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Primeros Escritos-2

El documento presenta los primeros escritos de E. G. de White, destacando su relevancia para los adventistas del séptimo día y el contexto histórico de su creación entre 1840 y 1850. Se menciona el impacto del gran despertar adventista y la figura de Guillermo Miller, quien influyó en la interpretación de las profecías bíblicas sobre la segunda venida de Cristo. Además, se discuten las enseñanzas sobre el mensaje de los tres ángeles en Apocalipsis 14 y su conexión con la experiencia de los adventistas en ese periodo.

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Primeros Escritos-2

El documento presenta los primeros escritos de E. G. de White, destacando su relevancia para los adventistas del séptimo día y el contexto histórico de su creación entre 1840 y 1850. Se menciona el impacto del gran despertar adventista y la figura de Guillermo Miller, quien influyó en la interpretación de las profecías bíblicas sobre la segunda venida de Cristo. Además, se discuten las enseñanzas sobre el mensaje de los tres ángeles en Apocalipsis 14 y su conexión con la experiencia de los adventistas en ese periodo.

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Prólogo histórico

Fiel a su nombre, Primeros Escritos presenta las primicias de lo


que escribió la Sra. E. G. de White. Por lo tanto es para todos los ad-
ventistas del séptimo día una obra de interés especial y sostenido. Sin
embargo, mientras sus mensajes conmuevan y alienten el corazón
de sus lectores, éstos alcanzarán a apreciar tanto más hondamente
las verdades presentadas si recuerdan con claridad las circunstan-
cias de los tiempos históricos en que fueron escritos los tres libros
abarcados por esta obra. Aquí y allí se usan expresiones alusivas
a sucesos que, para ser comprendidos, deben encararse dentro del
marco de las actividades a las que se dedicaban los adventistas del
séptimo día entre 1840 y 1850. Por ejemplo, las referencias a los
“adventistas nominales” podrían ser interpretadas por algunos lecto-
res como designando a ciertos adventistas del séptimo día carentes
de fervor, cuando en realidad aluden a quienes habían participado en
el gran despertar de 1831-1844, pero no aceptaron luego la verdad
del sábado y se contaban entre aquellos a quienes hoy llamaríamos
“adventistas del primer día.”
Hacia el fin de esta obra hay tres capítulos que se titulan: “El
Mensaje del Primer Angel,” “El Mensaje del Segundo Angel” y
“El Mensaje del Tercer Angel.” Es posible que al consultar estos
capítulos el lector piense encontrar una interpretación categórica de
Apocalipsis 14 y la aplicación que corresponde a los mensajes dados
por los tres ángeles; pero cuando uno recorre aquellos capítulos,
penetra más bien en la experiencia de aquellos que participaron
en la proclamación de los dos primeros mensajes e iniciaron la
proclamación del tercero. La autora, Elena G. de White, participó
ella misma en esa experiencia, y al escribir daba por sentado que
el lector se había familiarizado con el comienzo y el desarrollo del [viii]
despertar adventista, así como con el nacimiento y el progreso del
movimiento adventista del séptimo día, que empezó después de
1844.

VII
Hoy, más de un siglo nos separa de aquellos tiempos heroicos y
ya no existe entre los adventistas del séptimo día un conocimiento
tan cabal de lo experimentado entonces. Si el lector del precioso
librito que es Primeros Escritos recuerda esto con claridad estará
mejor capacitado para dar una aplicación correcta a las enseñanzas
y al mensaje de este libro.
Conviene, por lo tanto, señalar aquí algunos de los detalles so-
bresalientes de lo experimentado por los adventistas observadores
del sábado durante la década anterior a la primera publicación de lo
que aparece en Primeros Escritos.
En los párrafos iniciales de este libro, la Sra. de White alude
brevemente a su conversión y al comienzo de su experiencia cris-
tiana. Explica también que asistió a conferencias explicativas de
la doctrina bíblica relativa al advenimiento personal de Cristo, que
se creía inminente. El gran despertar adventista al cual la autora se
refiere en pocas palabras era un movimiento de alcance mundial. Se
produjo como resultado del estudio cuidadoso que muchos dieron a
las profecías bíblicas y también del hecho de que en todo el mundo
muchísimos aceptaron la buena nueva relativa a la venida de Jesús.
Pero fué en los Estados Unidos donde el mensaje adventista
fué proclamado y aceptado por mayor número de personas. Como
las profecías bíblicas referentes al retorno del Señor Jesús fueron
aceptadas por hombres y mujeres capaces, pertenecientes a muchas
iglesias, el resultado fué que el movimiento obtuvo muchos segui-
dores. Estos no crearon, sin embargo, una organización religiosa
distinta y separada, sino que la esperanza adventista produjo profun-
dos reavivamientos religiosos que beneficiaron a todas las iglesias
protestantes, e indujo a muchos escépticos e incrédulos a confesar
públicamente su fe en la Biblia y en Dios.
[ix] Al acercarse el movimiento a su momento culminante, poco
después de 1840, varios centenares de pastores participaban en la
proclamación del mensaje. A la cabeza se hallaba Guillermo Miller.
Este residía durante su edad madura en la frontera oriental del estado
de Nueva York; es decir en la parte noreste de los Estados Unidos.
Era un hombre que, si bien se sostenía con trabajos agrícolas, se
destacaba en su comunidad. A pesar de haberse criado en un ambien-
te de piedad, durante su juventud se había vuelto escéptico. Había
perdido la fe en la Palabra de Dios y adoptado opiniones deístas.
Mientras estaba leyendo un sermón en la iglesia bautista un domin-
go, el Espíritu Santo conmovió su corazón y se sintió inducido a
aceptar a Jesucristo como su Salvador. Se dedicó a estudiar la Pala-
bra de Dios, resuelto a encontrar en ella una respuesta satisfactoria
para todas sus preguntas y conocer las verdades presentadas en sus
páginas.
Durante dos años dedicó gran parte de su tiempo a un estudio de
las Escrituras versículo por versículo. Estaba resuelto a no pasar a un
nuevo texto antes de haber encontrado una explicación satisfactoria
del anterior. Tenía delante de sí sólo su Biblia y una concordancia.
Con el tiempo llegó a estudiar las profecías relativas a la segunda
venida literal y personal de Cristo. También consideró las grandes
profecías referentes a ciertos plazos de tiempo, particularmente la
de Daniel 8 y 9 que menciona los 2300 días y que él vinculó con
la profecía de Apocalipsis 14 y el mensaje del ángel encargado de
proclamar la hora del juicio divino. Apocalipsis 14:6, 7. En Primeros
Escritos, 229, la Sra. de White declara que “Dios envió a su ángel
para que moviese el corazón” de Miller, “y lo indujese a escudriñar
las profecías.”
En su infancia, la Sra. de White oyó a Miller dictar dos ciclos de
conferencias en la ciudad de Portland, estado de Maine. Su corazón
recibió impresiones profundas y duraderas. Permitámosle presentar-
nos los cálculos referentes a las profecías como el pastor Miller los
exponía a sus auditorios, pues ella lo explica así en El Conflicto de
los Siglos: [x]
“La profecía que parecía revelar con la mayor claridad el tiempo
del segundo advenimiento, era la de (Daniel 8:14, VM): ‘Hasta
dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el
Santuario.’ Siguiendo la regla que se había impuesto, de dejar que las
Sagradas Escrituras se interpretasen a sí mismas, Miller llegó a saber
que un día en la profecía simbólica representa un año (Números
14:34; Ezequiel 4:6); vió que el período de los 2.300 días proféticos,
o años literales, se extendía mucho más allá del fin de la era judaica,
y que por consiguiente no podía referirse al santuario de aquella
economía. Miller aceptaba la creencia general de que durante la era
cristiana la tierra es el santuario, y dedujo por consiguiente que la
purificación del santuario predicha en (Daniel 8:14) representaba
la purificación de la tierra con fuego en el segundo advenimiento
de Cristo. Llegó pues a la conclusión de que si se podía encontrar
el punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el tiempo del
segundo advenimiento. Así quedaría revelado el tiempo de aquella
gran consumación, ‘el tiempo en que concluiría el presente estado de
cosas, con todo su orgullo y poder, su pompa y vanidad, su maldad
y opresión,... el tiempo en que la tierra dejaría de ser maldita, en que
la muerte sería destruida y se daría el galardón a los siervos de Dios,
a los profetas y santos, y a todos los que temen su nombre, el tiempo
en que serían destruidos los que destruyen la tierra.’—[Bliss, pág.
76.]
“Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y
fervor que nunca, dedicando noches y días enteros al estudio de lo
que resultaba entonces de tan inmensa importancia y absorbente
interés. En el capítulo octavo de Daniel no pudo encontrar guía para
el punto de partida de los 2.300 días. Aunque se le mandó que hiciera
comprender la visión a Daniel, el ángel Gabriel sólo le dió a éste una
explicación parcial. Cuando el profeta vió las terribles persecuciones
que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No
[xi] pudo soportar más, y el ángel le dejó por algún tiempo. Daniel quedó
‘sin fuerzas,’ y estuvo ‘enfermo algunos días.’ ‘Estaba asombrado
de la visión—dice;—mas no hubo quien la explicase.’
“Y sin embargo Dios había mandado a su mensajero: ‘Haz que
éste entienda la visión.’ Esa orden debía ser ejecutada. En obedeci-
miento a ella, el ángel, poco tiempo después, volvió hacia Daniel,
diciendo: ‘Ahora he salido para hacerte sabio de entendimiento;’
‘entiende pues la palabra, y alcanza inteligencia de la visión.’ [Da-
niel 8:27, 16; 9:22, 23, VM] Había un punto importante en la visión
del capítulo octavo, que no había sido explicado, a saber, el que se
refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por consiguiente,
el ángel, reanudando su explicación, se espacia en la cuestión del
tiempo:
“ ‘Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre
tu santa ciudad... Sepas pues y entiendas, que desde la salida de la
palabra para restaurar y edificar a Jerusalem hasta el Mesías Príncipe,
habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; tornaráse a edificar la
plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta
y dos semanas se quitará la vida al Mesías, y no por sí... Y en otra
semana confirmará el pacto a muchos, y a la mitad de la semana
hará cesar el sacrificio y la ofrenda.’. [Daniel 9:24-27.]
“El ángel había sido enviado a Daniel con el objeto expreso de
que le explicara el punto que no había logrado comprender en la
visión del capítulo octavo, el dato relativo al tiempo: ‘Hasta dos mil
y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el Santua-
rio.’ Después de mandar a Daniel que ‘entienda’ ‘la palabra’ y que
alcance inteligencia de ‘la visión,’ las primeras palabras del ángel
son: ‘Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu
santa ciudad.’ La palabra traducida aquí por ‘determinadas,’ significa
literalmente ‘descontadas.’ El ángel declara que setenta semanas,
que representaban 490 años, debían ser descontadas por pertenecer
especialmente a los judíos. ¿Pero de dónde fueron descontadas? [xii]
Como los 2.300 días son el único período de tiempo mencionado
en el capítulo octavo, deben constituir el período del que fueron
descontadas las setenta semanas; las setenta semanas deben por
consiguiente formar parte de los 2.300 días, y ambos períodos deben
comenzar juntos. El ángel declaró que las setenta semanas datan
del momento en que salió el edicto para reedificar a Jerusalén. Si se
puede encontrar la fecha de aquel edicto, queda fijado el punto de
partida del gran período de los 2.300 días.
“Ese decreto se encuentra en el capítulo séptimo de Esdras. [Vers.
12-26.] Fué expedido en su forma más completa por Artajerjes, rey
de Persia, en el año 457 ant. de J.C. Pero en [Esdras 6:14] se dice
que la casa del Señor fué edificada en Jerusalén ‘por mandamiento
de Ciro, y de Darío y de Artajerjes rey de Persia.’ Estos tres reyes, al
expedir el decreto y al confirmarlo y completarlo, lo pusieron en la
condición requerida por la profecía para que marcase el principio de
los 2.300 años. Tomando el año 457 ant. de J.C. en que el decreto
fué completado, como fecha de la orden, se comprobó que cada
especificación de la profecía referente a las setenta semanas se había
cumplido.
“ ‘Desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Je-
rusalem hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y
dos semanas’—es decir sesenta y nueve semanas, o sea 483 años. El
decreto de Artajerjes fué puesto en vigencia en el otoño del año 457
ant. de J.C. Partiendo de esta fecha, los 483 años alcanzan al otoño
del año 27 de J.C. Entonces fué cuando esta profecía se cumplió. La
palabra ‘Mesías’ significa ‘el ungido.’ En el otoño del año 27 de J.C.,
Cristo fué bautizado por Juan y recibió la unción del Espíritu Santo.
El apóstol Pedro testifica que ‘a Jesús de Nazaret: ... Dios le ungió
con el Espíritu Santo y con poder.’ [Hechos 10:38, VM] Y el mismo
Salvador declara: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí; por cuanto
me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres.’ Después
[xiii] de su bautismo, Jesús volvió a Galilea, ‘predicando el evangelio de
Dios, y diciendo: Se ha cumplido el tiempo.’ [Lucas 4:18; Marcos
1:14, 15, VM]
“ ‘Y en otra semana confirmará el pacto a muchos.’ La semana de
la cual se habla aquí es la última de las setenta. Son los siete últimos
años del período concedido especialmente a los judíos. Durante ese
plazo, que se extendió del año 27 al año 34 de J.C., Cristo, primero
en persona y luego por intermedio de sus discípulos, presentó la
invitación del Evangelio especialmente a los judíos. Cuando los
apóstoles salieron para proclamar las buenas nuevas del reino, las
instrucciones del Salvador fueron: ‘Por el camino de los Gentiles no
iréis, y en ciudad de Samaritanos no entréis.’. [Mateo 10:5, 6.]
“ ‘A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.’
En el año 31 de J.C., tres años y medio después de su bautismo,
nuestro Señor fué crucificado. Con el gran sacrificio ofrecido en el
Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante cuatro mil
años había prefigurado al Cordero de Dios. El tipo se encontró en el
antitipo, y todos los sacrificios y oblaciones del sistema ceremonial
debían cesar.
“Las setenta semanas, o 490 años concedidos a los judíos, termi-
naron, como lo vimos, en el año 34 de J.C. En dicha fecha, por auto
del Sanedrín judaico, la nación selló su rechazamiento del Evangelio
con el martirio de Esteban y la persecución de los discípulos de
Cristo. Entonces el mensaje de salvación, no estando más reservado
exclusivamente para el pueblo elegido, fué dado al mundo. Los dis-
cípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, ‘andaban
por todas partes, predicando la Palabra.’ ‘Felipe, descendiendo a la
ciudad de Samaria, les proclamó el Cristo.’ Pedro, guiado por Dios,
dió a conocer el Evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso Cor-
nelio; el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo, fué comisionado
para llevar las alegres nuevas ‘lejos ...a los gentiles.’ [Hechos 8:4, 5;
22:21, VM]
“Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cum- [xiv]
plido de una manera sorprendente, y el principio de las setenta
semanas queda establecido irrefutablemente en el año 457 ant. de
J.C. y su fin en el año 34 de J.C. Partiendo de esta fecha no es difícil
encontrar el término de los 2.300 días. Las setenta semanas—490
días—descontadas de los 2.300 días, quedaban 1.810 días. Con-
cluidos los 490 días, quedaban aún por cumplirse los 1.810 días.
Contando desde 34 de J.C., los 1.810 años alcanzan al año 1844. Por
consiguiente los 2.300 días de [Daniel 8:14] terminaron en 1844. Al
fin de este gran período profético, según el testimonio del ángel de
Dios, ‘el santuario’ debía ser ‘purificado.’ De este modo la fecha de
la purificación del santuario—la cual se creía casi universalmente
que se verificaría en el segundo advenimiento de Cristo—quedó
definitivamente establecida.
“Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días
terminarían en la primavera de 1844, mientras que la profecía señala
el otoño de ese mismo año. La mala inteligencia de este punto fué
causa de desengaño y perplejidad para los que habían fijado para
la primavera de dicho año el tiempo de la venida del Señor. Pero
esto no afectó en lo más mínimo la fuerza de la argumentación que
demuestra que los 2.300 días terminaron en el año 1844 y que el
gran acontecimiento representado por la purificación del santuario
debía verificarse entonces.
“Al empezar a estudiar las Sagradas Escrituras como lo hizo, para
probar que son una revelación de Dios, Miller no tenía la menor idea
de que llegaría a la conclusión a que había llegado. Apenas podía él
mismo creer en los resultados de su investigación. Pero las pruebas
de la Santa Escritura eran demasiado evidentes y concluyentes para
rechazarlas.
“Había dedicado dos años al estudio de la Biblia, cuando, en
1818, llegó a tener la solemne convicción de que unos veinticin-
co años después aparecería Cristo para redimir a su pueblo.”—
[Seguridad y Paz en el Conflicto de los Siglos, 371-377 (1954)]
Los creyentes adventistas aguardaban con honda expectación el [xv]
día en que su Señor iba a volver. Consideraban el otoño de 1844
como el momento señalado por la profecía de Daniel. Pero aquellos
consagrados creyentes iban a sufrir un gran chasco. Así como los
discípulos del tiempo de Cristo no comprendieron el carácter exacto
de los acontecimientos que se iban a realizar en cumplimiento de la
profecía relativa al primer advenimiento de Cristo, los adventistas
de 1844 sufrieron un gran chasco en relación con la profecía que
anunciaba la segunda venida de Cristo. Acerca de esto leemos:
“Jesús no vino a la tierra, como lo esperaba la compañía que
le aguardaba gozosa, para purificar el santuario, limpiando la tierra
por fuego. Vi que era correcto su cálculo de los períodos proféticos;
el tiempo profético había terminado en 1844, y Jesús entró en el
lugar santísimo para purificar el santuario al fin de los días. La
equivocación de ellos consistió en no comprender lo que era el
santuario ni la naturaleza de su purificación.”—[Primeros Escritos,
243.]
Casi inmediatamente después del chasco de octubre, muchos
creyentes y pastores que se habían adherido al mensaje adventista
se apartaron de él. Otros fueron arrebatados por el fanatismo. Más
o menos la mitad de los adventistas siguió creyendo que Cristo no
tardaría en aparecer en las nubes del cielo. Al verse expuestos a
las burlas del mundo, las consideraron como pruebas de que había
pasado el tiempo de gracia para el mundo. Creían firmemente que el
día del advenimiento se acercaba. Pero cuando los días se alargaron
en semanas y el Señor no apareció, se produjo una división de opi-
niones en el grupo mencionado. Una parte, numéricamente grande,
decidió que la profecía no se había cumplido en 1844 y que sin
duda se había producido un error al calcular los períodos proféticos.
Comenzaron nuevamente a fijar fechas. Otro grupo menor, que vino
a ser el de los antecesores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día,
hallaba certeras las evidencias de la obra del Espíritu Santo en el
[xvi] gran despertar, y consideraba imposible negar que el movimiento
fuese obra de Dios, pues hacer esto habría sido despreciar al Espíritu
de gracia.
Para este grupo, la obra que debían hacer y lo que experimen-
taban estaba descrito en los últimos versículos de Apocalipsis 10.
Debían reavivar la expectación. Dios los había conducido y seguía
conduciéndolos. En sus filas militaba una joven llamada Elena Har-
mon, quien recibió de Dios, en diciembre de 1844, una revelación
profética. En esa visión el Señor le mostró la peregrinación del
pueblo adventista hacia la áurea ciudad. La visión no explicaba el
motivo del chasco, si bien la explicación podía obtenerse del estudio
de la Biblia, como sucedió. Sobre todo hizo comprender a los fieles
que Dios los estaba guiando y continuaría conduciéndolos mientras
viajasen hacia la ciudad celestial.
Al pie de la senda simbólica mostrada a la joven Elena, había
una luz brillante, que el ángel designó como el clamor de media
noche, expresión vinculada con la predicación de un inminente
advenimiento durante el verano y el otoño de 1844. En aquella
visión, se discernía a Cristo conduciendo al pueblo a la ciudad de
Dios. La conversación oída indicaba que el viaje iba a resultar más
largo de lo que se había esperado. Algunos perdieron de vista a
Jesús, y cayeron de la senda, pero los que mantuvieron los ojos fijos
en Jesús y en la ciudad llegaron con bien a su destino. Esto es lo que
se nos presenta, bajo el título “Mi primera visión,” en las páginas
13-20 de este libro.
Eran muy pocos los que constituían aquel grupo que avanzaba en
la luz. En 1846, eran como cincuenta. El grupo mayor, que abandonó
la esperanza de que la profecía se hubiese cumplido en 1844, contaba
tal vez con 30.000 personas. En 1845 se reunieron para reexaminar
sus opiniones en una conferencia que se celebró en Albany, estado
de Nueva York, del 29 de abril al 1 de mayo. Decidieron entonces
formalmente denunciar a quienes aseverasen tener “iluminación
especial” y a los que enseñasen “fábulas judaicas.” (Advent Herald, [xvii]
14 de mayo de 1845.) Véase Messenger to the Remnant (Mensajera
enviada al residuo), pág. 31, columna 2.
Cerraron así la puerta para no dejar penetrar la luz referente al
sábado y al Espíritu de Profecía. Creían que la profecía no se había
cumplido en 1844, y algunos fijaron para una fecha ulterior la termi-
nación de los 2.300 días. Fueron fijadas varias fechas, pero una tras
otra pasaron. Al principio, este grupo, unido por la influencia cohe-
siva de la esperanza adventista, marchaba en unidades vinculadas
entre sí pero con bastante elasticidad, pues entre todas sostenían una
gran variedad de doctrinas. Algunos de estos grupos no tardaron en
dispersarse. El que sobrevivió algunas décadas llegó a ser la Iglesia
Cristiana Adventista, cuyos miembros son llamados, en nuestras
primeras publicaciones, “Adventistas del Primer Día” o “Adventistas
Nominales.”
Pero debemos dedicar ahora nuestra atención al pequeño grupo
que se aferró tenazmente a su creencia de que la profecía se había
cumplido el 22 de octubre de 1844 y aceptó con sinceridad la doc-
trina del sábado y la verdad del santuario como luz celestial que
iluminara su senda. Quienes formaban este grupo no se hallaban
reunidos en un lugar, sino que eran creyentes individuales aislados,
o grupos muy pequeños dispersos en la parte noreste de los Estados
Unidos.
Hiram Edson, quien pertenecía a uno de esos grupos, vivía en
la parte central del estado de Nueva York, en Port Gibson. Era
director espiritual de los adventistas que había en ese lugar, y los
creyentes se reunieron en su casa el 22 de octubre de 1844, para
aguardar con él la venida del Señor. Pero cuando llegó la media
noche, comprendieron que el Señor no vendría tan pronto como lo
habían esperado. Sufrieron un gran chasco, pero temprano por la
mañana siguiente, Hiram Edson y algunos otros fueron a la granja del
primero para orar. Mientras oraban, el nombrado sintió la seguridad
de que recibirían luz.
[xviii] Un poco más tarde, mientras Edson, en compañía de un amigo,
cruzaba un maizal en dirección al domicilio de unos adventistas, le
pareció que una mano le tocaba el hombro. Alzó los ojos y vió, como
en una visión, los cielos abiertos y a Cristo en el santuario entrando
en el lugar santísimo para comenzar su ministerio de intercesión en
favor de su pueblo, en vez de salir del santuario para purificar el
mundo por fuego, como ellos habían enseñado que iba a suceder.
Un estudio cuidadoso de la Biblia, que realizaron Hiram Edson,
el médico F. B. Hahn y el maestro O. R. L. Crozier, reveló que el
santuario que debía ser purificado al fin de los 2.300 años no era
la tierra, sino el santuario celestial, y que esa purificación se haría
mientras Cristo intercediese por nosotros en el lugar santísimo. Esta
obra o ministerio de Cristo correspondía al mensaje referente a “la
hora de su juicio” [de Dios], proclamado por el primer ángel de
[Apocalipsis 14:6, 7]. El Sr. Crozier escribió las conclusiones del
grupo, y las publicó, primero en hojas locales, y luego en forma más
amplia en un periódico adventista, el Day-Star, que se editaba en
Cincinnati, Ohío. Un número especial, del 7 de febrero de 1846, se
dedicó entero a este estudio del santuario.
Mientras se realizaba este estudio, Elena de White no lo sabía.
Ni siquiera conocía al grupo mencionado, pues ella vivía lejos de
Port Gibson, a saber, muy al este, en Portland, Maine. En tales cir-

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