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Primeros Escritos-3

El documento narra las visiones de Elena G. de White sobre el ministerio de Cristo y la importancia del sábado, que llevaron a la formación de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Se detalla cómo los primeros adventistas, tras el gran chasco de 1844, comenzaron a observar el sábado y a publicar sus creencias, lo que resultó en el establecimiento de la revista 'The Present Truth'. A través de visiones y estudios bíblicos, se consolidaron las doctrinas fundamentales de la fe adventista, destacando la necesidad de un ministerio en el santuario celestial y la proclamación del mensaje del tercer ángel.

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Primeros Escritos-3

El documento narra las visiones de Elena G. de White sobre el ministerio de Cristo y la importancia del sábado, que llevaron a la formación de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Se detalla cómo los primeros adventistas, tras el gran chasco de 1844, comenzaron a observar el sábado y a publicar sus creencias, lo que resultó en el establecimiento de la revista 'The Present Truth'. A través de visiones y estudios bíblicos, se consolidaron las doctrinas fundamentales de la fe adventista, destacando la necesidad de un ministerio en el santuario celestial y la proclamación del mensaje del tercer ángel.

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cunstancias, recibió una visión en la cual le fué mostrado el traslado

del ministerio de Cristo del lugar santo al santísimo, al fin de los


2.300 años. El relato de esa visión se halla en [Primeros Escritos,
54-56].
Con respecto a otra visión que le fué dada poco después de la
que se acaba de mencionar, la Sra. E. G. de White dijo, en una
declaración escrita en abril de 1847: “El Señor me mostró en visión,
hace más de un año, que el Hno. Crozier tiene la luz verdadera acerca
de la purificación del santuario, etc., y que su voluntad [de Dios] es
que el Hno. Crozier escriba en detalle la opinión que nos dió en el
número especial del Day-Star del 7 de febrero de 1846. Me siento
plenamente autorizada por el Señor para recomendar ese número [xix]
especial a todos los santos.”—E. G. de White, A Word to the Little
Flock (Una palabra a la pequeña grey), pág. 12. De modo que las
visiones de la mensajera de Dios confirmaron lo descubierto por los
estudiosos de la Biblia.
En años subsiguientes, Elena G. de White escribió mucho con
respecto a la verdad del santuario y su significado para nosotros,
y son muchos los pasajes de Primeros Escritos que aluden a esto.
Nótese especialmente el capítulo que principia en la página 250 y
se titula “El santuario.” Al comprender el ministerio de Cristo en el
santuario se obtuvo la clave del misterio que rodeaba al gran chasco.
Pudo verse claramente que el anunció de que se acercaba la hora del
juicio divino se cumplió en los sucesos de 1844, y se comprendió
que debía ejercerse un ministerio en el lugar santísimo del santuario
celestial antes que Cristo viniese a esta tierra.
Durante la proclamación del mensaje adventista se había dado el
mensaje del primer ángel y del segundo, y luego comenzó a procla-
marse el mensaje del tercer ángel. Con esta proclamación empezó a
comprenderse el significado del sábado como día de reposo.
A fin de estudiar cómo principió entre los primeros adventistas la
observancia del sábado, lleguémonos a una pequeña iglesia situada
en la localidad de Wáshington, en el centro del estado de New
Hampshire, entre el de Nueva York por un lado y el de Maine por el
otro. Allí los miembros de una agrupación cristiana independiente
oyeron, en 1843, el mensaje del advenimiento, y lo aceptaron. Era
un grupo fervoroso, y a su seno llegó una hermana bautista del
séptimo día, Raquel Oaks (más tarde Sra. de Preston), quien les dió
folletos que recalcaban la vigencia del cuarto mandamiento. Algunos
miembros comprendieron esa verdad, y uno de ellos, Guillermo
Farnsworth, decidió guardar el sábado. En esto le acompañaron otras
doce personas, que fueron los primeros adventistas del séptimo día.
[xx] Federico Wheeler, el pastor de esa iglesia, tomó la misma decisión y
fué el primer pastor adventista que guardara el sábado. Otro pastor de
New Hampshire, [Link], aceptó también la verdad del sábado,
y en febrero de 1845 publicó un artículo acerca de esa verdad en un
periódico adventista, The Hope of Israel (La esperanza de Israel).
José Bates, eminente pastor adventista que residía en Fairhaven,
estado de Massachusetts, leyó el artículo de Preble y aceptó la vi-
gencia del sábado. Poco después presentó el asunto en un folleto de
64 páginas, que salió de prensas en agosto de 1846. Un ejemplar
llegó a las manos de Jaime White y su esposa Elena, poco después
de su casamiento, celebrado a fines de agosto de 1846. Ellos también
fueron convencidos por las pruebas bíblicas, y la señora escribió
más tarde: “En el otoño de 1846 comenzamos a observar el día de
reposo bíblico, y también a enseñarlo y defenderlo.”—[Testimonies
for the Church 1:75].
Jaime White y su esposa se habían decidido por las pruebas
bíblicas presentadas en el librito de Bates. El primer sábado de abril,
en 1847, siete meses después que ella y su esposo principiaran a
guardar el sábado, el Señor dió a la Sra. de White, en Topsham,
Maine, una visión en la cual se recalcó la importancia del sábado.
Elena vió las tablas de la ley en el arca del santuario celestial, y notó
que el cuarto mandamiento estaba rodeado de una aureola de luz.
En [Primeros Escritos, 32-35], puede leerse el relato de esa visión
que confirmó las conclusiones impuestas por el estudio de la Palabra
de Dios. En visión profética, la Sra. de White fué trasladada al fin
de los tiempos y vió que, por su actitud hacia la verdad del sábado,
los hombres demostrarán si deciden servir a Dios o a una potencia
apóstata. En 1874, ella escribió: “Creí la verdad acerca del sábado
antes de haber visto cosa alguna en visión con referencia al día de
reposo. Después que comencé a observar el sábado transcurrieron
meses antes que se me mostrase su importancia y su lugar en el
mensaje del tercer ángel.”—E. G. de W., carta 2, 1874.
[xxi] Durante 1848, los varios pastores adventistas del séptimo día que
se destacaban en la enseñanza de las verdades recién descubiertas
estrecharon filas mediante cinco conferencias dedicadas a considerar
el asunto del día de reposo. Con ayuno y oración, estudiaban la
Palabra de Dios. El pastor Bates, que era el apóstol de la verdad
sabática, encabezó el grupo y se distinguió por sus enseñanzas relati-
vas a la vigencia del sábado. Hiram Edson y sus acompañantes, que
asistieron a algunas de las conferencias, presentaron con energía el
asunto del santuario. Jaime White, que estudiaba cuidadosamente las
profecías, enfocaba su atención sobre los eventos que han de suceder
antes que vuelva el Señor Jesús. En aquellas conferencias se fué
reuniendo el haz de las doctrinas que hoy sostienen los adventistas
del séptimo día.
Rememorando aquellos tiempos, Elena G. de White escribió:
“Muchos de los nuestros no comprenden cuán firmemente se asenta-
ron los cimientos de nuestra fe. Mi esposo, el pastor José Bates, el pa-
dre Pierce[* ], el pastor Edson [Hiram], y otros hombres perspicaces,
nobles y fieles, se contaron entre los que, después que transcurriera
la fecha en 1844, buscaron la verdad como un tesoro escondido.
Yo también asistía a sus reuniones. Estudiábamos y orábamos con
fervor. A menudo permanecíamos congregados hasta tarde por la
noche; a veces toda la noche, orando por luz y estudiando la Palabra.
Vez tras vez aquellos hermanos se reunían para estudiar la Biblia, a
fin de descubrir su significado y a fin de estar preparados para predi-
carlo con poder. Cuando en su estudio llegaban al punto de decir:
‘Nada más podemos hacer,’ el Espíritu del Señor descendía sobre
mí; era arrebatada en visión y se me daba una clara explicación de
los pasajes que habíamos estado estudiando, y también instrucciones
acerca de cómo habíamos de trabajar y enseñar eficazmente. Así se
nos daba luz que nos ayudaba a comprender las escrituras referentes [xxii]
a Cristo, su misión y su sacerdocio. Se me señaló con claridad una
cadena de verdad que se extendía desde entonces hasta el tiempo
en que entraremos en la ciudad de Dios, y yo transmitía a otros las
instrucciones que el Señor me había dado.
“Durante todo ese tiempo yo no podía entender el razonamiento
de los hermanos. Mi mente estaba, por así decirlo, trabada, y no podía
comprender las escrituras que estábamos estudiando. Esto constituía
* Serefiere a los más antiguos pioneros de entre los hermanos. El “padre Pierce” era
Esteban Pierce, quien hizo obra ministerial y administrativa durante los comienzos.
uno de los mayores pesares de mi vida. Estuve en esa condición
hasta que todos los puntos principales de nuestra fe se aclararon para
nuestra mente, en armonía con la Palabra de Dios. Los hermanos
sabían que cuando yo no estaba en visión no podía comprender esos
asuntos, y aceptaban las revelaciones dadas como luz que provenía
directamente del cielo.”—[Selected Messages 1:206, 207].
El fundamento doctrinal de la Iglesia Adventista del Séptimo
Día se asentaba así sobre un fiel estudio de la Palabra de Dios, y
cuando los hermanos no podían avanzar, Elena G. de White recibía
luz que ayudaba a explicar la dificultad y despejaba el camino para
que el estudio continuase. Además, las visiones confirmaban las
conclusiones correctas. De manera que el don profético actuaba para
corregir los errores y para confirmar la verdad.
Poco después de la quinta de aquellas conferencias acerca del
sábado que se celebraron en 1848, otra reunión fué convocada en la
casa de Otis Nichols en Dorchester (cerca de Boston, Massachusetts).
Los hermanos estudiaron y oraron acerca del deber que tenían de
pregonar la verdad que el Señor había hecho brillar sobre su senda.
Mientras estudiaban, E. G. de White fué arrobada en visión, y en
esta revelación le fué mostrado que los hermanos debían publicar lo
que sabían era la verdad. He aquí cómo relata ella el caso:
“Al salir de la visión, dije a mi esposo: ‘Tengo un mensaje para ti.
[xxiii] Debes comenzar a publicar una revistita y mandarla a la gente. Sea
pequeña al principio; pero a medida que la gente la lea, te mandará
recursos con que imprimirla, y tendrá éxito desde el principio. Se
me mostró que de este humilde comienzo procedían raudales de luz
que circuían el mundo.’ ”—[Life Sketches of Ellen G. White, 125].
Esta era una invitación a obrar. ¿Qué podía hacer Jaime White
en respuesta? Tenía pocos bienes de este mundo, pero la visión era
una directiva divina, y el pastor White se sintió compelido a avanzar
por fe. Así que, con su Biblia de 75 centavos y su concordancia
sin tapas, comenzó a preparar los artículos sobre el sábado y otras
verdades afines que debían imprimirse. Todo esto requirió tiempo,
pero finalmente los originales fueron llevados al impresor de Midd-
letown, Connecticut, que estaba dispuesto a cumplir el pedido del
pastor White y esperar el pago. Los artículos se compusieron, se
leyeron las pruebas y se imprimieron mil ejemplares de la revista.
El pastor White los transportó desde la imprenta hasta la casa de la
familia Belden, donde él y Elena habían hallado refugio provisorio.
El tamaño de la hojita era de 15 centímetros por 22, y contenía 8
páginas. Llevaba el título de The Present Truth (La verdad presente)
y esta fecha: Julio de 1849. El montoncito de revistas se depositó en
el suelo. Los hermanos y las hermanas se reunieron en derredor, y
con lágrimas en los ojos, rogaron a Dios que bendijera el envío de
las hojitas. Luego Jaime White las llevó al correo de Middletown,
y así comenzó la obra de publicación de la Iglesia Adventista del
Séptimo Día.
Cuatro Números de La Verdad Presente fueron enviados así, con
oraciones previas. Pronto comenzaron a llegar cartas provenientes de
personas que habían principiado a guardar el sábado por haber leído
las revistas. Algunas cartas traían dinero, y en septiembre Jaime
White pudo abonar al impresor los $64,50 (dólares) que le debía por
los cuatro Números.
Mientras el pastor White y su esposa viajaban de un lugar a
otro, quedando unos meses aquí y otros meses allí, hicieron arreglos [xxiv]
para publicar unos cuantos Números de la revista. Finalmente, el
número undécimo y último de La Verdad Presente se publicó en
París, Maine, en noviembre de 1850. Ese mismo mes, se celebró
una conferencia en el mencionado pueblo de París, y los hermanos
dieron estudio a la creciente obra de publicación. Se decidió que
el periódico continuase, pero ampliado y bajo el nombre de The
Second Advent Review and Sabbath Herald (Revista del segundo
advenimiento y heraldo del sábado). Se ha publicado desde entonces
como órgano oficial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
La Sra. de White colaboró con La Verdad Presente y escribió
para ella unos cuantos artículos, la mayoría de los cuales pueden
leerse en [Primeros Escritos, 36-54].
En lo que se refiere a la Review and Herald, que comenzó a
publicarse en noviembre de 1850, se imprimió unos meses en Pa-
rís, Maine, luego en Saratoga Springs, estado de Nueva York. Fué
mientras vivía allí cuando el pastor White hizo arreglos, en agosto
de 1851, para imprimir el primer libro de su esposa, un opúsculo de
64 páginas titulado Experiencia Cristiana y Visiones de Elena G. de
White, cuyo contenido se lee ahora en [Primeros Escritos, 11-83].
En la primavera de 1852, el pastor White y su esposa se trasla-
daron a Rochester, estado de Nueva York, y allí establecieron una
imprenta donde pudieran hacer sus trabajos. Los hermanos respon-
dieron generosamente a los pedidos de dinero y así se obtuvieron
600 dólares para comprar equipo. Durante un poco más de tres años,
el pastor White y su esposa vivieron en Rochester y allí imprimieron
el mensaje. En 1852 el pastor White había añadido a la Review el
Youth’s Instructor (El Instructor de la Juventud.) Además, de vez en
cuando se publicaban folletos. Fué mientras estaban en Rochester
cuando, en enero de 1854, se imprimió la segunda obrita de la Sra. de
White. Era el Suplemento del libro Experiencia Cristiana y Visiones,
[xxv] que se lee ahora en [Primeros Escritos, 85-127].
En octubre de 1855, los esposos White y sus ayudantes se trasla-
daron a Battle Creek, estado de Míchigan. La prensa y otras partes
del equipo se instalaron en un edificio construído por varios de los
adventistas observadores del sábado que habían facilitado el dinero
para establecer nuestra propia imprenta. Al desarrollarse la obra de
la iglesia en Battle Creek, esa pequeña ciudad llegó a ser la sede de
la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
No era fácil para el pastor White impulsar la obra de publicación.
En aquellos tiempos los adventistas del séptimo día no estaban orga-
nizados en una iglesia, sino que la idea de organizarse les inspiraba
temor. Muchos de ellos habían sido miembros de las iglesias protes-
tantes que habían rechazado el mensaje del primer ángel, y les había
tocado abandonar esas iglesias cuando se proclamó el mensaje del
segundo ángel. Cuando se hablaba de organizar una iglesia tenían re-
celos de que el formalismo llegase a dominarlos y les hiciese perder
el favor divino. De manera que, durante los primeros quince años de
su existencia, el grupo adventista del séptimo día no estuvo unido
estrechamente, aunque sus miembros reconocían como dirigentes
espirituales a José Bates, Jaime White y algunos otros.
Al estudiar el fondo histórico de Primeros Escritos debe notarse
que los primeros adventistas observadores del sábado se preocupa-
ban tan sólo de buscar a los que habían sido sus hermanos en el gran
despertar adventista, es decir los que los habían acompañado durante
la proclamación de los mensajes del primer ángel y del segundo, con
el fin de comunicarles ahora el mensaje del tercer ángel. Durante
unos siete años después de 1844, las labores de los adventistas ob-
servadores del sábado se limitaron mayormente a tratar de ganar a
los adventistas que no se habían decidido por la verdad del sábado.
Esto no es sorprendente. En el curso de los esfuerzos hechos
para proclamar el mensaje adventista durante el verano de 1844, [xxvi]
habían aplicado a su experiencia la parabóla de las diez vírgenes
relatada en Mateo 25. Había habido un tiempo de tardanza. Luego
se oyó el clamor: “¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!” Esto se
llamaba comúnmente “el clamor de media noche.” En la primera
visión de E. G. de White, ese clamor le fué mostrado como una luz
brillante situada en alto detrás de los adventistas en el comienzo de
la senda. En la parábola, leían que las vírgenes que estaban listas
entraron a las bodas con el esposo, y luego la puerta se cerró. Véase
Mateo 25:10. Concluían de esto que el 22 de octubre de 1844 la
puerta de la misericordia se había cerrado para los que no habían
aceptado el mensaje tan ampliamente proclamado. [Seguridad y Paz
en el Conflicto de los Siglos, 482], E. G. de White explica así lo
experimentado entonces por los adventistas:
“Después que transcurriera la fecha en que se esperaba al Sal-
vador, siguieron creyendo que su venida estaba cercana; sostenían
que habían llegado a una crisis importante y que había cesado la
obra de Cristo como intercesor del hombre ante Dios. Les parecía
que la Biblia enseñaba que el tiempo de gracia concedido al hombre
terminaría poco antes de la venida misma del Señor en las nubes del
cielo. Eso parecía desprenderse de los pasajes bíblicos que indican
un tiempo en que los hombres buscarán, golpearán y llamarán a la
puerta de la misericordia, sin que ésta se abra. Y se preguntaban
si la fecha en que habían estado esperando la venida de Cristo no
señalaba más bien el comienzo de ese período que debía preceder
inmediatamente a su venida. Habiendo proclamado la proximidad
del juicio, consideraban que habían terminado su labor para el mun-
do, y no sentían más la obligación de trabajar por la salvación de
los pecadores, en tanto que las mofas atrevidas y blasfemas de los
impíos les parecían una evidencia adicional de que el Espíritu de
Dios se había retirado de los que rechazaran su misericordia. Todo
esto les confirmaba en la creencia de que el tiempo de gracia había
terminado, o, como decían ellos entonces, que ‘la puerta de la mise- [xxvii]
ricordia estaba cerrada.’ ” Y a continuación la Sra. de White explica
cómo se comenzó a comprender el asunto:
“Pero una luz más viva surgió del estudio de la cuestión del
santuario. Vieron entonces que tenían razón al creer que el fin de
los 2.300 días, en 1844, había marcado una crisis importante. Pero
si bien era cierto que se había cerrado la puerta de esperanza y
de gracia por la cual los hombres habían encontrado durante mil
ochocientos años acceso a Dios, otra puerta se les abría, y el perdón
de los pecados era ofrecido a los hombres por la intercesión de Cristo
en el lugar santísimo. Una parte de su obra había terminado tan sólo
para dar lugar a otra. Había aún una ‘puerta abierta’ para entrar en
el santuario celestial donde Cristo oficiaba en favor del pecador.
“Entonces comprendieron la aplicación de las palabras que Cris-
to dirigió en el Apocalipsis a la iglesia correspondiente al tiempo
en que ellos mismos vivían: ‘Estas cosas dice el que es santo, el
que es veraz, el que tiene la llave de David, el que abre, y ninguno
cierra, y cierra, y ninguno abre: Yo conozco tus obras: he aquí he
puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie podrá cerrar.’
[Apocalipsis 3:7, 8, VM].
“Son los que por fe siguen a Jesús en su gran obra de expiación,
quienes reciben los beneficios de su mediación por ellos, mientras
que a los que rechazan la luz que pone a la vista este ministerio, no
les beneficia.”—[Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 482,
483].
La Sra. de White habla luego de cómo los dos grupos de creyen-
tes adventistas se relacionaron con esta experiencia:
“Cuando pasó la fecha fijada para 1844, hubo un tiempo de gran
prueba para los que conservaban aún la fe adventista. Su único
alivio en lo concerniente a determinar su verdadera situación, fué
la luz que dirigió su espíritu hacia el santuario celestial. Algunos
dejaron de creer en la manera en que habían calculado antes los
períodos proféticos, y atribuyeron a factores humanos o satánicos
[xxviii] la poderosa influencia del Espíritu Santo que había acompañado al
movimiento adventista. Otros creyeron firmemente que el Señor los
había conducido en su vida pasada; y mientras esperaban, velaban
y oraban para conocer la voluntad de Dios, llegaron a comprender
que su gran Sumo Sacerdote había empezado a desempeñar otro
ministerio y, siguiéndole con fe, fueron inducidos a ver además la
obra final de la iglesia. Obtuvieron un conocimiento más claro de
los mensajes de los primeros ángeles, y quedaron preparados para
recibir y dar al mundo la solemne amonestación del tercer ángel de
Apocalipsis 14.”—[Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos,
485].
En las páginas 42-45 de Primeros Escritos se encontrarán ciertas
referencias a la “puerta abierta” y a la “puerta cerrada.” Son expre-
siones que sólo pueden comprenderse correctamente si se tiene en
cuenta lo que experimentaron nuestros primeros creyentes.
Poco después del chasco se vió que si bien algunos, por haber
rechazado definitivamente la luz, habían clausurado la puerta que
les daba acceso a la salvación, eran muchos los que no habían oído
el mensaje ni lo habían rechazado. Los tales podían valerse de las
medidas dispuestas por Dios para salvar a los hombres. Alrededor
del año 1850, estos detalles se destacaban con claridad. También
en aquel entonces comenzó a haber oportunidades de presentar los
mensajes de los tres ángeles. Los prejuicios se iban disipando. Elena
de White, repasando lo que había sucedido después del chasco,
escribió:
“Era entonces casi imposible acercarse a los incrédulos. El chas-
co de 1844 había confundido a muchos, y ellos no querían oir expli-
cación alguna con respecto al asunto.”—Review and Herald, 20 de
noviembre de 1883. [Messenger to the Remnant, pág. 51].
Pero en 1851 el pastor White pudo dar este informe: “Ahora
la puerta está abierta casi por doquiera para presentar la verdad, y
muchos de los que antes no tenían interés en investigar están ahora [xxix]
listos para leer las publicaciones.”—Review and Herald, del 19 de
agosto de 1851. [Messenger to the Remnant, pág. 51].
Sin embargo, al presentarse esas nuevas oportunidades y al acep-
tar el mensaje un número mayor de personas, comenzaron a entrar
juntamente con ellas ciertos elementos discordantes. Si no se hubiese
puesto dique a esto, la obra habría sufrido gran perjuicio. Afortuna-
damente, con respecto a esto vemos nuevamente que la providencia
de Dios guiaba a su pueblo, pues la misma Sra. de White nos dice
acerca de una visión que le fué dada el 24 de diciembre de 1850:
“Vi cuán grande y santo es Dios. Dijo el ángel: ‘Andad cuida-
dosamente delante de él, porque es alto y sublime, y la estela de
su gloria llena el templo.’ Vi que en el cielo todo estaba en orden
perfecto. Dijo el ángel: ‘¡Mirad! ¡Cristo es la cabeza; avanzad en
orden! Haya sentido en todo.’ Dijo el ángel: ‘¡Contemplad y conoced
cuán perfecto y hermoso es el orden en el cielo! ¡Seguidlo!’ ”—E.
G. de White, manuscrito 11, 1850. [Messenger to the Remnant, pág.
45].
Se necesitó tiempo para lograr que los creyentes en general
apreciasen las necesidades y el valor que tiene el orden evangélico.
Lo que les había sucedido antes en las iglesias protestantes de las
cuales se habían separado los hacía muy cautelosos. Excepto en los
lugares donde la necesidad práctica era muy evidente, el temor de
atraer el formalismo impedía el avance que debiera haberse realizado
en la organización de la iglesia. Todavía tuvo que transcurrir una
década después de la visión de 1850 para que se dieran finalmente
pasos juiciosos hacia la organización de la iglesia. Es indudable que
un factor de primordial importancia para madurar aquellos esfuerzos
lo constituyó un artículo abarcante que, bajo el título de “El orden
evangélico,” se publicó en el Suplemento de Experiencia Cristiana y
Visiones de Elena G. de White, y se encuentra ahora en [Primeros
[xxx] Escritos, 97-104].
En 1860, al organizarse la obra de publicación, se eligió un nom-
bre para la agrupación. Algunos pensaban que el nombre “Iglesia de
Dios” resultaba apropiado, pero la sugestión mejor recibida fué la
de elegir un nombre que hiciese resaltar nuestras enseñanzas carac-
terísticas, y el nombre “Adventistas del Séptimo Día” fué aceptado
para designar nuestra iglesia. Al año siguiente se organizó una aso-
ciación local, y antes de mucho existían varias asociaciones tales.
Finalmente, en mayo de 1863, se organizó la Asociación General de
los Adventistas del Séptimo Día. Esto nos lleva cinco años más allá
que el tiempo de Primeros Escritos.
Ya se mencionó el traslado de la imprenta de Rochester, estado
de Nueva York, a Battle Creek, Míchigan, en octubre de 1855. Los
esposos White establecieron su hogar en Battle Creek, y cuando la
obra estuvo bien arraigada allí, pudieron reanudar sus viajes por el
campo. En el curso de una gira en el estado de Ohío, durante febrero
y marzo de 1858, fué cuando la importante visión del gran conflicto
fué dada a la Sra. de White. En septiembre de 1858 se publicó el
tomo primero de Los Dones Espirituales, o sea el librito titulado La
Gran Controversia entre Cristo y Satanás, que constituye la tercera
y última división de Primeros Escritos. En las páginas 129-132 se
encuentran datos adicionales acerca de aquella visión y acerca de la
mencionada parte tercera de Primeros Escritos.

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