LA NADA
La nada, ese abismo que no es hueco ni plenitud, ese intersticio invisible donde se
repliegan todas las voces antes de nacer y donde, paradójicamente, el universo
despliega su artificio de permanencia, se erige como la única certeza que no admite
certeza alguna. Hablar de la nada es rozar la imposibilidad del lenguaje, pues cada
palabra que se pronuncia para aludirla se deshace en la paradoja de nombrar lo
innombrable, de vestir con ropajes semánticos aquello que es desnudez pura,
intemperie radical, silencio anterior a todo silencio.
La nada no se opone al ser; más bien, lo circunda, lo roza, lo abraza en secreto como
la sombra inseparable del cuerpo que se desplaza. Es el margen irreductible de toda
forma, la penumbra inevitable que confiere volumen a la luz, la carencia que sostiene
la abundancia. No hay objeto, por mínimo que sea, que no se levante sobre su propio
precipicio de vacío. Y, sin embargo, ese vacío no es un hueco carente de dignidad,
sino un fondo insondable donde la materia se reinventa en cada vibración, en cada
oscilación de partículas invisibles.
En la nada se incuban todas las posibilidades: el amor que nunca se dio, la palabra
que quedó en la garganta, la vida que no germinó y aun así insiste en palpitar en
alguna dimensión clandestina. La nada es un germinario mudo, un útero sin carne
que ampara la potencia de lo que nunca será, y precisamente en esa imposibilidad se
halla su mayor prodigio. Porque lo que no acontece, lo que permanece ausente,
también ejerce su peso sobre nosotros; nos modela tanto como lo que se materializa.
La nada es, entonces, el espejo sin reflejo en el que se contempla la fragilidad
humana. Nos creemos constructores de mundos, arquitectos de sentido, pero en el
fondo sabemos que toda edificación está cimentada en arenas que retroceden, que
todo discurso se desmorona en la primera ráfaga del silencio. Así, lo que somos es
apenas un parpadeo entre dos océanos infinitos de nada: la que nos precede y la que
nos sucederá. Y ese parpadeo, en su brevedad, en su fragilidad, se torna
inconmensurablemente valioso.
Decir “nada” es rozar la música muda que subyace a la sinfonía del cosmos. Es
recordar que cada certeza es apenas una ficción momentánea, un puente que
erigimos sobre un abismo que nunca se clausura. La nada nos mira sin ojos, nos
contiene sin brazos, nos llama sin voz. Y, aunque nos aterra con su rostro inexpresivo,
también nos libera, pues allí donde no hay nada, todo es posible: la imaginación no
encuentra límites, el deseo se despliega sin ataduras, la libertad se vuelve absoluta,
aunque solo dure el instante de un pensamiento.
Y así, en el flujo interminable de días y noches, en la sucesión incesante de minutos
que devoran nuestras rutinas, la nada no deja de recordarnos su presencia inasible:
en el silencio entre dos palabras, en el hueco que queda tras una despedida, en la
pausa antes de la música, en el instante de vacío que separa un latido de otro.
Vivimos rodeados de ella, habitamos su vastedad sin nombre, y aunque intentemos
poblarla de significados, ella permanece intacta, inaccesible, inexpugnable, como un
desierto infinito que se extiende más allá de cualquier horizonte concebible.
La nada, finalmente, no es ausencia, sino exceso. Es tan abundante en su vacuidad,
tan omnipresente en su carencia, que nos envuelve con más fuerza que cualquier
plenitud. Quizás, al final, la vida no sea más que una forma de aprender a convivir con
ella: un intento obstinado de bordar figuras efímeras sobre su lienzo inabarcable, un
esfuerzo quijotesco por sostener la ilusión del ser en medio de la inmensidad de lo
no-sido. Y, sin embargo, en esa lucha fútil, en esa obstinación sin remedio, radica el
arte mismo de existir.
CABEZA DE CHANCHO