0% encontró este documento útil (0 votos)
563 vistas355 páginas

Play Me - Adriana Locke

Cargado por

guzmanlorianny8
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
563 vistas355 páginas

Play Me - Adriana Locke

Cargado por

guzmanlorianny8
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

El presente documento es una traducción realizada por Sweet Poison.

Nuestro trabajo es totalmente sin fines de lucro y no recibimos


remuneración económica de ningún tipo por hacerlo, por lo que te pedimos
que no subas capturas de pantalla a las redes sociales del
mismo.
Te invitamos a apoyar al autor comprando su libro en cuanto esté
disponible en tu localidad, si tienes la posibilidad.
Recuerda que puedes ayudarnos difundiendo nuestro trabajo con
discreción para que podamos seguir trayéndoles más libros.
SINOPSIS
Se supone que él debería estar jugando rugby, no jugando conmigo.
Nunca pensé que fuera posible odiar a alguien. Odiar de verdad,
despreciar por completo a otro ser humano.
Hasta que me contrataron para cuidar al nuevo astro de los Royals y
descubrí lo equivocada que estaba.
Mi trabajo debería haber sido sencillo: mantener al presumido a tiempo y
fuera de problemas.
Pero eso es difícil cuando sueño con asfixiarlo con su propio jersey.
Cada día me da una nueva razón para detestar a Gray Adler. Su
camioneta es del tamaño de una ballena y usa la bocina como si fuera un
arma.
Y no, no es un eufemismo.
No puede hilar una frase sin ser grosero, y el universo, en su broma más
cruel, le dio a esa bandera roja andante y tatuada el cuerpo de un dios
griego.
Justo cuando por fin me acostumbraba a odiarlo, todo da un giro.
Un giro ardiente, demoledor, del tipo no puedo hacer esto con un hombre
con el que trabajo.
De pronto, esas manos toscas hacen arder mi piel. Sus sonrisas
pecaminosas se transforman en gestos tiernos solo para mí, y nuestro juego
de palabras cambia hacia algo mucho más profundo de lo que debería.
Pero Gray Adler esconde algo, y cuando esos secretos chocan con mi
corazón vulnerable, me hago una pregunta importante: ¿finalmente me está
diciendo la verdad, o todavía está jugando conmigo?
PLAYLIST
WHY WON’T YOU LOVE ME | 5 SECONDS OF SUMMER
COMPLICATED | OLIVIA O’BRIEN
ENEMIES | THE SCORE
BREAKING ME | TOPIC, A7S
TRUTH HURTS | LIZZO
JACK & DIANE | JOHN MELLENCAMP
PERSONAJES

GRAY ADLER
ASTRID LAWSEN
GIANNA BARDOT
AUDREY VAN
RENN BREWER
BROOKS DEMPSEY
HARTLEY ADLER
1
Astrid
―¿Todavía puedes rastrearme?
―Eso no hace que yo suene nada espeluznante ―digo, viendo cómo los
billetes se escapan de mi cuenta bancaria hacia el tanque de gasolina. Mi
auto compacto no será lujoso, pero lo que le falta en estilo lo compensa con
un buen rendimiento de combustible. Gracias a Dios―, pero sí, puedo ver
dónde estás, a menos que te hayas salido de nuestro círculo de amigos en la
app. ¿Por qué?
Gianna suspira.
―Porque estoy a punto de encontrarme con un tipo frente a una tienda de
alfombras abandonada, y lo único en lo que puedo pensar es en una escena
de una película de terror donde el asesino le pide a una chica que lo ayude a
cargar una alfombra. Ya te imaginarás cómo termina eso.
―Prefiero no hacerlo. ―Suelto el gatillo de la manguera, dejo que las
últimas gotas de gasolina caigan en el tanque (hay que aprovechar cada
centavo en esta economía) y vuelvo a colocar el dispensador en la bomba.
La mañana está inusualmente cálida para la primavera. Los pájaros se
alinean en los cables eléctricos, formando filas perfectas sobre mi cabeza.
El cielo está despejado, permitiendo que los brillantes rayos del sol
calienten mi rostro mientras me meto de nuevo en mi auto.
―Okey ―digo, prestándole toda mi atención a mi amiga una vez que
estoy sentada―. ¿Conoces a este tipo con el que te vas a encontrar?
―No. Lo conocí en Social anoche.
―¿Y por qué te vas a encontrar con él?
Ella gime.
―Para comprar un urinario.
―Ya sabes, lo típico.
―No seas sarcástica, Astrid.
Suelto una carcajada.
―Solo desearía que esto me sorprendiera un poco más. Eso es todo.
Enciendo el motor y espero a que mi teléfono se reconecte al Bluetooth.
Gianna y yo hemos sido amigas desde pequeñas. Un compañero de clase
le puso chicle en el cabello en primer grado, así que yo le vacié mi jugo en
la entrepierna e hice que pareciera que se había orinado encima. Resulta que
el jugo en los pantalones es una tragedia mucho mayor que un chicle en el
cabello en la primaria.
También crea las mejores amistades, aunque sus tendencias soñadoras de
Piscis a veces vuelvan loca mi mente orientada a metas.
―Conseguir un urinario ha estado en mi lista de deseos desde hace
mucho ―dice ella―. Te sorprendería lo difícil que es encontrar uno, y no
son baratos.
―Al menos dime que es nuevo. ―Mi comentario es recibido con
silencio. Apoyo la cabeza contra el asiento y respiro hondo―. Déjame
entender. ¿Vas a encontrarte con un desconocido en un estacionamiento
abandonado para comprar un urinario usado que encontraste en el mercado
negro?
―No lo digas así.
―¿Por qué? ¿Porque suena completamente ridículo? ―Suspiro,
abrochándome el cinturón de seguridad―. Amo tu amor por el arte, pero
realmente necesito que implementes más protocolos de seguridad contra
desconocidos, como no encontrarte con hombres extraños en lugares
extraños por artículos extraños.
Miro el reloj.
―Si puedes esperar una hora, puedo ir contigo. Solo tengo que hacer
unas devoluciones para la esposa de mi jefe, y luego puedo escaparme un
rato.
―No puedo. Lo encontraré en quince minutos.
Por el amor de Dios.
Miro por el parabrisas y me pregunto si así se siente ser papá. Ves a
alguien que amas caminar por el mundo, esperando que no se mate. Por un
urinario.
Es increíble que los humanos aún existamos, especialmente los como
Gianna Bardot. Que haya sobrevivido los últimos veintisiete años me
asombra.
Tomo mi teléfono y busco la app que nuestro grupo de amigos usa para
compartir nuestras ubicaciones.
―Estás conectada ―digo, viendo el emoji de su auto moverse hacia el
sur, fuera de la ciudad―. Te estoy siguiendo ahora.
―Bien. Okey. Si no sabes de mí en veinte minutos, probablemente me
hayan metido en la parte trasera de una camioneta. Literalmente, no
figurativamente, por desgracia.
Suelto una risita, mirando por el retrovisor mientras una gran camioneta
negra se estaciona detrás de mí. El motor ruge, creando una vibración baja
que siento en los huesos. Entrecierro los ojos para ver quién está en el
asiento del conductor, pero el tinte de las ventanas es demasiado oscuro.
―¿Qué vas a hacer para la cena? ―pregunta Gianna, devolviéndome la
atención a nuestra conversación.
Dejo el teléfono en el portavasos.
―No tengo idea. Acabo de terminar de desayunar.
―¿En este momento? Yo he estado trabajando desde las seis y media.
―No dije que apenas me desperté. ―Ya hice una carga de ropa, llené el
lavavajillas y limpié dos armarios hoy―. No solo terminé mis quehaceres y
completé casi todas mis tareas para Renn y Blakely por hoy, sino que
también pasé un par de horas buscando un nuevo trabajo secundario.
―Tu último trabajo secundario apenas terminó. ¿No puedes tomarte unas
semanas libres y relajarte por una vez?
Ojalá.
―No. Si tengo tiempo libre, necesito pagar esta deuda más rápido. Los
intereses me están matando.
Gianna suspira.
―Eso significa que no lees lo suficiente. Si leyeras más libros, no
tendrías tiempo para preocuparte por tu deuda.
―Esa es una postura muy responsable. ―Suelto una carcajada―.
Además, no puedo quedarme quieta el tiempo suficiente para leer un libro
por diversión.
―Los audiolibros fueron creados por una razón, Astrid.
―También los libros sobre seguridad personal, pero tú los ignoras.
Ella se ríe.
―A veces tienes que arriesgar cosas por el arte.
Su alegría por este urinario y la sensación de aventura que siente con el
proceso me hacen sonreír.
Si hubiera una cosa, un hábito, que adoptaría de alguien más, sería la
pasión de Gianna. Ella se lanza de cabeza a proyectos artísticos aleatorios,
recetas y misiones secundarias que descubre como una columnista de
consejos extremadamente exitosa. Es algo que yo nunca podría hacer. La
falta de estructura me da comezón, y siento la necesidad abrumadora de
ponerlo todo en un calendario… y quitarle toda la diversión.
―¿Quieres encontrarte en Stupey’s para unos sándwiches carísimos?
―pregunta Gianna―. Yo invito, ya que tú pagaste la última vez. Creo que
Audrey estará por aquí este fin de semana. Las tres no hemos estado juntas
en dos semanas enteras.
―Claro. ―Vuelvo a mirar la camioneta. Todavía está detrás de mí, a
pesar de que casi todas las demás bombas están libres. Qué raro. Considero
mencionar lo consciente que estoy de mi entorno y sugerirle a Gianna que
haga lo mismo, pero ella está demasiado enfocada en el urinario para
escuchar ahora―. Lo pondré en el chat, y lo resolveremos.
―Suena como plan.
El nombre de mi jefe aparece en la pantalla del centro de mi pantalla del
auto. Al mismo tiempo, la camioneta negra acelera su motor. ¿Me está
acelerando a mí?
―Oye, Renn me está llamando ―digo, mirando la camioneta con el ceño
fruncido―. Mándame un mensaje cuando consigas el baño y estés de
camino a casa.
―Urinario, Astrid. U-ri-na-rio.
Me río.
―Adiós.
―Adiós, amiga.
Toco el botón para aceptar la llamada de Renn, presiono el freno y luego
muevo la mano a la palanca de cambios, pero en cuanto toco la perilla, la
camioneta acelera de nuevo, y eso me detiene en seco. Definitivamente está
acelerándome el motor.
―Hola, Renn ―digo, observando al monstruo detrás de mí. La irritación
me recorre la espalda―. ¿Qué pasa?
―Ha sido una mañana infernal. ¿No te agarré en medio de algo, verdad?
―Nada importante. Solo estoy esperando a un tipo que está
compensando algo con una camioneta extragrande.
Renn hace una pausa.
―¿Esperándolo? ¿Para qué?
―Se estacionó justo detrás de mí aunque todas las demás bombas, menos
una, están libres. Estoy en la gasolinera, por cierto, y como no me he
apurado para quitarme de su camino, está acelerando su motor contra mí.
―Oh.
―¿Qué puedo hacer por ti?
―¿Que no te arresten? Eso estaría genial.
El motor ruge de nuevo, esta vez más fuerte.
―¿Escuchaste eso? ―pregunto, con mis dedos apretando el volante.
―Sí, lo escuché. ¿Puedes irte?
―Claro que podría, y lo haría si no hubiera intentado intimidarme.
―Bajo la ventana y saco la mano con la palma hacia arriba―. Ahora, me
voy a quedar aquí hasta que se vaya.
―Astrid.
Un brazo grande y grueso sale por la ventana del conductor, imitando mi
gesto. Idiota.
―¿Por qué dijiste que llamaste? ―pregunto, la molestia me quema las
mejillas.
Renn suspira, como si no supiera qué decir. Es como si una parte de él
quisiera seguir convenciéndome de irme, pero el resto sabe que es inútil, y
esa parte tiene razón. Me retiraré gustosa de un enfrentamiento si estoy
equivocada. Incluso me disculparé, pero en este caso, no lo estoy. Así que
no lo haré.
―Tengo una propuesta que discutir contigo ―dice.
―Suena vagamente interesante.
―¿Te vas a mover? ―grita una voz desde la camioneta.
Pongo a Renn en silencio.
―¡Sí, cuando esté lista! ―grito de vuelta antes de reactivar el audio de
mi jefe―. ¿Quieres hablarlo ahora o después?
―¿Crees que puedas pasar por mi oficina esta tarde? ―pregunta Renn.
―¡Algunos tenemos cosas que hacer hoy! ―vuelve a gritar el tipo.
Pongo en silencio otra vez y saco la cabeza por la ventana.
―¡Entonces escoge otra bomba! ―Me acomodo de nuevo en mi asiento
y resoplo antes de reactivar a Renn―. Claro. Tengo un par de recados que
hacer para Blakely, y luego estaré libre.
―Perfecto.
Una bocina suena de la nada, el eco resonando gracias al toldo que cubre
la gasolinera. Doy un salto, con la ira pinchándome el cuero cabelludo, y
me desabrocho el cinturón. No puede ser que haya hecho eso.
―Te encontraré entonces ―digo.
―¿Qué está pasando? ―pregunta Renn.
―Tengo que irme.
―Astrid, ¿qué está ocurriendo?
Jalo la manija, y mi puerta se abre de golpe.
―Este imbécil acaba de tocarme la bocina.
―Déjalo ir.
―Gracias por el consejo, Elsa ―digo, con mi dedo flotando sobre el
botón para terminar la llamada―. Te avisaré cuando esté en camino.
Hablamos pronto.
Dejo caer mi dedo contra el botón rojo y luego saco las piernas del auto,
cerrando la puerta de un golpe detrás de mí. Camino hacia la camioneta, mi
furia quema los bordes de mi contención.
Mis tenis golpean el asfalto con más fuerza de la necesaria, pero no
puedo evitarlo. Si hay algo que odio más que nada, son los hombres que
creen audazmente que su polla les da un pase libre para actuar como idiotas.
Es como si creyeran que su miembro de cinco pulgadas tiene poderes
mágicos. En mis veintiocho años de vida, nunca he conocido a una mujer
que diga que una polla le dio más que un dolor de cabeza y, en raras
ocasiones, un orgasmo medianamente satisfactorio.
El calor emana del frente de la camioneta, golpeándome mientras paso.
Los neumáticos son tan altos que me llegan a la cintura, y no puedo
imaginar por qué alguien que conduce en la ciudad necesita llantas tan
grandes. Es ridículo… como el conductor.
―¿Tienes algún problema? ―grito sobre el ruido que sale de debajo del
capó. El olor a gasolina y grasa llena el aire, irritándome las fosas nasales.
Por un breve instante, se me cruza la idea de que esto no es muy diferente
del encuentro de Gianna por el urinario.
Hoy tendré que ser una hipócrita.
Rodeo el retrovisor que sobresale y me encuentro cara a cara con mi
némesis. Me mira desde su asiento en la cabina de la camioneta con una
expresión sarcástica que hace que mi temperamento se dispare.
Arquea una ceja gruesa, clavándome en el lugar con unos ojos profundos
color nuez.
―Pues sí, tengo un problema. Estás bloqueando la bomba.
―Literalmente hay… ―aparté la mirada de la suya y cuento
rápidamente las bombas vacías. Todas están libres. Cada. Una. De. Ellas―.
Tienes nueve opciones diferentes. Escoge otra.
―Quiero esta.
―No siempre puedes tener lo que quieres.
Sus labios se curvan.
―Cierto, porque también me gustaría sacarte ese palo del trasero, pero
eso también está fuera de la mesa, ¿verdad?
Jadeo, sorprendida por su grosería. La sorpresa me drena la sangre del
rostro. Las palabras se atoran en mi garganta por el impacto del momento.
―Eres un maldito imbécil.
―Me han dicho cosas peores ―dice con un encogimiento de hombros
despreocupado―. ¿Te vas a mover ahora?
―Te habría cedido el paso con gusto si me lo hubieras pedido
amablemente, pero no lo hiciste ―digo, apuntándolo con un dedo―. En
vez de eso, llegaste aquí en esta camioneta ridícula y aceleraste tu motor
contra mí como si fuera una amenaza.
Hace la cara más arrogante: ceja levantada, sonrisa sutil, como si pensara
que estoy actuando de forma irracional y le parece divertido.
―Luego tocaste tu bocina, lo cual es inaceptable en cualquier lugar,
salvo tal vez para evitar una colisión. ―Estoy luchando por mantener la
calma―. Eres grosero y desconsiderado, y tengo una regla personal: no
cedo ante hombres que intentan intimidarme.
―Vaya. ―Sonríe, mostrando un par de hoyuelos―. ¿Intimidarte? Okey.
¿Te das cuenta de que estabas sentada en tu pequeño auto, ocupando
espacio mientras tenías tu hora social, verdad?
―No es de tu incumbencia, pero estaba hablando con mi jefe.
El brillo animado en sus ojos es como echarle leña a mi furia contenida.
―Hazlo en la oficina, cariño. No aquí.
―¿Cariño? ―ladro, con los ojos abiertos de par en par―. Nunca tendrás
el placer de conocerme lo suficiente como para llamarme cariño.
―Gracias a Dios por pequeños favores. ―La risa que apenas intenta
reprimir demuestra lo contrario―. ¿Sabes qué me parece interesante?
―pregunta, pasando la lengua por su labio inferior―. Me parece
interesante que te declares una especie de policía de los modales cuando
eres tú la que está bloqueando la maldita bomba.
Mis manos van a mis caderas mientras reprimo el primer pensamiento
que me viene a la mente porque, desafortunadamente, sé que técnicamente
tiene razón. Es de mala educación bloquear una bomba, pero dicen que el
diablo está en los detalles, y yo trato de evitar al diablo a toda costa.
Respiro hondo y luego pongo la sonrisa más grande y falsa que puedo
manejar.
―Me iré cuando me lo pidas amablemente, cariño.
Apoya un brazo enorme en la ventana y me da la mirada más indiferente
que he visto. Ignoro deliberadamente su labio inferior carnoso y la cantidad
perfecta de barba que cubre una mandíbula dura como roca. En vez de eso,
recuerdo su insolencia.
―Debería quedarme aquí todo el día solo porque eres un idiota ―digo,
sin parpadear.
Apaga su camioneta sin romper el contacto visual.
―Está bien para mí. Tengo tiempo hoy.
Antes de que pueda pensar en algo ingenioso para decir -¿no dijo que
tenía cosas que hacer?-, un sedán viejo se estaciona en la bomba junto a
nosotros, casi golpeando los bolardos que protegen el equipo.
Una señora mayor y pequeña sale, ajena al enfrentamiento que ocurre a
pocos metros de ella, y camina con pasos torpes hacia la parte trasera del
auto con sus zapatos de velcro. Lucha con la bomba, gimiendo mientras
intenta levantar la manguera de la máquina. Olores a perfume de abuela
flotan en el aire, y de repente se me antojan galletas de canela.
Cruzo los brazos sobre el pecho, incapaz de discutir con este tipo frente a
la abuela de alguien.
Él suspira.
―Muévete ―dice más suavemente esta vez, volviendo a captar mi
atención.
Doy un paso atrás cuando la puerta de la camioneta se abre. No usa el
estribo, sino que salta con una facilidad natural. No se molesta en mirarme.
Es más alto que el promedio, lo que me sorprende. Los hombros anchos
llenan una camiseta negra sencilla, y los muslos gruesos estiran la mezclilla
que los cubre. El cabello oscuro está cortado cerca de la cabeza. Se mueve
con una confianza que es universalmente aceptada como atractiva… y es
una lástima.
¿Por qué desperdiciar un paquete como este en un tipo con tan mala
actitud?
―¿Está bien por aquí? ―le pregunta a la señora como si no hubiera sido
horrible conmigo hace cinco segundos―. Estas bombas pueden ser un poco
complicadas.
―Sí, lo son. ―Ella suspira, sosteniendo su bolso con la mano libre―.
Me cuesta mucho manejar estas cosas. Mi artritis es terrible. Mi John solía
llenarme el tanque, pero se fue hace veintitrés años. A veces parece que fue
ayer.
―No soy John, pero estaré encantado de llenarle el tanque hoy.
Ay, por favor.
Me acerco un poco más para escuchar con claridad.
Ella hace un sonido de ternura, claramente encantada con él y su
amabilidad. Y, aunque está siendo engañada por el Chico Camioneta, no
puedo culparla. Desde su perspectiva, debe parecer genuinamente dulce. No
tiene forma de saber que es un zorro con piel de oveja.
―¿No te importa? ―pregunta ella―. No quiero quitarte demasiado
tiempo.
Él me lanza una mirada de reojo, su hoyuelo brilla en su mejilla.
―Para nada, señora. De todos modos, estaré aquí un buen rato.
Lo fulmino con la mirada.
―Oh, eres un buen chico. Muchos hombres jóvenes no quieren
molestarse con una anciana como yo. ―Ella pasa su brazo por el codo de
él, y caminan lentamente hacia el lado del conductor―. Cuando llegas a mi
edad, sientes que ya no encajas en el mundo. Apenas puedes usar los nuevos
aparatos, y todos son tan impacientes contigo. Es terrible.
―Lamento que se sienta así ―dice mientras le abre la puerta del auto.
Me quedo junto a su camioneta y los observo, intentando darle sentido a
este encuentro. Pasó de ser un cretino a un príncipe en cinco segundos. Mi
mente da vueltas en desconcierto.
―Espera un segundo ―dice la señora, dejándose caer en su asiento con
un resoplido―. Olvidé poner mi tarjeta para pagar.
―Hoy corre por mi cuenta ―dice él.
Ruedo los ojos tan fuerte que duele.
Regresa a la bomba, su mirada se encuentra con la mía. Una sonrisa
presumida es todo lo que necesita para enviarme de nuevo a una caída libre,
pero, antes de que pueda decir algo, da un paso a la izquierda y desaparece
de mi vista.
Mi primer instinto es mantener mi posición y esperar a que termine. Si
me muevo, él gana, pero con cada segundo que pasa sin él en mi línea de
visión, pienso con más claridad, y una mirada alrededor me recuerda que
estoy parada en una gasolinera, discutiendo con un desconocido por una
bomba.
Es como si me arrojaran un balde de agua fría en la cabeza.
¿Y qué si quiere actuar como niño? Tengo pendientes que hacer… y me
estoy saliendo de mi horario.
―Si quieres jugar, Chico Camioneta, tendrás que buscar a alguien más
con quien jugar ―digo.
Arrojo mi cabello sobre el hombro en un último acto de desafío y camino
de regreso a mi auto.
Respira hondo, Astrid. Sal del modo pelea o huye. Se acabó.
Lleno mis pulmones de nuevo y exhalo lentamente.
Al menos ya cumplí con mi cuota de imbéciles por hoy, y solo puede
mejorar de aquí en adelante.
Gracias a Dios por eso.
2
Astrid
La tarde temprana es brillante, inundando la amplia oficina de mi jefe con
luz. Trofeos de varios campeonatos de rugby brillan en los estantes detrás
de su escritorio de caoba. Sus premios al Jugador Más Valioso resplandecen
desde su lugar sobre un bar con licores caros y copas de cristal que nunca lo
he visto usar. Las plantas salpican el espacio, dando a las paredes grises y
las maderas ricas un toque de vitalidad. La habitación grita serenidad,
riqueza y éxito.
Es casi grosero.
―Aquí estás ―dice Renn, recostándose en su enorme silla de escritorio.
El leve acento australiano que adquirió durante su carrera en el extranjero
aún me toma por sorpresa después de todos estos años―. Me alegra ver que
no terminaste en la cárcel del condado esta tarde.
―No voy a mentir. Estuvo cerca.
Los recuerdos de mi encuentro con el Chico Camioneta hacen que los
músculos de mis hombros se tensen de nuevo. Justo cuando comenzaba a
relajarme.
Si guardar rencores fuera un deporte profesional, tendría una oficina
como la de Renn. Tiaras estarían en mis estantes, y cetros colgarían sobre
mi vinera llena de vinos caros y botellas de vidrio de Coca-Cola. Tal vez no
gritaría serenidad ni riqueza, pero demostraría mi nivel profesional de
rencor. No estoy exactamente orgullosa de eso, pero lo he aceptado.
―Toma asiento ―dice, señalando la silla de cuero frente a él.
Saco mi portapapeles de mi bolso antes de sentarme y acomodarme.
La mayor parte del trabajo que hago para Renn o su familia lo hago de
forma virtual. Si necesito pasar por sus casas u oficinas para algo,
normalmente no están, pero debo decir que ver a Renn en persona nunca
deja de sorprenderme un poco. Es tan guapo.
Simetría perfecta. Labios carnosos. Tiene un aire regio, pero también una
accesibilidad que lo hace imposible de no querer. Todos quieren a Renn
Brewer.
―Tengo una propuesta para ti ―dice, pasándose una mano por su
cabello color tabaco.
En la superficie, su declaración es rutinaria. Es un intercambio típico
entre un jefe y su empleada, pero he trabajado con Renn lo suficiente como
para escuchar el énfasis en ciertas sílabas y el toque de vacilación en las
palabras. Eso solo significa una cosa: esto no va a ser una propuesta
inofensiva.
Levanto una ceja.
―Normalmente, solo me las mandas por mensaje.
Sonríe, pero no del tipo que me llena de calidez. Esta sonrisa me tensa el
estómago. Es una bandera roja brillante.
―Solo dilo ―le digo.
―Adquirí un nuevo medio scrum de Denver.
Asiente como si se estuviera aplaudiendo mentalmente. Esta adquisición
no significa nada para mí… entonces, ¿por qué me lo está contando?
―Felicidades ―digo, con mi tono lleno de sospecha.
―Gracias. Fue prácticamente un robo. Este tipo fue el mejor jugador de
la liga.
¿Fue? No quiero preguntar por qué lo dijo en pasado. Cuanto más sepa
sobre el jugador y su historia, peor estaré, pero la forma en que mi jefe me
observa hace que sea incómodo no preguntar.
―¿Por qué querrías a alguien en declive? ―pregunto con el entusiasmo
de un perezoso dormido.
Se inclina hacia adelante.
―Porque no creo que sea una espiral mortal. Puede que sea una sombra
del jugador que solía ser, pero sigue siendo genial, solo que no tan en forma
ni enfocado como antes. Hay mucho potencial sin explotar, mucho espacio
para la grandeza, y creo que nosotros podemos hacer que vuelva a su nivel
con un poco de guía.
¿Qué con eso de nosotros podemos? Lo miro fijamente. Las señales de
tráfico no nos están guiando a nuestro destino, pero veo el camino tan claro
como una campana. Renn debe haber recibido más golpes en la cabeza de
los que pensamos si cree que voy a seguirle la corriente en esto.
―Aquí es donde entras tú ―dice.
Ugh. Lo sabía. Miro al techo y exhalo con fuerza.
―Necesita a alguien que iguale su… temperamento ―dice Renn con
cuidado.
―¿Eso significa?
―Significa que necesita una asistente, alguien que le haga frente. Que no
se eche para atrás ante un desafío. Alguien en quien pueda confiar para
ayudarlo a volver al camino correcto.
―No sé cómo hacer eso ―respondo sin emoción.
―Claro que sí.
Técnicamente, sí sé cómo hacerlo, y técnicamente, puedo hacerlo, pero
eso no significa que quiera, y Renn lo sabe.
He tenido suficiente experiencia con el mundo del deporte como para
saber que los atletas son mucho trabajo, demasiado para lo que valen. He
conocido a otros asistentes personales de jugadores a través de Renn, y sus
historias son salvajes. Estos tipos parecen estar cortados por la misma tijera.
Son demasiado confiados y desdeñosos. Testarudos como el demonio. La
mayoría no puede, o no quiere, seguir instrucciones, y muy pocos aprecian
el trabajo que otros hacen para ayudarlos a ser grandes. No quiero nada de
eso.
Tengo suerte de haber trabajado con Renn. Él es un unicornio. Me
gustaría que siga siendo así.
―Hay una razón por la que no tengo hijos, Renn. No me gustan. Son
pequeños ladrones de diversión, y esto se siente muy como eso, pero con un
hombre muy grande.
Reprime una risa.
―Recuérdame. ¿Cuándo fue la última vez que te divertiste?
Lo miro con el ceño fruncido, aunque tiene razón. No es como si ser
asistente personal de su jugador fuera a arruinar mi estilo de vida. No tengo
un estilo de vida más allá de sándwiches de huevo para el desayuno,
trabajar duro durante el día y ver televisión basura por la noche mientras me
prometo que mañana lo haré mejor, pero nada de eso es relevante en esta
conversación.
―Solo te pido que hagas por él lo que hiciste por mí cuando jugaba
―dice.
―¿Entonces debería esperar recibir llamadas de su papá preguntando por
qué está en urgencias con contusiones en la cabeza y una prostituta en su
habitación de hotel que se niega a irse?
―No fue como suena, y lo sabes.
Lo observo con cuidado. Está evitando mi mirada y tirando del cuello de
su camisa, dos señales claras de que está ocultando algo.
―¿Qué no estás diciendo?
―Puede que haya rumores de problemas con apuestas y un fetiche por
trabajadoras sexuales.
―¡Renn!
Levanta las manos frente a él.
―Para que conste, no les creo, y quiero que lo pienses así: te voy a pagar
para que ayudes a alguien a cambiar su vida.
―Estaría genial si me importara. ―Me encojo de hombros, haciendo una
pausa para darle un momento para que recuerde con quién está hablando―,
pero no me importa. No me importa si cambia su vida, si regala su dinero o
si moja su polla en el rancho de conejos o la canasta de conejitas o como
sea que se llame.
Renn presiona los labios, intentando no reír.
―¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo, verdad? ―pregunto―.
Me estás pidiendo que cuide a un hombre adulto. Si quisiera hacer eso,
habría trabajado para tu hermano menor.
―Solo hasta el final de la temporada de rugby, y ya vamos por la mitad.
Luego lo reevaluaremos.
Tiro el bolígrafo de mi portapapeles hacia él. Se ríe, moviendo la cabeza
un centímetro a la derecha y esquivando fácilmente el proyectil. El
bolígrafo cae junto a una lámpara.
No siempre quiero a Renn Brewer.
Mis labios se fruncen de molestia por la posición en la que me ha puesto
Renn. Los atletas son, en general, mis humanos menos favoritos, y la idea
de tener que lidiar con la arrogancia, los cambios de humor y las demandas
de un héroe del rugby -porque todos piensan que lo son-, me pone la piel de
gallina.
Pero, ¿qué puedo hacer realmente?
Tenía veinte dólares a mi nombre cuando conocí a la hermana de Renn,
Bianca. Horas antes de nuestro encuentro improvisado en la tintorería
donde trabajaba, mi entonces novio me había echado de su apartamento por
una morena tetona con ojos azules brillantes. No tenía dinero ni a dónde ir,
salvo pedirle a mis amigos si podía dormir en sus sofás, algo que mi orgullo
no podía soportar.
Bianca entró cuando estaba a punto de preguntarle a mi jefe si podía
quedarme en la parte trasera del edificio hasta que pudiera recuperarme.
Mientras otro empleado buscaba las prendas de Bianca, comenzamos a
hablar, y a través de una serie de eventos afortunados, pude darle consejos
para sacar una mancha de vino de su abrigo, le dije a quién llamar para
localizar equipaje perdido de una aerolínea y arreglé su cuenta de Social
para que dejara de publicar automáticamente en otra plataforma.
Antes de irse, me dio su tarjeta. Dos días después, era oficialmente la
asistente personal de Renn y de ella, e introducida a un mundo que no sabía
que existía. Ella cambió mi vida, y nunca lo olvidaré.
―¿Qué hará falta? ―pregunta Renn.
―¿Qué quieres decir con qué hará falta?
―Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para que aceptes.
―¿Y si digo que no hay forma de lograrlo?
Sonríe con suficiencia.
―Entonces tendré que desgastarte.
Gimo, sabiendo que eso es exactamente lo que hará… y que
eventualmente lo logrará. Porque aunque esto sea una idea terrible,
espantosa y pésima, mi lealtad es hacia Renn. Si necesita que controle a uno
de sus minions, no puedo decir que no.
Mi mirada pasa de Renn a las ventanas de piso a techo a mi izquierda,
que muestran una vista casi panorámica de Nashville. Aunque la he visto
innumerables veces desde este punto, nunca deja de quitarme el aliento. La
mezcla de rascacielos modernos y lugares emblemáticos es hermosa. El
perezoso río Cumberland serpenteando por la ciudad y los bolsillos de
bosques verdes que rompen la selva de concreto crean una obra de arte
viva. Podría mirar los autos arrastrándose abajo durante horas.
¿Y verlo todo desde este punto en el cielo, en una de las oficinas más
lujosas de la ciudad? Es más de lo que jamás imaginé para mí.
―Duplicaré tu sueldo ―dice con firmeza.
Mi mandíbula cae.
―¿Qué?
―Lo duplicaré, a menos que no sea suficiente. Dime tu precio.
―Para, para ―digo, riendo con incredulidad―. Estás empezando a
hablar locuras.
―Estoy desesperado.
―Evidentemente.
No puedo evitar que mi cabeza dé vueltas. ¿Duplicará mi sueldo?
Los Brewer me pagan muy bien, pero el costo de vida es casi
insoportable, y las tasas de interés apestan. Para cuando pago lo básico -
vivienda, comida, gasolina-, y mis préstamos estudiantiles, facturas médicas
y toneladas de deudas de tarjetas de crédito, no queda mucho para ahorrar.
Nada, en realidad. Me he metido en un hoyo hasta el cuello, y mi pala está
rota.
Sin embargo, si duplicaran mi sueldo, dependiendo de cuánto tiempo
dure, podría destinar eso a mi deuda. Sería increíble. También me evitaría
tener que buscar frenéticamente otro trabajo secundario. Tendría opciones.
Sería un regalo del cielo.
Me recompongo y me aclaro la garganta.
―Empieza de nuevo. ¿Quién es este tipo y qué implicaría esto?
El alivio se extiende por el rostro de Renn.
―No he dicho que sí ―le advierto―. Solo estoy recopilando
información.
―Claro que sí. ―Sonríe con suficiencia, acomodándose de nuevo en su
asiento―. Se llama Gray Adler. Tiene veintinueve años, y lo traemos de
Denver. No está casado, no tiene hijos. Es originario de Sugar Creek, a una
hora de aquí. Lo he visto un par de veces a lo largo de los años, y es un gran
tipo.
―Genial. ¿Entonces por qué no lo cuidas tú?
―Tengo una franquicia que dirigir, por si no lo sabías.
A pesar de la abrumadora sensación de inquietud que se arremolina en mi
estómago, cedo. Todo es una oportunidad si decides verlo así, y esto no es
diferente. Después de la pelea de esta mañana en la gasolinera, tal vez esto
sea mi recompensa por no estrangular a ese tipo.
―Dame un bolígrafo ―digo, poniendo los ojos en blanco.
Renn sonríe con cautela, dejando caer un bolígrafo negro de punta fina en
mi palma.
―¿El dietista del equipo tiene listo su plan de comidas personalizado?
―pregunto, cayendo de nuevo en el ritmo que alguna vez manejé como la
palma de mi mano. Saco una libreta nueva de mi bolso y la coloco en mi
portapapeles.
―Debería estar listo hoy.
―¿Tenemos un informe de fuerza y acondicionamiento?
―Se reportará con los entrenadores de fuerza y acondicionamiento el
lunes.
Garabateo algunas notas, intentando recordar lo que sé del mundo del
rugby gracias al tiempo de Renn en la cancha. Muchos de los chicos
trabajan en empleos a medio tiempo en la temporada baja o desarrollan
alguna habilidad. Así, tienen algo a lo que recurrir cuando se retiren o dejen
el juego.
―¿Es jugador de rugby a tiempo completo, o tiene un trabajo
secundario? ¿Clases universitarias? ¿Algo por el estilo? ―pregunto.
―No estoy seguro. Tiene varios patrocinios, así que dudo que tenga algo
más, pero nunca se sabe.
―¿Ya tiene alojamiento preparado?
Renn se inclina hacia adelante, asintiendo.
―Sí. Estamos pagando un apartamento a unas cuadras de las
instalaciones. Fue parte de su contrato. También fue parte del acuerdo que
le proporcionaríamos una asistente.
Levanto la mirada hacia Renn, sosteniendo la suya.
―Gray está obligado contractualmente a trabajar contigo ―dice―. Seré
honesto. Yo insistí en eso, no él. Terminé añadiendo un poco de dinero a su
contrato para que aceptara esto.
―Oh, entonces no me va a querer cerca. Genial. Eso hace que esto sea
aún mejor.
Sacude la cabeza.
―No, no es así. Solo digo que fue mi idea. Gray es un buen tipo. Estoy
seguro de que no tendrás problemas con él.
Eso es pura mierda.
―Llegó a la ciudad anoche ―dice Renn―. Fue una transferencia a
mitad de temporada, así que no puede practicar ni jugar oficialmente hasta
el fin de semana. Reglas de la liga. Eso les dará a ustedes dos tiempo
suficiente para instalarlo y aclimatarlo a las cosas aquí antes de que
empiece a correr.
―Yei.
Renn me da una sonrisa suave que desinfla un poco mi sarcasmo.
―¿Entonces lo harás?
Me hundo en mi silla y desearía poder rechazarlo.
Renn no ama nada más que a su familia y a los Tennessee Royals. Este es
su bebé no humano, el amor de su vida deportiva. Trae a los mejores de los
mejores. Jugadores y entrenadores, departamentos médicos, legales y de
medios, todos son los más brillantes en su campo. Si Renn confía en mí lo
suficiente como para traerme a bordo en esta capacidad, para ser agrupada
con el resto de su personal seleccionado a mano, eso es un honor y un gran
alarde.
Y está duplicando mi sueldo.
―Está bien. ―Me encojo de hombros―. Acepto. Quiero que quede
registrado que no quiero hacerlo, pero lo haré por ti.
―Gracias, Astrid. Esto es realmente importante para mí, y no hay nadie
en quien confíe más para esto.
―Tal vez debería ser menos confiable ―digo mientras Renn toma su
teléfono―. Realmente soy víctima de mi propio éxito.
Renn dice algo a su asistente ejecutiva y luego coloca el auricular de
nuevo en su base.
―¿Cuándo empiezo con Gray? ―pregunto.
Un golpe suena dos veces contra la puerta detrás de mí. El sonido no es
un golpeteo suave. Es fuerte. Agresivo. Presagioso.
―Es él ―dice Renn, mirándome antes de mirar por encima de mi
hombro―. Pasa.
Me giro, mi estómago se tensa por la anticipación de conocer a Gray.
Hubiera sido bueno tener unos minutos para armar un plan, para pensar
cómo encantarlo para que coopere conmigo. Porque algo me dice que esto
no va a ser tan sencillo como Renn espera, sin importar si Gray firmó un
contrato con esa cláusula o no.
Pego una sonrisa en mi rostro y me preparo para decir hola, pero ese
gesto de buena voluntad se derrite cuando mi mirada cae en un par de ojos
marrones profundos y familiares.
―¿Qué haces aquí? ―pregunto, aferrándome a los reposabrazos como si
intentara estrangularlos.
―Astrid, este es Gray Adler. Es el nuevo miembro de los Tennessee
Royals ―dice Renn―. Gray, qué bueno verte. Esta es Astrid Lawsen. Será
tu asistente personal por el resto de la temporada.
Una sonrisa lenta se asienta en sus labios.
Oh, diablos, no.
3
Gray
De ninguna jodida manera.
Mi mirada recorre a la Señorita Modales, la cabeza caliente de la
gasolinera, sentada frente a mi nuevo jefe.
―Gray, pasa y toma asiento ―dice el señor Brewer mientras cierro la
puerta detrás de mí.
El shock de Astrid se oscurece rápidamente, lanzándome dagas con la
mirada mientras me siento en la silla junto a ella. El señor Brewer nos
observa, captando que algo está mal… y es potencialmente volátil. Estoy
seguro de que se pregunta cómo es posible, ya que apenas llegué a
Nashville. Normalmente me toma al menos una semana hacer enemigos.
Su mirada se fija en mí. Me encojo de hombros en respuesta.
El mundo es un espectáculo de mierda, señor. Bienvenido al mío.
Me siento con calma, pasando las manos por mis muslos, y no miro a
Astrid. Eso es en parte porque este no es el lugar adecuado para pelear con
ella, y tengo la sensación de que eso es lo que será. Ella no es de las que se
rinden, y francamente, yo tampoco.
Mi mente intenta procesar este giro extraño de los eventos, pero no hay
tiempo. Nuestro jefe se lanza al meollo del asunto antes de que pueda
ordenar mis pensamientos.
―Supongo que ustedes dos ya se conocieron ―dice.
―Podrías decirlo. ―Astrid se mueve en su silla, poniendo tanta distancia
entre nosotros como puede. Encuentro eso extrañamente divertido.
―¿Siempre es así? ―pregunto, señalándola con el pulgar.
Astrid se tensa, girando su rostro pecoso hacia mí. Su desprecio por mí es
evidente, y está lista para atacarme de nuevo, pero antes de que pueda ir por
la yugular, el señor Brewer interviene.
―Déjame adivinar ―dice―. ¿La gasolinera?
―¿Cómo lo supiste? ―En cuanto las palabras salen de mi boca, la
respuesta me golpea. No es de tu maldita incumbencia, pero estaba
hablando con mi jefe. Suelto un suspiro―. ¿Sabes qué? No importa.
No sé por qué estoy sorprendido de que esto esté pasando. Es típico.
Cuando las cosas empiezan a ir bien para mí, rápidamente se desmoronan.
Esta se desintegró más rápido de lo usual, pero, oye, al menos mi vida es
consistente.
El señor Brewer se recuesta en su silla y muerde la punta de un bolígrafo.
No puedo decir si esto lo divierte o lo desconcierta. Ya somos dos.
La habitación se queda en silencio mientras los tres evaluamos la
situación. Su rostro permanece inexpresivo mientras observa a Astrid y a mí
como si intentara leer una jugada en la cancha. Astrid cruza los brazos sobre
el pecho, dejando claro su desagrado con mi presencia. Yo cruzo las manos
en mi regazo y miro al frente.
Cada músculo de mi cuerpo duele después de conducir toda la noche, y
mi cabeza ha estado palpitando como un tambor desde el berrinche de
Astrid esta mañana. ¿Quién demonios actúa así con un completo
desconocido? Tuvo suerte de que fui yo y no un imbécil con el fusible
corto. Es aún más afortunada de que la anciana apareció. De lo contrario,
uno de nosotros probablemente estaría en naranja en este momento.
―No puedo creer que esté diciendo esto ―dice Astrid, haciendo una
mueca―, pero ¿hay alguna forma de que pueda trabajar para Tate en vez de
eso?
Comparten una sonrisa, y no tengo idea de qué se trata. Todo lo que sé es
que Tate, quien quiera que sea, está jodido. Mejor él que yo.
―No, no puedes trabajar para mi hermano ―dice el señor Brewer―.
Buen intento, sin embargo.
Astrid frunce el ceño y, por primera vez desde que la conocí, estamos en
la misma página.
―¿Estás listo para ponerte a trabajar, Gray? ―me pregunta.
Me aclaro la garganta, moviéndome en mi asiento.
―Absolutamente. Es un honor tener la oportunidad de jugar para usted y
los Royals, señor.
―Genial escuchar eso, y puedes llamarme Renn.
Asiento, inseguro de si puedo llamarlo por su nombre. Se siente mal. Él
es el dueño de este club. Una leyenda.
―¿Tienes alguna pregunta o preocupación? ―me pregunta Renn.
―No, en realidad no. Aparte de esta… situación ―digo, señalando entre
Astrid y yo. Seguramente puede ver que no es una buena combinación―.
Esto no es lo que esperaba, si sabes a lo que me refiero.
Astrid levanta un dedo índice.
―Sé a qué se refiere. Yo tampoco esperaba esto cuando acepté
tentativamente tu propuesta.
―Sé que comenzaron con el pie izquierdo ―dice Renn―, pero estoy
seguro de que pueden resolverlo. Tenemos mucho trabajo que hacer.
¿Entendido?
Claro, entiendo que necesitamos ponernos a trabajar. Para eso estoy aquí,
pero no sé cómo piensa que Astrid y yo podemos resolver esto. No hay
forma de ser lógico con esta mujer. Lo intenté. Me ha llevado al límite con
su mierda que no quiero intentar llevarme bien con ella. Es una pérdida de
energía.
¿No puedes darme un universitario con camisa de botones que solo haga
lo mínimo y se mantenga fuera de mi camino?
―Firmaste un contrato que dice que recibirás una asistente personal
durante tu tiempo en Nashville ―dice, levantando una ceja.
Astrid se queda inmóvil, conteniendo el aliento.
―Sé lo que firmé. ―Miro a mi asistente por encima del hombro y me
pregunto por un segundo si va a gritarle a Renn y a mí, o si se levantará y
saldrá de la habitación. Para mi sorpresa, permanece callada y sentada―,
pero en ningún lugar de ese contrato decía que tenía que trabajar con
alguien que encontrara… combativa.
―Aunque me ofende el adjetivo, estoy de acuerdo ―dice Astrid,
rompiendo su bendito silencio―. En mi contrato de empleo no dice nada
sobre trabajar con imbéciles. ―Me mira por encima del hombro―. Lo dije
ofensivamente.
Sonrío solo para enojarla.
―Vas a tener que esforzarte más si quieres ofenderme.
―Desafío aceptado.
Sus ojos verdes brillan, y las motas doradas en sus iris captan la luz. Con
ojos bonitos, pechos grandes y un trasero jugoso, Astrid podría ser una
bomba si no fuera tan arpía.
―Astrid, tú no tienes un contrato de empleo ―dice Renn, sonriéndole.
Está claro que le agrada y tiene cierto nivel de respeto por la pelirroja. Es
mejor hombre que yo―, pero ahora estoy pensando en hacerte firmar uno.
―Oye, eso es una moneda de cambio ―dice ella―. Negociemos.
―Y tu contrato, Gray, especifica que yo elijo a tu asistente. ―Renn me
mira con mucha menos amabilidad e ignora la sugerencia de Astrid―.
Llama a tu agente si quieres discutir al respecto.
Estiro mi cuello, moviéndolo de lado a lado en un intento inútil de aliviar
el estrés en mis hombros.
Toda esta situación es innecesaria, no quería una asistente para empezar,
y el hecho de que estemos perdiendo el tiempo con esto me molesta. Estoy
cansado. Tengo hambre. Quiero un poco de paz y tranquilidad después de
conducir casi veinte horas desde Denver con mi vida en cajas. ¿Es mucho
pedir?
―Ambos son profesionales. ―Renn se aparta de su escritorio y se pone
de pie―. Voy a tomar algo en la cafetería de abajo. ―Mira fijamente a
Astrid―. Resuelvan esto para cuando vuelva.
Mierda. Nos sentamos como niños regañados mientras pasa junto a
nosotros y sale de la habitación.
―Salió bien ―murmuro, pasándome una mano por la cara.
―Eres como una moneda maldita ―gruñe ella―. Sigues apareciendo.
―Algunos dicen que es parte de mi encanto.
Ella resopla.
―Encanto no está entre las primeras mil palabras que se me ocurren
cuando pienso en ti.
―Probablemente no estás acostumbrada. Imagino que no mucha gente
encantadora elige pasar tiempo contigo.
Astrid se pone de pie abruptamente, tirando el portapapeles en su regazo
al suelo. En lugar de recogerlo, camina hacia las ventanas y se queda de
espaldas a mí. No estoy seguro si darme una vista magnífica de su trasero es
un vete a la mierda o no, pero es uno con el que puedo trabajar.
Diablos, tal vez sea una oferta de paz. Dios sabe que he aceptado menos.
―¿Entonces cómo sugieres que salgamos de esto? ―pregunta―. Porque
no voy a soportar tu mierda durante los próximos meses.
―¿Mi mierda? Porque si recuerdo bien, y lo hago, fuiste tú la que caminó
hacia mi camioneta como una princesa de la gasolinera para gritarme.
Me lanza una mirada fulminante por encima del hombro.
―¿Gritarte? No hice tal cosa.
―¿Qué palabra te hace sentir mejor entonces? ¿Regañarme? ¿Chillar?
¿Reprenderme?
―Oh, mírate ―se burla de mí―. Qué vocabulario tan extenso. Déjame
traerte una galleta.
―Oh, mírate ―la imito de vuelta. Dios, odio a esta mujer―.
Desviándote del punto que acabo de hacer.
Gira sobre sus talones para enfrentarme, con los labios apretados en una
línea fina y tensa.
Nunca he conocido a alguien así de peleonera, y he conocido a
verdaderos idiotas en mi vida, pero nunca alguien me ha señalado entre la
multitud y ha irrumpido en mi espacio con tanta determinación para pelear.
Por todo.
¿Cuál demonios es su problema?
Apoyo los codos en las rodillas y junto las manos.
―Estoy obligado contractualmente a trabajar contigo. Así que tú puedes
ser la heroína, que estoy seguro te encanta ser, y salirte de esto. Problema
resuelto.
Astrid se eriza, poniéndose más recta. He tocado un nervio. Lo veo en sus
ojos.
―Contrato o no, me asignaron la tarea de mantenerte en línea ―dice―.
Renn me eligió personalmente para este desafío. No es más fácil para mí
salir de esto que para ti.
Me recuesto, absorbiendo sus palabras. ¿Asignada para mantenerme en
línea?
La frase me corta de lado a lado. De repente, muchas cosas tienen
sentido.
Mi corazón late más fuerte mientras desentraño esta situación. Se sentía
un poco extraño desde que Renn ofreció darme un bono gigante a cambio
de aceptar una asistente, pero lo descarté como una rareza de un dueño. Han
pasado cosas más extrañas.
Pero no es una rareza.
Renn Brewer no cree que necesite una asistente. Cree que necesito una
maldita niñera.
Maldito infierno.
Paso una mano por mi cabeza y aprieto los dientes, intentando reprimir
los sentimientos que suben a la superficie. Esta transferencia se suponía que
era un nuevo comienzo. Renn lo vendió como una forma de integrarme a un
programa con un gran grupo de chicos y construir sobre una base sólida. Lo
tomé como una solución a un problema y una forma de acercarme a mis
raíces, pero, en realidad, me estaba complaciendo. Había escuchado las
historias y comprado los estúpidos rumores como todos los demás.
Wow.
Astrid coloca una mano en la curva de su cadera.
―Estoy establecida aquí. La gente tiene expectativas de mí. Renn tiene
expectativas de mí. Para ser franca, no puedo permitir que mi éxito esté
ligado al tuyo, considerando tu reputación y todo.
Cualquier problema que tuviera conmigo antes de que llegara a la oficina
de Renn ahora se ve exacerbado por su comentario. No hay forma de
superar esto, no importa lo que haga. Ella ya decidió quién soy. Ellos ya
decidieron quién soy. Lo único que puedo controlar es obtener mi bono,
terminar este contrato y resolverlo desde ahí.
Si no necesitara el dinero, le diría a Renn y a su pequeña espía
desagradable que se vayan a la mierda.
―Odio darte la noticia ―digo, lamiendo mi labio inferior―, pero estoy
seguro de que no será la primera vez que decepciones.
Sus ojos verdes se oscurecen.
―Te odio.
―El sentimiento es completamente mutuo, cariño.
Gruñe en el aire, con sus puños apretándose a sus lados.
A pesar de mi deseo de salir de aquí, quemando todo a mi paso, no
puedo. La tinta está seca en mi contrato, y se han hecho promesas. Se ha
gastado dinero. Estoy atrapado. Atrapado aquí, y atrapado con ella.
Se da la vuelta de nuevo y enfrenta la ventana.
Estiro las piernas frente a mí, girando la cabeza alrededor de mi cuello.
Tiene que haber una solución para esto, una que me permita mantener mi
bono cerca y a la Señorita Modales lejos de mí, pero, ¿cuál es?
Piensa, Adler.
Ella dejó claro que no quiere nada conmigo, pero tampoco decepcionará
a Renn. No quiero absolutamente nada con ella, y si me resisto demasiado,
Renn no solo estará decepcionado de mí -lo cual no me importa-, sino que
me encontrará en incumplimiento de contrato. Pase lo que pase, eso no
puede ocurrir.
Lamo mis labios mientras un plan se forma en mi mente.
Si no puedo rechazar su ayuda y ella no renunciará, lo único que puedo
hacer es frustrarla tanto que me evite. Lo más probable es que lo haga de
todos modos. No puede arriesgarse a que su preciosa reputación se manche
con la mía. Podría tener que cubrirla si me preguntan y cantar sus alabanzas
para que Renn piense que ha sido una niñera de primera clase. Aunque eso
me dé ganas de vomitar, puedo hacerlo. He hecho cosas peores por mucho,
mucho menos.
Realmente no hay otra opción.
―Está bien ―digo, resignado a mi destino―. Haz lo que tengas que
hacer, pero le diré a Renn que estoy de acuerdo con esto.
Ella se tensa antes de enfrentarme con la mandíbula floja.
―¿Por qué harías eso?
―Porque tengo mucho dinero en juego, y no lo arriesgaré para
complacerte.
―¿Entonces esperas que le diga a Renn que no?
Sonrío.
―Solo camina hacia su escritorio y dale una lección sobre cómo sus
acciones te están incomodando. Llámalo acosador. Ayuda cuando señalas
con el dedo. ―Demuestro cómo me señaló antes―. Eso realmente refuerza
tu punto.
Sus labios se abren, la furia sin duda está en la punta de su lengua, pero
antes de que pueda soltar su veneno hacia mí, la puerta se abre. Renn entra
con un vaso en la mano. Nos mira a Astrid y a mí. La tensión es tan densa
que se podría cortar con un cuchillo caliente, pero si Renn la percibe, hace
un gran trabajo ocultándolo.
―¿Resolvieron las cosas? ―pregunta.
―Sí ―digo, encogiéndome de hombros con naturalidad―. Hablamos, y
estamos en la misma página. Vamos a ser un gran equipo.
―Me alegra escucharlo ―dice.
Se da la vuelta para cerrar la puerta, y creo que se ríe por lo bajo. Astrid
aprovecha la oportunidad para mirarme con tal fuerza que, si las miradas
mataran, ya estaría tres metros bajo tierra con margaritas creciendo encima.
Le guiño un ojo, solo para ver el vapor salir de su cabeza. Tal vez pierda
la calma y haga uno de sus berrinches. Eso podría hacer que esta mañana
valiera la pena.
Renn toma asiento. Astrid camina entre el escritorio de Renn y yo, de
espaldas a él, para llegar a su silla. Mientras pasa, sus ojos se estrechan en
rendijas.
―No es gracioso ―susurra con enojo.
―Siempre puedes decirle que te niegas ―susurro de vuelta, sonriendo―.
Sé la mala. Eres tan buena en eso.
Renn coloca su bebida y jala una computadora frente a él.
―Ahora que eso está resuelto, vamos al grano. Astrid, ¿tienes más
preguntas para mí o para Gray? ¿O estás lista para empezar?
Me giro hacia ella, esperando verla intentando no explotar, pero no es lo
que está pasando. Está… calmada. Demasiado calmada. Es la más calmada
que ha estado desde que la conocí.
La forma en que respira es inquietante. Me recuerda a un animal antes de
atacar. Su barbilla se eleva, y una sonrisa lenta y traviesa curva sus labios.
Mi corazón comienza a latir con fuerza. Un nudo se forma en mi
estómago, apretándose cada vez más. Me quedo callado, esperando a que
haga un movimiento. Es rápida con los pies, como aprendí esta mañana,
pero esa sonrisa… no confío en ella.
Astrid recoge el portapapeles que cayó antes.
―No, creo que tengo todo lo que necesito. ―Voltea una hoja con una
alegría que es francamente inquietante―. Le enviaré un correo al equipo de
rendimiento para obtener una copia del plan de comidas de Gray, y seguiré
con fuerza y acondicionamiento sobre su régimen de entrenamiento el
lunes. Dudo que el equipo de comunicaciones tenga algún medio preparado
para él, pero también les enviaré un correo para asegurarme.
¿Qué?
―Suena genial. ―Renn asiente con aprobación―. Esto es exactamente
lo que esperaba. Me alegra que hayamos tenido esta charla.
Astrid se gira hacia mí, sus ojos brillan con diversión. Cepilla un mechón
suelto de cabello rojo de su delicado hombro.
―Te encontraré abajo en el centro de rendimiento el lunes por la mañana.
Tengo un compromiso a primera hora, así que digamos a las diez. Todo el
personal debería estar ahí para entonces. Podemos hacer un recorrido, te
presentaré al equipo, y repasaremos cómo puedo hacer que tu transición a
los Royals sea un éxito.
¿Lo harás, eh?
Se sienta con un triunfo fuera de lugar, como si acabara de vencerme.
Como si ella fuera la que va a dar las órdenes entre nosotros. Su sonrisa
dice que espera que me desequilibre y ceda ante ella o, al menos, haga el
ridículo al resistirme. Lástima que yo puedo hacer esto mucho mejor que
ella.
Sonrío de vuelta.
―Suena perfecto. No puedo esperar.
―¿Necesitas algo de mí ahora, Gray? ―pregunta con dulzura goteando
de cada palabra.
―No que se me ocurra, Astrid ―digo, sosteniendo su mirada con
firmeza―. Realmente te has superado hoy.
Renn se pone de pie.
―Entonces creo que eso es todo por ahora. Gracias por venir, Gray.
Estamos emocionados de que seas un Royal. Espero grandes cosas de ti.
Aparto mi atención de Astrid. Dudo mucho que pienses eso ahora que sé
la verdad.
―No te decepcionaré, señor Brewer. Quiero decir, Renn. ―Me paro y le
doy la mano, luego me giro hacia mi asistente―. Te veré el lunes.
―Oh, estaré deseándolo.
Renn contesta una llamada en su celular mientras me doy la vuelta. Miro
por encima del hombro para asegurarme de que está ocupado y me inclino
hacia Astrid.
―Mantente fuera de mi camino, y todo estará bien ―digo lo
suficientemente bajo para que solo ella me escuche.
Ella se ríe mientras me alejo.
―¿Gray?
Me detengo con la mano en la perilla de la puerta.
―Asegúrate de consumir suficiente proteína y mantenerte hidratado
―dice, sonriendo con malicia―. Va a ser una semana intensa.
No tienes idea.
Le lanzo un guiño y salgo por la puerta.
Que comience el juego.
4
Astrid
Tarareo al ritmo de la radio mientras espero a que mi oponente haga su
jugada final. Jugar una partida rápida de ajedrez antes de salir del auto e ir a
mi casa es uno de mis pequeños placeres en la vida. Empecé a hacerlo hace
años, cuando estaba en mi última relación, principalmente porque no quería
entrar y lidiar con… eso, pero con el tiempo he llegado a disfrutar de la paz,
de la sensación de estar en una burbuja protegida, alejada del mundo. Es un
hábito que no tengo ninguna intención de abandonar.
―Solo hazlo ―digo, tarareando feliz y mirando la pantalla de mi
celular―. Termina con tu sufrimiento, tonto.
Mi oponente se toma demasiado tiempo para decidir su próximo
movimiento. Finalmente, cae directo en la trampa que le tendí hace seis
jugadas, y gano.
―Jaque… ―Hago mi movimiento final, espero a que acepte su derrota y
luego cierro la aplicación―. Mate.
Estiro la mano hacia la manija de la puerta para entrar a casa, pero mi
celular vibra con un mensaje entrante. El nombre de Audrey aparece en la
pantalla sobre su mensaje.

Audrey: Perdón por responder tan tarde. La señal en la playa estaba


pésima. Lo sé, lo sé, pobre de mí. La cena de mañana por la noche suena
perfecto. Llego mañana al mediodía.
Yo: En Stupey’s a las siete. ¿Les parece bien a todas?
Gianna: Ahí estaré.
Audrey: ¡Yo también! Las quiero, chicas.
Yo: xoxo
Gianna: ¡MUAH!
Cierro la aplicación, pero la vuelvo a abrir cuando vibra de nuevo,
pensando que Audrey olvidó decir algo. Me sorprende ver el nombre de
Renn en la pantalla.

Renn: Solo quería agradecerte por ser la persona madura hoy. Sé que no
conectaste con Gray, y aprecio que dejaras tu espada a un lado para hacer
el trabajo.

Una risa se me escapa al recordar la cara de Gray cuando cambié de


táctica. Pensó que me tenía. Quería hacerme quedar mal frente a Renn y
controlar la situación, pero, por su reacción, no esperaba que yo siguiera el
juego… o que lo jugara mejor que él. Si cree que podemos ser un “gran
equipo”, lo haré arrepentirse.
―Quédate fuera de mi camino y todo estará bien.
El recuerdo me hace reír. Voy a meterme tanto en sus asuntos que deseará
haber seguido mi consejo y haberse salido de esto mientras pudo.

Yo: Todavía tengo la espada, pero prometo hacerte sentir orgulloso.


Renn: Sabía que podía contar contigo.
Yo: Siempre. Que tengas buena noche.
Renn: Tú también.

Recojo mis cosas del asiento del copiloto, guardo el celular en mi bolso y
entro a casa. Necesito una copa de vino y un baño de burbujas. Es hora de
ponerme a trabajar para descubrir cómo adelantarme a Gray maldito Adler.
5
Astrid
―Te ves linda ―Audrey se inclina y me da un abrazo rápido. El aroma a
vainilla me envuelve junto con ella―. Esa blusa te queda genial. ¿Dónde la
compraste?
Dejo mi bolso junto al de Gianna en la silla vacía a mi derecha.
―Gianna. No la habría elegido por mi cuenta, pero me gusta. Está
haciendo maravillas con mi escote.
La blusa amarillo pálido tiene un corte más bajo de lo que suelo usar y es
un poco más ajustada de lo que escogería, pero aún no la había usado, y
Gianna presta atención a estas cosas. Lo último que querría es herir sus
sentimientos.
―La compré para mí, pero la tela me dio comezón ―dice Gianna―. Te
queda increíble, Astrid. Tus pechos se ven sexys.
―Gracias ―les sonrío a mis amigas―. ¿Llegaron temprano o qué? Yo
estoy doce minutos antes, y ustedes ya tienen bebidas.
―Sí, vinimos juntas y el tráfico estaba ligero ―Gianna señala un vaso
frente a mí―. Te pedimos una sangría.
Mis amigas me conocen tan bien.
―Gracias.
Stupey’s está concurrido, pero no abarrotado, especialmente para ser
sábado por la noche. El acogedor restaurante pasa de ser una tienda de
sándwiches sofisticada durante el día a ofrecer sándwiches y un menú
rotativo de cenas por la noche. Es uno de esos lugares donde te sientes
como en casa apenas cruzas la puerta.
Tomo un sorbo de mi bebida y veo a mis amigas mirando fotos en el
celular de Audrey. Las uñas azul marino de Gianna brillan bajo la luz que
cuelga sobre nuestra mesa, mientras una delicada cinta rosa cae por el largo
cabello rubio de Audrey. No pensarías que ellas dos, tan opuestas en
muchos sentidos, serían tan buenas amigas, y si me añades a mí y mi
portapapeles, nada de esto debería tener sentido, pero lo tiene.
Gianna le pone picante a las cosas. Audrey nos mantiene con los pies en
la tierra. Yo las equilibro, animando a Audrey a desplegar sus alas, pero
evitando que Gianna extienda las suyas demasiado. Al menos lo intento.
―¿Qué están mirando? ―pregunto, inclinándome para echar un vistazo.
Audrey gira su celular para mostrarme la pantalla. Sus mejillas están tan
rosas como la cinta en su cabello.
―Estamos mirando esto.
―Sé que estás sorprendida ―dice Gianna, ocultando una sonrisa.
En la pantalla está la kriptonita de Audrey: un experto en artes marciales
mixtas, rubio y de ojos azules. El mejor amigo de su hermano. Un pequeño
inconveniente es que él no sabe que ella existe. Esto no la detiene de
intentarlo, y respeto su estrategia. Asiste a tantas peleas de su hermano
como puede, posicionándose en todos los lugares donde probablemente
estará su crush. Hasta ahora, sin suerte.
―Lo vi hace un par de noches ―dice, echándose el cabello sobre el
hombro. Amenaza con cortárselo al menos una vez al mes, pero siempre se
acobarda a última hora―. Un grupo de chicos fue a un bar de mala muerte
después de las peleas, y Andrew fue lo suficientemente amable como para
dejar que su hermanita los acompañara.
Gianna se ríe.
―Lo siento. La idea de nuestra dulce Audrey en una pelea de MMA
todavía me hace gracia.
Audrey le lanza la mirada más dura que puede, que no es más que una
arruga en la nariz.
―¿Hablaste con él? ―pregunto.
Ella sonríe de oreja a oreja.
―Lo hice. Bueno, solo nos saludamos, pero es un comienzo, ¿no?
―Absolutamente ―respondo, sonriéndole.
Kim, nuestra mesera favorita, pasa por la mesa y deja el menú de cenas
de este fin de semana.
―¡Oh! ―Audrey busca en su bolso―. Les traje algo de Boston ―saca
dos cuadrados pequeños y le da uno a Gianna y otro a mí―. Vi estos aretes
de estrella en una tiendita turística cerca de la playa y supe que tenías que
tenerlos, Astrid.
―Los amo ―digo, conmovida por su gesto―. Gracias, Aud.
Paso el pulgar por las pequeñas estrellas rosas con un leve brillo que
quedarán geniales en mi colección. Mi abuela la empezó para mí cuando era
bebé. Aunque mi nombre no tiene relación con las estrellas, ella creía que sí
y decía que le recordaban a mí. Uso aretes de estrella casi todos los días.
Me hacen sentir más cerca de ella.
A menudo me pregunto qué pensaría de la vida que estoy construyendo.
¿Estaría orgullosa de mí? ¿Decepcionada? ¿Cuáles eran sus esperanzas y
sueños para su única nieta? Nunca lo sabré, y por eso mismo no tener esas
respuestas no debería molestarme.
Pero lo hace.
―No son aretes, Gianna ―dice Audrey―, pero me encantó este pequeño
broche. El lápiz me recordó tus diarios y todo lo que escribes para la
columna ―sonríe―. Espero que te guste y no pienses que es una tontería.
―¿Bromeas? ―Gianna inspecciona su regalo―. Lo amo. Es perfecto
―levanta la mirada y hace una mueca―, pero ahora me siento grosera.
―¿Por qué? ―pregunto.
―Porque Aud me trajo un regalo, y yo solo traje una blusa en mi bolso
para que ella la arregle.
Me río, tomando otro sorbo de mi sangría mientras Audrey convence a
Gianna de que no es grosera. Aunque lo fuera, Audrey nunca se lo diría. Es
demasiado dulce.
La música suave que flota en el comedor pasa de un interludio de piano a
una ópera suave. No sé nada de óperas ni de música en general, pero cada
vez que escucho este género, no puedo evitar preguntarme de qué están
cantando. ¿Están enamorados? ¿Con el corazón roto? ¿Listos para
cometer un asesinato? Podrían estar cantando sobre orgías y cocaína, por lo
que sé. Suena encantador y romántico de todos modos.
―¿Están listas para ordenar? ―pregunta Kim, deteniéndose en nuestra
mesa.
―Podemos estarlo ―digo, pasándoles los menús del montón al final de
la mesa―. No es como si no hubiéramos probado todo en algún momento.
―No hay prisa ―dice Kim.
―Probablemente pediré el salmón ―Audrey cierra su menú segundos
después de abrirlo―. Sí, soy aburrida. Quiero el salmón por cuarta vez
seguida.
Kim se ríe.
―Tienes suerte de que sea un plato fijo en el menú.
Reviso las opciones, descartando todo lo que tenga cacahuates.
―Amo el pad thai, pero no una posible visita a urgencias después.
La única opción esta semana que parece totalmente segura es el pollo al
limón con arroz. Aunque mis reacciones son, afortunadamente, leves ante la
mayoría de los alérgenos, no tengo ganas de arriesgarme esta noche. Quiero
empezar la semana sin urticaria ni labios hinchados.
Especialmente considerando lo que traerá la próxima semana.
Mi estómago se retuerce al pensar en Gray Adler. Ha ocupado más
espacio mental del que me gusta admitir desde que salió de la oficina de
Renn ayer. Pensar en él me pone de mal humor al instante, y me prometí no
pensar en él esta noche. Así que lo empujo fuera de mi cabeza y me
concentro en ordenar.
―Pollo al limón con arroz, por favor ―digo.
―Ooh, yo también quiero eso. Me encantó la última vez que lo pediste
―Gianna recoge nuestros menús y se los da a Kim―. Gracias.
―Gracias. Pondré la orden. Avísenme si necesitan algo más ―dice Kim
antes de irse.
―¿Cómo está el orinal? ―le pregunto a Gianna cuando Kim está fuera
de nuestro alcance.
―¿Orinal? ―pregunta Audrey―. ¿Quiero saber?
Gianna pone los ojos en blanco.
―Compré un…
―Usado ―interrumpo.
―Orinal…
―De un tipo en redes sociales ―añado.
Gianna me lanza una mirada.
―Para un proyecto de arte, y está genial, gracias por preguntar.
Audrey y yo intercambiamos una sonrisa. Aunque esto podría ser lo más
asqueroso que ha comprado nuestra amiga, no es lo más raro. Gianna una
vez compró una caja de boletos de lotería usados para usarlos como papel
tapiz en casitas para pájaros. Ella siempre hace las cosas interesantes.
―Nunca adivinarán la pregunta que recibimos para mi segmento Just
Between Friends ―dice Gianna, juntando las manos como villana―. Las
cosas que nos llegan cada semana para esta columna son una mierda loca,
chicas. No sé por qué atrae ese tipo de preguntas, pero nunca deja de
entretener. A veces, sin embargo, llega una que es simplemente… ―sus
ojos se abren de par en par y hace una mueca―. Es un mundo salvaje ahí
fuera.
―¿Cuál fue la pregunta? ―pregunto.
Se inclina hacia adelante.
―Un tipo escribió diciendo que quiere untarse la polla con aguacate y
acostarse con su novia, pero le preocupa que ella piense que es raro y que
pueda contraer una infección.
―¡Oh, Dios! ―digo, cubriéndome la boca con la mano.
―Es súper asqueroso ―Audrey parece ligeramente horrorizada.
―Jugar con comida es algo real ―Gianna se ríe de la reacción de
Audrey―. Tienes tanto que aprender, Auddie.
Audrey alcanza su bebida, un Arnold Palmer, y toma un sorbo largo.
Estas discusiones siempre la asustan un poco. Audrey solo ha tenido dos
novios y ningún encuentro casual en sus veintisiete años. Es una buena
chica, sigue las reglas, tiene un doctorado en filosofía. No estoy segura de si
alguna vez ha dicho una grosería en su vida. Ha tenido sexo, pero estoy
segura de que nunca ha tenido buen sexo. Por lo que sé, la posición del
misionero es el límite de su experiencia, y aunque no hay nada de qué
avergonzarse en cuanto a la experiencia sexual, ella es consciente de eso.
―¿Vas a responderle al señor Aguacate? ―pregunto.
―Diablos, no ―Gianna se ríe―. Sentiría que necesito consultar a un
terapeuta y a un ginecólogo, y no quiero tener esas conversaciones.
―Entiendo, pero ahora tengo curiosidad ―digo, sonriendo―. Creo que
los aguacates tienen propiedades antibacterianas y antiinflamatorias.
Aunque no digo que dejaría que un tipo haga guacamole en la cama…
―Para ―dice Audrey.
―…me pregunto si, en teoría, podría ser un tratamiento holístico
―continúo.
La risa de Gianna se convierte en una risita traviesa.
―Tengo que admitir que ahora también estoy algo curiosa. Oye, tal vez
tú deberías escribir esta columna, Astrid. Danos un vistazo a tu mente
oscura y retorcida.
―Eh, no, gracias. Mi mente las aburriría muchísimo.
―Tengo la sensación de que no es cierto ―dice Gianna, mordiéndose el
labio para no sonreír demasiado.
Ignorándola, alcanzo mi sangría.
―A veces me preocupan ustedes dos ―Audrey suspira.
―La información es buena ―le digo―, y cuando has estado en una
sequía tan larga como yo, tienes una curiosidad más aguda.
Audrey gruñe.
―¿Quieres hablar de sequías? Hablemos de sequías.
―Les sigo diciendo que puedo llevarlas al oasis ―Gianna guiña un ojo,
demasiado entretenida para el bien de cualquiera―. Hay una fiesta en un
barco la próxima semana. Te dan una pulsera de color al subir, que
representa tus intereses ―mira a Audrey―. Fetiches, cosas raras, ese tipo
de cosas. No coser o hacer cupcakes. Aunque hacer guacamole podría
contar…
Me río por la nariz.
Audrey pone los ojos en blanco.
―Ya entendí. Soy inexperta, no incapaz de entender pistas.
―Solo por si acaso ―dice Gianna, dándole un empujoncito juguetón en
el hombro.
―¿Vas a ir? ―le pregunta Audrey.
Gianna se encoge de hombros.
―Veremos. Si quieren ir, con gusto seré su guía turística.
―No creo que compre un boleto para ese tour, pero gracias por la
invitación ―digo.
―Creo que te encantaría, Astrid ―dice Gianna.
Audrey me hace una mueca, mostrando su desacuerdo.
―No me malinterpreten ―digo―. Estoy totalmente a favor de conocer a
un hombre y tener un encuentro, pero necesito que haya algo más que una
pulsera de color involucrada.
―Sí, lo sabemos ―Gianna gruñe―. Te divertirías tanto si tan solo te
relajaras y confiaras en mí.
―Confiar en ti no es el problema ―Ustedes dos son realmente las únicas
personas en las que confío―. Viviré a través de tus historias salvajes. Eso
es suficiente para mí.
Eso espero.
Audrey se mueve en su asiento.
―¿Cómo estuvo tu semana, Astrid? ¿Pasó algo emocionante mientras no
estuve?
Tomo mi vaso y doy un largo trago de sangría. El alcohol calienta mis
mejillas, enviando una bienvenida calidez por mis venas. Espero a que
llegue a los nudos de estrés en mi cuerpo antes de siquiera considerar hablar
de ayer. Tendré que manejarlo con cuidado, o las cosas se saldrán de control
antes de que me dé cuenta. Audrey convertirá esta situación con Gray en
una historia de amor épica digna de la pantalla grande. Gianna inventará
todas las formas en que Gray y yo podríamos disipar nuestro creciente odio
mutuo, y me recordará que, en su opinión, el sexo con odio es el mejor
sexo.
Esto con Gray está lo más lejos posible de cualquiera de esas cosas.
―Mi semana estuvo bien hasta ayer ―digo, sintiendo la tensión en mi
mandíbula otra vez.
―¿Qué pasó ayer? ―pregunta Audrey.
―Renn me llamó a su oficina y me pidió que tomara otro proyecto.
Las cejas oscuras de Gianna se fruncen.
―¿En serio? No me mencionaste eso.
―Pasó después de que hablamos ―suspiro profundamente, empujando
el aire más allá de la opresión en mis pulmones―. No estoy feliz, por
decirlo suavemente.
―¿Qué está pasando? ―pregunta Gianna―. Es raro que te moleste algo
de Renn. ¿O finalmente te asignó a Tate?
Suelto una risita.
―Supliqué trabajar con Tate. Deja que eso te diga algo.
Los ojos de Audrey se abren de par en par, y Gianna hace una mueca de
sorpresa. Sí. Es así de malo. Saben lo opuesta que he estado en el pasado a
trabajar con el hermano menor de Renn. Mi confesión no pasa
desapercibida.
Me encojo de hombros, sintiendo el peso del mundo en mis hombros.
―Acaban de asignarme a un gigante inmaduro con una personalidad
horrible para “asistir” ―hago comillas con los dedos―, durante el resto de
la temporada de rugby.
Gianna reprime una sonrisa.
―¿Estás asistiendo a un jugador de rugby?
Le lanzo una mirada, sabiendo perfectamente a dónde va con esto:
directo al caño.
―¿Cómo se llama? ―pregunta con tono coqueto.
―Gray Adler ―suspiro dramáticamente, cruzando los brazos sobre el
pecho mientras Gianna se inclina sobre el hombro de Audrey para ver su
celular otra vez―. Vas a ver todo tipo de titulares que dicen que es un idiota
y…
―¡Oh, Dios! ―La mandíbula de Gianna cae hasta la mesa mientras me
mira―. Es súper sexy, Astrid.
Gruño, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie la escuche.
―Baja la voz. Estamos en un lugar público.
―Acabamos de hablar de pollas con aguacate ―Gianna responde con
sarcasmo―. Creo que cruzamos la línea hace rato, no aquí.
―Hasta su nombre es sexy ―Audrey sigue deslizando el dedo por su
pantalla―. ¿Lo has visto sin camisa?
Gianna gime.
―Puedo pensar en muchas, muchas formas en las que podría asistir a ese
hombre. ¡Demonios!
A pesar de saber que esto iba a pasar, me irrita. No quiero que se
enfoquen en su apariencia. Estoy segura de que las mujeres lo hacen todos
los días y le dan un pase porque tiene una sonrisa sexy y un cuerpo
esculpido en mármol. Quiero que mis amigas estén de mi lado, que lo odien
porque yo lo hago.
―Es un imbécil de primera ―digo.
―Claro que es un idiota ―Gianna agita una mano en el aire―. Es un
atleta profesional. Se supone que están llenos de testosterona, sudorosos y
machos alfa ―mira el celular de Audrey otra vez y jadea―. Mira sus
piernas, y tiene un tatuaje en el muslo ―hace una pausa para gemir―.
Nunca más quiero escuchar que te quejes del trabajo. Nunca.
―Pero tú…
―Nunca ―Gianna levanta un dedo―. No sé por qué Dios te quiere más
que a mí, pero pon una buena palabra por mí, ¿sí?
―Queremos resúmenes semanales de todo lo que pase mientras trabajas
con él ―Audrey levanta la vista por primera vez. Cuando sus ojos se
encuentran con los míos, apaga su celular y su mirada se suaviza―. Porque
quiero saber cada cosa mala que te haga para poder estar enojada también.
Gracias, Audrey.
Le sonrío mientras Kim coloca nuestros platos frente a nosotras. Revisa
nuestras bebidas, le agradecemos y desaparece otra vez.
―Para que conste ―dice Gianna, tomando su tenedor―. Si él
coqueteara conmigo, lo rechazaría y heriría sus sentimientos con un toque
dramático solo por ti ―me mira y guiña un ojo―, pero es sexy. Si hay un
día de “Lleva a tu amiga al trabajo”, yo me apunto.
―¿Podemos hablar de otra cosa? ―gruño, poniendo los ojos en
blanco―. Por favor.
―Déjame usar esto para pasar del trasero de rugby al botín de piratas
―Gianna se ríe―. Vi algo en línea sobre una isla donde los hombres se
disfrazan de piratas y… Espera. Déjame buscar el artículo. Tienen que verlo
por ustedes mismas.
Me recuesto, mis hombros se relajan y suspiro aliviada. Audrey capta mi
mirada y me ofrece una dulce sonrisa.
Aunque no quería hablar de él en absoluto, sabía que tendría que hacerlo,
y estoy contenta de que haya terminado sin tener que profundizar
demasiado. Estoy cansada de repetir mis interacciones con Gray y analizar
cada palabra, gesto y mirada que intercambiamos, y Dios sabe que estoy
cansada de preocuparme por lo que traerán los próximos meses.
Esto es nuevo para mí porque generalmente evito a hombres como él.
Hombres temperamentales, rencorosos, arrogantes. Por eso, estar obligada
a trabajar con él es muy desconcertante. No entiendo cómo llegué aquí ni
por qué me está pasando esto. ¿A quién hice enojar en mi vida pasada?
Solo puedo hacer mi trabajo lo mejor que pueda, disfrutar del aumento de
sueldo y dejar que las cosas caigan donde tengan que caer.
Solo espero que no sea a mis pies en un millón de pedazos.
―¿Entonces fingían ser piratas? ―pregunta Audrey.
―Hacían juegos de rol de piratas ―Gianna se encoge de hombros,
mirándome en busca de ayuda―. ¿Quieres tomar este tema, o lo hago yo?
Me río, agradecida por la ingenuidad de Audrey.
―Déjame a mí.
Es la cosa tonta perfecta para sacarme de la mente al pirata de la vida real
que intenta saquear mi felicidad.
6
Gray
―Tengo que comprar unas persianas ―murmuro, protegiéndome los
ojos del sol que atraviesa las finas cortinas del dormitorio.
Mi cuerpo protesta por el movimiento, gritando y doliendo en lugares que
no deberían doler solo por conducir y dormir. Una niebla nubla mi cabeza.
Un sonido sale de mi estómago, recordándome que no he comido mucho
desde que salí de Denver el jueves, y ahora es… ¿domingo?
Tomo mi celular del buró. Domingo al mediodía. Mierda.
―¿Cómo demonios ya es mediodía? ―Tiro de la única sábana que
encontré sin buscar mucho y la quito de la pierna que cubre―. Tengo que
levantarme de una vez.
Gimiendo, me deslizo de la cama y me pongo unos shorts.
El departamento está cálido y sofocante mientras camino tambaleándome
hacia la sala, aún en una bruma. Todo lo que poseo está metido en cajas
apiladas como un juego de Jenga mal jugado en una esquina. He evadido
lidiar con eso. Desempacar y guardar todo se siente como un mal augurio.
Si mi contrato no se extiende más allá de este año, solo tendré que volver a
empacar en un par de meses.
No quiero tentar a la suerte. Porque aunque Renn piense que soy un
desastre, hay demasiadas ventajas en jugar para los Royals. No puedo
arruinar esto.
―Tengo que conseguir comida ―digo, bostezando, pero antes de llegar a
la cocina, mi celular vibra en mi mano.

Hartley: ¿Estás vivo?

Las comisuras de mis labios se curvan hacia arriba al ver el nombre de mi


hermano menor en la pantalla.
Yo: Creo que sí.
Hartley: Entonces llámame.

No espera a que lo haga, probablemente porque no confía en que lo haré.


En vez de eso, mi celular se ilumina con una llamada entrante.
―No me diste tiempo ―bromeo, entrando a la cocina. Toco el botón de
altavoz y sostengo el celular frente a mí.
―Podría haberte dado un año y aún estaría esperando a que sonara el
teléfono.
―Sí, probablemente tienes razón.
Él resopla.
―Entonces, ¿cómo estuvo el viaje?
―Largo ―abro el refrigerador. Los estantes vacíos me miran, así que lo
cierro―. Llovió tanto en Kansas City que me detuve una hora. Luego
estuve detrás de un camión volcado por demasiado tiempo. Por lo demás,
no pasó nada.
―Mejor un viaje sin incidentes que uno lleno de problemas.
Una puerta se cierra de golpe al fondo, seguida por el crujido de grava,
probablemente bajo las botas vaqueras desgastadas favoritas de mi
hermano. El sonido evoca el aroma a tierra y la sensación del sol en mi
rostro. Casi puedo escuchar la bandera frente a su casa, la de nuestra
infancia, ondeando en el viento.
Mi pecho se tensa al pensar en un lugar que guarda tantos buenos
recuerdos. Cenas familiares los domingos después de la iglesia. Correr por
los campos con mi hermano en días cálidos de verano. Jugar en el arroyo
que mamá nos prohibió, construir fuertes en el bosque y molestar a los
trabajadores de papá por un poco de su tabaco. La única vez que logramos
conseguir algo de un peón llamado Earl, vomitamos detrás del granero.
Todavía no puedo oler menta sin querer vomitar.
El cambio de Denver a Nashville, a una hora de Sugar Creek, se sintió
como una oportunidad para intentar recuperar eso. La ironía no se me
escapa: estoy corriendo hacia lo mismo de lo que una vez huí. Simplicidad.
Paz. Estar rodeado de personas que saben quién eres y no en lo que los
medios dicen que te has convertido.
―¿Qué pasa contigo? ―pregunto, frotándome el pecho.
―Lo de siempre. Acabo de llegar de la iglesia. Tuve que escaparme
durante el último canto para no quedar atrapado en el almuerzo mensual de
cumpleaños después del servicio.
―¿Desde cuándo rechazas comida casera? ―me río mientras mi
estómago gruñe―. ¿O tienes a una mujer ayudándote con eso estos días?
―Normalmente me quedo, pero tengo dos ovejas en labor de parto. Dejé
a Bobby en el granero para que las vigilara esta mañana, pero tiene que
estar en otro lugar a las cuatro. Le dije que estaría de vuelta con tiempo de
sobra para que se arregle y se vaya.
Me recargo en el sofá y sonrío con complicidad. Las probabilidades de
que Hartley tenga a una mujer en el rancho son de una entre todas las
mujeres de Sugar County, y esa única no ha estado cerca en años, pero él no
sigue adelante. Por si acaso.
Esa es la cosa con Hartley: es un buen hombre. Heredó la paciencia de
mamá y la aptitud de papá, y no hace nada sin entregarse por completo. Ha
amado a Mira St. James desde que tenía cinco años. Por lo que parece, dudo
que eso cambie.
―¿Todo bien por allá? ―pregunto.
―Podrías responder eso tú mismo si pasaras por aquí. Si necesitas
direcciones, avísame.
Sonrío, pero su punto no pasa desapercibido.
―Muy gracioso.
Él se ríe.
―Ha pasado un tiempo desde que nos honraste con tu presencia. Mucha
gente aquí estaría encantada de verte.
―Claro que sí.
―Digo, probablemente estarían listos para que te fueras en cinco
minutos, pero igual les gustaría verte.
Nuestras risas se mezclan, recordándome tiempos pasados. Cuando la
vida era simple y buena. Antes de que todo se complicara tanto.
―Vi a Brooks el otro día ―dice Hartley―. Pasó a saludar.
Mis cejas se fruncen mientras mi estómago gruñe otra vez.
―¿Brooks Dempsey?
―¿A cuántos Brooks conoces? ―Hartley se ríe―. ¿Y cuántos Brooks
conoces que estarían en Sugar County?
―¿No está entrenando en Las Vegas?
―Sí, pero está lesionado. Se desgarró el manguito rotador. Espera volver
al gimnasio en seis meses, pero por lo que suena, probablemente será un
año. Más aún antes de que pueda pelear de nuevo.
El calor colorea mis mejillas al darme cuenta de lo desconectado que
estoy. Brooks fue mi mejor amigo cuando era niño y hasta mis veinte. Entre
su carrera de peleas y mi horario de rugby, nos reuníamos un par de fines de
semana al año para ponernos al día, pero en algún momento, mi teléfono
dejó de sonar, o tal vez el suyo. De cualquier forma, no he hablado con él
en… ¿meses? Ni siquiera lo sé.
No he hablado realmente con nadie últimamente, excepto con Hartley.
―Debería llamarlo ―digo, con la voz áspera.
―Probablemente le gustaría ―Hartley suspira―. Entonces, ¿ya te estás
instalando? ¿Tienes todo lo que necesitas?
Mi mirada recorre la cocina vacía y la sala. Hay una mesa, un sofá y una
televisión decente. El lugar es más grande que el que tenía en Denver.
―No me puedo quejar. Me dieron un departamento amueblado, eso
ayuda. Solo necesito revisar mis cosas y encontrar un supermercado. Creo
que comí una barra de proteína y un plátano el viernes por la mañana, un
par de sándwiches malos ayer por la tarde… y eso es todo. Me estoy
muriendo.
―¿El equipo no tiene una cafetería o algo por el estilo?
―Algo así ―digo, pasándome una mano por la cabeza. Mi estómago se
tensa mientras dejo que mi mente divague hacia los Royals… y ella.
He logrado evitar pensar en Astrid la mayor parte del fin de semana, a
pesar del papel protagónico que tuvo en una pesadilla anoche. Me perseguía
en una gasolinera con su maldito portapapeles. Fuera de eso, ha sido una
persona non grata en mi vida. Saber que eso está a punto de cambiar me dan
ganas de volver a la cama.
―¿Entonces por qué te quejas? ―pregunta Hartley―. Ve allá y agarra
algo de comida.
―Mañana es mi primer día en las instalaciones.
Él se ríe.
―No suenes tan emocionado.
Me paso una mano por la cara.
―Asegúrate de consumir proteína y mantenerte hidratado. Va a ser una
semana intensa.
Esa es una forma de decirlo. Una semana infernal es más acertado.
―Escucha esto ―digo, apoyándome en la encimera de la cocina―. Los
Royals insistieron en darme una asistente personal.
―Qué elegante.
―Sí, ojalá ―mi cuerpo se tensa al aceptar mi nueva realidad. Más vale
que me acostumbre ahora―. Es básicamente una maldita niñera.
La línea se queda en silencio, y estoy seguro de que Hartley está
pensando qué decir. Lo salvo del problema.
―Es jodidamente insoportable ―digo, mientras mi mandíbula palpita al
recordar la sonrisita de Astrid abriéndose paso en mi mente―. Es una
sabelotodo con delirios de grandeza. No sé si todos en su vida se rinden
ante ella o qué, pero obviamente no está acostumbrada a no salirse con la
suya.
Hartley tararea.
―Apuesto a que eso va de maravilla contigo, ¿verdad?
―Si estás imaginándonos enfrentados, estás en lo correcto.
―¿Cuál es su problema?
―Ni idea ―me encojo de hombros, impotente―. Tiene un complejo de
superioridad que no puedo superar. Ya tiene una opinión formada sobre mí,
y no es buena ―gracias a Renn, parece―. Está decidida a controlarme los
próximos meses para no perder su título de Empleada del Mes o lo que sea
que esté pasando, y no pienso retroceder y perder el bono que me dieron por
aceptar este desastre.
Mi boca se endurece al recordar su confesión: “Me asignaron mantenerte
en línea”.
Esa es la frase que no puedo olvidar, la que no puedo soltar.
―¿Algún consejo? ―pregunto, leyendo una alerta que aparece en la
pantalla.
Recordatorio: Pago vence en 3 días
Me aclaro la garganta y descarto el mensaje. Para cuando vuelvo a la voz
de Hartley, su tono ha cambiado.
―Oye, Gray, lo siento, pero tengo que irme. Necesito revisar a esta
oveja. Bobby ya se fue, así que estoy solo aquí.
―Ve, no te detengo.
―Avísame si puedes sacar algo de tiempo libre. Me encantaría verte.
Me paso una mano por la cara.
―Claro. Déjame asentarme y estaré ahí.
―Genial. Hablamos después.
―Nos vemos.
―Adiós, Gray.
La llamada termina abruptamente mientras corre a atender a sus
animales, y me quedo parado en mi departamento vacío.
Hay un vacío en el centro de mi pecho que no tiene nada que ver con el
hambre. Odio reconocer su presencia, no por la sensación, sino por lo que
representa.
Mi vida es solitaria, pero admitirlo, incluso ante mí mismo, me hace
sentir débil. ¿Cómo puedo quejarme de algo cuando estoy haciendo
exactamente lo que quiero? Estoy vivo y sano. Me pagan muy bien por
jugar un maldito juego para ganarme la vida. Las cosas podrían ser mucho
peores.
Tal vez nunca lo tenga todo, pero tal vez tampoco lo merezco.
Trago con fuerza y pongo una mano en mi estómago rugiente. Antes de
que pueda decidir si tomar una ducha o pedir un sándwich para que me lo
traigan, mi celular vibra otra vez. Miro, esperando ver una foto de un
animal bebé en el granero de Hartley. En vez de eso, me asaltan una serie de
mensajes que llegan rápidamente.

Desconocido: Se ha enviado un correo a la dirección registrada con una


lista de personas, números de teléfono, direcciones y otra información
relevante que necesitarás. Por favor, revísalo lo antes posible.
Desconocido: Mañana revisaremos el itinerario de la semana en detalle.
Aquí tienes un desglose para tu conveniencia.
Desconocido: Lunes:
Desconocido: 10:00 a.m.: encuéntrame en las instalaciones de
entrenamiento para un recorrido y presentaciones.
Desconocido: 11:00 a.m.: cita con los entrenadores de fuerza.
Desconocido: 12:30 – 1:30 p.m.: almuerzo con los otros backs en la
cafetería (he revisado y aprobado tu plan de nutrición con el dietista. Una
copia está en tu correo).

―¿Qué demonios? ―deslizo por el resto de los mensajes que siguen


llegando. Mi mandíbula está en el suelo.

Desconocido: 2:15 p.m.: reunión con el departamento de equipamiento


respecto a tu uniforme, etc.
Desconocido: 3:15 p.m.: Comunicaciones quiere reunirse contigo para
firmar hojas de inserción para un próximo evento mediático (más detalles
en el correo). Hay una posibilidad de que debas llevarlas a casa. El plazo
es corto, así que priorízalo.
Desconocido: 4:45 p.m.: Logré programar una sesión rápida de fuerza
para ti.
Desconocido: La cena estará empaquetada para que la lleves a casa.
Mañana te mostraré dónde recogerla.
Desconocido: Usa tu discreción para el cardio.

―¿Usar mi discreción para el cardio? ―pregunto, riendo con


incredulidad―. Bueno, gracias, Astrid, por confiar en que decida si necesito
cardio o no. ―¡Ding! ¡Ding! ¡Ding! Sus mensajes siguen llegando para
cada día de la semana, cada uno con una lista interminable de cosas por
hacer―. ¿Quién se cree esta mujer que es?
Para cuando llego al jueves, estoy furioso.
Si piensa que esto va a funcionar, está loca. No hay ninguna razón en el
infierno para que tenga que tomarme de la mano en este proceso como si
nunca lo hubiera hecho antes. No solo es inútil, es dañino. Necesito conocer
a mi nuevo equipo en mis propios términos, y necesito hacerlo sin que ella
sea un puente entre nosotros. ¿Qué va a parecer si llego con una maldita
chaperona?
―No vine aquí para que me corten las pelotas ―digo―. Si eso es lo que
Renn piensa que va a hacer, puede chupármela.
El timbre resuena en el departamento. El sonido me sacude -no tenía idea
de que tenía un timbre-, y aumenta la tensión que me abruma. No es el
momento.
Considero tomar una camiseta, pero el timbre suena otra vez. Así que
camino hacia la puerta y la abro de un tirón, listo para decirle a alguien que
se largue. Antes de que pueda decir una palabra, veo a un chico que no debe
tener más de dieciséis años parado en el felpudo con ambas manos llenas de
bolsas de supermercado.
―Creo que estás en el lugar equivocado, pequeño ―digo, apretando mi
celular en la mano tan fuerte que pienso que podría romperse.
―¿Eres Gray Adler?
―Sip.
Él sonríe.
―Bien. Llegué a la mitad de la acera y olvidé tu nombre y número de
departamento.
El chico claramente no está interesado en el rugby.
―No pedí ningún supermercado.
―Pues son tuyos.
―Imposible ―digo, empezando a cerrar la puerta.
Él mete el pie en la entrada para que la puerta no se cierre del todo y
suspira como si esto lo estuviera matando.
―Mira, soy un hombre que no le gusta hacer las cosas dos veces. Así que
o tomas estas bolsas o dime dónde ponerlas, y luego revisaré mi celular
para confirmar la información. Me están cortando la circulación en los
dedos.
―Entonces llévatelas a tu auto. De lo contrario, tendrás que recogerlas de
nuevo. Eso sí es hacer las cosas dos veces.
Él mueve la nariz para ajustar los lentes de marco negro en su rostro.
―¿Crees que inventé tu nombre, elegí un departamento al azar en la
ciudad y pensé, “Voy a comprar comida para esta persona que me inventé y
llevarla a este departamento al azar” donde casualmente vive alguien con
ese nombre? ¿En qué planeta es eso posible? ―inclina la cabeza,
levantando una ceja como si yo fuera el tonto―. Sé realista.
No hay nada que pueda decir a eso, y sus dedos sí se ven un poco
morados.
―Aquí ―digo, extendiendo las manos frente a mí―. Dame las bolsas
para que descubras a dónde llevar esta mierda.
Él desliza las bolsas en mis antebrazos, sobre el celular en mi mano
derecha, y luego saca su teléfono del bolsillo. Solo le toma unos segundos
encontrar la información.
―¿Conoces a una tal Astrid? ―pregunta, mirándome.
Mi mandíbula se tensa.
Por supuesto que es de Astrid.
Miro brevemente dentro de las bolsas. Todo es cosas que normalmente
comería: leche, carne, huevos. Hay fruta, avena y algo de mantequilla de
cacahuate. El hecho de que sean cosas que me gustan me enoja aún más.
Probablemente sabe que me estoy muriendo de hambre, así que me envió
comida envenenada. Bastante brillante.
―¿Astrid? ―pregunta el chico otra vez―. ¿La conoces o no?
―Desafortunadamente ―considero devolverle las bolsas y rechazar la
entrega, pero la mirada en sus ojos me dice que no tiene interés en cargar
esto de vuelta a su auto. Por mucho que no quiera nada de la hija de Satán,
no es culpa de este chico, y no tiene sentido involucrar a otra víctima en su
locura―. Sígueme y déjame darte algo de dinero.
―Está pagado.
―Digo para ti.
Él se ilumina.
―Oye, eso sería genial. Gracias, hombre.
Voy a la cocina y dejo las bolsas y el celular en la encimera. Luego
encuentro mi billetera en el dormitorio y saco un par de billetes de veinte.
―Aquí tienes ―digo, volviendo a la sala y dándole el dinero―. Por las
molestias.
Intenta devolverme uno.
―Son dos.
―Son dos porque te di dos.
Sus ojos se agrandan detrás de sus lentes.
―¿No bromeas?
―No bromeo.
―Eres el mejor ―asiente con aprecio―. Gracias. Pensé que ibas a ser un
idiota. Buen giro.
¿Qué? No espera mi respuesta antes de girar sobre sus talones y salir
corriendo de mi departamento.
Espero hasta que la puerta se cierra antes de exhalar.
Mi estómago ruge pidiendo comida, pero mi cerebro no puede dejar esto
pasar. Le dije que se mantuviera fuera de mi camino y todo estaría bien, y
sé perfectamente que ella no quiere estar haciendo esto. Así que o no
entiende el inglés claro, o lo está haciendo para ser una molestia.
La mujer tiene un dominio firme del idioma inglés.
Tomo mi celular y desbloqueo la pantalla, guardando su nombre con un
emoji de bruja. Luego escribo una respuesta.

Yo: Muéstrale el recibo a Renn como buena niña y luego para.


Astrid🧙: ¿Estás molesto? La próxima vez te mando pañuelos.
Yo: No habrá próxima vez.
Astrid🧙: Oh, ahí te equivocas, cariño. Estoy haciendo mi trabajo, justo
como dijiste que querías. Si no es cierto, siempre puedes llamar a Renn.
<emoji sonriente>

Mis dedos golpean las teclas con fuerza.

Yo: Realmente no quieres jugar este juego conmigo.


Astrid: Estamos de acuerdo. No quiero. Realmente no quiero hacer
NADA contigo.

Camino por el departamento, intentando disipar algo de la energía que se


acumula dentro de mí. Es como si ella me estuviera restregando en la cara
que Renn piensa que soy tan incapaz. Tan inepto.
No esperaba que esto fuera así. Incluso cuando salí de la oficina de Renn
y ella actuó como una lamebotas, pensé que era porque él estaba ahí. No
creí que mantendría la farsa una vez que él no estuviera.
Mis ojos recorren la cadena de mensajes hasta que se detienen en una
línea en particular. Si no querías esto, deberías haber hecho algo al
respecto.
―Estás cayendo justo en su juego, Adler ―digo en voz alta―. Te está
provocando, y la estás dejando.
Respiro hondo y lo suelto lentamente. Mi pecho tiembla mientras mis
pulmones se desinflan, pero siento que recupero el equilibrio.
―Ella puede pincharme todo lo que quiera porque está siguiendo las
órdenes del jefe, pero necesito descubrir cómo nivelar el campo de juego.
Porque si uno de nosotros va a renunciar, no seré yo ―miro alrededor del
departamento, pensando, hasta que mi mirada se posa en el montón de cajas
en la esquina―. ¡Bingo!
Sonriendo, escribo otro mensaje.
Yo: Voy a necesitar que vengas el martes por la noche.
Astrid🧙: ¿Ir a dónde?
Yo: A mi departamento.
Astrid🧙: ¿Por qué haría eso?
Yo: Porque eres mi asistente, y necesito asistencia.

Espero, pero no llega respuesta. No te gustó eso, ¿verdad?

Yo: Tengo unas treinta cajas que necesito desempacar.

Aún sin respuesta.


La idea de tenerla aquí es tan atractiva como pelear con un tejón herido,
pero si quiero que ella se retire o mantenga la distancia, no tengo opción.
Tengo que hacer esto tan insoportable que no lo aguante.

Astrid🧙: No te atragantes con nada. Sería una tragedia.


Yo: Que tengas un buen día, cariño.

Me río, sabiendo que eso la enojó, y apago mi celular. Sé que va a


responderme, y no le daré el placer de que vea que leí su mensaje, y
tampoco sé cómo desactivar esa función.
Satisfecho, miro las bolsas de supermercado en la encimera. Hay una
posibilidad de que estén envenenadas -y no la culparía si llegara tan lejos-,
pero el informe toxicológico de mi cadáver apuntaría directamente a ella, y
es demasiado lista para no saberlo. Además, solo está haciendo esto para
congraciarse con Renn, y la comida ya está aquí.
Podría aprovechar los beneficios.
―Ella hace su trabajo, y yo necesito enfocarme en el mío ―digo,
dirigiéndome a la cocina―. Eso será más fácil con el estómago lleno.
Me ocupo de guardar los productos fríos y pienso en cómo manejaré a
Astrid mañana. Pase lo que pase, no puedo dejar que piense que va a tomar
todas las decisiones. Eso sería un fracaso épico en muchos niveles, pero
algo me dice que no querrá presentarse aquí el martes, y eso podría ser
suficiente para que se mantenga al margen.
Espero.
7
Astrid
Gray entra con paso relajado por el arco hacia el centro de rendimiento de
los Royals, con una mano en el bolsillo y la otra recorriendo su cabeza. Con
una bolsa colgada en el hombro derecho y un par de lentes de sol
enganchados en el frente de su camiseta blanca impecable, está fresco y
relajado. Sin prisas.
Una punzada de irritación se aloja en mi garganta, y lucho contra el
impulso de soltar una retahíla de groserías. Al menos podría haber tenido la
decencia de llegar sin aliento o trotando a medias, algo que implicara que le
importa haber desperdiciado mi tiempo. Después de todo, tenemos un
trabajo que hacer.
Me aparto de la mesa que he ocupado durante la última media hora con
más fuerza de la necesaria.
―Llegas tarde ―digo, irritada porque esto no parece molestarle.
―Fueron diez minutos. No es tan grave.
¿Perdón?
―Hay dos cosas que deberías saber de mí ―tomo mi portapapeles de la
mesa con un movimiento brusco―. Una es que opero bajo la premisa de
que si no estás diez minutos antes, estás tarde, y llegar tarde demuestra una
falta de consideración por el tiempo de los demás ―levanto una ceja―. En
resumen, es grosero.
―Podría haber salido hace una hora, y no habría hecho diferencia. Me
quedé atrapado detrás de un accidente a tres millas de aquí ―levanta una
ceja―. Además, no actúes como si nunca hubieras llegado tarde.
Claro que sí, pero también me disculpé por eso.
Ignorándolo, continúo.
―Lo otro que deberías saber es que no acepto excusas. No podemos
comunicarnos ni resolver problemas si me das un montón de mierda cuando
la cagas. ¿Entendido?
―Entonces parece que no vamos a resolver muchos problemas, ¿verdad?
Sostiene mi mirada como si fuera un tornillo. Sus ojos son como piscinas
de chocolate barato de Pascua. En la superficie, son deslumbrantes, pero
una vez que te sumerges, te das cuenta de que son profundamente
insatisfactorios y solo te darán dolor de estómago.
Una mujer del departamento de medios pasa por ahí, abre la boca como si
fuera a decir algo, pero lee la situación y solo saluda con la mano. Antes de
entrar al área de personal de The Royal Café, le da a Gray una rápida y no
tan sutil inspección. Pongo los ojos en blanco ante su pequeña sonrisa.
El vestíbulo del centro de rendimiento es uno de mis lugares favoritos en
las instalaciones de los Royals. Cuando Renn compró el equipo hace un par
de años, remodeló cada centímetro del edificio. No se pasó por alto ni se
dejó nada sin tocar. Sin embargo, la mejor transformación ocurrió aquí, en
el vestíbulo de entrada, donde jugadores y personal son recibidos cada día.
El techo de vidrio le da un ambiente luminoso, como de invernadero. Los
colores del equipo, púrpura y dorado, aportan una sensación de
majestuosidad al espacio. Varias plantas adornan el área gracias a la cuñada
de Renn, amante de las plantas, y las pantallas que destacan datos del
equipo están hábilmente colocadas en las paredes.
Es emocionante e inspirador, a menos que estés aquí para ser niñera.
―No sé cómo hacían las cosas en los otros equipos en los que jugaste
―digo―, pero aquí se espera que llegues a tiempo.
―Haré mi mejor esfuerzo.
Su fría indiferencia, y su completa falta de seriedad ante el día, me irrita.
No sé cómo alguien puede llegar a su primer día de trabajo con la
tranquilidad de un día en la playa, y realmente no sé cómo se supone que
voy a manejar esto. Claro, esperaba un nivel de incorregibilidad, pero pensé
que estaría dirigido a mí. No imaginé que ondearía una bandera de que te
jodan a su equipo el primer día.
Que Dios me ayude.
―Bien. Vamos con esto, ya que solo tenemos cuarenta y cinco minutos
antes de que te reúnas con los entrenadores de fuerza ―digo, revisando la
hora en mi celular mientras me dirijo a The Royal Café. Me tomó una
eternidad organizar su primer día y meter tanto como fuera posible en su
horario. Seguro que no lo apreciará, pero me hace sentir realizada… y es
bueno para el equipo, lo que significa que es bueno para Renn. Eso es lo
que importa.
―No hay prisa.
Me detengo tan repentinamente que mis zapatillas chirrían contra el
suelo.
―¿No hay prisa?
―Sip, no hay prisa ―se encoge de hombros, con la comisura de los
labios levantándose―. Moví la evaluación de fuerza a esta tarde.
Un rubor quema mis mejillas. Aprieto mi portapapeles, intentando
procesar su declaración.
―Perdón ―digo, sacudiendo las telarañas que parecen nublar mi
cabeza―. ¿Hiciste qué?
―Tenía un entrenamiento a las cuatro cuarenta y cinco de todos modos.
Solo moví la evaluación a ese horario.
―No puedes hacer eso.
―Puedo ―se inclina hacia adelante, ese ridículo hoyuelo se marca en su
mejilla―, y lo hice.
Mi corazón late fuerte mientras lucho por no perder la cabeza por
completo.
―Mientras estamos en eso, envié un correo al nutricionista que creó mi
plan de dieta ―dice, sonriendo con un aire de arrogancia―. Lo estamos
modificando. Así que si vas a enviar comida a mi casa otra vez, asegúrate
de revisar eso antes de que lo arruines.
No puede estar hablando en serio.
―Tienes que parar ―digo, las palabras como una advertencia apenas
velada.
―¿Parar qué, exactamente?
―Tienes que dejar de meterte con el plan. Pasé mucho tiempo armando
eso para ti y…
―Oh, como si te importara ―se burla―. No armaste eso para mí. En el
mejor de los casos, lo hiciste para salvar tu pellejo. En el peor, lo hiciste
para hacerme enojar.
Empiezo a responder con un comentario cortante, pero me detengo
cuando un grupo de jugadores sale del café y se dirige al centro de
bienestar. Afortunadamente, no nos notan al otro lado del vestíbulo. No
estoy de humor para lidiar con varios atletas a la vez. Estoy tratando
desesperadamente de no matar a este.
―Tienes razón en una cosa ―digo, llevándolo hacia el café―. No me
importa si tienes éxito o fracasas, pero me importa si yo lo hago, y eso
depende de si te controlo o no.
Él se tensa a mi lado, pero lo ignoro.
―Aquí es donde obtendrás tu comida, bebidas y snacks ―digo mientras
entramos a la cafetería, decorada como un café―. Obviamente, todo es
gratis. Esta sección es solo para jugadores, y el resto del personal usa otra
área.
Gray lo observa todo.
―Hay un buffet para el desayuno y el almuerzo ―le digo―. Tendrás
snacks con tu nombre en ese refrigerador a media mañana y media tarde.
Los personalizan según tus necesidades nutricionales dependiendo de las
actividades del día. También te inscribí en el servicio de cena. Así que si no
cancelaste eso en tu descarado desprecio por mis esfuerzos, puedes recoger
una cena empaquetada antes de irte de las instalaciones por la noche
―suspiro―. ¿Alguna pregunta?
―Nop. Renn te dará una A+.
Asiento a uno de los chefs mientras salimos de la sala, mordiéndome el
vete a la mierda que quiero lanzarle a Gray.
―Los elevadores están allá ―digo mientras cruzamos el vestíbulo otra
vez―, o puedes usar las escaleras para subir. Sabes leer, así que sigue las
señales. Como recordarás de ayer, las oficinas administrativas están en los
pisos superiores. Podemos ir ahí en un momento, pero empecemos aquí
abajo.
No responde, así que me dirijo por el pasillo hacia el ala de los jugadores.
El silencio se cierne entre nosotros como un abismo que ninguno quiere,
o puede, cruzar. Podemos estar hombro con hombro mientras avanzamos
por el edificio, pero no podríamos estar más lejos. Al menos el silencio me
da un momento para recomponerme.
Pantallas están colocadas a lo largo de las paredes, mostrando videos
silenciados de grandes jugadas y momentos victoriosos en la historia de los
Royals. No puedo evitar sonreír ante la forma en que los jugadores se
lanzan unos sobre otros celebrando un momento especial. Nunca he
experimentado eso.
Siempre me he preguntado cómo sería estar en un equipo. Lo más cerca
que estuve fue cuando Gianna jugaba voleibol en secundaria, y yo iba a
todos sus partidos. Mi papá no podía pagarlo, prefiriendo gastar su dinero
en vodka y boletos de lotería, así que fingí que no era una chica de deportes.
En realidad, era lo único que siempre quise ser.
Lo que buscaba probablemente no era un equipo, sino un sentido de
pertenencia. Llegaba a casa de la escuela y encendía el televisor,
perdiéndome en sitcoms. Las risas le daban a nuestro hogar un toque de
ligereza, y cuando me sentaba con sus familias ficticias a cenar, mis
ravioles enlatados sabían un poco mejor. Perseguí esa sensación durante
mucho tiempo, hasta que fui lo suficientemente grande para darme cuenta
de que no existía en el mundo real. Se llama ficción por una razón.
―A la izquierda está el centro de bienestar ―digo, señalando un
letrero―. Ahí tendrás tu masaje programado para el miércoles.
Él arquea una ceja. Dime que al menos revisaste mi correo.
―Los baños fríos, jacuzzis, saunas, todo eso es parte del centro. Puedes
acceder a eso cuando quieras ―lo conduzco más adelante por el pasillo―.
Las salas de fuerza y acondicionamiento están a tu derecha. Lo
abordaremos en un momento, pero esta puerta es el vestidor ―nos
detenemos frente a la puerta púrpura brillante―. Entra primero y asegúrate
de que esté vacío.
Él sonríe, lamiéndose los labios.
―¿Miedo de lo que podrías ver?
―Se llama ser respetuosa, imbécil. Sé que es una idea novedosa en tu
mundo.
―Eres un maldito rayo de sol. ¿Lo sabías? ―mete la cabeza en la sala―.
Todo despejado. Ni una polla a la vista.
―Tal vez desde tu perspectiva.
Me da una sonrisa burlona y arrogante.
―Aw, ¿estás trabajando en desarrollar un sentido del humor?
―Cállate y muévete.
Entro detrás de él, revisando la hora otra vez. Tengo que estar al otro lado
de la ciudad en dos horas y no puedo descarrilarme porque Gray llegó tarde,
y todavía hay tanto que cubrir. Necesito pasárselo a alguien más lo antes
posible.
―Desde aquí, puedes acceder al centro de bienestar, la sala de pesas y el
campo ―digo, señalando diferentes puertas―. Las duchas están por ese
arco, y estoy segura de que puedes adivinar cuál es tu casillero.
Él cruza la sala hacia un casillero dorado con su nombre y número en una
placa metálica brillante encima. No estoy segura de si está asombrado por el
vestidor o nervioso por estar en él, pero no puedo evitar notar sus hombros
rígidos y su espalda tensa. Cambia la bolsa de una mano a la otra mientras
abre la puerta.
―Laminé y pegué tu horario de prácticas y juegos en la pared interior
―digo―. También incluí una lista de entrenadores y los horarios de las
reuniones semanales. Esos podrían cambiar, claro. Obviamente asistirás a
las reuniones grupales para los backs, pero también añadí los horarios para
los delanteros ―lo que pensé que era un toque extra.
Él deja su bolsa y revisa el contenido que cuidadosamente preparé
durante el fin de semana. Pelotas, bandas de resistencia y un kit de primeros
auxilios. Desodorante. Una boquilla de repuesto, por si acaso. Su camiseta y
shorts de entrenamiento cuelgan de un gancho con una toalla doblada
cuidadosamente debajo.
―¿Cuándo hiciste esto? ―pregunta sin girarse.
Hay un tono en su voz que me pone en alerta.
―Antes de que llegaras ―digo, deteniéndome antes de señalar que
estuve corriendo esta mañana aunque él no estuviera.
Gray se gira lentamente hacia mí.
La inquietud florece en mi estómago cuando sus ojos encuentran los
míos. Mi columna se tensa mientras me preparo para su reacción. No
entiendo cómo demonios podría enojarse por esto, pero algo me dice que
así será.
―La respuesta correcta sería gracias ―digo.
―Te dije que te mantuvieras al margen.
―Este es mi trabajo. ―Mis manos se plantan en mis caderas en un gesto
de desafío―. ¿Qué parte de eso te cuesta entender? ¿Qué no te entra en la
cabeza? Digo, por Dios, no estoy haciendo esto por la bondad de mi
corazón.
―Eso sería difícil, considerando que no creo que tengas uno.
Mi mandíbula se abre antes de que pueda contenerla. Qué hijo de puta.
Trago con fuerza mientras sus palabras se filtran en mi mente. Nada de lo
que me ha dicho hasta ahora me había afectado. Dormí como bebé todo el
fin de semana, pero este comentario pega diferente.
Me digo a mí misma que es porque él es tan desagradecido por la
oportunidad que se le está dando. Estoy sorprendida de que alguien pueda
tener todo servido en bandeja y aún así no apreciarlo. La idea de que este
imbécil malcriado tenga el poder de herir mis sentimientos es absurda.
Estoy más allá de eso.
―De nuevo, si no te gusta, debiste hacer algo al respecto ―digo,
mirándolo fijamente e ignorando su golpe hacia mí. No voy a retroceder
ante él. Mantendré mi posición―. Porque yo no quiero estar aquí. Esto no
es mi idea de pasar un buen rato.
―Has cruzado una línea, Astrid.
―Okey ―digo, burlándome de él.
―Aquí no das las órdenes. ―Sus facciones se oscurecen―. Lo digo en
serio. Los víveres fueron una cosa. El maldito horario fue otra, pero esto…
este es mi vestidor con mi equipo. ―Mira por encima de su hombro, la
vena en su cuello late―. Sé que tú y Renn piensan que soy un inepto, pero
creo que puedo arreglármelas para organizar mi casillero.
Levanto las manos al aire.
―Es desodorante y un botiquín de primeros auxilios, por Dios. No es
como si te estuviera dando una caja de condones y un sándwich.
―Cierto. Esos sí podría haberlos usado.
Gruño, exhalando con fuerza para no ahogarme con mi frustración.
Él cruza la habitación, llenando el aire con el cálido aroma de su colonia,
aunque una repentina frialdad se cuela entre nosotros. Me fulmina con la
mirada.
De todas las cosas por las que pensé que se molestaría, organizar su
casillero no estaba en la lista. Tampoco esperaba que estuviera tan…
enojado.
―Supongo que los artículos que leí sobre ti en internet eran ciertos
―digo con un encogimiento de hombros.
―El vestidor está fuera de tus límites ―dice, con los ojos encendidos―.
No estoy bromeando.
―Desafortunadamente, esa no es tu decisión.
Se pasa una mano gruesa por la cabeza, claramente frustrado.
―Si no te gusta, habla con Renn ―digo, con mis manos apretando mis
caderas aún más fuerte―. Porque él está convencido de que me necesitas, y
solo porque eres un maldito imbécil, voy a ir con todo. Haré un esfuerzo
extra solo para hacerte enojar.
Sus fosas nasales se dilatan.
―Te arrepentirás de eso.
―Sí, probablemente no. Porque en unos meses estarás fuera de aquí, y yo
no.
Una puerta detrás de mí se abre, y voces llenan el vestidor. Apartó la
mirada de la de Gray.
―¿Interrumpimos algo? ―pregunta un tipo al que todos llaman Breaker.
La mirada de Gray quema un agujero en el lado de mi cara. No le hago
caso.
―No, para nada ―digo, ofreciendo una sonrisa a Breaker y a Jory Plath.
He tratado a Jory un par de veces. Decir que es uno de mis jugadores
favoritos sería mentir, considerando que no me gusta ninguno, pero él es de
los menos irritantes―. Solo le estaba dando un recorrido a Gray. Chicos,
este es su nuevo scrum half, Gray Adler. ―Lo miro por encima del hombro.
Idiota―. Ellos son Breaker y Jory Plath.
―Sabemos quién demonios es ―dice Jory, riendo―. Gray, un gusto
conocerte, amigo. ―Extiende una mano hacia él―. Qué bueno tenerte aquí.
Bienvenido a Nashville.
―Es bueno estar aquí ―dice Gray, estrechando su mano antes de tomar
la de Breaker―. La mejor instalación que he visto, eso es seguro.
―Diablos, sí ―dice Jory―. Esta instalación tiene todas las
comodidades. Aquí nos tratan como dioses.
Breaker se ríe, mirándome de reojo.
―Parece que Adler tiene su propia comodidad.
¿Una comodidad? Mi sangre hierve.
Jory empuja el hombro de Breaker, desequilibrándolo. Gray empieza a
hablar, pero me adelanto antes de que pueda decir algo. No quiero que él se
sume a humillarme frente a otros. Esto ya es lo suficientemente vergonzoso.
―Oh, Breaker, ahí es donde la cagaste ―digo, sonriendo dulcemente―.
No soy la comodidad de nadie, pero si alguna vez me vuelves a degradar o
reducir a una comodidad, no seré tu comodidad. Seré tu maldito problema.
―Dejo que mi mirada se detenga en la suya antes de apartarla.
Jory hace una mueca. No le doy la hora a Gray. Si puede reorganizar su
horario, puede encontrar su camino por el complejo.
―Que tengan un buen día, chicos ―digo, saliendo por la puerta sin mirar
atrás.
8
Gray
―¡Pásenla a lo ancho! ―grita el entrenador Farrell desde el otro lado del
campo, observando a la unidad de backs practicar ataques para el partido de
esta semana―.Cuando eso ocurra, quiero que usen el espacio extra.
―Aplaude dos veces, señalando que se reagrupen―. Vamos a repetir eso.
Una brisa recorre el estadio, trayendo consigo el aroma de césped recién
cortado y sudor. Me golpea una oleada de nostalgia, de cuando era joven y
jugaba en primavera, no lejos de aquí, con mis papás en las gradas. Brooks
estaría a mi lado, y las chicas nos gritarían desde las tribunas. Después del
partido, íbamos a casa con una pizza grande de Piper’s y Brooks en el auto.
Mamá siempre lo dejaba venir, siempre y cuando Hartley y yo
termináramos las tareas del establo antes de dormir.
Meto las manos en los bolsillos de mi sudadera y absorbo la energía y
actividad a mi alrededor. Cada unidad repasa sus tareas específicas,
perfeccionando formas de crear oportunidades durante el partido del
sábado. El ritmo del juego -los movimientos, los patrón-, restaura un latido
en mi vida que ha estado ausente los últimos días.
―¿Entonces, qué opinas, Adler? ―El entrenador Farrell sonríe―. ¿Listo
para salir al campo, o estás disfrutando tu descanso?
―Diablos, no, no lo estoy disfrutando. No creo haber pasado seis días
seguidos sin estar en el campo desde que era niño.
Pone una mano en mi hombro y se ríe.
―Hablado como un verdadero rugbista.
Me encojo de hombros, sonriéndole.
―No puedo ponerte a jugar este fin de semana porque no eres elegible
hasta el jueves ―dice, señalando a Jory que termine con los chicos―. Pero
te tendré aquí para la práctica del jueves. Te lanzaremos directo al fuego.
―Lo estoy esperando, entrenador.
Da un paso frente a mí, mirándome a los ojos. Su intensidad hace que mi
corazón lata con fuerza, pero no aparto la mirada.
―Tenemos un gran equipo aquí ―dice el entrenador―. Es un grupo
excelente de hombres. Creo que puedes encontrar un hogar aquí y hacer una
contribución significativa al éxito del equipo si bajas la cabeza y das lo
mejor de ti. Esto puede ser el comienzo de algo especial, si lo deseas lo
suficiente.
Levanto la barbilla y lo miro con audacia.
―Puede contar con eso.
Me observa por un momento, luego dos, como si estuviera evaluando la
verdad de mi declaración. Como si no estuviera seguro de creerme. Lo miro
de vuelta, eligiendo no aclarar ninguna idea errónea.
Veo las preguntas en sus ojos. Los rumores que ha escuchado y las
conversaciones que han tenido a mis espaldas están en la punta de su
lengua, listos para ser lanzados hacia mí. No lo culpo por estar curioso, y
seguro que no lo culpo por estar preocupado. No he jugado con el corazón
durante dos años, y cualquiera con ojos puede notarlo.
Pero cuando dejé Denver, me prometí dejar atrás todo el equipaje que
pudiera. Se lo debo a mí mismo, y a Caroline, comenzar de nuevo y
aprovechar al máximo esta oportunidad. Por ambos.
Si abro la puerta a las preguntas y empiezo a explicarme, entonces bien
podría haberme quedado en Colorado. Porque una pregunta llevará a otra, y
toda la mierda que intenté dejar en Denver estará firmemente instalada en
mi vida aquí. No puedo hacer eso. No puedo sobrevivir a eso.
Amo este juego, y ahora, más que nunca, lo necesito, pero eso también
me lo guardo.
Satisfecho con lo que sea que ve en mi reacción, da una palmada en mi
hombro y se incorpora al entrenador de ataque en la línea de touch.
―¿Y qué te parece? ―Jory Plath se frota una toalla con el logo de los
Royals por su rostro acalorado mientras se acerca a mí―. ¿Crees que
puedes trabajar con esto?
Me lanza una amplia sonrisa de dientes grandes que combina con su
personalidad. Es relajado, por lo que pude notar ayer, y me dio la
bienvenida al equipo sin dudarlo. Alto, con un cuerpo construido para la
fuerza y agilidad de un gran winger, sería imponente si no fuera por esa
maldita sonrisa.
―Absoluta-jodida-mente ―digo, chocando su puño extendido con el
mío.
La práctica termina en el campo, y los jugadores se dirigen al vestidor en
pequeños grupos. Jory y yo seguimos a todos hacia las puertas dobles
púrpuras.
―¿Ya te agregaron al chat grupal? ―pregunta Jory, pasándose la toalla
por la cabeza.
―¿Chat grupal?
―Sí, el chat del equipo por mensajes de texto. Ahora se llama Los
desempleados porque Chase se enojó con Nico y Ridge por estar
publicando memes todo el tiempo. Nos dijo que íbamos a estar
desempleados si no nos tomábamos las cosas en serio, luego cambió el
nombre del grupo y se salió.
Me río. Esto va a ser divertido.
―No, no sabía que había un chat del equipo, pero suena como un buen
momento.
―Te añadiré ―dice, haciendo un gesto obsceno a uno de nuestros
talonadores mientras pasamos por su lado―. Los delanteros vienen
temprano los domingos para recuperación. ―Me mira y sonríe―. Hagas lo
que hagas, no llegues antes del mediodía. Esos hijos de puta llegan,
discutiendo sobre quién tiene los peores moretones. Acaparan los saunas, y
son asquerosos. Nunca he escuchado a un grupo tirarse tantos pedos como
esos idiotas. No te pares detrás de ninguno durante yoga. Me lo agradecerás
después.
Hace una mueca, con su rostro transformándose en una expresión de
horror.
Me río, devolviéndole el gesto a Nico mientras pasa corriendo.
―Esto es información valiosa.
―Es lo menos que puedo hacer, ya que nos vas a llevar al campeonato
este año.
Lo miro de reojo para ver si está bromeando o buscando una reacción.
Para mi sorpresa, no hay humor ni curiosidad en su expresión. Huh.
Tomo un segundo para asimilar las palabras que dijo con tanta
naturalidad. “Ya que nos vas a llevar al campeonato este año.” Su
confianza en mí me arranca una sonrisa genuina.
―¿Has estado en Nashville antes? ―pregunta Jory, arrojando la toalla
sobre su hombro.
―Oh, sí ―digo, aclarando mi garganta―. Crecí a una hora de aquí, en
un pequeño lugar llamado Sugar Creek. ¿Y tú?
―Soy del Área de la Bahía. Jugué en Chicago después de la universidad,
luego pasé un par de años en Hartford antes de que me llamaran para venir
aquí cuando Renn Brewer tomó el control. ―Se ríe―. Casi me cago en los
pantalones cuando recibí esa llamada.
―Tú y yo. Le dije a mi agente que me estaban gastando una broma
cuando me enteré del cambio.
―¿Cómo te fue jugando en Denver?
Esa es una pregunta cargada. Me rasco la cabeza, intentando separar el
jugar en Denver de mi tiempo viviendo en Denver, dos experiencias muy
diferentes pero interconectadas. Es difícil, casi imposible, separarlas, ya que
una afectó tanto a la otra.
―Es un gran programa ―digo con justicia, y lo dejo ahí.
Nos detenemos en una puerta que separa las instalaciones de los
jugadores del campo de práctica para dejar pasar a un grupo grande de
compañeros primero. Veo a Breaker entrando al vestidor delante de
nosotros. Con una cabeza calva del tamaño de una bola de boliche y
hombros del ancho de un granero, es difícil pasarlo por alto en cualquier
multitud. Todos parecen quererlo, y tiene buena relación con el personal de
los Royals, y yo quiero quererlo también… pero simplemente no puedo.
―Te añadiré al chat ―dice Jory mientras entramos al club―. Nos vemos
mañana.
―Sí. Nos vemos mañana. Gracias por el aviso sobre el yoga.
Se ríe, dirigiéndose al otro lado de la habitación.
El aire está cargado de sudor y gel de baño. Música rock suena desde un
altavoz colocado en un estante sobre un banco. Me dirijo a mi casillero para
tomar mi bolsa y una caja de hojas de consejos que necesitan ser firmadas,
pero termino deteniéndome cada pocos pasos para charlar con alguien
nuevo.
Cada conversación es fluida y sin complicaciones, mucho más fácil de lo
que esperaba. No puedo evitar engancharme con la narración de Chase
sobre una jugada de la semana pasada, y hablo con Ridge sobre tácticas de
juego durante veinte minutos completos. Compartimos la teoría de que el
juego se juega mejor principalmente por instinto, y fue un alivio saber que
conecto con alguien aquí en ese nivel.
Para cuando Ridge y yo terminamos, la habitación se ha vaciado. Abro
mi casillero y saco mi bolsa. La parte trasera de mi mano roza el botiquín
de primeros auxilios que Astrid me dejó colgando en un gancho. El contacto
-el recordatorio de ayer-, me araña por dentro mientras nuestra
conversación se repite en mi cabeza.
―La respuesta correcta sería gracias.
―Te dije que te mantuvieras al margen.
Mi mirada se desliza hacia el horario laminado que cayó al fondo de mi
casillero esta mañana, y lo recojo. Es pesado en mi mano, mucho más de lo
que debería ser un papel plastificado.
―Este es mi trabajo. ¿Qué parte de eso te cuesta entender? ¿Qué no te
entra en la cabeza? Digo, por Dios, no estoy haciendo esto por la bondad
de mi corazón.
―Eso sería difícil, considerando que no creo que tengas uno.
El destello de emoción en sus ojos verdes se quedó conmigo toda la
noche. No importa cuánto lo intente, no puedo sacarlo de mi mente. Fue tan
rápido, apenas evidente, y demasiado fugaz para identificarlo, pero estaba
ahí, un estallido de algo más allá de las vibras de reina de hielo. Aunque no
debería preguntarme qué fue todo eso o qué parte de nuestro enfrentamiento
lo desencadenó, lo hago.
Me digo que solo tengo curiosidad porque es la primera vez que muestra
un lado humano, y descarto el calor que sube por mi cuello como furia
residual por su intromisión en mi espacio, pero hay un tambaleo en mi
estómago, un peso muerto en mi esternón, que me hace moverme
incómodo.
―No importa de qué se trataba todo eso ―murmuro, mirando la fecha en
el horario―. Ese es su problema. Tienes peces más grandes que freír, Adler.
Pongo mi bolsa en la silla frente a mí y saco mi teléfono.

Yo: Oye, aún no he visto el bono en mi cuenta bancaria. ¿Sigue llegando


esta semana?

Empiezo a guardar mi teléfono en la bolsa, pero mi agente me sorprende


con una respuesta rápida por una vez.

Chuck: Estoy 99% seguro. Déjame verificarlo y te respondo.


Yo: Lo apreciaría. Tengo cuentas que pagar.
Chuck: Entendido.

Trago con fuerza, la presión del momento crece tanto dentro de mí que
temo que pueda desbordarse, y no sé cómo se vería eso.
―No, Chuck, no creo que entiendas.
―Oye, Adler ―dice Ridge, distrayéndome. Está al otro lado de la
habitación con una bolsa sobre el hombro―. Algunos llegamos una hora
antes los miércoles para tratamientos de recuperación extra. Eres
bienvenido a unirte, amigo.
―Sí. Gracias ―digo, agradecido por la distracción―. Ahí estaré. Será
bueno volver a una rutina.
―Los miércoles son días de levantamiento pesado. Solo sobrevivo si voy
preparado.
Me río.
―Suena correcto.
―Él sabe qué son los miércoles ―dice Breaker, saliendo de las duchas.
Su sonrisa resbaladiza me pone en alerta al instante―. Brewer le dio un
buen trasero para ayudarlo a prepararse. Deberías ver a esta perra, Ridge. Es
un maldito diez.
―Whoa, Break ―dice Ridge, levantando una mano.
Una calma inquietante se apodera de mí, borrando cualquier pensamiento
fuera de lo que está pasando en esta habitación. Sus palabras fueron
lanzadas hacia mí como una flecha. ¿Está esperando a ver si sangro?
Mis manos cuelgan a mis lados mientras el aire a nuestro alrededor se
carga de electricidad estática. Breaker endereza sus hombros hacia los míos,
parándose erguido como para confirmar mis sospechas. Está tratando de
provocarme una reacción. ¿Por qué? No estoy seguro. ¿Está insinuando
que recibo un trato injusto por tener una asistente? ¿Está sugiriendo que
me estoy acostando con Astrid? ¿O solo está siendo un imbécil?
Este fanfarrón tiene un problema, y lo vamos a resolver en este momento.
Mi mandíbula se tensa mientras miro fijamente a Breaker. Es un pedazo
de mierda grande, fácilmente diez o doce centímetros más alto que yo y
unos cincuenta kilos más pesado. Y, por lo que parece, justo lo
suficientemente estúpido como para hacerse matar.
―Tienes una decisión que tomar ―le digo, mi voz fría como piedra.
Él sonríe.
―¿Ah, sí?
―Mierda ―dice Ridge, suspirando―. No hagamos esto, chicos.
―Cierra la maldita boca y conserva tus dientes, o habla y no lo hagas
―le digo a Breaker.
Se ríe, proyectando el sonido más alto y más odioso de lo necesario.
Sonrío de vuelta.
―Será mejor que lo pienses bien ―lo provoco.
En el fondo de mi mente, sé que debería tomar mis cosas y largarme de
aquí. Pelear con un compañero de equipo antes de que siquiera esté
oficialmente en el equipo lo arruinaría todo, y tal vez incluso me echaría de
la liga por completo, pero sus insinuaciones no pueden quedarse sin
respuesta. No puedo dejar que esa mierda empiece a tomar raíz aquí.
―Tomemos un respiro ―dice Ridge―. Pensemos en esto.
Breaker da un paso hacia mí.
―Te noquearé antes de que levantes las manos ―digo con calma―. Da
otro paso…
Su confianza titubea, probablemente porque no esperaba que siguiera
aquí parado, pero eso es todo lo que necesito saber para entender que no
quiere nada de esto. De mí. Eso es tanto una decepción como un alivio.
Finalmente, los labios de Breaker se tuercen en una sonrisa divertida y
arrogante.
―Calma la mierda. Solo estaba bromeando.
―Buena elección. ―Cierro mi casillero, con mi corazón latiendo como
tambor. Mantengo un ojo en Breaker por si es de los que lanza un golpe
traicionero cuando le doy la espalda―. Los veo mañana a ambos.
―Nos vemos mañana ―dice Ridge.
Breaker no dice nada, pero ya lo esperaba.
Me abro paso por las instalaciones, sin hacer contacto visual con nadie.
Es un pie delante del otro hasta que estoy dentro de mi camioneta.
Mi mandíbula duele de tanto apretar los dientes, y mis respiraciones
siguen entrecortadas por la adrenalina que corre por mis venas como una
montaña rusa. La inmensidad de lo que casi pasó me golpea en el centro del
pecho. Casi la cagué por completo.
Agarro el volante hasta que mis nudillos se vuelven blancos.
Pero la idea de dejar que Breaker hable mierda es demasiado para dejar
pasar, y permitir que degrade a Astrid a sus espaldas se siente como una
cagada también. No soy un caballero de armadura brillante, no es que ella
necesite uno, la mujer puede manejarse sola, pero sería difícil mirarla y
saber que dejé pasar esto sin decir una palabra. La dignidad no es
desechable.
―Maldita sea ―digo, golpeando mi palma contra el reposabrazos.
Miro hacia abajo cuando mi teléfono se ilumina con un mensaje. El
nombre de Astrid parpadea en la pantalla. He invocado a la bestia.
Mi pecho se tensa al leer sus palabras, recordándome que estará en mi
casa en una hora. Es lo último que quiero hacer esta noche, pero no puedo
cancelarlo. Porque, después de hoy, la necesito fuera más que nunca.

Yo: Okey.

Luego enciendo mi camioneta y dejo el estacionamiento y el vestidor


atrás.
9
Astrid
―Hay un tipo… ―suspira Gianna al otro lado del teléfono―. No te rías.
No lo hago.
El sol se cierne adelante, justo sobre el horizonte. Edificios majestuosos a
ambos lados del camino enmarcan la puesta de sol como un cuadro. Parece
que podría conducir directo hacia los naranjas y rosas vibrantes si mantengo
el pie en el acelerador. Considerando mi destino y el día que he tenido,
probar esa teoría no suena como un mal plan.
―¿Cuántos van ya? ¿Veintiocho? ―pregunto, intentando recordar
cuántas veces Gianna ha comenzado una frase con eso desde que Audrey y
yo empezamos a contar hace un año―. No. Audrey dijo que usaste “Hay un
tipo…” el domingo cuando salieron a tomar algo sin mí.
―No empieces. Estabas invitada y elegiste quedarte en casa.
―Entonces son veintinueve. ―Ignoro su comentario sobre mi ausencia
en las copas porque tenía dolor de cabeza. Sí tenía dolor de cabeza, y su
nombre era Gray Adler. Solo que ese dolor de cabeza en particular es de los
de siete días a la semana―. En fin, ¿qué pasa con él?
Tomo a la derecha en Pinecrest, despidiéndome de la hermosa puesta de
sol. No puedo evitar notar lo metafórico que es este momento. Estoy
dejando la luz atrás y descendiendo a la oscuridad.
Un pensamiento me fastidia en el primer plano de mi mente, diciéndome
que dé la vuelta y regrese a casa. Que me salve. Nada bueno saldrá de esta
noche con Gray porque su único propósito es hacerme miserable. Por
mucho que odie admitirlo, su plan ya está funcionando, y ni siquiera he
llegado.
Aunque no lo sabe, tuvo una asistencia en forma de mi exnovio Trace
esta tarde.
―Hace unas semanas llegó un correo de este tipo que dijo que estaba
acostándose con la esposa de uno de sus empleados ―dice Gianna.
―¿Qué? ¿La esposa de su empleado? ―Las cosas en las que se mete
Gianna―. ¿Cómo que el tipo trabaja para él y él se está acostando con su
mujer?
―Sí, justo así. Según él, y quién sabe si está diciendo la verdad, pero eso
no viene al caso, no lo sabía. La conoció mientras le rotaban las llantas.
―¿Eso es un eufemismo?
Ella se ríe.
―No. Estaban en un taller mecánico de verdad.
Reduzco la velocidad para un semáforo en rojo e intento armar hacia
dónde va esta historia. Es mucho más entretenido que pensar en la mierda
de Trace.
―Entonces, ¿cómo descubrió quién era ella?
―Su empleado recibió un premio, y tuvieron una cena de empresa para
celebrarlo. Ella entró del brazo de él.
―Apuesto a que eso fue incómodo. ―Avanzo, girando a la derecha en
un bar elegante llamado The Swill, y rápidamente entro en una zona
residencial. Edificios de apartamentos se mezclan con casas pequeñas que
tienen céspedes bien cuidados y flores colgando de los porches. Mi ventana
está cerrada, pero si no lo estuviera, apostaría que podría oler galletas
horneándose en algún lado. Si aquí es donde Renn aloja a sus empleados,
debería negociar una vivienda en mi inexistente contrato laboral. Maldita
sea―. ¿Le dijo al tipo que se estaba acostando con su esposa o qué?
Ella chasquea los labios.
―Odio este color en mí. Compré tres labiales nuevos, y estoy probando
cada uno. ¿Por qué nunca me dijiste que el coral no es mi color?
―Gianna, ¿puedes concentrarte? ―Suspiro, sabiendo que si se desvía
demasiado, nunca la recuperaré, y quiero saber el final de esta historia―.
Ya casi estoy en casa de Gray.
―Mierda. Se me cayeron los aretes. ¿Puedes esperar un segundo?
Pongo los ojos en blanco.
―Claro.
Reduzco la velocidad a un paso lento, examinando la escena frente a mí.
El apartamento de Gray está a mi izquierda, y aunque no estuviera segura
de cuál es, reconocería esa camioneta ridícula.
Mi cuerpo se tensa, tirando con tanta fuerza que hago una mueca
mientras estaciono a lo largo de la acera. He estado con náuseas desde que
recibí el correo esta tarde. Esto no ayuda.
Todo dentro de mí grita que no entre, con un volumen tan alto que es
ensordecedor. Necesito irme a casa y lidiar con el correo que recibí esta
tarde mientras aún tengo la mente clara, no entrar a casa de Gray para otra
batalla sin sentido. Eso es especialmente cierto porque, aunque no quiera
admitirlo, mis sentimientos aún están heridos por lo de ayer.
―Eso sería difícil, considerando que no creo que tengas uno.
Lucho contra el nudo en mi garganta y vuelvo mi atención a Gianna.
―Perdón por eso ―dice ella―. Para responder a tu pregunta, no, no le
dijo nada al tipo sobre acostarse con su esposa, y por eso escribió a la
columna. Quería saber si debía decir algo o dejar que ella lo manejara, ya
que era su matrimonio y él era una especie de espectador semi-inocente.
Más o menos.
El tono de su voz la delata. Suspiro, sabiendo que hay más en la historia
de lo que ha compartido.
―¿Qué no me estás contando?
―Puede que le haya pedido que nos encontráramos para cenar mañana
por la noche.
―¿Qué? ¿Por qué harías eso? ―Me detengo. Bueno, ella conoció a un
extraño en un estacionamiento vacío por un urinario, así que, ¿es esto
realmente tan sorprendente? Suspiro de nuevo―. Ni siquiera conoces a
este tipo.
―Me gusta cómo escribe sus correos, ¿okey? Pero la cena no está
confirmada, así que no te preocupes aún. ―Se ríe―. Bueno, esa es mi
noticia. Actualízame sobre tu vida, por favor.
Agarro el volante como si intentara desintegrarlo y miro el sobre en el
asiento del copiloto. La bilis recubre el fondo de mi garganta. Aunque mis
instintos me dicen que guarde esto para mí y lo maneje sola, sé que eso no
es saludable. Necesito apoyarme en mis amigas en situaciones difíciles.
Aquí vamos… Mis palmas húmedas se deslizan por mis muslos.
―Oh, tengo una actualización buenísima para ti ―digo―. Adivina qué
recibí en el correo hoy.
―Ni idea.
Tomo una respiración profunda y temblorosa.
―Recibí un correo de un abogado diciendo que debo casi veinte mil
dólares porque Trace, quien me echó, recuérdalo, no pagó su renta. ―Giro
los aretes que Audrey me trajo de Boston―. Luego, cuando finalmente se
fue, dejó el lugar hecho un desastre. Lavavajillas roto, alfombras
arruinadas. Aparentemente, destrozó todo el lugar.
―¿Cómo es eso tu problema?
Buena pregunta. Respiro profundamente para intentar apagar el fuego
que quema mi pecho. Trace fue una decisión tan mala, y no puedo escapar
de él. Han pasado años desde que lo vi o hablé con él, y aún está lanzando
llaves inglesas a mi vida. Lloraría si no estuviera tan entumecida.
―Porque pagué la renta varias veces, y la recolección de basura estaba a
mi nombre, así que eso de alguna manera me hace legalmente responsable
del resto. Suena increíble para mí, pero creo que tendré que conseguir un
abogado. ―Gimo, hundiéndome en mi asiento―. No sé qué hacer.
―No lo pagues. Eso es ilegal.
Me encojo de hombros.
―Esperemos, pero no quiero hablar de eso, y de todos modos tengo que
irme. Tengo dolores de cabeza más inmediatos a la mano.
―Okey, yo también tengo que irme. Voy a cenar con mi hermana. Está
en la ciudad por un par de días.
―Cierto. Diviértete con Lucía y dile que le mando saludos.
―Lo haré. Adiós, amiga.
―Adiós.
El silencio me envuelve, succionando el aire de mis pulmones. Va a ser
una tortura compartir espacio con Gray, especialmente cuando ya estoy al
límite, pero si no lidio con este imbécil, no tendré el dinero para lidiar con
el otro.
¿Veinte mil dólares? Mi estómago se revuelve, y aparto el pensamiento
de mi mente.
―Vamos ―murmuro, apagando el auto y tomando mi bolsa―. Termina
con esto.
Salgo, cierro con llave detrás de mí y empiezo a caminar por la larga
acera hacia los cuatro apartamentos de esta manzana. Son más como casas
adosadas desde este ángulo, cada una con un garaje y un pequeño porche.
Un niño juega con un cachorro al lado de la casa de Gray. En el otro, un
hombre mayor está sentado en un columpio en el porche, fumando un
cigarro. Me saluda como si fuéramos viejos amigos, y no puedo evitar
devolverle la sonrisa.
El porche de Gray es el único sin tapete de bienvenida o maceta. Parece
apropiado.
La sangre retumba en mis oídos mientras levanto el puño para tocar.
Levanto la barbilla, ocultando cualquier vulnerabilidad que pueda estar
reflejada en mis rasgos, y golpeo la puerta. Puede que esté ansiosa, pero él
nunca lo sabrá.
Tras unos segundos, la puerta se abre de golpe, y tomo una rápida
bocanada de aire. Por supuesto, está sin camisa.
No permito que mi mirada baje de sus ojos.
―¿Dónde están las cajas?
Se hace a un lado, con el rostro inexpresivo, y me señala que entre.
―En la esquina.
―Genial.
Paso junto a él como si no estuviera parado en shorts y descalzo, con el
cabello húmedo por la ducha. Apostaría a que se vistió, o más bien se
desvistió, así solo para ver si me molestaría. Tendrá que esforzarse más si
quiere una reacción de mi parte. Estoy enfocada como láser en las cajas y
no en su cuerpo. Me pregunto si eso lo molesta.
Su apartamento está fresco pero huele cálido, como a gel de baño y
canela. Es más acogedor de lo que esperaba. Unos toques agradables -una
planta, un par de fotos y una vela-, y este lugar podría pasar por un hogar de
verdad.
El portazo me hace saltar. Es demasiada estimulación para procesar de
una vez.
Dejo mi bolsa en el sofá y enderezo mi camisa, recuperando mi
compostura.
―¿Hay alguna caja que no quieras que abra?
―Nah.
Pongo los ojos en blanco con la espalda hacia él, intentando crear un
plan. La sola vista de las cajas arrojadas descuidadamente en la esquina de
la habitación derrite mi cerebro. ¿Ha vivido así durante días? ¿Cómo?
Realmente es un animal.
―¿Entonces solo ordeno y pongo las cosas donde quiera? ―pregunto.
―Sí.
―Bien.
―Genial.
Bufo, tomando una caja de la pila y llevándola al suelo. Gray se sienta en
la isla de la cocina con un marcador permanente en la mano, firmando
papeles para el departamento de medios. Ninguno de los dos habla ni
siquiera se mira.
Mi pecho se aprieta como si tuviera una correa alrededor, como si me
estuviera preparando para el momento en que el aire frágil entre nosotros se
rompa. Una presión invisible hace que sea difícil respirar.
La parte superior de la primera caja ya está abierta. Miro dentro… e
intento no jadear. Una miríada de objetos están amontonados como si un
niño pequeño hubiera tenido la tarea. Una sartén está metida entre una
toalla de baño y un libro. Botellas de suplementos están esparcidas en el
fondo. ¿Todas las cajas son así? Abro otra y encuentro una botella de
champú conviviendo con una cafetera.
Por un momento, todo lo que puedo hacer es mirar. Este desastre pincha
cada parte de mi corazón amante del orden. Gray no necesita una asistente.
El tipo necesita una mamá.
Tomo una larga y profunda respiración. Piensa en esto como una
oportunidad para arreglar algo en el mundo para que no colapses, aunque
ese algo sean solo los calcetines de Gray. Sin saber por dónde empezar,
saco una caja más pequeña de debajo de un par de shorts que parecen haber
sido arrojados casualmente sobre la pila como la estrella en una extraña
versión de un árbol de Navidad. Es más ligera y traquetea ligeramente. La
abro con cuidado.
―Oye ―digo, sacando el contenido―.Esto es genial.
Un tablero de ajedrez que parece hecho a mano con madera oscura y
resina de tono turquesa captura la luz sobre mí. Un cajón está integrado en
la parte inferior para guardar las piezas. Es pesado, sólido y hermoso, y,
afortunadamente, no está dañado.
Levanto la mirada y veo a Gray observándome. Solo ahora me doy
cuenta de que he estado hablando en voz alta.
―Oh, no te hablaba a ti ―digo con desdén―. Solo estaba admirando tu
tablero.
Levanta una ceja como si esto lo sorprendiera.
―¿Juegas?
Coloco el tablero con cuidado en el sofá.
―Amo el ajedrez ―digo, tomando otra caja y mirando dentro―. Pero
juego principalmente en mi entrada.
―¿En tu entrada?
―Algunas personas se sientan en la entrada a escuchar música ―digo,
apartando unas toallas de mi vista―. Yo me siento en la mía a jugar ajedrez.
―¿Por qué no lo juegas en la casa como todo el mundo en la tierra?
Todo es cosas de cocina.
―Porque el hábito empezó cuando evitaba entrar a la casa. ―Levanto el
paquete pesado, tragándome un gemido, y lo llevo a la cocina.
―¿Necesitas mi ayuda? ―pregunta, dejando el marcador.
―No.
―Tu cara se está poniendo roja.
Hago una mueca, colocando la carga en la encimera.
―Qué amable de tu parte notarlo.
Baja la barbilla y retoma el marcador. Creo que murmura algo por lo
bajo, y probablemente es mejor que no lo escuche.
Me ocupo encontrando un lugar para sus cuatro condimentos, un
salvamanteles y seis toallas de cocina que deberían lavarse antes de usarse.
Una tabla de cortar, creo, hecha de mármol, pesa casi tanto como yo. Cosa
rara para que él tenga, pero bueno. Tiene un abrelatas, dos cuchillos y una
taza medidora, y los dejo en la encimera. Luego encuentro otra caja de
suministros de cocina y los llevo a la habitación también. Es una distracción
tan agradable de la situación con Trace.
Esto no es tan malo como imaginé. Han pasado veinte minutos, y no solo
he avanzado, sino que Gray y yo no nos hemos matado. Es una pequeña
victoria que estoy demasiado feliz de tomar. Aprecio la oportunidad de
crear orden en algún lugar, ya que no parece que pueda hacerlo en mi propia
vida. Esto también alimenta una curiosidad morbosa sobre cómo vive él. Es
como hacer un informe de antecedentes sobre él sin visitar un sitio web
sospechoso y arriesgarme a contraer un virus, y ver fotos que no puedo
borrar de mi mente…
Encuentro algunos enlatados, pero no hay despensa en la cocina. El lugar
lógico para ponerlos es en el estante superior sobre las especias y los polvos
de proteína, pero no puedo alcanzar. Así que alineo las latas para que sean
fácilmente accesibles y luego me subo a la encimera.
―¿Qué estás haciendo? ―pregunta Gray como si le doliera verme.
Mis rodillas se clavan en las encimeras, y me equilibro.
―¿Qué parece que estoy haciendo?
―Parece que estás tratando de romperte un brazo.
―No te preocupes. ―Hago una mueca, intentando moverme en el
espacio estrecho―. Si eso pasa, me llevaré al hospital yo misma.
Gruñe, bufando detrás de mí.
―¿Por qué no solo pides ayuda?
―Porque no la necesito. ―Coloco las latas perfectamente equidistantes
unas de otras en el centro del estante―. ¿Crees que bromeo? Me rompí el
brazo en tercer grado al saltar de un columpio en el patio de recreo. Mi papá
estaba medio borracho con una botella de vodka cuando llegué de la
escuela. ―Añado una lata final de frijoles verdes a la fila―. No podía
soportar el dolor para la cena, así que caminé al hospital.
Hago una pausa para apreciar la perfección del gabinete antes de bajar de
la encimera con un poco más de coordinación de la que sabía que tenía.
¡Punto! Los ojos de Gray me siguen hasta la sala, y están calientes en mi
espalda mientras abro otra caja.
Mi temperatura corporal sube mientras repaso mi historia del brazo roto
en mi mente y deseo no haberla compartido con él. No necesita saber nada
sobre mí, y Dios sabe que no merece tener ese tipo de acceso a mi vida. Los
hombres como él son recolectores y cazadores. Recolectan información,
luego te cazan con ella.
Miro dentro de la siguiente caja y la empujo. No quiero pedirle ayuda,
pero no hay forma de evitar esto.
―Vas a tener que encargarte de esta. Va a la cocina.
―¿Demasiado pesada para ti?
Levanto la mirada y suspiro.
―No, es demasiado cacahuate para mí. Prefiero no entrar en anafilaxia
aquí y tener que llamar a los paramédicos mientras jadeo por aire.
―Pauso―. No es que no pudiera hacerlo.
―Por supuesto que podrías ―dice inexpresivo, bajándose de la silla.
Esta vez, no pienso lo suficientemente rápido para evitar mirarlo.
Mierda.
El cuerpo de Gray no fue construido. Fue esculpido. Forjado. Su pecho es
abultado, y su abdomen es como piedra. Sus piernas son casi troncos de
árbol, muslos gruesos y pantorrillas fuertes. Cicatrices y moretones
acentúan su piel tanto como la tinta oscura que abraza su muslo izquierdo
superior.
Es una máquina que se mueve con una gracia extrañamente refinada.
Incluso el diablo fue alguna vez un ángel.
Trago saliva y me enfoco en la caja, contemplando si moverla yo misma,
pero Gray está a mi lado antes de que pueda reunir el valor para seguir
adelante.
―¿Dónde la quieres? ―pregunta.
―Eso debería ir en el gabinete de especias encima de la cafetera.
―Contengo la respiración mientras se estira frente a mí y agarra el frasco.
Olas de su gel de baño me acarician casi criminalmente. Perdura en el aire
mucho después de que se ha ido, y me regaño mentalmente por notarlo―.
Abre un par de cajones mientras estás ahí y dime qué piensas.
―¿Buscando validación externa?
―Algunos de nosotros no tuvimos nuestras necesidades cubiertas de
niños. ―Un rubor no deseado colorea mis mejillas, traicionando mis
instrucciones de mantenerme fría. Hago una cara como si estuviera siendo
sarcástica, para que no use eso contra mí después tampoco―. De todos
modos, no me importa si te gusta o no. Puedes mover las cosas si lo odias.
―Estoy seguro de que lo haré.
Idiota. Me giro hacia el resto de las cajas y hago un espectáculo de
ordenarlas.
Su ropa está metida en dos cajas, principalmente camisetas, shorts y
pantalones deportivos. Un par de jeans. Hay algunas sudaderas y un abrigo
pesado, pero aparte de ropa interior y calcetines, eso es todo. No estoy
segura de qué esperaba, pero me parece extraño. ¿No tiene un par de
pantalones o una camisa de vestir? ¿Un cinturón? ¿Una corbata?
Un teléfono suena y me giro para ver si es el mío, pero antes de que
pueda alcanzar mi bolsa, él está contestando el suyo.
―Hola ―dice, en voz baja. Se lame los labios mientras escucha―.
¿Estás bromeando? Pensé que estaría en mi cuenta esta semana.
Doblo sus camisas, pensando que realmente debería usar suavizante de
telas, e intento no escuchar.
―No puedo esperar dos semanas ―dice, su voz llena de grava que raspa
mi piel―. Tendrás que resolverlo de una maldita vez. ―Mira los gabinetes
mientras escucha a quien sea que está al otro lado de la llamada―. Sí, eso
no va a funcionar. No me importa cómo lo digas.
De pie con la pila de camisas en las manos, las llevo a su habitación. La
voz de Gray resuena por el apartamento como un trueno. Es tan distractora
que ni siquiera puedo fisgonear en su cuarto. En vez de eso, me paro en su
cómoda, con una mano agarrando el borde superior, y escucho. ¿Con quién
está hablando?
―Eso no es mi problema ―dice―. Llámame y dime cuándo tendré el
dinero. Necesito al menos la mitad para el fin de semana.
El sonido de lo que asumo es un teléfono golpeando una encimera me
hace hacer una mueca.
Descargo las camisas en un cajón lo más rápido que puedo y regreso a la
sala. Mis pasos son vacilantes, y me muevo lo más silenciosamente posible.
Su conversación no parece haber ido bien, y no estoy segura de cómo estará
su humor ahora.
Está parado en el refrigerador cuando entro, sus músculos de la espalda
flexionándose y su columna rígida. Está enojado… y no tengo idea de qué
hacer. No le voy a preguntar qué pasa porque no es de mi incumbencia,
pero Renn también dijo que había rumores de que Gray tenía un problema
con las apuestas. Si esto involucra a la mafia o un círculo de apuestas
clandestino, estoy mejor sin saber nada. He visto suficientes películas para
saberlo.
No te pueden torturar por información que no tienes.
Gray no me hace caso, lo cual es lo mejor. Tomo una nueva caja y vuelvo
al trabajo. Cuanto más rápido termine esto, más pronto podré salir de aquí.
Abro la tapa y meto la mano, mis dedos golpean algo suave y fresco. Un
marco de fotos. Es el primer objeto personal que ha tenido hasta ahora, y mi
curiosidad se despierta.
El marco está colocado en una manta que parece haber sido
cuidadosamente envuelta alrededor de la foto en algún momento. Es
robusto con el peso de una pieza de calidad mientras lo saco de la caja. Me
siento sobre mis rodillas y observo la imagen que me devuelve la mirada.
Una rubia impresionante está inclinada, riendo. Sus ojos están
encendidos, y el viento ondula su cabello. Probablemente tiene unos
veintitantos, si tuviera que adivinar, y sostiene una pelota de rugby.
¿Quién es ella?
No se parece en nada a Gray, así que, a menos que uno de ellos fuera
adoptado, supongo que no es su hermana. El momento se siente íntimo, y la
mirada en sus ojos muestra adoración. Tiene que ser su novia.
El pensamiento me hace pausar. La idea de Gray, gruñón y con su mala
actitud, teniendo una novia tan… feliz, incluso despreocupada, es increíble.
¿Alguna vez estuvo él así de feliz? ¿Sigue con ella? ¿O terminaron, y por
eso es un imbécil ahora?
Me muerdo el labio inferior y miro alrededor de la habitación. Podría
poner el marco en la isla de la cocina o colgarlo en una pared, pero si es una
ex, tal vez no quiera recordarla todos los días. Solo hay una forma de
averiguarlo…
―¿Dónde quieres que ponga esto? ―pregunto, levantando la foto.
Se gira, con sus labios entreabiertos para hablar, pero en cuanto su
atención cae en mi mano, su boca se cierra de golpe.
―Podría ponerla por aquí en algún lado ―digo―. O en tu cuarto.
―Baja eso.
Ignoro el escalofrío en su voz.
―Okey. ¿Dónde?
Cierra la puerta del refrigerador de un golpe.
Aparto mis ojos de los suyos y coloco la foto de nuevo dentro de la caja,
luego me pongo de pie con cuidado.
Mis mecanismos de defensa se activan, disparando adrenalina en mis
venas. Soy hiperconsciente de su proximidad, del sonido de sus
movimientos en la cocina, y de la rapidez de mi respiración. No estoy
segura de qué hice para enojarlo, solo que lo hice.
―Si no quieres que toque tus cosas…
―No se trata de eso, Astrid.
―Eso parece, Gray.
Sostiene mi mirada desde el otro lado de la habitación. Su escrutinio me
hace retorcerme, principalmente porque estamos en su espacio personal y
no en uno neutral, lo que cambia las dinámicas, pero no dejaré que me
pisotee solo porque me pidió estar aquí.
―Vete ―dice con tono plano.
―¿Qué demonios hice…?
―Vete. ―Su tono gélido me hiela hasta los huesos―. Por favor.
¿Qué está pasando?
No estaba exactamente cálido cuando llegué, pero ciertamente no estaba
así, pero esta no es la primera vez que cambia de actitud conmigo. Lo hizo
ayer también.
Tal vez este es su patrón. Tibio, luego frío como hielo. ¿Es por eso que
Renn no confiaba en que navegara el equipo por su cuenta? Es
impredecible. Difícil de tratar. Insubordinado. Cómo Renn cree que es un
“buen tipo” está más allá de mí. Él suele leer a las personas mucho mejor
que esto.
Mi garganta se aprieta, pero trago a través de ella.
―Necesitamos aclarar un par de cosas ―digo, enfrentándolo y cruzando
los brazos sobre mi pecho―. No vas a desperdiciar mi tiempo ni a jugar
con mi cabeza, literalmente dándote la vuelta y siendo un completo imbécil
de la nada.
Se pasa una mano por el rostro y gruñe.
―No sé qué te molestó en el vestidor ayer, o si fue tu llamada o la foto
hoy, pero ninguna de esas cosas tiene que ver conmigo ―digo, mi voz
sube―. No entiendo.
―No entenderías aunque te lo explicara.
Su tono despectivo es plano y cortante. Está desechando lo que digo sin
siquiera escucharlo. Como si no tuviera corazón.
Me pongo más derecha, arrancando mi bolsa del sofá, luego lo clavo en
su lugar con una mirada sucia. Me aferro fuerte a mi enojo. Si empieza a
deslizarse, un dolor vulnerable tomará su lugar en mi pecho, y mis
moretones comenzarán a mostrarse, y no le muestro eso a nadie.
―Créelo o no, no soy una perra sin corazón ―digo, escupiendo las
palabras hacia él.
―Astrid…
Hago una pausa con la mano en la perilla de la puerta.
―O tal vez sí lo soy.
Si dice algo más, no sé qué haré. ¿Explotar? ¿Llorar? Dios, no voy a
dejar que me vea llorar.
―Astrid…
Jalo la puerta para abrirla y la cierro entre nosotros antes de que tenga la
oportunidad de decir algo más.
10
Gray
―No sé por qué acepté esto ―gruño, entrecerrando los ojos bajo la luz
del sol matutina mientras salgo de mi camioneta―. Al menos es trabajo de
recuperación y no pesas a primera hora.
Los entrenamientos matutinos suelen ser lo mío. Hay algo estimulante en
el aire antes de que se llene de escape y mierda. Pienso mejor, respiro
mejor, rindo mejor, pero me salí de mi rutina y no he podido recuperarla.
No he estado comiendo bien, mi mente ha estado nublada, y no recuerdo la
última vez que tuve una buena noche de sueño.
Y lo siento en todas partes. Especialmente hoy, ya que apenas cerré los
ojos anoche.
Tiro mi bolsa sobre mi hombro y cierro la puerta, asegurándola detrás de
mí.
El rostro de Astrid y esos malditos ojos verdes han destellado en mi
mente cien veces desde que salió furiosa del apartamento. ¿Enojo?
¿Confusión? ¿Dolor?
Es reminiscentemente del mismo semblante que tenía cuando salió del
vestidor. Es ligeramente diferente de la vibra de odio puro que suele usar
conmigo. Típicamente, sus miradas sucias son creíbles. Odio puro, lo cual
entiendo. A mí tampoco me gusta, pero antes de su salida de las
instalaciones y nuevamente antes de que dejara mi apartamento, no era solo
enojo. Lo que sea que nadaba en esos destellos dorados me ha estado
carcomiendo. Me mantuvo despierto. Me ha roído las entrañas.
―Mierda ―murmuro, metiendo la barbilla en el pecho contra el frío.
Deslizo una mano en mi bolsillo, solo para sentirlo vibrar. Otra vez, y otra,
y otra―. Estos idiotas.
No tengo que mirar para saber quién es porque ya lo hice… cuando Nico
y Ridge comenzaron a enviar memes al chat del equipo a las cinco y media
de la mañana. Por molesto que fuera, algunos eran graciosos. Ninguno, sin
embargo, fue tan hilarante como la reacción de Chase desde que alguien lo
volvió a añadir al chat contra su voluntad.
Estoy a punto de silenciar todo el maldito asunto cuando la vibración
cambia, y comienza a sonar.
Mis cejas se fruncen mientras saco el teléfono del bolsillo. El nombre de
Chuck aparece en la parte superior de la pantalla.
―Buenos días, Chuck ―digo con cuidado. ¿Por qué llama tan
temprano?
―Probablemente no.
Me detengo a unos pasos de la puerta principal. Mi corazón da un salto,
luego dos. Juro que puedo escuchar mis costillas crujiendo con la pesadez
del momento aplastando mi pecho.
―¿Por qué dices eso?
Suspira.
―¿Qué demonios hiciste, Adler?
¿Huh? Asiento, saludando a un par de chicos que llegan a las
instalaciones.
―Espero que tengas respuestas porque yo seguro que no las tengo.
―Chuck está claramente listo para estrangularme―. Recibí la notificación
de cancelación hace unos quince minutos. ¿Quieres explicar?
Mis dedos se enfrían, un escalofrío recorre cada uno como si mi cuerpo
atrajera toda mi sangre al centro para mantener mis órganos vitales
funcionando. Me quedo en el lugar con la mirada fija en la puerta hacia el
campo.
―No sé de qué estás hablando.
―Maldita sea, Adler.
Exhalo, intentando desesperadamente no perder la cabeza.
―¿Qué cancelación?
―Tu bono.
¿Mi bono?
―Espera, ¿qué? ―Camino hacia la puerta, seguro de que lo entendí mal.
O, como mínimo, estoy exagerando―. ¿Qué pasó? ¿Cancelaron un pago?
¿Será en otra semana o algo?
―No. Lo cancelaron por completo. Tengo una llamada con Brewer para
ver qué demonios pasó, pero eso es todo lo que sé. ¿Me estás diciendo que
no sabes?
―No, jodidamente no sé nada ―digo, pasándome una mano por la
cabeza―. Tiene que ser un error. ¿Por qué harían eso?
―De nuevo, tengo una llamada, y te avisaré cuando sepa algo. ¿Entonces
no te has metido en problemas ahí?
―No ―espeto.
Suspira como si ya estuviera harto del día.
―Entonces sigue con tu mañana, y te avisaré en cuanto sepa algo. Si no
has hecho algo que expresamente anule tu contrato, entonces pelearé por
esto, obviamente.
―Jodidamente espero que sí.
―Está bien. Hablamos pronto.
La línea se corta.
Aprieto el teléfono tan fuerte que algo cruje. No estoy seguro si es el
dispositivo o mis huesos, y realmente no me importa cuál pueda estar roto.
Estoy muy jodidamente enojado.
Ideas, situaciones y probabilidades giran en mi cabeza, intentando
aterrizar en la razón de esto. Seguramente, es un error. Tiene que serlo.
Porque si no lo es… estoy jodido.
Un sudor frío recorre mi espalda a pesar de la temperatura fresca. ¿Por
qué está haciendo esto Renn? ¿Cuál es el punto? Jalo el cuello de mi
sudadera lejos de mi garganta, arañando la tela para hacer espacio para
respirar. Cuando me giro, Jory está sosteniendo la puerta abierta y
mirándome.
―¿Estás bien? ―pregunta con genuina preocupación en su rostro.
―Sí. No. No sé. ―Exhalo y me encojo de hombros, con la frustración
instalándose en mis hombros―. ¿Tú estás bien?
Me señala que entre al vestíbulo delante de él.
―Mejor que tú, por lo que parece.
―A este punto, no se necesita mucho.
El edificio está tranquilo con solo unos pocos cuerpos moviéndose tan
temprano. Los primeros rayos del sol entran, iluminando el espacio con la
promesa de un día brillante. Sería inspirador si mi día no hubiera tomado un
clavado hacia los ardientes pozos del infierno.
―Voy a tomar un batido de proteínas antes de que vayamos atrás ―dice
Jory―. ¿Quieres uno?
―Yo… ―Mi mirada se desvía hacia un movimiento en el banco de
ascensores. Renn está saliendo, su atención enfocada en su teléfono―.
Estoy bien. Gracias.
―Nos vemos atrás ―dice Jory.
Mis pies se mueven hacia Renn antes de que mi cerebro tome la decisión.
Agarro la correa de mi bolsa en mi hombro y me recuerdo mantener la
calma. Probablemente solo es un error.
―Buenos días ―digo, luchando por no apretar los dientes.
La cabeza de Renn se levanta de golpe. No hay sonrisa, no hay oferta de
un apretón de manos.
Mierda.
―Oye, acabo de recibir una llamada de Chuck… ―No estoy seguro de
cómo explicar mi pregunta, o qué palabras usar para transmitir el punto.
―Sí. ¿Por qué no subes a mi oficina?
―Claro.
Estamos hombro con hombro en el ascensor mientras Renn escribe en su
teléfono. Su despreocupación por esto, como si sacar miles de dólares de
mis manos no fuera gran cosa, me hace querer golpear algo. Porque cuanto
más tarda el viaje al último piso, más pánico siento. Sabía de qué quería
hablar sin que lo dijera.
Algo está muy, muy mal.
Me lleva más allá de cubículos y miembros del personal desayunando en
sus escritorios. Es cordial con todos los que le hablan, pero pocos lo hacen.
Está claro que está enfocado en los negocios. ¿Qué está pasando?
―Entra y cierra la puerta ―dice, entrando a su oficina y rodeando la
esquina de su escritorio.
Cierro suavemente y dejo mi bolsa junto a la misma silla en la que me
senté la última vez que estuve aquí.
―Siéntate. ―Renn se sienta detrás del escritorio majestuoso y se
balancea en la silla de cuero. Espera hasta que estoy cómodo antes de
hablar―. Te invité a subir porque no discuto finanzas frente a los jugadores,
y asumo que eso es de lo que estabas hablando con Chuck esta mañana.
―Sí. Con todo respeto, ¿qué demonios?
―Oye, las condiciones del contrato fueron muy claras, y tú y yo las
revisamos juntos.
Asiento, desconcertado.
―Estoy de acuerdo.
―Rompiste el contrato, y no estoy en el negocio de pagar ese tipo de
dinero sin razón. Así que el bono está cancelado.
Agarro los reposabrazos, manteniéndome firme. “Tú rompiste el
contrato”. ¿Qué?
Estoy sin palabras. Desorientado. Repito la frase otra vez, como si
pudiera darle vueltas una y otra vez, y eventualmente se pulirá y tendrá
sentido.
―¿Dejo que la temporada se desarrolle y lidio con esto al final?
―pregunta―. ¿O te asigno a alguien nuevo y espero que puedas trabajar
con ellos de manera respetuosa? Estas son las preguntas que estoy
considerando esta mañana.
―Whoa, espera un segundo. ―Me siento derecho, encontrando un hueco
en la niebla―. ¿Por qué me asignarías a alguien nuevo? ¿Dónde está
Astrid?
―Renunció.
Un zumbido invade mi cerebro, haciendo que cada pensamiento sea
borroso.
Hay una lucha interna en mi cabeza. Ella renunció. ¿Por qué yo tengo
que renunciar a mi bono? Pero también… ¿por qué se fue?
―¿Alguna otra pregunta? ―pregunta Renn. Cuando mi mirada se
encuentra con la suya, me recibe con una mirada punzante que se siente
mucho como si yo tuviera la culpa de esto.
―Supongo que lo primero que quiero entender es por qué pierdo mi
bono si ella fue la que renunció.
―Ella renunció con causa.
Levanto una ceja mientras un ladrillo caliente me quema un agujero en el
estómago.
―Astrid se siente incómoda trabajando contigo, y me niego a pedirle que
siga haciendo algo que la hace sentir así.
Me estremezco, luchando por reparar la aparente desconexión entre mi
cerebro y mis oídos. Escucho lo que dice, pero seguro como el infierno que
no lo entiendo.
Un escalofrío frío serpentea perezosamente por mi columna mientras el
recuerdo de cómo me miró anoche regresa a mí.
Renn se inclina hacia adelante, apoyando los antebrazos en su escritorio.
―No sé qué pasó entre ustedes dos, pero te diré esto. Astrid Lawsen es
una de las mujeres más inteligentes, capaces y respetables que conozco. Se
necesita mucho para alterarla, Gray. Se necesita mucho para atravesar el
escudo que lleva consigo todos los días. Es una lástima que la primera
persona en lograrlo fueras tú.
Me inclino hacia adelante y entierro la cabeza en mis manos.
Renn conoce a Astrid, así que debe saber que no es una mujer alrededor
de la cual tengas que caminar con cuidado. No es exactamente un felpudo
esperando ser pisoteado. Ella es la que pisa. Claro, las cosas entre nosotros
no han sido un paseo por el parque, pero ella dio tanto como recibió. ¿Y
simplemente renuncia?
¿Y yo quedo jodido?
Levanto la cabeza, reprimiendo un gruñido.
Renn se recuesta de nuevo, esta vez cruzando un tobillo sobre la otra
rodilla. Me observa con una mirada que no puedo descifrar del todo, y eso
me hace inquietarme en mi asiento. Él y Astrid son cercanos, así que
entiendo que la escuche… pero necesito ese maldito bono. No hay otras
opciones.
Suelto un suspiro rápido.
―¿Podemos hablar de esto?
―No hay nada de qué hablar.
―Ella me odió antes de siquiera saber quién era. ―Tengo una sola
oportunidad de convencerlo de que me escuche. Si no la tomo ahora, nunca
la tendré de nuevo―. ¿Cómo sabes que no renunció solo para joderme?
¿No sería más lógico darme una asistente que no me desprecie desde el
principio?
―No.
―¿No? ―Me deslizo al borde de mi asiento, implorándole que me
escuche―. ¿Por qué ella? Quiero decir, no entiendo por qué crees que
necesito una niñera para empezar, pero ¿por qué ella? ¿Por qué no alguien
más? ―Gruño, golpeándome las rodillas al recostarme―. No puedes
hacerme esto. No puedes joderme así.
Renn se aparta de su escritorio y se pone de pie.
―Te traje aquí porque eres un jugador altamente capacitado ―dice, con
la mandíbula tensa―, pero también te traje para evitar que arruines tu vida.
Me estremezco ante sus palabras.
―¿Crees que le pago a mis jugadores lo que les pago sin investigarlos
primero? ―pregunta―. Tenemos la nómina más alta de la liga, por mucho.
¿Crees que solo firmo esos cheques sin saber a quién se los estoy
escribiendo?
Esto no puede estar bien.
―No, pero…
―Nadie te está jodiendo, Adler.
Me río con incredulidad.
―¿En serio?
―Claro. En serio. ―Enrolla los puños de las mangas de su camisa por
los antebrazos―. Crees que todos están en tu contra, pero en realidad eres
tú contra ti mismo. Enfrenta los hechos.
―No sabía que eras filósofo de medio tiempo.
Me clava una mirada aguda que me inmoviliza en mi asiento.
―Mira alrededor de mí. Me va bastante bien. Te convendría cerrar la
boca y tomar notas.
Si fuera cualquier otra persona en el mundo diciendo esas cosas, ya
estaríamos peleando.
―Veo algo de mí en ti ―dice―. No he estado exactamente donde tú
estás ahora, pero puedo imaginarlo.
―¿Puedes imaginarlo? ―Levanto una ceja, no seguro de qué sabe. Dudo
que Renn Brewer pueda entender mi mierda―. Me cuesta creerlo.
Renn termina con su manga y la ajusta a su gusto antes de mirarme de
nuevo. Cuando lo hace, sé la verdad. Ha hecho su investigación.
Él lo sabe.
La habitación se cierra sobre mí, las paredes se acercan rápidamente. Mi
corazón se acelera, bombeando sangre por mis venas a una velocidad
vertiginosa. No he hablado de esto a fondo con nadie, ni con Brooks, ni con
Hartley. Nadie. No estoy preparado para hablar con Renn al respecto, y
seguro como el infierno que no quiero hablar de eso ahora.
Todo se siente urgente, y estoy desesperado sin dirección. Mi vida se me
escapa de las manos, y lo estoy viendo pasar. No importa cuán fuerte apriete
los dedos, no puedo evitar que los granos caigan al suelo.
―Hace unos años, mi papá hizo cosas muy poco éticas a mi familia
―dice, con la sien palpitando―. Ahora está viviendo el resto de su vida en
una jaula, así de grave fue.
Me quedo inmóvil.
―Así que he pasado por cosas, amigo ―dice―, y he luchado contra
muchos demonios. Mucha culpa. He manejado mucha culpa. ―Toma aire,
y parece que la habitación también lo hace―. ¿Sabes qué he aprendido?
Sacudo la cabeza sutilmente.
―No toda pérdida significa que alguien falló. ―Lanza eso a la
habitación con la naturalidad de un reporte del clima. Planta ambas manos
en su escritorio y fija su atención en mí―. Te traje aquí para intentar
salvarte, para darte una oportunidad de salvarte a ti mismo. Si no quieres
hacerlo, eso es cosa tuya, pero no arrastrarás a Astrid contigo.
Apoyo los codos en las rodillas y dejo caer la cabeza.
Sus palabras me cortan como mil cortes de papel. Tal vez no habría sido
tan malo si estuviera preparado, pero no lo estaba. No estaba listo para que
sacaran cosas a la superficie y me las arrojaran en la cara.
No quería mirar en este espejo.
Por duro que sea escuchar, saber que Renn tiene alguna idea de lo que
estoy pasando alivia marginalmente la carga. Solo lo suficiente para
respirar. Esa pequeña apertura reduce la niebla en mi cabeza y me permite
pensar con claridad.
Y el primer pensamiento que atraviesa la bruma es Astrid. Ella se siente
incómoda trabajando conmigo. La declaración de Renn resuena en todo mi
cuerpo, serpenteando por mis venas como veneno. Las palabras son
deliberadas. No solo le desagrada trabajar conmigo, no solo me odia. Se
siente incómoda conmigo.
Destellos de nuestra interacción en el vestidor regresan. Las palabras que
elegí. La forma en que decidí pronunciarlas. El impacto que podrían haber
tenido…
―Pero no arrastrarás a Astrid contigo.
Esos pensamientos son seguidos por el recuerdo de ella parada en mi
sala, sosteniendo esa maldita foto, y la furia y vergüenza que sentí, y que
dejé que me afectaran. Que dejé que se derramaran sobre Astrid.
Claro, ella es una fiera que me ha pinchado tantas veces como yo la he
molestado, pero en realidad es una espectadora inocente en todo esto, y no
merece mi mierda. ¿Esa mirada en sus ojos? Era dolor.
No soy mejor que Breaker.
Mierda.
Me enderezo, fortalecido por la claridad de la verdad, y me aclaro la
garganta.
―Dije algunas cosas más… duras de lo que Astrid merecía, y puedo
asumir eso como hombre.
Renn asiente.
―¿Hay alguna posibilidad de que vuelva a trabajar conmigo?
―No hay ninguna posibilidad de que yo le pida que lo haga.
Justo.
―¿Y si yo hablo con ella? ―Eso se siente como entrar en la guarida de
un león en este momento, pero no hay alternativa, y probablemente me lo
merezco.
Sus labios se tuercen mientras piensa. Finalmente, se encoge de hombros.
―Tienes hasta medianoche. Puedo restablecer el bono antes de que
termine el día. De lo contrario, se acabó.
―Está bien.
―Pero si logras que ella acepte esto, y alguna vez la llevas a este punto
otra vez… ―Su mirada es fría. Letal―. No lo hagas. Dejémoslo ahí.
―Entendido.
―Ahora lárgate de aquí ―dice, haciéndome un gesto hacia la puerta―.
Ya has desperdiciado suficiente de mi día.
Me levanto, agarro mi mochila y corro hacia la puerta. Sin embargo,
antes de abrirla, me giro hacia él.
―¿Renn?
Levanta la vista de su computadora.
―Gracias ―digo, tragando con fuerza―. Por todo eso.
―Págame trayendo un título a Nashville. Ahora vete.
―Sí, señor.
Salgo al pasillo, sacando mi teléfono del bolsillo antes de que la puerta de
Renn se cierre siquiera. El nombre de Astrid está en mi registro reciente de
mensajes, y lo selecciono.

Yo: ¿Podemos hablar?


11
Astrid
―Creo que necesitas un pasatiempo ―dice Audrey, pinchando su salmón
con un tenedor―. Necesitas algo en qué pensar además del trabajo.
―A menos que regresemos a recolectar bayas y vivir en cuevas, tengo
que pensar en el trabajo ―digo―. Eso es lo que pasa cuando nadie te
enseña responsabilidad financiera, y estás hasta el cuello de deudas cuando
eres adulto.
Audrey deja su tenedor en el borde de su plato y me mira con los ojos
azules más dulces.
―Para ser justos, estabas sobreviviendo, y eras solo una niña. Démosle
un poco de gracia a la pequeña Astrid.
―Preferiría que le hubieran dado a la pequeña Astrid una clase de
economía personal ―murmuro.
Stupey’s está lleno para ser un miércoles por la noche. Esperamos treinta
minutos por una mesa, algo que nunca ha pasado en una noche entre
semana. Kim nos vio esperando y nos trajo a escondidas dos sangrías y un
Arnold Palmer. Aparentemente, un vlogger de comida les dio una crítica
brillante el domingo, y han estado abarrotados desde entonces.
Las redes sociales arruinan todo, casi tan rápido como los hombres.
―No necesitas un pasatiempo, Astrid ―dice Gianna, levantando su copa
manchada de labial―. Solo necesitas que te follen.
―Hay niños alrededor ―susurra Audrey, con las mejillas del mismo
color que su cárdigan.
Tomo mi tercera copa de sangría y me recuesto, considerando por una
vez el consejo de Gianna. Normalmente asumo que dice cosas por el valor
de impacto, y eso podría ser cierto, pero no puedo negar que necesito liberar
algo de esta tensión de mi cuerpo, ¿y qué mejor manera de hacerlo que
dejando que me la saquen a tornillos?
Es mejor que el vete a la mierda que estoy recibiendo de todos los demás
en mi vida. Demonios, sigo siendo jodida por un hombre que me engañó,
me echó de su casa y me hizo tomar una ronda de antibióticos como
recuerdo. Nunca termina. Entre mis cuentas, amenazas legales y perder mi
paga extra por la mierda de Gray, estoy inclinada sobre un barril, y no hay
nada que pueda hacer al respecto… y lo odio.
Podría estar inclinada sobre algo más y al menos sacar algo de eso.
Bostezo, la sangría dándome la primera muestra de relajación que he
sentido desde que recibí ese maldito correo. El manejo del estrés suele ser
una de mis fortalezas, principalmente porque mantengo todo en mi vida en
pequeños grupos ordenados, pero estoy a una palabra equivocada de
colapsar por completo.
―¿Sabes qué, Gianna? ―digo―. Podrías tener razón.
Audrey sacude la cabeza.
―No. No tomes el consejo de Gianna.
―¿Y por qué no? ―pregunta Gianna, fingiendo estar ofendida.
―Bueno, para empezar, tu respuesta siempre es sexo. El sexo no lo cura
todo.
Gianna jadea.
―¿Perdona? No vayas difundiendo desinformación como esa. ¿No va
eso en contra de tu juramento de doctora o algo por el estilo?
―Creo que te refieres al juramento hipocrático, y no, los doctores en
filosofía no hacemos juramentos. No lidiamos con situaciones de vida o
muerte.
―Estoy de acuerdo con Audrey en que el sexo no lo cura todo. ―Los
bordes afilados de mi frustración se suavizan, permitiéndome inflar mis
pulmones por completo―, pero tampoco lo hacen las multivitaminas, y las
tomo todas las mañanas.
Gianna sonríe radiante.
―¡Esa es mi chica!
―Hablemos de esto ―dice Audrey, ignorando la celebración de
Gianna―. Estás enojada con un hombre. No necesitas meter a otro en la
mezcla.
―O podría desquitarse con ese. ―Gianna nos mira a ambas y se encoge
de hombros―. Estoy de acuerdo contigo, Aud. Sería irresponsable meter a
otro pobre hombre inocente en este desastre. Lo más efectivo sería follarle
los sesos al hombre con el que estás enojada en primer lugar.
Suspiro, entrecerrando los ojos hacia ella.
―No follaría con Gray Adler ni aunque fuera el último hombre en la
tierra y tuviera el deber de repoblar el planeta.
―Permíteme señalar que saltaste inmediatamente a Gray y no a Trace
―dice Gianna, sonriendo.
Como si lo hubieran invocado desde las profundidades del Hades, mi
teléfono vibra con el mensaje número cuatro mil que he recibido de Gray
hoy.

Gray: Realmente me gustaría hablar contigo.

Audrey levanta una ceja.


―¿Es él otra vez?
Asiento, deseando haber apagado mi teléfono. No ha dicho mucho en sus
millones de mensajes, solo que quiere hablar en varias versiones, pero cada
vez que veo su nombre en mi pantalla, quiero hablar con él menos.
Le fallé a Renn, y estoy enojada con Gray por ponerme en esa posición.
Me he enorgullecido de nunca fallarle a los Brewer en ninguna tarea que me
hayan dado a lo largo de los años. Ni una sola. Demonios, he ido más allá,
incluso ayudando a Tate en algunas ocasiones, y eso es equivalente a recibir
una granada en la cara. Ese hombre es un desastre andante, pero nunca he
fallado… hasta ahora.
Una oleada de emociones quema el puente de mi nariz, pero las combato,
como debería haberlo hecho con Gray. Dejé que mis sentimientos tomaran
las riendas, y eso es tan débil de mi parte. ¿Peor aún? Me costó un aumento
que necesito desesperadamente.
Desperté en pánico esta mañana después de una noche sin dormir llena de
pesadillas y sudores. Seguía soñando que estaba en un pozo profundo y un
grupo de hombres estaba arriba, arrojándome tarjetas de crédito y contratos
de alquiler. Cada pedazo de papel y plástico cortaba mi piel y me dejaba
llorando en un montón de lágrimas y sangre… y nadie venía a ayudarme.
Así que, una vez despierta y segura de que nadie me estaba arrojando nada,
llamé a dos bufetes de abogados y pregunté por contratar sus servicios.
Resulta que o vendo fotos de pies o subasto un riñón. Aunque el comprador
tendría que pagar las facturas del hospital por la extracción de mi órgano.
―¿Le has respondido a Gray alguna vez? ―pregunta Gianna, mordiendo
un croûton.
―No. No tengo nada que decir.
―Parece que tienes mucho que decir ―dice Audrey―. Tal vez deberías
simplemente decirle cómo te hizo sentir…
―Ew. ―Arrugo la nariz―. ¿Por qué haría eso?
Audrey sonríe.
―Podría sorprenderte. Apuesto a que te sentirías mucho mejor.
―Te dije qué te haría sentir mejor ―dice Gianna, también sonriendo.
Miro de Audrey a Gianna y luego de nuevo a Audrey. ¿Han perdido la
cabeza?
―Ustedes dos dan los peores consejos.
Gray: ¿Podrías solo escucharme, cariño?

―¡No, no lo hizo! ―jadeo, mirando el teléfono.


―¿Qué? ―pregunta Gianna.
Apenas escucho su pregunta, mi mente decide enfocarse en la amenaza
percibida y no en mi inofensiva mejor amiga. No puedo creer lo que ven
mis ojos, y debo releerlo cinco veces antes de que se asiente. El maldito me
llamó cariño.
Mis dedos golpean el teclado y teclean furiosamente.

Yo: Come mierda y muere.

Su respuesta es inmediata.

Gray: ¡POR FIN!

―¡Ese bastardo! ―digo, con la mandíbula rozando la mesa. He caído en


un juego―. Caí en la trampa.
―Bueno, él es un cebo bastante atractivo ―murmura Gianna a Audrey.
Miro la pantalla con incredulidad. El calor pinta mi rostro mientras
combato olas de humillación. No sé qué hacer ahora. Mis amigas charlan a
mi lado, dando sus opiniones sobre cómo debería reaccionar, pero no
distingo sus palabras. La voz que grita dentro de mi cabeza es mucho más
fuerte que las suyas.

Gray: No estoy tratando de hacerte sentir incómoda, y si mis mensajes te


hacen sentir así, por favor dime y pararé.
Yo: LO HACEN.

Pero me detengo antes de presionar Enviar.


Las copas de sangría que he consumido se sienten como diez en mi
estómago. Se revuelven, salpicando contra la base de mi esófago y
quemándolo. Haciéndolo incómodo.
De las veinte palabras que envió, esa es la que destaca.
“No puedo trabajar con él, Renn. Su personalidad es errática, y eso me
hace sentir incómoda.”
“Eso es todo lo que necesito escuchar.”
Mi conversación con Renn no duró mucho, fue mucho más corta de lo
que esperaba. Llamó para preguntar cómo iba con Gray, y ni siquiera pude
explicar la situación completamente. Tan pronto como le dije que me sentía
incómoda y que no quería trabajar con él, la llamada terminó.
No puede ser una coincidencia que Gray usara ese término.
Borro mi respuesta y escribo una nueva.

Yo: Me irritan.

Y luego presiono Enviar.


―Como estás tan combativa esta noche ―dice Gianna―, este podría ser
un buen momento para sacar esto, Astrid.
La miro por encima del teléfono, levantando una ceja.
―Estábamos haciendo una lluvia de ideas en el trabajo el lunes,
revisando revistas antiguas en busca de inspiración ―dice―. Nos topamos
con esta columna donde tomaban una pregunta y varias personas la
respondían. Pensé que podrías encontrarlo divertido, y paga. No mucho,
pero un par de cientos de dólares.
―¿Un par de cientos de dólares por mi respuesta a una pregunta ridícula
de una persona cualquiera en internet? ―pregunto―. ¿Eso es todo? ¿Sin
trampa?
―Eso es todo. Sin trampa.
―Estoy dentro ―digo, mientras mi teléfono vibra en mi mano. Supongo
que usaré eso para empezar un fondo legal.
―¡Genial! Dame unos días para organizar todo y luego te daré más
información

Gray: Somos mejores que esto.


Yo: Habla por ti.
Gray: Eres la única mujer en el mundo que discutiría con alguien que
intenta decir cosas buenas sobre ella.
Yo: ¿Tu punto?
Gray: Esto no está yendo como lo imaginé.
Yo: Genial. Pierde mi número.

Pongo mi teléfono en silencio y lo coloco boca abajo sobre la mesa.


Concéntrate, y no en él.
―Necesito encontrar otra fuente de ingresos ―digo, aceptando otra copa
de sangría de Kim―. Gracias.
―De nada. ¿Necesitan algo más, chicas? ―pregunta.
―Si quieres traerme la cuenta, eso sería todo ―dice Audrey.
Kim se abre paso entre el laberinto de sillas y mesas sucias.
―Necesitas otra fuente de ingresos ―Audrey retoma mi comentario―.
¿Qué tipo de cosa estás buscando?
―Algo que pague como cirujano cardíaco por tareas de asistente
administrativa ―digo, soltando un suspiro―. Estoy en el mismo barco
financiero que antes de Gray, siempre y cuando lo de Trace no me cueste el
único brazo que me queda, pero no tengo veinte mil dólares para pagar sus
cuentas, sin mencionar los honorarios de los abogados que incurriré para
pelearlo. Nunca se detiene. Mi barco financiero está lleno de agujeros.
Audrey me da una palmadita en la mano.
―Saltaré a tu barco y te ayudaré a sacar agua. Solo dime qué tipo de
cubeta traer.
Gianna gruñe.
―¿Por qué siempre tienes que ser tan buena y hacerme quedar tan mal?
Me río.
―Trae una cubeta y únete a nosotras ―dice Audrey―. No dije que no
pudieras venir.
―No, pero lo dijiste primero. Eres tan… buena.
Audrey y yo reímos ante la expresión de disgusto en el rostro de Gianna.
Como si ser buena fuera algo terrible. Lentamente, Gianna cede y también
ríe.
―Es bueno que te quiera ―dice.
―También te quiero ―le dice Audrey―, y te haré buena antes de que
esto termine. Espera y verás.
Kim regresa y le entrega a Audrey la cuenta. Ella mira el papel y le da su
tarjeta de crédito. Mientras Kim se aleja, algo al otro lado del salón capta
mi atención.
No estoy segura si es la camiseta negra lisa que me resulta familiar o la
anchura de su espalda, pero cuando Gray se da la vuelta, poniéndose una
gorra de béisbol en la cabeza, su mirada choca con la mía con la fuerza de
un camión Mack.
―Mierda ―siseo, mientras el calor sube por mi cuello.
―¿Qué pasa? ―pregunta Gianna―. ¿Estás bien?
―¿Comiste un cacahuate? ―Audrey alcanza mi bolso―. ¿Dónde está tu
EpiPen?
Miro a través de mis pestañas y veo un par de muslos gruesos
acercándose a nuestra mesa. Esto va a requerir más que un EpiPen, chicas.
Su colonia nos llega antes que él, acariciándonos con una falsa sensación
de calma. Gianna percibe su cercanía primero, naturalmente. Una sonrisa
lenta y sexy besa sus labios mientras fija su mirada en Gray.
¿Cuáles son las probabilidades de que esté aquí? ¿Por qué me odia el
universo?
Audrey me lanza una mirada, y asiento. Su rostro se llena de horror.
Tomo una respiración profunda y levanto la barbilla. Sus ojos aún están
pegados a mí, un pegamento caliente y pegajoso que atrapa mi atención y la
sostiene con fuerza. Se detiene junto a Audrey, metiendo las manos en los
bolsillos.
Mi corazón se acelera.
―El acoso es ilegal en Tennessee ―digo inexpresivamente.
―Tal vez yo estaba aquí primero ―dice.
Gianna se recuesta.
―Oh.
―Sí ―digo sin romper el contacto visual con mi némesis―. Gianna y
Audrey, este es Gray Adler. Ya se iba.
―Encantado de conocerlas, señoritas.
Pongo los ojos en blanco. Mis amigas no dicen una palabra.
―Astrid, ¿podemos hablar un minuto? ―pregunta Gray.
―Estoy bastante segura de que ella te ha dicho varias veces que no
quiere hablar contigo. ―Gianna lo mira fijamente.
Los labios de Gray se contraen.
―Tienes que irte ―dice Gianna―. Tengo una pistola eléctrica, y la
usaré.
―Antes de que me electrocutes… ―Le da una mirada como si fuera
ridícula―. Déjame decir una cosa.
―Hazlo rápido ―dice Audrey―. Gianna es rápida con esa cosa.
Él reprime una risita, y eso me da ganas de patearlo en las espinillas.
―Astrid, lo siento.
¿Eh? Mis ojos se abren, y mi corazón da un salto. Como si las palabras
solas no fueran suficientes para confundirme, su tono -suave, claro y
uniforme-, me confunde aún más. ¿Y frente a una audiencia? Casi suena
como si lo dijera en serio.
―Puedes irte ahora ―dice Gianna.
―Sí, pero la disculpa estuvo muy… ¡Auch! ―dice Audrey, ganándose
un codazo en las costillas de Gianna.
Gray no mueve un músculo. Me observa sin el fuego que suelo ver en sus
ojos. Sus cejas están fruncidas, y hay líneas alrededor de su boca. Sin
arrogancia, sin un comentario mordaz en la lengua. No sé qué hacer con
eso.
―Podemos hablar frente a tus amigas si eso te hace sentir más cómoda
―ofrece Gray.
Gianna y Audrey me miran como si estuvieran viendo un partido de ping-
pong y esperan una indicación. Si les digo que lo saquen de aquí, lo harían
sin dudar. Audrey incluso podría pellizcarlo por mí.
Debe ser la sangría nublándome la vista -y el cerebro-, porque Gray
parece algo arrepentido. Eso o el estrés de las últimas veinticuatro horas me
ha desgastado por completo, porque casi quiero escucharlo. Si le diera cinco
segundos para decir lo que quiere, podría evitar que siga explotando mi
teléfono. Eso me permitiría olvidarme de que existe y concentrarme en el
otro imbécil en mi vida causando problemas.
―¿Por qué estás aquí? ―le pregunto.
―¿En Stupey’s? Porque Jory me dijo que su pad thai era increíble. No
tenía idea de que estabas aquí, si eso es lo que piensas.
―Obvio que eso es lo que ella piensa ―dice Gianna―. La has estado
molestando todo el día.
Él comienza a responder, pero se detiene. Probablemente sea una buena
idea. Puede que yo sea un poco peleonera cuando me provocan, pero
Gianna le arrancará la garganta del cuerpo y la usará como pajita.
Kim le entrega a Audrey su tarjeta mientras mira de reojo a Gray.
―Listo, chicas. ¿Necesitan algo más?
―Estamos bien ―digo―. Gracias, Kim.
―Buenas noches, chicas ―dice, saludando a la mesa y dándole a Gray
una rápida ojeada mientras se va.
―Buenas noches ―dice Audrey tras ella.
Gianna se gira hacia mí.
―¿Qué quieres que hagamos?
Miro alrededor del comedor. Todavía está bastante lleno, y parece que
algunas personas están esperando una mesa. No puedo, con la conciencia
tranquila, ocupar un espacio cuando Kim podría estar ganando propinas de
un nuevo grupo.
―¿Le dejaste propina en la tarjeta? ―le pregunto a Audrey.
―Obvio.
Agarro mi bolso.
―Vámonos. Gray, puedes seguirnos y hablar mientras caminamos, si es
necesario.
Me pongo de pie y sigo a mis amigas por el restaurante. Mis instintos me
dicen que Gray está detrás de mí, pero no miro. Los vellos de mi nuca no
estarían erizados si no estuviera.
Mi cuerpo hormiguea con anticipación aunque no hay forma de saber qué
va a decir. Estoy segura de que no está feliz de que renunciara, pero no sé si
está enojado por eso, pero si sé algo de él, es que puede pasar de caliente a
frío en dos segundos.
Un hombre nos sostiene la puerta, y salimos a la fresca noche de
primavera. Formamos un pequeño círculo en la acera alrededor de una bola
gigante de tensión. Audrey se ajusta el cárdigan, mordiéndose el interior de
la mejilla nerviosamente.
Gray está a mi lado, cerniéndose sobre mí con sus tenis. Parece más
grande aquí fuera que en nuestras interacciones pasadas. Hay barba
incipiente en su rostro, sus labios lucen secos, y quiero recordarle que
agregue sal celta a su agua para hidratarse, pero no lo hago. Ya no es mi
problema.
―Pueden irse, chicas ―digo, abrazando a mis amigas.
―¿Segura? ―pregunta Gianna―. Esperaremos por ti. ¿Quieres que
esperemos en el auto por si necesitamos cavar un hoyo muy, muy grande
esta noche?
Gray suspira exasperado.
Sonrío.
―Estoy bien. Lo prometo.
―Llámame cuando llegues a casa ―dice Audrey―. Antes de que
juegues ajedrez en la entrada. Quiero saber que llegaste.
―Lo haré.
Se giran juntas y se dirigen al estacionamiento.
La acera se siente mucho más vacía sin mis amigas. Un par de personas
pasea por el otro lado de la calle, pero nuestro lado está vacío. El único
sonido, aparte del ocasional auto, es el suave zumbido de la música que sale
de Stupey’s.
Estoy sola con Gray, pero esta vez, no quiero correr. Por primera vez,
quiero escuchar qué tiene que decir. ¿Un hombre que se disculpa y lo
admite? Considérame intrigada.
Tomando una respiración profunda, me giro hacia él. Su mirada
encuentra la mía inmediatamente.
―Habla.
12
Gray
―Lo siento ―digo.
Es la segunda vez que le digo esas palabras a Astrid, y la segunda vez que
esas palabras parecen no importar.
Mi cabeza es un maldito desastre. Juro que escucho cada segundo que
pasa. Tic, tac. Tic, tac. Es un latido más cerca del final del día, y del final de
mi ventana de oportunidad para salvar este contrato.
Ella mira hacia la calle con los brazos envueltos alrededor de su
estómago, y estoy honestamente sorprendido de que aún esté aquí. Eso me
da una apertura, probablemente la única que tendré, para convencerla de
que no soy el completo imbécil que ella cree que soy. Aunque en este
momento lo dude de mí mismo.
―Fui demasiado lejos. ―Me paso una mano ásperamente por la
cabeza―, y me disculpo.
Ella arrastra su atención hacia mí como si fuera lo último que quisiera
hacer. Cuando sus ojos encuentran los míos, hay una frialdad en ellos que
me golpea. Esta no es solo una mujer enojada -Dios sabe que he visto a
varias de esas-, sino que esta mujer está herida.
Mierda.
―No te agrado ―digo, cuadrando mis hombros con los suyos―. Puedo
vivir con eso. Realmente tampoco me agradas.
Ella entrecierra los ojos, pero no del todo como si quisiera matarme, o tal
vez no tan brutalmente como suele hacerlo.
―Pero esta… cosa entre nosotros ―digo, avanzando―, se nos ha ido de
las manos. Lamento haberme comportado como lo hice, y estuvo mal. No
había razón para que se volviera tan personal, y nunca quise hacerte sentir
incómoda.
Su pecho sube y baja. Se echa ligeramente hacia atrás, su postura se
endurece. Su mirada se desvía hacia el suelo.
―Renn dijo…
―Puedo imaginar lo que dijo ―interrumpe, con su voz elevándose junto
con su mirada―, y se basó en lo que le dije, lo cual pudo haber sido
malinterpretado, o no explicado del todo. De cualquier forma, tú me haces
sentir muchas cosas, y es solo… complicado. ―Levanta su bolso al hombro
y cambia de peso―. No sé por qué estamos teniendo esta conversación.
¿Renn te obligó a hacer esto? Entonces está bien, yo…
―No, no me obligó a disculparme contigo. ―Mi mandíbula se tensa―.
Creo que estaría más feliz si nunca volviera a hablarte.
―Entonces, ¿por qué lo haces?
Esa es una maldita buena pregunta.
Giro la cabeza de un lado a otro para liberar algo de la presión que se
acumula en la parte trasera de mi cuello. Su pregunta es directa, y la
respuesta era simple cuando le rogué que hablara conmigo hoy. La necesito
a bordo para cumplir con mis acuerdos financieros, pero ahora, con el sol
poniéndose a su espalda y los destellos dorados ausentes de sus ojos, no
estoy seguro de que esa sea toda la razón.
―Quiero declarar una tregua ―digo.
Ella resopla, sacudiendo la cabeza como si fuera una sugerencia ridícula.
―Empecemos de nuevo ―digo, mi voz es tan suave como puedo
hacerla―. Borrón y cuenta nueva.
―¿Por qué haría eso?
―Porque sé que Renn es importante para ti, y estoy haciendo
suposiciones, pero ¿no te está matando que tú…
―Oh, no. ―Los destellos dorados están de vuelta. Me señala con un
dedo―. No actúes como si supieras algo de mí.
―Literalmente me dijiste que nunca decepcionas a Renn, así que eso no
es especulación.
Ella gruñe, incapaz de discutir conmigo porque tengo razón.
―Solo dale otra oportunidad a esto ―digo―. Por favor.
Ella pasa por mi lado, y pienso que va a alejarse. Estiro la mano hacia
ella, pero la bajo tan rápido como la levanté.
Si la toco, seguro me romperá la nariz.
Su cabello se agita en el aire mientras gira sobre sus talones,
enfrentándome de nuevo, y el rubor en sus mejillas hace que sus pecas
brillen. Nunca he estado tan cerca de ella, ni la he examinado tan de cerca,
por eso noto las pequeñas estrellas que adornan sus orejas. Es la única joya
que lleva, aparte de una diminuta cruz delgada alrededor de su cuello.
Incluso frunciendo el ceño, es hermosa. Qué broma injusta del universo.
―No me encantaría nada más que poder lidiar contigo ―dice―.
Resolvería algunos de los problemas que están arruinando mi vida en este
momento. Verás, estoy atrapada en este lugar entre la solvencia financiera y
la mental porque no puedo hacer ambas al mismo tiempo. Aparentemente,
quemé a alguien en la hoguera en mi vida pasada porque realmente siento
que estoy siendo castigada por algo.
Habla tan rápido, tan animadamente, que es difícil seguirle el paso.
También es difícil no sonreír, pero no me atrevo. No puedo arriesgarme a
eso.
―Solo necesito que algo sea fácil ―dice, su voz sube de volumen―.
Solo necesito que una cosa salga bien, y mientras más hombres dejo entrar
en mi vida, más se joden las cosas. Y. Solo. Necesito. Un. Maldito.
Descanso.
Suelta un bufido, con todo su cuerpo moviéndose con el sonido.
Doy un paso atrás por si acaso.
―Entonces dime, Gray ―dice, acercándose a mí―. ¿Qué puedo hacer
por ti para hacer tu vida más fácil?
No lo dice en serio. Si sus labios fruncidos no fueran mi primera pista,
los puños apretados la delatarían. Es una trampa total.
―Vamos a…
―No me digas que me calme ―advierte.
―No se me ocurriría. ―De nuevo, porque las palabras estaban en la
punta de mi lengua. Lanzo una oración de gratitud por evitar ese gatillo.
Dos parejas nos rodean ampliamente para entrar a Stupey’s. Le dan a
Astrid una mirada como si fuera un acto de circo, y eso me enoja. Los miro
fijamente, diciéndoles en silencio que se ocupen de sus propios malditos
asuntos. Sé que entendieron el mensaje cuando entran rápidamente al
restaurante sin una segunda mirada.
Luego me giro hacia Astrid. Parece estar a dos segundos de inclinar la
cabeza hacia el cielo y gritar.
―¿Por qué no damos un paseo? ―sugiero con cuidado, como si
estuviera calmando a un perro rabioso―. Estamos bloqueando la puerta.
Para mi sorpresa, se queda a mi lado mientras me alejo de Stupey’s.
Tomo un momento para reconfigurar lo que quiero decirle, porque ella ha
cambiado el guion. Ahora no sé cómo expresar las cosas que quiero decir y
lograr los resultados que necesito. Tampoco estoy completamente seguro de
qué resultados busco.
Sus palabras resuenan en mi cabeza, tirando de mi cerebro. “Solo
necesito que una cosa salga bien, y mientras más hombres dejo entrar en
mi vida, más se joden las cosas, y solo. Necesito. Un. Maldito. Descanso.”
¿Qué se supone que significa eso?
La fila de edificios termina. Un desvío de la acera lleva a un gran espacio
verde lleno de magnolias del sur en flor, y su aroma a limón me recuerda
los largos días en el rancho, escondiéndome en las líneas de árboles para
evitar ayudar con las tareas del hogar.
Estiro la mano y tomo una flor al pasar, sintiendo los pétalos brillantes y
la parte inferior difusa contra mis dedos. No estoy seguro de cómo romper
el hielo con Astrid, y temo que el enfoque equivocado no solo romperá el
hielo, sino que también destrozará mis posibilidades de arreglar esta
situación, y tengo que encontrar una solución. Tengo que hacerlo.
―No soy insensible ―dice después de que hemos caminado un buen
tramo por el sendero. Cuando miro por encima de mi hombro hacia ella,
está mirando hacia adelante, pero al menos ha recuperado la compostura―,
y tampoco soy una completa perra.
Es un comienzo curioso, pero es un paso adelante.
―Bueno, yo me esfuerzo al máximo… ―Tomo una respiración
profunda. Si realmente quiero avanzar aquí, debo ser honesto―. No, eso es
mentira. No me he esforzado mucho por no ser un imbécil. Realmente no lo
he intentado en absoluto.
―Me alegra escuchar eso porque, si lo hubieras hecho, serías un
completo fracaso.
Considero sus palabras mientras giramos y regresamos hacia el
restaurante. Las repito en mi mente, intentando localizar la parte que me
hace cosquillas en la nuca. Ella piensa que soy un imbécil, lo cual no es
inesperado. Ni una revelación sorprendente, y quiere que sepa que no es
una perra.
Pero, ¿por qué es importante para ella que yo lo sepa?
La observo de reojo. Cuando no piensa que la estoy viendo, casi parece
otra persona. Sus labios son suaves y entreabiertos en lugar de estar
apretados. Se mueve más suavemente, menos contenida. Sus pestañas
parecen más largas, y su cuerpo está suavizado. La armadura desaparece, y
una vulnerabilidad femenina toma su lugar.
Es la primera vez que la veo como mujer y no como una arpía, y eso me
jode.
―Bueno ―dice mientras la armadura se vuelve a cerrar―. Admitiré que
no he sido precisamente la más fácil para trabajar.
―Mírate. Lo admitiste, y sigues viva.
Me lanza una mirada fulminante, haciéndome reír.
Me detengo bajo las magnolias y espero a que ella también lo haga. Da
unos pasos antes de detenerse, girando lentamente hacia mí. Stupey’s no
está lejos, y una vez que lleguemos ahí, mi oportunidad habrá terminado.
Negocia, Adler. Eso es lo que se necesita aquí.
Compromiso. Mi palabra menos favorita.
Astrid me estudia desde justo fuera de mi alcance, con los brazos
cruzados fuertemente alrededor de su cintura. Es un hábito suyo que no
había pensado mucho hasta ahora. ¿Está tratando de protegerse con esta
postura? ¿Se está haciendo más pequeña? Me lamo el labio inferior,
intentando frenar las preguntas que asaltan mi cerebro.
Es tan… defensiva. Demasiado defensiva para que esto sea solo por mí.
―Estoy cansada de pelear contigo ―dice con calma―. No puedo
hacerlo ahora, lo cual probablemente es lo que intentaba comunicarle a
Renn. Luchar contigo es demasiado encima de todo lo demás. ―Frunce el
ceño―. Ya no eres mi mayor problema, si eso te dice algo.
Levanto una ceja, pero no comento. Si no hablo, no puedo arruinar esto…
y creo que podríamos estar yendo en la dirección correcta, pero no quiero
hacerme ilusiones todavía.
―Si podemos establecer algunas reglas básicas, tal vez podamos hacer
que esto funcione ―dice con cuidado.
Tranquilo, Adler. Ve con calma. Le ofrezco la flor en mi mano. Ella la
mira con sospecha antes de ceder. Sus dedos la toman de los míos sin
tocarme.
―Pero primero ―dice, llevando la flor a su nariz―, ¿qué ganas tú con
esto?
Meto una mano en el bolsillo y pateo una piedra por la acera.
―Honestamente, perdí mi bono, y la única forma de recuperarlo es
recuperarte a ti.
―Entiendo.
Baja la flor a su lado. Su expresión es neutra, y no puedo descifrarla del
todo. También no puedo pasar tiempo pensando en eso.
―De cualquier forma, te debo una disculpa ―digo con sinceridad―.
Supongo que necesitar el dinero es el vehículo para hacerlo. De lo
contrario… ―Tomo una respiración profunda y dejo a un lado mi orgullo
por un segundo―. No estoy seguro de que me hubiera molestado.
―¿Entonces hubieras dejado que pensara que eres un imbécil?
Me encojo de hombros.
―Probablemente.
Ella retuerce la flor entre sus dedos mientras mira el horizonte detrás de
mí. Está seria y pensativa, y me pregunto cuán delicada podría ser detrás de
todo ese veneno y vinagre.
Lentamente, vuelve su atención hacia mí. Todavía está pensativa, pero
esta vez, también está decidida.
―Al menos eres honesto, supongo ―dice.
―Estoy intentando serlo. ―Me arriesgo y tomo una oportunidad―.
¿Puedo preguntar cuáles son tus condiciones?
Lleva la flor a su nariz y toma una respiración profunda. Sus pestañas se
cierran mientras aparta los pétalos. Luego me mira con calma y claridad.
―Tú juegas al rugby y dejas el resto a mí. No te diré cómo hacer tu
trabajo, y tú no me dirás cómo hacer el mío.
―Hecho.
Parpadea como si estuviera sorprendida.
―Okey. También tendrás que cooperar conmigo. Contesta mis llamadas
y proporcióname la información necesaria, y cuando programe algo o haga
una cita para ti, la cumples. No reprogramas todo ni dejas de aparecer.
―¿Entonces quieres estar en control?
―Tengo que estarlo.
Las palabras flotan en la brisa que ondea entre los árboles, pero no se
desvanecen lo suficientemente rápido como para que no escuche la pesadez
en ellas. La honestidad.
Su mirada no se aparta de la mía.
Mi boca se seca mientras reflexiono sobre su admisión en mi mente.
“Tengo que estarlo.” Mientras considero otras cosas que ha dicho sobre no
tener sus necesidades cubiertas y odiar a los abusadores… todo empieza a
tener sentido. Comienza a pintar una imagen muy diferente a la que tenía
hasta ahora, pero debo dejar eso de lado por el momento.
―¿Podemos declarar una tregua? ―pregunto de nuevo―. Solo hasta que
termine la temporada, luego puedes retomar todo el odio.
La comisura de su labio se curva hacia el cielo.
―Aún así no me agradas.
Me río.
―Bien, porque tú tampoco me agradas.
―Genial.
―Genial.
―Una tregua entonces ―dice, estudiándome―, pero a la primera que
me ataques sin razón, haré que Gianna te electrocute.
El alivio lava la roca de mil libras que ha estado sobre mis hombros todo
el día. Finalmente puedo respirar de nuevo. Gracias a Dios.
Ella toma una larga y profunda respiración y la exhala lentamente.
Finalmente, asiente.
―Okey. Trato hecho. ―Saca su teléfono―. Necesito avisarle a Renn
antes de que contrate a alguien más para tomar mi lugar.
Astrid teclea en su pantalla, luego se detiene, luego teclea de nuevo. Ríe
y pone los ojos en blanco. Mientras tanto, estoy esperando alguna
indicación de que es oficial y que me pagarán.
―Maldita sea ―dice, mirándome.
Mi corazón se hunde.
―¿Qué?
―Tenemos que hacer una videollamada con él.
―¿Con quién?
―Renn. ¿Con quién más estaría hablando? ―Levanta su teléfono y se
para a mi lado―. Creo que no cree que estoy haciendo esto por voluntad
propia.
La llamada se conecta, y el rostro de Renn aparece en la pantalla.
―Wow, si esto no es un espectáculo ―dice.
―Hola ―digo, esperando que no suene tan cortante para él como suena
en mi cabeza.
―Entonces Astrid me dice que están trabajando juntos de nuevo. ¿Es
correcto?
Asiento.
―Así es. Hemos ventilado nuestras quejas, y esta vez estamos realmente
en la misma página.
―¿Tú también estás de acuerdo con esto, Astrid? ―pregunta Renn.
Ella me mira.
―Sí. Me disculpo por el drama. Me siento tonta por eso.
―No hay problema, Astrid. Es un poco problema para Gray, pero no para
ti. ―Renn me sonríe―. Compórtate, Adler.
―Sí, señor ―digo.
―Buenas noches ―dice Renn, y luego se va.
Suelto un suspiro, con el alivio bañándome en oleadas. No estoy
completamente seguro de cómo logré hacer esto. Sin embargo, lo
importante es que lo hice, y está hecho, y el dinero debería llegar a mi
cuenta pronto.
Astrid también parece aliviada.
―Te llamaré mañana para encontrar un buen momento para reunirnos
―dice.
―¿Para qué?
Ella sonríe con una pequeña sonrisa traviesa.
―Para organizar tu vida, Adler. Tu trasero es mío ahora.
Mi estómago se tensa, pero no por frustración.
―¿Eso crees?
―Oh, lo sé… cariño.
Con una sonrisa que danza por mis venas, se da la vuelta y me deja
parado bajo las magnolias.
13
Astrid
Bajo la velocidad de mi caminadora y reduzco el paso para enfriarme
después de una caminata de cinco millas casi a trote.
El sol brillante y el cielo despejado me dan una dosis de optimismo y
vitamina D. La habitación de invitados que sirve como mi oficina en casa es
justo lo suficientemente grande para mi escritorio de pie, estanterías y un
pequeño aparador que sostiene mi impresora y suministros de oficina. Se
sentiría más grande si pudiera quitar el papel tapiz de los noventa y pintar
las paredes de un color más claro, pero cuando se lo propuse a mi casero,
me respondió con un ceño fruncido y un no rotundo.
Perdóname por querer aumentar el valor de tu propiedad. Oof.
Abro el calendario que comencé para Gray anoche y reviso las entradas.
Él opera tan diferente a Renn que me tomó un tiempo determinar la mejor
manera de organizar su agenda. Podía hacer una lista de las cosas que Renn
necesitaba hacer o abordar cada día, y podía estar razonablemente segura de
que las completaría para la mañana siguiente, pero ¿Gray? No estoy segura
de qué enfoque funcionará mejor para él. Lo único de lo que estoy
relativamente segura es que no será fácil.
“Podría ser una sombra del jugador que solía ser, pero sigue siendo
genial, solo que no tan en forma ni enfocado como antes. Hay tanto
potencial sin explotar, tanta capacidad para la grandeza, y creo que
podemos hacer que vuelva a su mejor nivel con un poco de guía.”
Hasta anoche, estaba preocupada por el juicio de Renn. Nada en Gray me
decía que era algo más que un imbécil enojado, consentido, desagradecido,
indisciplinado y reacio a ser guiado hacia cualquier parte, mucho menos
hacia la grandeza. Estaba convencida de que los rumores eran ciertos.
Después de todo, soy una defensora de creerle a alguien cuando te muestra
quién es.
Pero, ¿y si la sinceridad en su voz ayer, la pizca de vulnerabilidad en sus
ojos, también me está mostrando una parte de su verdad? ¿Qué significa
eso?
―Eso significa que va a hacer mi trabajo diez veces más difícil ―digo,
cambiando el color que elegí para sus tareas de un rojo sangre a un azul un
poco más apagado.
Miro la hora en mi computadora y apago la caminadora. Mis piernas
arden por la intensidad de la última hora. Fui un poco demasiado lejos y
demasiado fuerte, pero necesitaba algo para desplazar la energía que me
recibió cuando abrí los ojos esta mañana.
Mi lista de pendientes sigue llena de opciones, pero sé lo que debo hacer
antes de sumergirme de lleno en la vida de Gray.
Tengo que decidir si llamar a Trace.
La idea de escuchar su voz hace que mi estómago se apriete tanto que
quiero vomitar. Le envié un mensaje de texto y un correo electrónico a las
últimas direcciones personales y laborales que tenía de antes de que
rompiéramos. Sin sorpresa, no ha respondido. Ahora no estoy segura de qué
hacer.
No llamarlo sería la forma más fácil de avanzar.
Los recuerdos de nuestra relación irrumpen en mi mente, abriéndose paso
a codazos a través de las barreras que levanté para mantenerlos fuera. Mi
corazón se acelera inmediatamente, y el sudor humedece mis axilas y detrás
de mis rodillas. Me digo que es por la última hora de caminata, pero eso no
es cierto. Es una respuesta al trauma… una que aún no he superado del
todo.
No puedo dejar que eso me impida defenderme.
Tomo mi teléfono y me bajo de la caminadora, sintiendo los pequeños
vellos en la nuca pegarse a mi piel. Presiono cada número con
determinación y aprieto los dientes, odiando lo indefensa que me siento al
tratar con Trace. Él sabía demasiado sobre mí. Tenía demasiado acceso a
mis miedos y dolor, y los usó como un hacha afilada y cortó a través de mi
corazón. Dejándome destrozada en todos los sentidos.
La línea suena una vez, luego dos. Cambio el teléfono entre mis manos,
practicando lo que voy a decir, recordándome ser calmada y confiada. Ya no
tiene nada sobre mí: ni verdades, ni secretos, ni poder. Nada.
Mi corazón da un brinco al escuchar su voz grabada pidiéndome que deje
un mensaje. Me apoyo contra mi estantería aliviada de que no contestó y
cuelgo antes del pitido.
―Mírate ―le digo a la habitación vacía―. Toda valiente y audaz en
público, pero una gran bebé en privado.
Aprieto el teléfono contra mi pecho y tomo una respiración profunda.
Antes de que pueda pensar demasiado o quedarme atrapada en un mal lugar,
abro la pestaña con la información del abogado que Audrey me envió esta
mañana y hago una llamada. Mientras suena, me pregunto qué dirían mis
amigas si me vieran ahora: sudada y ansiosa por llamar a mi exnovio. Esta
ciertamente no es la Astrid que conocen.
―Buenos días ―dice una voz alegre, contestando el teléfono―. Gracias
por llamar a Dixon Legal Group. Soy Wanda. ¿En qué puedo ayudarle?
―Hola, Wanda. Mi nombre es Astrid Lawsen ―digo, aclarando mi
garganta―. Me refirió mi amiga Audrey Van.
―¿Qué podemos hacer por usted, señora Lawsen?
―Recibí un correo de un abogado hace un par de días sobre rentas
impagas, servicios públicos y daños a un apartamento en el que vivía con
un exnovio. Amenazan con demandarme, pero el contrato de alquiler nunca
estuvo a mi nombre, y me mudé de ahí hace años. No estoy segura de qué
hacer.
―Okey, señora Lawsen. Puedo agendarla para una consulta gratuita con
Dennis Dixon el próximo jueves a las dos y media. ¿Le funciona?
La palabra gratuita es música para mis oídos.
―Funciona. Absolutamente.
―Déjeme tomar algo de información suya.
―Claro.
Respondo algunas preguntas básicas y acepto enviar por correo
electrónico a su oficina el correo que recibí. Es lo más indoloro que he
hecho en un tiempo. Termino la llamada y me invade una sensación de
alivio, pero también de estar apoyada, de no pelear esto sola, y no estoy
segura de qué sentimiento es mejor.
Escribo un mensaje al chat grupal para avisarle a Audrey que hice la
llamada.

Yo: Conseguí una cita, Aud. Eres la mejor.


Audrey: ¡Yay! Conocí a Dennis Dixon en un evento de recaudación el
año pasado, y era súper agudo. Si te acepta, hará un gran trabajo.
Yo: Bueno, no hablé con él. Eso será la próxima semana, pero su
asistente fue un amor.
Gianna: ¿Un amor? ¿Estás hablando de mí otra vez? Bromeo. Qué
bueno que conseguiste una cita, Astrid. Revisa tu correo. Te envié la
pregunta para la columna.
Audrey: ¿Entonces no puedo saber cuál es la pregunta? Qué grosera.
Gianna: La pregunta es básicamente esta… Una mujer escribió que está
en una relación con su chico y lo ama, pero también ama que otros
hombres coqueteen con ella. Quiere saber si eso es engañar o si significa
que no ama a su chico hasta lo más profundo de su alma.
Yo:¿Me pagan por responder esto?
Audrey: Oooh. Esa es difícil. Necesitaría más contexto antes de poder
formarme una opinión.

Camino hacia la sala y me dejo caer en el sofá. Mis amigas van y vienen
con sus primeras impresiones sobre cómo formularían sus respuestas. No
participo. En vez de eso, lo considero en silencio.
Hay tantas formas de pensar en esto. No sé si es exactamente engañar,
pero definitivamente no es una señal de una relación sólida. ¿O sí? ¿Es solo
ella siendo honesta?

Audrey:¿Qué estás pensando, Astrid?


Yo: No lo sé. Ahora que tengo la presión de responderle a la persona en
lugar de solo soltar mis pensamientos, no es tan fácil como imaginé.
Gianna: Tienes unas semanas hasta que sea la fecha límite, cariño.
Avísame si tienes alguna pregunta.
Audrey: Avísame si necesitas hacer una lluvia de ideas. Es uno de mis
pasatiempos favoritos.
Gianna: El mío es dar sexo oral.
Audrey:¡GIANNA BARDOT!

Río, imaginando la cara de Audrey mientras lee el mensaje de Gianna.

Gianna: Tengo que irme. Las quiero, chicas.


Audrey: Te quiero. Sé buena.
Gianna: No me quites toda la diversión.
Yo: xo
Abro mi correo y encuentro el mensaje de Gianna. La pregunta está ahí,
completa, junto con la fecha de entrega y un texto legal sobre términos y
pago. Es bastante sencillo.
Una burbuja de emoción crece en mi estómago, haciéndose más grande
con cada segundo que pasa. Mi mente se acelera con posibilidades sobre
cómo abordar este tema. Hay tantos ángulos desde los que tomarlo, tantas
formas de verlo, que hace que mis jugos creativos fluyan. Recuerdo
sentirme así cuando me sentaba con un bolígrafo y papel cuando era niña,
por un tiempo, al menos.
―¿Qué demonios tienes aquí? ―Papá gruñe, arrancándome el pequeño
cuaderno de las manos. Su aliento es caliente y huele ligeramente a alcohol
mientras se inclina sobre mí―. ¿Un diario? ¿De dónde sacaste esto?
Mi estómago se desploma mientras revivo el momento. Ese cuaderno era
mi refugio, el único espacio seguro en mi vida donde podía… ser. No había
correcto o incorrecto, no había juicios ni intentos de reescribir la historia.
En una casa que se suponía debía ser un hogar, esas páginas de espiral que
compré en la tienda de descuentos con el dinero que la mamá de Gianna me
dio por doblar algo de ropa eran mi lugar suave. Yo estaba en control y
podía vivir sin miedo.
Eso terminó el día que papá encontró mi diario.
Mi papá hojea las páginas mientras la saliva se acumula en las
comisuras de sus labios agrietados.
―Mírate desperdiciando tu tiempo con esta mierda. ―Me mira con ojos
inyectados en sangre―. Eres igualita a tu maldita mamá. Hay un fregadero
lleno de platos y ropa en el maldito suelo, y tú estás aquí lloriqueando.
Se convierte en una neblina detrás de las lágrimas que empañan mi
visión. Mi corazón y alma -mis mayores vulnerabilidades y miedos más
oscuros-, están en esas páginas, y él las blande frente a mi cara de doce
años como un cuchillo. Siento mi corazón astillarse con cada página que
pasa y cada palabra que lee.
Voy a vomitar.
―¿Puedo recuperarlo? ―Pero tan pronto como las palabras salen de mi
boca, sé que la cagué.
Sus labios se curvan mientras me mira por encima del hombro.
―No. Creo que me lo quedaré, y creo que limpiarás esta casa de arriba
abajo esta noche, o tal vez tenga que pegar estas páginas en las ventanas
para que todos los que pasen puedan leerlas.
Me estremezco, poniéndome de pie y regresando a mi computadora.
―No ―me digo a mí misma―. No permitirás que las acciones amargas
de un borracho te descarrilen. Dejas todo eso atrás, donde pertenece.
El calendario de Gray aún está abierto, así que lo reviso de nuevo.
Sus tareas están en azul, su horario de rugby en amarillo, y sus elementos
personales en verde. Es robusto y mayormente completo. Mirarlo me
recuerda quién soy: una mujer competente, confiada, que ha luchado por
cada migaja que le han dado. Soy una sobreviviente de todo lo que el
mundo me ha arrojado.
Adjunto el enlace del calendario a un correo electrónico con manos más
firmes y se lo envío a Gray. Luego abro la aplicación de mensajes.

Yo: Te envié un enlace a tu calendario por correo. Lo actualizaré


regularmente, así que por favor revísalo al menos cada noche para las
actualizaciones del día siguiente.

Su respuesta llega de inmediato.

Gray: Lo haré.

―¿Lo haré? ―Me sorprendo―. Eso fue fácil. ¿Me está jodiendo o qué?
Escribo otro mensaje para probar las aguas.

Yo: Necesitamos encontrar un momento para sentarnos y repasar cosas


que tomarían demasiado tiempo por mensaje.
Gray: El domingo es mi único día libre.

Río con incredulidad.


―¿Bueno, está bien, entonces, Gray. ¿Ahora solo estás cooperando?

Yo:¿Qué tal si nos encontramos en algún lugar a las cuatro?


Gray: Claro. ¿Quieres venir aquí?
Yo: Realmente no.
Gray: ¿Entonces en Stupey’s?

Paseo por la casa y considero dónde quiero encontrarme con Gray.


Stupey’s funcionaría, pero podría ser ruidoso y sin duda sería distractor. Por
otro lado, no tengo interés en invitar a Gray aquí. Eso es… demasiado.
Tal vez su casa sea la mejor opción. Oof.
Hago una mueca mientras escribo mi respuesta.

Yo: Iré ahí.


Gray: No te preocupes. Sé que pusiste los ojos en blanco. No creo que
QUIERAS venir aquí.

No puedo evitarlo. Río ante el descarado bastardo.

Yo: Domingo a las cuatro.


Gray: Genial.
Yo: Genial.

No estoy segura de qué decir ahora. Debería dejar el teléfono y volver al


trabajo. En vez de eso, sostengo el dispositivo en la mano y miro la pantalla
como si esperara que llegue otro mensaje, aunque no lo espero.
Aún así, pasan un par de minutos, y mi teléfono suena de nuevo.

Gray: Gracias.

Sonrío, escribiendo mi respuesta.


Yo: De nada.

Luego apago mi teléfono y me concentro en un correo que necesito


enviarle a Blakely.
14
Gray
―¿Qué demonios? ―me río, ajustándome la toalla alrededor de la
cintura.
Mi celular está apoyado contra una botella de loción, con un video del
chat del equipo reproduciéndose en la pantalla. Nico y Ridge están juntos,
probablemente en la casa de alguno de ellos. Nico lleva un disfraz de
conejo de Pascua, sin la cabeza. Ridge tiene puesto un velo de apicultor y
guantes. Cada uno tiene un aro de hula, uno rosa y otro morado, y se están
matando de risa en un concurso que involucra rayuela, una piscina y una
balsa con forma de unicornio.

Jory: ¿Están borrachos?


Sebastian: Puedes hacerlo mejor, Nico. ¿Al menos lo estás intentando?
Breaker: Inténtenlo otra vez. Al revés.
Nico: ¿Que si lo estoy intentando? Vete a la mierda. Esto es difícil.
Yo: Creo que la cola de conejo te está desequilibrando.
Nico: ¡ESA ES LA ENERGÍA QUE NECESITO, ADLER!
Chase: Voy a pedir un cambio de equipo.
Ridge: Puedes venir, Chase. Te dejaremos intentarlo. No estés triste.
Nico: ¡Hasta te dejaré ser el conejo!

―Chase va a matarlos ―digo, riendo. Tomo mi celular y me dirijo a la


cocina.
El chat grupal ha resultado ser una de mis partes favoritas del equipo
Royals hasta ahora. Y, desafortunadamente para Chase, no sería ni de cerca
tan divertido sin Nico y Ridge. Aunque se queja de sus payasadas y arma un
drama por su actitud tonta, noté durante las prácticas y en el partido de ayer
que respeta a esos dos más de lo que respeta a la mayoría de los demás.
La sala está llena de luz solar mientras paso por ella. Una brisa ligera
recorre el departamento desde las ventanas que abrí después de mi carrera
matutina del domingo. Por primera vez en mucho tiempo, me siento casi…
estable. Y, Dios, qué bien se siente.
Tomo una botella de agua del refrigerador y desenrosco la tapa. Antes de
que pueda dar un trago, mi celular suena. Miro la pantalla y sonrío.
―Hola ―digo, presionando el botón de altavoz y colocando el celular en
la encimera.
―¿Cómo demonios estás? ―pregunta Brooks Dempsey desde el otro
lado de la línea.
Una oleada de familiaridad se instala entre nosotros. No hay pausas
incómodas, ni conversaciones forzadas. Mi cuerpo se relaja de alivio.
―Estoy bien ―respondo, dando un sorbo rápido de agua―. Estuve
pensando en ir a Sugar Creek esta mañana para la iglesia, pero me arrepentí
cuando sonó el despertador.
―Ahí es de donde vengo ahora. Me crucé con Hartley mientras Violet
Crowder me regañaba por no ir a la escuela dominical, y me dijo que habló
contigo esta semana. Pensé en ver si todavía tenía tu número, porque nunca
me llamas, maldito idiota.
Afortunadamente, el tono ligero de su voz no coincide con la declaración,
igual que sus palabras no encajan con alguien que acaba de salir de la
iglesia. Aun así, me siento como un idiota. Uno culpable, para colmo.
―Solo estoy jodiéndote, Adler. No es como si yo te hubiera llamado
tampoco.
Exhalo.
―¿Qué pasa con eso? ¿Qué has estado haciendo? Hart dijo que te
lastimaste el hombro o algo por el estilo.
―Sí, me desgarré el manguito rotador. Estaba yendo a toda velocidad
con un tipo nuevo que el entrenador trajo para entrenar con nosotros.
Bloqueó un golpe de derecha por encima de la cabeza y me destrozó el
hombro.
―¿Cuándo pasó eso?
―Hace seis semanas. El doctor dice que estaré fuera seis meses antes de
que pueda volver a entrenar.
―Qué mierda ―digo, sabiendo lo duro que debe ser para Brooks
mantenerse fuera del gimnasio. Vuelvo a enroscar la tapa de la botella de
agua antes de que la tire―. Entonces, ¿qué estás haciendo ahora? ¿Andas
por casa?
―Por un tiempo. ―Una puerta se abre y se cierra de fondo―. No había
vuelto aquí en mucho tiempo, y pensé que podía aprovechar el tiempo libre
para visitar a mamá y a todos. ¿Sabes?
Asiento aunque no pueda verme.
Una parte de mí no puede evitar preguntarse si nos sentimos de manera
similar. Ambos dejamos el hogar para hacer algo divertido y terminamos
atrapados en el drama de todo eso. Brooks en Las Vegas, intentando
mantenerse enfocado mientras vive en una ciudad brillante conocida por el
pecado, y yo en Denver, aferrándome con uñas y dientes a una vida en una
ciudad que guarda los peores recuerdos de mi vida.
¿Brooks se siente desconectado de la realidad? ¿Se arrepiente de muchas
de las decisiones que ha tomado? ¿Siente una soledad que se extiende
profundamente en su alma y que no sabe cómo aliviar?
O… tal vez solo soy débil.
―Entiendo ―digo, asegurando la toalla alrededor de mi cintura―. No
he visitado Sugar Creek en mucho tiempo.
―Más te vale regresar de una vez. Sin excusas.
Me río.
―Patsy’s sigue funcionando a todo lo que da ―dice, riendo también―.
Quitaron los tragos de un dólar los lunes por la noche, y ya casi nadie baila
en línea los fines de semana, pero el lugar todavía huele a cigarros baratos y
orina, así que seguirá sintiéndose como casa.
Los recuerdos de noches en Patsy’s Bar and Grill vuelven a mí como
fragmentos de una película. Noches tardías en el reservado bajo la cabeza
de ciervo montada, tomando cervezas y haciendo planes. La vez que Brooks
y yo decidimos organizar un torneo de dardos que terminó con una visita a
la sala de emergencias para un cazador de otro estado que juró no regresar
nunca. Los labios rosados brillantes de Patsy, las hamburguesas que solo
servía los fines de semana en una parrilla que probablemente no se ha
limpiado desde los setenta, y la mesa al fondo junto a la pista de baile con
nombres tallados que abarcan décadas.
―¿Recuerdas mi cumpleaños dieciocho? ―pregunto.
Suelta una carcajada.
―Más o menos. Todavía es una nebulosa.
―¿Cómo demonios nos salimos con la nuestra? ―Me apoyo en la
encimera y pienso en una de las experiencias más locas de mi vida―.
¿Cómo convenciste a Patsy para que nos dejara entrar? Porque sabes muy
bien que ella sabía que no teníamos veintiuno.
―Cierto, pero, ¿sabes qué sí sabía ella?
El tono burlón en su voz me hace hacer una mueca.
―Sabía que yo tenía un buen paquete de ocho pulgadas.
―Maldita sea ―digo, riendo―. No me digas que te acostaste con Patsy.
Ya estaba en sus sesenta en ese entonces.
―Diablos, sí. ¿Recuerdas ese delantal pequeño que usaba cuando hacía
hamburguesas?
Me río entre una mezcla de incredulidad y absoluta creencia, sacudiendo
la cabeza. No estoy seguro si me está diciendo la verdad o solo me está
tomando el pelo, pero si realmente se acostó con Patsy, no me sorprendería.
―Para ―le digo.
―Solo me la tiré una vez ―continúa, provocándome―. Me la chupó una
vez después de eso…
―Maldita sea, Brooks. Basta.
―… pero eso me dio un pase libre al bar siempre que no abusara.
―¿Abusar del privilegio o de su coño?
―Ambos. ―Suelta una carcajada―. Te confieso que he hecho algunas
cosas de las que, al mirar atrás, no puedo creer que hice. Patsy es una de
ellas.
Abro mi botella de agua otra vez y doy un trago largo y frío.
―¿Cómo no sabía yo de esto?
―Estabas en un campamento de rugby, creo. Me dejaron a mi suerte.
―Suspira―. Bueno, suficiente de mí y mis aventuras sexuales. ¿Cómo te
va a ti?
¿Cómo me va a mí? En lugar de responder, me termino el resto del agua.
Hubo un tiempo en mi vida en que le contaba todo a Brooks. Demonios,
si no estaba involucrado en lo que fuera que yo estuviera haciendo, después
le mandaba fotos, pero la idea de abrirme con él, de vomitar toda la mierda
que tengo en la cabeza, se siente rara, y sentir que es raro hace que sea aún
más extraño.
―Fue mi primera semana ―digo, empezando despacio―. Así que, ya
sabes, había muchas cosas que descifrar. Sistemas, procesos. Ese tipo de
cosas.
―¿Pero te fue bien?
Asiento.
―Sí, estuvo bien. Mis compañeros son geniales. ―Excepto Breaker―.
El personal es de lo mejor, y la cultura aquí está enfocada en resultados. Es
una mentalidad de campeonato total, lo cual es agradable.
―Hartley dijo que juegas tu primer partido con ellos el próximo fin de
semana, ¿no?
―No. El próximo fin de semana es de descanso. No estoy seguro si
practicaremos el viernes o no, porque algunos chicos mencionaron que
normalmente toman un fin de semana de tres días para dejar que sus
cuerpos se recuperen y descansen.
―Demonios. Iba a ir a verte jugar.
Coloco la botella de vidrio vacía en el fregadero e intento ignorar el calor
que sube por mi pecho. Nadie ha venido a verme jugar desde Caroline. He
aprendido a no mirar a las gradas. No busco en la multitud antes de los
partidos. Ya no escucho si dicen mi nombre. La idea de salir al campo y
saber que Brooks estaría ahí significaría mucho para mí.
―Hubiera sido genial ―digo, mirando el reloj―. Creo que voy a
manejar hasta allá el viernes o sábado. ¿Estarás por ahí?
―Claro que sí. Hagámoslo.
―Te confirmo a mitad de semana ―digo.
―Suena bien.
Me aclaro la garganta mientras mi corazón se acelera.
―Oye, tengo que colgar. Tengo una reunión con mi asistente en un par
de horas y necesito organizar unas cosas.
―Hart mencionó que tenías una asistente. ¿Cómo va eso?
Una sonrisa se dibuja en la comisura de mis labios.
―Oh, va…
―Entonces es un trato, pero a la primera que me ataques sin razón, haré
que Gianna te electrocute.
Brooks espera una explicación, pero no se me ocurre ninguna que
describa con precisión a Astrid Lawsen. Es frustrante y un dolor de cabeza
constante, pero también, sorprendentemente, es muy buena en su trabajo.
No puedo mentir. Mi agenda está llena y un poco exagerada, pero los
últimos días he estado más preparado que nunca en mi vida. Cada mañana,
cuando me despierto, tomo mi café y busco mis suplementos, pienso en lo
agradable que es tener todo al alcance de la mano.
Eso sería fácil de explicar.
¿Las otras partes de ella? No tanto.
No quiero sentir curiosidad por ella ―quiero detestarla y olvidarla―,
pero Astrid es un puercoespín. Punzante y peligrosa por fuera para proteger
lo que sospecho es un interior delicado y vulnerable.
Y eso es demasiado complicado para explicárselo a Brooks.
―Te contacto la próxima semana ―digo, dirigiéndome a mi habitación.
―Está bien, amigo. Hablamos entonces.
―Adiós.
―Hasta luego.
La llamada se corta, y apago la pantalla. Antes de que pueda lanzar el
celular sobre la cama, suena otra vez en mi mano. Miro el nombre y mi
estómago se hunde.
Tomo una respiración profunda.
―Hola.
―Disculpa por llamar un domingo.
―No hay problema, Joe. ¿Qué pasa?
Se escuchan papeles moviéndose. Su respiración es pesada, lo que me
hace preguntarme cuánto tiempo más podrá seguir así antes de que colapse.
―¿Confirmaste lo del dinero? ―pregunta―. Porque ya estás atrasado
con el pago.
―Te envié un mensaje al respecto el viernes.
―Sabes que no uso mensajes, niño. No me hagas perder el tiempo con
esa mierda.
Pongo los ojos en blanco.
―Mi agente hizo algo de magia, y el dinero estará en mi cuenta el martes
por la mañana. Te lo transferiré en cuanto llegue.
―Bien. Porque van a querer su parte para el primero, y ahorita no tengo
suficiente para darles.
Me siento en el borde de la cama y suspiro. Mi estómago se revuelve
mientras lidio con la mezcla de emociones que explotan cada vez que Joe y
yo tenemos esta conversación. Vienen tan rápido, una tras otra: dolor, culpa,
enojo. Más culpa. Más enojo. Tanto resentimiento por tantas cosas.
Pero el resentimiento es lo peor… porque a pesar de todo el dinero que
he ganado, es la razón por la que mi cuenta de cheques apenas tiene un
saldo de cinco cifras, y lo único que poseo es mi camioneta.
―Lo tendrás ―digo en un tono monótono que suena hueco, incluso para
mí.
―Llámame cuando lo envíes.
―Está bien.
La llamada termina tan abruptamente como empezó.
Miro la pared, dejando que mi mente procese lo que siento. La terapeuta
que vi por un tiempo en Denver lo sugirió. Si te permites sentir las cosas, tu
cuerpo no tiene oportunidad de acumular mierda emocional. Ella pensaba
que mis migrañas eran mi cuerpo intentando expulsar la basura emocional
que se acumulaba dentro de mí.
Eso sonaba a pura mierda, pero cuando empecé a dejarme estar enojado o
molesto, la intensidad de esas cosas sí disminuyó con el tiempo. Tal vez eso
es una pequeña victoria en todo esto. Tengo que vivir con esto.
―Tengo que hacerlo.
Apoyo los codos en las rodillas y dejo que las palabras de Astrid se
cuelen en mi cerebro. Es una elección de palabras curiosa. Se sienten más
pesadas que todo el idioma inglés mientras las revuelvo en mi mente.
Desde el miércoles, he pensado en esa frase a menudo. La he combinado
con las cosas que me ha dicho y la forma en que sostiene su cuerpo. Su
comportamiento en la gasolinera. Los destellos dorados en sus ojos.
―Algunos de nosotros no tuvimos nuestras necesidades cubiertas de
niños.
Tal vez soy un idiota porque estoy cansado de intentar convencer a la
gente de que no lo soy. ¿Y si ella es una controladora porque ha renunciado
a depender de las personas para que la ayuden?
Mis ojos se abren de par en par, y me siento, haciendo una mueca como
si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Abro mi celular, notando el emoji de bruja junto a su nombre. Hago clic
en el botón de información, y su foto se agranda en mi pantalla.
Está en un auto con el cabello recogido, lejos de su rostro. Sus mejillas
tienen un leve tono rosado, como si hubiera estado riendo. Una sonrisa le
separa los labios y toca las comisuras de sus ojos. Nunca la he visto así
antes.
Y sé por qué.
Porque también la estoy arruinando.
15
Astrid
Me arreglo la blusa, una blusa azul zafiro en la que puse demasiado
pensamiento al vestirme esta tarde. No soy de las que se obsesionan con lo
que se ponen. Me pongo algo apropiado para la ocasión y sigo con mi día,
pero cada camiseta se sentía demasiado informal, y cada camisa de botones
demasiado rígida, y esto definitivamente no es una situación para vestido
veraniego. Necesito verme profesional, pero cordial… y no tengo idea si lo
logré.
―Probablemente debí haber llamado a Audrey por un consejo
―murmuro, recogiendo mi bolso y mi celular antes de suspirar y salir del
auto.
El vecindario de Gray está lleno de vida con niños en bicicletas y adultos
en los porches, observando a los pequeños jugar. El aire cálido está
perfumado por arbustos frondosos con peonías rosadas suaves frente a los
departamentos a mi izquierda. Una puerta de malla a mi derecha está
abierta, y música de los ochenta flota en la brisa.
Mis dedos escriben un mensaje rápido a mis amigas.

Yo: Estoy en casa de Gray. Recen por mí.


Audrey: No necesitas oraciones. ¡Tú puedes con esto!
Gianna: No necesitas oraciones. Necesitas condones.
Audrey: ¡GIANNA!
Gianna: ¿Esta vez no hay Bardot?
Yo: Una de ustedes es útil y la otra no. Las dejo que lo piensen.

Guardo mi celular en el bolso y exhalo lentamente.


Esto no sería tan terrible si supiera qué esperar. Mis intercambios de
mensajes con Gray han ido bien desde nuestra tregua, y ha sido receptivo a
mis sugerencias con respuestas rápidas. Hasta donde sé, no se ha perdido
ninguna cita ni práctica tampoco, pero no puedo evitar pensar que tal vez
han ido demasiado bien. Tengo miedo de esperar que esto funcione, porque
cuando tus esperanzas suben, solo es una caída más dura al suelo.
Toco el timbre y digo una rápida oración por mi cuenta, ya que no puedo
contar con mis amigas para que lo hagan por mí.
Hicieron una tregua. No entres asumiendo lo peor. Frunzo el ceño.
Tampoco le des el beneficio de la duda. Apunta a una neutralidad
agradable.
Una chispa de energía se enciende en mi pecho, pero no estoy segura si
es por anticipación o temor. Mis pensamientos se desbocan mientras
considero cómo va a reaccionar al verme en persona otra vez. Es nuestra
primera vez juntos desde el Acuerdo de Paz de Magnolia, y mi primera vez
en su departamento desde el Incidente de la Foto. No sé si estoy entrando en
una emboscada o preparándome para un picnic.
Es imposible estabilizar mi pulso errático cuando Gray abre la puerta.
Me observa desde arriba con sus ojos oscuros, estudiándome
intensamente como si me viera por primera vez. Una camiseta blanca de
algodón abraza su torso, y unos pantalones deportivos negros acarician sus
muslos. No lo conozco lo suficiente como para saber si se afeita
regularmente o no, pero es evidente que no ha tocado una rasuradora desde
la última vez que lo vi… y odio que se vea aún mejor con la barba
incipiente.
―Hola ―dice. No hay calidez, pero su tono tampoco tiene frialdad. ¿Es
eso una victoria? No lo sé―. ¿Quieres pasar?
―Claro.
―Genial.
―Genial ―digo, entrando por la puerta.
El departamento se ve más o menos igual que la última vez que estuve
aquí, solo un poco más habitado. Una colcha de retazos está doblada sobre
el respaldo del sofá, como la que tenía mi abuela cuando era niña. Un par de
mancuernas está en el medio del piso de la sala, y su tablero de ajedrez está
colocado en el centro de la mesa de café. Las cajas, sin embargo, ya no
están, y la foto que causó nuestro último encontronazo no se ve por ningún
lado.
―Esperabas encontrar cajas, ¿verdad? ―pregunta mientras cierra la
puerta.
―Sí. Tuviste práctica el jueves y viernes, y estuviste con el equipo en el
partido de ayer. No pensé que te levantarías en tu día libre a desempacar.
―¿Ibas a terminar de hacerlo por mí?
Dejo mi bolso en el sofá y luego encuentro su mirada.
Mi primera reacción es molestarme por su pregunta. Instintivamente, mis
defensas se alzan, y mentalmente preparo una respuesta. Mi cerebro me
dice que me está juzgando, insinuando que no terminé mi trabajo y que está
evaluando mi valor, pero algo me hace pausar. No estoy segura si es su
postura relajada o la ligera inclinación de su cabeza, pero no respondo de
inmediato. En vez de eso, espero.
Un toque de humor roza sus labios mientras los presiona.
―Oye, estoy bromeando, ¿sabes?
Suelto un suspiro lento. No, no lo sabía.
―Desempaqué un par de cajas cada noche ―dice―. No quedaba mucho.
Además, a pesar de lo que tú y Renn puedan pensar, soy capaz de hacer
tareas básicas.
Se da la vuelta y se dirige a la cocina, y yo me apoyo en el sofá,
observándolo alejarse. Con cada paso que da, mis hombros se relajan, y
respiro un poco más fácil. Me relajo un poco más.
Esto es territorio desconocido, porque normalmente ya estaríamos
discutiendo. Lo que me desconcierta, sin embargo, es su admisión de que
estaba bromeando, o tal vez es la idea de que estaba bromeando conmigo en
primer lugar. Eso no había pasado antes… ¿o sí?
―Renn no piensa que eres incapaz de hacer tareas básicas ―digo
mientras él toma dos botellas de vidrio del refrigerador. Mantener el
enfoque en el aspecto laboral es un terreno que entiendo. Así que nos
mantengo ahí―. ¿Alguna vez consideraste que solo quería apoyarte?
Gray me entrega una botella, desenrosca la tapa de la suya y da un trago
largo. Sus ojos nunca dejan los míos.
―Si Renn pensara que soy incapaz, no habría hecho el cambio por mí
―digo en defensa de mi jefe―. Obviamente cree que tienes talento y que
puedes contribuir al equipo. De lo contrario, te habría dejado en Denver.
Gray toma asiento en el sofá. Apoya sus pies descalzos en la mesa de café
junto al tablero de ajedrez.
―Siempre defiendes a Renn, ¿verdad?
―Generalmente estoy del lado de las personas que tienen razón, y Renn
casi siempre la tiene.
―¿Y si estuviera equivocado?
Me encojo de hombros y me siento lo más lejos posible de él en su único
mueble.
Su pregunta parece directa, pero no puedo evitar preguntarme si no lo es.
Si hay que tomarla a un nivel superficial, es una cosa, pero si es teórica, es
algo completamente distinto. ¿Está sugiriendo que Renn está equivocado
sobre él?
―Para ser honesta ―digo, quitándome los zapatos y metiendo los pies
debajo de mí―, Renn nunca se ha equivocado. Si lo estuviera,
probablemente me mantendría al margen.
―¿Por qué le eres tan leal?
¿Tú no lo eres? Empiezo a preguntarlo, pero cambio de opinión. Porque
si la respuesta es no, eso me pone en una situación complicada. No puedo
ser leal a Renn y saber que Gray no lo es, pero no puedo trabajar para Gray
y ocultarle cosas a Renn.
Parece que cada vez que estoy aquí me recuerdo que es mejor no saberlo
todo.
―¿Por qué haces tantas preguntas? ―pregunto y luego doy un sorbo de
agua.
Se sienta derecho y coloca su botella en el piso junto a él. Su atención
pasa de mí al tablero de ajedrez. Toma un peón blanco y lo avanza dos
casillas.
―¿Por qué te ofende que haga preguntas?
―No me ofende. ―No exactamente, al menos. Pongo los pies en el
suelo―. Solo no estoy segura de por qué importa.
Él mueve un caballo.
―Tal vez no importa.
―Bien. Entonces podemos evitar eso de ahora en adelante. ―Muevo un
caballo para defender mi peón e ignoro la sonrisa en su rostro―. ¿Te estás
acostumbrando al calendario? Sé que puede ser confuso al principio, pero te
juro que hará nuestras vidas más fáciles una vez que le agarres el ritmo.
―Sinceramente, lo encuentro un dolor de cabeza. Me hace sentir como si
estuviera en libertad condicional o algo por el estilo.
Me río.
―¿Eso me hace tu oficial de libertad condicional?
―Definitivamente eres más como una carcelera. ―Se ríe,
sonriéndome―. De hecho, puedo verte como carcelera. Harías temblar a los
convictos en sus chanclas de prisión.
―Oh, no, de ninguna manera. Estaría aterrorizada. No estoy hecha para
la vida en prisión de ninguna forma.
Suelta una risita.
―Vamos, Astrid. No me digas que tener control sobre cientos de
personas a la vez no te prende aunque sea un poquito.
―Bueno, cuando lo pones así…
Mueve su alfil, inmovilizando mi caballo contra mi rey.
―Hablando en serio, me gusta cómo codificaste las cosas por colores. Es
eficiente.
Todo funciona mejor cuando está codificado por colores.
―Gracias. ―Sonrío, avanzando un peón para que decida si captura mi
caballo o retrocede―. Me tomó más tiempo del que imaginarías elegir esos
colores.
Estudia el tablero, evaluando su jugada. Sus pestañas son tan largas, tan
oscuras desde este ángulo, que parecen falsas.
―No es tan difícil de creer.
Me recargo en el sofá otra vez y echo un vistazo alrededor de la
habitación. Es de un tamaño decente, probablemente un cuarto más grande
que la mía. Una ventana en la pared opuesta deja entrar una buena cantidad
de luz, suficiente para cultivar una o dos plantas. Si tuviera algunas cosas en
las paredes y tal vez una silla o una lámpara de lectura, este lugar podría ser
francamente lindo.
Él retrocede.
―¿Tienes un calendario así para tu vida?
―Claro que sí. ―Muevo otro caballo hacia adelante―. Tengo uno
personal, uno de trabajo, el de Renn, el de Blakely, y ahora el tuyo, pero,
aunque no lo creas, me encanta. Siempre fui la niña que sacaba altas
calificaciones en habilidades organizativas en la secundaria. Alimenta mi
alma.
―¿Los calendarios alimentan tu alma?
Asiento.
Sus hoyuelos brillan en sus mejillas.
―Necesitas un pasatiempo.
―No eres la primera persona que me lo dice últimamente.
Se ríe mientras enroca su rey.
El sonido de su risa me toma por sorpresa. Es la primera vez que la
escucho, aparte de alguna risita ocasional a mi costa. Es un contraste total
con el hombre argumentativo y taciturno que suelo encontrar. Envolver mi
cabeza en el hecho de que Gray es ambos hombres es difícil.
―Hablando de pasatiempos ―digo, moviendo un alfil―. ¿Haces algo
durante la temporada baja que deba saber? ¿Clases? ¿Trabajos?
¿Patrocinios? Solo quiero asegurarme de cubrir todo, y sé que muchos
chicos tienen trabajos secundarios después de que termina la temporada.
Gray se recarga, apoyándose contra los cojines, y me observa. Sin fruncir
el ceño. Sin miradas fulminantes. Sin labios apretados ni puños cerrados.
La tensión que suele morder el aire entre nosotros no está por ningún
lado. En su lugar, hay un entendimiento silencioso. Una tregua. Es
extrañamente relajante sentarse pacíficamente con Gray y tener
conversaciones de frases completas sin gritarnos. Lo aprecio, pero tampoco
confío del todo en eso. Porque, si confiara, creo que podría gustarme.
―¿Si tomo clases? ―pregunta―. No. Probablemente debería pensar en
qué voy a hacer después de retirarme del rugby, pero sigo posponiéndolo.
¿Trabajos secundarios? No por ahora. ¿Patrocinios? Sí. De hecho, tengo
algunos correos de una compañía de bebidas deportivas con la que acabo de
firmar un contrato, pidiendo entregables, que creo que son solo videos que
quieren que grabe yo mismo. ¿Tal vez podrías reenviárselos y encargarte de
eso?
Tomo mi portapapeles de mi bolso y desprendo mi pluma de la parte
superior.
―Si me los haces llegar esta noche, puedo contactarlos mañana por la
mañana. ―Escribo una nota para mí en la parte superior de la hoja―.
¿Algún otro trato que deba saber?
Niega con la cabeza.
―Digo, sí tengo más. Hay uno con una franquicia de hamburguesas que
mi agente odia que haya tomado, y otro con una compañía de ropa
deportiva, pero ambos están al final de sus términos, y no les debo nada a
menos que negociemos una extensión.
―Mantenme al tanto.
―Sí, jefa.
Mis ojos se alzan hacia los suyos y los encuentro esperándome.
Me hundo de nuevo en el sofá, imitando su postura. Su sonrisa jala la
mía. No quiero resbalar y darle algo que rompa el acuerdo estrictamente
profesional que hemos creado, porque por fin estamos en un terreno semi-
sólido, pero cuanto más lo miro, más difícil es no devolverle la sonrisa.
―Ahí está. No fue tan difícil, ¿verdad? ―pregunta, guiñándome un ojo.
Mis mejillas se sonrojan.
Se levanta y toma su botella de agua, luego regresa a la cocina. El
silencio no es incómodo, solo notable. Me apresuro a llenarlo con algo.
Cualquier cosa.
―¿Quieres que investigue algunos trabajos secundarios para ti?
―pregunto, alcanzando mi bebida―. Conozco a un tipo que ayuda a atletas
a organizar campamentos y programas. Creo que se lleva el veinte por
ciento de las ganancias, pero sigue siendo rentable.
―¿Tienes hambre?
Parpadeo dos veces, mirando el televisor frente a mí. ¿Tengo hambre?
―¿Qué?
―Un refrigerio. ¿Quieres uno?
Él realmente es como intentar controlar a un niño pequeño.
―No. Estoy bien. Gracias, de todos modos.
―No hay problema.
Me pongo de pie y me dirijo a la cocina, donde encuentro a Gray en la
encimera, pelando una naranja.
―¿Algún pensamiento sobre que contacte al tipo por los campamentos?
―pregunto otra vez.
―Mantenlo en mente, pero no es algo que quiera hacer ahora. ―Mete un
pedazo de fruta en la boca―. No sé dónde estaré esta temporada baja. Si
estoy por aquí, probablemente me iré a casa a pasar tiempo con mi
hermano.
Me subo a un taburete mientras él pela otra naranja frente a mí. Finjo
hacer notas en mi portapapeles cuando en realidad estoy intentando
imaginar a Gray con su familia y qué significa “casa” para él. Es difícil de
visualizar e imposible de adivinar qué versión de él ven ellos, o si hay más
versiones de este hombre que aún no he descubierto.
Me ofrece un gajo de la fruta.
―No hubo cacahuates involucrados en el corte de esta naranja.
Me río y tomo el pedazo ofrecido, sorprendida pero también conmovida
de que recordara. Incluso Gianna a veces olvida mi alergia.
Nuestros dedos se rozan cuando tomo el gajo. Sus yemas ásperas y
callosas deslizándose contra las mías envían una descarga a través de mis
venas. A pesar de la intensidad, es una sacudida silenciosa, una que es
personal e íntima. Contengo la respiración un momento más de lo necesario
y absorbo el calor persistente del contacto que se graba en mi memoria.
Mientras mi corazón comienza a latir con fuerza, mi cerebro toma el
control.
No eres un robot. Es un hombre atractivo, y ha pasado una eternidad
desde que tuviste contacto físico con el género masculino. Relájate.
Carraspea y toma una toalla del cajón donde las apilé la otra noche.
Luego limpia el jugo que ha estado goteando en la encimera desde el
pedazo de fruta en mi mano. Que no noté que estaba pasando.
―Perdón ―digo, echándome hacia atrás y negándome a mirarlo por si
acaso puede leer mentes―. No me di cuenta de que estaba goteando.
―No es gran cosa.
Como rápidamente el gajo de naranja, luego arrastro mi portapapeles
frente a mí otra vez, sumergiéndome en mis notas.
―¿Qué tal con los víveres? ¿Quieres hacer una lista de las cosas que te
gustan o quieres que te haga llegar?
―Nah. ―Lanza la toalla junto al fregadero―. Hiciste un buen trabajo
con eso esta semana, aunque temí que me hubieras envenenado.
―Pensé en hacerlo. ―Oculto una sonrisa, repasando la lista de preguntas
que escribí antes de salir de casa―. ¿Tienes doctores o especialistas que
visites regularmente que no estén con el equipo?
―No. Bueno, sí veo a un terapeuta de vez en cuando.
Tacho esa pregunta de la lista.
―Bueno, eso sería en las instalaciones de los Royals, así que no necesito
hacer una entrada separada para ellos.
Duda, haciendo que levante la vista.
―Me refería a un experto en salud mental ―dice, lamiendo una gota de
jugo de su labio inferior. Sus ojos son los más claros y desprotegidos que
han estado desde que lo conozco―, pero yo me encargaré de esas citas. Las
hago cuando las necesito.
Oh.
Nos observamos cuidadosamente, ambos buscando en la mirada del otro.
Creo que está evaluando mi reacción a su confesión. Yo solo espero que
esto no sea lo que lo haga cambiar al modo Gray frío otra vez.
Aprieto mi pluma, escuchando cada respiración que llena mis pulmones.
Gray no aparta la mirada ni frunce el ceño. Está frente a mí y me deja ver…
a él. Es casi como si me estuviera asegurando que está cumpliendo su
promesa de hacer que esto funcione entre nosotros, y que quiere que lo
sepa. Que me está dando este pedazo de información súper personal como
una muestra de buena fe.
―¿Eso te sorprende? ―pregunta, con voz rasposa.
Coloco mi pluma en el portapapeles y respiro.
―¿Honestamente? Sí. Quiero decir, mucha gente, especialmente los
hombres, parece que les cuesta hablar de salud mental. ―Le doy una media
sonrisa―, pero pienso que es genial que tengas alguien con quien hablar, y
agradezco que me lo hayas dicho.
Sostiene un gajo de naranja en el aire, y yo extiendo la palma.
―Probablemente estás pensando que si viera a mi terapeuta más seguido,
sería menos idiota, ¿verdad? ―pregunta, sonriendo.
Me río mientras la tensión en mi pecho se libera.
―Son terapeutas, no magos.
Gray mete otro gajo de fruta en la boca, y su mandíbula se mueve
mientras mastica. Come despacio. Intencionadamente. Es como si no le
molestara tenerme en su espacio y estuviera viviendo su mejor vida
confiada y alfa.
Me estremezco.
―Esas son todas las preguntas que tenía para ti. ―Me bajo del taburete,
mi piel hormiguea por los pensamientos que se arremolinan en mi cabeza,
pensamientos que no tienen absolutamente ningún derecho de estar en mi
cerebro―. Será mejor que me vaya.
―¿Conseguiste todo lo que necesitabas de mí?
Oh, los comentarios que haría Gianna en este momento. Como el pedazo
de naranja de un bocado y luego levanto mi bolso.
―Esperaba irme de aquí con un par de respuestas y un dolor de cabeza
gigante. Así que, a menos que hagas tu famoso cambio de ciento ochenta
grados, me iré con las respuestas y sin dolor de cabeza, y no estoy molesta
por eso.
Su risa es baja y profunda. Me guía hacia la puerta y la abre.
―¿Qué? ―pregunto.
―Es difícil para mí pensar que no estás molesta por algo ―dice,
apoyándose en el marco de la puerta.
Me río, deteniéndome a su lado.
―Aún no estoy fuera de aquí. Todavía tienes tiempo para hacerme
enojar.
El aire fresco entra en la casa, levantando notas del perfume de Gray y
arremolinándolas a mi alrededor. La forma en que me mira -con curiosidad,
pero también sin el odio al que estoy acostumbrada-, despierta una suave
sensación de vulnerabilidad dentro de mí. Un calor sube por mi cuello y
colorea mis mejillas, y sé que él lo nota. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Empieza a hablar, pero se detiene y luego comienza de nuevo.
―Esta semana que viene es de descanso.
Asiento, mi lengua es demasiado pesada para formar palabras.
―Probablemente me iré a Sugar Creek para el fin de semana.
¿Dónde está esa maldita agua cuando la necesito?
―Okey. ¿Necesitas que haga reservaciones en un hotel o algo?
Sonríe. No una mueca ni una sonrisa sarcástica. Una sonrisa de oreja a
oreja que es diferente a cualquier otra que le haya visto.
―No hay un hotel en Sugar Creek ―dice con otra risa―. Me quedaré
con mi hermano en el rancho.
¿El rancho? Sacudo la cabeza y levanto un dedo, de repente llena de vida
otra vez.
―Espera un segundo ―digo―. ¿Tu hermano tiene un rancho?
―Sip. Crecí ahí. Ha estado en nuestra familia por más de cien años.
Me río libremente, imaginando a Gray con un sombrero vaquero y botas.
Es tan diferente de este Gray, el atleta con pantalones deportivos y camiseta
frente a mí. Es casi imposible de visualizar.
―¿Eras vaquero?
Suelta una risita.
―Difícilmente. Me escapé de eso tanto como pude. Gracias a Dios que
Hartley, mi hermano, amaba esa mierda. Me salvó de horas de trabajo.
―Gray el vaquero ―bromeo mientras salgo a su pequeño porche. Sus
ojos brillan con picardía―. ¿Tenías estribos y todo el equipo?
―Adiós, Astrid.
―¿Y qué tal pistoleras como en las películas antiguas? ―digo,
arrugando la nariz.
Sus hoyuelos se hunden profundamente en sus mejillas mientras sacude
la cabeza y comienza a cerrar la puerta.
―¿Hay fotos? ―pregunto, riendo y moviéndome para poder verlo
mientras la puerta se cierra―. ¡Dame un buen yeehaw!
Lo escucho gruñir mientras el cerrojo hace clic.
Gray siendo vaquero. Me río todo el camino hasta el auto.
16
Astrid
―¿Qué es esa cara? ―me pregunta Renn, riendo.
Observo la escena a nuestro alrededor e intento decidir por dónde
empezar. Primero, el aire apesta a césped, lodo y agua gracias a lo que solo
puede describirse como un diluvio anoche. Se forman charcos en los bordes
del campo, y estoy segura de que los chicos están ensuciándose de lodo a
propósito.
Niños. Todos ellos.
Luego están las cosas que escuché gritar de un jugador a otro, cosas por
las que me quitaría los aretes para pelear si alguien me las dijera a mí, pero
todos se ríen y se preparan para formar otro scrum. Creo. No estoy segura si
esto es un caos total o si hay alguna estrategia involucrada.
―Nunca entenderé el rugby ―digo, frunciendo el ceño―. Es como si el
fútbol americano, el fútbol soccer y las porristas tuvieran un bebé con
muslos grandes.
La risa de Renn se hace más fuerte ante mi análisis.
―No sé cómo demonios metiste a las porristas en la mezcla.
―¿Qué está pasando en este momento? ―pregunto, viéndolos correr.
―En este momento, están intentando mover el balón hacia la parte
trasera del scrum para Ridge. Luego… ahí. Ahora lo tiene. ¿Ves? Ridge es
el número ocho.
Asiento.
―Okey, Ridge puede tomar el balón y avanzar, o Gray lo tomará. Así
―narra Renn―. Gray puede intentar correr él mismo si ve un hueco
alrededor del scrum o pasarlo al medio scrum o a un delantero.
Gray toma el balón, luego se gira y se lanza como si fuera a correr hacia
la derecha. Tan pronto como todos se mueven en esa dirección, hace un
cambio rápido hacia la izquierda y explota hacia adelante. Avanza unos
metros antes de que lo tacleen y caiga de lado.
Renn sonríe.
―Supongo que eso salió bien ―digo.
La cabeza de Renn se mueve sutilmente de un lado a otro mientras se gira
hacia mí.
―Es el mejor en el juego… cuando quiere serlo.
Los dos estamos en un balcón justo afuera de una sala en el nivel
ejecutivo. Es el observatorio personal de Renn. Ama tanto el rugby que no
puede evitar querer estar involucrado en cada nivel del juego, pero me ha
dicho más de una vez que si se mete en las prácticas y los partidos, socava
al equipo de entrenadores y al objetivo final de ganar.
Mientras los chicos se preparan para otro scrum, mi mente coquetea con
lo que Renn acaba de decir. “Gray es el mejor en el juego cuando quiere
serlo.” No puedo entender por qué no querría ser el mejor, pero algo me
dice que Renn conoce la respuesta.
―¿Cómo ha ido con Gray? ―pregunta Renn, observando el scrum
desarrollarse.
Suspiro.
―Pensé que estaba aquí para ayudarte a organizar la fiesta de
cumpleaños de Blakely.
―Lo estás, y lo hiciste. Me siento mucho mejor con la fiesta después de
nuestra charla de hoy, pero también quiero saber cómo están funcionando
las cosas entre ustedes dos.
Observo a Gray moverse como si tuviera energía infinita. Es uno de los
chicos más pequeños ahí afuera, pero, por lejos, el más rápido. Parece saber
a dónde va el balón antes de que llegue, y sus compañeros parecen seguir
sus gestos y órdenes sin pensarlo dos veces.
―Van mejor ―digo, con los ojos pegados a Gray y la forma en que se
mueve su cuerpo. Está cubierto de lodo, y es… sexy―. Nos reunimos en
persona el domingo y logramos pasar una hora cara a cara sin derramar
sangre.
Renn se ríe.
―Eso es progreso.
―¿Puedo preguntarte algo?
―Claro.
Un silbato suena abajo, y la actividad se detiene. Todos se reúnen en un
círculo antes de dispersarse. Gray se gira hacia nosotros con una toalla en la
mano. Está hablando con Jory cuando levanta la vista… y su mirada choca
con la mía.
Quiero apartar la mirada, avergonzada de que me atrapara observándolo,
pero un rubor se extiende por mis mejillas mientras una sonrisa parte la
suya. Su atención pasa a Renn, luego de nuevo a mí. Le devuelvo una
pequeña sonrisa antes de que mire hacia otro lado y siga a Jory al vestidor.
―¿Querías preguntarme algo? ―Renn me hace un gesto para que lo siga
dentro de la sala vacía―. Espera un segundo.
Camina hacia el otro lado de la sala y atiende una llamada en voz baja.
Lentamente, recojo mis cosas y las muestras y catálogos que traje
conmigo, y los meto en mi bolso. Renn estuvo adorable mientras elegía
cada detalle para el cumpleaños de Blakely. Quería opinar en todo, hasta en
las servilletas. Para cuando termina su llamada, yo he terminado.
―Perdón ―dice Renn―. Volviendo a tu pregunta.
―¿Qué te hizo querer arriesgarte con Gray?
―¿A qué te refieres?
―Digo, es obviamente un comodín. Solo es el mejor cuando quiere serlo.
Entonces, ¿qué te hace pensar que puedes hacer que quiera ser grandioso?
Renn toma su saco del respaldo de una silla y se lo pone sobre sus anchos
hombros. Frunce el ceño y guarda su celular en el bolsillo. Finalmente, se
gira hacia mí.
―Todos merecen una segunda oportunidad.
Levanto mi bolso al hombro y espero el resto de la explicación, pero
nunca llega. En vez de eso, Renn me guía hacia el pasillo rumbo a los
elevadores. Lo sigo porque es todo lo que puedo hacer.
Entramos al ascensor, y él presiona el botón para llevarnos al vestíbulo.
―¿Sabes qué? ―dice, observando los números descender mientras
bajamos. Sus ojos se oscurecen―. Retiro eso. No todos merecen una
segunda oportunidad.
Sé que está pensando en su papá. La única vez que Renn parece capaz de
asesinar a alguien con sus propias manos es cuando su papá es el tema de
conversación, pero está justificado. No soy nada para Reid Brewer, y yo
misma quiero matarlo por haber lastimado a su familia como lo hizo.
Las puertas se abren, y Renn espera a que salga primero.
―Voy a encontrarme con Tate aquí abajo en unos minutos. ―Renn
sonríe―. ¿Quieres quedarte y esperar conmigo?
―¡Ja! ―Me alejo de él lentamente―. Suerte. Te enviaré un correo esta
noche con una actualización sobre los planes de la fiesta. Avísame si se te
ocurre algo más.
―Gracias, Astrid.
―De nada.
―Le diré a Tate que le mandaste saludos.
Lo fulmino con la mirada, haciéndolo reír, y luego me doy la vuelta.
Ajusto mi bolso a mi lado y camino por el vestíbulo. Mi cerebro está en
sobremarcha, desmenuzando mi conversación con Renn. Lo que más resalta
es que él cree que Gray merece una segunda oportunidad. ¿Por qué?
No es que Renn quiera darle a Gray otra oportunidad. Es por qué Gray la
necesita lo que me molesta. Porque la forma en que Renn lo dijo no sonaba
como si Gray necesitara otra oportunidad para ganar o competir. Era como
si necesitara otra oportunidad para… algo más, y no puedo descifrar qué es
ese algo más.
Empujo las puertas y salgo, dirigiéndome al estacionamiento.
―Okey, necesito conseguir algunas cosas para la fiesta sorpresa de
Blakely ―digo, grabando una nota de voz en mi celular para después―.
Enviar a Renn una actualización sobre eso. Necesito confirmar con Brewer
Air que tendrán un jet para que Renn lo use en su viaje a Las Vegas la
próxima semana, y yo…
―¡Oye!
Miro por encima del hombro y veo a Gray viniendo hacia mí desde las
instalaciones de los jugadores. Guardo mi celular en el bolsillo e intento no
mirarlo fijamente.
―¿Intentando hacer algo de cardio hoy o qué? ―dice con una sonrisa.
Una persona podría ver esos hoyuelos desde el espacio exterior. Me
detengo y espero a que me alcance, y él comienza a trotar lentamente. Su
cabello está húmedo y refleja la luz del sol, haciéndolo parecer como si
tuviera un halo. Mientras más se acerca, noto un leve tinte morado bajo su
ojo derecho.
―¿A qué te refieres? ―pregunto mientras se une a mí en la acera, y
caminamos hombro con hombro hacia nuestros autos―. Hice mi cardio
antes de salir de casa esta mañana.
―Prácticamente estás corriendo para salir de aquí.
―Tal vez estaba tratando de escapar de ti ―digo, luchando contra la
sonrisa que tira de mis labios.
Pone los ojos en blanco.
―Como sea. ¿Qué haces aquí hoy, a todo esto?
―Renn necesitaba mi ayuda con algunas cosas. ―Mi corazón se calienta
al recordar cómo se obsesionó con si deberíamos tener globos rosa claro o
rosa oscuro en la fiesta de Blakely, y cómo quiso tocar las muestras de lino
para los manteles antes de decidir, y ahora estoy cargando con ellas de
vuelta a la tienda. Oof―. ¿Qué le pasó a tu ojo?
―Un codazo. Creo que fue de Breaker, pero no estoy seguro.
―Debiste devolverle el codazo en el agujero del oído, por si acaso.
Se ríe.
―¿Agujero del oído?
―¿No es así como se llama? ―Me río también―. Digo, es un agujero en
tu oído. Agujero del oído.
―No llamamos agujeros de la nariz a tus fosas nasales.
―Pero sí llamamos trasero al agujero de tu trasero, así que tu punto no es
válido.
Sacude la cabeza.
―Eres tan rara.
―Gracias ―digo, levantando la barbilla con orgullo.
Mi auto está una fila delante de su mastodonte y como a cinco lugares
más cerca de las instalaciones. Quise acelerar el motor cuando pasé junto a
su camioneta camino a entrar hoy, pero no supe cómo hacerlo y no quería
destrozar mi transmisión. Otra vez.
Abro la puerta trasera y coloco mi bolso en el asiento.
―Si tienes tiempo hoy, ¿puedes revisar tu correo? Una mujer de Wayside
te enviará un documento para firmar electrónicamente. No hablarán
conmigo sobre tu patrocinio sin tener tu aprobación archivada.
―Sí, lo revisaré en cuanto llegue a casa.
―Gracias. ―Alcanzo la puerta para cerrarla cuando escucho mi celular
sonar en mi bolso―. Espera un segundo.
―Claro.
Saco el dispositivo de debajo de las muestras de lino y contesto al
número desconocido.
―¿Hola?
―Hola, ¿es la señorita Lawsen? ―pregunta una alegre voz femenina.
―Sí.
―¡Genial! Hola, señorita Lawsen. Soy Wanda, de Dixon Legal Group.
¿Cómo está esta tarde?
Miro a Gray. Está apoyado contra la parte trasera de mi auto y jugando
con su celular, y espero que no esté escuchando mi conversación… como
yo hago con él.
―Estoy genial ―digo, alejándome unos pasos de Gray―. ¿Y tú?
―Maravillosa, gracias por preguntar. Llamo porque necesito reprogramar
su consulta con el señor Dixon. Surgió una emergencia, y no estará
disponible hasta el primero de junio.
Mi mandíbula se desencaja.
―¿Primero de junio? Eso es en semanas.
―Lo sé, y lo siento, pero, desafortunadamente, no hay nada que pueda
hacer al respecto. Si a las dos y media todavía le funcionan, puedo
agendarla para ese día. De lo contrario, tengo las cuatro de la tarde ese
mismo día, y las ocho y cuarto de la mañana. También tenemos algunos
espacios la semana siguiente.
Frotándome la frente, siento que mi cabeza empieza a palpitar. Mierda.
―Supongo que las dos y media tendrá que funcionar. ¿Estás segura de
que no hay disponibilidad antes? Porque el correo decía que tengo que
responder dentro de dos semanas desde la fecha del matasellos o
presentarán una demanda contra mí en la corte civil. ―Creo. Tal vez era en
la corte penal. Mierda. ¿Voy a ser una criminal por esto?
―Estoy segura, pero la tengo agendada para el primero de junio con el
señor Dixon a las dos y media. Recibirá un recordatorio automático por
mensaje de texto la mañana antes de su cita. ¿Puedo hacer algo más por
usted?
Sí, solo haz que mire el maldito correo y me diga qué hacer.
―No, eso es todo.
―¡Genial! Te veremos entonces. Que tengas un excelente resto del día.
―Tú también. ―Suspiro, apretando mis sienes con mi mano libre.
Los ojos de Gray perforan agujeros en el lado de mi cara, pero no lo
reconozco. Sé que escuchó la mitad de la conversación, pero no sé si
debería explicar de qué se trataba. Realmente no es de su incumbencia, y tal
vez no se moleste en preguntar. Sería típico de él no interesarse.
Lo miro de reojo.
―¿Estás bien por ahí? ―pregunta.
―Sí. Estoy bien.
Sonríe.
―Solo una llamada cotidiana sobre ser llevada a la corte, ¿verdad?
Suspiro, dejando caer mis manos a los lados en frustración.
―¿Sabes qué? Todavía te odio.
Solo se ríe en respuesta.
Camino en un pequeño círculo e intento no arrancarme el cabello. No
puedo soportar esto. No puedo tener esto cerniéndose sobre mi cabeza
como el fantasma de una relación infernal del pasado. ¿Qué tan difícil es
mirar un correo y descubrir cómo cerrarlo legalmente?
―¿Puedo señalar algo? ―pregunta.
―No.
Se ríe otra vez.
―Olvidé lo peleonera que puedes ser.
―Ese fue tu primer error.
―Voy a señalarlo de todos modos ―dice―. Te dije que tengo un
terapeuta. Eso es muy personal para mí, pero te lo conté.
Mis pies dejan de moverse y lo miro. Tiene razón. Me lo dijo, pero yo no
se lo pedí, y no esperaba que lo hiciera, y no le pregunté sobre la foto más
allá de dónde quería que la pusiera. Así que nada de deudas.
―No te lo pedí ―digo.
―No, no lo hiciste, y dudo que lo hubieras hecho.
Cruzo los brazos sobre el pecho.
―¿Qué se supone que significa eso?
―Significa que tú… ―Sacude la cabeza y se aparta de mi auto―.
¿Sabes qué? No importa.
Ajusta su bolso en el hombro y empieza a caminar, pero la idea de dejar
las cosas así entre nosotros otra vez -irritados e incómodos-, solo me hace
sentir peor. Es otro problema que casi había resuelto y que se está
deshaciendo.
―Espera ―digo, mirando alrededor para asegurarme de que nadie esté
cerca de nosotros―. Lo siento.
Se gira lentamente. No necesito ver su sonrisa para saber que está
sonriendo. Lo puedo decir por la arrogancia con la que se mueve.
―Es justo que me disculpe. ―Arrojo mi orgullo y preocupaciones al
viento―. Tú fuiste el hombre más grande la última vez. Puedo tragármelo
esta vez.
Sus ojos se oscurecen, y se detiene de hablar mordiéndose el labio
inferior.
Sigo adelante rápidamente.
―Recibí un correo que dice que me demandarán por veinte mil dólares
por renta y daños a un departamento en el que no he vivido en años. ¿Por
qué no he vivido ahí, preguntas? Porque mi novio, cuyo nombre estaba en
el contrato, me echó para que pudiera mudarse con otra mujer. ―Tomo un
respiro rápido―. Audrey conocía a un abogado que iba a darme una
consulta gratis, pero acaba de cancelar. Así que parece que voy a vender
fotos de mis pies o un riñón, porque no pienso andar tirándome pedos en
frascos.
Se atraganta con una risa.
―Estoy al límite de mi paciencia ―digo, exasperada.
Gray se aclara la garganta y pasa una mano por su boca, arrastrando un
dedo por su labio inferior.
―Primero que nada, eso no tiene sentido. ¿Cómo puedes estar en apuros
por eso?
―Dicen que porque le pagué al casero un par de veces y el servicio de
basura estaba a mi nombre mientras viví ahí. Aparentemente, eso me hace
de alguna manera responsable por la renta atrasada y los daños que Trace y
su muy joven y muy hermosa novia entrenadora personal dejaron cuando se
mudaron.
Gray coloca su bolso en mi cajuela.
Gimo, presionando mis globos oculares para evitar que se llenen de
lágrimas. La presión de este escenario está llegando a un punto de
ebullición, y no sé cuánto más pueda soportar. No puedo pensar demasiado
en eso o me derrumbaré. No tengo la infraestructura de apoyo que tienen
Gianna o Audrey con sus familias. Soy solo yo aquí. En momentos como
este, esa realidad me golpea fuerte… como un picahielos en el corazón.
―Perdón ―digo, dejando caer mis manos en frustración―. No debí
haberte echado todo eso encima. Ignórame.
Me da una mirada penetrante.
―Necesitas un abogado. ¿Eso es lo que estás diciendo?
Me encojo de hombros, indefensa. No quiero hablar con él de esto, pero
ya es un poco tarde.
―Creo que sí ―digo―. Como mínimo, necesito que alguien me diga
cuáles son mis opciones. Obviamente no tengo veinte mil dólares. ―Gimo,
el sonido de ese número hace que mi estómago amenace con devolver el
almuerzo sobre el asfalto―, y una parte de mí es mezquina también,
porque, ¿por qué debería sacar de apuros a él cuando me causó tantos
problemas? ¿Sabes?
Gray saca su celular del bolsillo y toca la pantalla, luego lleva el
dispositivo a su oído. Su mandíbula se tensa mientras espera que alguien
conteste. No sé si meterme al auto, morirme de vergüenza o esperar a que
termine antes de salir corriendo de esta escena demasiado dramática y
humillante.
―Oye, Joe. Soy Gray. ―Asiente, escuchando―. Sí. Lo transferí
alrededor del mediodía. ¿Lo recibiste? ―Camina sobre una grieta en el
concreto―. Avísame si no, porque recibí la confirmación. Deberíamos estar
bien.
Abro la puerta del lado del conductor y lanzo mi celular al asiento del
copiloto. Intento recordar dónde puse la lista de abogados que no llamé la
semana pasada. Había tres o cuatro más. Tal vez pueda conseguir una cita
con uno de ellos. Podría ponerlo todo en una tarjeta de crédito o intentar
hacer pagos. La idea me hace querer llorar.
Las lágrimas se acumulan en las esquinas de mis ojos, y me niego a
parpadear para que no rueden por mis mejillas.
―Una cosa más. ¿No tendrás algún espacio para consultas en los
próximos días, verdad? ―pregunta Gray.
¿Qué? Me giro, viéndolo a través de mis lágrimas contenidas.
―¿Qué estás haciendo? ―Las palabras salen densas por la emoción
atrapada en mi garganta.
―Es para una amiga mía ―dice, guiñándome un ojo―. La está jodiendo
un ex y necesita asesoría legal para que no la extorsionen.
Me quedo congelada en el lugar, incapaz de creer lo que estoy oyendo.
―¿Viernes a las tres? ―pregunta Gray, mirándome con las cejas
levantadas―. Espera, Joe. ―Baja el celular a su lado. Sus facciones son
serias―. Escucha, conozco a Joe de toda mi vida. Puede revisar tus papeles
el viernes a las tres, si te funciona. No te cobrará, tampoco. Sin presión, tú
decides.
―Gray, no tenías que hacer esto.
Sonríe.
―La respuesta correcta es gracias.
Mis mejillas se calientan al recordar haberle dicho esas palabras.
―Gracias. Las tres del viernes es perfecto.
Me quedo, atónita, mientras termina su llamada. No estoy segura de qué
decir o qué pensar al respecto. Solo espero que no esté bromeando con esto,
porque podría derrumbarme si es así. Después de conseguir el táser de
Gianna.
Guarda su celular.
―Tienes una cita.
―No sé qué decir. ―Me río, sorprendida―. ¿Dónde está Joe? ¿Cómo
llego a su oficina?
―Joe está en Sugar Creek.
―¿Tu pueblo natal?
―Sí. ―Gray se aclara la garganta―. De todos modos, iba a ir ahí para
visitar a mi hermano este fin de semana. Así que, si quieres venir conmigo,
está bien por mí. Podemos hacer un pacto de no hablar, o puedes usar
audífonos, si quieres.
No aparecen palabras en mi lengua. Es como si mi cerebro dejara de
funcionar, y no puedo comprender el inglés básico. Porque no hay manera
de que Gray acaba de ofrecerme ayuda de esta forma. No es posible.
―Digo, también puedes conducir tú sola…
―Me tomaste por sorpresa. Lo siento. Solo dame un segundo. ―Tomo
una respiración larga y profunda y exhalo lentamente―. No tenías que
hacer esto, Gray.
―Ya lo dijiste. ―Sonríe―, y en cuanto a que vengas conmigo, de todos
modos voy. No es como si estuviera haciendo un viaje especial por ti. No
pienses que eres especial ni nada por el estilo.
―Bueno, cuando lo pones así, está bien ―digo, luchando por no
sonreírle.
―Genial.
―Genial.
Lanza su mochila sobre el hombro y camina hacia su camioneta.
―No te diría que te mandaré un mensaje con los detalles, pero Dios sabe
que estarás enviándome órdenes todos los días hasta entonces. Solo
responderé.
Lo observo hasta que llega a su camioneta. ¿Cómo es esto posible?
Mi mente apenas puede procesar lo que acaba de pasar mientras subo a
mi auto. Cierro la puerta y apoyo la cabeza contra el asiento, cerrando los
ojos, y respiro. La camioneta de Gray arranca a lo lejos, ruidosa y molesta
como siempre.
Esto no tiene sentido. ¿Gray me tiene lástima? ¿Está agradecido por mi
ayuda? ¿Llegaremos a Sugar Creek y descubriremos que Joe es un
borracho con una bola ocho mágica?
La idea me hace reír, y mi estrés se alivia. Por fin.
Enciendo el auto y me pongo el cinturón, luego alcanzo la palanca de
cambios, pero, en el último momento, cambio de planes y tomo mi celular.
El nombre de Gray está en la cima de mi lista de mensajes con un emoji de
vaquero al lado.

Yo: Oye, te odio un poquito menos.


Gray: No lo hagas. Tú pagarás mi almuerzo mientras estemos allá, y yo
como. Mucho.
Yo: Olvídalo. Te odio igual.
Gray: Gracias a Dios.

―Idiota ―digo, sonriendo mientras salgo del estacionamiento.


17
Astrid
Necesito ayuda.
Mi mejor amigo y yo hemos estado en una relación seria por casi tres
años. Nos mudamos juntos hace un año y hemos hablado de casarnos y
formar una familia. Ambos estamos listos para dar el siguiente paso, pero
aquí está el problema: no me ha hablado en dos semanas porque descubrió
que soy una coqueta. (Sus amigos vieron algunas de mis gracias en un bar.
Buenos momentos.)
Lo admito, ¿está bien? Me encanta coquetear. Me encanta que otros
hombres coqueteen conmigo. ¿Me atrevo a decir que necesito la atención?
No lo hago frente a mi novio, y no tengo ninguna intención de dejar que
esto lleve a algo más que un par de insinuaciones y guiños cuando salgo
con mis amigas o estoy en un viaje de trabajo. Yo digo que es una forma
inofensiva de reforzar mi confianza. Él dice que es una infidelidad.
Entonces… ¿soy la villana?

Por trigésima vez, leo la pregunta que Gianna me envió para responder en
la columna. Por trigésima vez, estoy atónita.
Cuando acepté escribir una respuesta para una pregunta anónima, pensé
que sería fácil. Después de todo, una de mis cualidades menos brillantes es
que puedo ser muy crítica, pero mientras reflexiono sobre la pregunta, me
doy cuenta de que no es nada fácil.
Me acomodo en una esquina del sofá, con las piernas bajo el cuerpo.
Mi primer instinto fue decirle a la mujer que, si valora su relación,
debería dejar de coquetear, pero a medio camino de esa respuesta, me di
cuenta de que no estaba de acuerdo con lo que escribía. Coquetear, en sí
mismo, no es algo malo. Luego comencé una respuesta diciendo que, si su
hombre no puede confiar en que ella no lo engañará, entonces debería salir
corriendo. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que esa
tampoco era una buena respuesta.
Es tan difícil cuando te piden ser crítica de inmediato.
―¡Pasa! ―grito, cerrando mi computadora cuando alguien toca la puerta
de entrada.
―¡Soy yo! ―La voz de Audrey resuena en mi departamento antes de que
su bonito rostro aparezca por la esquina―. ¡Hola!
Le sonrío.
―Hola. ¿Cómo estuvo el trabajo?
―No hablemos de eso. ―Hace una mueca―. Fue uno de esos días, pero
hubo un rayito de sol hoy.
―¿En serio? Cuéntame.
La puerta se abre de nuevo, y el característico sonido de los tacones de
Gianna resuena contra el linóleo.
―¿Alguna vez he mencionado que odio estacionarme en la calle?
Audrey me mira y sonríe.
―Solo cada vez que lo haces ―responde.
―No nací para estacionarme en paralelo ―dice Gianna, entrando al
cuarto con una energía de protagonista y dejándose caer en una mecedora
que compré en una tienda de segunda mano cerca de Navidad―. Necesito
uno de esos autos que lo hacen por ti.
―¿Eso existe? ―Frunzo la nariz―. Creo que te lo imaginaste.
Gianna niega con la cabeza.
―No, existen. No tengo idea de cómo se llaman, pero estaba
encamándome con un tipo de Franklin que tenía uno. Es una función genial.
―Encamándome ―Audrey se ríe―. ¿De dónde sacas esos términos?
―Bien. Follando. ¿Eso está mejor? ―Gianna le saca la lengua a
Audrey―. En fin, aquí estoy. ¿Alguien puede explicarme por qué nos
convocaron en una noche lluviosa de jueves? Cancelé una cita de manicura
por esto, que lo sepan.
Todas las miradas caen sobre mí. Fui yo quien llamó a esta reunión de
emergencia, y estoy avergonzada por eso.
Ir con Gray a Sugar Creek mañana no es gran cosa. Me lo he dicho mil
veces. Es un viaje gratis porque él iba de todos modos, pero no importa
cuántas veces lo repita, ya sea en mi cabeza o en voz alta, mi cuerpo se
niega a creer que no estoy a punto de correr un maratón con leones.
La adrenalina y la ansiedad son reales.
Desenredo mis piernas y planto los pies en el suelo. Mi interior se
retuerce con la anticipación de contarles a mis amigas sobre mi viaje de
mañana, y desearía poder evitar decírselos por completo. Van a exagerar y
probablemente harán que mi nerviosismo empeore antes de que mejore.
¿Por qué estoy nerviosa para empezar?
¿Y qué me voy a poner?
Dios, estoy hecha un desastre, y odio estarlo.
Solo necesito un momento para recomponerme.
―Antes de explicar por qué las hice venir, ¿puedes terminar tu historia
del rayito de sol, Aud? ―pregunto.
Ella sonríe radiante.
―Claro. Bueno, anoche Andrew me llamó por el aniversario de mis
papás. Vamos a organizar una pequeña reunión con sus amigos. Va a ser
súper lindo. En fin, mientras charlábamos, puede que haya mencionado que
algunos de los chicos con los que sale rentaron una casita en el Cape para
un fin de semana que viene.
Se desliza al borde de su asiento, con los ojos brillando.
―¿Y adivina quién fue invitada? ―Da un gritito, golpeando los pies
contra el suelo―. Si supiera hacer una voltereta, la haría.
Gianna y yo intercambiamos una sonrisa.
―¿Supongo que tu crush estará ahí? ―digo.
―Sí. Me costó un poco de maña averiguar si iba a ir sin preguntárselo
directamente a Andrew, pero lo logré.
―Esta podría ser tu oportunidad, Audrey ―dice Gianna, señalándola―.
Es tu momento de lanzarte con ese hombre.
Audrey se sonroja.
―No tengo ningún movimiento. ¿Cómo puedo ser tu amiga y no tener
movimientos?
―Porque no me dejas enseñarte ―responde Gianna―. ¿Cuánto tiempo
tenemos? Puedo convertirte en una pequeña seductora, pero necesitaré unas
semanas.
Le lanzo una mirada a Gianna, advirtiéndole que vaya con cuidado. No
queremos que Audrey se asuste. Ha esperado demasiado por esto.
―No necesitas movimientos, Aud ―le digo―. A los chicos les encantan
las chicas como tú. Eres dulce y bonita.
―Eres carne fresca ―dice Gianna sin inmutarse.
Audrey arruga la nariz.
―Bonita imagen.
―¿Trajiste mi blusa, por cierto? ―pregunta Gianna―. Si la trajiste, no
quiero olvidarla.
―Está en mi auto ―dice Audrey―, y no intentes coserla tú misma la
próxima vez, por favor. Solo me haces la vida más difícil al final.
Gianna se encoge de hombros.
―Tu turno, Astrid ―dice Audrey, acomodándose para escuchar una
historia―. ¿Qué pasa? ¿Es por lo de Trace? Hoy te reuniste con el abogado,
¿no?
Me echo un mechón de cabello sobre el hombro y trato de parecer lo más
tranquila posible… cuando en realidad estoy al borde de un precipicio.
―Bueno, la oficina de Dixon me llamó esta semana y canceló ―digo,
con la voz bien controlada. Bien, bien. Sigue así―. No podían
reprogramarme hasta junio.
El rostro de Audrey se descompone.
―Lo siento mucho. Eso es horrible. Puedo buscar a alguien más. No te
preocupes.
―No está preocupada ―dice Gianna lentamente, inclinándose hacia
adelante con una sonrisa engreída―. ¿Por qué no estás preocupada, Astrid?
―No está preocupada porque sabe que la ayudaremos, ¿verdad, Astrid?
―pregunta Audrey.
Muerdo mi labio y esquivo la mirada de Gianna.
―No, Auddie ―dice Gianna―. Piénsalo. Astrid tiene su vida planeada
hasta la hora. ¿Me estás diciendo que esto se cayó y ella está tan tranquila?
La conoces mejor que eso.
Maldita seas, Gianna.
Audrey ladea la cabeza.
―Podrías tener razón.
Suspiro y me muevo en mi asiento. Mejor lanzarme de cabeza… más o
menos.
―No necesitas buscarme otro nombre, Audrey, porque en realidad
encontré a alguien que me dará una consulta gratis mañana por la tarde.
―¡Genial! ―dice Audrey, sonriendo―. Es una gran noticia.
―Se llama Joe ―digo, acomodándome un mechón de cabello detrás de
la oreja―. Tengo una cita con él mañana por la tarde.
―Deja de tocarte el cabello ―dice Gianna, observándome tan de cerca
que nada se le va a escapar―, y deja de repetirte. Ve al punto que
claramente no quieres decir, pero sientes que tienes que compartir.
Gimo, poniendo las manos en mi regazo. Cuanto más tarde en soltarlo,
más sospecharán. Es hora de arrancar la curita.
―Aquí está el asunto. ―Hago una pausa―. Gray lo organizó para mí.
Gianna se ríe, cayendo hacia atrás en su silla. Tiene una sonrisa victoriosa
en el rostro que me deja perpleja. ¿Por qué parece que acaba de ganar?
―Maldita sea ―dice Audrey, golpeando el suelo con el pie―. No traigo
veinte dólares en efectivo. ¿Puedo pagarte la próxima vez que te vea?
―Está bien ―Gianna se ríe, mirándome―. Apostamos veinte dólares a
que cederías con ese hijo de puta guapo antes de fin de mes. Yo gané.
―¿Qué? ―pregunto, con la boca abierta.
Audrey suspira, frunciendo el ceño.
―Pensé que resistirías al menos un mes. Normalmente eres mucho más
dura que esto.
―El problema es que él está duro, si me entiendes ―dice Gianna por la
comisura de su boca.
―No he cedido ante nadie ―protesto, mirándolas a ambas―. No
entienden.
―¿Qué, exactamente, no entendemos? ―pregunta Gianna―. Tu
supuesto archienemigo te consiguió una cita con un abogado para sacarte de
un aprieto. Me parece bastante claro.
No, no, no.
―No es así ―insisto.
―Eso no es mierda de enemigos mortales ―dice Gianna.
Quiero contradecirla, pero no estoy segura de cómo hacerlo. No parece
ser mierda de enemigos, pero tampoco somos exactamente enemigos
mortales ya. No es mi persona favorita, y estoy segura de que no soy la suya
tampoco, pero hemos logrado encontrar un punto medio que no odio.
Desearía odiarlo porque, mierda, era más fácil, pero no lo odio.
―No es gran cosa ―insisto a pesar del caos dentro de mí que dice lo
contrario―. Él estaba a mi lado en el estacionamiento cuando llegó la
llamada de la oficina de Dixon, y Gray la escuchó. Eso es todo.
―¿Y luego te dio indicaciones para llegar a la oficina del abogado?
―pregunta Gianna. Sus labios rojos están apretados en una sonrisa
autosatisfecha.
―¿Necesitas que te acompañe mañana?
La fulmino con la mirada y me pongo de pie, incapaz de seguir sentada.
―Podría ir ―dice Audrey―. Puedo cancelar mis reuniones de mañana.
Podemos hacer un viaje de chicas. Será divertido.
Gianna suspira.
―No necesita que vayamos, Auddie. ―Lentamente, acerca su rostro al
mío―. Va con Gray.
A veces, realmente detesto a Gianna.
El mundo tambalea y luego comienza a arrastrarse lentamente. Cruzo la
habitación hacia una chimenea inservible con troncos falsos para poner algo
de distancia entre nosotras.
Gianna levanta las manos.
―Oye, no te enojes conmigo porque sé leer el maldito ambiente.
―Está bien ―dice Audrey, asintiendo―. Ya veo hacia dónde va esto.
―No va a ninguna parte ―Mi rostro se calienta mientras las miro a
ambas―. Llamamos a una tregua, y él me está ayudando como yo lo ayudo
a él. Eso es todo.
Gianna sonríe con suficiencia.
―Me gusta el aspecto de reciprocidad en su relación. Lo apreciarás en
las etapas posteriores.
Mi estómago se tensa, y aparto esos pensamientos. No voy por ahí.
―Asumo que ahora se llevan mucho mejor ―dice Audrey
suavemente―. ¿Es cierto?
―Síp, pero es una relación laboral construida sobre hielo muy delgado.
Necesito que ustedes dos no lo tomen de la manera en que lo están
tomando.
―Espera a que veas cómo tú lo vas a tomar ―murmura Gianna. La
fulmino con la mirada, y ella se ríe―. Es broma. Pararé.
Audrey le lanza una mirada a Gianna antes de volver su atención hacia
mí.
―Dinos qué necesitas. Estamos aquí para ti.
Gracias a Dios por Audrey.
Suelto un suspiro tembloroso porque no sé qué necesito. Ni siquiera sé
por qué las llamé. Fue una decisión tonta que tomé en un momento de
pánico porque estoy abrumada por el estrés, y me rompí.
Todos se rompen a veces.
Gianna se pone de pie, quitándose los tacones.
―¿Qué vas a ponerte?
Mis hombros se relajan.
―No lo sé.
Ella nos hace un gesto a Audrey y a mí para que la sigamos a mi
habitación. Una vez ahí, enciende la luz y abre las puertas de mi clóset sin
perder tiempo.
―Oh, te ves súper sexy con esto ―dice Gianna, sacando una camisola
negra de encaje de una percha.
Niego con la cabeza.
―Ese no es el estilo correcto. Voy a reunirme con un abogado, por Dios.
Audrey se sienta a mi lado en la cama.
―Vamos a estar en una camioneta por más de una hora en cada trayecto
―digo―. Él mencionó que quería parar a ver a su hermano, así que creo
que podríamos hacer eso. No estoy segura, y su hermano vive en un rancho,
así que…
―Para ―sisea Gianna―. ¿Un rancho? ¿Estás bromeando?
Audrey gime.
―Si Gray se pone unos Wranglers y botas vaqueras, podría desmayarme.
―No te desmayes ―dice Gianna, riendo―. Ese es el momento en que lo
montas como si fuera tu maldito trabajo.
Cubro mi rostro con las manos. Esto no está ayudando. Para nada.
Imágenes vívidas de Gray en un rancho con sudor goteando por su pecho
invaden mi mente, y no hay manera de sacarlas. De repente, imaginarlo con
botas vaqueras no es tan gracioso. Puedo verlo usando un sobrero vaquero,
y no puedo ignorar por completo la chispa que causa en mi interior.
Ya está. Estoy perdiendo la cabeza.
Audrey salta de la cama y se une a Gianna frente a mi clóset. Le toma
solo un minuto sacar una blusa turquesa que Gianna me compró para mi
cumpleaños el año pasado. La tela es más gruesa que una blusa normal, y el
escote en V se detiene justo por encima de la parte superior de mis pechos.
No es demasiado revelador y nunca baja lo suficiente como para mostrar mi
pecho… pero se siente como si pudiera hacerlo. Y, según Gianna, hay un
encanto que viene con eso.
―¿Qué tal esta? ―pregunta Audrey―. Combínala con tus aretes de
estrellas doradas que tienen pequeños diamantes en el centro. Es lo
suficientemente cómoda para un viaje por carretera, lo suficientemente
conservadora para la oficina de un abogado, y lo suficientemente divertida
para un rancho.
Mira de nuevo al clóset.
―Solo vas por la tarde, ¿verdad?
―Síp. Creo que solo iremos a la oficina del abogado, y luego él quiere
ver a su hermano. Tal vez visite a su hermano mientras hablo con el
abogado. No lo sé.
Gianna saca mi par de jeans favoritos.
―Tu trasero se ve increíble con estos.
―¿Dónde están tus tenis blancos con detalles en beige? ―pregunta
Audrey.
―Están en el zapatero junto a la puerta.
―Póntelos ―dice Audrey―. Mantendrán el look fresco y divertido, y si
terminas en un rancho, tus dedos estarán protegidos.
No había pensado en eso. Buen punto.
Tomo las prendas que eligieron y las cuelgo en la parte trasera de la
puerta de mi habitación. Tener esta decisión resuelta calma un poco los
nervios que florecen en mi estómago. Al menos ahora puedo preocuparme y
sobrepensar en algo más.
―Ahora que eso está hecho, ¿qué tal si pedimos pizza y te arreglamos las
uñas? Están horribles ―dice Gianna, encogiéndose de hombros―. No
puedes tomarte la molestia de hacernos elegir un atuendo y no arreglarte las
uñas.
―Yo pido la pizza ―dice Audrey, dirigiéndose al comedor―. Tú
encárgate de las uñas.
Gianna pasa su brazo por mis hombros y me sonríe.
―¿Cómo te sientes?
―Honestamente, mejor.
Sonrío tímidamente. Gray y yo apenas estamos en términos cordiales
estos días, y nuestra relación es estrictamente profesional. Ni siquiera me
gusta mucho el tipo, y sé que él siente lo mismo por mí. Así que lo que me
ponga en este viaje no importa. No estoy tratando de atraer su atención, ni
la de nadie más, para el caso. Lidiar con suficientes hombres en mi vida
laboral. Seguro que no necesito uno en mi vida personal también.
―No sé por qué me puse tan rara con esto ―digo―. Lo siento.
Ella se ríe.
―No tienes que entenderlo. Yo sí lo entiendo, y te tenemos, amiga.
Algún día vas a creerlo.
Mi corazón se hincha mientras me lleva al baño a buscar mi kit de
manicura.
Gracias a Dios por las buenas amigas.
18
Astrid
―Ese es probablemente el último libro que he leído ―dice Gray, pisando
el acelerador y pasando al tractor de movimiento lento que hemos seguido
por más de un par de millas―. ¿Y tú?
Miro por la ventana del lado del copiloto, disfrutando de la belleza del
Tennessee rural. Siempre he amado salir de la ciudad. La familia de Gianna
visitaba Kentucky cada verano, y yo los acompañé un par de veces. Incluso
de niña, apreciaba la paz y la tranquilidad, probablemente porque mi vida
en casa no tenía ninguna de las dos.
Hoy ha sido mucho más fácil de lo que esperaba. Pasé la mañana
ordenando suministros para la fiesta de Blakely y comunicándome con
Wayside sobre los entregables de Gray para la campaña de bebida deportiva
programada para este otoño. Fue justo lo suficiente para evitar que me
estresara por el hecho de que Gray me recogería a la una y media para
nuestro viaje a Sugar Creek.
―El último libro que leí fue probablemente Romeo y Julieta o El Gran
Gatsby en la preparatoria ―digo.
Gray hace una mueca, como si estuviera ofendido.
―¿Qué? ―pregunto, riendo.
―Solo… esperaba más de ti. Eso es todo.
―No me juzgues ―niego con la cabeza, divertida―. No he tenido
mucho tiempo libre desde la preparatoria. Algunos no éramos estrellas de
rugby con tiempo de ocio.
―Oh, claro. Cierto. Deberías haber visto todo el tiempo de ocio que he
tenido para jugar ―me mira por encima de sus lentes de sol―. ¿Qué tipo
de mierda sobresaliente estabas haciendo después de la preparatoria, de
todos modos?
Me río, envolviendo mis brazos alrededor de mi cintura, y me encojo de
hombros.
―A ver. Me gradué a los diecisiete y tomé mi segundo trabajo. Trabajé
en ambos durante un año entero hasta que comencé en la universidad
comunitaria. ―Lo miro―. Luego añadí un tercer trabajo por diversión.
Él se estremece.
―¿Tercer trabajo? ¿Qué eres? ¿Mujer Maravilla?
―Suena mejor que decir que me niego a morir.
Sus cejas se juntan sobre sus lentes de sol.
―¿Qué significa eso?
El sol calienta mi rostro mientras observo la vegetación pasar por mi
ventana. Ya le he dicho más de lo que suelo contarle a la gente, y lo
verbalicé de una manera más genuina, para colmo. Por alguna razón, no
siento ese apretón en mi estómago que me advierte que deje de hablar.
Probablemente porque no me importa lo que él piense de mí. En realidad, es
agradable hablar sin estar híper concentrada en cada palabra que sale de mis
labios.
―Quiero decir que me mudé de la casa de mi papá a los diecisiete
―digo, hundiéndome en el asiento―. Encontré un departamento tipo
estudio que podía pagar en el edificio Pliny y terminé los últimos meses de
la preparatoria.
―¿Tu papá te dejó mudarte a los diecisiete?
―Dejarme es una forma creativa de decirlo. Oye ―me incorporo―, ¿es
un puente cubierto?
Me inclino hacia adelante mientras nos acercamos a la estructura roja con
un tejado negro. Es lo suficientemente ancho para que dos carriles de tráfico
se crucen y no mucho más. Debajo del puente hay un arroyo de movimiento
lento que burbujea y serpentea por el paisaje.
―Síp ―dice Gray, reduciendo la velocidad de la camioneta―.
Bienvenida a Sugar Creek.
Las llantas rugen sobre las tablas de madera del puente mientras lo
cruzamos, el sonido resonando, rebotando en las paredes manchadas de
grafiti a ambos lados. Pájaros negros se alinean en las vigas y nos observan
como pequeños inspectores silenciosos que deciden si somos dignos de
visitar el pueblo o no.
―Esto es como de película ―digo, entrecerrando los ojos contra el sol
mientras salimos del túnel.
―O un libro para aquellos de nosotros con imaginación.
Le doy un golpe juguetón en el hombro. Él se ríe, sus hoyuelos
marcándose en sus mejillas. Esos pequeños hoyos desencadenan una ola de
calor por todo mi cuerpo, y miro hacia otro lado antes de que pueda ver el
rubor en mi rostro.
Entramos al pueblo con casas ordenadas y céspedes bien cuidados,
perfectamente espaciados entre sí. Algunas tienen cercas blancas, otras
tienen macetas en las ventanas llenas de flores hermosas. Casi todas las
casas que pasamos tienen un columpio en el porche, y todas son adorables.
Gray baja las ventanillas, estirando su brazo por la suya para saludar a
una mujer de mediana edad que barre la acera. El aire fresco que llena la
cabina tiene un dulce aroma. Es un bálsamo para mi sistema nervioso
perpetuamente sobreestimulado.
―Esa era Amanda LaRoche ―dice Gray, regresando su brazo al interior
de la camioneta―. Fui a la escuela con su hija.
Señala un pequeño edificio de ladrillo con persianas negras.
―Ese es el consultorio del doctor Buckley. Ha atendido el parto de la
mayoría de las personas en el condado de Sugar a estas alturas. Solía ir a la
primaria cada invierno vestido de Santa Claus. ―Gray comienza a reír,
mirándome con un brillo en los ojos―. Mi amigo Brooks puso fin a eso
cuando estábamos en quinto grado. Sacó las llaves del bolsillo del doctor.
Luego, cuando el personal las estaba buscando después, él las levantó y
dijo: “Encontré estas, pero no pueden ser de Santa porque tienen una
etiqueta para la oficina del doctor”.
―Qué pequeño diablillo ―digo, riendo también.
Él gira la camioneta hacia una calle a nuestra derecha, y no puedo evitar
notar lo relajado que parece Gray. La tensión que usualmente vive entre sus
cejas ha desaparecido mágicamente, y el músculo que conecta su cuello con
sus hombros no está tenso. Sus labios se aprietan como si estuviera
conteniendo una sonrisa. Es menos diablo, más diabólicamente guapo. No
puedo decidir si me gusta o lo odio.
―¿Qué es eso? ―Me deslizo al borde de mi asiento y trato de enfocarme
en un borrón que corre del correo al departamento de bomberos―. ¿Es
un…? ―Entrecierro los ojos―. ¿Un gato con tres patas?
―Síp. Ese es Blooper. Tuvo un desafortunado accidente con la cortadora
de césped de Biscuit Jones hace probablemente veinte o treinta años.
―Eh, no creo que los gatos vivan tanto.
―Tal vez los gatos promedio no, pero Blooper no es promedio.
―Oh, claro que no ―digo, riendo.
―Lo digo en serio ―se detiene en un letrero y luego gira a la
izquierda―. La mitad de las casas en Sugar Creek tienen una casita para
gatos afuera para él por si se queda a pasar la noche. Todos tienen comida y
agua para el pequeño. Cuando el clima está feo, se refugia con los
bomberos.
―¿Por qué no lo adopta alguien?
―Alguien lo intentó una vez, pero la leyenda dice que Blooper peleó con
un fantasma, destrozó todas las cortinas de la familia y orinó en todo lo que
poseían. Nadie más ha tenido el valor de intentar capturarlo de nuevo.
Resoplo.
―Yo lo intentaría, pobre cosa.
―¿En serio? ―Sonríe―. Me gustaría ver eso. Un animal salvaje contra
otro.
―Eres un idiota ―digo, girándome para que no vea mi sonrisa.
Gray reduce la velocidad de la camioneta y se detiene en otro letrero. Es
más bien una parada en movimiento ya que no hay nadie más alrededor, y
giramos hacia una calle con una ligera pendiente. Cestas colgantes
sostienen flores que caen en cascada desde los faroles, con barriles de
whisky debajo. Hay una florería, Piper’s Pizza, y un pequeño edificio al
final con un letrero que dice Brew Ha Ha.
―¿Es una cafetería? ―pregunto, riendo.
―¿Cursi, no?
―De ninguna manera. Es ingenioso.
―Como digas ―dice Gray.
Detiene la camioneta en medio de la calle y mete reversa. Su brazo se
extiende a lo largo del respaldo de mi asiento, con su gran mano agarrando
mi reposacabezas. Mi corazón late con fuerza en mi pecho mientras él mira
casualmente por encima de su hombro y maniobra la camioneta
perfectamente en el centro de un espacio.
Maldita sea.
―Llegamos ―dice, sacando su billetera y llaves de la consola.
Me aclaro la garganta y recojo mis cosas mientras trato de apartar las
imágenes que mi cerebro capturó de Gray hace solo momentos. La
competencia. La confianza. Su lenguaje corporal grita que sabe lo que hace,
y que es jodidamente bueno en eso.
Realmente estoy perdiendo la maldita cabeza.
Sosteniendo mi bolso, bajo de la camioneta sin romperme el cuello. Gray
me encuentra en la acera, pero evita el contacto visual al bajar la cabeza
para ponerse un sombrero negro sobre la frente.
―¿Lista? ―pregunta.
Doy un golpecito a mi bolso.
―Tan lista como puedo estar.
Gray me guía hacia una ventana grande con letras verdes y doradas en el
vidrio: Jewell Law. Abre la puerta y espera a que entre primero.
La sala parece sacada de otra era: alfombra verde, un cenicero de pie, y
un enorme mapa enmarcado del condado de Sugar que estoy segura alguna
vez fue blanco y no amarillo desteñido. Hay un escritorio en el centro, pero
nadie lo atiende.
―Oye, Joe ―llama Gray.
―Pasa ―responde una voz.
La mano de Gray roza la parte baja de mi espalda mientras me guía hacia
adelante, y el contacto me toma por sorpresa. El calor de su toque en un
lugar tan vulnerable e íntimo me hace estremecer. Mi instinto es alejarme y
poner distancia entre nosotros, pero agradezco saber que Gray está ahí
mientras camino hacia lo desconocido. No puedo creer que acabo de pensar
eso.
―Betty está trabajando en la oficina del alcalde hoy ―dice un hombre
que asumo es Joe, detrás de un escritorio de madera oscura mientras
doblamos la esquina. Es mayor de lo que imaginé, probablemente en sus
sesenta y tantos o setenta y pocos, con cabello negro brillante peinado hacia
atrás. El lunar en su barbilla suaviza de alguna manera su apariencia por lo
demás severa. Le sonríe a Gray.
―No sabía que también iba a ver tu fea cara.
―Considéralo un bono ―Gray se ríe―. Joe, esta es Astrid Lawsen.
Astrid, este es Joe Jewell.
Se inclina y susurra lo suficientemente alto para que Joe lo escuche.
―Parece un idiota, pero es un maldito buen abogado.
―Sí, bueno, eso es mejor que ser un idiota guapo ―responde Joe, su
gran barriga vibra con su risa. Se gira hacia mí―. Eres demasiado bonita
para este tipo.
―Oh ―digo, con las mejillas sonrojadas―. No estamos juntos. No de
esa manera.
Gray se mueve a mi lado.
Joe extiende una mano.
―¿Qué tienes para mí?
―Traje el correo conmigo ―digo, buscando en mi bolso y
entregándosela. Mis palmas están húmedas, y miro el sobre, esperando que
no haya manchas de sudor en el papel.
―Oye, Gray ―dice Joe, abriendo el sobre―. Mi almuerzo está listo en
Piper’s. ¿Puedes ir por él?
La mirada de Gray cae sobre la mía, e inmediatamente siento su
preocupación por dejarme. Lucho contra el impulso de extender la mano y
tocar la suya… porque eso seguro que haría las cosas incómodas.
―Estaré aquí cuando regreses ―le digo, asintiendo.
Él asiente, lanza una mirada a Joe, y luego sale. Cuando me giro hacia
Joe, está leyendo el correo con una expresión agria.
―¿De qué se trata esto? ―pregunta, con la voz llena de gravilla―.
Exnovio, supongo.
―¿Cómo lo supo?
Me mira por encima del papel.
―No es mi primer rodeo. Toma asiento.
Me acomodo en una silla de cuero marrón que huele ligeramente a
tabaco. Mis jeans chirrían contra el material como zapatillas nuevas en un
pasillo. No estoy cómoda, pero no me atrevo a moverme ni un centímetro
más para no sonar como niña.
―¿Alguna vez estuviste en ese contrato de arrendamiento? ―pregunta
Joe.
―No. Nunca. Trace ya vivía ahí cuando me mudé. Pagué la renta un par
de veces, pero nunca firmé nada. ―Un nudo frío se forma en mi
estómago―, y Trace me echó y tuvo a otra mujer viviendo ahí no sé por
cuánto tiempo después de que me fui.
Joe coloca el papel sobre el sobre y toma un bolígrafo.
―¿Tienes las fechas de cuándo te mudaste y cuándo te fuiste?
―Eh, me mudé hace unos seis años en octubre y me fui en marzo hace
cuatro años. Si necesita fechas exactas, puedo conseguirlas.
Garabatea notas en un bloc legal.
―No, está bien. ―Señala un bloc más pequeño y un lápiz en la esquina
de su escritorio―. Escribe ahí tu información de contacto. Nombre,
teléfono, dirección y correo electrónico.
Lo tomo y anoto mis datos.
―Voy a encargarme de esto ―dice, observándome mientras coloco sus
cosas de nuevo en el escritorio―. Recibirás una copia de todas las
comunicaciones por correo o email.
La puerta se abre detrás de mí y se escuchan pasos a través de la oficina
de Betty.
Me lamo los labios.
―Antes de que empecemos, ¿cuánto cobra? Porque tal vez tenga que
hacer pagos, si es posible. Si no, tengo una tarjeta de crédito, pero preferiría
no pagar de esa manera si puedo evitarlo.
―No te preocupes por eso.
―Piper dijo que si está frío, es tu culpa ―dice Gray, dejando una bolsa
sobre el escritorio de Joe―. Se suponía que lo recogerías hace una hora.
Joe pone los ojos en blanco.
―Piper puede calmarse. Yo pagué por él, así que ¿qué le importa?
―Mira dentro de la bolsa con dedos regordetes―. Parece que esta vez lo
hicieron bien.
Gray me guiña un ojo.
―Voy a comer ―dice Joe―. Ustedes dos, lárguense de aquí. Fue un
placer conocerte, Astrid.
―Pero no tuvimos oportunidad de hablar de los pagos ―digo, con el
corazón latiendo fuerte.
Joe mira a Gray.
―Sácala de aquí, ¿quieres?
―Vámonos ―dice Gray, señalando con la cabeza que lo siga.
―Pero…
―Vamos. ―El tono de Gray lleva una advertencia en las notas―. Nos
vemos, Joe.
―Adiós.
Me levanto, sintiendo una urgencia por aclarar los términos de pago,
porque no estoy segura de qué espera Joe. Esto se complica más porque es
amigo de Gray. Si no puedo pagar, eso podría afectar mi relación con Gray,
lo que, a su vez, podría dañar mi relación con Renn. Antes de que pueda
empezar a protestar, Joe le da un mordisco a su sándwich y dirige su
atención a su computadora.
―Gracias, Joe ―digo, con la voz temblorosa.
Si me escucha, no lo demuestra. ¿Qué demonios?
Repaso varios escenarios en mi cabeza mientras caminamos de regreso a
la camioneta. Las luces traseras parpadean cuando Gray desbloquea la
puerta, y subo a la cabina, decidiendo que le enviaré un par de cientos de
dólares a Joe cuando llegue a casa. Al menos será algo, y podremos partir
de ahí.
―Compré almuerzo para nosotros ―dice Gray mientras nos abrochamos
los cinturones―. No sabía qué querías, pero tienes un sándwich de jamón y
queso. La hija de Piper también es alérgica a los frutos secos, así que son
seguros para que los comas.
Mi garganta se cierra con emoción mientras miro sus expresivos ojos
marrones.
Es difícil aceptar que este Gray existe en el mismo cuerpo que el Gray
que conocí en la gasolinera. Nunca hubiera pensado que ese idiota podía ser
tan considerado: con mi alergia, con Joe, al traerme a Sugar Creek. Sigo
buscando el truco, pero no encuentro nada.
El motor ruge al encenderse, y comenzamos a regresar por donde
vinimos.
―¿Lista para ir a casa de mi hermano por un rato? ―pregunta Gray.
Sonrío.
―¿Te refieres al rancho?
Me lanza una mirada juguetona y sucia.
―No empieces.
Me río.
―Claro, no me importa. Después de todo, tú me trajiste aquí. Gracias de
nuevo.
―Agradéceme sacando mi sándwich, por favor.
―Oh, claro.
Saco dos sándwiches y decido que son iguales. Desenvuelvo uno,
dejando el envoltorio recogido en la parte inferior, y se lo ofrezco a Gray. Él
lo alcanza, y sus nudillos rozan los míos al tomarlo.
Mis ojos se desvían de los suyos. Piensa en algo que decir.
―Joe y yo no discutimos el precio de sus servicios, y estoy preocupada
por eso.
Gray mastica lentamente.
―Bueno, no lo estés.
―Es fácil para ti decirlo.
―Joe tenía una hija de la edad de mi mamá ―dice después de tragar―.
Creo que se llamaba Grace, y era amiga de mamá. Grace tenía un novio
que… la lastimó. ―Me mira de reojo―. Digámoslo así. Entonces, podrías
decir que Joe tiene un cariño especial por las mujeres que están siendo
jodidas por hombres.
Frunzo el ceño, imaginando a Joe como papá de una niña pequeña. Es
duro y brusco, pero algo me dice que es un gran papá. Uno que sana en
lugar de destruir almas jóvenes.
―Es su manera de equilibrar las cosas o algo por el estilo ―dice Gray―.
Si sientes que debes hacer algo, solo escríbele una nota. Nada demasiado
sentimental. Eso será todo lo que necesita.
Gray se detiene en un letrero y toma una respiración profunda, luego se
gira hacia mí. Nuestras miradas se conectan. Cuando lo miro esta vez, no se
siente exactamente como si fuéramos solo compañeros de trabajo. Ya no
parece que somos dos personas que se odian en secreto. Tal vez es el
comienzo de una tolerancia o un entendimiento. De cualquier manera, me
gusta mucho más que querer asfixiarlo mientras duerme.
Me da una media sonrisa y arranca de nuevo.
―¿Puedo preguntarte algo?
―Claro.
―El ex, el del correo, ¿es la razón por la que amas el ajedrez?
La pregunta es simple, pero escucho las capas en ella. No solo está
preguntando por Trace, ni por el ajedrez. Las palabras que usé en su
departamento cuando le conté sobre mi hábito de jugar ajedrez en la entrada
resuenan en mi cabeza.
“Porque el hábito comenzó cuando evitaba entrar a la casa”.
No es la primera vez que recuerda algo que he dicho, algo importante.
Cosas que importan. Es ligeramente aterrador saber que prestó atención
porque podría usar esa información en mi contra, pero, hasta ahora, solo la
ha usado para conocerme mejor, y si soy honesta, ha pasado tanto tiempo
desde que alguien fuera de Gianna y Audrey se preocupó por mí que se
siente bien. Especialmente mientras estoy en medio de esta mierda con
Trace.
Le doy una pequeña sonrisa y un encogimiento de hombros.
―Supongo que una cosa buena salió de mi relación con Trace, ¿no?
No puedo leer la mirada que me da, pero mi corazón se hincha de todos
modos. Estoy agradecida cuando mi celular vibra en mi regazo y me da una
razón para mirar hacia otro lado.

Audrey: Solo checando. ¿Estás bien, Astrid?

Vuelvo a mirar a Gray. Está mordiendo su labio inferior, y el viento que


entra por su ventana parcialmente bajada le despeina el cabello. No está
relajado como antes, pero tampoco está enojado como de costumbre.
Y debo preguntarme… ¿por qué?
Me mira por encima del hombro, y compartimos una sonrisa suave.
Nunca esperé estar tan agradecida con Gray Adler. Intervino y organizó
esto con Joe, lo que podría resultar en una situación sin costo, y me dejó
acompañarlo en su viaje. Odio admitirlo, pero tenerlo conmigo hoy lo hizo
un poquito más fácil. Aunque nunca se lo diré.

Yo: Estoy bastante bien, en realidad.


Gianna: Monta a ese hombre guapo como si fuera un caballo.

Oh, Gianna. Me río y me acomodo en mi asiento.


Qué día tan loco ha sido. Al menos la parte difícil ya pasó.
19
Gray
La grava cruje bajo mis llantas mientras giro hacia el largo camino de
entrada que lleva a Blackbird Ranch. El letrero que mi abuelo colgó
orgullosamente cuando tenía mi edad brilla sobre la puerta. Los pilares de
piedra que mi mamá odiaba se alzan firmes a ambos lados con linternas
solares en la cima.
La idea de Hartley usando algo solar me hace sonreír.
Una cerca de madera bordea el camino, separando nuestro camino
privado del bosque a ambos lados. Los árboles son densos, y la vegetación
es espesa y oscura. A pesar de no haber estado en esos bosques por una
década o más, no tengo dudas de que podría encontrar mi camino con los
ojos vendados.
Miro a Astrid, viéndola absorber todo.
La sensación de estar en casa se asienta en mi alma. Ha pasado
demasiado tiempo desde que estuve aquí, tanto, de hecho, que olvidé cómo
el mundo termina al comienzo de la puerta. Aquí atrás, es un mundo propio
gobernado por el trabajo duro, la lealtad y la familia.
Mi pecho se siente pesado mientras la nostalgia por un tiempo pasado
hace residencia entre mis pectorales.
―¿Creciste aquí? ―pregunta Astrid, desabrochándose el cinturón.
―Síp. Crecí aquí con mis papás, mi abuelo paterno, o mi pap, y mi
hermano, Hartley, a quien conocerás en un segundo.
Su mirada se posa en la casa principal que aparece a la vista.
―Sé que amas el rugby y todo eso, pero no creo que pudiera dejar un
lugar como este. Es tan… pacífico.
La forma en que lo dice me golpea en el corazón.
―Algunas cosas corren en la familia, ya veo ―dice, riendo.
¿Qué? Espío la enorme camioneta blanca de Hartley estacionada justo
fuera del garaje. Sale del garaje con una sonrisa de mierda y espera a que
nos acerquemos.
―Mírate ―dice, abrazándome apenas mis pies tocan el suelo―. ¿Cómo
demonios estás? Todavía un enano, ya veo.
Me río, observando su metro ochenta y cinco y su sólido cuerpo de cien
kilos.
―No ambos podíamos ser guapos, así que Dios te dio altura.
―Estás lleno de mierda ―dice, sonriendo de oreja a oreja. Da un paso
atrás, y su atención se dirige al movimiento al frente de mi camioneta.
Sigo su mirada hacia Astrid. Sus brazos están cruzados sobre su cintura.
La chica relajada que tuve en la camioneta conmigo se ha ido. Astrid con la
tabla de apuntes está de vuelta, aunque sin la tabla real.
―Ven aquí ―le digo, sonriéndole suavemente―. Astrid, este es mi
hermano, Hartley. Hart, esta es mi asistente, Astrid.
Sus ojos se iluminan.
―¿Esta es la asistente?
―Síp. ―Oculto una sonrisa―. Esta es la asistente.
―Todo lo que él ha dicho sobre mí viene de un lugar de ego y terquedad
que me temo conoces muy bien ―dice Astrid, extendiendo una mano―.
Gusto en conocerte, Hartley.
―Es muy agradable conocerte. Puedo decir que tenemos mucho en
común ―dice Hartley mientras se dan la mano.
Una pequeña sonrisa toca sus labios.
―Tengo que llevar un par de llaves a los chicos en la puerta sur ―dice
Hartley, volviéndose hacia mí―. Pueden venir conmigo o entrar y tomar
algo.
Astrid está más relajada que hace unos momentos, pero creo que
presentarla al equipo podría ser más de lo que está lista para manejar hoy.
Esos chicos son un grupo ruidoso.
―Nos quedaremos aquí ―digo.
El alivio es evidente en el rostro de Astrid.
―Estaré de vuelta en unos treinta minutos ―dice Hartley, subiendo a su
camioneta―. Las llaves están en el carrito si quieren dar una vuelta.
―¿Estás bien con quedarte aquí, verdad? ―le pregunto a Astrid mientras
Hartley enciende la camioneta.
―Esperaba que eligieras esa opción porque necesito ir al baño.
―Está bien. Vamos adentro.
Los escalones crujen mientras subimos al porche y encontramos la puerta
de malla cerrada. La abro con el mismo enganche que ha tenido toda mi
vida, y algo en eso me hace sonreír.
―El baño está por el pasillo ―digo, señalando a mi derecha―. Primera
puerta a la izquierda.
―Gracias.
Tomo una respiración profunda, llenando mis fosas nasales con el aroma
de manzanas con canela. No puedo evitar preguntarme si Hartley usa las
mismas velas que mamá o si el olor se ha filtrado en las paredes. Es el olor
del hogar.
Me paseo por la sala, notando las similitudes y diferencias desde la
última vez que estuve aquí. Una nueva cabeza de ciervo montada, un
tamaño más grande que la de mi abuelo, cuelga en la pared trasera. Nunca
pensamos que alguien rompería ese récord, pero parece que alguien lo hizo.
Las fotos bordean los gabinetes empotrados que rodean el televisor. Las
observo una por una, muchas en el mismo lugar donde han estado por años.
Sillas mecedoras en miniatura que Hart y yo usábamos de niños están junto
a la chimenea. El televisor, sin embargo, es nuevo y mucho más grande, una
pantalla plana que parece un marco de cuadro. Mamá lo hubiera odiado. Lo
encuentro divertido.
―Aquí estás ―dice Astrid, entrando al cuarto―. Tu hermano tiene el
mejor jabón de manos que he olido nunca. ―Huele sus dedos―. Creo que
es de vainilla. Tal vez con arándanos.
―Tendrás que preguntarle a Cathy. Estoy seguro de que Hartley no tiene
idea.
Ella se mueve hacia la ventana que da al patio trasero.
―¿Quién es Cathy?
―Ha trabajado aquí desde que tenía nueve o diez años. Se encarga de la
casa y cuidó de mi abuelo. Mamá era enfermera de emergencias y trabajaba
turnos largos, y papá estaba ocupado con el rancho, así que Cathy venía y se
encargaba de las cosas mientras todos estaban ocupados.
―Me encanta que todos vivieran aquí juntos.
Me uno a ella en la ventana.
―Sí, a mí también me encantaba. Mi abuelo tenía una suscripción a
Playboy y un hábito de fumar puros. Cuando eres un adolescente, esas son
cosas geniales para tener a tu disposición.
―Eras un problema de pequeño, ¿verdad?
―Podrías decirlo.
Ella sonríe suavemente.
―¿Cuánto de esto posees?
―¿Yo? No poseo nada, pero Hart tiene más de mil acres.
―Oh. Wow.
Meto una mano en mi bolsillo.
―Es bastante impresionante. Tiene… no sé cuántas cabezas de ganado.
Caballos. Gallinas. Cabras. ―La estudio antes de hablar de nuevo―.
¿Quieres dar una vuelta por la propiedad?
Ella sonríe.
―Sí. Claro. Me gustaría.
Salimos de la casa y nos dirigimos afuera. Ella toma una de las botellas
de agua de mi camioneta que compré en Piper’s, así que subo al carrito y la
recojo.
Astrid se ríe mientras giramos alrededor de la casa, dejando huellas en el
césped que estoy seguro de que Hartley me reprochará después. Odio
decírselo a mi hermano, pero vale la pena. Escuchar a Astrid disfrutar vale
todo el regaño que sin duda me dará, porque siento que esto no pasa a
menudo con ella.
Mientras más veo a Astrid sin su confiable tabla de apuntes, más me
gusta. Me encuentro queriendo saber más sobre ella, preguntándome qué
hace funcionar a esta mujer confusa. Se maneja con total confianza en
algunos momentos. En otros, parece casi temerosa. ¿Por qué?
―Mira eso ―dice, señalando un pequeño manantial que brota del lado
de una cornisa rocosa―. Es lo más lindo que he visto nunca.
Maniobro hacia él y reduzco la velocidad.
―¿Quieres bajar y tomar un trago?
―No, gracias. No quiero morir de disentería.
―¿Disentería? ―Resoplo―. ¿En serio?
Ella arruga su naricita.
―Bien. No quiero un parásito. ¿Mejor?
―No vas a tener un parásito.
Me mira como si estuviera lleno de mierda.
―Lo digo en serio ―insisto, divertido por su reacción―. Mamá solía
traer garrafas aquí y llenarlas un par de veces a la semana. Juraba que era
más saludable que el agua del grifo porque tenía minerales y cosas así.
Hartley y yo salimos bien.
Ella hace una mueca.
―Eso es debatible.
Me río, golpeando su hombro con el mío mientras piso el acelerador de
nuevo, y conducimos en silencio por un rato. Astrid señala los buitres que
circulan en un claro entre los árboles, y dos ciervos que saltan la cerca antes
de correr al bosque. Sus ojos brillan mientras lo absorbe todo, y desearía
tener más tiempo para mostrarle los establos y los campos.
―Tu mamá parece bastante genial ―dice de repente.
―No sé si genial, pero era una gran mamá.
Astrid se recuesta en el asiento y gira la cabeza hacia mí.
―¿Tenías una buena relación con ella?
―Síp. Todos teníamos una buena relación, en realidad. Mamá y papá
eran estrictos con nosotros, pero también nos divertíamos mucho.
Jugábamos euchre juntos, teníamos tradiciones divertidas para cada
festividad, y nunca se perdían nuestros juegos o cosas de la escuela.
Maniobro la máquina colina abajo por un sendero que apenas sigue
visible.
―¿Y tus papás? ¿Te llevabas bien con ellos?
Es un tema delicado. Ella me ha dicho lo suficiente para pintar una
imagen clara de su crianza, específicamente con su papá, pero no quiero
hurgar y hacer las preguntas puntuales que me gustaría que respondiera.
¿Dónde estaba su mamá? ¿Astrid fue descuidada? ¿Abusada?
Mi mandíbula se tensa al pensar en una pequeña Astrid sufriendo sin que
nadie le importara.
―Mi mamá murió en el parto ―dice lo suficientemente alto para ser
escuchada sobre el motor.
Mierda.
―Lo siento.
Ella se encoge de hombros impotente.
―No lo sabías. ―Toma aire―. Mi abuela vivía al lado de mi papá y de
mí hasta que tenía ocho años, pero luego tuvo un ataque al corazón en el
patio delantero mientras llevaba la basura a la calle. La encontré después de
la escuela.
Oh, Dios. Mi corazón duele por ella. Mis dedos pican por agarrar su
hombro y jalarla a mi lado, para ofrecerle consuelo que dudo que haya
recibido de su papá.
―Mi papá era un hijo de puta ―dice, erizándose, tensándose de
nuevo―, y eso es todo lo que tengo que decir al respecto.
Debería mantener la boca cerrada. No es mi lugar decir nada más, o
meterme en su mundo privado, pero no puedo evitarlo. Tengo que decir
algo.
―Aunque me has molestado mucho las últimas semanas, también has
sido impresionante ―digo, tragando a través de una constricción en mi
garganta―. Odio pensar que tu fuerza viene de la necesidad, especialmente
a una edad tan temprana.
La comisura de su boca se eleva.
―Estoy contenta de que así fuera. De lo contrario, habría sido una
estadística de una forma u otra. ―Me mira de reojo―. En vez de eso, solo
soy una perra sin corazón.
Suelto un suspiro, avergonzado.
―Realmente lamento haberte dicho eso. Fue completamente injusto.
Ella se encoge de hombros como si no importara.
―¿Hacia dónde vamos?
No quiero cambiar de tema. Quiero disculparme hasta que lo escuche y lo
crea, porque el incidente en el vestidor ahora tiene perfecto sentido. Antes,
estaba arrepentido por ser cruel. Ahora estoy arrepentido por haber sido
inconscientemente cruel, pero cuando empiezo a hablar de nuevo, recuerdo
algo que mi terapeuta me dijo una vez: una disculpa es para quien herí, no
para mí.
Si estoy realmente arrepentido por lo que dije, entonces debo priorizar lo
que ella necesita sobre lo que siento que necesito.
Así que tengo que dejarlo ir por ahora.
―Pensé que te gustaría ver Sugar Creek ―digo, agachándome mientras
una rama de espinas me golpea desde el lado.
―¿El arroyo atraviesa tu propiedad?
―Hay una broma que dice que el arroyo toca la propiedad de todos de
alguna manera, pero, sí, pasa justo un poco más abajo por este sendero.
Ella se mueve en su asiento.
―Hubo un tiempo no muy lejano en que esto habría sido peligroso.
―¿En serio? ¿Por qué?
―Porque habría querido ahogarte en el arroyo.
Me río.
―¿Quieres decir que ya no quieres?
―Tal vez no hoy ―dice, luchando contra una sonrisa.
Rodeamos un gran pino, y el agua aparece a la vista. Es un poco más
ancha y profunda aquí que en la mayoría de los lugares. Un puñado de
árboles han caído en las cercanías, y por la cuerda que cuelga de una rama y
la hojarasca que cubre la mesa de picnic que arrastramos aquí de
adolescentes, parece que Hartley ya no viene aquí.
―Esto es hermoso ―dice Astrid, bajando con su botella de agua en la
mano―. Wow, Gray. Mira este lugar.
Apago el motor y bajo también.
―¿Te gusta?
―¿Qué no puede gustar?
―Solíamos pasar el verano entero aquí. Mamá o Cathy nos preparaban
una canasta de picnic y una hielera llena de limonada, y traíamos una
pequeña radio que recibí una Navidad. Nadábamos y charlábamos mierda.
Era un buen momento. ―No, era el mejor momento.
Dejo que mi mirada recorra la tierra, reprochándome por no haber
apreciado realmente la vida aquí. Claro, tengo grandes recuerdos con mi
familia, y Brooks y yo la pasamos genial, pero tenía un pie fuera de la
puerta desde que tengo memoria. Estaba convencido de que la vida de
pueblo pequeño no era para mí.
Pero ahora he visto el mundo y todo lo que tiene para ofrecer. Y, aunque
he tenido muchas experiencias, buenas y malas, me doy cuenta de que
tampoco es para mí. Me he preguntado si regresar a casa me haría sentir
como un fracasado o inadecuado de alguna manera, o si Hartley tendría
sentimientos sobre que venga y vaya como me plazca, pero estar aquí. Es la
mayor satisfacción que he tenido en mucho maldito tiempo.
Astrid se asoma por el borde del terraplén hacia el agua.
―Suena mágico.
―Escriben sobre esto en libros. Podría sugerirte algunos, si quieres.
Me lanza una mirada juguetona antes de volver a mirar el agua.
―Hay pececitos. Mira eso.
―Hay una garza a tu derecha, río arriba.
―No puedo superar esto ―dice, mirando hacia el pájaro―. ¿Es un
columpio de cuerda?
Asiento.
―Sí. Este es uno de los pocos lugares en la zona donde es lo
suficientemente profundo para ese tipo de cosas. El agua se acumula aquí y
se vuelve perezosa en lugar de fluir constantemente.
―Uno de mis sueños de infancia era usar un columpio de cuerda. Lo vi
en… ¡ah!
El pie de Astrid se engancha en una raíz de árbol expuesta y se desliza
debajo de ella. En cámara lenta, cae hacia adelante, con los ojos muy
abiertos, el cabello ondeando detrás de ella, y la botella de agua apretada
contra su pecho.
Aterriza con un golpe.
―¿Estás bien? ―pregunto, corriendo a su lado y arrodillándome junto a
ella―. ¿Te duele algo?
―No lo creo. ―Gime, girándose hacia un lado y mirándome con ojos
salpicados de dorado―. Nada más que mi orgullo, al menos.
Aparto un mechón de cabello de su mejilla, mis nudillos rozan su piel
suave, y una chispa de calor me recorre. No se detiene hasta llegar a mis
dedos de los pies. Su mirada perfora la mía mientras sus labios se separan, y
no puedo evitar preguntarme si ella también lo sintió.
―¿Segura que estás bien? ―pregunto mientras se sienta.
―Síp. ―Mira el frente de su blusa. Está empapada por el agua que tenía
en la mano, y una mancha oscura recorre el lado derecho de su pecho. Gime
de nuevo―. Oh, genial. ¿Qué es eso? ¿Barro?
Meto mi lengua en la mejilla y decido si debería decirle que la mancha no
es de barro.
Astrid jala la tela lejos de su cuerpo, dándome una vista clara de la parte
superior de sus pechos redondos.
El calor sube por mi cuello mientras trato de mirar hacia otro lado. De
repente, no es una arpía, y no es la mujer con la que trabajo. Es una mujer
despampanante. No puedo evitar imaginar mis manos en su cuerpo, sus
pezones en mi boca, y el sonido de su voz mientras gime.
―¿Qué es eso? ―pregunta con un tono chillón que me saca de mi
ensoñación.
―¿Qué es qué?
Ella señala.
―Eso.
Hago mi mayor esfuerzo por no reír.
―¿Eso? Eso es caca de conejo.
Ella retrocede como si fuera un montón de veneno con la capacidad de
alcanzarla y morderla. El color se drena de su rostro. Sus dedos pierden el
agarre de su blusa, y esta cae contra ella de nuevo. Chilla, jalándola lejos de
su piel.
Es jodidamente adorable.
―¿Puedo contraer rabia por esto? ―pregunta.
―No, no puedes contraer rabia por esto. ―Retuerzo mis labios, pero la
risa sale de todos modos―. Estarás bien.
Ella salta hacia atrás, poniendo más distancia entre ella y el pequeño
montón de mierda.
―¿En serio? Creo que voy a vomitar.
―Oye, al menos no es disentería ―bromeo.
―Esto no es gracioso, idiota.
Me aclaro la garganta, intentando ponerme serio.
―Tienes razón. Volveremos a la casa, y podrás limpiarte.
―No puedo esperar tanto. Tengo… caca encima. ―Se estremece―.
¿Qué voy a hacer? ―se queja―. Si tuviera un sostén deportivo,
simplemente me quitaría la camiseta.
―No es mala idea.
Ella ladea la cabeza y me fulmina con la mirada.
―Oye, déjala puesta y arriesga la rabia ―digo, levantando las manos al
nivel del pecho―. Depende de ti.
―¿Recuerdas cuando dije que te odiaba menos? No lo decía en serio.
Le sonrío con suficiencia mientras alcanzo el dobladillo de mi camiseta.
―Estoy bastante seguro de que lo aclaraste entonces.
Sus ojos caen a mi cintura. Se siente como si senderos de lava se dejaran
en mi piel mientras arrastra su mirada por mi cuerpo junto con mi camiseta.
Sobre mis abdominales, por mi torso, y a través de mis hombros. Sus labios
están separados cuando la enrollo en mis manos y le sonrío con suficiencia.
―Quítate la blusa y puedes usar la mía ―le digo, extendiéndosela.
Ella traga.
―¿Entonces qué vas a usar tú?
―¿Te ofende que esté sin camiseta?
Ella pone los ojos en blanco, pero toma mi ofrecimiento sin tocarme.
―Date la vuelta.
Claro. Quita la diversión. Me giro sobre mi talón. Quitar la diversión de
las cosas realmente es su fuerte.
Observo el sol de la tarde brillar a través de los árboles, proyectando
sombras en el suelo del bosque, y trato de olvidar que Astrid está sin
camiseta a solo unos pasos detrás de mí. Solo soy hombre, después de todo.
Uno que hoy se dio cuenta de que su asistente es jodidamente sexy.
―Listo ―dice―. Puedes darte la vuelta.
Lo hago y la encuentro con su blusa y sostén colgando de sus dedos. Mi
camiseta está anudada en su ombligo, la tela ajustada a su cintura,
mostrando la forma natural de sus pechos. Son redondeados y cuelgan en
una caída sexy. Sus pezones se tensan contra la tela.
Gracias a Dios que usé gris y no negro hoy.
―No hagas esto raro ―dice, pasando por mi lado hacia el carrito.
―No hay nada raro en esto.
―Tú lo estás haciendo raro.
Muerdo mi labio inferior para no sonreír y subo al asiento a su lado. Ella
coloca una mano sobre su pecho y levanta una ceja hacia mí.
―Trata de no conducir como si fuera la Indy 500 de regreso a la casa,
por favor ―dice―. Como bien sabes, no traigo sostén.
―¿Quién dijo que sabía eso?
La miro por encima del hombro y la encuentro luchando contra una
sonrisa también.
―Gracias por decírmelo ―le digo―. Es bueno saberlo.
―¡Gray! ―chilla, rompiendo en una risa mientras piso el acelerador.
El sonido de su risa nos sigue todo el camino a casa, y a pesar de disfrutar
completamente que Astrid pueda reírse de la situación, también hace que se
forme un nudo en la base de mi estómago.
Mi asistente no solo es un bombón, sino que también es jodidamente
divertida. Mierda.
20
Astrid
―Aprenderé a jugar euchre, pero quiero estar en tu equipo ―le digo a
Hartley.
―Por mí, está bien ―dice Gray, recostándose en la silla de la cocina.
Todavía sin camisa―. De todos modos, no quiero ser tu compañero. Ni
siquiera puedes caminar y hablar sin caerte en una pila de mierda de conejo.
Jadeo, pero pronto se convierte en una risita.
―Qué grosero ―digo.
Hartley me guiña un ojo.
―Estudiaré ―afirmo, levantándome y llevando mi tazón al fregadero al
otro lado de la habitación―. Seré la mejor maldita jugadora de euchre que
Tennessee haya visto jamás.
Los hermanos comparten historias de su infancia y de cómo su abuelo
hacía trampa en las cartas. Escucho mientras tiro las migajas de mi party
mix a la basura y luego enjuago el tazón antes de meterlo al lavavajillas.
La cocina de Hartley es tan linda como un botón. La decoración está
atrapada en los noventa, con patos usando sombreros de sol con lazos azul
claro en el borde de la pared. Los gabinetes tienen un tono naranja
distintivo. Cortinas a cuadros azul y blanco cuelgan a ambos lados de la
ventana sobre el fregadero, y hay recipientes etiquetados como azúcar,
harina y café exhibidos bajo el microondas. Es extrañamente encantador.
Me aseguro de que la tapa del recipiente de helado de plástico que
contenía la party mix esté bien cerrada antes de volver a la mesa.
―Probablemente deberíamos irnos ―dice Gray cuando llego a mi
silla―. ¿Estás lista?
―Sí, claro. ¿Puedo sacar mi blusa de la secadora?
―Si quieres llevártela, será mejor que lo hagas ―responde Gray.
Pongo los ojos en blanco y me dirijo al cuarto de lavado.
Sin querer, pasamos toda la tarde y la noche con Hartley. Hart nos llevó a
dar otro paseo en el carrito para ver diferentes campos. Nos detuvimos a
revisar las cabras, que fue mi parte favorita del día, además de ver esta
versión de Gray: un Gray relajado y feliz.
Más de una vez hoy, he pensado en la foto que vi en su departamento.
Este debe ser el hombre que esa mujer amaba. Puedo imaginar fácilmente a
Gray haciéndola reír como en la imagen, jugando a lanzar una pelota en la
playa y ganándose esa mirada de adoración tan intensa en sus ojos.
Mi estómago se aprieta mientras alejo ese pensamiento de mi mente otra
vez.
―Tienes que estar bromeando ―digo, sacando mi blusa húmeda de la
secadora―. ¿Cómo es posible que no esté seca? Estuvo en dos ciclos.
No debí haber lavado mi blusa y mi sostén en el fregadero, pero no tuve
opción. Ahora, realmente no tengo opción: tendré que llevar la camiseta de
Gray a casa. Afortunadamente, mi sostén está lo suficientemente seco como
para ponérmelo, así que me lo coloco debajo de la camiseta.
La sensación de la tela de Gray contra mi piel envía una pequeña
emoción a través de mi cuerpo. Levanto el cuello de la camiseta por
enésima vez y respiro el aroma de su colonia mezclado con jabón de
lavandería. Se siente prohibido que algo suyo me toque así, y también
levanta grandes banderas rojas porque me gusta. Dios, me gusta, y desearía
que no.
Cada vez que nuestras miradas se cruzan, me pregunto qué piensa él de
que lleve su camiseta. ¿Le gusta la idea? ¿La odia? ¿No siente nada al
respecto?
Me apoyo contra la secadora cuando mi teléfono vibra.

Gianna: ¿Todavía estás bien, cariño?


Yo: Sí.
Audrey: ¿Ya llegaste a casa? ¿Necesitamos ir a verte?

Frunzo el ceño, anticipando su reacción.

Yo: Todavía estoy en Sugar Creek.


Audrey: ¿Todavía?
Gianna:
Audrey:

Suelto una risita.

Yo: Estamos en la casa de su hermano y ahora nos vamos a casa.


Cálmense.
Gianna: Esto es en lo que he estado trabajando hoy…

Una foto de un urinario convertido en lo que creo que es una fuente para
pájaros llena la pantalla. Entrecierro los ojos, observándola desde todos los
ángulos. No estoy segura de cómo responder a esto, así que espero a que
Audrey tome la iniciativa.

Audrey: ¡Qué creativo!


Yo: Justo lo que estaba pensando.
Gianna: Es una fuente, pero aún no he logrado que el agua fluya
correctamente. De todos modos, ¿ahora ven mi visión?
Yo: Totalmente.
Audrey: Absolutamente.
Mis dedos flotan sobre el teclado cuando la voz de un hombre que no
conozco resuena en la casa. ¿Quién es ese?

Yo: Tengo que irme. Besos.

Guardo mi teléfono en el bolsillo y camino de puntillas hacia la sala.


Oh. Un hombre un poco más alto que Gray, con cabello claro y una
sonrisa traviesa, está junto a Hartley. Su rostro está lleno de picardía. Grita
problemas de una manera que haría muy, muy feliz a Gianna.
Levanto la barbilla, me aclaro la garganta y entro en la habitación con
una confianza que no siento del todo.
Las cejas de Gray se juntan.
―¿Todavía no está seca? ―pregunta.
Sostengo mi blusa frente a mí.
―No. Realmente necesitas arreglar tu secadora, Hartley.
―Cathy lo ha estado diciendo ―responde él, suspirando―. Yo…
―Disculpen, pero qué demonios ―interrumpe el otro hombre, con la
mirada fija en mí―. No creo que nos hayamos conocido. Soy Brooks
Dempsey, ¿y tú quién eres?
Gray le da un codazo en las costillas.
―Brooks, ella es mi asistente, Astrid. Astrid, conoce a mi amigo Brooks.
―Astrid, un placer conocerte ―dice Brooks.
Miro a Gray, que me observa de cerca. No estoy segura de qué pensar,
pero si está preguntándose dónde están mis lealtades, lo dejaré claro.
―Bueno, Brooks, aún no sé si es un placer conocerte o no, pero hola, de
todos modos.
―Ja, qué demonios ―dice él, haciendo reír a todos.
―Justo ya nos íbamos ―dice Gray―. Nosotros…
―Ni de broma ―Brooks parece ofendido―. Es el Festival de Sugar,
hermano. Tienen que quedarse.
La cara de Gray cae.
―No, hombre, no podemos. Astrid vino conmigo, y le dije que esto sería
solo una cosa de la tarde.
―Puedo pedir un Uber de vuelta a Nashville ―digo, metiendo un
mechón de cabello detrás de mi oreja. Viajar en un auto con un extraño
durante la próxima hora y media suena como una absoluta miseria, pero es
mejor que privar a Gray de una noche divertida con su amigo.
―¿Por qué? ―pregunta Brooks―. Vienes con nosotros.
Mis hombros se hunden mientras miro frenéticamente a Gray.
―No te preocupes. Llamaré un auto.
Saco mi teléfono del bolsillo y doy unos pasos hacia el cuarto de lavado,
pero la voz de Gray me detiene en seco.
―Espera ―sus manos están metidas en los bolsillos, sin prestar atención
a los demás en la habitación. Solo a mí―. Si te vas esta noche, yo te llevo.
No hay ninguna posibilidad de que subas a un auto con un desconocido.
Algo revolotea dentro de mí, cerca de mi corazón. El dolor en mi pecho
es suave y gentil, diferente a los tirones dolorosos a los que estoy
acostumbrada. El hecho de que él se desviaría de su camino, priorizándome
por encima de su amigo y su familia, me deja sin aliento. ¿Quién hace eso?
Su sonrisa, con hoyuelos profundos en las mejillas, es solo para mí.
―O podrías quedarte y divertirte esta noche ―dice Brooks―. Yo seré tu
guía turístico personal de Sugar Creek.
―A la mierda que lo serás ―Gray le lanza una mirada por encima del
hombro―. Ocúpate de tus propios malditos asuntos.
Brooks y Hartley intercambian una sonrisa.
Mi boca está seca mientras trato de leer la situación. No puedo decidir si
realmente me quieren aquí o no. Probablemente solo me están tolerando;
después de todo, Gray parece tener modales aquí. Lo último que quiero es
ser una molestia.
―Podría quedarme aquí ―ofrezco―. No quiero incomodar a nadie.
Gray levanta una ceja.
―¿No eres tú la que me dijo que necesitaba un maldito descanso?
―No me refería a este contexto ―respondo, riendo.
―Te compraré un churro ―ofrece Hartley.
―Está bien. Bailaré contigo en el escenario ―dice Brooks, haciendo una
mueca―. Soportarás muchas miradas de otras mujeres que están salivando
por su oportunidad conmigo. Eso corre por tu cuenta.
Gray se lame los labios.
―No tienes que preocuparte por eso.
Los tres hombres me observan con cuidadosa anticipación, esperando mi
respuesta. Me muevo de un pie a otro, todavía insegura de cómo proceder.
Esto es algo que nunca he hecho y, si Gianna estuviera en mi lugar, le diría
que está buscando problemas.
¿Ir con tres hombres que acabo de conocer a un festival de noche en un
lugar que no conozco? Este tipo de situaciones son las que hacen ganar
dinero a los podcasters.
Pero estando en esta habitación con Gray, Hartley y Brooks, no siento
miedo. No dudo de sus intenciones ni por un segundo. No percibo peligro.
De hecho, no he sentido ni una sola vez que algo estuviera mal con ninguno
de ellos.
¿Me atrevo a decir que me siento… segura?
Me encojo de hombros.
―No tenemos camisetas.
―Tu armario está lleno de cosas ―le dice Hartley a Gray―.
Probablemente puedas encontrar algo para los dos.
Gray me levanta una ceja.
La idea de irme a casa se siente como si me arrojaran una manta húmeda
encima. Es pesada, solitaria y sofocante. Además, si me quedo, tendré una
historia que contarles a mis amigas, por una vez, y Gianna se morirá.
―Okey ―digo―. Si quieres ir, Gray, vamos.
―¡Esa es mi chica! ―Brooks aplaude como si estuviera animando en un
partido deportivo―. El Fish Fry termina en una hora, y he esperado toda la
semana por eso. ¿Podemos apurarnos?
Gray me hace un gesto con el dedo.
―Ven.
Mi pecho se siente como si alguien sostuviera una chispa demasiado
cerca de mí, y pequeños pedazos de ceniza caliente golpearan mi piel.
Apenas puedo pensar con claridad. Una parte de mí celebra mi decisión
audaz y valiente, y la otra lamenta mi imprudencia. Es un infierno ser yo.
Gray abre una puerta y enciende la luz.
―Pasa.
Lo paso con cuidado de no tocarlo y observo lo que debe ser su antigua
habitación. Pósters en las paredes. Trofeos en estantes. Una pila de libros
junto a la cama.
―Esta habitación tiene vibra de Gray ―digo, sentándome en el borde del
colchón mientras él busca en el armario―, y parece que realmente leías
libros.
―¿Pensaste que mentía?
―Eh, algo así.
Desliza algunas perchas a un lado.
―Wow, gracias. Soy más que una cara bonita, ¿sabes?
Sus músculos dorsales se ondulan mientras se mueve. Son gruesos y
densos, con crestas y líneas que no sabía que existían en el mundo real. La
forma en que su espalda se estrecha desde los hombros hasta la cintura es
ridícula.
―Sí, lo sé ―digo, sonrojándome―. Gracias por traerme aquí, por cierto.
No solo aquí, sino a Sugar Creek y a ver a Joe. Te has esforzado por ser
amable conmigo hoy, y lo aprecio.
Se queda quieto, pero no se da la vuelta.
―Haces que suene como si eso te sorprendiera.
―Bueno, en mi experiencia, si las personas eligen ser amables,
normalmente hay limitaciones. Es la naturaleza humana, supongo ―río
nerviosamente―. He hecho esto raro, ¿verdad?
Gray saca dos camisetas del armario y se gira hacia mí con ellas en la
mano.
En la tenue luz del ventilador de techo, parece misterioso. Las sombras
ocultan la nitidez de sus rasgos y exageran los contornos de su cuerpo. Es el
tipo de hombre que hace que la gente se detenga a mirarlo. No puedo evitar
preguntarme cómo habría sido nuestra relación si no hubiéramos
comenzado con el pie equivocado.
Mi respiración se entrecorta mientras se acerca con un brillo en los ojos.
―¿Te divertiste? ―pregunta, en voz baja y controlada.
―¿Honestamente? Sí, me divertí.
―Bien. Yo también.
―¿A que no pensaste que tenía diversión en mí, verdad? ―sonrío y me
pongo de pie.
Se detiene a solo unos centímetros de mí, lo suficientemente cerca como
para que pueda alcanzarlo y tocarlo, algo que mis dedos mueren por hacer.
Puedo escuchar mi corazón latiendo y sentir la sangre caliente corriendo
por mis venas. La intensidad y calidez de su mirada me atrae, y de repente,
no estoy segura de a dónde va esto.
Este es Gray Adler, mi compañero de trabajo. El que me da dolores de
cabeza. El hombre que… detesto, pero, en este momento, también es algo
más, y tengo miedo de ponerle un nombre.
Sus hoyuelos brillan.
―Créelo o no, sí pensé que lo tenías en ti.
―¿De verdad?
―De verdad.
La habitación se encoge y la temperatura sube tanto que estoy sudando.
Todo a nuestro alrededor se desvanece en la nada. Solo estamos Gray y yo
aquí.
Mi corazón se acelera mientras me ofrece una de las camisetas, y la
alcanzo, tentativamente al principio, pero cuando mis nudillos rozan los
suyos, me derrito en el contacto.
La parte trasera de mis rodillas golpea el borde de la cama, y si me
muevo siquiera un poco, caeré de espaldas. Me sostengo con una oración y
los ojos oscuros y entrecerrados de Gray.
―Si no me odiaras, podría besarte en este momento ―susurra.
Está lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su aliento.
Jadeo, esforzándome por recordar cómo realizar funciones corporales
básicas.
Levanto la barbilla, con mi inhalación temblorosa.
―Si no me odiaras, podría dejarte.
Su sonrisa se quema a través de mí, derritiéndome en un charco a sus
pies. Busca en mi rostro como si se preguntara si solo estoy jugando con él
o si lo digo en serio. Le doy un leve asentimiento.
Lentamente, baja sus labios hacia los míos.
Casi puedo saborear la dulce anticipación que flota en el aire entre
nosotros. La piel se me pone de gallina en mi piel caliente, y me siento
vulnerable y plenamente consciente de eso, pero, en lugar de estar asustada
y desesperada por huir, el único lugar al que quiero ir es a sus brazos.
Abro los labios, mis ojos se cierran. Está tan cerca.
―¡Apúrense de una maldita vez ahí dentro! ―grita Brooks desde la otra
habitación.
Jadeo, llenando mis pulmones con el oxígeno que les he estado privando.
Estoy atónita… por todo. Casi besé a Gray Adler.
Sus labios forman una línea fina y tensa mientras se pone una camiseta.
La vena en su sien palpita mientras me lanza una camiseta propia.
―Esperaré afuera ―dice.
―O-okey ―respondo, viéndolo salir de la habitación.
Me siento en la cama otra vez y entierro la cabeza en mis manos.
¿Qué demonios pasó aquí?
21
Astrid
―¿Se sintió mal por eso? ―pregunto, tomando un sorbo de mi tercera
cerveza. Supuestamente es una mezcla favorita de los fanáticos que solo
sale durante la feria de primavera. Es tan popular, de hecho, que es la única
bebida alcohólica que sirven en el festival. Todo lo que puedo deducir es
que es una delicia local porque sabe a basura para mí.
Brooks suelta una risita, diciéndome sin decirme que mi pregunta fue mal
informada.
―No, sunshine. Estaba en el gimnasio para probar un punto.
¿Sunshine? Levanto una ceja, y él me guiña un ojo con una arrogancia
que me hace poner los ojos en blanco.
―Pensé que estabas entrenando, lo que por definición significaría que
estabas tratando de ayudarse mutuamente a mejorar ―digo.
Brooks niega con la cabeza.
―Gray, controla a tu chica.
Nuestro grupo de familiares y amigos de Gray, que están fuera de Patsy’s,
se ríe.
Aunque sé que nadie se está riendo de mí -porque realmente son algunas
de las personas más agradables que he conocido en mi vida-, aún me
sonrojo… y me niego a echar un vistazo a Gray. El calor de su mirada
calienta el lado de mi cara.
No hemos hablado de nuestro casi beso en su habitación, principalmente
porque Hartley vino con nosotros a la feria. No hemos tenido un momento a
solas, pero su pierna descansó contra la mía en la camioneta. Su palma ha
estado en la parte baja de mi espalda varias veces esta noche, y limpió un
pedazo de algodón de azúcar pegado a mi labio inferior con su pulgar, casi
matándome en el proceso.
Estoy mareada. Culparía a la cerveza, pero comenzó mucho antes de que
Hartley comprara la primera ronda en Patsy’s hace un par de horas. Esto es
tan extraño para mí, y desearía tener a Gianna aquí para explicarlo, ya que
parece saber todo sobre la atracción. Porque estoy atraída por Gray.
Dios, ayúdame.
Tomo una foto del grupo y la envío a Audrey y Gianna. A Gianna le toma
una décima de segundo responder.

Gianna: ¿Cómo se siente ser la favorita de Dios?

Río, sentándome en una mesa de picnic vacía a la derecha de Gray y los


chicos.

Yo: Ojalá estuvieras aquí.


Gianna: No tanto como yo, te lo prometo. ¿Quiénes son esas personas?
Específicamente, los tres chicos que no son Gray.
Yo: El hermano de Gray, Hartley, lleva la camisa de franela. Su mejor
amigo Brooks está con la camiseta azul marino. Su amigo Jasper lleva el
sobrero vaquero, y la chica con él es Meadow. No he decidido si están
saliendo o si ella solo quiere salir con él.
Gianna: Ella quiere acostarse con él. Él no está interesado. Mira su
lenguaje corporal.

Levanto la mirada hacia ellos dos, que están junto a Gray. La mano de
Meadow está casualmente en el hombro de Jasper, pero él se inclina
ligeramente hacia un lado. Si eso significa algo, entonces Gianna tiene
razón. Me pregunto qué diría sobre mi lenguaje corporal con Gray.
Él capta mi atención y articula en silencio: “¿Estás bien?”
Sonrío y asiento.
El cielo es una obra de arte mientras el sol se pone justo por encima de
los edificios de ladrillo que bordean la calle Sugar. Naranjas y rosas
vibrantes, con destellos de púrpura eléctrico, pintan un fondo espectacular
para la Feria del Condado de Sugar. Las luces parpadean desde los
camiones de comida que ofrecen bocadillos empapados en grasa y cubiertos
de chispas. Los gritos alegres de los niños resuenan mientras arriesgan sus
vidas en varias atracciones, especialmente en la que los pone de cabeza. Las
campanas suenan en algún lugar a lo lejos mientras alguien gana un premio
barato que costó veinte dólares obtener, y es maravilloso. Incluso dichoso.
Las cosas se sienten diferentes en este pequeño pueblo.
Incluso la gente.

Yo: A veces desearía ser tan audaz como tú.


Gianna: se sube el cuello Gracias por el cumplido.
Audrey: No tienes que ser audaz, Astrid. Solo sé tú. Eso es suficiente.
Gianna: se atraganta con una cuchara
Audrey:
Gianna:
Yo: Las mantendré al tanto de los eventos de la noche.
Gianna: Siéntete libre de enviar fotos. Desnudos (no tuyos),
preferiblemente.

Suelto una risita y apago la pantalla.


―Aquí tienes ―dice Hartley, sosteniendo un churro en la mano―.
Cerveza y churro van juntos como frijoles y pan de maíz.
―¿En serio?
―No. Ni un poco ―se ríe―, pero la fila para los batidos de limón era
interminable, así que tomas lo que hay.
―No escucharás quejas de mi parte ―digo, tomándolo―. Gracias.
―De nada.
Arranco un pedazo del churro, ensuciándome los dedos con azúcar glas, y
me lo meto en la boca. La masa es dulce y ligeramente crujiente. Hace una
eternidad que no comía uno de estos.
Hartley se sienta a mi lado, observando a su hermano y amigos
intercambiar historias. Junta las manos sobre la mesa.
―Estoy contento de que vinieras con Gray hoy. Fue bueno conocer a
alguien de su vida.
Tomo otro bocado.
―¿No pasa a menudo?
―No, Gray mantiene su vida laboral y su vida personal separadas.
Siempre lo ha hecho, pero desde que mamá y papá murieron,
definitivamente se alejó más.
Mi garganta se tensa junto con mi estómago. Dejo el churro en la mesa y
me limpio las manos a un lado. Sabía que habían fallecido, pero no
esperaba que alguien lo mencionara, y seguro que no iba a indagar al
respecto.
―¿Cuánto tiempo hace que se fueron? ―pregunto con cuidado, insegura
de cuán parecido es a su hermano. ¿Cambiará de cálido a frío? ¿Se
cerrará? ¿O hablará libremente? No tengo idea.
―Será ocho años este otoño ―exhala, y la pesadez del tema se refleja en
las líneas alrededor de su boca y ojos―. Me preocupo mucho por Gray, e
intento mantener el contacto con él tanto como me lo permite, pero, si no lo
has notado, es un dolor de cabeza.
Sonrío a Hartley.
―Lo he notado, créeme.
Él se ríe.
―Está feliz contigo cerca.
Me estremezco, alejándome de él para ver mejor su rostro. Seguro que
está bromeando.
―Creo que solo está feliz de estar en casa.
―No, creo que eres tú ―me sonríe―. Eres buena para él, y debes tener
la paciencia de un santo para soportar sus cosas, así que gracias por eso.
―No es tan malo ―ahora que hemos dejado de pelear todo el tiempo, de
todos modos. El pensamiento me intriga, y tomo un sorbo de cerveza para
darme valor―. ¿Puedo preguntarte algo, Hartley?
―Claro.
―Antes de que Gray llegara a Nashville, tenía una reputación de ser…
difícil. Estoy segura de que has visto algunos de los titulares escritos sobre
él.
Asiente, mirando a lo lejos.
―Estoy teniendo problemas para entender que el Gray de esos reportes
es el mismo Gray que veo en Nashville, que es el mismo Gray que está aquí
esta noche. Entonces, ¿qué pasa?
Hartley se recuesta, estirando las piernas frente a él. Sus palmas raspan
por sus muslos como he visto a Gray hacer un millón de veces. Mientras
tanto, rezo en silencio para no haber cruzado un límite y metido las narices
donde no debo.
―Mi papá siempre decía dos cosas sobre las personas ―dice Hartley,
volviendo su atención hacia mí―. La primera era darles siempre el
beneficio de la duda. Piensa lo mejor de ellos, si es posible. La segunda era
que la forma en que alguien te trata es quién es. Los juzgas según lo que
ves, no lo que oyes.
Hay una profundidad en su mirada, atrayéndome al momento,
haciéndome reflexionar sobre sus palabras. Es una mirada firme y gentil
que aún lleva un peso magnífico. Piensa que lo que ha dicho es importante
y claramente quiere que lo entienda.
Mensaje recibido.
La banda comienza a tocar en el escenario, que es solo la plataforma de
un camión con algunas plantas y anuncios de negocios locales colgando de
él. La canción con la que empiezan es una vieja pero buena. La recuerdo
sonando en la casa de mi abuela cuando era niña.
Suspiro, balanceándome suavemente al ritmo de la música y
contemplando las palabras de Hartley. Hay más de lo que parece, pero no
puedo descifrarlo a través de la niebla inducida por la cerveza lo suficiente
como para encontrar la verdad.
―Astrid, ¿quieres otra cerveza? ¿Una botella de agua? ¿Algo?
―pregunta Gray, apareciendo de repente a mi lado.
Le sonrío.
―El suelo ya está un poco tambaleante, así que creo que he tenido
suficiente.
―Voy a buscar otra. Vuelvo enseguida.
Hartley se levanta.
―Voy contigo.
Las parejas comienzan a bailar en la calle cerrada frente al escenario, con
los brazos alrededor del otro. Todos en Sugar Creek parecen tan… felices.
Nadie está apurado u ocupado. Incluso los niños que pasan corriendo, todos
emocionados por el azúcar, parecen estar viviendo su mejor vida. Es un
alivio, mejor de lo que podría haber imaginado.
Respiro profundamente, llenando mis pulmones más de lo que cualquier
respiración ha logrado en mucho tiempo. Ralentiza mi ritmo cardíaco de
una manera que el yoga, los medicamentos y un estilo de vida sin cafeína
no pudieron lograr. ¿Cómo es eso posible?
―Tú ―la sonrisa de Brooks está llena de travesura mientras pone su
mirada en mí―. Vamos.
―¿Perdón?
―Baila conmigo.
¿Bailar con él? Miro por encima de mi hombro y veo a Gray
observándonos.
―Creo que esperaré aquí.
Brooks se acerca más, dándome una sonrisa perversa.
―Mira, como el mejor amigo de Gray y la única persona que
probablemente lo conoce mejor que él mismo, necesitas bailar conmigo. A
veces hace falta un poco de competencia para espolear a los hombres a
actuar.
Río, inclinándome hacia adelante sobre mis codos.
―Mira, Brooks, para que eso sea cierto, debes asumir que Gray no ha
actuado ya o que yo quiero que lo haga.
―Mira, Astrid, sé que no ha actuado porque he estado hablando contigo
durante tres minutos y aún puedo masticar mi comida correctamente ―se
ríe―, y sé muy bien que quieres que lo haga porque, si hay alguien que
puedo leer mejor que a Gray, son las mujeres.
―Oh, por favor ―digo, riendo―. No tienes un problema de confianza,
¿verdad?
Se recuesta y extiende la mano.
―¿Qué no hay de qué estar confiado? Ahora, ¿vas a bailar conmigo o
no?
Miro a Gray otra vez. Tiene un marcador en la mano, firmando una
camiseta para un niño pequeño. Una mujer mayor está demasiado cerca de
Gray para estar cómoda, y claramente Gray no está feliz por eso -la tensión
en su cuerpo lo demuestra-, pero está ocupado.
―Está bien ―digo, poniéndome de pie―. Espero que sepas lo que
haces.
―¿Honestamente? Nunca sé lo que estoy haciendo, pero siempre sale
bien.
―Qué alegría para mí ―digo, sin estar segura de lo que estoy haciendo
tampoco, pero aquí estamos.
Brooks me guía a través de pequeños grupos de personas hasta la calle.
Desliza un brazo alrededor de mi cintura, con cuidado de no apretarme
demasiado o hacer demasiado contacto, y asiento en agradecimiento.
―¿Entonces, a qué te dedicas? ―pregunto.
Suelta una risita.
―¿No eres fan de las peleas, eh?
―¿Cuando me miras, ves a una fan de las peleas? ¿Doy esa impresión?
―No estoy seguro de qué impresión das. Eres bastante enigmática.
Suelto una risa nasal.
―¿Enigmática? ¿En serio?
―Sí. Si tuviera que ponerlo en palabras, diría que eres una dama en las
calles, aunque ahora llevas la camiseta de rugby de la secundaria de Gray, y
posiblemente una fiera en las sábanas.
¿Piensa que encajo con esa vibra? No sé si lo dice en serio o no. Su
sonrisa me hace pensar que solo está jugando conmigo, pero eso no quita el
calor abrasador en mi rostro mientras trato de no morir de vergüenza.
―Entonces eres un peleador ―digo, redirigiendo firmemente la
conversación a un terreno más neutral―. El hermano de mi amiga es
peleador.
―¿Oh, en serio? ¿En qué gimnasio pelea?
Hago una mueca.
―¿Boston?
―Ese no es un gimnasio. Es una ciudad.
―Es lo mejor que puedo hacer.
Brooks abre la boca, pero antes de que pueda decir algo, un par de manos
grandes se posan en sus hombros, y es empujado hacia atrás. Se gira,
levantando un puño, listo para golpear a alguien contra el asfalto. Cuando
se da cuenta de que es Gray, baja el brazo y suelta una carcajada.
―Casi te encuentras con tu creador, amigo ―dice Brooks mientras Gray
lo pone de pie―, y no, no puedes interrumpir.
Gray envuelve un brazo alrededor de mi cintura y me jala hacia su lado.
Jadeo, abriendo los ojos de par en par por el contacto, pero me derrito en él
de todos modos.
Gray levanta una ceja hacia Brooks.
―Es bueno que no te haya preguntado, ¿verdad?
Dios.
Brooks sonríe, retrocediendo y señalándome.
―De nada. Acepto regalos de agradecimiento en forma de tarjetas de
regalo y efectivo.
―¡Eres un problema! ―le grito, riendo.
Los dedos de Gray se clavan en mi cintura mientras me guía frente a él.
Mi piel chisporrotea bajo su toque, respondiendo a él mucho antes de que
mi cerebro pueda alcanzarlo. Su mirada es rica y cálida mientras muerde su
labio para no sonreír.
―Tu amigo es todo un personaje ―digo, tratando de mantener mis
palabras estables mientras Gray conecta sus manos en la parte baja de mi
espalda.
―Oh, es el personaje principal en su propia mente ―Gray sonríe―.
¿Qué dijo ese idiota, de todos modos?
Mis palmas recorren su pecho y sus hombros, memorizando cada capa de
músculo.
―Nada importante. Estaba ofendido porque no sabía quién era. Hablando
de eso, te vi dando un autógrafo allá arriba.
―No es gran cosa.
―Creo que su mamá quería un tipo diferente de firma, si sabes a lo que
me refiero.
Suelta una risita.
―Esa no era su mamá. Su mamá fue mi maestra de tercer grado. Esa
mujer maneja el mercado de granjeros justo a las afueras del pueblo.
―Ella es muy… práctica.
―Eso me dice Brooks ―dice Gray.
―¿De verdad?
Se ríe.
―Es obvio que no conoces a Brooks. Nada es sorprendente de ese tipo.
Sin embargo, se ha acostado con la mitad… o más, del condado de Sugar.
La banda cambia de ritmo, comenzando una balada country de los
noventa muy popular. Más parejas se unen a nosotros en la calle. Noto
muchas miradas, principalmente de mujeres pero también de algunos
hombres, observando a Gray, pero las suyas están solo en mí.
Juego con los vellos en la parte trasera de su cuello, disfrutando de la
facilidad que siento en sus brazos. Soy consciente de que bajar la guardia es
probablemente un error enorme; nunca me ha salido bien, pero la cerveza y
posiblemente la vibra tranquila y sin prisas del pueblo han erosionado algo
de mi contención, y bajar el escudo ―aunque sea por un momento―es
increíble.
―Entonces, nada es sorprendente de Brooks ―digo―. Dime algo que
me sorprenda de ti.
―¿Qué quieres saber?
―¿Cuáles son mis parámetros?
La comisura de sus labios se eleva hacia el cielo.
―¿Vas a mantenerte dentro de ellos?
―Depende de cuáles sean ―respondo, riendo.
Ajusta sus manos, acercándome aún más a él.
―¿Qué quieres saber?
Gray nunca ha sido tan abierto conmigo ni tan dispuesto a hablar. Nunca
me ha tenido en sus brazos en medio de una feria tampoco, pero ese no es el
punto. El punto es que está intentando dejarme conocerlo mejor, y lo
aprecio. Más de lo que él sabrá jamás.
Trago con fuerza, sabiendo que hacer la única pregunta que he pensado
cien veces podría romper nuestra nueva paz, pero lo hago de todos modos.
―¿Quién era la mujer en la foto en tu departamento?
Toma una respiración profunda, desviando la mirada hacia algo por
encima de mi cabeza. Mi corazón late con fuerza, deseando poder
retractarme. No debí haberlo preguntado. Fue la cerveza hablando.
―Yo…
―Caroline ―dice.
Apoyo la palma en la parte trasera de su cuello.
―Gracias por responder.
―Ya no está en la foto, si tienes curiosidad. Sin intención de hacer un
juego de palabras.
―¿Puedo preguntar por qué no?
Mira brevemente al cielo y suspira.
―Tengo esta forma de… es decir, mi vida es complicada ―vuelve su
mirada hacia mí. Sus ojos son claros y sin barreras, y me quita el aliento―.
A veces tomo muchas decisiones estúpidas, Astrid.
―Entonces, ¿Caroline está fuera de tu vida por tu elección o la de ella?
―Mía.
La camiseta que llevo se arruga en la espalda, y sus dedos rozan la piel
sensible justo encima de mi trasero mientras giramos en medio círculo.
Nuestras miradas se encuentran, y él me toca de nuevo, lentamente,
buscando aprobación.
Jadeo. Mi cuerpo no pide, exige ser tocado por él otra vez. Entrelazo mis
dedos en el cabello de la parte trasera de su cabeza, acercando nuestros
cuerpos tanto que ni una gota de lluvia podría pasar entre nosotros.
―¿Y tú? ―pregunta, su voz más áspera que antes―. ¿Hay un hombre
allá afuera que piensa que es tu chico?
¿Caroline aún cree que es tu chica? La pregunta está en la punta de mi
lengua, pero no la hago. Importa, pero tal vez no lo suficiente para esta
conversación, o quizás tengo miedo de saber la respuesta.
―Creo que la idea de ser mi chico asustaría a la mayoría de los hombres
―bromeo.
Sus cejas se fruncen.
―No ―digo, hiperconsciente de los pequeños diseños que está
dibujando en mi espalda. Mi garganta está seca como un hueso, así que
trago para humedecerla de nuevo―. No ha habido un hombre en la foto
desde Trace.
―El tipo por el que fue el correo, ¿verdad?
Asiento.
Sus ojos se entrecierran, y ríe suavemente.
―¿Cómo demonios es eso posible?
―¿Qué quieres decir?
Comienza a hablar pero suspira en su lugar.
La canción termina, y espero que me suelte, pero no afloja su agarre ni un
poco. Nuestro baile se desvanece en la siguiente melodía elegida por la
banda, y nuestro suave y perezoso vaivén de lado a lado nunca cesa.
―Voy a decir algo ―dice Gray―, y espero que no… haga las cosas
raras.
Sonrío a pesar de mis palpitaciones.
―Astrid, eres jodidamente hermosa.
¿Qué? Mis manos se mueven a su pecho para alejarme, pero él me
detiene con la sonrisa más dulce.
―Eres brillante. Talentosa. Fuerte como el demonio ―ríe como si
recordara nuestros desacuerdos―. ¿Cómo no tienes una fila de hombres
peleando por ti?
―Probablemente porque yo pelearía con ellos de vuelta ―es una broma
diseñada para desviar la conversación a otro lado, pero una mirada a Gray y
sé que eso no va a pasar. Resignada, cuelgo mis brazos sobre sus hombros
otra vez―. No tengo hombres peleando por mí, como dices, porque no
quiero uno.
―¿Por qué no?
―No lo sé ―digo con un encogimiento de hombros, pero eso es una
mentira. Sí lo sé. Aunque podría dejarlo ahí, Gray fue honesto conmigo, así
que lo menos que puedo hacer es ser honesta con él también―. Tengo
problemas de confianza. Supongo que ese es probablemente el meollo del
asunto. Cada vez que estoy en una relación, tengo que defenderme.
―¿Defenderte de qué?
―Mentiras. Falta de fiabilidad. Por atreverme a respirar.
Nunca he puesto esto en palabras antes, así que sacarlo al aire libre es tan
liberador. Claro, hay una posibilidad de que Gray me lo devuelva en algún
momento y me haga sentir pequeña por esto, pero la mayoría de los
hombres nunca comparten nada real conmigo, y Gray lo ha hecho esta
noche. Así que tal vez esté bien.
―Para que conste ―dice, con un tono burlón―. Me gusta cuando
respiras.
Mis hombros se relajan, y río.
―Gracias. Lo aprecio.
―¿Sabes qué más?
―¿Qué?
Se echa hacia atrás y me mira a los ojos.
―Esa camiseta que llevas puesta tiene mi apellido en la espalda en letras
grandes y audaces.
―Lo sé.
―Y todos aquí que nos vean juntos con esa camiseta pensarán que
estamos juntos.
Oh, Dios. Mis mejillas se sonrojan.
―Lo siento. No pensé en…
―Creo que eso es tan sexy ―se inclina hacia adelante, su aliento caliente
contra mi piel―. Nunca he estado más orgulloso de que una mujer lleve mi
nombre.
―¿En serio?
―¿Bromeas? Mírate. Si tú estás conmigo, estoy bateando muy por
encima de mi liga.
Mis rodillas tiemblan. Me agarro de sus hombros para estabilizarme,
jadeando rápidamente. Lo que está pasando está sucediendo de la nada y a
toda velocidad… y desesperadamente no quiero que se detenga.
Nadie me ha dicho algo así nunca. No estoy segura de que nadie, aparte
de Audrey, haya dicho que estaba orgulloso de mí por algo. Así que, ¿que
Gray Adler diga que está orgulloso de que lleve su camiseta con su apellido
en letras grandes en su pueblo natal? Eso es tan, tan salvaje.
Sus ojos brillan mientras miran los míos.
―Solo hay una parte de hoy que siempre recordaré como un error.
―¿Cuál?
―El momento en que no te besé.
No sé de dónde viene el coraje, o si las historias de Gianna a lo largo de
los años se han hundido en mí, pero encuentro una pizca de valentía y la
uso.
―Podrías arreglar eso, sabes ―digo, sonando mucho más confiada de lo
que realmente estoy. Porque, por dentro, mi cerebro está gritando que esto
es una mala idea. No eres vulnerable, Astrid. Hay una razón por la que eres
cautelosa. Demonios, estás aquí porque fuiste vulnerable con el hombre
equivocado: Trace, pero mi cuerpo está completamente a bordo. Gray ha
mostrado suficiente amabilidad y protección hoy como para inclinarlo al
lado oscuro.
Siempre estoy tan controlada, tan particular que no me divierto, y en
consecuencia, nunca disfruto realmente. Si voy a zambullirme en el charco
de la diversión, ¿qué mejor manera que hacerlo aquí? ¿Con él?
Gianna estará tan orgullosa.
Dejamos de balancearnos al ritmo de la música, y cada voz, cuerpo y
sonido se desvanece en el fondo. En este momento, solo existimos dos
personas: Gray y yo.
Me suelta de su agarre, pero, antes de que se cree alguna distancia entre
nosotros, acuna mis mejillas con ambas palmas y me estudia con una suave
intensidad que me hace gemir.
Un fuego arde en mi núcleo, desbordándose y llenando mis venas con
llamas ardientes. Me lamo los labios mientras mis manos encuentran su
cintura, y siento sus oblicuos tallados. Podría sobrepensar esto. Podría
encontrar un millón de razones para detener esto en seco y alejarme con la
cabeza en alto.
Pero no quiero. Realmente no quiero, y por una vez en mi vida, solo voy
a hacer lo que se siente bien. Si duele después, espero que el éxtasis valga la
pena.
Su polla endurecida presiona contra mi estómago. Contengo la
respiración, esperando su próximo movimiento. Su sonrisa es lasciva, y
reprimo un gemido.
―A la mierda ―susurra, bajando sus labios hacia los míos.
¡Sí!
Me pongo de puntillas para encontrarme con él a mitad de camino,
cuando me golpean desde un lado. Oof.
―Lo siento por eso ―dice Brooks, pero puedo decir que no lo siente en
absoluto.
―Voy a jodidamente matarte ―dice Gray entre dientes. Toma mi mano y
entrelaza nuestros dedos.
La sangre corre por mis tímpanos mientras la adrenalina me recorre.
Estoy demasiado alterada para entender completamente qué pasó, pero
estoy lo suficientemente molesta como para intentar pelear con Brooks yo
misma.
―Vamos, Astrid ―dice Gray, jalando mi mano.
Brooks se inclina hacia mí mientras me alejan.
―Los restaurantes de carnes son buenas opciones para la tarjeta de
regalo.
Pongo los ojos en blanco y me giro, tratando de seguirle el paso a Gray.
22
Gray
―¿Entonces sigues pensando que Brooks tiene energía de personaje
principal? ―pregunta Astrid―. Porque estoy empezando a pensar que
podría ser energía de villano principal.
Abro la puerta del lado del copiloto de mi camioneta con un poco más de
fuerza de la necesaria.
―Sí. Personaje principal, pero es el personaje principal que quiere morir
en este capítulo.
Ella suelta una carcajada mientras sube al asiento y se acomoda. Cierro la
puerta y camino alrededor del frente hacia el lado del conductor.
Casi besé a Astrid Lawsen. Mierda.
Sus suaves mejillas estuvieron en mis manos. Su hermoso cuerpo estaba
presionado contra el mío. Nunca he visto un par de ojos que dijeran sí tan
claramente, y luego Brooks tuvo que actuar como si tuviera doce años.
¿Qué demonios?
Esta es la primera conversación que hemos tenido desde que la saqué de
la pista. Mis emociones estaban a flor de piel, y no quería equivocarme y
gritarle sin querer. Así que elegí no decir nada en absoluto, al menos hasta
que pudiera calmarme.
No sé qué demonios estaba tramando Brooks esta noche. No estaba
siendo malicioso; no hay ninguna posibilidad de eso, pero cualquier cosa
extraña que se le ocurrió en su cabeza nació de un cerebro que ha sido
golpeado demasiadas veces.
Mis manos se cierran en puños a mi lado mientras reduzco el paso y
respiro profundamente.
Tampoco sé a dónde vamos Astrid y yo desde aquí. Ni siquiera estoy
seguro de a dónde quiere ir ella desde este punto. Los deseos y las
intenciones han sido puestos en el universo, y ahora hay que lidiar con
ellos, pero no es como si Astrid fuera solo otra chica a la que casi besé. Es
ella. Es mi compañera de trabajo y prácticamente mi jefa.
Aunque nunca admitiría ese pensamiento ante ella.
Subo a mi asiento y enciendo el motor. Estirando el brazo por detrás de
su asiento y captando un soplo de su perfume en el proceso, retrocedo hacia
la calle. Ella se queda en silencio, sin decir una palabra hasta que pongo la
camioneta en marcha.
―¿Es un buen momento para mencionar que trajimos a Hartley?
―pregunta.
―¿Siempre estás en modo trabajo? ―sonrío―. A veces puedes dejar que
otras personas resuelvan sus cosas, ¿sabes?
―Oh, no. Yo no. Si veo una situación desarrollándose y parece un caos,
necesito limpiarlo. Poner las cosas en orden, y el hecho de que acabamos de
dejar a tu hermano a kilómetros de su casa sin siquiera avisarle me perturba
profundamente.
Río.
―Bueno, déjame darte un pequeño dato. Hartley conoce a todas las
personas en la feria, así que tengo la máxima confianza en que mi
hermanito puede encontrar la manera de llegar a casa. Además, no me
sorprendería si Hartley ya está en casa, en la cama, con los ojos cerrados.
Astrid me mira escéptica.
―Que Hartley se quede hasta tarde es como tú dejando que alguien más
esté en control.
Ella resopla.
―Aunque entiendo la analogía, me ofende un poco.
―Bien por ti ―me detengo en una señal y espero a que una familia cruce
la calle con su perro a cuestas―. Entonces, ¿te divertiste en la feria?
―¿Eso es de lo que quieres hablar?
Me encojo de hombros, mirándola desconcertado.
―¿Qué quieres decir? Creo que es una pregunta razonable y educada
para hacer.
―Está bien. De acuerdo ―inclina la cabeza hacia un lado, burlándose de
mí―. Sí, Gray. La pasé muy bien en la Feria del Condado de Sugar. Tus
amigos son muy amables, excepto Brooks, y me siento bendecida por haber
probado la cerveza local aunque sabía a orina de canguro tibia.
―¿Acabas de decir orina de canguro tibia?
Se recuesta mientras acelero de nuevo, pero no me responde.
―¿Cómo demonios sabes a qué sabe la orina de canguro tibia?
―pregunto, riendo―, y estabas preocupada porque la mierda de conejo te
diera rabia. Parece que necesitas preocuparte por otra cosa.
Astrid suspira.
―Fue una expresión. Sabes a qué me refiero, pero en serio, sí. La pasé
bien en la feria. Fue… acogedora. No soy amante de los abrazos de ninguna
manera, pero se sintió como un abrazo cálido de una manera no molesta.
Muerdo mi labio para no reír y enciendo la señal de giro.
Me encantaría saber qué está haciendo que Astrid esté tan habladora esta
noche. Temía que se cerrara en la feria y no quisiera hablar con nadie, pero
no fue así en absoluto. Ella y Hartley hablaron bastante. Brooks obviamente
interactuó con ella, el maldito idiota, y la vi riendo con Jasper y Meadow
antes en la noche.
¿Es el alcohol? ¿El aire fresco? ¿Está nerviosa?
¿Quiere que la folle?
―¿Sabías que he ido a tres eventos tipo festival en mi vida? ―pregunta.
―No, no lo sabía, y aunque no sé el promedio de ferias que visita la
gente, siento que eso es poco.
―Fui a una cuando tenía seis años. Todavía tengo la botella de vidrio que
llené con arena de colores. Luego fui con la familia de Gianna cuando tenía
trece o catorce a una feria en Kentucky. Audrey y yo fuimos a la feria
estatal aquí hace un par de años por un concierto.
―He ido a más de las que quiero recordar ―digo, girando hacia un
camino de grava. Discretamente bajo la mano y me ajusto sin que ella lo
note―. El condado de Sugar tiene esta en primavera, y luego el pueblo de
Sugar Creek tiene una en otoño. También íbamos a algunas otras locales. A
papá no le gustaba nada más que un buen perro de maíz y lanzar dardos a
globos.
Ella sonríe.
―Esto suena como una comunidad festiva.
―Podrías decirlo.
―Ojalá pudiera ―dice, con un tono burlón apenas disfrazado―.
Esperaba tener un relato de primera mano de fuegos artificiales esta noche,
si captas mi indirecta.
Mi cuerpo se tensa, cada músculo se pone tan rígido que casi hago una
mueca. ¿Habla en serio ahora? Porque puedo hacer que eso ocurra. Gimo.
Dios, me encantaría hacer que eso ocurra.
Solo he vislumbrado su cuerpo a través de su ropa y la parte superior de
sus pechos en su camiseta, y eso es suficiente para hacerme querer explotar.
Piel cremosa que parece suave y lisa. Curvas profundas desde su cintura
hasta sus caderas que encajarían perfectamente en mis manos. Puedo
imaginar su jugoso trasero rebotando en mi polla mientras mi nombre besa
sus labios carnosos.
Maldita sea.
Reduzco la velocidad y miro rápidamente para descifrar sus intenciones.
Hay una posibilidad, una decente, de que esté leyendo demasiado en esto,
que esté viendo las cosas como quiero y no como realmente son. Si eso es
cierto, lo último que quiero es ponerla en una posición incómoda.
Solo necesito estar seguro.
Por un lado, su franqueza encaja perfectamente con su personalidad.
Astrid ama estar en control. En sus palabras, lo necesita. Al ser la agresora
en esta situación, mantiene el control del barco, así que eso tiene sentido
absoluto, pero también parece tener una aversión a las conexiones
personales con las personas. Aunque el sexo puede ser impersonal, no soy
un tipo al azar que conoció en un bar y que nunca volverá a ver.
¿Ella quiere decir lo que está insinuando, o solo está jugando conmigo?
―¿Qué crees que habría pasado si te hubiera besado allá atrás?
―pregunto, apretando el volante.
―¿Esa es la pregunta que quieres hacerme?
―¿Qué quieres decir?
Ella suspira.
―Quiero decir, ¿quieres saber qué creo que habría pasado si me hubieras
besado? ¿O realmente quieres saber qué esperaba que pasara después de
eso? Porque podrían ser dos respuestas completamente diferentes, y quiero
saber cuál estás buscando.
Esta mujer. Respiro profundamente, ignorando el dolor en mis bolas.
―¿Estamos quitando la manta al bebé?
―Esperaba que quitáramos más que eso a estas alturas, pero parece que
estás evitando el tema.
Despacio, Adler. Despacio.
Pocas veces en mi vida me han dado luz verde una mujer hermosa y no
he aprovechado la oportunidad. Ha pasado, pero las ocasiones son pocas y
distantes, así que necesito asegurarme de que Astrid ha pensado esto bien.
Sé que tiene problemas de confianza. Sé lo importante que es su trabajo, y
si no ha considerado lo suficiente las posibles consecuencias, lo último que
quiero es que esto la lastime o afecte su posición con Renn.
No puedo permitir que eso ocurra. No lo haré.
―Mira, Gray, no soy buena en esto ―dice, su confianza titubea―. No
soy buena coqueteando. No soy buena manejando a los hombres en
absoluto a menos que trabaje con ellos.
―Puedes decirlo de nuevo ―bromeo, pero para que sepa que estoy
bromeando, extiendo la mano y aprieto rápidamente su muslo.
Desafortunadamente, no pienso en tocarla antes de hacerlo, y obligarme a
soltar su pierna requiere un esfuerzo digno de una medalla de oro. La
sensación de ella en mi palma envía una ráfaga de calor directamente a mi
polla. Tengo que resolver esta situación o alejarme de ella. Ahora. Tengo
noventa minutos con ella en esta camioneta, y en este momento, no hay
salida.
―Bromas aparte, estás haciendo un buen trabajo manejando a los
hombres ―digo―. Jasper no podía quitarte los ojos de encima. Brooks te
habría follado esta noche si hubiera podido salirse con la suya ―maldito―,
y yo estoy a tu merced en este momento. Solo quiero asegurarme de que no
estás tomando una decisión de la que te arrepentirás después.
―Estas conversaciones son difíciles para mí. Soy tan torpe con cosas que
no tienen que ver con hojas de cálculo y correos electrónicos. Básicamente,
soy socialmente inepta, creo. Puedo dar órdenes a las personas si tengo mi
portapapeles en la mano, pero sin él, nunca me siento lo suficientemente
valiente para ir tras lo que quiero. Nadie me tomaría en serio si supieran
eso.
―Creo que estás siendo demasiado dura contigo misma.
―Parece que es la única manera de experimentar algo duro esta noche.
Me lamo los labios, riendo de su broma, sobre todo porque no creo que
esté bromeando.
El camino se divide en una Y, y tomo el brazo derecho. Mis llantas
golpean la grava, enviando una nube de polvo alrededor de ambos lados de
la camioneta. Los faros rebotan mientras golpeamos baches formados por la
falta de atención del condado. Ella se sienta en silencio, pero puedo sentir
su energía desbordándose. Nervios. Anticipación. Esperanza.
Se muerde una uña y mira hacia adelante.
―No puedo arriesgarme a arruinar esto ―digo, eligiendo mis palabras
con cuidado―. Así que necesito que me digas qué quieres. Sin bromas, sin
insinuaciones. Dime qué quieres de mí.
Sus mejillas se sonrojan.
―No estoy tratando de avergonzarte ―insisto―. Si acaso, quiero
empoderarte. Pídeme lo que quieres. Ordéname como si fuera tu trabajo.
Eres excepcional en eso.
Ella sonríe.
―¿Eso es realmente lo que quieres que haga?
―Estás orientada a resultados, y definitivamente obtendrás los resultados
que buscas.
Sonrío mientras su mirada cae en mi regazo, y se da cuenta de cuán
preparado estoy para cumplir mi promesa. Sus ojos se abren ante la vista de
mi polla esforzándose contra mis pantalones. Cada respiración hace que su
pecho suba y baje dramáticamente, y es todo lo que tengo para mantener la
camioneta en el maldito camino.
Labios entreabiertos. Pupilas dilatadas. Tocando su clavícula con los
dedos.
Maldita sea.
Sostengo el volante con fuerza para no alcanzarla accidentalmente. Saber
que me desea incluso una fracción de lo mucho que yo la deseo es
suficiente para volverme loco, pero como el santo que no soy, espero.
―Está bien ―dice, sentándose más recta en el asiento. Mete un mechón
de cabello detrás de su oreja―. Creciste aquí. Debes conocer un lugar al
que podamos ir en este momento a follar.
No tiene que decírmelo dos veces.
Reduzco la velocidad y apago el control de tracción mientras dirijo la
camioneta al lado del camino. Luego giro el volante y piso el acelerador,
enviando una cola de gallo de grava por el aire mientras hacemos un giro de
180 grados.
Astrid agarra la manija de la puerta con una mano y mi bíceps con la otra.
Sus chillidos se convierten en una risita mientras suelto un poco el
acelerador, y la camioneta se endereza en el camino.
―Dios ―dice, riendo mientras arrastra su mano lejos de mi brazo―.
¿Qué demonios estás haciendo?
―Llevándote a que te folle.
Ella cae de nuevo en su asiento y exhala.
―No puedo escucharte decir eso.
―¿Por qué no?
―Ha pasado mucho tiempo. Estoy en una especie de sequía, y tú eres…
tú.
Tomo un giro a la derecha hacia un camino de tierra con ramas colgando
sobre él.
―Voy a tomar eso como un cumplido.
―Bien. Porque lo dije como tal.
Viajamos hacia la oscuridad total, lejos de cualquier farola o luz de
porche. El camino se vuelve más accidentado cuanto más nos alejamos de
la carretera, y el cielo se vuelve más oscuro y las estrellas más brillantes.
Astrid agarra la manija de la puerta nuevamente mientras nos desviamos
del camino hacia la tierra blanda.
―Estoy tomando un gran riesgo aquí ―dice―. Podrías llevarme a la
mitad de la nada y matarme, por lo que sé.
―¿Entonces confías mucho en mí, eh?
Ella sonríe.
―O estoy desesperada. Una de las dos.
El hecho de que haya pasado mucho tiempo desde que estuvo con alguien
es alucinante, casi tan alucinante como verla caminar por el pueblo toda la
noche con mi nombre estampado en su espalda. Astrid, la elegante,
inteligente y sexy como el demonio, atrajo miradas de cada hombre en
Sugar Creek y no le dio la hora a ninguno de ellos… excepto a mí. Mátame
ahora. Han pasado meses desde que tuve sexo. Si ella quiere hablar de
desesperación, estoy desesperado.
El motor de la camioneta ruge mientras llegamos a nuestro destino: la
cima de la colina más alta con una vista de kilómetros. Gracias a la luna
brillante que cuelga en el cielo, la vista no se pierde del todo para Astrid.
―Oh, wow ―dice, desabrochándose el cinturón―. Mira esto. Es la
versión campestre de la vista desde la oficina de Renn.
Apago la camioneta y sonrío ante su sentido de asombro.
―¿Estás segura de que nadie llamará a la policía por estar aquí?
―pregunta.
―¿No puedes vivir en el lado oscuro y romper las reglas solo por una
vez?
Frunce el ceño, sus labios se juntan en el mohín más adorable.
―Bromeo ―digo―. Nadie va a llamar a la policía. Lo prometo.
―¿Cómo lo sabes?
Niego con la cabeza y salgo de la camioneta.
―Sé porque la única persona que llamaría a la policía probablemente
esté en casa y en la cama en este momento, pero incluso eso está a una milla
o una milla y cuarto de aquí ―señalo a través de las copas de los árboles
antes de abrir la puerta trasera―. Así que creo que estamos a salvo.
―Esto es parte de la propiedad de Hartley, ¿verdad?
―Sip.
―Podrías haber empezado con eso ―dice, observándome buscar en un
contenedor en el asiento trasero.
―¿Dónde está la diversión en eso? ―saco la colcha que mamá me dio
cuando cumplí dieciséis del fondo del contenedor. Junto con nuestro primer
juego de llaves, ella nos dio a Hartley y a mí colchas, kits de primeros
auxilios y un silbato de emergencia “por si acaso”, o lo manteníamos todo
en nuestros vehículos, o no conducíamos. Es un hábito que nunca he roto.
Astrid sale de la camioneta mientras abro la compuerta trasera.
El clima es cálido con solo un toque de frescura en el aire ahora que el
sol se ha puesto, y salto a la caja y extiendo la colcha en el fondo.
―Esta vista es increíble ―dice, mirando al cielo―. Mira cuántas
estrellas hay. Es tan bonito.
Cuando se gira hacia mí, se detiene.
―Puedo garantizar que mi vista en este momento es aún más bonita
―extiendo la mano―. Sube aquí conmigo.
Ella pone su mano en la mía y coloca un pie en el pequeño escalón junto
a la compuerta, y luego la levanto.
Estamos frente a frente, pecho contra pecho. Respiraciones entrecortadas.
Expectativas altas.
Las cosas se han puesto muy, muy reales.
23
Astrid
Las cosas se pusieron jodidamente reales.
Escucho la respiración de Gray cortar el silencio de la noche, con un
ritmo rápido y apurado, igual al mío. Una brisa suave alborota las puntas de
su cabello bajo el sombrero, levantando su colonia con aroma a madera y
provocándome con ella. Como si necesitara más provocaciones.
Hace cinco minutos, sabía exactamente lo que hacía. Sopesé los pros y
los contras de tener sexo con Gray y decidí que el riesgo valía la posible
recompensa. Mi cerebro lógico lo dedujo, pero aquí estamos, exactamente
donde pedí estar, y las alarmas resuenan en mi cabeza.
―Entonces ―digo, forzando una sonrisa―, aquí está la cosa. No es mi
parte favorita de mí misma, pero es parte de quien soy. ―Respiro hondo―.
Pienso demasiado las cosas.
―¿No me digas?
Mi sonrisa se ensancha… y es real.
―Sé que en el trayecto en la camioneta te dije que esto es lo que quiero,
y lo es ―agrego rápido―, pero hablo muy bien, y sé que parezco el tipo de
mujer que sabe lo que quiere. Te sorprendería saber que estoy mucho más
nerviosa de lo que podrías pensar.
―¿Sobre qué, Astrid?
―Oh, la vida. Las relaciones. El sexo. ―Pauso―. Tú.
Él aparta un mechón de cabello de mi hombro con el toque más delicado.
―¿Quieres mi opinión honesta?
―¿Sobre qué?
Sonríe.
―Tú.
―Eh, no sé. Depende de lo que tengas que decir.
Su risa retumba a través de mí.
―Creo que tu actitud de chica dura es una máscara detrás de la cual te
escondes para protegerte. ―Busca una reacción en mis ojos, una que me
esfuerzo por ocultarle, sobre todo porque no estoy segura de cómo me
siento al respecto de que me haya descifrado tan fácilmente. Aunque, me
encantaría que me descifrara de otras maneras en este momento―. Y,
aunque no lo creas, me identifico en muchas formas.
Inhalo temblorosamente y exhalo con todo mi cuerpo.
―Si fuera hombre de apuestas ―dice―, diría que te proteges porque
nunca has estado lo suficientemente segura como para relajarte.
Sus palabras son un golpe directo a mi corazón. Son una llave que abre
un cofre lleno de mis verdades. ¿Cómo sabe esto de mí?
No estoy preparada para las lágrimas calientes que empañan mi visión, ni
para la feroz amabilidad que nada en sus profundos ojos cafés. Me siento
vista de una manera completamente nueva. Comprendida sin decir una
palabra.
Él pasa su pulgar por mi mejilla mientras me regala la sonrisa más
sincera y dulce que jamás me han dado.
―Sin importar lo que pase esta noche, o cuando regresemos a Nashville,
ya sea que me odies o no, estás a salvo conmigo ―dice suavemente.
Sorbo un montón de emociones, pero entonces me golpea que vine aquí
para ser follada y, en vez de eso, estoy llorando. Y, por una vez, no lloro
porque alguien sea un idiota. Lloro porque… no lo es.
―Ahí tienes ―digo, riendo a través de los sentimientos que atascan mi
garganta―. Tenías que ir y arruinarlo todo.
Su barbilla se inclina hacia el cielo mientras también ríe.
Seco mi rostro de cualquier lágrima errante con la parte baja de mi
camiseta. El nudo que ha estado enrollado alrededor de mi pecho desde que
tengo memoria está un poco más suelto. Por un momento considero que
podría estar mintiéndome, solo diciéndome lo que cree que quiero escuchar,
pero lo descarto casi de inmediato.
Porque no es cierto. No es lo que está haciendo, y lo sé en lo más
profundo de mi alma.
Mi corazón se acelera mientras lucho con su promesa de que estoy a
salvo con él. El sentimiento que he anhelado toda mi vida, que alguien me
vea y se preocupe lo suficiente por mí como para protegerme, ha sido
compartido sorpresivamente… por Gray Adler.
¿Cómo demonios está pasando esto?
Es un torbellino mental, un caso de vértigo psicológico. El hombre con el
que he discutido, peleado y odiado me está ofreciendo refugio. Es una
revelación desconcertante, una que no tiene sentido y, al mismo tiempo,
tiene todo el sentido del mundo.
Pero cuanto más lo pienso, y cuanto más tiempo estoy frente a Gray con
mi verdad expuesta para que la vea, no estoy en pánico. Estoy en paz. La
burbuja de soledad, mi sombra constante, se desinfla y mis pulmones se
llenan a su máxima capacidad.
Esto nunca había pasado antes, y puede que nunca vuelva a pasar, y tengo
la sensación de que él entiende lo que es tener la confianza rota. Aunque no
sé por quién.
Si esta noche voy a arriesgarme y tomar grandes riesgos, bien podría ir
hasta el final.
―¿Me harías un favor, Gray?
―Cualquier cosa.
Este tiene que ser el momento más complicado y sobrepensado antes del
sexo que haya existido. ¿Quién habla tanto cuando está en la caja de una
camioneta con alguien como Gray Adler?
Yo. Esa es quien, y es exactamente por eso que no puedo divertirme en
mi vida.
Reúno mi valentía junto con la respiración más profunda.
―Solo por esta noche, quiero saber cómo se siente no tener el control.
Sus pupilas se dilatan, y sus ojos se abren de sorpresa.
―Toma el control ―suplico―. Por favor.
Apenas termino de decir las palabras cuando sus labios chocan contra los
míos. Jadeo, congelada por la sorpresa, antes de ceder a la sensación de ser
envuelta por sus fuertes brazos. Me atrae tan fuerte contra él que apenas
puedo respirar, o pensar, o hacer algo más que devolverle el beso.
Enreda mi cabello en su puño y tira de mi cabeza hacia un lado. Gimo
mientras besa la comisura de mi boca, luego a lo largo de mi mandíbula
antes de arrastrar su boca por mi cuello.
―Mira eso ―digo, mientras arrastra su lengua sobre la parte superior de
mi hombro, dejándome temblando contra su pecho―. Después de todo,
puedes seguir órdenes.
Muerde mi lóbulo, haciéndome chillar, antes de soltar su mano de mi
cabello. Nuestras miradas chocan, café contra verde, mientras nos
separamos, jadeando. Anticipando. Necesitando.
Hay un atisbo de sonrisa en la curva de sus labios.
―Veamos si tú puedes.
Oh. Mierda.
El calor florece en mi vientre ante la intensa delicia de su mirada. Desliza
su mirada por mi cuerpo, rozando mi piel a través de mi ropa y casi
prendiéndola en llamas. El peso de su atención es tan pesado que me deja
dispersa y sin aliento.
―Levanta los brazos.
No es una petición. Es una orden.
Una brisa se levanta mientras mis manos se alzan lentamente hacia el
cielo oscuro. Gray se lame los labios y alcanza el dobladillo de su camiseta.
Jadeo cuando sus dedos rozan mi estómago y suben por mis costados
mientras arrastra la tela hacia arriba y me la quita.
La enrolla en su mano y luego la lanza más al fondo de la caja de la
camioneta. Sus ojos nunca me abandonan.
―No tienes idea de lo hermosa que eres, ¿verdad? ―pregunta, como si
no pudiera creerlo él mismo.
―Sé que perdí mi camiseta y tú todavía tienes la tuya.
Sonríe.
―Me has visto sin camiseta antes.
―Claro, pero entonces te odiaba.
Su risa me hace sonreír también.
―Date la vuelta ―dice.
―Pero tu camiseta… ah.
Captura mis palabras con su boca, sus labios ordenando a los míos que se
abran. Su lengua se desliza más allá de ellos con autoridad. No hay prisa, no
hay urgencia… como si tuviéramos toda la noche.
―Listo ―susurra mientras se aleja, mordiendo mi labio inferior en el
proceso―. Finalmente descubrí cómo hacerte callar.
Chillo, tocando el centro de mi boca.
―Recordemos algo ―dice, dando un paso atrás―. Yo estoy al mando.
―Okey, sí dije eso, pero…
―Sin peros. Ahora date la vuelta.
Tiemblo contra el viento mientras le doy la espalda a Gray. Su reflejo en
el vidrio trasero de la camioneta se acerca a mí. Aun así, no estoy lista para
la sensación de sus manos contra mi piel desnuda, recogiendo mi cabello y
colocándolo sobre mi hombro derecho.
―Relájate, cariño ―susurra contra la concha de mi oreja.
Desabrocha los broches de mi sostén con destreza y lo deja caer hacia
adelante. Lo atrapo en mi pecho, presionándolo contra mi corazón
palpitante. Soy consciente de cada respiro, cada gemido de la camioneta,
cada destello de las estrellas. Es demasiado y, al mismo tiempo, no es
suficiente.
Gray se aleja de mí, quitándome el sostén de las manos.
―Déjame verte.
Mis pezones están duros contra la temperatura que se enfría. Sostengo
mis senos en mis manos, levantándolos hacia mi esternón. Están llenos y
pesados en mis palmas mientras giro para enfrentarlo.
―Baja las manos ―dice.
Lo miro a través de mis pestañas mientras mis brazos caen a mis
costados.
Su lengua lame su labio inferior.
―Eres jodidamente increíble.
―Y tú todavía tienes tu camiseta puesta.
Sonríe.
―Quítate los zapatos.
Obedezco, dispuesta a hacer lo que sea necesario para acelerar esto. El
dolor en mi núcleo es abrumador, y mis bragas están empapadas. Lo
necesito dentro de mí como necesito mi próxima respiración, y este
bromista parece pensar que tenemos todo el tiempo del mundo.
―Buena chica ―dice, provocándome―. Ahora trabajemos en quitarte
esos jeans.
―Sí. Vamos.
Ríe, alcanzando mi botón y cremallera.
―Tengo que encontrar una manera de mantenerte así de cooperativa.
―Bueno, dependiendo de cómo vaya esta noche, podría darte algunos
consejos para la mañana.
―Estoy bastante seguro de que lo resolveré pronto. ―Gray se arrodilla
frente a mí, enganchando sus dedos en la cintura de mis jeans. Lentamente,
arrastra la mezclilla por mis piernas―. Podría correrme en los pantalones
por esto.
―No te atrevas ―digo, saliendo de mis jeans―. Si te corres sin meter tu
polla en mí, esparciré mentiras salvajes sobre ti a tus compañeros de
equipo.
Se ríe, arrojándolos a un lado. Luego se echa hacia atrás sobre sus
talones.
―Y tu camiseta sigue puesta ―digo, suspirando con todo el drama que
puedo reunir. Me bajo las bragas hasta los pies y luego las pateo hacia la
cara de Gray―. Ahí tienes. Ayudé otra vez.
Atrapa el encaje en el mismo movimiento que se sienta en el riel lateral
de su camioneta.
―Ven aquí.
―Sí, señor.
―Podría acostumbrarme a esto ―dice, sosteniendo mis senos en sus
manos―. Tienes las tetas más bonitas que he visto.
―¿No eres todo un caballero?
Sacude la cabeza hacia mí, sus ojos se oscurecen, mientras chupa un
pezón en su boca.
Finalmente. Malditos fuegos artificiales.
Mi espalda se arquea, empujando mi pecho más cerca de él.
Una de sus manos masajea un seno, mientras su boca caliente y húmeda
prodiga atención al otro. Me coloco a horcajadas sobre su rodilla, el calor
brota de mi coño mientras mis jugos cubren la parte interna de mis muslos.
Necesito fricción. Necesito alivio, pero todo lo que puedo hacer es inclinar
mi cabeza hacia atrás y gemir en la noche.
―¿Te gusta eso? ―pregunta, moviendo su boca al otro lado.
La brisa se levanta de nuevo, el aire fresco bailando sobre mi cuerpo
desnudo, mi cabello ondea a mi alrededor con cada ráfaga. El frío toca
lugares que nunca han estado expuestos a los elementos, y de alguna
manera, lo amo.
No hay nadie alrededor. No hay casas, ni luces de seguridad, ni cámaras,
pero la posibilidad, la idea de que estoy completamente desnuda en la caja
de una camioneta con un hombre chupando mis tetas, y listo para hacer
mucho más, es exhilarante. Emocionante. Adictivo.
Gray desliza una mano por mi estómago y la mete entre mis piernas.
Amplío mi postura, inclinando mi cabeza hacia atrás y gimiendo de
nuevo.
Frota mi clítoris en círculos lentos y sensuales.
―Me encanta lo mojada que estás ―dice, con voz ronca―. Esto es tan
excitante.
―Estoy de acuerdo. Ahora haz que me corra.
Baja ambas manos, negándome.
Mis ojos se abren de golpe.
―¿Qué estás haciendo?
―No vas a correrte todavía. ―Me mueve hacia atrás suavemente antes
de ponerse de pie. Una sonrisa traviesa adorna sus labios―. Apenas
comenzamos.
24
Gray
¿Quién diría que tenía tanto autocontrol?
Miro la colcha que extendí antes. No es terriblemente suave, pero evitará
que la suciedad y los escombros raspen su piel. Y, por ahora, eso tendrá que
ser suficiente.
―Acuéstate ―digo, saltando de la puerta trasera.
―¿A dónde vas?
La miro y sonrío. La luz de la luna atrapa la humedad que cubre sus
piernas. Sus tetas tienen la forma perfecta de lágrimas sutiles, y su boca se
frunce como si quisiera mi polla en ella.
¿Qué más puede pedir un hombre?
―Jodidamente. Acuéstate.
Pone los ojos en blanco pero se acomoda en la colcha. Tan pronto como
está instalada, agarro sus tobillos y la jalo hacia el borde de la puerta
trasera. La tela actúa como un trineo, entregándomela como un regalo que
estoy a punto de devorar.
Mi polla se tensa contra mis pantalones. Está tan dura que duele. El dolor
en mis bolas se irradia a mis abdominales e ingle, rogando por alivio.
Pero antes de que pueda llegar a eso, tengo que satisfacerla. Puede que
nunca vuelva a tener esta oportunidad.
―Dios ―jadea al darse cuenta de mis intenciones.
Abro sus piernas, exponiendo su coño para que la tome como quiera. Su
piel es rosa y está absolutamente empapada con su necesidad por mí. Es
más de lo que podría haber imaginado. Nunca, en mis sueños más salvajes y
febriles, habría imaginado que tendría a Señorita Modales desnuda y
expuesta en la caja de mi camioneta. Mierda.
Mis manos se deslizan bajo su trasero, inclinando su pelvis hacia mi
boca.
―Gray…
Soplo sobre su clítoris hinchado, y ella se retuerce en mis manos.
―Tu aroma me vuelve loco ―digo, inhalando el dulce olor a sexo―.
Apuesto a que también sabes increíble.
―Gray, por favor… ¡oh!
Sus rodillas caen a los lados mientras arrastro mi lengua por su hendidura
pulsante. Tiembla, agitándose alrededor de mi boca como si estuviera lista
para explotar. Sus manos se clavan en la colcha y la arrugan en sus puños
mientras gime su placer al aire.
―¿Sientes eso? ―pregunto, aplanando mi lengua contra su clítoris,
robándole la capacidad de hablar. Río mientras se retuerce, dándole al
clítoris otro lametazo―. Oh, definitivamente usaré esto en el futuro para
hacerte callar.
Ella gime, más fuerte esta vez, mientras flexiona sus caderas contra mi
rostro. Sonrío en su coño, aprendiendo el ritmo de su cuerpo.
Su reacción hacia mí -hambrienta y temeraria-, hace que mi polla grite en
protesta.
Entierro mi cara en su coño, follándola con mi lengua. Besándola con mis
labios. Mordiéndola con mis dientes. Su sabor es un afrodisíaco. Quiero,
no, necesito más. Agrego un dedo, deslizándolo por sus pliegues, y gimo
mientras ella lo aprieta con fuerza. Curvo mi dedo, acariciando su punto G
mientras ella comienza a molerse contra mi mano.
―¡Gray!
Sus piernas comienzan a temblar, una señal reveladora de que está a
punto de correrse, así que le doy un beso final a su clítoris y luego soplo
sobre él mientras me retiro lentamente.
Ella lucha por apoyarse en sus codos. Sus ojos están salvajes mientras me
mira.
―¿Por qué te detuviste?
―Porque estabas a punto de correrte.
―Precisamente.
Sonrío.
―Tal vez soy codicioso, pero la primera vez que te corras esta noche,
quiero que sea en mi polla.
Sus ojos se entrecierran.
―Sí, por favor.
A pesar de sus protestas, regreso al lado de mi camioneta. Me deshago
rápidamente de mi ropa, limpio mi cara con mi camiseta y saco un condón
de la consola central. Para cuando regreso con Astrid, ella está sentada en la
puerta trasera, molesta.
―Ni siquiera pude verte desnudarte ―dice, haciendo un puchero―.
¿Qué clase de mierda es esta?
Río ante su adorable enojo.
―Te prometo que podrás verme desnudarme después, ¿está bien? Pero
en este momento, quiero enterrarme dentro de tu pequeño y bonito coño.
―Oh.
Ella me deja levantarla de la puerta trasera y luego envuelve sus piernas
alrededor de mi cintura. Su pecho está pegado al mío, y el calor de su coño
está ardiente contra mi estómago.
Sus labios suaves como almohadas encuentran los míos mientras sus
manos se arrastran por mi cabello. Tira de mi cabeza hacia atrás, chupando
mi lengua dentro de su boca, encendiendo la mecha de mi fusible empapado
de gasolina. Sus uñas se clavan en mi cuero cabelludo. Puedo sentir su
humedad deslizándose por mi estómago, costados y la punta de mi polla
hipersensible.
Tengo medio pensamiento de ponerla en la camioneta y darle algo de
privacidad mientras la follo, pero algo me dice que está disfrutando de la
libertad del aire libre. No me importa una mierda. Solo quiero estar dentro
de ella.
―Tienes una opción ―digo, mientras ella atrapa mi labio entre sus
dientes.
―¿Qué?
―¿Estarías más cómoda dentro de la camioneta, o quieres que te folle
aquí afuera?
Se echa hacia atrás, sus ojos brillan. Su sonrisa es traviesa.
―Aquí afuera. Definitivamente aquí afuera.
―Oh ―digo, provocándola―. ¿Entonces tengo una exhibicionista en
mis manos?
―No creo que eso sea lo único que tienes en tus manos en este momento.
―Suelta una risita―. Mal chiste.
―Sí, no uno de tus mejores. ―La coloco en la puerta trasera otra vez―.
Dame un segundo.
Ella gime.
―¿Para qué?
Sostengo el condón en el aire.
Para mi sorpresa, ella salta de la parte trasera de la camioneta. Sus tetas
rebotan al aterrizar, y esa vista hace que mi polla se endurezca aún más. Cae
de rodillas al suelo.
―¿Qué demonios estás haciendo? ―pregunto―. Levántate.
Ella toma mi polla con su mano, arrancándome un gemido. Una gota de
precum brilla en la punta, y ella la limpia con la punta de su lengua.
Observo, luchando contra un escalofrío de cuerpo completo, mientras
esparce el líquido por su labio inferior antes de chuparlo.
Mierda.
¿Quién habría pensado que estaría de rodillas, pidiéndome que la dejara
chuparme la polla? Mi semen estuvo en su lengua. No tenía idea de que la
reina del portapapeles también podía ser una zorra jodidamente sexy.
―Hazlo a tu manera ―digo, sosteniendo los lados de su cabeza con mis
manos. La posiciono directamente sobre mi eje―. Mete mi polla en tu
boca.
Sus ojos brillan mientras me observa mirarla deslizar su boca sobre mi
polla.
No puedo combatir el escalofrío esta vez. Comienza en la parte trasera de
mi cuello y baja por mi columna, enviando una ráfaga de piel de gallina
sobre mi piel. Es demasiado caliente, demasiado húmedo, demasiado
apretado. Ella es demasiado jodidamente hermosa.
Ahora soy yo el que está a su merced.
Aplana su lengua y la desliza por mi polla, arriba y abajo en un tempo
maravillosamente lento y torturante. Su pequeña mano me agarra
perfectamente, bombeando mi polla mientras me observa a través de esas
pestañas gruesas. Me correré con esta imagen por el resto de mi maldita
vida.
Su saliva gotea por mi eje y sobre mis bolas. El sonido de ella sorbiendo
mi polla y el ocasional gemido son las cosas más calientes que he
escuchado. Sexy. Íntimo.
Aprieto mi mandíbula, sosteniendo su cabeza con más fuerza. Cada
caricia se siente mejor. Cada lamida, cada chupada, es un paso hacia el
mejor clímax.
Moviendo su cabeza con mis manos, me bombeo más profundo en su
boca.
―Eso es ―gimo, flexionando mis caderas―. Me estás haciendo sentir
tan bien.
Ella me masturba con más fuerza con su puño cubierto de saliva.
―Tu boca fue hecha para esta polla ―digo―. Estás haciendo un gran
trabajo.
Mis ojos se cierran con fuerza, con lágrimas formándose en las esquinas
por la intensidad de la sensación. Estoy listo para correrme. Estoy tan
jodidamente cerca. Mis bolas se hinchan, amenazando con descargar mi
carga por la garganta de Astrid. Como si lo sintiera, ella se prepara y toma
todo lo que puede manejar de mí.
No. La palabra retumba en mi cabeza, y me obligo a alejarme. Ella lucha
contra mí, chupando con más fuerza en negativa a dejarme ir. Se siente tan
jodidamente increíble que casi cedo.
Casi.
Exhalo ruidosamente, casi doblándome. Ella cae hacia atrás, atrapándose
con su mano, y me sonríe.
―Estuviste a punto de arruinarlo todo ―digo, riendo.
―Estaba intentándolo. ―Ríe―. Quería sentirte explotar en mi boca.
Mi sangre se calienta.
―Sigue hablando así, y podrías conseguir tu deseo.
Abro el condón y lo deslizo por mi longitud, luego agarro la colcha y la
tiro al suelo. Rápidamente, la doblo para darle un poco de acolchado extra.
―Manos y rodillas ―digo, señalando el suelo―. No creo que ninguno
de los dos pueda durar mucho más.
―Finalmente estamos en la misma página.
―Me alegra escucharlo.
Ella se pone a cuatro patas con su trasero redondo levantado en el aire. Es
perfectamente en forma de melocotón, y desearía tener más control esta
noche porque me encantaría comerla con ella inclinada así, pero eso tendrá
que esperar hasta otra noche.
Por favor, que haya otra noche de esto. Esto nunca será suficiente.
―Vamos ―dice, mirándome por encima del hombro.
Me arrodillo detrás de ella y alinee mi polla con su abertura. Ella empuja
hacia atrás contra mí, moviendo su coño sobre la cabeza de mi polla.
Sonrío, golpeando mi palma contra la curva de su trasero al mismo tiempo
que empujo en un movimiento brusco hasta que choco con el fondo de su
coño.
―¡Oh, mierda! ―chilla, aspirando aire.
―Ojalá pudiera ver esas tetas rebotar ―digo, hundiéndome dentro de su
apretado coño otra vez―. Esto es el cielo, Astrid. El maldito cielo.
―Más fuerte.
Aprieto los dientes, incapaz de mantener el ritmo para hacer que dure lo
más posible.
―¿Así?
Mis dedos se clavan en su cintura con fuerza suficiente como para
preocuparme por dejarle moretones.
La jalo hacia atrás mientras empujo hacia adelante, golpeando dentro de
ella. Ella grita pero sigue encontrándome golpe por golpe. Se balancea
hacia atrás, ansiosa por más, y estoy más que dispuesto a dárselo. No estoy
seguro si la estoy follando o si ella me está follando, pero de cualquier
manera, es alucinante.
Soy un hijo de puta con suerte de cualquier forma que lo veas.
―¡Mierda! ―Astrid grita, gimiendo mientras su coño tiembla a mi
alrededor. Una capa de sudor cubre su piel pálida mientras sus brazos
comienzan a ceder. Todo su cuerpo vibra mientras es sacudida por ola tras
ola de su orgasmo.
―Quédate conmigo ―gruño, palmeando su trasero con ambas manos. La
sensación de sus nalgas temblando con cada movimiento me lleva a otro
nivel de euforia―. Dámelo todo.
Muerdo con fuerza mientras mi propio clímax me golpea.
Es una explosión intensa, desgarrándome como un disparo. Mis músculos
se tensan por todas partes. Las contracciones se ondulan repetidamente en
mi estómago, y lucho por mantener los ojos abiertos, para apreciar a la
hermosa mujer debajo de mí, pero el poder del orgasmo es demasiado.
Aún así, las imágenes en mi mente son del trasero de Astrid en el aire y la
piel sedosa y rosa de su coño. Las imágenes destellan en mi cabeza y traen
consigo las últimas sacudidas de placer. Suspiro, sacudiéndome el resto de
la energía, y abro los ojos para encontrar a Astrid mirándome por encima
del hombro.
―Eso fue caliente ―dice, sonriendo.
Le devuelvo la sonrisa y me retiro lentamente. Luego me pongo de pie y
la jalo conmigo.
Sus ojos están felices, pero un poco cansados, y no estoy seguro de qué
hacer al respecto. Así que hago lo que quiero -lo que se siente correcto-, y la
atraigo a un abrazo. Ella colapsa contra mi pecho con un suspiro suave.
―¿Estás bien? ―pregunto, besando la parte superior de su cabeza.
Asiente.
―Cansada.
―Deberías estarlo. ―La beso suavemente de nuevo y luego me alejo―.
Probablemente también se está haciendo tarde.
―Supongo que no regresaremos a Nashville esta noche, ¿verdad?
Mi pecho se tensa.
―Podemos, si quieres, o podemos quedarnos en casa de Hart. Tú
decides.
Ella me estudia por unos segundos antes de sonreír.
―Quedémonos en casa de Hart, siempre y cuando a él no le importe.
Tomo algunos pañuelos para que se limpie y me arreglo también. Todo el
tiempo, estoy inundado de pensamientos sobre cómo esto podría ser
correcto… pero también cómo podría salir muy mal.
Dios, por favor no dejes que lo arruine.
25
Astrid

El ventilador de techo gira suavemente, enviando una brisa ligera


alrededor del dormitorio de la infancia de Gray. Su cama es suave, mucho
más suave que la mía en casa, y sus almohadas son como malvaviscos
hinchados envueltos en algodón. Me acurruco junto a la pared, bajo un
póster de una estrella deportiva que no puedo nombrar, y deslizo por Social.
No puedo borrar la sonrisa de mi rostro. Naturalmente, eventualmente
sobrepensaré todo porque siempre lo hago, pero la idea de arruinar mi pura
felicidad esta noche es impensable, y soy demasiado realista para saber que
algo lo arruinará pronto.
Así es la vida, pequeña.
Mis oídos se agudizan cuando los pasos de Gray resuenan por el pasillo
alfombrado. Mi núcleo se tensa, ya asociando la presencia de Gray con
placer. Es un concepto salvaje, uno tan lejos del dolor de cabeza que
asociaba con él cuando nos conocimos. ¿Cambiará esto cuando regresemos
a Nashville? El pensamiento me preocupa, y el hecho de que esté
preocupada por eso, que una parte de mí reconozca abiertamente que quiero
más de esto, me preocupa aún más.
―Tienes dos opciones ―dice, cerrando la puerta con la cadera―.
Encontré un Rice Krispies treat y una barra de chocolate. ¿Puedes comer
alguno de estos? ―Salta a la cama junto a mí―. Ninguno dice que tenga
cacahuates, pero… ¿cómo sabes? ¿Confiamos en estas compañías?
Río.
―¿Qué? ―gira su rostro hacia el mío con las cejas fruncidas―. ¿Te
estás riendo de mí?
―No. No me estoy riendo de ti. Solo pienso que es muy lindo de tu parte
estar tan consciente de mis alergias.
Deja caer los bocadillos sobre su pecho desnudo.
―No puedo matarte todavía porque, si recuerdo correctamente, y lo
hago, insinuaste que querías que me corriera en tu boca. ―Sonríe
traviesamente―. No voy a dejar que ese cacahuate le robe a este cacahuate,
si me sigues.
Río.
―Oh, ahora te sigo, pero te tragaré después.
Mi teléfono suena cuando aparece una alerta de mensaje de texto. Ruedo
sobre mi espalda y sostengo mi teléfono en el aire, abriendo la aplicación.

Gianna: Entonces, hay este tipo…


Audrey: No sé cómo sigues encontrándolos. ¿No has agotado el
suministro en esta ciudad?

Gray desenvuelve el Rice Krispies treat.


―¿Cuál de tus amigas tiene la pistola eléctrica?
―Gianna.
Me ofrece un bocado de la barra, y muerdo la esquina.

Yo: ¿Pensamientos sobre este?


Audrey: Espera. ¿Conocemos a este tipo?
Gianna: Era el tipo del correo. El que se acostó con la esposa de su
compañero de trabajo.
Audrey: Tengo un mal presentimiento con este.
Gianna: Tendrías razón, mi dulce Auddie. Ese sexo bien pudo haberse
resumido en un correo.

Gray toma un bocado, luego se acurruca a mi lado.


―¿De qué está hablando?
―Solo Dios sabe. ―Río.

Yo: Ese sexo bien pudo haberse resumido en un correo. Me cuesta


entender eso, G.
Gianna: Quiero decir, era un gran escritor de correos. Su entrega era
suave, sus puntos intrigantes pero satisfactorios. Anhelaba más, ¿pero el
sexo con este imbécil? Hubiera sido mejor si lo hubiera escrito y
presionado Enviar.
Audrey: Lo siento. ¿Ya estás en casa, Astrid?

Exhalo ruidosamente mientras mi estómago se hace nudos.


Obviamente, les contaré a mis amigas sobre esta noche con detalles
vívidos. Es algo divertido ser la que tiene una historia que contar para
variar, pero no he tenido tiempo de procesar los eventos de la noche, y
realmente no sé cómo explicárselo a Gianna y Audrey con Gray mirando
por encima de mi hombro.
Me ofrece otro bocado.
―¿Vas a responderles, o qué?
―Sí. Solo estoy tratando de decidir cómo. ―Muerdo el borde de la
barra, luego mastico lentamente―. Lo tomarán de la manera equivocada.
―¿De qué manera sería esa?
Miro por encima de mi hombro hacia él.
Gray estudia mi reacción a su pregunta, observando cada parpadeo y
suspiro. Está recién lavado de nuestra ducha hace un rato. Su torso está
desnudo, mostrando sus músculos ridículamente esculpidos y su piel
bronceada, y un par de shorts azules para correr descansan bajos en sus
caderas. Si no supiera ya lo que lleva debajo, estaría desesperada por
descubrirlo.
―Mis amigas son ambas dramáticas, pero de maneras opuestas ―digo.
Gianna: ¿Debo hacerme ilusiones?
Audrey: Respira.
Gianna: De las tres, una de nosotras debería estar teniendo sexo
increíble. No eres tú. No soy yo, pero podría ser Astrid.
Gianna: Muslos gruesos y chicos de rugby. Estoy aquí para eso.

―También yo ―dice Gray, riendo―. Enviémosles una selfie.


―¿Qué?
Se encoge de hombros, pasando una mano por mi muslo interno. Mis
piernas se abren para él… por si acaso.
―¿Quieres enviarles una selfie? ―pregunto, con la mandíbula floja―.
¿Hablas en serio? ¿No te importa que estemos medio desnudos en la cama?
―Soy el maldito afortunado en la cama contigo ―dice, hundiendo su
rostro en la curva de mi cuello―. ¿Por qué me importaría quién lo sabe?
Oh. Acaricio mis dedos por su cabello. Mi cabeza se apoya contra la suya
mientras presiona besos contra mi garganta. El gesto es tierno y dulce, rico
pero sutil, y aviva la lenta quemadura que arde en mi pecho.
Olvido a mis amigas e ignoro sus mensajes de texto entrantes. En vez de
eso, cierro los ojos y solo vivo en este momento con Gray. Una manta de
paz se asienta sobre nosotros dos. ¿Lo siente él también? ¿Nota el toque de
magia en la habitación, el cambio en la temperatura que parece que la
posibilidad está floreciendo?
Podría estar loca. Los hechos se inclinan hacia ese lado. No es propio de
mí salir de la ciudad con un chico, mucho menos quedarme toda la noche
con él en la casa de su hermano después de ser follada en un campo en
medio de la nada.
¿Quién soy en este momento? Sonrío. No lo sé, pero creo que me gusta.
―Mira hacia arriba ―digo, posicionando mi teléfono sobre nuestras
cabezas.
Justo antes de presionar el botón para tomar una foto, él chupa en el
punto donde mi hombro se encuentra con mi cuello. Chillo, apartándome
mientras mi dedo activa el círculo rojo. La luz destella, capturándonos a los
dos en un momento juguetón que me cuesta creer que me incluya.
Pero soy yo. Es mi cara arrugada en una risa despreocupada. Es el brazo
de Gray extendido sobre mi pecho, manteniéndome cerca de él. Son
nuestras cabezas compartiendo una almohada con un logo de un equipo de
rugby estampado en ella, y es su hoyuelo hundido en su mejilla mientras ríe
ante mi reacción.
Antes de que pueda pensarlo y convencerme de no enviar la imagen, la
disparo al chat grupal.
Sus respuestas llegan de inmediato.

Gianna: ¡DIOS, ERES MI HÉROE!


Audrey: ¡Oh, wow!
Gianna: Y yo que pensé que no escuchabas nada de lo que decía. Me
retracto.
Audrey: ¿Cómo te sientes, Astrid?
Gianna: Espero que se sienta adolorida y usada. ¿Qué clase de pregunta
es esa?
Audrey: Estoy tratando de verificar sus emociones.
Gianna: No arruines esto para ella, Auddie.

Río mientras Gray se acomoda a mi lado de lado, leyendo sus mensajes.


―No sé qué decir sobre ellas.
―Son un buen equilibrio, creo. Bueno y malo.
―Puedes decirlo otra vez.
Gianna: Ignóranos. Ve a buscarte algo de polla, nena.
Audrey: Disfruta. Llámame cuando llegues a casa.
Gianna: ESTOY TAN ORGULLOSA DE TI.

Hago clic en el botón lateral de mi teléfono y lo dejo caer a mi lado.


Los dedos de Gray se deslizan bajo mi camiseta, rozando mi estómago y
sobre mis caderas. Es tan relajante como intoxicante. Escucho su
respiración y dejo que mis ojos se cierren.
―Cuéntame algo sobre ti que no sepa ―dice.
Tarareo, tratando de determinar qué tipo de hecho quiere saber. ¿Un
hecho histórico, como mi año de nacimiento? ¿Quiere saber cómo voté en
las últimas elecciones? ¿O quiere saber algo aleatorio e inútil?
―Está bien ―digo, eligiendo lo último―. No tengo tatuajes.
―¿Hay alguna razón, o simplemente no te has hecho uno?
―Nunca ha habido algo por lo que sienta tan fuerte como para quererlo
en mi piel para siempre. Se siente como un compromiso. ―Sonrío―.
Cuéntame sobre los tuyos.
Se recuesta y dobla su rodilla, jalando sus shorts para que pueda ver el
arte intrincado en su muslo. Es más delicado de lo que me di cuenta. Cada
línea es tan intencional, tan precisa, que puedo decir que hay múltiples
piezas mezcladas en lugar de un diseño grande.
―Bueno, cada uno de estos significa algo para mí ―dice, trazando la
tinta oscura―. El primero que me hice fue este rosario. Lo obtuve el fin de
semana después de que mis papás murieron. Estaba luchando y teniendo un
momento muy difícil para aceptar que se habían ido, y me atrajo el dolor de
la aguja más que nada.
Presiono un beso en su hombro.
―¿Puedo preguntar qué les pasó?
―Claro. ―Se aclara la garganta sin mirarme―. Papá tuvo que ir a
Kansas a recoger un caballo que un amigo suyo estaba entrenando, y Mamá
decidió acompañarlo por primera vez. Un tornado arrasó el pequeño pueblo
donde se estaban quedando durante la noche. La tormenta salió de la nada.
Mamá murió instantáneamente, pero papá resistió unos días. Pudimos
hablar con él y despedirnos. Así que supongo que eso es bueno.
Mi corazón se rompe ante el dolor en su rostro. Qué trágico. Beso su
hombro otra vez antes de colocar mi mano en su estómago, solo dejándole
saber que estoy aquí.
―Entonces, ese es el rosario ―dice, exhalando pesadamente―. Esto es
el número nueve en números romanos porque soy el número nueve en
rugby. El cigarro es por Pap, y el pájaro negro por el Blackbird Ranch,
obviamente. El sobrero vaquero es por Hartley.
―Pensaría que un corazón habría sido la elección lógica ―digo,
esperando que mi broma aligere la tensión en su voz.
Ríe.
―Estaba un poco ebrio y no pensaba claramente cuando elegí eso.
―Supongo que esa es una razón para no beber y tatuarse.
Su risa se convierte en carcajada, y la luz regresa a sus ojos. Mis hombros
caen aliviados.
Mi atención cae en un copo de nieve en la parte inferior del diseño. Es
diminuto, apenas evidente, pero su delicadeza es hermosa, y no puedo
evitar preguntarme qué representa.
―Entonces, si tuvieras que hacerte un tatuaje por las cosas que significan
algo para ti ―dice, bajando su pierna―, ¿qué te harías?
―Dios, no sé.
Toma la barra de chocolate y la desenvuelve.
―No es como si realmente te los fueras a hacer. No tienes que
sobrepensarlo.
―Vamos. Me conoces. Pienso demasiado todo. ―Río, tomando un
pedazo de chocolate de él―. Está bien, me haría una estrella por mi abuela.
Era nuestra cosa, y elegiría algo por mi mamá, pero no tengo idea de qué.
―¿Sabes algo de ella?
―Honestamente? No. ―Rompo el dulce en dos pedazos y como uno―.
Mi papá nunca habló de ella. Solo fingió que nunca existió. Solo tengo una
foto de ella que escondí en una Biblia cuando crecía porque era el único
lugar donde mi papá no miraría.
Gray respira profundamente, eligiendo sus palabras con cuidado.
―Una vez me dijiste que tu papá era un hijo de puta.
―Debo haber estado de buen humor ese día.
El único sonido que llena la pausa embarazosa entre nosotros es el
zumbido del ventilador de techo.
Me quedo quieta, enfocándome en mi ritmo cardíaco. Late contra mis
costillas como si se estuviera preparando para pelear o huir, porque eso es
lo que los pensamientos de John Lawsen me hacen. Me ponen en modo de
supervivencia.
Gianna sabe algunas de las cosas que viví con mi papá, aunque no todas.
No era algo de lo que nos gustara charlar en la secundaria, y he compartido
algunas cosas con Audrey, pero no mucho, probablemente no suficiente
para pintar un cuadro preciso de mi vida en la calle Hemlock.
La única persona en el mundo a la que le he contado más que a nadie es
Trace.
El ácido llena mi estómago mientras los recuerdos de Trace usando mis
experiencias en mi contra. Los insultos. El menosprecio. Usó mis heridas
como un blanco y disparó flechas en ellas hasta que lloraron.
―No estoy indagando por información ―dice Gray, envolviendo su
brazo alrededor de mí y atrayéndome cerca de su lado―, pero quiero que
sepas que hablaba en serio cuando dije que estás a salvo conmigo. He
pasado por mi parte de mierda, y cuando no tienes a nadie con quien hablar
de eso, solo se pudre.
Pensar en mi papá usualmente se siente como una costra siendo arrancada
de una vieja herida. Me preparo contra el cuerpo de Gray, esperando que el
malestar y el dolor me atraviesen. Sin embargo… no llega. Monitoreo mi
respiración, sintiendo el aire entrar y salir de mis pulmones, y el pánico no
viene.
―Era alcohólico ―digo suavemente, las palabras fluyen de mi boca―.
Mi abuela dijo que comenzó cuando murió Mamá. Cuando nací. Ese era un
hecho que nunca me dejó olvidar.
Gray besa el lado de mi cabeza, hundiendo su rostro en mi cabello.
―Siempre decía que fui egoísta desde el principio ―digo―. Que maté a
mi mamá y haría cualquier cosa para conseguir lo que quiero. Me castigaba
por todo y por nada: reteniendo comida, negándome usar agua caliente para
ducharme, y haciéndome usar ropa sucia para la escuela.
El cuerpo de Gray se tensa, y su agarre en mí se aprieta. No habla, pero
puedo sentir su mandíbula tensarse contra mi cráneo, y su reacción, como si
le importara el dolor por el que pasó la pequeña Astrid, hace que las
lágrimas se acumulen en las esquinas de mis ojos.
―No me permitía practicar deportes ―digo, parpadeando para contener
las lágrimas. La arena llena mi pecho como lo hacía cuando vivía con él―.
Quería estar en la banda en la secundaria y encontré una guitarra en una
venta de garaje. La mujer terminó dándomela gratis. ―Sorbo contra el
ardor en el puente de mi nariz―. Papá la estrelló contra la estufa de leña la
primera noche que la tuve.
―Dios ―masculla Gray, apretándome.
―Robaba mis diarios y se burlaba de mí sin descanso por lo que había
dentro. Sus amigos venían y hacían comentarios sobre mi cuerpo y decían
cosas totalmente inapropiadas a una niña preadolescente. A papá no le
importaba. Si me molestaba, era una perra emocional, y me hacía limpiar la
casa o me golpeaba con la mano abierta porque si su mano estaba abierta,
no era abuso.
Tomo una respiración, sintiendo que me asfixio. Puedo sentir el escozor
en mi mejilla, el moretón en mi brazo, y el dolor quemando mi cuero
cabelludo por ser arrastrada por la casa por mi coleta.
―Se negó a comprarme tampones cuando tuve mi período y me llamó
pequeña puta por tener la audacia de menstruar ―digo apresuradamente―.
Así que conseguí un trabajo a los catorce, pero solo me acosaba para que le
diera mis cheques de pago para que pudiera comprar boletos de lotería y
vodka porque tenía que pagar los servicios y demás.
Una lágrima rueda por mi mejilla.
―Mierda, Astrid. ―Exhala lentamente―. Lo siento mucho.
Me aferro a su brazo mientras algo dentro de mí se agrieta. Es una
avalancha de emociones, una ola de recuerdos que no he pensado en mucho
tiempo, pero a diferencia de momentos pasados cuando he enfrentado estas
cosas sola, no me arrastran con ellos. No me dejo llevar por la marea.
Eso es progreso. Eso es empoderador. Es liberador.
―¿Dónde está tu papá ahora? ―pregunta Gray, su tono gélido.
―Está muerto.
Su pecho sube y luego baja, como si esta información también fuera un
alivio para él.
―¿Alguna vez has compartido esto con alguien? ―pregunta Gray
suavemente―. ¿O lo has guardado para ti todos estos años?
La voz de papá, seguida por la de Trace, resuena en mi cerebro,
dificultando tragar. Es devastador recordar esos momentos, pero también es
desgarrador que elegí lidiar con este tipo de hombre una segunda vez.
Sobreviví a ambos, pero nunca, jamás, volveré a lidiar con eso.
―¿Quieres que gaste mi dinero en tampones? Diablos, no. Ese no es mi
maldito problema.
―Eres una pequeña perra egoísta. No es de extrañar que tu papá tuviera
que golpearte.
―¿Qué tal esto? No enciendas una luz, no uses agua caliente, ni comas
mi maldita comida. Entonces tal vez te des cuenta de cuánto hago por ti
aquí.
―O reviso tu teléfono o te largas de aquí. No puedo evitar que crecieras
como basura y no sepas cómo actuar. Tengo que protegerme aquí, Astrid.
Mi inhalación tiembla. Deslizo mi pie sobre las piernas de Gray,
anhelando su cercanía.
―Se lo conté a Trace. Solo lo usó para tomar apuntes sobre cómo
herirme.
―¿Dónde está él ahora? ―El cuerpo de Gray se tensa otra vez―. Solo
por curiosidad.
Su tono envía una onda de energía a través de mí, como si hubiera un
amortiguador entre mí y mi trauma. Me ofrece el espacio para respirar, para
recalibrarme de los recuerdos, de una manera que nunca he experimentado
antes. Es como si pudiera bajar mi espada y descansar.
―No sé, pero ahora sabes por qué tengo problemas de confianza.
―Y por eso saltaste a la conclusión de que era un matón en la gasolinera.
―No, eras un matón en la gasolinera. ―Me libero de su agarre y me
siento, enfrentándolo―. Podrías haber elegido cualquier otra bomba. No
había razón para que gruñeras y tocaras la bocina.
Sonríe, divertido.
―No podía estacionarme en otra bomba sin retroceder y hacer todo un
espectáculo. Algunos no conducimos autos pequeños que pueden girar en
una moneda.
―Porque algunos de nosotros estamos seguros de nuestra hombría.
Antes de que sepa qué está pasando, estoy siendo arrojada de espaldas.
Gray se cierne sobre mí con una sonrisa decadente. Río, retorciéndome sin
éxito para escapar―no es que realmente quiera salir de debajo de él.
Realmente quiero ver de qué se trata esa sonrisa.
―¿Estás adolorida? ―pregunta, besándome en la punta de la nariz.
―Sí.
―Oh. ―Frunce el ceño―. Bueno, entonces…
Comienza a rodar fuera de mí, pero envuelvo mis piernas alrededor de su
cintura. Colocando mis manos en su rostro, miro en sus ojos, y lo que veo
me sobresalta.
Amabilidad. Preocupación. Seguridad.
Y, sobre todo, atracción.
Eso es una plétora de condiciones que, juntas, son un poco demasiado
para tomar de una vez, pero sí sé qué puedo tomar en vez de eso…
―Oye, Chico Camioneta ―digo, sonriéndole―. ¿Por una vez te callarías
y me follarías?
Gruñe antes de capturar mis labios con los suyos y hacerme olvidar todo
excepto a él.
26
Astrid
Bostezo, rodando de mi estómago a mi espalda. La luz del sol entra a
raudales en la habitación, llenándola con la promesa de un nuevo día. Los
pájaros cantan fuera de la ventana, y algo suena a lo lejos.
¿Dónde demonios estoy?
Mis ojos luchan por abrirse. Mi cerebro tarda aún más en procesar mi
paradero. Una vez que todo se junta y forma una imagen precisa de mi
ubicación, me hundo en el colchón y libero un suspiro satisfecho.
El dormitorio de Gray.
Me estiro, y un delicioso dolor emana de mi ingle. Estoy desnuda,
cubierta solo por una manta azul marino… excepto mis senos. La piel de mi
pecho está marcada por varios moretones ligeros de la boca de Gray.
Tiembla mientras los recuerdos de anoche fluyen por mi cerebro.
La camioneta. El rostro de Gray enmarcado por mis piernas. Sus labios
cubiertos de mi semen.
El largo y grosor de su polla, y la gota salada en la punta esperándome.
Mis rodillas palpitan, y jalo la manta para ver marcas rojas del suelo
duro. “Quédate conmigo. Dámelo todo.”
Puedo ver su rostro mientras pronuncia las órdenes, una mezcla de fuerza
y ternura que hace que sea difícil respirar incluso ahora. Le dije que quería
que tomara el control, y todavía me sorprende que pudiera verbalizar mi
necesidad ante él, de todas las personas, pero la forma en que lo manejó,
como si entendiera lo que realmente estaba pidiendo y lo entregara de una
manera tan considerada, me deja tambaleándome.
¿Qué más es capaz de hacer este hombre complicado?
Caigo de nuevo en las almohadas y río.
―¿Quién diría que tenía un fetiche por los elogios?
¡Ping! ¡Ping! ¡Ping!
Me levanto, tambaleándome por un momento sobre mis piernas
exhaustas, y me dirijo a la ventana. Entrecerrando los ojos, me concentro en
los cuerpos parados alrededor de un poste de cerca, cuatro de ellos, para ser
exactos. Mientras se enfocan, muerdo un gemido.
Hartley está entre Jasper y Brooks mientras Gray golpea una herramienta
contra una estaca. Sin camiseta… en botas vaqueras. El sudor cubre su piel,
y sus músculos se ondulan bajo la luz como si el único propósito del sol
fuera resaltar la perfección de su cuerpo. Las películas se construyen
alrededor de esta escena, y sería negligente no capturarla para la
posteridad… y mi uso personal después.
Revuelvo entre las mantas hasta que encuentro mi teléfono. Luego tomo
una foto y la publico en el chat grupal.

Yo: ¡Yeehaw!
Gianna: Y los regalos siguen llegando.
Yo: No estoy molesta por eso.
Audrey: No veo nada de qué estar molesta.
Gianna: Sábado. Estoy cansada de Stupey’s, así que ¿qué tal Rhubarb a
las 7:00 p.m.?
Yo: Suena bien. Es mi turno de pagar. Mi aumento llegó a mi cuenta
bancaria el viernes, así que aquí está por tener un poco de dinero (si Joe
cumple para mí).
Audrey: Puedo ir. ¡Enviándote a ti y a Joe toda la buena vibra!
Gianna: Prepara un monólogo, Astrid. Quiero TODOS los detalles.
Yo: =)

Hago una revisión rápida de mi correo, luego cedo a mi estómago


rugiente. Una mirada por la ventana muestra a los chicos todavía trabajando
duro. Así que me visto sin bragas ¿a dónde se fueron? y me refresco en el
baño. Mi dedo hace un cepillo de dientes decente en ausencia de uno real.
Me dirijo a la cocina, siguiendo el aroma del tocino y el café. Me recibe
una mujer robusta con un delantal a cuadros rojos y blancos con los
ingredientes de una masa de pastel frente a ella. Sonríe como si me hubiera
estado esperando y pregunta si quiero una taza de café.
―Sí, por favor ―digo, sintiéndome un poco incómoda.
―Es una mañana hermosa, ¿no es así? ―Me ofrece crema, pero niego
con la cabeza―. Soy Cathy, por cierto. Los chicos dijeron que estabas
durmiendo. Guardé algo de desayuno para ti, si tienes hambre. ¿Te gusta el
tocino con huevos?
¿Ella me preparó desayuno?
―¿Quién no quiere tocino con huevos?
―Los vegetarianos. ―Ríe, señalando hacia la mesa―. Siéntate. Relájate.
Te prepararé un plato. ¿Prefieres pan blanco o integral?
Tomo asiento, perpleja. ¿Qué está pasando aquí? Gray mencionó a
Cathy ayer, vagamente recuerdo que dijo su nombre, pero, ¿por qué actúa
como mi chef personal?
―No tienes que hacer eso ―digo, inquieta en la silla―. Estoy segura de
que tienes otras cosas que hacer.
Hace una pausa, con la mano extendida en el aire por una espátula. La
sonrisa que me da es la cosa más cálida y dulce que elimina cualquier
vacilación que tenga sobre dejarla atenderme.
―Querida ―dice―, mi trabajo es hacer lo que los chicos me digan que
haga, y esta mañana me dieron instrucciones estrictas de asegurarme de que
estés cómoda y alimentada. Sin cacahuates.
Por supuesto, Gray mencionó mi alergia. Incluso cuando no está aquí,
logra reservar un espacio para mí. Obviamente estaba pensando en mí antes
de que despertara hoy, considerando mis necesidades y comodidad. Qué
concepto tan salvaje.
Qué hombre complicado y enigmático.
Tomo una taza de café de Cathy y me recuesto en mi asiento, un poco
desconcertada y luchando por reagruparme.
―Los chicos están arreglando una cerca esta mañana ―dice con la
espalda hacia mí―. Bueno, se supone que están haciendo eso, pero Brooks
y Jasper llegaron hace un rato con algunos papeles de la ciudad para Gray,
así que Dios sabe qué lograrán con esos dos paganos aquí.
Río.
―Los conocí a ambos ayer. Jasper parecía bastante tranquilo y racional.
Brooks, sin embargo, no lo era.
Ella suelta una risa nasal.
―Ya los tienes bien calados. Brooks Dempsey es más que un puñado, te
lo aseguro. Conozco a ese chico desde que era pequeño, y ha sido un pícaro
desde el primer día. ―Sacude la cabeza, girándose hacia mí con un plato en
la mano―, pero es un buen chico. Todos lo son. ―Coloca mi desayuno
frente a mí―. Te puse pan integral ya que no especificaste. Avísame si
quieres mermelada o jalea.
―Gracias, Cathy. Esto es muy amable de tu parte.
―Espero que lo disfrutes ―dice cálidamente.
―Se ve maravilloso.
Cathy regresa a su masa de pastel, dejándome sola con mi tocino y mis
pensamientos. No he conocido a Hartley por veinticuatro horas, pero estoy
sentada en su casa siendo atendida con desayuno por su administradora del
hogar. Bajo ninguna circunstancia debería encontrar esto cómodo o
acogedor, pero lo hago. Todo sobre este lugar -el rancho, la gente, y el
pueblo-, se siente natural para mí. No estoy segura de qué hacer con esto.
¿Sigo en una nube de orgasmo? ¿Me iré a la cama esta noche, reviviré esta
experiencia en Sugar Creek, y me encogeré de vergüenza hasta dormirme?
Es una posibilidad sólida, pero bien podría aprovecharlo de todos modos.
Ya estoy tan metida.
―Entonces, Gray dijo que ustedes dos trabajan juntos ―dice Cathy,
extendiendo una ronda de masa.
Mis mejillas se sonrojan.
―Sí. Soy su asistente―y sé cómo debe verse esto, considerando…
―Tropiezo con mis palabras―. Ya sabes, acabo de salir de su habitación
con este aspecto…
Le sonrío tímidamente.
―Cariño ―dice, riendo―. No me mires así. Puede que sea vieja, y
puede que haya ayudado a criar a ese chico, pero eso no significa que no
pueda ver. ―Sacude la cabeza, todavía divertida―. Es un pequeño diablo
atractivo. Encantador como nadie. Esta es una zona libre de juicios porque,
caramba, si tuviera tu edad y la oportunidad, no puedo decir que no estaría
en tus zapatos.
Me encojo de hombros, sonriéndole por su reacción.
―Aprecio tu mentalidad abierta.
―Claro. He vivido lo suficiente para saber que a veces hay que
arriesgarse por la galleta. No obtendrás mucho de la vida si no lo haces.
Confía en mí en eso. ―Resopla, colocando su masa en un molde para
pastel―. He estado casada y divorciada tres veces, dos veces con el mismo
hombre. Dios, debería haber aprendido la primera vez, pero mi papá
siempre me dijo que tenía la cabeza dura. Supongo que tenía razón.
―Al menos has vivido tu vida. Has seguido tu corazón.
―Tal vez un poco demasiado imprudentemente, a veces.
Tomo un bocado de tocino.
―¿Y tú, señorita Astrid? ¿Sigues tu corazón?
―Pensé que esto era el desayuno, no una inquisición ―bromeo.
Ríe.
―Oh, no quise ponerte en aprietos ni nada. Solo soy charlatana. Mi
mamá no me nombró Cathy por nada. ―Me mira por encima del
hombro―. Chatty Cathy. ¿Lo entiendes?
―Sí, lo entiendo. ―También me río―, y no me estás poniendo en
aprietos. Solo estoy en un punto de mi vida donde me preocupa que mi
corazón sea una brújula rota, si eso tiene sentido.
―Tres divorcios, señorita Astrid. Claro que tiene sentido. ―Pincha los
bordes de la masa rápidamente, creando los bordes más hermosos alrededor
del molde para pastel―, pero aquí está la cosa. He llegado a creer que la
brújula de tu corazón no puede estar rota. Sigue intentando llevarte al norte.
Lo que te confunde es cuando dejas que tu cerebro y tus hormonas se metan
en la mezcla. Pueden sabotear incluso los corazones más fuertes.
Tomo un bocado de huevos y luego me recuesto con mi café. Observo a
Cathy llenar la cáscara del pastel con un relleno de manzana, dejando que
mi mente masajee la lección que compartió conmigo. No está equivocada.
Tiene perfecto sentido que naturalmente seríamos guiados hacia nuestra
persona porque el universo tiene una forma de unir las cosas con algún
poder místico y magnético que no entiendo. Lo veo todo el tiempo. Queso
cottage y melocotones, imbéciles y política, gatos y laptops. Mira a un niño
pequeño y un charco de lodo, y el punto está probado.
Si su teoría es correcta y mi brújula del corazón funciona bien, ¿a dónde
me llevaría si pudiera sacar mi cerebro y hormonas de esto?
―¿Qué me puedes contar sobre Gray? ―pregunto, colocando mi taza de
nuevo en la mesa―. ¿Tienes alguna idea que quieras compartir conmigo?
Cathy ríe.
―¿Cuánto tiempo tienes? ―Abre el horno y coloca su pastel en la rejilla
del medio―. Creo que lo más importante es recordar que puede parecer un
dios griego, pero es solo un ser mortal como el resto de nosotros. Ese chico
tiene un corazón tan bueno, a veces en su propio detrimento.
Toma una toalla de al lado del fregadero y comienza a limpiar su
desastre.
Tomo un bocado de pan tostado, reflexionando sobre su observación.
Parece conocer a Gray en un nivel orgánico y personal, así que sus
opiniones sobre él tienen peso. Si piensa que tiene un buen corazón, eso
significa algo, pero, ¿qué quiere decir cuando dice que a veces es en su
propio detrimento? No puedo evitar preguntarme si eso no tiene que ver
con su tiempo en Denver. No he logrado entender por qué esa versión de
Gray -la que apareció en Nashville-, es tan diferente de la que he llegado a
conocer, y tampoco puedo evitar preguntarme si está relacionado con su
relación con Caroline.
Mi estómago se tensa al pensar en la mujer de la foto.
Odio no saber nada de ella, principalmente porque no parece ser solo otra
ex que le rompió el corazón. Parece que guarda un pedazo del pasado de
Gray que él no está listo para compartir… ni para soltar. No me debe nada,
mucho menos una explicación sobre sus relaciones anteriores, pero me hace
sentir de cierta manera saber que me resultó tan fácil hablar de mis
momentos dolorosos con Trace, mientras que Gray mantiene su pasado con
Caroline bajo llave.
Si supiera qué pasó entre ellos, creo que entendería mucho mejor cómo
funciona Gray Adler por dentro. No sé por qué importa, porque no es que
Gray y yo seamos pareja. Solo tuvimos sexo unas cuantas veces este fin de
semana, y estoy segura de que él querrá volver a su vida normal cuando
regresemos a la ciudad, pero ¿y si…?
¿Y si me atreviera a creer que podría haber un mundo donde Gray y yo
tuviéramos una conexión real? ¿Y si fuera lo suficientemente valiente como
para dejar de lado mi cabeza y mis hormonas y ver a dónde nos lleva esto?
¿Me llevaría a Gray, o estoy tan desesperada porque un hombre sea amable
conmigo que estoy siendo poco realista?
―Gray no ha traído a una mujer al rancho desde la preparatoria ―dice
Cathy―. Puedes imaginarte mi sorpresa cuando lo vi esta mañana y
descubrí que te trajo contigo.
Vuelvo a tomar mi tenedor.
―Seguro fue una sorpresa, ¿verdad?
Ella sonríe por encima del hombro.
―Así es, pero ahora que hemos charlado unos minutos y te he conocido
un poco, también es una alegría. Su mamá te habría adorado, Astrid, y eso
llena de felicidad el corazón de esta vieja.
¿Eh? Sacudo la cabeza, segura de que he escuchado mal. Dejo el tenedor
antes de que se me caiga y haga ruido al golpear el suelo.
―Eso es… muy amable de tu parte ―le digo, preguntándome si debería
aclarar que Gray y yo no estamos juntos-juntos.
―Supongo que sabes qué pasó con sus papás ―dice, con tono sombrío.
―Sí. Gray me contó que murieron en un tornado.
Ella asiente, dándose la vuelta para mirarme. Las patas de gallo arrugan
las esquinas de sus ojos, y las líneas curvan su boca, pero sus ojos,
brillantes y azules, son tan claros como las aguas del Caribe.
―Cuando te dije que el corazón de Gray puede ser su perdición, lo que
quise decir es que se pone mucha presión a sí mismo. A veces eso lo lleva a
cargar con culpas innecesarias. Eso es una parte importante para entender
quién es él.
Dejo de escuchar el leve tintineo que viene de afuera y el zumbido del
horno. Mi respiración se profundiza, abriéndose paso a través de la
constricción en mi garganta. El ambiente ha pasado de ligero y divertido a
algo más pesado, algo mucho más real. Mi instinto me dice que escuche…
y que tome nota.
―¿Por qué lo dices? ―pregunto, con la voz controlada.
―Bueno ―dice, secándose las manos con un trapo―. Gray debía
reunirse con su papá en Omaha el fin de semana que ocurrió el tornado.
Ronnie, el papá de Gray, tenía que recoger un caballo de un amigo ese
domingo. A última hora, Gray canceló, así que Anne, su mamá, fue con
Ronnie.
No. Pongo una mano en mi pecho, sintiendo cómo tiembla con cada
respiro.
―Esa culpa no es suya para cargar ―dice Cathy―, y sé que si Ronnie y
Anne estuvieran aquí, estarían muy molestos con él por sentirse así. Le ha
robado mucha alegría a su vida. ―Una sonrisa lenta toca sus labios―, pero
por eso sé que te adorarían. Esta mañana, Gray estaba más feliz de lo que lo
he visto desde antes de que ellos murieran.
Agarro el borde de la mesa mientras sus palabras golpean mi corazón.
Esta mujer conoce a Gray de pies a cabeza, y cree que está más feliz de lo
que lo ha visto en años… ¿por mí?
Antes de que pueda procesar su comentario, la puerta del cuarto de
lavado se abre y los chicos entran ruidosamente. Charlan entre ellos como
viejos amigos. Ver a Gray tan relajado me hace sonreír. También me hace
preguntarme si Cathy tiene razón. Tal vez es estar en casa lo que lo hace
feliz, y no yo.
―Ahí viene un montón de problemas ―dice Cathy.
―Aprendimos de la mejor. ―Jasper le da un beso en la mejilla a
Cathy―. ¿Eso es un pastel de manzana?
Ella le da un golpecito en la nariz.
―Lo es, y si regresas para la cena, puedes tomar un pedazo.
―Más le vale estar aquí ayudándome con la cerca ―dice Hartley,
abriendo el refrigerador y lanzando a cada uno una botella de agua―.
Especialmente porque Gray tiene que irse.
Mi mirada se desliza hacia él. Su camisa está colgada sobre su hombro, y
hay manchas de tierra en su piel sudorosa. Es un anuncio de la vida real
para camionetas o equipo de construcción, y de repente entiendo la
atracción por un hombre de clase trabajadora.
―¿Estás lista para regresar a Nashville? ―me pregunta.
―Claro, sí. ―Le sonrío―. Estoy lista cuando tú lo estés.
―Voy a darme una ducha y luego podemos tomar la carretera.
―Estaré lista.
Pasa por detrás de mí camino a la ducha, deslizando un dedo por la parte
trasera de mi cuello. Evito el contacto visual con todos en la habitación
mientras lucho contra una ráfaga de piel de gallina que se extiende por mi
piel. No sé si estoy adicta a su toque o si ya estoy condicionada a asociarlo
con orgasmos que sacuden la tierra, pero mientras lo veo caminar por el
pasillo, lo único que pienso es que estoy jodida… y no de la manera que me
gustaría en este momento.
27
Astrid
―No hemos estado aquí en una eternidad ―dice Audrey mientras
Chessie, nuestra mesera, nos lleva a una mesa redonda en la esquina del
restaurante―. Ni siquiera recuerdo qué pido.
―Tienen ensaladas buenísimas ―dice Gianna, tomando asiento entre
Audrey y yo.
Rhubarb, el pequeño lugar que encontramos por casualidad hace unos
años, es uno de nuestros favoritos. Solía estar en nuestra rotación constante,
pero por alguna razón dejó de estarlo el otoño pasado. Ninguna de nosotras
recuerda por qué.
Dejo mi bolso en la silla vacía a mi lado, absorbiendo el ambiente cálido
y acogedor. Los dueños, Marcie y Geoff, nos contaron que el nombre
Rhubarb vino del color de pintura que eligieron para el interior. Marcie
estaba decidida a usar un tono rojizo-rosado llamado rhubarb y eso se
convirtió en todo el tema del lugar. Luego Geoff se puso a hablar de un
estudio científico sobre por qué eligieron el mostaza como color de acento,
y cómo los restaurantes suelen usar esquemas naranjas porque activan algo
en tu cerebro y te dan hambre.
Podría haber vivido el resto de mi vida sin saber eso.
Chessie coloca tres menús en la mesa.
―¿Puedo traerles algo de tomar y un aperitivo para empezar?
―Sangría para mí ―dice Gianna.
―¿Sabes qué? Yo quiero una limonada de fresa ―digo.
―Ooh, yo también quiero una limonada de fresa ―dice Audrey―, y
nada de aperitivo, gracias.
Chessie anota en su libreta y promete regresar pronto con nuestras
bebidas.
―No recibí el memo de que no íbamos a pedir alcohol ―dice Gianna,
entregándonos un menú a cada una―. Pensé que esta noche estábamos
celebrando.
Audrey toma la hoja plastificada de Gianna.
―Bueno, como no nos has dado muchos detalles hasta ahora, tal vez fue
algo asqueroso y no hay nada que celebrar.
―Vamos ―dice Gianna, resoplando―. Has visto al hombre. Si hay algo
asqueroso en él, dejaré de pintarme las uñas de azul… y sabes cuánto amo
eso.
El menú es familiar, con los mismos platillos que el año pasado, y reviso
la lista buscando mis favoritos. Mientras miro el sándwich de cerdo
deshebrado e intento recordar si es libre de cacahuates, una sonrisa se
desliza por mi rostro.
―Tienes dos opciones. Encontré un dulce de Rice Krispies y una barra
de chocolate. Ninguno dice que tenga cacahuates, pero… ¿cómo saberlo?
¿Confiamos en estas empresas?
―¿Ves a lo que me refiero? ―suspira Gianna―. Definitivamente
estamos celebrando.
Bajo el menú y me doy cuenta de que mis amigas me estaban
observando. Muy poco se les escapa, y mi sonrisa definitivamente no lo
hizo. Gianna arquea una ceja, y Audrey muerde su labio inferior, luciendo
como si estuviera a punto de saltar de su silla y bailar de felicidad.
Dios, las amo.
―Fue un diez de diez ―digo, incapaz de evitar sonreír―. Altamente
recomendable.
Gianna y Audrey ríen, claramente felices por mí.
―Sé que quieren detalles, pero ni siquiera sé por dónde empezar
―digo―. Es lo más inesperado que me ha pasado… repetidamente.
Mis muslos se aprietan al pensar en todos esos momentos repetidos. La
caja de la camioneta, el suelo, la ducha. La cama, y desde que regresamos a
la ciudad, podemos añadir el mostrador de la cocina de Gray, el sofá, mi
cama y encima de mi lavadora en el ciclo de centrifugado.
Qué tiempos para estar viva.
―Repetidamente ―dice Gianna, con los ojos brillando―. Bien por ti,
Gray.
Chessie nos trae las bebidas y pedimos rápido. Audrey, por supuesto, pide
lo mismo que una de nosotras en lugar de decidir por sí misma. Apenas está
fuera de nuestro alcance cuando Gianna ya me está lanzando preguntas.
―Entonces, ¿en qué punto están las cosas? ―pregunta Gianna―.
¿Somos amigos con derechos? ¿Enemigos con derechos? ―Agita un dedo
hacia mí―. He tenido de esos antes y, déjame decirte, fue de los mejores
sexos de mi vida.
Tomo un sorbo de mi limonada, usando la acción para ganar algo de
tiempo. Sabía que esta pregunta vendría y he estado pensando cómo
responderla en los últimos días. Desafortunadamente, no encontré una
respuesta, y eso me ha dejado en un lugar de incertidumbre, y la
incertidumbre no es algo que maneje bien.
―Honestamente, no sé en qué punto están las cosas entre Gray y yo, y
me da miedo pensar demasiado en eso ―digo―. Es una locura pensar que
estoy en esta posición con él, considerando que lo odiaba cuando lo conocí,
y ahora, unas semanas después, estoy tratando de decidir si nuestra semana
de tener sexo en cada superficie que se me ocurre significa algo más que
nos gusta coger.
Saco mi celular de mi bolso y veo un número desconocido en la pantalla.
Quien sea, va directo al buzón de voz.
―¿Dónde esperas que estén las cosas? ―pregunta Audrey, mucho más
suavemente que Gianna.
Me encojo de hombros.
―No lo sé. No es que me propusiera salir con este tipo. No lo conocí en
una app ni en un bar y decidí que, de hecho, iba a tener una relación con él.
Solo pasó. Es divertido por ahora, muy divertido, de hecho, pero no tengo
idea de cómo ve él las cosas. ¿Cree que podría haber algo entre nosotros?
¿Solo está jugando conmigo mientras está atrapado en Nashville y espera
que yo lo entienda? ―Frunzo el ceño―. No quiero hacerme ilusiones.
Audrey juega con la perla de su collar.
―Está bien tener esperanza. Si no tienes esperanza en la vida, no tienes
nada.
Gianna pone los ojos en blanco.
―Qué dulce, pero déjame ser la voz de la razón y señalar que esto se ha
transformado bastante rápido.
Audrey levanta una mano.
―Admito que no tengo tanta experiencia como cualquiera de ustedes,
especialmente nuestra amiga Gianna, pero creo que tengo un punto válido.
―Se aclara la garganta, sentándose un poco más derecha en su silla―. Creo
que habla por sí mismo que hayas podido llevar esta relación, aunque sea
rápido, de odiarlo a dejarlo entrar en tus entrañas.
Mi mandíbula se cae.
―Audrey Maria Van! ―dice Gianna, jadeando―. ¿Qué salió de tu boca?
Me cubro la boca, riendo con ellas. La cara de Audrey está tan roja como
las paredes de Rhubarb, y Gianna es una mezcla hilarante de sorpresa y
orgullo. No puedo creer que haya dicho algo subido de tono, pero,
considerando que pasa mucho tiempo con Gianna, es sorprendente que le
haya tomado tanto tiempo dejar atrás un poco sus tendencias de niña buena.
―¿Podemos volver al punto que intentabas hacer, Auddie? ―pregunto,
dándole una salida.
―Claro ―dice rápidamente―. Intentaba decir que ha sido una
progresión natural de enemigos a semi-amigos a amantes, y hay algo
hermoso y natural en eso. No es que lo conociste, cediste a la lujuria y
luego tuviste que retroceder para descubrir todas las partes malas del tipo
para enamorarte de él. Empezaste con lo malo y luego llegaste a lo bueno.
―No estoy enamorada de él ―digo, levantando una ceja.
―Y saquemos amor de nuestro vocabulario ―dice Gianna―. Suena tan
a misionero de dos minutos para mí, y puedo garantizar que Gray Adler no
es eso.
Sonrío.
―No, no, no lo es.
Audrey suspira, frustrada con nosotras, pero eso es normal.
―Solo digo que confías en él, Astrid, porque no habrías dejado que
llegara tan lejos si no lo hicieras, y viniendo de ti, creo que eso dice mucho.
Chessie se acerca con nuestros platillos. Las ensaladas son hermosas, con
lechuga y espinaca frescas, pollo perfectamente asado y crutones caseros.
Nos lanzamos a comer en cuanto se va.
―¿Qué quieres que pase con Gray, Astrid? ―pregunta Audrey―. En un
mundo perfecto, ¿hacia dónde ves esto?
Pincho un trozo de pollo y me lo meto en la boca. Es de mala educación
hablar con la boca llena.
Su pregunta asume que tengo algo que decir sobre lo que pasa entre Gray
y yo. Y, hasta cierto punto, lo tengo, pero si él quiere cerrar la puerta y
marcharse, no lo tengo. Me da miedo que me cierren la puerta en la cara.
Otra vez.
Pero esto es lo que me ha mantenido despierta todas las noches esta
semana. Es imposible no preguntarse si vernos casi todas las noches y
mandarnos mensajes todo el día significa que vamos en cierta dirección.
Las selfies y los mensajes rápidos entre recados o prácticas se sienten más
que solo dos amigos. No le envío mensajes a Gianna y Audrey como lo
hago con Gray.
Mi celular se ilumina, y miro hacia abajo y veo el nombre de Gray con un
pequeño emoji de bota vaquera al lado. Lo tomo, abriendo la app con
mariposas en el estómago.
Gray : Ganamos. Un montón de chicos salieron golpeados, así que
tenemos domingo y lunes libres para descansar.
Yo: ¿Todos están bien? ¿TÚ estás bien?
Gray : Estoy bien. Nadie está gravemente herido. Es solo la última
etapa de la temporada y todos están cansados, y el daño empieza a
acumularse.
Yo: ¿Necesitas un masaje?
Gray: Necesito algo, pero no sé si un masaje es eso.

Mis dedos vuelan por las teclas.

Yo: Me ofrezco como voluntaria.


Gray : Jaja. Estamos de camino a casa, pero será tarde cuando
lleguemos. ¿Quieres venir mañana?
Yo: Tengo que revisar un lugar para Renn mañana a las diez de la
mañana. No debería tomar más de una hora porque ya revisé las opciones
de catering y el protocolo de seguridad. Puedo estar en tu casa para la una.
Gray : No puedo esperar.
Yo: Igual.

Levanto la mirada hacia mis amigas. Me están observando, divertidas.


―¿Qué?
―Conozco esa mirada ―dice Gianna, metiendo un crutón en su boca―.
Estabas organizando una cita para follar.
―No ganas puntos extra por saber eso, porque hasta yo pude descifrarlo
―dice Audrey.
Qué bueno saber que estoy transmitiendo mis asuntos por toda mi cara.
Gianna suspira, tomando su tenedor.
―Es solo raro que seas tú y no yo. No me malinterpretes, estoy feliz por
ti. Emocionada, de verdad. Quiero que seas la pelirroja más feliz de todo el
mundo, pero mi vida está aburrida en este momento y estoy celosa.
―¿Qué pasa en el trabajo? ―pregunta Audrey―. Seguro que no está
aburrido.
―No, aburrido no ―dice Gianna―, pero no emocionante de una buena
manera. ¿Recuerdan al tipo que vi el fin de semana pasado?
―¿El que se estaba acostando con la esposa de otro? ―pregunto,
vertiendo mi vinagreta en la ensalada.
Ella asiente.
―Así es. Él. Bueno, dejé claro que no éramos compatibles y le dije,
amablemente, por supuesto, que siguiera su camino. Me ha llamado,
enviado mensajes y correos todos los días. Lo he bloqueado en todo lo que
puedo bloquear, pero ahora está creando cuentas falsas en redes sociales
para contactarme.
―¿Estás segura? ―pregunta Audrey, preocupada.
―Sí, no me gusta cómo suena esto ―digo, intercambiando una mirada
preocupada con Audrey.
―Está bien. Ayer lo amenacé con una orden de restricción y no he sabido
de él desde entonces. Hablando de correos ―dice Gianna―. ¿Recibiste el
mío sobre la extensión para la respuesta de tu columna, Astrid?
Asiento, intentando pinchar un crutón.
―Sip. He estado trabajando en eso, pero no me apuraré hasta que me
digas cuándo lo necesitas.
―Perfecto.
Chessie pasa y deja la cuenta. La deslizo junto a mi plato para
asegurarme de que mis amigas me dejen pagar. No solo es mi turno, sino
que ahora estoy ganando el doble de ingresos gracias a Renn. Si Joe sale
adelante por mí, mi vida financiera podría ser rescatable.
Y, si las estrellas se alinean, mi vida personal también podría serlo.
―Adivina a quién conocí en Sugar Creek, Audrey ―pregunto.
Ella levanta una ceja, tomando un sorbo de su limonada.
―A un luchador. Es amigo de Gray. Brooks algo.
―Tendré que preguntarle a Drew si lo conoce ―dice ella―. Hablando
de eso, he decidido que no quiero esperar hasta el Cape para hacer mi
jugada con Seth. Voy a aparecer en Boston y pedirle que salgamos a cenar e
intentarlo. ¿Creen que es un mal plan?
Gianna se inclina hacia adelante y ríe.
―No, no es una mala idea. Es una gran idea.
―Y estamos aquí para apoyarte en cada paso ―digo―. Dinos cuándo
nos necesitas y te ayudaremos a elegir ropa, iremos contigo a hacerte las
uñas, lo que necesites.
Audrey se sienta más derecha, su sonrisa tocando las esquinas de sus
ojos.
―Gracias, chicas. Las quiero mucho.
―Te queremos, Auddie ―decimos Gianna y yo.
Me recuesto con mi limonada y escucho a mis amigas discutir si Audrey
necesita ir de compras antes de su gran fin de semana en Cape Cod. Eso me
hace sonreír. Hemos estado ahí la una para la otra en las buenas y en las
malas. Nos hemos animado, consolado cuando hemos llorado y compartido
más risas de las que podría contar. Son un truco para la vida.
Por un tiempo, realmente creí que si tuviera que sobrevivir el resto de mi
vida solo con Gianna y Audrey, podría ser feliz, y todavía lo creo
firmemente. Son las mejores amigas.
Pero si algo me ha mostrado este fin de semana, es que amo estar con
alguien que está ahí para mí de maneras que ellas no pueden, maneras que
no me di cuenta eran tan importantes. Alguien que pueda protegerme del
mundo cuando lo necesito, incluso si no lo admito. Alguien con el corazón
más grande, que se preocupa por mí en los detalles más pequeños e íntimos,
y que da orgasmos increíbles. Nunca subestimemos el poder del gran O. No
me di cuenta de cuánto lo necesitaba hasta Gray.
La presencia de Gray en mi vida aporta un nivel completamente nuevo de
plenitud. No entendía cómo se sentía tener a alguien que quiera conocerte,
hacer preguntas y ser lo suficientemente paciente para escuchar las
respuestas. Estar en sus brazos, en su esfera, colorea mi mundo de manera
diferente… y a veces mis rodillas, pechos y labios.
Me sonrojo y vuelvo a mi ensalada mientras Gianna empieza una de sus
famosas historias del trabajo.
Tal vez Audrey tenga razón. Tal vez está bien esperar algo más, y si no lo
está, podría estar jodida.
28
Gray
―No está mal, Adler. No está mal ―digo, dando un giro completo entre
mi sala y la cocina.
Me costó trabajo levantarme y moverme esta mañana. Todo mi cuerpo
está adolorido por el partido de ayer, un encuentro brutal contra nuestros
rivales de división. Ridge nos salvó al final y nos llevó a la victoria, pero
todos estamos pagando el precio por la intensidad del juego hoy.
Eso no ha detenido, sin embargo, a Nico y Ridge de hacer explotar el chat
grupal. Es tan molesto que incluso yo he tenido suficiente. Lo abandoné
anoche, pero me volvieron a añadir esta mañana cuando desperté. Idiotas.
Recojo el montón de cables de carga de la isla de la cocina y los guardo
en un cajón. No está tan organizado como lo tendría Astrid, pero al menos
no están a la vista. Si los dejo fuera, o si hay algo fuera de lugar, ella se
estresará cuando llegue y empezará a intentar arreglarlo… y no está aquí
para eso.
Está aquí para relajarse conmigo.
Solo pensar en ella es como tomar un shot de felicidad, lo cual es
gracioso considerando que no estaba nada feliz cuando la conocí, pero
ahora que la conozco mejor, no puedo escuchar su nombre sin sonreír. Es
una fuerza de la naturaleza, capaz de cualquier cosa, y estoy asombrado de
lo que puede manejar y lograr en un solo día. Yo nunca podría acercarme a
eso.
Pero, de alguna manera, me deja acercarme a ella.
―Astrid, ¿qué estamos haciendo? ―Paso una mano por mi cabeza
mientras el ritmo de mi corazón cambia. Late más fuerte y rápido, cada
pulso es tanto una advertencia como un deseo. No sé cuál es el mayor
problema.
No hay forma de saber a dónde irá esto con Astrid. Demonios, ni siquiera
estoy seguro de cómo se siente ella respecto a mí, pero cuanto más tiempo
pasamos juntos, más sé que quiero que esto vaya a algún lado, y menos me
importa qué tan rápido está yendo. No hay un escenario que pueda imaginar
donde ella no encaje en mi vida. Se siente como si ella estuviera destinada a
estar en mis brazos, en mis negocios, en mi pueblo natal.
Es aterrador, pero también es correcto, y si eso es cierto, ya sea ahora o
después, debo estar preparado en todos los sentidos para ser el hombre que
ella merece.
No importa cuánto duela.
¡Toc! ¡Toc!
―Pasa ―digo, con la voz rasposa mientras miro hacia la puerta.
Astrid cruza el umbral, regalándome una sonrisa grande y brillante
mientras cierra la puerta detrás de ella.
―¿Cómo estuvo tu mañana? ―pregunto, envolviéndola en mis brazos.
Ella hunde su rostro en mi pecho y se relaja contra mí―. ¿Revisaste el
lugar?
Ella asiente, sin hacer esfuerzo por apartarse. Así que me quedo en mi
lugar y la abrazo hasta que esté lista.
―Fue perfecto. ―Besa mi pecho y luego se echa hacia atrás―. Renn
quería encontrar el lugar perfecto para la fiesta de cumpleaños de Blakely, y
lo encontré hoy. Es hermoso e íntimo, pero puede acomodar a todas las
personas que quiere invitar. Creo. Espero. ―Hace una mueca―. Es
perfecto. Tengo que dejar de sobrepensarlo.
―Bueno, tú te ves hermosa aunque seas una sobrepensadora.
Ella sonríe.
―¿Cómo te sientes hoy? ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Cómo puedo
ayudarte?
―Puedes venir al sofá y ver una película conmigo.
―No veo cómo eso te va a ayudar ―dice, escéptica.
―¿Qué tal esto? ¿Cómo puedo ayudarte a ti hoy?
Sus manos van a sus caderas.
―Soy tu asistente. Es mi trabajo ayudarte.
Río, sabiendo que no servirá de nada discutir con ella, no cuando tiene
esa mirada en los ojos, pero lo intento de todos modos.
―¿Te das cuenta de que no cada vez que estamos juntos significa que
estamos trabajando, verdad? ―pregunto, tomando su mano y llevándola a
la sala―. No te pedí que vinieras como mi compañera de trabajo. Digo, si
quieres vestirte con una falda de secretaria o un traje de enfermera, eso es
otra historia. Eso lo acepto.
Astrid me golpea, riendo, mientras me siento y la jalo a mi regazo. Ella se
mueve, acomodándose contra mi pecho. Su trasero se frota contra mi polla,
pero no creo que sea intencional. Aunque eso no evita que se ponga dura.
―¿Tu partido salió bien ayer, verdad? ―pregunta, sosteniendo nuestras
manos entrelazadas en el aire―. Mira esto. Tienes tantos moretones.
―Viene con el territorio.
―¿Nunca te preocupa que te hagas daño permanente?
Respiro hondo.
―No. Realmente no. El rugby es relativamente seguro.
―Mi opinión profesional no está de acuerdo ―dice.
Río, envolviéndola con mis brazos y atrayéndola hacia mí.
―¿Tu opinión profesional, eh?
―Cuando sumas los años que trabajé para Renn y ahora contigo, he
estado en esta industria por un tiempo jodidamente largo. Creo que califico
como profesional, muchas gracias.
―Como quieras, cariño.
Ella se ríe.
―Fingiré que lo dijiste como un término cariñoso, para no tener que
darte una paliza.
Bien. Porque así lo dije.
Nos sentamos juntos en el silencio, su cabeza descansa entre mi clavícula
y mi mandíbula, con nuestros dedos entrelazándose perezosamente, como si
ninguno quisiera aferrarse demasiado o soltarse.
Mientras miro nuestros dedos moverse, me doy cuenta de que es una
metáfora de nosotros dos. No estamos realmente juntos, pero tampoco
estamos exactamente solteros, y tal vez no importe cuál sea nuestro estatus
oficial porque no cambia nada para mí. Voy a seguir con esto hasta ver a
dónde va. Puede que no nos conozcamos desde hace tanto, pero he perdido
demasiados años siendo infeliz. ¿Y esto? Esto es la puta felicidad.
Astrid suelta su mano de la mía y la deja caer en el sofá. Miro cómo se
desliza hacia el cojín y siento que mi corazón va con ella. Entonces me
golpea.
Si tengo alguna posibilidad de sostener su mano, primero debo
asegurarme de que la mía esté vacía.
No hay forma de evitarlo.
―Recibí un correo de Joe hoy ―dice ella―. Bueno, fue una copia de la
que le envió al abogado del arrendador.
―¿Ah, sí? ¿Qué decía?
―Bueno, no sé leer jerga legal, pero creo que decía algo así como jode y
verás qué pasa.
Río, mi pecho temblando.
―Sí, suena como un correo de Joe.
―Ruego a Dios que nunca reciba una. Me orinaría encima. ―Levanta la
cabeza y mira hacia la cocina―. Tu celular ha estado vibrando desde que
llegué. ¿Lo oyes o estoy alucinando?
―Es el maldito chat del equipo ―digo, sentándome también y
gruñendo―. La última vez que miré, ellos, o sea Nico y Ridge, estaban
intentando armar una lista de las cincuenta mejores películas deportivas de
todos los tiempos, y pensarías que están discutiendo algo que jodidamente
importa porque estos idiotas lo llevan al siguiente nivel.
Ella sacude la cabeza, divertida. Luego se levanta del sofá y prepara mi
tablero de ajedrez. Cada pieza hace un suave golpe al tomar su lugar. Hay
un ritmo, como un latido, que añade paz a la habitación.
―¿En qué piensas? ―pregunta.
Apoyo los codos en las rodillas.
―Estaba pensando en cómo podría acostumbrarme a esto. No digo nada
loco, solo que disfruto tenerte aquí. Jugando ajedrez contigo. Saliendo a
comer. ―Hago una pausa, sonriendo―. Follando.
Ella se ríe, moviéndose al otro lado de la mesa de café.
―Me alegra que añadieras eso al final porque empezaba a pensar que ya
no me querías.
―Imposible.
Su mirada cae al suelo antes de mirarme a través de sus pestañas gruesas.
La vulnerabilidad en ellas corta mi corazón.
―Yo también podría acostumbrarme a esto, sabes ―dice.
El aire entre nosotros crepita mientras ninguno dice una palabra. En lugar
de hablar, nos sentamos con nuestras confesiones, buscando en la mirada
del otro. Hay un leve nerviosismo en sus ojos, pero no puedo culparla por
eso. Esto me asusta como la mierda también.
―¿Ajedrez? ―pregunta.
―Claro.
―Bien. Temía que te acobardaras porque te gané la última vez.
―¿En serio? ―Hago una mueca, burlándome de ella―. No es como lo
recuerdo.
―Claro que no. A nadie le gusta recordar cuando lo vapulean.
Se pone de rodillas, con sus brazos apretando sus grandes tetas. Gracias a
su top escotado, tengo una vista clara de su pecho y eso envía una descarga
de energía directa a mi polla.
―¿Quieres apostar algo? ―pregunto, moviendo las cejas.
Ella resopla.
―Cuidado, amigo. Vas a perder.
―Ajedrez de striptease. Pierdes una pieza, pierdes una prenda. El
primero en quedarse desnudo le da sexo oral al otro.
―No sé si quiero ganar o perder ―dice, riendo―. Este es un juego
terrible.
―Supongo que esa es la parte buena de nuestra apuesta. Ambos ganamos
sin importar cómo termine.
Ella se lame los labios, sus ojos encendidos.
―Los perdedores primero.
Estudio el tablero, intentando recordar cómo jugó la última vez. No se me
ocurre nada más que cómo se verá montando mi polla en unos minutos.
Hago una mueca, ajustándome y luego moviendo un caballo.
A la mierda.
Astrid empuja un peón hacia adelante de inmediato. Muevo el mío para
que esté cara a cara con el suyo.
―Interesante elección ―dice, moviendo su caballo para proteger su
peón.
―Me gusta mantener las cosas divertidas. ―Uso mi alfil para atacar su
caballo―. Tu turno.
Ella se toma un momento para interpretar el tablero, decidiendo
finalmente no responder a mi jugada. En vez de eso, imita mi posición y
mueve su alfil.
―Ajá ―digo, tomando su caballo con entusiasmo―. Quítate la camisa,
cariño.
Ella despega la tela de su cuerpo y la pasa por encima de su cabeza,
dejando sus tetas desbordándose en un sostén negro tan fino que puedo
distinguir sus pezones erectos y sus areolas oscuras.
Mierda. Aspiro fuerte, atrapando su camisa cuando me la lanza. Mi
sangre está tan caliente que quema mis venas. Todo lo que pienso es en
poner mi boca en ella y enterrarme en su pequeño cuerpo.
―Quítate la camisa, Adler. ―Toma mi alfil con un peón exterior,
sacándolo del tablero y tarareando mientras lanzo mi camisa al suelo―.
Dios. Debería haber una regla de que no puedes usar camisa cuando
estamos solos.
―Prefiero que estés desnuda cuando estamos solos, así que podemos
llegar a un acuerdo.
―Tal vez podamos negociar algo.
Muevo un peón para atacar su alfil, pero veo mi error tan pronto como mi
mano suelta la pieza.
―Pantalones ―dice, tomando mi caballo con su alfil―. Quítatelos.
Deslizo mis shorts por mis piernas y los pateo cerca de mi camisa. Mi
polla se libera, ya dura e hinchada en anticipación a su apretado coño. Me
agarro desde la base, masturbándome de raíz a punta mientras veo sus ojos
agrandarse.
―Maldita sea ―dice, aspirando―. Podrías cobrar por eso.
―¿Por qué? ―pregunto, riendo.
―Solo por verte masturbarte. Recuerda, investigué mucho sobre formas
alternativas de ganar dinero. Puedes hacer una fortuna si tienes una polla
grande y algo de tiempo libre, o esa polla grande en tus manos.
Esta mujer.
―Supongo que es una fuente de ingresos viable cuando me retire del
rugby.
―Sí, no sé cómo me sentiría al respecto. Me temo que vería a alguien
hacer un comentario en un hilo en línea y tendría que pelear con ellas. ―Se
encoge de hombros, indefensa―. No puedo evitarlo. Soy como soy.
―Estoy honrado de que pelearías por mí.
Ella guiña un ojo.
―No dije por ti. Dije por tu polla.
―Gracias por la aclaración ―digo, sacudiendo la cabeza. Miro el tablero
y veo mi siguiente jugada―. Tu sostén es mío ―digo, tomando su alfil con
un peón del centro.
―Oh, no. Qué terrible ―dice con falso horror―. ¿Qué voy a hacer?
Se pone de pie lentamente, sus ojos pegados a los míos, y quita la fina
tela que cubre su pecho. Lo poco que el sostén le sostenía ya no está, y sus
tetas en forma de lágrima cuelgan perfectamente. Es un espectáculo para la
vista, la mujer más sexy que he visto nunca.
―¿Qué tan invertida estás en este juego? ―pregunto, sacando un condón
del bolsillo de mis shorts.
―Depende de mis otras opciones. ¿Quieres salir a correr? Jugaré ajedrez.
―Sonríe mientras rasgo el envoltorio del condón―. ¿Quieres que te
monte? ―Extiende sus manos y derriba el resto de las piezas de ajedrez, y
el sonido resuena por el departamento―. Juego terminado.
Gracias a Dios. Me pongo el condón, deseando tener el autocontrol para
esperar, pero no lo tengo. Necesito estar dentro de ella ahora.
Ella desliza sus shorts y ropa interior por sus caderas y se los quita.
―Estoy literalmente empapada. Mis muslos están pegajosos.
―Ven aquí.
Pasa por encima de sus prendas y se monta a horcajadas sobre mí en el
sofá. Deslizo mis dedos entre nosotros, cubriendo mi mano con su
excitación.
―Maldita sea ―siseo, tan duro que pienso que podría explotar.
Su mirada es hambrienta mientras se cierne sobre mi punta. Sus pechos
están en mi cara, lo suficientemente cerca para que los chupe. Eso me gana
un gemido dulce y lujurioso mientras se desliza sobre mi polla,
enterrándome hasta el fondo.
―Necesito un segundo ―dice, tragando con fuerza. Sus pestañas
revolotean mientras aspira y gime de nuevo.
Mis muslos se flexionan, temblando por la intensidad de su coño
envuelto a mi alrededor. Es tan apretada que apenas puedo respirar. Tan
hermosa que no puedo pensar. Tan perfecta que… estoy jodido.
―Eres un sueño, Astrid ―susurro, pasando mis palmas por sus tetas―.
Cada pedazo de ti es perfecto.
Sus músculos se tensan y su coño se contrae aún más. Gruño, bajando
mis manos a sus caderas y urgiéndola a moverse.
Lentamente, como si intentara torturarme, comienza a mover sus caderas
contra las mías.
―Este es mi favorito ―dice suavemente―. ¿Quieres saber por qué?
―¿Por qué?
―Porque me encanta verte deshacerte. Amo saber que tengo el poder de
hacerte sentir así.
Su mirada es amplia y clara, su honestidad pura y vulnerable. ¿Cómo
pensé alguna vez que esta mujer era solo una arpía?
El fin de semana, poniéndose de mi lado en lugar de caer en el encanto de
Brooks. La forma en que me miró en el rancho… como si siempre hubiera
sido parte de él. Su charla fácil con Hart.
Las palabras susurradas de Cathy cuando nos fuimos.
―Ella es la indicada, Gray. Tu mamá y tu papá la habrían amado. No la
dejes ir, pequeño.
Cathy tiene razón.
Ella es la indicada.
Solo no estoy seguro de qué hice para merecerla.
Presiono besos en su pecho, hombro y los recorro por su mandíbula.
Sosteniendo su rostro en mis manos, tomo su boca con la mía. Nos besamos
lentamente, deliberadamente, cada movimiento, cada roce de nuestras
lenguas nos acerca más al clímax… pero también más cerca el uno del otro.
Ella se echa hacia atrás, moviéndose más fuerte sobre mi polla. El ritmo
aumenta. Es urgente. Necesitado. Desesperado. Sus manos encuentran mis
hombros y sus uñas se clavan en ellos, aferrándose a mí mientras rebota en
mi polla.
Sus tetas se mueven en mi cara, mientras sus nalgas tiemblan en mis
manos.
Astrid gira sus caderas, levantándose y luego cayendo en una sucesión
suave y rápida que me vuelve loco.
―Eres tan jodidamente sexy ―digo, igualando sus embestidas.
―No puedo aguantar mucho más. Estoy tan cerca ―dice, jadeando por
aire. Sus movimientos se aceleran―. Voy a correrme.
Aprieto los dientes, conteniéndome todo lo que puedo. Su coño agarra mi
polla mientras los músculos comienzan a convulsionar a su alrededor.
―Mírame cuando te corras. Ojos en mí.
Ella chilla de nuevo, esta vez el sonido terminando en un gemido. Su
mirada encuentra la mía justo antes de que se deshaga.
―¡Mierda! ―grita.
Gruño, con mi cuerpo temblando mientras cede y libera su carga. Mis
dientes rechinan, la vena en mi sien pulsa… apenas puedo mantenerme
entero.
Mis manos encuentran sus caderas de nuevo y la guío de un lado a otro.
―No pares todavía. Mieeerda.
Astrid tiembla mientras exprime el resto de su orgasmo en mi polla, y yo
tiemblo violentamente mientras las últimas olas del mío chocan a través de
mí. Exhalo mientras ella colapsa en mi hombro, sus respiraciones agitadas
junto a las mías.
La envuelvo con mis brazos y dejo caer mi cabeza en el hueco de su
cuello, sintiendo cosas en lugares que han estado muertos por mucho
tiempo.
―Esto fue tan bueno ―dice, riendo―, pero necesito levantarme e ir al
baño.
―No fue bueno ―digo, ayudándola a levantarse―. Fue increíble.
Ella sonríe, riendo de nuevo mientras hace una rápida escapada al baño.
Suspiro, recostándome en el sofá por un momento y dejándome
reagrupar, pero mientras mi mirada recorre el departamento, se posa en la
bolsa que traje de casa de Hartley… y el sobre metido en el bolsillo frontal.
Sé lo que tengo que hacer… y que debo hacerlo ahora.
―Ella es la indicada, Gray. Tu mamá y tu papá la habrían amado. No la
dejes ir, pequeño.
―No lo haré, Cathy ―susurro―. No lo haré.
Lo que tengo que hacer primero no es por mí y Caroline.
Es por mí y Astrid.
29
Astrid
Canto a todo pulmón las últimas letras de una canción sobre Jack y
Diane, dejando que el viento revuelva mi cabello mientras me dirijo a casa
de Gray. The Swill está adelante a mi derecha, y reduzco la velocidad para
girar hacia el vecindario.
La mañana tardía es más que hermosa. El aire es cálido pero no sudoroso,
y el sol brilla pero no quema. Todos en la carretera parecen estar de buen
humor, dejando que otros se incorporen al tráfico y sin pasarse los
semáforos en rojo. No necesitaba todo eso para animarme hoy. Tengo un día
entero con Gray para esperar, ya que tiene el día libre.
―Auddie, no ―digo, riendo a través del Bluetooth―. No te preocupes.
Estoy segura de que Seth no ha respondido tu mensaje porque está ocupado.
Muchos atletas ni siquiera revisan sus mensajes en redes sociales porque
reciben cosas raras.
―¿Estás segura? Porque me preocupa haber hecho las cosas incómodas
entre nosotros y ahora nunca podré volver a poner un pie cerca de mi
hermano.
―Te prometo que no has hecho nada incómodo. Gianna y yo revisamos
tu mensaje anoche. Fue amigable, ligeramente coqueto, y te hizo sonar
como la doctora que eres. ―Hago una pausa para que eso cale―. Eres un
partidazo, amiga. Seth probablemente verá ese mensaje y se pondrá
nervioso él mismo porque los chicos no consiguen chicas como tú sin
intentarlo.
Ella suspira.
―Está bien. No estoy segura de creerte, pero gracias por mentirme de
todos modos.
―Cuando quieras, cuando quieras. ―Me quito los lentes de sol y los
lanzo al asiento del copiloto―. Estoy llegando a casa de Gray, así que me
voy. Si necesitas que te baje de una cornisa más tarde, llámame. Tendré el
celular cerca.
―Eres la mejor, Astrid. Te quiero.
―Adiós, Auddie.
―Adiós.
Cuelgo la llamada, estaciono en la acera y recojo mis cosas. Estoy en la
banqueta caminando hacia la casa de Gray en dos segundos.
Se siente como si estuviera flotando hacia su departamento, y la mierda
que normalmente me pesa y me hace arrastrarme por el día ha desaparecido.
Bueno, probablemente aún está ahí, pero apenas lo noto. Es difícil pensar en
tus problemas, en qué podría salir mal o en cuántas cosas tontas dijiste ese
día cuando alguien te está diciendo lo increíble que eres. Hablando de
mentirme de todos modos.
El anciano en el porche, al que veo cada vez que estoy aquí,
prácticamente todos los días, saca el puro de su boca y saluda con dos
dedos. Sonrío, devolviéndole el saludo.
Rodeo el edificio y subo al porche de Gray, pero me detengo
rápidamente. Los víveres de esta mañana están apilados por todo el porche.
¿Qué demonios? Paso por encima de la bolsa de frutas y toco el timbre de
Gray. Mientras espero a que responda, reviso las bolsas y encuentro que la
leche está tibia.
Mi estómago se tensa mientras vuelvo a tocar el timbre. Escucho con
atención, pero no oigo pasos. Nunca me hace esperar tanto.
Saco mi celular del bolsillo y marco su nombre. Responde al cuarto
timbre.
―Oye ―dice, con la voz inquietantemente baja.
―Oye. ¿Estás bien?
Hace una pausa.
―Sí. ¿Por qué?
―Bueno, estoy parada en tu porche para pasar el día contigo, sin ropa
interior, como prefieres, y tus víveres están apilados aquí afuera. ―Río―.
Temía que estuvieras ahí dentro muerto.
Esta pausa es dos segundos más larga de lo necesario para disparar una
sensación de pánico en mi estómago.
Trago con fuerza, cambiando mi peso de un pie al otro.
―¿Gray?
―Entonces, ¿supongo que no recibiste mi mensaje esta mañana, verdad?
Saco el celular de mi cara y abro los mensajes. No hay nada desde
anoche. ¿De qué está hablando?
―El último mensaje que me enviaste fue a las nueve, cuando me
preguntaste si llegué a casa, y dije que sí.
Él gruñe.
―Maldito Wi-Fi. ―Su suspiro está lleno de frustración, y el sonido me
dice que pronto me sentiré igual―. No quería preocuparte, pero tuve que
salir de la ciudad anoche tarde. Hay una emergencia.
―Dios. Lo siento. ―Mis ojos recorren el porche―. ¿Todo está bien?
¿Qué puedo hacer para ayudar?
―Estará bien. Lo prometo. Solo necesito estar… aquí para tomar un par
de decisiones, y luego estaré en casa esta noche tarde.
Mi cerebro repasa qué podría estar mal. ¿Es Hartley? ¿Brooks? ¿Jasper?
¿Le pasó algo a Cathy? Presiono una mano en mi corazón, como si la
presión pudiera evitar que se salga de mi pecho.
―Está bien ―digo, con los pensamientos revueltos―. Eh, ¿todos están
bien? ¿Hartley? ¿Cathy?
―Sip, Astrid. Todos están bien. ―Suspira de nuevo, y puedo escuchar el
agotamiento en su tono―. Mi vuelo llega tarde. Pasaré a verte cuando
llegue a casa, ¿de acuerdo?
¿Vuelo? Me enderezo un poco, añadiendo esa información a la mezcla.
No es que conozca a toda su familia, pero pensé que todos estaban en Sugar
Creek. Entonces, ¿a dónde demonios está volando?
―Te explicaré todo esta noche, cariño ―dice―, pero tengo que irme
ahora.
―¿Y los víveres?
―El código de la cerradura es cuatro-siete-ocho-seis-dos. Odio pedirte
que los guardes, pero no sabía que habías pedido cosas para mí.
Frunzo el ceño.
―Sí, solo pensé que, como íbamos a pasar todo el día juntos, podía
reabastecerte mientras estaba aquí, pero no te preocupes. Los organizaré.
¿Cuatro-siete-ocho-seis-dos?
―Sip. Te veré esta noche, ¿okey?
―Okey ―digo.
―¿Y Astrid?
―¿Sí?
Toma aire.
―Eres lo único que me hará pasar este día. Recuerda eso. Nos vemos
pronto.
Y la línea se corta.
―¿Qué demonios fue eso? ―Saco el celular de mi cara y miro la
pantalla. Llamada terminada.
Oof.
Meto el dispositivo en mi bolsillo y marco el código en la cerradura antes
de que lo olvide. Estoy operando en una neblina, mi cerebro ocupado
tratando de darle sentido a la emergencia de Gray.
La puerta hace clic al abrirse, y entro al departamento, dejándola
entreabierta con una bolsa de arroz. Nada de lo que acaba de decir tiene
sentido, pero sonaba agitado, y él no se agita a menudo. Así que lo que sea
que esté pasando debe haberlo tomado por sorpresa.
Pobre hombre.
Llevo las bolsas a la cocina y luego cierro la puerta con seguridad. El
departamento se siente diferente sin Gray aquí, pero aún lo amo. Tal vez
porque puedo vernos por todo el lugar. En la mesa de café jugando ajedrez,
comiendo tacos en la barra de la cocina… Gray llevándome por el pasillo a
la ducha después de que nuestra diversión se puso un poco desordenada en
el sofá.
Esa fue una gran noche.
Me giro para tomar un cartón de huevos cuando noto un sobre abierto en
el mostrador. Una extraña calma me invade mientras miro la carta como si
fuera a saltar por la habitación y morderme. Algo me dice que puede… y
que lo hará.
Un sobre está encima de la hoja de papel blanco y crujiente. Lo volteo en
mi mano y veo una dirección de remitente en Denver. Está dirigida
específicamente a Gray, pero no hay apellido en la dirección de retorno.
Mis manos tiemblan mientras lanzo el sobre a la barra y tomo el papel. Es
una sola hoja sin membrete ni logo, y las palabras están escritas a mano con
la letra de una mujer.
Me apoyo en el mostrador para sostenerme, sabiendo que no debería leer
esto, pero incapaz de no hacerlo.

Querido Gray, He comenzado esto varias veces en los últimos meses,


pero no puedo dar con la forma correcta. Hay mucho que decir, pero todo
es tan complicado y está lleno de dolor y pena, y lo último que deseo es
causarte más sufrimiento.

El papel tiembla mientras lo sostengo, luchando contra el nudo en mi


garganta para seguir respirando. No sé qué esperaba, pero seguro que no era
esto. ¿Qué está pasando?
Primero, y lo más importante, quiero agradecerte por pagar mis
servicios de rehabilitación durante los últimos dos años. Sé que fuiste tú. Lo
descubrí en los últimos meses. No puedo imaginar cómo encontraste el
dinero, Gray, y los sacrificios que has tenido que hacer para hacer esto por
mí. No hay suficientes palabras para agradecerte lo suficiente. Eres un
hombre increíble, pero eso ya lo sabíamos antes de que esto pasara.

Trago, la acción es caliente y casi dolorosa. Se siente como si estuviera


espiando en una habitación a la que no fui invitada, pero no puedo dejar de
leer.

Estuve muy enojada contigo por mucho tiempo. Culparte era más fácil
que culpar a mi hermana, y era más fácil que culpar al clima o al otro
conductor. Tú seguías vivo y respirando, y odiarte por el accidente me dio
un lugar donde poner mi pena, pero te vi en televisión una noche haciendo
una entrevista, y vi el dolor en tus ojos. Era el tipo de pena que aquellos
que la han experimentado pueden identificar. Me quedé en mi habitación de
hospital y lloré a mares, rezando por ti. Tú también estabas sufriendo todo
este tiempo, y en lugar de estar enojado con Caroline, estabas
descubriendo cómo cuidar de mí, su hermanita. Nunca me había sentido
tan baja y como una persona tan horrible.

Las lágrimas corren por mis mejillas, manchando mi camisa,


mezclándose con los mocos que salen de mi nariz. Apenas puedo distinguir
las palabras ya. Mi corazón duele por Gray, por quien sea que escribió esta
carta, por lo que sea que pasó. Algo horrible y trágico, pero, ¿qué?

Caroline te amaba, Gray. No sé cómo te sientes respecto a ella ahora, y


espero que esta carta no traiga recuerdos no deseados, pero quiero que
sepas que nada de esto fue tu culpa. Espero que no cargues con la culpa
por algo que no causaste. Eres un buen hombre, Gray Adler, y siempre te
apoyaré y estaré aquí si alguna vez quieres hablar.
De nuevo, gracias. Me has dado otra oportunidad en la vida, y nunca
podré pagarte. Tuve lo que espero sea mi última cirugía y dejaré el centro
de rehabilitación la próxima semana. Quiero dejar esto atrás, y para
hacerlo, tenía que aclarar las cosas. Con amor, Liza

Sollozo con un hipo, y el papel cae de mis dedos, uniéndose al resto del
desastre en el suelo.
30
Gray
―Señor, puede pasar a la habitación de la señorita Winter ―dice la
mujer detrás del mostrador de recepción.
Me pongo de pie, limpiando mis manos en mis jeans, y asiento.
―Gracias.
―De nada. Que tenga un buen día.
Pongo un pie delante del otro y sigo las señales hacia la habitación 656.
Cada paso se hace más difícil, y cada respiro es más complicado. Podría
estar caminando hacia mi muerte, y nadie sabría dónde buscarme.
Hasta que entré al edificio, estaba seguro de que tenía que hacer esto.
Moverme adelante con Astrid significaba encontrar un cierre para los
pecados de mi pasado. Si no, cargaría con este peso en nuestra relación, y
eso sería la epitome de arruinarla. No arruinaré a nadie más, excepto tal vez
a mí mismo.
Respiro hondo y lo suelto. Apartando todos los pensamientos de Astrid de
mi mente, toco la puerta de la habitación 656.
―Pasa ―dice la voz de Liza.
Dios, por favor, acompáñame. Toco el picaporte y entro.
Liza levanta la vista de un libro y sonríe como si esperara que fuera un
miembro del personal, pero cuando sus ojos se posan en los míos, todo
cambia.
―Oh, Gray.
―Oye.
Ella deja caer el libro, las lágrimas corren por su rostro, y solloza en sus
manos.
Mi corazón se rompe, sabiendo que hice esto, que soy responsable del
sufrimiento de esta mujer tanto tiempo después. Me siento al borde de la
cama y la envuelvo con mi brazo, atrayéndola a mi hombro. Su cabello
oscuro rebota mientras llora. Es del mismo color que el de Caroline. Me
congelo, mirando los mechones negros, y siento mi corazón pasar de
romperse a hacerse añicos.
No debería estar aquí. ¿Por qué hice esto?
Eres un maldito idiota, Adler.
Liza se echa hacia atrás, sus mejillas surcadas de rímel. Se limpia la cara
con el dorso de las manos y me mira como si fuera una aparición. Ojalá lo
fuera. Felizmente desaparecería de esta habitación y nunca volvería.
―No puedo creer que estés aquí ―dice, alcanzando un pañuelo.
―Somos dos.
Ella se ríe tristemente, secándose la cara. Se ve más vieja de lo que
recuerdo. Hay cicatrices en sus brazos y una en la parte superior de su
frente. Solo puedo imaginar las otras en su espalda y estómago… y en su
alma.
Las peores cicatrices siempre están escondidas.
―¿Cómo estás? ―pregunta suavemente―. ¿Estás bien? Te ves genial.
Me lamo los labios y miro al techo mientras la vergüenza y la culpa
amenazan con tirarme de la maldita cama. No es justo que esté aquí y me
vea genial, cuando Liza está sentada en una cama de rehabilitación después
de Dios sabe cuántas cirugías y Caroline está en una caja de madera a dos
metros bajo tierra. Me encantaría que alguien me explicara esa mierda.
―Si hace alguna diferencia, quiero que estés genial ―susurra.
Un líquido caliente se acumula en las esquinas de mis ojos y parpadeo tan
rápido como puedo. No me arriesgo a mirarla. Ni siquiera intento hablar.
Miro la pared como un maldito débil e intento no llorar.
―El accidente no fue tu culpa, y espero que lo sepas, Gray. No teníamos
por qué venir a Denver y tú nos lo dijiste, pero Caroline era demasiado terca
para escuchar y… ―Sus hombros suben y bajan―, y Dios tenía otro plan
para mi hermana mayor.
―¿Crees eso? ―pregunto, llevando su mirada a la mía―. ¿Crees que
murió porque Dios tenía otros planes para Caroline? ¿O crees que todo esto
podría haberse evitado si hubiera manejado mi trasero al aeropuerto y las
hubiera recogido a las dos en una maldita tormenta de nieve? Porque una de
esas cosas parece más plausible que la otra.
Ella se mueve en su cama, haciendo una mueca por el movimiento.
―Entonces, ¿has decidido que eres más inteligente que Dios ahora? Eso
no estaba en mi cartón de bingo para este año.
―Liza… ―Suspiro, poniéndome de pie. Necesito espacio, aire. Las
ventanas nunca se abren en estos lugares, pero me paro junto a una y miro
al otro lado del patio―. Lo siento.
―¿Por qué, Gray?
Cuando no respondo, ella suelta un suspiro que suena como si lo hubiera
retenido en su pecho desde el accidente. Es largo y frío, frustrado y enojado,
y listo para seguir adelante. Lo entiendo. Por eso estoy aquí también.
Si no fuera por Astrid, no habría tenido esta conversación con Liza.
Habría vivido con lo desconocido y la culpa por el resto de mi vida y estaría
satisfecho con el castigo, pero Astrid me hace querer más para mí mismo
para poder dárselo a ella.
Cuando miro sus hermosos ojos verdes y veo el dolor enterrado en ellos,
sé que puedo ayudar. Quiero hacerlo. A veces siento que es mi razón para
estar en esta tierra, pero no puedo hacerlo si esta parte de mi vida aún se
siente como una herida infectada que supura pus.
―¿Me aclararías algo? ―pregunta―. No es que importe ahora, pero es
algo que siempre me he preguntado.
La miro por encima del hombro.
―¿Caroline y tú estaban saliendo cuando llegamos esa noche?
―No importa.
Ella planta ambas manos en la sábana blanca y me mira fijamente.
―Importa para mí.
―No ―digo, paseando por la habitación―. Habíamos terminado. Yo
terminé con ella, para ser exacto, pero conoces a Caroline, peleaba con uñas
y dientes para conseguir lo que quería, y decía que me quería a mí. ―Pero
eso no era cierto. Tal vez en algún momento lo fue, pero no al final―. Le
dije que no viniera, y cuando llamó desde el aeropuerto, la envié al buzón
de voz. No tenía idea de que ustedes dos habían volado ni que iban a
manejar en una tormenta de nieve para llegar a mi casa.
Liza asiente, como si estuviera esperando que soltara una bomba que
sospecha está acechando detrás de escena. La miro, y nuestras miradas se
conectan. No tengo que decir nada.
Su rostro cae.
―Lo sabía.
―Estaba robándome dinero para comprar sus drogas ―digo, con la voz
hueca―, y si no dejaba efectivo por ahí y mantenía mis tarjetas conmigo,
empeñaba mis cosas. Robó el dinero de un compañero de equipo una vez
que fue a entrenar. Estaba fuera de control. ―Y casi arruinó mi carrera
después de que los rumores comenzaron a circular de que yo también era
adicto.
―Dios.
―La llevé a una rehabilitación. ¿Recuerdas ese viaje que hizo a Florida?
―Sip. Lo sabía.
―Hice todo lo que jodidamente pude, Liza… excepto que no te lo dije
―y quizá esa sea mi mayor falla de todas―. Cuando por fin terminé con
ella para siempre, le dije que iba a llamarte. Ella me prometió que te daría la
noticia porque se iba a mudar a tu casa. ¿Fue mentira? La mitad de las cosas
que decía eran mentira al final. ¿Fue más fácil creerle? ―Me encojo de
hombros―. Probablemente.
Ella alza la barbilla, con las lágrimas nublándole los ojos otra vez.
―¿Y debí haber confiado en mi intuición y presionarla para hablar de
eso? Absolutamente. Pero no lo hice. Caroline era tan buena haciéndote
creer cosas, y yo caí en la trampa.
Sí, lo sé. Así fue como caí con ella.
―Debí haber manejado las cosas mejor ―digo, tragando contra el nudo
en mi garganta―. Pude haberla ayudado más. Pude haber contestado esa
maldita llamada. Pero estaba siendo egoísta, como siempre, y…
―No. ―Me fulmina con la mirada―. No actúes como si fueras egoísta,
Gray Adler. ¿Cuánto dinero has pagado por mi cama en este centro de
rehabilitación?
Aparto la mirada, con la banda alrededor de mi pecho amenazando con
romperse.
―Dices que eres egoísta ―continúa―. Pero de alguna manera te
enteraste de que mi seguro negó la rehabilitación después de mi primera
cirugía, y creaste un fideicomiso ciego, y lo pagaste de forma anónima.
Durante dos años. ―Sacude la cabeza con incredulidad―. Yo jamás habría
podido costear la atención si no hubiera sido por ti. Puede que no hubiera
vuelto a caminar, o alimentarme sola, o cepillarme los dientes. Pero tú,
señor Egoísta, hiciste que eso sucediera para mí sin querer ningún crédito
por eso.
Vuelve a llorar, las lágrimas resbalan en riachuelos por sus mejillas. Yo
toso, conteniendo el llanto y las emociones que no quiero enfrentar ahora
mismo.
Jamás imaginé que esa sería su respuesta. Estaba seguro de que Liza me
odiaba por el accidente. Fui a verla al hospital una semana después del
choque y me gritó que me largara y que no volviera jamás. Así que no lo
hice. Pero quizá debí haberlo hecho.
―¿Por qué decidiste venir a verme? ―pregunta Liza.
Me meto las manos en los bolsillos.
―Me lo pediste, y pensé que era lo menos que podía hacer por ti.
―Hago una pausa, mordiéndome el labio inferior―. Y esperaba poder
encontrar algo de cierre. Estoy… estoy cansado, Liza.
Estoy cansado de pelear por mí mismo. Estoy cansado de sentirme tan
vacío, tan atado… y, sin embargo, tan completamente solo.
Ella abre los brazos y yo titubeo antes de sentarme otra vez en su cama y
dejar que me abrace. El contacto me rompe. Me cubro el rostro con la mano
y lloro en silencio, aliviado de haber encontrado un respiro del peso de la
culpa que me ha aplastado por tanto tiempo.
Puede que nunca consiga cerrar la herida por la muerte de mis padres,
pero eso es más fácil de interiorizar. Si mi padre no pudo sobrevivir, yo
tampoco habría hecho nada bueno. Solo habría muerto a su lado. Tal vez
eso habría salvado a mamá, pero ella nunca habría estado bien sin papá. Sé,
en lo más profundo de mi corazón, que mamá habría elegido irse tal como
lo hizo: en medio de la noche, en los brazos de papá.
―Lo siento ―digo, sorbiendo mientras me enderezo. Liza me ofrece un
pañuelo, y yo se lo tomo―. Siento que te fallé tanto a ti como a Caroline, y
lo siento.
Ella me da una palmadita en el hombro.
―Lamento no haber hablado contigo de esto antes. No fue justo dejar
que este dolor se quedara a pudrirse en tu alma tanto tiempo.
―Bueno, estabas un poco ocupada mientras reconstruían tu cuerpo
―digo, sonriendo con timidez.
―Oye, debería ser divertido pasar por un detector de metales si alguna
vez vuelo otra vez. ¿Te imaginas cómo se va a iluminar esa cosa?
Su sonrisa me hace soltar una risita… y quizá sea la primera risa real,
verdadera y libre desde el accidente.
―Así que dime, ¿cómo es tu vida? ―pregunta―. ¿Tienes esposa?
¿Hijos? Veo que sigues siendo toda una estrella del rugby.
Pongo los ojos en blanco, haciéndola reír.
―No hijos, no esposa. Pero hay una mujer con la que estoy en serio, y
esa es una de las razones por las que vine, si soy honesto contigo.
―¿Por qué?
―Necesitaba hacer las paces con esto. Esta mujer, se llama Astrid,
merece lo mejor de mí. Y creo que dejé de ser lo mejor de mí la noche en
que Caroline murió.
No fue solo que Caroline muriera, sino que también dejó un vacío del
tamaño de Caroline en la vida de Liza… quien también perdió sus sueños.
Y no he podido soltar esa culpa. Pero necesito hacerlo.
Es hora.
Ella se recuesta contra las almohadas, haciendo una mueca.
―De aquí en adelante, hagamos un acuerdo de no asignar culpas por el
accidente. Yo diré que fue Dios, y tú puedes decir que fue la nieve o lo que
sea que te haga feliz. Pero no fue mi culpa, ni tu culpa, ni su culpa. ¿Está
bien?
―Está bien ―respondo, inclinándome hacia adelante con torpeza. Es
como si de pronto me hubieran quitado un peso de la espalda, y ahora me
cuesta encontrar el equilibrio. Un mundo sin culparme por la muerte de
Caroline… ¿qué clase de mundo será ese?
Sonrío suavemente. Será un mundo con Astrid.
―Me has devuelto la vida ―digo con sinceridad, buscando los ojos de
Liza―. No tengo cómo agradecerte lo suficiente por eso.
―Y tú literalmente salvaste la mía.
Me pongo de pie, sintiéndome cien libras más liviano, y le sonrío a Liza
desde arriba.
―Si necesitas algo, llámame.
―Quedas oficialmente vetado de volver a ayudarme ―dice, riendo―. Ve
a cuidar de tu mujer. Mándame una tarjeta de Navidad si quieres, pero nada
más.
Me giro hacia la puerta con la barbilla inclinada hacia el pecho.
―¿Gray?
Con la mano en el picaporte, me giro hacia Liza. Ella me sonríe.
―Gracias por venir ―dice―. Lo necesitaba tanto como tú.
Asiento, le doy una última mirada y luego salgo por la puerta.
31
Gray
Mis faros iluminan la calle oscura y sin salida mientras avanzo
lentamente hacia la casa de Astrid. Me toma cada gramo de autocontrol no
pisar el acelerador y recorrer a toda velocidad los últimos metros hasta ella,
pero es tarde, la gente probablemente está durmiendo, y no puedo convertir
mi problema en el de alguien más... más de lo que ya lo he hecho.
El auto de Astrid está en la entrada junto a un pequeño cupé azul que no
había visto antes. ¿Quién demonios es ese?
Estaciono junto a la acera y prácticamente estoy fuera de la camioneta
antes de apagar el motor. Corro por el césped, vagamente consciente del
cansancio que se asienta en mis huesos, y golpeo suavemente con los
nudillos contra la puerta. Hay demasiada energía corriendo por mi cuerpo
como para quedarme quieto, demasiada anticipación por la conversación
que viene con Astrid, así que intento mirar por las ventanas en busca de
alguna señal de vida. Debería haberla llamado para avisarle que estaba
cerca, pero pensé que la dejaría dormir todo lo que pudiera.
―Vamos, cariño ―murmuro, golpeando de nuevo, un poco más fuerte
esta vez―. Por favor, abre la puerta.
Por fin, una luz se enciende en el pasillo y el pomo de la puerta gira.
Empiezo a dar un paso adelante, con el corazón en la garganta y las
palabras tocando mi lengua, pero retrocedo al darme cuenta de que no es
Astrid quien me recibe. Es la chica del táser.
―¿Qué haces aquí? ―pregunta, vestida con pantalones de pijama y una
camiseta sin mangas. Su cabello está despeinado y sus ojos somnolientos,
como si hubiera estado durmiendo.
―¿Está Astrid en casa? ―Entrecierro los ojos, deteniéndome―. Perdón,
¿cuál es tu nombre otra vez?
Ella suspira.
―Soy Gianna, y no vas a ver a Astrid esta noche, así que lárgate.
―Comienza a cerrar la puerta, pero la detengo con la mano.
―¿Disculpa? ―pregunto, retrocediendo―. ¿Qué quieres decir con que
no voy a ver a Astrid esta noche? Ella me está esperando. Le dije que
vendría cuando regresara a la ciudad.
―Bonita historia, amigo.
―Gianna, por favor ―digo, desconcertado por la mirada en sus ojos. He
pasado por demasiado hoy como para lidiar con ella―. Necesito hablar con
Astrid.
Ella mira por encima de su hombro y luego se gira hacia mí. Los
carámbanos que me lanza con la mirada matarían a un hombre menos
resistente.
―Te diré lo que necesitas, Gray, y es subirte a tu camioneta e irte a casa.
Acabo de lograr que Astrid se durmiera, lo cual no fue tarea fácil esta noche
porque la dejaste hecha un desastre. Finalmente está descansando, y no vas
a despertarla. Punto.
¿La dejé hecha un desastre? Me lamo los labios mientras mi mente da
vueltas. Sí, hablé rápido por teléfono y probablemente pudo parecer
sospechoso, pero ella debería saber que regresaría y lo explicaría...
¿verdad?
―¿Está enojada porque salí de la ciudad? ―pregunto.
―El hecho de que hagas esa pregunta es indicativo del problema.
―Levanta una ceja―. ¿Está enojada porque saliste de la ciudad? En teoría,
diría que no, pero cuando no se lo dices y te largas en medio de la noche, y
ella descubre por su cuenta que no estabas volando por una emergencia
como dijiste, sino que estabas encontrándote con una mujer llamada Liza en
Colorado... sí, Gray. Es un poco sospechoso. ―Su mandíbula se tensa―. Si
sabes algo sobre Astrid, puedes deducir por qué esto es un problema.
El porche se hunde bajo mis pies. Parpadeo una vez, luego dos,
intentando procesar lo que Gianna acaba de decir.
No hay manera de que alguien sepa a dónde fui hoy. No se lo dije a
nadie, ni a una sola alma. Entonces, ¿cómo sabe Astrid de Liza?
Trago saliva.
¿Qué más sabe?
Contengo una oleada de pánico e intento controlar mi respiración.
Ponerme frenético no le hará bien a nadie, mucho menos a mí. Oh, Dios. La
bilis sube por mi garganta mientras la gravedad de la situación me golpea.
Ella piensa que le estoy mintiendo. Piensa que hay otra mujer.
Probablemente piensa que he estado jugando con ella como todos los
hombres en su vida lo han hecho antes.
Voy a vomitar.
―Para acelerar esta conversación y sacarte de mi cara, te daré una pista,
ya que pareces... perplejo ―dice Gianna―. Dejaste una carta en la
encimera de tu cocina.
―Oh, mierda. ―Suelto un silbido, mi corazón late erráticamente.
Solo leí la carta de Liza dos veces, porque la primera vez me destrozó la
cabeza. Me costó todo no arrojar algo mientras la culpa me desgarraba de
nuevo, pero la segunda vez que la leí, vi... absolución. Aunque no fue
realmente así hasta que la vi, la paz de Liza ante su enorme pérdida rompió
algo en mí.
No estaba escribiendo un correo llena de culpa y malicia. Escribió un
correo para... liberarme.
Y aunque no puedo ver cómo Astrid pudo haber malinterpretado esas
palabras, seguían siendo palabras cálidas de otra mujer. Odio que Astrid
pensara que no era confiable, pero tampoco imaginé que ella leería algo
fuera de contexto.
―Ella no sabe lo que leyó. Por favor, Gianna, déjame verla. Déjame
explicarle.
―Si tuviera mi táser, te electrocutaría por diversión.
Gruño.
―No estoy de humor para tu humor negro.
―Pues yo no estoy de humor para ti. Así que lárgate, amigo.
―Solo necesito explicar... ¡Astrid!
Ella aparece en el pasillo detrás de su amiga, luciendo sorprendida de
verme. Sus ojos están hinchados y sus labios fruncidos. Ha estado llorando.
Mi hermosa chica está rota por mi culpa.
―Oye ―digo, esquivando a una Gianna infeliz―. Oye, cariño. Déjame
explicarte.
―¿Qué está pasando, Gray? ―pregunta Astrid, su voz amortiguada por
la emoción en su garganta. ¿Me escuchará? ¿O ya tomó una decisión?
Mierda. No. Esta mujer... no puedo perderla.
―¿Quieres que lo saque a patadas? ―Gianna cruza los brazos sobre el
pecho―. Dame la señal y lo mandaré de una patada a su camioneta.
La miro con furia.
―Para.
―No tienes derecho a venir aquí y...
Astrid se aclara la garganta. Gianna y yo nos giramos hacia ella a pesar
de la tensión que nos envuelve. Me preocupa un poco darle la espalda a
Gianna porque si me clavara un cuchillo, no me sorprendería. Y, de alguna
manera enferma, hasta podría respetarla por eso. Al menos uno de nosotros
está defendiendo a Astrid esta noche.
―Él ya está aquí ―dice Astrid, resignada―. Hablaré con él.
Gianna empuja la puerta para cerrarla, dejándola golpear contra el marco.
Me señala mientras camina hacia la habitación de invitados.
―No bromeo. Te cortaré el cuello y nadaré en tu sangre si la haces llorar
de nuevo. ¿No me crees? Pruébame. Conozco gente.
―Gracias, Gianna ―dice Astrid, su voz rasposa, pero hay un destello de
sonrisa que me da esperanza.
―Sigue con esa energía para la gente que es una amenaza real ―le grito
a Gianna.
Ella me hace un gesto obsceno.
―Camina con cuidado, idiota. ―Luego desaparece, perdiéndose al
doblar la esquina.
No pierdo tiempo en tomar a Astrid en mis brazos, presionando besos en
su cabeza. Dios, la he extrañado. Solo ha sido un día, y sin embargo estar
aquí se siente como... estar en casa. Al principio está rígida, con las manos
plantadas en mi pecho como si fuera a empujarme, pero poco a poco cede y
se derrumba contra mí.
Su espalda tiembla y puedo escuchar llantos suaves y amortiguados. El
sonido me atraviesa como un picahielo en el corazón. No sé cómo
arreglarlo, solo que debo hacerlo. Es mi responsabilidad, y no solo porque
yo lo causé.
Porque es mi chica.
―Oye ―digo, retrocediendo y tomando su rostro entre mis manos,
secando las lágrimas con mis pulgares―. ¿Estás bien?
La mirada en sus ojos no es la que estoy acostumbrado a ver estos días.
Es triste pero cautelosa... como si no confiara en mí.
―Tengo problemas de confianza. Supongo que ese es el meollo del
asunto. Cada vez que estoy en una relación, tengo que defenderme.
―Astrid, cariño, escúchame ―suplico―. Lo manejé todo mal. Nunca
debiste estar en esta posición, y eso es mi culpa, pero, te juro, no es como
piensas.
―Me dejaste entrar en una situación en la que tuve que cuestionar todo
lo que creía de ti, justo como todos los demás lo han hecho ―dice, su labio
inferior temblando―. Sin nota, sin conversación... bueno, había una nota.
Desafortunadamente, no era para mí. ―Suelta una risa falsa que se
convierte en un gemido.
Quiero besar su dolor. Quiero tomar el control de la conversación y
hacerla escucharme, pero eso no es lo que ella necesita. Necesita ser
escuchada. Necesita saber que valoro lo que tiene que decir, que sus
sentimientos me importan. No puedo simplemente barrerlos bajo la
alfombra y hacer que esto sea sobre mí... como todos los demás lo han
hecho antes.
―Tus compras estaban calientes en la entrada ―dice, apartando un
mechón de cabello pegado a las lágrimas en su mejilla―. ¿Qué se supone
que debía pensar? ¿Dónde estuviste hoy que fue tan importante que no
pudiste decírmelo? ¿Que me mentiste?
Tomo su mano y la llevo a su habitación. Cierro la puerta suavemente,
luego me siento junto a ella en el borde del colchón. Ella mantiene espacio
entre nosotros, y no invado ese espacio. Si necesita espacio, se lo daré. Le
daré cualquier cosa que quiera. Ya tiene mi corazón en sus manos. Todo lo
demás es irrelevante.
―Volé a Denver ―digo con cuidado.
―¿Por qué?
Respiro hondo, recordándome ir despacio. No puedo saltarme los detalles
porque piense que no importan. Importan para Astrid.
―Gianna dijo que viste una carta en mi departamento. Esa carta debió
ser muy confusa ―digo.
Una lágrima solitaria corre por su mejilla.
―Esto tiene que ver con Caroline, ¿verdad? La mujer cuya foto te enojó
tanto cuando la tomé, que renuncié a mi trabajo.
―Sí. Esto tiene que ver con Caroline.
Ella mira la pared, sorbiendo por la nariz.
―¿Qué le pasó? ¿Y por qué estabas pagando para que Liza estuviera en
un hospital? Pensé que ella era tu... que ustedes dos eran... ―Me mira, con
los ojos rojos―. Por eso el dinero del bono era tan importante para ti,
¿verdad?
Asiento.
Y aunque va a ser difícil, por primera vez en mucho tiempo, necesito ser
completamente honesto. No me quedaré callado como hice cuando los
rumores se esparcieron por el mundo sobre mí. No, con esta mujer, puedo
ser honesto. Lo demás no importa.
―Esto es muy confuso, Gray. He estado todo el día con esto, tratando de
armar las piezas de un rompecabezas sin tener la caja. No tengo ninguna
base para esto. No puedo entenderlo porque no sé quiénes son estas
personas, y me dejaste aquí pensando lo peor. ―Traga saliva―. Esa carta
fue aterradora. Fue desgarradora, no solo por Liza, sino por ti. Cuando
pensé en ti leyendo eso y cómo debió sentirse, solo quería abrazarte y
ayudarte, porque no pudo haber sido fácil, y luego darme cuenta de que ni
siquiera te molestaste en contarme nada... ―Sonríe con tristeza―. Se sintió
como si tuvieras una conexión con estas otras personas y yo tuviera que
quedarme en segundo plano. Como si solo estuvieras jugando conmigo.
Tiene razón. Por supuesto que tiene razón. Así debió interpretarlo porque
es la solución lógica.
Me paso una mano por la cabeza e intento concentrarme. Puedo
castigarme por esto después. Ahora no es el momento.
―Astrid, entiendo por qué pensaste eso ―digo, dejando caer las manos a
los costados―, y el hecho de que no te enojaste y, en vez de eso, te
preocupaste por mí y por Liza mientras lidias con tu propio dolor dice
mucho sobre ti, y por qué eres la mejor persona que he conocido.
Sus hombros se relajan y me cuesta todo no atraerla hacia mí.
―Pregúntame lo que quieras ―digo―. Tú tienes el control.
―Ni siquiera tengo suficiente información para hacer una pregunta
específica.
―¿Debería empezar desde el principio?
―Sí ―dice, la palabra apenas en un susurro.
Aquí vamos...
Respiro hondo.
―Rompí con Caroline hace unos dos años y medio. Habíamos estado
saliendo por un tiempo, un par de años como mucho. No diría que éramos
serios, realmente, porque nunca tuve intenciones de casarme con ella o estar
con ella a largo plazo, pero ella fue lo más cercano a una novia seria que
había tenido.
Astrid asiente lentamente, asimilando la información que estoy
compartiendo.
―En algún momento, Caroline se volvió adicta a las drogas ―digo―.
Antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, se puso muy feo. Debería
haberlo visto antes. Había señales y las pasé por alto.
Ella se mueve en la cama, alineando sus hombros con los míos. Es una
buena señal, creo, así que continúo.
―Peleamos mucho por eso, y terminé rompiendo con ella. La habían
echado de su departamento y había estado viviendo conmigo, pero cuando
rompimos, se fue a vivir con Liza, su hermana. Una parte de mí pensó que
si cambiaba de ambiente y estaba con su familia, estaría mejor. Tal vez algo
en mí, o los viajes por el equipo, o... algo, estaban empeorando su
problema. Tal vez podría obtener ayuda en otro lugar.
Suspiro, con las palabras sonando como si vinieran de alguien más, y
desearía que fuera así.
―¿Qué le pasó, Gray?
―Fue unos días antes de Año Nuevo, y Caroline insistió en volar a
Denver desde Texas, donde su familia estaba pasando las fiestas. Le dije
que no, puse un límite firme y lo mantuve. Me aseguré de que estuviera a
salvo, y luego dejé de contestar sus llamadas, pero ella y Liza volaron de
todos modos, rentaron un auto e intentaron manejar hasta mi departamento
en una tormenta de nieve. ―Mi estómago se retuerce, apretándose tanto
que hago una mueca―. Un camión perdió el control y chocó contra ellas,
matando a Caroline y casi a Liza.
Astrid jadea, cubriéndose la boca.
―Me culpé a mí mismo ―digo, limpiándome la nariz―. Porque podría
haber contestado el teléfono cuando llamó esa noche. Debería haberlo
hecho. Fui injustamente frío con Caroline, y no tenía por qué serlo. Si no lo
hubiera sido, tal vez ella aún estaría con su familia.
Ella toca mi brazo como si estuviera en shock.
―Lo siento mucho. Eso es... horrible. ―No fue divertido.
―La última vez que hablé con su familia antes de hoy fue cuando su
papá me echó del funeral de Caroline. Me dio un puñetazo en la cara y yo
solo me quedé ahí, llorando como bebé.
Sentí tanta maldita culpa, y fue como estar de nuevo en el funeral de mis
papás. La culpa había sido aplastante, devastadora. No pude mantenerme
entero. Era demasiado.
―Oh, Gray... ―Ella presiona un beso rápido en mi hombro―. ¿Cuándo
recibiste la carta?
―Brooks me la dio antes de que saliéramos de Sugar Creek. Joe vio a
Brooks en la gasolinera y se la dio para que me la entregara.
Sus cejas se juntan.
―¿Por qué la tenía Joe?
―Porque él manejaba el fideicomiso ciego que creé para pagar los
cuidados de rehabilitación de Liza. Quería que fuera anónimo. No sabía si
ella aceptaría mi ayuda y tenía que hacer algo.
Astrid se levanta, caminando por la habitación. Me siento y espero,
porque no hay nada más que pueda hacer. Estoy a su merced. Mi corazón
está en sus manos.
Finalmente, después de unos minutos, se detiene.
―¿Por qué me mentiste sobre a dónde ibas? ―pregunta, el dolor que no
había visto en mucho tiempo de vuelta en sus ojos.
¿Qué le dije esta mañana? ¿Una emergencia? Entré en pánico y estaba
abrumado, saqué una razón del aire pensando que explicaría después.
―Si me hubieras compartido esto, te habría apoyado, Gray. Hubiera
querido estar ahí para ti. En vez de eso, estoy luchando esta batalla interna
entre echarte y besarte, y eso está jodiendo con mi cabeza.
―Lo siento.
―Mentiste. Me dijiste que estaba a salvo contigo, y luego me hiciste
cuestionar eso.
Ella respira hondo, y puedo ver prácticamente cómo se recompone en sus
facciones. Incluso herida, es hermosa. Todo lo que siempre he querido.
―Tienes razón. Te mentí ―digo―. Fui impulsivo y estaba aterrado, si
soy honesto. No sabía a qué me enfrentaba, solo que tenía que hacerlo.
Porque cuando Caroline murió, Liza me culpó. Todos lo hicieron. Eso me
destruyó de una manera que no puedo describir. Me recordó que eran la
tercera y cuarta persona que lastimé mientras ponía mi carrera primero.
―Trago saliva, cerrando los ojos mientras imágenes de mis papás destellan
en mi mente―. Tenía que encontrar un cierre, Astrid. ―Abro los ojos y
encuentro su mirada―. ¿Estar contigo últimamente? Ha jodido con mi
cabeza. Tal vez no es el momento ni el lugar para decirte esto, pero cuando
estamos juntos, puedo vernos juntos. Realmente juntos.
Ella traga saliva, sin mover un músculo.
―Y no podía pensar en eso, no podía ilusionarme con estar contigo,
cuando sabía que aún guardaba demasiado espacio para Caroline.
Demonios, he estado pagando las cuentas de rehabilitación de Liza durante
dos años. ¿Cómo puedo estar contigo si tengo secretos tan enormes?
―No puedes. ―Se encoge de hombros, como si no pudiera decidir si
está resignada o enojada―. Gray, entiendo por qué necesitabas ver a Liza.
Lo respeto, y me alegra que lo hicieras. Suena como si ambos lo necesitaran
para sanar, y nunca privaría a alguien de sanar de su trauma.
―Porque eres un ángel.
―Pero también tengo que ser honesta. Estoy herida porque no me lo
contaste. Yo te conté todo ―dice―. Fui vulnerable. Compartí cosas que me
humillaron, y todo el tiempo te expliqué que lo que más me dolía era
sentirme invisible y emocionalmente descuidada, y luego tú ocultas cosas
tan importantes, cosas que importan, y me mientes. Eso duele muchísimo.
―No, no, Astrid. ¿No lo entiendes? Nunca habría ido a ver a Liza si no
fuera por ti. Hubiera seguido viviendo con la culpa y siendo miserable por
el resto de mi vida, pero tú, tú me hiciste enfrentarlo porque mereces más.
―Tomo sus manos y la jalo frente a mí―. ¿Lo manejé todo mal?
Probablemente. ¿Tomé una decisión impulsiva? Sí. Definitivamente no lo
manejé de la manera correcta, pero tú me importas tanto que hoy me subí a
un avión para dejar esto atrás y poder estar contigo. Me gusta quién soy
cuando estoy contigo, Astrid. Me has dado... propósito, y me gusta verte
sonreír, escucharte reír, y quiero más de ambas cosas. Para ti. Déjame ser tu
persona. Déjame ser el hombre en el que puedes confiar.
Ella entrelaza nuestros dedos, observando cómo se unen. Me recuerda
estar en mi sofá con ella, el momento en que me di cuenta de que me estoy
enamorando de esta mujer. No puedo decírselo esta noche porque parecerá
que solo lo estoy diciendo, pero puedo demostrárselo, y lo haré.
―Ojalá me lo hubieras dicho. Hubiera querido estar ahí para ti ―dice
suavemente.
―Y lo aprecio más de lo que puedes imaginar. ―Respiro tembloroso
mientras mis huesos empiezan a doler de cansancio―. Astrid, cariño,
lamento haberte herido hoy. Eres lo único que me importa. He estado jodido
en la cabeza durante dos años, incapaz de sacar la cabeza de mi trasero, casi
perdí mi reputación y mi carrera por eso, y no me importaba una mierda.
―Lucho contra el ardor en mi pecho y sigo adelante. Tengo que sacar todo
esto a la luz―. Tú me diste el valor para enfrentar mi miedo y encontrar
paz, para poner el pasado donde pertenece. Porque tú eres mi futuro.
Por favor, por favor, créeme. Por favor, no me alejes.
―¿Qué estás diciendo? ―pregunta, sus ojos se abren, llenándose de
lágrimas otra vez.
―Digo que probablemente meteré la pata porque tiendo a hacer eso, pero
te doy mi palabra de que nunca tomaré decisiones sin incluirte en ellas.
Quiero que seamos un equipo de ahora en adelante.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba, y es como una luz
brillando en mi alma.
―Te estoy dando mi corazón porque sé que está seguro en tus manos, y
quiero que sepas que el tuyo está seguro en las mías. ―Me inclino hacia
ella―. Siempre.
Ella se lanza hacia mí, dejándome envolverla en mis brazos.
32
Gray
―Realmente desearía que me hubieras contado esto antes ―suspira
Hartley a través del teléfono―. Fue mucho para pasar solo.
Contarle a Hartley sobre Caroline y Liza no era algo que tuviera planeado
hacer, pero he pensado mucho en mis relaciones con las personas en mi
vida durante los últimos días. Creo que, probablemente de mi abuelo, saqué
la idea de que ser un buen amigo, hermano o hijo significaba no compartir
las partes difíciles de tu vida con ellos. El objetivo era no ser una carga.
Pero me he dado cuenta, o al menos lo he teorizado, que podría estar
equivocado. Porque compartir la parte más oscura de mi vida con Astrid
solo nos ha acercado más. Liberó una parte de mí que estaba... atrapada.
Compartir lo oscuro lo debilita, permitiendo que brille más luz.
―Sí, lo sé ―digo―. Debería haber dicho algo, pero ahora lo he dejado
atrás y todo está bien.
Él se ríe.
―Me gusta esta versión de ti.
―¿Qué versión sería esa?
―Eres un mortal, como el resto de nosotros.
Mi risa se une a la suya, y se siente bien.
―Entonces, estás en la recta final de la temporada ―dice Hartley―.
¿Algún plan para la temporada baja?
Camino por la cocina mientras mi estómago se retuerce en un nudo.
En un escenario perfecto, regresaría a Sugar Creek para la temporada
baja. Encontraría un lugar pequeño ahí para arreglar y pasaría más tiempo
en el rancho, pero eso se siente como algo egoísta de hacer con Hartley,
solo volver cuando quiero y partir cuando necesito. Mientras tanto, él está
atrapado ahí todos los días.
―Tenemos la cabaña detrás del Pastizal de Baker ―dice él―. Ha estado
vacía por unos cinco o seis años. Dejo que Jasper se quede ahí de vez en
cuando, pero es tuya, si la quieres.
Trago saliva con fuerza.
―¿En serio?
―Claro que sí, en serio. ¿Por qué suenas sorprendido?
―Bueno, ya sabes, quiero decir, no quiero simplemente aparecer en tu
rancho porque tengo unos meses libres.
―No sé por qué no. ―Suspira de nuevo―. Mira, Gray, este rancho es
mío porque es tierra de los Adler. Lo que significa que también es tuyo. Es
mi lugar de trabajo, y lo seguirá siendo, pero este lugar ha estado en nuestra
familia por generaciones, y eso nunca cambiará.
Es mucho mejor hombre que yo.
―No me malinterpretes ―dice, riendo―. Mantente lejos de la
maquinaria. Ya perdiste una pieza en el arroyo.
Sonrío.
―Vamos, eso fue hace quince años.
―Otra vez, ya perdiste una en el arroyo, pero este también es tu hogar, o
quiero que lo sea si eso te hace feliz.
Me froto el pecho, aliviando la tensión detrás de mis costillas. Es un
dolor bueno. Está ahí solo porque nunca esperé volver a tener esta relación
con mi hermano. Me convencí de que él estaba enojado conmigo. Ahora me
doy cuenta de que inventé eso porque era más fácil para mí justificar estar
ausente.
―Tal vez un día nuestros hijos causen estragos en estos campos como lo
hicimos nosotros ―dice.
―Primero tenemos que tener hijos, Hart.
―Sí, y primero tengo que encontrar una mamá para mis hijos. En fin...
Frunzo el ceño, sabiendo que está pensando en Mia en este momento,
pero nunca la mencionará. No lo ha hecho en años.
―Hablando de mujeres, ¿dónde está Astrid? ―pregunta.
Una sonrisa se extiende por mi rostro mientras miro el reloj del
microondas. He estado revisando la hora cada veinte minutos durante las
últimas tres horas, preguntándome qué está haciendo y si le está gustando
su día sorpresa en el spa. Tuve que hacer una tregua con Gianna para
averiguar a dónde le gustaría ir y qué tratamientos le podrían gustar, y lo
logramos sin que me amenazara con un táser. Eso es progreso.
―Astrid está en el spa, dejándose mimar ―digo.
―Qué lindo.
―Ella nunca hace nada para sí misma. Así que su amiga Gianna la
recogió hoy para almorzar, pero la llevó al spa en vez de eso. ―Miro por
encima de mi hombro cuando la puerta se desbloquea con el teclado―.
Oye, ella está en casa. ¿Puedo hablar contigo después?
―Cuando quieras. No te olvides de la cabaña, Gray.
Sonrío.
―No lo haré. Gracias, Hart.
―Nos vemos.
Dejo el teléfono mientras Astrid entra, luciendo un vestido de verano
amarillo suave. Hace que sus pecas resalten y su cabello brille. Es
femenina, relajada.., y sexy como el demonio.
Ella tira sus llaves y su bolso en el sofá y luego viene directo hacia mí.
―Tú ―dice, saltando a mis brazos―. Eres un tramposo.
La levanto mientras ella envuelve sus piernas alrededor de mi cintura.
―Estás hermosa.
―Gracias a ti. ―Cuelga sus brazos de mis hombros y me besa
lentamente―. Hoy fue una sorpresa muy agradable. Gracias.
―Mencionaste la otra noche que nunca habías tenido un masaje, así que
pensé que te gustaría uno. ―La beso de nuevo―. Porque cuando te los doy,
siempre terminamos desnudos y olvidamos el masaje.
Ella se ríe.
―¿Lo disfrutaste entonces? ―pregunto.
―Dios, me encantó. Me quedé dormida dos veces, lo cual fue una locura.
Me siento como una persona nueva.
―Bien ―digo, sentándola en la encimera―. Porque compré tres pases
de un día para que tú y tus amigas vayan este fin de semana. Gianna dijo
que ella y Audrey estaban disponibles, así que pensé que sería divertido que
tuvieran un día de chicas.
Ella me golpea el hombro.
―No hiciste eso.
Asiento, sonriendo ante lo feliz que se ve.
―No tienes que hacer esto, ¿sabes? Los spas son muy caros.
―Voy a consentirte como loco ―digo, plantando besos por su mandíbula
y bajando por su garganta―. Has entrado en tu era de ser consentida.
Ella se ríe de nuevo, girando la cabeza para darme más acceso.
―Dios, eso se siente bien.
―La cena llegará en una hora más o menos ―digo, mordisqueando el
lóbulo de su oreja―. ¿Quieres salir a caminar o algo?
―Solo porque dije que extrañaba mi caminadora de escritorio mientras
trabajo no significa que quiera salir a caminar contigo. ―Se aleja y sonríe
con picardía―, pero me encanta que escuches.
―¿Quieres contarme algo más?
Ella toma mi mano y se desliza hacia el borde de la encimera. Sus piernas
se abren ampliamente.
Trago saliva, mi temperatura corporal sube mientras guía mis dedos por
su entrepierna. Está caliente, húmeda y tan jodidamente suave.
―Sí, señor Adler, sí quiero ―dice, guiando mis dedos dentro de ella―.
Me gustaría que supieras cuánto me encantaría estar a cuatro patas mientras
me penetras por detrás. ―Se recuesta, empujando mis dedos más
adentro―. He pensado en ti toda la tarde.
―Ya lo veo.
Ella bate las pestañas mientras hundo otro dedo en ella, girándolos para
tocar el punto que tanto le gusta. De inmediato, gime.
―Tuve que masturbarme en la ducha después del trabajo ―digo,
frotando su clítoris.
Ella toma una bocanada de aire apresurada.
―¿En qué pensaste?
―Tu boca chupándomela, y cómo tu coño se aprieta alrededor de mi
polla justo antes de que explote.
―Si sigues haciendo eso ―dice, gimiendo―, voy a explotar en tu mano.
Tiro de un tirante de su vestido hacia abajo, y luego del otro. La tela se
amontona en su cintura. Levanto uno de sus pechos fuera de su sostén,
apreciando cómo cuelga sobre el borde en la forma más perfecta de lágrima.
Tan pronto como mi boca toca su pezón, su gemido se hace más fuerte.
Cada octava que sube, también lo hace mi erección.
Sus caderas se mueven, frotándose contra mi mano mientras trabajo mis
dedos dentro de ella.
―¿Quieres follar con mis dedos? ―pregunto, sosteniendo su espalda con
mi mano libre―. Frótate en mí. Úsame para hacerte sentir bien.
―Prefiero que sea tu polla ―dice, con sus ojos cerrándose con un
parpadeo.
Chasqueo su pezón con la lengua.
―Lo será, pero quiero ver a mi chica correrse justo aquí.
Sus piernas comienzan a temblar, y ella se agarra de mis hombros para
sostenerse.
―Maldita sea, Gray ―dice entre dientes apretados, sus uñas clavándose
en mi piel―. ¡Mierda!
―Eres tan hermosa ―susurro en su oído―. Me pone tan duro verte
correrte así. No tienes idea de lo perfecta que eres.
Siguiendo sus señales, reduzco mis movimientos y la dejo volver
suavemente a la realidad. Ella se hunde contra mí, soplando el cabello de su
cara.
―Eso fue tan bueno ―dice, haciendo una mueca cuando retiro mi mano
de sus muslos.
―¿Todavía quieres que te folle en cuatro?
Ella se lame los labios, sus ojos oscureciéndose.
―Mamada o en cuatro. Tu turno de elegir.
―Si crees que alguna vez elegiré algo por encima de tu coño, estás
equivocada.
Ella se ríe mientras la levanto sobre mi hombro y la llevo a la habitación.
Algún día, ella aprenderá que siempre tendrá lo que quiere de mí. Y, hasta
entonces, me divertiré demostrándoselo.
33
Astrid
Qué semana.
Toco la puerta de Renn, equilibrando mi bolso en el hombro. He corrido
toda la mañana como pollo sin cabeza. La mamá de Renn, Rory, está en la
ciudad y necesitaba ayuda con algunas cosas, y ofrecí mis servicios.
Siempre me ofrezco a ayudar si alguno de los Brewer lo necesita, excepto
Tate, si puedo evitarlo, y los recados de Rory no fueron difíciles. Solo
tomaron tiempo.
Pero es viernes, y estoy enamorada.
Gray y yo no hemos dicho que nos amamos, pero desde que regresó de
ver a Liza hace unas semanas, sé que es verdad. Lo siento. Hemos tenido
muchas conversaciones sobre nuestro pasado y él ha sido un libro abierto de
la mejor manera. Me llevó de vuelta a Sugar Creek para visitar a su familia
y amigos, y me mostró el pueblo y todos los lugares de su infancia.
Seguimos diciendo que vamos despacio, pero ya no sé qué significa eso. No
puedo recordar la última noche que pasé sola.
―Pasa ―dice Renn.
Empujo la puerta para entrar a su oficina y la cierro detrás de mí.
―Hola.
―Hola a ti también. ―Se endereza en su silla―. Gracias por ayudar a mi
mamá hoy. Normalmente tiene todo bajo control, pero este nuevo novio
suyo le ha revuelto la cabeza.
Me río, mordiéndome el labio porque lo que pasa por mi cabeza -que
probablemente no solo la cabeza de Rory está siendo revuelta-, no sería una
respuesta bienvenida para mi jefe.
Renn levanta una ceja. Sí, tenía razón. No sería bienvenida.
Dejo mi bolso en el suelo, tomo el asiento que siempre elijo y agarro mi
portapapeles para tomar notas.
―Entonces, ¿qué tienes para mí?
―¿Cómo estás, Astrid?
Me quedo helada.
―Estoy bien ―digo lentamente―. ¿Por qué estás siendo raro?
Él se ríe.
―Me estás asustando ―digo, riendo también.
―Primero lo primero ―dice, jugando con un bolígrafo―. ¿En qué punto
estamos con la fiesta de mi esposa?
Miro mi lista.
―Lo único que falta es la lista de reproducción que Ripley está armando.
Todavía no sé por qué lo dejaste encargarse de eso ―murmuro, para
diversión de Renn―. Gannon literalmente duplicó la seguridad a su propio
costo. Dijo que si sus hijos van a estar ahí con un montón de extraños...
―Miro a Renn y me encojo de hombros―. Solo lo dejé hacerlo. No puedes
decirle que no a Gannon y vivir para contarlo.
―Oye, mientras él pague por eso.
Me río.
―Jason se está asegurando de que tengamos un avión para traer a la
familia Carmichael desde Florida. Hubo un pequeño problema porque están
trayendo a mucha gente, pero Jason lo está resolviendo, y eso es todo.
―Sonrío ampliamente―. Todo listo.
―¿En cuántos quedó el conteo de invitados?
―Doscientos doce, más o menos. Conoces a mucha gente, amigo.
―El problema es que todos aman a mi esposa. ―Me guiña un ojo―. Tú
y Gray van a ir, ¿verdad?
Me recuesto en la silla y suspiro.
Renn fue genial cuando se enteró de que Gray y yo estamos juntos. Me
preocupaba decírselo, temía que lo viera como un conflicto de intereses o
que pensara que era poco profesional por involucrarme con un colega. ¿Su
respuesta? Se rió y dijo que ya era hora. Aparentemente, sospechaba que
esto pasaría cuando supo que Gray me defendió en el vestidor cuando aún
nos odiábamos.
Me alegra que lo sospechara, porque yo seguro que no.
―En realidad no podemos ir ―digo―. Gracias por la invitación, sin
embargo.
―¿Qué cosa más importante tienen que hacer que ir a una gran fiesta
organizada por la mejor organizadora de fiestas del mundo?
Resoplo.
―Llamarme organizadora de fiestas ya es exagerado, pero acepto tu
cumplido. ―Le sonrío―. Gray y yo vamos al rancho. Es el cumpleaños de
Cathy. Es una mujer que ha trabajado ahí durante años y es como de la
familia para ellos. Gray y Hartley están organizando una fiesta sorpresa
para ella. También la planeé yo.
―Está bien, es justo. Solo sepan que son bienvenidos si quieren aparecer.
Son como de la familia para nosotros.
Renn lanza esa frase como si no fuera gran cosa, pero literalmente me
detiene en seco. “Son como de la familia para nosotros”. Miro hacia otro
lado, conteniendo las lágrimas, porque en algún momento de las últimas
semanas, me convertí en una persona con sentimientos.
Es tan asqueroso, como diría Gianna.
Un golpe suena en la puerta detrás de mí. Mi mirada se encuentra con un
par de ojos marrones profundos, melancólicos y familiares.
―¿Qué haces aquí? ―pregunto, aferrándome a los reposabrazos para no
saltar de la silla y arrancarle la ropa aquí mismo. Le dije que no saliera de
casa con esos pantalones deportivos grises.
Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios.
―Bastardo ―susurro.
Él se ríe.
―Hola, Renn.
―Hola, Gray. Qué bueno verte. ¿Listo para el partido de este fin de
semana?
―Si me estás preguntando si estoy listo para traer un título a casa para
Nashville, la respuesta es sí.
―Me alegra escucharlo. ―Saca un cajón y arroja un montón de papeles
al centro de su escritorio―. Tengo algo que mostrarte.
Las cejas de Gray se fruncen mientras se sienta al borde de su silla y
toma los papeles. Los revisa, sin darme ninguna pista sobre de qué tratan, y
luego levanta la mirada hacia Renn.
―¿Estás bromeando? ―pregunta, con la mandíbula floja.
―No.
―Pensé que esto no se decidiría todavía ―dice Gray lentamente.
Renn sonríe.
―Soy el jefe. Es una ventaja del trabajo poder hacer lo que quieras,
cuando quieras, si está dentro de las reglas de la liga, por supuesto.
―Es súper grosero tener una conversación conmigo sentada aquí y no
decirme de qué están hablando ―digo.
Gray gira los papeles para que pueda ver la primera página. Extensión de
contrato está escrito en letras grandes en la parte superior.
Me cubro la boca para ocultar mi jadeo, mis ojos se abren como platos.
―Te lo mereces, Adler ―dice Renn―. He visto el cambio en ti que
esperaba ver. Como creo que le dije a Astrid hace poco, eres uno de los
mejores jugadores en tu posición en la liga. Algo te estaba frenando, y sabía
que una vez que lo superaras, sería el CEO más afortunado de la liga. Te
presentaste por el equipo, pero realmente te presentaste por ti mismo, y eso
es lo más importante. ―Sonríe―. Estoy muy orgulloso de ti.
Gray coloca lentamente los papeles de vuelta en el escritorio de Renn.
Está claro que está sorprendido y un poco aturdido, pero feliz como nunca
al mismo tiempo.
Agarro su bíceps y lo aprieto. Mi manga se desliza lo suficiente para
mostrar el nuevo tatuaje en mi muñeca, una pieza de reina de ajedrez. Gray
sonríe, pasándose las manos por la cara, dándome una vista clara de su
tatuaje de rey de ajedrez en la misma muñeca. Me ofreció cubrir el copo de
nieve en su muslo, el que se hizo después del accidente de Caroline, pero le
dije que lo dejara. Ella es parte de su historia y cubrir un tatuaje no
cambiaría eso. Además, tu historia -las personas, los lugares, las
experiencias-, te hacen quien eres, y resulta que me gusta mucho el hombre
en el que se ha convertido.
―Esto significa mucho para mí, Renn ―dice Gray, exhalando un
suspiro―. Gracias por todo. Me salvaste la vida de muchas maneras.
―Ese soy yo. Un salvavidas. ―Renn se ríe―. Tú te salvaste a ti mismo.
Ella probablemente ayudó un poco. ―Me guiña un ojo―. Tu agente
recibirá estos papeles más tarde hoy, pero quería que te relajaras antes de la
semana del campeonato sabiendo que eres un Royal por el futuro previsible.
Gray se pone de pie y estrecha la mano de Renn.
―No podría estar más orgulloso de representar a esta organización.
Gracias por la oportunidad de jugar aquí.
―Espera ―digo, poniéndome de pie también. Intento parecer seria―.
¿Esto significa que también tengo que trabajar con él? ¿O termino de ser la
asistente de este tipo al final de la próxima semana?
Ambos se ríen, sin tomarme en serio en lo absoluto.
Me río también.
―No, pero en serio.
―Veamos cómo van las cosas ―dice Renn, alisando su corbata―, pero
no te hagas ideas, señorita Lawsen. Trabajes para él o no, sigues trabajando
para mí, y no dejes que mis hermanos intenten robarte.
―Créeme ―digo, recogiendo mi bolso―. Entre los dos ya tengo
bastante para mantenerme ocupada, y satisfecha. ―Pero solo uno de ellos
me satisface de esa manera. Todos los días. De varias formas.
Nos despedimos, y sigo a Gray al pasillo. La oficina está zumbando.
Esquivamos al personal, la mano de Gray entrelazada con la mía hasta que
llegamos a los ascensores. Una vez que las puertas se cierran, suspiramos.
―Felicidades ―digo, besándolo.
―Ten cuidado. ―Muerde mi labio inferior con los dientes―. Deberías
dejar de hacer eso.
Me echo hacia atrás.
―¿Por qué?
Él mira hacia abajo, a su entrepierna, y de inmediato recuerdo por qué le
dije que no usara esos pantalones deportivos.
―Terminé por hoy ―dice―. ¿Y tú?
―Sí. Me voy a casa.
―Vamos a Stupey’s a cenar, después de que me cambie, por supuesto.
Salimos del ascensor y cruzamos el vestíbulo. Jory y Breaker le gritan a
Gray desde el Café Royal mientras pasamos, pero él solo los saluda y sigue
caminando.
―Puedo pasar por la tienda y comprar cosas para la cena ―digo,
entrecerrando los ojos contra el sol―. Será mucho más barato que comer
fuera, y tengo que devolverle la llamada a Audrey. Acaba de enterarse de
que su crush se casó el fin de semana pasado.
Pobre Audrey. Tomó la noticia -en forma de una publicación en redes
sociales en la que comentó su hermano-, mejor de lo esperado, pero sigue
devastada.
Él gime.
―Te dije que ahora tengo dinero. Joe me llamó esta mañana,
informándome que el fideicomiso para cuidar de Liza ha sido disuelto.
No estoy segura de qué decir a eso, así que solo asiento.
Por lo que parece, el cuerpo de Liza ha pasado por mucho trauma, pero
finalmente está sanando, por dentro y por fuera. Los médicos le dicen que
no necesita más procedimientos, y también ha encontrado una terapeuta
increíble. Empezó a hacer podcasts, según escuché, lo que le está generando
algunos ingresos, pero está convirtiendo un evento absolutamente horrible
en algo positivo.
―Joe también me dijo que te reenvió la correspondencia que recibió del
abogado del arrendador. Le aseguraron que no actuarán contra ti. Si tienen
algo más que decir, deben enviárselo a él y él se encargará.
Tomo la mano de Gray, entrelazando nuestros dedos.
Lo hice. Soy libre.
Ahora, si tan solo encontraran a Trace y lo hicieran pagar, habría
justicia en el mundo.
El aire huele más bonito, y el viento se siente más suave mientras
caminamos por el estacionamiento. La camioneta ridícula de Gray está
estacionada junto a mi pequeño auto. La vista de ambos me hace sonreír.
¿Quién hubiera pensado que el día que me acerqué a su ventana y le dije
unas cuantas verdades llevaría a esto? ¿Que el idiota que me tocó la bocina
para que me apurara sería el mismo hombre que me ayudaría a resolver los
problemas creados por los hombres antes que él?
―¿Entonces, Stupey’s? ―pregunta Gray, apoyándose en mi auto―.
Déjame consentirte.
―¿Dejarte? Gray, no hay forma de dejarte hacer nada. Solo haces lo que
quieres y esperas lo mejor.
―No sé de qué hablas ―dice, sonriendo con picardía.
Pongo los ojos en blanco.
―A ver. Me mandaste a mí y a mis amigas a un día de spa el fin de
semana pasado. Reservaste unas vacaciones para los dos en la playa
después de que termine la temporada. Hartley me llamó hace un par de días,
preguntándome de qué color deberían pintar los gabinetes los chicos en tu
cabaña en el rancho.
―Nuestra cabaña, pero es semántica.
Mi corazón se hincha, llenándose con más amor del que jamás imaginé
sentir por alguien. No merezco a Gray Adler, aunque él diga lo mismo de
mí. No sé exactamente qué nos depara el futuro, pero sé una cosa.
Será con él.
En realidad, sé dos cosas. También será feliz. Rico, porque he encontrado
a un hombre que no solo me valora y me escucha, sino que hace de mi
felicidad su prioridad. Sé que nunca usará mis debilidades en mi contra, y
nunca hará nada para aplastarme o destruir mis sueños. Cómo encontré a
este hombre nunca dejará de sorprenderme.
―Está bien ―digo, tirando mi bolso en el auto―. Stupey’s para la cena.
―Genial.
―Genial. ―Beso su mejilla―. ¿Te veo en tu casa?
―Claro. Nos vemos en casa. ―Se aleja antes de que pueda corregirlo―.
Oh, ¿Astrid?
Se agarra de la entrepierna a través de sus pantalones.
―Nada de ajedrez en el auto. Directo adentro. ¿Entendido?
Me río.
―Apuesto a que llego a casa antes que tú.
―¿Casa, eh?
Me sonrojo.
―Sí, casa.
Su sonrisa se extiende de oreja a oreja mientras me alcanza. Caigo
felizmente en sus brazos, justo donde se supone que debo estar.
EPÍLOGO
Astrid
La multitud está electrizada.
―¡Roy-als! ¡Roy-als! ¡Roy-als! ―grito junto con más de la mitad de las
once mil personas que ven el partido de campeonato entre los Royals y los
Bulldogs.
El estadio está lleno. Incluso las áreas de desborde están repletas de
fanáticos del rugby, muchos de ellos con el apellido Adler en la espalda de
sus camisetas. Me tomó un momento orientarme esta tarde cuando vi el
desborde de amor por Gray. Siempre tiene fanáticos en los partidos, pero
nada como esto. Espero que se tome un segundo para apreciarlo hoy. Para
saber que lo merece.
―¿Tienes alguna idea de qué está pasando? ―le pregunto a Hartley, no
segura de si puede oírme por el rugido a nuestro alrededor. Giro mi arete de
estrella y observo el caos abajo. No tengo idea de qué está sucediendo.
Necesito ver una película sobre rugby antes de la próxima temporada.
Él se ríe.
―SÍ. Estamos en una buena posición.
Miro el marcador, preguntándome si debería señalar que todavía está 21-
21 y el tiempo se está acabando. Parece un momento legítimo para estar
nervioso.
―¡Vamos, Adler! ―grita Hartley, pero no hay manera de que Gray lo
escuche. Apenas puedo escuchar mis propios pensamientos.
Gray buscó en las gradas hasta que encontró a nuestro pequeño grupo
antes de que comenzara el partido. Nunca olvidaré la mirada en sus ojos
mientras recorría la fila de personas que estaban ahí para animarlo. Audrey,
Gianna y yo estamos sentadas en una fila con camisetas de Adler que
Audrey decoró con brillantina y lentejuelas para que destacáramos. Hartley,
Jasper y Cathy se encontraron con nosotras aquí. Gracias a otra cirugía en
su hombro, Brooks es el único que falta.
―Estoy tan estresada ―dice Audrey, mordiéndose una uña―. No sé qué
gritar ni cuándo animar. Solo espero a que tú lo hagas y me uno.
Mantengo mis ojos en el número nueve en el campo.
―Estoy esperando a Hartley, así que no te juzgo.
Hartley silba, aplaudiendo y gritando mientras un jugador de los Royals
corre por el césped.
―¡Sí! ¡Más rápido!
―¿Acabas de decir “más rápido”? ―pregunta Gianna, riendo.
Hago una mueca cuando el jugador es derribado por un Bulldog enorme
y el balón pasa a otro Royal.
―No estoy hecha para esto. ―Me asomo por encima del tipo frente a mí
para intentar encontrar a Gray otra vez―. ¡Vamos, chicos!
―¡Vamos, Gray! ―grita Cathy, agitando su pompón morado y dorado.
Queda menos de un minuto. La tensión es densa en el estadio, con la
multitud de pie como si sus movimientos y esquivas desde las gradas fueran
a ayudar a los chicos en el campo. Hago mi parte por si acaso hay magia del
rugby que no conozco.
―Aquí vamos. ―Hartley me golpea el brazo, con sus ojos pegados al
campo―. Astrid, más te vale estar mirando.
―¿Mirando qué? ―Mi corazón late con fuerza mientras salto sobre los
dedos de los pies―. ¿Qué estamos viendo?
El número dos de los Royals lanza el balón a un grupo de jugadores de
ambos equipos, lo que parece un plan terrible, pero nadie más parece
preocupado por eso. Cae al suelo y Gray recoge el balón y lo pasa a otro
camiseta morada.
Grito, juntando las manos con fuerza frente a mí. Quedan diez segundos.
Nuestro jugador corre por el campo, haciendo que la multitud estalle. Un
camiseta azul finalmente se cruza frente a él justo antes de la línea de try,
obligándolo a tomar una decisión. Creo que va a cortar hacia la izquierda.
Su cuerpo se mueve hacia allá, al igual que el camiseta azul, pero el balón
vuela hacia la derecha... a los brazos de Gray.
¡Dios!
―¡Vamos, Gray!
Audrey me agarra del brazo, con sus uñas clavándose en mi piel.
―¡Vamos, Gray!
Él corre hacia adelante, pasando entre dos camisetas azules, antes de
saltar sobre la línea de try sobre su estómago.
Grito, saltando arriba y abajo, mientras el tiempo llega a cero. Gianna y
Audrey forman un abrazo grupal, todas saltando tanto que terminamos
tirando una cerveza de la mano del tipo que estaba sentado junto a Gianna.
―¡Roy-als! ¡Roy-als! ¡Roy-als!
Nos unimos al cántico, las lágrimas corren por mi cara mientras veo a
Gray correr por el campo celebrando con sus compañeros.
Miro a Hartley. Está riendo, de pie como un papá orgulloso,
prácticamente radiante. Me mira por encima del hombro y sonríe.
―Ojalá nuestros papás pudieran ver esto ―dice, mordiéndose el labio
inferior y luchando por mantener la compostura―. Estaban muy orgullosos
de él. ―Sonríe―. Gracias.
―¿Por qué?
―Tú trajiste a mi hermano de vuelta a mí. No puedo agradecértelo lo
suficiente.
Malditas emociones. Las lágrimas corren por mis mejillas mientras
Hartley me jala a un abrazo. No es tan cálido como el de Gray, ni tan fuerte,
y no huele tan bien porque logré que Gray empezara a usar suavizante de
telas, pero este abrazo se siente diferente. Se siente importante. Es uno que
no olvidaré.
―¿Señorita Lawsen? ―Un hombre con traje de seguridad asoma la
cabeza junto a Jasper―. Sígame.
―Ve ―dice Hartley―. Te llevará con Gray.
Miro por encima del hombro a mis amigas, que me espantan con las
manos.
―Dile que estamos orgullosos de él ―dice Hartley mientras paso.
Jasper me sonríe mientras me deslizo a su lado, y Cathy me jala para un
abrazo rápido. Los ríos de rímel corren por sus mejillas. Espero que Gray
pueda ver eso hoy.
El guardia no dice nada mientras bajamos las escaleras y nos abrimos
paso entre la multitud. Me mantengo cerca de él, atravesamos una puerta y
piso el césped. A pesar de la masa de cuerpos y el puro pandemonio, mi
mirada encuentra de inmediato la de Gray.
Corro hacia él, ignorando al guardia que me dice que no corra, y me
encuentro con Gray en el centro del campo. Me envuelve en sus brazos
sudorosos y cubiertos de césped, me atrae hacia su pecho empapado y me
hace girar en un círculo.
Siento como si estuviera flotando en un sueño.
―Eres increíble ―le susurro al oído―. Todos estamos muy orgullosos
de ti.
Encuentra ese lugar que tanto le gusta en el hueco de mi cuello y presiona
un beso ahí, dejándolo por unos largos instantes. Aunque estamos rodeados
de jugadores, sus familias, la prensa y el equipo técnico, parece que solo
estamos nosotros dos. Tal vez sí somos solo nosotros dos.
―Buen trabajo hoy ―Breaker le da una palmada a Gray en la espalda.
Gray se aparta y lo mira. Algo pasa entre ellos, algo que no puedo
escuchar ni entender, pero Gray asiente.
―Tú también, Break.
―Quiero disculparme contigo, Astrid, por cómo actué en el vestidor
―dice Breaker―. Fui un idiota.
¿Qué?
―Oh, sí. Gracias, Breaker. Lo aprecio.
Gray estrecha la mano de Breaker antes de que este se aleje.
―No me lo esperaba ―digo, sacudiendo la sorpresa de mi sistema.
Gray sonríe, sus hoyuelos marcándose profundamente en sus mejillas.
―Yo sí.
Sí. Algo pasó entre ellos.
Estiro los brazos sobre sus hombros y miro esos pozos de chocolate caro,
como el que te regalan en San Valentín.
―¿Cómo sugieres que celebremos esta victoria, campeón?
―Sugiero que lo celebremos mudándonos juntos.
Su respuesta me toma por sorpresa. En lugar de responder, solo lo miro
como tonta.
―Si no quieres, lo entiendo ―dice―, y no hay presión. Solo estaba
pensando que podría cuidarte mejor si vivimos juntos oficialmente. ―Hace
una pausa antes de que una lenta sonrisa cruce sus labios―. Ya sabes,
porque te amo y todo eso.
Empiezo a reír por la incredulidad, pero el sonido se convierte en un
hipo, que se transforma en lágrimas.
―¿Eso es un sí? ―pregunta, con los ojos brillando.
―Es un sí. Porque, ya sabes, yo también te amo y todo eso.
Gray me levanta de nuevo y me hace girar, mi risa nos sigue. Me baja y
mira hacia las gradas.
―Están todos aquí ―dice, como si no lo creyera.
―Sip. Todos están aquí.
Su atención vuelve a mí, y desliza su pulgar por mi mejilla.
―Eres lo mejor que me ha pasado.
―¿Entonces ya no me odias? ―bromeo.
Él se ríe, toma mi mano y frota mi dedo anular en la mano izquierda. No
sé si es una indirecta o un gesto inconsciente, pero me alegra que me
conozca lo suficiente como para saber que necesito ir despacio. Él es mi
persona, y no tengo dudas de que algún día seré la señora de Gray Adler.
¿Pero hoy? Hoy estoy feliz siendo su fan número uno.
COLUMNA DE ASTRID
Querida Necesito Ayuda:
Tu pregunta me ha tenido bloqueada durante semanas. Cada vez que
empiezo a responder, veo otro ángulo que considerar.
Ten en cuenta que no soy profesional. Deberías pensar en pedir una cita
con uno y escuchar lo que tienen que decir.
Mi instinto me dice que esto no se trata de coquetear, ni de límites. Tu
carta no parece escrita por alguien con baja autoestima, tampoco. Apuesto
a que eres una mujer fuerte y exitosa que sabe lo que aporta a la mesa.
(¡Bien!)
Si estuviéramos tomando una copa de vino, te preguntaría qué tan
seguido tú y tu hombre tienen conversaciones honestas. ¿Qué tan
vulnerables son el uno con el otro? ¿Te sientes lo suficientemente segura en
tu relación como para hablar libremente de quién eres y qué necesitas?
Porque algo no está bien aquí, y tú lo sabes. Tu falta de empatía por la
opinión y las necesidades de tu novio también dice mucho.
Espera antes de la boda hasta que puedas ser lo suficientemente honesta
contigo misma para entender por qué necesitas esa atención, y hasta que te
sientas lo suficientemente segura con él para explicarlo y ser escuchada.
Mereces estar feliz. Él también.
No todas las historias tienen un villano, pero si no haces el trabajo para
encontrar la felicidad -sea lo que sea que eso signifique para ti-, podrías
terminar siendo la villana de tu propia historia.
Odiaría que eso pasara.
A.

También podría gustarte