Cuatro postales sin nombre
Sofía y Tomás encontraron en casa de su abuela una caja con postales antiguas de
lugares que ella había visitado muchos años atrás. Las imágenes eran tan diferentes
entre sí que decidieron imaginar cómo sería estar en cada una de ellas.
La primera mostraba un sitio cubierto de árboles tan altos que parecía que tocaran el
cielo. Las copas se unían formando un techo verde, y el suelo estaba oscuro, con poca
luz. En un rincón, se veía un pájaro con plumas de colores vivos. Había tantas plantas
trepando unas sobre otras, que daba la impresión de que el lugar estaba siempre mojado.
Sofía pensó que ahí debía oler a tierra húmeda todo el tiempo, y Tomás dijo que él no
duraría mucho porque sentía que el calor se pegaba al cuerpo.
La segunda postal era completamente distinta. Todo era blanco. No se veía vegetación, ni
ríos, ni caminos. Solo una superficie plana, como si estuviera hecha de sal. En el fondo,
algunas figuras oscuras rompían la monotonía: parecían animales descansando junto a
un agujero en el suelo. No había árboles, y las personas de la foto llevaban gorros
gruesos, bufandas y botas.
—Seguro que hasta el aire duele de tan frío —dijo Tomás.
En la tercera imagen, la postal mostraba un gran campo sin árboles. El suelo era amarillo
y verde, cubierto de hierba que se movía con el viento. A lo lejos se veían animales con
cuellos largos, como si vigilaran el horizonte. Había sombra apenas bajo uno o dos
árboles solitarios.
—¿Dónde se esconderán todos si empieza una tormenta? —preguntó Sofía.
—Capaz que no hay muchas —respondió Tomás—. Si vivieran acá, tendrían que
acostumbrarse.
La última postal era más simple. El suelo parecía seco y agrietado, con tonos marrones y
anaranjados. Algunas plantas bajitas, llenas de espinas, crecían separadas entre sí. No
había animales a la vista, pero sí pequeñas huellas que desaparecían detrás de una
piedra. El cielo estaba claro, sin una sola nube.
—Debe ser uno de esos lugares donde todo duerme de día y se mueve de noche —opinó
Sofía.
—Y donde hay que cuidar cada gota de agua —añadió Tomás.
Después de mirar todas, decidieron escribirle una carta a su abuela para preguntarle por
esos lugares. No sabían cómo se llamaban, pero habían aprendido que, aunque no todos
los paisajes tienen nombres fáciles de recordar, la vida encuentra formas distintas de
adaptarse en cada rincón del mundo.
1-¿Qué bioma se describe en la primera postal? ¿Qué pistas ayudan a inferirlo?
2-¿Qué características permiten deducir que el segundo lugar es muy frío?
3-¿Por qué podemos decir que el tercer lugar tiene un clima con poca lluvia?
4-¿Qué bioma aparece en la cuarta postal? ¿Cómo lo sabés?