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El Llamado

El cuento narra la historia de Anduin Wrynn, quien busca escapar de su pasado y encontrar paz en Valle Canto Tormenta, un lugar donde los maresabios han protegido a marineros durante generaciones. A través de su trabajo en un molino, Anduin intenta lidiar con sus traumas y redescubrirse, mientras se enfrenta a sus recuerdos y la búsqueda de un nuevo propósito. La relación con Rodrik, un veterano que le ofrece trabajo y compañía, se convierte en un pilar en su camino hacia la sanación.

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El Llamado

El cuento narra la historia de Anduin Wrynn, quien busca escapar de su pasado y encontrar paz en Valle Canto Tormenta, un lugar donde los maresabios han protegido a marineros durante generaciones. A través de su trabajo en un molino, Anduin intenta lidiar con sus traumas y redescubrirse, mientras se enfrenta a sus recuerdos y la búsqueda de un nuevo propósito. La relación con Rodrik, un veterano que le ofrece trabajo y compañía, se convierte en un pilar en su camino hacia la sanación.

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UN

CUENTO

El
LLAMADO
DE CHR ISTIE GOLDEN
HISTOR IA
CHR ISTIE GOLDEN

ILUSTR ACION ES
OGNJEN SPOR IN

EDICIÓN
CHLOE FR ABONI, ER IC GERON

A SESOR A MIENTO DE HISTOR IA


COURTN EY CH AV EZ, SEA N COPELA ND

A SESOR A MIENTO CR EATI VO


STEV E AGUILA R, ELY CA NON, STEV E DA NUSER,
CHR IS METZEN, STACEY PHILLIPS, KOR EY R EGA N

PRODUCCIÓN
BR IA N N E MESSINA, A MBER PROU E-THIBODEAU,
CA R LOS R ENTA

DISEÑO
COR EY PETER SCHMIDT, JESSICA RODR IGU EZ

TR ADUCCIÓN
FACU NDO GONZÁ LEZ

COR R ECCIÓN
MERCEDES ACOSTA

©2024 Blizzard Entertainment, Inc. Blizzard y el logo de Blizzard Entertainment son marcas comerciales
o marcas comerciales registradas de Blizzard Entertainment, Inc. en los EE. UU. o en otros países.   
L a brisa acarició la barba del recién llegado, cuyos ojos hambrientos se deleitaban
con el paisaje de tierras verdes y abiertas.
Valle Canto Tormenta era el hogar ancestral de los maresabios, magos cuyo dominio
del agua y el viento había protegido a embarcaciones y marineros durante generaciones.
Sin embargo, la belleza de esta pequeña aldea junto al mar no se debía a majestuosos
monumentos de esa poderosa magia. Este era, sin duda, el granero de Kul Tiras, donde
el viento salobre susurraba sobre la cebada y el trigo, y la única magia era la del agua y
los molinos de viento que crujían de la mañana a la noche, convirtiendo los elementos en
energía para alimentar y cuidar a la población.
El sonido agradable de los molinos anunciaba la promesa de nuevos comienzos.
Y el romper de las olas, más abajo, cerca de la cueva donde había dejado enterradas
sus pertenencias, anunciaba un fin.
Los viajes recientes de Anduin Wrynn no lo habían llevado por lugares pacíficos.
Comprendía que estaba tratando de limpiarse, de purgar la mente y el alma, quemar sus
pecados en lugares donde el paisaje reflejara su propio sufrimiento.
Mis amigos... a los que casi maté... creen que mis manos están limpias. Pero no las siento así.

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Años después de esa confesión, nada había cambiado.
Esas manos alguna vez habían sentido el calor de la Luz sagrada. Habían sanado
cuerpo y espíritu. Habían protegido un reino. Un mundo.
Las flexionó. Tanto él como sus manos ansiaban una labor.
De niño, Anduin había deseado viajar por Azeroth. Aprovechaba toda oportunidad
posible —y, si no la había, la creaba— para ir en busca de aventuras. Ahora, buscaba
escapar, no explorar. Solo y sin rumbo, aceptaba cualquier trabajo que le diera alimento
y un lugar para dormir por el día, aunque el sueño fuera un consuelo caprichoso. A
menudo, venía plagado de terrores nocturnos que hacían que Anduin se despertara a
los gritos, en lugar de darle un verdadero descanso o, al menos, dejarlo sumirse en el
olvido.
De algún modo, su mente era más amable cuando estaba despierto. Anduin era
consciente de todos los caminos que había recorrido, pero solo conservaba algunos
recuerdos fragmentados de esos lugares. A veces, su mente los restauraba, y en esos
momentos revivía todo lo que deseaba olvidar; el recuerdo era más horripilante que la
herida original.
Cambiar de entorno le hacía bien, así como aprender cosas nuevas. Mantenía las
manos ocupadas y jugaba a las escondidas con los demonios de su mente, mucho peores
que los reales. Luego, iba a otro lugar, y a otro, y a otro.
Anduin, como de costumbre, había preferido estar solo en su viaje a Kul Tiras. Se
quedó en su camarote y solo salió a la superficie cuando sintió que los muros lo
asfixiaban y el aire apestaba a su propio miedo y sudor rancio. Observaba en silencio a
los marineros hacer nudos y los imitaba, y así aprendió una habilidad que conservaría
después del viaje. Una vez que el barco hubo atracado, se ubicó en la esquina más oscura
de una taberna y ordenó un cuenco de estofado.
No era de los que buscan consuelo en el fondo de una jarra. Aunque sentía la tentación
de beber lo suficiente para ahogar los sueños en los que su cuerpo se movía contra su
voluntad y tenía que ver sus manos tomando la empuñadura de la espada corrompida de
su padre, sabía que lo único peor que revivir esos recuerdos era perder el control.

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De niño, Anduin había deseado
viajar por Azeroth. Aprovechaba toda
oportunidad posible —y, si no la había, la
creaba— para ir en busca de aventuras.
Ahora, buscaba escapar, no explorar.

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Anduin comió su cena sin saborearla, pendiente de las noticias y los rumores, de si
alguien necesitaba algo y dónde podía encontrarlo. Se enteró de que Valle Canto
Tormenta prosperaba tanto que hacían falta espaldas fuertes para ayudar en la cosecha,
preparar la tierra y moler el grano.
La larga caminata de Boralus al valle lo calmó. Cada paso lo alejaba del bullicio del
puerto y lo sumergía en el silencio, la calma y el ritmo constante del mar.
—Es mi vista favorita —dijo una voz detrás de él.
Anduin se dio vuelta a la vez que, con la mano, buscaba la espada que no iba a
encontrar, que estaba oculta y a salvo en una cueva bajo sus pies. La espada que cargaba
sobre su mente y corazón. Al ver su sobresalto, la figura que se acercaba —un hombre de
mediana edad— levantó una mano y sonrío para tranquilizarlo. Tenía los ojos azules y
vivaces, y el poco cabello que le quedaba era prácticamente gris.
—Me disculpo. Parece que, incluso con esta pierna, puedo moverme con sigilo —la
señaló con un gesto, y Anduin pudo comprobar a simple vista, por la forma en que
rengueaba y se apoyaba en el bastón, que el hombre había sufrido una fractura terrible
en la pierna y no había sanado bien.
Podría ayudar, pensó, y luego recordó que eso había quedado en el pasado.
El hombre continuó:
—Le propuse casamiento a mi esposa aquí. Vi mi último atardecer antes de ir a la
Cuarta Guerra, y el primero cuando volví a casa. Cuando has visto lo que yo vi...
—suspiró y se quedó en silencio. Anduin se alegró de que no terminara la oración—.
Bueno, el corazón anhela la tranquilidad. La belleza simple. Las cosas que crecen y
cambian, y las que no. Por cierto, me llamo Rodrik Feldon.
—Jerek —Anduin ya había usado ese seudónimo antes, en tiempos más simples
cuando era un joven que huía de las responsabilidades. Ahora huía de cosas más
oscuras—. Estoy buscando trabajo.
—Y yo estoy buscando ayuda. ¿Tienes un llamado, Jerek?
La pregunta fue inesperada, y, por un momento, Anduin sintió que no podía respirar.
Un llamado.

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Pensó en el sacerdocio y en Aerin Petramano, la joven guerrera de Forjaz que lo había
entrenado en el arte de la espada. Le había prometido que obtendría el temple de los
enanos, pero luego se dio cuenta de que el príncipe no estaba hecho para infligir dolor.
Para lastimar. Aerin creyó que Anduin podría triunfar al servicio de la Luz. Magni
Barbabronce también.
Anduin también había creído lo mismo, en otro momento. Siempre se sintió atraído
por la paz. La calma.
He anhelado la paz toda mi vida, pensó. Y en toda mi vida, jamás la alcancé.
Los campos junto al océano. Cielos abiertos y tierras abiertas. Trabajo físico duro.
Quizás este lugar, este trabajo, lo ayudarían.
La Luz sabía que nada lo había ayudado antes.
Anduin se percató de que su mente estaba divagando y Rodrik esperaba una respuesta:
—Hago un poco de todo —respondió. Ante la mirada confusa de Rodrik, agregó—:
Aprendo rápido, mi espalda es fuerte y trabajo duro.
Rodrik notó la capa raída y las botas embarradas de Anduin, la barba descuidada y el
cabello sucio.
—Parece que has viajado un largo tiempo. ¿De dónde vienes?
—¿Importa? —lo increpó Anduin, alerta.
Rodrik le dedico una mirada larga y reflexiva.
—Te ves un poco nervioso —le dijo—. Y hambriento. Eso no lleva a tomar buenas
decisiones. Toma. Esto te ayudará.
Rebuscó en su mochila y sacó un pan.
Anduin lo tomó. Aún estaba caliente, y el aroma hizo que le sonaran las tripas. Rodrik
inclinó la cabeza hacia los molinos de viento que complementaban el paisaje. Las aspas
giraban y crujían, y había un único molino de agua a lo lejos. Un canal desviaba el curso
del río hacia una rueda enorme, y había sacos de trigo y cebada apilados junto a ella, a la
espera de la molienda. Las gallinas picoteaban con dedicación los granos que se habían
escapado. Una cabaña pequeña que parecía transmitir alegría se encontraba a unos
pocos pasos, donde un caballo y una cabra y su cría pastaban.

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—El molino de agua es mío. No te faltarán el pan ni la leche de cabra. Tampoco los
huevos, si mantienes al zorro a raya. Te haré trabajar duro, como querías, y te pagaré
bien. Necesitarás instrucción, claro, pero, si aprendes rápido como dices, no tendrás
problema. Después de eso, pasaré una o dos veces a la semana para dejarte suministros.
Rodrik enumeró las responsabilidades de Anduin: revisar las muelas del molino,
moler los granos para hacer harina, realizar el mantenimiento de la maquinaria, tomar
pedidos...
—Espera —interrumpió Anduin. Sintió que se le tensaba la garganta. No había
considerado todos los aspectos—. ¿Los granjeros traerán los granos aquí? ¿Cuántos?
¿Con qué frecuencia?
Oyó que alzaba la voz, agitado, y sintió que comenzaban a sudarle las palmas.
Buscaba aislarse, y este trabajo le daría todo lo contrario. Anduin sintió que se anulaba,
como si, una a una, las puertas que tenía dentro se fueran cerrando. Este lugar, más allá
de parecer tan agradable, resultó no ser la respuesta.
—Ah, antes venían todo el tiempo, pero me mudé con mi familia al pueblo después de
la guerra. Ahora, mi esposa tiene una panadería. Yo me encargo de la parte aburrida,
como tomar los pedidos. Dejé el trabajo duro para los jóvenes y fuertes —Rodrik rio
entre dientes y se mostró un poco arrepentido—. En teoría, fue una buena idea, pero no
puedo mantener a nadie mucho tiempo. Es un trabajo solitario, o eso me han dicho...
—Acepto.

Como Rodrik le había advertido, el aprendizaje fue bastante intenso. El veterano le


enseñó a “oír” el molino para saber qué andaba mal y cómo reparar la maquinaria
compleja. Cómo comprobar la molienda con la “regla del pulgar” del molinero (es decir,
a sentir la molienda con los dedos pulgar e índice) y cómo inspeccionar las muelas del
molino. Cómo ordeñar la cabra, ensillar el caballo y preparar una trampa para atrapar al
zorro si acechaba a las gallinas.

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Anduin prestó atención. Cuanto antes Rodrik considerara que estaba listo, antes
recuperaría la privacidad. Rompía su silencio solo para hacer preguntas, pero eso no
parecía molestar a Rodrik. El hombre hablaba afablemente, sobre todo de su familia. Su
esposa, Vera, que era la administradora de la panadería, pero también se ocupaba de
hornear el pan; su hijo, Ben, diez años menor que Anduin; y su hija, Cynda.
—Aún es una niña, pero es más inteligente que la mayoría de los adultos que conozco.
Heredó eso de su madre. —Sonrió con los ojos llenos de orgullo.
Anduin no decía nada. Su familia era completamente diferente a la de Rodrik. Su
madre había muerto poco después de su nacimiento, víctima de la violencia; su padre,
dolido, se había mantenido distante y, durante muchos años, ausente. Cuando Rodrik
habló de su servicio en la Cuarta Guerra, Anduin se replegó aún más.
—No había muchos soldados profesionales en Kul Tiras antes del comienzo de la
guerra —dijo Rodrik, mientras Anduin tamizaba diversas moliendas de harina entre sus
dedos—. La mayoría eran reclutas, y gran parte de los reclutas locales no sabían de armas
de guerra. Somos granjeros, molineros, apicultores. ¡Si me hubieras visto la primera vez
que sujeté una espada! —rio, pero luego se puso serio, y sus ojos se apagaron—. Al final,
aprendí a usarla bastante bien.
Anduin contuvo el aliento y su corazón palpitó con fuerza.
Cuerpos cubiertos de blanco, tendidos sobre las viejas tablas del puerto. Un grupo ínfimo de
soldados con armaduras esperando para abordar... Y las palabras de Genn: “Son los últimos
soldados. Empezaremos a reclutar civiles”.
—¿Jerek?
—P-perdón —Anduin tartamudeó con la mirada clavada en su mano, que apretaba
con firmeza un puñado de harina. Lo dejó caer y, después de mascullar una excusa,
salió rápidamente del molino. Sentía los pulmones contraídos y hambrientos de aire.

Después de terminar el entrenamiento, los días de Anduin se llenaron con la simpleza de

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Cuerpos cubiertos de blanco,
tendidos sobre las viejas tablas del
puerto. Un grupo ínfimo de soldados
con armaduras esperando para abordar...
Y las palabras de Genn: "Son los
últimos soldados. Empezaremos
a reclutar civiles".

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alzar los sacos y descargar los granos en la tolva, empacar la harina, realizar el
mantenimiento del equipo y cuidar de los animales. A toda hora, sonaba el chapoteo
rítmico y tranquilizante de la rueda del molino.
La única tarea de la lista de Rodrik que Anduin no había logrado cumplir era crear la
trampa para el zorro. Hasta ahora, no había molestado a las gallinas, y a Anduin no le
gustaba la idea de matar a una criatura, mucho menos por algo que tal vez haría. También
era consciente de que no podía vigilar a las aves todo el tiempo, y los zorros a veces
estaban activos durante el día.
Al principio, Anduin solo había oído los chillidos y ladridos del zorro durante el ocaso.
Luego, en las noches que se instalaba al aire libre para ver las estrellas, solía ver una figura
más allá de la luz del fuego, un par de ojos relucientes que lo analizaban sin una pizca de
miedo. Una noche, por impulso, Anduin cortó un pedazo de carne del asador.
—Ey, zorro —llamó, y le lanzó el alimento. El animal lo esquivó hábilmente, aunque
se lo notaba confundido. Sin embargo, pronto comprendió la situación, engulló la carne
y huyó a toda velocidad.
La noche siguiente regresó y se sentó con elegancia frente a él, con las patas delanteras
juntas y la cola peluda enrollada sobre ellas, como si estuviera presentándose.
—No debería alimentarte, zorro —dijo Anduin.
El animal movió orejas ante el sonido. Anduin reparó en lo extraño que se sentía oír
su propia voz. Había hablado lo menos posible con Rodrik y, la mayor parte del tiempo,
se quedaba en silencio.
El zorro lamió con su lengua rosada el hocico negro y húmedo.
“En serio, no debería alimentarte”, pensó Anduin, pero lo hizo, y se preguntó por qué.
Las pesadillas habían disminuido ligeramente gracias al régimen de trabajo físico,
soledad y tareas simples, pero no habían desaparecido. Tampoco había desparecido la
vergüenza, ni el abismo de remordimiento. A menudo, sentía una carga invisible tan
pesada como la muela del molino, también capaz de aplastarlo. No, lo mejor era pensar
las cosas día a día, hora a hora, tarea a tarea.
Debía mantenerse ocupado.

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Las pesadillas habían
disminuido ligeramente gracias
al régimen de trabajo físico, soledad y
tareas simples, pero no habían desaparecido.
Tampoco había desparecido la vergüenza,
ni el abismo de remordimiento. A menudo,
sentía una carga invisible tan pesada
como la muela del molino, también
capaz de aplastarlo.

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Anduin esperaba con ansias las noches en las que estaba demasiado cansado para
soñar. El contenido de sus sueños variaba, pero la única constante era la violencia.
Violencia de su parte. Era incapaz de cumplir su voluntad en estos sueños, tal como había
sucedido cuando había cometido esos actos brutales. A veces, los sueños tomaban la
forma de recuerdos, y quedaba paralizado con horror entre el pasado y el presente.
Los sueños eran aterradores cuando lo devastaban y lo llenaban de culpa.
Y eran peores cuando no tenía esa reacción.

Pum.
El hacha hizo un corte profundo en la madera y la partió limpiamente mientras
Anduin se movía con un ritmo ya conocido. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Tronco
nuevo.
Pum.
Abajo.
Formas pequeñas, alas delicadas, tan frágiles, los ojos bien abiertos, más aún por el terror...
Arriba.
Pum.
La espada, tan parecida a la que portaba su padre, pero retorcida, blasfema. No brillaba con el color
rojo ni dorado, sino azul. Casi se podría decir que era cautivante, ¿verdad? La hoja serrada perforaba y
luego, al salir, desgarraba, los ojos bien abiertos vacíos, y el grito, musical, abominable, el grito...
Anduin se tambaleó jadeando, con la garganta seca y la boca abierta, en busca de aire.
El tronco a sus pies no solo estaba partido, sino que había sido reducido a pequeñas
astillas. La mano aún sostenía con fuerza la empuñadura, y le dolía. Los nudillos
estaban blancos. Lanzó el hacha como si lo hubiera quemado. Aterrizó en la tierra sin
hacer daño a nadie, pero Anduin no se había fijado en eso antes de arrojarla.
Sentía las piernas débiles y se desplomó. Apoyó las manos temblorosas sobre el suelo
fértil. No era digno de confianza. No sabía cuándo iba a perder el control.

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Los pensamientos, como si hubieran olfateado la debilidad, se abrieron paso en su
mente. ¿Qué pasa si invoco a la Luz y no responde? No sentía rastro de ella. Incluso el dolor
en sus huesos reparados por la Luz había desaparecido y, con él, cualquier esperanza de
guía.
¿Quién de nosotros sintió la horrible emoción de euforia? ¿El Carcelero, el alma dentro del
fragmento, yo?
¿Qué sucede si tomo una vida y lo disfruto?
Anduin enterró los dedos en el suelo fértil, para sentirlo mejor, y respiró lentamente.
Estas pesadillas lúcidas eran menos frecuentes que las de sus sueños; afortunadamente,
por las noches tenía menos probabilidades de lastimar a alguien. Había tenido mucha
suerte en ese momento. Podría haber dañado la edificación, a los animales o haber hecho
algo peor. Rodrik no había venido ese día. ¿Pero si hubiera pasado en ese momento? ¿Si
hubiera aparecido de la nada, con el sigilo que lo caracterizaba, ante Anduin?
Anduin se levantó, bebió un largo trago de su bota de agua y se limpió la cara. Luego,
miró el camino e hizo una mueca. Como si lo hubiera llamado, Rodrik se acercaba con
los suministros de Anduin, que traía dos veces a la semana. Eso no era inusual, pero el
cielo ya se estaba tornando lavanda con el ocaso.
Anduin se limpió las manos y la cara, y se preparó. Esperaba no verse demasiado
perturbado. Haría lo posible para terminar el intercambio rápidamente.
—Vienes más tarde que de costumbre —dijo mientras comenzaba a descargar la
carreta—. ¿No llegarás tarde a cenar?
—Hoy no. —Rodrik le lanzó una sonrisa pícara y después descendió del vehículo con
cuidado—. Espero que tengas hambre, mi joven amigo, porque hoy cenaremos los platos
más deliciosos de todo el mundo: el estofado de verduras y el pastel de bayas de Vera
Feldon.
—No, no, está bien, no necesito...
Rodrik se acercó rengueando hasta Anduin.
—La comida salió del horno hace menos de una hora. No me harás volver a casa y
decirle a Vera que no te alimenté, ¿verdad?

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Desde ya, Anduin no pudo hacer otra cosa que aceptar. Mientras guardaba los
suministros, Rodrik comenzó a encender el fuego en la pequeña cabaña.
—No —dijo Anduin. No quería estar en un espacio tan pequeño ahora—. Comamos
afuera.
Luego de una breve pausa, Rodrik asintió y se dirigió al foso de fuego. Cuando
Anduin salió del molino, Rodrik exclamó—: Vas a tener que colocar esa trampa.
—No hace falta —dijo Anduin—. Es inofensivo. —Como para confirmarlo, el zorro
dejó escapar un aullido corto y trotó hasta él. Aún no dejaba que lo acariciara, pero,
ahora que Anduin lo alimentaba por las mañanas, el zorro había empezado a seguirlo
durante el día—. Caza las ratas del molino y no molesta a las gallinas.
—Por ahora —musitó Rodrik—. ¿Tiene nombre?
—No.
Los nombres tenían significado. Implicaban afecto, conexión. Anduin no nombraría
al zorro.
El molinero colocó un pequeño caldero sobre el fuego y sacó el pan y el queso. Y,
como Anduin esperaba, empezó a hablar. Primero sobre el pan, que era diferente, con
hierbas. Vera había estado experimentando ahora que se acercaba el Festival de la
Cosecha, en unas semanas.
Era el parloteo normal de Rodrik, sí, pero Anduin se dio cuenta de que había algo...
diferente en él hoy. Su actitud amigable parecía forzada. Los dos callaron mientras
comían, pero, mientras Anduin se servía otra porción, Rodrik le hizo una pregunta tan
inocente como atormentadora.
—¿Estuviste... en la guerra?
Anduin se quedó helado. Tragó saliva con fuerza. Sí, había estado en la guerra.
Muchas veces, Anduin sentía que él mismo había sido la guerra. No podía hablar, pero
asintió.
—No digo que no haya valido la pena luchar. Pero incluso una guerra que vale la pena
tiene su costo. A veces, no lo pagas enseguida, debe pasar un tiempo. Y, a veces, nunca
dejas de pagar.

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—No digo que no haya
valido la pena luchar. Pero
incluso una guerra que vale
la pena tiene su costo. A veces,
no lo pagas enseguida, debe
pasar un tiempo. Y, a veces,
nunca dejas de pagar.

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Anduin miró fijo el cuenco de estofado, que se enfriaba sobre su regazo. Hace un
momento tenía hambre, pero, ahora, la comida le pesaba como una roca en el estómago.
Empezó a sentir que un sudor frío le cubría la frente.
—Hay cosas que nunca imaginaste que te perturbarían... como una simple fogata.
Antes, ni siquiera podía sentarme aquí como ahora. Sigo sin sentirme cómodo, pero
ahora estoy mucho mejor. —Inhaló, retuvo el aire y exhaló suavemente—. Respirar así
ayuda. También mover el cuerpo.
Su cuerpo, moviéndose contra su voluntad. Anduin respiró profundamente.
—Nos emboscaron cuando estábamos alrededor de la fogata. De repente, tres de mis
amigos estaban cubiertos de flechas. Luchamos en la oscuridad, y los trols eran mucho
más grandes que nosotros. Todos los que intentaron defenderse... —hizo una pausa.
Empalideció, aun bajo la luz cálida del fuego, y comenzó a temblar—. Huimos. No
tuvimos opción. Yo sabía que no tenía opción. Pero no tendría que haber abandonado a
los demás. A veces... sueño con eso.
Agonía de Reyes iluminada con una luz azul gélida, el fin del olvido piadoso para que Anduin
pudiera ver, entender, su propia mano en la empuñadura, su propia mano tomando el sigilo...
—Me tomó un largo tiempo contarlo, incluso a Vera...
Anduin se levantó de golpe y el cuenco cayó de su regazo.
—Deberías volver, se está haciendo tarde —dijo con la voz quebrada.
Dio media vuelta y se alejó, primero con un paso más tranquilo, y luego al trote, el
zorro pisándole los talones. Huía de la angustia y la verdad de Rodrik, y de las suyas
también.

—El Festival de la Cosecha es mañana —dijo Rodrik dos semanas después, mientras
Anduin terminaba de cargar la carreta con varias bolsas de harina —. Vera siempre
prepara un dulce especial para la ocasión. Apenas termina de freírlo, lo cubre con
azúcar, y se sirve caliente.

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Anduin conocía ese postre. De repente, sintió el aroma del aceite mezclado con el
azúcar y se le hizo agua la boca.
Varian, rey, padre, sus manos grandes y fuertes cubiertas de polvo azucarado.
—Puedes lamerte los dedos aquí, hijo. Los buenos modales son para ocasiones formales, no para
festivales. —El sabor llegó a su lengua, el sonido de las risas y la música...
Rodrik debió de haber visto cómo se estremecía.
—No estás obligado a venir, por supuesto, pero eres bienvenido.
—Lo intentaré —logró decir Anduin. Ambos sabían lo que quería decir en realidad.
La carreta estaba lista, pero Rodrik, en el asiento de adelante, no golpeó las riendas
para que los caballos partieran. Anduin se tensó.
—Jerek... sobre los que hablamos la última vez...
Anduin sintió que lo invadía la vergüenza.
—Perdón, yo...
—No, no, yo lo siento. Fue mi error.
Confundido, Anduin se quedó en silencio. Rodrik negó con cabeza, triste.
—Me veo en ti, Jerek. En los momentos en los que te enojas o no puedes respirar o
quieres que me largue de una vez. Reconozco lo que te pasa cuando tiemblas y sudas y
parece que ves cosas que no están ahí. Quería que supieras que no juzgo a nadie por lo
que la guerra, o cualquier otra cosa, le haya hecho. Por eso te conté mi historia. Una
parte, en realidad. Y veo que te hizo recordar la tuya en un momento en que no lo
esperabas.
Anduin, el diplomático, el pacificador, aquel que alguna vez hubiese respondido con
gracia y jurado que todo estaba bien, se quedó sin palabras.
Rodrik le tendió un papiro doblado.
—Escribí mis reflexiones sobre lo que he vivido. Algunas cosas que aprendí y que,
quizá, podrían ayudarte. No tienes que leerlo, y no tienes que decir nada. Pero, si
quieres... sabes que estoy aquí.
Anduin tragó saliva. Dio un paso adelante, alerta y cauteloso, como el zorro cuando
lo vio por primera vez. El papiro crujió cuando lo agarró.

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Anduin, el diplomático, el
pacificador, aquel que alguna vez
hubiese desviado las palabras con
gracia y jurado que todo estaba
bien, se quedó sin palabras.

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Rodrik relajó las facciones y le dedicó una de sus sonrisas habituales.
—Haré que Vera te guarde algunas masas —dijo, y chasqueó la lengua. La yegua
relinchó, sacudió su crin y comenzó a trotar por el camino.
Anduin miró la carta, la guardó en su bolsillo sin leerla y alzó el saco de granos.

El día siguiente amaneció perfecto para un festival de cosecha otoñal: fresco, luminoso y
con un sol cálido que mantenía a raya el frío sutil que anunciaba la llegada del invierno.
Anduin pasó la mayor parte de la mañana dentro del molino, ocupado con el
equipamiento. Cuando terminó, salió al exterior.
Unas columnas de humo negro se alzaban a la distancia, y un humo más claro
moteaba el cielo. El festival. Rodrik. Un instinto profundo —la necesidad de ayudar—
comandó los siguientes movimientos de Anduin y, antes de darse cuenta, estaba
montado sobre la yegua de la carreta y la animaba para que trotara a toda velocidad.
Iba hacia su amigo y su familia. Anduin esperaba encontrarse con una escena caótica.
Rodrik había mencionado aceite caliente. Debía haber habido un accidente, un incendio
que se había extendido de una fogata improvisada. Anduin podía y quería ayudar.
Lo que se encontró no era tan inofensivo.
Estaba ante un verdadero infierno. Cuando se hizo un hueco en el humo, Anduin
divisó que algunas estructuras del festival ya se habían consumido por completo, y otras
eran esqueletos ardientes a punto de colapsar. Incluso los estandartes ardían, y Anduin
miró fijamente, paralizado, casi hipnotizado, cómo una bandera de la Casa Canto
Tormenta se retorcía y ennegrecía mientras las llamas la devoraban.
Vio formas en el suelo. Cadáveres, se percató. Uno cerca ardía, totalmente quemado,
como carne que había quedado mucho tiempo en el espeto. Oyó gritos a su izquierda y
vio dos formas cubiertas por una manta que emergían del humo negro.
Esperaba y observaba, seguro en Ventormenta, mientras el Árbol del Mundo ardía y muchos
intentaban huir a través de unos pocos portales que no alcanzaban...

20
Anduin, sobresaltado, gritó cuando su caballo aterrado se encabritó y lo tiró al suelo.
Golpeó con la cabeza algo duro. Todo se puso blanco por un momento, y luego se
disolvió en resplandores de luz, parecidos a las estrellas. Anduin intentó levantarse, pero
el mundo daba vueltas. Ya no podía ver a las dos figuras, pero una tercera salió
rengueando del humo envolvente. Anduin creyó ver algo detrás de ella. Así como lo vio,
desapareció. Quizá nunca estuvo ahí. La mujer tenía en brazos a un niño, que protegía
como le era posible...
Una bebé, nacida de una reina, llevada ante una sacerdotisa, última sobreviviente de...
La mujer cayó como una piedra. El bebé lloraba y tosía. Más gritos. Risas. Gritos.
El dolor de cabeza era atronador. Anduin se cubrió los oídos con las manos y sintió
que los dedos se le manchaban de sangre. Miró a un lado y al otro con desesperación,
mientras intentaba y no lograba enfocar la vista, mientras la tos que le sacudía el cuerpo
solo aumentaba la agonía, y el hedor a sangre y la cacofonía de la masacre hacían que el
corazón le golpeara violentamente el pecho.
Las estrellas comenzaron a desvanecerse, y Anduin ahora podía ver carretas llenas de
comida y suministros fuera del alcance de las llamas. Sus conductores finalmente
permitieron escapar a los caballos enloquecidos y las carretas se alejaron. Algunos de los
asaltantes todavía estaban en el lugar, apenas visibles a través del humo, en busca de más
presas, y luego...
Rodrik.
Anduin temblaba con violencia. Las extremidades no le respondían, y su cabeza
amenazaba con dejarlo inconsciente mientras intentaba levantarse. Así que gateó con la
cabeza pegada al suelo, intentando respirar. Todo su ser gritaba: “¡Corre! ¡Corre!”.
Pero apretó los dientes para tragarse otro grito y se obligó a continuar.
Parecía imposible, pero todavía más personas emergían de las llamas. Algunos se
tambaleaban, como si alguien los hubiese empujado desde atrás. ¿Cómo seguían vivos?
El hollín, el humo y las lágrimas hacían que le ardieran los ojos, pero a Anduin le
gustaba, le gustaba el dolor y le gustaba ver borroso, para no tener que ver los horrores
que había causado el fuego.

21
El bebé aún lloraba y tosía, y alguien lo alzó y huyó con él en brazos. Otra figura
emergió de la nube negra, quemada, pero no tanto como las otras. Había algo en la forma
en que la sombra, no, el hombre, movía su pierna derecha...
—¡Rodrik! —intentó gritar Anduin, pero solo logro emitir un sonido sofocado.
No es tarde. Puedo ayudarlo. Puedo...
Rodrik se desplomó en el suelo.
Anduin no recordaba cómo cruzó la distancia entre él y su amigo caído. De repente,
estaba arrodillado junto al molinero, mirándole la piel ennegrecida, los ojos azules en la
cara cubierta de hollín, la sangre escurriéndosele entre los dedos mientras hacía presión
para detener la hemorragia, para invocar...
Jadeó, sacó sus manos y le tembló el cuerpo. No podía ayudar a Rodrik. Ya no.
Anduin, haz algo. Haz algo...
—No puedo —carraspeó, una y otra vez, hasta que su voz se convirtió en un gemido.
Extendió las manos para ponerlas sobre la herida, para realizar un rezo...
No vendrá. No me escuchará. Ya no.
De nuevo, sacó las manos inútiles de la herida, cerró los puños y se golpeó los muslos
con toda la fuerza de su furia, impotencia y odio.
—Perdón... perdón...
Un susurro:
—No es tu culpa...
Anduin sacudió la cabeza. La mano de Rodrik sufrió un espasmo y Anduin la tomó.
El contacto le arrancó un grito de dolor a Rodrik, y a Anduin se le desgarró el corazón.
El hombre moribundo lo sujetó con más fuerza.
—Familia... en el pueblo... —Lo interrumpió un violento ataque de tos, que pareció
que iba a partirlo, que lo hizo escupir sangre y cenizas y se llevó su última reserva de
energía. Aun así, Rodrik luchaba para hablar. Anduin lo detuvo, capaz de darle, por fin,
la paz aquí.
—Cuidaré de ellos —dijo Anduin—. Lo haré. Te lo prometo...
Rodrik lo oyó. El cuerpo tenso y atormentado se relajó. Cerró los ojos y murió.

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—No puedo —carraspeó, una
y otra vez, hasta que su voz se
convirtió en un gemido. Extendió
las manos para ponerlas sobre la
herida, para realizar un rezo...

No vendrá. No me escuchará.
Ya no.

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Ben Feldon tenía los ojos de su padre. También su antigua pistola de guerra, que ahora
apuntaba al extraño parado en la puerta de su hogar.
Anduin, con las manos levantadas, era muy consciente de la imagen que presentaba:
llevaba la ropa sucia con cenizas y sangre fresca. La sangre era de Rodrik, a quien había
envuelto en una manta chamuscada y dejado en el suelo con gentileza antes de tocar la
puerta de los Feldon.
—Soy Jerek. Trabajo en el molino.
Afortunadamente, Ben reconoció el nombre y bajó el arma. Él también mostraba
señales de haber estado en el incendio: tenía una quemadura menor en el brazo y la
camisa chamuscada. Habían logrado escapar, mientras Rodrik se había quedado atrás.
—¿Roddy?
Una mujer se acercó y miró más allá de él, con la esperanza de ver una cara amada.
Vera. El pelo negro se estaba tornando gris, pero Anduin observó que la cara estaba libre
de arrugas... hasta que bajó la mirada y vio el cuerpo de su marido. La comprensión se
extendió por el rostro; el dolor la hizo envejecer y su luz se desvaneció cuando se
arrodilló junto al cadáver, colocó una mano sobre él y agachó la cabeza.
Por un momento, Anduin pensó que no podría mantener la guardia. Que se desplomaría
el muro. Pero sabía que, si lo dejaba caer, algo dentro de él colapsaría y terminaría como
las estructuras del festival, devorado por el fuego y más allá de todo arreglo.
—Gracias, muchacho. —La voz de Vera tembló, pero era amable—. Te bendigo por
traerlo. Él... prometió que volvería a casa.
—¿Por qué no me dejó ir con él? —La voz de Ben estaba repleta de dolor e ira.
—Quería que estemos a salvo.
—Todos podríamos haber estado a salvo, pero solo él se... —Ben arrugó la cara y miró
para otro lado.
Rodrik, el soldado que había sufrido una emboscada alrededor de una fogata. Quien,
esta vez, había decidido no abandonar a nadie.

24
Anduin oyó los pasos apresurados de unos pies pequeños que se acercaban corriendo,
y una niña apareció en la puerta. Tenía el cabello trenzado con flores de paz, ya resecas,
y su cara cubierta de hollín solo estaba limpia por donde habían pasado las lágrimas.
—¿Papi?
—Ah, Cynda, amor, no...
Les fallé. A todos.
El muro dentro de Anduin se tambaleó.

Rodrik había deseado que lo enterraran cerca del risco donde él y Vera se habían
comprometido años atrás, cuando eran apenas mayores que Ben.
Anduin cavó la tumba él mismo. No era necesario molestar a nadie más y, además,
quería hacerlo.
Mientras trabajaba, pensó en sus pertenencias, mucho más abajo de los dos metros de
tierra que había removido. Nunca sabría si la Luz habría salvado a Rodrik, y tendría que
vivir sabiendo que no se había animado a intentarlo. Todo lo que pudiera hacer, por más
ínfimo que fuera, para ayudar a la familia desconsolada, lo haría. Excepto por una cosa.
No podía ir al funeral. No podría soportar estar cerca de alguien que dominara la Luz.
Ahora no. Quizá nunca.
Ese día, caminó. El zorro, la pequeña sombra de Anduin, lo siguió. No regresó hasta
después del atardecer, para asegurarse de que no quedara nadie. Se sorprendió al
encontrar una caja en la puerta de la cabaña. Un pequeño papiro decía: Para Jerek.
Gracias. La caja estaba llena de pan, queso, vegetales y un poco de carne envuelta en una
tela encerada. Incluso había sobras para el zorro.
Tomó un trozo de carne.
—Ey. Zorro —dijo, y le lanzó el alimento.
La nota le recordó a Anduin que Rodrik también le había entregado un papiro,
olvidado hasta ahora. Lo sacó y lo miró un momento.

25
Jerek:

Los dos conocemos la guerra. Te afecta. Tienes derecho a sentir lo que sea. Ira,
tristeza, miedo... he sentido todo eso y más.

Te conozco mejor de lo que crees. Está claro que te importa hacer un buen trabajo en
el molino. Veo tu paciencia y tu buen carácter cuando interactúas con el zorro. No
es fácil encontrar a un hombre gentil con los animales, especialmente después de lo
que creo que has pasado. Y tienes un corazón bondadoso, más allá de lo que pienses.

Hablar con Vera me ayudó, y esperaba que tú me hablaras a mí. Si no lo logro,


espero que, algún día, encuentres a alguien en quien puedas confiar. Porque si
tapas una olla que está hirviendo, alguien saldrá lastimado, y puede que no seas tú.

Quiero despedirme con esto: a veces tenemos que hacer cosas terribles. Y, a veces,
las cosas terribles nos las hacen a nosotros. Ninguna de las dos nos convierte en
personas malas, pero no podemos huir por siempre. Si no puedes creer en tu propia
valía en este momento, busca a alguien que lo crea por ti. Esa persona mantendrá
segura esa certeza hasta que estés listo para verla.

Y, cuando la oscuridad te domine y sientas que nunca, nunca podrás librarte de


ella, no olvides que tienes la posibilidad, la decisión, cada día, de mirarla a los ojos
y decirle que es mentira. Algunos días, no puedes tomar esa decisión. Pero puede
que, otros días, lo logres.

Disfruta de la comida deliciosa de Vera. Nada en el mar, duerme y trabaja.


Haz el bien cuando puedas, como puedas, por quien puedas. Y ven a cenar con
nosotros uno de estos días.

—R

26
Ben quiso hacerse cargo del trabajo de llevar el grano al molino, pero Anduin no podía
permitirlo. En su lugar, él mismo iba al pueblo en busca de los suministros. Era lo
mínimo que podía hacer por ellos. Por Rodrik.
La primera vez que hizo el viaje, Vera insistió en que entrara a la panadería para tomar
una taza de té y comer masas. Quería explicarle lo que había sucedido. Le contó que la
abundancia de la región había llegado a oídos de los asaltantes.
—Ratas de barco. Te digo, Jerek, no hay monstruo más cruel en las profundidades del
mar que aquellos que navegan en su superficie. Roddy nos trajo a casa en la carreta,
luego regresó para salvar a tantos como fuera posible. Dijo que no iba a huir esta vez.
—Se mordió el labio—. Si... Si teníamos que perderlo, espero que haya... Antes de...
—Lo hizo —susurró Anduin—. Lo hizo.
Vio que el semblante de ella se relajó, solo un poco, y supo que las palabras le habían
dado un poco de paz.
Con el tiempo, se fue formando un nuevo ritmo y una nueva rutina. Anduin aún
trabajaba en el molino, pero, al anochecer, solía sentarse junto a la tumba de su amigo.
El zorro lo acompañaba, acurrucado contra él. A veces, Anduin hablaba como si
Rodrik pudiera escucharlo. Confesiones discretas, preguntas que Rodrik nunca
respondería; y en algunos momentos, ataques de ira. O releía la carta y recordaba que
debía respirar.
En sus visitas al pueblo, Anduin a veces ayudaba a Ben con el papeleo o con la carga y
descarga de las carretas. Cada tanto, Vera le pedía ayuda para amasar. Después de un
tiempo, Anduin se percató de que la panadera le había enseñado furtivamente su oficio.
Ella y Ben querían hablar sobre Rodrik, a lo que Anduin, en un principio, se resistía.
Pero, con el tiempo, se dio cuenta de que... él quería oír esas historias. La mayoría eran
anécdotas cortas: una ocurrencia brillante en el momento justo, su paciencia frente a un
niño rebelde, un disfraz de Halloween que había salido mal. Vera le confesó a Anduin
que se alegraba de que Cynda hubiera sido tan joven cuando sucedió.

27
—No lo extrañará tanto —dijo Vera con una sonrisa triste.
Pero Anduin había visitado con frecuencia el orfanato de Ciudad de Ventormenta.
También había pasado tiempo con refugiados que habían huido a su ciudad luego de la
destrucción de sus hogares. Íntimamente familiarizado con las costumbres extrañas del
dolor y la culpa, no sabía si creer lo que le había dicho Vera. Esperaba que tuviera razón,
pero esa esperanza frágil se hizo añicos como la tetera que Cynda lanzó al suelo una
mañana que parecía tranquila hasta ese momento.
—¡Cynda! —gritó Vera —. ¡Era un regalo de boda de tu padre!
—¡Ya lo sé! —devolvió el grito Cynda—. Pero no está aquí para preocuparse, ¿qué
importa? ¡No le importábamos! —Agarró una de las tazas del juego y también la estrelló
contra el piso, esquivó a su madre y huyó al exterior.
—¡Cynda! —gritó Vera, lista para seguirla.
—Déjala ir —dijo Anduin. Vera se volteó y lo fulminó con la mirada—. Sé que lo que
dijo es hiriente, pero... déjala sentir lo que necesita en este momento.
Vera se tranquilizó.
Anduin continuó, lo que sorprendió a los dos.
—Mi madre murió cuando yo era un bebé. Y... mi padre... —su garganta se tensó,
pero algo dentro lo impulsaba a continuar—. Le sucedió algo, y se fue cuando yo tenía
la edad de Cynda. Luego regresó. Las cosas estuvieron mejor, pero... es difícil compren-
der situaciones complejas cuando eres tan joven. Volverá, y te hablará cuando pueda.
Sabe que...
La amas quería decir, pero no pudo.
Vera recuperó su dulce sonrisa.
—Tienes razón. No es fácil acordarse de respirar cuando estás en medio de una
discusión. Eres un buen hombre, Jerek. Roddy te juzgó bien. Siempre serás bienvenido.
Anduin tartamudeó un agradecimiento y partió.
En su siguiente visita, trajo consigo al zorro. El animal era inquieto, pero Anduin
sabía controlarlo. Tomó una baya de su plato sobre la mesa y dijo:
—Ey. Zorro. —Captó su atención al instante y la baya desapareció en la boca del animal.

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—A mí también me gustan las bayas —dijo Cynda, encantada. Imitó al zorro y a
Anduin y colocó bayas en su boca mientras le ofrecía un puñado a la feliz criatura.
—Hoy no habrá pastel de bayas, supongo, pero vale la pena solo por ver su sonrisa
—dijo Vera, que también sonreía—. Siéntate conmigo un momento, Jerek. Dime lo que
piensas de esto. Tiene miel y flores.
El bollo parecía pequeño en su mano grande. Olía increíble y, por primera vez en
mucho tiempo, Anduin sintió genuino placer al probar algo. Lo terminó en dos bocados.
Vera sonrió con la mirada y le dio otro.
—Le agradas —le dijo Anduin a Cynda. El zorro le mostraba el estómago blanco a la
niña en busca de caricias. Cuando ella alargó la mano, el zorro chilló con placer, y luego
dejó escapar una carcajada aguda.
—¡Se está riendo! —dijo Cynda, riendo con él. Aún sonriendo, alzó la vista hacia
Anduin, y su sonrisa se tornó triste.
—Mami me contó sobre tu mamá y papá. Lo siento.
Sorprendido, Anduin miró a Vera.
—Le ayudó —dijo Vera—. Escuchar tu historia.
—Extraño mucho a papi —dijo Cynda. Aún acariciaba al zorro—. Mami dice que
siempre lo extrañaré, pero que dolerá menos. Y que nos tenemos los unos a los otros.
—Miró a Anduin, triste, pero sonriendo—. ¿Es así?
Anduin estaba a punto de responder cuando se dio cuenta de que él estaba incluido.
Oh, no, pequeña. No es así. Algún día te decepcionaré, como a todos los demás.

El tiempo pasó. Anduin trabajó para mantenerse ocupado. Las pesadillas mermaron un
poco más, hasta casi desaparecer. La ansiedad, que a veces aparecía de la nada, había
dejado de oprimir su alma. Y los recuerdos, esos momentos devastadores e infernales
que parecían tan reales, prácticamente cesaron.
Al final, como parte de él siempre supo que sucedería, eso no duró.

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Oh, no, pequeña.
No es así. Algún día
te decepcionaré, como
a todos los demás.

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Morían por su culpa. Sus amigos. Aquellos que creían en él, aquellos que intentaban salvarlo. Les
había fallado.
El humo, el bebé llorando, un pedido de ayuda...
Anduin se paró de golpe. El llanto venía del zorro, que gimoteaba y lo tocaba con las
patas. Tenía las orejas pegadas a la cabeza.
Algo estaba mal, muy mal. Anduin salió del sueño con una sacudida. Acarició al
animal para calmarlo y miró por la ventana.
En el sur, vio una columna gris elevándose hasta el cielo.
Humo.
—No —susurró Anduin. Las piernas le temblaron.
No podía fallarles. No de nuevo. No podría soportarlo. Y, sin embargo, sus piernas se
movieron, temiendo cada movimiento de sus músculos. Corrió a la carreta, luego al
fardo que había enterrado. Incluso si no podía sacar la espada por temor a tocar su
empuñadura. ¿Y si no se podía detener? ¿Y si le daba placer usarla de nuevo? No había
forma de estar seguro, de garantizar que estaría bajo control.
Aun así, cabalgó hasta la aldea. Por Vera y por Ben, y por la pequeña Cynda y la
promesa que le había hecho al hombre que logró entenderlo, el hombre que había
confiado en él cuando no tenía motivo para hacerlo. Sin saber lo que había hecho
Anduin, sin saber que había traicionado profundamente su deber y honor.
En el festival, el humo había sido negro y grasoso, y las edificaciones prácticamente
habían desaparecido para cuando Anduin había llegado. Esta vez, todo era diferente.
Solo unas pocas estructuras ardían. Los asaltantes recién comenzaban su ataque. Sin
embargo, la disonancia era la misma. Risas. Gritos. Violencia.
Anduin apretó los dientes para bloquear el embate de miedo como si fueran un escudo.
Bajó del caballo y lo envió a un lugar seguro. Su mano derecha sujetó la empuñadura con
firmeza, la izquierda pronto se le unió. Por primera vez desde que había salido de los
reinos de la muerte, Anduin Llane Wrynn alzó la espada de su padre.
Shalamayne.
Era mucho más que una simple arma, era una obra magnífica. Cada parte en armonía

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a pesar de su origen como dos poderosas espadas separadas. Anduin dio un paso ade-
lante, serio, sin armadura, pero con la espada legendaria. Una espada que había
fracasado en su propósito pero que ahora alzaba con la esperanza de redención.
Uno de los piratas se volteó y empalideció. Abrió los ojos desmesuradamente...
Los ojos abiertos, abiertos de terror...
Durante un terrible instante, Anduin se paralizó. No podía respirar.
El bandido entonces sonrió y alzó su alfanje.
Shalamayne descendió en un arco de una elegancia engañosa e infligió una herida
mortal al hombre.
Su balance perfecto hizo que fuera fácil blandirla, casi sin esfuerzo. Había pocas cosas
que no pudiera cortar y pocos enemigos que no pudiera matar. Su brutalidad le sacó el
aliento, pero luego su memoria muscular tomó el control. Anduin golpeó una y otra vez,
Shalamayne cantaba en sus manos, como si estuviera feliz de ser útil de nuevo en defensa
de los inocentes. Él y la espada, por un momento, fueron uno.
Sintió que la sangre le salpicaba la cara, caliente y húmeda; le ardieron los ojos y sintió
el sabor metálico en la boca. Se limpió los labios y siguió adelante. Otro caído, y otro.
Dejó de contar y el tiempo dejó de importar. Se movía como en una danza, sin pensar,
sentía solo el poder de su brazo y oía el canto de la espada. Anduin avanzó y enterró a
Shalamayne casi hasta la empuñadura, luego la sacó para desviar ataques, una y otra vez.
El enemigo estaba en el suelo, pero Anduin seguía luchando. La espada se alzaba y
descendía...
Una voz amortiguada intentó atravesar el caos. Una palabra. Sin sentido ni significado
para él ahora, en este mundo escarlata.
Un nombre. Pero no el suyo, no... pero lo conocía...
—¡Jerek! ¡Jerek!
Anduin gritaba incoherencias. Alzó a Shalamayne para atacar...
Cynda estaba en frente de él y lo miraba con la boca abierta, estupefacta. Pero no le
temía. No entendía, no tenía miedo, y le apretó el brazo mientras decía cosas que no
lograba entender pero que eran gentiles y reconfortantes.

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Anduin...
El llamado era suave, pero la voz no era la de la niña que tenía en frente. Golpeó en su
ser, quebrando todos sus pensamientos en un caleidoscopio de agonía y colores
brillantes. Era una canción con palabras que entendía, pero no reconocía. Y quien la
cantaba conocía su verdadero nombre.
—Anduin —susurró. Suavidad combinada con dolor. Una imagen ocupaba su mente:
parecía ser un sol que irradiaba calor blanco en su corazón, con tintes amarillos y
magenta en los bordes.
—Anduin. —Era tan hermosa, esa voz, esa imagen, pero entendió que lo que
contemplaba estaba en peligro. Que, en algún momento, quizá pronto, podría explotar.
Lo estaba llamando. Lo necesitaba.
—No —rogó. A quién, o qué, no lo sabía. Me necesitan aquí. Por favor.
—Anduin... —fue la respuesta implacable, y pudo sentir la pena y el tormento de la voz.
La mano en su brazo lo hizo volver en sí mismo. Sorprendido, comenzó a parpadear
mientras la visión se retiraba. Cynda seguía ahí, preocupada.
—¿Estás bien, Jerek?
Anduin miró los cadáveres a su alrededor. A Vera y a Ben, que estaban acurrucados,
mirándolo con simpatía y gratitud, a las caras conmocionadas de los aldeanos. Ya no
había gritos. Anduin había logrado el silencio. ¿A cuántos había matado sin siquiera...?
Miró a Shalamayne, como si fuera la primera vez.
No había luz en el filo de la espada.
No había un brillo dorado, pero, por lo menos, tampoco uno azul helado.
La espada repiqueteó contra el suelo cuando Anduin cayó de rodillas, jadeando. Miró
a Cynda.
—¿Por qué viniste hacia mí? Podría... haberte matado.
Ella le sonrió.
—Confío en ti.
Los ojos de Anduin se llenaron de lágrimas.

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—Ojalá pudiera quedarme —le dijo Anduin a Rodrik, al viento, a sí mismo.
Había limpiado la sangre de Shalamayne, luego había buscado las piezas de armadura
que estaban en la cueva donde habían yacido durante lo que parecía una vida. Había
limpiado la cabaña, alimentado a las cabras y a las gallinas, y había organizado los sacos
de granos. Ahora estaba sentado junto a la tumba de su amigo, vestido con su armadura,
con Shalamayne a la derecha y el zorro, con los ojos cerrados mientras Anduin le rascaba
las orejas, a la izquierda.
—Sé que tú entenderías. Gracias. Por todo lo que me has enseñado.
Tomó la carta de Rodrik y la guardó en su bolsillo.
De repente, el zorro se alzó, alerta, miró hacia el camino y corrió en esa dirección.
Anduin creyó haberse despedido de los Feldon. Luego de que Cynda, con su inocente fe,
rompiera el hechizo de violencia que lo dominaba. Por ahora. Pero no se sorprendió
realmente al ver la carreta de Rodrik acercándose con los tres Feldon a bordo.
—Eres un tonto si crees que te dejaremos ir sin comida y suministros —dijo Vera
cuando Ben detuvo la carreta.
Anduin se paró.
—Gracias, pero pensaba viajar ligero.
—Mis masas son ligeras —replicó Vera.
Anduin no podía discutir eso.
—Jerek —Ben fue el que habló esta vez—, esa espada...
—Muchos aventureros luchan con espadas, Ben —se adelantó Vera —. Sabes que a tu
padre no le agradaban los entrometidos.
—No hay problema, Ben. —Y, curiosamente, era cierto. Ya no importaba si alguien lo
reconocía, o a Shalamayne.
—¿No puedes quedarte, Jerek? —preguntó Cynda, y corrió hasta él. Cuando sacudió
la cabeza, dijo —: ¿Volverás algún día?
—No puedo quedarme —respondió. No sabía qué le esperaba, quién o qué lo llamaba ni

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lo que quería. Solo que sufría y necesitaba ayuda, así que continuaría—. Yo... —Se le
quebró la voz al hablar. De repente, Cynda se lanzó sobre él y lo abrazó con fuerza. Anduin
se paralizó, y luego, gentilmente, con torpeza, le dio unas palmaditas en la espalda.
—Deja ir al pobre muchacho, Cynda —dijo Vera. La niña le hizo caso de mala gana.
Vera le entregó una bolsa pesada llena de comida, agua, pociones y otros suministros.
Anduin la recibió con una inclinación de cabeza, luego cubrió a Shalamayne con su capa.
—No sé a dónde te diriges, pero te deseo seguridad y alegría, si es que puedes
encontrarlas.
No podía hablar, solo asintió y giró rápidamente porque sabía que, si se detenía un
momento, era posible que se quedara para siempre. Apenas había andado tres pasos
cuando un manchón rojo se abalanzó sobre él y casi lo derriba.
Anduin se quebró.
Se arrodilló y abrazó con fuerza a Zorro, sí, Zorro, porque ya no era el zorro o un zorro.
Por supuesto, ya le había puesto un nombre y había sido demasiado necio como para darse cuenta.
Zorro lamió las lágrimas en su cara mientras Anduin lo tenía en brazos. A donde fuera,
Zorro no podía seguirlo. Para poder atravesar lo que le esperaba, Anduin necesitaba
saber que esta familia, Zorro incluido, estaba a salvo. Lo alzó, se dirigió hasta Cynda y
lo puso en sus brazos.
—Abraza a Zorro con fuerza —dijo Anduin—. No dejes que me siga. Ahora es tuyo.
Los ojos de Cynda se llenaron de lágrimas y asintió, apretando al animal, que se
retorcía y lloriqueaba en los brazos de la niña, dejándole rasguños con sus garras.
Solo, Anduin enfrentó el camino. Sus pies pesaban, pero ya no estaba huyendo. Lo
llamaban, lejos de la gente que le importaba, pero hacia algo que necesitaba su ayuda.
Aún no confiaba en sí mismo, pero sí en la gente que le importaba. Se contentaría con
eso, mientras se esforzaba por encontrar la paz con el pasado.
Mientras tanto, seguiría el llamado, de lo que sea, o quien sea, que lo estuviera
esperando.

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No sabía qué le esperaba,
quién o qué lo llamaba ni lo que
quería. Solo que sufría y necesitaba
ayuda, así que continuaría.

—Yo... —Se le quebró la voz al hablar.


De repente, Cynda se lanzó sobre él y lo
abrazó con fuerza. Anduin se paralizó,
y luego, gentilmente, con torpeza,
le dio unas palmaditas
en la espalda.

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ACERCA DE LA AUTOR A

CHRISTIE GOLDEN, autora galardonada de best sellers del New York Times,
ha trabajado con Blizzard Entertainment durante casi un cuarto de siglo. Es
la autora de más de sesenta libros, entre los que se incluyen Arthas: La
ascensión del Rey Exánime y Sylvanas. Los fanáticos de los audiolibros pueden
escuchar a Christie narrar algunos de sus títulos de Blizzard en la plataforma
Audible. Desde que se convirtió en una empleada formal en 2017, ha escrito
cinemáticas y escenas de World of Warcraft, letras de canciones de Hearthstone
y anuncios de clase y personaje para Overwatch y Diablo.

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