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Poemas Con Objetos

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EL GALGO (JOAQUÍN GIANUZZU)

Vi la carrera de un galgo filmada en cámara lenta.

Era como soñarlo. El mecanismo del movimiento

diseñaba una coreografía

de ondulantes miembros articulados

para mínimos puntos de apoyo. Blanca

la estirada estructura moteada, sobre finas columnas

que extendían tensiones dilatadas

hasta límites regidos

por una pulsación aérea de velocidad.

Un foco de energía estallando hacia la gracia

de un orden sano bajo el sol,

mientras hacia atrás corrían

confusamente, nubes, árboles y vientos.

Y yo sentado

aplastado al planeta con excesiva grasa

y mi torpe universo dislocado.

Equivocado y discontinuo,

una distorsión oscura

que jadeaba ante el galgo, su decisiva claridad.


Mi hija se viste y sale (JOAQUÍN GIANNUZZI)

El perfume nocturno instala su cuerpo

en una segunda perfección de lo natural.

Por la gracia de su vida

la noche comienza y el cuarto iluminado

es una palpitación de joven felino.

Ahora se pone el vestido

con una fe que no puedo imaginar

y un susurro de seda la recorre hasta los pies.

Entonces gira

sobre el eje del espejo, sometida

a la contemplación de un presente absoluto.

Un dulce desorden se inmoviliza en torno

hasta que un chasquido de pulseras al cerrarse

anuncia que todas mis opciones están resueltas.

Ella sale del cuarto, ingresa

a una víspera de música incesante

y todo lo que yo no soy la acompaña.


CAFÉ Y MANZANAS (JOAQUÍN GIANNUZZI)

Café y manzanas en la tarde de junio.

En un tibio rincón civilizado

mis sentidos abarcan una situación ligeramente abstracta.

El mundo se ha vuelto hospitalario

como una tregua en medio de la historia.

Las manzanas despiden un resplandor amarillo,

el café entrega su humo íntimo.

Para mi fracaso de individuo contemporáneo

todo esto parece suficiente,

el frío interno de las manzanas,

el calor inestable del café,

dos razones de la naturaleza que escapan a mi dominio.

Así que estoy con mi trasero desparramado

en un aposento adecuado a mi clase social.

Puestas a buen recaudo las cosas suaves

allí se cierran las puertas al tumulto general.

Pero a veces estalla una bomba en el piso bajo

y la policía acude para saber quién es quién en este mundo.


DESPERTARTE (FABIÁN CASAS)

Despertarte a mitad de la noche

y ver en el otro lado de tu cama

a tu mujer llorando

es una experiencia importante.

Quiere decir, entre otras cosas,

que mientras paseabas por los cuartos

iluminados de tu cerebro

algo se estaba gestando cerca tuyo.

Un error con el cual mantenés

una particular relación de intimidad.

Porque aunque no firmemos nada,

ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz

pensamos que es para toda la vida

y así seguimos.

Botes, que durante la noche,

quedan amarrados al muelle,

golpeándose entre sí,

según el viento.
Sin llaves y a oscuras (Fabián Casas)

Era uno de esos días en que todo sale bien.

Había limpiado la casa y escrito

dos o tres poemas que me gustaban.

No pedía más.

Entonces salí al pasillo a tirar la basura

y detrás de mí, por una correntada,

la puerta se cerró.

Quedé sin llaves y a oscuras

sintiendo las voces de mis vecinos

a través de sus puertas.

Es transitorio, me dije;

pero así también podría ser la muerte:

un pasillo oscuro,

una puerta cerrada con la llave adentro,

la basura en la mano.
Después de largo viaje (Fabián Casas)

Me siento en el balcón a mirar la noche.

Mi madre me decía que no valía la pena

estar abatido.

Movete, hacé algo, me gritaba.

Pero yo nunca fui muy dotado para ser feliz.

Mi madre y yo éramos diferentes

y jamás llegamos a comprendernos.

Sin embargo, hay algo que quisiera contar:

a veces, cuando la extraño mucho,

abro el ropero donde están sus vestidos

y como si llegara a un lugar

después de largo viaje

me meto adentro.

Parece absurdo: pero a oscuras y con ese olor

tengo la certeza de que nada nos separa.


DICIEMBRE 31, 2001 (Beatriz Vignoli)

Y la vida era esto:

salir a la vereda el treinta y uno

a las doce, ver cómo un vecino

enciende una bengala.

El brazo en alto, inmerso en la luz ígnea.

Un silencio rosado y expectante,

un fuego inmóvil el mundo.

¿Celebra? ¿Pide ayuda? Nada pasa.

Nada llega. Todo al final se apaga.

Pero aquel brazo en alto, aquella duda.

Aquella intensidad.
Año (Laura Wittner)

El viento abrió las puertas del balcón

y en un segundo hizo volar por el living

un río de escombros, todo lo que está suelto

todo lo apoyado en superficies:

cartas de Cars, peladuras de lápiz

expensas, papel crepé en bollitos

dibujos con y sin dedicatoria

un estíquer, un clip desenrollado.

Rugía, ese viento, traía lluvia frenética:

salimos a gritar al balcón

mis dos hijos y yo, porque fue un año duro

y pensé que nos lo merecíamos.


Volví a tener un limón en la mano (Laura Wittner)

Volví a tener un limón en la mano.

Es algo tan perfecto de agarrar.

¿Esto yo lo sabía? ¿Me acordaba?

Miren mi mano: se ahueca espontánea

y no queda nada en ella que no sea

limón: lo fresco, lo rugoso, el peso,

el perfume terrible, la acidez.

No hay distancia entre la mano y el limón.

Significan lo mismo por un rato.

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