Los pecados de Babilonia
Vi que desde que el segundo ángel proclamara la caída de las igle-
sias, éstas se han estado volviendo cada vez más corruptas. Tienen
el nombre de seguidoras de Cristo; pero es imposible distinguirlas
del mundo. Los ministros sacan sus textos de la Palabra de Dios,
pero predican cosas agradables. Contra esto el corazón natural no
tiene objeción. Lo que resulta odioso para el corazón carnal es tan
sólo el espíritu y el poder de la verdad, así como la salvación por
Cristo. No hay en el ministerio popular cosa alguna que despierte
la ira de Satanás, haga temblar al pecador, o aplique al corazón y la
conciencia las temibles realidades de un juicio que pronto se realiza-
rá. En general los impíos encuentran agradable una forma de piedad
carente de eficacia, y ayudarán a sostener una religión tal.
Dijo el ángel: “Nada que sea menos que toda la armadura de
justicia puede habilitar al hombre para vencer las potestades de las
tinieblas y retener la victoria sobre ellas. Satanás ha tomado plena
posesión de las iglesias en conjunto. Se ponen de relieve los dichos y
las obras de los hombres en vez de las claras y cortantes verdades de [274]
la Palabra de Dios. El espíritu y la amistad del mundo son enemistad
hacia Dios. Cuando la verdad en su sencillez y fortaleza, tal cual es
en Jesús, se levanta frente al espíritu del mundo, despierta en seguida
el espíritu de persecución. Muchísimos que profesan ser cristianos
no han conocido a Dios. El corazón natural no ha sido cambiado,
y el ánimo carnal permanece en enemistad con Dios. Aquéllos son
siervos fieles de Satanás, a pesar de haber asumido otro nombre.”
Vi que desde que Jesús dejó el lugar santo del santuario celestial
y entró detrás del segundo velo, las iglesias han estado llenándose
de toda ave inmunda y aborrecible. Vi gran iniquidad y vileza en
las iglesias; sin embargo sus miembros profesan ser cristianos. La
profesión que hacen, sus oraciones y sus exhortaciones, son abomi-
nación a la vista de Dios. Dijo el ángel: “Dios no halla agrado en sus
asambleas. Practican el egoísmo, el fraude y el engaño sin reprensión
de su conciencia. Sobre todos estos malos rasgos arrojan el manto
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278 Primeros Escritos
de la religión.” Me fué mostrado el orgullo de las iglesias nominales.
Dios no cabe en sus pensamientos; sus ánimos carnales se espacian
en sí mismos; adornan sus pobres cuerpos mortales, y luego se miran
con satisfacción y placer. Jesús y los ángeles los miran con enojo.
Dijo el ángel: “Sus pecados y su orgullo han subido hasta el cielo. Su
porción está preparada. La justicia y el juicio han dormitado largo
tiempo, pero pronto despertarán. La venganza es mía, yo pagaré,
dice el Señor.” Las terribles amenazas del tercer ángel van a ser
realizadas, y todos los impíos han de beber de la ira de Dios. Una
hueste innumerable de malos ángeles está dispersándose por toda la
tierra y llena las iglesias. Estos agentes de Satanás consideran con
regocijo las agrupaciones religiosas, porque el manto de la religión
cubre los mayores crímenes e iniquidades.
Todo el cielo contempla con indignación a los seres humanos,
[275] obra de las manos de Dios, reducidos por sus semejantes a las ma-
yores bajezas de la degradación y puestos al nivel de los brutos.
Personas que profesan seguir al amado Salvador, cuya compasión se
despertó siempre que viera la desgracia humana, participan activa-
mente en ese enorme y gravoso pecado: trafican con esclavos y con
las almas de los hombres. La agonía humana es trasladada de lugar
en lugar para ser comprada y vendida. Los ángeles han tomado nota
de todo esto; y está escrito en el libro. Las lágrimas de los piadosos
esclavos y esclavas, de padres, madres, hijos, hermanos y hermanas,
todo esto está registrado en el cielo. Dios refrenará su ira tan sólo un
poco más. Esa ira arde contra esta nación y especialmente contra las
organizaciones religiosas que han sancionado este terrible tráfico y
han participado ellas mismas en él. Tal injusticia, tal opresión, tales
sufrimientos, son considerados con cruel indiferencia por muchos
de los que profesan seguir al manso y humilde Jesús. Muchos de
ellos pueden infligir ellos mismos, con odiosa satisfacción, toda esta
indescriptible agonía; y sin embargo se atreven a adorar a Dios. Es
una burla sangrienta; Satanás se regocija por ella y echa oprobio
sobre Jesús y sus ángeles con motivo de tales inconsecuencias, y
dice con placer infernal: “¡Estos son los que siguen a Cristo!”
Estos profesos cristianos leen lo referente a los sufrimientos
de los mártires, y les corren lágrimas por las mejillas. Se admiran
de que los hombres pudiesen endurecerse al punto de practicar
tales crueldades para con sus semejantes. Sin embargo, los que
Los pecados de Babilonia 279
piensan y hablan así siguen al mismo tiempo manteniendo seres
humanos en la esclavitud. Y no es esto todo; tronchan los vínculos
naturales y oprimen cruelmente a sus semejantes. Pueden infligir
las torturas más inhumanas con la misma implacable crueldad que
manifestaron los papistas y los paganos hacia los que seguían a
Cristo. Dijo el ángel: “En el día en que se ejecute el juicio de Dios,
la suerte de los paganos y de los papistas será más tolerable que la
de estos hombres.” Los clamores de los oprimidos han llegado hasta [276]
el cielo, y los ángeles se quedan asombrados frente a los indecibles
y agonizantes sufrimientos que el hombre, formado a la imagen de
su Hacedor, inflige a sus semejantes. Dijo el ángel: “Los nombres
de los opresores están escritos con sangre, cruzados por azotes e
inundados por las ardientes lágrimas de agonía que han derramado
los dolientes. La ira de Dios no cesará antes de haber hecho beber a
esta tierra de luz las heces de la copa de su ira, antes de que haya
recompensado a Babilonia al doble. Dadle a ella como os ha dado,
y pagadle el doble según sus obras; en el cáliz en que ella preparó
bebida, preparadle a ella el doble.”
Vi que el que es dueño de un esclavo tendrá que responder por el
alma de ese esclavo a quien mantuvo en la ignorancia; los pecados
del esclavo serán castigados en el amo. Dios no puede llevar al cielo
al esclavo que fué mantenido en la ignorancia y la degradación, sin
saber nada de Dios ni de la Biblia, temiendo tan sólo el látigo de su
amo, y ocupando un puesto inferior al de los brutos. Pero hace con él
lo mejor que puede hacer un Dios compasivo. Le permite ser como
si nunca hubiera sido, mientras que el amo debe soportar las siete
postreras plagas y luego levantarse en la segunda resurrección para
sufrir la muerte segunda, la más espantosa. (Véase el Apéndice.)
Entonces la justicia de Dios estará satisfecha. [277]
El fuerte clamor
Vi ángeles que apresuradamente iban y venían de uno a otro lado
del cielo, bajaban a la tierra y volvían a subir al cielo, como si se
prepararan para cumplir algún notable acontecimiento. Después vi
otro ángel poderoso, al que se ordenó que bajase a la tierra y uniese
su voz a la del tercer ángel para dar fuerza y vigor a su mensaje.
Ese ángel recibió gran poder y gloria, y al descender dejó toda la
tierra iluminada con su gloria. La luz que rodeaba a este ángel
penetraba por doquiera mientras clamaba con fuerte voz: “Ha caído,
ha caído la gran Babilonia, y se ha hecho habitación de demonios y
guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda
y aborrecible.” Aquí se repite el mensaje de la caída de Babilonia,
tal como lo dió el segundo ángel, con la mención adicional de las
corrupciones introducidas en las iglesias desde 1844. La obra de
este ángel comienza a tiempo para unirse a la última magna obra
del mensaje del tercer ángel cuando éste se intensifica hasta ser un
fuerte pregón. Así se prepara el pueblo de Dios para afrontar la hora
de la tentación que muy luego ha de asaltarle. Vi que sobre los fieles
reposaba una luz vivísima, y que se unían para proclamar sin temor
el mensaje del tercer ángel.
Otros ángeles fueron enviados desde el cielo en ayuda del potente
ángel, y oí voces que por doquiera resonaban diciendo: “Salid de ella,
pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis
parte en sus plagas; porque sus pecados han llegado hasta el cielo,
y Dios se ha acordado de sus maldades.” Este mensaje parecía ser
un complemento del tercer mensaje, pues se le unía como el clamor
de media noche se añadió en 1844 al mensaje del segundo ángel.
[278] La gloria de Dios reposaba sobre los pacientes y expectantes santos,
quienes valerosamente daban la postrera y solemne amonestación,
proclamando la caída de Babilonia y exhortando al pueblo de Dios a
que de ella saliese para escapar a su terrible condenación.
La luz derramada sobre los fieles penetraba por doquiera; los
que en las iglesias tenían alguna luz, y no habían oído ni rechazado
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El fuerte clamor 281
los tres mensajes, obedecieron la exhortación y abandonaron las
iglesias caídas. Muchos habían entrado en edad de razón y responsa-
bilidad desde la proclamación de los mensajes; y la luz brilló sobre
ellos, deparándoles el privilegio de escoger entre la vida o la muerte.
Algunos escogieron la vida y se unieron con los que esperaban a
su Señor y guardaban todos sus mandamientos. El tercer mensaje
iba a efectuar su obra. Todos iban a ser probados por él, y las almas
preciosas iban a ser invitadas a salir de las congregaciones religiosas.
Una fuerza compulsiva movía a los sinceros, al paso que la manifes-
tación del poder de Dios infundía temor y respeto a los incrédulos
parientes y amigos para que no se atrevieran ni pudieran estorbar a
quienes sentían en sí la obra del Espíritu de Dios. El postrer llama-
miento llegó hasta los infelices esclavos, y los más piadosos de ellos
prorrumpieron en cánticos de transportado gozo ante la perspectiva
de su feliz liberación. Sus amos no pudieron contenerlos, porque el
asombro y el temor los mantenían en silencio. Se realizaron grandes
milagros. Sanaban los enfermos, y señales y prodigios acompañaban
a los creyentes. Dios colaboraba con la obra, y todos los santos, sin
temor de las consecuencias, obedecían al convencimiento de su con-
ciencia, se unían con los que guardaban todos los mandamientos de
Dios y proclamaban poderosamente por doquiera el tercer mensaje.
Vi que este mensaje terminaría con fuerza y vigor muy superiores al
clamor de media noche.
Los siervos de Dios, dotados con el poder del cielo, con sus sem-
blantes iluminados y refulgentes de santa consagración, salieron a
proclamar el mensaje celestial. Muchas almas diseminadas entre las [279]
congregaciones religiosas respondieron al llamamiento y salieron
presurosas de las sentenciadas iglesias, como Lot salió presuroso
de Sodoma antes de la destrucción de esa ciudad. Fortalecióse el
pueblo de Dios con la excelsa gloria que sobre él reposaba en co-
piosa abundancia, ayudándole a soportar la hora de la tentación. Oí
multitud de voces que por todas partes exclamaban: “Aquí está la
paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios
y la fe de Jesús.”
*****
Terminación del tercer mensaje
Se me señaló la época en que terminaría el mensaje del tercer
ángel. El poder de Dios había asistido a sus hijos, quienes después de
cumplir su obra estaban preparados para sobrellevar la hora de prue-
ba que les aguardaba. Habían recibido la lluvia tardía o refrigerio
de la presencia del Señor y se había reavivado el viviente testimo-
nio. Por todas partes había cundido la postrera gran amonestación,
agitando y enfureciendo a los moradores de la tierra que no habían
querido recibir el mensaje.
Vi ángeles que iban y venían de uno a otro lado del cielo. Un
ángel con tintero de escribano en la cintura regresó de la tierra y
comunicó a Jesús que había cumplido su encargo, quedando sellados
y numerados los santos. Vi entonces que Jesús, quien había estado
oficiando ante el arca de los diez mandamientos, dejó caer el incen-
sario, y alzando las manos exclamó en alta voz: “Consumado es.”
Y toda la hueste angélica se quitó sus coronas cuando Jesús hizo
[280] esta solemne declaración: “El que es injusto, sea injusto todavía; y
el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique
la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía.”
Todos los casos habían sido fallados para vida o para muerte.
Mientras Jesús oficiaba en el santuario, había proseguido el juicio de
los justos muertos y luego el de los justos vivientes. Cristo, habiendo
hecho expiación por su pueblo y habiendo borrado sus pecados,
había recibido su reino. Estaba completo el número de los súbditos
del reino, y consumado el matrimonio del Cordero. El reino y el
poderío fueron dados a Jesús y a los herederos de la salvación, y
Jesús iba a reinar como Rey de reyes y Señor de señores.
Al salir Jesús del lugar santísimo, oí el tintineo de las campanillas
de su túnica. Una tenebrosa nube cubrió entonces a los habitantes de
la tierra. Ya no había mediador entre el hombre culpable y un Dios
ofendido. Mientras Jesús estuvo interpuesto entre Dios y el pecador,
tuvo la gente un freno; pero cuando dejó de estar entre el hombre y el
Padre, desapareció el freno y Satanás tuvo completo dominio sobre
282
Terminación del tercer mensaje 283
los finalmente impenitentes. Era imposible que fuesen derramadas
las plagas mientras Jesús oficiase en el santuario; pero al terminar
su obra allí y cesar su intercesión, nada detiene ya la ira de Dios
que cae furiosamente sobre la desamparada cabeza del culpable
pecador que descuidó la salvación y aborreció las reprensiones. En
aquel terrible momento, después de cesar la mediación de Jesús, a
los santos les toca vivir sin intercesor en presencia del Dios santo.
Había sido decidido todo caso y numerada cada joya. Detúvose un
momento Jesús en el departamento exterior del santuario celestial,
y los pecados confesados mientras él estuvo en el lugar santísimo
fueron asignados a Satanás, originador del pecado, quien debía sufrir
su castigo.
Entonces vi que Jesús se despojaba de sus vestiduras sacerdo-
tales y se revestía de sus más regias galas. Llevaba en la cabeza
muchas coronas, una corona dentro de otra. Rodeado de la hueste [281]
angélica, dejó el cielo. Las plagas estaban cayendo sobre los mora-
dores de la tierra. Algunos acusaban a Dios y le maldecían. Otros
acudían presurosos al pueblo de Dios en súplica de que les enseñase
cómo escapar a los juicios divinos. Pero los santos no tenían nada
para ellos. Había sido derramada la última lágrima en favor de los
pecadores, ofrecida la última angustiosa oración, soportada la última
carga y dado el postrer aviso. La dulce voz de la misericordia ya no
había de invitarlos. Cuando los santos y el cielo entero se interesaban
por la salvación de los pecadores, éstos no habían tenido interés por
sí mismos. Se les ofreció escoger entre la vida y la muerte. Muchos
deseaban la vida, pero no se esforzaron por obtenerla. No escogieron
la vida, y ya no había sangre expiatoria para purificar a los culpables
ni Salvador compasivo que abogase por ellos y exclamase: “Per-
dona, perdona al pecador durante algún tiempo todavía.” Todo el
cielo se había unido a Jesús al oír las terribles palabras: “Hecho está.
Consumado es.” El plan de salvación estaba cumplido, pero pocos
habían querido aceptarlo. Y al callar la dulce voz de la misericordia,
el miedo y el horror invadieron a los malvados. Con terrible claridad
oyeron estas palabras: “¡Demasiado tarde! ¡demasiado tarde!”
Quienes habían menospreciado la Palabra de Dios corrían azo-
rados de un lado a otro, errantes de mar a mar y de norte a oriente
en busca de la Palabra del Señor. Dijo el ángel: “No la hallarán.
Hay hambre en la tierra; no hambre de pan ni sed de agua, sino de
284 Primeros Escritos
oír las palabras del Señor. ¡Qué no dieran por oír una palabra de
aprobación de parte de Dios! Pero no; han de seguir hambrientos y
sedientos. Día tras día descuidaron la salvación, estimando en más
las riquezas y placeres de la tierra que los tesoros y alicientes del
cielo. Rechazaron a Jesús y menospreciaron a sus santos. Los sucios
permanecerán sucios para siempre.”
[282] Muchos de los impíos se enfurecieron grandemente al sufrir los
efectos de las plagas. Ofrecían un espectáculo de terrible agonía. Los
padres recriminaban amargamente a sus hijos y los hijos a sus padres,
los hermanos a sus hermanas y las hermanas a sus hermanos. Por
todas partes se oían llantos y gritos como éstos: “¡Tú me impediste
recibir la verdad que me hubiera salvado de esta terrible hora!” La
gente se volvía contra sus ministros con acerbo odio y los reconvenía
diciendo: “Vosotros no nos advertisteis. Nos dijisteis que el mundo
entero se iba a convertir, y clamasteis: ‘¡Paz, paz!’ para disipar
nuestros temores. Nada nos enseñasteis acerca de esta hora, y a los
que nos precavían contra ella los tildabais de fanáticos y malignos
que querían arruinarnos.” Pero vi que los ministros no se libraron de
la ira de Dios. Sus sufrimientos eran diez veces mayores que los de
sus feligreses.
*****
El tiempo de angustia
Vi a los santos abandonar las ciudades y los pueblos y juntarse
en grupos para vivir en los lugares más apartados. Los ángeles los
proveían de comida y agua, mientras que los impíos sufrían hambre
y sed. Vi después que los magnates de la tierra consultaban entre
sí, y Satanás y sus ángeles estaban atareados en torno de ellos. Vi
un edicto del que se repartieron ejemplares por distintas partes de
la tierra, el cual ordenaba que si dentro de determinado plazo no
renunciaban los santos a su fe peculiar y prescindían del sábado para
observar el primer día de la semana, quedaría la gente en libertad
para matarlos. Pero en aquella hora de prueba estaban los santos
tranquilos y serenos, esperando en Dios y apoyados en su promesa
de que se les abriría un camino de salvación. En algunos puntos [283]
los malvados se precipitaron contra los santos para matarlos antes
de que venciese el plazo señalado en el edicto; pero ángeles en
la persona de guerreros pelearon por ellos. Satanás quería tener el
privilegio de exterminar a los santos del Altísimo; pero Jesús ordenó
a sus ángeles que velaran por ellos. Dios tendría a honra hacer un
pacto con quienes habían guardado su ley a la vista de los paganos
circundantes; y Jesús recibiría honra al trasladar sin que vieran la
muerte a los fieles expectantes que durante tanto tiempo le habían
aguardado.
Pronto vi que los santos sufrían gran angustia mental. Parecían
rodeados por los malvados moradores de la tierra. Todas las aparien-
cias estaban en su contra, y algunos empezaron a temer que Dios
los hubiese abandonado al fin para dejarlos perecer a manos de los
malos. Pero si sus ojos hubiesen podido abrirse, se hubieran visto
circundados por los ángeles de Dios. Después llegó la multitud de
los impíos airados, y a poco una masa de ángeles malignos que ex-
citaban a los impíos a que matasen a los santos. Mas para acercarse
al pueblo de Dios era preciso que atravesasen por entre la cohorte
de ángeles santos y poderosos, lo cual era imposible. Los ángeles
285
286 Primeros Escritos
de Dios los hacían retroceder y también rechazaban a los ángeles
malos que rodeaban a los malvados.
Fué una hora de tremenda y espantosa angustia para los santos.
Día y noche clamaban a Dios para pedirle que los librase. A juzgar
por las apariencias no había posibilidad de escapar. Los malvados,
saboreando de antemano su triunfo, exclamaban: “¿Por qué no os
libra vuestro Dios de nuestras manos? ¿Por qué no os escapáis por
los aires para salvar la vida?” Pero los santos no los escuchaban.
Como Jacob, estaban luchando con Dios. Los ángeles deseaban
libertarlos; pero habían de esperar un poco más. El pueblo de Dios
debía apurar el cáliz y ser bautizado del bautismo. Los ángeles,
fieles a su misión, seguían velando. Dios no quería que los paganos
[284] insultasen su nombre. Se acercaba el tiempo en que iba a manifestar
su formidable poder y libertar gloriosamente a sus santos. Por la
gloria de su nombre iba a libertar a todos los que pacientemente le
habían esperado y cuyos nombres estaban escritos en el libro.
Se me señaló al fiel Noé. Al desatarse la lluvia y sobrevenir el
diluvio, ya Noé y su familia habían entrado en el arca, y Dios había
cerrado la puerta. Noé había advertido fielmente a los moradores
del mundo antediluviano, mientras ellos se mofaban de él y le es-
carnecían. Pero cuando las aguas cubrieron la tierra, y uno tras otro
los impíos se iban ahogando, veían el arca de la que tanto se habían
burlado, flotando con toda seguridad sobre las olas, y preservando
al fiel Noé y su familia. Análogamente vi que sería libertado el
pueblo de Dios que con tanta fidelidad había anunciado al mundo
la ira venidera. Dios no consentiría que los malvados exterminasen
a quienes esperaban la traslación y no se sometían al decreto de la
bestia ni recibían su marca. Vi que si a los malvados se les permi-
tiese exterminar a los santos, Satanás se alegraría, con sus malignas
huestes y todos cuantos odiaban a Dios. Y ¡oh, qué triunfo fuera
para su majestad satánica ejercer en la lucha final potestad sobre los
que durante largo tiempo habían esperado contemplar a quien tanto
amaban! Los que se burlaron de la idea de la ascensión de los santos
presenciarán la solicitud de Dios por su pueblo y contemplarán su
gloriosa liberación.
Cuando los santos salieron de las villas y ciudades, los persi-
guieron los malvados con intento de matarlos. Pero las espadas
levantadas contra el pueblo de Dios se quebraron y cayeron tan