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com
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ARS BREVIS
ATA L A N TA
138
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PODER DEL SUEÑO
RELATOS ANTIGUOS Y MODERNOS
ZUO QIUMING, LIEZI, ZHUANGZI, SHEN JIJI,
LI GONGZUO, BO XINGJIAN, SHEN YAZHI,
SU SHI, PU SONGLING, CAO XUEQIN, APULEYO,
MÉRIMÉE, POE, GAUTIER, BIERCE, GJALSKI,
LORRAIN, KIPLING, WELLS, ONIONS,
SOMERSET MAUGHAM, SCHULZ, NABOKOV,
GOLDING, KUTTNER Y MOORE, LEVINSON,
BORGES, CORTÁZAR, GROETHUYSEN
E D I C I Ó N Y P R Ó LO G O
R O G E R C A I L LO I S
ATA L A N TA
2020
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[Link]
En cubierta: Escena de una bacanal, Richard Dadd, 1862,
colección privada en préstamo a la Tate Britain
En guardas: Mr Scott con un espíritu, Staveley Bulford,
y Mr Bird con un espíritu, Staveley Bulford y Mr Scott,
1921, fotografía de gelatina de plata, The College
of Psychic Studies, Londres
Dirección y diseño: Jacobo Siruela
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o
transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización
de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos,
[Link]) si necesita fotocopiar
o escanear algún fragmento
de esta obra.
Todos los derechos reservados
© Roger Caillois, 1962
«La visita al museo», de The Stories of Vladimir Nabokov
© 1995, 2002, 2006, 2007 Dmitri Nabokov. All rights reserved.
© Editorial Anagrama S. A., 2018
«Lejana», de Bestiario
© Sucesión de Julio Cortázar, 1951
«Everything and nothing», de El hacedor
© María Kodama, 1995, 1996
«El sueño violado», de La pálida rosa de Soho
© Luisa Valenzuela, 2020
© EDICIONES ATALANTA, S. L.
Mas Pou. Vilaür 17483. Girona. España
Teléfono: 972 79 58 05 Fax: 972 79 58 34
[Link]
ISBN: 978-84-120743-8-3
Depósito Legal: GI 206-2020
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Índice
Prólogo
13
Advertencia
48
Dialécticas chinas
Zuo Qiuming
El sueño del duque de Jin
53
Liezi
I. El rey Mu de Zhou
55
II. Geografía de la vigilia y del sueño
58
III. Yin el rico y su criado
60
IV. Proceso por un ciervo
61
Zhuangzi
El filósofo-mariposa
63
Shen Jiji
El sueño en el interior de la almohada
64
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[Link]
Li Gongzuo
El gobernador de la Rama del Sur
74
Bo Xingjian
El dicho de los tres sueños
93
Shen Yazhi
El poema dejado en prenda
99
Su Shi
Segundo paseo al Acantilado Rojo
102
Pu Songling
I. El fresco
105
II. El letrado de Fengyang
110
III. Wu Qiuyue
115
Cao Xueqin
Sueño infinito (cíclico) de Baoyu
124
El sueño en la literatura
Apuleyo
El relato de Aristomenes
129
Anónimo
Los jardines de Alamut
o cómo se volvía uno asesino
141
Prosper Mérimée
Visión de Carlos XI
145
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[Link]
Edgar Allan Poe
Historia de las Montañas Escarpadas
155
Théophile Gautier
La muerta enamorada
170
Ambrose Bierce
Un incidente en el puente del Owl Creek
208
Ksaver Šandor Gjalski
El sueño del doctor Mišić
221
Jean Lorrain
Los agujeros de la máscara
257
Rudyard Kipling
El chico de los matojos
266
H. G. Wells
La puerta del muro
310
Oliver Onions
Phantas
333
W. Somerset Maugham
Lord Mountdrago
356
Bruno Schulz
Las tiendas de color canela
387
Vladimir Nabokov
La visita al museo
400
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[Link]
Louis Golding
El camisón azul cielo
414
Henry Kuttner y C. L. Moore
Un atónito estupor
427
Luisa Mercedes Levinson
El sueño violado
441
Jorge Luis Borges
Everything and nothing
444
Julio Cortázar
Lejana
447
Conclusión
Bernard Groethuysen
Epistemología del sueño
459
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[Link]
Poder del sueño
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[Link]
Prólogo
Traducción de Mauro Armiño
Dos clases de problemas relativos a los sueños han lla-
mado desde siempre la atención de los hombres. Éstos se
han preguntado, por un lado, qué podían significar los
sueños; por otro, qué relaciones guardaban con el mundo
de la vigilia o, si se quiere, qué grado de realidad convenía
atribuirles.
Desde la más alta antigüedad las imágenes de los sue-
ños han parecido ocultar un sentido a la vez misterioso y
accesible, que un intérprete competente debía ser capaz de
elucidar. De ahí las innumerables «claves de sueños», léxicos
destinados a descifrar sus mensajes insólitos y desconcer-
tantes. El antiguo Egipto proporcionó una de esas recopila-
ciones, que se remonta a la XII dinastía, es decir, al segundo
milenio a.C. En la India, entre los tratados versificados (pa-
riśiṣṭa) que completan el Atharvaveda y que se datan por
lo general en el siglo v a.C., el 68.º se titula «Tratado de los
sueños». Se apoya en uno anterior que lleva el mismo título
y cataloga los presagios ocultos bajo los acontecimientos
percibidos en sueños. A. L. Oppenheim ha publicado y tra-
13
interior PODER DEL SUEÑ[Link] 13 3/8/20 10:35
[Link]
ducido una clave de sueños neobabilónica descubierta en
Nínive, en el conjunto de tablillas conocido con el nombre
de Biblioteca de Asurbanipal (669-626 a.C.). La de Arte-
midoro de Daldis fue a menudo reeditada y adaptada. Esta
literatura es extrañamente monótona.
Un sueño es torrencial, confuso, inextricable. Por ne-
cesidad, las claves de los sueños retienen un acto aislado,
un elemento único. Enseguida se convierten en letanías
interminables. De la clave babilónica, al azar: «Si come
carne de oso, rebelión; si come carne de mono, hará for-
zosamente adquisiciones; si come carne conocida, paz de
espíritu; si come asfalto, pesadumbre; si come nafta, espí-
ritu inquieto...». Y así indefinidamente. Luego vienen otras
enumeraciones: «Si le dan..., si corta..., si toma..., si lleva...».
Una vez admitido el principio, ¿por qué detenerse?
Las otras claves –a través de latitudes y siglos– apenas
se apartan, ni por la inspiración ni por la presentación, de
una tradición que se diría inmutable. Doy de ellas un se-
gundo y último ejemplo extraído de la Suśruta saṃhitā (la
India, antes del siglo iv d.C.) por ser el que más difiere de
las claves de sueños de venta ambulante, como, aunque esté
sacado de una obra médica, las tablas de concordancia del
psicoanálisis:
sueños que presagian la muerte
Hablaré de los sueños en relación con la muerte y la salud;
de los sueños que tienen tanto los amigos del enfermo como el
enfermo mismo. Aquel que, con el cuerpo frotado con aceite,
se dirige al sur con elefantes, animales de presa, burros, jabalíes
o búfalos,
aquel al que una mujer negra, vestida de rojo, burlona, des-
greñada, animada, arrastra, atado hacia el sur,
14
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[Link]
aquel al que sus compañeros atraen hacia el sur o al que
unos muertos rodean cuando da un paseo,
aquel también que es bruscamente agarrado por gentes
de cara mutilada y pies de perro, aquel que toma miel o bebe
aceite, aquel que se sienta en un cenagal o que, con el cuerpo
manchado de barro, gesticula o se ríe a carcajadas,
aquel que, sin ropa, lleva sobre la cabeza una guirnalda
roja, o aquel fuera del vientre de quien lleva junco, bambú o
palmera,
aquel al que un pez devora o el hombre que penetra en su
madre, aquel que cae desde lo alto de una montaña o en un
barranco tenebroso,
aquel que es arrastrado por un torrente de agua, que pierde
su cordón brahmánico, que es rodeado y maniatado por cuer-
vos u otras aves agoreras, todos estos están perdidos.
El que ve caer las estrellas y los demás astros, apagarse una
lámpara o arrancar un ojo; el que ve temblar las imágenes de
las divinidades o el suelo,
el que vomita, el que es purgado o aquel cuyos dientes se
caen, el que trepa a un algodonero o a algún otro árbol en
plena floración,1 aquel que sube a un hormiguero, una pira
funeraria o un poste sacrificial,
el que recibe o come algodón, tortas de aceite, hierro, sal,
sésamo, alimento cocido o que bebe alcohol, todos estos, si
gozan de buena salud caerán enfermos, o, enfermos, morirán.
En estas materias, el espíritu humano aparece como ex-
trañamente conservador. Supongo que es por necesidad.
En efecto, el problema inherente a la naturaleza humana
1. El texto lleva aquí los nombres sánscritos de Butea frondosa,
Erythrina fulgens y Bauhinia variegata. Está sacado de Sources Orientales
II, «Les songes et leur interprétation», Seuil, París, 1959, págs. 223-224.
[Salvo que se indique lo contrario, todas las notas son de Roger Caillois.]
15
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[Link]
apenas es susceptible de modificaciones. No hay nada, ni
absurdo, ni milagro, ni contradicción, con lo que no se
pueda soñar, y está prácticamente descartado que la me-
nor proporción de esos prodigios termine por realizarse.
Se precisa por tanto que el exégeta reduzca su multitud in-
finita al pequeño número de acontecimientos que es casi
seguro que ocurran a cada uno en el curso de su breve exis-
tencia: un encuentro, una enfermedad, una ganancia o una
pérdida, el fracaso o el éxito, en última instancia la fortuna
o la ruina, un viaje, un amor; sin contar lo inevitable por
excelencia, la muerte. Toda ciencia adivinatoria, quiroman-
cia, astrología o cualquier otra que se imagine, no menos
que la interpretación de los sueños, está obligada a pasar
por esta estrecha puerta: reducir innumerables datos cuya
fantasía nada limita a la docena de vicisitudes con las que
cada hombre se cruza casi obligatoriamente en su vida. La
receta no puede dejar de tener éxito. Porque cada cual, a
la primera confidencia, queda deslumbrado por el exégeta
que ha sabido leer en un desalentador enigma el anuncio
de un golpe de suerte que aparentemente nada –salvo, es
cierto, la simple estadística– permitía prever. En todo caso,
es un hecho que desde hace unos cuatro mil años las listas
de correspondencias entre las imágenes de los sueños y sus
significaciones no han cesado de conocer un éxito enorme.
En nuestros días, bajo una forma muy moderada y con la
ayuda de un vocabulario científico, las interpretaciones del
psicoanálisis continúan la tradición y responden a la misma
necesidad inmemorial.
En la Biblia abundan los sueños, que los profetas expli-
can. Por ejemplo, los sueños de Nabucodonosor o de Fa-
raón. En la literatura posbíblica se abre paso la idea de que
en sí mismo el sueño es indiferente, que es la interpretación
lo que cuenta, que es presagio eficiente, eficaz, y fuerza la
16
interior PODER DEL SUEÑ[Link] 16 3/8/20 10:35
[Link]
realidad. «Veinticuatro intérpretes de sueños estaban afin-
cados en Jerusalén. Me ocurrió que tuve un sueño y visité a
todos los intérpretes. Cada uno me dio una interpretación
distinta y todas se cumplieron en mí, de acuerdo con lo que
está dicho: el sueño sigue la boca que lo interpreta.»2 Rela-
tos ejemplares demuestran la verdad de la doctrina e indican
el fundamento teológico.
sueño del granero destruido
Una mujer fue en busca de rabí Eliézer y le dijo: «He visto
en sueños que el granero de mi casa se abría con una grieta».
Él respondió: «Concebirás un hijo». Ella se fue, y eso es lo
que ocurrió. Soñó de nuevo el mismo sueño y se lo contó a
rabí Eliézer, que le dio la misma interpretación. Soñó el mismo
sueño una tercera vez y fue en busca de rabí Eliézer. Al no
encontrarlo, dijo a sus discípulos: «He visto en sueños que el
granero de mi casa se abría con una grieta». Ellos le respon-
dieron: «Enterrarás a tu marido». Y fue lo que ocurrió. Rabí
Eliézer, sorprendido ante los lamentos, se informó de lo que
iba mal. Sus discípulos le contaron lo sucedido. Él exclamó:
«¡Desgraciados! ¡Habéis matado a ese hombre! ¿Acaso no está
escrito: Como él nos lo explicó, así fue (Génesis 41, 13)?
Y rabí Yojanán concluye: todo sueño no vale sino por la
interpretación que se le da.3
De hecho, si las imágenes incoherentes y fugaces de los
sueños se realizaran, habría que suponer que pueden anun-
ciar o forzar el imprevisible futuro. Si, por el contrario, son
2. Berajot 55b. Véase Georges Levitte y Guy Casaril, «Les rêves et
leurs interprétations dans les textes post-bibliques», en Évidences, núm.
82 (marzo de 1960), págs. 18-28.
3. Midrash, Génesis Rabá LXXXIX, 8. Levitte y Casaril, op. cit., pág. 20.
17
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[Link]
las interpretaciones de los exégetas las que se realizan, basta
recordar para admitirlo y comprenderlo que los hombres
son crédulos e influenciables; y, además, vanidosos, porque
es halagüeño imaginarse a uno mismo objeto de una profe-
cía o de una advertencia sobrenatural. Es verosímil que, en
nuestros días, las revelaciones del psicoanálisis, por razones
parecidas, se beneficien de un privilegio idéntico y se im-
pongan de igual modo a los consultantes.
La segunda especie de problemas es relativa a las inter-
ferencias de la vigilia y del sueño, a su oposición, a su jerar-
quía, a su posible complicidad. Uno se pregunta entonces
no por el significado de las imágenes del sueño, sino por el
del hecho mismo de soñar. El mundo del sueño es un uni-
verso distinto: ¿es más real, igual de real, menos real que el
de la vigilia?
Por otro lado, ¿quién actúa en el sueño? La personali-
dad del durmiente es usurpada por un doble al que ve vivir
fuera de su control, con total independencia, pero de una
forma que no debe dejar de comprometerlo en cierto grado.
A veces, este actor lo sustituye, lo prolonga, comparte sus
preocupaciones, sus manías, sus codicias, a veces lo descon-
cierta y lo deja estupefacto. En ocasiones se siente en la piel
de su sosias nocturno. Percibe por los ojos de éste o toca
con sus manos a los demás personajes del sueño. Otras,
mira cómo evoluciona su reflejo entre ellos, y sigue estreme-
cido o, por el contrario, con indiferencia unos gestos que
se ejecutan al margen de él, como en un escenario o en una
pantalla, o al otro lado de un espejo.
En tercer lugar, ¿es posible traer del mundo de los sue-
ños un objeto o una cicatriz, un estigma o una prenda que
garantice su realidad, algo pesado y tangible que, una vez
18
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[Link]
disipada la fantasmagoría, subsista para atestiguar la existen-
cia irrecusable del mundo en que se introdujo?
Alguien en un sueño se despierta, o más bien cree des-
pertarse, pero sigue soñando y está destinado a un próximo
despertar, tal vez verdadero, tal vez igual de ilusorio que el
primero, de suerte que es vehiculado de sueño en sueño, de
despertar en despertar, sin estar nunca seguro de haber al-
canzado el verdadero despertar, el que lo devuelve al mundo
de la realidad.
El universo de la vida cotidiana se presenta a veces como
una simple duplicación del mundo de los sueños. El dur-
miente que accede al mundo de las imágenes verídicas, pre-
monitorias, ve desarrollarse en ellas unos acontecimientos
que la realidad pronto se ve obligada a reproducir o a imitar.
El mundo de la vigilia, tras un plazo más o menos largo,
obedece, sigue, se conforma. Repite fielmente, de forma
inexplicable, inevitable, implacable, las escenas percibidas
en el curso de los sueños, como si sólo existieran las imáge-
nes aplazadas, apareciendo sin prisa pero obligatoriamente
sobre una superficie reflectante tardía y vanamente rebelde.
A veces ha habido que esperar tanto tiempo que el sueño
casi estaba olvidado. La realidad parecía incluso alejarse
definitivamente, y de repente, en el momento más inespe-
rado, todo se ensambla, se ordena y resucita en los menores
detalles, pero esta vez de verdad, el episodio antes revelado
en un universo fantasmagórico.
Nada más personal que un sueño, nada que encierre
más a un ser en la soledad irremediable, nada más reacio a
ser compartido. En la realidad, todo es experimentado en
común. El sueño, por el contrario, es una aventura que el
soñador ha vivido solo y del que únicamente él puede acor-
darse: mundo estanco, impermeable, que excluye la menor
comprobación. De ahí la tentación de imaginar a dos o a va-
19
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[Link]
rias personas, o incluso a una multitud, soñando el mismo
sueño, o sueños paralelos, o sueños complementarios. En-
tonces los sueños se corroboran, se ajustan como piezas de
un puzle, adquieren así la misma densidad, la misma esta-
bilidad que las percepciones de la vigilia, son verificables
como éstas, mejor que éstas, crean vínculos entre los seres,
unos vínculos extraños, secretos y estrechos, decisivos.
Por último, dado que en todo momento del sueño el
durmiente no sabe que sueña e incluso está convencido de
estar despierto, es evidente que no hay ningún momento en
el que quien se cree despierto no deba dejar subsistir en él la
sospecha de que tal vez está soñando.
Hay ahí elementos de una problemática que inquietó,
desde muy pronto, a sutiles espíritus. Las creencias religio-
sas inclinan la mayoría de las veces a pensar que el sueño da
acceso al mundo divino. En un papiro del siglo iv a.C., el
faraón Nectanebo asiste en sueños a una escena en el curso
de la cual el dios Onuris se queja a Isis de que su templo
está inacabado. Nectanebo ordena una investigación y se
entera de que las inscripciones del santuario aún no están
grabadas. Manda buscar al mejor escultor de jeroglíficos y
le encarga terminar el trabajo en el más breve plazo. Arte-
midoro (I, 1) menciona sueños que llama «políticos» y que
son los que tienen la misma noche todos los habitantes de
una villa sobre sucesos que conciernen a la ciudad. El Tal-
mud de Babilonia (Taanit 21b) alude a esos mismos sueños.
En Mesopotamia, Asurbanipal cuenta:
sueño de asurbanipal
El ejército vio el río Idid’e, un torrente mugiente, y temió
atravesarlo. La diosa Ishtar, que vive en Arbela, envió en mitad
de la noche un sueño a mi ejército y le dijo: «¡Yo marcharé de-
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[Link]
lante de Asurbanipal, el rey al que yo he creado!». El ejército
creyó en este sueño y cruzó el río sin contratiempo.4
El sueño queda autentificado porque ha sido visto si-
multáneamente por un gran número de durmientes. Y pue-
de serlo también si la revelación que aporta es reconocida
como exacta, es decir, si la realidad confirma el mensaje del
sueño, como ocurre en el ejemplo siguiente, referido por
Plutarco y por Tácito:5
sueño de ptolomeo
Ptolomeo Sóter vio en sueños el coloso del dios Plutón
que se encuentra en Sinope, pero como nunca había visto esa
estatua no la reconoció; ésta le ordenaba transportarla lo más
deprisa posible a Alejandría. No sabiendo ni lo que ella re-
presentaba ni dónde se hallaba, el rey habló de su visión a sus
amigos; éstos dieron entre ellos con uno llamado Sosibios que
había viajado mucho y que dijo haber visto en Sinope un co-
loso semejante al que se le había aparecido al rey en sueños.
Ptolomeo envió allí a Soteles y a Dioniso, quienes, después
de mucho tiempo y dificultades, y no sin la ayuda divina, se
apoderaron de él y lo transportaron (a Alejandría). Llegado a
su destino fue examinado, y los sabios del entorno de Timoteo
el exégeta y de Manetón de Sebennitos convinieron en decir
que era la imagen de Plutón, de acuerdo con la presencia de
Cerbero y la serpiente sobre la estatua; persuadieron a Ptolo-
meo de que era la estatua del dios Serapis y no de ningún otro.
4. Citado en A. L. Oppenheim, Le rêve et son interprétation dans le
Proche-Orient ancien, Horizons de France, París, 1959, pág. 99.
5. Plutarco, De Isis y Osiris 28; Tácito, Historias IV, 83-84. Véase
Oppenheim, op. cit., pág. 99.
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[Link]
La antigüedad clásica conoce una prueba más convin-
cente todavía de la veracidad de un sueño: la prenda recibida
en sueños y que el durmiente encuentra a su lado al desper-
tar. En Píndaro, Belerofonte sueña que Palas le hace entrega
de un bocado mágico, parecido a una diadema de oro, con
cuya ayuda podrá domar a Pegaso. Se despierta y toma en-
seguida el objeto de más que no es de este mundo y que una
divinidad ha depositado junto a él.6 El tema es frecuente
sobre todo en la antigua literatura nórdica.
A veces, de forma más sutil, la prueba dejada por el sue-
ño desvanecido no es material sino, como él, volátil, inase-
quible, ambigua. En un breve relato chino, el joven Liu de
Pengzheng sueña que va a una casa pública donde se em-
borracha con las cortesanas. Cada sueño lo devuelve al mis-
mo lugar de libertinaje. Sin embargo, se pregunta si se trata
realmente de sueños, pues los perfumes de las mujeres si-
guen impregnando sus ropas al despertar.7
Otras veces el sueño precede a la realidad. La anuncia
o la prefigura con una exactitud sobrenatural. Es insistente
y minucioso, y la realidad, más tarde, dócil, servil: repeti-
ción alucinante del sueño anterior. De este nuevo tema daré
dos ejemplos, uno antiguo y otro moderno, que tienen la
particularidad, ambos, de ser presentados como auténticos.
Todo los separa: los siglos, la distancia, la diferencia de las
tradiciones y de las culturas. Sin embargo, cada uno afirma
de la misma manera que la vida, llegado el caso, no hace más
que reproducir las visiones de los sueños, ofreciendo de ellas
un reflejo diferido, si no oscurecido. El primer relato está sa-
cado de una memoria china que recoge hechos extraños que
6. Píndaro, Olímpicas XIII, 65 y sigs.
7. «Mong Yeu-lu» [Mengyou lu], cap. 6, en T’ang Kien Wen Tse
[Tang Jian Wen Ze], Éditions Universitaires, París, 1957, pág. 262.
22
interior PODER DEL SUEÑ[Link] 22 3/8/20 10:35
[Link]
supuestamente ocurrieron bajo los Tang. Se establece que un
joven literato llamado Liu Daoji se detuvo, hacia el año 899,
en el monasterio de Guojing, en el monte Tiantai. Soñó con
una muchacha en un jardín, bajo una ventana, cerca de un
ciprés inclinado, rodeado de girasoles. Soñó que juntos ce-
lebraban los ritos del matrimonio y a menudo se encontró
con ella, siempre en sueños. Pasó el tiempo. Un día, en otro
monasterio, el joven reconoció el jardín, la ventana, el ciprés
y los girasoles. Había allí un huésped de paso cuya pobre
hija, bella y libre, había caído enferma recientemente. Era
la muchacha con la que el literato se había casado y a la que
solía visitar en sueños.8
Un juez de paz de Middletown, en el estado de Nueva
York, llamado J. O. Austin, cuenta el 25 de junio de 1901
una aventura sorprendente que le ocurrió en su juventud.
Camille Flammarion recoge ese testimonio sin pestañear e
incluso con respeto. Es más, sustituye escrupulosamente a
otro relato que había insertado en la primera edición de su
obra y cuyo autor, Alexandre Bérard, le había advertido du-
rante ese tiempo que era puramente novelesco.
sueño del maestro de escuela
norteamericano
«Yo tenía más o menos veinte años y dirigía una escuela
pública. Absorto en mis deberes, éstos ocupaban mis pensa-
mientos de noche cuando soñaba tanto como de día durante
mis horas de trabajo. Una noche soñé que estaba en la escuela
y que acababa de terminar los ejercicios de apertura cuando
oí golpes en la puerta. Abro la puerta y veo a un señor con
dos chiquillos, una niña de once años y un chico de ocho. Ese
8. «Mong Yeu-lu» [Mengyou lu], op. cit.
23
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[Link]
visitante entra y me explica que, a consecuencia de la guerra
de Secesión, ha abandonado su casa de Nueva Orleans para
traer a su familia al distrito de mi escuela. Su deseo era confiar
sus hijos a mis cuidados, para su educación e instrucción. Me
preguntó entonces qué libros se necesitaban, le di una lista y
se la llevó. Al día siguiente los niños eran recibidos entre mis
alumnos.»
El sueño se detuvo ahí. Pero me impresionó vivamente, y
la imagen de ese padre y de esos dos hijos se fotografió con
tanta fuerza en mi mente que los habría reconocido en cual-
quier parte entre la población de París o de Londres.
Cuál no fue mi asombro cuando al día siguiente de ese
sueño oí llamar a la puerta con los mismos golpes oídos en el
sueño, fui a abrir y vi delante de mí a ese visitante con sus dos
hijos. El resto siguió igual: mantuvimos la misma conversación
del sueño.
Añadiré que aquel hombre era absolutamente desconocido
para mí. Nueva Orleans está a 1.350 millas, es decir, a más de
2.000 kilómetros de aquí, y yo nunca me había alejado más
de 100 millas, o 160 kilómetros, de mi casa.9
En ocasiones ocurre que un sueño es soñado, contado e
interpretado en sueños. Una estela (porque hasta las visio-
nes más fugaces se graban en la piedra imperecedera) cuenta
un sueño del rey Nabonides (r. 556-539 a.C.). El monarca
ve en sueños una conjunción de astros que lo inquieta. Pero
un hombre se alza a su lado y le dice: «La conjunción no en-
cierra malos presagios». Luego, siempre en el mismo sueño,
una vez precisada la inscripción, se le aparece Nabucodo-
nosor acompañado por un sirviente. El sirviente le dice a
9. Camille Flammarion, L’inconnu et les problèmes psychiques,
Flammarion, París, 2.ª ed., 1929, t. II, págs. 520-521.
24
interior PODER DEL SUEÑ[Link] 24 3/8/20 10:35
[Link]
Nabucodonosor: «Hablad a Nabonides, para que pueda
contaros el sueño que ha tenido». Nabucodonosor ordena
entonces a Nabonides que le cuente su sueño. Nabonides
así lo hace. Sin duda, su real predecesor interpretaba des-
pués la visión. Pero la estela está dañada en ese lugar.
El caso de un cuento contado e interpretado en el mismo
sueño está previsto en el Talmud (Berajot 55b). También se
menciona en el Libro de los sueños de la Biblioteca de Asur-
banipal: «Si tiene un sueño en el interior de un sueño y (en
el sueño) refiere su sueño...».
La India antigua conoce el misterio de los sueños pa-
ralelos que amenazan a dos seres que ignoran una futura
comunidad de destino. En el Kathāsaritsāgara (Océano de
los ríos de cuentos), un autor del siglo xii, Somadeva, cuenta
cómo el rey Vikramāditya ve en sueños, en una región des-
conocida, a una joven de la que se enamora. Está soñando
que la abraza cuando el vigilante nocturno interrumpe su
felicidad. Al mismo tiempo, en un país lejano, la princesa
Malayavatī, a la que le horrorizan los hombres, ve en sue-
ños a un gran personaje saliendo de un monasterio. Se
casan y ella disfruta con él de las alegrías del amor en la
noche de bodas cuando su doncella la despierta. Después
de numerosas peripecias, los dos héroes se encuentran, se
reconocen y se unen en la realidad como hicieron antes en
el sueño.
Los sueños complementarios presentan un grado de
complejidad más elevado. Ya no se trata de una simetría
simple, sino de una relación más delicada, que hace que un
segundo sueño constituya la clave del primero. El ejemplo
más sobrecogedor tal vez se encuentra en Las mil y una
noches.
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historia de los dos que soñaron
Se cuenta que un hombre de Bagdad, muy rico y acomo-
dado, perdió su fortuna hasta el punto de que no le quedó
nada y hubo de ganarse el sustento con grandes apuros. Dur-
miendo una noche, en medio de su pena y su amargura, tuvo
una visión en que alguien le decía: «La suerte te aguarda en
El Cairo. ¡Anda a buscarla!». Se fue, pues, a la ciudad men-
cionada. Llegó allí de noche y la pasó en la mezquita. Cerca
de ésta había una casa. Alá decretó que una partida de ladro-
nes entrara en el recinto sagrado para penetrar en la casa. Sus
habitantes se despertaron y rompieron a gritar, de modo que
acudió el valí con sus hombres. Huyeron los malhechores,
los guardias entraron en la mezquita, encontraron dormido al
bagdadí y le dieron tantos palos que estuvo a punto de exhalar
el último suspiro. Le tuvieron encarcelado tres días, al cabo de
los cuales el valí le hizo comparecer.
–¿De qué tierra eres? –le interrogó.
–De Bagdad.
–¿Por qué viniste a El Cairo?
–Tuve un sueño en el que alguien me decía: «La suerte te
aguarda en El Cairo. ¡Ponte en camino!». Una vez que llegué
a esta ciudad, encontré la suerte prometida en los garrotazos
que ordenaste que me dieran.
El valí se rió hasta enseñar las muelas.
–¡Necio! –exclamó–. Yo he visto tres veces en sueños a una
persona que me aseguraba: «En tal calle de Bagdad hay una casa
de estas y aquellas señas; en su patio hay un jardín, en el fondo
del jardín hay un estanque, y debajo del estanque hay una gran
cantidad de dinero. ¡Ve a buscarlo!». Pero no me he movido de
aquí; tú, en cambio, necio, por un sueño vano que tuviste has
ido de una tierra a otra. –Y le entregó unas monedas, dicién-
dole–: Empléalas en regresar a tu país.
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El bagdadí aceptó el dinero y volvió a su ciudad natal. La
casa descrita por el valí era precisamente la suya. En cuanto
estuvo en ella, cavó debajo del estanque y descubrió una suma
considerable de dinero. De esta forma Alá le concedió la ri-
queza. ¡He aquí un suceso maravilloso!10
Un cuento popular hasídico procura una versión menos
elaborada del mismo relato:
otros dos que soñaron
Un hombre, un día, fue a consultar al Kotzker Rebe y le
preguntó si debía dejar su villa natal, donde nada le salía bien,
para probar fortuna en otra parte. El Rebe le respondió contán-
dole la historia siguiente: «Un judío de Cracovia había soñado
varias veces que junto a cierto molino se ocultaba un tesoro
enterrado. Una buena mañana se levantó, se dirigió al molino
y empezó a cavar todo alrededor; pero en vano. El molinero le
preguntó por qué cavaba de aquella manera, y el hombre se lo
explicó. Entonces el molinero, muy sorprendido, contó que él
mismo había soñado varias veces que en el patio de cierto hom-
bre de Cracovia había un tesoro enterrado; y citó el nombre
del hombre, que era el mismo que el de nuestro buscador del
tesoro. El cracoviano regresó de inmediato a su casa, registró
su patio y encontró un tesoro».11
10. Las mil y una noches, «351.ª noche» en la traducción inglesa de
Richard Burton. [Trad. esp. de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya y Leo-
nor Martínez: Las mil y una noches, 3 tomos, Atalanta, Vilaür, tomo 2,
págs. 142-143. En esta edición, basada exclusivamente en la egipcia de
Bulaq de 1835, el último párrafo del relato forma parte de la «352.ª noche».]
11. Kotzker Maasiot 105. Véase Levitte y Casaril, op. cit., pág. 27.
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Ars brevis
Los seres humanos siempre se han sentido cautivados por los sue-
ños y por el misterioso poder que transmiten sus imágenes. El anti-
guo Egipto nos ha legado insólitos sumarios de fragmentos oníricos,
cada uno acompañado de su puntual interpretación, que se remontan
al segundo milenio a.C. Dos son las grandes perplejidades que a lo
largo de los siglos han fascinado a la imaginación humana: por una
parte, el significado que tienen los sueños en relación con nuestra
vida y personalidad; por otra, el grado de realidad que podemos atri-
buirles. Por ejemplo, algunos durmientes acceden a imágenes oníri-
cas premonitorias que luego son constatadas con toda exactitud en
el mundo de la vigilia. Este dilema plantea la duda ontológica de si
un sueño es igual de real que los hechos que acontecen en nuestra
vida. Todas estas cuestiones gravitan sobre los textos literarios de
la presente antología, que se inicia con un sugerente corpus inédito
de antiguas narraciones chinas y prosigue con una notable nómina de
autores occidentales tan heterogéneos como Apuleyo, Prosper Mé-
rimée, Edgar Allan Poe, Théophile Gautier, Ambrose Bierce, Ksa-
ver Šandor Gjalski, Jean Lorrain, Rudyard Kipling, H. G. Wells, Oliver
Onions, W. Somerset Maugham, Bruno Schulz, Vladimir Nabokov,
Louis Golding, Henry Kuttner y C. L. Moore, Luisa Mercedes Levinson,
Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Bernard Groethuysen.
Atalanta rescata esta joya bibliográfica publicada en 1962 por el
Club Français du Livre bajo la tutela de Roger Caillois (1913-1978),
autor de ensayos tan variados como singulares –El mito y el hombre
(1938), El hombre y lo sagrado (1939), La incertidumbre que nos dejan
los sueños (1956), Los juegos y los hombres: la máscara y el vértigo
(1958) o La escritura de las piedras (1970), entre otros– y de la Anto-
logía del cuento fantástico (1958), una de las más ce-
lebradas del género.
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