Introducción
En esta reflexión retomo mis propias experiencias como docente y estudiante,
así como lo abordado en la primera sesión del doctorado y las ideas que
plantea el texto ¿Qué es la Pedagogía? coordinado por Javier M. Valle y Jesús
Manso.
Durante mi trayectoria profesional, la pedagogía ha estado presente de manera
implícita en mis prácticas, aunque muchas veces sin detenerme a pensar de
forma consciente en su alcance teórico y filosófico. La oportunidad de analizar
con profundidad este concepto en el marco del doctorado me ha permitido
darle un sentido más profundo y fundamentado, comprendiendo que no se trata
únicamente de un conjunto de técnicas para enseñar, sino de un campo de
estudio que orienta, cuestiona y transforma la educación.
Mi intención en este escrito no es solo describir lo que entendí del concepto de
pedagogía, sino conectar ese conocimiento con mi propia trayectoria
profesional y personal. Busco reconocer cómo este saber ha acompañado y
transformado mi práctica educativa, y cómo elementos como la motivación, la
actitud docente y la mentalidad de crecimiento se vuelven herramientas
esenciales para que la pedagogía deje de ser solo un concepto académico y se
convierta en una experiencia viva en el aula.
Inicio
Cuando escucho la palabra pedagogía, inevitablemente pienso en el aula, en
los rostros atentos y a veces inquietos de mis alumnos, las conversaciones que
surgen más allá de la planeación en clase y es que cuando eres docente
precisamente no eres solo eso, tus días se acompañan de ideas,
pensamientos, pláticas interminables, preguntas, dudas y hasta de los silencios
que también enseñan a tus alumnos. Sin embargo, durante la primera sesión
del doctorado comprendí que este concepto va mucho más allá de la simple
“enseñanza en clase” que yo asociaba con pedagogía.
Antes, para mí la pedagogía era un arte práctico: planificar, ejecutar,
acompañar y evaluar. Pero el texto de Valle y Manso así como el discurso del
doctor me ayudó a verla como una ciencia que reflexiona, analiza y orienta los
procesos educativos, integrando tanto la teoría como la práctica. Entendí que el
acto de educar no es neutro, está vinculado a una visión del ser humano y de la
sociedad que queremos construir. Cada vez que elijo un contenido, un ejemplo
o una forma de evaluar, estoy transmitiendo un mensaje implícito sobre lo que
considero importante en la vida.
Esta toma de conciencia me llevó a preguntarme: ¿qué visión de mundo
transmito a mis alumnos? ¿Una que se enfoca solo en aprobar exámenes o
una que los impulsa a pensar, a cuestionar, a crecer, a sentir? Desde esa
primera sesión, me he propuesto que mi pedagogía sea intencional, que cada
interacción con mis estudiantes sea una oportunidad para sembrar motivación y
confianza en sus capacidades.
Desarrollo
Desde mi experiencia, la pedagogía es el puente que conecta la intención
educativa con la realidad del aula. No es únicamente un conjunto de técnicas o
estrategias que se aplican mecánicamente, sino un marco que nos ayuda a
comprender por qué y para qué enseñamos. La pedagogía es, en esencia, un
diálogo constante entre lo que queremos lograr y las condiciones reales de
nuestros estudiantes.
En mi práctica docente, he recurrido muchas veces a métodos que daban
resultados inmediatos: dinámicas que despertaban interés, actividades
visualmente atractivas, evaluaciones fáciles de calificar. Sin embargo, con el
tiempo he aprendido que no siempre lo “llamativo” es lo más significativo para
el aprendizaje. He tenido que detenerme a reflexionar si lo que estaba
haciendo realmente favorecía el desarrollo integral de mis alumnos. Ese
ejercicio de autocrítica es, para mí, la esencia de la pedagogía.
El texto señala que la pedagogía se nutre de diferentes ciencias: la psicología,
que me ayuda a entender cómo aprenden mis estudiantes; la sociología, que
me recuerda que el aula es un reflejo de la sociedad; y la filosofía, que me
invita a pensar en el sentido de educar. Este carácter interdisciplinario me ha
hecho comprender que, para mejorar mi práctica, no basta con conocer
técnicas, sino que debo profundizar en la comprensión del estudiante como
persona en todas sus dimensiones, es decir conocer su cerebro.
Aquí es donde la motivación adquiere un papel central. He comprobado que
cuando un alumno se siente motivado, su disposición al aprendizaje cambia por
completo. No se trata de motivar con premios o recompensas superficiales,
sino de despertar un interés genuino por aprender. Esto exige que como
docente cuide mi actitud muestre entusiasmo por el contenido, que transmita
confianza en sus capacidades y que cree un ambiente donde cada estudiante
sienta que tiene algo valioso que aportar.
La mentalidad de crecimiento es otro elemento que considero esencial.
Enseñar a los estudiantes que sus habilidades pueden desarrollarse con
esfuerzo, práctica y perseverancia transforma la manera en que enfrentan los
retos. En mi día a día, lo trabajo a través de estrategias concretas: dar
retroalimentación constructiva enfocada en el proceso y no solo en el resultado,
proponer desafíos alcanzables que les permitan experimentar el éxito, y
normalizar el error como parte natural del aprendizaje.
Además, he comprendido que la pedagogía no es estática, esto me reafirma
que, como profesional de la educación, debo estar en constante formación,
adaptando mis métodos y herramientas a las necesidades cambiantes de mis
estudiantes y de la sociedad.
Cierre
Al finalizar esta reflexión, reconozco que mi concepto de pedagogía se ha
enriquecido y transformado. Antes la veía como “el arte de enseñar”; ahora la
entiendo como un campo amplio que combina ciencia, filosofía y práctica, y que
implica un compromiso ético profundo con la formación de las personas.
También comprendo que una buena pedagogía no puede desligarse de la
motivación, la actitud docente y la mentalidad de crecimiento que transmitimos
a los alumnos. Hoy más que nunca, sé que mi papel como docente no se limita
a impartir contenidos, sino a inspirar, a guiar y a acompañar a mis estudiantes
en la construcción de su propio camino de aprendizaje.
Mi labor docente no se mide solo por los resultados académicos, sino por la
huella que dejo en mis estudiantes, su confianza en sí mismos, su curiosidad
por aprender y su disposición a enfrentar desafíos. En este sentido, la
pedagogía, más que un concepto, se convierte para mí en una brújula que me
orienta hacia una educación más humana, crítica y transformadora.
Cada clase es una oportunidad para sembrar motivación, para demostrar con
mi actitud que el aprendizaje es un viaje emocionante y para cultivar en mis
estudiantes la creencia de que siempre pueden mejorar. Esa, para mí, es la
verdadera esencia de una pedagogía.