha demostrado que, tal vez, solo tal vez, una vida, un corazón y una
mente desordenados no son tan malos después de todo. Esto es malo. Muy
malo.
Algo que necesitas saber sobre mí es que tengo ciertas compulsiones y
obsesiones. Algunas que tienen sentido para mí pero no para los demás.
Cuando encuentro algo fascinante... lo guardo para mí.
Lo estudio, lo cuido hasta que me apego a ello.
Riagan O’Sullivan, con sus ojos grandes y expresivos, su sonrisa bonita
y su extraña habilidad para hacerme sentir cosas que nunca antes había
sentido, se está convirtiendo en una obsesión peligrosa.
Una que no sé si podré combatir.
El viento sopla suave, tocando mi rostro, lo que me hace sonreír.
Recuerdo que no estoy sola cuando mi nueva obsesión habla.
—¿Puedes oler el mar desde aquí?
Arrugando la nariz, miro por encima de mi hombro y noto a Riagan
parado detrás, imponente sobre mí. El sol está tan brillante que tengo que
levantar la mano para cubrir un poco mis ojos. Creo que nunca he visto el
sol brillar tan fuerte, o tal vez es solo mi mente jugando conmigo. Todo lo
que sé con certeza es el clima de Detroit—sus días soleados no se comparan
con esto.
Sin encontrar la mirada de Riagan, murmuro con sinceridad:
—No sabría a qué huele el mar. —Supongo que a sal y algas.
—Nunca he ido a una playa antes. Lo que sé es por internet y por lo que
me cuentan Carlotta y Gus. —Frunzo el ceño, tratando de no recriminarme
por admitirlo en voz alta. La verdad, me siento estúpida. ¿Qué pensará de
mí? Que no solo soy una chica ingenua, sino también inexperta en casi
todo. Respiro hondo, calmo mis nervios y miro hacia adelante,
preguntándome cómo es posible ver el mar desde tan alto.
Sintiendo más valentía que hace un momento, le confieso otra verdad a
este hombre que en realidad no conozco.
—No sé mucho del mundo aparte de lo que leo en internet y veo en la
televisión.
—Eso cambiará a partir de ahora, cariño. —Dice con ese tono áspero
pero suave que tiene, y que me hace querer escuchar su voz durante horas.
Es extraño cómo la voz de alguien puede causar una reacción tan
desconocida en mí.
Confundida, vuelvo a mirarlo.
—¿Cómo es eso? —Mis ojos recorren desde su cuello hasta sus ojos, y
me enorgullece lograr sostener su mirada mucho más tiempo de lo que he
hecho con cualquier otra persona. ¿Qué tiene él? ¿Por qué actúo diferente
con él? ¿Y por qué me gusta sentir su mirada sobre mí cuando antes me
desagradaba muchísimo tener atención? Ya sea buena o mala. Pero no con
él. No con este hombre. La pregunta es ¿por qué?
—Ya verás —responde con un tono ronco, diferente al anterior, que
hace que se me erice la piel en la nuca y se me pongan los pelos de punta.
—Eres tan confuso para mí —susurro para mis adentros. Qué día tan
extraño. Mi vida siempre ha sido común hasta ahora.
De la nada, un auto deportivo —un Ferrari azul brillante— se detiene
frente a él con las puertas abiertas hacia arriba.
He visto muchos autos caros antes, pero ninguno había llamado tanto mi
atención. Los autos son cosas materiales, pero este es demasiado hermoso
con ese color que me recuerda al mar que no está tan lejos de aquí.
Después de un largo momento en silencio, parados viendo el auto,
Riagan da un paso a un lado, camina alrededor del Ferrari y se detiene junto
a la puerta del pasajero. Ya no estoy admirando el auto, sino al gigante
tatuado. Tiene una sonrisa amplia y una mirada intensa. Me hace un gesto
para que me acerque.
—Solo tienes una vida, Mila Parisi. ¿Quieres desperdiciarla
preguntándote qué se siente realmente vivir y no solo existir, o quieres venir
conmigo y ver por ti misma lo hermosa y liberadora que puede ser?
Sus palabras me envuelven, recordándome mi realidad.
Vivir y no solo existir… ¿cómo se siente eso? Porque todo lo que
conozco es sobrevivir. Si pudiera simplemente sobrevivir y aguantar un día
más en soledad, tal vez algo bueno llegaría al día siguiente, pero nunca
sucedió. Mejoró, sí, pero siempre era lo mismo.
Solitario.
Sin color.
Aunque me mantuviera positiva y hiciera todo lo posible por estar
agradecida de estar viva.
Estaba viva, pero no estaba viviendo.
Sus palabras penetran mi mente, y me encuentro atrapada entre mi lado
lógico y mi lado curioso.
Una parte de mí me dice que esto es peligroso, y la otra parte, la niña
que vivía solo en sombras, anhela más.
Más de la vida que castillos solitarios y sombras frías.
Quiere hacer realidad sus sueños.
Lo que este hombre está haciendo ahora.
Porque debe estar destinado a ser, ¿no? Volar. Visitar otros países. Este
lugar impresionante, Turks and Caicos, son todos sueños que nunca pensé
posibles, y sin embargo, aquí estoy.
Un día, Mila… La voz de mi hermana, cuando éramos niñas soñando
con una vida mejor, resuena en mi mente, ahogando todas las dudas.
Tomé una decisión.
Escuché su voz e ignoré toda lógica.
Mirando otra vez su auto carísimo, noto que es un vehículo de dos
asientos. Expreso el primer pensamiento que se me ocurre.
—¿Y tu amigo? —Señalo detrás de mí, hacia donde su amigo o
empleado, todavía no sé cuál, está parado sin decir mucho. El hombre
parece salido de una campaña de moda, pero hay un aura de salvajismo y
superioridad a su alrededor. Una muy parecida a la de Riagan. Del tipo de
“atrévete a mirarme mal y te corto la garganta de oreja a oreja, te
descuartizo y me aseguro que nunca encuentren tus restos”.
Un escalofrío me recorre la columna vertebral.
Por un segundo, olvidé que estaba en presencia de criminales, y esto no
es un cuento de ficción.
Estos hombres están en el mismo negocio que mi hermana, y no la
llaman la reina de la oscuridad por nada.
—Kelly estará bien y nos encontrara después. ¿No es así, Kelly? —
Riagan extiende la mano hacia mí, llamándome a que me acerque.
—Idiota. —El hombre, Kelly, responde lo suficientemente alto para que
su jefe lo escuche.
—Oye. —Me giro hacia él sin importar mi seguridad. Debo estar
perdiendo la cabeza. —Eso no es amable.
—No soy amable, cariño. —Se ríe, con una risa encantadora.
Curiosamente, no es una risa cruel.
Jovial.
Amistosa, casi.
Hmm.
—Deberías serlo —murmuro.
—Lo debería ser. —Se mueve a un lado y baja por las escaleras del
avión en dirección a una camioneta negra.
He notado cómo hace todo lo posible por no tocarme.
Lo aprecio, pero me hace preguntarme, ¿cómo lo sabe? ¿Riagan le
ordenó que no me tocara? Pero, ¿cómo podría saberlo Riagan?
Entonces me viene a la mente la escena en el callejón donde el hombre
malo me jaló del cabello y tuve un ataque de pánico.
Ah... así es como.
—Mila. —La voz de Riagan me arrebata de mis pensamientos y volteo
hacia él. La sonrisa se ha ido, pero la mirada intensa en su rostro
permanece.
Mis ojos recorren desde su boca hasta su mano, llena de tatuajes.
Y me muevo.
Hacia él.
Elijo ir con él... de nuevo.
Riagan
—W OW —susurra Mila, encantada con la vista que tiene frente a ella.
Entiendo lo que debe estar sintiendo al contemplar toda esa belleza a su
alrededor.
A mí no me fascina ni la mansión privada ni la playa, sino ella.
La imagen de ella siempre logra sorprenderme.
¿Cómo puede algo tan simple como verla experimentar cosas por
primera vez llenarme de una alegría jodidamente intensa? ¿Alimentar el
propósito dentro de mí? Pero así es. Durante todo el viaje en auto, la vi con
la nariz pegada al cristal, con esa mirada de asombro en sus preciosos ojos
azules que me entristecía y a la vez me despertaba el deseo de mostrarle
más de este mundo. Sentí un pellizco en el pecho al ver esa dulce inocencia
suya.
—¿Este lugar también es tuyo? — Ella pregunta señalando hacia
adelante.
Seguí su mirada hasta la mansión construida por mi abuelo en medio de
una playa privada aquí en la isla. La propiedad pasó de mi abuela a mi
madre con la esperanza de que algún día fuera para mi futura esposa. Mi
abuelo la compró como regalo de bodas para mi abuela porque amaba el
mar, y mi madre también.
En realidad, el clan posee muchas propiedades, no solo aquí en Turks
and Caicos, sino también en varias partes del Caribe. No solo para
privacidad y vacaciones, sino también para negocios y para ocultar
dinero.
—Sí —respondí mientras marco el código para abrir las rejas y espero
el sonido que indica que se abren, permitiéndonos entrar a la propiedad.
—¿También eres dueño de la playa? —pregunta, aún mirando todo a su
alrededor con la curiosidad de una niña.
Me hago a un lado para dejarle espacio y camino detrás de ella.
—Sí —dije.
—No puedo creer que tengas tu propia playa. ¡Amo tanto el océano! —
susurra con asombro, adentrándose más y caminando por el camino de
cemento que conduce a la casa. — Voy a amar todo de este lugar. Lo sé. Lo
siento.
Hace una larga pausa y continúa—: Los médicos victorianos solían
recetar a sus pacientes una visita al mar en lugar de la medicina tradicional.
El mar nos hace tanto bien.
Luego se vira y me sonríe. Joder. Noto que sus expresiones son
limitadas, pero siempre tiene una sonrisa cuando habla o mira algo que
ama.
Es una belleza.
Ella es una belleza.
Hice una búsqueda extensa sobre la neurodiversidad. La primera vez
que vi a Mila, noté rápidamente cómo no podía sostener mi mirada y cómo
cambiaba de tema con rapidez. Supuse que había más detrás de su timidez y
su crianza protegida. Indagué un poco y descubrí que está en el espectro,
algo que al principio no entendía del todo por mi escaso conocimiento sobre
el tema. No pensé que fuera diferente a mí ni a sus hermanas, hasta que
poco a poco me fui fascinando con todo lo relacionado con Mila Parisi. Sí,
su cerebro funciona distinto al de la mayoría, pero para mí es perfecta tal y
como es.
Amo lo brillante y honesta que es.
Hoy en día es refrescante cuando todos esconden quiénes son solo para
encajar o complacer a la sociedad.
Pero ella no.
Eso no es algo de Asperger, es algo de Mila.
Es rara y dulce, y no logro saciarme de ella.
—¿Qué pasa? —salgo del trance mágico que su sonrisa me provoca y la
encuentro frunciendo el ceño hacia mí. El sol está a punto de esconderse, y
el cielo se pinta con colores: tonos naranja y rosa que rebotan sobre su piel,
haciéndola lucir aún más irreal de lo normal.
—¿Por qué tienes esa expresión? ¿Dije algo fuera de lugar? Porque
debo advertirte, a veces se me escapan palabras que no quiero decir. Si eso
ha... —la interrumpo en su adorable balbuceo.
Eso también es nuevo. Ahora encuentro adorable todo lo que dice.
Solo lo suyo, claro. La ignorancia o las manías molestas de los demás
me dan ganas de apuntarles con mi arma y callarlos para siempre.
—No hiciste nada malo —le digo antes de aclararme la garganta.—
Estás haciendo todo bien.
Quisiera decirle eso, pero en su lugar le digo—: No es nada… solo que
me gusta tu sonrisa.
¿Cómo puede una chica de un metro cincuenta y tanto convertirme en
un cursi y sentimental sin que me dé cuenta?
De repente, el viento sopla y despeina esos gruesos rizos dorados suyos
en todas direcciones, haciéndola parecer etérea. Me tomo un segundo para
mirarla. Sus mejillas están sonrosadas, su boca ligeramente entreabierta y
sus ojos fijos en algo en mi pecho. Por un instante, la atrapo mirándome la
cara, pero entonces sus ojos vuelven a caer en mi barba. La sorprendí.
Para una chica que conoce tantos datos y tiene tanto conocimiento
interesante en la cabeza, un simple cumplido la deja sin palabras.
Me gusta. Mucho.
Los que me conocen. De verdad me conocen. Saben que soy un hombre
que encuentra placer en solo tres cosas: joder a quienes joden conmigo,
hacer dinero y, por supuesto, follar sin amarres.
Todo cambio.
Ahora, la agrego a la lista de cosas que me dan placer porque me
fascinan las pequeñas y dulce cosas que dice y hace. Por ejemplo,
sorprenderla me da una emoción que solo siento cuando peleo o cuando
derramo la sangre de mis enemigos. ¿Y esa mirada adorable de ciervo
atrapado en los faros que pone cada vez que digo algo que no sabe bien
cómo manejar? Jodidamente adictiva.
Sintiendo que gano terreno, asiento hacia la casa y tomo la delantera. —
Ven, seguro que estás cansada.
—No creo que me canse nunca de esto —me dice mientras mi espalda
se aleja, refiriéndose a la isla. Bien. Porque yo tampoco creo que me canse
de ti —pienso mientras nos dirigimos hacia la puerta principal de la casa de
playa.
Desde hace tiempo sabía que algo en Mila llamaba a mi alma oscura,
pero verla en mi espacio y en mi mundo lo confirma por completo.
Aquí, rodeados por aguas turquesas encantadoras, flora hermosa y la
arena más blanca del planeta, todo eso queda en segundo plano. Durante
días imaginé a esta mujer recorriendo mi lugar, su luz agregando un aura
irresistible a esta isla.
Yo no era un hombre capaz de suavidad y gentileza porque mi crianza
no lo permitió, y honestamente nunca me importó ser suave ni gentil.
Hasta que llego ella.
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
“Con solo una sonrisa…me enamore.”
Simplemente Perfecta
MILA
“Es un oso de peluche gigante, tatuado y con
garras afiladas”. – M
M
e gustan sus palabras.
Me gusta su sonrisa.
Me gusta su hogar.
Me gusta más que nada su hogar. Toda mi vida, vivir detrás de una
pantalla no me preparó para la belleza de un lugar como este. Las imágenes
de bonitas casas de playa que veía en internet o en revistas, cuando armaba
mi ‘vision board’ o buscaba inspiración para mis pinturas, no pueden
compararse con este lugar.
La casa de Riagan es sacada de una de esas revistas de mansiones de
lujo frente al mar que tanto le gustan a Carlotta, y eso es decir mucho
porque yo no soy ajena a lo grandioso y a las casas lujosas. La mansión
Parisi irradia lujo, elegancia y una decoración exagerada. Pero la
impresionante mansión frente al océano de Riagan parece tener entre seis
mil y siete mil pies cuadrados. Una terreno de inspiración balinesa oculta en
un oasis privado, a solo unos pasos de la famosa arena “blanca como la
nieve” y las aguas turquesas de Turks y Caicos.
—Por esa expresión en tu cara, ¿puedo suponer que te gusta? —¿Capté
un atisbo de diversión en su tono?
—Uh-huh... —Buen trabajo, Mila. Sabes alrededor de cuarenta mil
palabras, y cada día aprendes una nueva, pero lo mejor que puedes decir es
“Uh-huh”. Y lo peor es que ni siquiera es una palabra, sino un sonido. Un
sonido que se usa cuando la gente está de acuerdo, cuando quiere mostrar
que entiende lo que dices o cuando responde “sí” a una pregunta. Es una
forma menos enfática de decir “sí”.
No noto que me distraí hasta que él habla de nuevo. —Me alegra.
Le alegra que yo apruebe de este lugar?
¿Por qué?
¿O será que su respuesta es solo una forma de mantener la
conversación?
Por eso, a veces, prefiero mis libros antes que a las personas. Los libros
son fáciles. Simples. Las personas no. Pero ya puedo notar que él no es
como la mayoría. Por eso no siento que tenga que esforzarme para seguir la
conversación con él. Quiero hacerlo. Y creo… creo que a él tampoco le
molesta que yo hable.
—¿Visitas este lugar a menudo? —pregunto mientras entro a su
mansión. He perdido la cuenta de la cantidad de “wow” y “oh Dios mío”
que he dicho en voz alta desde que llegamos. Hay algo en este lugar que se
siente bien, y no tiene que ver solo con lo hermoso que es ni con lo aislado
que está, lo que lo convierte en un hogar perfecto. Es mucho más que eso.
Sí, es un terreno impresionante, pero la serenidad que siento aquí es nueva
para mí.
En el momento en que entramos, de inmediato extraño la brisa del mar,
pero me emociono rápido mientras absorbo mis impresionantes alrededores.
Una decoración minimalista pero elegante, con un toque del mar.
Perfecto.
Sí, perfecto es la palabra que lo describe.
Riagan habla, captando mi atención.
—No he visitado la isla en mucho tiempo. —Frunzo el ceño por su tono
extraño. Ya no se escucha alegre. Parece… triste. Sí, triste. Está triste.
Me giro, ignorando las ganas de admirar el techo alto, las grandes
ventanas de vidrio y la hermosa fachada. La decoración impresionante y
colorida.
—¿Por qué no has venido? —digo con nostalgia—. Yo nunca dejaría
este lugar si fuera mío.
Esta es la casa de mis sueños. También sería el lugar al que huiría para
escapar de la realidad. Mi refugio seguro.
—Esto alguna vez fue un hogar. Uno feliz. Ahora, cada rincón de esta
casa se siente triste. — Se encoge de hombros.
Triste?
Eso lo entiendo demasiado bien. Un lugar vacío y sin amor no se siente
como un hogar.
Su tono triste aprieta mi pecho. Levanto la mano y toco mi pecho
suavemente, intentando aliviar el dolor. Cada rincón de esta casa se siente
triste.
Quiero saber más, pero antes de poder preguntarle qué quiso decir, él se
acerca hacia la sala y yo lo sigo.
La casa tiene ventanas del piso hasta el techo sin privacidad alguna,
pero el jardín lo compensa ofreciendo algo de privacidad. Un poco atrevido,
si me preguntas.
El sol está por ponerse, y la luz del día se desvanece, lista para darle
espacio a la luna. Los eventos del día poco a poco me afectan. No puedo
evitar bostezar, de repente siento sueño. No había tenido tanta emoción en
mucho tiempo.
Pero entonces, un pensamiento surge de la nada.
Con toda la emoción, olvidé una de las razones por las que accedí a
volar al otro lado del país con un completo desconocido.
Él dijo que me necesitaba. Esa idea despertó en mí una mezcla de
curiosidad y desafío que, probablemente, me meterá en problemas. No hay
duda de eso, pero no encuentro en mí la voluntad para preocuparme
demasiado. ¿Qué me pasa? Apenas unas horas. Solo unas horas con él y ya
siento que estoy perdiendo neuronas.
Antes de desconectarme o distraerme con otras cosas, le pregunto lo que
he querido saber desde que salimos del país juntos.
—Antes dijiste que necesitabas algo de mí. ¿Con qué necesitas que te
ayude?
Hay un breve silencio antes de que él responda. Mientras miro los
tatuajes que asoman por debajo de su camisa en su pecho, siento su mirada
fija en mí.
—Estás cansada. —No es una pregunta, más bien una afirmación.
Aparto la vista de su pecho y trato de concentrarme en su rostro, pero
tan pronto nuestros ojos se cruzan, me pongo nerviosa y vuelvo a bajar la
mirada, esta vez enfocándome en su cadena en lugar de en sus tatuajes
coloridos.
—¿Qué tal si te hago un tour por este lugar en la mañana? Se ve diez
veces mejor con la luz del día, y por la mañana podremos hablar más.
Cuento los diamantes visibles en su cadena, sintiendo un poco
decepción porque no me lo quiso contar ahora, pero estoy cansada.
—Me encantaría —respondo tímidamente.
Alzo la cabeza desde su pecho hacia su rostro y lo veo asentir una vez
antes de decir:
—Sígueme. Te mostraré tu habitación.
Lo dice mientras sube las escaleras.
Mira, Mila. No te destrozó en pedazos. Él no es el malo. —dice una voz
dentro de mi cabeza.
Siempre hay un mañana… —se burla otra vocecita.
Ignorándolas a ambas, sigo a Riagan mientras me guía por una larga
escalera que conduce a un pasillo estrecho con paredes pintadas de azul,
una luz tenue y un piso impecablemente limpio.
Mi corazón late con firmeza mientras camino detrás de él, notando lo
dulce que se siente el aire aquí.
Azul.
Noto que el color está en todas partes. Paredes azules. Decoración azul.
Aunque sé que esto no es un sueño, no se siente como la realidad.
Todavía no me lo creo.
—Aquí es donde dormirás.
Se detiene frente a una puerta plateada, brillante y elegante. Al
detenerme, noto la ausencia de gente. En casa, siempre había hombres en
trajes negros por todos lados, vigilando cada uno de mis movimientos, y,
por supuesto, el personal de la casa, pero aquí solo estamos nosotros. No he
visto a nadie más.
—¿Dónde está el otro hombre? ¿Kelly? —pregunto cuando llegamos a
la puerta de la habitación que voy a ocupar durante mi estancia aquí.
—Kelly se quedará en la cabaña de atrás. —Riagan da un paso más
cerca, y me quedo atrapada entre la puerta y su pecho firme. Está cerca, sí,
pero no lo suficiente como para tocarme. Debería sentirme intimidada, pero
no es así. —No tienes por qué preocuparte. Estás segura aquí. Tienes mi
palabra.
Siento su aliento caliente en la piel, y siento que mi estómago da
vueltas. —No tengo miedo—Las palabras se me escapan.
—Bien —dice con voz áspera, y contengo el aliento cuando levanta la
mano hacia mi rostro.
Cierro los ojos, esperando su toque. Esto va demasiado rápido. Todas
estas emociones extrañas me golpean con demasiada fuerza.
Cuando creo que voy a descubrir cómo se siente su toque, me
decepciono porque no pasa nada.
Abro los ojos y miro rápidamente hacia arriba para ver una pequeña
sonrisa en su rostro atractivo. Qué provocador.
Riagan abre la puerta como un perfecto caballero tatuado.
Sintiendo que me perdí de algo monumental, doy un paso dentro de la
habitación y, sin darme la vuelta, susurro: —Buenas noches.
—Dulces sueños, mariposa. Hasta mañana. —Me responde antes de que
la puerta se cierre con un clic detrás de mí.
Hasta mañana.
Demasiado cansada para inspeccionar o husmear, camino hasta la cama
y caigo como un saco de papas. —¿En qué diablos me he metido...?
Paso diez minutos repasando todos los eventos del día, yendo y
viniendo sobre cada decisión que tomé hoy, antes de que el sueño gane y
me arrastre.
Y hasta en mis sueños, mi no-tan-villano me sigue.
Sueño con ojos azules, un cuello tatuado y mariposas azules.
Mensaje de C
Querida Mila,
¿Sabías que en español tu nombre significa milagro,
mientras que en eslavo se traduce como "favorita"?
Te queda perfecto.
Porque no solo eres mi favorita, sino que eres mi
pequeño milagro.
Atentamente,
— C
Obsesionado
RIAGAN
“Las estrellas se alinearon la noche que lo vi
por primera vez.” – M
D
urante un tiempo, este lugar me ofrecía consuelo. Estaba lejos de las
calles abarrotadas y de las responsabilidades amargas de Filadelfia.
Era mi escape. Pero, con el tiempo, dejé de visitar. Ya no se sentía
igual. El aire dejó de ser dulce, porque los recuerdos me ahogaban.
Porque fue aquí, en este lugar, rodeado solo de belleza y mar, donde mi
padre planeaba traer a mi madre, una vez que le pusiera un anillo en el
dedo. Pero antes de que pudiera hacerlo, una serie de eventos
desafortunados nos arrastró hasta este momento.
Mi madre ya no está con nosotros, pero, de algún modo, cada vez que
venía aquí, sentía su espíritu. Ya sé que suena a pura mierda, pero la sentía
en todas partes. Y dolía. Ese recordatorio de que ya no estaba era una
punzada constante.
Fui honesto cuando le dije a Mila que esta casa se sentía fría y
embrujada. Y no por fantasmas, sino por los recuerdos de lo que perdí. Por
lo que mi padre y yo perdimos.
Su amor.
Mi madre.
Natalia.
La mujer que me enseñó ternura y amor antes de que el mundo en el que
nací corrompiera mi alma y manchara mis manos con sangre. Antes de que
ese desgraciado de Volpe destrozara nuestras vidas con su obsesión enferma
y su codicia.
Verás, mi madre era de ascendencia italiana e irlandesa. Y fue así como
terminó atrapada entre mi padre y Tommaso Volpe, quien en su momento
fue el jefe de la familia Volpe, antes de que su hijo, Lucan, lo eliminara para
tomar su lugar como jefe de la familia.
Es una historia jodidamente retorcida.
Una que le rompió el corazón a mi viejo. Incluso después de tantos
años, no ha podido superar a ese amor único en su vida. A la mujer que,
según él, nos dejó para buscar algo más grande.
Dinero, poder, codicia.
Yo también lo creí.
Hasta que encontré sus cartas.
Cartas escondidas entre mis cosas de bebé.
Cartas dirigidas a todos sus hijos.
No solo fue obligada a abandonar su vida en Filadelfia y a su familia.
También la forzaron a casarse con ese pedazo de mierda de Volpe y a tener
sus hijos. Mis medio hermanos: Lucan y Giana Volpe.
Eso lo supe mucho después, cuando ya era demasiado tarde.
Cuando ella ya no estaba.
Nunca encontraron su cuerpo.
Nunca la enterraron como merecía, porque el secreto de su muerte se lo
llevó a la tumba ese malnacido de Volpe.
Ya no la culpo por las decisiones que tomó.
Fueran tontas o no, las tomó por miedo y por amor.
Su único y gran error fue pensar que mi padre no iría a la guerra por
ella. Que no saldría victorioso. Pero lo habría logrado. Sin duda.
En aquel entonces, las tres familias de Detroit eran muy poderosas, más
que mi padre, que apenas empezaba a ganarse el respeto de su propio padre
y del clan.
Pero Cathan…
Cathan era —y todavía es— un hijo de puta salvaje e inteligente.
Sé que él habría encontrado la manera de protegernos a ambos. Pero mi
madre, cegada por el miedo, no creyó que fuera capaz… y creo que eso fue
lo que los llevó a la ruina.
Nunca he tenido una relación seria en mi vida.
Siempre fui del tipo de “tengo sexo con ellas y las dejo”, pero si algo
tengo claro, es esto: un hombre enamorado iría a la guerra por su mujer sin
dudarlo. Sin miedo.
Mi padre estaba dispuesto.
Pero el miedo de mi madre ganó.
Sí… es una historia familiar retorcida, que conecta a Detroit con mi
ciudad.
Todavía cargo con mucha culpa, y una cantidad inmensa de odio hacia
esa maldita ciudad. Pero así como mi madre estaba atada a ella, yo también
lo estoy.
La vida tiene una forma muy cabrona de joderte.
En una época, me infiltré en la familia Nicolasi con la esperanza de
destruirla desde adentro. Pero terminé encontrando verdades que no estaba
buscando. Hermanos. Y mi primera maldita obsesión.
Una maldita chica.
La verdad… no tuve que hacer mucho.
La nueva sangre de las tres familias eliminó a la vieja. A la generación
anterior a la suya. Yo solo observé cómo su reino se desmoronaba,
pudriéndose desde adentro.
Yo sabía la verdad.
Ellos no.
Lo único que podía destruir a la Santísima Trinidad de Detroit… era ella
misma.
Y eso es exactamente lo que está pasando ahora.
El caos estalló hoy, en cuanto la pequeña princesa de los Parisi salió de
la seguridad de su castillo y les dio acceso no solo a mí… sino a los
enemigos de su familia.
No puedo sentir culpa.
Nunca cuando se trata de ella.
Siempre consigo lo que quiero.
Y lo que quiero… es a ella.
Cada maldito centímetro hermoso de ella.
Estoy tan cerca de tenerlo todo.
Ya tengo mi título.
Ya tengo mi ciudad.
Y ahora voy por la mujer que nació para reinar a mi lado.
Ahora está aquí, y voy a usar cada truco que tengo bajo la manga para
que entienda que no hay nadie para ella excepto yo… y que tampoco hay
nadie para mí más que ella.
Nadie.
Caminando hacia el balcón del segundo dormitorio principal, abro las
puertas dobles y respiro hondo al salir.
Nací y crecí en una ciudad caótica, llena de ruido y desorden. No hay un
solo día en que el mundo se detenga por mí. Todo es rápido, constante. Lo
opuesto a este lugar.
Mi abuelo amaba el mar.
Pasó todo su tiempo aquí, en esta propiedad, después de que mi padre
tomó las riendas del negocio, incluso cuando su esposa abandonó este
mundo.
Él seguía regresando.
Nunca entendí esa conexión tan profunda y misteriosa que tenía con el
océano.
Ahora que soy un hombre—
Un hombre que no tiene ni un solo momento de paz, lo entiendo.
Hay algo en el mar que calma la mente y el alma.
Te da tranquilidad.
Nunca lo había sentido antes.
Ahora, sí.
De muchas maneras, Mila me recuerda al océano.
Cuando ella está cerca, mi mente se silencia.
Y también lo hacen los demonios que cargo en el alma.
Suspiro y dejo que la vista me atrape.
Desde aquí arriba puedo ver la playa y esa línea en el horizonte donde la
luna besa el mar.
Eso no lo consigues en la ciudad.
Nada se le compara.
Coloco un cigarrillo entre los dientes, inhalo profundamente y exhalo el
humo hacia el cielo.
El cielo está despejado, sin una sola nube gris. Está cubierto de estrellas.
Vuelvo a llevar el cigarro a la boca mientras apoyo los codos sobre la
baranda, mirando hacia abajo, a mi propiedad.
La mansión está justo en el centro de la parte más exótica de la isla
privada: Blue Bay.
Este lugar es una joya.
Una belleza.
Y además está apartado del ruido y las multitudes de las islas vecinas.
Tal y como me gusta.
Nadie sabe que mi familia es dueña de este lugar.
Nadie en quien no confíe, al menos.
Observo con detalle la belleza tropical que me rodea, y una sonrisa
ladeada se forma en mis labios cuando las palabras de Mila resuenan en mi
memoria:
—Yo nunca abandonaría este lugar si fuera mío.
Oh, estoy contando con eso, mariposa.
Por el rabo del ojo, noto que la luz de su habitación se enciende y se
apaga tres veces. Me quedo quieto, intrigado por lo que está haciendo.
Desde aquí puedo distinguir su silueta detrás de las cortinas de seda que
sabía que le encantarían. Odia el desorden y adora la suavidad del satén.
Me inclino hacia adelante sobre la baranda, con el cigarro aún ardiendo
entre los dedos, y la observo mientras se mueve por su habitación durante
exactamente cinco minutos antes de que apague las luces.
Doy otra calada larga y no puedo evitar la sonrisa que se apodera de mi
rostro. Nada de su situación debería hacerme sonreír como lo he estado
haciendo todo el maldito día. No hay nada remotamente gracioso en que un
enfermo de mierda haya puesto precio a la cabeza de una chica inocente.
Nada.
Tengo a mis hombres y a Maeve buscando toda la información posible
sobre el contrato que pusieron sobre ella, y qué implica. Voy a encontrar al
cabrón que dio la orden y a cada bastardo que acepte cumplirla. Ya tengo
mis sospechas, y por más que me encantaría estar de regreso en Filadelfia
cazando al hijo de puta, no hay otro lugar en el mundo en el que preferiría
estar que aquí.
Con ella.
En ningún otro.
Mis pensamientos se interrumpen cuando un zumbido suena en mi
bolsillo trasero.
Mi celular.
Lo saco, ya sabiendo quién es la persona al otro lado de la línea.
Contesto, y lo primero que escucho es una risita infantil.
—Riwriw —dice la vocecita dulce de la mocosa más adorable que
conozco.
Mi sobrina.
Allegra.
—Preciosa, ya es tardísimo, joder —dije.
De verdad debería cuidar cómo hablo delante de los niños, controlar mi
maldita boca frente a ella, pero me encanta joder a su padre demasiado
como para parar. Además, las primeras palabras de Allegra no fueron
“papá” ni “mamá”. No. Su primera palabra fue “zorra”. Todo gracias a la
boca tan colorida de su madre.
—Ajá —mi sobrina se ríe, encontrándome divertido como siempre—.
Papi, Riwriw mala. Riwriw, fuck. Quiero diamont.
La mayoría de los niños de su edad piden dinero. Pero no mi sobrina.
No. Allegra me saca diamantes.
Escucho ruido de fondo, como si Lucan estuviera regañando
suavemente a su hija por decir “carajo” una y otra vez. Le doy una calada a
mi cigarro y la saboreo antes de apagarlo.
—Deja de enseñarle palabrotas a mi hija. Ya se siente demasiado
cómoda diciendo “carajo”, “mierda” y “cabrón”. Andrea me va a arrancar
las pelotas en cuanto escuche la “palabra del día” de Allegra —suspira
Lucan, claramente molesto.
Perfecto.
—Como si no tuviera ya tus bolas en la mano, hermano. Cualquiera con
ojos ha visto cómo tu esposa los usa de antiestrés a estas alturas.
—Más te vale no estar hablando de bolas, cabrón. Tú perdiste las tuyas
junto con tu dignidad —responde el imbécil, riéndose—. ¿Y qué tal va tu
faceta de acosador? ¿Ya dio resultado? Si necesitas consejos sobre cómo
conseguir a una mujer hablándole, en vez de infiltrarte en su vida…
Ya con el dolor de cabeza asomando por culpa de la verborrea de este
estúpido, lo corto de inmediato.
—¿Tienes algo útil que decir, o cuelgo de una puta vez? —digo con
tono aburrido, apartando la vista de su ventana y mirando hacia la playa.
—Imbécil —murmura Lucan, haciendo que mi boca se contraiga en una
mueca. Nuestra relación no es perfecta, y empezó complicada, pero con los
años nos hemos acercado. No solo porque fue el deseo de mi madre que
cuidara a sus otros hijos, sino porque en el fondo no lo odiaba del todo.
Cuando se queda callado, en realidad puedo tolerarlo.
— La Parisi mas pequeña ha desaparecido. ¿Sabes algo al respecto?
—No —desvío mi mirada del mar y me encuentro de nuevo frente a su
ventana. ¿Habrá encontrado el sueño? Me pregunto cómo reaccionará
cuando la realidad de esta situación la alcance con el nuevo día.
—Ah, mierda. Fuiste tú. Pensé que tu obsesión rara había terminado con
esa tontería de la correspondencia.
Mi hermano habla mientras yo me aburro.
Últimamente todo me aburre. Todo me es indiferente. Todo menos ella.
Esta fascinación crece a cada segundo.
Y de pronto, deseo que pasen las horas rápido para verla otra vez.
Maldita sea.
—Voy a colgar —digo. La llamada duró más de cincuenta segundos. Un
nuevo récord para nosotros.
—No hagas nada estúpido, Rian. Mila…— escucho atento lo que dice
sobre mi mariposa.
—Hermanos o no, si dices una mala palabra de ella, Andrea será viuda
mañana.
—Mila es una buena chica. Demasiado buena para la vida que llevas.
Reconozco que suena preocupado, lo que me molesta aún más.
Me pellizco la nariz, reprimiendo el impulso de decirle que se vaya a la
mierda y se meta en sus asuntos.
—¿Cuál es tu punto?
—Mi punto, cabrón, es que ella merece una buena vida, y si crees que tú
eres el hombre que puede dársela, pues joder, buena suerte, hermano. Solo
ten en cuenta que hay una piraña comehombres perdiendo la cabeza
buscándola y prometiendo una muerte dolorosa a quien haya tenido algo
que ver con el secuestro de Mila.
Podría decir muchas cosas ahora mismo. Como que me importa un
carajo Kadra Parisi y sus amenazas, o que no hubo secuestro porque ella
vino por voluntad propia. Pero elijo decir lo único que importa aquí:
—Mila es mía, y si tengo que comenzar una guerra por ella, lo haré.
Que Dios ayude a cualquiera que intente arrebatármela. Eso te incluye a ti,
hermano.
Con eso, corto la llamada. No me interesa escuchar más consejos no
solicitados ni charlas inútiles.
Ni siquiera pasan dos segundos cuando el teléfono suena con un
mensaje entrante.
Molesto Biológico:
Muy maduro, hermano.
Ignorando su mensaje, deslizo hacia abajo y abro la conversación con
Maeve. Escribo rápido y espero su respuesta.
¿Parisi?
Maeve: Bueno, hola para ti también, Cap.
No me provoques, Maeve. No estoy de humor.
Maeve: No ha salido de Detroit y todavía no hay actividad
sospechosa en sus cuentas. Mi hermano la sigue de cerca, por
si hace algún movimiento.
Bien.
Haz lo necesario para encontrar al que ordenó el ataque. Y de
paso, lanza un mensaje a cualquier mercenario: estoy
dispuesto a pagar diez veces más que la oferta original por su
cabeza, a quien me delate al cabrón.
Maeve: En eso estoy.
Maeve: Wow, Cap. Esta chica debe ser algo especial.
El desgraciado detrás de todo esto ofreció una gran suma al primer
mercenario que apretara el gatillo.
Ahora se la devuelvo a él o a ella.
Ofrezco una suma mayor al primero que delate al hijo de puta.
Manténme al tanto.
Maeve: Lo haré.
Maeve: Y no me he olvidado de cómo elegiste llevarte a Kelly
en tus vacaciones. No está cool, jefe.
Me eres más útil en la ciudad, Maeve. Nada personal. Ahora
ponte a trabajar.
Maeve:
Guardando el teléfono en el bolsillo, me doy la vuelta. El sonido de las
olas rompiendo en la orilla de fondo calma mi alma mientras mantengo la
vista fija en su ventana. El viento sopla suave. La luna brilla intensamente
sobre el agua, dándole un resplandor hermoso, pero no puedo apartar la
mirada de esa maldita ventana.
Todo a mi alrededor desaparece, y en este instante solo existimos ella y
esta maldita sensación que antes no sabía cómo identificar.
Siento una presión en el pecho, una que dificulta la respiración y que
nunca antes había sentido. Levanto la mano y me toco el pecho.
Tres veces.
Tres malditas veces. Como la vi hacer antes.
Mi corazón late despacio. Firme.
Fuerte.
Con un propósito inesperado.
En este momento, con ella durmiendo tranquila dentro de mi casa, sé,
tanto como sé que me llamo Riagan O’Sullivan, que Mila Parisi es mía, y
no hay forma en el infierno de que se aleje de mi lado. Nunca. Si alguien
intenta quitármela, solo podrá hacerlo caminando sobre mi cadáver frío y
muerto. Solo así.
Mensaje de M
Querido C,
¿Me dirás alguna vez tu nombre? — M
Rara Reacción
MILA
“Apareció de la nada en una noche lluviosa y
me devolvió la vida”. – M
U
n sonido al que no estoy del todo acostumbrada me arranca de un
sueño profundo. El sueño más profundo que he tenido en mucho
tiempo. Verás, mi mente nunca se apaga, ni siquiera cuando mi boca
lo hace, así que en las raras ocasiones en que logro dormir, puedo pasar más
de las habituales ocho horas. Recuerdos, datos, números y preguntas están
siempre presentes. Digamos que mi cerebro nunca tiene un momento de
calma.
El sonido tranquilo de las olas rompiendo y la brisa que sopla a lo lejos
me recuerdan que ya no estoy en casa. Nunca había escuchado un sonido
tan magnífico en mi hogar.
Las ciudades son demasiado ruidosas y abarrotadas.
Siempre en movimiento, igual que mi mente.
En casa, nunca encontraba un lugar tranquilo, por eso dormía
profundamente durante horas, pintaba o hacía jardinería para calmar el
ruido. Solo funcionaba por un rato. La quietud nunca duraba. Una vez
despierto, la vida era más difícil, no solo para mí, sino, lo más importante,
para mis hermanas.
Pronto comprendí que si estaba fuera de escena, durmiendo o escondido
en las sombras, no era una molestia para nuestro padre, quien a cambio
dejaba en paz a mis hermanas. Aunque fuera solo por un rato.
Sacudiendo esos pensamientos, me concentro en el presente.
Este día nuevo.
Era demasiado oscuro para ser la mañana, lo supe cuando abrí los ojos.
Las cortinas finas y suaves se mecían con la brisa que entraba por la
habitación, un poco cálida pero serena. Leí en alguna parte que Turks y
Caicos es cálido todo el año. La temperatura usual varía entre veinte y
cuarenta grados Celsius con alta humedad durante el día, bajando en la
noche entre veinte y veintisiete grados.
No me molesta el calor como a la mayoría. Más bien lo recibo con
gusto, porque por tanto tiempo el frío fue lo único que conocimos.
Sacudiendo el sueño, mi mente empieza a ir hacia recuerdos
deprimentes, pero no dejo que me distraigan. En cambio, me froto los ojos
y los abro de nuevo, sintiéndome más relajado que en años. La tensión en
mi cuello, por los eventos frenéticos de ayer, ha desaparecido y ya no tengo
el dolor punzante en la cabeza.
Tirando de las sábanas, me levanto y noto que sigo con la misma ropa
de ayer. Pongo cara de asco al pensar que compartí la cama con los
gérmenes que no me lavé antes de dormir. Me estremezco ante la idea. Qué
asco.
Me toco el cabello y hago una mueca al estirarlo: está seco y enredado.
Tampoco huele a coco ni vainilla, como de costumbre.
Aguanto la respiración cinco segundos antes de expulsar el aire. Lo
repito dos veces más hasta que logro olvidar los gérmenes que ahora hacen
hogar en mi piel. Debí estar tan agotado por el miedo y la emoción de ayer
que me dormí sin bañarme.
Ni siquiera había tenido la oportunidad de admirar bien esta habitación.
Cuando finalmente miro alrededor, no puedo evitar sorprenderme. Esto
no es una habitación cualquiera.
No.
Wow. Caminando descalza sobre la alfombra, intento no pensar en lo
sucias que pueden estar cuando no se aspiran con regularidad. En cambio,
recorro este enorme cuarto que parece sacado directamente de la casa de
playa de un millonario.
Todo es blanco, con diferentes tonos de azul. Desde las sábanas hasta la
cama con dosel, la cómoda y el espejo de cuerpo entero. Las cortinas que
cubren las puertas dobles de cristal se abren a un balcón que da hacia la
parte trasera de la casa, desde donde se ve el océano perfectamente.
También noto las flores frescas y hermosas por toda la habitación, y la
pared con estanterías empotradas en una esquina, detrás de un puff color
crema que no solo parece cómodo, sino que podría sostener a tres como yo.
Es así de grande.
Mi pulso empieza a acelerarse al acercarme a la estantería blanca, que
contiene varios libros, y eso es decir poco. Cada repisa tiene al menos diez
o quince libros, mientras que otros están decorados con cristales, como los
que tengo en casa, e incluso algunos cactus que parecen idénticos a Sr.
Espinas.
Al tocar uno de los libros, reviso la portada y sonrío al darme cuenta de
que todos son títulos que aún no he leído y que tengo marcados para leer en
mi app digital de biblioteca.
Esta no solo es la habitación de mis sueños, sino también la de cualquier
amante de los libros.
Pero, ¿cómo?
¿De quién serán? No veo a Riagan como el tipo de hombre que disfruta
la ficción romántica.
¿Serán de alguna hermana suya, tal vez?
¿Una novia?
¿Por qué la idea de que ese hombre gigante tenga novia me deja un
sabor amargo en la boca?
Ahora tengo curiosidad y no podré pensar en otra cosa hasta obtener
respuestas. Tengo tantas preguntas. Muchas que no pude hacer ayer. Las
haré hoy, pero primero, una ducha. Al oler mi ropa, arrugo la nariz. No
podré continuar el día con esta ropa sucia encima.
Apartándome de la estantería, camino hacia el baño. Prendo la luz y lo
primero que veo es la bañera de mármol blanco en el centro, al lado de una
ducha independiente tipo lluvia. Hay dos espejos en el tocador, toallas
blancas y dos batas blancas. Frunzo el ceño. Es un baño para parejas, ¿no?
¿Por qué dos de todo? Qué extraño.
Lo añadiré a mi larga lista de preguntas para el hombre que me trajo
aquí. Pero primero, una ducha, sí.
Paso exactamente quince minutos ahí, no solo frotando la piel para
eliminar los molestos microorganismos, sino lavándome el cabello con
champú de coco y vainilla.
Envolviéndome una toalla al cuerpo cuando termino, regreso a la
habitación.
Está en silencio. Aislada. Pero ya estoy acostumbrada. Me siento más
cómoda en el silencio que rodeada de ruido.
Me muevo hacia la izquierda; parece un vestidor. Entro y prendo la luz.
No solo hay ropa, también zapatos. ¿De quién serán? Me pregunto. No
puedo usar la ropa de otra persona. No es higiénico. Además, es de mala
educación ponerse algo que no te pertenece, pero para mi desgracia tendré
que olvidarlo y buscar algo que ponerme. Agarro lo primero que veo que
parece de mi talla.
Cuando termino de vestirme, me miro.
Un vestido amarillo de tirantes finos. No muy suelto, pero lo
suficientemente ajustado para marcar la curva de mis caderas. Mi cabello
mojado cae sobre mis hombros, y mi rostro se ve demasiado tranquilo.
Entonces, una imagen se impone en mi mente: atrapada entre el pecho
desnudo de Riagan y una puerta. ¿Fue un sueño? Ya no estoy segura. Lo
que sí sé son las sensaciones ansiosas que de repente me revolotean en el
estómago. He intentado mantenerlo fuera de mi mente porque no tengo
duda de que si se queda demasiado tiempo ahí, podría hacer espacio
permanente. Y eso no puede pasar.
Una sensación que no logro nombrar recorre mi cuerpo, y me descubro
mirando hacia la cama. Al hacerlo, mis ojos se posan en un objeto que me
recuerda a casa.
¿Déjà-vu? ¿Será? Esa sensación de haber soñado ya algo que ahora
estoy viviendo.
El atrapasueños.
El hermoso atrapasueños colgado del poste de la cama.
—Aquí, stelina. Esto atrapará todos tus sueños y alejará las pesadillas.
—El recuerdo de una Kadra de diez años me atraviesa la mente, cuando me
regaló mi primer atrapasueños. Juraba que aquel objeto de encaje y
macramé de madera alejaría a los monstruos. No le creí del todo. Mi mente
lógica no me permitía aceptar que un simple objeto tuviera el poder de
atrapar sueños, pero nunca se lo dije. No. Coloqué el bonito atrapasueños
junto a mi cama, y hice lo mismo con todos los demás que ella me fue
trayendo después.
—Kadra... —¿Cómo pude olvidarme de ella? Debe estar perdiendo la
cabeza y, probablemente, quemando la ciudad en su intento por
encontrarme. Quiero que esté a salvo. No quiero que se preocupe por mí
mientras lidia con sus propios demonios, y tristemente, tiene muchos.
Las palabras de Riagan también vuelven a mi mente. Dijo que ella se
había metido con una familia muy importante. ¿Está en guerra? ¿Estaré, sin
querer, entorpeciendo su intento de finalmente poner en paz sus demonios?
No lo sé. Solo sé que necesito hacerle saber que estoy bien para que no se
preocupe.
Suspirando, me pongo unas sandalias blancas que tomé del clóset y
camino hacia la puerta del dormitorio. Mis dedos se cierran alrededor del
pomo.
—Puedes hacerlo, Mila. Por Kadra. Por ti misma. —Susurro en voz alta
antes de salir de la habitación.
A ver qué pasa.
Ojalá no termine hecha pedacitos y servida a los bonitos peces del mar.
Ojalá…
B AJO LENTAMENTE POR LA ESCALERA , mientras nerviosamente paso mis
dedos por mi cabello ahora mojado. De alguna manera, todo esto se siente
más real hoy.
El tono anaranjado del atardecer entra por los ventanales de cristal,
iluminando la casa y confirmándome que, efectivamente, dormí como un
muerto. Es el ocaso... otra vez.
Mientras bajo los escalones, observo todo a mi alrededor. Un diseño
moderno que podría aparecer en innumerables revistas de lujo me recibe en
cuanto mis pies tocan el piso de mármol blanco.
La sala.
Blanco, azul y plata dominan la paleta de colores. Un enorme sofá de
cuero con dos sillones a su lado. Una pequeña mesa redonda delante, con
varios libros encima. Literatura clásica.
Frunzo el ceño y me acerco, tomando uno de los libros y abriéndolo,
solo para toser fuerte cuando el polvo me hace estornudar. Moviendo la
mano para apartarlo, leo el título: Un amor que nunca fue. Romeo y Julieta.
Hm...
Al hojear las páginas, mis ojos se abren al darme cuenta que se trata de
una primera edición de este trágico relato. Cada detalle que descubro sobre
esta mansión me hace sentir como si hubiera sido hecha para mí.
Desde la decoración hasta la selección de la lectura.
El arte peculiar y la atmósfera hermosa y tranquila.
Dejo el libro y vuelvo a estudiar el interior que me rodea. Mi mirada se
posa en una estantería de cristal donde hay pequeñas esculturas y objetos
antiguos de diversas formas y tamaños, que por su exquisitez deben ser muy
caros. También tiene arte poco convencional colgado en las paredes.
Hay una pintura de un guerrero romano cubierto de pintura dorada, con
una armadura de vidrio, colgada justo encima de un enorme sofá blanco. La
pintura parece una elección extraña en un lugar con una vibra más natural,
conectada con el exterior. Y Riagan no parece un hombre que disfrute el
arte clásico.
Leí alguna vez que a los ricos les encanta coleccionar antigüedades y
pinturas antiguas por diversión.
Qué raro…
¿Será que colecciona antigüedades y cosas raras?
Debe ser así, porque ¿por qué más tendría artefactos históricos en su
casa?
Entonces recuerdo que Lucan Volpe es su hermano, y además un artista
reconocido mundialmente, con exhibiciones de sus obras por todo el globo.
Siempre me pareció fascinante Lucan Volpe.
¿Quién diría que debajo de toda esa sangre, caos y deber hacia las tres
familias, había más en él?
Más de lo que su padre quería para él.
Ambición por algo más que el caos.
Un talento fenomenal.
¿Guardará Riagan las obras maestras de su hermano aquí? ¿Serán estas?
Siento una presión en el pecho, como antes. Tocándome el pecho,
intento que el dolor se vaya mientras avanzo hacia lo que supongo es la
cocina.
Me detengo en seco.
Riagan está sentado en la isla de la cocina, mascando chicle con un
cigarro detrás de la oreja y sin camisa.
Sabía que tenía tatuajes, pero ahora que no lleva camisa, no encuentro
ni un centímetro de piel virgen.
Estoy hipnotizada por ello, y lo único que quiero en este momento es
extender la mano y trazar con los dedos esa tinta negra.
Se ve como uno de mis lienzos en un buen día.
La habitación está algo oscura, pues la noche se acerca, pero todavía
puedo verlo.
Mis ojos recorren desde su pecho hasta su rostro.
Trago fuerte al encontrarlo mirándome fijamente, como si su mirada
pudiera atravesar mi alma.
—Ya estás despierta. —Mis ojos se cruzan con los de él por un raro
segundo antes de bajar la cabeza y mirar sus pies.
El calor me invade cuando siento el ardor de su mirada sobre mi piel.
Mordiéndome el labio inferior, levanto la cabeza, recordando cómo me
dijo que no escondiera mi rostro.
He estado escondiéndome de la gente toda mi vida, y aun así no quiero
ocultarme de él, aunque cada molécula de mi cuerpo grite que lo haga. No
lo hago.
Pero aún me siento avergonzada por haber dormido todo un día siendo
huésped en su casa.
—¿Qué pasa? —gruñe, y doy un salto, sobresaltada por su tono.
Intento calmar mi mente que ya está saltando a conclusiones.
¿Está enojado? ¿Por qué alzó la voz?
—Mierda. Lo siento.
Eso me hace levantar la mirada hacia la suya.
—¿Por qué lo dices? No me lastimaste.
Se dice “lo siento” cuando lastimas a alguien que no lo merece. —Esas
fueron sus palabras.
—No me lastimaste. —Le sonrío tímidamente.
Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.
—Claramente te asusté, mariposa, y por eso, perdóname.
—Está bien. —Me encogo de hombros, mirando su cuello para evitar su
mirada. Así que fijo la vista en su cadena. Es bonita y brilla cada vez que su
pecho se eleva.
—Estoy acostumbrada.
No aparto la vista de la joya, y al mismo tiempo escucho un gruñido.
Un gruñido como el que haría un animal momentos antes de atacar a su
presa.
Pero aquí no hay animales salvajes. Solo Riagan.
—¿Acostumbrada? ¿Quieres decir que tienes miedo? —Miro a otro lado
mientras él continúa.
—No deberías tenerlo. No conmigo. Lamento haber alzado la voz. No
fue por algo que hiciste tú.
¿Por qué dice cosas que aceleran mi corazón?
¿Será consciente de que lo hace?
¿Y por qué sus palabras siempre hacen que un calor suba por mi cuello
hasta mis mejillas?
Sin saber cómo responder, asiento y me acerco a la cocina, y aunque la
oscuridad de la habitación no me permite verla en todo su esplendor, sí noto
muchos electrodomésticos y un refrigerador de triple puerta. Tenemos
muchas cosas parecidas en casa, y la cocina, como el jardín, es una de mis
partes favoritas de una casa.
Verás... desde que era niña me encantaba jugar a ser chef con mis
hermanas, y me imaginaba que tenía mi propia panadería, y mis hermanas o
Carlotta eran mis clientas. Me hacía feliz fingir que les horneaba cosas y
ver sus caras iluminarse cada vez que jugábamos.
Cuando Kadra tomó el control de la familia y mis padres ya no estaban,
me permitieron deambular segura por la mansión, y uno de mis lugares
favoritos para perderme era la cocina. Buscaba recetas en internet y veía
videos de cocina hasta dominar el arte de hornear.
Ya no juego a fingir.
Gracias a Kadra y Arianna, no tuve que esconderme más y pude
aprender y hacer las cosas que me hacen feliz.
Mirando atrás, hornear me hace feliz.
¿Sabes qué más me hace feliz? El conocimiento.
Ahora mismo sé muy poco sobre mi situación aquí. Este extraño arreglo
aún no me ha sido explicado por completo.
Volteando hacia Riagan, hablo:—Tengo preguntas.
Él asiente una vez, se pone de pie en todo su esplendor de pecho
descubierto, camina hacia el bote de basura, escupe el chicle y se acerca a
mí.
Observando cada uno de sus movimientos como una científica
estudiando el cerebro humano. Es fascinante, en verdad. Todo lo que hace
provoca un escalofrío de emoción en mí, y sé que esta reacción hacia él no
es normal.
—Sígueme. —dice de forma áspera antes de pasar junto a mí y dirigirse
hacia la parte trasera de la casa.
Y yo lo sigo.
Podría estar llevándome directo a la muerte, pero sigo cada uno de sus
pasos sin dudarlo.
Mensaje de C
Algún día.
- C
Propuesta Inusual
RIAGAN
“Ella renuncio al cielo para amar a un hombre
como yo.” — R
C
uando era muy pequeño y me criaban mi padre y todos los hombres
de la familia, supe lo qué era un arma mucho antes de aprender a
andar en bicicleta.
Nunca creí en cuentos de hadas. Ni una sola vez pensé que la magia
existía. Esas cosas no tenían cabida en mi vida, no mientras me preparaban
para ser el futuro líder del clan O’Sullivan.
Aprendí lecciones duras antes de cualquier cosa, y la belleza era algo
que conocía muy poco. Hasta que una noche fría de otoño me topé con una
criatura parecida a un hada, con mariposas en el cabello. Si soy sincero, ese
fue el día en que me importo alguien más que yo mismo.
Recuerdo esa noche como si fuera ayer.
El jardín.
El aire dulce.
Ella.
Una noche muy parecida a esta.
Mi mansión en la playa no venía con jardín cuando abuelo la mando a
hacer. No uno de esta magnitud, al menos. Tenía pequeños arbustos de
plantas exóticas rodeando la piscina, pero eso era todo. Nada intrincado ni
de esta escala. Hasta que hace unos años atrás decidí transformar la parte
trasera en un jardín, por razones que no terminaba de comprender. Solo
sabía que eso era lo que le faltaba a este lugar para sentirse realmente como
un hogar lejos de Filadelfia.
Ahora me alegro de haber seguido mi instinto y haber creado este
jardín, porque la imagen que tengo frente a mí es la razón por la que un
hombre que ha quitado muchas vidas, mentido y engañado durante la mayor
parte de su vida, cree en la magia.
Cree en algo más que en el caos y la sangre.
Observo a Mila mientras camina delante de mí, mirando en todas
direcciones con asombro en sus ojos. Esos ojos azules no solo brillan con
curiosidad, sino también con entusiasmo. Y mientras contempla la belleza
ante ella, yo admiro la belleza que tengo frente a mí— ella. Por más que
este jardín sea mi orgullo y mi alegría, no le hace sombra a ella.
—Esto es… —susurra, y al mismo tiempo gira sobre sí misma con una
sonrisa en su lindo rostro—. Nunca he visto algo más hermoso. ¿Es real?
—Yo tampoco —murmuro en voz baja, sabiendo que no puede oírme
con el sonido de las olas de fondo y la distancia que nos separa. Aprovecho
la oportunidad y me acerco a ella, mientras esta observando intensamente el
hibisco tropical.
Mientras el sol se pone, la observo perderse en el mundo donde se
siente más cómoda. Un mundo donde solo existen la magia, la belleza y,
bueno, las plantas.
Algo que aprendí hace mucho tiempo es que Mila Areya Parisi está
obsesionada con la jardinería.
Plantas, animales y dulces, para ser precisos.
Esto lo sé bien.
Y la expresión en su rostro vale los cientos de miles que invertí en este
jardín.
No fue barato, pero el dinero nunca ha sido un problema. No para mí.
Me tomó tiempo encontrar a la persona capaz de hacer realidad la visión
que tenía para este jardín.
Un paraíso caribeño.
La diseñadora trabajó incansablemente junto al arquitecto paisajista y
crearon un área pavimentada para sentarse, rodeada de una vegetación
exuberante, además de construir un espacio lounge al aire libre. La
iluminación ambiental y la plantación estratégica hacen que el jardín
caribeño parezca un paraíso tropical por la noche.
Solo tuve una sugerencia para la diseñadora: quería que el jardín
pareciera sacado de un libro de cuentos de hadas. Para eso, ella añadió luces
de patio y plantas coloridas. Exóticas, como orquídeas y aves del paraíso,
entre muchas otras. También hay un estanque de koi para agregar un
elemento acuático o algo así, dijo la señora cuando explicó sus planes y el
diseño del paisaje.
Un camino de piedra conduce hasta la piscina, con plantas y
enredaderas que la cubren, haciendo que parezca casi una jungla.
Es realmente hermoso, y por la expresión en el rostro de Mila sé que
está de acuerdo conmigo.
Después de un momento de silencio, se gira hacia mí con los ojos
brillando de emoción.
—Riagan… —
La forma en que dice mi nombre… tan dulce. Tan jodidamente
hermosa. Me hace preguntarme si sonaría igual cuando este dentro de su
cuerpo. Cuando la haga mía.
Maldita sea.
Sacudiendo esos pensamientos y mi mente sucia, hablo.
—¿Sí?
—Dudé de ti.
Frunzo el ceño y me acerco a donde ella está, pero sin invadir su
espacio para no abrumarla.
—¿Dudaste de mí?
—Sí —asiente, y me resulta divertido cómo sus rizos dorados rebotan
con el movimiento—. Pensé que no hablabas en serio cuando me dijiste que
te gustaban las plantas. Perdóname. Debes entender que no he conocido a
nadie como tú, pero, en verdad, no conozco a muchas personas.
Empieza a divagar de esa manera adorable que hace que me duela el
pecho.
—Me fascinas tanto como este jardín —dice tan suavemente que, por
un instante, creo estar imaginándolo.
Me fascinas...
Carajo…
Una cosa que sé de ella es que dice lo que piensa y suelta verdades
cuando se siente cómoda o nerviosa. Eso lo he notado en todo el tiempo que
hemos pasado juntos hasta ahora.
Las palabras se me atoraban en la garganta. Siempre sé qué decir y
cómo actuar, pero debo admitir que, por primera vez en mi maldita vida, me
tomó por sorpresa. Esta chica… esta jodida chica con su sonrisa hermosa,
su corazón amable y su honestidad admirable, tiene la capacidad de dejarme
sin palabras.
—Dije algo mal —susurra Mila, sacándome de mis pensamientos.
El temblor en su voz me hace reaccionar. Aclarando la garganta, hablo:
—Mila.
—¿Sí? —La veo con uno de los vestidos que le traje. Un vestido
amarillo de tirantes finos, con una tela que abraza su cuerpo en todos los
lugares correctos. Sus rizos dorados caen salvajes alrededor de su rostro.
Sus ojos brillan más que las estrellas que iluminan la noche.
—Tu honestidad es refrescante —digo—. Nada de lo que me digas será
jamás incorrecto. Te lo prometo. Habla libremente conmigo y siempre di lo
que piensas.
—No pareces estar enojado… —señala mientras muerde nerviosa su
carnoso labio inferior.
Mientras sus ojos miran mi pecho, me atrapo observando sus labios. Lo
que daría por probarlos. Por descubrir finalmente si saben tan dulce como
parecen. Estoy seguro que sí.
Tan jodidamente dulce.
—¿Por qué habría de estarlo?
Ella se encoge de hombros.
—No sé. La mayoría de las personas hacen caras que no entiendo
cuando hablo de las cosas que me gustan, pero ellos no.
—Esas personas son unos idiotas. —Su hermosa boca forma una ‘O’.—
Son ordinarios, y tú eres todo menos eso.
Ella frunce el ceño, y no puedo evitarlo. Doy un paso más cerca. Me
pongo más erguido. Mucho más, y sin camisa. Muerdo mi labio para ocultar
la sonrisa que quiere apoderarse de mi rostro cuando la sorprendo
lamiéndose los labios. Le gusta lo que ve. Bien.
Tampoco se retira ni intenta esconder su rostro como ha hecho varias
veces antes.
Soy consciente de que esta situación es una locura, pero nada de lo que
siento por ella es lógico.
No encuentro en mí ninguna razón para importarme.
Cuando estoy a un suspiro de distancia, meto la mano en el bolsillo y le
paso mi teléfono.
—Dile a tu hermana que estás bien.
—Me ha dolido no poder comunicarme con ella.— Mila susurra con
tristeza.
No soy un hombre con moral.
Siempre he hecho lo que es mejor para mí y para el clan, sin importar
los sentimientos o deseos de otros, pero con esta chica quiero cumplir mis
promesas. Quiero ser… mejor.
Mila levanta la barbilla y hace todo lo posible por sostener mi mirada, y
joder, lo logra. Dura dos segundos más que la última vez. Sí, estoy
contando.
Ella toma el teléfono con cautela, y cuando lo agarra, sus dedos rozan
ligeramente los míos, y lo siento. Ese impulso de energía que recorre mi
cuerpo cada vez que ella está cerca o cuando su piel toca la mía.
Estoy perdiendo la razón.
Estoy adicto.
Antes de soltar el teléfono, la advierto:
—Los cabrones que te persiguen podrían rastrear la llamada, así que
para estar seguros, envía un mensaje de voz, y tiene que ser corto, cariño.
Por tu seguridad y para no comprometerla a ella.
Siento culpa cuando la luz en sus ojos se apaga, pero joder, no voy a
arriesgarla. Su seguridad no es negociable.
—Confía en mí. Sé que es mucho pedir, pero necesito que confíes en
que te sacaré de esto con vida y de regreso con tus hermanas. Ya intentaron
acabar con Arianna y fracasaron. No dejaré que te hagan daño.
Ella levanta la mirada, pero no dice nada. En cambio, asiente
suavemente y acerca el teléfono a su boca.
La observo mientras respira hondo antes de presionar la pantalla táctil.
—Sirius. Soy… yo, Mila. —Su voz se quiebra, como si las lágrimas no
estuvieran lejos—. Por favor, no te preocupes. Estoy viva y estoy bien. Sé
que nada de lo que diga evitará que me busques, pero te prometo que estoy
bien y que encontraré el camino de regreso a ti. Yo… te amo mucho.
Suspira profundamente antes de continuar.
—Un día. ¿Sí? Este es mi “un día”, y solo quiero que luches por el tuyo
en lugar de preocuparte por mí.
Su voz, la tristeza en ella, me atraviesa.
—Nos veremos pronto, hermana. Ya verás.
Con eso, termina el mensaje y me devuelve el teléfono. Rápidamente
escribo el número y presiono enviar. Luego tiro el teléfono al suelo y lo
aplasto con la bota.
Después de un largo momento, despejo mi garganta.
—Lo último que quiero es que te sientas como una prisionera. No lo
eres aquí, pero mientras tanto, necesito sacarte del radar y tenemos que
tomar algunas precauciones. Eso significa nada de contacto con el exterior
y nada de redes sociales hasta que yo o tu hermana eliminemos la amenaza.
—S-sí, lo sé. —Responde distraída mientras se toca el pecho tres veces.
Lo está haciendo otra vez.
Mi propio pecho se aprieta.
Instintivamente, me acerco y aparto un mechón dorado detrás de su
oreja. Ignorando su agudo jadeo, le pregunto:
—¿Duele?
Observo su rostro.
—¿Te duele el pecho, cariño?
Sus siguientes palabras me desarman.
—Ya no.
Sus ojos, del color del cielo en un día perfecto, atraviesan mi alma antes
de mirar hacia otro lado.
—Qué extraño... —murmura distraída.
La expresión en su rostro cuando le digo una palabra amable o soy
brutalmente honesto con ella me afecta. Es como ser testigo de que
descubre un sentimiento nuevo o desbloquea un recuerdo alegre reprimido
durante años y que ahora vuelve a ella. Es... conmovedor.
—Hazme tus preguntas, mariposa —digo con voz áspera. Sé que tiene
un millón de ellas, y que no le he dado respuestas claras. Sé que eso la
molesta. Mila es de esas chicas que siguen su mente en lugar de su corazón,
pero de alguna manera, esta vez algo me dice que apagó su mente, aunque
sea por un rato, y confió en su corazón.
Maldita sea, espero que sea por eso que decidió actuar sin miedo y
confiar en mí.
—¿Por qué estoy aquí? ¿De verdad? No puede ser solo por mi
seguridad y las promesas que le hiciste a mi hermana. Hay algo más. Lo
siento.
Ella merece respuestas, y se las voy a dar junto con algunas mentiras
piadosas.
Porque la verdad es que aún no puedo contarle mi verdad.
No está lista.
Pero lo estará.
Con el tiempo.
Mila
NO SOY AJENA AL DESAMOR .
Supongo que supe lo que era un corazón roto antes que la mayoría de
las chicas de mi edad.
No fue un chico quien me rompió el corazón, no.
Fue la vida.
El dolor al que mis hermanas fueron sometidas por mi discapacidad
hizo más daño a mi corazón que los insultos y el abandono. Sin embargo,
eso parece pequeño e insignificante comparado con la sensación de
desesperación en mi pecho solo de pensar en que mis dos hermanas están
tan lejos y posiblemente en peligro, y no puedo hacer nada más que
quedarme aquí y dejar que este hombre me proteja mientras la persona más
valiente que conozco, Kadra, lucha contra demonios que han atormentado a
esta familia por demasiado tiempo.
Ella siempre ha sido mi protectora, y en mi ingenuidad por ayudarla a
encontrar su paz, me metí en esta situación. Pero la culpa que siento… la
culpa es lo que más me duele porque, aunque una parte de mí sufre por
ponerla en una posición donde tendrá que preocuparse por mí, otra parte se
siente libre. Libre para finalmente ver el mundo a través de los ojos de mi
hermana y para experimentarlo también.
Para finalmente vivir.
—Mi padre está muy enfermo —la profunda voz de Riagan rompe mis
pensamientos, regresándome al momento justo cuando una ráfaga de viento
llega sin aviso, provocando que la piel se me erice.
Al mirarlo, estudio no solo su expresión facial, sino su postura rígida.
Rápidamente atrapo su mirada y encuentro oscuridad allí.
—¿Va a morir? —me estremezco un poco al darme cuenta de lo que
pregunté y de cómo pudo haberle sonado.
A veces olvido que las personas normales no desean la muerte de sus
padres. La mayoría de los niños en realidad quieren a sus padres. Debo
tener más cuidado con la forma en que me expreso con él, ser cautelosa
para no ofenderlo. Él podría decir que nada de eso podría herirlo o hacerlo
enojar, y puede que lo diga ahora, pero las personas cambian. Eso lo sé muy
bien. Cuando abro la boca y digo cosas sin mala intención pero que son
verdades dolorosas, la gente se ofende.
Y cuando ofendes a alguien en mi mundo, se enojan. Incluso se
enfurecen.
Entonces... soy yo quien sale lastimada.
Sentimientos heridos y a veces labios partidos o piel rota.
Todo depende del humor que tengan ese día.
Riagan gruñe. —No morirá. —Aclara su garganta antes de continuar.—
Pero me pidió algo, por si acaso perdía la batalla contra el cáncer.
—¿Qué te pidió? —Lo observo, parado frente a mí como una estatua de
piedra que desborda furia. Oscuro y amenazante, pero suave al mismo
tiempo.
Este hombre es un misterio.
—Deseaba verme casado. Quiere que lidere nuestro clan con una reina a
mi lado. —Un escalofrío recorre mi espalda, y no tiene nada que ver con la
brisa fría, sino con sus palabras.
—No entiendo.
—No hay nada que no haría por mi padre, y si lo que quiere es verme
con esposa, así será. Lo haré, pero no puedo casarme con cualquiera, ¿ves?
Necesito a una mujer que conozca este estilo de vida. Una mujer que
entienda que hago cosas feas por el bien de mi familia. Una mujer que no le
tema a mi oscuridad.
—Tengo miedo de todo —susurro con sinceridad mientras poco a poco
me alejo. Este hombre de repente hace que parezca que está absorbiendo el
aire de todo el espacio abierto. Irreal. Inexplicable.
—Eso no es verdad. —Él se acerca, sin dejar espacio entre nosotros,
aunque tampoco me acorrala. Noto que cada vez que se acerca, siempre se
detiene antes de invadir mi espacio. Retrocede un poco.
—No me tienes miedo a mí, como la mayoría de las personas. —Señala.
Al mirar su rostro, noto que la oscuridad en sus ojos desapareció y
ahora luce… más suave. Incluso gentil.
—Eres amable —suelo decir de repente. Al menos más amable que la
mayoría de las personas que he conocido. Él no grita. Desde que lo volví a
ver, siempre tiene una palabra bonita para mí y, bueno… le vació el
cargador a un hombre por hacerme daño y llamarme cosas feas. No es un
hombre moral, para nada… pero eso fue algo bonito o heroico, de una
manera retorcida.
—Soy todo lo feo que se esconde a simple vista, Mila. No te engañes.
—Suspira cuando no digo nada más. ¿Qué puedo decir? Me quedo sin
palabras.— Busquemos la lógica en esto, ¿quieres? —Se acerca mientras yo
siento que aún contengo la respiración.— Necesito una esposa para hacer
sonreír a un hombre enfermo y tú… —Oh, es bueno… Está usando la
lógica y a un hombre enfermo para defender su punto. Dos cosas que no
puedo negar. ¿Lógica y hechos? Siempre me han servido.— Su padre
enfermo… bueno, soy humana. Tengo un corazón. Uno suave. Con eso
nada mas me tiene en sus manos.
—¿Y yo? —pregunto, conteniendo la respiración y esperando lo que
viene a continuación.
—Tienes un objetivo en la cabeza. Mi apellido y mi anillo en tu dedo
harán que piensen dos veces antes de meterse contigo, Mila. No hay pecado
más grande en mi mundo que atacar a la familia del jefe.
Familia.
Anillo en tu dedo.
—No se atreverán a comenzar una guerra, y si lo hacen, serán ellos
quienes no salgan vivos del otro lado. Eso te lo garantizo. —Hay una
amenaza en su tono. Una amenaza teñida de oscuridad.— Meterse con mi
esposa es algo que esos cabrones pensarán dos veces.
La energía chispeaba entre nosotros.
Una luz oscura, muy oscura.
El impacto me hizo retroceder un paso. No lo esperaba. Ni cerca.
Al mirar mis manos, trato de encontrar mil razones por las que esto es
una mala idea. No puedo casarme con este hombre. No sé mucho del amor
más allá de lo que leo en mis novelas románticas, pero algo sí sé: los
matrimonios falsos o de conveniencia siempre tienden a difuminar las
líneas.
Pero la lógica demuestra que, en papel, esto es una situación donde
todos ganan. Este hombre puede protegerme mientras mi hermana aniquila
la amenaza, y bueno… yo puedo ayudarlo a hacer que el doloroso camino
de su padre sea menos… doloroso, supongo.
Entonces, un pensamiento me atraviesa y apuro las siguientes palabras:
—Si vamos a hacer esto, tenemos que establecer algunas cosas. Por
favor, siéntete libre de hablar cuando creas que he sobrepasado un límite o
si te he ofendido de alguna manera. También debes saber que no pretendo
sonar ingrata. Estoy viva y aquí ahora gracias a ti. Te debo mucho, lo sé. —
Respiro hondo, aún mirando mis manos porque no estoy segura de poder
sostener su mirada, ni siquiera por un segundo, durante esta conversación.
— En este acuerdo… no puedes enamorarte de mí.
Lo dije. El calor se instala cuando el silencio lo sigue. Solo se oyen las
olas, y estoy segura de que también mi respiración agitada, tan errática
como es ahora.
Observo cómo sus botas avanzan, tocando el camino de piedra del
jardín más hermoso que he visto en mi vida. Mis ojos se apartan de sus
botas y me encuentro mirando a todas partes menos a él. Me da vergüenza,
y cuando me siento así, solo busco algo que me calme y me haga sentir
segura. Por suerte, estoy rodeada no solo por el mar, sino por un jardín que
parece mágico.
Conté una docena de flores exóticas que solo había visto en Internet, y
sin embargo él las cultiva aquí. Este lugar es un sueño para alguien como
yo. Desde niña, la jardinería ha sido mi escape. Siempre me pareció
fascinante. Poder hacer crecer y cuidar algo vivo me da un sentido de
propósito.
Mi mirada se desliza por el jardín hipnotizante, desde las enormes
palmeras con sus hojas verdes más intensas, hasta los arbustos de orquídeas
y aves del paraíso entrelazados, con el césped perfectamente cortado,
formando una imagen mágica sacada de un cuento de hadas.
Varios bancos y rincones bordean el perímetro, completando la
composición, y desde afuera parece que se eligió un diseño moderno
perfecto, enfocado en la fauna del lugar y con detalles personales. Colores
vivos y frescos con un toque de magia.
Casi puedo imaginar a Riagan recorriendo este sitio, su aura añadiendo
aún más encanto a este paraíso.
—Mila. —dice él.
—¿Sí? —murmuro, todavía mirando hacia otro lado.
—Este acuerdo es estrictamente de negocios. —Su tono suena seco,
pero no grosero. Algo en mi pecho duele cuando lo dice así. Acuerdo.
Negocios. Debería sentirme aliviada, pero ¿por qué no lo estoy?
—¿Qué implica este... acuerdo?
—Nos casaremos, por supuesto.
—¿Por cuánto tiempo? —Desvía mi mirada de las flores para fijarla en
su rostro. Noto que su mandíbula está tensa, como si no le agradara cómo
tomó la conversación.
—Un año.
Mis ojos se agrandan.
—¿Un año? ¿Pero qué pasa con mis hermanas? ¿Dónde viviré? ¿Cómo
funcionará? ¿Tendremos sexo? —Mi mente no para de darle vueltas y, de
repente, me siento mareada.
—Mila, respira. —Manos suaves caen sobre mis hombros. Debería
apartarlas. Mi piel debería erizarse con su contacto, pero, una vez más, no
pasa nada. No me siento repelida ni incómoda. En cambio, mi cuerpo
obedece. La ansiedad se escapa de mí y logro tomar una bocanada de aire.
Todo gracias a su voz calmada y su tacto gentil. Sorprendente.
—Durante un año, estarás a mi lado como mi esposa, y durante ese
tiempo vivirás conmigo, claro, en Filadelfia. También podrás ver a tus
hermanas siempre que no pongan en riesgo tu seguridad. —Frunzo el ceño
en esa parte. ¿Se refiere a Kadra? —Además, estarás bajo mi protección.
Nadie te joderá, y ya no serás una prisionera. No en mi mundo. No en mi
ciudad. Ya no perteneces a las sombras, Mila. Nunca más.
Encontrar el siguiente aliento es difícil, pero logro hacerlo, lo suficiente
para sacar las próximas palabras.
—Eres diferente a casi todos los que he conocido, Riagan O’Sullivan.
—Lo suelto sin querer.
—Igualmente, mariposa... —Ahí va otra vez esa sensación confusa en
mi pecho.
¿Cómo le digo a este hombre que no puedo ofrecerle nada más que una
amistad?
Porque hay un fantasma en mi corazón. Alguien que tomó residencia
permanente y nunca se fue de mi mente, incluso cuando solo fue temporal.
Pero sus palabras y su naturaleza dulce y bondadosa me tocaron de formas
que nunca admitiré. Quisiera contarle esto a Riagan, pero no lo hago. No
serviría de nada. Además, el hombre de los correos siempre ha sido mi
secreto. Un sueño, nunca una realidad. Pero, ¿cómo se lo explico a este
hombre? ¿Acaso necesito hacerlo? Él aceptó que esto es solo un arreglo
mutuamente beneficioso, y no creo que espere que el amor florezca entre
nosotros. Él necesita una esposa fingida...
Eso es todo.
Sigue diciéndote eso...
¿No has aprendido nada de las novelas románticas? Estas situaciones
siempre terminan de un modo distinto al que tienes pensado, chica.
—Para ti. —Bajo la vista hacia su mano y encuentro un lirio asiático
amarillo. Doy un paso tímido y tomo la hermosa flor de sus dedos.
—Me preguntaste cuál era mi planta favorita. —Estás en problemas, me
dice la vocecita interna burlona. Ignorando ese molesto susurro, me
concentro en la flor.
No puedo evitar sonreír. Las flores amarillas nunca fallan en hacerme
sonreír. Hay algo tan alegre y contagioso en ese color.
—Gracias... —susurro sin apartar la vista de la flor. Un lirio. ¿Por qué
será ese su favorito? ¿Qué encuentra fascinante en esta flor, entre todas las
hermosas que nos rodean? Me pierdo en mis pensamientos.
Un segundo después, como si hubiera leído mi mente, él responde:
—¿Sabías que en la mitología griega, el lirio era la flor de Hera, esposa
de Zeus? Las leyendas dicen que el lirio se formó de la leche de su pecho.
Sin embargo, en la mitología romana, Venus, la diosa de la belleza, estaba
tan celosa de la pureza blanca de la flor que hizo crecer el pistilo desde su
centro.
Sorprendida, levanto la vista hacia él y mis ojos chocan con sus
hermosos ojos azules.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Es que me sorprendiste, nada más —murmura tímido.
Él me sorprendió mucho más que eso. Me alegró la noche simplemente
con regalarme su flor favorita y contarme ese dato curioso, y de nuevo
siento esa sensación... Deja-vu.
—¿Eso es bueno o malo? —me atrevo a preguntar, notando que se ha
acercado aún más, tan cerca que casi siento su aliento sobre mi piel.
Bueno. Muy bueno.
Quiero decirlo, pero algo me detiene.
Miedo, tal vez.
Miedo a lo que todo esto pueda significar para mí ahora.
Tan solo un poco de tiempo con este hombre me tiene ignorando toda
razón y actuando por impulso. Eso no soy yo.
Peligroso, te digo.
Él es peligroso para un corazón ingenuo.
Por eso mi corazón se hace a un lado y mi cerebro toma el control en el
siguiente momento.
—No cruzamos líneas, ¿de acuerdo? —extiendo mi brazo hacia él,
esperando que haga lo mismo, y cuando su mano grande y áspera cierra la
mía, siento una descarga eléctrica recorrer mi cuerpo. Una reacción que
solo él provoca en mí.
—¿Trato? —mi voz sale ronca.
—Está bien... —dice él, y aunque ignoro la sonrisa traviesa que se
asoma en sus labios, no puedo evitar notarlo.
Y eso es todo.
Ahora soy una mujer comprometida.
No se me escapa que dijo “está bien” en lugar de “trato”, pero no le doy
demasiadas vueltas porque al instante siguiente interrumpe mis
pensamientos.
—Te gustan los libros de romance ficción, ¿verdad, cariño?
—Sí, me gustan —frunzo el ceño, preguntándome a dónde quiere llegar
con eso.
—Piensa en esto como una gran aventura, mientras dure.
¿Una aventura? Nunca tuve una. Mentira.
Una aventura fue justo lo que me metió en este lío.
—Volvamos adentro, mariposa —dice Riagan.
Con la flor en la mano, no puedo sacudirme la sensación de que no hay
vuelta atrás.
Mi destino quedó sellado en el momento en que nuestros caminos se
cruzaron.
Juro que escucho que susurra algo a mi espalda.
Algo que suena mucho a:
—Tú también me fascinas, mariposa.
Oh, no…
Algo dentro de mi duda si hice lo correcto.
Porque, de alguna manera, siento que poner en la zona de amigos al
hombre con el que planeo casarme me va a salir caro, y pronto.
De eso, no tengo ninguna duda.
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
Mi futura esposa me ha dejado en el ‘friendzone’.
¿Quién hubiera pensado que tendría que competir
conmigo mismo por su amor?
¡Carajo, no yo!
Pura Oscuridad
KADRA
¿Cuchillo o pistola? ¿Quizás deberíamos usar
ambos? – Vi
—E strellita, ¿dónde estás…? —canto en voz baja, acariciando el
cabello de mi hermana mas pequeña, Mila, mientras intento
calmar su incomodidad—. Me pregunto, ¿dónde estás…
Mi hermana tiembla incontrolablemente entre mis brazos, mientras
tratamos de escapar, aunque sea por unos segundos, de la triste realidad en
la que vivimos.
Nada ayuda.
No realmente.
Pero lo intento con todas mis fuerzas. Porque cuando a alguien le han
quitado tanto, lo mínimo que merece es algo.
Consuelo.
Amor.
Comprensión.
Mila está creciendo.
Y eso significa que, cuando se siente sola o atrapada dentro de las
cuatro paredes de su habitación, empieza a deambular por la casa en busca
de algo... de alguien.
La mayoría de los niños de su edad tienen todos los juguetes del
mercado, ropa bonita y un cuarto digno de una pequeña princesa.
Pero ella no.
Mi Mila no.
Mi Mila solo ha conocido paredes blancas y una habitación fría. Nada
en ese espacio dice que ahí vive una niña con el corazón más grande que he
conocido. Una niña tan inteligente como bondadosa.
Desde el momento en que llegó a este mundo, nuestro padre ha
intentado borrar su existencia.
Empujándola a las sombras.
Negándole hasta lo más básico.
Y aun así, mi dulce, dulce hermana, siempre ha llevado una sonrisa
brillante en el rostro y una palabra amable en los labios, incluso cuando su
corazón ha sido roto una y otra vez.
Esta noche, se escapó con su pijama azul y su libro favorito en las
manos, buscando a alguien que se lo leyera. Es lista para su edad, pero aún
hay palabras que no comprende del todo.
Antes de encontrarme a mí o a Arianna, se topó con nuestra peor
pesadilla.
Nuestro padre.
—Arianna… —susurra Mila, con un sollozo, mientras señala con su
dedito la puerta de la habitación de nuestra hermana.
—Shhhh, stelina. Todo estará bien —le digo en voz baja, meciendo su
pequeño cuerpo entre mis brazos, deseando que alguien viniera a llevársela
lejos de este lugar, aunque me partiera el alma verla partir.
De verdad creo que Dios cometió un error al asignarle esta familia.
No la merecemos.
Las personas podridas no merecen un corazón tan puro como el de ella.
Ella merece algo mejor.
Mucho mejor.
Siempre ha sido así.
Le aparto con cuidado los rizos del rostro y noto las lágrimas en sus
ojos. Los moretones en su cuello empiezan a notarse.
Moretones que hacen juego con los míos.
—Canta esta canción, stelina. Cántala cuando el mundo sea demasiado
ruidoso o cuando tengas miedo —susurro.
Cántala, maldita sea, cuando alguien sea cruel contigo o cuando algo
te haga daño. Quiero decírselo. Pero no lo hago. Me lo guardo.
No tengo ninguna duda de que ella enfrentará grandes obstáculos
cuando sea mayor.
Y yo prometo destrozar a cada monstruo que intente lastimarla.
Pero… ¿y si no estoy?
¿Y si se encuentra completamente sola en este mundo?
¿Qué entonces?
Si me quedaran lágrimas, las derramaría ahora.
Por la niña que canta en voz baja entre mis brazos.
Por nuestra hermana mayor, que está siendo usada como saco de boxeo
por atreverse a enfrentarse a nuestro padre.
Por ser valiente.
Por no tener miedo.
Miro el libro de cuentos de hadas que Mila dejó caer. Su favorito.
El mismo que quería que alguien le leyera antes de dormir.
Eso era todo lo que quería.
No pide mucho.
Se queda callada y trata de pasar desapercibida, como si ya supiera
que esa es su mejor oportunidad de escapar de nuestro padre sin corazón.
De escapar de su rabia y de su crueldad.
Observo la cubierta del libro, donde una hermosa princesa viste un
vestido amarillo y una corona dorada, cantando alegremente a los
animales del bosque. Se parece un poco a Mila, con sus ojos azules y su
dulce sonrisa.
Desvío la mirada del libro y miro a mi hermana, consciente de que aún
es demasiado pequeña para entender ciertas verdades. Algún día, lo hará.
Un día se despertará y se dará cuenta de que los cuentos de hadas no
son reales.
Son solo historias.
No hay finales felices para niñas como nosotras.
Algún día, su pequeño corazón se romperá, y yo no podré evitarlo.
Porque a mí ya me pasó.
Mi corazón se rompió el día en que mi padre dirigió su furia hacia mis
hermanas, todo porque yo me atreví a desobedecerlo.
Yo lo provoqué. Fue mi culpa.
Mientras mis hermanas anhelan ese “un día” en el que puedan brillar
bajo el sol, yo no espero el día en que sea lo suficientemente fuerte para
terminar con su miseria.
Los finales felices solo llegan cuando la princesa logra liberarse de su
malvada madrastra, ¿no es así?
En nuestro caso, es nuestro propio padre.
Nuestra propia sangre.
La persona que debería habernos amado y protegido. Pero en lugar de
eso, fue quien nos enseñó a doler y a sangrar por pecados que no eran
nuestros.
Ese “un día” no llegará mientras él siga respirando. Mientras siga
reinando.
Solo queda una opción.
Un camino para lograrlo.
Es bastante simple, ¿sabes?
Todo lo que necesito hacer es derrotar al rey sin corazón.
—U N DÍA . ¿Está bien? Este es mi “un día”, y solo quiero que tú luches por
el tuyo en lugar de preocuparte por mí.
El mensaje de voz termina, y lo que quedaba de mi corazón—ese que
solo late por mi hermanita—se hace pedazos a mis pies.
Mi hermana.
Mi niña ahora está en manos de mis enemigos… y todo es mi culpa.
Debí haber hecho más para mantenerla a salvo, pero ¿qué más podía
haber hecho?
Mi necesidad de protegerla, de mantenerla viva, comenzó a apagar su
luz. Lo veía todos los días. Cómo esa niña con estrellas en los ojos y tanta
bondad en el corazón se iba desvaneciendo poco a poco, oculta dentro de
esta fría mansión que nunca se sintió como un hogar.
Más bien como una prisión.
Le fallé.
Y aunque pensé que todo había mejorado con la salida de nuestro
donador de esperma de nuestras vidas, me equivoqué.
Hice todo lo que estuvo en mis manos para protegerla de la crueldad de
este mundo enfermo… y no sirvió de nada. Ahora lo veo claro.
Su voz…
Mila siempre fue fácil de leer.
Nunca pudo mentirme… hasta que lo hizo.
Hasta que empezó a fingir que estaba satisfecha con la vida que llevaba
aquí, conmigo.
Debí haberlo sabido.
Aunque, en el fondo, sí lo sabía, ¿no? Solo elegí ignorarlo, porque
mientras ella estuviera aquí, conmigo, todo estaría bien.
Estaría a salvo.
Pero ahora no lo está.
Sus palabras se repiten en mi mente, torturándome más y más.
Un día.
Su un día.
Joder.
El pánico, la rabia y la desesperación se enroscan en mi estómago,
encendiéndome.
Haciéndome ver rojo.
—La perdiste —susurro con desprecio, mientras Nico niega con la
cabeza, con la decencia de lucir arrepentido.
—Tenías un solo trabajo, Nicolás.
—Jefa… —murmura el hombre en el que confié la seguridad de mi
hermana y el seguimiento de Augustus, alzando la vista hacia mí con ojos
llenos de miedo.
Bien. Me alegra que tenga miedo.
Tiene razón al tener miedo.
Por lo general, disfruto ese temor en mis enemigos. Pero él no es
exactamente eso. No es mi enemigo.
No.
Es mi soldado.
Un soldado que la cagó, y eso me pone en una posición incómoda:
¿cómo saber que no me traicionó como Augustus? ¿Cómo estar seguro de
que no conspiró contra mí?
Una rata.
Me detengo un instante, contemplando todas mis opciones.
Todos tenemos oscuridad dentro.
Algunos la alimentan.
Otros le temen.
Yo no le temo a la oscuridad, no. Yo la alimento. Una vez estuve en
medio de todo, perdiendo lentamente el alma en la oscuridad, pero mi amor
por mis hermanas siempre me impidió caer por completo. Hasta que un día
me vi forzado a abrazarla.
Ahora la oscuridad es mi única amiga.
Mi aliada.
Mi refugio.
Decidido, tomo mi arma y la observo un segundo antes de ponerla en la
funda que llevo atada al pecho.
—Phoenix. —le digo a Nicolas con voz helada— ¿Te suena ese
nombre?
La expresión en su rostro me confirma que sí: sus ojos se abren y sus
fosas nasales se dilatan.
—Te juro por Dios, jefa, yo… —intenta justificar.
Lo detengo con un gesto de mi mano enguantada antes de que me
conteste más mierda.
Dios no existe aquí. Al menos no en esta tierra de pecadores.
No donde reinan los sin alma.
Donde yo reino.
Disfruto el temor en su rostro mientras decido qué hacer a continuación.
Me muevo con lentitud hacia la mesa metálica al fondo de mi oficina,
donde guardo mis cuchillos favoritos. Ah… cómo me gusta jugar con ellos.
Siempre ha sido así. Me hicieron fuerte cuando mis propias manos no
bastaban.
Paso los dedos por el metal, acariciando su filo con reverencia hasta
detenerme en mi favorita: el cuchillo de carnicero. Lo tomo con firmeza
antes de girarme hacia mi soldado.
Luce patético.
Débil.
Está de rodillas, con sangre cubriéndole la mitad del rostro y el sudor
cayendo por su cabello rubio, ahora revuelto y sucio.
Un recuerdo me golpea con fuerza mientras lo observo desde arriba.
El líder de esta familia debe cultivar el miedo.
Si tus soldados no te temen, entonces estás perdida.
Sí, también deben respetarte. Incluso agradecerte. Pero el miedo… el
miedo es esencial.
Las palabras de Gabriele resuenan en mi mente, recordándome cómo
llegué hasta aquí.
No fue por linaje.
Ni por mi apellido.
Todas las probabilidades estaban en mi contra.
Soy una mujer en el mundo de los hombres.
Llegué donde estoy gracias al miedo.
El miedo a lo que podría hacerles es lo que los mantiene leales y
obedientes. Pero alguien se convirtió en rata, y eso nos ha traído hasta este
momento.
—¿Deseas vivir un día más, Nicolás?
Con el cuchillo en mano, doy un paso al frente, mis tacones resonando
contra el suelo mientras me acerco al hombre.
Los ojos marrones y asustados de Nicolás se clavan en los míos. Apesta
a desesperación. Patético.
Paso la hoja del cuchillo por su mejilla enrojecida, disfrutando la forma
en que se estremece. No es placer; es puro miedo.
—Déjame demostrarte que soy leal. Jefa, lo juro por Cristo bendito, no
sabía una mierda de lo que planeaban. No tengo nada que ocultar. Yo no
estuve detrás de la emboscada ni del secuestro de tu hermana.
Los ojos.
Los ojos siempre revelan la verdad, y los de Nicolás —pequeños,
hundidos— me dicen que no miente. Pero me niego a decírselo.
Que se quede jugueteando con la posibilidad de ser ejecutado por mis
manos… o mejor dicho, por mi cuchillo.
—Encuéntrame el nombre de quien se atrevió a llevarse a mi hermana.
Tráeme también la cabeza de Gus. Quiero un nombre antes de que termine
el día… o será tu cabeza la que tenga en su lugar.
Apunto con el cuchillo hacia la puerta, ordenándole en silencio que se
largue. Se incorpora con dificultad, las rodillas temblorosas, y se dirige
hacia la salida. Justo antes de cruzar el umbral, alzo la voz de nuevo:
—Y deja de jurar por Dios, Nicolás. Solo los tontos creen que algo así
existe.
Nicolás inclina la cabeza y cierra la puerta con rapidez tras de sí,
claramente deseando huir antes de que cambie de opinión.
Y lo que dije es verdad.
Solo los tontos creen en una presencia que todo lo ve.
Un ser de luz y amor.
Eso es una mierda.
No existe tal cosa, porque si existiera, ¿cómo es que tanta gente
inocente y vulnerable sufre?
Y ese supuesto Dios de amor y perdón nunca interviene.
Deja que la escoria gobierne esta tierra, causando caos a su antojo,
mientras él se sienta y no hace nada.
No creo en Dios.
Ni en leyendas ni en mitos.
Solo creo en mí misma.
Eso es todo lo que siempre necesitaré.
Mensaje de C
Mila,
Llegará un momento en tu vida en el que tendré que
hacer lo que sea necesario para protegerte. Lo siento
si en el proceso te corto las alas. Intento evitar que
las llamas te consuman como me consumieron a mí.
— Sirius.
Dulces y Celos
RIAGAN
“Este amor lo vale todo.” – R
U
n dulce aroma flota en el aire mientras bajo las escaleras rumbo a la
cocina. El olor delicioso es tan tentador que hace que se me haga
agua la boca y el estómago me gruñe. Apuro el paso en busca de
Mila. No estaba en su habitación cuando fui a buscarla tan pronto me
levante.
Es temprano en la mañana y mi cuerpo se siente cansado, como si no
hubiera dormido mucho anoche. Porque no lo hice.
Una pequeña provocadora rubia no dejaba de rondar en mi mente,
arruinando con éxito cada intento de dormir. Joder, cómo cambian las cosas
en un abrir y cerrar de ojos. Cómo un día puedes estar viajando por la vida
solo, simplemente existiendo, sin realmente vivir, y al siguiente, pues…
Mila aparece.
Y aquí estoy.
No solo le propuse un matrimonio de conveniencia, sino que esa misma
noche, mi prometida me encasilla en la “zona de amigos”. Un hombre
cuerdo se sentiría molesto por ser rechazado, pero a mí me recorre la
emoción del desafío.
Estaba seguro de que esto no sería fácil.
Si ella fuera fácil, no sería ella.
Y no puedo negar que ella es la elegida.
La mía.
Que se joda la tradición.
Que se joda el “cortejo normal”.
Siempre he seguido el ritmo de mi propio maldito tambor. Nunca me
importó seguir las normas sociales.
La quería. Encontré una forma de entrar en su pequeño mundo. Y ahora
no pienso irme jamás.
¿Eso me hace un acosador? Sí.
¿Es demasiado rápido? Para ella, tal vez. Pero yo he esperado un
maldito buen rato.
Esta necesidad por ella ha estado burbujeando dentro de mí durante
años.
Claro, antes había deseado a otras mujeres. Pero nada se había sentido
como esto. Las mujeres caían tan fácil como los billetes de dólar. Simple.
Sin mucho esfuerzo.
Si quería a una mujer, normalmente la invitaba a salir, la llevaba a la
cama, la “sacaba de mi sistema” —por más que odiara esa frase— y listo.
La vida seguía, y yo también.
Pero la vida no siguió igual después de mi primer encuentro con la
pequeña princesa Parisi. No, para nada.
Al principio fue inocente, luego ella creció, y yo crucé la maldita línea.
Ahora es demasiado tarde.
Estoy obsesionado.
Pobre chica.
Mientras me acerco a la cocina, me detengo al contemplar la escena
frente a mí.
Rojo.
No, que se joda eso. Verde.
Veo todo malditamente verde.
Celos.
Mi pequeña mariposa está en mi cocina, vestida con nada más que una
camisa crema demasiado grande y sin un puto sostén. Podría disfrutar la
perfecta imagen de sus redondos pechos presionando contra la tela, si no
fuera porque el jefe de mi clan —mi futuro jefe de clan convertido en
comida para peces— está sentado frente a ella con una sonrisa idiota y un
plato de waffles: sus malditos waffles.
No sé qué me jode más: que seguramente haya tenido una buena vista
de sus perfectos senos y esos pequeños pezones, o que se esté comiendo
algo que ella preparó.
Las dos cosas.
Nunca he sido bueno compartiendo, y nunca lo seré.
Kelly, el cerdo, ni siquiera termina un bocado antes de meterse más
comida en la boca, como si lo hubieran criado en un maldito establo.
Pero lo que de verdad me sube la presión es la forma en que Mila brilla
mientras lo observa comer. Como si la manera en que el imbécil mastica el
waffle y se chupa los dedos después de cada bocado le diera alegría.
Joder, su sonrisa.
Esa sonrisa perfecta hace que un día de mierda mejore.
Ella es mía, y también sus sonrisas.
—Kelly —gruño, sobresaltando a Mila. Mierda.
Hago lo posible por controlar a la bestia celosa que quiere salir de mi
cuerpo y estrangular a uno de mis hombres más leales y amigo. Un amigo
que sonríe de oreja a oreja, como si leyera mi mente y disfrutara de
molestarme.
—Las plantas necesitan riego —digo entre dientes.
—Y tú, amigo mío, necesitas medicación… y quizás internarte —se ríe,
levantándose del asiento y mirando a Mila, mientras ella desvía la mirada y
se concentra en la waflera—. Gracias por los waffles tan deliciosos, cariño.
Nunca he probado nada más dulce, y no creo que alguna vez lo haga —
dice, echando toda su labia encima, sabiendo perfectamente que si va más
allá, lo matare.
Aprieto la mandíbula y lucho contra el impulso de ahogarlo con los
malditos waffles.
Entonces noto cómo la sonrisa de Mila se ensancha mientras sus
mejillas se sonrojan.
—De nada —responde tímida, con una dulzura tan profunda que es
difícil no dejarse atrapar por ella.
Pura maldita luz de sol.
Apartándome de donde Mila susurra algo sobre paredes blancas y la
ausencia de colores, me giro hacia Kelly. Espero a que se acerque y, cuando
está lo suficientemente cerca, le quito el maldito plato. No se va a comer
esos waffles.
—Guárdate ese encanto cursi para ti, hijo de puta —le advierto, pero
solo se ríe. Nunca se toma nada en serio.
Yo no bromeo con Mila.
Tampoco juego cuando se trata de ella.
Estoy jodido.
—No sé cómo carajo terminaste con una cosita dulce como esa —me
provoca mientras sale de la habitación. Juro que escucho que murmura:
“Buena suerte, cabrón”.
Sí, cabrón, el destino obra de formas misteriosas.
—¿Quieres? Son mis favoritos, pero no pensé que a otros les pudieran
gustar. ¿Te gustan los waffles? ¿Cuál sabor prefieres? ¿Tienes alguna
alergia? —Mila habla sin parar de forma adorable mientras corta fresas en
pedacitos y las coloca sobre un plato blanco de cerámica con un poco de
crema batida.
Está emocionada, lo sé. Está toda saltarina, con su cabello rubio
recogido en dos coletas altas. Nunca antes una mujer me había dejado casi
sin aire… hasta ella.
Eso es lo que pasa cada vez, ¿no? Ella me mira con esos malditos ojos
enormes color cielo, y yo me quedo intentando encontrar mi siguiente
respiro.
—Están perfectos, cariño.
Bajo la mirada al plato frente a mí. Waffles con chispas de chocolate y
trocitos de tocino encima. Mis favoritos. También los suyos.
No debería saber estas cosas de ella. Me siento culpable por saberlas, y
eso es una maldita novedad. Nunca en mi vida me había sentido culpable de
nada, salvo por mi madre.
Nada más.
Nunca me importó lo suficiente algo o alguien para sentir culpa, pero
ahora sí.
—Son mis favoritos. Es la mezcla perfecta de dulce y salado —
murmura suavemente.
Observo sus ojos azul intenso. Siempre en movimiento, siempre
curiosos, y sus manos nunca quietas. Una sostiene una espátula mientras
despega los waffles de la waflera, y la otra da golpecitos en la encimera.
—Toma. Come todos los que quieras.
Me sirve cuatro waffles enormes, y no me importa ni un poco.
Me siento, agarro el tenedor y me lanzo a probar. Al primer bocado, un
gemido de placer escapa de mis labios. He comido estos waffles casi todas
las mañanas desde que tuve dientes, y jamás he probado unos mejores que
estos.
—Quería mostrarte mi agradecimiento por ayudarme y traerme a este
mágico paraíso —dice mientras sigue dando golpecitos en la encimera.
Tap.
Tap.
Tap.
Tres veces.
Se detiene.
Pasa un segundo largo antes de que lo haga de nuevo.
—No tienes que agradecerme, cariño —muerdo una fresa mientras la
observo.
—Oh, pero sí debo. Mi nonna solía decir que siempre debemos mostrar
gratitud cuando alguien hace algo bueno por nosotros, ya sea con palabras o
con comida, y como a veces no soy muy buena con las palabras, elegí la
comida. Come.
Bueno, si ella lo dice así...
Hago lo que me dice.
Como.
Me comí todos los waffles en mi plato y luego pedí más. Y aunque
estaba lleno y sabía que no podía con otro bocado, pedí más de todos modos
porque esa sonrisa en su rostro ahora... Esa sonrisa que ilumina toda su
cara... Esa es la razón por la que hago todo esto.
Las mentiras.
Los secretos.
Todo.
Porque siempre hay un premio final, y el mío siempre fue ella.
No las tres familias de Detroit, no.
No sus asuntos.
Ella.
Siempre ella.
Entonces, una sensación enferma y satisfactoria recorre mis venas al
saber que ella no le sonrió a Kelly como me sonríe a mí.
Pasitos.
—¿Mila? —dejo el plato a un lado y hablo mientras ella mastica un
waffle. Hago lo posible por desviar los pensamientos sucios que cruzan mi
mente al verla lamer la crema batida en la comisura de sus labios rosados.
No tiene ni idea. Ni la más mínima idea de lo malditamente irresistible
que es. Mi pequeño fruto prohibido.
Sus ojos se posan en mi rostro por un raro segundo, y eso basta para que
mi corazón se acelere. ¿Cómo hace esa mierda? No lo sé.
—¿Sí?
—Necesito que me ayudes otra vez.
Mentiras. Pequeñas mentiras piadosas.
—¿Mi ayuda? —ella entrecierra los ojos, lo que la hace ver adorable
como la mierda—. ¿Con?
—Mi padre tiene una lista de cosas por hacer que no puede completar
ahora mismo. Me ofrecí a hacerlo por él, y necesito ayuda para tachar cosas
de esa lista.
—Una lista de cosas por hacer —dice, con los ojos abiertos de emoción
—. Me encantan las listas así. Yo también tengo una.
Inclina la cabeza tímidamente, como si le diera pena compartirlo
conmigo.
No tiene por qué avergonzarse. No conmigo. Las listas son para Mila lo
que las peleas de jaula son para mí.
—Entonces pensé que podríamos ayudarnos mutuamente.
—¿Cómo? —levanta la cabeza y su mirada emocionada se cruza con la
mía.
—Tú me ayudas a cumplir los deseos de la lista de mi padre, y yo te
ayudo con la tuya. ¿Qué te parece?
No responde durante casi un minuto. Ya me imagino las ruedas girando
en su cabeza, tratando de descifrar todo esto. Después de lo que parece una
eternidad, me ofrece una pequeña sonrisa.
—Me encantaría ayudarte con la lista de tu padre, Riagan.
Mi pequeña mariposa no sabe que cada uno de esos deseos es para ella.
Deseos que sé que harán feliz a su corazón.
Y, a su vez, me acercarán más a ese corazón tan dulce.
Nadie dijo que tuviera que jugar limpio.
Jugar sucio para un hombre como yo siempre ha sido —y siempre será
— la única manera.
Mila
P ARAÍSO , plantas, libros y listas de deseos.
Estoy empezando a pensar que el hombre que camina a mi lado es un
lector de mentes o una criatura mítica. Porque, ¿cómo explicaría una
persona racional esta situación? No hay lógica. Ni razón. Todo se fue por la
ventana cuando no solo huí de la ciudad con este hermoso desconocido,
sino que además acepté su propuesta de matrimonio falso.
He estado en una nube desde ayer. Matrimonio. Un matrimonio falso.
Con un hombre mayor que apenas conozco.
He visto películas sobre esto: matrimonios por conveniencia, solo en
papel. En los libros, resulta romántico, con los protagonistas enamorándose
y viviendo felices para siempre.
Pero esa no es una posibilidad para nosotros.
¿Cómo podría siquiera funcionar?
Él no soporta a mis hermanas, y ellas son lo más importante en mi vida.
Además, es el jefe de Filadelfia que necesita una reina valiente a su lado, y,
lamentablemente, esa no soy yo. Seré más una carga. Puede que no lo vea
ahora, pero tarde o temprano lo hará.
Aun así, sigo maravillada por este hombre y cómo ha logrado dejarme
sin palabras más de una vez con sus palabras amables y su conocimiento
sospechoso sobre las cosas que me hacen sonreír.
No hay forma de explicar cómo alguien que solo he visto una vez antes
sabe tanto de mí.
¿Conoces esa sensación dulce y feliz que tienes cuando haces algo que
amas?
Para mí, es cuando releo un libro de consuelo o cuando estoy rodeada
de mis plantas.
Paz.
Lo siento aquí.
Aquí, con él, caminando por una calle llena de colores mientras disfruto
un refrescante cono de hielo. Está delicioso. Tenía curiosidad por esa
delicia, como me pasa con casi todo lo que nunca he probado, así que le
pregunté al hombre que las vendía en su carrito brillante y colorido cómo
las hacía. Fue tan amable que me mostró su proceso, y Riagan estuvo a mi
lado observando conmigo, sin que en ningún momento pareciera molesto o
exasperado.
Cuando levanté la vista, lo encontré mirándome con una sonrisa suave.
La misma sonrisa que me hace sentir mariposas en el estómago.
Me hace eso muy seguido.
Toda mi vida he entrenado para pasar por desapercibida, para no atraer
atención y mantenerme fuera del camino de la gente. Pero aquí, con Riagan,
no puedo evitar hacer preguntas y decir lo que pienso. Riagan parece
empeñado en empujarme al centro de atención, algo nuevo para mí. Nuevo
y, a veces, aterrador.
Ahora, mientras caminamos por una calle pequeña donde hay varios
vendedores locales que no solo venden dulces, sino ropa tropical hecha a
mano y joyas bonitas hechas de conchas y piedras de colores, no dejo de
lanzar miradas furtivas a su rostro que refleja desprecio.
Tampoco puedo dejar de mirarlo porque nunca lo había visto más
salvaje que hoy. Lleva puestos unos shorts de playa negros y una camiseta
blanca sin mangas, que se ha quitado y ahora lleva colgada sobre el
hombro. También lleva una gorra negra puesta al revés. Se parece al héroe
típico de las novelas románticas de hoy en día.
También noto que nunca parece el papel del rico y despiadado gánster
vestido con trajes caros como la mayoría de los hombres que trabajan para
mi hermana. ¿Será solo una costumbre de los mafiosos italianos? No lo sé.
Se ve despreocupado, como si realmente estuviera disfrutando esta
aventura.
Sigo robando miradas, observándolo mientras come su cono de hielo y
caminamos lado a lado.
Yo elegí el de coco, mientras Riagan se decidió por el sabor guayaba.
Incluso le compró uno a su guardaespaldas, que se mantiene alerta
observando el entorno como un halcón.
Noté que a los dos les gustan mucho los dulces.
Lo que me parece curioso, porque no parece un hombre que disfrute
comer, al menos no como lo vi esta mañana. La expresión en su rostro
cuando dio el primer bocado a mis waffles quedará grabada en mi memoria
mucho después de que este arreglo termine. Gus y Carlotta son las únicas
personas que siempre están dispuestas a probar cualquier cosa que horneo.
Kadra no come azúcar, así que éramos solo nosotros, y aunque sé que a mis
amigos les gusta lo que les preparo, nadie me había pedido comer tantos
waffles como Riagan.
Lo que me alegró mucho.
—Mila —su voz interrumpe mis pensamientos confusos.
Estaba tan metida en mi cabeza que no me di cuenta de que él se detuvo
junto a un kiosco donde una mujer con ropa colorida y un peinado alocado
vende sombreros. Viendo que Riagan me extiende un brazo, noto que
sostiene un lindo sombrero color aqua con una tortuguita bebé bordada.
—¿Otro sombrero? —suelo decir y enseguida me arrepiento—. ¿Sonaré
ingrata? No fue mi intención.
—Es que... —desvío la mirada, avergonzada porque mis palabras se
interpusieron con lo que realmente quería decir—. No tienes que regalarme
nada.
—Te gustan los sombreros.
—Sí, me gustan.
Él me coloca el sombrero suavemente sobre la cabeza. En ese momento
me doy cuenta de que me fui sin mi gorra de confort, y no he sentido la
necesidad de buscarla ni una sola vez.
—Me gusta tu sonrisa cuando te doy cosas —encoge los hombros.
—¿Te gusta mi sonrisa?
—Me gusta.
—A mí también me gusta tu sonrisa —susurro, jugando con la textura
del logo de la tortuguita en el sombrero.
Riagan se ríe. Una risa que me toca el alma igual que la brisa del mar
acaricia mi rostro.
Es reconfortante.
—Bueno… mira nada más. A mi futura esposa le gusta mi sonrisa.
Joder. —Su sonrisa se ensancha, tan grande que se le ven todos los dientes.
Futura esposa.
La idea de ser su esposa no debería acelerar mi corazón ni hacer que mi
piel se caliente, pero lo hace.
No sé qué responder. Me quedo sin palabras, así que en vez de abrir la
boca y decir algo que pueda hacerle perder esa sonrisa, simplemente le
devuelvo la sonrisa y hago todo lo posible por mirarlo a los ojos. Y cuando
lo hago, pasa algo. Algo que nunca había pasado antes.
Siento una extraña certeza de que este hombre frente a mí, con esos ojos
llenos de alma y esa risa melodiosa, es alguien que estaba destinada a
encontrar.
De repente, una niña en bicicleta rosa pastel pasa veloz, robando toda
mi atención. La expresión alegre y jovial en su rostro al pedalear me hace
sonreír aún más.
Se ve tan feliz y libre.
¿Cómo puede algo tan simple como mover los pedales y girar un
manubrio hacer que alguien se vea así de feliz?
—¿Quieres una? —pregunta Riagan desde atrás, y sin apartar la vista de
la niña, que ahora pedalea más rápido mientras el viento despeina su cabello
cobrizo en todas direcciones, respondo:
—No sé cómo —confieso, aún observando a la niña alegre.
Luego me pregunto si se va a burlar, pero no lo hace. En cambio,
asiente, cruza la calle trotando y llega a un puesto donde hay varias
bicicletas. Frunzo el ceño al verlo hablar con un hombre y entregarle un
fajo de billetes antes de tomar una de las bicicletas y regresar donde estoy.
La sonrisa más grande se dibuja en mi rostro.
—¡Te compraste una bicicleta!
—No, mariposa. La compre para ti.
Sacudo la cabeza y miro nerviosa la bicicleta.
—No sé cómo… yo…
—Te enseñaré. —Luego me ofrece la mano, la que no sostiene la bici.
—No sé… —levanto la vista hacia su rostro, fijándome en su mejilla
barbuda—. ¿Y si me caigo? —susurro con vulnerabilidad. Los civiles me
verán hacer el ridículo si me estrello y caigo al suelo.
Y como si Riagan leyera mis pensamientos, se acerca y toma mi mano
con la suya, provocando que un cosquilleo recorra toda mi piel.
Electricidad. Así es como se siente cuando me toca. No es la sensación de
bichos trepando por mi cuerpo, como suele pasar.
—No dejaré que te caigas, cariño, y nadie se va a reír. Te lo prometo, y
si lo hacen, perderán la vida, así que no importará si se ríen porque estarán
muertos —dice con total naturalidad.
Me toma un segundo entender lo que dice.
No está bromeando.
No había ni una pizca de sonrisa en su rostro, así que no era un chiste.
Está hablando en serio.
—No puedes matar a alguien por reírse —le señalo.
—Claro que puedo matar a alguien que sea cruel contigo.
Sus palabras me golpean como una ráfaga de viento.
—No eres como los demás —apunto, notando que aún no ha soltado mi
mano—. ¿Y por qué no quiero que la suelte?
Esa es la pregunta, y ahora mismo no tengo respuesta. Al menos, no una
que esté dispuesta a admitir.
—Igualmente, cariño. Nunca he conocido a alguien como tú.
—Solo soy yo. No hay nada especial en mí. Lo único único que tengo
es mi—
Me interrumpe antes de que termine de contarle aquello que me hace
sentir diferente, a veces hasta fuera de lugar.
—No, eso no tiene nada que ver.
Me acerca suavemente hasta que estoy montada en la bici. Contengo la
respiración mientras se pone detrás de mí, rodeándome con sus brazos
tatuados. Luego coloca mis manos sobre el manubrio.
—Brillas, Mila. Tan. Malditamente. Brillante —susurra, y siento cómo
se me erizan los pelitos en la nuca.
Tú también, Riagan.
Como todas las estrellas en el cielo juntas, pienso.
Y ahí va otra vez, robándome el aliento y haciendo que mi cabeza gire
con un millón de preguntas. Giro el rostro hacia él y las palabras se me
quedan atrapadas en la garganta cuando me doy cuenta de lo cerca que
estamos. Nuestros labios están a un suspiro de distancia. Mis ojos chocan
con los suyos, y sonrío. No solo con la boca, sino también con los ojos, para
que sepa sin palabras lo agradecida que estoy porque me mire así. Porque
no ve una discapacidad o un comportamiento extraño como suelen hacer los
demás. Me ve a mí... a mí.
—Ahora, mueve los pedales con los pies. No te soltaré —promete—.
Recuerda usar los frenos para detener la bici.
Asiento una vez, me giro y miro hacia los pedales. Sigo sus
instrucciones y de pronto estamos en movimiento, y él no me suelta ni una
vez.
Ni siquiera cuando ya le agarro el truco.
No es tan complicado.
Solo tienes que encontrar el equilibrio mientras mueves los pedales y
hacer todo lo posible para no caerte. Eso sería muy, muy malo.
Monto la bicicleta con Riagan sujetándome del asiento cuatro veces más
hasta que tuve la confianza para manejar sola. Entonces, pedaleé con el
viento en el cabello y Riagan observaba desde la orilla con una sonrisa en el
rostro.
¿De dónde has salido? ¿Dónde habías estado todo este tiempo? Me
preguntaba mientras seguía pedaleando y le lanzaba miradas furtivas.
—Lo logré —canturreé feliz unos minutos después, mientras frenaba la
bicicleta justo frente a Riagan.
Mirando su pecho, sonreí.
—Aprendí a andar en bicicleta —dije con asombro—. Quizá esto
parezca insignificante para otros de mi edad, pero para mí significa todo, y
él tiene la culpa.
Luego me ayudó a bajar de la bicicleta y me quedé frente a él, todavía
sujetando el manubrio.
—Lo hiciste, cariño —me guiñó un ojo, y mi corazón dio un extraño y
torpe galope, como el de un cabrito bebé. Solo verlo hacía que mi pecho
latiera con fuerza y mi estómago revoloteara.
—Me gustas, Riagan. Sé que es muy pronto para decirlo, sin siquiera
conocernos bien, pero tengo ese presentimiento que me dice que eres de los
buenos. Eres un buen amigo, y mi nonna siempre decía que debía confiar en
mi intuición. Estoy confiando en mi instinto. Por favor, no me hagas
equivocarme —solté con vulnerabilidad.
—No lo haré, bebé.
Bebé...
Un momento de silencio pasó entre nosotros mientras la brisa se
intensificaba. Pensé que de alguna manera dije algo que no le gustó. ¿Por
qué se quedó callado de repente?
Al levantar la vista hacia su rostro, lo encontré mirándome con una
expresión que no podía comprender. No parecía ni feliz ni triste.
Solo duró un segundo, porque antes de darme cuenta, su rostro volvió a
suavizarse como antes.
—¿Qué te parece si volvemos a casa en tu bicicleta nueva? —me dice, y
al tocarme el sombrero una vez, mi corazón late más rápido y una sonrisa se
apodera de todo mi rostro. Creo que en mis diecinueve años en esta tierra,
nunca he sonreído tanto como ahora.
—¿Y el auto? —pregunto.
—Kelly se encargará —se encoge de hombros como si no le importara
en lo más mínimo su deportivo caro y exagerado.
Así es como termino sentada en el manubrio mientras Riagan nos lleva
pedaleando hasta casa.
Río a carcajadas y sonrío durante todo el camino, preguntándome si
sería mucho pedir que este momento dure para siempre.
Este momento.
Este sentimiento.
Este… hombre.
Riagan
A MIGO .
Esa desgraciada palabra.
Si tan solo supiera que llamarme amigo se siente como si me clavara un
cuchillo en el pecho y me dejara una herida sangrienta.
LA LISTA DE DESEOS DE MILA
1. Ayudar a un desconocido a encontrar la
felicidad.
2. Hacerme un tatuaje con significado.
3. Abrir una pastelería.
4. Crear una obra maestra.
5. Aprender a montar bicicleta. *
6. Visitar un lugar mágico. *
7. Marcar la diferencia en la vida de alguien.
8. Ayudar a mis hermanas a reconciliarse.
9. Besar a alguien bajo un sauce.
10. Encontrar mi voz en este mundo ruidoso.
11. Enamorarme.
YATES Y RISAS
MILA
“¿Me amarías incluso cuando te muestre todo de
mí?” – M
N
o recuerdo mucho de los primeros cinco años de mi vida. Algunos
recuerdos son borrosos cuando intento traerlos de vuelta. Una vez leí
un artículo que explicaba cómo uno tiende a bloquear las memorias
que más dolor y trauma causan… y sin embargo, el recuerdo de la noche en
que alguien casi me ahoga sigue tan vivo como si hubiera ocurrido ayer.
Todavía no sé quién fue. Tal vez fue mi padre. O quizá fue mi madre en
uno de sus “días malos”, lo que básicamente significaba que estaba
completamente ebria. Tal vez fue alguna de las sirvientas o uno de los
hombres que trabajaban para mi padre y que, siguiendo órdenes, intentaron
deshacerse de mí. No lo sé. Lo único que sé es que, en un segundo, estaba
jugando tranquilamente con las burbujas en el agua de la bañera y, al
siguiente, mi cabeza estaba bajo el agua, luchando por respirar.
Uno.
Dos.
Tres.
Conté en mi cabeza mientras me empujaban hacia abajo, pero el aire no
llegaba a mis pulmones.
Solo agua.
Aun puedo sentir el ardor en el pecho por todo el líquido que tragué.
Justo antes de perder el conocimiento, mi hermana Arianna me sacó del
agua. Los brazos fuertes que me mantenían sumergida ya no estaban… solo
los de ella.
Eso es todo lo que recuerdo de esa noche.
Eso… y sus ojos.
Mi hermana mayor siempre fue experta en ocultar su dolor, pero en ese
momento, dejó que las lágrimas cayeran.
Lloró por mí.
Creo que nunca más la volví a ver llorar, ni antes ni después. Solo
aquella vez.
Y esa imagen se me quedó grabada para siempre.
Un chillido repentino me arranca de los pensamientos y me devuelve al
presente. Esta mañana, Riagan me despertó temprano porque quería
mostrarme algo. No me dijo qué. Solo me pidió que me pusiera un traje de
baño y mucho bloqueador solar.
Y ahora estamos aquí.
En su impresionante yate de 35 pies, no muy lejos de la costa, justo lo
suficiente para que el agua sea profunda.
El sol brilla con fuerza hoy, y el agua luce tan azul que no puedo evitar
sonreír con ganas de lanzarme.
Mi trauma con el agua no logró vencerme. Mi hermana Kadra se
encargó de enseñarme a nadar y a defenderme si alguna vez me encontraba
en una situación en la que pudiera ahogarme.
Ya no le tengo miedo al agua.
Especialmente aquí, en estas aguas mágicas y encantadoras del Caribe,
de donde provienen chillidos fuertes de criaturas marinas. Al mirar a los
dulces delfines, no puedo evitar sonreír de oreja a oreja. Mi animal favorito.
—Riagan… —exhalo al mismo tiempo que me giro y miro por encima
del hombro mientras me aferro a la baranda, observándolo mientras se
acerca después de asegurarse de que el yate permanece en su lugar.
No sé mucho sobre embarcaciones, pero anoto mentalmente preguntarle
más tarde sobre todo lo que él sabe al respecto. Riagan está nuevamente sin
camisa, con sus impresionantes músculos y tatuajes al desnudo. Noto que su
piel ahora tiene un tinte dorado, y su cabello brilla como caramelo bajo el
sol. Da el último paso hacia mí, y tengo que estirar el cuello para verle la
cara. Nuestra diferencia de altura es ridícula, pero no me molesta ni un
poquito. De hecho, me gusta más de lo que debería... pero Riagan es mi
amigo ahora. ¿Los amigos no se gustan unos a otros, verdad?
Sigue diciéndotelo a ti misma…
—Cállate… —reprimí con dulzura a esa voz impertinente en mi cabeza.
—¿Te gusta?
¿Me gusta?
—¡Esto parece sacado de una película! —exclamo con emoción,
provocando que él se ría suavemente.
Pienso en toda la vida silvestre que habita bajo esta agua. Un mundo
propio. Cada tipo de criatura marina y aquellas que aún no han sido
descubiertas. El mar es infinito, y realmente creo que hay mucho más de lo
que nos han enseñado.
—Cuéntame un dato curioso, Mila —su voz suave me saca de mis
pensamientos, y ahora toda mi atención está en él. Un dato curioso…
siempre los ofrezco, pero nadie realmente los pide.
Hasta que él lo hizo.
—¿Sabías que los delfines nariz de botella tragan los peces de cabeza
primero para que las espinas no se les queden atoradas en la garganta?
—Ese tipo de criaturas es muy listo.
Sonrío ante eso.
—Son tan inteligentes y ¡muy conversadores!
—¿Cómo así? —pregunta él.
—Tienen unas de las habilidades acústicas más elaboradas de todo el
reino animal —explico mientras lo observo detenidamente.
Trato de no distraerme con su rostro. Pero últimamente me pasa muy
seguido. Cada vez que lo miro, pierdo el hilo de mis pensamientos. Mi
nuevo amigo es peligroso, y no tiene nada que ver con su destreza con las
armas. Tiene todo que ver con su belleza… y con su corazón.
Llámame ingenua. Llámame joven. Pero la vida me ha enseñado a ver
lo bueno en las personas, incluso cuando es muy, muy difícil. Riagan tiene
mucha bondad dentro de él. La veo en esos momentos en los que me pierdo
en su mirada. Ayer me dijo que yo brillaba, pero yo no me veo de esa
manera.
Él sí. Él brilla, y ni siquiera se da cuenta. ¿Será que sólo brilla así
conmigo? Y ese pensamiento hace que mi corazón se acelere. No debería…
pero lo hace.
Un leve vaivén del yate me saca de mis pensamientos. Me doy cuenta
de que otra vez me fui muy lejos por culpa de Riagan. Carraspeo
suavemente y sonrío, algo apenada.
—Como iba diciendo… los delfines emiten una variedad de sonidos:
silbidos, chasquidos, chillidos, gemidos, ladridos, gruñidos… incluso
aullidos.
—Eso no lo sabía —dice él mientras desvía la vista hacia los dos
delfines que nadan alegres en mar adentro.
—¡Pues ahora ya lo sabes!
—Ahora lo sé, bebé —responde mientras da un paso hacia mí.
Un paso. Luego otro. Y de pronto está tan cerca que casi puedo sentir el
calor que emana de su piel. Me doy cuenta de que tiene un pequeño
problema con no respetar el espacio personal. ¿Será que no se da cuenta?
¿O lo hace a propósito? ¿Significa algo?
Una parte de mí quiere creer que eso quiere decir que le gusto, pero de
inmediato echo esa idea por la borda. Es ridículo. Él es un hombre mayor.
Un dios hecho carne. Y yo soy… bueno, joven, peculiar… y probablemente
nada de su tipo.
Él parece el tipo de hombre que disfruta de una mujer segura de sí
misma. Una mujer como él. Fuerte. Independiente. Y, bueno… más cercana
a su edad.
¿Pero qué sé yo?
Quiero gustarle.
Quiero que me sonriera como lo esta haciendo ahora.
Quiero cosas que no termino de entender, pero que en el fondo sé… que
se sienten bien.
Él me hace sentir bien. Más que bien.
En tan poco tiempo, ha llegado a tocar partes de mí que sus manos aún
no han rozado.
Durante la mayor parte de mi vida, me he sentido fuera de lugar en
muchas situaciones, sobre todo cuando estoy rodeada de otras personas. La
única vez que realmente me siento cómoda es cuando tengo la nariz metida
en un libro y las manos ocupadas, ya sea cuidando mis plantas, horneando o
pintando. El resto del tiempo, estar con gente me incomoda. Me hace sentir
que la piel me queda demasiado ajustada y la cabeza llena de pensamientos
y estímulos que no puedo procesar.
Cuando hay mucho caos a mi alrededor, mi mente se acelera aún más, lo
que me provoca ansiedad, y entonces tiendo a cerrarme por completo y a
alejarme de la persona o la situación.
Los hombres, sobre todo, me confunden. Me abruman.
Pero él no.
Él no me abruma.
Él no me asusta.
Tampoco sé bien cómo relacionarme con los demás, ni cómo lograr que
se interesen por mí. Leí en internet que los chistes ayudan a hacer amigos.
Pero yo no sé contar un chiste a tiempo, ni hacer comentarios ingeniosos o
sarcásticos.
Por eso comparto datos curiosos.
Es la única manera que conozco de interactuar sin incomodar a los
demás con mi silencio.
Soy introvertida.
Pero Riagan… él, claramente, no lo es.
Las personas extrovertidas me ponen nerviosa, y este hombre en
particular tiene la manguera de incendios de mi cerebro encendida a
máxima potencia. Es tan alto y guapo que me hace cuestionar mis propios
ojos, mi cordura… y mi existencia.
Hombres como él no terminan con chicas como yo.
Al menos no en la vida real.
Y, sin embargo, aquí está.
Conmigo.
A veces me sorprendo pensando que no puede ser real. ¿Puede existir
un hombre así de dulce? ¿Así de atento? Pero ahí está, desafiando toda
lógica. De pie, tan cerca de mí que la parte superior de mi cabeza apenas
alcanza su pecho. Estoy tan cerca que puedo contarle las pecas en la piel,
justo en la parte donde no tiene tatuajes. Justo encima del corazón.
Y entonces recuerdo que me llamó bebé.
Por segunda vez.
¿Bebé?
No soy una niña pequeña, así que no hay lógica alguna para que me
llame así.
Los hombres en los libros llaman bebé a sus amadas, pero aquí no
estamos hablando de romance. No me ama. No estamos en una relación
amorosa.
Entonces, ¿por qué?
Dulzura, lo entiendo.
Es común que la gente use apodos cariñosos.
Mariposa también lo entiendo, por las circunstancias de nuestra primera
interacción.
Pero bebé… bebé me desconcierta.
—Mila —dice Riagan, sacándome de mi cabeza… otra vez.
Demasiadas veces me doy cuenta de que he perdido una señal social, he
pasado por alto una indirecta o no he entendido algún matiz de una
situación.
Es una de mis características más marcadas.
A veces, mientras otros hablan, tengo que recordarme a mí misma que
debo prestar atención. Concentrarme.
Como ahora.
—¿Puedo tocarlos? —suelto de golpe, intentando distraerlo de mi
vergüenza.
Desvío la mirada de Riagan y señalo a los delfines, pero entonces pasa
un largo momento en el que él no dice nada.
Nada.
En absoluto.
El único sonido es el del mar y sus dulces criaturas nadando
alegremente alrededor del bote.
La ansiedad se cuela por un segundo, pero desaparece tan rápido como
llegó en cuanto siento su suave caricia en mi barbilla.
—Nunca tienes que pedir permiso. ¿Quieres hacer algo? Hazlo.
¿Quieres algo? Tómalo.
—No creo que la vida funcione así para la mayoría de las personas —
respondo, frunciendo el ceño, intentando comprender el verdadero
significado de sus palabras. Pero no estoy del todo segura de haberlo
entendido. Riagan es como una caja de sorpresas. Como un rompecabezas
que muero por completar para entender qué imagen esconde.
Él me da un toque suave en la nariz, con ternura.
—Tú no eres la mayoría. Eres mía.
Mi respiración se entrecorta, y él lo nota de inmediato. Añade con
rapidez:
—Eres mía para proteger. A partir de ahora. Eres mi… —Se aclara la
garganta, y su expresión cambia.
Lo noto rechinar los dientes, como hacen las personas cuando no
quieren decir lo que están a punto de confesar—. Amiga. Eres mi amiga.
Amiga… claro.
De repente, da un paso atrás y se agacha un poco.
—Súbete a mi espalda.
—¿Para qué? —pregunto, frunciendo aún más el ceño.
—Vamos a meternos al agua —responde, como si fuera lo más obvio
del mundo.
—Pero… ¿por qué tengo que subir a tu espalda? Sé nadar.
—Sí, pero no confío en esos cabroncitos. ¿Sabías que un delfín intentó
violar a una mujer una vez? Son unos pervertidos de mierda.
Se me cae la quijada, demasiado impactada por sus palabras. Miro a las
criaturas, que parecen tan inocentes, y de pronto ya no estoy tan
emocionada por meterme al agua.
—¿Me estás diciendo que mis animales favoritos son los enfermos
sexuales del mar? —suelto sin pensar.
Definitivamente debería investigar más sobre la información que acaba
de darme.
Y entonces sucede lo mejor que he presenciado en mi vida.
Riagan echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
Se ríe con todo el pecho, y yo me quedo ahí, pasmada.
Pensaba que esta isla era la vista más hermosa que había contemplado y
que probablemente contemplaría en toda mi vida.
Hasta ahora.
Hasta ver a Riagan O’Sullivan reír a carcajadas, con una alegría pura.
Una vez más, su risa no es cruel, sino feliz.
Sin pensarlo dos veces, doy un paso hacia él y me aferro a su cuello
justo cuando me acomoda rápidamente sobre su espalda.
—Agárrate fuerte —me dice, mirando por encima del hombro.
Y tengo que concentrarme mucho en sus palabras y no en los
pensamientos que no dejan de aparecer en mi cabeza. Pensamientos sobre
cómo se siente su piel contra la mía. Sobre cómo no hay absolutamente
nada que me moleste de este momento.
No pienso en los gérmenes.
Ni en los problemas que me esperan lejos de esta isla.
Nada.
Lo abrazo más fuerte, disfrutando el contacto, y él sonríe.
Enorme.
Sonríe, y el sol de pronto parece brillar con más fuerza.
Un segundo después, caemos al agua, saltando por la borda y
hundiéndonos.
Y solo tengo un pensamiento. Uno solo.
Ojalá estos momentos duraran para siempre.
Cada miedo.
Cada desamor.
Todo lo malo que me ha pasado en la vida parece haberse desvanecido
en el momento en que salimos a la superficie.
Suelto el cuello de Riagan y nado por mi cuenta. Es liberador. Así que
eso es lo que hago durante al menos veinte minutos.
Me sumerjo y nado como lo hacía cuando era niña, junto a mis
hermanas, fingiendo que éramos sirenas. Durante todo ese tiempo, Riagan
parece estar más que satisfecho con solo mirarme.
Incluso me sostuvo cerca mientras uno de los delfines me daba un beso.
Imagínate eso. Mi primer beso, y fue un delfín quien me lo dio. Los mismos
delfines que Riagan acusó de ser unos depredadores sexuales. Solo de
pensarlo, me río yo sola.
Echo la cabeza hacia atrás, estiro los brazos y floto con los ojos
cerrados, muy consciente de que Riagan no está lejos. Incluso con los ojos
cerrados, y con la cabeza en las nubes, lo siento cerca.
Mi mente zumbaba de pensamientos, deseos, anhelos, miedos, dudas...
un torbellino interminable.
Todavía me parece mentira que esta sea mi realidad.
¿Cómo se pasa de un castillo solitario a esta aventura maravillosa en
cuestión de días?
—Mariposa...
La palabra me saca de golpe de mis pensamientos.
Ya no estoy flotando, sino nadando en el mismo lugar. Miro a Riagan.
Lo miro de verdad en ese momento, con el cabello mojado, peinado hacia
atrás, dejando su rostro al descubierto. Su rostro apuesto.
Sus labios se ven hoy más rojos que rosados, y su piel brilla.
Perfecto.
Todo lo contrario a mí.
—Este es el mejor día de mi vida, Riagan, igual que lo fue ayer y el día
anterior. Todos mis mejores días parecen ser contigo. Quiero más días como
este.
Él sonríe con dulzura.
—Yo también.
—¿De verdad? —Mi corazón empieza a latir con fuerza, así que me doy
golpecitos en el pecho, intentando calmarme.
Asiente, y entonces saca una mano del agua y la extiende hacia mí.
—Toma.
Hay una almeja en su mano.
¿Cuándo la encontró?
¿De dónde la sacó?
—¿Encontraste una almeja? —frunzo el ceño, mirándola, confundida
por lo que puede tener de especial. Una almeja no es un tesoro. O al menos
eso creo.
Espera.
Tomo la almeja de sus manos y doy un gritito de emoción.
—¡Encontraste una perla! —abro con cuidado la concha—. Esto es
tan...
Las palabras se me quedan atascadas en la garganta al ver lo que hay
dentro.
Sorprendida, sin aliento, miro a Riagan directamente a los ojos, que hoy
están tan azules como el cielo.
—¿Qué es esto, Riagan? No entiendo. ¿Cómo es posible que hayas
encontrado esto dentro de una almeja? —murmuro, alternando la mirada
entre su rostro y el hermoso anillo dentro de la concha.
Un anillo pequeño, con un diamante tradicional y una perla junto a él.
Las joyas están dispuestas perfectamente en forma de corazón.
Su mirada arde más que el sol sobre mi piel cuando toma el anillo,
luego mi mano, y lo desliza con cuidado en mi dedo anular.
—Parece que ambos encontramos un tesoro, mariposa. Táchalo de tu
lista.
Trago saliva con dificultad.
—Lo siento. No entiendo qué significa esto.
Y es cierto. No lo entiendo.
El anillo se siente pesado en mi dedo, y no puedo evitar acercarlo a mi
rostro para observarlo. Es tan bonito. Un tesoro, sin duda.
—Mi futura esposa necesita un anillo, ¿no?
Asiento, sin palabras.
—Sí, pero no debiste molestarte ni gastar tu dinero.
—El dinero no es un problema, Mila, y necesitas un anillo. Todos deben
ver mi anillo en tu dedo para que parezca real.
—Oh. —Mi corazón se desboca, salta latidos, va en staccato, sin ritmo.
Su pulgar roza mi labio inferior, y este se abre, así, sin más. El corazón
me retumba en el pecho, y pienso que tal vez estoy soñando o algo así. Él es
un misterio. Fascinante, absorbente.
—Riagan —susurro, su nombre cae de mis labios. ¿Qué quería decirle?
No tengo idea. Esta extraña sensación en el pecho es abrumadora.
No soy una tonta.
Puede que no tenga mucha experiencia en estos temas, pero leo mucho,
y estos sentimientos que solo experimento cuando estoy cerca de él… se
sienten muy parecidos a…
Pero no puede ser. ¿O sí?
Es demasiado pronto.
Esto es la vida real, no una novela romántica.
—Mila —susurra él, como un suspiro.
La corriente del agua parece empujarnos el uno hacia el otro. Estamos
pecho con pecho. Miro su rostro. Hago todo lo posible por mantener el
contacto visual, pero después de unos segundos, mis ojos caen
inevitablemente a sus labios. Puedo escuchar cómo cambia su respiración.
Con él, nunca siento la presión de llenar el silencio. Nuestras
conversaciones no se sienten forzadas.
Fluyen de forma natural, como si las palabras no hicieran falta.
Después de unos minutos, la mano de Riagan se entrelaza con la mía. El
corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que me preocupa estar al borde
de un infarto, a pesar de mi juventud y buena condición física. Pero no lo
suelto. Sostengo su mano mientras él sostiene la mía.
Aquí, en medio del mar, con sus brazos rodeándome y este anillo de
compromiso falso en mi dedo… nunca me había sentido tan en casa.
Hogar.
Sin decir una sola palabra, me inclino hacia él y presiono un beso suave
en su frente. Dejo mis labios ahí, quietos.
—Creo que… creo que podrías convertirte en una de mis personas
favoritas, Riagan.
—Bien —responde, trayéndome aún más hacia su pecho. Tan cerca que
puedo sentir los latidos de su corazón—. Porque tú ya eres la mía.
Cierro los ojos y respiro su aroma mezclado con el del mar, con una
sonrisa en los labios.
Estoy perdida.
Porque no hay duda de que me he obsesionado con esta sensación
abrumadora y llena de alegría que siento en el pecho cada vez que él está
cerca.
Estoy irrevocablemente obsesionada con este hombre.
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
Ella me hace querer ser mejor. Nunca quise serlo
antes de ella.
Playa Privada
MILA
“Ella es el milagro de mi vida. Ella es mi
vida.” — R
O
tro día, otra aventura.
Otro sueño de mi lista hecho realidad.
Un anillo de compromiso.
Irreal.
Cuando desperté, bajé a desayunar con Riagan. Pidió waffles otra vez y
se comió los suyos… y dos de los míos. No me molestó compartir comida
con él. Me gusta que disfrute de lo que cocino.
Me da alegría ver su rostro mientras come algo que hice para él.
No entiendo del todo por qué me da tanta felicidad, más que cuando
otras personas comen mi comida… pero así es.
Después del desayuno, me pidió que lo acompañara en otra aventura y,
por supuesto, no pude decirle que no. No a una aventura. Nunca.
Me dijo que me pusiera otro traje de baño y que me aplicara más
bloqueador solar.
Cuando lo hice, me trajo aquí.
A una playa privada y desierta, con arena blanca y limpia.
Conchitas de colores por todas partes. Riagan incluso encontró una tan
grande que podía escuchar el sonido del mar dentro. Pensé que eso era solo
un mito, pero él me demostró lo contrario.
Miro a mi alrededor: el agua cristalina, la arena blanca, las pequeñas
conchas medio enterradas. Me siento atrapada en un sueño. Estoy
deslumbrada, y no solo por este lugar mágico, sino por él también.
—Cuesta creer que una sola persona sea dueña de todo esto —susurro,
admirando el paisaje. El sol brilla tanto que el agua turquesa parece
salpicada de diamantes—. Eres muy afortunado, Riagan.
—¿Por qué? —pregunta con ese tono ronco, y giro a verlo.
Dios… a veces mirarlo es como mirar directo al sol. Por eso desvío la
vista. A veces su belleza me abruma.
—Tienes un pedazo del cielo aquí. Puedes escapar fácilmente del caos
de la ciudad. Puedes esconderte del mundo cuando se vuelve aterrador o
demasiado ruidoso —susurro, esforzándome por mantener su mirada el
mayor tiempo posible. Cada vez que lo logro un poco más, deseo no tener
que apartarla nunca. Quisiera poder quedarme viendo esos ojos azules
suyos que me llenan de mariposas.
—No deseo esconderme del mundo, Mila —responde con voz áspera.
Yo sí, quiero decirle.
Creo que nací para vivir en un lugar como este. Sereno. Mágico. Donde
todo parece fácil, tranquilo.
—No le tengo miedo al mundo.
Eso hace que lo mire de nuevo.
Por supuesto que no le tiene miedo al mundo.
Él hace que todos los demás parezcan simples mortales en su presencia.
Como si pudiera aplastarlos con solo chasquear los dedos. No es solo su
fuerza física; es su aura. Una que claramente dice atrévete a molestarme, y
te entierro.
Así de fácil.
Así de simple.
Pero no conmigo.
Fui hecha diferente.
Hice las paces con eso.
Por eso encuentro a este hombre tan fascinante.
Por eso no he dejado de verlo en mis sueños desde que llegué a las islas.
Antes de dejarme llevar y que mis pensamientos se desborden, desvío la
mirada y bajo los ojos hacia el deslumbrante anillo que ahora adorna mi
dedo.
Riagan me hace sentir fuerte también.
Como si el mundo no pudiera tocarme. No si él está cerca.
Y eso me asusta, porque no estará aquí para siempre.
Me voy a apegar a él, ¿y qué pasa cuando todo esto termine?
Vuelvo al punto de partida.
Sola.
De vuelta a las sombras, donde me siento más cómoda.
—Mila.
No había notado que estaba escondiendo mi rostro tras mis rizos
mojados hasta que él levantó mi barbilla entre sus dedos, alzando mi cara.
Hago el mayor esfuerzo por mirar sus ojos hasta que ya no puedo
sostener su mirada. Entonces me concentro en su sonrisa.
Después sus labios comienzan a moverse:
—No debes temerle al mundo, mariposa. Algo que aprendí es que debes
hacer que el mundo te tema a ti. Nuestro mundo, al menos.
Me río, pero no hay humor en mi risa. Sé que él lo nota.
—Mírame, Riagan. ¿Qué hay que temer? —Es verdad.
—Me tienes a mí. Yo te protejo. Todo deberían temer lo que estoy
dispuesto a hacer por ti —dice con un tono aterrador. Tan bajo. Tan
poderoso.
Sonriendo suavemente, digo sin pensar:
—Eres como mi galleta favorita, Riagan. Duro por fuera, suave y dulce
por dentro.
Él niega con la cabeza y me toca la nariz suavemente, haciendo que mi
corazón se salte un latido.
Y me pregunto si los amigos se miran así, como él me mira a mí.
¿Como yo pienso en él?
—Solo para ti, mariposa. Solo para ti.
En momentos como este, desearía ser como mis hermanas. Desearía no
tener que sobrepensar cada pequeña cosa. Desearía que las expresiones
faciales fueran más fáciles de leer y que los sentimientos no fueran tan
difíciles de descifrar.
Solo para ti, mariposa.
Solo para ti.
¿Querrá decir que—
—Bueno, mira eso... —mis pensamientos se interrumpen cuando
Riagan señala un punto en la arena a unos pasos de donde estamos
sentados.
No puede ser...
—Wow... —susurro, asombrada, viendo cómo una docena de huevos de
tortuga están eclosionando a la vez, a unos metros de nosotros.
Tantas pequeñas tortugas están abriéndose paso en el mundo, y Riagan y
yo somos testigos.
Es milagroso.
Leer sobre esto nunca será igual que vivir el momento.
Estoy tan feliz de estar aquí. Tan agradecida.
De verdad, las películas no le hacen justicia. La belleza es casi
abrumadora, haciendo que algo en mi pecho se expanda y lata.
La pura y majestuosa belleza llena un vacío primitivo dentro de mí. La
naturaleza simplemente... resonó.
—Es realmente, realmente asombroso aquí, Riagan —digo, después de
un rato.
Él asiente.
—La vista nunca deja de sorprenderme.
Estamos sentados en la arena, disfrutando la vista mientras Kelly toma
el sol en la cubierta del yate. Escuché a Riagan decirle que se quedara atrás
antes de que nadáramos hasta aquí y llegáramos a la orilla. Desde entonces,
solo hemos estado nosotros dos.
Paso los siguientes momentos examinando abiertamente los rasgos de
Riagan: las líneas marcadas de su mandíbula, la columna de su cuello, sus
largas pestañas. Su cabello castaño, grueso y despeinado. Es increíblemente
hermoso. “Guapo” no es una palabra suficiente. No abarca lo que él
realmente es. Los chicos guapos son comunes. Los hombres
verdaderamente bellos, no tanto. Él es masculino, completamente—en su
postura, en cómo se mueve, en su andar.
Me pregunto qué ve cuando me mira. La curiosidad me gana, como
siempre.
—Riagan.
—¿Sí, mariposa?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Puedes preguntarme lo que sea.
—¿Te gusta cómo me veo?
—Sí. —Mi respiración se detiene un instante. Esperaba una risa, no esa
respuesta—. Me gusta demasiado.
—Oh. —Mis ojos se abren—. No soy tan hermosa como mis hermanas.
Mi padre—
—Tus hermanas no te llegan ni a los talones, cariño, y tu padre es un
desgraciado. —Está enojado. Eso puedo notarlo en el cambio de su tono.
¿Está enojado conmigo o por mí? Creo que por mí.
—Es que a veces te veo mirándome de una forma que nadie más lo
hace. Es desconcertante porque no puedo leer tu expresión. Ojalá pudiera
leer tus pensamientos.
—Si quieres saber qué pienso, solo pregúntame y te lo diré. —Se
encoge de hombros.
—¿Es así de simple? —susurro, con el corazón acelerado esperando su
respuesta.
Entonces dice algo que no esperaba:
—Con nosotros, sí lo es.
Con nosotros, sí lo es.
Ay, Dios.
—¿Quieres saber qué pienso ahora? —Coloca su mano grande junto a la
mía sobre la arena, y su dedo meñique juega con la perla del anillo de
compromiso.
Miro nuestras manos apenas tocándose y asiento, siento casi imposible
encontrar mi respiración.
—Pienso que eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, pero
no es todo. ¿Quieres saber qué más? —No espera respuesta—. Tu corazón
es tan bueno, tan jodidamente bueno, que me cuesta creer que seas real.
Juro por Dios que cuando te veo aquí a mi lado, siento como si uno de los
ángeles del cielo se hubiera perdido y caído en mis manos. ¿Cómo puede
existir alguien como tú? Alguien tan bueno en este mundo tan jodido. No
hay lógica para que exista alguien tan perfecto como tú.
—No soy perfecta. Estoy lejos de serlo. —Siento que el calor me sube a
las mejillas con sus palabras, tan dulces.
—Para mí, sí lo eres. —Lo dice con una seguridad que no deja espacio
para discutir.
Y por primera vez en mucho tiempo, no dudo de cómo alguien más me
ve.
No peleo ni cuestiono.
Solo siento el momento.
Siento a él.
Riagan
H AY cosas en la vida que di por sentadas. Las pequeñas cosas. Cosas que no
puedo experimentar por la vida que llevo.
La pequeña mariposa me las da a mí.
Las cosas pequeñas.
Los momentos de alegría.
La paz.
No he tenido un día de paz desde que era un niño.
Desde que mi madre se fue de mi vida.
Recostado en la arena, observo a Mila construir castillos de arena con la
sonrisa más hermosa y los ojos llenos de felicidad. Está haciendo un trabajo
increíble para ser la primera vez.
Parece una niña viviendo su primer día en la playa. Su piel suave se ha
dorado por el sol y tiene pequeñas pecas.
Sus rizos rubios lucen más salvajes ahora, por la sal del mar y la arena.
Parece una sirena.
Salvaje. Feliz. Libre.
Maldita sea, ese traje de baño resalta sus curvas de manera preciosa.
Mila Areya es bajita, apenas llega a mi pecho. De pie, solo puedo ver la
parte superior de su cabeza.
No creo que se dé cuenta de lo hermosa que es.
Es pura curvas y un dulce atractivo sexual, sin siquiera darme cuenta de
lo sexy y atractiva que me resulta. Siempre me han gustado los culos. No
soy exigente con los senos. Pero el cuerpo de Mila está hecho para el
pecado. Sus pechos también me tientan a pecar.
Sé que si los tuviera en mis manos, se sentirían perfectos.
El bikini blanco que lleva acentúa sus curvas y me hace soñar despierto
con cómo se ve sin él. Celestial.
Sin duda.
Le dije la verdad cuando le dije que era la mujer más hermosa que he
visto en mi vida. Lo es.
Todo en ella me encanta.
Su voz.
Su sonrisa.
Sus dulces ojos.
Sus labios rosados.
Esos rizos que desearía tener envueltos alrededor de mi puño mientras
la desvisto como un animal que reclama no solo su cuerpo pero también su
corazón.
Perfección.
Pero luego miro más abajo, a sus muslos, y veo rojo. Las marcas.
Marcas de cortes. La necesidad de extender la mano y recorrer cada cicatriz
con la lengua, con la esperanza de borrar los feos recuerdos, está ahí.
Me dan ganas de matarlos a todos.
A todos los que le fallaron en ese maldito hogar sin alma.
Hasta los animales tratan a sus crías mejor que los padres de Mila a ella.
Me entretengo pensando en todas las maneras en que podría encontrar a
Gabriele Parisi y atormentarlo como él claramente atormentó a su hija. Sé
que el muy cabrón no está muerto.
Sé cómo piensan las mujeres como Kadra.
La muerte no es un castigo en nuestro mundo.
No.
La muerte es misericordia, y Gabriele Parisi no la merece.
Dudo mucho que su hija le tuviera piedad.
"Qué bien." Las palabras suaves de Mila me devuelven de mis
pensamientos al presente. Cuando la miro, mi mandíbula casi toca la
maldita arena. ¿Qué carajos?
—¿Qué haces?, siseo, entro en acción rápidamente, colocando mi
camiseta negra sobre su pecho, cubriéndola. Dejé de pensar en sus pechos
grandes y redondos y sus bonitos pezones rosados por ahora. Lo recordaré
más tarde.
Alejando a una Mila confundida, miro a Kelly, que está de pie en
cubierta, moviendo las cejas como un pervertido a punto de morir,
haciéndome saber que vio su pecho desnudo.
Vio sus pechos perfectos.
¡Maldita sea!
—¿Qué pasa?, dice Mila preocupada.
Intentando contener la ira y los celos, suspiro y le presto atención. —No
puedes hacer eso, cariño.
Sus cejas se fruncen con curiosidad. —Pensé que así era como la gente
se bronceaba —susurra suavemente.
Y lo es.
Debería decirle que algunas personas prefieren broncearse desnudas
para no tener marcas de bikini, pero no lo hago. No digo esa mierda porque,
joder, no quiero que se desnude para nadie más que para mí.
—Mila… si no quieres que mi soldado más letal —o mejor dicho, que
ningún hombre ni mujer en este maldito planeta— termine con el corazón
atravesado y la vida arrancada de su cuerpo… no dejes que te vean así.
No es su culpa que otros la puedan desear…
Es mía, por no haberle arrancado los ojos a Kelly antes.
Mila aprieta mi camiseta contra su pecho. —Mi error. Estaba bastante
segura de que así es como la gente se broncea en la playa. He visto
películas y leído escenas en libros.
Malditas películas.
Que se jodan también los libros.
Lo resolveré después, pero primero…
Me levanto de la arena y me dirijo hacia el agua. —Te lo explico luego,
mariposa. Regreso enseguida…
Maldita sea.
Kelly sigue sonriendo, hasta que una sonrisa plena y burlona se dibuja
en su rostro cuando me tiro al agua y nado hacia él. El hijo de puta me esta
provocando porque vio lo que me pertenece.
Carajo.
Ahora no me queda más opción que eliminar a mi mejor soldado.
Mensaje de M
C,
Ojalá pudiera conocerte en persona.
Ojalá no estuviera atada a esta casa.
Ojalá pudiera salir y vivir como la mayoría de los
adolescentes de mi edad.
Pero sobre todo, ojalá tuviera el valor de decirlo en
voz alta.
No lo tengo.
— M
El sacrificio de una
madre
RIAGAN - PASADO
“Nunca cuestiones mi amor. Si tienes dudas,
solo mira mis cicatrices.” – N
—E res tan bonita, mamá —dice Riagan, acostado en la cama, listo
para dormir, mientras acaricia con ternura mis mejillas, notando
que una lágrima se escapa de mis ojos.
—No llores... —susurra mi niño con el ceño fruncido en su rostro de
ángel—. No me gusta cuando lloras.
Sonrío a través de mis lágrimas, intentando tranquilizar a mi hijo,
hacerle creer que todo está bien. Pero no lo está. No ha estado bien desde
hace tiempo. Aun así, nada podrá hacer que deje de sonreír a pesar del
dolor. Nada. Haría absolutamente cualquier cosa por mi hijo. Incluso
soportar un dolor tan profundo que me está destrozando por dentro.
Porque mi pequeño es el regalo más grande que he recibido en toda mi
vida.
Mi Riagan.
Mi pequeño rey.
—Necesito que sepas algo, mi amorcito —me inclino sobre su camita y
aparto con delicadeza sus cabellos castaños claros, dejando al descubierto
esos ojos azules idénticos a los míos.
Me pongo el “traje de mujer valiente” y le doy a mi hijo lo que yo
nunca tuve:
El amoroso y tierno toque de una madre.
Mi niño lo necesitará ahora más que nunca.
Riagan es pequeño.
Tiene solo cinco años, pero a pesar de su corta edad, es muy perceptivo
para un niño de su edad.
Es inteligente.
Extrovertido.
Sabe lo que quiere y va tras ello.
Nació para liderar, y eso lo creo con todo mi corazón.
Después de un largo silencio, mi niño habla:
—No me gustan tus lágrimas, mamá.
—Estoy llorando lágrimas de felicidad —respondo rápido con una
pequeña mentira piadosa. Sé la verdad. La verdad dolorosa.
Mi corazón se está partiendo en dos. La vida de cuento de hadas que
soñé se está desmoronando a mi alrededor en pedazos desgarradores, y no
puedo hacer nada más que quedarme allí, viendo impotente cómo todo se
convierte en cenizas.
¿Cómo pueden ganar ellos cuando la mayor amenaza para la vida de
mi hijo y mi amor es un hombre tan poderoso como Tommaso Volpe?
Un hombre obsesivo.
Un hombre cruel, sin corazón.
—Te amo, Riagan. Pase lo que pase, recuerda que mamá te eligió,
aunque a veces no lo parezca. Aunque el dolor y el sufrimiento te engañen y
te hagan pensar lo contrario. Ten la seguridad de que iría al infierno y
volvería mil veces para protegerte a ti y a tu papá del peligro —susurro con
fiereza, esperando que mi niño entienda.
—Te vas otra vez —dice Riagan, apretando mi mano con fuerza,
deseando que me quede.
Lo miro a los ojos, tratando de contener el dolor insoportable que me
consume por dentro, ocultando el rostro devastado que llevo por dentro.
Porque sé en lo más profundo de mi corazón que no podré escapar de
las garras de Tommaso Volpe.
Al menos, no con mi vida.
Sé que no hay elección, ni otra opción, que entregar mi vida y mi
cuerpo a ese hombre sin alma. Pero mi corazón, mi amor y mi alma… todo
eso pertenece al pequeño que ahora me mira como si yo fuera su mundo
entero, y a su padre.
Hasta mi último aliento.
—Aunque no esté aquí físicamente, Riagan, estaré aquí —toco tres
veces el pecho de mi hijo—. Mientras me lleves aquí dentro, nunca estarás
solo —susurro.
Riagan coloca su pequeña mano sobre la mía, que tiembla, intentando
consolarme.
—Está bien... —dice mi pequeño rey con voz suave.
—Está bien —le sonrío mientras más lágrimas caen de mis ojos.
Una palabra sencilla, pero no sería tan simple.
No para nosotros.
Meses después, la vida dio un giro inesperado y nada volvió a ser igual.
Porque mi corazón se rompió un poco más con cada momento que
estuve lejos de mi preciada familia.
Se partió en dos.
La mitad quedó en Filadelfia, con mi pequeña familia, y la otra mitad
quedó atrapada en Detroit.
Cuando nacieron tres hijos más.
Dos de mi sangre, y uno que mi alma herida y rota eligió.
Ni la crueldad de Tommaso ni mi odio por esta vida pudieron impedir
que amara a todos mis hijos.
Los cuatro.
Solo una cosa pudo.
La muerte.
Y así fue.
Mensaje de C
Mila, si pudieras tener el día perfecto, ¿cómo sería
para ti?
— C
Mariposa Azul
RIAGAN
“Su risa es mi melodia favorita.” — M
N o recuerdo el momento exacto en que comenzó mi obsesión con las
mariposas. Lo único que realmente sé es que mi madre siempre
llevaba un broche con forma de mariposa en ocasiones especiales.
Un regalo de su madre, mi abuela. Algo que después me enteré por mi
padre.
Supongo que mi mente infantil se aferró a ese pequeño detalle de mi
madre en un intento desesperado por no olvidarla. No que pudiera hacerlo.
Ella está en todas partes.
En las estrellas, en el viento. Demonios, en cada latido de mi corazón.
A medida que fui creciendo, esas malditas mariposas comenzaron a
aparecer por todos lados. Las bonitas, azules, aparecían cada vez que tenía
un día de mierda, y aún siguen apareciendo. Vi una el día que mi padre me
reveló su lucha contra una enfermedad que amenaza con arrebatármelo.
Maldita sea.
No puedo perderlo también a él.
Curioso que desde que llegué aquí con la chica que ahora parece una
criatura mítica en ese vestido largo y blanco de verano, casi transparente,
con sus rizos salvajes cayendo alrededor de su rostro y sin una pizca de
maquillaje, no haya pensado ni una vez en toda la mierda que me espera de
regreso en Filadelfia.
Mila parece un ángel esta noche.
Mi ángel.
Aquí, en mi espacio, rodeado de flores exóticas y mariposas silvestres.
—Sabes… estoy empezando a creer que todo esto es fruto de mi
imaginación. Creo que todos esos libros de romance que he leído me han
desconectado de la realidad —Mila ríe suavemente. Su risa es dulce y
melódica. Me doy cuenta de que sus mejillas se han sonrojado. Me parece
encantadora.
También necesita entender que nada de nosotros es un sueño. Nada.
Ella ya no necesita soñar.
Ya no tiene que vivir la vida a través de los ojos de sus hermanas.
De ahora en adelante, no tendrá que soñar más.
Todos sus deseos, metas y aspiraciones se harán realidad.
Me acerco a donde está, congelada en el umbral de esta pequeña casa de
cristal al fondo de la mansión principal.
—Es real, cariño —le digo—. Tan real como tú y yo.
El sonido de mi voz parece haberla sobresaltado, me hace pensar que se
había distraído y olvidó que estaba ahí con ella. He notado que eso le pasa
mucho. Cuando algo le parece fascinante o cuando se aburre y pierde
interés en el tema, se pierde en algún lugar dentro de su cabeza.
Y debo admitir que no me molesta. Ni un poco.
—A veces me cuesta distinguir la realidad, porque he estado esperando
y soñando por tanto tiempo —Mila se mueve, tocando todo a su alrededor
como si quisiera asegurarse de que está aquí, y que no es un sueño.
Sus palabras me atraviesan como una flecha directa al corazón. No una
flecha, no. Algo más doloroso, como una maldita hacha.
—Estás aquí —digo, aclarando la garganta antes de volver a hablar—.
Estás aquí conmigo.
No aparto la mirada de ella, esperando su reacción. Una pequeña
sonrisa. Eso es todo lo que me da.
Y es todo lo que realmente necesito.
Mientras remodelaba la mansión de la playa, me aseguré de incluir un
conservatorio de mariposas junto al jardín. Más bien es una casa de cristal.
Una que me costó mucho dinero.
Solía burlarme de algunos de mis hombres por estar como perros
enamorados de las mujeres, pero yo le di otro significado a esa palabra. He
estado cambiando lentamente toda mi maldita vida por ella.
Nunca fui un hombre santo, no realmente.
Pero empecé a creer en una presencia más grande. Un ser de luz y de
todo lo bueno, porque ¿cómo no creer? Cuando alguien como Mila existe
en este mundo. Alguien tan pura y buena en lo más profundo.
No manchada por la crueldad brutal del mundo.
Alguien que sonríe a pesar de los muchos desafíos que enfrenta cada
día, no solo por su discapacidad, sino también por la vida en la que nació.
Una vida de caos y destrucción en nombre del poder y el dinero.
—¿A ti también te gustan las mariposas? —dice, sonriendo a una que
acaba de posarse en su hombro.
Otra mariposa se acerca y se posa en su cabeza, haciendo que Mila se
ría, y eso, a su vez, me hace sonreír.
—Sí, me gustan.
¿Me gustan las mariposas? No particularmente. No las odio, pero para
mí son solo insectos. Insectos que a mi madre y a ella les gusta observar y
conocer, así que me interesé por aprender todo lo que pudiera sobre ellas
porque a ella le encantan. Mucho.
También disfruto la expresión en su rostro cada vez que descubre que
compartimos algo en común.
Así que sí, si tengo que aprender el maldito nombre de cada mariposa
que existe solo para verla sonreír, lo haré.
Maldita sea, ya lo hice.
Mila guarda silencio por un momento, luego gira lentamente la cabeza
hacia mí y me ofrece una suave sonrisa por encima del hombro antes de
volver a mirar a su alrededor. La observo en silencio mientras lo hace,
contento de simplemente quedarme atrás y ver el mundo a través de sus
ojos.
Porque eso es lo que he estado haciendo últimamente.
Ver el mundo a través de los ojos de Mila Parisi, y déjame decirte, es un
mundo hermoso.
La forma en que ella lo ve.
Antes solo veía fealdad, pero ahora, ¿por ella? Pude vislumbrar lo que
me estaba perdiendo antes de que llegara.
Magia. Maldita magia.
Y esa es la razón principal por la que decidí meterme en su vida de
cualquier forma que pudiera.
Bain.
Carlotta, su amable cuidadora, que es muy parecida a Bain, mi
empleado.
Y los correos electrónicos.
No bastaba con que tuviera a un hombre y a Carlotta con ella, así que le
escribí cartas bajo la excusa de ser pen pals. Necesitaba saber más de ella.
Quería aprender por mí mismo lo que no compartía con nadie más.
Todo comenzó inocente y fácil, hasta que dejó de serlo.
Hasta que pasó de ser una niña curiosa que me recordaba a mi madre,
una niña a la que solo quería proteger y que no se sintiera tan jodidamente
sola en esa casa de horror, y luego creció y las líneas comenzaron a
difuminarse.
Fue entonces cuando las cartas cesaron.
Me alejé, y eso solo sirvió para confundirme aún más.
Porque me encontraba extrañándola.
Sus historias.
Sus palabras.
Solo ella.
Su esencia.
Y ahora está aquí.
Justo frente a mí. A veces dudo que esto sea real, y me aterra pensar que
despertaré en un mundo donde ella no exista.
—Entonces, te gustan las mariposas... —interrumpe Mila mis
pensamientos mientras se acerca.
No me di cuenta cuando se dio vuelta por completo, así que ahora me
está mirando directamente. Justo en ese momento, la mariposa que tenía en
el hombro vuela, y la que estaba en su cabeza se posa en la punta de su
nariz.
La observo con una sonrisa mientras ella hace todo lo posible por
mantenerse estoica, tratando de no asustar a la mariposa, pero después de
unos segundos, el insecto emprende el vuelo.
Me río suavemente cuando Mila le hace un gesto de despedida con la
mano y luego me guiña el ojo en tono de juego, haciéndome sonreír.
Y aquí tú pensando que no tienes sentido de humor, cariño. Eres la
persona más divertida que conozco.
Y eso dice mucho, considerando que la mayoría de la gente me parece
tediosa y cursi.
—Bueno, entonces. Cuéntame algo sobre ellas.
Mi sonrisa se ensancha al darme cuenta de que está juguetona y tratando
de descubrir si me cree o no. Bien.
Aunque disfruto su lado tímido y dulce, empiezo a volverme adicto a la
manera en que poco a poco sale de su caparazón y se siente cómoda
conmigo, hasta el punto de poder llamarme la atención cuando me paso de
listo.
Los ojos de Mila se deslizan hacia los míos, y luego bajan rápidamente
a mi cuello, donde tengo tatuadas algunas mariposas.
—¿Sabías que las mariposas pueden ver colores que nosotros no
podemos? —Me acerco hasta poder oler su dulce e intoxicante aroma a
vainilla. Tan cerca. Peligrosamente cerca.
Ella no se aleja ni muestra señal alguna de incomodidad, aunque trato
de no invadir su espacio.
Asiente, todavía mirando mi cuello.
—Lo sé, es un dato común. ¿Cómo se llama esta? —Señala hacia una
mariposa de alas naranja brillante.
—Gulf fritillary —respondo, observando al insecto mediano, naranja
con manchas marrones y puntos blancos plateados—. También conocida
como Mariposa Pasión.
Desde el rabo del ojo veo que su labio superior se contrae.
—¿Y esa? —sigo su dedo que apunta a otra mariposa posada sobre una
flor amarilla.
—La Pierid —respondo sin dudar.
—Debo admitir que no sé mucho sobre esa —dice ella, mirándome con
expectación—. ¿Qué más sabes de ella?
Su curiosidad y sed de conocimiento son adorablemente impresionantes.
Si quiere saber más sobre el insecto, se lo contaré.
—¿Ves cómo está descansando con las alas abiertas? —pregunto.
—Sí... —Mila se acerca un poco más a mí, y aprovecho para tomar un
mechón de sus rizos entre mis dedos. Encuentro consuelo mientras juego
con su cabello suave.
Enrosco el rizo alrededor de mi dedo índice y vuelvo a hablar.
—Cerrar las alas le ofrece protección contra los depredadores, porque
su apariencia se parece a una hoja.
—Eso es muy inteligente —responde con orgullo en la mirada. Está
orgullosa de un maldito insecto.
Sonriéndole, respondo con un gruñido.
—Riagan...
—¿Sí, mariposa?
Una sonrisa se dibuja en mi rostro al notar cómo toma aire de forma
aguda.
—Me obsesiono rápidamente con las cosas. Es parte de mi condición —
dice, girando el rostro hacia la derecha para mirarme—. Espero que mis
preguntas no te molesten. Suelo absorber todo el conocimiento que puedo
cuando algo realmente me interesa. Es algo que hago desde que era niña.
Por favor, dime cuando ya estés harto de mi curiosidad.
La forma en que lo dice parece que, de alguna manera, se está
disculpando por ser ella misma, y eso solo me enfurece porque sé que esa
necesidad de pedir perdón viene del miedo a ser juzgada.
Respiro hondo y trato de no sonar tan enojado como me siento.
—Nada de lo que haces me molesta, cariño. Empecemos por ahí. Así
que, haz todas las preguntas que quieras. Me gusta escuchar tu voz —le
digo con sinceridad. Suelo hablar sin rodeos y nunca entretengo juegos.
Digo las cosas como las veo. Y cuando quiero algo, voy por ello. Cueste lo
que cueste. Y lo que quiero es a esta pequeña hada que me mira con una
expresión suave en su hermoso rostro.
—¿De verdad? —pregunta, genuinamente curiosa y sin darse cuenta del
control que ya tiene sobre mí, sin ni siquiera un solo beso. Así de peligrosa
es Mila Parisi para mi cordura.
—Sí, cariño, de verdad —le respondo.
Entonces se sonroja.
Sus mejillas suaves se tiñen de un rosa pálido que me hipnotiza aún más
de lo que ya estoy.
—¿Me contarás más? Sobre mariposas, digo —sus dulces ojos se
encuentran con los míos por solo un segundo, antes de bajar a mis labios.
La forma en que me mira. Tan confiada y dulce. Podría pedirme mis pelotas
en una bandeja de plata y se las daría.
Pero por ahora, haré lo que me pidió.
Paso unos veinte minutos contándole todo lo que se sobre mariposas, y
ella se queda callada a mi lado, escuchando con una sonrisa tierna en el
rostro. Esa sonrisa. La sonrisa que hace que mi mundo gire sobre su eje.
—Mila.
—¿Sí, Riagan?
Riagan.
La forma en que dice mi nombre.
Tan formal y sensual al mismo tiempo. Ella no tiene ni puta idea, y eso
la hace aún más irresistible para mí.
—¿Cómo sabes tanto sobre mariposas? —le pregunto mientras
caminamos hacia los arbustos donde revolotean, justo al lado de una
pequeña fuente con cascada que mandé a construir el año pasado. Fue el
toque final que necesitaba el invernadero-conservatorio de mariposas para
ser perfecto. Perfecto para ella.
Me sorprende cuando, distraídamente, extiende la mano y toca mi
muñeca. Una vez. Dos veces. Tres.
La observo fascinado mientras lo hace, y en el tercer toque se aparta, y
parece aliviada de haberlo hecho.
Mila es una criatura de hábitos, equilibrio y estructura. Tiene cosas que
hace y que a la mayoría le parecerían raras, pero para ella son un consuelo.
La anclan.
—Me gustan las mariposas —confiesa—. Me gusta verlas volar por el
jardín de mi casa.
Sonrío.
—Bueno, entonces dime por qué te gustan tanto.
Y ella lo hace. Habla de eso durante un buen rato, unos diez minutos,
hasta que frunce el ceño y se detiene en medio de una frase.
—Las mariposas tienen la capacidad de medir el tiempo y rastrear...
¿qué? —insisto.
Frunce el ceño.
—No quería aburrirte con tanto detalle —responde.
Le toco la punta de la nariz y le digo:
—Mila, si tuviera un problema con lo que estamos hablando, ya te lo
habría dicho.
Aunque lo tuviera, preferiría pegarme un tiro en la cara antes que
lastimar sus sentimientos.
Ella parece pensar en eso por un largo momento, y luego asiente una
vez.
—Voy a estudiar gastronomía —dice de repente.
Parpadeo. Claro que sí.
—Claro que sí, vas a hacerlo.
Me mira y su rostro se ilumina.
Brilla con una luz tan intensa.
Y en este momento me doy cuenta de que daría lo que fuera por ver esa
expresión en su cara para toda la vida.
Lo que fuera.
Me acerco hasta que nuestros labios quedan a centímetros, la miro
desde arriba mientras ella me sonríe con esa sonrisa que me vuelve loco. De
repente, siento el pecho apretarse demasiado.
Sin pensarlo dos veces, la tomo por la cintura y la acerco suavemente a
mi pecho, viendo cómo sus ojos se abren grandes y sus manos suben para
dar suaves golpecitos en mi pecho.
Y eso me lleva al recuerdo de cuando mi madre solía tocarme el pecho
con ternura para que sintiera su amor, pidiéndome que la guardara ahí.
Y justo ahí, rodeado de mariposas y sosteniendo en mis brazos a esta
chica dulce y adictiva, me pregunto si las malditas estrellas se alinearon el
día en que nos cruzamos, o si fue mi madre quien la envió cuando me volví
frío y comencé a alejarme de su vida.
Fijo la mirada en su rostro, me concentro en sus labios y tomo una
decisión.
Una que cambiará todo.
Voy hacer que vea lo que tiene justo frente a ella.
—Mariposa, tengo un problema. —Le acaricio la mejilla con suavidad,
emocionado al sentir cómo se estremece con mi toque.
—¿Q-qué? —responde, exhalando con preocupación.
—No puedo ser tu amigo.
Sus preciosos ojos azules se encuentran con los míos por un segundo, y
de inmediato se vuelven tristes, lanzando puñales directos a mi corazón.
Dilo. Hazlo.
—No puedo ser tu maldito amigo porque los amigos, Mila... no sueñan,
día y noche, con hacerte todo lo que voy a hacerte a ti.
—¿Qué...? —no logra terminar la frase porque lo siguiente que sé es
que bajo la cabeza y tomo sus labios con los míos.
La beso como nunca. La beso con tanta fuerza que espero que, con ese
beso, ella entienda que no puedo ser solo su amigo.
Porque quiero más.
Quiero ser la única razón por la que ella respira.
Su motivo para despertar cada mañana y sonreír.
Porque, aunque sea un comportamiento jodidamente psicótico y
obsesivo... ella es eso para mí y mucho más.
Mensaje de M
C,
He soñado muchas veces con el día perfecto. Es lo
que me ha mantenido a flote todos estos años.
Si me hubieras preguntado esto hace un año, te
habría dicho que mi día perfecto sería sentarme en
un pequeño café con mis dos hermanas tomando té y
comiendo muchos dulces.
Pero mi día perfecto es diferente ahora.
Ahora, cuando pienso en mi día perfecto, pienso en
ti.
— M
Siempre Aquí
MILA
Encontré mi hogar seguro en sus brazos.
También encontré el amor. – M
E
n un pasillo frío de la mansión Parisi, una niña de siete años llamada
Mila tarareaba su canción favorita mientras coloreaba con sus
marcadores la aburrida y simple pared blanca, llena de emoción ante
la idea de darle color a las paredes de su hogar para que no se vieran tan
frías y vacías todo el tiempo.
La pequeña decidió pintar un pequeño mural como regalo para su
familia.
Los dibujos bonitos hacían feliz a su corazón, así que pensó que
tendrían el mismo efecto en ellos.
En la pared, dibujó a cada miembro de su familia. Sus padres, sus
hermanas, su abuela e incluso algunas de los empleados.
La niña tenía talento para su edad. Increíblemente talentosa e
imaginativa, una combinación perfecta para una pequeña artista como ella.
Primero dibujó a su hermana mayor, Arianna, tomandola de la mano,
con una expresión fuerte y autoritaria, y una sonrisa burlona en su
hermoso rostro. Luego dibujó a su hermana del medio, Kadra, vestida de
negro, con una pequeña sonrisa en el rostro.
Mila pasa la mayor parte de su tiempo, cuando no lee o pinta,
estudiando las expresiones y acciones de sus hermanas con la esperanza de
entenderlas mejor. Después de un tiempo, se dio cuenta de que sus
hermanas solo sonreían para ella. No para sus padres ni para las demás
personas que vivían en la casa.
Solo para ella.
Por eso, cada vez que dibujaba a sus dos hermanas, les daba una
sonrisa.
No sonrisas enormes, pero sí sutiles.
Las que le mostraban a Mila cuánto se esforzaban por ella.
Sonrisas verdaderas.
Luego dibujó a sus padres.
No les dio mucho color como a sus hermanas porque, aunque era muy
pequeña, Mila ya entendía la verdad sobre sus padres.
Eran personas sin color.
Tristes.
Enojados.
Crueles.
Ausentes.
Los dibujó de todos modos.
Queriéndolos incluir en su dibujo, aunque a ellos no les importara la
pequeña en lo más mínimo.
—Mila... —alguien susurró.
—¿Qué has hecho, stelina? —otra voz resonó en el silencio.
La niña, sobresaltada y confundida por el tono de sus hermanas, dejó
caer sus marcadores, haciendo un desorden en el piso.
Puede que no entienda la mayoría de las emociones o situaciones, pero
ese tono lo conoce demasiado bien.
Choque.
Tristeza.
Terror.
Mila, confundida por su reacción, frunce el ceño sin comprender por
qué sus hermanas suenan tan tristes.
—¡Yo dibujé a todos! Mira. —Mila sonríe y señala la pared mientras
sus hermanas permanecen paralizadas, congeladas y asustadas en el
mismo lugar.
Un silencio que pone ansiosa a la pequeña pasa entre ellas.
Mila se pregunta qué hizo mal, pero no logra encontrar una respuesta.
Su mente comienza a trabajar intensamente, buscando una razón para
que sus hermanas parezcan haber visto un fantasma, pero no encuentra
nada.
Y entonces lo comprende. Todo encaja.
¿Por qué sus hermanas reaccionaron así, en lugar de alegrarse o
sentirse contentas por su dibujo?
Un momento está mirando a sus hermanas, preguntándose qué sucede,
y al siguiente aparece su padre, Gabriele, detrás de ellas con una expresión
fea y cruel, la misma expresión que tiene el villano malvado en sus historias
favoritas justo antes de hacer algo terrible.
La misma expresión que su padre tiene cuando dice cosas horribles y la
golpea. Cuando golpea a sus hermanas.
En ese instante, entiende que no todas las personas aprecian las
pequeñas cosas de la vida.
Que algunas personas no tienen bondad ni amor en el corazón.
Todo sucede tan rápido que la niña apenas puede asimilarlo, porque
cuando todo se vuelve ruidoso y caótico, ella se refugia en su lugar seguro.
Su mente.
Vidrio se rompe por todas partes cuando su padre arroja su bebida al
piso, cerca de Mila.
El ruido del vidrio roto le lastima más los oídos a la pequeña que los
pedazos afilados su piel.
Voces fuertes retumban a su alrededor.
Los gritos enojados y las palabras arrastradas de su padre.
Los aterradores gritos de sus hermanas que se acercan a ella,
protegiéndola de la furia de Gabriele.
Pero ni una sola vez la niña grita de dolor, no.
En lugar de eso, se encoge en su cuerpo como una pequeña bola,
meciéndose al ritmo de su canción favorita.
Brilla, brilla, estrellita,
me pregunto qué serás.
Allá en lo alto, tan alto,
como un diamante en el cielo.
Aunque sus brazos y muslos sangraban por los pedazos de vidrio
incrustados en su piel, la niña no dejó de cantar.
Ni una sola lágrima derramó, hasta que se dio cuenta de su grave error.
Sus hermanas, una vez más, se pusieron en medio, tratando de
disminuir su dolor.
Ella era la culpable, eso era lo único en lo que podía pensar en ese
momento.
Las lágrimas comenzaron a caer rápido cuando vio a Arianna luchando
con los brazos de su padre mientras él la alejaba, pataleando y gritando, y
a Kadra no muy lejos detrás, rogándole que la castigara a ella en su lugar.
Mila se pregunta cómo un dibujo tan bonito puede despertar tanto odio.
¿Por qué su sola existencia hace que su padre se enfurezca tanto?
Todo lo que hace la princesa más joven de los Parisi parece darle
ganas de lastimarla a ella o a sus hermanas.
Después de esa horrible experiencia, Mila entendió lo que debía hacer
para proteger a sus hermanas.
Tenía que desaparecer.
Tenía que vivir como si fuera invisible.
Como si nunca hubiera nacido.
Y así lo hizo.
Hasta que llego el…
Riagan.
Riagan
R ECLINÁNDOME en la silla del patio, alzo la vista al cielo mientras doy una
larga calada a mi cigarrillo. He estado tratando de fumar menos desde que
llegamos a las islas.
Ahora solo lo hago afuera, y únicamente cuando estoy seguro de que
Mila no está cerca.
No soy adicto, pero esta noche necesito uno más que nunca, después de
ese maldito beso.
Su sabor aún permanece en mi boca. Ni siquiera la nicotina logra
borrarlo.
En cuanto mis labios tocaron los suyos, sentí que el suelo se desvanecía
bajo mis pies y comencé a desear cosas que sé que ella aún no está lista
para darme.
Los pensamientos sucios que tengo sobre su hermoso cuerpo no me
dejan dormir, por eso estoy aquí afuera, en plena noche, fumando en la
oscuridad.
Tum.
Un ruido.
Como si algo pesado hubiera caído al suelo en el piso de arriba. De
inmediato, mi mente se va al peor de los escenarios.
Mierda.
Mila.
Tiro el cigarrillo al suelo y lo piso para apagarlo, apurándome hacia la
casa, tomando las escaleras de dos en dos camino a su habitación.
Con el corazón apunto de salirse de mi pecho, imagino todas las
posibilidades que me esperan al abrir su puerta.
Tan pronto me acerco a su habitación pienso que solo estamos ella y yo.
Kelly está en la parte trasera de la casa.
He estado de guardia toda la noche, como todas las noches desde que
llegamos.
La propiedad entera tiene el mejor sistema de seguridad que el dinero
puede comprar, y además Kelly y yo estamos armados y listos para eliminar
cualquier amenaza a la vida de Mila. Dudo mucho que alguien haya logrado
entrar, pero nunca se puede estar del todo seguro.
No cuando la mujer que ocupa cada uno de mis pensamientos tiene una
recompensa de un millón de dólares sobre su cabeza.
El corazón se me detiene al pensar que pudo haberse caído... que tal vez
se lastimó.
Abro su puerta, y lo primero que noto es la luz encendida. Claro, sé que
duerme con una luz tenue. Eso no me sorprende.
Lo que sí hace que mi pecho se apriete es ver la cama perfectamente
hecha, las sábanas intactas, sin una sola arruga.
Y está vacía.
Doy unos pasos dentro de la habitación, buscando con la mirada. Nada.
Carajo.
Decidido a registrar toda la maldita casa si es necesario, me doy vuelta
y entonces veo la puerta del vestidor entreabierta.
Y casi no lo escucho. Es un sonido tan leve que por poco lo dejo pasar.
Un llanto. Como el que haría un animal herido y asustado. Así sonó.
El nudo en mi pecho se aprieta aún más mientras camino siguiendo el
llanto.
Abro la puerta por completo… y ahí está.
Mila está acostada sobre la alfombra, con solo una manta delgada
cubriéndola. Llora en sus sueños, y su cuerpo tiembla como si le doliera.
He visto muchas cosas trágicas en mis treinta y un años de vida, y casi
nunca me conmueven. Pero esto... esto me destroza.
El ceño fruncido en su rostro parece indicar que está atrapada en una
pesadilla dolorosa.
Está teniendo una pesadilla.
Noto cómo se acaricia las cicatrices que casi no se ven en sus manos
mientras suplica que no les hagan daño. ¿Les?
Frunzo el ceño, aún más confundido, preguntándome si habla de sus
hermanas. ¿Quién más podría ser?
Que se joda esa familia.
Que se joda cualquiera que haya fallado en protegerla.
Alguien va a pagar por esto. Por su dolor. Por sus pesadillas. Por las
desgraciadas lagrimas en sus lindos ojos.
No voy a volver a dormir tranquilo hasta devolver cada una de las
cicatrices que lleva en la piel… y las que no se ven, esas que esconde detrás
de sus dulces sonrisas.
Harto ya de verla sufrir en sueños, la levanto con cuidado del suelo y la
acerco a mi pecho.
Con ella segura entre mis brazos, salgo del vestidor, camino hasta su
cama y me acuesto con ella aún inquieta y temblorosa contra mi cuerpo.
Nunca he sido un hombre que se sienta cómodo tocando o consolando a
otros. No está en mi naturaleza… o al menos eso creía. Porque con ella, es
diferente.
Con ella, se siente natural.
—Shhh —susurro mientras aparto sus rizos de su hermosa cara. Noto
que está helada. Mierda.
La abrazo más fuerte y nos cubro a los dos con las cobijas.
La observo, preguntándome qué pesadilla la persigue… qué está viendo,
qué está sintiendo.
Me preocupa qué demonios le está envenenando la mente.
La observo mientras duerme, memorizando cada detalle delicado de su
rostro, el largo de sus pestañas, cómo descansan sobre sus mejillas como
pequeñas plumas, y la forma en que sus labios se entreabren al respirar.
La quiero en mi cama así todos los días, con el sol iluminando sus rizos
dorados como una corona sobre su cabeza.
—Estoy aquí, mariposa. Siempre he estado, y siempre estaré —
murmuro mientras la mezo suavemente, deseando poder borrar toda la
mierda que ha visto.
Todo el dolor que lleva en el corazón, y todos los recuerdos que ahora
mismo la atormentan.
Mujeres tan puras y buenas como ella deberían tener solo sueños
bonitos.
Recuerdos dulces.
No pesadillas.
Definitivamente, no cicatrices.
En este momento, el odio me hierve en la sangre mientras sostengo a mi
mariposa, y hago otra promesa silenciosa: voy a encontrar a Gabriele Parisi,
esté donde esté, y le voy a arrancar la piel, devolviéndole cada maldita
cicatriz que le dejó a su hija menor.
Y a cualquiera que se me cruce en el camino… también me lo llevo por
delante.
Incluido la cabeza actual de los Parisi… su hermana.
Kadra.
Mensaje de M
Querido C:
¿Dije algo malo? Disculpa si te incomodé. Extraño
tus mensajes. Espero que estés bien.
— M
Bailando bajo la lluvia
MILA
"Mátalos con amabilidad", dicen. “No, ¿qué tal
con una bala?" – R
A
la noche siguiente, me encuentro recostada sobre una almohada
gigante al lado de un mini librero, leyendo el libro que dejé a la mitad
antes de salir de Detroit y quedar atrapada en el mundo de Riagan
O’Sullivan.
Es una historia de romance enemigos-a-amantes, con diferencia de edad
y praise kink. Lo sé, lo sé. No parezco del tipo de lectora que disfrutaría de
temáticas más oscuras en los libros, pero sí lo hago.
De hecho, prefiero mil veces una historia tabú antes que una lectura
vainilla.
No es que no me guste el romance dulce, porque sí lo disfruto mucho,
pero hay algo en esos antihéroes que caen rendidos ante su mujer, con todos
esos momentos cargados de emoción, que simplemente me encanta.
Soy un desastre cuando se trata de entender a los hombres y cómo
funciona su mente, más allá de lo que leo en internet.
Probablemente no debería basarme en libros de ficción escritos por
mujeres para intentar descifrar el cerebro masculino en temas de amor y
romance, pero son una buena distracción. Y no me avergüenza.
Mis libros me dieron mundos únicos y emocionantes a los que podía
escapar cuando el mío se volvía oscuro y aterrador.
Me perdía entre las palabras que escribían las autoras durante horas
enteras, y mientras duraban esas historias, me sentía feliz. A salvo.
Pero ahora estoy aquí.
En un mundo que no es mío, pero que se siente mucho como los de mis
libros.
Solo que esto no es ficción.
Es real.
Es el mundo de Riagan.
Él es un hombre con sus propios demonios. Eso sí lo sé.
Puedo ver esa misma oscuridad en sus ojos que vi alguna vez en los de
mis hermanas. En las dos.
Reconozco esa sombra en cualquier parte.
Debería asustarme.
Pero no lo hace.
Al contrario, me atrae. Me empuja hacia él hasta que todo lo que quiero
es arrancarle todas sus capas hasta descubrir quién es realmente.
Y luego, pienso en el beso.
He leído mil escenas de primeros besos, pero nada me preparó para el
momento en que mis labios tocaron los suyos.
Fue como si una corriente eléctrica me atravesara el cuerpo,
cubriéndome por completo de calor.
Su calor.
Incluso ahora, pensarlo me hace sentir tibia por dentro.
Otra reacción nueva… que solo él ha provocado en mí.
Sus labios son suaves. Más suaves de lo que imaginé cuando lo vi por
primera vez.
Su beso fue tierno al principio, hasta que respondí.
Fue entonces cuando me tocó el cuello, me acercó más… y me robó el
aire de los pulmones.
Fue mágico.
Besarlo se sintió como pienso que sabe la libertad.
Como tomar el sol después de haber tenido frío durante demasiado
tiempo.
Fue algo que nunca había sentido… ni siquiera imaginado.
Y ahora mi mente es un desastre.
Él no quiere ser mi amigo. Eso lo tengo claro.
¿Quiere algo más?
Los amigos no se besan como nosotros lo hicimos, ¿verdad? No, no lo
creo. Las lineas se difuminan y mi mente se vuelve un desastre cuando se
trata de él.
Odio los desastres, pero he llegado a anhelar su dulce caos.
Justo cuando estoy en medio de una escena en la que el héroe le hace
sexo oral a la heroína en su escritorio, sujetándola y llamándola su ‘buena
chica’, tocan la puerta.
Calor me sube por el cuello hasta las mejillas.
Siempre me pasa cuando llego a las partes calientes de una historia.
Dejo el libro y me doy unas palmaditas suaves en las mejillas,
intentando que el tono rosado que seguramente tengo desaparezca antes de
hablar. —Pa-pase.— Me estremezco al oír que mi tono suena agudo. Muy
sospechoso.
Piensa en otra cosa, Mila...
Mi cerebro al instante piensa en mi primer beso, haciéndome sentir aún
más avergonzada y excitada. No, no.
En lugar de eso, pienso en cosas que me dan náuseas.
Como las sandías.
Eso funciona.
Un momento después, aparece la persona al otro lado de la puerta. Kelly
tiene puesto un pantalón corto y una camisa verde con estampado tropical.
He estado tan concentrado en su jefe que no he tenido la oportunidad de
comprender del todo a Kelly. Supe que su primer nombre es Cianne.
Un nombre interesante para un hombre con aspecto interesante.
Un nombre irlandés fuerte como el de Riagan.
Cianne, al igual que su jefe, tiene la misma cantidad de tatuajes. La
única diferencia es que, mientras que la cara de Riagan no tiene tinta,
Cianne Kelly tiene algunos pequeños tatuajes. A primera vista, parece el
villano de cualquier libro de romance oscuro. El tipo de hombre del que las
madres advierten a sus hijas. Algo así he leído.
Da miedo.
Pero ahí es cuando te engaña.
Tiene una personalidad encantadora y muchos chistes que no entiendo,
pero aun así intento entenderlo y reírme a veces para no parecer grosera. No
sé cuánto le habrá contado Riagan sobre mí ni cómo soy. Lo único que sé es
que me trata igual y me habla como si fuera cualquiera. Sin compasión.
Incluso me mira a los ojos, aunque me pone un poco nerviosa.
Le agradezco que me trate como a un ser humano y no como a una
pared como la mayoría de la gente hace. Todavía uso mi sombrero cuando
estoy cerca de él y probablemente siempre lo haré. No me gusta que mis
ojos no puedan estar quietos, y prefiero no incomodar a los demás.
La única persona con la que me siento lo suficientemente segura como
para no esconderme es Riagan.
—El jefe quiere que cenes con él, milseán, dice Cianne con una
pequeña sonrisa. Su sonrisa es agradable. Tiene una sonrisa que le ilumina
todo el rostro. Parece genuina.
Me levanto rápidamente de la almohada gigante, emocionada de ver a
Riagan. No lo he visto desde anoche.
Desde que me besó.
Cuando me desperté esta mañana y bajé a desayunar, me di cuenta de
que no estaba por ningún lado. Cianne me dijo que estaba atendiendo
negocios. No pregunté. Sé lo que significan los negocios para hombres
como él.
Decidí pasar la mañana estudiando las mariposas, todavía fascinada con
ellas. Tiene una jaula para mariposas. Un invernadero.
Está resultando ser un hombre más ideal de lo que pensé al principio.
Lo que hace y dice, solo lo he leído en novelas románticas.
Parece demasiado bueno para ser verdad.
Cosas así no les pasan a chicas tan reservadas e inexpertas como yo.
¿Verdad?
Un carraspeo me recuerda que me perdí en mi cabeza. Un poco
avergonzada, miro a Cianne a los ojos durante un instante antes de bajar la
vista a su mejilla sin afeitar. —¿Debería ir ahora?, pregunto.
—¿Qué tal si te cambias primero, cariño? Frunciendo el ceño, bajo la
vista hacia lo que llevo puesto. Una camiseta extra-grande de Guns & Roses
con calcetines a media pierna y pantuflas. —Te ves adorable, pero ¿qué tal
si no provocamos al caso mental? Valoro mi vida, ¿sabes?
—¿Provocar? Me quedo atónita, sin entender qué pretende provocar a
Riagan.
—El psicópata me va a dar una paliza si descubre que te he visto sin
pantalones. Viste su reacción en la playa, ¿verdad? Casi me ahoga en el
mar, el muy cabrón.
Se ríe como si disfrutara que Riagan casi lo ahogara.
Al mirar lo que llevo puesto, frunco el ceño.
—¿No es vestimenta apropiada?, le pregunto, confundida. —He visto
chicas con este tipo de camisa sin pantalones en redes sociales y parece que
es algo común.
Cianne se ríe, pero no es una risa cruel. No se burla de mí. —Supongo
que sí, pero el jefe es...
—¿Qué?
—Un celoso territorial de mierda. No me sorprendería si algún día te
orinara encima. Se ríe.
Arrugo la nariz. —Preferiría que no lo hiciera. ¿Sabes cuántas bacterias
viven en la orina?
Cianne levanta la mano, impidiéndome continuar. —Ah, no quiero
ofender, pero no me interesa compartir datos sobre fluidos corporales. —
Dice con cara seria. —Es asqueroso, cariño.
No me sorprendería si algún día te orinara encima.
Me dan escalofríos solo de pensarlo. —¿De verdad crees que Riagan me
hará pis encima?. ¿Es algo que hacen los hombres? ¿Es parte de su
organización? Necesito investigar esto en cuanto tenga acceso a internet.
—Mila..., me perdí en mi cabeza de nuevo. —Estaba bromeando, aclara
Cianne.
Ah... supongo que tiene sentido.
—Lo siento. No entiendo la mayoría de los chistes ni del sarcasmo, le
explico.
—No te preocupes. Su sonrisa es traviesa. —Quédate conmigo,
pequeña, y lo solucionaremos rapidísimo.
La verdad es que no lo creo.
Llevo años intentándolo, pero no entiendo el humor como la mayoría.
El humor, y en especial los chistes, implica capacidades cognitivas que a
menudo me resultan difíciles.
—Cianne. Lo miro a la cara y lo veo mirándome.
—¿Sí, mislean?, responde.
Jugueteo con el ala de mi sombrero mientras le pregunto: —¿Cuál sería
la vestimenta adecuada?. Es apenas un susurro.
Al hacer contacto visual por un instante, noto que sus ojos se suavizan,
como a veces le pasa a Riagan.
—Ah… puedo ayudarte con eso. Aplaude con sus grandes manos y se
dirige al vestidor, entrando. Me quedo parada, observándolo sacar la ropa
de los ganchos y tirarla sobre la cama. —Estás haciendo un desastre —le
digo, intentando no parecer grosera. Parece que no me oye y sigue tirando
más ropa sobre la cama. Hay una pila enorme. Una pila enorme y
desordenada.
Así que, mientras el delincuente musculoso y tatuado rebusca en mi
armario buscando algo que pueda ponerme, me concentro en arreglar el
desastre. Cuando ordeno la ropa, la separo por color y tipo de tela.
Mientras tanto, no puedo ignorar la sensación en el pecho que acelera
mi corazón con solo pensar en pasar más tiempo con Riagan.
Ya estoy en un gran problema.
Uno enorme.
Uno del que no será fácil salir.
Ni siquiera sé si quiero.
D ULCE NO ES el adjetivo que yo usaría para describir a hombres que parecen
la Muerte encarnada, si esta llevara tatuajes y cadenas plateadas en el cuello
en pleno siglo XXI.
Pero es la primera palabra que me viene a la mente cuando pienso no
solo en Riagan, sino también en Cianne.
—Para ser un hombre con un sentido de la moda bastante peculiar y una
fijación por los estampados de animales, logró encontrar algo que es más de
mi estilo que del suyo —murmuro mientras cierro suavemente la puerta
trasera, saliendo al calor de la noche.
Él te espera… había dicho Cianne.
Miro hacia abajo, a lo que llevo puesto, y me invade una pequeña ola de
felicidad.
Cianne eligió un vestido azul brillante, con estampado floral diminuto y
un lazo al frente. Incluso escogió las sandalias azules que combinaban a la
perfección.
Si antes no era evidente, ahora sí lo es: amo el color azul.
Siempre llevo algo azul encima, y ambos hombres lo han notado.
Hombres malos que quieren hacerte daño… no se fijan en los pequeños
detalles, ¿cierto?
No lo creo.
Pero tampoco soy experta en hombres.
A este paso, sin embargo, lo seré cuando mi tiempo con ellos llegue a su
fin.
Intento no pensar en lo que me espera cuando este sueño termine y me
aferro al presente.
Pasé mi infancia deseando que los días pasaran rápido…
Y ahora, irónicamente, lo único que quiero es que el tiempo se detenga.
Que este momento se congele para siempre.
Camino por el sendero de piedra lentamente mientras los nervios se
apoderan de mí.
¿Qué me espera al llegar hasta donde está Riagan?
Cianne dijo que lo encontraría entre el jardín y la casa de cristal donde
están las mariposas.
Levanto la vista al cielo y noto cómo el sol comienza a teñirse de un
tono naranja oscuro. Pronto caerá la noche.
Y en cuanto entro al jardín, todo a mi alrededor me corta el aliento.
Hoy luce especialmente mágico, con pequeñas luces blancas titilando
sobre los arbustos y las altas palmeras.
Antes ya me parecía hermoso, pero ahora… ahora parece salido de un
cuento.
¿Será esto lo que estuvo haciendo todo el día?
¿Era este el “asunto” al que se refería Cianne?
Miro de un lado a otro con una sonrisa tonta pintada en el rostro
mientras mi corazón late cada vez más fuerte.
Recuerdo que hace un par de años vi una película de princesas con Gus,
donde había un bosque encantado lleno de plantas brillantes y criaturas
mitológicas adorables.
Este lugar…
Se ve y se siente justo como eso.
Mágico.
Íntimo.
Casi como si estuviera dentro de una burbuja.
Mi sonrisa crece aún más cuando veo al pequeño gnomo con un
sombrero morado de punta, parado junto a la fuente.
Hasta el jardín tiene luces de hadas.
—Wow… —susurro, dejando que todo me envuelva en si dulzura.
—Nunca ha habido una vista más hermosa.
Una voz susurra con asombro, haciendo que mi corazón lata más rápido
que hace apenas unos segundos.
Giro hacia donde vino el sonido y veo a Riagan, erguido y casi
majestuoso, de una forma salvaje, bajo el gazebo iluminado.
La presión en mi pecho se intensifica al mirarlo.
Siempre he pensado que Riagan es guapo, pero en este momento…
mientras está de pie con una camisa blanca de vestir, con los dos primeros
botones desabrochados dejando ver los tatuajes de su cuello y parte del
pecho, y unos jeans oscuros, no puedo evitar pensar que hombres como él
deberían ser ilegales.
No es bueno para mi salud.
Cada vez que lo miro, mi corazón late de forma anormal. Y eso no
puede ser sano.
—Este lugar es muy magnífico, sí —digo con tono neutral.
Trago saliva cuando noto que sigue mirándome fijamente, y siento
cómo el calor empieza a extenderse por todo mi cuerpo, comenzando por
las mejillas.
—Hablaba de ti, hermosa —responde con una sonrisa ladeada.
Me sonrojo.
Por supuesto que lo hago… siempre que dice cosas que me revuelven el
estómago.
—Cianne me ayudó a escoger el atuendo —murmuro mientras juego
con el dobladillo del vestido sin pensar.
Siempre lo hago cuando estoy nerviosa.
Y ahora estoy muy nerviosa.
—Recuérdame darle las gracias más tarde —dice Riagan, con una
sonrisa en el labio superior.
—¿Por qué? —pregunto con curiosidad, mientras subo los escalones del
gazebo.
—Porque te ves hermosa con ese vestido —responde, extendiéndome la
mano.
El momento en que mi piel entra en contacto con la suya, siento como si
mil mariposas se despertaran en mi estómago. Otra vez.
—Oh…
¿Oh? ¿Eso es todo lo que vas a decir?
Vamos, Mila. Piensa en una respuesta más apropiada para su cumplido.
—Gracias —susurro, y enseguida añado—. Tú también te ves hermoso.
—No creo que nadie me haya llamado hermoso antes —ríe, y yo frunzo
el ceño, preguntándome cómo es posible que nadie lo haya hecho.
—Me alegra que tú pienses que soy hermoso, mariposa.
Mariposa.
Qué irónico que haya elegido justo ese apodo para mí.
¿Será consciente de las mil mariposas que tengo ahora mismo
revoloteando dentro del estómago?
—¿Por qué? —pregunto, alzando la vista hacia su mandíbula.
Me pregunto qué tan suave se sentirá su barba.
—¿Por qué qué, cariño?
—¿Por qué te alegra que yo piense que eres hermoso?
Dímelo con claridad.
A veces es difícil leerte.
—Porque quiero gustarte —dice.
Su expresión no cambia ni un poco.
Miro hacia su barba y respondo en voz baja:
—Ya me gustas.
—Quiero que me desees como a un hombre, no como a un amigo, Mila.
Su voz me toma por sorpresa.
Suena diferente.
¿Molesto?
No, no está molesto.
Está… apasionado.
No parece estar alegre, pero tampoco se ve enojado.
Lo que más valoro de Riagan es su disposición a explicarme lo que
siente y lo que piensa cuando yo no puedo descifrarlo.
Cuando me cuesta hacerlo.
Como ahora… y como tantas veces antes.
Me obligo a mirarlo a los ojos, y enseguida me doy cuenta de que ha
sido un error, porque las palabras se me quedan atoradas en la garganta.
Lo único que quiero decir es que no puedo.
Que no encuentro lógica ni puedo expresar lo que hay en mi corazón
cuando él me mira así.
Como me está mirando ahora.
Tal vez sé poco o nada sobre los hombres, pero he visto esa misma
expresión en el rostro de Riagan en cada película romántica que he visto en
mi vida.
Y entonces, pienso en todas las cosas pequeñas y grandes que ha hecho
por mí.
En todo lo que ha estado dispuesto a hacer, no solo para sacarme una
sonrisa, sino también para mantenerme a salvo.
Y esa sensación extraña en mi estómago crece.
Se expande por todo mi cuerpo como fuego descontrolado.
Ya me gustas más de lo que debería, quiero decir.
Pero las palabras se enredan en mi cabeza, como siempre que me siento
ansiosa o fuera de mi elemento.
Y aunque con Riagan me siento más cómoda que con la mayoría de las
personas, él aún logra despertarme un mar de emociones que no entiendo…
aunque quisiera.
Es aterrador.
Pasa un momento de silencio entre nosotros, y me pregunto si acabo de
hacer todo incómodo sin querer.
¿Arruiné el momento?
¿Mi silencio ante su confesión hizo que pensara diferente de mí?
Me invade la ansiedad.
Pero, como siempre, Riagan aparece justo a tiempo, rompiendo mis
pensamientos y aplastando la ansiedad que amenaza con apoderarse de mi
mente y cuerpo.
Su voz, por muy áspera que sea, tiene algo sereno. Casi melódico.
—¿Tienes hambre? —pregunta, tomando un rizo suelto de mi cabello y
frotando la hebra entre su pulgar e índice.
Es entonces cuando me doy cuenta de todo lo que hizo.
El gazebo, al igual que las plantas que lo rodean, está adornado con
luces de hadas, y en el centro hay un picnic montado.
Una sabana color vino, que parece suave como el terciopelo, está
extendida en el suelo con exactamente siete almohadas distribuidas
alrededor.
Un picnic bajo las estrellas, rodeada de una de mis cosas favoritas en el
mundo: las plantas.
Riagan me ayuda a sentarme con cuidado sobre la manta y luego se une
a mí.
Se ve algo gracioso sentado a mi lado, con lo enorme que es.
Incluso sentado, sigue siendo mucho más alto que yo.
Nuestra diferencia de tamaño nunca dejará de sorprenderme.
Empieza a abrir recipientes de comida, y la boca se me hace agua en
cuanto los deliciosos olores llegan a mi nariz.
Lo cual es una sorpresa, porque soy muy exigente con la comida.
Aprendí desde pequeña que odiaba la mayoría de los olores, colores,
sabores y texturas.
Eso me trajo muchos problemas, porque nadie —excepto mis hermanas
— me tomaba en serio cuando me rehusaba a comer ciertas cosas.
Y con los años, para evitar castigos, empecé a comer todo lo que me
ponían en el plato… aunque eso me enfermara físicamente.
No quiero arruinar la comida que él preparó con tanto esfuerzo.
A veces como esta, desearía ser menos como yo y más como Riagan.
Despreocupada. Normal.
Solo para no tener que pensar todo el tiempo en lo que digo o no digo,
en lo que hago o no hago.
—Espero que te guste —dice.
Y al mirarlo, noto algo que no esperaba: parece… ¿nervioso?
Aparto la mirada de la comida y me enfoco en él justo cuando una idea
me cruza por la mente.
—¿Tú hiciste todo esto? —susurro, sin darme cuenta de que estoy
sonriendo hasta que él extiende la mano y me da un suave golpecito en la
nariz con su dedo.
Mi sonrisa se apodera de mi cara.
Él asiente.
—Sí…
Está actuando raro. ¿Será timidez?
Reconozco la timidez.
Pero… no puede ser.
No él.
Siempre he pensado que Riagan es el hombre más seguro de sí mismo
que conozco.
Es… enternecedor.
—¿Cocinaste para mí? —pregunto, asombrada.
—Sí… Aunque no es nada del otro mundo —gruñe, como restándole
importancia.
—Si tú lo hiciste, entonces sí es especial —le digo, alzando la mirada
un segundo para encontrarme con sus ojos antes de bajarla hacia el picnic.
Me aclaro la garganta, incómoda por el silencio que sigue, y me
concentro en la comida.
—¿Sushi? —pregunto feliz, al ver uno de mis platillos favoritos.
A la mayoría no le gusta el sushi, ya sea por el sabor o la textura.
Yo también tuve problemas al principio, hasta que lo probé por primera
vez y me enamoré del sabor de la delicia japonesa.
Noto que colocó la salsa de soya junto al rábano daikon.
Mi estómago ruge cuando Riagan empieza a abrir más recipientes,
revelando varios rolls de sushi.
Aguacate, queso crema y pepino.
Rollitos de California.
Me está dando ganas de probarlo, así que lo hago.
Tomo un rollo de carne a la barbacoa y me lo llevo a la boca.
Cuando el delicioso sabor golpea mis papilas gustativas, no puedo evitar
gemir en voz alta.
Me sorprende que no haya elegido el rollo tradicional, el
“americanizado”.
No es que me queje.
No me gusta el pescado.
Ni su sabor ni su textura.
¿Lo sabe? ¿Se lo dije? No, creo que no.
—¿Supongo que te gusta? —el tono bromista de Riagan me saca de mis
pensamientos.
Siento calor subiendo cuando me doy cuenta que metí la mano y tomé
comida sin esperar a que él se uniera.
Con todas mis rarezas, sí que tengo modales. Solo que a veces la
emoción me gana y actúo impulsivamente.
El rollo olía y se veía delicioso. Lo quería, así que fui por él.
—Perdón —digo entre bocados, sonrojándome al darme cuenta que
hablé con la boca llena.
Sigo haciendo el ridículo.
—Deja de disculparte, cariño, y come todo lo que quieras. Me gusta
verte comer.
—¿En serio? —tomo otro rollo. Esta vez un California, después de
terminar el anterior.
Frunciendo el ceño, me meto el rollo entero en la boca y miro a Riagan,
que sonríe.
—¿Tienes fetiche por la comida? —pregunto de repente, todavía
masticando.
—¿Fetiche por la comida?
Asiento y explico:
—¡Sí! Es cuando a alguien le da placer ver a otros devorar comida. A
mí no me gusta particularmente ver eso, pero si a ti te gusta, no te
avergüences.
Se ríe a carcajadas, y al instante siento presión en el pecho. Música para
mis oídos. Eso es lo que su risa significa para mí. Verás… Riagan es todo lo
que yo no soy.
Es fuerte, ruidoso y valiente, mientras que yo soy todo lo contrario.
—No tengo fetiche por la comida, cariño. Me gusta verte disfrutar algo
que prepare. Eso es todo.
—Yo también —digo, tomando otro bocado del rollo. —Me gustó cómo
se iluminó tu cara cuando comiste mis waffles. Te haré más solo para poder
verte sonreír así otra vez.
Al tragar el último bocado, noto que él no está comiendo. Solo me
observa. Algo que he aprendido en estos últimos días es que me gusta tanto
que me mire como me gustaba que sus labios tocaran los míos.
Qué extraña y maravillosa realización.
—Igualmente, Mila —sonríe antes de meterse dos rollos a la boca al
mismo tiempo. Riagan es enorme comparado con la mayoría de los
hombres. Es lógico que también coma como loco.
Nos sentamos en un silencio cómodo mientras comemos, un silencio
que solo he experimentado con él. Me encuentro mirándolo mientras él
observa la playa desde el gazebo. Lo hago mucho últimamente.
Lo observo mientras se concentra en otra cosa.
Sin vergüenza, fijo la vista en su perfil. He descubierto que Riagan no
tiene un lado malo, como mucha gente suele decir. Cada faceta de él es pura
belleza. Masculinidad. Confianza.
Y tanto como me gusta su apariencia, lo que más amo es su capacidad
para hacerme sentir en paz.
Riagan es serenidad incluso en todo su hermoso caos.
Siento un toque suave como una pluma en mi mano, avisándome que
me he desconcentrado mientras lo veía disfrutar su comida. Al mirar hacia
abajo, noto que mi mano ahora está entrelazada con la suya, mucho más
grande, mientras juega con mi anillo. El hermoso anillo que simboliza
nuestro compromiso falso.
—¿Quieres intercambiar secretos? —dice Riagan, rompiendo el silencio
primero.
¿Quiere intercambiar secretos?
Nunca dejes que otros conozcan tus secretos, stelina. Los usarán en tu
contra como una debilidad. La voz de mi hermana Kadra resuena en mi
mente como advertencia.
Riagan no es así.
No veo la oscuridad que rodea a la mayoría de los hombres crueles en
él.
Al menos, no cuando se trata de mí.
Ignorando toda lógica… otra vez, cedo.
—No soy tan interesante —susurro honestamente. Realmente no lo soy.
Todos los secretos que guardo cerca de mi corazón suelen hacer que la
gente me mire como si fuera un caso de caridad.
—Discrepo —dice él.
Me cautiva la forma en que su toque suave en mi piel me hace sentir un
millón de cosas a la vez. Nerviosa. Emocionada. Feliz. Emociones que aún
no sé entender, pero sé que las siento de alguna forma.
Ese es el efecto Riagan.
También pienso en cómo él me conoce mejor de lo que creo conocerme
a mí misma, ¿y qué tan ilógico es eso? ¿Cómo alguien a quien acabo de
conocer puede saber tanto de mí? Mi hermana Kadra me dijo una vez que
los cuentos de hadas no son reales. Que las novelas románticas son solo
historias.
¿Y si ella estaba equivocada?
¿Y si los cuentos de hadas existen?
¿Y si estoy viviendo el mío?
—¿Eso lo hacen los amigos? —pregunto, genuinamente curiosa.
—Los prometidos sí.
Prometidos.
Boom. Boom.
Mi corazón.
Ahí está esa sensación otra vez cada vez que menciona nuestro nuevo
estatus. Pasamos sin esfuerzo de completos desconocidos a desconocidos
con una misión común, y de ahí a prometidos-amigos.
—No sabría por dónde empezar —le digo con sinceridad, mirando
nuestras manos entrelazadas, demasiado nerviosa para mirar su rostro.
Compartir secretos es como abrir un libro y dejar que alguien más lo
lea.
Me hace sentir vulnerable.
Y en el mundo en el que crecí, la vulnerabilidad equivale a debilidad.
—¿Dime algo que te haga sonreír y que nadie más sepa? —susurra
Riagan, aún sosteniendo mi mano.
—Agregar color a todo lo que es incoloro. —Él no dice nada, y lo tomo
como que quiere que explique. Tiene sentido para mí, aunque tal vez no
para todos los demás.—Todas las habitaciones en mi casa cuando era
pequeña eran blancas y simples. No había nada en mi cuarto que tuviera
color o trajera calidez. Se sentía sin vida. Vacío. Cuando agregaba un toque
de color, de repente ya no se sentía triste ni vacío. Me hacía sonreír. Pinto
todo lo que puedo. Está comprobado que los colores elevan las emociones
humanas.
—¿Qué más?
Lo pienso un segundo antes de responder.
—Me gustan las cosas vintage.
—¿Por qué es eso?
—No lo sé —digo suavemente—. Supongo que siempre me han atraído
las cosas viejas. Por lo general, las cosas viejas se olvidan y se desechan
cuando ya no sirven.
Respiro profundo antes de continuar.
—Sé que no tiene mucho sentido, pero me gusta la sensación que tengo
cuando las arreglo y les doy vida otra vez, cuidándolas. Amándolas. Igual
que mis plantas. Cuidarlas me hace sonreír.
Levanto la vista y por un instante nuestras miradas se cruzan; luego
desvío la mirada y fijo la vista en su pecho. Espero en silencio, deseando
que entienda y que no se ría. En mi cabeza tiene todo el sentido, aunque
quizá otros no lo vean así.
—Hace perfecto sentido, mariposa —dice mientras acaricia mi mano
con su pulgar con ternura.
Encuentro consuelo en su toque. Eso es todo. Eso es lo único que
necesito. Él nunca se burla ni me juzga. Simplemente… me deja ser yo.
—Tu turno —le sonrío tímidamente. Quiero escucharlo hablar. Prefiero
escucharlo a él. —Cuéntame un secreto.
—No me gustan las personas. La mayoría de los humanos me parecen
una molestia y una pérdida de aire.
¿Una pérdida de aire? Sonrío aún más, disfrutando de su honestidad.
Esa es una de las muchas cosas que he aprendido a valorar de Riagan: que
genuinamente no le importa sonar grosero o desagradable cuando es
auténtico.
—Pero te gusta Cianne —pienso en todos sus momentos juntos. He sido
testigo de que casi siempre están peleando.
—Lo soporto. Es diferente, cariño —se ríe al verme fruncir el ceño.
—¿Tu padre? Lo quieres tanto que haces todo lo posible por cumplir su
lista de deseos. Eso es un gesto dulce que solo haces por personas a las que
realmente quieres.
Hay un momento de silencio y me pregunto si dije algo inapropiado,
pero él habla.
—Amo a mi padre. Soy capaz de amar. Solo que no disfruto estar cerca
de otras personas, a menos que sea necesario.
Lo entiendo. Mis hermanas son iguales. ¿Será el destino? Haber
encontrado a un hombre que piensa y, a veces, actúa como mis hermanas.
Pero conmigo, cambian. No son frías ni indiferentes. Quizá las personas
frías necesitan a alguien como yo para mantenerlas cálidas. Yo puedo hacer
eso por ellas. Mientras pueda, estaré ahí cuando se encuentren en la
oscuridad.
—Lo que quiero decir es que nunca he sido muy fan de la humanidad.
Cansa tener que seguir sus reglas y normas sociales. Me agota tener que
fingir ser alguien que no soy porque tienen miedo a un poco de oscuridad.
Creo que nunca me sentí realmente yo con otros, hasta que te conocí.
Hasta que te conocí.
—No le tengo miedo a la oscuridad —digo con sinceridad. La mayoría
de las personas temen lo que se esconde en la oscuridad, pero yo no soy una
de ellas. El mal no tiene preferencia. El mal también se oculta a plena luz
del día.
Él asiente una vez, todavía sosteniendo mi mano.
—Nunca deberías tenerle miedo a nada otra vez.
Ojalá fuera tan simple, pero todos le tememos a algo. No se lo digo, no.
En cambio, paso la yema de mi dedo índice sobre el tatuaje de trébol de
cuatro hojas que tiene en el nudillo. Me gusta que Riagan sea como un libro
para colorear ambulante, con la cantidad de tatuajes que tiene en la piel.
Él es… único.
—¿Puedo preguntarte por qué duermes en el vestidor?
—¿Yo? —frunzo el ceño, sin entender muy bien a qué se refiere.
—Anoche escuché llantos viniendo de tu cuarto, y te encontré en
posición fetal, dormida en el suelo del vestidor.
No lo recuerdo. Tengo pesadillas con malos recuerdos del pasado, pero
no recuerdo haber despertado alguna vez dentro de un vestidor. Pensándolo
bien, me escondía en el vestidor de niña. Pasaba más tiempo ahí que en
cualquier otro lugar de esa mansión.
Así que se lo digo.
—A mi padre le gustaba aterrorizarnos, y yo me escondía dentro del
vestidor para que no me alcanzara. Si no estaba en su camino. Si era
invisible, me dejaba en paz.
—¿Y las cicatrices? —pregunta sin rodeos, mientras siento sus dedos
acariciar una de las cicatrices en mi brazo izquierdo. Las cicatrices apenas
se notan, pero la piel está marcada. Puedo sentir la piel arrugada, y él
también.
Tomo un segundo para pensar en lo que voy a decir.
No quiero su lástima, pero eso es lo que me gusta de Riagan… él nunca
me trata como si fuera de cristal. No me mira como si fuera una cosita rota
que no puede protegerse. Tal vez lo piense, pero nunca lo muestra.
—Te dije que me encanta darle color a lo que no lo tiene. Solía hacerlo
mucho cuando era niña. Encontraba consuelo en las cosas pequeñas, como
dibujar bonitos cuadros para mi familia, y pensé que era inofensivo. Un día,
mi padre me encontró pintando las paredes blancas frente a mi cuarto y
perdió la cabeza. Tiró un vaso al suelo junto a mí, y cuando explotó, los
vidrios me cortaron —susurro y espero su reacción.
Cuando su mano que sostiene la mía se aprieta, siento que está enojado
por mí. Furioso, en realidad. Mi cuello y mejillas se enrojecen. Me da pena
y no puedo sostener su mirada. Quería mis secretos, y ahora los tiene.
Sorprendentemente, me siento más liviana sabiendo que él sabe. Debe
conocerme por completo si planea traerme a su mundo.
No soy perfecta, y nunca dije que lo fuera. Probablemente soy alguien a
quien no está acostumbrado. Mi pasado no es bonito, y no soy fácil de
entender. Sin embargo, aquí estoy, intentando.
—¿Te asustaría si te dijera que a veces sueño con cortarle el cuello y ver
cómo la sangre corre mientras muere lentamente y con dolor?
Una persona cuerda lo haría.
Aparentemente, yo no soy una persona cuerda.
—N-no —murmuro. Luego, para calmar su enojo, le digo:
—No te sientas triste por mí, Riagan. Mis hermanas lo tuvieron peor.
—No minimices tu dolor, tu trauma, Mila. Eras solo una niña. Una que
no hizo nada malo para merecer la mierda retorcida a la que ese hijo de puta
te sometió. Ninguna de ustedes lo mereció, pero el dolor de ellas no
disminuye el tuyo.
Mi corazón se defiende cuando noto lo guapo que se ve, mirándome con
ojos llenos de ira. Una ira que está dirigida a mi padre.
Sus palabras tocan una parte de mí que ha estado doliendo por mucho
tiempo. Esa parte donde la culpa reside permanentemente.
—Siento que hayas tenido una vida tan mierda, Mila.
Me obligo a mirar sus ojos azules y me quedo sin aliento al ver con la
intensidad con la cual me mira. No hay lástima ni enojo. Solo hay...
¿anhelo? ¿Será eso?
—Gracias, Riagan —respiro.
—¿Por qué?
—Por ser tú.
Mis ojos se posan en su sonrisa y la veo crecer lentamente. Me gusta
cuando sonríe. Sus sonrisas me hacen feliz. Tal vez algún día tenga el valor
de decírselo, pero hasta entonces, simplemente las amaré en silencio.
—Solo por ti, mariposa. Solo por ti.
Eso hace que mi corazón lata de forma anormalmente rápida, tanto que
si no creyera en la ciencia como creo, pensaría que mi corazón intenta
liberarse de su jaula para caer en las manos de Riagan.
Los sentimientos que este hombre despierta en mí nunca dejan de
sorprenderme. Cada día con él se siente como una aventura. Incluso los días
más ordinarios con Riagan se sienten extraordinarios.
Entonces, todo sucede tan rápido que mi cabeza empieza a girar.
Perdida en mis pensamientos, tratando de entender una reacción
humana básica que aún no comprendo del todo, noto que Riagan ya no
sostiene mi mano ni está sentado a mi lado.
No, está a unos pasos, fuera del gazebo, con el brazo extendido hacia mí
mientras la lluvia cae rápidamente sobre él.
¿Qué tan profundamente estaba pensando en él que no me di cuenta del
momento en que su mano soltó la mía y se alejó de mi lado?
—Mila —grita con suavidad por encima del fuerte ruido de las olas y la
lluvia. Está empapado, y su hermoso cabello castaño claro se ve más
oscuro.
Muchas cosas me han dejado sin palabras o me han quitado el aliento a
lo largo de mi vida, pero nada se compara con la vista de él en este preciso
momento.
—¿Sí, Riagan? —me levanto y me acerco a él. Me concentro en su
rostro y observo fascinada cómo aparece una sonrisa deslumbrante que
revela sus perfectos dientes blancos. Doy suaves golpecitos en mi pecho
tres veces, tratando de calmar mi corazón acelerado.
—Baila conmigo.
Mis ojos se abren de par en par ante su extraña petición. ¿Bailar con él?
¿Bajo la lluvia y sin música?
Nunca he bailado con nadie. Ni siquiera con mis hermanas.
No era algo que hiciéramos.
He imaginado incontables veces estar en los brazos de un apuesto
príncipe, girándome en círculos y bailando toda la noche, pero siempre fue
solo en mi mente. Nunca hubo un príncipe apuesto.
Mi barbilla tiembla, y mi voz también.
—¿Quieres bailar bajo la lluvia? ¿Conmigo?
—Sí, contigo.
—Pero no hay música —le señalo lo obvio y él solo se ríe.
—No necesitamos música.
Esta vez, cuando me ofrece la mano extendida de nuevo, la tomo.
El gigante tatuado me jala suavemente hasta que estamos pecho contra
pecho, con mis manos apoyadas en sus hombros. Me quedo sin aliento una
vez más cuando sus manos se aferran a mi cintura y comienza a balancearse
lentamente al ritmo de la lluvia. Mi corazón late tan fuerte que no me
sorprendería si pudiera escucharlo. Lluvia, olas salvajes y todo.
Está claro que no sé mucho sobre el amor ni sobre los sentimientos
entre dos personas. Lo que sí sé es que, en este momento, mientras bailo
bajo la lluvia con las manos de Riagan sobre mi cuerpo, siento como si las
partes de mí que creía enterradas hace mucho tiempo laten con vida.
Partes que ni siquiera pensé que él pudiera tocar, pero lo ha hecho.
Ya no hay manera de negarlo. Este hombre, que parece el diablo, ha
hecho un lugar para sí mismo en mi corazón, y cada día que paso con él
siento que me voy perdiendo en todo lo que es.
¿Él siente lo mismo? Me pregunto.
Por supuesto que sí. Solo mira al hombre. Míralo bien, insiste esa
pequeña voz dentro de mi cabeza.
Lo hago.
Estamos tan pegados el uno al otro que puedo sentir su aliento caliente
en mi rostro, calentándome de la lluvia. Puedo oler la fragancia hipnotizante
de su perfume. Su aroma evoca una mezcla de poder masculino en bruto
con una dulzura fresca y juguetona.
Me encuentro deseando tener el poder de detener el tiempo justo en este
momento. Cada momento con él. Las primeras veces que estuvimos tan
cerca intenté proteger mi corazón de lo inevitable diciéndome que solo
estaba en mi cabeza. Que este sentimiento que me invade cada vez que está
cerca es unilateral.
Pero no lo es, ¿verdad?
—Nunca he bailado con nadie antes —digo sin pensarlo.
—Yo tampoco —me acerca aún más, haciendo que mi respiración se
detenga un instante—. Supongo que somos el uno para el otro, nuestros
primeros.
Y ¿por qué la idea de ser la única mujer con la que él ha bailado llena
mi corazón de alegría y de algo más? Algo posesivo.
—Me gusta eso —susurro mientras él me mece de un lado a otro—. Ser
tu primer baile. Tu primer algo.
Le robo una mirada y lo encuentro ya mirándome, pero su sonrisa se ha
esfumado.
Sonrojada, bajo la mirada hacia su pecho. A veces me siento valiente, y
otras, la intensidad con la que me observa es demasiado para mí. Tengo que
apartar la vista. Seguimos balanceándonos lenta y suavemente, y siento su
mirada sobre mí.
—¿Fui tu primer beso, Mila? —pregunta, sorprendiéndome. Su voz es
suave y tranquila, y la imagino como una onda sonora que se desliza,
reconfortante, encantadora con sus tonos graves. No me canso de esa voz.
Levanto la cabeza, y su mirada se encuentra con la mía. Rompo el
contacto y dejo que mis ojos se enfoquen en otro lugar.
—Sí —susurro, un poco avergonzada. ¿Qué pensará? ¿Qué chica de mi
edad tiene su primer beso a los veinte años?
—Joder, princesa —escapo un gruñido de él, sorprendiendo también a
mí.
Mis ojos se alzan y lo miro con nueva intensidad.
Su mirada baja hacia mí, y me fija durante un largo instante. Juro que
siento que me desnuda, que puede ver debajo de mi ropa. Que puede ver
más allá. Hasta mi corazón. Mi alma.
Luego su dedo traza mi labio inferior, luego resbala hasta mi barbilla y
la inclina hacia arriba.
Lo siguiente que sé es que sus labios están sobre los míos.
Al principio suaves y seductores. Luego más firmes y exigentes
mientras siento que me inclino hacia él y suspiro contra sus labios.
Siento un impulso repentino de querer más de él. De sentirlo más cerca.
Más de lo que ya estamos. Mis manos suben, deslizándose por su pecho.
Siento los músculos duros y marcados bajo su camisa.
Su boca está cálida, sus labios húmedos, flexibles y firmes. Sus labios
se suavizan al encontrarse con los míos, y su mano aprieta mi mandíbula,
los dedos en mi mejilla, el pulgar en mi barbilla, acariciando mi pómulo con
una intimidad que sacude el alma. Siento su lengua bailar sobre mi labio
superior. Estamos besándonos. Riagan me besa—yo lo beso a él.
Mi corazón se detiene por un agonizante instante y luego vuelve a latir
con fuerza, golpeando frenéticamente. Siento como si de alguna manera él
me perteneciera.
De repente se aparta, rompiendo el beso.
No sé qué me pasa, pero cuando abro los ojos, chocan con los suyos
ardientes, y suelto lo primero que me viene a la mente.
—Riagan, ¿conoces los lugares más hermosos del mundo? —Su agarre
no se afloja, y la lluvia sigue cayendo a nuestro alrededor como una caricia
suave—. Ha Long Bay, el Coliseo, la selva amazónica... —No alcanzo a
terminar porque me interrumpe.
—No, mariposa. Eres tú —susurra cerca de mis labios—. El lugar más
hermoso está aquí, contigo.
No sé si es por su beso o por sus palabras. Lo único que sé es que en un
momento lo miro mientras mi corazón late desbocado dentro de mi pecho, y
al siguiente, lo estoy jalando del cuello.
Nuestros labios se encuentran otra vez, y un cosquilleo loco recorre mi
columna y estalla en mi estómago como pequeñas luciérnagas. Me quedo
hipnotizada por su beso, que me debilita las rodillas mucho más de lo que
quiero admitir.
Varias cosas me llenan de alegría.
Los recuerdos de mis hermanas, mis plantas, hornear, y el color azul.
Todas esas cosas fueron mi refugio cuando todo se sentía feo y oscuro.
Pero luego conocí a este hombre y lo añadí a esa lista.
Su voz, y ahora…
El sentir sus manos en mi piel y el sabor de sus labios.
De repente, Riagan rompe el beso otra vez, pero su rostro queda cerca
del mío.
—Joder —murmura contra mis labios—. Un beso nunca será suficiente,
cariño.
Luego sus dientes muerden mi labio inferior, y todos mis pensamientos
se van de mi cabeza.
Mis manos suben hasta descansar en sus hombros, y lo beso con todo lo
que tengo.
Un suave y lastimero sonido se escapa de mí mientras su lengua
provoca el borde de mis labios, luego se desliza dentro para juguetear con la
mía. Y mientras me besa sin sentido, pienso en cómo este hombre tiene el
poder de arruinarme para todos los demás.
Pienso que es imposible detener este sentimiento. Es enloquecedor.
Abrumador.
Hermoso.
Es…Riagan.
Mariposa,
Te has convertido en una chica encantadora.
Eres ingeniosa, inteligente, amable y demasiado dulce
para este mundo.
Demasiado dulce para alguien como yo.
Quiero que siempre lo recuerdes.
Quería ser tu confidente cuando no tenías a nadie.
Pero ahora que ya no eres una niña, esta amistad
que hemos formado no me parece apropiada.
Tu "algún día" llegará.
Te lo prometo.
Pero por ahora tengo que irme.
- C
Su Villano
RIAGAN
“Ella es mi única virtud.” — R
—¿Q ué tiene esa chica que te está volviendo loco, cabrón?,
pregunta Kelly, mientras limpia su arma por tercera vez esta
noche. Estamos en Mayhem, o más bien en el sótano
abandonado de abajo. Acaba de mandar a otro inútil a conocer a la Parca,
no sin antes divertirse un poco con él.
Un murmullo fuerte e incoherente suena a mi derecha. Me doy la vuelta
e ignoro a Kelly y camino hacia el hombre que cuelga del techo con un
gancho en el hombro, con una camisa color crema manchada de sangre.
Hombres como este no merecen ni respirar. Los de su clase son asquerosos,
y como tales, deberían ser tratados. Por eso acabó en mis manos.
Los rusos lo querían, pero llegué primero. ¿Cómo dice el dicho? ¿Al
que madruga, encuentra el pedófilo? No, no creo que así sea. Aunque mi
versión suena mucho mejor.
Mirando a Elijah Walter a la cara, recuerdo el desastre en el que nos
metimos mis hombres y yo hace un mes. He visto cosas increíbles, cosas
que le revolverían el estómago a cualquiera, pero las cosas que ha hecho
este cabrón harían llorar hasta al diablo, y así fue.
Los hermanos Solonik fueron los más afectados, y esa es la única razón
por la que no voy a matar a este hijo de puta ahora. Que se queden los
rusos con el honor, pero hasta que llegue la hora de la entrega, disfrutaré
cada segundo que nos quede juntos en mi patio de recreo— mi infierno.
Le cortamos y quemamos el cuerpo hasta que el muy cabrón se
desmayó, y en cuanto recuperó el conocimiento, Kelly le dio por el culo con
su rifle favorito. Uno con la empuñadura de un cargador diseñada para
matar silenciosamente a animales heridos por piedad. Este cabrón no es un
animal herido, y no merece piedad.
No hay piedad para quienes hieren a inocentes, y este enfermo hijo de
puta apagó la luz y se robo la pureza de niños y mujeres solo por deporte.
Lo hizo porque es un asqueroso degenerado.
No soy un buen hombre, pero incluso yo tengo límites que Elijah cruzó.
Ahora está aquí.
—¿Te diviertes, Elijah? Sonrío cuando el bastardo niega con la cabeza
y murmura, claramente dolorido y buscando piedad. —¿No? Me hieres,
Elijah.
Finjo decepción. —Y yo que pensaba que la estábamos pasando genial.
Supongo que deberíamos continuar entonces. A ver si algo cambia.
Yo me la estoy pasando genial.
Saco un cigarrillo, lo coloco entre mis labios y luego saco mi Zippo,
encendiéndolo. Le doy una calada profunda y larga antes de expulsar el
humo hacia él. Mi sonrisa se ensancha cuando sus ojos se abren de par en
par y empieza a forcejear contra las ataduras, pero lo más encantador es
que, al forcejear, las cuerdas le queman la piel ya quemada y el gancho se
hunde más, haciéndole gritar. Es doloroso, me imagino.
Aun así, no es suficiente.
Nunca será suficiente comparado con lo que sometió a esos niños y
jóvenes.
Trafico armas y drogas, pero nunca carne humana.
Solo los malditos enfermos de este mundo tienen el corazón y el
estómago para hacer esas mierdas.
En cuanto entré a los vagones con mis hombres, donde guardaban a los
niños hasta que los trasladaran para subastarlos como si no tuvieran vida
propia, supe que nunca volvería a ser el mismo hombre que era antes de
entrar en ese infierno. También juré que mientras tuviera aliento en mis
pulmones y sangre en mi cuerpo, no descansaría hasta librar a este maldito
mundo de escoria como esta, pero para eso necesitaba un poco de ayuda, y
así es como Nueva York y Chicago entraron en la ecuación.
No me importan las guerras entre ciudades y territorios. Las guerras
son para hombres estúpidos y débiles.
El verdadero ganador es el que entiende que se gana más con aliados
que con enemigos.
Y aunque pueda tener mis diferencias no solo con los Soloniks,
Sandoval e incluso el maldito presidente de los Estados Unidos, sé que
representan lo mismo que yo.
Los malvados son presa fácil para nosotros.
Saliendo de mi cabeza, me acerco a Elijah y le quito el paño de la boca.
Quiero sus gritos. Me excitan sus gritos. Sus gritos de agonía alimentan al
animal sádico que llevo dentro. Siempre lo ha hecho, y esta vez no es
diferente.
En cuanto le quitan la mordaza, el muy cabrón empieza a suplicar.
Ignorándolo, doy otra calada larga a mi cigarrillo mientras le agarro la
cara con fuerza para que no se mueva. Está indefenso ante la brutalidad
que está a punto de sufrir. Bien. Que sienta lo que todos sintieron. Lo que
sentí al ver a los niños, cubiertos de moretones y desnudos, sabiendo que
no podía salvarlos de los horrores que este hombre y sus colegas les
hicieron vivir.
—Kelly.
—Capitán.
—Tómanos una foto. Giro la cara y sonrío de oreja a oreja. Mientras
tanto, Elijah grita obscenidades. Ahora está mostrando su verdadera cara.
Ahora sabe que la misericordia no llegará. El dolor, y finalmente, la
muerte, sí.
—Esto es glorioso, Cap. Di “queso”. Kelly nos señala con su teléfono,
con la mirada alegre, la de siempre cuando se deja llevar por sus
tendencias psicóticas.
—Estás enfermo. Joder. Para, pedazo de mierda. —Grita Elijah por
encima del dolor cuando le presiono la mandíbula y se la rompo. Listo. Ya
se callará.
—Date prisa, carajo. —Termino de aplastarle la mandíbula a Elijah
con mis manos, disfrutando del satisfactorio chasquido.
Luego me quito el cigarrillo de la boca y se lo meto en un ojo.
Cuando termine con él, deseara una muerte rápida.
Me aparto de Elijah y camino hacia el lavamanos que se encuentra
cerca de la puerta para limpiarme la sangre sucia de las manos. Sintiendo
a Kelly acercarse a mí, lo miro de reojo mientras revisa su galería de fotos.
—Nunca me respondiste lo de la chica, Cap. —Habla Kelly en cuanto
cierro la pluma.
Limpiándome las manos con un trapo, me giro hacia él, ignorando los
gemidos de dolor de nuestra presa. —¿Y a ti qué te importa?
Kelly se apoya en el lavamanos con los brazos cruzados. —Solo quiero
saber por qué lucho.
—Luchas por mí y por esta familia, Kelly.
—¿Por la chica también?
Girando la cara, lo miro fijamente a los ojos. —Es mía.
No hay nada más que decir.
El clan O’Sullivan valora la familia por encima de todo.
Eso es lo que nos diferencia de los italianos.
Ellos entregan a su gente a los buitres.
Mientras nosotros morimos protegiendo a los nuestros.
Y cuando termine con todo esto, no habrá duda de que el ángel rubio
con la sonrisa que me devolvió el corazón... es mía.
Quizás por eso siento la compulsión de librar a este mundo de toda esta
fealdad.
Debería ser un maldito crimen que alguien tan buena como ella sea
tocada por todas estas inmundicias.
Sí, por eso lo hago.
Y seguiré haciéndolo hasta el día de mi muerte.
Estoy demasiado perdido en todo lo que es ella.
Sin embargo, no le digo eso a Kelly. No le digo que desde que conocí a
la chica, mi vida no parece tan jodidamente gris.
Hay color.
Por todas partes.
Con solo pensar en ella.
Lo hizo con una sola palabra tímida y una dulce sonrisa.
Y cada segundo que estuvo lejos de mí... parecía una eternidad.
Una maldita agonía.
—S IENTO COMO si hubiera esperado mil años por ti… —susurro,
observando cómo sube y baja su pecho mientras duerme. En el momento en
que apoyó la cabeza en la almohada, después de bailar bajo la lluvia y
refugiarnos en el gazebo, se quedó dormida. He notado que se queda
dormida en cualquier lugar, sin importar si está incómoda.
Eso quedó claro cuando la encontré acurrucada en un rincón de un
vestidor oscuro. No dejo que la ira que amenaza con apoderarse de mí me
controle. No permito que los pensamientos oscuros me afecten en este
momento. No mientras ella duerme plácidamente, con una pequeña sonrisa
en el rostro.
Sufría de terrores nocturnos, pero han ido desapareciendo poco a poco
desde que está aquí.
Carlotta y Bain, el hombre que tenía a su cuidado cuando yo no podía
estar, el que ella conoce como Augustus, me daban informes diarios sobre
ella, y uno de ellos era que se despertaba en medio de la noche gritando por
pesadillas que la atormentaban. Me da un maldito gusto saber que desde
que está conmigo, esas pesadillas van desapareciendo lentamente. Una
criatura tan buena y pura como ella no debería ser tocada por la oscuridad
ni por la fealdad de este mundo.
Reprimo la ira que siento cada vez que pienso en la mierda que ha
tenido que pasar y me concentro en ella.
En su belleza y en la plenitud de mi pecho cada vez que la veo. Maldita
sea. Estoy tan obsesionado con esta chica que ni siquiera es gracioso. Tanto,
que cuando sé con certeza que se ha quedado dormida, me meto a su cuarto
a observarla dormir, como si tuviera el poder de alejar sus pesadillas. A
veces simplemente me quedo a su lado, viéndola dormir, solo para
asegurarme de que es real y que esto no es un sueño. Que está viva y bien,
conmigo.
Como ahora mismo.
Después de que la lluvia se calmó, entramos a la mansión y la
acompañé hasta su cuarto. No la presioné para más, aunque un beso nunca
será suficiente. No puedo presionarla porque, si lo hago, podría encerrarse
en sí misma, y perdería todo lo que he logrado en esta última semana.
Entonces la acompañé a su cuarto y le di un beso de buenas noches.
Cuando me asegure que estaba dormida, me quede en el cuarto como lo
hago cada noche.
Me siento en el enorme puff junto a su librero, con uno de sus libros en
las manos. Sí, a veces tomo uno de esos libros suyos con unos títulos bien
sucios y los leo. Me sorprendió descubrir que a mi dulce mariposa le gustan
las historias oscuras y de sexo. La mierda que he leído en algunos de esos
libros casi me hace sonrojar. Casi.
Hay mil cosas que amo de Mila. Una es su capacidad de ser ella misma
sin pedir disculpas, incluso cuando a veces se siente cohibida o temerosa de
mostrar quién es en realidad. Me sorprendió de verdad la primera vez que la
vi, cuando parecía una muñequita frágil, pero abrió la boca para mandarme
a volar. Un hombre una década mayor que ella, con más muertes que
tatuajes en su cuerpo. Ella es tierna y amable, pero también fuerte y curiosa
al mismo tiempo.
Le encanta hornear, las plantas y los cuentos de hadas, pero también lee
sobre un CEO que se folla a su secretaria mucho más joven en su escritorio,
mientras la inmoviliza y la llama su pequeña zorra. Eso me vuelve loco. No
me da vergüenza admitirlo.
Y no puedo esperar el momento en que me deje hacerle a ella lo que
esos hombres le hacen a sus mujeres. Las cosas que le mostraría. Lo que le
haría a su cuerpo la haría sonrojar mucho más que esos libros de romance.
Sonrío al notar que puso una pestaña azul en una página donde los
personajes están teniendo sexo mientras uno de ellos está en una reunión
por Zoom. Eso sí que es multitarea.
Mi preciosa y pervertida mariposa…
Cierro el libro, lo vuelvo a colocar en el librero de donde lo saqué y me
recuesto, acomodándome para quedarme la noche viendola. Sus rizos
salvajes están esparcidos por toda la almohada y uno está pegado a su boca
mientras ronca suavemente. Incluso logra verse adorable con la boca abierta
mientras duerme. Anhelo el día en que pueda acostarme en la misma cama
y abrazarla mientras duerme.
Pronto.
Siento un zumbido en el bolsillo. Meto la mano en mis jeans, saco el
teléfono y veo una notificación.
Maeve: Tu ubicación fue comprometida. Vienen por ella.
Tienes que moverte. Ahora.
Maldita sea.
Me levanto rápido, corro hacia la cama y levanto a Mila con cuidado en
mis brazos.
—¿Riagan? Ella abre los ojos despacio y me mira un segundo antes de
mirar a su alrededor. —¿Qué está pasando?
La aprieto contra mi pecho, salgo corriendo de su habitación y me dirijo
al pasillo, corriendo hacia las escaleras cuando siento una sensación
inquietante. Acomodo a Mila en el suelo y la agarro del hombro,
obligándola suavemente a mirarme. —Necesito que confíes en mí,
mariposa. ¿Puedes hacer eso?
Sin dudarlo, asiente con la cabeza. Joder, qué dulce. —Sí.
—Tápate los oídos y quédate detrás de mí, y hagas lo que hagas... no te
muevas. Sé mi sombra, ¿sí?
De nuevo, asiente y hace lo que le digo sin cuestionarme, pero lo veo.
El miedo en sus ojos. No tengo tiempo para sentirme culpable ni para
pensar en todas las maneras en que esto podría salir mal. De todas las
maneras en que la cagué. Nadie sabe de este lugar. Es un territorio seguro,
así que eso significa que alguien me traicionó. ¿Pero quién? Sin tiempo para
darle mucha vuelta, me concentro en salir de esta situación con vida y con
mi Mila intacta.
Le doy un beso en la frente y le digo: —No te pasará nada.
—¿Y tú? La pregunta es apenas un susurro.
Mi mirada se suaviza, al igual que mi tono al verla tocarme la barba con
dulzura. —Estaré bien si te quedas detrás de mí, ¿de acuerdo?
Sus ojos se encuentran con los míos un segundo antes de volver a bajar
la mirada. —De acuerdo.
Dicho esto, le acomodo sus manos en las orejas y la muevo detrás de
mí, guiándola y usando mi cuerpo como escudo. Necesito mi arma. Mierda.
¡Bang!
Disparos resuenan en el aire no muy lejos de donde estámos. Me muero
un poco al sentir a Mila temblar detrás de mí. Los ruidos fuertes la afectan
tanto que se refugia en su cabeza como mecanismo de seguridad. Podría
haberla dejado escondida en su habitación, pero ¿qué garantía tenía de que
no la encontraran? El único lugar seguro para ella es detrás de mí.
Conmigo, porque antes recibiría una docena de balazos en el pecho que
permitir que le pasara algo.
—¡Cap! Kelly sube corriendo las escaleras, cubierto de sangre con dos
pistolas atadas a su pecho desnudo, un cuchillo ensangrentado en una mano
y una semiautomática en la otra. Dejo escapar un suspiro de alivio al ver
que está vivo.
—¿Cuántos?, pregunto y le quito la semiautomática.
—Conté diez y maté a cinco de esos hijos de putas. El muy cabrón
sonríe de oreja a oreja con los dientes manchados de sangre. Mirando a mi
mejor hombre, aprieto el arma con más fuerza, listo para destrozar el
mundo, si es necesario, para sacarla de esta isla con vida. —No los mates a
todos. Tenemos que averiguar cómo demonios se vio comprometida nuestra
ubicación.
Kelly asiente una vez, luego me da la espalda, donde un tatuaje de la
parca se alza sobre el cadáver de una mujer se ve a la vista.
Todo sucede rápidamente.
Los intrusos vinieron aquí con un solo propósito. Acabar con nosotros.
Cuando el primer cabrón aparece ante mí con la pistola en alto y
apuntándome, le disparo en la cabeza antes de que pueda apretar el gatillo.
Luego, dos más entran corriendo, pero Kelly se adelanta cortándole la
garganta al primero y volándole la cabeza al segundo, cubriéndose no solo
de sangre a sí mismo, sino también las paredes blancas.
Bloqueo mis emociones para que no me nublen el juicio y me hagan
perder la concentración. Quedan dos mercenarios más.
Cuando veo a uno vestido de negro de pies a cabeza con un
pasamontañas negro cubriéndole la cara, acercarse por detrás de Kelly con
la pistola apuntando a la nuca de mi jefe de clan, grito: —¡Kelly, agáchate!.
Cuando lo hace, le disparo al cabrón. La bala le atraviesa el cuello y cae al
suelo.
—¡Ahhh! Giro la cabeza al oír a Mila gritar de dolor. La rabia me
consume hasta que solo veo rojo. Rojo por el cabrón que agarró a mi chica
del cuello y le puso esa mirada de terror en su cara bonita. Las lágrimas
caen por sus mejillas sonrosadas, sellando el destino del cabrón que la
lastima.
—Suelta la maldita pistola o le corto el cuello, maldita sea —grita el
muy cabrón, asustándola aún más. Observo cómo sus ojos parecen
incapaces de concentrarse en una sola cosa, y sus labios se mueven como si
cantara una canción en voz baja. —Tú también —el hombre muerto le dice
a Kelly.
Bajando la pistola lentamente, levanto las manos—. Ambos sabemos
que no lo harás. La necesitas viva para reclamar el dinero. Sonrío como un
maldito lunático, con ganas de descuartizarlo. —Si la sueltas, triplico la
oferta.
Perros como este siempre quieren más. Nunca están satisfechos, y esa
siempre será su perdición. Avaricia.
Cuando el mercenario se toma un segundo para pensar la oferta, es
cuando atacamos. En sintonía, Kelly lanza su cuchillo, cortándole el
hombro, y al mismo tiempo, en un movimiento rápido, le quito a Mila y se
la doy a Kelly antes de volver con el hijo de puta. Tumbando al cabrón al
suelo, le arranco la máscara y le golpeo la cara hasta que ya no lo
reconozco, y luego sigo haciéndolo hasta llevarlo al borde de la muerte.
El muy cabrón le puso las manos encima. La hizo temer por su vida.
Pierdo el control y solo me detengo cuando siento las manos de Kelly
apartándome del hombre casi muerto en el suelo. Escupiendo al muy
cabrón, me levanto del suelo y me doy la vuelta. —Agárralo, le ordeno a
Kelly sin apartar la mirada de Mila. Tiene los brazos cruzados como si se
cubriera de cualquier amenaza que pudiera surgir, y mira el desastre
sangriento en el suelo; luego sus ojos se posan en mí.
Me quedo paralizado, con mi futuro a pocos metros de distancia,
mirándome como si no acabara de matar y golpear a un hombre hasta
dejarlo hecho trizas. Como si no estuviera cubierto de sangre de la cabeza a
los pies.
La dejé ver. La dejé verme por completo.
Porque sí, puede que sea el príncipe de su historia, pero también soy el
villano. La pesadilla que no dudará en aniquilar a cualquiera que se atreva a
arrebatármela o hacerle daño de cualquier maldita forma.
—Te dije que estaríamos bien, princesa.
—Riagan… Su dulce boca forma una ‘O’, pero ¿sus ojos? ¿Esos
hermosos y expresivos azules? No reflejan ira ni miedo como hace minutos
lo hacían.
Solo veo curiosidad y un montón de chispas.
Y así termina nuestro tiempo en el paraíso.
Con sangre en mis manos y rabia en mi corazón.
El sueño terminó.
Es hora de ir a casa.
A mi bajo mundo.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“Hay algo en él que me hace sentir viva y no
perdida. Es maravilloso. Da mucho miedo, sí, pero
es maravilloso.”
Parte Dos
LA REINA DE FILADELFIA
“Me enamoré de un sueño. Ese dulce sueño ahora es
mi realidad. Mi para siempre.” – R
Maeve & Bruno
MILA
“Solo lo veo a él. Es todo lo que quiero ver.” –
M
A
estas alturas, ya debería estar acostumbrada a cómo la vida puede
cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Un momento estaba en una isla
mágica, viviendo una experiencia como nunca antes… y al
siguiente… bueno… terminé aquí.
En su mundo.
Ya no estamos en un paraíso idílico.
La realidad de mi situación me golpeó en el instante en que vi volar
varias balas, impactando carne y arrebatando vidas. Todo mientras yo me
mantenía detrás de Riagan, cubriéndome los oídos, pero no los ojos. Lo vi
todo. No sentí lástima, ni siquiera un poco de culpa, mientras él, con la
ayuda de Cianne, acababa con aquellos que pretendían hacernos daño.
La lógica me dice que debería estar aterrada por lo que presencié, pero
no lo estoy.
Siendo justa, en el momento sí sentí miedo, pero no de Riagan.
No. De él, jamás.
Lo que me aterraba era perderlo, justo cuando por fin lo había
encontrado.
Así que sí, la vida cambia en un instante.
Ya no estamos bailando bajo la lluvia en un paraíso lejano, sino en
Filadelfia.
La ciudad de Riagan.
Después del largo vuelo y el trayecto en auto, por fin llegamos a una
mansión tan imponente como la que tiene en Turks and Caicos, pero esta
encaja mucho más con su estilo. La arquitectura, de aire medieval pero con
elementos modernos, sobresale entre los altos árboles que la rodean. Este
lugar es enorme. Ni siquiera tiene vecinos, solo una gran cantidad de
hectáreas a su alrededor. Es impresionante, de una forma distinta a la
mansión de la playa, pero hermosa al fin y al cabo.
El auto se detiene cuando Cianne se posiciona frente a una reja. Baja el
cristal del auto, no solo para ingresar un código en el panel de seguridad,
sino también para colocar la palma de su mano sobre una pantalla verde.
Solo entonces la reja emite un gruñido metálico y comienza a abrirse.
Luego conduce por un camino que rodea la parte trasera de la gran
mansión, mientras la reja se cierra lentamente detrás de nosotros.
Lo primero que noto es un ejército de hombres vestidos de negro,
custodiando cada rincón del lugar, tanto por fuera como por dentro.
Ninguno lleva traje, como suelen hacerlo los guardaespaldas que conozco,
sino jeans y camisetas. Muy al estilo de su jefe.
No puedo evitar pegar la nariz a la ventana del auto y observar los altos
árboles mientras pasamos junto a ellos. No fue sino hasta que llegamos a la
fuente—una fuente negra—que una palabra se me escapa.
—Guau.
Parchees gruesos de césped cortaban el concreto en líneas limpias. El
paisaje es tan hermoso como la casa misma.
Pero no me parece una descripción del todo precisa.
A pesar de estar tan cerca de la ciudad, este lugar es una mansión con
tantas ventanas que no pude evitar preguntarme cómo se vería todo esto en
invierno.
—¿Esto es tuyo? —pregunto, incapaz de ocultar mi asombro mientras
observo el jardín y el sauce enorme que se alza en el centro.
—Desde hace una semana, sí —responde sin demora.
Un momento.
¿Hace una semana?
Me doy la vuelta de inmediato, intentando leer su expresión.
—¿Compraste este castillo hace una semana? ¿Así como si nada?
—No es exactamente un castillo, amor… pero sí —su sonrisa tiene un
dejo de picardía—. ¿Estás impresionada?
Asiento.
—Mucho —respondo con sinceridad.
La risa de Riagan resuena en el aire justo cuando un hombre con un
arma cruzada en el pecho y un auricular en la oreja abre una puerta grande y
ornamentada. Riagan se hace a un lado para dejarme pasar primero.
Creí estar preparada para la opulencia que me esperaba al cruzar la
puerta —algo que me imaginaba más parecido a un museo que a una casa
—, pero me equivoqué por completo.
Hay arte colgando en todas las paredes, esculturas coloridas escondidas
en los rincones, y los sofás que alcanzaba a ver no eran de cuero ni de esos
materiales imposibles de tocar sin dañarlos. La sala parecía abierta y
acogedora, como si en verdad se viviera allí, no como un simple espacio de
exhibición. Siento su energía envolviéndome.
Pinturas adornan las paredes; algunas abstractas, hechas con pinceladas
duras y colores vivos, otras más clásicas, hermosas y evidentemente muy
antiguas.
Mientras Riagan esta haciendo otra cosa, aprovecho para explorar sola
el resto del lugar.
Por lo que puedo ver, hay tres habitaciones en el primer piso, y la
misma cantidad de baños. Al atravesar un pasillo trasero, encuentro otra
escalera en espiral, pero esta desciende en lugar de subir, y cuanto más me
acerco, más puedo oler e incluso escuchar el agua que se escucha en el nivel
inferior.
Hay una piscina allá abajo. Un lugar que sin duda tendre que explorar
mientras estoy aquí… pero eso vendra después.
—Bienvenida a casa, mariposa —susurra Riagan desde algún punto
detrás de mí. Al girar, lo miro por un instante antes de volver a observar
todo lo que me rodea. Bienvenida a casa.
Nunca tuve una casa. No realmente.
El amor hace un hogar.
El amor y el cuidado.
Mis hermanas eran mi hogar.
Ahora, tengo a Riagan.
Qué extraño es que alguien mas me haga sentir así. Que se sienta como
un hogar.
—Tienes paredes blancas aquí —es lo primero que digo. Suelto una risa
incómoda, intentando no sonar brusca.
—Piénsa que son tu lienzo.
Me doy la vuelta tan rápido que estoy segura de que me lastimo el
cuello.
—¿Qué? —vuelvo a mirarlo, pero esta vez fuerzo mi vista a quedarse
fija en la suya. Azul. Tan hermoso. Y nada enojado, como antes, cuando
acabó con aquellos hombres que intentaron hacernos daño.
Lo observo mientras se acerca y juega con uno de mis rizos. Lo hace a
menudo, ya me he dado cuenta. Y cada vez que lo hace, mi corazón se agita
como un loco.
—Haz lo que quieras con las paredes. Píntalas. Decóralas. Haz de este
lugar lo que quieras. Es tuyo. Esta mansión ha estado triste durante
demasiado tiempo —susurra, y noto un matiz de tristeza en su voz.
Levanto la mano y doy tres golpecitos sobre su pecho. Me detengo. Y
luego lo hago de nuevo. Su corazón está herido. No me gusta cuando está
así. No soporto cuando no sonríe. Es como si mi día se volviera gris.
—¡Bruno! ¡Quieto! ¡No! ¡Perrito malo! —me sobresalta una voz
femenina y enérgica, seguida de un ladrido adorable.
—¡Oh, Riagan, estas vivo!
Dándole la espalda a Riagan, me giro justo a tiempo para ver a un
pequeño golden retriever correr hacia mí con la lengua afuera. Una chica
bajita, de curvas marcadas, que parece tener mi edad, corre detrás del
cachorro. Tiene una risa escandalosa, una melena salvaje de color rojo
encendido y unos enormes ojos color avellana.
De inmediato me pongo en alerta. Sé que no se me hace difícil conocer
gente nueva. Me tomó al menos un par de días acostumbrarme a la
presencia de Cianne antes de dejar de sentir ansiedad constante cuando
estaba cerca.
Pero esta chica de risa fuerte no parece sorprenderse al esquivar a
Riagan y acercarse a mí con un “abrazo aéreo”, lo que me toma por
sorpresa. ¿Quién hace eso? La mayoría de las personas me abrazarían
directamente o me ofrecerían la mano al conocerme, sin pensar en mi
espacio personal.
Pero no ella. No esta chica con el cabello bonito, la sonrisa contagiosa y
la risa chispeante.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto mientras observo su cabello,
preguntándome si será tan suave como parece. Luego noto las pecas en su
pequeña nariz respingona, sus labios carnosos y una tonalidad extraña en
sus ojos verdes. Me intriga saber quién es. No está vestida como las otras
mujeres que, supongo, trabajan para él y que tienen uniforme. Ella lleva
jeans que le quedan un poco grande y una camisa blanca con diseños. Su
cabello cae sobre su pecho en capas.
Es muy hermosa, de una manera natural, sin esfuerzo.
—Te estoy dando un gran abrazo de oso… sin tocarte.
¿Será que Riagan le contó sobre mi incomodidad al conocer gente
nueva?
Como no digo nada, ella retrocede y dice, con tono serio:
—Está bien, me atrapaste. Odio los gérmenes. No me gusta que la gente
me toque, especialmente si no la conozco.
Ah.
Gérmenes.
Odia los gérmenes.
—Mila, ella es Maeve, mi…
—Su mejor empleada y su mejor amiga de toda la vida —interrumpe la
chica, lanzándole una mirada de reojo a Riagan.
Él vira sus ojos, pero una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro. Maeve
le saca el dedo del medio antes de volver a mirarme con una sonrisa
juguetona.
No puedo evitar fruncir el ceño al imaginar qué tan cercanos deben ser
para que ella se sienta tan cómoda bromeando con él. Tampoco estoy
dispuesta a admitir lo celosa que me sentí cuando él le sonrió.
No soy una persona celosa.
Esa no soy yo.
—Es un placer conocerte al fin —dice Maeve, señalando a Riagan—, a
la mujer detrás de la obsesión de este bruto.
—Maeve, ¿quieres que hoy sea tu último día en la Tierra?
—¿Como si tuvieras las agallas para matar a tu tercera persona favorita
en el mundo? —responde encogiéndose de hombros.
¿Tercera?
¿Se referirá a su padre?
¿Y quién será la segunda?
Anoto mentalmente preguntarle eso más tarde.
—¿Y qué clase de trabajo haces para Riagan? —pregunto,
interrumpiendo su intercambio de bromas.
Maeve sonríe con orgullo.
—Hackeo muchas cosas. Y la mayoría del tiempo, le robo dinero a la
gente.
Riagan chasquea la lengua con fastidio y la empuja suavemente detrás
de él, visiblemente molesto.
—Eso es… —busco la palabra adecuada.
—¿Ilegal? ¿Inmoral? —Maeve se asoma detrás de Riagan para verme
mejor.
Los observo a los dos: el hombre alto, cubierto de tatuajes, y la bolita de
energía que salta a su alrededor.
—Increíble —digo finalmente.
—Increíble —repito.
Maeve deja de saltar mientras Riagan… ¿se ve orgulloso?
Sí. Orgulloso.
—Creo que tú y yo vamos a ser las mejores amigas, Mila.
Sonriendo con timidez, solo asiento.
Hacer amistades siempre ha sido algo difícil para mí, y tampoco es que
lo haya buscado con mucho entusiasmo… pero esto es diferente.
Ellos son la gente de Riagan.
Claramente significan algo para él.
Tengo que esforzarme por encajar en su mundo, por no causar
problemas.
No lo haría.
Ni por mí, ni por él.
Una mujer de apariencia mayor, con un aire extraño y una expresión de
fastidio en el rostro, se acerca a nosotros, interrumpiendo mi silencio.
—Todo está listo para la boda, señor.
¿Boda?
—¿Quién se casa? —le pregunto a Riagan, con curiosidad.
Él despide a la mujer malhumorada con un gesto y se vuelve hacia mí.
—Nosotros.
—¿Nosotros? —frunzo el ceño, bajando la vista a su pecho—. ¿A…
ahora? —me estremezco al notar cómo tartamudeo delante de todos.
—No me digas que no se lo dijiste… —Maeve lo empuja a un lado. —
Cap… eso fue cero romántico.
¿Decirme qué?
Después de un segundo, entiendo.
Miro a Riagan, buscando respuestas.
—¿Nosotros vamos a…?
Observo cada uno de sus movimientos, con el corazón en la garganta,
mientras aparta a Maeve con cuidado y se acerca a mí.
Demasiado cerca.
Pecho contra pecho.
Siento que el corazón me late a mil por hora. Él se impone con su altura,
viéndose tan guapo, tan fuerte, tan feroz.
—¿Confías en mí, Mila? ¿Confías en que haré lo que sea necesario para
mantenerte a salvo?
Me extiende la mano, y yo bajo la mirada hacia ella.
¿Confiar?
Sí.
No tengo ninguna duda. Después de todo lo que hemos vivido en tan
poco tiempo, confío en Riagan O’Sullivan no solo con mi vida… sino con
mi corazón.
Coloco mi mano en la suya, dándole mi respuesta sin palabras.
Ya no hay vuelta atrás.
Y tampoco quisiera echarme para atrás.
¡Guau!
El pequeño perro nos recuerda que está allí, ladrando a mis pies. Sonrío
ampliamente cuando Maeve lo levanta en brazos y hace que me salude con
una de sus patitas.
Una oleada de ternura me invade de repende.
Amo a los perros.
Siempre quise uno, pero nunca me permitieron tenerlo.
Nada que me diera alegría estaba permitido.
Maeve deposita a Bruno en mis brazos antes de aplaudir una vez.
—Mila, te presento a Bruno. Nuestro pequeño cabroncito honorario. Le
encanta perseguir a Cianne por toda la mansión… y las caricias en la panza.
—Guau.
Bruno ladra como si entendiera exactamente lo que Maeve acaba de
decir, y me río cuando empieza a retorcerse en mis brazos, intentando
alcanzar mi cara.
Lo levanto más alto, lo acerco a mi rostro, y él aprovecha para lamerme
la nariz.
—Le agradas —dice Riagan.
Abrazando a Bruno contra mi pecho, miro a Riagan… y le sonrío con
todo el corazón.
Olvidé por completo los nervios por todo lo que ha sucedido. Sonreí
como nunca antes, con Bruno en mis brazos y Riagan sonriéndome
suavemente con una luz en los ojos que solo percibo cuando me mira.
Una luz que brilla desde dentro.
No lo sabía entonces, pero ya me estaba enamorando perdidamente.
Tan perdidamente que me emocionaba y me aterrorizaba a la vez.
—¡Vamos a casarte, capitán!—, la voz emocionada de Maeve
interrumpió mis pensamientos, recordándome mi situación actual.
Sin embargo, no siento nervios.
Se siente... bien.
Mas que bien.
Se siente destinado.
Mensaje de M
C,
Espero que estés bien dondequiera que estés.
Espero... Espero que seas feliz.
— M
Por Si Acaso
MILA
“Ella es mi obra maestra.” – R
H
e visto a la misma persona todos los días, durante toda mi vida,
reflejada frente a mí en el espejo. Solo una chica común, con un
aspecto común. Aburrida. Yo.
Nada por lo que emocionarse.
Hoy no.
Hoy, la persona que me devuelve la mirada desde el espejo se siente
como una extraña… y una amiga al mismo tiempo. No sé cómo poner en
palabras este sentimiento, ni cómo explicarlo con más elegancia.
Es como si fuera yo… pero no del todo.
Llevo un vestido de satén azul verdoso, de largo medio y sin espalda.
No es casual, pero tampoco demasiado elegante. Es muy bonito, y combina
a la perfección con las sandalias de tacón con tiras transparentes y la tiara
sobre mi cabeza.
Sí, una tiara.
Una con pequeñas mariposas hechas de diamantes.
Es evidente que no me veo como de costumbre. Dejé a un lado los jeans
de mamá, las zapatillas y las camisetas grandes, que son mi uniforme
habitual. Ah, y mi gorra.
No la tengo conmigo.
—Te ves tan hermosa… —una voz alegre me sobresalta, y me doy
vuelta, apartando la vista del espejo. Maeve está mirándome desde la puerta
de la habitación a la que me trajo después de dejar a Riagan en la sala. Se
ha cambiado de ropa y ahora lleva un vestido parecido al mío, pero de otro
color: negro. Su cabello rosado está recogido en una cola alta. Se ve
impresionante… casi como un personaje de anime.
—Gracias —le ofrezco una pequeña sonrisa, sintiéndome un poco
ansiosa por estar a solas con ella. No porque haya algo malo en ella, sino
porque es un hábito mío. Ella ha sido nada más que amable, pero uno nunca
sabe.
—Te ves muy bonita —murmuro, concentrándome en los mechones
rosados de su cabello.
—Él lo eligió, ¿sabes? —dice, entrando en la habitación y acercándose
al espejo junto a mí.
Frunciendo el ceño, pregunto:
—¿Quién eligió qué?
—Tu vestido y el adorno para el cabello. El jefe, Riagan, eligió todo. —
Suelta una risita suave—. Me mandó a recogerlo la semana pasada y yo
pensé que ya había perdido la cabeza. Tantos golpes en la cabeza deben
haberle hecho mucho daño, porque ¿por qué compraría un vestido de novia
si nunca lo hemos visto con una mujer? Al menos, no con una que fuera
algo serio.
La idea de que Riagan haya sufrido me pone nerviosa.
Pero la idea de que esté con otra mujer —sea algo serio o no— me
enoja… y me entristece.
Más triste que enojada, en realidad.
—Él no sabía de mí hace una semana —susurro mientras juego con el
anillo en mi dedo. El anillo que Riagan me dio.
—Oh, claro que sabía de ti, dulce Mila —nuestros ojos se cruzan por un
momento, y los suyos brillan de felicidad—. Eres todo lo que él
necesitaba… y más.
Me quedé sin palabras
¿Qué se supone que diga ahora? ¿Cuál sería la respuesta correcta aquí?
—Él es bien amable —le digo, y lo digo de corazón. Riagan me ha
tratado con respeto y con una gentileza que no esperaba. Y por eso, siempre
va a tener un lugar especial en mi corazón, sin importar lo que pase entre
nosotros más adelante.
—Contigo y con la gente que quiere, sí. ¿Con los demás? —La miro
fijamente más tiempo del que me siento cómoda—. No tanto. —Se queda
callada un momentito, y luego continúa—. Pero tranquila. Él es un buen
hombre con los que ama.
Ama.
Mis ojos se abren de par en par, y siento el corazón en la garganta
apenas escucho esa palabra salir de su boca.
—Él no me ama —susurro.
Maeve levanta una bolsa blanca y me la pasa.
—Yo no estaría tan segura.
—¿Qué es esto?
—Ábrela y mira tú misma.
Lo hago.
Saco de la bolsa una gorra. Una gorra blanca, lisa. Hmm. Busco un poco
más adentro y encuentro una notita pegada con algo escrito. Le doy la
vuelta y dice:
Por si acaso. —R
Por si acaso hoy todo se vuelve demasiado y el mundo empieza a caerse
encima.
Me dio una gorra… para que no me sienta tan ansiosa.
Son esos detallitos los que me hacen apartar las dudas que a veces me
quieren ganar.
Riagan no es ningún santo. Ha hecho y ha visto cosas que seguro me
causarían pesadillas, pero nunca me ha hecho sentir insegura.
Nunca me ha dado razones para desconfiar.
Ni una sola vez, en todos los momentos que hemos compartido.
Puede parecer el villano de un cuento de hadas, pero su corazón… su
corazón no tiene ni una pizca de maldad.
Es hermoso. Igual que él.
Click.
El flash de una cámara me hace mirar hacia arriba. Maeve me sonríe,
con el celular en la mano, justo después de tomarme una foto.
—¿Porque me tomas fotos? —le pregunto, con curiosidad. Y yo que
pensaba que yo era rara… pero esta chica tal vez es más.
Maeve baja el celular.
—Apuesto a que cuando el jefe acabe con la amenaza contra tu vida, a
tus hermanas les va a encantar ver lo hermosa que te veías el día de tu boda.
Eso fue… lindo.
Muy dulce de su parte.
—¿Tú conoces a mis hermanas también? —doy un paso hacia ella,
mirándole los ojos unos segundos, y después los cinco aretes de diamantes,
de distintos tamaños, que lleva puestos.
—¿Conocerlas? No. Pero sé de ellas —me dice.
—¿Cómo?
—Bueno, una de tus hermanas está con el hombre más poderoso de la
nación, y la otra está haciendo historia como la primera jefa mujer en
Detroit. Son unas duras.
—Sí, lo son —respondo con una sonrisa—. Siempre han sido increíbles.
Aún antes del presidente y del título de jefa.
—Tú también lo eres.
Siento el calor subirme por las mejillas, y bajo la mirada hacia la gorra
que tengo en las manos.
—Tú no me conoces —digo, siendo totalmente sincera.
—Lo que el jefe me ha contado de ti… y lo que vi en internet… es
bastante impresionante.
—¿Que viste?
—Soy una de las mejores hackers, querida. Yo puedo encontrar lo que
sea de quien sea —dice, echándose un poco hacia atrás con una sonrisa
confiada en la cara—. Deberías compartirlo con él, ¿sabes? Lo que haces es
increíble. Nunca he visto nada igual.
Creo notar un poco de asombro en su voz.
Me pregunto por qué no le ha contado a su jefe lo que encontró sobre
mí. Si ha estado buscando en internet, es fácil asumir que fue por orden de
él, ¿no? Entonces, ¿por qué no se lo dijo?
La verdad, no es que esté escondiendo nada.
Simplemente no pensé que fuera algo especial. Para mí, es solo un
pasatiempo. Algo que hacía para matar el tiempo mientras intentaba pasar
desapercibida.
El internet ayuda con eso.
Podía subir mis proyectos, y nadie tenía que saber quién estaba detrás
de la pantalla.
Ni mi cara. Ni mi identidad.
Supongo que alguien sí lo descubrió.
Maeve.
—No se lo voy a decir, así que suelta ese seño fruncido, ¿sí? —me dice
con una voz suave, y su sonrisa es igual de tranquila—. Anda, vamos. Él te
está esperando. Lleva esperándote desde hace mucho tiempo.
Mi mente se va a otro lugar de inmediato.
A los días anteriores, a todos esos momentos hermosos que compartí
con un hombre al que algunos llaman el Padrino de esta ciudad.
El mismo que, desde hoy, voy a llamar esposo.
Pienso en él, en su sonrisa, y en todas las emociones que me hace sentir
con solo tocarme con ternura o decirme una palabra bonita.
En cómo se sienten sus labios.
En todo lo que es él. Y una sonrisa se apodera de mi cara.
No creo que llegue un día en que me arrepienta de este arreglo.
De él.
Las palabras de Maeve vuelven a mi mente, y por un buen rato, son lo
único en lo que puedo concentrarme:
Él te está esperando. Lleva esperándote desde hace mucho tiempo.
Sostengo la gorra contra mi pecho y la toco tres veces, impresionada por
lo rápido que me late el corazón con solo pensar en él.
En lo que significa convertirme en su esposa.
De verdad.
Sin acuerdos.
Sin fecha de vencimiento.
Para siempre.
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
“De repente todos mis pensamientos son sobre ti.”
Padrinos y Votos
RIAGAN
“Estas en mis venas.” — R
S i alguien me hubiera dicho hace años que terminaría casándome con
una mujer mucho menor que yo...
La misma que apareció en mi vida por pura suerte.
Una princesa cuya familia es una de las tres que tuvieron algo que ver
con la muerte de mi madre...
Me hubiera reído con cojones. Porque ni loco hubiera creído esa mierda.
El matrimonio, el amor y los bebés no estaban en las cartas para un
hombre como yo.
Jamás me imaginé con una sola mujer, mucho menos poniéndole mi
anillo en el dedo.
Pero aquí estoy, de pie en el jardín trasero de mi casa, junto a mi papá y
a Kelly, esperando —con cero paciencia— a que mi novia aparezca frente a
mí…
Para poder hacerlo oficial.
Para hacerla mía, en nombre de Dios y bajo mi ley.
La ley de mi clan.
Ella no solo será mía en el sentido romántico, sino legalmente.
Con mi apellido y mi anillo, no solo estará protegida por mi ciudad, sino
también respetada por mis hombres… y por mis enemigos.
Eso, yo me voy a encargar de que se cumpla.
Miro el reloj, contando los minutos que lleva lejos de mí.
Setenta minutos, para ser exactos.
Confié en Maeve para que ayudara a Mila a prepararse para este
momento.
Pero ahora que el tiempo sigue corriendo, empiezo a preguntarme si fue
buena idea dejarla sola.
¿Y si se puso nerviosa? ¿Ansiosa?
Carajo, ella no conoce bien a Maeve.
¿Y si…?
—Estoy orgulloso de ti, a sheòid —siento la mano fuerte de mi papá
apretándome el hombro.
Aparto la mirada de las puertas dobles —las mismas por donde debería
estar entrando mi futura esposa en cualquier segundo— y lo miro.
Él está en el centro, vestido como siempre: camisa negra de manga
larga, con dos botones abiertos que dejan ver los tatuajes de mariposas que
casi hacen juego con los míos.
Las suyas están en tinta negra. Las mías, rellenas en azul.
Me alegra verlo mejor de lo que estaba la semana pasada, pero igual ha
bajado de peso.
Los doctores dijeron que la quimioterapia sería un infierno para él. Y
aunque ha hecho un buen trabajo escondiendo lo mal que se ha sentido, no
puede disimular los cambios en su cuerpo.
Tuvo que afeitarse la cabeza, y las ojeras marcadas bajo sus ojos
muestra que no ha dormido bien en días.
Aun así, sigue siendo un maldito guerrero.
No se queja. Se levanta cada mañana listo para dar la batalla contra el
cáncer. Le da con todo.
Cáncer.
Esa palabra nunca formó parte de mi vocabulario.
Sí, sé que el cancer le ha robada la vida a muchas personas. Pero nunca
pensé que tocaría tan cerca de casa.
Le aprieto la mano a mi papá. Él necesita saber que yo estoy bien…
tanto como yo necesito que él esté aquí conmigo, todo el tiempo que la vida
nos permita.
—Yo también estoy orgulloso de ti, Da —le digo.
—Los chicos dicen que tu mujer es una belleza —murmura Da,
mirando al frente, y luego otra vez hacia mí.
Maldito Kelly.
—Kelly tiene la boca muy grande —murmuro mientras la imagen de
Kelly mirando el pecho desnudo de Mila todavía arde en mi memoria.
—Y un gran gusto por la belleza femenina —ríe Da, y su risa suena
como música en mis oídos. Aunque parece que las cosas finalmente están
cayendo en su lugar ahora que Mila está donde siempre debió estar. Pero
otra parte de mí siente que todo se vendría abajo si me quitan a mi padre.
—Él es un buen hombre y un soldado aún mejor. Leal como la mierda,
también, hijo.
Lo sé.
No lo hubiera elegido como mi mano derecha si no confiara en él.
Carajo… le confío mi maldito corazón fuera del pecho. Mi Mila. Eso
quedó claro en Turks y Caicos.
Aún así, tiene esa habilidad para sacarme de quicio y poner a prueba mi
paciencia.
Pero parece que todos mis hombres son así.
—Esa es la única razón por la que todavía está respirando — bromeo
con mi padre mientras esperamos por ella.
Mi padre será el oficiante, y tanto Maeve como Kelly serán los testigos.
—No sé cuánto tiempo— no lo dejo terminar la frase antes de
contestar—.
—Hasta mi último aliento.
El rostro de mi padre se suaviza. —¿Ella siente lo mismo?
Pienso en cómo su carita se iluminaba cada vez que me acercaba,
incluso cuando no me conocía realmente.
Cuando tenía miedo y estaba ansiosa.
Cuando era solo una niña sola en la oscuridad aquella noche de
Halloween.
Sus ojos iluminaban esa maldita noche igual que, hasta hoy, iluminan
todo mi mundo.
Su hermosa sonrisa pasa por mi mente, al igual que todos los recuerdos
que tengo de ella grabados en mi cabeza, y sé la respuesta.
Mi mariposa estuvo apartada del mundo por tanto tiempo que creció un
poco ingenua y protegida, pero es tan valiente y dulce.
Nada ha endurecido ese corazón, y sé, sin duda, que nada lo hará jamás.
Ella es así de buena.
Así de malditamente mágica.
—Sí, siente lo mismo. —Y lo veo en sus ojos.
En la forma en que me mira cuando no cree que la estoy viendo.
En lo segura que se siente conmigo para no esconderse bajo su gorra.
Lo suficiente para compartir sus deseos y las cosas que le apasionan.
Quizás no lo siente tan profundo como yo, pero sé que estoy ahí.
En su corazón, y no pienso irme nunca.
Porque no solo está tatuada en mi piel, sino que es todo mi corazón.
Mi debilidad.
Mi fuerza.
Mi Mila.
Las puertas dobles que conectan la mansión con el jardín se abren, y
Maeve entra con paso firme, vestida de negro y su cabello rosa, un contraste
total con el tono pálido de su piel.
Camina hacia donde papá y yo estamos, parados bajo el gazebo con una
sonrisa en la cara.
Maeve puede ser mi genia dorada, pero para otros dos hombres en esta
familia es la ruina y la salvación.
Siento la mano de mi padre agarrándome la barbilla con ternura, como
hacía cuando yo era un niño, y lo miro a los ojos, Ojos idénticos a los míos.
No solo soy sangre de su sangre.
Pero mi padre cree que fui hecho a su imagen.
Yo también lo creo.
Veo rastros de mi mamá, pero soy más él.
—¿Y por qué ella? —pregunta mi padre.
Sonrío sabiendo la respuesta.
—Porque nunca ha habido ni habrá nadie más en este mundo para mí —
confieso con orgullo mientras espero por ella.
Kelly está a mi derecha, y frente a él está Maeve, que parece nerviosa,
como si ella fuera la novia.
Y como por arte de magia o un maldito bello milagro, las puertas que
dan al jardín se abren de nuevo, y Mila entra.
Maldita sea, ella merece algo mejor.
Merece que alguien la acompañe y me la entregue. Una boda que sea la
envidia de todas las mujeres de esta ciudad.
Merece mucho más que esto.
Aun así, no me arrepiento de ninguna decisión que he tomado desde que
la saqué de Detroit.
Porque ese camino nos trajo aquí. A este momento, donde está a
segundos de ser legalmente mía.
Lleva puesto el vestido que escogí para ella. Un vestido largo de satén,
elegante pero casual.
Sus rizos salvajes caen por su espalda, sujetados por una tiara que
combina perfectamente con su vestido y sus ojos.
No puedo dejar de mirarla. Ni quiero hacerlo.
La tiara tiene pequeñas mariposas, que me recuerdan la primera vez que
la vi.
Cuando estaba disfrazada de mariposa. Una mariposa azul.
Pero esta vez es diferente.
Es una mujer, y nunca ha parecido más mía.
Mila sonríe un poco mientras camina hacia mí, pero la veo nerviosa.
Cuando llega frente a mí, noto que lleva un ramo de novia con mi flor
favorita. La favorita de mi madre.
Sus ojos se encuentran con los míos, y por un instante, percibo un atisbo
de deseo y felicidad, que me sorprende y me ancla.
Tomo su mano, mucho más pequeña que la mía, y le sonrío, dándole
seguridad mientras papá comienza la ceremonia.
Mientras él repasa el guion habitual, yo desconecto de todo y me
concentro solo en ella.
—Hola —le susurro, buscando que me preste atención y no a mi padre.
Es obvio que está nerviosa. Nerviosa y fuera de lugar.
Pero aún así me sonríe mientras su mano tiembla en la mía.
Sosteniéndola firme, le devuelvo la sonrisa, dándole consuelo. Le digo
con esa sonrisa que todo está bien, y que de ahora en adelante siempre lo
estará. Que yo siempre me aseguraré de que esté bien.
Que nunca le faltará nada.
—Hola —me responde en un susurro.
—Todo estará bien —le aseguro, sin dejar de mirar sus ojos mientras
ella baja la mirada a mis labios—. Siempre estarás segura conmigo.
Siempre.
Su mirada encuentra la mía.
—¿Siempre? Eso es mucho tiempo. Eso es para—
—No es suficiente, mariposa. Ningún tiempo contigo será suficiente —
la interrumpo, sonriendo cuando se lame los labios.
El corazón en mi pecho parece disminuir el ritmo, igual que el mundo a
nuestro alrededor, mientras espero que hable otra vez y me diga qué piensa.
Y cuando lo hace, sé.
Sé que está aquí conmigo.
En la misma página de nuestro libro.
Nuestra historia.
—Te …creo —respira y aprieta mi mano tres veces.
Tres veces, como su número favorito.
Como los días que me tomó darme cuenta de que Mila Areya Parisi era
mucho más que una chica que conocí una noche de otoño.
Ella es mi todo.
Mi todo y más.
—¿Riagan, aceptas a esta mujer como tu legítima esposa, para tenerla y
cuidarla, en la salud y en la enfermedad, mientras ambos vivan? —
—Acepto. —No hay duda en mi voz.
Mi padre repite la pregunta, esta vez a Mila.
Contengo la respiración, esperando su respuesta. No tardo mucho
porque su “Acepto” llega pronto.
Mientras intercambiamos los anillos, Mila no deja de lanzarme miradas
tímidas.
—Te tengo, Mila. Siempre. Pase lo que pase. —Le deslizo la banda de
plata en su dedo y la observo cómo queda junto a su anillo de compromiso.
—Ya pueden besarse, a sheòid —dice mi padre.
Los ojos de Mila se abren un poco, como si esa parte de la ceremonia la
tomara por sorpresa.
Espero por ella. Quiero que me dé lo que se sienta cómoda, aunque sea
solo un apretón de mano en vez de sellar nuestra unión con un beso.
Pero entonces, como siempre, me sorprende: se pone de puntillas,
agarra la parte de atrás de mi cabeza, y me guía a inclinarme. Cuando lo
hago, ella presiona sus labios firmemente contra los míos.
Ahora, con sus labios rozando los míos y su dulce aroma
envolviéndome, un deseo profundo, enterrado por mucho tiempo, se
enciende dentro de mí.
Me separo un poco y Mila abre los ojos.
Sostiene mi mirada y un rubor sube por sus mejillas.
Luego me regala una pequeña sonrisa tímida. Tan malditamente
inocente. Tan preciosa.
Kelly, claro, es el primero en felicitarme. Me da una palmada en el
hombro con una sonrisa pícara.
—¿Y cómo estuvo el primer sabor de tu joven esposa? —pregunta en
voz baja.
Sin apartar la mirada de Mila, le respondo:
—Kelly.
Esta vez me da una palmada más fuerte en el hombro.
—¿Sí, cariño?
—Vete a la mierda. —Mis ojos se quedan en los de ella un par de
segundos más que la última vez que sostuvo mi cara y sonrió.
Ella intenta. Ella, como yo, no puede evitar no querer mirar a nadie más
ni a ningún otro lado.
—Ahora eres mía, dulce Mila. —Apoyo mi frente contra la de ella. —
Señora O’Sullivan. —Le susurro orgulloso contra sus labios antes de
reclamarlos una vez más.
Esta vez no beso sus labios con dulzura ni ternura, no.
La beso como un hombre que se ha estado muriendo de hambre por
años.
Muriendo por probar el cielo.
Probarla a ella.
Mi esposa.
Mila
D IJIMOS “ ACEPTO ,” y luego yo inicio el beso mientras su familia aplaudía.
Todo fue corto y sencillo, pero se sintió como todo.
Sin esfuerzo y natural.
Justo como nosotros.
Nunca pensé que este día llegaría. Simplemente porque no creía que
existiera un hombre como Riagan, y aunque nuestra situación empezó como
un arreglo mutuamente beneficioso, ya no se siente así. Para mí se siente
real.
Se siente como para siempre.
Sus palabras recorren mi mente mientras estoy a su lado y veo a sus
empleados —no, claramente son más que eso— su familia nos rodea,
felicitándonos a los dos.
Ahora eres mía, dulce Mila.
Esas no son las palabras de un hombre que ve este matrimonio como
algo pasajero.
No.
Son las palabras de un hombre que quiere tenerme para siempre.
Yo también quiero eso.
Ya no puedo negarlo.
Me enamoré rápido y profundo.
De un hombre que no es el que soñé por días y noches.
Mi hombre misterioso que me entregaba su alma en cartas.
Él era un fantasma.
¿Y Riagan?
Riagan es real.
Real y verdadero.
¿Y ahora?
Mío.
Lo veo hablar con su familia, pensando que él es ese aire fresco que no
sabía que me hacía falta hasta que llego, serpenteando por mis pulmones
que ya no tenían oxígeno.
El sueño que siempre parecía imposible.
Una vez dije que tenía obsesiones.
Obsesiones sanas, pero igual me obsesiono fácil, y lo hice.
Estoy obsesionada con el hombre que hace que mi pecho duela de la
mejor manera. La mas dulce manera.
El hombre que me ha dado todo en tan solo unos días.
Mis mejores días.
Mi esposo.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“Una vez pensé que los finales felices solo
ocurrían en las novelas románticas. Ahora sé que sí
existen. Rara la vez, pero existen. Mi final feliz
eres tú.”
Cena Familiar & Amenazas
Mortales
RIAGAN
“La mierda que hago por ella.” – R
—A quí está —anuncia feliz la señora, Lany, creo que se llamaba,
mientras entra a la habitación con un pequeño Golden Retriever al
final de una correa verde.
El perrito se me acerca con cautela cuando me arrodillo frente a él.
Tiene los ojos grandes, color café, la cola baja y una actitud un poco
reservada, pero permite que le acaricie la cabeza.
Es tímido. Lo noto porque me observa con atención, sin ladrar como los
otros perros que intentaban llamar mi atención.
Todas mis dudas antes de entrar a la tienda de mascotas desaparecen en
cuanto siento su pelaje suave entre los dedos.
—Eres un lindin —le susurro con una sonrisa.
Una risita me hace levantar la vista, y veo a la señora sonriendo hacia
nosotros.
—Se llama Bruno —dice Lany.
Bruno.
No creo que haya un Bruno en el clan.
—Bruno —repito, mientras el perrito me lame la mano con juguetona
confianza.
—Oh, eres bien guapo, ¿eh?
—Es un chico muy bueno —dice ella. —Un poco tímido al principio.
Mientras investigaba sobre el perro ideal —o al menos uno que encajara
bien conmigo—, encontré datos y estadísticas sobre cuántos perros son
abandonados diariamente en Estados Unidos. Muchos de ellos, incluso
después de ser adoptados, tardan en sentirse realmente cómodos en su
nuevo hogar.
Elegí esta lugar porque no solo encuentran hogar para perros de raza,
sino también para perros rescatados de la calle.
Bruno se relaja mientras lo acaricio. Se sienta y me ofrece la pata, como
saludando.
Riendo, tomo su patita peluda y la levanto suavemente antes de dejarla
caer. Él mueve la cola y me ofrece la otra.
—¿Quieres venir conmigo? —le pregunto, frotándole la cabeza con
cariño—. ¿Te gustaría que te consientan? ¿Correr libre?
Él lame mi mano, como diciendo “sí”, y luego se cubre los ojos con la
pata, como si le diera vergüenza.
Y me recuerda a ella.
Vine por ella, y ahora me voy siendo el dueño de un perro.
Uno con el mismo tono de pelaje que el que aparece en mis sueños,
noche tras noche.
—Guau.
El perrito se destapa los ojos, saca la lengua y se deja caer en el suelo.
Dulce. Dramático. Perfecto.
Este es.
Treinta minutos después, voy de regreso a casa, volando por la
autopista, con un perro emocionado rascándose sin vergüenza en el asiento
del pasajero de mi Porsche.
E L RECUERDO de cuando conocí a Bruno me viene a la mente mientras
observo a Mila, nerviosa, pero completamente concentrada en él, que
duerme plácidamente sobre su regazo. Adopte a Bruno hace un par de
meses. Al principio, buscaba uno que sirviera como perro de guardia, pero
entonces vi a Bruno, acostado en el tapete, apartado de los demás. Y algo en
mí se rompió.
Este perro tranquilo y dulce me recordaba tanto a ella. Me ganó en el
instante en que puso su patita en mi mano. Tan pequeño. Tan inteligente.
Joder... también me enamoré de él.
Ahora, viéndolos juntos, viendo la sonrisa de Mila, no me arrepiento ni
un segundo de haber salido de ese refugio con él en brazos.
Todo lo que necesitaba era un hogar. Un poco de amor.
Ternura.
Como mi esposa.
Esposa.
Mía.
Media hora después, todavía siento que estoy soñando. Como si todo
esto fuera una fantasía tejida por mi mente rota.
¿Cómo se explica que alguien como ella —tan buena, tan luminosa—
haya dicho que sí a alguien como yo?
A esta vida. A este hombre.
Pero aquí está, a mi lado, haciendo todo lo posible por encajar con mis
hombres y con mi familia. No soy ciego a su ansiedad. Ha estado golpeando
los cubiertos contra el plato desde que nos sentamos a la mesa, pero no se
ha acobardado ni ha salido corriendo, incluso cuando todas las miradas se
han posado sobre ella.
Esa es mi chica.
Maeve ha dirigido la conversación hacia ella un par de veces para
incluirla, asegurándose de no abrumarla, y eso lo valoro. Valoro que todos
estén haciendo un esfuerzo por mí.
Por ella.
Cada miembro del clan es ruidoso, extrovertido, sin un rastro de
timidez. Aquí no hay lugar para eso... pero por ella hacemos una excepción.
Porque así es ella. Y así, tal cual, es como se merece ser respetada.
Ella es perfecta tal y como es. Y lo veo no solo en la ternura de Maeve y
Kelly, sino también en la mirada tierna de papá .
Después de decir “sí, acepto”, pasamos al comedor, donde papá había
preparado una cena para celebrar la ocasión.
En nuestra familia, cuando hay algo que celebrar, lo hacemos con
comida y bebidas. Siempre.
Licor irlandés, para ser exactos.
Miro a mi hermosa esposa y sonrío al ver que, aunque está entretenida
jugando con el perro, también sigue atenta a la conversación. Está
intentando. Joder... qué dulce.
Bajo la mesa, busco su mano y la aprieto. Cuando aparta la mirada de
Bruno para mirarme, le guiño un ojo, encantado con el rubor que le sube a
las mejillas. Sin soltarla, me levanto y tomo mi vaso de whisky con la otra
mano.
—Gracias —digo, mirando primero a mi padre, luego a Maeve y, por
último, a Kelly—. Gracias por estar aquí con nosotros.
Aclaro la garganta y vuelvo la mirada hacia mi esposa. Desde donde
estoy, la veo alzar la cabeza, y siento cómo mi corazón se acelera cuando
sujeta mi mano con fuerza, como si buscara consuelo.
—Esta mujer —digo, mi voz firme—. Mi mujer. Esta es mi esposa, y la
protegerán con sus vidas. La tratarán como una extensión de mí. Confío en
que no solo la harán sentir segura, sino que también la incluirán en sus
conversaciones. La respetarán, no solo porque es un ser humano, sino
porque es mi esposa. La esposa de su capitán.
Los ojos de Mila se abren de par en par justo cuando su pulgar recorre
los tatuajes en mi mano.
—Y se asegurarán de que todos —dentro y fuera de estas paredes—
hagan lo mismo. Nadie la lastima. Nadie la hace sentir menos que perfecta.
Mi mirada se aparta de Mila y recorre los rostros de Kelly y Maeve, que
me escuchan en silencio.
—Si alguien lo hace... lo trataré como una traición. A mí. Y a esta
familia.
Entonces miro a mi padre. Me aseguro de que entienda que ni siquiera
la sangre está a salvo.
Nadie.
a no estamos en el paraíso.
Estamos lejos de ese mundo donde podía tenerla solo para mí.
Ahora estamos en mi mundo.
Un lugar donde su vida corre peligro a cada hora del día. Pero ella me
tiene a mí.
Tiene esta ciudad detrás de ella.
Ya no es la princesa olvidada.
No.
Ahora es el corazón de este clan O’Sullivan.
La reina. No solo de mi jodido corazón, sino de esta ciudad.
Mi Filadelfia.
Mila
H E estado sola tanto tiempo que nunca aprendí a estar con gente por
períodos largos. He disfrutado tanto del silencio que, a veces, la presencia
de otras personas me provoca ansiedad o me hace sentir fuera de lugar.
Estoy constantemente tratando de descifrar sus señales sociales,
esforzándome por entender sus bromas, pensando dos veces antes de hablar
para no ofender a nadie sin querer.
Es agotador. De verdad que lo es.
Pero no con Riagan.
Ni con su gente, aparentemente.
Ellos son... ruidosos. Muy ruidosos. Todos tienen personalidades
enormes.
Encajan tan bien entre ellos que al principio pensé que yo sería la
extraña. Pero durante toda la cena, noté cómo hicieron un esfuerzo
consciente por incluirme en sus conversaciones.
Ni una sola vez me sentí excluida. Ni incómoda.
Y luego, Riagan se levantó y dijo todas esas cosas.
Esas palabras que hicieron que mi estómago diera un vuelco... y mi
corazón se saltara muchos, muchos latidos:
—Esta mujer, aquí... esta es mi esposa. Y la protegerán con sus vidas.
La tratarán como una extensión de mí. Confío en que no solo la harán
sentir segura en su presencia, sino que también la incluirán en sus
conversaciones. La tratarán con el respeto que merece, no solo por ser
humana... sino por ser mi esposa.
La esposa de su capitán.
Y se asegurarán de que todos, dentro y fuera de estas paredes, hagan lo
mismo.
Nadie la lastima. Nadie la hace sentir menos que perfecta.
Y si alguien lo hace... lo trataré como una traición.
A su capitán.
A esta familia.
Dijo todo eso.
A sus amigos.
Y a su padre.
Gente que conoce desde mucho antes que a mí… y aun así, los amenazó
por mí.
Siento miradas sobre mí, y cuando aparto los ojos de Riagan, veo que, a
mi izquierda, su padre me observa fijamente. Normalmente, cuando alguien
me mira por mucho tiempo, no solo me incomoda; siento un vacío en el
pecho, como si necesitara esconderme.
Pero ahora no.
No lo siento.
No lo he sentido en un buen tiempo. Desde Detroit, en realidad.
Intento sostenerle la mirada el mayor tiempo posible y, al final, le
ofrezco una sonrisa. Puede que me cueste expresar emociones o captar
señales sociales la mayor parte del tiempo, pero cuando se trata de
modales... en eso sí soy experta.
El señor O’Sullivan me devuelve la sonrisa y extiende la mano. Al
hacerlo, noto lo parecidos que son él y Riagan. Aunque el mayor parece
algo enfermo, comparten rasgos evidentes: ambos altos, cabello castaño
claro, ojos azul cielo. Guapos. Seguros de sí mismos. Con una presencia
que no se puede ignorar.
Mirarlo es como ver una versión mayor de mi esposo.
Mi esposo.
Todavía no logro asimilarlo.
Estoy casada.
Legalmente unida a un hombre que no conocía hasta hace una semana.
—Señor O’Sullivan —digo en voz baja, aún procesando todo lo que ha
sucedido en las últimas horas, y las palabras que Riagan pronunció hace
apenas unos momentos.
—Cathan, por favor. Ahora somos familia.
Los ojos de Cathan son amables, pero, al igual que su hijo, su porte es
frío. Tiene un aura que grita que ha vivido y visto cosas que me darían
pesadillas. Aún recuerdo los murmullos de algunos hombres que trabajaban
para mi padre —y ahora para mi hermana— sobre el jefe de Filadelfia
anterior a Riagan.
Como si leyera mi mente, la sonrisa de Cathan se ensancha un poco,
pero sus ojos mantienen la misma calma profunda.
—Mi hijo no solo es mi corazón, sino también mi mayor logro. Mi
alegría.
No supe qué decir, así que guardé silencio y lo dejé expresar lo que
claramente quería compartir.
—La forma en que sonrió hoy… no lo había visto así desde que era un
niño. Y tú le diste eso, cariño. Tú me lo diste.
Cathan hace un gesto como si quisiera tomar mi mano, pero se detiene
antes de hacerlo. Me pregunto por qué.
—No sé cuánto te ha contado sobre mí o mi situación actual…
—Estás enfermo —susurro, ignorando el murmullo a nuestro alrededor
y concentrándome solo en él.
—Sí.
—Lo siento.
Sus ojos parecen tristes, pero la sonrisa permanece. Es extraño.
Claramente está sufriendo, tanto física como emocionalmente. ¿Cómo
puede sonreír como si todo estuviera bien? Supongo que la mayoría de las
personas hacen eso: sonríen para ocultar su dolor. Eso, lo entiendo muy
bien.
—No tienes por qué disculparte, cariño. He tenido una buena vida.
—Él te ama —digo sin pensar—. Riagan te quiere mucho. Incluso está
cumpliendo tu lista de deseos.
Cathan carraspea y me mira con una expresión como si supiera algo que
yo no.
—Él también te ama.
—No sé si… —murmuro, negándolo—, pero él me interrumpe.
—Sí lo hace. Veo cómo te mira. Cómo su rostro se ilumina por
completo cuando te ve sonreír. Nunca ha sonreído tan ampliamente como
hoy. Estoy seguro de que lo notaste durante el tiempo que estuviste con mi
hijo.
—¿Cómo me mira?
—Como yo solía mirar a su madre —responde al instante, sin enojo ni
tristeza en su tono. Nada—. Te mira, Mila, como un hombre dispuesto a
enfrentarse al mundo por su mujer. Por ti.
El corazón en mi pecho, de alguna manera, logra desacelerarse, y todo
lo que escucho son las palabras de Cathan, mientras siento el rápido latir de
mi corazón y mil mariposas revoloteando en mi estómago.
—Bienvenida a la familia, querida. Ya era hora.
Cathan levanta su vaso de agua y sonríe antes de darle un sorbo.
Bruno lame mi palma, intentando llamar mi atención. Al bajar la vista
hacia el dulce perro, paso mis dedos por su suave pelaje y le sonrío con
ternura. Solía preferir la compañía de animales y plantas antes que la de las
personas. Pero entonces Riagan entró en mi vida y la volteó del modo más
hermoso y especial.
Alzo la cabeza cuando Kelly se ríe a carcajadas de algo que dice
Cathan, y Maeve se une a ellos. No puedo evitar mirar a Riagan, y no me
sorprende encontrarlo ya observándome fijamente.
Aunque estemos rodeados de gente, él siempre me está mirando. Eso
me emociona y me asusta, pero de la mejor manera.
La mejor manera.
Con solo una mirada, hace que el mundo se detenga cuando se vuelve
demasiado ruidoso.
Hace que el caos en mi cabeza sea soportable cuando se vuelve
insoportable.
Él también te ama.
Las palabras del padre de Riagan resuenan en mi mente mientras
sostengo la mirada de su hijo.
Estudio la suavidad en su rostro, esa que solo veo cuando se trata de mí.
Aunque esté mirando a su padre o a Maeve, siempre tiene esa mirada
que no sabes bien si le gustas o no. En mi caso, sé que le gusto. Al menos,
ahora que sé leerlo bien, sí.
Una sensación cálida, esa que solo tengo cuando él me mira, se extiende
en mi pecho.
Estos sentimientos nuevos me asustan. Me asustan tanto que me
encuentro dándole vueltas a cada pequeña cosa que dice o hace, porque
nada podría doler más que tener el corazón roto por él.
Pero alejo mis miedos porque, por mucho que mis sentimientos hacia
mi esposo me asusten, hay una cosa segura…
Nada me da más miedo que no tenerlo.
Más que perderlo por miedo a entregarme.
De regalar mi corazón.
Pero ya no es realmente mi corazón, ¿verdad?
Es suyo.
Esa sensación cálida y difusa en mi pecho crece, y sonrío.
Sonrío porque estoy genuinamente feliz.
En este momento, con las personas que más le importan, me siento
eufórica.
—Riagan —me inclino para que me escuche por encima del ruido que
nos rodea.
—¿Sí, esposa?
Su sonrisa se ensancha y mi corazón da un vuelco.
En la última semana, he visto algunos de los paisajes más hermosos de
la naturaleza.
Pero nada se compara con su sonrisa. Nada.
Esposa.
Su esposa.
Eso soy ahora.
Metiendo la mano debajo de la mesa, tomo la suya y miro a sus ojos.
Me obligo a sostener su mirada el mayor tiempo posible, y luego le digo
otra verdad: Me haces feliz cuando la felicidad siempre ha sido algo fugaz
para mí. Me haces sonreír solo con estar a mi lado. Haces que mi corazón
haga cosas raras que aún no termino de entender. Te has convertido en mi
parte favorita del día.
Pienso todo esto, pero tengo demasiado miedo para decirlo en voz alta.
En cambio, le digo:
—Soy afortunada de haberte conocido.
Demasiado avergonzada para sostener su mirada más tiempo, bajo la
vista hacia sus labios, intentando calmar el latido acelerado de mi corazón.
Parece que quiere salirse de mi cuerpo para llegar a él. A su dueño.
—Yo soy el afortunado, mariposa.
Entonces hace algo que solo he visto en películas o leído en libros.
Levanta nuestras manos entrelazadas y las lleva a sus labios, besando
suavemente mi mano.
Mi aliento se corta y mi corazón pierde el control.
Yo soy la afortunada.
No, él no lo ve, pero yo sí.
Soy yo la afortunada de haber conocido a este hombre que cada día
resulta ser mucho más que sus tatuajes, su nombre y la sangre que ha
derramado.
Mucho más, y ahora es mío.
Al menos, mientras dure.
Pienso en el para siempre.
Deseo… deseo poder quedármelo para siempre.
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
“Desearía tener el poder de detener el tiempo cada
vez que estoy contigo.”
Nervios De La Primera Vez
MILA
“No creía en la magia hasta que me perdí en
sus ojos.” – R
N
o estoy completamente desconectada de las interacciones entre un
hombre y una mujer. También he leído sobre eso.
La noche de bodas.
Algunas son dulces, otras intensas, y algunas incómodas.
Esto podría ir de cualquier manera, pero yo me inclino por incómoda.
Por eso, apenas entramos en la gran suite con esa enorme cama en
medio, mis nervios me ganaron y solté un dato que hizo que mi rostro se
enrojeciera y me dieran ganas de esconderme bajo las sábanas de la
vergüenza.
—Se espera que los recién casados consuman su matrimonio sobre una
sábana blanca, mientras familiares ansiosos esperan cerca. ¿Sabías eso?
Y como no puedo controlar mi boca, lo empeoro:
—En cuanto termina el acto, las sábanas se entregan para inspección. Si
están lo suficientemente manchadas de sangre, los familiares eufóricos las
pasean para mostrarlas a los demás.
La vergüenza me invade cuando un silencio — largo — se instala entre
nosotros.
Me aparto de Riagan y miro alrededor, buscando una salida, pero no hay
ninguna, excepto la puerta principal que él está bloqueando.
Ah, maldita sea.
Por eso algunas personas me consideran rara.
Pero no mi nuevo esposo. Él lo demuestra al instante siguiente.
—La prueba de virginidad ocurre en muchas culturas, sí. Es una
tradición común. Arcaica, pero común.
Siento que mi alma vuelve a mi cuerpo cuando finalmente habla.
Aun así, no me doy la vuelta, demasiado avergonzada por lo que debe
estar pensando ahora.
—Mila, por favor, mírame.
Cierro los ojos y respiro profundo para calmar los nervios. Este es
Riagan. No me ha obligado a hacer nada que no quiera. Ni una sola vez.
Pero, ¿quiero? Esa es la pregunta.
Nunca sentí atracción sexual antes. En un momento pensé que podría
ser asexual, porque sí encontraba atractivos a los hombres, pero no lo
suficiente como para fantasear con ellos o desear estar con ellos en la cama.
Hasta él.
Supongo que el problema no era mío, sino que Riagan me faltaba en la
vida.
Al darme vuelta, me encuentro cara a cara con su pecho firme. Se veía
tan apuesto esperándome en el gazebo, con pantalones de vestir negros y
una camisa de seda a juego, mangas arremangadas que dejaban ver sus
tatuajes intrincados.
Pero lo que lo hacía aún más atractivo era la sonrisa sutil que no había
abandonado su rostro en todo el día.
Sintiendo sus dedos suaves en mi barbilla, Riagan inclina mi cara para
que lo mire. Encuentro esos grandes ojos azules mirándome con la misma
ternura de siempre. Siempre tiernos, nunca duros, pero intensos.
—No hay necesidad de estar nerviosa. ¿Nosotros? —hace un gesto entre
los dos— No somos convencionales, ¿estás de acuerdo? No haré nada que
no quieras. Nunca. —promete— Lo sabes, ¿verdad?
Sonriendo, le respondo:
—Lo sé.
Y es verdad.
Me encantan los datos.
Disfruto recopilar información.
Y hasta ahora, él no me ha dado ni una sola razón para dudar de él.
—Además, esas tonterías no tienen lugar en esta familia —murmura, y
me encuentro mirando su mejilla con barba, ya sin sentir vergüenza. Eso me
pasa con él.
Puedo ser yo misma a su lado, sin preocuparme por ser perfecta o por
las expectativas de la sociedad. Sí, me pongo nerviosa, pero no porque
tenga miedo de que me juzgue, sino porque quiero que le guste.
Él nunca juzga ni me hace sentir insuficiente. No es como nadie más.
Casi demasiado bueno para ser verdad.
—¿Quieres otro dato? —pregunta en voz baja, con una voz cálida y
suave, como un abrazo que podría borrar todas tus preocupaciones.
—¿Qué tipo? —respondo exhalando.
—Otro dato —dice, mientras traza el puente de mi nariz con su dedo
tatuado y luego baja hasta mi labio superior.
Su toque suave hace que un calor suba desde mi cuello hasta mis
mejillas.
—¿Sabías que el Síndrome de Estocolmo tomó su nombre de un robo a
un banco en Norrmalmstorg, Estocolmo, Suecia, en 1973? —digo, y mi
pequeño dato curioso queda seguido por un silencio… otra vez.
Entonces lo hace.
Mi cosa favorita en el mundo ahora mismo:
Se ríe.
—¿Quieres decirme algo, cariño?
Asiento y levanto la mano hacia su pecho, intentando sostener su
mirada.
—Sí.
—Entonces dime.
—No sufro de Síndrome de Estocolmo —le digo, sintiendo su pecho
expandirse y su corazón latir más fuerte. Sonrío suavemente y continúo—.
Lo que trato de decir es que te elijo a ti, Riagan. Te elegí en ese callejón, y
elegí estar aquí contigo hoy.
Noto que sus ojos brillan con algo que, después de estar con él, he
aprendido a reconocer: deseo. Sí, deseo, exactamente eso.
Su corazón se acelera y sus fosas nasales se ensanchan, pequeñas
señales que confirman mi teoría.
Me encanta cómo pequeñas mariposas cobran vida en mi estómago cada
vez que nuestras miradas se cruzan.
—Vamos a sacarte ese vestido para que puedas descansar. Ha sido un
día lleno de acontecimientos —susurra mientras se acerca. Su perfume llega
a mi nariz. Me encanta cómo huele. Masculino. Limpio. Fresco.
—¿Entonces, nada de sexo?, le pregunto.
—¿Quieres tener sexo?— Su voz me provoca emociones. Cosas que
nunca antes había sentido.
Pienso en su pregunta.
¿Quiero? Esa es la pregunta del millón. Tardo demasiado en responder,
así que estoy ocupada pensando en la mejor respuesta cuando me
interrumpe. —Date la vuelta.
Sin palabras, hago lo que dice porque me distrae. No puedo decirle todo
lo que siento. Cómo anhelo su contacto, pero tengo miedo. Tengo miedo de
que se decepcione por mi falta de experiencia.
Sí, es amable conmigo, pero sigue siendo un hombre.
Un hombre mayor que seguramente sabe exactamente lo que quiere en
la cama mientras que yo no sé nada.
¿Seré capaz de complacerlo?
Los nervios me dominan, así que intento reprimirlos y concentrarme en
él.
Sintiendo su aliento caliente en la nuca, me cuesta encontrar la siguiente
bocanada de aire.
Hay una larga pausa en la que juro que puedo oír nuestros corazones
latir con fuerza. Imposible, lo sé. Nada lógico.
Incapaz de soportar lo callado que está, giro la cara y lo miro. Estoy
segura de que los nervios se notan en mis ojos. —¿Pasa algo?, pregunto en
voz baja.
—Me dejas sin aliento. Exhala. Su voz es ronca y sensual.
Oscura y tentadora.
Igual que él.
Entonces, sin avisar, me baja el vestido lentamente. De espaldas a él,
estoy desnuda y solo tengo una ropa interior de encaje blanco puesto.
Estoy casi desnuda delante de él, y no es la primera vez.
Mi corazón late fuerte y mi respiración se acelera.
Siento la urgencia de tocarme el pecho, pero lo combato al sentir su
calor en mi espalda y su mirada fija en mí.
—Voy a tocarte. —Extiende la mano y toma mi cabeza. Contengo la
respiración. Qué dulce y extraño que recuerde cómo me pongo nerviosa
cuando alguien me toca ahí.
Es ese tipo de detalles pequeños que me revuelven el estómago y me
llenan el pecho.
Me giro, con el pecho al descubierto, y observo su hermoso rostro
durante un instante que se siente demasiado largo. Íntimo. Vulnerable. Pero
no me encogo ni siento ganas de esconderme como antes.
Entonces, se inclina y me da un beso simple en los labios. Me quedo
quieta. Pasa el pulgar por mi pómulo y repite el movimiento. Me ablando
contra él.
Su calor desaparece, lo veo girarse y caminar hacia un cajón. Lo abre y
saca un pantalón de chándal y una camiseta blanca. Me toma de la mano y
me lleva a la puerta del baño.
—Voy a limpiarme antes de dormir, sí. A lavar los gérmenes del día.
—No me importan tus gérmenes —le suelto.
—Me alegra saberlo, cariño.
—Necesito lavarme antes de acostarme. —Lo miro, luego la puerta del
baño.
Riagan se ríe. —Adelante. Estaré aquí cuando salgas.
Bien. Me preocupaba que se fuera. No quiero que lo haga.
—¿Todo bien? —susurro mientras giro el pomo y abro la puerta.
—Todo bien.
Paso exactamente quince minutos restregándome el cuerpo más de una
vez, eliminando toda la suciedad que pueda haber acumulado durante el día.
Nunca se sabe qué tipo de bacterias se pegan sin darte cuenta.
Los gérmenes son pequeños y sigilosos. Cuando termino, agarro la
toalla blanca, limpia y cálida colgada en la pared.
Tarareo con cierto desprecio mientras me envuelvo con ella.
Al salir del baño, me sorprendo al encontrar a Riagan sentado
tranquilamente al pie de la cama.
Esperó. No se fue.
Rodeé la cama y camino hacia él. Entonces, silenciosamente, tomó mis
manos entre las suyas, y ambos observamos cómo la toalla cae a mis pies.
Conteniendo la respiración, me siento orgullosa de no apartar la mirada
ni esconder la cara cuando me encuentro desnuda frente a él. ¿Le gusta lo
que ve?
Sí.
Me lo dijo en la playa, cuando le expuse mi pecho desnudo.
Lo observo en silencio mientras toma una camisa blanca y me la ayuda
a poner. Es curioso cómo, incluso sentado, es más alto que yo.
Cuando me pongo su camisa, se irguió, mostrándome lo alto que es. Me
besó la frente y se quedó ahí un momento.
—Buenas noches, mariposa. —Sus labios se separaron de mi frente y
retrocedió, listo para salir de la habitación.
Como un reflejo, le agarré la mano, impidiéndole irse. Centrándome en
su anillo de bodas, le pregunté:
—¿Te quedas conmigo?
Se quedó en silencio un segundo, luego apretó mi mano.
—Si es lo que quieres.
—Te lo estoy pidiendo, ¿verdad?
Se rió entre dientes, y las mariposas en mi estómago empezaron a bailar
al ritmo de su voz.
—Déjame ducharme y nos vemos en la cama.
Suspiré aliviada, asentí y lo observé mientras se dirigía al baño con el
chándal en la mano.
Diez minutos.
Tardó diez minutos en ducharse.
Los conté, sí.
Entonces salió del baño, solo con sus pantalones de chándal negros. Su
tatuaje quedaba a la vista y su cabello mojado estaba peinado hacia atrás.
Me dejó sin aliento. Pensé mientras se acercaba al baúl, se quitaba las
joyas y se giraba hacia mí.
Conté cada paso que dio hasta llegar a la cama.
—Hueles bien —susurré, jugando nerviosamente con uno de mis rizos.
Riagan sonrió antes de responder:
—Gracias, cariño.
Se metió rápidamente bajo las sábanas y me atrajo hacia su cuerpo.
Apoyé la cabeza en su pecho, justo donde él quería. Justo donde yo quería
estar.
Se siente natural.
Como si lo hubiéramos hecho un millón de veces.
Ahí estaba esa sensación de déjà vu otra vez.
—Riagan... —susurré, sintiendo su calor en la mejilla.
—¿Hum?
—Estoy muy feliz.
Hubo una larga pausa, una que me hizo dudar si había dicho algo malo,
pero mis nervios se calmaron cuando habló.
—Bien. Eso es todo lo que siempre querré.
Golpe. Golpe. Golpe. Mi corazón.
—Dulces sueños, esposa —susurró Riagan en mi cabello mientras me
besaba la cabeza.
Desmayo.
Con mi oído pegado a su pecho, me duermo al ritmo de su corazón, y ni
una sola pesadilla me atormenta mientras estoy en sus brazos.
Ni una.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“Ahora eres mi giro argumental favorito. Mi
capítulo favorito. Mi historia favorita. Simplemente…
mi todo favorito.”
Sra. O’ Sullivan
MILA
“Guarda todos tus bailes para mí.” — R
C uando tenía diez años, pasé meses sin hablar con nadie que no fueran
mis hermanas. En casa, todos me ignoraban, por orden de mi padre.
—Si ella no habla, no le hablen —había dicho.
Lo que nadie entendía era que yo me mantenía al margen, invisible, para
proteger a mis hermanas de salir heridas. No es que no quisiera hablar,
simplemente no podía obligarme a hacerlo; tenía demasiado miedo de las
consecuencias.
Papá fue quien me inculcó ese miedo, no solo con sus puños, sino
también humillándome y señalando mis defectos delante de cualquiera que
quisiera escucharlo.
Así que pasaba cada momento despierta escondida dentro de cuatro
paredes, porque lo que me esperaba fuera de mi habitación era demasiado
aterrador y doloroso, tanto para mí como para mis hermanas.
Solo podía salir de mi cuarto cuando mis padres no estaban, pero aun
así sus guardias estaban por todas partes, igual de temibles que él.
No es que me perdiera de mucho, en realidad no. La mansión Parisi
nunca se sintió como un hogar para mí ni para mis hermanas. Más bien
parecía una jaula, destinada no solo a encerrarnos, sino a degradarnos, a
hacernos sentir menos que humanas, más como posesiones.
Nunca se sintió así la casa de Riagan. Cálida, acogedora, y puedo sentir
claramente el amor y respeto que le tengo. Eso también es nuevo para mí.
Los hombres de mi padre solo lo seguían por miedo, pero los hombres
de Riagan lo hacen por lealtad.
El sonido lejano de los ladridos de Bruno me roba la atención mientras
bajo las escaleras.
Después de dormirme en sus brazos anoche, escuchando el latido fuerte
de su corazón, esta mañana desperté sola. Excepto por una flor —la favorita
de Riagan— y una nota amarilla adhesiva en su lado de la cama.
No pude evitar sonreír al leer que había escrito un dato curioso sobre los
camarones y dónde está su corazón. Un dato que ya sabía, pero agradecí su
esfuerzo.
Me hizo feliz saber que él intenta no solo entenderme, sino disfrutar de
las mismas cosas que yo, aunque seamos tan diferentes.
También escribió que estaría fuera la mitad del día por negocios, pero
que me vería más tarde.
No sé a qué negocios se refería. ¿A matar a los malos o a sus otros
negocios legales?
No le di muchas vueltas y guardé la nota en una caja de música que
estaba en el tocador de la habitación.
Algo en esa nota me resultaba familiar, pero no lograba identificar qué
era.
Normalmente, no saber algo me molestaría hasta tener una respuesta,
pero no hoy.
Hoy sonrío más de lo que lo había hecho en mucho tiempo y me
concentro en la alegría que siento en el pecho, queriendo saborearla y no
dejarla ir.
En casa, siempre trataba de ver el lado positivo al despertar. Tenía a mis
hermanas, estaba sana, ¿qué importaba si mi felicidad era efímera? Otras
personas tenían problemas reales: enfermedad, pobreza, algunos sin hogar.
Yo tenía un techo sobre mi cabeza, así que debía estar agradecida, ¿no?
Me recordaba todo lo que tenía y sonreía, incluso cuando era forzado,
incluso cuando sonreír dolía.
Pero no hoy. Hoy desperté sola en la cama y sonreí de verdad, sin que
doliera ni una sola vez. Mi sonrisa no era fingida; era genuina, como todas
desde que él apareció.
Decir que estaba viviendo un cuento de hadas sería quedarse corto. Me
sentía cálida, protegida y, por primera vez en muchísimo tiempo, feliz.
Realmente feliz, de todo corazón.
Era una sensación extraña. Esperaba que algo malo sucediera, que algo
saliera mal. Pero no fue así.
Estaba feliz. Era como estar en otro universo.
Después de despertarme, me di una ducha y fui en busca de ropa.
Iba a ponerme uno de los vestidos veraniegos que Riagan había
empacado para mí desde la casa de la playa, pero al entrar al vestidor me
sorprendió lo que vi.
Un lado era todo suyo: su ropa y sus zapatos.
Luego, el otro lado, supuse que era mío. Había filas interminables de
zapatos, desde tacones hasta tenis, la mayoría blancos y sin diseños.
Sonreí al ver eso. Él recuerda que me gusta pintarlos.
Había una sección con gorras de béisbol de todos los colores.
Nadie había hecho algo así por mí, excepto mi hermana Kadra. Fuera de
ella, nadie había prestado atención a mis gustos y rarezas. Él sí lo hace, y
me mima.
Me sorprendió gratamente notar todo tipo de vestidos, desde elegantes
hasta bohemios, todos hermosamente únicos.
Lo que hizo que mi corazón diera un salto fue lo ordenado que estaba el
vestidor. Ni suciedad ni desorden. Cada prenda estaba perfectamente
coordinada por colores.
Una vez me burlaron por mi aversión a los gérmenes y mi TOC. Me
ridiculizaron. Pero no aquí. No con él.
Así que, después de vestirme con un sencillo vestido rosa floral de
mangas abullonadas, bajé las escaleras en busca de un rostro conocido.
Ayer no tuve oportunidad de explorar el resto de la casa de Riagan, pero
sí noté que era enorme. Mi primera impresión fue de asombro.
Su casa no solo es grande, sino hermosa, salvo por esas malditas
paredes blancas.
Me dirigí a la cocina, y una emoción nerviosa y alegre vibraba dentro de
mí.
La cocina es mi parte favorita de la casa. Siempre lo ha sido. No me
decepciona encontrar una cocina parecida a las que he visto en el canal de
cocina, con todos esos utensilios modernos.
—Dijo que te encontraría aquí a primera hora —una voz demasiado
animada suena a mi derecha justo cuando dos mujeres —miembros del
personal— salen corriendo tras un rápido saludo.
Maeve está sentada en la barra con una laptop frente a ella y un tazón de
cereal.
—Hola —saludo torpemente mientras avanzo hacia la cocina.
—Hola —sonríe—. ¿Tienes hambre? El chef preparó un plato para ti.
Déjame calentarlo. Siéntate.
—Puedo hacerlo yo.
—Lo sé —Maeve asiente.
Al darme cuenta de que no me dejará servirme sola, me siento junto a
ella y la observo calentar el plato, luego colocarlo frente a mí. Huele
delicioso.
Muffins de huevo con salchicha y queso para el desayuno. Delicioso.
Uno de mis tres platillos favoritos.
—Gracias, Maeve —le susurro.
—De nada, Mila —dice dulcemente, acomodándose en su asiento.
Me siento agradecida de que vuelva a su computadora antes de que
entrara. Encontrar puntos en común con extraños es difícil y a veces
estresante, pero con esta chica no se siente así. Ella también se siente
cómoda en el silencio, igual que yo.
Cuando termino de comer, llevo el plato al fregadero. Al abrir el grifo,
Maeve dice:
—Para eso hay gente, cariño.
—Lo sé —igualmente limpio mi plato—. Pero tengo dos manos y
funcionan perfectamente.
Después de decirlo, me doy cuenta de que puedo sonar grosera. Maeve
se ríe.
—Ya veo por qué no puede tener suficiente de ti.
Se refiere a Riagan.
Mis mejillas se enrojecen y las mariposas en mi estómago revolotean
solo con escuchar su nombre.
—¿Lo conoces desde hace mucho? —pregunto, tomando una servilleta
para secarme las manos y caminando hacia la barra.
—Diez años —Maeve responde encogiéndose de hombros.
Es mucho tiempo. Tiempo suficiente para formar lazos para toda la
vida.
—¿Ustedes… —no termino la frase porque ella me interrumpe.
—¿Qué? ¿Salir? ¿Tener sexo? Dios, no. Sin ofender, pero el jefe no es
mi tipo.
Le pregunté lo que tenía en mente desde que la conocí y ahora me
siento tonta. ¿Me habrá tomado por celosa? Mirando hacia otro lado, hablo
de nuevo:
—No quise entrometerme.
—Es una pregunta válida —hace una pausa—. Su padre, Cathan. Él…
él te salvó—
—Sol —una voz imponente nos sobresalta y corta lo que iba a decir.
Una voz familiar: Gus.
Gus con un ligero acento irlandés, que había ocultado bien todos estos
años. El sigiloso.
Apartándome de Maeve, fijo la mirada en Gus, o mejor dicho Bain, que
es su nombre legal y no el falso que usó durante años mientras trabajaba
encubierto para Riagan.
—Sol… —dice en voz baja, con los ojos llenos de remordimiento.
—Ah, les daré un poco de privacidad —Maeve nota el cambio en la
atmósfera y decide marcharse—. Sé buena, cara de culo —le dice a mi
amigo por encima del hombro mientras sale.
—Siempre soy jodidamente amable con mi chica favorita —responde
Bain con picardía.
Cuando Maeve se ha ido, concentro mi mirada en mi amigo, que está a
unos pasos de mí, luciendo fuerte, saludable y preocupado.
Podría molestarlo un poco, pero decido no hacerlo. La vida es
demasiado corta para guardar rencores, eso lo aprendí.
Me acerco y lo abrazo fuerte, luego me aparto y le doy un puñetazo en
el brazo, pero ni se inmuta.
—Me lo merezco.
—Sí, lo mereces —le reprocho—. Mentiste, y los amigos no se mienten.
Hace una mueca.
—No tuve opción, princesa. Tú eras y sigues siendo mi deber.
Entiendo el deber. También entiendo que no pudo decirme quién era ni
qué hacía todos esos años a mi lado. Es leal a su jefe, y eso es admirable.
Lo abrazo de nuevo y susurro:
—Me alegra que estés a salvo, Bain.
Lo llamo por su nombre. Prefiero eso a Augustus, que nunca me pareció
suyo.
—Es tan jodidamente bueno verte, niña. Tan jodidamente bueno —
exhala.
Yo siento lo mismo. Sabía que estaba a salvo. Riagan lo había dicho,
pero una parte de mí se sentía culpable porque él estuvo en peligro por mi
culpa. Podría haber salido herido, o peor, muerto, por estar conmigo ese día.
Una lágrima se escapa mientras me abraza.
—Eh, no llores. Sabes que las mujeres lloronas me ponen nervioso. —
tiembla y me hace reír.
Lo miro y sonrío entre lágrimas borrosas. Está a salvo y, aunque mintió,
sigue siendo mi amigo.
—Quiero saberlo todo —le digo, entrecerrando los ojos desde el borde
de mi gorra—. Y que no se te escape nada.
Quiero entender cómo terminó trabajando para mi padre y cómo logró
engañar a mi hermana. Más que eso… quiero saber por qué Riagan puso a
uno de sus hombres leales dentro de mi familia.
—Los amigos no tienen secretos, ¿recuerdas?
Si tenía intención de ocultar algo, se disuelve cuando sus ojos se
suavizan. He visto lo que puede hacer con sus propias manos, pero nunca
me ha hecho temer por mi vida ni me ha hecho sentir amenazada. Nunca
cruzó límites y siempre se aseguró de que estuviera bien, incluso cuando
aún vivía en el infierno que mi familia creó.
Asintiendo, Bain me ofrece su dedo meñique, un gesto que hacemos
porque sabe de mi aversión al contacto no deseado. Sosteniendo su dedo
grueso, me dejo guiar fuera de la cocina y hacia la parte trasera de la
mansión.
Saludo con la mano, aunque dudosa, al primer guardia que veo. Es un
hábito mío desde niña, cuando apenas podía salir de mi habitación. La
diferencia es que ninguno de los hombres que trabajaban para mi padre me
reconocía, pero el hombre alto y musculoso que está de guardia en la puerta
trasera me responde con un sutil asentimiento y una pequeña sonrisa.
¡Guau! Estos tipos no se parecen a ningún delincuente que haya
conocido.
—Señora Sullivan.
—Oh —me sonrojo—. No necesariamente. Mila está bien.
—Si quiero vivir lo suficiente para ver a mis nietos, más vale que no,
señora.
—Bueno…
—Qué buena idea, Pauly —dice Bain al guardia antes de abrir la puerta
de cristal que da al patio y hacerse a un lado para que yo pase primero.
—No entiendo —murmuro—. ¿Por qué no me llama por mi nombre y
por qué le preocupa no vivir para ver a sus nietos? No tiene sentido.
—El jefe es un psicópata.
—Eso no está bien, Bain. —Me doy la vuelta bruscamente y lo miro
fijamente—. Sobre todo cuando no está aquí para defenderse. Ponerle
apodos a las personas a sus espaldas es de mala educación y… cruel.
Bain sonríe.
—Lo llamo así por cariño, cielo, igual que él me llama cara de maricón,
cabrón, incordio y una pérdida de… —Levanto la mano para detenerlo—.
—Ahora lo entiendo. Están todos locos.
Bain se ríe entre dientes.
—Bueno, mira eso… hiciste una broma. ¿En serio? No intentaba ser
gracioso, solo dije lo primero que me vino a la mente después de que se
pusiera a desahogarse con un sinfín de obscenidades. Los hombres no te
llamarán de otra forma que “Sra. O'Sullivan” porque eso es lo que eres para
ellos ahora: la esposa del padrino de esta ciudad —dice Bain mientras cierra
la puerta corredera tras él—. Además, el jefe les ordenó que te trataran con
respeto o los ahogaría en la piscina de atrás.
—Oh… —murmuro.
—Te acostumbrarás a nuestras locuras, pero escucha esto, cielo. —Da
un paso hacia mí, mirándome fijo—. No hay lugar más seguro que aquí,
con nosotros. Yo, esos hombres que vigilan cada rincón de este lugar, el
jefe… Todos arriesgaríamos nuestras vidas por ti.
—¿Por qué? —pregunto, sorprendida por tanta devoción.
Sabía que Bain siempre estaría ahí para mí. Lo demostró una y otra vez
en el pasado, allá en Detroit, pero aquí se siente diferente, más intenso.
Quizás porque puede ser él mismo, está en su territorio, con su gente.
Bain me gira suavemente, alejándome de él, hasta que miro hacia
adelante. Su tacto no me incomoda.
—Porque eres su corazón.
Cuando estoy completamente girada, me quedo sin aliento ante una
vista impresionante.
A pocos metros de nosotros, un enorme sauce se alza en medio del
jardín con un columpio. Luces de colores adornan las hojas y la cuerda del
columpio. Me pregunto cómo se verá de noche, iluminado, dando vida al
árbol.
Radiante, me doy una palmada bajo la barbilla, casi saltando de la
emoción por verlo de cerca.
Sauces y jardines mágicos.
—¿Cómo lo hace siempre? —me dirijo lentamente hacia el árbol con
Bain detrás.
—¿Hacer qué?
—Sorprenderme.
Llego al columpio y me siento rápidamente.
El aire es cálido y el sol brilla con fuerza.
El clima perfecto.
La mañana perfecta.
La vista perfecta.
Últimamente, todo me parece perfecto.
—Un hombre enamorado hace eso, o eso es lo que me han dicho.
Mirando por encima del hombro a Bain, le pregunto:
—¿Crees que me ama?
—No lo creo… —Mi corazón se detiene, y no de buena manera. Pero
entonces Bain vuelve a hablar—: Lo sé.
—¿Cómo? —susurro, sintiéndome vulnerable—. ¿Cómo lo sabes?
Porque ese cabrón ha sido un hijo de puta malhumorado y desalmado
desde que lo conozco, y una noche se me acercó y no parecía tan frío ni tan
desconectado. Pensé que estaba pasando por una crisis de la mediana edad o
algo así, hasta que me encargó una tarea.
Escucho atentamente.
Me pidió que no solo cuidara a una chica de una familia que él
despreciaba, sino que la hiciera reír y que siempre fuera amable. ¿Te lo
puedes creer? Yo no. No del hombre que sacaría su pistola si lo miraras
mal.
Bain hace una pausa larga y luego añade:
—Siempre quiso lo mejor para ti y para el sol. Incluso yo sé que eso es
amor.
Me tomo un segundo para procesar sus palabras y dejarlas hundirse en
mi corazón.
Amor.
Qué sensación tan extraña y hermosa.
Yo era solo una chica cuando lo conocí, y él un hombre difícil de
olvidar. Al parecer, él sentía lo mismo, porque con solo un encuentro, sintió
la necesidad de protegerme de la única manera posible.
Pienso en el amor y en lo fácil que es notar las pequeñas cosas que hace
la otra persona.
Me doy cuenta de que no ha tocado un solo cigarrillo desde que
llegamos a las islas.
¿Lo hizo por… mí?
—Bain.
—¿Sí, cariño?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por protegerme todos estos años y por ser mi amigo.
—No tienes que agradecerme nunca, chica. —Se pone detrás de mí y
empuja el columpio lentamente—. Siempre ha sido y siempre será un puto
placer.
Sonrío mientras me agarro fuerte a las cuerdas.
Se oye un ping detrás de mí: su teléfono.
—¿Vas a ducharte y arreglarte, cariño? —dice, deteniendo el columpio.
Plantando los pies en el césped, me giro para mirarlo.
—¿Por qué? —pregunto.
Una sonrisa se apodera de su rostro antes de decir:
—El jefe tiene una sorpresa para ti.
¿Una sorpresa?
Mi cuerpo vibra de emoción.
Antes las sorpresas no significaban mucho para mí, pero ahora todo es
diferente.
Él es diferente.
Antes de volver a la mansión, miro el enorme árbol y me pregunto
cómo lo supo. Soñé con un lugar como este para mí. Un lugar donde poder
escapar cuando el mundo se volviera demasiado ruidoso.
El árbol.
El columpio.
Todo.
Nadie lo sabía.
Ni siquiera mis hermanas.
Todos los deseos de mi corazón estaban escritos en cartas.
Cartas que envié a una sola persona.
Pero no podía ser, ¿verdad?
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
“Soñé con ella incluso cuando no sabía que existía.
Siempre estuvo ahí. Como el sol. Como la luna. Como
todas las estrellas en la noche.”
Cita Romántica
MILA
“Se que sientes lo mismo.” — R
—¿Q ué tal este? —me doy vuelta del estante de fantasía y
encuentro a Riagan con una sonrisa ladeada, sosteniendo un
libro con un alien azul medio desnudo y tentáculos en lugar
de pies.
Uh-oh.
Encontró la sección picante.
Me sonrojo al notar a un pequeño grupo de mujeres no muy lejos,
riendo mientras observan al gigante tatuado dentro de esta acogedora
librería. Desde que entramos, todas las miradas han estado sobre nosotros.
Bueno, sobre él. Riagan no solo es tan alto como las estanterías, sino que
parece sacado de una de esas portadas de novela romántica que aquí
venden.
Cuando Bain me dijo que Riagan tenía una sorpresa para mí, nunca
imaginé que sería traerme a una librería. Y, honestamente, me emocionó
más de lo que esperaba. Este lugar se siente como un refugio, como un
pequeño hogar, y lo curioso es que… nunca antes había pisado una librería.
Siempre descargaba los libros en mi lector o los pedía por internet. Nunca
había vivido la experiencia de caminar entre estantes, hojear títulos,
perderme entre historias.
—Por tercera vez, Riagan —digo, conteniendo la risa mientras abrazo
los cinco libros que ya escogí—, no me gustan los romances alienígenas.
No es que tenga algo en contra del género, lo intenté una vez, pero no
logré engancharme. Me considero lógica, y la idea de una criatura azul con
tentáculos que secuestra a su heroína humana simplemente me parecía
demasiado absurda. Aunque… enamorarme de un mafioso tampoco estaba
en mis planes, y aquí estamos.
—La chica de la caja dijo que están de moda —responde, abriendo el
libro—. “Bárbaros Rebeldes” de Mary Pines. El rey del planeta Rogue llega
a la Tierra buscando una humana con quien procrear…
Frunce los labios, tratando de mantener la seriedad mientras continúa:
—El feo cabrón la secuestra y le muestra un buen rato fuera del planeta.
Muy kinky.
Mueve las cejas de forma exagerada y no puedo evitar reírme. Esta
conversación debe sonar completamente ridícula para cualquiera que nos
escuche.
—Estás loco —digo entre risas, apretando los libros contra mi pecho.
Sus ojos azules se clavan en los míos, suaves y brillantes.
—Loco por ti.
Toc, toc, toc.
Mi corazón.
Se me hace difícil respirar cuando me mira así y dice cosas que
desarman mi mundo entero. Me hace sentir tantas cosas que, a veces,
también me asusta. Pierdo el hilo de lo que iba a decir, la capacidad de
formar una oración coherente… y eso me frustra. Porque quiero decirle
tantas cosas, pero tengo miedo. Miedo de que si digo lo incorrecto, él
también pueda volverse contra mí, como otros lo hicieron en el pasado.
Así que, en lugar de expresar lo que realmente siento, elijo lo seguro, lo
educado:
—Gracias por este día… y por mis libros —digo, apretando los nuevos
tesoros contra mi pecho y tratando de esconder lo mucho que me conmueve
todo esto.
“Díselo…” susurra esa vocecita dentro de mí.
Pero cuando veo que algunas mujeres siguen cerca, escuchando, me
acobardo.
—¿Eres feliz, Mila? —pregunta él, con esa voz suave que corta todo
ruido a mi alrededor.
Levanto la vista. Dios, ¿algún día dejaré de quedarme sin aliento al
mirarlo? Es guapo, sí, pero para mí es mucho más. Es hermoso. En todos
los sentidos.
Miro alrededor de la librería. Mi corazón zumba de felicidad.
Sí, lo soy.
Este lugar no es solo una tienda, es una experiencia. Las paredes están
pintadas con tonos cálidos, hay alfombras suaves, sillas mullidas… y
aunque no tomo café, el olor me encanta. Incluso el polvo en los estantes
me parece tolerable hoy. Y eso lo dice alguien que normalmente no puede
soportarlo.
Así de feliz me siento.
Así de feliz me hace sentir él.
Mi esposo.
—Estoy muy feliz —digo al fin, sonriendo tímidamente.
Él se inclina hacia mí y, con ternura, enreda un mechón de mi cabello en
su dedo.
—Bien, bebé. Ahora escoge algunos más para llevar a casa.
—¿Más? —mis ojos se agrandan—. Estos ya son más que suficientes.
Tengo una pila esperando en casa.
—Nah —dice, quitándome los libros con una sonrisa—. Nunca son
suficientes.
Camina hacia el mostrador donde Hailey, la dueña, está ocupada. Lo
observo desde donde estoy. Lo veo susurrarle algo y luego ella abre los ojos
con sorpresa antes de mirarme. Bajo la vista rápidamente, enfocándome en
los tatuajes en su nuca.
Diez minutos después, Hailey y otras dos empleadas regresan con cinco
bolsas llenas de libros. Riagan toma cuatro, y la última me la entrega ella.
—Eres una chica con suerte —me dice con una sonrisa amable.
—¿Puedo preguntar qué pidió? —pregunto, mirando por encima de su
hombro a Riagan, que sigue en la sección de romance fantástico.
—Nos pidió todos los libros de romance populares ahora, y algunos de
nuestros favoritos personales —responde—. Espero que los disfrutes,
cariño.
Me sonríe antes de añadir, con un guiño:
—Él está realmente loco por ti.
Sostengo mis nuevos libros como si fueran bebés. Miro a Riagan
mientras regresa a mi lado.
—¿Qué pasa? —pregunta con el ceño fruncido. Sus ojos se oscurecen,
preocupado.
Cree que Hailey me ha dicho algo que me molestó.
Y aunque no debería, me gusta su reacción.
Ese instinto de protegerme, de estar listo para defenderme de
cualquiera.
Antes de que haga algo impulsivo, hablo:
—Nada. Es solo que... —me acomodo el sombrero que él me dio,
mirándolo. Tan rudo. Tan hermoso. Con cuatro bolsas rosadas llenas de
libros en sus brazos.
Y pienso: la señora tenía razón. Soy afortunada.
Mucho.
—Este es el mejor día de mi vida —digo de pronto, con una emoción
tan sincera que me sorprende.
Y lo es. Porque no se trata solo de libros. Se trata de que él buscó algo
que me hiciera feliz, y lo hizo suyo también.
Debo encontrar algo que él ame, para compartirlo juntos.
Él se acerca, besa la cima de mi cabeza y se queda ahí un buen rato.
Mi corazón se desborda.
Luego se aleja y me dedica una de esas sonrisas que detienen el tiempo.
—Esto aún no termina.
Toma mi mano, mostrándoselo al mundo, mientras me guía hacia la
salida.
Y me doy cuenta de algo: tomarse de la mano puede parecer trivial,
pero con él, se siente monumental. En ese gesto hay pertenencia, hay
promesa.
Soy suya.
Y él es mío.
—Tenemos una parada más —dice.
E STO NO PUEDE ESTAR PASANDO … no aquí, en público.
Debería haberlo sabido. Riagan no es un hombre que se avergüence de
nada, y mucho menos de leer libros subidos de tono.
—¡Oh, no! —digo entre risas. Dios, este hombre siempre logra hacerme
sonreír—. ¡No puedes leer eso aquí!
Estamos en un restaurante japonés.
Después de salir de la librería, me llevó a recorrer tiendas de segunda
mano. Jamás pensé que podría ser tan divertido. Encontré varios objetos
vintage y algunos cristales para mi colección. Incluso elegí algunos para
regalarle a mis hermanas cuando las vuelva a ver.
Me conmueve cómo Riagan se esfuerza en conectar conmigo a través de
los pequeños detalles, recordando las cosas que amo, como los libros, lo
antiguo, lo único. Está claro que planeó esta cita con mucho cuidado: desde
la librería, pasando por las tiendas de segunda mano, hasta este restaurante.
Se llama Hana Sushi Bar y tiene un ambiente tranquilo y acogedor.
Tatamis cómodos, iluminación suave y un diseño minimalista que invita a la
intimidad.
—¿Por qué no? —pregunta con total seriedad mientras sostiene uno de
los libros más provocativos que compramos—. Quiero ampliar mis
conocimientos sobre la mente femenina.
Se recuesta en el asiento frente a mí con una expresión casi académica.
Cuando el camarero llegó a tomar nuestra orden, Riagan pidió whisky, y yo
opté por una bebida afrutada sin alcohol.
Ahora esperamos la comida, y yo intento no morir de la risa mientras él
hojea sin vergüenza un libro que claramente no fue hecho para leerse en
público.
A veces, soy una criatura de hábitos. Me gusta lo predecible, lo familiar.
En cambio, mi esposo es todo lo contrario. Es del tipo de hombre que vive
el momento y se deja llevar por la corriente, sin necesidad de planes o
rutinas.
Esta noche, decidí intentar algo diferente. Quise salir de mi zona de
confort y ser un poco más como él.
En lugar de mis habituales California rolls, pedí onigiri, esas
tradicionales bolas de arroz japonesas. Elegí el relleno de pollo teriyaki
porque no estaba segura de qué tan bien me llevaría con el sabor del alga
marina sazonada. Riagan, por su parte, pidió tonkatsu: chuletas de cerdo
empanizadas, servidas con una salsa a base de frutas y verduras,
acompañadas de repollo rallado y hojas verdes crujientes.
En algún momento me perdí en mis pensamientos y dejé de escucharlo
por un segundo. Cuando volví a concentrarme, lo vi hojeando uno de los
libros que me compró, completamente despreocupado por el lugar en el que
estábamos. Sabe perfectamente que la portada es provocativa —
probablemente la más atrevida de todas—, pero eso no le impide abrirlo ahí
mismo, en medio del restaurante.
La portada muestra a un hombre medio desnudo, con gafas de montura
negra, mientras una chica vestida con un uniforme escolar revelador se
aferra a sus pantalones como si estuviera suplicándole… bueno, puedes
imaginar el resto.
Mirando detrás de mí, noto a una familia con dos niños pequeños que
nos miran como si los hubiéramos ofendido. Dándoles la espalda, miro a
Riagan.
—¡Estás loco! —le susurro, pero aún sonrío—. Eso, eso... —hago una
pausa y continúo—. La gente pensará que estás leyendo porno.
Él gira el libro en la mano, luego lo levanta una vez.
—Estás admitiendo que lees porno —dice, levantando las cejas y con
diversión en los ojos.
Tuve que detenerme en ese punto.
Calor me sube por la espalda.
—Ah... —desvío la mirada hacia la sección de comedias románticas,
fingiendo interés—. Romance picante, sí. Pero ese que tienes es
simplemente raro. —Me río cuando él arquea las cejas con diversión—.
¿Por qué lo compraste?
—La premisa era muy... —hace una pausa, toma un sorbo de su bebida
y añade con total seriedad— cautivadora.
¿Cautivadora?
Estiro la mano y le quito el libro. Lo volteo para leer la sinopsis en voz
baja.
—La bebé del chupasangre... —lo miro, sin poder ocultar la
incredulidad—. ¿Una historia sobre un vampiro milenario y la madre mortal
de su bebé te parece cautivadora?
Reprimo una carcajada y le devuelvo el libro.
Él sonríe, listo para responder, pero su expresión cambia de repente. Sus
ojos se desvían hacia algo detrás de mí y se entrecierran con desconfianza.
—¿Qué pasa? —pregunto, girándome para ver qué mira. Me muevo tan
rápido que me doy un pequeño golpe contra la mesa, haciendo que su
bebida se derrame.
—Perdón —digo rápidamente, y me apresuro a limpiar con una
servilleta mientras él me observa en silencio.
Él me mira, toma la servilleta con calma y luego me guiña un ojo.
—¿Qué viste? —pregunto, echando otra mirada por encima del hombro.
—Creí ver a alguien mirándote, pero cuando volteé de nuevo, ya no
estaba —se encoge de hombros, aunque su expresión sigue atenta—.
Estabas riendo... probablemente se quedaron atrapados en la belleza de tu
sonrisa.
Tomo mi bebida y empiezo a jugar con la pajilla, intentando no
sonrojarme. Pero fracaso, como siempre.
Este hombre y sus cumplidos... Estoy segura de que podría hacer
sonrojar hasta al tipo más serio. Ha llegado al punto en que sus palabras no
solo me ruborizan, sino que las siento en lo más profundo.
—Eso es dulce —susurro—. Pero creo que estás ciego o algo así. Mi
sonrisa no es nada especial. Es... común.
Lo pienso de verdad. Me he visto sonreír, y no me parece nada fuera de
lo normal. Pero luego recuerdo cómo sus sonrisas pueden iluminar una
habitación y llenarme el estómago de mariposas.
¿Será igual para él cuando me mira así?
—Mariposa, no me escondas la mirada —dice Riagan mientras se
acerca. Me toma suavemente de la barbilla y levanta mi rostro para mirarme
mejor—. Es especial, sí. Tu sonrisa siempre tiene el poder de dejarme sin
aliento. ¿Y tu risa? —Niega con la cabeza, con una expresión llena de
ternura—. Esa maldita risa tuya la siento hasta los huesos. Es mi sonido
favorito, cariño. Así que sí, es jodidamente especial.
Las cosas que dice, la forma en que las dice y cómo me mira… me
hacen sentir que de verdad importo.
—Pero tú eres tú… te gusto, así que tienes que sentirte así. Arrugo la
nariz. —Pero estoy segura de que la gente normal no me ven así. De
pequeña, mi padre se enfadaba cuando me reía.
Sus ojos se oscurecen y una línea sombría se dibuja en su rostro. —Que
les den y a la zorra de tu padre, dice con voz áspera mientras noto que
agarra su bebida con tanta fuerza que creo que la romperá en cualquier
momento. —Ojalá pudieras verte como yo te veo. Como todos los hombres
de mi clan te ven. — señala. —No es solo tu bonita sonrisa y tu dulce risa.
Es cada maldita cosa de ti. Tienes todo ese pelo dorado y rizado y ese culo.
Todas esas malditas curvas que me vuelven loco con la necesidad de
recorrer cada giro de tu cuerpo. —No puedo apartar la mirada de él
mientras se inclina más cerca, como si susurrara un secreto. Quizás lo esté
haciendo. Quizás por fin me está diciendo las cosas que cree que soy
demasiado inocente y tengo miedo de oír. —Eres hermosa, y joder, eres un
sueño. Cada parte de ti me hace sentir como un adicto ansiando su próxima
dosis, desde tu dulce corazón hasta esos labios carnosos y rosados.
Señala mi boca con el dedo. Se me corta la respiración al sentir su roce
en los labios, y siento un ardor entre las piernas. Una sensación que solo
temo cuando estoy cerca de él.
Excitación.
Eso sí lo sé.
Me excito cuando me toca.
¡Rayos!, incluso cuando me mira como está haciendo ahora, siento que
me arde la piel.
Sus ojos se vuelven más intensos, casi ardientes, y me da un suave
golpecito en la nariz antes de decir:
—No hagas eso conmigo, ¿sí? No hables de ti como si no fueras
perfecta. No lo voy a tolerar.
Su mirada se fija en la mía, y por un momento, juro que el azul de sus
ojos se vuelve aún más profundo.
—Me haces sentir así.
Golpeo la mesa tres veces sin darme cuenta, siguiendo el ritmo de mi
corazón: firme y constante, ni muy rápido ni muy lento. —Me refiero a que
quiero sentirme perfecta —digo, esperando que diga algo, pero cuando no
responde y sólo me mira, empiezo a balbucear—. Nunca fui la hija ideal, ni
la chica perfecta. Siempre me vi como alguien simple y corriente, Mila.
Pero entonces llegaste tú, y me hiciste creer que soy más que mis
diferencias, más que la debilidad de Kadra y Arianna. Que no soy el mayor
fracaso de mi padre.
Mantengo la mirada fija en sus ojos un buen rato, orgullosa de que cada
día puedo sostenerla más tiempo. Sus ojos esta noche parecen más azules
que nunca, un azul cielo que se ha convertido en mi color favorito, el que
me alegra el corazón.
—Tú, Mila Areya Parisi, no eres ni debilidad ni fracaso —dice,
acercándose tanto que puedo sentir su aliento cálido en mi rostro—. Eres,
sin duda, mi mayor bendición. La que nunca vi venir, pero por la que estoy
más que agradecido.
Pum. Pum.
Siento que mi pecho va a estallar por sus palabras.
Nunca imaginé que esta sería mi vida, ni que un hombre como él
formaría parte de mis planes. Pero aquí está, robándome el aliento y
conquistando mi corazón.
Leer su expresión siempre ha sido un reto para mí, pero ahora, cuando
no habla, intento entenderla. Su mirada es intensa y temerosa, igual que
aquella noche en la playa cuando me mostré vulnerable ante él.
Necesidad. Eso es.
Es confuso porque parece que me desea, pero no insiste más allá de un
beso. ¿Me desea? Creo que sí, pero ¿por qué se reprime?
Justo cuando creo que va a besarme, el camarero interrumpe trayendo
nuestra comida.
El deseo por sus labios se desvanece momentáneamente cuando mi
estómago ruge al sentir el aroma delicioso que emite el plato frente a mí. El
suyo también luce apetitoso. Antes de irse, la camarera nos pone un bol con
galletas de la suerte.
—¿Es la primera vez que pruebas esto, mariposa? —pregunta Riagan.
He probado casi toda la gastronomía mundial, pero nunca esto ni las
galletas de la suerte. Soy una gourmet con limitaciones, pero tengo muchas
ganas de intentarlo. Sonrío radiante al ver el plato que nos separa.
—Entonces toma una —me dice, animándome a coger una galleta del
bol.
Lo hago.
—Tendremos que romperla para ver qué sorpresa trae —comento con
naturalidad.
—Sí, cariño.
Levanto la vista y lo veo mirándome fijamente. Deseo tener mi cámara
aquí para capturar esta felicidad eterna.
Riagan sonríe, rompe su galleta, y yo hago lo mismo.
Dentro hay un papelito que dice:
El amor de tu vida está ante tus ojos.
Lo leo y comparto una sonrisa cómplice. Tiempo divino. Suerte. Lo que
sea.
Nunca creí mucho en la suerte; siempre pensé que forjamos nuestro
propio destino. Pero quizá, a veces, el universo da un empujón.
Porque aquí está él, y yo soy la afortunada por tenerlo. Como amigo,
aliado, pero sobre todo, como mi persona. Mi persona favorita.
No lo vi venir. Es y siempre será mi sorpresa favorita.
—¿Estás feliz, Riagan? —pregunto, guardando discretamente el
papelito en el bolsillo de mi vestido.
—Nunca he sido más feliz, mariposa —responde, y esta vez me besa.
Suave. Tierno.
Temblor.
Y en ese instante, acepto una nueva realidad: estoy profundamente,
locamente enamorada de mi esposo.
Sabía que lo que sentía por él era algo más, algo que iba más allá de la
gratitud o la amistad.
Creía que era una mezcla de obsesión y agradecimiento, pero no.
Es amor. Un amor que se siente en la sangre. Un amor que se lleva en la
sangre.
Mensaje NO enviado de C
M
Sigo aquí.
Ya casi llega nuestro día.
- C
Su todo
MILA
“Quiero el mundo para ti. Todo el cabrón
mundo.” — R
M
ás tarde esa noche, mientras yacía en la cama con un gigante
dormido detrás de mí, abrazándome con la cabeza apoyada en mi
cuello, sentí una calma profunda que nunca antes había
experimentado, ni siquiera en los momentos en que me pierdo en las
aficiones que amo. Era mi lugar seguro.
Pero aquí con él, sintiendo sus fuertes brazos cubriéndome con su calor,
siento que no hay otro lugar en todo el mundo mejor. Ningún lugar donde
preferiría estar.
Dormir con Riagan... es diferente. Riagan es cálido y mimoso, duro y
ardiente, y no dejo de querer besarlo mientras dormía. Una vez me desperté
en mitad de la noche y encontré su mano bajo mi camisa, tocando mi pecho
desnudo. Al principio me sobresalté y me sentí un poco avergonzada, pero
luego me di cuenta de que estaba completamente dormido. Fue dulce que
extendiera la mano y me abrazara incluso cuando no estaba despierto. No lo
desperté, no. Dejé su mano allí. Se sentía agradable y cómodo. Ni siquiera
pensé en los gérmenes, no con él, y eso nunca me ha pasado con nadie más.
No cuando me abraza contra su pecho desnudo. Su pecho duro y
desnudo últimamente ha despertado una faceta de mí que desconocía. La
que anhela ser besada y tocada por él.
Todo en Riagan es increíblemente sexy. Su pecho y espalda musculosos
y tatuados, y su cuello grueso.
Sus labios carnosos y rosados.
Sus manos.
Dios, sus manos son fuertes y ásperas, pero se sienten como el cielo en
mi piel. Sentirlas tan cerca de mi estómago me está volviendo loca.
Su mano bajo las sábanas se acerca a mi zona pélvica mientras duerme.
Mi corazón se acelera y un calor me sube directamente al centro de mis
piernas. Aprieto las piernas para aliviar la sensación que de repente me ha
apretado el clítoris. Me late como un loco, y mis pezones son como
pequeños puntos de dolor contra mi camisón. Arrastro las piernas,
intentando aliviar el dolor, lo que hace que sus suaves ronquidos se
detuvieran momentáneamente antes de reanudarse con la misma suavidad.
He llegado a adorar oírlo roncar y sentir su calor en mi espalda.
¿El consuelo de saber que estaba ahí, incluso para protegerme mientras
dormía? Eso significaba todo para mí. Y él ni siquiera sabe que sólo con
estar cerca, esta matando a todos los demonios que mi padre me creo y
alejando todas las pesadillas.
Él es mi atrapasueños.
Me quedo ahí quieta, concentrada en apartar mis pensamientos de cómo
su mano en mi pelvis me calienta y me excita cada vez que habla,
sobresaltándome. —Tu respiración ha cambiado.
Descubierta.
—¿Q-qué?, tartamudeo, sintiéndome atrapada. Pensé que estaba
dormido.
—Tu respiración se ha acelerado y tu pecho sube y baja a un ritmo
acelerado, cariño. Hace una pausa, y juro que puedo oír los latidos de mi
corazón y sentir mis oídos ardiendo. —¿Estás excitada, verdad?Me mueve
para que pueda mirarlo. Cuando estoy completamente girada entre sus
brazos, lo encuentro con la cabeza sobre la palma de su mano y una mirada
intensa en su rostro. Su mano libre, la que hace un momento estaba
peligrosamente cerca de mi vagina, dibuja un círculo en la parte superior de
mi muslo. Entonces, me doy cuenta de que esta posición ha abierto aún más
mis muslos.
—No entiendo de qué hablas. Intento desviar el tema, sintiendo que mis
mejillas se enrojecen.
—Oh, creo que sí lo sabes, —sonríe. Sus dedos se deslizan entre mis
muslos y, con una suave presión en la palma, me los separa. Cierro la mano
sobre la suya cuando su nudillo roza mis labios. Y estoy cien por cien
segura de que están mojados y de que se ha dado cuenta. —¿Te duele el
coño, Mila?— Se ha dado cuenta.
Se me corta la respiración y se me queda la mente en blanco en cuanto
esa palabra sale de su boca. Me sorprende no por cómo me habla, sino
porque no me molesta en absoluto.
De hecho, su boca sucia me excita tanto como su roce en mi muslo.
Todo lo que hace me hace sentir cosas a las que no estoy acostumbrada,
pero a las que poco a poco me estoy volviendo adicta.
Sabiendo que no hay vuelta atrás, aunque no quiero, pienso en mis
opciones. Podría rehuir este momento o ceder a mis deseos y necesidades.
Y lo deseo muchísimo.
—Eres tan adorable cuando te ves así.
Me masajea la piel del muslo, y apenas puedo pensar en nada más que
en lo bien que se siente y en lo mejor que se sentiría si bajara la mano.
—¿Cómo?
Susurro, intentando respirar con más calma, pero fracasando
estrepitosamente.
Se me pone la piel de gallina cuando Riagan me deja un rastro de besos
en el cuello y luego me muerde el lóbulo de la oreja. ¡Guau! He leído un
montón de escenas picantes, y no soy del todo ajena a lo que ocurre entre
dos personas que se desean. La forma en que Riagan me toca y me besa me
hace sentir más que deseada. Me hace sentir como si este hombre se
muriera por tener más de mí. —Como si supieras exactamente lo que
quieres, pero te da vergüenza expresarlo.
Levanta la cabeza y me mira a los ojos antes de besarme la nariz
rápidamente y luego baja por mi cuerpo, manteniendo mi mirada cautiva.
—Riagan, ¿sabías que la felación se consideraba un delito grave en casi
todos los estados en 1950? Exclamo nerviosa y me estremezco al darme
cuenta de lo que acabo de decir. Esto definitivamente me quita el ánimo,
¿verdad? Ningún hombre quiere hablar durante las relaciones sexuales ni
oír datos raros. Pero entonces, como siempre, me recuerda que no es como
los demás. Mi esposo, el que ahora me mira con una amplia sonrisa,
interviene: —No conocía a ese bebé, pero eso es una putada.
Asiento con la cabeza. —No hace mucho, en 2014, doce estados —
Alabama, Florida, Idaho, Kansas, Luisiana, Michigan, Misisipi, Carolina
del Norte, Oklahoma, Carolina del Sur, Texas y Utah— aún tenían leyes
antifelación vigentes.
Observo cada movimiento, sin querer perderme nada. Intento
concentrarme solo en él y en lo que hace en lugar de darle poder a la
ansiedad que me invade y que me impide expresar lo que siento en este
momento con él entre mis piernas, tan cerca de una parte de mí a la que
ningún hombre ha estado tan cerca. Una parte que arde y anhela su
contacto.
Presiona sus labios contra la sábana de mi muslo, y puedo sentir el calor
de su aliento cuando dice: —Eres tan jodidamente bella, mariposa. Con
gusto cumpliría cadena perpetua por meterte la lengua en el coño.
Pego un salto. —¿Lo harías?
—Joder, sí.
Exhala antes de apartar las sábanas. Luego, con destreza, acomoda mi
cuerpo hasta que una de mis piernas queda sobre su hombro. —¿Sabías que
me muero por probar tu coño, Mila? Me pregunto si sabrá tan dulce como
tus labios?
Dobla el cuello y me pellizca por encima de las bragas.
—Riagan.
Protesté. Mi cuerpo se dobla y él coloca uno de sus brazos sobre mi
vientre, sujetándome.
—Shhh, susurra, pero puedo oír su risa. —¿Te gustó, amor? ¿Te gusta
que te muerda los labios?
—Sí.
Lo vuelve a hacer, pero esta vez aplana la lengua y me lame por encima
de las bragas. Es una sensación íntima y extraña.
—Sí quiero, digo con sinceridad. Me encanta. Quiero que lo vuelva a
hacer, así que le digo exactamente eso.
—Bien.
Me sonríe con picardía y el corazón me da un vuelco. —¿Puedo
comérmelo, cariño?
—¿Comerme...? Oh... ¿te refieres a mi vagina?
Su sonrisa se amplía a una sonrisa abierta. —Coño. Di coño.
La vergüenza me domina y trago saliva con dificultad. —¿Quieres
comerme el coño?"
—Buena chica.
Sus palmas me abren los muslos, y luego un dedo inquisitivo se desliza
por debajo de mis bragas. —Y sí, tengo muchísimas ganas, susurra. Siento
que desliza mis labios a un lado, dejándome desnuda. —Joder, qué bonito,
dice.
Entonces su boca me roza, y juro que veo estrellas. Pierdo por completo
cualquier reserva que tuviera sobre él haciendo esto. No es que tuviera
muchas, pero aun así. No pienso en mis miedos, mi falta de experiencia ni
mi aversión a los gérmenes.
Mi mente se queda en blanco y simplemente me permito sentir esto.
Sentir su lengua haciéndome cosas sucias.
Su lengua es perversa, maravillosa y absolutamente hábil. Lame mi
centro y succiona mi clítoris entre sus labios, donde sus dientes, lengua y
labios hacen locuras que jamás soñé posibles.
Cuando la sensación se vuelve insoportable, me aferro a sus antebrazos
al mismo tiempo que me mete un dedo.
Leí en alguna parte que algunas mujeres sienten molestias cuando les
insertan un dedo, y sí, se siente raro, pero no duele. —Joder, qué coño tan
bonito está apretado, murmura entre lamidas. Sus dedos hacen locuras en
mi vagina mientras sus labios hacen cosas maravillosamente perversas en
mi clítoris, y siento la intensa necesidad de antes, pero más intensa.
Entonces sus ojos azules se encuentran con los míos.
No sé si es su boca sobre mí, sus dedos dentro de mí o la mirada que me
dirige lo que me hace llegar al límite.
Me deshago, rompiendo mis dedos en su pelo y acercándolo a mí,
disfrutando de una ola de éxtasis que nunca antes había sentido. No me deja
mientras me desmayo, pero sus lamidas, tirones y empujones se vuelven
más suaves a medida que mi orgasmo se calma. Tiemblo y me estremezco
mientras me baja. Me recuesto y cierro los ojos.
No puedo creer que lo haya dejado hacer eso. Y ahora estoy
avergonzada.
Riagan baja el borde de mis bragas, cubriéndome suave y tiernamente, y
luego me besa la tela. El calor de su aliento me provoca una réplica, y mi
cuerpo se mece una última vez. Dios mío.
Riagan trepa por mi cuerpo, con cuidado de no aplastarme, hasta que
llega a mi boca. —Eso ha sido lo más caliente que he visto en mi vida. Mi
cara se llena de calor.
Se inclina hacia atrás y me besa. Es un beso largo y duro, y puedo sentir
mi sabor en su lengua. —Gracias, dice.
Debería estarle agradecida si pudiera hacer funcionar mi lengua. —¿Por
qué?
—Por confiar en mí. Por entregarte a mí y por dejarme saborear ese
coño tan bonito.
Toma mis labios con ternura antes de apartarse y sonreír. —Y tú sabes
igual, cariño. Dulce, como a cerezas.
Mis mejillas se sonrojan al comprender lo que quiere decir, pero
entonces mi vergüenza desaparece rápidamente cuando me suelta con la
intención de dormir a mi lado. Solo dormir. Nada de sexo.
No sé qué pasa ni qué me invade, pero no le doy demasiadas vueltas y
tomo las riendas agarrándolo del cuello y acercándolo más hasta que
nuestros labios se tocan.
Me di cuenta de que iba a tener que dar el primer paso.
Me estaba matando lentamente por dentro.
Entonces, un pensamiento me invade. Un pensamiento no deseado, pero
que me ha estado molestando y poco a poco haciéndome dudar de mí
misma. Es todo un hombre y mucho mayor. Claro, está acostumbrado a dar
más que unos cuantos besos y acostarse con una erección. No soy tan
ingenua. Noté su reacción al hacerme sexo oral. Lo excitó, pero decidió no
ir más allá.
Giro la cabeza, sintiendo que el corazón me latía con fuerza. —Riagan,
¿estás seguro de que soy lo que quieres? No soy como las demás mujeres.
No tengo expe… Me detengo ahí mismo, sin querer que su pasado ni el de
otras mujeres se interpusieran entre nosotros. Su pasado no tiene cabida
aquí.
Gruñe y se lleva el lóbulo de mi oreja a la boca para morderlo
suavemente.
Mi mano sube por su pecho y la presiono contra su corazón. Latía con
fuerza. —Lo siento si parece insegura. No lo soy. Es solo que, a veces, me
cuesta creer que tú… Me interrumpe agarrándome la nuca con fuerza. No es
suave, pero tampoco doloroso. Simplemente… perfecto.
—No quiero a nadie más. Tú eres todo lo que quiero. Luego,
lentamente, acerca mi rostro al suyo y me lame los labios. Sí, es cierto. —El
hecho de ser el primero y el último hombre que entrará en tu precioso coño
virgen me tiene empalmado, princesa. Me lame los labios antes de meterme
la lengua en la boca.
Abriendo la boca para él, me pego más a su cuerpo, sintiendo su
erección dura como el acero. Me desea.
Este hombre me desea de verdad, y se nota con su erección apretada
entre nosotros. Yo le hice eso.
Yo.
Mila, la normal.
Me incorporo, sintiendo cómo mi camisa vuelve a su lugar.
Mis pezones se endurecieron, y aunque sabía que no podía verlos,
sonreí de todos modos, recordando la expresión de su rostro el día que vio
mi pecho desnudo. La misma que lleva ahora.
Estoy aprendiendo a reconocer sus emociones y todas sus expresiones.
Es fácil con él.
Deseo.
Alegría.
Orgullo.
Amor.
He llegado a reconocerlas todas, y cada vez que se dirigen a mí.
Con el corazón en la mano, lo miro a los ojos un par de segundos. Más
de lo que estoy acostumbrada.
Sus ojos azules parecen más claros, casi del mismo tono que los míos.
Ambos nos miramos a los ojos sin decir nada, pero al mismo tiempo,
sintiendo mucho.
Su mano se dirige a mi cadera, pero sigue sin decir una palabra.
De nuevo, me da las riendas.
Me está dando una opción.
Podría parar esto ahora o entregarme por completo a él.
—¿Riagan?, susurro en voz baja, incapaz de disimular mis nervios. Por
muy valiente que me sienta ahora y por muy cómoda que me sienta en sus
brazos, siempre habrá timidez y nervios. Es quien soy. Estoy bien con ello.
Él también me ha demostrado que lo es, así que no hay necesidad de
ocultar quién soy. No con él.
—¿Sí? Su voz es ronca y llena de deseo, y Dios, cómo me afecta el
cuerpo.
¡Diablos, también el corazón!
Me vuelve loca.
Él me vuelve loca.
—Fóllame, digo bruscamente.
Entonces, siento que me arde la cara.
Porque, Dios mío, ¿acabo de decir eso en voz alta? ¿Acabo de
maldecir?
Sus manos se convulsionaron en mis caderas, y entonces nos movimos.
Se movió rápido, arrancándome la camisa más rápido de lo que podía
respirar sobresaltada.
Luego, me quitó las bragas y se acomodó entre mis muslos.
Estaba tan mojada que no necesitó prepararse; había estado pensando en
esto mismo media noche.
Sin embargo, sus dedos, todavía suaves como el demonio cada vez que
me tocaba, llegaron a mi coño y se arremolinaron.
—Mojada, gruñó. —Estas bien mojada. Que rico.
—Me haces eso, exhalé. —Tu voz. Tus besos y lo de antes.
—¿Te refieres a mi lengua en tu delicioso coño?, bromeó.
—Ahhh... sí, eso.
Entonces se llevó un pecho a la boca y lo succionó suavemente. —Qué
dulce, mi mariposa.
Mi espalda se arqueó en la cama.
—¡Eeep!, grité. —¡Qué raro!.
Se ríe entre dientes. —¿Sensible?
—Muy sensible, susurro. —Me gusta lo que me haces. Sigue
haciéndolo.
—Oh, pienso hacerlo, promete mientras me lame el pezón. —Me
vuelves loco, mariposa. No me canso de ti. Ahora que te he probado… me
he vuelto adicto. Quiero más”. Muerde suavemente un pezón y los chupa a
ambos hasta que me convierto en un desastre jadeante y delirante.
—Riagan, siseo. —Me duele ahí abajo. Yo-yo necesito.
—¿Tu coño necesita mi polla, amor? ¿Es eso? Por eso duele, ¿no?.
Acomodándose entre mis muslos, empieza a frotar su polla de arriba abajo
por mi coño, cubriéndose con mi humedad antes de hacerse una marca en
mi entrada. —Qué caliente. Eso es. Sí, este bonito coño necesita que lo
llene. Que atraviese esa pared virgen y lo llene de mi semen.
—Sí, exhalo. —Eso. Exactamente eso.
Se hunde en la empuñadura, sin parar hasta que está completamente
dentro de mí.
Yo también me siento tan llena.
Sentí un ligero dolor, pero nada que no pudiera soportar. La sensación
erótica de tenerlo llenándome era mucho más intensa que la incomodidad
de que se deslizara dentro de mí por primera vez.
Después del dolor, llega el placer.
Un placer que nunca creí posible.
Nunca pensé que disfrutaría del sexo por todo el intercambio de
gérmenes y fluidos, pero es lo último en lo que pienso. Solo puedo
concentrarme en lo bien que se siente dentro de mí y en cómo sus caricias y
besos me han encendido el cuerpo.
Cada parte de mí ardía, incluido el corazón.
Eso es lo que me hace.
—Joder, sabía que estarías apretada, gruñe. —Pero maldita sea, encajas
perfectamente en mí. Estás hecha para mi polla, mariposa.
—Nunca pensé que pudiera sentirse así... Me estremezco de placer
cuando contonea sus caderas, frotándose dentro de mí. —Es como estar en
otra galaxia. Solo tú y yo. —Sigue hablando, cariño —dijo—. Mierda, no
voy a aguantar. Estás hecha para mí. Tu cuerpo está hecho para mí. Ah, sí,
joder.
Lo abrazo con más fuerza. —Más rápido, por favor. Muévete.
Y lo hace.
Se mueve más rápido y me toca un punto muy profundo que me hace
poner los ojos en blanco. Mi respiración se vuelve errática y mi corazón
también se vuelve loco.
Y entonces ocurre algo hermoso.
Mientras cabalgo la ola de éxtasis, siento que mi vientre se tensa y es
como si volara.
Solo me tomó una embestida y media, y algo hermoso sucedió. Igual
que cuando me besó antes, mi vientre se tensa y mi respiración se detiene.
Cerré los ojos y estallaron estrellas tras mis párpados mientras me
deshacía para él.
Fuerte.
Más fuerte que antes.
Más intenso también.
El chillido que dejo es vergonzoso.
—¡Mierda!, gruñe antes de echar la cabeza hacia atrás y gruñir como un
animal salvaje. No puedo apartar la mirada de él mientras se corre conmigo.
Cuando nuestros cuerpos se asientan, y él casi se cae a un lado para no
aplastarme, no puedo evitar reír.
—Fue divertido, sonrío aún más. —Hagámoslo otra vez.
—Creo que me rompiste la polla, mariposa, admite, con tono de
disgusto. —Me hiciste correrme como un preadolescente. Se ríe. —Ha
pasado tiempo.
—¿Un rato? Me giro en su brazo. —No lo entiendo.
Me sonrojo cuando mete las manos entre las piernas y mete un dedo
grueso entre los labios. Gimo, encantada con la sensación. Entonces, para
mi sorpresa y vergüenza, sus dedos se separan de mí y se los mete en la
boca, lamiendo mi humedad de cada dedo. —Es sencillo, cariño. Mi polla
tenía dueña, así que ha pasado tiempo. Me guiña un ojo mientras se mete
otro dedo en la boca. —La próxima vez, quiero venirme dentro de ti.
Llenarte de mi semen.
Bueno, eso es... no sé cómo describirlo más que como increíblemente
excitante y un poco problemático.
—No tomo anticonceptivos. Podría quedarme embarazada. Lo miro,
preocupada.
—No le veo nada malo.
—¿Quieres hijos? Contengo la respiración. La idea de tener hijos nunca
se me pasó por la cabeza. No quería que enfrentaran las mismas dificultades
que yo, pero entonces pensé en un pequeño Riagan, y el corazón me estalló
en lágrimas.
Un niño castaño, de ojos azules y una sonrisa dulcísima.
La idea ya no me asusta. No tanto como antes.
¿Qué me pasa?
Amor… susurra la vocecita en mi cabeza. Eso es lo que te hace el amor.
—Acepto.
Pum.
Pum.
—¿Cuántos?, pregunto conteniendo la respiración.
Me abraza y dice: —Todos los que me des, mariposa.
—¿Y si digo cinco hijos?.
Se ríe entre dientes, y yo sonrío como cuando lo oigo reír. —¿Quieres
cinco hijos, cariño? Te daré todos los que quieras.
¿Cómo es que siempre sabe qué decir? Es como si me conociera mejor
que yo misma, y da miedo porque poco a poco se ha convertido no solo en
mi ser querido y mi preciada obsesión, sino también en mi corazón.
—Riagan.
—¿Sí, mariposa?. Me abraza con más fuerza.
—Los hijos son para siempre. Nos unen para siempre. Entonces, con
más seriedad de la que esperaba para una conversación de la que acababa de
bromear, dice: «Pensé que ya te habrías dado cuenta, Mila. Te entregaste a
mí y no pienso dejarte ir nunca. Con hijos o sin ellos. Esto es todo, cariño.
Hasta que la muerte nos separe, y aun así, te seguiré hasta allá también».
Hasta que la muerte nos separe, y aun así, te seguiré hasta allí también.
Lo sentí en el alma.
Sus sinceras palabras, y su seriedad, me hicieron comprender que
hablaba en serio.
Lo amo.
Muchísimo.
Me enamoré del hombre que me propuso un matrimonio falso para mi
seguridad.
El hombre que me trató con dulzura y amabilidad desde el primer
momento en que nos conocimos.
El que me hace soñar despierta y convierte cada sueño en realidad.
Era un amor silencioso.
No podría decirte cuándo exactamente me enamoré de él. Quizás fue
cuando mató a un hombre por mí y, al instante siguiente, me levantó en sus
brazos y me llevó a un lugar seguro. O tal vez cuando me miró como si
fuera igual a él y como si no me faltara nada. Cuando me llevó a su paraíso
privado, eso tuvo mucho significado para él y su familia. O quizás, podría
haber sido cuando me presentó a las personas que le importan y les dijo, en
otras palabras, que yo era la persona más importante para él.
Sea lo que sea, ahora sé que estoy perdidamente enamorada de él.
Y necesitaba demostrarlo mejor.
Lo que hizo que mi estómago y mi corazón revolvieran.
Levanto la cabeza y le doy un suave beso en la boca. Luego me aparto
para mirarlo a los ojos. Son tan azules y tan felices.
—¿Para qué fue eso?
—Solo quería besarte. Toco su mejilla barbuda, disfrutando de la
sensación.
Riagan levanta la mano. —Voy a tocarte el cuello.
También está eso.
Recuerda que mi cuello y mi cabeza son detonantes, y siempre me lo
dice antes de tocarme.
Luego me agarra el cuello con suavidad y acerca mi boca a la suya.
Estamos tan cerca que las puntas de nuestras narices se tocan. —Puedes
besarme cuando quieras, cariño. Luego toma mis labios entre los suyos.
Bien podría haberme quitado la respiración también.
—¿Quieres un dato?, dice mientras juega con uno de mis rizos.
Toco su pecho donde está su corazón, lo toco suavemente tres veces y
luego me detengo. Lo hago repetidamente en sincronía con los latidos de su
corazón.
Me encanta recordar que está aquí y que está vivo.
—Dime, Riagan, susurro con una pequeña sonrisa.
—Eres el mejor sexo que he tenido, murmura, sin dejar de juguetear con
mi pelo.
Me detengo y lo miro, intentando ver si está bromeando.
Pero no se ríe. Habla en serio.
Sonrío de oreja a oreja porque una parte de mí siente celos de todas las
mujeres que lo tuvieron antes que yo.
Pero ahora lo sé.
Soy a quien él desea.
La que lleva su anillo y tiene su nombre.
La que descubre su lado dulce y tierno.
Yo.
No ellas.
—¿Puedo compartir una anécdota? Aprieto la oreja contra su pecho,
poniéndome cómoda. Este es mi lugar favorito para dormir. Sus brazos, con
su latido, como mi canción de cuna personal.
Me abraza más fuerte. —Siempre.
—Tú también eres el mejor sexo que he tenido, digo con naturalidad.
—Cariño, soy el único sexo que has tenido y que tendrás. Gruñe
juguetonamente, haciéndome reír.
Me gusta cuando está celoso.
¿Cómo sé que está celoso?
Bueno, Riagan tiene muchas señales.
Primero se enfada, luego se vuelve posesivo y, por último, muy
dramático.
Dramático, como cuando amenaza de muerte a sus amigos de toda la
vida.
Y no lo querría de otra manera.
Riagan
NO BROMEABA cuando dije que era el mejor sexo que he tenido.
Sus caras de asombro y sus dulces gemidos eran tan excitantes como el
acto mismo. Hay algo en su inocencia que me vuelve loco.
Tuve que controlar la necesidad ardiente que se apoderó de mí mientras
estaba dentro de ella. La necesidad de poseerla como un animal y
reclamarla como mía.
Y la reclamé.
Butterfly ahora es mía en todo el sentido de la palabra.
Joder, todavía puedo saborearla en mis labios, toda dulce y ácida.
Verla correrse fue algo que nunca había visto. Es tan reservada, y
entiendo por qué. No puede deshacer años de pensar que no era suficiente
en unas pocas semanas, pero poco a poco ha salido de su caparazón a mi
alrededor, y es una vista hermosa.
Igual que la oruga que se convierte en mariposa. La abrazo fuerte y la
miro acurrucada a mi lado, con su mejilla pegada a mi pecho y su preciosa
boca rosada entreabierta mientras ronca.
Es tan jodidamente hermosa.
Me encanta cada faceta de ella.
La he visto con un poco de maquillaje, y la he visto sin maquillaje ni
artificio, y me gustan todas sus facetas. Está aprendiendo a bajar la guardia
conmigo y con mi familia. ¡Diablos!, incluso con mis hombres.
Me ha mostrado partes de ella que nadie más ha visto.
Su pasado.
Sus miedos.
Sus inseguridades.
Tan dulce.
Tan abierta.
Tan confiada.
Mi chica.
Y aunque se notaba en su mirada lo nerviosa que estaba, me entregó su
cuerpo. No se avergonzó ni se escondió. Era perfecta.
Joder, incluso me pidió que me la follara. Mi chica no dice palabrotas,
pero lo hizo, y fue lo más excitante que he experimentado en mi vida.
Y no soy virgen, pero con ella, fue como la primera vez. Ni siquiera
recuerdo a nadie que la hubiera visto antes. Sus rostros borrosos.
El pasado. Y Mila es mi presente y mi futuro.
Mi para siempre.
Ahora, no le cabe la menor duda.
No le estaba mintiendo ni diciendo tonterías después del orgasmo más
intenso que he tenido. Lo decía en serio.
Somos para siempre.
No voy a dejarla ir, y no estoy seguro de poder hacerlo. Ni aunque me lo
pidiera.
Y los niños también.
Nunca pensé en los niños.
Era consciente de que la vida que llevaba no tenía cabida para niños
pequeños. No quería someterlos a una vida donde papá no volviera a casa ni
a un hogar donde no hubiera amor. Porque esa es la verdad. Antes de Mila,
no me creía capaz de amar. Demonios, estoy seguro de que no sabía lo que
significaba hasta que llegó ella.
Pero ahora sí.
Joder, la quiero muchísimo, y ni siquiera estoy seguro de que ella lo
sepa. Con el tiempo, espero que lo acepte, porque antes de ella, cuando
pensaba en el futuro, me veía viviendo una vida corta. No tenía miedo a
morir, pero ahora sí. Ahora, cada vez que pienso en el futuro, solo la veo a
ella. La veo a ella. Veo amor. Veo una vida que ya no es blanco o negro.
Una vida llena de color y magia.
De amor, aventuras y risas.
Y si tengo suerte, una mini versión de ella.
Una niñita que se ve y actúa igual que mi mariposa.
Rizos rubios y grandes ojos saltones que podrían envolverme con sus
deditos, igual que mi esposa.
Mejillas sonrosadas y esos hoyuelos adorables.
Con la misma risita que me acelera el corazón.
Dios, su risa.
Su sonrisa.
Su todo.
Mirando a mi esposa durmiendo plácidamente, sonrío, sabiendo en el
fondo de mi alma que gané el premio.
Mi objetivo.
Ella.
Mi reina.
Mierda, estoy obsesionado.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“Cuando nuestros labios se tocan, puedo saborear la
eternidad.”
Sangre & Caos
MILA
“Si la miras mal, te golpearé tan fuerte que
vomitarás tus pelotas”. - R
—¿E stás seguro de que esto es seguro? —pregunto al ver a los
hombres enormes salir de una jaula de pelea con las manos
ensangrentadas y moretones por todo el cuerpo. Algunos tienen
la nariz sangrando, y uno, un hombre corpulento, está siendo sostenido por
otros dos y parece estar peor. Lleva vendajes en la cabeza y casi puedo
asegurar que tiene una conmoción cerebral.
Mi cabeza empieza a dar vueltas pensando en la posibilidad de que
Riagan salga herido, y eso me pone ansiosa. Tanto que comienzo a imaginar
escenarios donde todo termina mal.
—¿Sabías que la probabilidad de morir en una pelea en jaula es del
73.6%? ¿Lo sabías? —suelo decir de golpe.
Bueno… quizá esté exagerando un poco. La prevalencia general de
lesiones en deportes de combate como este se reporta en un 73.6%, así que
exageré bastante… pero tengo una buena razón para mentir: estoy asustada.
Sintiéndome culpable por mentir, susurro mientras agarro su mano
vendada.
—Lo que te acabo de decir no es exacto. Lo siento —le digo
sinceramente, mirando nuestras manos entrelazadas.
Contengo la respiración esperando su respuesta. ¿Está enojado?
¿Decepcionado?
Se ríe suavemente.
—No tienes que preocuparte, bebé. —Inclina mi barbilla para que lo
mire—. No voy a mentirte ni a insultar tu inteligencia diciendo que las
peleas en jaula no son peligrosas, porque lo son.
Frunzo el ceño ante su tono frío. ¿Cómo espera que no me preocupe?
No quiero que se haga daño, nunca. Pero también sé quién es y lo que hace,
así que la probabilidad de que salga herido es alta.
—El único que debería preocuparse es mi oponente —dice con
demasiada calma, creo yo.
—Aun así, ten cuidado —gruño, preocupada, aunque la pelea ni
siquiera ha comenzado.
Al mirar alrededor, noto el lugar lleno de gente. Caos. Creo que Riagan
llamó a este sitio “Mayhem”. Desde afuera parece un hospital abandonado,
pero es engañoso. No hay nada viejo o descuidado aquí; se ve exactamente
como un ring profesional de artes marciales mixtas.
En el camino, Riagan me contó sobre el lugar y su origen. Su familia,
como la mía, ha construido imperios a partir de negocios legales, como la
marca de alcohol O’Sullivan, fundada por su abuelo, y los casinos que tanto
Cathan como mi esposo poseen por la ciudad.
Pero también están los negocios clandestinos: tráfico de armas, casinos
ilegales ocultos a plena vista en hoteles… y el negocio exclusivo de Riagan.
Las peleas ilegales.
Peleas en jaula, para ser exactos.
Una mujer común frunciría el ceño al escuchar todo esto, pero yo no.
Crecí consciente de las actividades ilegales de mi padre en Detroit. Puede
que no me trataran como a una princesa de la mafia, como a otras chicas de
familias poderosas, pero escuché los susurros y vi con mis propios ojos la
misma brutalidad que ocurrirá esta noche.
Solo deseo que no involucre a Riagan.
Pero confío en él.
He visto de primera mano lo que puede hacer cuando considera a
alguien una amenaza, y tiene razón. El que debería preocuparse por un daño
cerebral permanente es el hombre que decidió pelear con mi esposo.
—Hey, te perdí por un segundo. Vuelve a mí, mariposa —su voz me
saca de mis pensamientos. Me había quedado en blanco.
Al levantar la vista y mirar su mejilla, sonrío, sin querer que piense que
tengo miedo por su vida. En un momento, lo estuve, y en cierto modo
todavía lo estoy. Tengo miedo de perderlo. Pero no quiero que crea que
cometió un error al casarse conmigo, ni que debería haber elegido a alguien
que no temiera las cosas que él ama.
¿Por qué tuvo que gustarle pelear? De todos los deportes peligrosos,
eligió el más peligroso.
Pero no quiero pensar demasiado en eso. Sacudo los nervios que
comienzan a subir por mi pecho y lo toco en la mejilla. Solo necesito ese
contacto. Lo toco para recordarme que está aquí, que es real.
—Buena suerte… y pelea con inteligencia, ¿sí?
—Está bien, mariposa —responde con esa calma suya.
Me jala hacia él, y todo el ruido a nuestro alrededor parece
desvanecerse. Siempre es así cuando me toca o me besa. Como si tuviera el
poder de ralentizar el mundo, de suspender el tiempo. Es casi mágico…
aunque suene cursi, todo en él lo es.
Para mí, Riagan O’Sullivan está hecho de los mismos hilos con los que
se tejen los sueños… al menos, los míos.
También puedo ver cómo para otros podría ser una pesadilla.
Pero no para mí.
Tal vez no soy objetiva.
Y qué.
Entonces se separa un poco y saca algo del bolsillo de sus pantalones
cortos.
—Te conseguí esto. Úsalos si el ruido de la multitud se vuelve
demasiado fuerte.
Al mirar su mano extendida, veo unos tapones para los oídos color rosa.
Y, así de simple, me derrito por el gesto. Nunca olvida, y siempre piensa en
mí.
Recoge mi cabello hacia un lado, y tiemblo ligeramente al sentir el roce
de sus dedos en mi cuello. Luego coloca con cuidado los tapones en mis
oídos.
Wow.
El ruido ya no es tan abrumador. No desaparece por completo, pero deja
de doler. Puedo seguir escuchando, solo que de forma más suave. Es un
alivio inmediato.
—Gracias —susurro, sonriendo.
Me besa la frente y se queda allí un momento más largo de lo esperado,
como si quisiera grabar ese instante en su memoria. Luego dice:
—Quédate cerca de Kelly. Te protegerá mientras yo esté en la jaula.
Asiento, un poco menos ansiosa ahora.
—Riagan…
—¿Sí, amor?
—Yo…
Miro su pecho, pero las palabras se me atascan en la garganta. Quiero
decirlo, pero no puedo.
—Lo sé, amor. Lo sé —responde con una sonrisa que parece iluminarle
el rostro. Como si acabara de ganar la lotería.
¿De verdad lo sabe?
¿Realmente lo sabe?
Ni yo lo sabía. Aún no estoy del todo segura de entender este
sentimiento que me llena el pecho cada vez que él está cerca.
—Acabas de hacerme el bastardo más afortunado del mundo… por
segunda vez —dice Riagan, con una sonrisa que me roba el aliento—.
Primero cuando aceptaste casarte conmigo, y ahora.
Antes de que pueda responder, se inclina y me besa.
No es un beso suave.
Es intenso.
Reclamante.
Brutal en la forma más íntima.
Lo siento en el alma.
Y luego, demasiado pronto, se aleja. Se retira de mi lado con esa
seguridad arrogante que parece envolverlo siempre.
—Nos vemos en un rato, reina. Esto no va a durar mucho —dice con
una sonrisa ladeada, mientras se pierde entre la multitud sin apartar los ojos
de mí.
Me quedo mirándolo, con el corazón latiendo en la garganta. Está
genuinamente feliz… y esta sonrisa, esta en particular, parece distinta. Más
real. Más suya.
Así que me quedo con esa imagen. La guardo.
Quiero recordar para siempre cómo se ve en este momento.
“Lo sé, amor. Lo sé.”
Sus palabras vuelven a mí.
Y mi corazón se acelera.
Él lo sabe. Tiene que saberlo.
Sabe que lo amo.
Porque eso es lo que estuve a punto de decirle. Y aunque no salió de
mis labios, él lo sintió.
Lo supe en su mirada.
Lo sentí en su beso.
Pero algo me detuvo.
Quizá fue el miedo.
Quizá los nervios.
Sea lo que sea… me frenó.
—Este es él, pequeña —dice de pronto una voz áspera frente a mí.
Estaba tan absorta en Riagan, que no me di cuenta de que sus hombres
habían formado un pequeño círculo protector a mi alrededor. Bain está a mi
izquierda, Cianne a mi derecha. Al mirar por encima del hombro, reconozco
a varios de los que suelen custodiar la mansión. El que acaba de hablar está
justo al frente: Byrne.
O al menos así lo llama Riagan.
Maeve me dijo que su verdadero nombre es Callam, pero todos lo
llaman Byrne. Y sinceramente, le queda.
—Este es el jefe. El padrino de esta ciudad —añade, sin una pizca de
emoción en el rostro.
Su expresión es fría, impenetrable. Me cuesta descifrarla.
De todos los hombres de Riagan, es con quien menos contacto he
tenido. Nunca ha sido grosero, pero tampoco amable. Cuando nos cruzamos
en la casa, apenas asiente con la cabeza antes de seguir su camino.
Tiene esa energía…
Como si en cualquier momento pudiera sacar una guadaña.
Y aun así, Riagan confía en él. En él y en los otros tres que lo rodean
siempre: Kelly, Bain y Conor, el gemelo de Maeve, que está no muy lejos,
escribiendo frenéticamente en su portátil.
Puede que no lo admita abiertamente, pero esos cuatro…
Son su círculo.
Su gente.
Si alguna vez pensé que Riagan podía dar miedo, este hombre lo
supera… aunque de una forma extrañamente atractiva. Sí, he notado que la
mayoría de los hombres que trabajan para él tienen ese tipo de belleza
salvaje. No son del tipo elegante o pulido, como uno imaginaría en
mafiosos de película. Son rudos. Crudos. Intensos.
Byrne —o Callam, como su verdadero nombre— parece tan grande
como un tanque, lo cual tiene sentido si consideras que es el músculo del
grupo. Tiene el cabello rubio, como el mío, rasurado a los lados y recogido
en un moño alto, dándole un aire a esos guerreros vikingos de las películas
que tanto ama Carlotta.
Hay algo en él que también se siente… trágico. No sé exactamente qué
es. Está en su mirada.
No soy experta en leer emociones humanas, pero sí sé reconocer la
tristeza. A veces se esconde detrás de bromas o sonrisas forzadas. Otras
veces, como con él, está presente incluso cuando su rostro no muestra nada.
Está simplemente ahí, latente, en sus ojos.
Pero antes de poder analizar más a Callam, el sonido lejano de una
campana interrumpe mis pensamientos, seguido por una voz con un claro
acento irlandés que saluda a la multitud.
Está comenzando.
Los nervios siguen ahí, bajo la superficie. No han desaparecido.
Burbujean, listos para apoderarse de mí, pero no lo permito. Cierro los ojos,
respiro hondo y cuento hasta tres.
Él puede con esto.
No lo temen por nada.
Lo he visto pelear.
Riagan lucha como si cargara al mundo en los hombros. Con furia.
Como si cada golpe que lanza estuviera alimentado por algo más profundo
que la rabia: un fuego interno que no se apaga.
Desvío mi atención hacia el ring. La pelea está a punto de empezar.
Mi esposo contra un hombre que luce tan aterrador como él.
Oh, Dios…
Está bien. No entres en pánico.
Las apariencias engañan.
Toma a tu nuevo esposo como ejemplo.
Parece una bestia que podría romperme el cuello con solo girar los
dedos, y sin embargo, nunca ha puesto una mano sobre mí de forma cruel.
El oponente de Riagan parece una máquina de matar, pero Riagan
también luce diferente en este momento. Sin sus habituales camisas
elegantes —que yo estaba convencida eran una especie de escudo— y solo
con una camisa (que se quita al llegar al centro del ring) y un pantalón de
deporte como el de su oponente, parece casi otro hombre por completo.
Se nota en la firmeza de su mandíbula, en el mentón alzado con
terquedad, en la tensión que recorre cada centímetro de su cuerpo,
culminando en unos puños cerrados con fuerza a ambos costados. Su
presencia impone. Bajo las luces de la jaula, su piel parece brillar, dándole
el aspecto de un guerrero listo para destrozar a su enemigo.
De pie ahí, con solo unos shorts negros de baloncesto, parece imparable.
No entiendo cómo alguien podría atreverse a apostar en su contra. Desde el
primer momento, Riagan es más alto, más robusto, más sólido. Hasta sus
manos lucen más fuertes que las de su oponente.
Se ve brutal. Salvaje.
Y, por encima de todo, absolutamente seguro de sí mismo, como si ya
supiera que esta pelea le pertenece.
Para un hombre que ha peleado desde antes de aprender a andar en
bicicleta, es evidente que tiene todo bajo control.
Con el corazón en la garganta y toda mi fe puesta en él, observo
atentamente cómo se desarrolla la escena.
Ambos luchadores se encuentran ya en el centro de la jaula, midiéndose
con la mirada mientras la multitud observa con sonrisas ansiosas, deseosos
de ver sangre.
Entonces, una voz se alza por encima del bullicio, fuerte y clara, como
la de un presentador profesional anunciando el inicio del combate. No
reconozco al hombre que la emite. Es alto, casi canoso, vestido con un traje
elegante que parece más propio de un mafioso caro que de alguien en un
combate clandestino.
—Damas y caballeros, las apuestas quedan oficialmente cerradas —
anuncia, con tono ceremonial.
—¿Cómo funcionan estos combates? —pregunto en voz baja, sin
apartar los ojos de Riagan, que ahora hace crujir los nudillos con calma y en
forma de una amenaza silenciosa.
—Es bastante sencillo, la verdad—, responde Callam, sorprendiéndome
una vez más. Hoy está bastante hablador, ¿o quizás lo juzgué mal? Siento
sus ojos fijos en mí cuando habla. —Estas son las reglas. No hay reglas.
Ningún golpe está prohibido. No hay descansos ni asaltos. La rendición o el
nocaut son el único final de una pelea. No hay salida de esa jaula sin
derramar mucha sangre— dice, y tanto Riagan como su oponente avanzan,
acercándose el uno al otro en el terreno irregular. —¡Dale por culo, al muy
cabrón Joke!—exige.
Observo cómo el oponente de Riagan se encorva, se agacha y le asesta
un puño en el costado, haciéndolo sisear y retroceder un paso, con el tobillo
raspando el suelo irregular. Observo cómo la sangre empieza a gotear,
aparentemente inadvertida para Riagan. No me había dado cuenta, pero
soltémosles un sonido de preocupación, porque entonces Bain se gira para
mirarme. —Princesa, podemos irnos si esto es demasiado.
—Di la orden y te sacaré de aquí—, me dice Cianne mientras todas las
miradas están puestas en mí.
—Ella está bien, resopla Callam sin humor. —Después de todo, este es
su mundo ahora.
Siento que alguien me toca la mano suavemente. —Ignóralo—, dice
otro. —Puedo llevarte de vuelta a casa si no quieres estar aquí, Mila.— Me
tiembla la cabeza incluso cuando veo a Riagan recibir otro golpe antes de
abalanzarse sobre el hombre.
—No. Esto es parte de él—digo, como si eso lo explicara todo.
Entonces lo observo en su elemento, todavía preocupado por su
seguridad, pero confiado en su capacidad para, como lo expresó Callam con
tanta elocuencia, “destrozar a su oponente”.
Riagan asesta un puño que lo hace girar, pero la fuerza lo hace
tambalearse hacia atrás, con el pie cayendo al final de una grieta
particularmente baja en las rocas, lo que le obliga a caer de golpe sobre una
rodilla justo cuando su oponente se orienta y se lanza hacia adelante. —
Puedes respirar, milseán—, me informa Cianne con la voz más tranquila
posible. —Lo he visto en cientos de peleas, y en esta no piensa perder. Al
capitán solo le gusta jugar con su presa antes de acabarlos.— Cianne se ríe
como si todo esto le hiciera gracia. Supongo que para él sería así, ya que he
notado que al hombre guapo y gracioso le encanta el caos.
—¿Qué tiene de importante esta pelea?
—Tú.
—¿Yo?— Lo miro a los ojos por un momento, apartando la mirada de la
pelea.
—¿Te parece familiar ese pedazo de mierda?— Confundida, sigo su
mirada hacia la jaula, donde Riagan agarra al hombre por el pelo y le da
puños y bofetadas en la cara repetidamente mientras la sangre corre por
todas partes. La escena es espantosa y, francamente, repugnante.
Centrándome en el hombre que no es mi marido, tardo un momento en atar
cabos. No sé cómo no lo vi antes.
Locke.
Uno de los hombres de mi padre.
Un hombre que disfrutaba viéndome retorcerme y me hacía sentir
incómoda con sus miradas sórdidas e insultos hirientes.
Es una puta defectuosa. Mírala. Ni siquiera puede hablar.
Tienes suerte de ser guapa, princesa. Compensa tu falta de cerebro.
La chica tiene la personalidad de una roca. Maldita idiota.
Todo vuelve a mí como un torrente de recuerdos desagradables que
tenía, reprimidos mientras miro al hombre que, junto con muchos otros, me
hizo la vida muy difícil.
Nunca se lo dije a mis hermanas. Sabía que si lo hubiera hecho, ni
siquiera estarían respirando el mismo aire que yo, pero guardé silencio y
mantuve la cabeza baja, no queriendo añadir más sufrimiento a mis
hermanas. Ambas tienen sus propios demonios con los que lidiar.
Simplemente aprendí a ignorar los míos, hasta ahora.
Porque lo que se da, se recibe, y este momento es prueba de ello.
—¿Q-qué está pa-sando?—Me cuesta decir las cosas.
—Está utilizando a ese hijo de puta como ejemplo, y también, el Capi te
está mostrando no solo a ti, sino a todos los que te rodean lo que pasa
cuando joden o juegan con el corazón del Padrino.
—Me pide nombres, y se los doy.—Bain interviene con una sonrisa
malvada. —Deberías haber visto la cara de ese cabrón cuando el Capi le
dijo quién eras.
Casi me da miedo preguntar. —¿Quién soy yo además de la esposa de
Riagan?.
—Eres su reina. La reina de su ciudad.—Esto viene de Callam. —Ahora
sabrán lo que le pasará a cualquiera que te haya hecho daño o lo intente
hacerlo en el futuro. El capitán no tendrá piedad, y nosotros tampoco.
Sin saber muy bien qué decir, miro a todos los hombres que me rodean,
protegiéndome del daño. Todos son tan diferentes. Desde el color de su pelo
y ojos, su forma de hablar, hasta sus personalidades. Desde melancólicos
hasta imprudentes, todos tienen algo en común.
Son leales hasta la médula a su jefe y, por asociación, a mí.
—¡Madre mía!—, grita alguien no muy lejos de nosotros. —¡Eso!
¡Vamos!—
El momento extrañamente dulce es interrumpido por la multitud
enloqueciendo, saltando en sus lugares mientras Riagan se tambalea hacia
atrás de un puñetazo, casi cayendo al suelo. Se levanta. Lo hace con una
sonrisa vertiginosa en su rostro atractivo y ensangrentado, como un niño en
una tienda de dulces, mientras lanza un uppercut que hace que la sangre
salga a chorros de la boca de Lock. Sinceramente, una parte de mí no quería
mirar porque no quería ver a Riagan lastimarse. Me duele incluso pensarlo.
Pero estaba resultando imposible apartar la mirada. Estaba viendo una cara
diferente de él en ese momento, un lado más rudo, un lado que solo
mostraba a la gente que lo molestaba o me lastimaba. Una parte clara de él.
Sus movimientos eran metódicos, practicados y controlados, mientras que
Lock se volvía cada vez más esporádico, torpe y frenético.
Observé con un nudo en el estómago cómo Riagan recibe varios golpes,
rompiéndole el labio y ladeando la cabeza con fuerza, tan fuerte que me
recordó los recuerdos de cuando mi cerebro se estrelló contra mi cráneo,
desmayándome de pequeña, todas esas veces que mi padre me empujó o me
tiró contra la pared. Me preocupa, por un segundo, que ese también sea su
destino. Pero regresa con más fuerza, más fuerte, arrebatándole el terreno a
Lock y golpeándole la cara y el abdomen. El corazón me late tan fuerte que
me dan náuseas, y la piel se me pone de gallina. Hay muchísima sangre. La
de Lock, sí, pero también la de Riagan. ¿Cuánto tiempo más podría durar
esto? ¿Cuántos puños podría aguantar su cuerpo antes de que empiece a
rendirse? No quiero saber la respuesta a esa última pregunta.
A medida que la lucha empeora, el ruido de la multitud se hace cada vez
más fuerte, claramente disfrutando del derramamiento de sangre mientras
me deja completamente mareada. Entonces, un golpe me hace dar un vuelco
en el estómago antes de que mis ojos se ajustan lo suficiente como para ver
el cuerpo de Locke tendido en el suelo, respirando con dificultad. No es
Riagan. Era realmente lo único en lo que puedo concentrarme. Pero luego
esta Riagan de nuevo, cayendo sobre Locke y continua golpeándolo
brutalmente. La sangre salpica la piel de Riagan, mezclándose con su propia
sangre y sudor. Lo veo entonces. La mano de Locke golpeando el suelo.
Sacudiéndose. Pero Riagan no se detiene.
No.
Solo se detiene cuando cobra una vida.
La vida de un hombre que fue cruel conmigo cuando era solo una niña.
Un inocente que no tenía culpa y no merecía toda la crueldad que sufrió.
Esta noche, Riagan me mostró, una vez más, una parte de sí mismo que
debería asustarme y preocuparme.
Su lado oscuro.
La razón por la que fue bautizado como el padrino de Filadelfia.
Las dos caras de la carta.
Y tengo una opción.
Podría huir asustada o abrazar los demonios del hombre que amo.
Sí, amor.
Muchísimo.
Elijo lo que siempre he hecho.
Elijo el amor sobre el odio.
Elijo la felicidad sobre la tristeza.
Ahora, elijo a Riagan sobre mis miedos y mis reservas.
Elijo la vida.
—Así se hace, Cap.— La voz fuerte de Cianne me saca de la realidad, y
sigo su mirada hacia la jaula donde Riagan está ahora de pie junto al cuerpo
de Locke, mirándome con una expresión que he visto en su rostro muchas
veces. La presión en mi pecho aumenta, y siento que mi corazón empieza a
latir a mil por hora al mirarlo a él y solo a él. Parece un villano malvado de
cualquier película clásica de terror, y aun así me deja sin aliento. Que
pareja mas rara formamos.
Me toco el pecho y me doy tres palmadas, y él también.
De alguna manera, el gesto dejó de ser de consuelo para convertirse en
una forma de comunicarme con él. Para hacerle saber cómo me acelera el
corazón y se me detiene a veces también. Cómo apenas puedo respirar
cuando me mira así.
Como si fuera la única persona que ve en este lugar.
Como si fuera la única persona que importa. Así es como lo veo.
En un mar de gente riendo y animándolo, solo somos nosotros.
Me quedo paralizada, observándolo abrir la puerta metálica de la jaula,
bajar y acercarse a mí. Cada paso que da hacia mí está en sintonía con mi
corazón.
Entonces, en un segundo estoy de pie en el suelo, y al siguiente, ya
estoy en el aire, envuelta en sus brazos fuertes. Mi lugar seguro. Me abraza
con fuerza, y curiosamente, no pienso en la sangre que lleva encima, ni en
que ahora también mancha mi ropa. No. Solo siento el momento. Un
momento hermoso y puro.
Después de unos segundos, me baja con suavidad, rodeándome con sus
brazos, sus labios presionando mi cabello. Lo abrazo fuerte, sintiendo cómo
mi corazón se desborda de alivio y alegría. Al inclinarme para mirarlo, lo
encuentro sonriendo, a pesar de la sangre en sus dientes y los moretones
que ya se le empiezan a formar en la piel.
—Te lo dije, mio chuisle —exhala.
Radiante, me pongo de puntillas y le doy un beso suave en la barbilla.
—Estabas...
—¿Aterrador?
Frunzo el ceño.
—No —respondo, negando con la cabeza mientras le sonrío—. Estabas
impresionante.
Se ríe, me suelta de los brazos y ya siento su ausencia como un frío
repentino. Luego me quita los tapones de los oídos con delicadeza.
—Me alegra que estés aquí.
—No hay ningún otro lugar donde preferiría estar.
—Bien.
Mientras me concentro en el corte de su mejilla izquierda, pregunto:
—Riagan, ¿me enseñarás a pelear?
—No tienes por qué luchar, mariposa. Nunca tendrás que temer por tu
vida. Para eso estoy yo —dice con una firmeza que me calienta el pecho,
mientras juega con un rizo de mi cabello entre sus dedos.
Aparto la mirada de su rostro ensangrentado e intento sostenerle la
mirada el mayor tiempo posible. Luego él agrega, suavemente:
—Pero si quieres aprender a pelear, yo te enseñaré.
Qué dulce es tener a alguien que no subestima tu capacidad, que no
aplasta tus deseos de aprender. Alguien que quiere protegerte, pero no a
costa de tu libertad. Qué dulce es ser cuidada por este hombre. Este hombre
cubierto de sangre, que acaba de arrancarle la vida a otro… por mí.
—¿Cómo supiste de él? —pregunto, girándome para mirar la jaula
donde ya levantan el cuerpo inerte de Locke.
Riagan me toma del mentón y vuelve mi rostro hacia el suyo.
—Bain y Carlotta —responde.
—¿Sabías todo…?
—Sí —dice con voz áspera, su mirada oscura como la noche.
—¿Pero por qué?
En el fondo lo sé. Pero necesito escucharlo. Necesito que lo diga, sin
rodeos.
Y lo que dice a continuación me deja sin aliento. Siento que mis pies se
despegan del suelo, y no tengo ningún deseo de volver a bajar del subidón
que es Riagan O’Sullivan.
—Porque no hay nada que no haría por ti, mariposa. Si tengo que
enfrentar al mundo por ti, lo haré. Y esa basura, Locke, fue solo el
principio. No he terminado. No voy a terminar hasta que cada persona que
te hizo daño muera como él. Te doy mi palabra.
Y, sin esperar más, me abraza de nuevo y me besa. Feroz, decidido,
como si con ese beso pudiera grabar en mi piel todas sus promesas.
Y quizás lo hace.
Promesas que, en lo más profundo de mi alma, sé que va a cumplir.
No tengo ninguna duda.
Mensaje de M
C,
Llévame contigo.
A algún lugar.
A cualquier lugar.
— M
Extraordinaria Tú
MILA
“Iré a donde tú vayas.” - M
—E stás lleno de sangre —señalo lo obvio, incapaz de ocultar mi
preocupación.
—Matar a un hombre en sangre fría te deja así —responde con
una risa seca.
—No es solo su sangre —frunzo el ceño. Hay demasiada. La suya y la
de Locke mezcladas.
Riagan se recuesta en la silla de cuero de su oficina en Mayhem,
ubicándome entre sus piernas abiertas, sujetándome con fuerza, como si
necesitara aferrarse a algo.
—¿Estás bien? —pregunto, notando cómo se estremece al moverse,
buscando una posición más cómoda—. Y por favor, sin bromas ni dulcificar
la respuesta —añado, con una firmeza que parece encontrar encantadora,
porque sonríe.
—Dos costillas magulladas y un labio partido —dice—. He estado peor.
—Ajá... —le toco suavemente la ceja rota, y él reprime un gemido. Me
hace sonreír, aunque no quiero.
Abro el botiquín de primeros auxilios que tomé del baño apenas
llegamos. No soportaba verlo así: herido, cubierto de sangre, actuando
como si no fuera gran cosa. Y quizás para él no lo sea, pero para mí sí.
Busqué desesperadamente vendas, gasas, pomadas, alcohol, lo que fuera
para curarlo. Por suerte, encontré todo.
Empiezo a limpiar sus heridas con una bolita de algodón empapada en
alcohol. Él permanece en silencio, sosteniéndome por la cintura, con sus
dedos vendados sobre mi piel. Me recorre un escalofrío.
Jamás me cansaré de esta sensación que me provoca. Esa forma en que
me mira… con deseo, sí, pero también con algo más. Algo más profundo.
Algo que me hace sentir vista, incluso en el silencio.
Cuando termino de limpiar las heridas y coloco las curitas tipo
mariposa, él rompe el silencio:
—¿Sabías que no he tenido un solo mal día desde que entraste en mi
vida? —susurra, como compartiendo un secreto.
Me quedo quieta. Pienso en lo que eso significa.
Yo solía tener muchos malos días. Incluso con mis hermanas, cuando
fingía que todo estaba bien. Pero no lo estaba. Nuestra vida no era normal.
Nada lo era.
Y sin embargo, desde que conocí a Riagan, no ha habido un solo día
realmente malo. Ha habido momentos duros, sí, pero él siempre los ha
hecho más llevaderos. Me cuida incluso cuando yo no sé que necesito que
me cuiden.
Me asegura un entorno seguro. Una vida mejor. Me rodea de personas
buenas. Y por primera vez, tengo la posibilidad de construir recuerdos
felices en un lugar donde antes solo había dolor.
—Cuando pienso en mis días felices, los mejores... solo veo tu rostro —
le digo, dejando salir las palabras sin filtro—. Me cambiaste, Riagan.
Completamente. De todo corazón.
—Igual tú, mariposa —responde en un suspiro, acariciando mi abdomen
con la yema de los dedos. El calor me sube por el pecho. El corazón late
más rápido.
Nos quedamos un momento en silencio. Pero ese silencio es dulce, lleno
de significado. Como si el aire mismo fuera más suave.
Lo miro largo rato. Sus ojos, su boca, cada rincón de su rostro golpeado
y hermoso.
—He descubierto cosas nuevas sobre mí desde que estás en mi vida.
Cosas que no sabía que eran posibles.
—¿Como qué? —pregunta, sus manos apretándose suavemente en mi
cintura, su aliento mentolado rozándome el rostro.
—Antes conocía la alegría, sí. Pero era efímera. Fugaz. Ahora... ahora
es constante. Es real. Siento una alegría distinta cuando escucho tu risa o
veo tu sonrisa. Si no sonríes, me preocupo. Pienso todo el día en ti. Me pesa
saber que podrías estar sufriendo —confieso, desviando la mirada,
avergonzada, pero no lo suficiente como para callarme.
Mientras limpio sus nudillos llenos de sangre seca, continúo:
—Contigo no dudo de lo que digo. No me censuro. Ni siquiera con mis
hermanas me sentía así. Siempre trataba de protegerlas, de no preocuparlas.
Pero contigo, puedo ser completamente yo. Y eso... es un regalo.
Tomo aire, pero no le doy tiempo de interrumpirme.
—No me gusta cuando estás lejos. Y cuando estás cerca, siento paz. Paz
verdadera. Nunca había sentido eso antes. Siempre había temor. En casa, el
miedo siempre llegaba después de cualquier momento feliz. Siempre. Pero
contigo, me siento fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Me siento valiente,
aunque a veces también asustada. Pero sobre todo, me siento viva. Y no
cambiaría eso por nada.
Ahí está.
Lo dije todo.
Y cuando el silencio se extiende, me empiezo a inquietar. Hasta que él
sube sus manos a mis mejillas y acerca su boca a la mía. Me besa. Es un
beso lento, lleno de promesas silenciosas. Cuando se separa, susurra cerca
de mis labios:
—Gracias.
—¿Gracias por qué? —pregunto, sin poder apartar la vista de su boca.
—Por hacerme sonreír. Por llenar de luz mi oscuridad. Porque, nena…
solo tú puedes hacerlo.
Solo yo.
—Bien —respondo con una sonrisa temblorosa.
Él se ríe suavemente y me besa la frente.
—Sí, mariposa. Bien.
Permanecemos en silencio mientras le doy los puntos en la ceja. Ni una
sola queja. Solo me observa. En sus ojos no hay dolor. Solo orgullo.
—¿Cómo sabes hacer esto? —pregunta cuando termino.
Pienso en mentir, en protegerlo del pasado feo, pero no quiero secretos
entre nosotros. Nunca.
Recojo el desastre del escritorio y guardo los insumos médicos.
—Tuve que aprender. Cuando era más joven, lo hacía seguido. A veces
para mis hermanas, otras para mí. No había opción. Y con el tiempo... se
me dio bien.
Gruñe. Un sonido bajo, primitivo. Salvaje. Está furioso por mí.
—Fue hace mucho —digo rápidamente—. Ya no me duele. No como
antes —le sonrío, intentando calmarlo.
—Estoy asombrado de ti —murmura, acariciando mi mejilla con sus
nudillos. Su contacto me incendia por dentro.
—¿Asombrado cómo?
—No hay un solo momento en que no sonrías o hagas sonreír a alguien.
Y joder, eres brillante. Eres la persona más inteligente que conozco, y
conozco a dos genios. Lo sabes todo, incluso sin haber tenido las mismas
oportunidades. Y aún así, eres amable. Eres luz. No puedo creer que seas
real. Y lo mejor de todo... ese maldito donador de esperma y sus títeres no
te rompieron. No lo lograron.
Sus palabras me atraviesan el alma. No lo lograron.
Estoy aquí. Viva. Libre. Mis hermanas también.
Él no ganó.
Las palabras de Riagan se repiten en mi mente como un mantra. No me
doy cuenta de que estoy perdida en mis pensamientos hasta que siento su
mano en mi cabello, jugueteando con un rizo.
—Voy a darme una ducha rápida, ¿sí? Luego nos vamos a casa —dice,
besando mi sien antes de levantarse con esfuerzo.
—Ah… estás herido. ¿Estás seguro de que puedes hacerlo solo? Podrías
caerte.
—Entonces supongo que vas a tener que venir conmigo, ¿no? —
responde con una sonrisa traviesa.
—¿Quieres que me duche contigo?
—Sí, quiero —dice, mientras se quita las zapatillas y baja los
pantalones cortos por las caderas.
—Estoy herido, baby —pone cara de puchero, adorable y descarado.
—Sí, estás herido —repito, contagiada de su juego.
Entonces me quita la camiseta, dejándola caer al suelo. Luego sus
manos bajan mis jeans con delicadeza.
—Tú lo dijiste —murmura, dándose la vuelta para mostrarme los
arañazos en la espalda—. Apenas puedo mantenerme en pie. Podría caerme
en la ducha. Y además… necesito ayuda con estos cortes de aquí atrás.
Lo miro, con el corazón palpitando y una sonrisa en los labios.
Estoy completamente perdida en él.
Y no quiero ser encontrada.
Tengo que admitir que en cuanto se dio la vuelta, mis ojos bajaron
automáticamente a su trasero desnudo, no a las heridas de su espalda.
—O-oh, está bien entonces —cedo, arrastrando la mirada de nuevo
hacia arriba—. Pero que sea rápido. Las duchas de gimnasio me dan cosa.
Las cosas que estoy dispuesta a hacer por este hombre me sorprenden
más cada día.
Gérmenes del gimnasio. ¡Qué asco!
—Lo último en lo que pensarás son gérmenes, cariño. Créelo.
Entonces me agarra la mano y me lleva al baño. Los dos estamos
desnudos mientras nos dirigimos a la ducha. Riagan me suelta la mano para
abrir la pluma. No echo de menos lo duro que está. Se siente bien, muy bien
saber que tengo el poder de hacerle eso. Me desea tanto como yo a él, y se
nota cuando su pene se contrae con solo mirarlo.
Sonrío.
Gruñe. —Joder, amor, ven—, dice, entrando, observándome mientras
me camino desnuda y completamente desprovista de timidez. Una vez
dentro de la ducha, cierra la puerta corredera y nos atrapa dentro. En cuanto
el agua tibia me toca la espalda, siento que se me pone la piel de gallina.
—Eres tan jodidamente hermosa. Toda mojada y toda mía. Me susurra
al oído antes de mordisquearlo. Su frente contra mi espalda mientras su
polla presiona mi trasero. —Me gusta tu piel contra la mía, susurro con
sinceridad mientras me lava las nalgas con jabón. —Disfruto la sensación
de las crestas duras de tu cuerpo contra mí.
—Y me encanta estar dentro de ti. Es mi lugar favorito. Susurra
mientras me lava. —Juro por Dios que últimamente no hago más que
pensar en todas las cosas sucias que quiero hacerle a este cuerpo. Me la
pones dura, Mila, solo con respirar.
—¿Q-qué quieres hacerle a mi cuerpo?, pregunto sin aliento.
Mi cabeza se apoya en su hombro mientras mete la mano entre mis
piernas. Jadeo. Cierro los ojos de placer mientras me toca.
—Quiero follarte todos tus agujeros y llenarlos de mi semen.
Se me corta la respiración y mis pechos se tensan mientras siento que el
espacio entre mis piernas se humedece cada vez más mientras él juega con
mi clítoris. —¿Qué más?
—Quiero doblarte sobre la encimera de la cocina y follarte tan fuerte
que mis hombres puedan oírlo. Podrán oír los fuertes gritos de mi mujer, la
mujer más hermosa tomando cada centímetro de mi polla. Desearán ser yo,
pero nadie puede tener este coño, ¿verdad, cariño?
—¿Este coñito estrecho, caliente y bonito es mío?
—Sí. Exhalo, loca de placer. Las cosas sucias que está diciendo... las
cosas sucias que le está haciendo a mi cuerpo. Se siente... bien.
—Buena chica. Esa es mi buena chica. Me invade una calidez ante sus
elogios. Nunca imaginé que participaría en el tipo de actividades que leo en
mis libros, pero aquí estamos, y desde luego nunca imaginé que me
encantaría que un hombre me llamara buena chica tocándome como lo hace
Riagan ahora. Como si esa parte le perteneciera. Cada parte de mí. Y lo
hace, y lo sabe.
—Ahhh.
Sus dientes entran, hundiéndose en mi cuello. Grito, incapaz de
controlar el movimiento de mis caderas porque lo necesito dentro de mí.
Mis piernas casi ceden. El calor de su boca se derrama sobre mi piel como
jarabe caliente, y el dolor es justo el suficiente para que cada centímetro de
mi piel cobre consciencia. Todo lo que toca está sensible, como una
antorcha encendida sobre mi cuerpo. No podía pensar. No quería nada más.
Me estiro hacia atrás y le toco la cara. —Más.
—Joder, sí, cariño.
Su respiración casi sonaba como un gruñido. Me abre las rodillas, me
agarra las caderas y me atrae hacia él, la carne dura de su polla
presionándome. Se me escapa un gemido, y ya podía sentir lo mojada que
estaba.
Se aferra a sí mismo, me corona, y antes de que pueda decir nada, se
desliza dentro de mí, enterrándose profundamente y llenándome tan bien
que mis rodillas tiemblan. —Ah, gimoteo, poniéndome rígida por un
momento para adaptarme. El punto que golpea profundamente dentro de mí
envía una ola de placer al resto de mi cuerpo, todo hormiguea y vibra, y
oigo su respiración trabajosa detrás de mí mientras él también se entrega.
Pero no espera mucho. Apretando mis caderas donde se unen a mis muslos,
comienza a bombear fuerte y rápido, y yo froto mis manos en la pared de la
ducha para evitar que mis rodillas cedan. Todo lo que pude hacer fue
intentar no caer mientras empuja dentro de mí en ataques cortos y rápidos,
llenándome con su tamaño y calor y luego retirándose para hacerlo de
nuevo. Dios, se sentía tan bien. Mi cuerpo se sacude, y él jadea y gruñe
mientras me folla cada vez más fuerte. Cuanto más penetra, más fuerte se
vuelve mi orgasmo, y en menos de un minuto, mi estómago empieza a
temblar, fuegos artificiales empiezan a encenderse en mi interior, y
contengo la respiración, dejando que el orgasmo explote por todo mi
cuerpo. Siento la piel de mis pezones tensarse y endurecerse, y grito: —
¡Riagan!
—Voy a tocarte la cabeza, cariño.
Aturdida, apenas asimilo sus palabras mientras siento que me agarra el
pelo con suavidad y me levanta la cabeza, obligándome a arquear más la
espalda y a sacar más el culo para él.
Se mete con fuerza, bombeándome fuerte y rápido hasta que él también
empieza a gruñir, cada vez más tenso a medida que empieza a correrse. Se
sacude dentro de mí varias veces más y luego da una embestida final, y
siento que sale de mi cuerpo. Lo siento correrse por todo mi trasero,
respirando fuerte y tan agotado que estaba segura de que se caería sobre mí.
Pero no lo hace. Se queda ahí, enterrado dentro de mí un minuto más. —
Quiero eso, le espeto. —Todo.
—¿Qué quieres, cariño?
Está sin aliento, y por un segundo, me preocupa que lo que acabamos de
hacer haya sido demasiado para él. Después de todo, está herido.
—Cuando te recuperes, quiero que hagas todo lo que has fantaseado.
Me doy la vuelta y lo encuentro mirándome con una sonrisa burlona
mientras el agua cae en cascada entre nosotros. No dice nada, solo me mira
fijamente mientras recoge el jabón y me limpia la espalda, donde eyaculó.
Me gusta.
Todo lo que hace, lo disfruto y quiero más.
—¿Dije algo malo?, le pregunto cuando deja el jabón y se estira detrás
de mí para cerrar el grifo.
—La próxima vez, cariño. Te mostraré todas las cosas que sueño con
hacerte, promete, saliendo a buscarnos toallas. —Ahora mismo, tengo
muchas ganas de que nos vayamos a casa y a la cama. Por mucho que me
guste follarte, mariposa. No me canso de verte durmiendo en mi pecho.
Dicho esto, desaparece a la otra habitación y regresa con un chándal gris
y una de sus camisetas en la mano. Enseguida me ayuda a ponérmela.
—Me gusta como te ves con mi ropa. De ahora en adelante, usa solo
eso.
—No puedo usar ropa de hombre.
—Bueno, sí puedo —digo—. No tiene nada de malo, pero me gusta mi
ropa. Los vestidos, sobre todo. También me gusta cómo me quedan tus
camisas… cómo me envuelven, como si me abrazaras. Me gusta tu olor en
la tela, el tacto suave… —Hago una pausa, pensativa—. Quizá para dormir.
—Trato hecho —responde con una sonrisa.
Me ayuda a secarme el cabello, y después reviso que las curitas tipo
mariposa en sus heridas no se hayan despegado durante la ducha. Cuando
ya estamos secos y vestidos, lo abrazo con fuerza.
—Gracias.
Sus brazos fuertes me envuelven de inmediato.
—No es que no me encanten tus abrazos, mariposa —dice con un leve
tono de burla—, pero… ¿por qué me abrazas así?
Aún pegada a su cuerpo, levanto la vista. Me pierdo por un instante en
sus labios. Me encantan sus labios… y todo lo que sabe hacer con ellos.
—Por lo que hiciste en esa jaula —respondo en voz baja.
Respiro hondo antes de continuar:
—Bloqueé muchos recuerdos dolorosos de mi infancia. Pensé que, si no
los miraba, no me afectarían. Quería evitar que esa oscuridad se colara en
mi presente… en mi futuro. Pero no me di cuenta de que los demonios no
se van solos. Hay que enfrentarlos. Y tú… tú los enfrentaste por mí, Riagan.
—No hay nada que no haría por ti, Mila —dice con firmeza.
Me aferro aún más a él.
—Nada —repite, más intenso—. No puedo respirar sabiendo que cada
malnacido que te hizo daño sigue caminando por ahí, como si nada. No
puedo permitirlo. No he terminado, y lo haré una y otra vez, hasta borrar
toda la mierda que te hicieron pasar. Toda. No voy a descansar hasta que lo
único que quede en tu vida sea luz. ¿Entiendes? Luz.
—No sé qué hice para merecer esto… —admito, sintiéndome de pronto
pequeña, tímida.
Me besa la cabeza, rodeándome con los brazos.
—No. Soy yo el afortunado. No entiendo cómo conseguí a alguien tan
pura y extraordinaria como tú… pero no lo cuestiono. Solo agradezco por
tenerte.
Yo sé la verdad.
El afortunado soy yo… pero no se lo digo. No lo aceptaría. Porque él no
se ve como yo lo veo.
El único ser humano extraordinario en esta habitación es él.
Mi héroe.
Mi hermoso villano con corazón de héroe.
Mi esposo perfecto.
—Vámonos a casa —dice, soltándome con suavidad.
A casa.
Me descubro sonriendo como una tonta.
—A casa —repito, y me sorprende lo mucho que me gusta cómo suena.
—Yo también, cariño. A mí también me gusta —responde, y su voz
suena tranquila. Casi feliz.
Sonrío mientras caminamos fuera de su oficina. Riagan me lleva directo
a su coche, sin decir palabra, como si supiera que no necesitamos más. Al
llegar, me recuesto entre sus brazos, el lugar más seguro del mundo.
Escucho su corazón, ese sonido firme y constante, mi favorito después de
su risa.
Esta noche entendí una verdad que ya no puedo negar: no hay nadie más
para mí que él.
Incluso mientras se acomoda a mi lado con cuidado, evitando presionar
demasiado sus heridas, me doy cuenta de algo. De todo lo que hace por mí.
Porque él no solo lucha por mí… también silencia el mundo. Silencia los
recuerdos malos. Silencia el miedo.
Cuando él está cerca, todo lo demás desaparece.
Y en ese silencio, hay paz.
Hay libertad.
La mayor que haya conocido en toda mi vida.
Y fue él quien me la dio.
Mientras me quedo dormida con la cabeza sobre su pecho, me pregunto,
por última vez, qué hice para merecer a alguien como él.
Un criminal, sí. Pero con un corazón de oro.
Un corazón que ahora es mío.
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
“La amo exactamente por quien es.”
La Chica De Riagan
RIAGAN
“La amo exactamente por quien es.” — R
—¿Y a llegamos? —pregunta Mila, con una sonrisa radiante mientras
la guío con los ojos vendados.
—Unos pasos más, cariño —respondo, incapaz de contener
la sonrisa que me provoca su entusiasmo.
Su emoción infantil me derrite el corazón. Ya estoy planeando la
próxima sorpresa. Si esto es lo que provoca en ella... sí, voy a prepararle
una cada día por el resto de nuestras vidas.
Se lo merece. Y mucho más.
Hoy va a tachar otro sueño de su lista de deseos, y joder… si no me
siento orgulloso como el demonio. Pasó su examen de manejo con
excelentes resultados. No es que me sorprenda. Mila es brillante, y todo lo
que se propone, lo logra. No de cualquier forma, no. Lo logra con una
elegancia y determinación que te deja sin aliento.
La mayoría de las chicas de su edad tienen listas de deseos ridículas o
metas superficiales, como hacerse famosas o volverse virales en alguna
mierda de red social. Pero no mi chica.
Ella va por las cosas reales. Las pequeñas. Las que los demás damos por
sentadas.
Como cambiarle la vida a alguien.
O aprender a conducir.
Así de dulce y bondadosa es.
—Estoy emocionada, Riagan. ¿Sabías que las sorpresas agradables
activan la liberación de dopamina? Es el neurotransmisor del bienestar —
dice, balanceándose apenas de la emoción.
—Ese es nuestro químico de la felicidad, ¿no? —le respondo justo
cuando llegamos frente al garaje.
—¡Correcto! —me contesta con un pulgar arriba.
Joder. Mi esposa es adorable.
Me detengo.
—Ya llegamos.
—¡Por fin! —aplaude, con esa energía que me atraviesa el pecho como
una daga dulce. Maldita sea, su dulzura es adictiva.
—¿Estás lista, amor? —le pregunto mientras le suelto la mano y busco
la bandana que le cubre los ojos.
—¡Sí! —responde, dando un pequeño salto en su sitio.
—Aquí vamos —digo, retirándole la venda con cuidado y dejándola
caer a sus pies—. Felicidades, mariposa.
Un jadeo de sorpresa se escapa de sus labios al ver lo que tiene frente a
ella: un Mercedes GLC blanco, modelo 2023, y junto a él, un Model X azul
claro.
Recuerdo una conversación que tuvo con Maeve hace unos días.
Mencionó que no podía esperar a tener su propio coche.
Ahora tiene dos.
Le habría comprado uno o dos más, sin dudarlo. Pero sé cómo es ella.
Mila habría estado igual de agradecida si le regalaba una bicicleta
oxidada.
La observo en silencio. Se queda congelada un momento que se siente
eterno, antes de girarse hacia mí con los ojos abiertos de par en par.
—¿Esos autos son para mí? —pregunta, con la voz temblorosa.
Mierda. Se me rompe un poco el corazón. No, mucho.
Cada vez que le doy algo bonito o hago algo por ella, lo sobrepiensa. Le
cuesta creer que sea real. Es una de esas señales que me recuerdan lo que
tuvo que vivir en Detroit. Aún carga con más de lo que deja ver. Está
sanando, sí, pero algunos traumas toman más tiempo del que cualquiera
querría admitir.
Y yo tengo todo el tiempo del mundo.
Llevo una mano a su mejilla y la acaricio con suavidad. Le sonrío para
tranquilizarla.
—Son para ti, amor. Considéralos un regalo adelantado de cumpleaños,
¿sí?
—¿Pero dos coches? Uno ya es demasiado, pero ¿dos? Yo... yo no
puedo...
—Nada de peros —le digo, tocándole la nariz con un golpecito
juguetón.
—Dijiste que te encanta verme sonreír, ¿cierto?
Ella entrecierra los ojos, con esa expresión sospechosa que me mata de
ternura.
—Sí… ¿A dónde vas con eso?
Chica lista.
Contengo la risa que me sube por el pecho. Se ve condenadamente linda
ahora mismo.
—Bueno, enseñarte cosas nuevas y darte regalos me hace feliz. Y eso, a
su vez, me hace sonreír.
—¡Eso no es justo! —protesta.
—Tonterías. Es una transacción justa.
Y lo es. El dinero, los coches... nada de eso me importa. Pero la forma
en que ella sonríe... eso lo vale todo. Cada maldito segundo de mi
existencia.
—No lo es —insiste, bajando la mirada—. Yo no tengo dinero. No
puedo darte las mismas cosas. Yo...
Su voz se apaga, y su cabello cae como un escudo frente a su rostro.
Mierda.
Llevo una mano bajo su barbilla y la obligo a mirarme. Sus ojos, esos
ojos azules enormes, me golpean con fuerza. Están llenos de movimiento,
de emociones. Siempre tratando de encontrar un punto de anclaje. Son tan
hermosos que me dejan sin aliento.
—Tú ya me das mucho más. Cosas que ningún dinero podría comprar.
Me inclino para que quedemos cara a cara y le doy un beso suave. Gimo
al saborearla. Mía. El animal salvaje dentro de mí ruge con fuerza. Mía.
Solo mía.
Se separa con delicadeza y acaricia mi mejilla.
—Yo también quiero poder comprarte cosas... cosas que te hagan
sonreír —susurra, y su aliento me roza la piel como una droga.
Le robo otro beso y le sonrío, dejando que vea la verdad en mis
palabras.
—No necesito nada más que a ti, mariposa. Tu felicidad es lo único que
quiero.
Porque su amor… ya lo tengo. Aunque no lo diga con palabras, lo sé.
Tengo su corazón. Y ese es el único tesoro que valoro en esta vida.
Bueno, aparte de mi viejo.
Mila me sonríe con tanta luz que me deja ciego.
Dios… ya es hermosa cualquier día. Pero cuando sonríe así… podría
caer de rodillas.
—Siempre dices las cosas más dulces, Riagan —susurra.
—¿Qué te puedo decir, amor? Tú sacas lo mejor de mí —le guiño un
ojo, y su sonrisa se ensancha aún más.
—Cada parte de ti es buena —dice, bajito, como si le diera vergüenza.
—Nah, nena. Sé que eso no es cierto —respondo, viendo cómo sus ojos
se enfocan en mis labios—. La única parte buena de mí… eres tú.
Sus mejillas se tiñen de rosa. Hermosa.
—¡Oh, te las pusiste! —dice de repente, rompiendo la tensión con una
risa alegre mientras señala mis pies.
—Claro que sí —levanto un poco el bajo de mis jeans para que vea
mejor las zapatillas blancas que ella personalizó para mí—. Eres
increíblemente talentosa.
—Gracias —responde, aún sonriendo—. Me alegra que te gusten.
—Me encantan —le digo. Te amo está en la punta de mi lengua, pero
me lo guardo… por ahora.
—Te quedan muy bien.
—Lo sé. ¿Sería mucho pedir que pintes todo lo que tengo? Desata tu
locura, nena. Pinta mi mundo.
—Estás loco —se ríe, abrazándome.
—Loco por ti —le susurro, con toda la sinceridad del mundo.
Estoy completamente enloquecido por esta chica. Es lo único en lo que
pienso. Lo primero que veo cuando abro los ojos por la mañana, y lo último
antes de cerrarlos por la noche.
Es mi todo.
Y no lo querría de ninguna otra manera.
Mi chica perfecta.
Mi sueño hecho realidad.
—Yo siento lo mismo, Riagan —murmura contra mi pecho.
Sonrío. La alejo suavemente solo lo suficiente para verla bien. Miro su
rostro, esa expresión pura, llena de alegría… y la grabo en mi memoria. Es
la clase de imagen que quiero recordar incluso cuando sea viejo y tenga el
cabello gris.
Joder, soy adicto a sus sonrisas. Las necesito todas.
—Lo sé —respondo, con esa seguridad que solo ella me da.
—Eres tan arrogante —dice, dándome un pequeño golpe en el pecho.
—Oh, tú lo sabes bien.
Se queda boquiabierta.
—¡Oh! ¡Entendí ese! Una indirecta. Qué ingenioso.
Suelto una carcajada. Su cuello se tiñe del mismo rosa que sus mejillas,
y tengo que contener las ganas de besarla otra vez.
Así es como ella pinta mi mundo.
Con risa, con color, con magia.
Y me jode lo bien que lo hace.
Tomo su mano y la guío hacia sus autos nuevos, todavía con su risa en
mis oídos.
—Vamos, elige uno y demos un paseo.
—¿En serio? —pregunta con esa sonrisa que podría hacer que el sol se
sintiera innecesario.
No puedo evitar sonreír con ella. Es imposible no hacerlo. Su felicidad
es contagiosa. Brillante.
—En serio, amor. Elige el que quieras.
Mira los dos vehículos como si no pudiera decidirse. Y, honestamente,
la entiendo. Ella no está acostumbrada a tener opciones así. No todavía.
—¡Me encantan los dos! —exclama, mordiéndose el labio mientras
piensa. Después de unos segundos, se inclina hacia la izquierda y señala
con decisión—. Ese. El Model X.
Y así, sin más, pasamos el resto del día recorriendo la ciudad.
Riendo.
Hablando.
Compartiendo datos curiosos que solo ella recordaría, con esa voz suave
que me arrulla el alma mientras conduce. Su pelo alborotado por el viento,
su mano sobre la mía cada vez que puede. Mi dulce reina llevando el
volante como si siempre hubiera pertenecido ahí.
No pensé que podía haber algo mejor que esto.
Pero lo hubo.
Mucho, muchísimo mejor.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“Él me robó el corazón y se lo guardó para él.”
Porque Eres Tú
MILA
“Tú eres todos mis buenos días.” — R
A veces, cuando me pierdo demasiado en mis pensamientos, me
desconecto del mundo. Es como si mi mente se hundiera en otra
dimensión, lejos del ruido, de las voces, de todo.
No escucho cuando me llaman. No porque no quiera... simplemente, no
lo noto.
Y eso fue lo que pasó aquella vez.
Estaba demasiado concentrada leyendo mi libro favorito. A salvo, en mi
rincón. Mi pequeño escape.
No me di cuenta de que mi padre estaba detrás de mí, llamándome. No
hasta que ya era demasiado tarde.
—Mila. —Su voz retumba detrás de mí, seca y grave, como un disparo.
Me sobresalto. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente y dejo caer el
vaso de leche que tenía en las manos. El líquido se estrella contra el suelo,
se esparce como una mancha de culpa sobre los pisos relucientes que tanto
cuida.
Y ahí está el problema.
Mi padre odia dos cosas: que lo ignoren y que le arruinen el orden. Yo
acabo de hacer ambas en un solo segundo.
Antes de que pueda siquiera explicarme, sus manos me empujan con
fuerza en el pecho. Siento que el aire me abandona mientras mi cuerpo cae
hacia atrás, y aterrizo sobre mis glúteos con un golpe seco. El dolor sube
directo a mi coxis, agudo, paralizante.
Un déjà vu me invade, frío y conocido. Lo he sentido antes. Varias
veces.
—¿Qué te he dicho sobre ignorarme? —ladra. Su voz es como un
trueno demasiado cerca.
Odio cuando la gente grita. Las personas que gritan no suelen tener
nada amable que decir.
En mi experiencia, solo gritan los que quieren hacerte sentir pequeña.
—Joder, mírate. Hasta los perros responden cuando los llaman por su
nombre —escupe, seguido de una risa seca, cruel.
Ese tono…
Lo conozco bien.
Se enrosca en mi estómago como un tornillo oxidado, apretando,
girando.
Es la crueldad disfrazada de poder. Y él la domina a la perfección.
Me pongo de pie, torpemente. El golpe me sigue doliendo, pero duele
más otra cosa: su desprecio. La forma en que parece disfrutar esto.
¿Cómo puede un padre sacar placer de herir y humillar a su hija?
Sé que no soy perfecta. Sé que me pierdo en mi mundo, que a veces no
soy tan rápida como él espera.
Pero... siento. Me duele.
Soy humana, aunque él insista en tratarme como algo que sobra.
Lo más aterrador es que él nunca sube a mi habitación. No le interesa
este espacio. Aquí no hay nada que quiera.
Si ha subido, es por una sola razón: recordarme que sigo siendo
pequeña.
Y que él sigue teniendo el control.
—No fue mi intención... —empiezo a decir, mi voz apenas un susurro.
Pero no llego a terminar. Su mano cruza el aire y me golpea la mejilla.
El sonido es seco. El ardor, inmediato.
Un sollozo se me escapa, involuntario.
Me ha gritado, empujado, insultado... pero nunca me había abofeteado.
—No me respondas —gruñe, acercándose. Su cara está rígida, su boca
torcida en una sonrisa cruel.
Tiene los ojos fríos. Duros como el mármol.
Mi padre es un hombre guapo. Eso dicen todos.
Y sí, lo es. De alguna forma me recuerda a Arianna, mi hermana mayor.
Pero mientras Arianna tiene un corazón, por frío que parezca... él no
tiene nada.
Solo oscuridad.
Las lágrimas me arden detrás de los ojos, pero no las dejo caer. No se
lo permito.
Bajo la cabeza, sabiendo que nada de lo que diga va a cambiar lo que
él ve en mí.
No soy su hija.
Para él, solo soy una carga. Una decepción.
—¿Qué dices, niña? —me escupe.
Niña.
Nunca Mila.
Solo un intento más de borrarme.
De convencerme de que no soy alguien. Solo algo. Que no soy humana.
Conociendo de memoria lo que viene si no le doy lo que quiere,
respondo con voz baja:
—Lo siento, padre —susurro, con la cabeza gacha.
Él odia mis ojos.
Odia mirarme. Pero, sobre todo, odia mis ojos.
Dice que lo incomodan. Que mis ojos lo enfurece.
Según él, no mirar a la gente a los ojos es señal de debilidad. Que no es
natural como no puedo mantener el contacto visual con otras personas.
Dice que hago que los demás se sientan incómodos.
—Limpia este desastre —escupe, y patea el vaso derramado,
desparramando aún más leche por el suelo antes de girarse y salir de la
habitación.
Solo cuando escucho el clic de la puerta al cerrarse me permito soltar
el aire que había estado conteniendo. Las lágrimas brotan de inmediato,
calientes, saladas. No me molesto en detenerlas esta vez.
Camino en silencio hacia el baño, buscando una toalla. No pienso bajar
a buscar un trapeador. Podría cruzármelo de nuevo, y no pienso correr ese
riesgo.
Esto tendrá que bastar.
Me arrodillo frente al charco blanco y empiezo a limpiar con manos
temblorosas. Froto el suelo con fuerza, hasta que cada gota desaparece.
Hasta que la superficie queda tan impecable como antes. Mejor, incluso.
Solo entonces me pongo de pie, con la toalla empapada entre las
manos, y camino hacia la ventana. El aire se siente más frío aquí. El cielo
está oscuro, pero las estrellas... brillan.
Brillan como si no supieran nada del infierno que vive bajo este techo.
Llevo una mano a mi pecho. Golpeo suavemente tres veces. Paro. Y lo
repito.
Es un gesto pequeño, ridículo quizás... pero a veces me calma. A veces
alivia ese dolor sordo que vive en mi pecho, como un nudo que no se
deshace nunca.
—¿Por qué? —susurro a la noche—. ¿Por qué nací así?
Y lloro. Lloro de verdad. Trato de hacerlo en silencio, porque no quiero
que nadie me escuche. No quiero causar otro problema. Otro desastre.
Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, pero no aparto la vista
del cielo. Me obligo a quedarme ahí, quieta, mirando. Soñando.
Empiezo a imaginar todas las cosas que haría si algún día pudiera salir
de esta casa.
No cosas imposibles. Solo cosas simples.
Caminar sin miedo. Leer sin esconderme. Dormir sin sobresaltos.
Reír.
Respirar.
Me aferro a esos sueños con fuerza, concentrándome solo en ellos.
Una a una, las lágrimas se detienen.
El nudo en el pecho afloja, solo un poco.
Pero en el fondo...
Muy en el fondo, sé que no hay salida.
Esto no es un cuento de hadas.
Nadie viene a salvarnos.
Nadie.
C UANDO ERA MÁS JOVEN , empecé a dibujar y pintar como un simple
pasatiempo. Al principio, solo lo hacía porque me ofrecía una escapatoria.
Un respiro. Una manera de no pensar todo el tiempo en nuestra situación
dentro de la casa Parisi.
Con el tiempo, me di cuenta de que también me ayudaba a entender
mejor a las personas. Observaba sus gestos, sus reacciones... y luego
intentaba capturar eso en mis dibujos. Me ayudó a leer emociones, a sentir
más profundamente.
Al principio era solo una distracción.
Ahora es mucho más que eso.
Hoy, pintar y dibujar se ha convertido en una parte esencial de mí. Es la
forma más honesta que tengo de comunicarme. Me ayuda a expresar lo que
a veces las palabras no logran decir.
Y sí, también me ha hecho más empática. Más sensible a lo que sienten
los demás.
Y eso... eso siempre es bueno.
Tarareo mi canción country favorita mientras tomo el bote de pintura
acrílica marrón. Lo vacío con cuidado sobre la paleta limpia y sonrío al
instante.
Por fin encontré el tono perfecto.
Una coincidencia exacta con lo que imaginé.
Mezclo el marrón con una pequeña cantidad de amarillo, concentrada,
mientras miro hacia la pared frente a mí.
Hace unos días era completamente blanca.
Ahora está llena de color. Y de amor.
Para él.
Ayer, escuché a Cianne mencionar que el cumpleaños de Riagan se
acercaba. En cuanto lo dijo, una idea empezó a tomar forma en mi mente.
Una idea que me puso nerviosa… pero también emocionada.
Es el momento perfecto para darle algo.
Algo que venga directamente desde mi corazón.
Le pedí a Cianne que me ayudara con la sorpresa. Que consiguiera los
materiales que necesitaba para el proyecto. Pero en lugar de hacer
preguntas, simplemente sonrió... y me dijo que lo siguiera.
Lo hice.
Y cuando me llevó al ala izquierda de la mansión, abrió una puerta y me
mostró el estudio que Riagan había mandado construir solo para mí.
Al principio, pensé que era una broma.
No podía creer lo que estaba viendo.
Parecía uno de esos estudios profesionales que a veces aparecen en mis
redes sociales: grandes, luminosos, perfectos.
Pero este era diferente. Este tenía alma. Tenía colores brillantes,
muebles divertidos, y ese aire cálido que hace que un lugar deje de ser un
espacio… y se convierta en un hogar.
Casi me desmayo de la emoción.
Mi corazón casi estalla cuando vi todo lo que había conseguido para mí.
Todos los materiales, los pinceles de diferentes tamaños, los lienzos, los
acrílicos, los caballetes… todo. Más de lo que jamás necesitaré. Y la
habitación… Dios, la habitación. Decorada con mis colores favoritos, con
cortinas suaves, una alfombra mullida, estantes llenos de orden y luz natural
por todos lados.
Me hizo inmensamente feliz.
No por las cosas materiales.
Sino porque pensó en mí.
Pensó en mis gustos, en los detalles pequeños, en lo que me gusta y lo
que no. Siempre lo hace. Nunca se le escapa nada.
Y esa noche… le mostré lo agradecida que estaba.
Se lo mostré de muchas maneras.
El calor me sube a las mejillas solo de pensarlo.
Las cosas que me hizo.
Las cosas que le hice.
Nunca imaginé sentirme tan cómoda desnuda frente a alguien,
compartiendo… bueno, todo. Germenes, piel, aliento, vida.
Pero lo estoy.
Y me gusta.
Me gusta mucho.
Tomo el pincel más pequeño y continúo pintando la sección que dejé
ayer. Está quedando tan hermosa...
Estoy emocionada por ver su reacción cuando lo vea. Sé que esto no se
compara con todo lo que él me ha dado, pero es algo desde el fondo de mi
corazón. Un regalo sincero. Hecho con amor.
Gracias a Cianne, he podido mantener a Riagan alejado de esta parte de
la mansión. Cada mañana, cuando él sale para atender a sus hombres o a sus
negocios, Cianne me ayuda a descubrir la pared.
Y cada noche, la cubrimos juntos.
Nadie más lo sabe. Ni el personal.
Cianne se ha encargado de eso.
Y le estoy muy agradecida.
También agradezco su compañía. Él está encargado de cuidarme
mientras Riagan está fuera, pero nunca me ha tratado como una tarea. Me
trata como una persona.
Hablamos. Bueno… él habla la mayor parte del tiempo, pero yo lo
escucho. Y disfruto de sus historias. Sus comentarios siempre me hacen
reír, aunque la mitad de las veces no entiendo los chistes que cuenta. Pero
no le molesta. Solo me los explica con paciencia.
Y no se ríe de mí. Solo ríe conmigo.
Esta tarde hemos estado riendo tanto mientras compartía anécdotas de
su tiempo como jefe de seguridad de Riagan. Hace un momento salió un
segundo para llevar a Bruno al patio a hacer sus necesidades. Debería estar
por volver.
Cianne no lo admite, pero está perdidamente enamorado de Bruno.
Siempre se queja de que el cachorro le muerde los zapatos, pero es el
primero en traerle un juguete nuevo o una galleta para perros.
No me engaña.
También lo he visto rascarle la panza cuando cree que nadie lo está
mirando.
Estoy tan sumergida en mis pensamientos que no me doy cuenta de que
alguien me llamó por mi nombre… hasta que es demasiado tarde.
Mi mente apenas empieza a reaccionar cuando la voz se vuelve más
brusca.
—Señora O’Sullivan —escupe alguien con desdén, y sin más, lanza una
bandeja con comida al suelo. El estruendo me sobresalta, sacándome de
golpe de mi burbuja. Lo siguiente lo murmura, pero lo escucho: "retrasada".
Recojo rápidamente mi gorra del suelo y me la pongo, bajando la visera
para esconder mis ojos.
No quiero mirarlo. No quiero que me mire.
La gente siempre dice que mi mirada es “rara”. Que incomoda.
No me gusta mirar a los ojos cuando hablo. A veces simplemente no
puedo.
En este momento… desearía que la tierra me tragara.
Odio las confrontaciones. No reacciono bien.
Me congelo.
Y eso solo los enfurece más.
—¿Qué diablos está pasando aquí, Mitch? —gruñe otra voz, más grave,
más firme.
Pero no presto atención a los gritos.
Mi mirada está fija en la pintura derramada sobre el suelo.
Oh no.
Hice un desastre.
Uno grande.
Y de inmediato… me transporto a otro momento. A otra época.
Soy una niña otra vez. Y papá me está gritando por haber manchado el
piso con crayones.
Por haber derramado pintura.
Por existir.
—Lárgate de aquí —escucho que alguien dice—. Él se encargará de ti
más tarde.
Pero no sé si esas palabras van para mí o para Mitch.
Todo se escucha lejano, como si estuviera bajo el agua.
Solo puedo ver el desastre.
Solo puedo sentir el pánico.
—Señor, yo… —empieza a decir el hombre que tiró la bandeja al suelo,
el mismo que me llamó de una forma que preferiría borrar de mi memoria.
Pero no le da tiempo a terminar.
—Guárdatelo. Lárgate antes de que yo mismo me encargue de ti.
Créeme, no quieres eso, muchacho —responde una voz más grave, más
firme.
Y entonces… el ruido desaparece.
“Brilla, brilla, estrellita…”
Empiezo a cantar en mi cabeza, suave, casi sin darme cuenta. Es mi
forma de protegerme del mundo cuando se vuelve demasiado ruidoso.
Riagan no está aquí.
No puede salvarme.
“Despierta, Mila. Reacciona.”
Esa vocecita dentro de mí lo intenta.
Pero no puedo.
Estoy congelada.
Paralizada.
—Te estoy tocando, querida niña —dice la misma voz firme, ya cerca,
justo antes de que alguien me quite la gorra. Me estremezco de inmediato,
encogiéndome como reflejo, y un sollozo se escapa de mi garganta.
—Shh… está bien. Soy yo. No te haré daño.
Su tono es bajo, paciente.
Me toma unos minutos controlar mi respiración y reunir el valor
suficiente para mirar a quien está arrodillado junto a mí.
Es un rostro que reconozco. Uno que me recuerda a Riagan, pero más
cansado… con las mejillas hundidas y los ojos llenos de años, de historias.
Cathan.
El padre de Riagan.
Y de pronto, el dolor me sacude. No por lo que me dijeron.
Sino porque él lo escuchó.
He sido llamada cosas horribles muchas veces antes, pero esta vez…
esta vez dolió más.
Porque fue delante de él.
Y si ese empleado piensa que soy una carga, que no valgo… ¿y si
Cathan también lo piensa?
¿Y si, en el fondo, Riagan también…?
No puedo evitar sentir vergüenza.
Vergüenza porque fui testigo de mi propia pasividad.
Vergüenza porque simplemente me quedé ahí. Sin decir nada. Sin
defenderme.
¿Pensará que soy débil?
¿Que no soy suficiente para su hijo?
Siento su mano áspera en mi rostro. Me toma con suavidad de la
barbilla, obligándome a mirarlo. Intento apartar la vista, pero no me lo
permite.
Se inclina un poco más y, con cuidado, limpia una lágrima que ni
siquiera sabía que había caído.
Me enfoco en el pequeño pendiente de diamante en su lóbulo izquierdo.
No puedo mirarlo directamente a los ojos. No todavía.
—Estás bien. Y eso no volverá a pasar —dice con un susurro firme,
como una promesa grabada en piedra—. Tienes mi palabra, dulce princesa.
Sus palabras me envuelven. Son cálidas. Me tranquilizan de un modo
que no esperaba.
Y sin pensarlo, me acerco un poco más.
No me importa su cercanía.
Cathan, a pesar de su aspecto intimidante, transmite la misma calma que
su hijo. La misma sensación de… seguridad.
Pienso en la promesa que acaba de hacer, pero no tengo el valor de
preguntarle cómo puede estar tan seguro.
La gente siempre me mirará diferente.
Por cómo soy.
Por cómo pienso.
Por lo que no digo en voz alta.
—Por favor… no se lo digas —susurro, mi voz se rompe a mitad del
ruego—. No quiero que él lo sepa.
—Me temo que ya es demasiado tarde para eso, cariño —responde con
suavidad.
Y no necesito alzar la vista para saber que es verdad.
Es demasiado tarde.
Ya está aquí.
Ya lo sabe.
Riagan
V ER la foto que me envió Kelly de Mila sentada en el suelo con pintura en
sus rizos y en su cara me hace sonreír. Preciosa, incluso cubierta de toda esa
mierda.
Estoy guardando la foto como salvapantallas cuando aparece un nuevo
mensaje.
Conor: Tengo una pista sobre el mercenario que aceptó el
contrato de tu mujer. Llámame.
Leo el mensaje de Conor y estoy a punto de devolverle la llamada
cuando oigo, a lo lejos, la voz de mi padre…
…consolando a una Mila que llora.
El corazón se me encoge en el pecho, y antes de darme cuenta, ya estoy
caminando en dirección a sus voces, con pasos largos y apurados. Cuando
doblo la esquina y los veo, me detengo en seco.
Mila está en el suelo, con restos de comida manchando su ropa.
Mi padre está de rodillas junto a ella, abrazándola con fuerza.
Y ella… joder, ella está temblando.
En cualquier otro momento, verlos así me ablandaría. Mi padre ha sido
su apoyo cuando yo no estoy, y lo respeto por eso.
Pero ahora no.
No cuando mi mujer tiene lágrimas corriéndole por las mejillas y el
alma hecha un nudo.
La furia me sube como fuego por la garganta, quemando cualquier
intento de pensar con claridad.
Ni siquiera noto la sorpresa que Mila lleva una semana escondiendo en
esa pared que tanto ha estado trabajando.
No veo los colores.
No veo el arte.
Solo veo sus ojos llenos de lágrimas.
Y eso…
Eso es suficiente para que alguien muera hoy.
Debí darme cuenta de que algo iba mal desde el momento en que no
salió a saludarme. Siempre me espera junto a la entrada, como si no pudiera
pasar un minuto más sin verme.
Hoy no estaba.
Y ahora sé por qué.
—¿Qué pasa? —ladro, mirando directo a mi padre.
Él no dice nada. Solo la abraza con más fuerza, como si pudiera
protegerla con su propio cuerpo.
No me ayuda.
Nada lo hace.
La rabia me late en la sien, me retumba en los oídos. Aprieto los puños,
sintiendo la presión de mis nudillos contra la piel. Estoy a un segundo de
perder el control. Y no quiero que ella vea eso.
Esta es su casa.
Su espacio seguro.
Y alguien lo manchó.
—¿Quién? —pregunto, esta vez con la voz más baja, más densa… más
peligrosa.
Ella intenta hablar, pero su voz apenas es un susurro ahogado.
—No… no es… —tartamudea, y esa maldita vacilación me parte en
dos.
Mila solo tartamudea cuando tiene miedo. O cuando está herida.
Y entonces hace algo que me jode más que todo lo anterior.
Baja la cabeza.
Como si tuviera vergüenza.
No.
No.
No.
La vergüenza no es suya.
Es del imbécil que se atrevió a hacerla sentir así.
A ella. En mi casa. Pensando que podía salirse con la suya. Pensando
que yo no me enteraría.
Jugada valiente.
Y estúpidamente suicida.
Cierro los ojos un segundo, intentando contener la tormenta que tengo
dentro. No quiero que esta parte fea de mí la toque. No quiero que le tenga
miedo a mí, cuando lo único que quiero es protegerla.
Miro a mi padre.
Él también está tenso. Enfadado. Cansado.
—¿Quién? —repito, con voz áspera. Es una orden.
—Mitch —responde. Una sola palabra.
Y con eso me basta.
Listo.
Se acabó la calma.
Por más difícil que sea, me obligo a darme la vuelta.
Dejo atrás a mi reina, aferrada al pecho de mi padre, llorando,
llamándome por mi nombre, confundida… preocupada.
Su voz se me clava en la espalda como un cuchillo. Cada sollozo, cada
grito, es un latido desacompasado en mi pecho.
Pero no puedo detenerme.
No ahora.
Tengo que hacer esto.
Voy en busca del hijo menor de Scotty Flynn.
Debí haber acabado con esa maldita familia hace mucho tiempo. Pero
por respeto al clan, por los años de servicio y lealtad… los dejé seguir
respirando.
Incluso cuando tuve que eliminar al propio Scotty por insolente, por
traidor en potencia… aún así, dejé que sus hijos permanecieran.
Error mío.
Pero ya no más.
Ahora tengo la excusa perfecta.
No es venganza, es justicia.
Porque ¿de qué sirve la lealtad si no va acompañada de respeto?
¿De qué sirve tener soldados si no conocen su lugar?
Si no temen a su líder.
Si se atreven a tocar lo que me pertenece.
Esto no fue un error.
Fue una declaración.
Una provocación.
Y será la última que se atrevan a hacer.
Esta fue la gota que colmó el vaso.
La línea que nunca debieron cruzar.
No tolero la traición.
No en mi casa.
No con mi mujer.
Y ahora sé, sin lugar a dudas, que hay un traidor entre mis filas.
Es hora de sacarlo a la luz.
Y de hacerle recordar —a él y a todos— por qué soy el maldito líder de
este clan.
Por qué nadie, nadie, toca lo que es mío.
Nadie le hace daño a mi esposa y vive para contarlo.
Nadie.
Mensaje de C
M,
Nunca ha habido nadie más.
Siempre fuiste tú.
— C
Mi Esposa
RIAGAN
“Quisiste joder con la equivocada— con la mía.”
— R
T
engo que respetar a este cabrón. De verdad.
Incluso con cadenas alrededor del cuello sujetándolo y sabiendo el
su final, no grita ni suplica.
Pero inventa excusas.
Las odio tanto como las súplicas.
Es inútil.
No entiendo que pensara que no tendría la mansión conectada en
lugares que ni siquiera mis hombres más leales conocen. Confío en mis
hombres hasta cierto punto: Kelly, Byrne, Bain y los gemelos genios, pero
sé que se necesita muy poco para convertir a un hombre leal en un perro
traidor. Eso fue lo que le pasó a Mitch Flynn.
El muy imbécil pensó que podía hacerle daño a Mila, y yo no me
enteraría. No sé qué estaba pensando, pero por eso estamos aquí.
Para averiguarlo.
Maté a su padre no solo por cuestionar mi liderazgo y compromiso con
el clan, sino también por hablar mal de mi madre.
Ahora su hijo le ha hecho daño a mi mujer. No hay vuelta atrás en esto.
Pero tiene que haber más. Tiene que haber un motivo más allá de
joderla.
No puede ser tan tonto como para vengarse del asesinato de su padre
lastimando a mi esposa en mi maldita casa. Tenía que saber que me
enteraría, y nada de lo que dijera o hiciera podría salvarlo. ¿Entonces por
qué?
Me detengo frente a Mitch, saco mi navaja del bolsillo trasero y la abro.
Agarrándole la muñeca, golpeo su mano contra una mesa y la atravieso con
la navaja, sujetándola. La misma mano que usó para señalarla mientras la
insultaba.
Retrasada.
Eso fue lo que dijo.
Vi el video de vigilancia desde el momento en que Kelly salió un
momento, dejándola sola, creyendo que estaba a salvo en su propia casa,
hasta que ese cabrón de Mitch le tiró la bandeja de comida a su lado,
mientras pintaba tranquilamente. Reviví el momento en que dio un salto
cuando la comida se derramó junto a ella y vi cómo se le llenaban los ojos
de lágrimas antes de agachar la cabeza.
No solo la asustó e intimidó, sino que también tuvo el valor de tirarle
mierda mientras la insultaba.
La muerte es una penitencia misericordiosa. Un camino que no tomaré.
Le hundo el cuchillo más profundamente en la mano, sonriendo
mientras grita, intentando quitárselo de un tirón, pero el cuchillo está
clavado en la madera. El muy cabrón solo está empeorando el dolor. —No
preguntaré por qué, porque la verdad es que me importa un carajo. Le
agarro la cara, obligándolo a mirarme a los ojos. —Discúlpate,— le suelto
la cara y le ordeno mientras señalo a Kelly, que está detrás de mí, sujetando
su teléfono mientras graba la escena.
—¿Qu-qué? La voz chillona de Mitch tiembla.
Sonrío, disfrutando de la mirada aterrorizada del cabrón, ya no tan duro
como cuando se metió con Mila. Eso es lo que pasa con los abusadores.
Suelen aprovecharse de la gente que creen débil para sentirse mejor con su
inútil existencia, pero Mila no es débil, ni está sola. Ya no.
Me tiene a mí.
Lo agarro del pelo y le tiro la cabeza hacia atrás. —Discúlpate con mi
mujer. Ahora mismo. Vuelvo a señalar a Kelly, que ahora tiene una mirada
alegre, pero sus ojos dicen otra cosa. Está tan molesto como yo y también
se siente un poco culpable. Cree que es culpa suya por alejarse un minuto,
pero es culpa mía por pensar que estaba a salvo en su propia casa.
—Lo... lo siento, gruñe con los dientes apretados. —No sabía que era
diferente. Gruñe. Mentira.
Cuando me quedo callado, mirándolo fijamente, sin creerle ni una
palabra, es cuando se enfada y muestra su verdadera cara.
Igual que el cabrón de su padre.
—Mi padre tenía razón.
Gruñe mientras sus ojos se oscurecen. Una locura. —Eres débil, y todos
lo saben.
Mira a mis hombres, que están a un lado, observando la escena en
silencio. —Vienen por ti, y no tienes ni idea de lo cerca que están. —Se ríe
mientras la sangre le brota de la boca, le sube a la barbilla y el pecho—. Ni
idea de que tienes un Judas entre nosotros.
Oh, sé que hay un traidor en el clan, pero no sé exactamente quién es.
Pero no dejaré que ese cabrón lo sepa.
Y no preguntaré quién es porque Mitch no dirá ni una palabra. Conozco
a las serpientes como él.
Le quito el cuchillo de la mano. Cae de rodillas, las cadenas le sujetan la
parte superior de la cabeza. Se lleva la mano al pecho mientras sangra por
todas partes. Limpiando la navaja con la tela de mi pantalón, lo cierro y lo
guardo en el bolsillo. —¿Mitch?
Levanta la cabeza para encontrarse con mi mirada. Saco la pistola de la
parte de atrás de mis pantalones y le disparo justo entre los ojos.
No se oye ningún sonido en la habitación.
Mis hombres retroceden, mirando el cadáver de Mitch sin ninguna
emoción.
Me viro hacia ellos, apunto mi arma al cuerpo de Mitch en el suelo y los
observo. —Esta será su única advertencia. No le pongan las manos encima
a mi esposa. No la hagan llorar. Nunca.
Mi voz suena alta y clara. Extiendo la mano y le quito el teléfono a
Kelly. —Limpia esta mierda, ordeno, y todos corren a trabajar.
Una rata menos.
Ahora, a cazar la siguiente.
Porque no me cabe duda de que Mitch no era el único.
El muy cabrón no era tan listo.
No.
Una cosa está clara. El contrato por la cabeza de Mila no tiene nada que
ver con mis hombres; la atraparon en esa situación mucho antes de que la
hiciera mía.
Mierda. Algo me dice que se me acaba el tiempo.
El peligro está más cerca de lo que pensaba.
Aquí.
En mi maldita ciudad.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“El amor me golpeó silenciosamente. Tomándome por
sorpresa y poniendo mi mundo patas arriba.”
Chica Mala
MILA
“Sabes a cielo.” — R
—E sta mierda es... hasta relajante.
Sonrío mientras observo las manos grandes y tatuadas de
Riagan amasando la masa. Hoy se levantó de buen humor y me dijo
que pasaría el día entero conmigo. Que seríamos solo nosotros dos, y que
podía hacer lo que yo quisiera. Me pregunto si se siente mal por lo que pasó
ayer.
No debería —ya se lo dije—, pero no puedo evitar notar que hoy no hay
nadie más en la mansión con nosotros, salvo su padre y los hombres en los
que más confía.
Nadie más.
Ni siquiera el tipo grosero que me tiró una bandeja mientras pintaba en
silencio, ni el personal de la casa.
Me pregunto qué habrá pasado con él —Mitch. Nunca le había dirigido
la palabra antes de ayer, pero también recuerdo no haberle sido grosera.
Siempre intento sonreírle a todo el mundo y ser amable.
No dejo de pensar en cómo reaccionó cuando me distraje, y en cómo
eso pudo parecer que lo estaba ignorando… pero eso no justifica lo que
hizo. Recuerdo la expresión en su rostro, como si realmente hubiera
disfrutado asustarme.
Me recordó demasiado a todas esas veces en casa, cuando mi padre y
sus hombres gritaban o se burlaban de mí por no contestar lo
suficientemente rápido.
Ayer empezó como un gran día y terminó siendo una pesadilla… hasta
que Riagan llegó a casa.
La vergüenza se desvaneció en cuanto me sacó de allí y me abrazó hasta
que me dormí. Nada duele cuando estoy en sus brazos. Él lo arregla todo.
Y eso hace que lo ame más, porque sé que con él puedo ser yo misma
—lo bueno y lo malo— y aun así, siempre me cuida. Me lo demuestra cada
vez que puede.
Por eso decidí quedarme en casa hoy.
Quería pasar el día con mi persona favorita.
Aunque…
Me pregunto si la actividad que elegí fue un gran error.
Riagan, sin camisa, con el pelo despeinado, amasando pan… me tiene el
corazón alborotado.
Raro.
Siento los pechos tensos, y se me corta la respiración cada vez que veo
cómo pasa la masa entre sus dedos, como si fuera un experto.
Y no puedo evitar pensar en todas las cosas sucias que ya me ha hecho
con esos mismos dedos.
—Cuéntame un dato curioso, mariposita —dice de repente, sacándome
de mis fantasías sobre sus manos hábiles.
Cuéntame un dato curioso, mariposita.
Sonriente, me lo pienso un segundo, mirando la montaña de pan caliente
que hemos horneado hasta ahora.
—Riagan, ¿sabes cuántos años tiene el pan más viejo del mundo? —
pregunto mientras espolvoreo más harina en la mezcla. Ya tenemos
suficiente, pero pensé que sería buena idea regalarle algo a sus hombres —o
amigos, o lo que sean.
—¿Cuántos?
Espolvoreo una pizca de sal sobre su mezcla porque, de alguna manera,
sigue olvidando los pasos que le enseñé para hacer pan.
No me molesta ayudarlo. Me enternece que esté aquí conmigo, en vez
de estar manejando su ciudad y todos sus negocios.
—Los arqueólogos encontraron restos de lo que se cree que era pan
plano cerca de una fogata, en un asentamiento de cazadores-recolectores
natufienses llamado Shubayqa, al noreste de Jordania. Se cree que tiene
unos catorce mil cuatrocientos años.
—Eso está viejo con cojones —dice, sorprendido.
—Sí que lo está —le sonrío, encontrándolo adorable con la cara
manchada de harina.
—¿Puedo preguntarte por qué te gusta tanto el pan?
—Puedes preguntar —respondo, divertida—.
Él suelta una carcajada que me hace sonreír más.
—¿Y te gusta, pero no te vuelve loca?
—Exacto. Me gusta, pero no soy fanática.
—¿Entonces por qué quisiste hornear pan hoy?
—Me recuerda a mi hermana —me encojo de hombros—. A ella le
encanta el pan. Todo tipo de pan.
Le doy una mordida a ese pedacito de gloria calentita y dejo escapar un
gemido. Nosotras hicimos esto.
Me siento orgullosa.
—¿Arianna? —pregunta, frunciendo el ceño, como si no pudiera
imaginarse a mi hermana mayor obsesionada con el pan.
—No, no Arianna —me acerco al horno y reviso los cupcakes que
metimos antes de empezar con el pan. Los cupcakes sí que me enloquecen
—. Kadra.
—Ah —suelta el aire mientras sigue trabajando la mezcla.
Pasa un momento de silencio antes de que me pregunte:
—Tú extrañas mucho a tus hermanas, ¿verdad?
Se me aprieta el pecho al pensar en ellas. Las extraño. Pero sé que nos
volveremos a ver pronto, cuando estemos todas en un lugar mejor. Ese día
llegará. Sé que sí.
—Muchísimo.
—Las vas a ver de nuevo. Te lo prometo —ni me di cuenta de que me
había quedado ida.
—Lo sé —inclino la cabeza hacia atrás para poder verle bien la cara.
Dios, qué alto es.
—¿Tienes tanta fe en mí? —me sonríe de lado, como si no terminara de
creérselo.
—Toda mi fe está puesta en ti —suelto sin pensarlo.
Él se queda en silencio y me pregunto si dije algo que lo hizo sentir
incómodo… pero entonces gruñe, y ese sonido hace que todo mi cuerpo
vibre y se despierte, antes de que se incline y me bese.
Después de un buen rato, se separa de mis labios.
Y al instante, extraño su boca caliente.
—Mila.
—¿Sí, Riagan? —respondo con la voz entrecortada, mirándolo a los
ojos… y luego a su boca.
—Tengo hambre.
—Oh —no esperaba eso. Señalo el reguero de delicias horneadas en la
encimera de la cocina—. Pues come. Todo está listo menos los—
Antes de poder terminar la frase, me agarra por las nalgas, me levanta
como si nada y me sienta en el tope de mármol.
—Ah, yo voy a comer, sí —dice con esa sonrisa traviesa y esos ojos
azules que brillan de deseo…
Y entonces lo entiendo.
La otra clase de hambre.
—Oh…
Definitivamente… eso no me lo esperaba.
Riagan
—No —dije firme—. Déjame mirarte.
Él se retorció bajo mi mirada penetrante.
—Cuando me miras así, me siento vulnerable —admití, frunciendo los
labios y apartando la vista.
Pero él tomó mi barbilla con su mano libre y me pidió que volviera a
mirarlo a los ojos.
Cuando levanté la vista, la vulnerabilidad que vi en sus ojos me hizo
que el corazón se me acelerara.
—Solo quiero hacerte sonreír. Darte todo lo que puedas desear. Y
hacerte feliz, todo al mismo tiempo, me dijo con voz baja. —Cuando
apartas la mirada de mí, siento que estoy haciendo algo que no quieres que
haga.
Me lamí los labios, y entonces me tomó, sus manos recorrieron mi
cabeza mientras me acercaba más.
Cuando su boca estuvo a pocos centímetros de la mía, susurró: Me gusta
todo lo que me haces. Todo.
Me guió por la cintura y, cuando me tuvo donde quería, tomó mis
manos, que todavía estaban a ambos lados de su cara, usando solo su cuerpo
para mantenerme en su lugar.
—Si en algún momento sientes que debemos parar, por cualquier
motivo, incluso si te incomoda que te mire con tanta intensidad, solo tienes
que decírmelo. Pararé.
Gemí y me incliné hacia adelante, apoyando mi frente contra la suya.
—No sé qué hice para merecerte, Riagan O’Sullivan.
Sonrío y presiono hacia adelante, permitiendo que mi polla dura se
clave en mi lugar favorito. Su dulce coño.
—Me encanta cómo me miras. Incluso cuando, a veces, parece
demasiado. No quiero que apartes la mirada. Solo sigue mirándome. Me
dice con sinceridad.
Eso es todo lo que necesito de ella. Empiezo a quitarme la ropa aquí
mismo, en medio de mi cocina. Cuando estoy desnudo frente a ella, su
expresión es suficiente para ponerme duro si ya no hubiera estado en un
estado de excitación constante cada vez que esta cerca.
—Me miras como si estuvieras a punto de devorarme, susurra
tímidamente.
Mi polla dura se acurruca entre sus labios, y mi torso se presiona contra
el suyo.
Mirarla, completamente a mi merced, me vuelve loco de deseo.
Entonces, la beso.
Largo. Profundo.
Cuando su lengua se enreda con la mía mientras poco a poco empieza a
calentarse debajo de mí, empiezo a mecer mis caderas adelante y atrás. Está
mojada.
Realmente mojada.
Tan mojada, de hecho, que con cada meneo de mis caderas, cubre mi
polla con más y más de sus jugos hasta que sé que si inclino mis caderas
correctamente y ajusto el ángulo, mi polla se deslizará dentro de ella sin
apenas resistencia.
Mi esposa debió pensar lo mismo más o menos al mismo tiempo,
porque entre una embestida y la siguiente, pasé de fuera a dentro de su coño
caliente.
Jadea, su boca apretando contra mi garganta. —Oh…
Me aparto un poco, sonriendo, y vuelvo a hundirme, un poco más
profundo esta vez que antes.
—Dato curioso sobre los penes", murmura. —¿Sabías que existe algo
así como una erección mortal?. Sin pensarlo mucho, me retiro y vuelvo a
entrar de golpe, ocupando cada centímetro disponible dentro de ella y más.
—¿Sí?
—¡Oh, vaya!, grita mientras hunde las uñas más profundamente. —¡Sí!
También se llama lujuria angelical o erección terminal. Sucede momentos
después de la muerte.
No lo sabía.
Me agacho y le muerdo el hombro, luego me aparto para lamerle la piel.
—¿Qué te hizo buscar curiosidades sobre penes, mariposa?, pregunto
mientras miro su clítoris. Su coño. Qué bien se ve estirada a mi alrededor.
Ella gime y levanta los pies para hundirlos en mis muslos. —Solo tenía
curiosidad.
Ahora no puedo pensar con claridad ni concentrarme en sus datos.
Su coño se ondula a mi alrededor, y sus pezones se endurecen como
pequeños picos que imploran mi atención. Pero no me muevo ni cambio de
ángulo porque antes de que se me pase por la cabeza agarrar esos pezones
firmes, su cuerpo empieza a convulsionar a mi alrededor.
Se me tensan las pelotas al pensarlo, y antes de que pueda cambiar de
opinión, me corro.
Siempre era perfecto.
—Me haces sentir como un puto rey, susurro mientras le muerdo la
oreja suavemente. Sonrío triunfalmente al sentirla temblar en mis brazos. —
Como si estuviera en la cima del mundo.
Después de que ambos nos cansamos, nos tumbamos sobre la encimera,
cubiertos de pan y harina, jadeando y tratando de recuperar el aliento.
—¿Crees que alguien nos ha oído?, susurra tan bajo que casi no me doy
cuenta.
Ojalá lo hubieran hecho.
Puede que me haga parecer un enfermo, pero me encantaría que mis
hombres oyeran los sonidos de placer que emanaba de mi mujer. Que
oyeran todas las guarradas que le hice.
—¿Riagan?, me da una palmada en el pecho, captando mi atención.
—Probablemente, cariño. Gritaste muy fuerte. Y estabas bien caliente.
Entonces mi mujer esconde la cara en mi cuello y gime de vergüenza,
pero yo no.
Me río, la abrazo más fuerte y pienso: ¿Cómo demonios he tenido tanta
suerte?
Los Pensamientos Secretos
De Riagan
“¿Por qué tú? Porque eres mi única. Tu nombre está
grabado en mi corazón.”
Pastel de Gofre y Sauces
RIAGAN
"Nada de lo que hagas estará mal ante mis
ojos." — R
—P ide un deseo, a sheòid —dice papá, sonriéndome con orgullo
mientras está rodeado de todos sus hombres.
Cada año me organiza una gran fiesta con temática irlandesa,
con todos los miembros de los O’Sullivan y sus hijos presentes.
Hoy cumplí diez años, y como en todos mis cumpleaños anteriores, él
me pidió que pidiera un deseo.
Hago lo que me dice, sin querer hacerlo sentir mal.
Porque lo haría, si le mostrara cómo me siento de verdad por dentro.
Soy todo lo que tiene, aparte de sus hombres y esta ciudad.
Soy lo único que realmente le importa.
También lo sé.
Por eso actúo como si nada doliera, como si todo estuviera bien…
porque sé que él necesita que yo esté bien.
Pero no le digo que ya no tengo sueños.
Que no creo en pedir deseos ni en esa mierda.
No soy un niño que cree en magia o en unicornios, como la mayoría de
los de mi edad.
Alguna vez lo fui, aunque ya no recuerdo mucho de esos días.
Lo único que sí recuerdo es que todos mis sueños y deseos se apagaron
cuando ella se fue.
Mi casa dejó de estar llena de luz y risas, y se volvió un lugar de
tristeza y furia.
Mi viejo ya no es el mismo, ni siquiera cuando finge.
Pero yo sí finjo por él, porque es la persona más importante en mi vida.
Esa es la única razón por la que cierro los ojos y soplo las diez velas
mientras todos a mi alrededor aplauden y silban con fuerza.
Los irlandeses saben cómo hacer una fiesta, y cada año mi padre se
pasa.
Decoraciones carísimas y regalos cabrones.
Hoy, mientras un niño normal de mi edad habría recibido un videojuego
o alguna porquería así por su décimo cumpleaños,
yo recibí mi primera pistola.
Y no me molesta para nada.
Siempre he querido crecer y ser como mi abuelo y mi padre.
Vivir la vida que ellos viven.
Carros rápidos.
Peleas.
Poder.
Todo eso me llama más que cualquier otra cosa.
Pero también sé que ni siquiera eso va a llenar el vacío que ha ido
creciendo poco a poco en mi pecho.
Ese hueco que siento.
En vez de decirle todo esto a mi viejo, elijo el camino fácil.
Le sonrío.
Para él y para sus hombres, aunque duela.
Sonreír duele cuando es fingido.
Y yo lo he estado fingiendo desde que tengo memoria.
—Así me gusta, hombrecito —dice Da mientras se agacha, me besa en
la frente y me despeina con cariño.
Y me pregunto…
¿Le dolerá a él también?
¿Finge todas sus sonrisas por mí… igual que yo las finjo por él?
—¡Pide un deseo, Riagan! —la dulce y emocionada voz de mi esposa
me atraviesa como un rayo y me arranca del pasado, trayéndome de vuelta
al presente.
—¡Y sonríe bien grande! —agrega, brillando de felicidad.
Mierda… lo hago.
Sonrío con toda la cara, porque, por primera maldita vez en mucho
tiempo, soy feliz de verdad.
No sonrío porque se me concedió otro año más en este mundo —
especialmente con la vida que llevo—, sino porque la tengo a ella.
Tengo a alguien que me hace creer en la magia y en los malditos finales
felices.
Alguien que tiene dificultades para expresar lo que siente, pero que me
lo demuestra todos los días con acciones.
Alguien que ayer tenía lágrimas en los ojos… pero que hoy se despertó
con la sonrisa más radiante que he visto en mi vida.
Pasó toda la mañana y parte de la tarde decorando y horneando con
hombres que le duplican el peso y parecen sacados de una lista de los más
buscados… y aun así, aunque se pone tímida y le cuesta conectar con ellos
a veces…
Ella lo intenta.
Por mí.
Y sonrío más aún cuando la veo sosteniendo un pastel de waffles con
glaseado verde —mi favorito— que horneó con la ayuda de dos de mis
hombres, que ahora parecen quererla más a ella que a mí.
Y no tengo ningún problema con eso… a menos que se pasen de la raya,
claro.
Lo cual no harán. Porque valoran sus vidas.
Lleva puestos unos mahones rotos que dejan ver pedacitos de su piel
cremosa, y una camiseta mint oversized que dice: Pregúntale a papi.
No creo que entienda el doble sentido del mensaje... pero con gusto se
lo explico esta noche.
Y lo que más me hace reír es el gorrito de cumpleaños que lleva torcido
en la cabeza.
El mismo que le puso al perro.
Otro que se le pegó enseguida.
Bien.
Ese perro siempre fue para ella.
Todo lo que he construido en los últimos años, lo hice pensando en ella.
Con la jodida esperanza de que, tal vez algún día, ella estuviera aquí.
En mi mundo.
Y aquí está.
Celebrándome.
Cuando, antes de ella, todos sabían lo poco que me importaban los
cumpleaños.
Pero si celebrarme le saca esa sonrisa que tiene ahora mismo… yo me
aguanto.
Ignorando al resto de los hombres reunidos, me inclino sobre el pastel
de waffles con temática irlandesa que sostiene entre las manos, y soplo las
velas sin apartar la mirada de esos ojos azules que tienen el poder de
detenerme el corazón.
Una a una, las velas se apagan.
Y entonces susurro, solo para ella:
—Ya tengo todo lo que quiero aquí, mariposita. No necesito nada más.
Apenas las palabras salen de mi boca, sus ojos se ablandan.
Y esa sonrisa perfecta se ensancha tanto que me deja sin aire.
Eso es, bebé.
Eso es todo lo que necesito.
—¡Ataquen, cabrones! Esta mierda se ve buena —suelta Byrne con su
tono brusco de siempre.
Estoy a punto de decirle algo por su falta de modales… cuando le toca
la cabeza a Mila con familiaridad.
Mierda.
Antes de que tenga tiempo de reaccionar y romperle la mano por tocarla
sin su consentimiento, ella se congela.
Mierda. Se queda paralizada como si estuviera atrapada en su propia
cabeza.
No es como aquella vez con el cabrón que la persiguió por el callejón y
le tiró del pelo. Esto es diferente.
Esta vez la veo irse por completo. Desaparecer.
Sus ojos ya no están enfocados, y por cómo está de quieta… no estoy
seguro de que esté respirando.
Un largo momento de silencio lo cubre todo.
Y entonces el pastel cae de sus manos, desmoronándose a nuestros pies
como si simbolizara su propio colapso.
Joder.
Ahí es cuando vuelve en sí.
La tristeza que aparece en su rostro cuando ve el desastre en el suelo me
rompe algo por dentro.
—Está bien, bebé —le digo al instante, con la voz baja, controlando el
caos que me hierve por dentro.
Le agarro los hombros y la obligo a mirarme cuando intenta desviar la
vista, demasiado avergonzada para sostenerme la mirada frente a todos.
—Estás bien. No fue nada —añado con suavidad, acercándola a mi
pecho. La abrazo con fuerza, besándole la cabeza. Necesito que sepa que
está a salvo. Que yo estoy aquí. Que no hay juicio, solo protección.
—Hey, mírame.
Me echo un poco hacia atrás, pero sigue evitando mis ojos.
Se me aprieta el pecho cuando susurra, apenas audible:
—Lo siento tanto…
Vuelvo a besarle la cabeza.
—No tienes nada que lamentar. No fue tu culpa —le digo, sabiendo que
no me cree. Lo veo en sus ojos.
Y entonces lo hace.
Se pone esa sonrisa temblorosa que ya reconozco demasiado bien.
La sonrisa de guerra.
Esa con la que aprendió a adaptarse cuando era niña.
Esa que usa cuando está rota por dentro pero necesita aparentar que
todo está bien.
Se va a su cabeza para protegerse.
Y cuando vuelve… finge.
Y eso me parte el puto corazón.
—Bebé—
No termino. Maeve se adelanta, con ese paso firme que tiene, y se la
lleva. No me gusta. Para nada.
Pero entiendo lo que intenta hacer.
Está distrayéndola. Está sacándola de ese lugar oscuro donde acaba de
meterse.
Por eso no me opongo.
Observo cómo la guía hacia el otro lado del salón, donde está la mesa
llena de comida.
Maeve le pregunta cómo logró montar todo esto en un solo día.
Y entonces, por fin, Mila vuelve.
Empieza a hablar. Paso por paso. Cómo organizó una fiesta temática
irlandesa sin ayuda profesional.
Cómo pensó en cada detalle. En cada maldita decoración. En cada plato.
La escucho con atención. Y por dentro, agradezco que esté hablando.
Eso significa que está respirando otra vez.
—Mierda, hermano… —dice Byrne detrás de mí. Se acerca lento, con
algo en la cara que nunca le he visto antes.
Culpa.
Este cabrón, que ha matado a más personas de las que puede contar, que
no se inmuta con sangre ni con gritos…
Mira a Mila como si también lo hubiese tocado.
—No pensé —dice simplemente, y baja la mirada.
Y eso me dice todo.
Ella lo tocó.
Y no solo a él.
Levanto la mano y digo, sin subir la voz:
—Que no vuelva a pasar.
Byrne asiente de inmediato. No intenta justificar nada. Solo se da la
vuelta y camina hacia los demás, que tuvieron el buen juicio de seguir
actuando como si nada hubiera pasado. Nadie dice una palabra. Nadie se
ríe. Nadie se mueve sin pensar.
Saben lo que está en juego.
Camino hacia la barra, donde está mi padre sentado con un vaso de agua
entre las manos.
Me sirvo uno también. No tengo ganas de beber esta noche. No sé por
qué. Solo... no puedo.
—Esa muchacha vale oro, hijo —dice, sin mirarme. Su voz suena
tranquila, pero hay algo más ahí. Dolor, quizás.
—Me alegra que la tengas.
Eso me hace girar la cabeza. Lo miro.
Se ve mejor que hace unos meses, sí... pero sigue jodidamente enfermo.
Y no quiero pensar en eso. No esta noche.
—Me alegra tenerlos a los dos —respondo con sinceridad, dándole una
palmada en el hombro—. Eso es todo lo que necesito.
Mi viejo asiente, pero no me mira.
—Sí, muchacho. Nos tienes —exhala con cansancio, sacando un cigarro
del bolsillo interior de su chaqueta. Se lo pone en la boca, pero no lo
enciende. Se queda así, mordiéndolo, como si necesitara sentirlo ahí.
—Escuché algo sobre una lista de deseos o alguna mierda así que estás
completando para mí —suelta de pronto, y cuando lo miro, ya no tiene
tristeza en los ojos. Solo esa maldita chispa que no pierde ni en los peores
días.
—No te enseñé a mentir, a sheòid —dice, arqueando una ceja.
—¿Solo a pelear y matar, eh?
—Claro que sí.
Eso basta para aliviar la presión en mi pecho. Reímos juntos. Una risa
corta, de las que se sienten bien porque no las tenías planeadas.
Por un momento, todo está en su sitio.
Pero entonces me doy la vuelta, y busco a mi chica.
No la veo.
Ya no está donde estaba antes, junto a Maeve y el perro.
Mierda.
—M IERDA , estás preciosa —susurro al acercarme por detrás.
La espalda de Mila se tensa. Deja de impulsarse en el columpio, y me
doy cuenta de que sus pies ni siquiera tocan el suelo. No sé por qué eso me
gusta tanto. Tal vez porque me recuerda que, incluso cuando intenta actuar
como si nada le afectara, sigue siendo pequeña, ligera, etérea.
—No me gusta cuando estás lejos de mí, Mila.
Tomo las cuerdas del columpio y empiezo a empujarla suavemente. No
con fuerza, solo lo justo para que se balancee. Me gusta ese vaivén
tranquilo. Me da tiempo para mirarla sin que se sienta presionada.
—Arruiné tu pastel y tu fiesta con mis cosas… —murmura con voz
baja, y esa tristeza que escucho en ella me jode más de lo que puedo
admitir.
—Pura mierda. No arruinaste nada —respondo, con suavidad pero
firmeza.
Me revienta que crea que tiene que disculparse por ser como es. Por
tener un pasado. Por tener gatillos que la hacen reaccionar. Joder, si alguien
en esta casa no tiene que pedir perdón por nada… es ella.
—Byrne lo siente.
Gira un poco la cabeza para mirarme por encima del hombro. Por la
diferencia de altura, su cara queda justo a la altura de mi pecho. Eso me
recuerda que estoy aquí para protegerla. Siempre.
—No tiene por qué disculparse. Fue—
—Sí, sí tiene que hacerlo —la interrumpo con calma, pero sin ceder. —
Y lo hizo. Nadie debería tocar a otra persona sin su consentimiento. Uno
nunca sabe qué puede detonar algo.
Antes no pensaba así. Para ser honesto, me parecía que el mundo se
estaba volviendo demasiado blando. Pero entonces ella llegó, con su voz
suave y su corazón enorme, y me hizo ver todo de una forma distinta.
Una forma más jodidamente hermosa.
—Lo hará mejor de ahora en adelante. Te lo prometo. Todos lo harán —
añado, porque es cierto. Mis hombres la están conociendo. Están
aprendiendo. No tienen otra opción. Mataría a cualquiera si se pasa con ella.
Como hice con ese imbécil de Mitch.
—Ahora me mirarán de otra manera —susurra con dolor, y esas pocas
palabras me arrancan el alma del pecho.
—Tú eres diferente —le digo, y noto cómo se pone tensa de nuevo. Lo
siente como un juicio, pero no lo es. Así que me apuro a explicarme—: No
eres una más. Eres mi esposa. Y como tal, te deben respeto. Pero también
llevas un corazón blando, mariposa, y los hombres como yo… no somos
dignos de algo así. Solo intentamos estar a la altura. Lo intentamos con
cojones.
Ella no lo sabe, pero lo que tiene es un don. Algo tan escaso que todos
lo reconocen cuando lo ven. Hasta mis hombres.
Bain se encariñó con ella en los años que pasó cuidándola. Demasiado,
si me preguntas.
Kelly, ese cabrón con cara de piedra, colecciona los papelitos que ella le
deja con frases positivas. Cree que nadie sabe. Ella tampoco sabe. Pero yo
sí. Y sé que le alegra el día.
Maeve… joder, Maeve nunca se había reído tanto como desde que Mila
entró a su vida. Ahora la tiene de cómplice, y no deja de repetir que por fin
encontró a alguien que aguanta sus mierdas nerds. Según ella, Mila ya es
parte oficial del “Club de los Raros”.
Y Byrne… ese cabrón frío como el hielo, que no pide perdón ni por
matar, bajó la cabeza hoy. Remordimiento. Por primera vez en todos los
años que lo conozco.
La quieren. A su manera. Y me alegra con cojones.
Si llegara el día en que tuvieran que morir por ella… sé que lo harían.
Igual que lo harían por mí.
—Lo siento por toda la mierda fea que hay en el mundo, mariposa —le
digo con el corazón en la garganta.
—Bueno… solo podemos apreciar la luz por la oscuridad.
La escucho, aunque no creí que me estaba prestando atención. Me
responde con voz tranquila, como si lo hubiera estado pensando desde
antes. Me rompe y me reconstruye con esa frase.
—No me quiero ir —dice de repente.
Detengo el columpio, frunciendo el ceño.
—¿Irte?
Solo la idea me duele.
—No quiero irme nunca de este lugar —responde bajito, sin mirarme.
Camino hasta quedar frente a ella, y la observo. Esa mujer me salvó de
mí mismo más veces de las que puedo contar.
—No quiero que te vayas nunca de mi lado.
TOC, TOC.
Mierda. El maldito trastorno.
La levanto con cuidado del columpio y la abrazo. Apoya la frente contra
mi pecho y cuando sus ojos por fin se encuentran con los míos, le digo:
—No te vas a ir a ningún lado, Mila. Eres mía. Y yo soy tuyo.
—Te amo —dice bajito, con esa voz suya que me puede—. Desde la
primera carta.
Me toma por sorpresa. Pero no por lo que dijo, sino porque lo haya
descubierto.
—¿Cómo lo supiste?
—Me tomó un tiempo unir las piezas: tú, él—el del correo—pero luego,
con cada gesto, empecé a preguntarme cómo sabías cosas que ni mis
hermanas conocían. Solo una persona conocía los deseos de mi corazón… y
entonces lo sentí. Contigo. Como cuando abría cada carta. Ya no me sentía
sola. Y ahora, contigo… siento lo mismo aquí —se toca el pecho—. Así
supe.
Me deja sin palabras.
—Cariño… —exhalo.
—Además, Maeve lo soltó sin querer —se ríe bajito, y ese sonido me da
vida—. Ella dijo, y cito: “No dejes que los tatuajes y las muertes te
engañen. El jefe es un oso de peluche romántico. Hasta escribe cartas de
amor.”
Maeve y su boca. Algún día la voy a amordazar.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunta, frunciendo el ceño.
—Porque quería que te enamoraras de todo de mí. No solo del hombre
de las cartas. Del cabrón real. Con sombras y todo.
Y lo hice. Se enamoró incluso cuando le mostré lo peor de mí. Me
eligió.
—Ah, eso tiene sentido —responde, con las mejillas rojas. Sus ojos
bajan a mi boca.
—Tú tampoco me lo dijiste —dice.
Sonrío como un idiota, le beso la frente y le susurro:
—Yo te amo más.
—No creo que eso sea posible, Riagan.
Dios, qué dulce es.
—Lo es. Confía en mí —la abrazo con fuerza, y ella me rodea el cuello
con los brazos. Sus ojos ya no lucen tristes. Ahora brillan con amor y luz.
—Creo que te amé mucho antes de conocerte. Mucho antes de las
cartas.
—Quizás nos conocimos en otra vida —respondo.
Frunce el ceño, como si estuviera procesando la idea.
—Eso explicaría todos los déjà vus desde el primer día.
Nunca fui de creer en vidas pasadas ni en almas destinadas, pero ella…
Ella me hace creer en todo.
En el amor después de la muerte.
En múltiples vidas.
Y en encontrar a tu alma gemela una y otra vez.
Todo empezó con una chica solitaria y un corazón roto que despertó mi
instinto protector.
Y terminó con ella aquí.
Convirtiéndose en mi todo.
Mis pensamientos se detienen cuando aprieta mi cuello y susurra:
—Gracias por amarme, Riagan. Por quien soy.
Hay tanta vulnerabilidad en sus palabras que me atraviesa.
Algún día haré que lo vea.
Que entienda lo extraordinaria que es.
—Eres perfecta —le digo, mirándola con toda la verdad que tengo—.
Haces que el mundo sea hermoso, mariposa.
Sus ojos se suavizan. Azul profundo. Tiernos.
Y justo antes de decir algo más, suelta:
—Ria…
Mi boca la interrumpe al estrellarse contra la suya.
Su sabor… joder.
Me tiene adicto.
Desde la primera vez. Un beso suyo y ya no soy el mismo.
Me deja sin aire. Me hace temblar por dentro.
Debilidad.
Pero solo por ella.
Mi dulce zorrita.
Cuando me separo, lo hago despacio. Le doy espacio, aunque no quiero.
Quiero seguir besándola hasta que olvide el mundo entero.
Pero me detengo, solo para mirarla.
Frunce el ceño como una niña que no quiere que le quiten el postre. Y
joder, eso también me encanta de ella.
—Más —susurra, todavía con los labios entreabiertos.
Sonrío, porque no puedo evitarlo.
Meto la mano en el bolsillo de mis jeans y saco el papel arrugado que
llevo conmigo desde hace semanas. Lo dejo entre nosotros.
Ella suelta mi cuello para agarrarlo, mirándome con esos ojos azules
que siempre logran calarme hasta el fondo.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo.
Lo reconoce enseguida.
—Esta es mi lista de deseos…
—Deseo número nueve cumplido —le digo, observando cada mínima
expresión en su cara. —Puedes tacharlo, cariño. Y ya que estamos…
también el uno y el siete.
Sus cejas se juntan un poco.
—Pero… no he cambiado la vida de nadie.
La miro serio. Esta parte es importante.
—Sí lo hiciste. Cambiaste la mía, mariposa.
Silencio.
Y por un momento, me asusta.
Porque no sé si lo va a creer.
Porque no sé si lo va a aceptar.
Pero entonces me toma la cara entre sus manos y se acerca, susurrando
tan cerca de mis labios que casi lo siento en mi piel.
—¿Para siempre, Riagan?
—Para siempre, mariposa —le respondo sin pensarlo.
Entonces me besa.
Y no es un beso cualquiera. Es uno de esos que te parten el alma en dos.
Uno de esos que hacen que el mundo deje de existir, que todo lo demás
se vuelva ruido lejano.
Un beso con hambre.
Con necesidad.
Con promesas que no necesitan palabras.
Y yo le respondo con todo lo que soy.
Porque esta mujer me enseñó a sentir de nuevo.
A creer en cosas en las que jamás creí.
Me enseñó que incluso los corazones más oscuros pueden encontrar un
poco de luz si se topan con la persona correcta.
Ella es la mía.
Mi Mila.
Mensaje NO enviado de M
Querido C,
Te encontre.
— M
Toca Su Corazón
MILA
“Gracias por ser mi persona.” — M
E n el momento en que revelé el regalo que le hice a Riagan por su
cumpleaños, los nervios empezaron a apoderarse de mí.
Mis dedos temblaban, y mi voz se sentía demasiado pequeña para
el espacio.
—Si no te gusta, está bien. No tienes que decir nada… —tragué saliva,
insegura—. Solo quería darte algo que te hiciera sonreír cada vez que pases
por este pasillo. Yo…
Me detuve cuando vi que no respondía.
Contuve la respiración, observando cómo se acercaba al mural y tocaba
el rostro de su madre.
Mi corazón latía con fuerza mientras sus dedos rozaban la pintura.
Intenté memorizar cada pequeño detalle de esa imagen, aunque la
hubiera creado yo. No solo su belleza y su esencia, sino ese prendedor en
forma de mariposa que lleva en el cabello… y el pequeño Riagan, tocándole
la mejilla con sus deditos. Ambos sonriendo, perdidos el uno en el otro.
Yo nunca tuve ese tipo de amor. Ese vínculo feroz, incondicional y real
entre una madre y su hijo.
Pero me alegra que él sí lo haya tenido.
Supongo que eso fue lo que me atrapó la primera vez que vi la foto.
La expresión de ternura pura en su rostro mientras miraba a su bebé.
Por todas las otras fotos que vi de ellos, puedo decir que Natalia era el
corazón de esa pequeña familia.
La suavidad frente a la dureza de Cathan.
La calma frente a la tormenta.
Ella era preciosa.
Y, claramente, lo sigue siendo para Riagan.
Por eso pinté su imagen en este pasillo frío y vacío.
Para traerla de vuelta. Para que él no solo la lleve en el corazón, sino
también en su hogar.
Pero... ¿me excedí?
—Riagan, ¿estás bien?
No responde. Y esa quietud suya me inquieta. Me cuesta leerlo cuando
se queda tan callado.
No sé si está enojado. Triste.
O peor... decepcionado.
Doy un paso hacia él y le toco la espalda.
Y ahí lo veo.
Lo que no esperaba ver.
Ese hombre grande, fuerte y valiente que amo con todo mi ser…
tiene lágrimas en los ojos.
Mi pecho se aprieta al instante.
Entro en pánico.
¿Le dolió? ¿Lo hice mal?
¿El mural fue un error?
Quise darle algo para honrar a la mujer que sigue siendo parte de su
vida.
Quise darle algo a él, y a su padre también.
Pero… ¿y si lo único que hice fue reabrir heridas?
Abro la boca para disculparme, pero entonces él se gira.
Y aunque sus ojos aún están húmedos, en su rostro hay una sonrisa.
Esa sonrisa.
La que siempre me desarma.
La que me acelera el corazón como si tuviera alas.
—Te amo tanto, maldita mariposa —dice, antes de envolverme con sus
brazos.
Me aprieta con tanta fuerza que me hace reír, y al mismo tiempo, me
dan ganas de llorar.
—Esto… esto es impresionante —dice, con voz ronca—. Ni siquiera sé
cómo expresar con palabras lo perfecto que es. Eres increíblemente
talentosa, cariño.
Su aliento me roza la cara, y en sus ojos azules hay luz.
Ya no siento nervios.
No me siento pequeña.
Ni inútil.
Me siento amada.
Querida.
Valiosa.
—Me alegra que te guste —murmuro.
—Me encanta.
Y vuelve a apretarme, haciéndome reír otra vez.
—Eres increíble —susurra.
—Bien —respondo, sin poder ocultar la sonrisa tonta que se instala en
mis labios.
Me da un beso en la nariz, y luego pregunta:
—¿Qué te hizo dibujar esto?
—Tenía curiosidad —confieso—. Quería saber más de tu infancia.
Y cuando vi esa foto… cuando vi cómo te miraba tu mamá… me hizo
sonreír. Me hizo feliz verte feliz.
Quise pintar algo que te hiciera sentir eso cada vez que la vieras.
Toco su mejilla, buscando su mirada.
—El amor y el vínculo que tenías con ella… merecen estar a la vista.
Ahora, ella no solo está en tu corazón, Riagan. También está aquí.
En este hogar.
Me observa con tanta intensidad que siento que me derrito por dentro.
Nadie me ha mirado nunca así.
Solo él.
Y quiero que siempre sea él.
Solo él.
—Ella te envió a mí —dice de pronto—. A través de las mariposas. Lo
sé ahora. Lo siento.
Me aprieta un poco más.
Mi corazón late tan rápido que parece que va a escapar de mi pecho.
—Estaba frío… y luego te vi a ti. Y de repente, el mundo ya no era tan
oscuro.
¿Mariposas?
Y entonces lo recuerdo.
La mariposa que golpeaba mi ventana esa mañana.
El disfraz.
El mural.
El prendedor en el cabello de su madre.
Todo encaja.
—Ella te amaba mucho —susurro, acariciando su rostro. Él besa mi
palma abierta—. Solo tienes que mirar sus ojos para saberlo.
Creo que un amor así… no desaparece, aunque el cuerpo se vaya.
Creo que tu mamá encontró la forma de seguir amándote incluso desde
lejos.
Él gruñe, pero no dice nada.
Solo me sostiene.
Y nos quedamos así, mirando el mural.
El silencio está lleno de significado.
De emociones.
De recuerdos que no me pertenecen, pero que ahora son parte de nuestro
hogar.
—Me alegra que me hayas encontrado, mariposa —murmura.
Me acurruco en su costado, y sonrío.
Cuando me topé con él, no estaba buscando amor.
Estaba buscando algo.
No sabía qué era entonces, pero ahora sí.
Buscaba paz.
Libertad.
Un lugar al que pertenecer.
Y a él.
—Le agradezco a mis estrellas de la suerte, Riagan —le susurro—. Me
guiaron hasta ti.
Me mira, luego me gira en sus brazos hasta que quedamos pecho con
pecho.
Mi cuerpo reconoce el suyo como si fuera hogar.
Y cuando veo sus labios, lo único que quiero hacer… es besarlo.
Mostrarle cuánto lo amo. Cuánto lo deseo.
Cuánto significa para mí.
Y lo hago.
Lo beso como si fuera todo lo que tengo.
Porque lo es.
Él es todo.
Mensaje de C
M,
Eres dueña de cada parte de mí.
Lo bueno y lo feo.
— Riagan Cage O'Sullivan
¿Está bien? Está bien.
RIAGAN
“Siempre estaré aquí. Siempre. — R
D esde que di vuelta el contrato por la cabeza de Mila, no ha habido
nuevos intentos... pero no pienso confiarme.
No puedo.
No cuando se trata de ella.
Después de que Maeve y Conor escarbaran sin descanso entre bases de
datos y foros de mercenarios, dieron con otro cabrón que tomó el contrato
original. La cifra que aceptó es menor a la que yo ofrecí.
Mierda.
Eso solo puede significar una cosa: el precio por su cabeza está
subiendo.
—Conor, sube la oferta —le ordeno, sin apartar la vista de la pantalla—.
No me importa cuánto cueste. Encuentra a ese hijo de puta. Se nos acaba el
tiempo.
Él está en el fondo de mi oficina en casa, con los dedos volando sobre el
teclado, los ojos fijos en el monitor. Frío. Calculador.
Justo en ese momento, Kelly entra, seguido de Bain.
Este último ha estado todo el día manejando los asuntos en Mayhem
mientras yo no me separaba de Mila.
No me gusta cómo se siente el aire.
Demasiado quieto.
Demasiado cargado.
Después de todo lo que ha pasado últimamente, decidí no dejarla sola.
Y esa decisión fue la única que me ha traído algo de paz.
—¿Novedades? —pregunto.
—Corre el rumor de que se volvió renegada —responde Bain mientras
se acomoda frente a Conor. Kelly se queda apoyado en la puerta, como
siempre.
Renegada.
No. Es demasiado lista para eso.
—Ella viene por ella —mascullo, sacando el cigarro que siempre llevo
detrás de la oreja. Me lo llevo a los labios, pero no lo enciendo. Solo
necesito sentirlo ahí. El peso. La costumbre. El ritual.
—¿Y los hijos de puta? —pregunto.
Kelly saca un papel y un bolígrafo del bolsillo de su hoodie, como si
estuviera entregando un informe.
Tacha cinco nombres.
—Cinco menos —dice.
La lista.
La que Bain le entregó con todos los nombres de los hombres que
alguna vez se atrevieron a tocar a mi esposa.
No pude protegerla cuando era una niña.
Pero hoy, respiro por ella.
Y esos cabrones… no merecen el aire que respiran.
Prometí encargarme de todos.
Y eso es exactamente lo que estoy haciendo.
—Sabes que la mayoría ya no respira, ¿verdad? —dice Bain, relajado
—. Kadra Parisi los mandó al río Detroit. O los enterró vivos. Depende del
humor que tuviera ese día. Supongo que los que sobrevivieron… es porque
no la conocían.
Puede ser.
—Lo encontré —dice Conor, levantándose de golpe, con el portátil en la
mano y una sonrisa de victoria en la cara.
Después de tres días de rastreo, por fin tenemos nombre.
El cabrón que aceptó el contrato para matar a Mila.
Marco a Byrne sin dudar.
No necesito explicaciones. Él sabrá qué hacer.
—Taylor Dean. Treinta y seis años. Francotirador retirado del ejército.
Vive en Colorado Springs, tiene seis hijos y una casa que vale más de lo
que gana como conserje en una escuela pública —le informo apenas
responde.
—Entendido —dice Byrne, antes de que cuelgue.
Vuelvo la mirada hacia mis hombres.
—¿Cómo lo vinculamos con el contratista original?
Por primera vez en días, siento que estamos un paso más cerca.
Pero no basta con frenar al ejecutor.
Necesito al que dio la orden.
He neutralizado amenazas toda mi vida. Es lo que sé hacer.
Pero esto es diferente. Esto no va a terminar hasta que cortemos la
cabeza del monstruo.
Y el que está detrás de esto…
Tiene poder.
Dinero.
Y está obsesionado con Mila.
Hace apenas semanas nadie sabía de su existencia.
Y de repente, aparece en la mira de asesinos internacionales.
No tiene sentido.
A menos que todo esto tenga que ver con los Parisi.
Primero atacaron a Arianna.
Ahora van por Mila.
Esto tiene que ver con Kadra.
Uno de ellos hizo enfadar a alguien demasiado importante.
Y ahora… quieren borrarlos del mapa.
—Con la información que me mandaste y lo que encontré por mi cuenta
—dice Conor, mirando la pantalla—, puedo contactar a un viejo amigo del
FBI. Le debo un favor.
No revelaremos el nombre de tu mujer ni su ubicación, pero con la
última filtración que sufrió el sistema, tiene motivos para abrir una
investigación.
—Hazlo —le digo sin dudar.
Él asiente, cierra el portátil y se dirige a la puerta.
—Buen trabajo, chico —digo antes de que salga. No soy de dar elogios,
pero lo ha ganado.
Lo observo marcharse.
Tengo suerte con mi equipo.
Son irritantes como el demonio, sí, pero jodidamente buenos en lo que
hacen.
—Ese chico me da miedo —murmura Kelly apenas se cierra la puerta
—. ¿Sabías que ayer por la mañana se estaba tirando a los antiguos matones
de su último cliente antes de vaciarle las cuentas y culparlo de un asesinato?
—Yo que tú me olvidaría de hacer chistes de nerds —le dice Bain—. Ni
con él ni con Maeve.
Ambos son mezquinos como el infierno.
Idiotas.
Antes de que pueda mandarles a callar la boca, una alarma estridente
corta el aire.
Giro la vista hacia los monitores de seguridad.
Uno por uno, los de la derecha se apagan.
No.
No.
No.
El sistema ha sido desactivado.
Han entrado.
—¿Cómo carajo pasó esto? —gruñe Bain, poniéndose de pie.
Kelly está pálido.
—Esto no debería haber pasado. Los únicos con acceso a los códigos de
seguridad… eres tú y…
—Las gemelas —termina Bain por él.
Mis hombres se quedan en silencio.
Porque saben lo que eso significa.
Una traición.
Un topo.
Estuve tan concentrado en el contrato… que no pensé que el verdadero
peligro podría estar adentro.
Las gemelas.
Me levanto de inmediato, agarro mi arma del cajón, la ajusto al arnés
del pecho y tomo un cuchillo.
No hay tiempo.
—Mila —digo con voz firme—. Tu prioridad es Mila.
Ambos asienten, ya en alerta.
Es lo único que digo antes de salir de la oficina.
Ella.
Ella es todo.
Y nadie, absolutamente nadie, le pondrá una mano encima.
Subo las escaleras de dos en dos, el corazón bombeando sangre y furia a
partes iguales.
Que el mundo se vaya al infierno.
Pero ella…
ella no.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“Últimamente lo único que quiero hacer es acostarme
en tu pecho y escuchar los latidos de tu corazón.”
Un Cuchillo En Mi
Espalda
MILA
“Di que no me dejarás ir.” — M
—¡¿C ómo no supe esto?! —exclama Maeve, sin levantar la vista
mientras teclea frenéticamente en su tablet.
—¿Por qué ibas a saberlo? Nunca te lo dije —respondo con
naturalidad, encogiéndome de hombros.
Ella se detiene. Me mira, y hay algo en su expresión que cambia. Culpa.
—¿Riagan te hizo espiarme?
—Espiar suena tan... feo —dice con una sonrisa ladeada—. Piénsalo
como tener tu propio ángel guardián cibernético.
Me guiña un ojo y vuelve a enfocarse en su pantalla.
Es rara.
Pero de ese tipo de rara que no incomoda.
Me cae bien. No tengo que pensar demasiado en qué decirle ni llenar los
silencios. Le gusta el silencio, como a mí. Y cuando habla, suele valer la
pena escucharla.
—¿Cuándo empezaste con todo esto? ¿Y cómo lo hiciste? Espero que
no te moleste que pregunte, es solo que… es mucho dinero —dice,
mirándome con curiosidad genuina.
No me molesta.
De hecho, me gusta hablar de ello, aunque no lo hago con muchos.
Me gusta pintar cosas viejas. Repararlas. Darles una nueva vida.
Carlotta fue quien me animó a mostrar mi trabajo. Me ayudó a publicar
todo de forma anónima en redes. Tiene un talento natural para el marketing
y es muy inteligente.
Gracias a ella, lo que empezó como un pasatiempo… terminó
convirtiéndose en un pequeño negocio.
—¿Y qué hiciste con todo ese dinero? Porque no has gastado ni un
centavo —pregunta con una sonrisa divertida—. Y sí, metí la mano en tu
cuenta bancaria. Perdón por eso… o no tanto.
—Quería dárselo a Carlotta. Ella se negó. También Kadra. Así que lo
dejé ahí —digo encogiéndome de hombros.
—¿Y quieres hacer algo con él?
Me quedo pensando un momento.
—Quizá donar a una ONG. Algún lugar que ayude a mujeres que
pasaron por cosas difíciles. El resto… lo usaría para comprarle cosas a
Riagan. Cosas que lo hagan sonreír. Como él lo hace conmigo.
Maeve se acomoda en el sofá, más relajada, aunque con esa mirada
calculadora que nunca se apaga.
—Podemos hacer eso. Si quieres. También podría ayudarte a crecer el
negocio, ¿sabes? Hoy en día las redes sociales lo son todo. Patrocinadores,
campañas, colaboraciones. Tus diseños tienen algo… fresco. A la gente le
encanta eso.
Asiento, aunque no es lo que más me interesa.
No quiero convertirme en una marca. Solo quiero pintar. Arreglar cosas
rotas.
La razón por la que empecé a publicar fue para sentirme libre, para
hacer algo solo mío. Algo que no dependiera del apellido que llevo o de mis
hermanas.
—Lo hago por diversión —respondo—. No por dinero.
—Bueno, si algún día cambias de idea, yo—
No termina la frase.
Un sonido ensordecedor corta el aire.
Una alarma.
Después, gritos. Voces de hombres, a lo lejos.
Maeve se pone de pie de inmediato. Su tablet cae al sofá, olvidada.
Su rostro no muestra miedo, pero sí una preocupación intensa que me
eriza la piel.
Y lo sé.
Lo sé sin que nadie tenga que explicarlo.
Algo está mal. Muy mal.
Antes de que pueda decir una palabra, la puerta de la sala de teatro se
abre de golpe.
Cathan entra.
Mi respiración se detiene.
Está cubierto de sangre.
No sé si es suya o de alguien más. No puedo moverme. Todo dentro de
mí se congela.
—Maeve. Lleva a Mila al cuarto de pánico. No salgan hasta que yo
mismo vaya por ustedes. No abras la puerta a nadie más —gruñe. Es la
primera vez que lo escucho levantar la voz. Nunca antes lo había hecho
conmigo.
—¿Qué está pasando? —doy un paso hacia él, el corazón martillando en
mi pecho—. ¿Estás herido?
Sus ojos, los mismos ojos que tiene Riagan, se suavizan apenas me
miran.
—Desactivaron la alarma desde adentro. Alguien los dejó entrar. No
estás segura aquí.
No respiro.
Malos.
Vienen los malos.
Él me toma con firmeza y me empuja suavemente hacia la puerta.
—Tienes que irte. Ya.
—No quiero dejarte aquí solo —mi voz apenas sale. Lo único que
puedo pensar es en una sola cosa, una sola persona—. ¿Dónde está Riagan?
Mi corazón late tan rápido que me cuesta mantenerme en pie.
¿Y si está herido?
¿Y si…?
No.
No voy a pensar en eso.
Tengo que encontrarlo.
Tengo que estar bien. Por él.
—Necesitamos que estés segura, cariño. Él necesita que estés bien. No
podrá sacarnos de esto con vida si está preocupado por ti.
Sé que Cathan no lo dice con mala intención, pero sus palabras me
golpean como un puño en el pecho. Me hacen sentir como un peso. Como
una distracción. Como una vulnerabilidad que él —y Riagan— no pueden
permitirse.
—La protegeré con mi vida —dice Maeve, firme, mientras se acerca a
la puerta. Su expresión es dura, contenida… pero hay algo más. Algo que
no logro descifrar.
—No. Espera —grito, incapaz de callarme, temblando por dentro. Por
ellos. Por Riagan—. Riagan…
—Estará bien —dice Cathan, mirándome con esos ojos azules que tanto
me recuerdan a los de mi esposo—. Mi chico no dejará que nadie te haga
daño. No dejaremos que nadie te haga daño. A ninguna de ustedes.
Mira a Maeve. Ella asiente. Y en ese gesto silencioso, sé que se
entienden sin decir más. Tienen un plan. Y una promesa.
—Cuida tu espalda… y la de tu hermano —dice Cathan, girándose justo
cuando sus hombres armados aparecen en la puerta del teatro.
Todos lo miran. Su familia. Su ejército.
—Como hacemos con todos nuestros enemigos. Vamos tras ellos y no
mostramos ni una puta pizca de misericordia.
Los hombres asienten sin vacilar. Empuñan armas. Sacan cuchillos. Se
mueven con decisión.
Ni uno de ellos parece tener miedo.
Ni siquiera Maeve.
Están acostumbrados a esto. A la guerra. A la sangre.
Algunos, incluso, parecen disfrutarlo.
Riagan es uno de ellos.
Por más tierno, protector y amoroso que sea conmigo, no soy ciega a su
oscuridad. Hay una parte de él que se alimenta de esto. De la adrenalina.
Del caos.
Cathan también. Lo veo en cómo sostiene su arma. En la mirada
encendida, casi emocionada, con la que observa a sus hombres. Se lleva un
cigarro a la boca, lo equilibra entre los labios y, antes de marcharse, me
guiña un ojo.
Después, nos empuja suavemente a Maeve y a mí hacia la puerta.
Todo lo que puedo hacer… es obedecer.
Y rezar para que sobreviva.
Para que todos lo hagan.
Y para que Riagan… vuelva por mí.
—Escóndanse. Y pase lo que pase, no salgan de ese cuarto hasta que él
venga a buscarlas personalmente —dice Cathan, con voz grave.
—O-ok —murmuro, sintiéndome pequeña. Impotente. Como si
estorbara más de lo que ayudo.
Pero no voy a discutir. No ahora.
—Estaremos bien. Él estará bien. Vamos —me dice Maeve con una
calma que me sorprende, guiándome escaleras abajo, hacia la planta baja de
la mansión.
Ni siquiera sé en qué parte de la casa estamos cuando llegamos a una
puerta oculta. Maeve introduce un código, y se abre una sala metálica, fría,
sin ventanas.
Entramos.
Ella vuelve a teclear y, de inmediato, todo se bloquea. Puertas selladas.
Aire comprimido. Seguridad total.
—Nadie puede entrar aquí —dice—. Es un cuarto de pánico. Estamos
seguras.
Pero eso no es lo que me preocupa.
—¿Y él? ¿Está seguro?
Me apoyo contra la puerta de acero, con la frente apoyada en el metal.
Mi corazón late con tanta fuerza que parece que va a romperme el pecho.
Mi mente es un torbellino de imágenes: Riagan solo, herido…
sangrando.
No. No puedo pensar así.
—Por supuesto que sí —responde Maeve, sin titubear—. Él es el
capitán. El Padrino. Siempre sale del otro lado. Siempre.
Y tiene razón.
Riagan ha salido de cosas terribles.
Ha sobrevivido a todo.
Pero esta vez… esta vez se siente diferente.
¿Cómo lograron entrar?
La mansión tenía guardias por todas partes. El sistema de seguridad era
impenetrable.
Esto no fue un ataque común.
Fue planeado desde dentro.
Un traidor.
Un trabajo interno.
Y no cualquier traidor.
Tuvo que ser alguien inteligente. Alguien con acceso al sistema.
Alguien como… Maeve.
Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando el sistema del cuarto de
pánico parpadea… y se apaga.
Luces muertas.
Silencio absoluto.
Maeve está sentada frente al escritorio. Ya no teclea.
No se mueve.
Y no está mirando la pantalla.
Está mirando algo… o alguien detrás de mí.
—No —susurra, con el alma hecha pedazos en su voz. Una lágrima cae
de sus ojos, silenciosa, pesada.
Me doy la vuelta.
Y lo veo.
A la persona que provocó todo esto.
A quien desactivó el sistema.
A quien abrió las puertas.
A quien nos vendió.
—Con… ¿por qué?
Mi voz se quiebra.
Y en la entrada del cuarto de pánico, con su rostro tan igual al de
Maeve, está él.
Su hermano gemelo.
Conor.
Y no entiendo nada.
Veo cómo Conor entra al cuarto de pánico. Uno de los hombres de
Riagan. O eso creí. Lo único que sé de él —además de que es un hacker
brillante— es que es el hermano gemelo de Maeve. Pero ahora, con el arma
bajada y la expresión tensa, ya no estoy tan segura de quién es realmente.
Detrás de él, varios hombres armados se quedan apostados en la
entrada. No los reconozco. No son del clan. No son de los nuestros.
Mi pecho se contrae.
Esto fue una emboscada.
—No tuve elección, Mae —dice, caminando hacia su hermana. Baja el
arma como si con eso pudiera limpiar lo que acaba de hacer—. Cometí un
error. Estaba muy metido.
Lo escucho, y aunque detecto culpa en su voz, no me basta. No me
alcanza. Maeve lo mira con los ojos llenos de rabia. Yo también.
¿Riagan sabe lo que está pasando?
¿Dónde está?
¿Está bien?
El aire en el cuarto de pánico se vuelve denso, irrespirable. Me duele el
pecho. Me arde el estómago. Todo esto… alguien desde dentro. Desde tan
cerca. ¿Cómo no lo vimos?
Empiezo a preguntarme cosas que no quiero pensar.
¿Y si él…?
¿Y si Conor está detrás del contrato por nuestras cabezas? ¿De lo que
intentaron hacerle a Arianna y ahora a mí?
Pero no tiene sentido. Nunca lo he visto en mi vida. ¿Qué motivo
tendría? ¿O es solo dinero?
—¿Fue por dinero? —grita Maeve. Su voz es tan desgarradora que me
estremece. Cruza el espacio entre ellos y lo abofetea con fuerza—. ¡¿No era
suficiente con todo lo que teníamos?! ¿O era poder lo que buscabas? ¿Eso
era? ¿Qué demonios querías, Conor? ¡Respóndeme!
Él cierra los ojos con fuerza. Su cuerpo entero parece temblar, pero no
es miedo. Es rabia. O desesperación.
—Quería ver hasta dónde podía llegar —responde, con voz baja pero
cargada de veneno—. Al principio fue solo un juego. La adrenalina… fue
adictiva. Yo, el hermano menor, el invisible, el que nadie esperaba que
hiciera nada. Les quité cosas. Les robé en la cara. ¡Y nadie se dio cuenta!
Funcionó, Mae. Funcionó… hasta que me metí demasiado.
Entonces me señala. Su voz se quiebra, pero lo que dice me hiela la
sangre.
—Si la entregamos, todo será perdonado. Nadie tiene que enterarse.
Deja que se la lleven. Podemos salir de aquí con más dinero del que
podríamos ganar en toda una vida trabajando para el Cap. Más del que
jamás soñamos.
Mis rodillas flaquean.
¿Esto es real?
—¿Y qué, Con? —Maeve lo mira como si no pudiera reconocerlo—.
¿Y qué vamos a hacer luego? ¿Pretender que no traicionaste a la mano que
nos dio de comer? ¿Al hombre que nos salvó cuando no éramos nadie? ¿A
su hijo? ¿A Riagan?
¿Caminar hacia el atardecer con bolsillos llenos de sangre y una
conciencia vacía?
Llora. Llora como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo para
siempre.
—Cathan nos dio un hogar. Nos dio una familia. ¡El clan nos salvó la
vida!
¿Cómo pudiste, Conor?
Él no responde. No puede. No hay palabras para eso.
Y entonces lo entiendo todo.
No solo traicionó a Riagan. Traicionó a su hermana.
Su única familia real.
—Yo… yo… —balbucea.
Mientras tanto, mis ojos escanean el cuarto. Estoy buscando cualquier
cosa. Algo que pueda usar como defensa. Puede que no sea una luchadora
como Kadra ni tan fría como Arianna, pero no voy a quedarme sentada
esperando a que alguien nos haga daño. No a Maeve. No a mí.
Pero no soy tan discreta como creía.
Conor lo nota. Me ve.
Y en un segundo, me apunta con el arma.
—No quiero hacerte daño, pero lo haré si no cooperas, susurra con
dureza. Aun así, no veo maldad en él, solo codicia y pura estupidez. Y eso
es decir algo, ya que es un genio.
Pero esta noche, tomó una decisión estúpida.
Una que le costará su familia y, si Riagan lo atrapa, la vida.
Cuando creo que Maeve lo pensará bien y elegirá a su hermano, nos
sorprende a ambos con sus palabras. —Vete, Con, antes de que descubra lo
que hiciste.
—¿Me daras la espalda?, susurra Conor con incredulidad.
Observo cómo Maeve se levanta y se mueve a paso lento sin apartar la
vista de su hermano. —Me traicionaste en el momento en que elegiste la
codicia por encima de mí. Por encima del clan.
—Pero somos uno, argumenta.
—Pensé que sí. Se le quiebra la voz y le da la espalda. Ya lo está
lamentando. —O te vas o me matas, Con, pero no dejaré que le hagas
daño."
—Mae. Conor parece tan desconsolado como su hermana, pero
entonces una expresión fea cruza su rostro. —Eres igual que ella. Prefieres
a todos los demás antes que a mí.
Grita la última parte. Golpeándose el pecho con la mano que sostiene el
arma. Nunca había notado la ira que vive dentro de él. Pero la verdad es que
nunca pensé mucho en él, pensando que era solo un genio silencioso que no
era una amenaza para nada, pero qué equivocada estaba. ¿Y a quién se
refiere con "ella"?
—Te estoy salvando la vida, Conor. Incluso cuando tu egoísmo acaba de
poner la mía en peligro.
—Vete, Conor, antes de que te encuentre y tenga que enterrar a otro
hermano por tus decisiones egoístas —dice Maeve con voz entrecortada.
Luego, para clavar la llaga más, sisea—. ¿Y qué pensaría de ti ahora si viera
en qué te has convertido?
La ira se desvanece y la angustia se apodera de él.
Sus palabras sobre un hermano muerto y una mujer misteriosa lo
hicieron mirar a su hermana gemela como si le acabara de clavar un
cuchillo en el pecho. Mientras estoy absorto en la aterradora y desgarradora
escena que se desarrolla frente a mí, casi me pierdo los gritos fuertes y
furiosos que vienen del piso de arriba hacia nosotros.
En el fondo, sé que es él.
Son Riagan y los otros hombres que, en poco tiempo, se convierten en
mi familia.
Vienen rápido, y los hombres que se acercan también lo notan,
girándose para enfrentar su amenaza.
Una amenaza que conozco muy bien.
Vino por mí, y tal vez estos hombres no esperaban que Riagan saliera
con vida de esto a tiempo para llegar a mí, pero lo hizo.
Uno a uno, los aliados de Conor caen al suelo, ya sea por disparos en la
cabeza o cuchillos clavados en las cuencas de los ojos o el cuello. Un solo
hombre hace todo eso. Mío.
Ya no me preocupo por lo que pueda pasarme a mí, a Maeve, o incluso a
mi esposo porque él está aquí. Está aquí, cubierto de sangre, y por lo que
puedo ver, ileso.
Dejo escapar un suspiro de alivio mientras mi corazón se calma, pero no
dura mucho porque la atmósfera en la habitación cambia en cuanto los ojos
de Riagan se posan en mí. Pasa de ser desgarradora a caótica.
Cianne, Byrne, Bain e incluso el padre de Riagan están detrás de mi
esposo, cubiertos de sangre y con miradas asesinas. Nunca había visto esa
expresión en ellos, pero sé que así son en el fondo.
Salvajes.
Hombres que hacen lo que sea necesario para mantenerse en la cima.
Lo sé, y aun así no me importa porque también he visto otros lados de
ellos.
Su lado humano, incluso el de Byrne.
Ahora mismo, aunque sus ojos están llenos de ira y hay oscuridad detrás
de ellos, también veo el dolor de cuando entraron y vieron a Conor —
alguien que creían un hermano y un amigo — traicionando no solo a su
líder, sino también a ellos.
Todo pasó tan rápido que me dio vueltas la cabeza, pero intenté
bloquear el ruido fuerte y concentrarme en él.
Tú puedes, Mila.
Sé fuerte.
La voz en mi cabeza, que antes era mía, ahora es suya. Solo escucho a
Riagan diciéndome que sea valiente, y eso hago. En lugar de caer al suelo
en posición fetal, como habría hecho antes, me mantengo firme y pongo
toda mi fe en él.
Solo toma un segundo para que se desate el caos.
Cuando sucede, se escuchan disparos.
Puños vuelan, corazones se rompen, y entonces me empujan.
—¡Maeve, no! —alguien grita, creo que es Cathan, pero no estoy
segura. Todo es muy confuso. No puedo ver nada porque mi cabeza gira.
Luego caigo al suelo con el peso de otra persona sobre mí. Todo lo que
veo es cabello rosa.
Maeve.
Pero entonces escucho disparos de una ametralladora.
Fuertes, muy fuertes, y gruñidos de dolor.
Después, un grito.
Fuerte.
Desesperado.
Desgarrador.
Una persona está en el suelo, llorando y gritando hasta que le duele la
garganta.
No me di cuenta de que la persona que gritaba y lloraba era yo hasta que
el mundo se volvió oscuro y ya no sentí nada.
Mi último pensamiento es él.
Sus ojos.
Su sonrisa.
Solo él.
Riagan.
Los Pensamientos Secretos
De Mila
“Te amo. Nunca he amado a nada ni a nadie más
que a ti.”
Dejar Ir También Es Amar
RIAGAN
“Ella pinto mi mundo de colores. Ya no es
negro.” — R
C
uando era niño, mi abuelo solía decirme que con el liderazgo venía
una gran responsabilidad… y que, si quería mantenerme en la cima,
debía ganarme el respeto de mis hombres, no su miedo.
“Un hombre que teme a su líder podría llegar a resentirlo, y la amargura
lo convierte en traidor”, solía decir. “Pero un hombre que respeta y confía
en su líder no vacilará. No morderá la mano que lo alimenta.”
Intenté aplicar eso. Mantuve a mis hombres en línea, tratándolos como
hermanos. Les mostré que podían confiar en mí, que yo nunca les fallaría.
Pero también me aseguré de que supieran lo que pasaría si me traicionaban.
El equilibrio siempre fue delicado…
Pero necesario.
Hice de los traidores un ejemplo. Siempre.
Pero con los gemelos…
Con ellos fui blando.
Vinieron de un pasado jodido. Como muchos de nosotros. Pero mientras
Maeve usó ese pasado para volverse más fuerte, Conor permitió que lo
consumiera. Se dejó llevar por la ambición. Por la envidia.
Los dos son brillantes. Genios, en realidad.
Pero Conor…
Conor siempre tuvo algo oscuro.
Callado. Reservado. Hacía lo que le pedíamos, nunca se quejaba.
Parecía leal.
Solo que no lo era.
Mantuvo la cabeza baja hasta que fue demasiado tarde para detenerlo.
Y cuando abrí los ojos, ya había cruzado la línea.
No me dejó opción.
—"Riagan…"
La voz de un ángel me arrastra de vuelta.
Aquí está oscuro. Frío también.
Y, sin embargo, esa voz me alcanza como una llama que lo atraviesa
todo.
—"Riagan, por favor, abre los ojos."
La súplica es suave. Quebrada.
Mila.
Mi mariposa.
Vuelvo a la superficie poco a poco, arrastrándome desde el fondo de ese
abismo negro. Parpadeo, y lo primero que veo son sus ojos.
Mila está encima de mí, con lágrimas corriendo por sus mejillas, su
rostro empapado en angustia.
Joder. Solo verla así me arranca el aire.
Estoy recostado en el sofá… No sé cuánto tiempo he estado
inconsciente, pero sé que perdí tiempo.
Tiempo que no tengo.
Antes de que ella pueda decir una palabra más, me incorporo de golpe.
El cuerpo me grita de dolor, pero no me importa.
Estoy despierto. Estoy de vuelta.
Y no pienso perder ni un segundo más.
—¿Estás herida? —La sostengo con firmeza pero con cuidado,
alejándola apenas lo suficiente para examinarla. Mis ojos recorren su
cuerpo, buscando señales de daño. No veo nada evidente, pero sus ojos
están rojos, inflamados. Ha estado llorando.
Mierda.
Esto nunca debió pasar.
No a ella.
Y no aquí. Este lugar siempre debió ser su refugio.
—No. Maeve me protegió hasta que viniste por mí —responde con voz
suave, colocándome la mano sobre el pecho. Me toca una, dos, tres veces,
como si tratara de calmarme. De recordarme que ya pasó. Que está bien.
Viniste por mí.
No escucho nada más después de eso.
La rabia, el caos, el dolor… todo desaparece por un instante.
Le beso la coronilla. Luego la frente. Y, antes de poder contenerme,
capturo su boca con la mía. Siento su aliento, su calor, su sabor. Paso mi
lengua por sus labios, y ella responde sin dudar. Se funde conmigo, como si
también lo necesitara tanto como yo. El beso es desesperado. Intenso.
Cuando nos separamos, ambos jadeamos por aire.
—Siempre vendré por ti, mariposa —le digo con la voz cargada, casi
rota—. No hay nada que no haría. Ni un solo hombre al que no destruiría si
se interpone entre tú y yo. Nunca lo dudes.
Paso mis dedos por su rostro, la piel húmeda por las lágrimas. Mis
nudillos están rotos. No me importa.
—Tus llantos me destrozan —susurra, y ella me besa las mejillas, con
suavidad.
—No más llanto —le prometo, apretándola contra mí—. Ya estás a
salvo. Ya estoy aquí.
Ella me sonríe, débilmente. Pero no es una sonrisa de alivio. Es una
sonrisa cargada de algo más. Luego sus ojos se apartan de los míos y miran
por encima de mi hombro.
—Riagan… hay algo que necesitas saber —murmura.
Siento que el hielo vuelve a colarse en mis venas. Me giro lentamente,
aún sosteniéndola, y observo el ambiente a mi alrededor.
Algunos de mis hombres están cabizbajos, otros con rostros endurecidos
por la ira. Las imágenes de la última hora me revientan en la cabeza como
una metralla:
La emboscada.
La traición.
Conor.
El hijo de puta era uno de los nuestros. Uno en quien confiábamos. Y
nos vendió.
Vuelvo a ver el rostro de Mila cuando sonó el disparo.
El miedo.
Mi cuerpo cayendo.
El ardor en el pecho por la bala que me rozó la piel.
No fue un disparo para matarme.
No a esa distancia.
Fue una advertencia.
—¿Dónde está papá? —pregunto, con el corazón en la garganta. Busco
entre los rostros. Nada. Silencio.
—¿Dónde diablos está mi—?
—Estoy aquí, a sheòid.
Su voz me alcanza como un relámpago. Me doy la vuelta y lo veo. Mi
padre.
Nunca lo admitiré, pero en ese momento…
En ese maldito segundo…
Podría caer de rodillas y llorar de puro alivio.
Él está vivo.
Mila está a salvo.
Mis hombres lo están tambien.
—¿Quién entonces? —escupo, con la rabia contenida, mientras cuento
mentalmente. Falta alguien. Falta más de uno—. ¿Dónde está Maeve?
¿Dónde están los gemelos?
Un carraspeo interrumpe la tensión. Me giro con Mila aún en mis
brazos.
Y entonces la veo.
Kadra Parisi.
Cruza la habitación como si no acabáramos de sobrevivir a un asalto.
Impecable. Vestida con un abrigo de cuero oscuro y tacones rojos
imposibles. A su lado, como una sombra, va Crow, su hombre de confianza.
Sus ojos se posan en mí, afilados. Me lanza una mirada que solo puedo
describir como desaprobación.
Y luego… mira a Mila.
Su hermana menor.
Mi esposa.
Todo en ella cambia. Se endurece.
—¿Cómo supiste que la tenía? —le espeto, apretando con fuerza la
mano de Mila mientras fijo la mirada en su hermana. Si vino a quitármela,
tendrá que hacerlo sobre mi cadáver.
El hecho de que haya venido sola, solo con un soldado, me dice que no
vino a declarar guerra. No todavía.
—Me avergüenza admitir que me tomó tanto tiempo —responde Kadra,
sin rastro de emoción. Luego lanza algo a mis pies. Una carta. Reconozco el
logo en el sobre incluso antes de abrirlo. Joker.
—Si viniste a llevártela, no será tan fácil —le advierto con tono seco,
marcando cada palabra.
Ella no responde de inmediato. Solo levanta una mano enguantada con
un aire de superioridad que irrita. Se gira hacia Mila, ignorándome por
completo.
Esta mujer me da mala espina. Hay algo en ella que no encaja.
Fría. Mecánica. Vacía.
Nunca conocí a alguien que me provocara escalofríos solo con entrar a
una habitación. Pero Kadra Parisi tiene esa habilidad. Cuando ella aparece,
la atmósfera cambia. El aire se espesa. La temperatura baja. La luz parece
apagarse a su alrededor.
Me he preguntado más de una vez cuántas cosas horribles habrá visto.
Cuánto daño tuvo que soportar para volverse eso. Un ser hecho de acero,
sin alma visible.
—Sirius —murmura Mila, apretando mi mano antes de soltarla.
La veo alejarse de mí. Sus pasos la llevan directo a los brazos de su
hermana.
Y, maldita sea, me duele más de lo que debería.
Ella se le lanza encima, llorando en silencio. No era así como quería que
se reencontraran. Pero ahí están: una temblando, la otra como una maldita
estatua. Sin una sola lágrima. Sin una sonrisa. Nada.
Tarda unos segundos, pero Kadra finalmente la abraza. Fuerte. Como si
quisiera protegerla de todo. O tal vez como si intentara no quebrarse.
Las hermanas se separan, y Mila la mira con ternura.
—Estás aquí. Te extrañé —le susurra.
Kadra la observa con esos ojos vacíos, pero por un momento… juro que
veo algo. Un destello de humanidad. Una grieta.
—¿Estás herida? ¿Te lastimó este animal de alguna forma? —pregunta
con voz plana, como si hablara del clima. Pero hay algo en su mirada. Algo
suave, casi imperceptible.
Me aguanto las ganas de responder, pero Mila lo hace por mí.
—Nunca. Riagan nunca me haría daño —responde con firmeza,
echándome una mirada de esas que hacen que todo en mí se tranquilice.
Le guiño un ojo.
—Él es mi único, Sirius —continúa, enfrentando a su hermana—. Sé
que todo esto puede parecer una locura, pero me siento libre cuando estoy
con él. No tengo que esconderme. Puedo ser yo misma.
Pum, pum.
Mis latidos se desbocan. Jodida mariposa. Siempre sabe qué decir para
hacerme olvidar el mundo.
La miro. Tan frágil y a la vez tan fuerte. La dulzura de su voz frente a la
presencia gélida de su hermana mayor… parecen de mundos opuestos.
Y sin embargo, son sangre.
—Debo confesar que vine con la intención de llevarte conmigo —dice
Kadra, con una calma que me resulta más peligrosa que un grito—. Y
destriparlo con mi cuchillo favorito.
Me lanza una mirada fugaz. Como un dardo envenenado directo al
pecho. Luego vuelve a ignorarme y se centra en Mila.
—Hasta que entré… y me di cuenta de que ya te había perdido.
Esas palabras me sorprenden más de lo que deberían. No por lo que
dice, sino por cómo lo dice.
Mila da un paso al frente y le toma la mano enguantada con ambas
suyas.
—Nunca podrías perderme, Kadra. Nunca.
Y por primera vez… los ojos de su hermana parpadean. Como si esas
palabras hubieran atravesado esa coraza.
—Pero yo te perdí mucho antes de que él te encontrara, ¿no es así? —
dice Kadra, apartando con suavidad uno de los rizos de Mila de su rostro.
Su tono es bajo, casi… triste.
Nunca pensé que escucharía esa voz salir de ella.
—Nunca pensé que tendría que dejarte ir, stelina —continúa, y por
primera vez, la forma en que la jefa Parisi mira a su hermana no es como si
fuese una niña que debe mantener a salvo, sino como si por fin la viera:
como mujer, como adulta.
—Supongo que me aferré tanto, tratando de protegerte de los horrores
que yo... —Se traga lo que iba a decir y carraspea—. Pensé que ponerte en
una burbuja era lo mejor. Que así estarías a salvo. Nunca me di cuenta de
cuánto te estaba lastimando.
La veo hablar, y no lo creo. Esta no es la mujer que conocía. Esta no es
la asesina temida por medio mundo.
Mila niega con fuerza, con lágrimas en los ojos.
—¡No! Tú nunca—
Y entonces, Kadra hace algo que jamás habría esperado de ella: se
inclina y besa la cabeza de Mila. Con ternura. Con amor.
Ese simple gesto… me deja sin palabras.
—Siempre me tendrás, Mila. Nunca estaré demasiado lejos —le
susurra.
La habitación entera se siente en silencio. Nadie respira.
Por primera vez, veo al ser humano detrás del mito. La hermana. La
sobreviviente. La mujer que ha visto más dolor del que debería cargar una
sola persona, y que aún así eligió ponerse entre ese dolor y sus hermanas.
Antes pensaba que tenía un corazón de piedra. Ahora sé que
simplemente aprendió a esconderlo bien.
He visto esa mirada antes. La vi en un hombre que muchos llaman
insensible, pero que estaba dispuesto a morir por su gente.
—Si este hombre es lo que quieres —dice Kadra, girándose hacia mí,
con la misma voz helada que usaría para dictar una sentencia de muerte—,
no me interpondré en tu camino.
Su mirada va de mí a cada uno de mis hombres, uno por uno.
—Pero si alguna vez la lastimas… si alguno de ustedes la lastima… —
la amenaza queda flotando, tan clara como el filo de una navaja—. Ni
siquiera su maldita ciudad los salvará de mí.
Trago saliva.
—Anotado —respondo entre dientes, sin apartar la mirada. No me
intimida, pero sé que lo dice en serio.
—Crow —llama a su soldado de confianza con un gesto.
El hombre se acerca y le entrega algo.
Una planta.
Un pequeño cactus en una maceta blanca.
—Debe ser el famoso…
—Señor Espinas —completa Mila, con un pequeño jadeo que me hace
sonreír.
—Ahora tienes mucho más por qué preocuparte que por una planta —
responde Kadra, sin rastro de sarcasmo. Es su forma de decir que la ve. Que
reconoce que ya no es solo su hermana menor indefensa. Que tiene una
vida, una familia. Gente que la ama.
Y yo soy uno de ellos.
Yo más que nadie.
La miro, y no puedo evitar pensar en lo sola que debió sentirse alguna
vez. Cuidando de sus plantas como si fueran personas, porque no tenía a
nadie a quien proteger… o que la protegiera a ella.
—Tú y Arianna fueron suficientes para mí —dice Mila con voz
temblorosa. Y esas palabras me cortan más profundo que cualquiera de las
heridas frescas que llevo en el cuerpo.
—Pero ambos sabemos que mereces más —responde Kadra, con la
misma firmeza.
Y claro que sí. Todos lo sabemos.
Mi esposa… mi mariposa… es luz. Y su corazón es tan grande que
hasta los más rotos pueden encontrar refugio en él. Aun así, no lo dice.
Nunca lo haría. Pero en el fondo… sé que también lo siente. Que ya no está
sola. Que tiene algo más que el pasado.
Me tiene a mí.
Mi pecho se aprieta cuando la veo abrazar a su hermana con todas sus
fuerzas. Como si soltarla significara dejar atrás un mundo. Como si, al
separarse, las cosas cambiaran para siempre.
Porque cambiarán.
Ella lo sabe. Las tres lo saben.
Y yo también.
El cuerpo de Mila tiembla contra Kadra, y debo apartar la mirada. Las
lágrimas de mi esposa son como cuchillos. Pequeños, afilados, silenciosos.
Pero me destrozan igual.
—Te amo, Sirius —lloriquea Mila. Y eso solo hace que se me hunda el
pecho.
Pasa un segundo antes de que Kadra se lo devuelva.
—Te amo, mi pequeña estrella.
Mila rompe a llorar con más fuerza.
—¿Se acabó? —le pregunta después, limpiándose las mejillas mientras
la mira con esperanza—. ¿Te deshiciste de los hombres malos que quieren
hacernos daño?
Kadra no responde de inmediato. Su mirada se vuelve más oscura. Más
letal.
—No ha terminado —responde finalmente, en voz baja—. Pero
terminará. Pronto.
Y juro por la forma en que lo dice… que alguien va a pagar con sangre.
Mila empieza a protestar, pero Kadra la calla suavemente con una
mirada.
—Tú y Arianna soñaban con un “un día” distinto al mío. El mío… no
tiene final feliz —dice con una serenidad que hiela la sangre.
Las hermanas se abrazan una última vez, y cuando se separan, Kadra
me mira.
Mierda.
—Una palabra —dice.
Lo suelta como una orden. Como una amenaza. O tal vez ambas cosas.
Y aquí estaba yo, pensando que lo difícil ya había pasado.
Debí saber que nada con esta mujer sería fácil.
—D EBERÍA MATARTE por lo que hiciste, murmura Kadra mientras ambos
vemos a su mano derecha subirse a su moto y marcharse con solo un gesto
de la cabeza a su jefe.
—Deberías, pero no lo harás, digo con tono aburrido.
—¿Estás tan seguro?
Siento su mirada gélida sobre mí. Apartando la vista de la entrada de la
mansión, la miro. A diferencia de mi esposa, Kadra es alta. Mucho más alta
que Arianna y Mila.
—Es imposible que lastimes el corazón de tu hermana, y te guste o no,
estoy en su corazón. Lastimarme sería lastimar a tu hermana.
—Qué cobarde de tu parte esconderte detrás de mi hermana, dice con
tono sombrío, levantando una ceja.
—No me escondo. Solo lo digo. Es mía y no se irá a ningún lado. Que
me amenaces es una tontería innecesaria. Ahora vete. ¿Qué quieres?.
Quiero llegar a mi esposa y asegurarle que, de ahora en adelante, todo
estará bien. Todavía tengo un montón de mierda que afrontar, pero por
ahora, lo único que importa es que está viva. Todos estamos vivos.
—Imbécil engreído.
La observo mientras se acerca a grandes zancadas a su Ducati negra
brillante aparcada y se sienta a horcajadas sobre ella. Abrí las puertas del
infierno. Ahora, necesito que la mantengas alejada de las llamas y de
Detroit. De ahora en adelante, la cosa se va a poner fea, y por mucho que
deseara que terminara con alguien mucho mejor... sé que estará a salvo
contigo. Ambos están a salvo ahora. Es la hora.
—¿La hora de qué?
Ella se pone el casco, todavía mirándome.
—Es hora de que todos paguen. No va a ser bonito.
Sonríe como si estuviera deseando el caos que acaba de desatar en su
ciudad.
—Y O’Sullivan…
Cruzo los brazos y grito sobre el ruido de su moto.
—¿Qué?
—Gracias.
¿Qué carajo?
—¿Por qué?
—Sabes, mis hermanas soñaban con encontrar su “feliz para siempre”
algún día —dice Kadra, y aunque esboza una sonrisa, sus ojos se oscurecen
de inmediato—. Pero mi definición de “un día” es muy diferente a la de
ellas.
—¿Cómo? —pregunto, con un nudo en el estómago que me advierte
que esto no va a ser fácil.
—Mi historia no termina en una nota feliz —responde con firmeza—. Y
ya hice las paces con eso.
¿Qué diablos puedo decirle a eso?
Las tres pasaron por un infierno. Pero algo me dice que el infierno de
Kadra fue distinto. Mucho peor.
Solo hay que mirar esos ojos suyos, vacíos, a veces sin alma, para
entender que la luz dentro de ella se apagó hace tiempo.
—Kadra.
Ella levanta una ceja marrón, fina y perfectamente arqueada.
—¿Sí?
Quiero pedirle que salga viva de esta guerra que empezó, por el bien de
Mila. Por el bien de todos los que amamos.
Pero las palabras no salen.
En vez de eso, solo alcanzo a decir:
—Ten cuidado.
No dice nada. Ni siquiera sé si escuchó.
Baja la visera del casco, da una patada al soporte de su moto y acelera
fuera de la mansión, dejando atrás solo humo y una amenaza silenciosa.
Mensaje de Riagan
Querida esposa,
Eres todos mis días buenos.
Siempre tuyo,
- Riagan
Epílogo Uno
MILA
“El es mi amante y mi mejor amigo. Que suerte tengo, verdad?” — M
—¿Q ué es? —le pregunté a Riagan por quinta vez desde que
salimos de casa.
—Unos pasos más, y lo descubrirás —ríe mientras me
guía y me cubre los ojos. Durante mucho tiempo le temía las sorpresas, sin
saber si serían buenas o solo lecciones dolorosas, pero ahora, viviendo con
Riagan, cada día es una gran sorpresa.
—¿Me das una pista? —trato de que me diga la sorpresa, pero no cede,
igual que todos en la mansión. Ni siquiera Cathan —sí, Cathan, a quien los
médicos no creían que sobreviviría la enfermedad, pero lo hizo, como yo y
su hijo siempre creímos. Ahora está de vuelta a sí mismo, todavía
recuperándose pero fuerte y sano, y la nube oscura que estaba sobre Cathan
y Riagan ya no está. Somos tan afortunados. Tan bendecidos.
—Eh…no. —ríe mi esposo.
Bueno, esperaba eso después de que me negara cada intento antes.
Realmente sabe guardar secretos.
Dejo que me guíe unos pasos más, y mientras tanto trato de pensar qué
podría ser la sorpresa.
No estamos en casa porque subimos a su coche y manejamos al menos
veinte minutos, y hace unos tres o cuatro minutos que bajamos del coche.
Noto que estamos en un lugar público. Aunque no puedo ver nada, escucho
el ruido de peatones caminando cerca y el tráfico. Estamos cerca de una
calle concurrida.
¿A dónde me lleva?
De repente, quita sus manos de mi rostro y puedo ver lo que tengo
delante, cuando una oleada de felicidad mezclada con algo de confusión me
invade. ¿Qué?
—Feliz aniversario, mariposa.
Mirando el edificio mágico frente a mí, no puedo evitar la expresión de
sorpresa en mi rostro mientras lo observo todo.
Una panadería.
Una pequeña panadería con tonos verde menta, puertas de vidrio y un
letrero vacío en el centro. No tiene nombre.
—¿Es esto—?
—Es tuyo —mi esposo me gira, toma mis mejillas con sus grandes
manos y me hace mirarlo.
—Pensé que podrías pintar un mural para que vaya con la estética y el
tema que quieras, cariño. Algo que sea totalmente tú.
—No sé qué decir… —honestamente no sé. ¿Cómo logra siempre
dejarme sin palabras? No encuentro las palabras adecuadas para expresar lo
que siento. Siento tanto que no puedo concentrarme en una sola emoción.
—¿Qué tal si me dices cómo vas a llamar a tu panadería y librería?
¿Librería?
Entonces miro el edificio azul verdoso y noto las grandes libreros
visibles desde aquí afuera.
Sí, no encuentro las palabras, pero se me ocurre algo.
—Lucky Willow —digo sin pensarlo.
Y él sonríe.
—Me gusta.
A mí también. Quizá por razones diferentes a las de él.
Lucky por él. Mi trébol de la suerte.
Willow, no solo por nuestros muchos besos bajo el árbol, sino porque él
también es mi Árbol de Sauce. Fuerte, resistente y hermoso.
—Te amo... —lo abrazo con toda mi fuerza. Lo abrazo tan fuerte que
mis mejillas quedan presionadas contra su pecho. Puedo sentir su cadena
fría sobre mi piel. Su corazón late fuerte y constante.
Doy un paso atrás, me levanto de puntitas y beso su mejilla barbuda
porque es lo más lejos que puedo alcanzar.
—Te amo más, cariño —sonríe, haciendo que mi corazón lata más
rápido—. Y un último regalo.
Me entrega un libro. Un libro con una linda ilustración de una niña
bajita de cabello rubio y rizado y un hombre gigante tatuado parado a su
lado. Un golden retriever y un montón de mariposas los rodean.
—¿Cómo hiciste esto?
—Dos gemelos criminales muy talentosos me deben unos favores.
—¿Lorenzo y Valentino Nicolasi?
Asiente.
—Mi hermano los convenció para que escribieran y dibujaran las
ilustraciones. Pero no lo hicieron por mí. Lo hicieron por y para ti.
—¿Para mí? —Las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas
mientras sostengo el libro de cuento de hadas que hizo sobre nosotros. Me
duele el corazón cuando paso a la última página y encuentro una nota
escrita a mano:
Mila, no soy el príncipe azul con el que soñaste toda tu vida. No tengo
un caballo blanco ni una carroza lujosa. Pero tengo un corazón que late
solo por ti. Un ejército de hombres que darían su vida por ti. Una familia
que te ama, te abraza y te celebra. Prometo amarte siempre en tus días
buenos, pero especialmente en los malos. Prometo llenar tu vida de magia y
maravilla hasta mi último aliento. Tenemos una familia rara y un perro
flojo. Pero es el tipo de rareza que se siente mágica. Somos nosotros. Tengo
todo el amor del mundo para ti. Desde este momento, prometo que la
oscuridad no te tocará. Los hombres malos no te atraparán. Te mantendré
a salvo por el resto de nuestros días juntos. Este libro. Esta historia. Somos
nosotros ahora, pero quizá con el paso de los años, si quieres, podemos
añadir más amor y más risas en forma de personas pequeñas, y joder, si
quieres más animales, también podemos tenerlos. Todo lo que te pido es
que siempre creas en mí y nunca sueltes mi mano, y te prometo que te daré
el final feliz con el que tanto soñaste.
No puedo moverme. No puedo ordenar mis pensamientos mientras mi
mente procesa cada palabra hermosa que acabo de leer. Tengo que
obligarme a respirar. ¿Es real? ¿Él es real? Parpadeo varias veces, pero el
libro sigue en mis manos y Riagan sigue sobre mí. Cierro los ojos y cuento
hasta tres, toco mi pecho con el libro tres veces más, y los abro. Él sigue
aquí. Sosteniendo el libro contra mi pecho, lo veo sonreír una sonrisa
verdadera, esa que vivo para ver cada día. Mi corazón galopa en mi pecho
mientras sostengo su mirada unos segundos antes de que mis ojos bajen a
sus labios. Mi dulce gigante. Mi mejor amigo. Mi persona favorita. Mi
héroe con un poco de villano. El hombre de mis sueños.
—Riagan, yo—
Él agarra mi rostro y me besa, largo y lento, robándome el aire.
Haciéndome olvidar mi propio nombre y todo lo que quería decir. Envuelvo
mi brazo libre alrededor de su cuello y me aferro a él con fuerza mientras el
libro queda aplastado entre nuestros cuerpos.
Cuando se aparta, dice:
—Eres muy amada, Mila. Incluso cuando no te das cuenta. Incluso
cuando estabas rodeada de oscuridad, había tanto amor ahí.
Pienso en lo que acaba de decir y siento que mi corazón va a estallar de
amor en cualquier segundo. Pasé tanto tiempo con la nariz metida en un
libro y la cabeza en las nubes huyendo de todo lo que dolía y podía herirme
que me perdí de mucho. Ya no haré eso más. Amo mis cuentos de hadas y
mis historias románticas, pero ya no me sirven de escape ni de lugar seguro.
Mi lugar seguro es él.
Las lágrimas que he estado tratando de contener comienzan a caer
cuando pienso en lo afortunada que soy de vivir esta vida después de pensar
tanto tiempo que el para siempre y la felicidad no estaban en mis cartas.
—¿Son lágrimas tristes o lágrimas felices, cariño? —susurra mientras
me abraza fuerte.
Asiento intentando no llorar, pero no puedo evitarlo.
—Estoy simplemente tan— —mi susurro sale rasposo.
—Mi perfecta mariposa, tus lágrimas estrangulan mi corazón —me
aparta el cabello con ternura—. Joder. No llores. ¿Qué pasa? Pensé que esto
te haría feliz.
Me paso las manos por la cara y sonrío débilmente.
—Lo ha hecho. Muchísimo. Estoy... abrumada.
Lo miro y encuentro sus grandes ojos azules fijos en los míos.
—Nadie nunca ha hecho algo tan lindo por mí. Nunca. Todo lo que has
hecho por mí. Cada palabra que has dicho. Creo que nunca me
acostumbraré.
Antes de que pueda decir una palabra, lanzo mis brazos sobre sus
anchos hombros y presiono mi mejilla húmeda contra su cuello.
—Gracias —digo en voz baja—. Eres increíble.
—No soy increíble, amor. Solo estoy tratando de ser el hombre que
mereces.
Lo abrazo más fuerte.
—Lo eres. Eres el mejor de todos.
—De verdad. Me haces sonreír cada día. Incluso cuando no estás aquí.
Sonrío con lágrimas en los ojos y veo cómo su sonrisa crece,
iluminando todo su rostro. Nunca me cansaré de ver esa sonrisa. Es más
hermosa que el atardecer.
Riagan pasa su pulgar por mi mejilla cálida y húmeda para secar mis
lágrimas antes de inclinarse y cubrir sus labios con los míos. Su mano
grande se mueve para sostener la parte posterior de mi cuello, sus dedos
deslizando entre mis rizos como lo ha hecho mil veces. Gimo de placer
cuando su lengua recorre mis labios antes de que yo los abra y él entre.
Nunca le dije que su sabor es adictivo. Siempre me deja queriendo más
de él. Mi mano aprieta su hombro, mis uñas clavándose ligeramente en su
piel tatuada. Tomándolo como una señal de pasión, él acerca su cuerpo al
mío, cubriéndome a medias, y aprieta la nuca, besándome más profundo.
—Vamos adentro, mariposa —Riagan se aparta y susurra, con su aliento
cerca de mis labios.
Delirando de placer, pregunto:
—O-okay. ¿Me mostrarás el interior de la panadería?
—Sí, después.
—¿Después de qué?
—Después de que te folle como si no te amara.
Luego me carga sobre su hombro, haciendo que grite sorprendida.
—Perdóname, amor.
Me da una nalgada, haciéndome reír mas.
Y mientras me carga, me río todo el camino hacia la panadería de mis
sueños, en los brazos de mi hombre soñado.
Un deseo y un sueño más tachados en mi lista gracias de mi dulce, dulce
gánster.
Mi vida cambió mucho antes de ser parte de su mundo, y ni siquiera lo
sabía. Él estuvo ahí protegiéndome y siendo mi héroe cuando yo ni me daba
cuenta.
Ya no le temo al futuro ni a los cambios que puedan venir porque lo
tengo a él de mi lado. Y sé que siempre puedo ser yo con Riagan, y él
siempre me amará por eso.
Ya no estoy perdida. Por fin estoy en casa, donde me siento segura y
profundamente amada por este hombre hermoso que el destino puso en mi
camino. Haré hasta lo imposible para verlo sonreír cada día, por el resto de
nuestras vidas.
Los cuentos de hadas sí se hacen realidad.
Solo tienes que creerlo.
Yo creí.
Soñé y esperé por días mejores.
Mi día en el sol siempre tuvo nombre y apellido…
Riagan O’Sullivan.
Epílogo Dos
RIAGAN
“Camine sobre el fuego para que ustedes pudieran tener su día en el sol.” —
K
—¿P orMilaquémientras
estás nerviosa, mo chuisle? —Sujeto fuerte la mano de
caminamos hacia una pequeña cafetería con
temática europea que parece un lugar que debería estar en
Francia, no en una calle llena de gente en Washington.
Solo hizo falta una llamada para arreglar este encuentro.
Me tomó mucho tiempo para asegurarme de que todos los involucrados
estuvieran seguros al reunirnos en un lugar tan público, pero sabía que era
algo que debía suceder.
Mila y yo hemos pasado por muchas cosas.
Por traiciones que nunca imaginé y una amenaza que todavía acecha en
cada rincón de mi ciudad.
Conor fue tanto el traidor como la amenaza.
Lo dejé salir de la mansión esa noche con vida solo porque se puso
entre la bala que podría haberme arrebatado a mi esposa, y por esa única
razón. Ni siquiera la gratitud hacia su hermana gemela pudo salvarlo. Le
ofrecí misericordia, pero con la condición de que se mantuviera alejado y
fuera de nuestra vista.
No lo quiero en mi ciudad. No confío que esté cerca de nosotros.
Si sabe lo que le conviene, será mejor que se mantenga lejos, porque no
le ofreceré misericordia por segunda vez.
Pensaba entregar a mi esposa por su egoísmo.
Por dinero.
El imbécil hipócrita tuvo más de lo que podría haber imaginado
conmigo, y aun así no fue suficiente para él. No solo perdió mi confianza y
respeto, sino que perdió a sus hermanos de armas y rompió el corazón de su
hermana gemela.
Una hermana gemela que ya no es la misma persona que solía ser por
culpa de él.
Luego está Kadra, que apareció de la nada y no luchó para recuperar a
su hermana como yo esperaba.
Ella eligió liberar a Mila, y agradezco no haber tenido que enfrentar a la
querida hermana de mi esposa. Si hubiera llegado a eso, lo habría hecho.
Aniquilaría a cualquiera o cualquier cosa que se interpusiera entre
nosotros y tratara de alejarla de mí.
Ahora, ha llegado el momento para que mi mariposa vea a su hermana
de nuevo, lejos de todo lo que las ha perseguido a ambas.
La única pieza que falta es su hermana del medio, Kadra, pero esa es
una historia larga y jodida para otro día.
—¿Crees que me odia? —Giro la cabeza tan rápido, atónito por su
absurda pregunta. ¿Cómo podría pensar que su propia hermana la odiara?
—No te odia. No creo que alguien que odia a otra persona te mire como ella
lo está haciendo ahora.
Inclinado hacia adelante, le doy un beso en la cabeza, la empujo
suavemente y veo cómo Mila se da vuelta lentamente y mira a su hermana
mayor, que sostiene la mano de su esposo y con la otra guía a una niña
pequeña, que parece una réplica del presidente, mientras empuja un coche
con un bebé, y su seguridad forma una barricada a su alrededor mientras
avanzan lentamente hacia nosotros.
¿Quién hubiera pensado que la princesa antes fría, con un gran talento
para molestar a la gente con su actitud despreocupada y su boca venenosa,
no solo es la amada primera dama de los Estados Unidos y una CEO, sino
también madre de dos hijos? Cómo el hombre de arriba permitió que dos
imbéciles fríos y arrogantes como esos dos procrearan es un misterio para
mí.
Y sin embargo, aquí están, con sus dos adorables niños.
—Arianna... —La forma en que mi esposa susurra el nombre de su
hermana, llena de júbilo y dolor, hace que mi corazón se apriete. Luego está
la expresión de pura adoración en el rostro de Arianna Parisi y un par de
lágrimas también, mientras observa a su hermana mas pequeña.
—Mami, ¿esta es la hada Mila? —La niña pequeña de rizos salvajes,
igual que los de mi esposa, pregunta con una sonrisa bonita en el rostro.
—Ellaiza, Royal y Sebastian... —Habla Arianna, con voz fuerte y
vulnerable al mismo tiempo—. Conozcan a mi stelina.
Mierda.
Cuando lo dice, me giro para mirar a mi esposa, preocupado de que todo
sea demasiado para ella y que la atención la haga sentir ansiosa, pero
entonces da un paso adelante y sé que estará bien. Porque ya no es esa niña
asustada que, en mis ojos, era la persona más valiente que he conocido,
aunque ella no lo veía así. Una chica que pensaba demasiado en todo,
demasiado temerosa de las reacciones de los demás.
Ahora es una mujer que, aunque tímida y a veces reservada, va tras lo
que quiere.
Me hago a un lado y la dejo disfrutar su momento, ese que siempre soñó
con su hermana. Su “un día” donde ya no sufren.
Un día en que lloran de felicidad en lugar de tristezas y abusos.
Joder, mírala.
Está radiante.
Luego, siento algo cálido y dulce revolotear en mi pecho cuando ella se
detiene a mitad de camino hacia su hermana y su familia, y se vuelve hacia
mí, extendiendo su mano para que la tome. Lo hago. Tomo su mano y
avanzo hacia la familia que tanto anhelaba. Hacia una de sus hermanas.
—Arianna, quiero que conozcas a mi persona favorita —la voz de Mila,
aunque suave y tímida, suena fuerte y orgullosa también—. Mi esposo.
En el momento en que dice eso, Arianna me mira con los ojos
entrecerrados, tal como lo hizo muchos años atrás cuando conocí a su
hermana. Me dice muchas cosas con sus ojos verdes helados, la mayoría
nada buenas, pero igual que la última vez, me importa un carajo lo que
piense de mí. Mila es mía. No me voy a ir a ningún lado. Tendrá que
aguantarse.
Porque Mila no es solo mi pulso, mi mundo y mi amor.
Es todo. Mi pasado. Mi presente. Mi futuro. Mi alma gemela —la que
comparte el camino de mi alma.
Sintiendo miradas en la nuca, me alejo de la tierna escena de dos
hermanas encontrando el camino de regreso la una a la otra y miro por
encima del hombro. Frunzo el ceño al notar una figura negra montada en
una moto, pero desde aquí es difícil saber si es hombre o mujer.
Rápidamente agarro mi arma y me acerco a mi mujer, listo para eliminar a
cualquiera que sea una amenaza para ella.
Lo que no sabía en ese momento era que la silueta que observaba desde
lejos no era una amenaza en absoluto, sino la otra mitad del corazón de
estas hermanas.
—¡Riagan, ven a conocer a Sebastian Kenton! —Mi esposa habla,
llamando mi atención. Cuando me giro, la silueta desapareció, haciéndome
pensar que tal vez lo imaginé.
—¿Sabías que lo consideran el presidente más atractivo de todos los
tiempos? —Nunca pensé que llegaría el día en que no me importaría uno de
los datos curiosos que a mi hermosa esposa le gusta compartir.
Ignorando la sonrisa arrogante del presidente, camino hacia mi esposa y
la abrazo.
Que se joda el presidente guapo.
Que se joda cualquier hombre que no sea yo.
Porque yo soy todo para ella, así como ella es todo para mí.
Epílogo Tres
RIAGAN - 7 AÑOS DESPUÉS
“Te amare hasta que mi corazón pare de latir.” — R
—¿P or qué estás nerviosa, mo chuisle? —Sujeto fuerte la mano de mi
hija de seis años mientras caminamos por la playa en busca de su
madre.
Después de años de intentos interminables por tener un bebé, finalmente
la suerte estuvo de nuestro lado y nos bendijo con nuestro pequeño pedazo
de cielo.
Willow Emersyn.
Una niña pequeña que vino a darnos más amor, magia y risas.
Mirando a mi dulce niña, le doy toda mi atención mientras mueve las
manos, explicándome cómo se siente. Nos comunicamos con lenguaje de
señas siempre que no quiere usar su voz.
Tanto Mila como yo, y todos los que formamos parte de la vida de
Willow, hemos aprendido el lenguaje de señas. No solo la amamos, sino que
también queremos que ella sienta lo importante que es. Haríamos cualquier
cosa para hacer su vida más fácil.
Movería tierra, mar y cielo solo para hacer el mundo mejor para ella.
Para hacer la vida menos fea.
Willow, junto con su madre, es el latido de mi corazón.
Mis razones para respirar.
Mi luz en la oscuridad.
—¿Crees que le caeré bien? —ella pregunta con señas, y mi corazón se
derrite al instante. Esa es mi niña de buen corazón. No heredó nada de mí.
Esa dulzura es toda de su madre.
—Claro que sí, y si no, lo ahogaré en el océano. ¿No sería divertido?
Señalo hacia el mar, haciéndola sonreír. Igualita a su madre en todos los
malditos sentidos, y no podría estar más orgulloso o agradecido.
Willow parece una réplica de su madre, excepto por el color de su
cabello, que en lugar de ser un rubio medio, es castaño claro como el mío.
Tiene los mismos rizos indomables que su madre, enmarcando su rostro
angelical y los mismos labios ligeramente fruncidos.
Ojos azules que pueden iluminar mis días más oscuros.
Igual que su mamá.
—Eso no es bueno, papá.
—No soy bueno, y nadie lastima a mi niña —aprieto su pequeña mano
y la observo, asombrado, mientras se toca el pecho tres veces igual que su
madre, pero por nerviosismo y no por miedo como lo hacía Mila cuando la
conocí.
Willow me recuerda mucho a mi esposa y a mi mamá cuando hace eso.
A veces siento que mi mamá está presente en cada pequeña y dulce cosa
que Willow hace por mí. Elijo creer eso.
Un apretón suave en mi mano interrumpe mis pensamientos. Me
arrodillo y tomo los hombros de mi hija para que me mire.
A diferencia de su madre, Willow puede leer las expresiones de las
personas con facilidad.
Ella tiene una discapacidad propia, pero no es la misma que Mila.
Pero ambas son perfectas en todos los sentidos.
—No hay nada de qué preocuparse, mo chuisle. Solo sé tú misma, y lo
tendrás comiendo de la palma de tu mano —le doy un toque en la nariz,
intentando que me sonría con todo su corazón, como tanto amo.
—Te amo, papá —dice mi niña con una voz tierna, apenas desafinada.
Willow no oye por su oído izquierdo, pero afortunadamente escucha
casi al cien por ciento con el derecho.
Eso hizo que la adorara aún más, si es que eso era posible.
—Te amo, mi pulso. —Hago el signo al mismo tiempo que lo digo. Ella
puede hablar, pero elige con quién compartir su voz. Por ahora, solo habla
con su madre y conmigo. Pero a diferencia de su mamá, ella nunca crecerá
pensando que debe avergonzarse de su discapacidad o esconderla. Mila le
está enseñando a estar orgullosa de exactamente quién es. Se está
asegurando de que nuestra niña nunca sienta vergüenza de ser exactamente
quien es, sin pedir disculpas.
Willow es tímida y reservada como Mila, a diferencia de sus primos,
que son tan ruidosos y malcriados.
Ahora, tiene que acostumbrarse a otra persona que formará parte de
nuestro hogar por un tiempo.
Después de que los médicos nos aconsejaron que un segundo embarazo
podría causar problemas graves para la salud de Mila y del bebé, optamos
por la adopción.
Un camino en el que nunca había pensado, igual que en un momento
pensé que tener hijos no era para mí.
Ahora, haría absolutamente cualquier cosa para mantener la sonrisa en
el rostro de mi mariposa, y si una casa llena de niños es lo que ella quiere,
entonces yo estoy totalmente a favor.
—¿Dónde está mamá? —susurra Willow.
—Aquí estoy, mi cielo —dice Mila mientras aparece a unos metros de
nosotros.
Sonrío a mi esposa al verla caminar hacia nosotros por la playa. El
viento mueve esos rizos hermosos en todas direcciones. Se ve hermosa
como siempre, vestida con un traje corto azul.
Cuando el hechizo de su belleza se rompe y me suelta, noto que sostiene
una mano pequeña.
Una mano pequeña que pertenece a un niño con piel pálida, cabello
oscuro como la noche y ojos verdes vigilantes.
Por reflejo, aprieto más a mi bebé ahora que me doy cuenta que es un
niño y no una niña como pensé al principio. Mi esposa astuta y sigilosa
olvidó mencionar ese pequeño detalle.
Willow hala la tela de mi pantalón, haciendo que baje la mirada hacia
ella y me aleje de mi esposa y el niño.
Él parece enojado.
Mi hija suspira en vez de hablar, como suele hacer cuando estamos solo
nosotros.
—Él parace… tímido, cariño.
Por el bien del niño, espero que eso sea todo.
Willow no parece tan segura.
Yo tampoco, mi cielo.
Cuando los dos niños permanecen en silencio, Mila intenta de nuevo.
—Willow, conoce a Madden. —Mi esposa se agacha, todavía
sosteniendo la mano del niño. El chico es mayor de lo que pensé. Alto y
delgado. Debe tener como nueve o diez años.
—Madden, esta es nuestra hija Willow. —Mila le sonríe cálidamente a
este chico llamado Madden. Noto que él no ha soltado su mano.
Observo cómo el niño lentamente desvía la mirada del mar y mira a mis
dos tesoros. Sus ojos parecen vacíos, o eso pienso, porque veo algo ahí.
Algo que veía todos los días reflejado en el espejo.
Ternura.
Maldita sea.
Entonces, mi dulce niña da un paso adelante y señala con un dedo la
camiseta del niño, que es verde oscuro, y habla en señas.
Veo cómo la sonrisa de mi esposa se ensancha y sus ojos se llenan de
ternura, mientras el niño la mira con una expresión de aburrimiento.
—Ella te está diciendo que el verde es su color favorito. —Mi esposa le
explica al niño.
—¿Qué le pasa?
—Nada. No le pasa nada. —Gruño, listo para destrozar al pequeño
idiota si dice algo que lastime el corazón de mi hija.
—Willow se comunica con lenguaje de señas. No le pasa nada. —Mila
le dice con la paciencia de un santo. Aunque Willow y yo tenemos un
vínculo especial, sé que Mila y nuestra hija también lo tienen. Mi esposa no
es de pelear ni herir sentimientos, pero por nuestra niña, está dispuesta a ir a
la guerra con quien intente lastimarla.
—¿Me enseñas? —El niño susurra esta vez a Mila, en lugar de a
Willow.
—¿Enseñarte..?
—A hablar con ella. Su idioma.
Eso hace que mis dos grandes amores sonrían de oreja a oreja.
No confío en este niño, no porque sea parte del sistema de niños sin un
hogar, sino porque es hombre.
Uno que no tiene sangre nuestra y que ha puesto esas pequeñas estrellas
en los ojos de mi bebé.
Mierda.
Como si el clima estuviera en sintonía con mis emociones, suena un
trueno y el cielo se oscurece.
Va a llover.
—Vamos a casa. —Me muevo para levantar a Willow, pero ella sacude
sus rizos salvajes hacia mí y se aferra a Madden en su lugar.
Está empezando.
Maldita sea, está pasando.
Chicos.
—Es bueno para ella. Es bueno para los dos. —Mi esposa agarra mi
brazo y me abraza de lado.
Muevo la mirada entre mi esposa y los niños.
—No creo que sea una buena idea, mariposa. Estoy molesto. Nunca
dijiste que era un chico.
—Tú habrías dicho que no.
Yo no habría dicho que no. Nunca podría decirles que no.
—Él es uno de ellos.
—¿Uno de qué? —Ella frunce el ceño y tarda un segundo en entender lo
que quiero decir. Se ríe.
—¿Un chico, quieres decir?
—No es gracioso.
De repente, siento la mano de mi hija sobre la mía.
¿Listo? Hace seña con una sonrisa tierna.
Y así, mi ánimo mejora y se endulza.
Mientras caminamos hacia la casa de la playa, aprieto más a mis dos
tesoros y pienso en cómo hacer que esto funcione con el niño. No tiene a
nadie. Por lo que Mila me contó, viene de un pasado oscuro y ha estado en
el sistema desde que tenía tres años hasta ahora.
Eso hace que baje la guardia con el niño, por ahora.
Todo niño merece una oportunidad para una vida feliz. Todo comienza
con un hogar feliz, y no hay lugar más feliz que con mis niñas.
Nuestra vida.
Nuestro hogar.
Mi bebé me toca la pierna para llamar mi atención, y luego hace señas
con una hermosa sonrisa.
Me río y niego con la cabeza.
—¿Cómo conoció papá a mamá? ¿Quieres oír esa historia otra vez? —
Mila le pregunta a Willow, y nuestra hija asiente con la cabeza.
Apretando la mano de Mila, digo:
—Cuando conocí a mamá por segunda vez, ella estaba huyendo de un
hombre malo que terminó frente al cañón de mi pistola.
—¡Riagan! —Mila se ríe feliz.
—¿Mataste al hombre malo? —Pregunta Madden. Mila y Willow
asienten.
Nunca les oculté quién soy, y nunca lo haré. Mi familia sabe que no hay
nada que no haría para mantenerlas seguras y conmigo. Nada. Incluido
matar.
Cuéntanos todo. — Willow hace señas.
Y hago exactamente eso todo el camino hasta las puertas de nuestro
hogar.
Marco los dígitos en el teclado de la puerta y espero que se abra con el
pitido, y cuando lo hace, guío a mi familia adentro.
El niño, Madden, mira nuestra casa en la playa sin impresionarse antes
de decir:
—No creo en los cuentos de hadas ni en el amor. —Lo dice con tono
seco.
Lo miro, tratando de descifrarlo.
Un segundo es duro y frío, y al siguiente, veo un destello del niño que
lleva dentro.
—Oh, qué gracioso que creas que tienes opción, chico —le digo cuando
finalmente pone un pie dentro de la puerta con la mirada fija en la nuca de
mi hija.
Sí, no me gusta nada esta mierda.
Quizás no fue una de las mejores ideas de Mila.
Pero entonces mis dos amores se giran, tomándose de las manos,
mirándome con esos rostros hermosos llenos de pura felicidad que hacen
que mi corazón se detenga en mi pecho y luego vuelva a latir, uno por uno,
llenándome de un nuevo propósito cada vez.
Y ahora mismo, el chico que está a mi lado, estoico, forma parte de esa
felicidad, así que lo aguanto y espero lo mejor porque, mala idea o no…
solo el tiempo lo dirá.
Willow corre hacia Madden y toma su mano, señalando hacia la parte
trasera de la casa. El niño nos mira y levanta una ceja. Veo que es un
pequeño gruñon.
—Ella está preguntando si te gustaría ver las mariposas —Mila traduce
lo que Willow esta comunicando, sonando demasiado feliz.
Madden mira a mi niña y se encoge de hombros, y ella lo toma como un
sí.
Nos quedamos atrás observándolos caminar hacia el jardín, donde mi
viejo está sentado en el gazebo, junto a la mujer que le devolvió la vida —
luciendo tan saludable como siempre después de luchar contra un cáncer de
pulmón en etapa cuatro y salir victorioso.
Solo puedo esperar que esta decisión no me salga cara, porque
realmente no quiero añadir más a mi larga lista de crímenes.
—¡Oh, mira qué adorables se ven, Riagan! —Mila brilla a mi lado. Ella
solo ve a dos niños con potencial para ser grandes amigos o formar un
vínculo familiar, pero yo sé mejor.
Esto es problemático.
—Sí, muy adorables —murmuro, intentando sonar tan positivo como
ella, pero sin lograrlo.
He hecho muchas cosas duras en mi vida, pero ser padre ha sido el
trabajo más difícil. Sí, lo más gratificante, pero duro igual. Porque ahora
mismo, tengo que ver a la mitad de mi corazón caminar de la mano con un
chico con un chip en el hombro que parece sacado de una película de Tim
Burton.
Ningún padre quiere lidiar con chicos y corazones rotos. Especialmente
cuando sus hijas son tan pequeñas. Mierda.
—Todo va a estar bien, mi gigante gentil —me río de su lindo intento de
ponerme un apodo.
—Sigue trabajando en eso, esposa. —Gigante gentil, mi trasero.
La mano de Mila toca mi espalda, y captó la señal para inclinarme y
darle un beso en los labios. Cuando me aparto, la veo sin aliento,
mirándome con esa mirada que me desarma.
Me encanta cómo no puede evitar mirar mis labios. Me encantan sus
ojos en mí, pero incluso después de tantos años, todavía le cuesta mantener
el contacto visual, y no me importa en lo más mínimo.
Me encanta cómo mira cada parte de mí y cómo siento que penetra mi
alma con una sola mirada.
—Fuiste y sigues siendo mi mejor idea, Riagan O’Sullivan —susurra
cerca de mi boca, insuflándome vida, como cada vez que estamos tan cerca.
Tomando su rostro, la acerco hasta que nuestras frentes se tocan.
—Y tú, señora Sullivan, me has dado los mejores días y una vida
jodidamente increíble.
Ella ríe, cierro los ojos y dejo que ese dulce sonido me inunde.
—¿Me cuentas un dato curioso, Riagan? —susurra con una sonrisa en el
rostro.
No pienso dos veces antes de decir:
—Te amo con toda mi puta alma.
Y ese es un hecho que le recordaré cada día de nuestras vidas hasta que
mi corazón deje de latir, y aun entonces, encontraré la manera de
recordárselo porque en lo profundo de mi alma sé que el amor que siento
por esta mujer trasciende el tiempo y el espacio. Es infinito. Nunca morirá.
Frotando mi pulgar sobre el tatuaje de trébol en el interior de su muñeca
que coincide con el mío, sonrío porque está viva y es mía.
Mirando esos ojos azules que me derriten cada vez que se cruzan con
los míos, aunque sea por un segundo, le digo:
—¿Todo bien, mariposa?
Ella se pone de puntillas y yo me inclino hacia ella hasta que nuestros
labios quedan a solo unos centímetros.
—Más que bien, Riagan.
Y eso es todo.
La suerte estuvo de mi lado, y mientras la tenga a ella, no habrá ni un
solo día malo.
Solo los mejores días con mi mejor chica.
Mi única.
Mi esposa.
El Fin
PARA MILA Y RIAGAN
Y la princesa olvidada vivió feliz para siempre con
su villano no tan villano...
¿Quieres saber si la
hermana mayor de Mila,
Kadra, encuentra su final
feliz?
KADRA “THE UNFEELING”
E
l amor te jode y te desangra.
Yo sabía mejor que nadie cómo lastimaba a aquellos que, tan
estúpidos como para dejarse consumir por él, terminaban destruidos.
Una vez fui así de ingenua e imprudente con mi corazón. Hasta que
aprendí una lección dura y enterré lo que quedaba de él para que nadie
pudiera apoderarse. Pedazos rotos, dispersos en Washington y Filadelfia.
A salvo, lejos del caos que yo misma había creado.
Antes soñaba como mis hermanas. Soñaba con correr hacia la playa,
sumergirme en el océano, dejar que el mar borrara las cicatrices de mi
piel… y las del alma. Eran solo ilusiones de una niña solitaria.
Después de años en el infierno, deseando la muerte día tras día, ese
sueño murió lenta y dolorosamente.
Pero mis hermanas aún tenían esperanza en sus corazones, incluso
Arianna.
Yo ya estaba manchada, hecha pedazos por sueños rotos, pero ellas
seguían aferrándose a la idea de un futuro mejor. Por eso hice lo que tenía
que hacer para que lo tuvieran. Aunque eso significara perderlas.
Arianna cree que la traicioné. Y sí, lo hice. No me arrepiento ni pido
disculpas.
Si hubiera dependido de ella, nunca se habría ido de Detroit por
voluntad propia. Nunca nos habría dejado. Y a cambio, nunca habría tenido
la vida que ahora vive: con esos dos niños y ese hombre tan poderoso que la
trata como a su igual.
Y luego está Mila.
Mi dulce hermanita finalmente hizo algo por sí misma. Se permitió ser
egoísta y, un día, lo consiguió.
Yo pasé toda la vida intentando protegerla, manteniéndola alejada de la
mierda que me tocó vivir, sin darme cuenta de que, de alguna forma, la
estaba lastimando igual.
Llegué a Filadelfia para traerla de vuelta a Detroit, pero había otra
razón. Múltiples razones, en realidad.
Una de ellas está ahora acurrucada en el suelo frío y sucio de un
callejón, buscando refugio de la lluvia dentro de una caja de cartón.
Al ver esa figura pequeña, endurecí mi corazón. Si quiero ganar esta
guerra que ese cabrón inició hace años, tendré que ser tan despiadada y
cruel como ellos.
Pateo la caja con la bota, y al caer al suelo, dejo al descubierto al niño.
El tiempo parece detenerse cuando lo miro: un chico desgarbado, que
parece haber luchado contra la muerte y apenas sobrevivido.
Inclino la cabeza, esperando que me dé algo, lo que sea, pero él
mantiene la mirada baja, mientras la lluvia fría y dura cae sobre él.
Siento una punzada en el pecho. No.
Me acerco y lo cubro de la lluvia con mi paraguas.
—Dame tus ojos —le ordeno con suavidad.
No soy un monstruo. Al menos, nunca podría serlo para él. Nunca para
él.
Tarda un minuto en levantar la cabeza y cuando lo hace, siento algo.
Algo que no debería sentir.
Una grieta en el corazón.
Una que no duele.
Para nada.
Esos ojos.
Esos ojos que me recuerdan tanto a un chico que conocí.
—¿Cómo te llamas? —susurro, casi gritando sobre el rugido de la
lluvia.
Me mira con desconfianza, sin saber si soy un aliado o una amenaza.
Soy ambas cosas.
—No tengo ninguno —responde tras un largo silencio.
Observo su piel blanca como la nieve, sus ojos grises sin fondo y su
cabello negro como la tinta. Le pregunto: —Si pudieras elegir un nombre,
cualquiera, ¿cuál sería?
El niño piensa más de lo que debería y, cuando sus ojos grises se clavan
en los míos, me permito sentir algo que no debería. Algo que sé que jamás
terminará bien. Ni para mí, ni para él.
—Azariel —dice finalmente, con voz débil pero llena de orgullo.
Le sonrío. Hace tiempo que no lo hacía.
Él sonríe también. Pero lo hago por él.
Azariel.
Un nombre fuerte para un chico fuerte.
El nombre perfecto para un heredero.
—Muy bien, Azariel —le digo, ofreciéndole mi mano enguantada—.
Súbete.
Él mira mi mano con desconfianza, pero sonrío aún más. Chico listo.
—Sé que estás enfadado y quieres que paguen por lo que hicieron. Si
me ayudas, te lo prometo: verás a cada uno de ellos sangrar. Lo juro.
Oh, todos sangrarán.
—¿Quién eres? —pregunta Azariel, mirando mi mano.
Sonrío sin apartar la vista de sus ojos.
¿Quién soy yo?
Soy muchas cosas, pero no voy a explicarle nada ahora.
Solo necesita saber que quiero lo mismo que él.
Así que le doy la única respuesta que importa: —Soy tu única
oportunidad de sobrevivir, chico. Aprovéchala.
Cuando su mano, pequeña y temblorosa, toca la mía enguantada, una
extraña sensación me recorre. Como si ya lo conociera.
Pero lo ignoro. Ignoro cada intento de la humanidad de llegar a mi alma.
—No confío en ti —grita Azariel sobre el estruendo de la lluvia.
—Ya aprenderás. Ahora, vámonos.
Al llegar a mi moto, lo ayudo a subir y me coloco detrás de él,
asegurándome de que esté bien sujeto contra mí.
—Agárrate fuerte, Azariel. Este viaje va a ser un infierno de baches.
Cuando estoy segura de que no va a caerse, acelero el motor y salimos
disparados. Estoy muy lejos de casa.
A los cinco minutos, veo una figura oscura en el retrovisor. Otra moto
acelera detrás de nosotros, intentando alcanzarnos. Joder.
Lo saben. Pero es demasiado tarde. Ya lo tengo.
Disminuyo la velocidad, esperando que nos alcancen.
—Agacha la cabeza —le ordeno al chico, y para mi sorpresa, no me
desafía.
Con una mano sigo manejando la moto, mientras con la otra saco mi
pistola y disparo. Fallo los tres primeros tiros, pero no el cuarto. La bala
alcanza al motociclista, que cae segundos antes de estrellarse.
Detengo la moto y miro por encima del hombro justo a tiempo para ver
al hombre quitarse el casco.
—Quédate aquí —le susurro a Azariel, que no se mueve. Buen chico.
Me bajo de la moto y me acerco al hombre en el suelo. No me
sorprende lo que veo. Ni un poco.
Mi astuto, astuto ruso.
Estás muy lejos de Nueva York.
Postfacio
Querido lectora,
Muchísimas gracias por todo el apoyo que le has brindado a esta
historia desde que te enteraste de su existencia. Me llenó de alegría escribir
sobre alguien tan especial como Mila. Mi intención desde el principio fue
darle voz a un personaje tan hermoso que quizá no encaje en la imagen de
"normal" de la sociedad, pero es perfecta tal como es.
Gracias por darle una oportunidad. ¡Espero que la hayas disfrutado
mucho leyéndola!
Con cariño, Adriana.
Agradecimientos
A mis increíbles lectoras, gracias.
Este libro fue posible gracias a su amor y apoyo. Gracias por apoyarme
y animar a estos personajes. No podría haberlo hecho sin ustedes. Elsa, esta
vez estuve un poco perdido, pero me ayudaron hasta el final. Tampoco
puedo lograrlo sin ustedes. El libro no sería lo que es sin su ayuda.
Blogueras y lectoras, ustedes son el alma de esta comunidad.
¡GRACIAS!
No tienen idea de lo increíbles que son por lo que hacen.
Acerca de la autora
Adriana Brinne es una autora que se enamoró de la lectura desde muy joven, pero nunca se atrevió a
compartir sus palabras con el mundo. Nacida y criada en la encantadora isla de Puerto Rico, su
crianza tropical le inculcó un profundo aprecio por la belleza y la narrativa. De día, se dedica a la
informática a tiempo completo, pero en su tiempo libre, se entrega a sus romances contemporáneos
favoritos escritos por sus autores favoritos y a ver compulsivamente The Big Bang Theory.
La escritura de Adriana se caracteriza por su amor por el romance dulce y picante, las
protagonistas femeninas tiernas pero fuertes, y los héroes gruñones que los adoran en secreto. Si bien
se deleita explorando una variedad de tropos románticos, evita los temas que involucran el engaño o
la muerte, centrándose solo en historias que conmueven el corazón del lector.
Otras Obras de Adriana Brinne
Unholy Trinity Series
Andrea “The Beginning”
Lucan “The End”
Fallon “The Madman”
Cara “The King”
Arianna “In Love and War 1”
Bastian “In Love and War 2”
Mila “The Godfather”
Kadra “The Unfeeling”
Unholy Ground Series
Throne Of Deception
Ruined Legacies Series (Segunda Generación)
Sweet Madness
Sweet Poison
Sweet Venom
Sweet Nightmare - 2025
Sweet Monster - 2026
Advertencia de contenido
sensible
Asesinato y tortura gráfica
Maltrato infantil
Lenguaje grosero
Maltrato emocional
Abandono infantil
Escenas sexualmente explícitas
Violencia física y armas
Muerte y amenazas de muerte