Las Bienaventuranzas 17 de Agosto del 2025
LAS BIENAVENTURANZAS
Pr. Manuel Sheran
Mateo 5:1-12 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus
discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en
espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque
ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra
por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán
saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los
pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que
padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase
de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande
en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
INTRODUCCIÓN
En el sermón anterior iniciamos nuestra serie sobre el Sermón del Monte, resaltando que
este mensaje de Jesús es profundamente contracultural, porque confronta el relativismo,
el individualismo y la comodidad espiritual que caracterizan a nuestra época.
Vimos que no se trata de simples ideales morales, sino de la descripción del carácter y
la vida de quienes han sido transformados por el Espíritu Santo.
Jesús redefine la verdadera justicia, la piedad y las relaciones, llamando a vivir bajo su
señorío con integridad y obediencia genuina.
Aprendimos que, aunque es imposible cumplir estas enseñanzas por nuestras propias
fuerzas. Sino que es la gracia de Cristo la que las hace posibles en el creyente
regenerado.
Así, el Sermón del Monte no busca adaptarse a la cultura, sino que nos llama a vivir una
fe que la desafía mientras glorifica a Dios.
Hoy avanzamos un escalón más en nuestro bosquejo y entramos en la primera sección
del sermón del monte: Las Bienaventuranzas.
El termino Bienaventuranza proviene del latín beatus. Que significa “bendecido” o
“bienaventurado”. En español, “bienaventuranza” expresa más que una simple felicidad
pasajera. Describe el estado de bendición que proviene de la aprobación y favor de Dios.
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Como señala el erudito Donald Carson:
No es simplemente un sentimiento de alegría, sino una realidad espiritual profunda
que refleja la gracia de Dios sobre la vida de una persona.
Lamentablemente, muchos leen estas ocho declaraciones de Jesús como si fueran
virtudes opcionales, eligiendo algunas y descartando otras.
Sin embargo, las Bienaventuranzas no son un menú a la carta, sino una cadena
indivisible. Cada una está unida a las demás y juntas forman el retrato completo de lo
que significa ser un ciudadano del Reino.
Y en esa cadena, la primera bienaventuranza es la puerta de entrada a todas las demás.
Sin reconocer la enseñanza de esa bienaventuranza en nuestra vida, que es la pobreza
de espíritu, no podemos avanzar hacia ninguna de las otras bendiciones que Jesús
describe.
En nuestro estudio de hoy vamos a considerar esta primera bienaventuranza bajo tres
apartados:
I. Definición bíblica de la pobreza en espíritu: Entenderemos lo que Jesús quiso
decir y lo que no quiso decir.
II. La necesidad de reconocer nuestra pobreza: Veremos cómo todos, sin
excepción, estamos en bancarrota espiritual y por qué esto es indispensable para
entrar al Reino.
III. La bendición prometida al reconocerla: Contemplaremos la recompensa que
Cristo asegura a los que se humillan delante de Dios.
El objetivo es que podamos ver cómo Jesús, en esta bienaventuranza, nos llama a vivir
contracultura. Esto es, a no adaptarnos al orgullo, la autosuficiencia y la falsa justicia que
promueve este mundo. Sino a buscar nuestra pobreza espiritual, para nuestro beneficio
eterno y, sobre todas las cosas, para la gloria de Dios.
I. DEFINICIÓN BÍBLICA DE LA POBREZA EN ESPÍRITU
Leamos nuevamente Mateo [Link]
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
En este versículo, Jesús no se refiere a personas con carencias económicas.
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Algunos cristianos nominales o teólogos liberales interpretan “pobres” como aquellos que
viven en desventaja financiera y que, por esa razón, recibirán una bendición especial.
Existe una enseñanza equivocada que se ha extendido en el cristianismo nominal y que
asocia la pobreza económica con el evangelio. Algunos incluso llegan a afirmar que, a
menos que una persona viva en carencias materiales, no puede ser verdaderamente
evangélica o cristiana, como si la pobreza en sí misma fuera una virtud.
Sin embargo, la realidad es que ni la riqueza ni la pobreza determinan la bendición de
Dios. Hay pobres orgullosos y pobres humildes; así como hay ricos orgullosos y ricos
humildes. El verdadero problema no está en el estatus económico, sino en el pecado del
corazón y en la necesidad de la obra transformadora de Dios en la vida de cada persona.
Por lo tanto, esta enseñanza es errónea porque ser pobre no es una virtud en sí misma.
Es cierto que Dios se presenta en las Escrituras como defensor de los pobres. También
que en el Antiguo Testamento Él ordena en múltiples pasajes ayudarles. También se nos
relatan muchos casos en los que los pobres recibieron ayuda, pero no por el simple
hecho de ser pobres, sino por la actitud de su corazón y su fe en la búsqueda de Dios.
Como Rut.
La pobreza, en algunos casos, puede ayudar a apartar la distracción de las riquezas,
pero eso no ocurre en todos. Pensar lo contrario proviene de un malentendido, heredado
en parte de la teología católica de la salvación por obras. Pues ellos creen que con ciertas
condiciones externas (como la pobreza) se puede “doblar la mano” de Dios para obtener
su favor. Por eso algunos incluso hacen sacrificios extremos como irse de rodillas hasta
la basílica de Suyapa para que Dios se compadezca de ellos y les cumpla lo que le piden.
Jesús mismo, en el Sermón del Monte, corrigió esa falsa idea enseñada desde aquel
entonces por los intérpretes de la ley de su tiempo. Y el aclaró lo que realmente significa
ser “pobre” delante de Dios.
Así como es equivocado pensar que alguien es bendecido solo por ser pobre, también
es equivocado creer que alguien no puede ser bendecido por ser rico.
La Biblia nos muestra que hubo personas ricas a quienes Dios usó poderosamente,
incluso utilizando sus recursos para la expansión del evangelio y el avance del
cristianismo.
Ahora para desenmarañar toda esta confusión es necesario que el maestro de maestros,
el Señor Jesucristo, nos explique quienes son estos pobres en la escritura. Y de entrada
la primera bienaventuranza nos aclara el termino al decir:
Bienaventurados los pobres en espíritu
Asi que, el Señor aquí habla de otra clase de pobreza: la pobreza en espíritu.
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Ser “pobre en espíritu” es reconocer nuestra bancarrota espiritual delante de Dios.
Significa entender que no poseemos ninguna justicia propia que podamos ofrecerle para
ganar su favor. No se trata de baja autoestima, sino de una conciencia clara de nuestra
incapacidad espiritual para salvarnos a nosotros mismos.
El Salmo 34:6 ilustra esta realidad:
“Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias.”
Este “pobre” puede ser alguien sin recursos materiales. Pero también (y principalmente)
describe a quien reconoce que está vacío espiritualmente y depende por completo de
Dios.
Isaías 41:17 añade el cuadro de quienes, en su necesidad, buscan “el agua” que solo el
Espíritu Santo puede dar. Isaías 57:15 profundiza:
“Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para
hacer vivir el espíritu de los humildes…”
Dios habita con el que está quebrantado de corazón, no por una tragedia humana, sino
por la conciencia de su pecado.
Isaías 66:2 confirma que Dios mira con favor a quien es “pobre y humilde de espíritu y
tiembla a su palabra”.
La pobreza espiritual entonces es la antítesis del orgullo. Porque el orgullo oculta
nuestra pobreza espiritual. En cambio, la humildad la confiesa. Por eso, toda conversión
genuina comienza con este reconocimiento:
“Estoy en bancarrota. No tengo nada con qué presentarme delante de Dios.”
Un ejemplo claro lo vemos en Isaías 6. El profeta, considerado uno de los hombres más
piadosos de su tiempo, tiene una visión de la santidad de Dios y, en lugar de sentirse
aprobado, exclama:
“¡Ay de mí, que soy muerto!… porque mis ojos han visto al Rey, Jehová de los ejércitos.”
Cuanto más nos acercamos a Dios, más vemos nuestra verdadera condición de pobreza
y necesidad.
Finalmente, Isaías 61:1 nos recuerda que Jesús vino a proclamar libertad no a
prisioneros físicos, sino a quienes están esclavizados por sus pecados y dominados por
sus propios apetitos.
Isaías 61:1 El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me
ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de
corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel.
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La pobreza en espíritu, entonces, es la puerta de entrada a toda la obra redentora de
Cristo. Es reconocer honestamente que estamos espiritualmente muertos y sin
esperanza fuera de Él.
II. LA NECESIDAD DE RECONOCER NUESTRA POBREZA ESPIRITUAL
Habiendo visto lo que significa bíblicamente ser “pobre en espíritu”, el siguiente paso es
comprender que reconocerlo no es opcional. No es una virtud para algunos cristianos
más “devotos”, sino una condición indispensable para entrar al Reino de los cielos.
Pensemos bíblicamente y con honestidad. Si una sola transgresión contra la ley de Dios
fuera suficiente para exponernos a su ira eterna, ¿qué sucede con la multitud incontable
de pecados que hemos cometido en pensamiento, palabra y obra? Cada vez que hemos
ido a lugares donde no debíamos, escuchado lo que no debíamos, tocado lo indebido,
mirado lo prohibido, dicho lo ofensivo o pensado lo impuro, hemos confirmado nuestra
bancarrota espiritual. Estamos sobregirados de pecado.
Jesús ilustró esta realidad en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15).
Este joven quería los beneficios de su padre, pero no a su padre. Con la herencia en
mano, se fue lejos, gastó todo y terminó cuidando cerdos. En el nivel más bajo de
degradación para un judío. Ellos desprecian a los cerdos, no pueden comer su carne. No
asi los ajenos a sus costumbres. El cuidaba el alimento de aquellos que no eran parte
del pueblo de Dios. Era algo profundamente humillante.
Pero “volviendo en sí” reconoció su ruina y decidió regresar. No se presentó reclamando
derechos, sino confesando: “No soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de
tus jornaleros.”
Ese despertar es la esencia de la pobreza en espíritu: admitir que no tenemos nada que
ofrecer y depender únicamente de la gracia del Padre.
La historia de Adán en el Edén muestra el mismo patrón (Gn. 3). Adán quería los
privilegios del jardín, pero no la obediencia al Dios que lo plantó. Su pecado trajo muerte
espiritual inmediata: vergüenza (v.7), miedo (v.10) y el impulso de culpar a Dios (v.12).
La comunión se rompió y su corazón se puso en contra del Creador. Esa es la condición
de todo ser humano: preferimos los beneficios de Dios antes que a Dios mismo.
El apóstol Pablo lo confirma en Romanos 3:10-18:
Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque
a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no
hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de
áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura.
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Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus
caminos; Y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos.
No hay excepciones. Nadie es bueno. Nadie busca a Dios por iniciativa propia. Todos
estamos muertos en delitos y pecados. Como bien lo resume Sinclair Ferguson, somos
“deudores rogando por misericordia”, vaciados de toda justicia propia.
Por eso, la pobreza en espíritu no es un accesorio de la vida cristiana, es el punto de
partida. Y hasta que no reconozcamos nuestra miseria espiritual, no podremos
experimentar la verdadera bienaventuranza que Jesús promete.
Uno de los mayores obstáculos para reconocer y vivir nuestra pobreza espiritual es el
orgullo y la hipocresía social que el mundo nos ha enseñado a cultivar.
Desde pequeños, aprendemos a poner “cara de todo está bien” aunque nuestro interior
se esté desmoronando. En la sociedad, mostrar debilidad se ve como fracaso, y pedir
ayuda como signo de inferioridad. De manera que, cuando un cristiano cae en pecado o
está espiritualmente débil, o las cosas andan mal en casa, muchas veces siente la
presión de ocultarlo tras una fachada respetable.
Se repite el discurso: “La ropa sucia se lava en casa”. El problema es que “casa” se
convierte en un lugar de silencio, autoengaño y amargura. En lugar de buscar
restauración bíblica, se elige “aguantar” hasta que el tiempo pase, como si el pecado y
las heridas se curaran solas. Y mientras tanto, se pierde la bienaventuranza que Cristo
promete a los pobres en espíritu, a los que se humillan, confiesan y buscan ayuda.
La verdad es que muchos cristianos prefieren sufrir en secreto antes que admitir que
necesitan ser restaurados. Quieren proteger su reputación, pero lo que terminan
protegiendo es su orgullo. Y la consecuencia es una vida espiritual estéril, sin gozo, sin
paz y sin el poder renovador de la gracia de Dios. ¿Quién quiere ser cristiano para esto?
¿Para vivir aparentando que todo está bien mientras por dentro se muere siendo esclavo
de la pornografía, el adulterio, la inmoralidad, la indiferencia? ¿No disfrutar en esta vida
las abundantes riquezas de su gracia? ¿riquezas como felicidad, deleite y gozo?
Jesús confrontó directamente este tipo de hipocresía en los fariseos. Eran expertos en
lucir espirituales en público, pero en privado su vida estaba lejos de Dios. El Sermón del
Monte fue dado, en gran parte, para derribar ese fariseísmo religioso. Esa tendencia a
aparentar justicia mientras el corazón permanece impuro. Jesús no vino a enseñarnos a
“sonreír en el templo y pelear en casa”, sino a vivir en integridad, reconciliados con Dios
y con nuestro prójimo.
La vida cristiana no es para vivirla con máscaras.
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No es para llegar al domingo con una sonrisa ensayada mientras que, en casa, en la
semana, se vive en guerra, en pecado oculto y en frialdad espiritual.
La vida cristiana es para tener paz en medio de la tormenta, libertad del pecado, de la
condenación y de la culpa. Es para caminar juntos en armonía, en paz y en santidad “sin
la cual nadie verá al Señor” (Heb. 12:14).
Por eso, la pobreza espiritual no se oculta, sino que se confiesa. No se maquilla, sino
que se entrega a Cristo para que Él la transforme en verdadera bienaventuranza.
El que se humilla y pide ayuda, encuentra restauración.
Prov. 28:13 El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se
aparta alcanzará misericordia.
El que aparenta, se priva a sí mismo de la gracia para cambiar su vida.
III. LA BENDICION PROMETIDA
Jesús termina la primera bienaventuranza con una promesa gloriosa:
…porque de ellos es el reino de los cielos.
No dice “será” como si fuera en un futuro lejano, sino “es”. Esto significa que la posesión
del Reino comienza ahora mismo para todo aquel que reconoce su bancarrota espiritual
y corre a Cristo en arrepentimiento y fe. El pobre en espíritu ya tiene entrada a la vida
del Reino, disfruta del favor de Dios y de la seguridad de su herencia eterna.
Esta bendición no es para los autosuficientes ni para los que se excusan en su orgullo.
Es para los que se despojan de toda pretensión y vienen a Jesús como mendigos
espirituales, como el hijo pródigo que volvió a casa con las manos vacías, y como el
publicano que oraba golpeándose el pecho:
Lucas 18:13 Dios, sé propicio a mí, pecador
Esa es la paradoja del Evangelio: cuando reconoces que no tienes nada, Dios te da
todo. Cuando admites tu ruina, Él te reviste con la justicia de Cristo. Cuando confiesas
tu pobreza, Él te hace heredero de todas las riquezas del Reino.
Pero si finges que todo está bien, si prefieres vivir con una careta de religiosidad y no
confesar tu necesidad, te estás privando de la mayor bendición que un ser humano puede
recibir: la comunión con Dios mismo. El Reino de los cielos no se abre para los que se
creen suficientes, sino para los que se saben necesitados.
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Amados, el llamado de esta bienaventuranza es claro en esta mañana:
• Dejemos las apariencias.
• Confesemos nuestra pobreza espiritual.
• Busquemos ayuda en la comunidad de fe.
• Abracemos la gracia de Dios que restaura y transforma.
La vida cristiana no es para vivirla fingiendo, sino para vivirla con la paz que sobrepasa
todo entendimiento. Con la libertad que Cristo ganó en la cruz. Y con la esperanza de la
gloria eterna.
CONCLUSION
Hemos visto que la primera bienaventuranza no es una virtud opcional, sino la puerta de
entrada a la vida cristiana. Ser pobre en espíritu es reconocer nuestra bancarrota
espiritual y venir a Cristo con las manos vacías, dependiendo enteramente de Su gracia.
Es un llamado directo a derribar el orgullo, la autosuficiencia y las apariencias.
Sin embargo, vivimos en un mundo que nos enseña a fingir que todo está bien. Un mundo
que nos dice:
“No muestres debilidad, no pidas ayuda, encubre tus luchas, lava la ropa sucia en casa”.
Esa mentalidad se ha infiltrado incluso en la iglesia, y muchos prefieren esconder su
pobreza espiritual detrás de una máscara de religiosidad. Bajo esa careta, sufren en
silencio, se privan de la bendición de Dios y evitan la restauración que podrían encontrar
si confesaran su necesidad.
El resultado es un cristianismo superficial y agotador que consiste en sonreír el domingo
y pelear el resto de la semana. Aparentar paz mientras el corazón está en guerra. Esto
no es lo que Jesús vino a darnos.
Juan 10:10 El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que
tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Él no murió para que viviéramos en hipocresía, sino para que experimentáramos la
libertad del pecado, de la condenación y de la culpa, y para que pudiéramos crecer juntos
en paz y santidad “sin la cual nadie verá al Señor” (Heb. 12:14).
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La pregunta es: ¿Qué impide que confieses tu pobreza espiritual hoy? ¿Orgullo? ¿Temor
al qué dirán? ¿Deseo de preservar una reputación? Recuerda que el Reino de los cielos
no se abre para los que se creen suficientes. Sino para los que se saben necesitados.
Marcos 2:17 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino
los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.
El Padre no rechaza al que viene en humildad. Al contrario, como con el hijo pródigo,
corre a recibirlo, lo abraza, lo restaura y lo celebra.
Salmo 51:17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y
humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Hermanos, la vida cristiana es contracultural. Mientras el mundo dice “muéstrate fuerte”,
Cristo dice “reconoce tu necesidad y ven a mí”.
Hoy, el llamado es a dejar las apariencias, confesar nuestra pobreza, buscar ayuda por
medio de la iglesia local y vivir bajo la bendición prometida en la primer bieaventuranza:
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
Oremos al Señor.